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Por Eugenia de Chitzoff (*)
Muy buenas noches mí querido alumno del tablón del 2.0. Hoy vamos a retomar las clases, las clases de comportamiento. Recuerde, alumnado, que estas lecciones están enfocadas a aquellas personas que nunca han ido a la cancha, esos que nunca han ido y que ahora quieren  hacer “roncha”, como dicen ahora los jóvenes, yendo a la cancha. Básicamente este curos está enfocado, para que usted, que es un neófito en estos temas no se sienta abandonado a su impericia y sea visto como un completísimo pelotudo.

El tema de hoy es algo complejo, es una casta mal mirada y bien mirada. Hoy vamos a tocar su participación en un sector determinado. Ese sector donde están todos sentados y donde se paran para recibir al equipo o putear al resto de la humanidad. Hoy vamos a ver:

Ser Plateísta.
Muchas veces uno piensa en ir a la platea para buscar la calma y la protección que nos acobije de las inclemencias del tiempo, o bien para poder apoyar  nuestros cansados huesos en las derruidas butacas. Tal vez es momento en el que se busca ir con la familia y disfrutar de tan preciado momento futbolístico. Sin embargo estamos en un error. Si bien la platea es un reducto donde hay cierta paz, esa paz es momentánea. Usted, mi querido pupilo, encontrara en dicho sector del estadio con los personajes variopintos. Generalmente son de una edad madura, otros en familia. Todo indica que la calma reinara. Los mayores improperios e insultos más hirientes se han proferido desde la desde las butacas de la platea. La tripulación de un barco pirata ruso, al lado de la verba de un plateísta es la de la hermana Bernarda batiendo un flan. A la mayoría de los plateístas, no quiero generalizar, generalizar es malo, pero todo lo que se mueva en el verde césped es motivo de insulto.

Hay veces, y sobrados son los casos, donde la mismísima platea es más conflictiva que la propia barra brava. En ocasiones, su peligrosidad es superior al cuerpo de infantería de Ruanda. Y hay veces que reacciona peor que un hijo entre Fernando Iglesias y Raul Rizzo. Tal como le dije, muchos plateísta no suelen ser así, pero son excepciones a la regla. Durante siglos, este asiduo asistente a estas tribunas con butacas se ha ganado el mote de gruñón, taciturno y recontra puteador. Por excelencia el plateísta odia a todos, el universo entero es su enemigo. La raza humana es la culpable de que el equipo no gane, no juegue bien, de su artrosis, de su calvicie… de todo bah.  El plateísta no canta, muchos si lo hacen, pero para la popular se plateísta es ser sinónimo de mudo. Una denostación a este simpático concurrente en los ámbitos laborales es: “Pero cállate, plateísta”. Como si uno no hubiese ido a la cancha. La construcción de un plateísta en el imaginario popular es siempre el mismo: un plateísta los días de semana labura en una oficina o es jubilado, es propietario de una Renault 12 familiar y siempre viste pantalones grises o marrones si hay alguna festividad.

Las construcciones de las puteadas de muchos plateístas son distintas a la de la popular. El plateísta si bien es una ametralladora de improperios, muchas veces utiliza la creatividad para explayar su verba inflamada. El insulto siempre es vocalizado con salpicaduras de saliva mientras el plateista mira un punto fijo como poseído. En el siguiente cuadro vamos a ver que cosas son los que sacan de las casillas a los plateistas.


Bueno, esto ha sido todo por hoy. Trate de practicar, no le digo que en la calle porque podrían apalearlo por pelotudo, tampoco en la facultad si no quiere que el decano le haga un tatuaje en el ojete con su suela. Tampoco en el trabajo, con lo que cuesta conseguir uno hoy en día. Pero practique, que esto no se logra solo. Nos vemos la próxima clase, saluditos.

(*) No confundir con Eugenia de Chikoff, esta es Eugenia de Chitzoff. Y no sea botarate, esto no es en serio. 

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