Slider[Style1]

Style2

Style3[OneLeft]

Style3[OneRight]

Style4

Style5

"La decadencia de la bolita" de Alejandro Dolina

Resulta difícil hablar sobre la desaparición del juego de la bolita sin entrar en espinosas controversias. Desde luego se trata de un asunto complejo y puede ser examinado según criterios muy diferentes.

Las personas sencillas afirman simplemente que se trata de una decisión de los chicos, arbitraria, inexplicable y por lo tanto indigna de ser discutida.

El equipo del bar de la esquina.

Juan se frotó la cabeza con ambas manos, como no pudiendo creer lo que pasaba. Era la cuarta derrota al hilo en el campeonato. El sueño del ascenso se iba diluyendo y comenzaba a tambalear en el cargo. No podía entender lo que ocurría, tenía los mejores jugadores de la categoría. Ravelli que había venido de Peñarol, Medina que era un jugadorazo pero en River no tenía lugar, un lateral como Vásquez, que vino a préstamo de Boca y que se proyectaba como ninguno, dos delanteros con una capacidad goleadora increíble: Tales y el hueso Rodolfo… No entendía como no funcionaba nada. Y encima no era un equipo mansito: contra El Porvenir, por ejemplo, tuvo doce situaciones de gol, contra tres del conjunto de Gerli que término ganando 2-0. Contra Armenio lo mismo, un vendaval en el ataque pero no lograba convertir… y, cuando convertía, el rival lo embocaba tres o cuatro veces.

Juan Fontana o el “Mencho” como le decían por su parecido con Medina Bello, ya no sabía qué hacer. Probó de todo en diez partidos: dos nueves, uno por adentro uno por afuera, 4-3-3, 3-5-2, 4-4-2… y nada. De diez partidos gano uno, empato tres y perdió seis, con el agravante de los tres últimos en fila. “Mire Fontana, nosotros respetamos a los entrenadores, sobre todo cuando han sido ídolos de esta institución, pero los plazos se acortan y los objetivos no se cumplen. No lo tome como una advertencia ni como una amenaza, pero fíjese qué hace” fueron las crueles, duras palabras de Mambertti, el presidente del club. No era ni una advertencia ni una amenaza, era algo peor, un despido encubierto, o quizás un apriete para que renuncie. El Mencho salió de esa reunión con la cabeza en otro lado. Estuvo como ido un par de minutos, veía pero estaba ciego. Busco oxígeno, bajó las escaleras, se metió por el vestuario y salió a la cancha. Era una hermosa tarde primaveral con rasgos otoñales. Estando casi al lado de donde se infla generalmente la manga, extendió los brazos y tomo aire, vio el banco de suplentes y fue a sentarse. Se prendió un cigarrillo y entre pitada y pitada, suspiraba. A lo lejos, en el otro lateral de la cancha, estaba el canchero pintando una de las líneas de cal, silbando un viejo tango. Sintió tristeza. No había podido lograr el ascenso como jugador. Doce largos años intentando ascender con ese equipo, como un moscón que repiquetea contra un vidrio. Lo más lejos que llegó fue a una semifinal en los viejos octogonales. Morón lo goleo. Cuando colgó los botines juró hacerlo ascender como entrenador. Esta era su primera experiencia al frente de un equipo. Tal vez sea la última también; cuando sos técnico en el ascenso y te va mal, desaparecés. El sistema perverso del ascenso. Te rajan. Chau. Ni siquiera quedas con los juveniles porque ahí hay gente desde hace décadas. Te vas al olvido.  A Juan se le arremolinaban los recuerdos. El gol que le hizo a Tristán Suarez en aquel arco para salvarse del descenso… aquella vez tuvo que hacer de arquero improvisado porque se quedaron sin cambios y el loco Sevilla se había ido expulsado…

—Es así maestro, si la pelotita no entra, fuistes —dijo el canchero arrastrando una “s” innecesaria en la palabra. El Mencho lo miro como desorientado, todavía no había salido de sus recuerdos, le pareció que el canchero estaba más lejos la última vez que lo vio. Ahora estaba a su lado.

—Es así viejo, es así —dijo por fin con un suspiro

— ¿Sabe lo que pasa, don? Ustedes, los técnicos, estudian mucho pero no saben nada. Ustedes piensan que porque fueron jugadores o se recibieron de DT, saben todo.

—Puede ser —respondió el Mencho casi sin ánimo. Estaba con la guardia muy baja, en otros tiempos le hubiese saltado a la yugular a cualquiera por esos dichos.

—No lo quise ofender —comento el canchero admitiendo su dureza anterior—, pero lo que le digo es verdad, usted fue un gran jugador…

—Pero soy un técnico horrible —corto amargamente el Mencho.

—Tampoco es para tanto, pasa que ustedes son muy teóricos. Y son muy caprichosos.

— ¿Yo caprichoso? —Se ofusco el entrenador— Cambié de estrategia todos los partidos y ninguna resulto…

—Usted cambio de estrategia solito, sin consultar a nadie

— ¿Y a quien le voy a consultar? —se encogió de hombros el Mencho.

—A nosotros, a los hinchas. Ustedes son como los políticos, hermano —dijo el canchero alzando los brazos—, si los políticos escucharan al pueblo seriamos felices. Si ustedes los entrenadores le preguntaran a los hinchas, yo le puedo asegurar que vamos a tener un mejor fútbol.

— ¿A quién le voy a preguntar? Yo me llego a acercar a la platea o a la popular y me putean…

—En el bar de la esquina, don Mencho —dijo el canchero, como si revelase alguna fórmula secreta— todas las santas noches nos juntamos a charlar de futbol ahí. Creo que ni el Menotti ni el Bilardo hablaron en su vida tanto de futbol como nosotros. Nosotros mamamos de chicos este club. Es nuestra vida, usted es un ídolo pero nosotros conocemos palmo a palmo esto, estamos acá desde pibes.

—Lléveme ahí, ayúdeme, me queda un único partido.

—Noooo, si usted llega a aparecerse por ahí, los muchachos no hablan, se cagan encima. No se van a sentir libres de hablar.

—Me pongo lejos, los escucho de lejos, no sé. Estoy desesperado. Yo amo este club, no me quiero ir… haría cualquier cosa.

—Yo lo voy a ayudar porque a usted lo aprecio, pero desde ya le digo que usted tiene muchos errores y tiene que aceptarlos. Tales y Rodolfo siempre juegan encimados, se estorban. Un desastre eso.

—Pero los cambié de posición como siete veces en diez partidos…

—Ah, eso es lo que ve usted desde el banco. Yo le aseguro que todos los hinchas comentamos eso desde su llegada.

—Bueno, dígame que más.

— Vásquez sube pero nunca baja… —dijo mientras se rascaba la cabeza con la visera de la gorra— Son muchas cosas, los muchachos le tienen que decir. Vamos a hacer una cosa. Hoy es lunes, el partido es el sábado. Desde hoy al viernes voy a ir al bar como todos los días a hablar con los muchachos y voy a grabar las conversaciones, así de sopetón sin que se enteren y no se abataten. Todos los días a esta hora voy a traerle el casete, usted lo escucha y va cambiando todo. Yo creo que es una linda experiencia ¿no le parece?

—Mire, yo esto jugado. La verdad es que vine acá para tomar coraje y renunciar mañana o pasado. Pero si escuchando al hincha puedo poner alguna variante y mejorar, rasguñar un empate y aguantar un partido más, yo le juro que sigo todo al pie de la letra. Si total ya estoy perdido…

—No sea tan tremendo, hombre, mañana esté por acá a esta hora que le traigo la primer escucha, somos como espías—dijo riéndose el canchero

—Dígame si le tengo que pagar algo, una ronda de ginebra a los muchachos.

—Despreocúpese, ellos no van a saber nada, además yo me doy por bien pagado viendo ganar a mi equipo. Lo que si le voy a pedir un favor.

—Lo que quiera.

—No me tire los puchos dentro del campo de juego, cuesta un huevo sacarlos —dijo el canchero despidiéndose del Mencho, que ya había vuelto a encender otro cigarrillo.

Desde esa tarde el Mencho cambio completamente de ánimo. Paso de estar triste y abatido a tener esperanza. Se llenó de optimismo. Al día siguiente fue a ver al canchero, este le entregó un casete y se fue. El entrenador fue corriendo hasta su auto y puso la cinta en el pasacasete. Lo que comenzó a reproducirse era una típica charla de bar entre amigos. El ruido de vasos, el bullicio general, voces de fondo. Se distinguía perfectamente la voz de Miguel, el canchero y la de tres personas más. El entrenador apretó “eject” y se dirigió lo más rápido posible a su casa. Estacionó el Ford Sierra, saludó a su mujer y se metió en la cocina con un pequeño radiograbador, un lápiz y un cuaderno a anotar todo. Los cuatro tipos que hablaban lo hacían con soltura y hablaban de estrategias y planteos tácticos sin siquiera ser técnicos. Pero también pasó algunos calores cuando denigraban su figura como entrenador.

— ¿Sabes lo que pasa? Que este Fontana es un pelotudo ¿Cómo mierda va a poner a Medina, que ya está de vuelta?

—Debe tener un tongo con el representante, yo no sé porque no lo pone al Chino Ávila que es una maravilla, el pibe.

—No seas malo con el Mencho, es una gloria —era la voz del canchero la que se escuchaba— yo creo que le erra al armar el equipo

—Pero claro que se equivoca con eso. Los dos delanteros que ponen se chocan como dos boludos.

—A Otero hay que ponerlo como a los viejos wines, a Roncatti de 8 ¡Pero que va a hacer eso!

— ¡Este mamerto lo pone a Ochoa de cinco! El gordo no se puede ni mover. Hay que poner doble cinco, Sosa y Ríos.

— ¿Doble cinco? Vos sos un cagón ¿Por qué no pones dos arqueros, también?

Luego la charla se iba por discusiones vagas y banales. Pero más allá de eso, el Mencho iba anotando como podía armar el equipo en base a los dichos de los hinchas.

Al otro día y a la misma hora el entrenador se encontró con el canchero. Nuevamente le dio un casete con una charla parecida a la anterior pero que tocaban otras cuestiones técnicas. El Mencho no podía creer lo equivocado que estaba al armar sus equipos y como los hinchas la tenían tan clara. El resto de los días el entrenador fue acumulando casetes y nombres en su cuaderno para armar al equipo. Rebozaba de optimismo, creía poder revertir esa situación y tal vez si todo mejoraba, pensaba en nombrar un comité de asesoramiento con estos hinchas de pura cepa. Algo inédito en la conducción técnica.

El día del partido paró un equipo basado en los cinco casetes que le había alcanzado Miguel, el canchero, un equipo del paladar del hincha. Y Fontana lo notó, porque a la salida del equipo los hinchas alentaban mucho más que en partidos anteriores. Estaba todo dado para ganar y dar vuelta la historia.

El primer cachetazo llego a los cinco minutos: Sosa se equivocó en la entrega y dejo muy mal parada a la defensa, Salaberry puso el 1-0. A los 15, Atlanta ya ganaba 3-0 gracias a errores infantiles. El Mencho Fontana estaba sobre la línea de cal y lloraba como un nene. El primer tiempo finalizo con la friolera de 5-0 en contra. Los jugadores entraron por la manga en fila india luego de la masacre de esta primera parte. El entrenador cabizbajo entro a lo último arrastrando los pies. No volvió a salir para el segundo tiempo. Presentó la renuncia en el entretiempo. El encuentro finalizo 6-0 a favor de Atlanta. Nada más se supo del Mencho Fontana; el monstruo del olvido, del cual se alimenta el ascenso, se lo devoro.

Esa noche se encontraron Miguel, el canchero con sus amigos en el bar. Tristes y dolidos pero con mucha bronca por semejante derrota.

—Menos mal que se fue este hijo de puta, chorro.

—Vino a chapear con que era ídolo y a robar con eso...

—Mira que poner al Chino Ávila, un pibe. Lo quemó para siempre —dijo uno de los muchachos mientras se prendía un pucho.

—Y ese Sosa es un paquete, yo no sé para que lo pone. Debe tener un tongo con el representante.

—La cagó hermano, la cagó. Mirá que sacarlo a Medina, che. El único que corría un poco.

—Rodolfo, tráeme otra ginebra —dijo Miguel, el canchero, mientras miraba tristemente su vaso vacío.

Toni Schweinheim
Obra Publicada, expediente Nº 510614. Dirección Nacional del Derecho de Autor
Por Toni Seguilo!  

 FACEBOOK


INSTAGRAM


TWITTER

"La gloria de ser difícil" de Juan Sasturain.

Entrañable e inseparable de nuestro universo infantil, el juntar figuritas es una experiencia única, fundadora: con ellas se aprenden los números antes que en la primaria, se reconocen los mecanismos de funcionamiento del mundo -la lógica de la oferta y la demanda, la interdependencia del trueque, la compulsión del consumo- se saborea el vértigo del riesgo en el juego, se envidia y se aprende la jactancia, el orgullo de llenar un álbum, de conseguir “la única que me falta”. Se acostumbra a perder, también.

Vacaciones tranquilas.

Se lo juro, yo me lo había prometido también. Este año nada de hacerme mala sangre por el fútbol. Desde el 2000 que tengo una úlcera por culpa de Ferro. Juré que el año pasado iba a ser el último, y arranqué esperanzado este año. Por eso me fui con la bruja y los pibes a pasarla a Brasil, lejos de todos. Tranquilo, con los chicos correteando por la playa mientras la madre y yo nos tomábamos una caipirinha mirando los fuegos artificiales.

A mí me gusta andar con la camiseta de mi querido Ferrocarril Oeste por todos lados, Brasil no iba a ser la excepción. A mi esposa no le gusta, porque más de una vez termine puteándome o peleándome con algún gil de lechería, de esos que abundan en la costa argentina. Por eso pensé que en Brasil la cosa iba a ser diferente, aunque siempre hay algún argentino medio termo, porque somos como las hormigas. Si te vas al Himalaya seguro te cruzas también con un argentino. Copamos el planeta. “Rodolfo, vestite decente para recibir el año por favor”, me rogó Beatriz esa noche. Pero no la escuche y me puse la vieja camiseta modelo 99 de mi amado club de Caballito. La gente en el lobby me miraba medio raro, para calentura de mi mujer. “Mirá a los nenes, se visten mejor que vos” me hinchaba las pelotas ella. Y sí, claro, si ni siquiera salieron hinchas de Ferro, uno me salió de Boca por culpa de los compañeritos de la escuela y el otro de Banfield por culpa del pelotudo de mi cuñado ¡Mierda les iba a permitir salir vestidos con alguna de esos clubes! En mi casa estaba prescripto usar otra cosa de fútbol que no sea del glorioso Verdolaga. Soy muy abierto en todos los sentidos. Pero con los colores de mi equipo que no jodan. La mejor herencia que me dejó mi viejo, aparte del apellido, fue el amor a estos colores. Es más, a mis hijos siempre les regalo para cumpleaños y navidades cosas de Ferro, yo sé que por cansancio algún día les voy a ganar.

Hay muchos argentinos en Brasil, y ni hablar en año nuevo.  Por eso a mi mujer no le gustaba mi vestimenta. Todavía estaba medio fresco el recuerdo de las vacaciones pasadas donde en Necochea me agarre a piñas con uno de Vélez. No es que yo sea un matón o un pendenciero, pero si me provocan, reacciono. Hasta el Papa Francisco la termea cuando le hablan de Huracán, no jodamos. Está bien, hay ocasiones en la que me descontrolo, pero todo tiene un porqué. En la navidad anterior le revoleé una ensaladera llena de ensalada rusa al estúpido de mi cuñado, el hincha de Banfield. No tenemos pica con Taladro, casi que ni nos conocemos. Nos chupamos un huevo mutuamente. Pero que lo ponga en contra a mi pibe es mucho, uno no es de telgopor, hermano.  Yo tengo sangre. No voy a tolerar que este salame le regale una camiseta de Banfield en mis narices, no señor.  Debo confesar que también me la agarré con mi suegro en un cumpleaños. Pero él se lo buscó, eh. El tano no entiende una goma de futbol, pero decirme que me saque “ese trapo sucio” para sentarme en la mesa, haciendo alusión a mi camiseta, le juro que me jodió. Está bien, venia de jugar al fútbol y estaba todo chivado. Pero llamarle a esta gloriosa camiseta de la locomotora del Oeste, “trapo sucio”, es una falta de respeto para más de 112 años de historia. Ojo, por ahí el viejo no tenía ni la más pálida idea que era la camiseta de un club, pero no importa: a los colores hay que defenderlos siempre y en todo lugar.

Por todo eso, le prometí a mi señora que no me iba a pelear más. Mucho no me creyó, menos cuando me vio ponerme la camiseta para ir a la playa a recibir el año. Pero yo me lo había prometido a mí mismo también. Así como prometí que iba a dejar de fumar y lo deje de un día para el otro, me había prometido esto. Ya me había hecho bastante mala sangre el campeonato pasado también. Por eso no dije nada cuando vino un hincha de Huracán a  bolacearme.  Lo dejé pasar, justo él me viene a cargar que bajó más veces que la tanga de la Cicciolina. Pero bueh, lo dejé ir. Mi mujer no lo podía creer. Tampoco podía creer cuando vino uno de Argentinos Juniors y ni le di pelota. Y mire que me dijo de todo. “Está bien flaco, estas en la B conmigo, callate la boca”, pensé. Pero no se lo dije. La sonrisa de mi señora hizo que valiera la pena morderme los codos para no contestarle y mandarlo a la concha de su madre.  Después pasaron un par de Boca y River, que también eran para putearlos de arriba abajo. No porque me hayan dicho nada, sino porque esos te ningunean con la mirada. Te miran despectivamente, y no hay cosa que me dé más por las pelotas.  Con guita y favores, todos son grandes ¡Por favor!

Pasaron las doce, llegó el año nuevo y mi señora me abrazó fuerte con todo el cariño del mundo. Yo sabía que lo hizo porque no había reaccionado frente a esos pelotudos. Que no le había fallado. Y la verdad yo también me sentí bastante bien.  Hasta que claro, vino ese brasilero hijo de puta y empezó a gritarme “Palmeiras, no sé qué”. Y lo repetía como loro con sobredosis de anfetaminas. Vi como otros se sonreían. “No, Ferro, Ferrocarril Oeste” trate de explicarle. No hay cosa que me irrite más que confundan mi club con otro. Claro, Parmalat también estuvo de Sponsor en el Palmeiras, pero hay que ser muy burro y ciego para confundírsela con la de Ferro. O Capaz que me estaba ninguneando. El punto de no retorno fue cuando tuvo la osadía de tocar mi camiseta y estirármela, diciendo siempre “Palmeiras”. Lo emboque y se armó un tole-tole de aquellos. Cayó la policía, repartió más palos que los de Qatar a los de la FIFA. Terminamos todos adentro.

Y acá estoy, adentro de la gayola esperando a que mi mujer me venga a buscar. Me va a matar, lo sé. Acá al lado tengo al hincha de Huracán, otro que se metió en la pelea a fajar brasileros. Me explico que el morocho no se había confundido mi camiseta con la del Palmeiras, sino que el tipo era hincha del Palmeiras y quería mi camiseta. Que estaba fascinado con la casaca verdolaga.  También agrego que él se metió a pelear porque no se banca a ningún brasilero. La verdad que me pareció bastante intolerante de su parte, mire que pelearse por pelearse…. no veo la hora de que la bruja me venga a buscar, el quemero está fumando y la verdad que estoy por pedirle un pucho. Espero que no sea muy cara la fianza acá. 
T. Schweinheim
Obra Publicada, expediente Nº 510614. Dirección Nacional del Derecho de Autor

"Creo, vieja, que tu hijo la cagó" de Jorge Valdano.

Juan Antonio Felpa era de talante tranquilo, pero resolvió asegurarse el sueño de la noche previa a la del día del partido con medio somnífero porque estaba inquieto, y no le faltaba razón.

Un tipo leído.


Usted lo veía al Oscar y no parecía uno de nosotros. La posta es que no era uno de nosotros, pero se sumó y lo respetábamos una bocha al Oscar. Déjeme que le cuente bien como fue todo. En los ochenta nuestra banda era comandada por el “Filo” López, un tipazo, un verdadero tipazo eh. Eso sí, un brutazo, como muchos de nosotros, no se vaya a creer que uno porque sabe leer y escribir ya se cree un Borges, no señor. Pero el “Filo” Pérez no sabía hacer una “O” con el culo de un vaso. Es más, creo que no sabía que mierda era una “O”. Le decían “Filo” porque andaba siempre con una faca encima. Pero una faca de esas chiquitas que son una porquería, una faca enorme. No llegaba a ser un machete de pedo. Siempre con eso encima. En la lleca, en la cancha, hasta cuando estuvo sopre. Porque siempre estaba en la sombra. Por cualquier cosa él iba y te metía un puntazo sin preguntar y a otra cosa. También le decían “correntino” a pesar de que era rosarino, pero el apodo se lo encajaron porque era un cuchillero, lo sigue siendo bah. Y fue ahí en el presidio que conoció al Doctor. El Doctor Oscar Iribarne. Un tipo leído. Culto y de buena pinta. Le decíamos “Doctor”, pero la verdad es que no sabíamos qué era. Porque uno ve a un tipo de traje y ya es Doctor, eso es porque hay mucha ignorancia en este ambiente, ¿vio? Algunos decían que era boga, otros que era contador o licenciado no sé en qué.

Y fue justamente en la cárcel que lo conoció. Usted dirá, que hace un tipo como el Oscar en el presidio. Pasa que tampoco era un santo el Doctor. Uno lo escuchaba hablar con esa labia que tenía el hombre y a uno lo engañaba. Era muy bien hablado. Decía algunas palabras raras, como los médicos. Por ahí eran palabras medios boludas que uno no entendía porque no éramos tipos leídos. De pedo que sabíamos contar los goles que nos embocaban o los trapos que afanábamos. Nos quedábamos con la boca abierta ante cualquier palabra extraña como “Habeas Corpus”, póngale. Pero el Oscar era estafador o al menos por eso lo habían metido en cana. Decían que había fundido una empresa, que se había quedado con toda la guita. No sé si será verdad o mentira, pero si la justicia lo encanuto tras las rejas por algo será. Como le decía, ahí en la cárcel fue que el Filo conoció al Doctor. Los dos estaban en el pabellón de los evangelistas. Me dijeron que cuando uno tiene condena, tiene que pedir que lo pasen a ese pabellón, dicen que ahí no le rompen las pelotas a uno. La verdad no tengo idea, uno escucha esas cosas. Yo no estuve condenado nunca. Ojo que no soy un nene de pecho, estuve preso en la comisaria, por algún arrebato de cartera en la calle, por cortar algún cuero por ahí. Pero gracias a dios no más de eso. Pero el Filo sí. Alternaba el tiempo en la cárcel y en la cancha, donde era el jefe de la barra. Una vez cumplió condena por seis meses, por meterle la púa a uno de Berazategui. Cuando salió, acá mandaba el Pato Manrique, que era su segundo al momento de que al Filo lo encanaran. La cosa es que el Pato se hacía bien el boludo y no quería devolverle el puesto al jefe, el Filo se calentó, puntazo al hígado y otra vez adentro. Purgando esa condena fue que lo conoció al Doctor. Estuvieron adentro como dos años, o más, la verdad que no me acuerdo. La cosa es que a la barra la manejaba el “Gringo” Manzano, cuando él estuvo adentro. Y la verdad que la manejo como el orto, que quiere que le diga. Un desastre. Se nos plantaba cualquiera, nos robaban los trapos, la cana nos sacaba guita, un desastre Manzano, no podía ni mandar una puteada. Pero el Filo salió y todo volvió más o menos a la normalidad.

Un buen día, cuando estábamos comiendo un asado con los muchachos, se nos cae el Filo con el Doctor y lo presentó. Que quiere que le diga, estaba más desubicado ahí que chupete en el culo. Disculpe la expresión, pero estaba así ese hombre. Hacia como 60 grados a la sombra, todos estábamos en cuero pero el con un riguroso traje gris, solo se lo sacó para comer, quedando en mangas de camisa. Tendría unos 45 años más o menos. Bah, yo siempre fui medio boludo para acertarle la edad a la gente, además este tipo tenía una pelada ya, así que debía andar por esa edad. Y el Filo se ve que lo quería una bocha al Doctor. Ese día comimos y nos fuimos para la cancha. El Doctor vino con nosotros. Déjeme decirle que nunca vi a nadie tan amargo. Hijo de puta, no canto un carajo. Paradito ahí al lado del paravalancha todo el puto partido, con ese traje de mierda bajo un sol terrible. Parecía un custodia el muy hijo de puta. Termino el partido y pensábamos que no lo íbamos a ver más a Iribarne. Pero al otro partido vino no solo a la previa, sino que otra vez al partido. Esta vez sin el traje gris, lo había cambiado por uno marrón. Uno puede pensar que un tipo de esa inteligencia y cultura, en el medio de nosotros estaba de más y que no se relacionaba con nadie. Pero créame que no era así. El Doctor era un tipo muy culto que ha viajado por el mundo. Un tipo de mundo. No era un boludo de guita que paseaba por placer. El Doctor era un tipo que se la sabía lunga. En los asados, los muchachos y yo nos quedamos callados escuchando como él contaba todos sus viajes por Europa. Con lujo de detalle, que cabarulos buenos hay en Roma, como te tratan las prostitutas en Londres o como en Holanda te aceptaban tarjeta de crédito… cosas que nos impresionaban.

Al cabo de un año —creo que fue un año—, el Doctor, a pesar de que era un bacán, ya era parte de nuestra barra. Más todavía cuando casi lo quisieron llevar en cana al “Matungo” Robertti. Robertti lo que tenía de grandote, lo tenía de pelotudo. A la entrada a la cancha contra los de Dalmine, el boludo le manoteo la cartera a la sobrina del presidente. La cosa es que al pelotudo lo agarro la cana a la salida del partido, pero el Doctor que era bienhablado lo hizo zafar de ir en cana. No sé qué mierda dijo, pero la cosa es que la cana un poco más y le pide disculpas al bolas tristes de Robertti. A nosotros nos convenía tener un tipo así en la barra, sumaba mucho. Nosotros somos todos rústicos y malhablados, tener a él es como sumar un 10, un enganche de esos creadores que te salvan un partido.

Pero hay mucha envidia entre los muchachos. Algunos empezaron a decir que el Doctor era un infiltrado. Un rati que se había metido a la barra para hacernos cagar fuego desde adentro. Pero la verdad es que nosotros no éramos una barra grande. Tampoco éramos delincuentes de gran talla. Todos delitos menores eran los nuestros. Nunca matamos a nadie. Y mire que hemos cagado a trompadas a varios eh, hemos hecho mierda a más de uno, pero nunca pasaba más allá. Solo el Filo que era cuchillero. Si la cana había metido un infiltrado acá dentro, perdía su tiempo, bah al menos si es que buscaban delincuentes grosos y no cuatro de copas como nosotros. Pero los muchachos sospechaban. Y un día el Filo volvió a caer preso y ahí todas las miradas se depositaron sobre el Doctor, encima más de uno se la tenía junada. Para qué le cuento…

El Filo se había mamado hasta la medula y se mandó a manejar así. Cuestión que el boludo este, no va y choca contra un patrullero. Un boludo a pilas. Pero la cagada mayor fue que el Filo no contento con chocar contra un patrullero, fue y le dio un puntazo a uno de los canas. Un revuelo se armó. Un quilombo de aquellos. Salió en los diarios, en la televisión. El Filo otra vez adentro. Y nosotros otra vez in alguien que nos guie. No sabíamos quien iba mandar. Podía mandar el Sapo Mosquera o el Roña Rodolfo. Yo también estaba en la primera línea de sucesión eh, no se crea que era el último orejón del tarro. Pero estas cosas las tenía que decidir el jefe, no nosotros. El que corta el bacalao es él, nosotros somos perejiles. Mientras divagábamos esto, se nos apareció el Doctor y nos dijo que iríamos con él a visitarlo al presidio. La cosa es que a nosotros no nos iban a dejar pasar así nomás. Pero como le decía, el Doctor era un tipo pillo, con contactos. Nos dejaron entrar a todos. No éramos muchos le digo, éramos los tres más kapangas de la banda y el Doctor.

Cuando el Filo nos dijo quién iba a garrar la batuta de la barra, casi nos caemos todos de ojete. Quería que el Doctor se haga cargo de la barra. Decisión que nos cayó como el tremendo culo a todos. Pero el Filo nos explicó que era lo mejor. Que el Doctor era un tipo de palabra, un tipo de mundo con códigos que le iba a devolver el puesto de líder, cuando saliera de ahí. La verdad que lo que decía me parecía bien, pero sinceramente no lo veía al Iribarne mandando eh. Una cosa es ser bien hablado, educado y otra cosa distinta es tener que plantarte mano a mano para defender un trapo o robarlo. El Doctor no dijo nada en esta reunión carcelaria, pero sabía que no le teníamos fe y que encima lo mirábamos de reojo. A la noche íbamos a hacer un asado con toda la banda y nosotros le teníamos que comunicar al resto, lo que había decidido el Filo. Antes de empezar a comer le batimos la posta al resto de la barra. La decisión del Filo había caído como el orto. Pero el Doctor se agrando y esa noche nos convenció a todos, la verdad. Nos habló sobre Marketing, el tema de la condena social y no sé qué otras cosas más. Nos dijo que de ahora en más nadie iba a trabajar. Cuando se refería a “trabajar” era a robar. Nos prometió un montón de cosas, parecía un político en campaña. Nos convenció a todos esa noche. Y cuando digo a todos, es a todos.

La próxima semana jugamos con los de Varela y como todos los partidos de visitante, el club nos ponía un micro. El Doctor era un tipo que pensaba a futuro, eso no se lo discuto para nada. Me acuerdo que nos juntó a todos los muchachos y nos dijo que al club el micro le costaba como 25 lucas y que podíamos quedarnos con esa guita y al cabo de unos meses podríamos comprarnos nuestro propio micro y seguir cobrando la guita. La verdad nos cayó para la mierda eso, que quiere que le diga. Medio que lo miramos para el carajo. Nos hizo ir en bondi a todos hasta allá, llegamos todos tarde. Se lo hicimos saber pero el Doctor es un tipo de convicciones y no quiso saber nada. Al mes lo queríamos matar, mira que venir a pijotearnos a nosotros eh. Los muchachos ya lo querían ver lejos al Doctor. Lo fuimos a ver a Filo al presidio y nos dijo que lo aguantáramos. Y lo aguantamos un par de meses. Fueron un tremendo quilombo hermano. Ir en Bondi a las cancha es una patada en los huevos. Diga que por lo menos viajábamos gratis porque los choferes medio que nos tenían miedo. La cosa es que un día en la puerta del baldío donde nos juntábamos estaciono un micro, uno de esos de larga distancia ¡Una cosa que ni le cuento! Bajo el Doctor de ahí adentro y nos dijo: “Muchachos, acá está el fruto del sacrificio, tenemos micro”. Casi nos ponemos todos a llorar hermano. Un verdadero lujo eso. Aire acondicionado, televisión color, un chiche, un chiche, que le cuento.  Estábamos como los barras de suiza o Alemania.  El micro quedo a cargo del Chango Ibañez, era el único con permiso para manejar. No tenía antecedente, por eso.

Hubo otras cosas del Doctor que nos llamaron la atención. La organización de los estacionamientos. Usted sabe que siempre los muchachos le piden una colaboración por cuidarle el auto. No cuidamos un carajo pero si no quiere irse de la cancha y encontrarse con un vidrio roto o sin un espejo, lo tiene que garpar, hay que gatillar para que no le hagamos nada al autito. La cosa es que el Doctor no estaba en contra de eso, es más, nos decía que era una linda fuente de ingreso y que había que cuidarla. Por eso se mandó imprimir tipo unos recibos. Y a los muchachos les compro una pechera y los mando. Porque él decía que a la gente hay que brindarle seguridad, si uno le da seguridad la gente no deja 50 mangos, deja hasta 100. Puede creer que el sistema funciono y la juntábamos en pala, en pala señor.  Venia el ñato con su coche, lo veía a algunos de los muchachos con el chalequito flúo, le daba un ticket y el tipo se iba contento pensando que le íbamos a cuidar el auto. A los diez minutos estábamos todos escabiando. El Doctor nos metió muchos cambios y fueron buenos eh.

Lo que no nos gustaba del Doctor era que nunca participaba en ningún combate. Cuando nos cruzamos los de Almirante, el Doctor se quedó atrás, ese día cobramos pero también repartimos, no se crea. Cuando lo fuimos a ver estaba atrás de todo, medio asustado. “Eso de pelear por pelear, no me gusta. Hay que pelear por algo ¿Para qué mierda quiero una bandera que encima es de otro club?” nos confiaba practico el Doctor. Ojo el Doctor no es ningún cagon, sabe artes marciales, Yu yitzu o algo así, “Chinchulín” le decía el mono. Aparte era grandote. Un día comprobamos su caracater cuando en la cancha había uno grandote que estaba pungeando, lo rompió todo. Lo mando al hospital. Mire que yo he visto muchas peleas y muchos lastimados, pero se grandote lo dejo estropeado, ni para respuesto de tarado servía.

Y siempre nos repetía eso de que no se peleaba por la nada. Y así fue que el Doctor vino un día y nos dijo: “Muchachos, llego el día de pelearse por algo que valga la pena. Hay que ampliar los horizontes” y nos metió en un acto político. Porque el Doctor era puntero político o algo así. De algo vivía ¿no? Fuimos una o dos veces, todo tranquilo, escuchamos algunas cosas y nada más. No estábamos muy convencidos, tampoco nos daban plata pero había que bancarlo al doc. Hasta que un día nos vino con una linda propuesta. “Muchachos, hoy tenemos que copar el frente de escenario, va a haber piñas y eso, hoy nos vamos a pelear porque nos van a pagar bien”. Todavía me acuerdo de las palabras del Doctor. Ese día fuimos y agarramos el frente del escenario, no sé qué político importante venia, pero nosotros nos paramos ahí y nos la aguantamos. Vinieron no sé de qué sindicato a querer sacarnos y cobraron como los mejores. Después el Doctor nos pagó una bocha por eso. Luego se hizo frecuente, marchas, movilizaciones, etc. Nos da daban una buena moneda y nosotros ampliábamos el horizonte. Nos conocían todos ya. Después hubo que apretar perejiles que no se si eran del mismo partido o del otro. Uno no pregunta cuándo va a hacer este tipo de laburo, solo va y cumple.

La cosa es que a Filo un buen día lo largaron del presidio y se vino para donde estábamos haciendo un asado. El boludo se pensó que iba a mandar de nuevo. Estábamos medio en pedo todos. Y el Filo vino a hablar con el Doctor para que todo siga como antes de irse. Minga le iba a dar el Doctor. Y la verdad es que nosotros estábamos a gusto con él. La cosa es que la discusión empezó a subir de tono y se pudrió todo. Empezaron a darse de lo lindo. Nosotros por una cuestión de códigos no nos íbamos a meter. Cuestión que el Doctor le estaba dando una buena paliza al Filo, cuando este saco una faca así de grande. Así era eh, como para cortarlo al medio al Doctor. Nos pusimos blancos, para que le cuento, como dice el Martin Fierro, no hay nada mejor que un buen susto para despertar a un mamado. Pero el Doctor ni se mosqueo, saco una nueve milímetros de la cintura y le metió tres cuetazos. Chau Filo. Se ve que del quilombo que había llamaron a la cana y cayó casi al mismo tiempo que el Filo al suelo con los tres petardos en el pecho. Corrimos como unos hijos de puta. Los Ratis agarraron a un par,  pero la mayoría zafamos, incluido el Doctor. Nos dispersamos por todos lados. Yo estuve guardado en lo de mi hermano por una semana, por las dudas, ¿vio? En la tele salía  todo lo que había pasado, que el Doctor había bajado al Filo, que era una interna, qué sé yo. Se nota que la policía había hecho cantar a los que agarraron.

Habrán pasado dos o tres meses y el Doctor se me apareció en casa. Bien vestido como siempre. Me dijo que se las piraba para Brasil por lo menos hasta que se pase el lio. “¿Sabes una cosa Roberto? Yo no soy violento, por eso nunca me gusto eso de pelear por pelear. Pero el Filo me quería tocar la fuente de ingreso y se pensó que la tenía servida en bandeja. Ahora me voy a Brasil, cuidame a los muchachos. Te dejo una carta para ellos”, me dijo el Doctor antes de pirárselas. Cuando  le pregunte como iba a hacer para volver si lo iban a andar buscando. Me contesto con una sonrisa “en un par de meses ya se olvidan del tema”.

Cuando se fue me pinto la curiosidad y abrí la carta, decía un montón de mariconadas sentimentales. Que nos iba a extrañar, que esto que lo otro. Eso sí, tenía linda letra. Esa letra de profesional, tirada para un costado. Lo que me sorprendió fue que el Doctor dejaba la barra a mi cargo. Yo era el nuevo jefe. Mire usted, eh, ¿qué me cuenta? Ni bien termine de leer, la quemé y esa misma tarde le dije a los muchachos que el Doctor me había venido a ver y que al Mono lo nombraba como el nuevo jefe. Porque el Doctor era un tipo leído, pero en esto hay que ser vivo más que leído para poder seguir estando. 

T.Schweinheim
Obra publicada, expediente Nº 510614, Dirección Nacional de Derechos de Autor



Seguilo!  

 FACEBOOK


INSTAGRAM TWITTER

"Centrofóbal" de Osvaldo Soriano.

Me acuerdo del tiempo en que empezamos a rodar juntos, la pelota y yo. Fue en un baldío en Río Cuarto de Córdoba donde descubrí mi vocación de delantero. En ese entonces el modelo del virtuoso era Walter Gómez, el uruguayo que jugaba en River, pero también nos impresionaba Borello, el rompeportones de Boca. Los dos llevaban el nueve en la espalda, como Lacasia en Independiente y Bravo en Racing. Escuchaba los partidos por radio en las voces de Fioravanti o de Aróstegui. Al interior llegaban en cadena o se captaban en onda corta, con una antena de alambre pegada a la chimenea de la casa.

"Viejo con árbol", de Roberto Fontanarrosa

A un costado de la cancha había yuyales y, más allá, el terraplén del ferrocarril. Al otro costado, descampado y un árbol bastante miserable. Después las otras dos canchas, la chica y la principal. Y ahí, debajo de ese árbol, solía ubicarse el viejo.

El puteado

Y allí estaba otra vez Leonardo Dietzi caminando la cancha a sus 35 años. Ordenaba a sus compañeros con gritos desaforados mientras con su brazo derecho iba señalando distintas áreas de la cancha. Esto provocaba la bronca de su propia hinchada ya que Dietzi era uno de los peores cinco que tenía el campeonato.  A su edad y con su ya notoria panza no podía parar ningún avance rival y mucho menos entregar un pase a destino. Pero él siempre era titular, de los 36 partidos que disputo su equipo en el campeonato, Dietzi había disputado 33, se había perdido dos por una suspensión, una llegada a destiempo al gringo Fanak, y uno por lesión. Hasta eso tenía de forro, nunca se lesionaba el hijo de puta.  El equipo estaba lleno de rústicos. Por ejemplo el “pichi” Sams, jugador horrible si los hay. Sams era un zaguero que reventaba todo lo que pasaba a su lado. Pelotas y piernas rivales eran una constante en su haber de revolear cosas. Te garantizaba un penal en contra por partido. A pesar de ello no era tan odiado como Leonardo Dietzi. También podemos contar al delantero de área del equipo, el “negro” Zocalotte, nombre que la hinchada deformo graciosamente al de “cachalote”, porque el negro era grandote y cada vez que caía en el área, ya sea por su torpeza propia o por un empujón, parecía un cachalote negro y gordo encallado en alguna costa apenas pudiendo respirar. En 36 partidos hizo siete goles, no es una mala marca pero si uno tiene en cuenta que fueron cinco de penal, la amnistía cae. Sin embargo Zocalotte no era tan resistido como Dietzi.

Para colmo de males, el equipo peleaba por el descenso y por ese mal andar de la economía que suele azotar a los clubes pequeños, la base de los jugadores estaba conformada por juveniles. Pero los pibes mucho no podían hacer. Para colmo de males los veteranos eran unos mamotretos barbaros, pero correctos en su forma de jugar. Salvo uno. Porque el culorroto de Dietzi era tribunero, cuando el equipo marcaba un gol, el veterano se paraba frente a la popular y agitaba los brazos como si el gol hubiese llegado gracias a él. Un verdadero caradura lo que se dice. La hinchada lo puteaba todo el tiempo. Hasta llegamos a creer que le gustaba que lo recontra puteemos, porque cuando le gritábamos “puto, muerto, fracasado” él nos respondía con una sonrisa como de satisfacción. Los fanáticos también tenían la particularidad de echarle la culpa de todo, hasta de que la coca cola de cancha tenga mucho hielo. Para los hinchas todo era culpa de él. Y se lo hacían saber con densas puteadas que irritarían hasta al mismo satanás.

Era el segundo año de Dietzi en el equipo pero los hinchas ya no lo soportaban más. Este aborto futbolístico tenía la mala costumbre de echarle la culpa a los pibes de sus propias cagadas. Eso despertaba la bronca de sus mismos compañeros y ni hablar de la hinchada. Era tanta la repulsión que todos sentían contra él que hasta habían hecho una canción en su contra. Así como a Giunta le gritaban: “Giunta, Giunta, Giunta. Huevo, huevo, huevo” al impresentable de Leonardo le cantaban: “Dietzi, Dietzi, Dietzi. Banco, banco, banco”. Pero él ni se inmutaba. Seguía con la suya dejando pasar rivales, dando órdenes, puteando al aire, cagando a pedos al resto. Parecía que no le importaba nada. La mayoría sostenía que Dietzi había comprado el puesto porque no había otra explicación de su titularidad. Pero el viejo Álvarez, el entrenador, hacia oídos sordos a todas las críticas y lo seguía metiendo. Don Fernando Álvarez era el director técnico de este hato de bestias. Había venido por dos mangos y tenía la dificilísima misión de mantener al equipo en la tercera categoría del futbol argentino, porque de ascenso hacía rato ya nadie hablaba. Y el viejo había rescatado algunos puntos importantes y muchos lo bancaban, salvo por Dietzi. Pero el veterano entrenador se tomaba con humor las cagadas monumentales que se mandaba el cinco. “Usté dice bien m’hijo, el Dieci —lo pronunciaba así— es un tronco, pero así gordo y lento como lo ve es el jugador más importante que tenemos, si yo lo pongo al pibe de la cuarta lo voy a quemar, fíjese usté” solía responder campechanamente el viejo cada vez que le preguntaban por la titularidad de Leonardo Dietzi.

El equipo se salvó en la última fecha del tan temido descenso. El equipo empato uno a uno y no descendió de milagro. Ese día odiaron mucho más a Dietzi, hasta se temió una invasión al campo de juego para ajusticiarlo, que por suerte no paso. El partido lo ganaban fácil uno a cero. Un penal bien pateado de “cachalote” o Zocalotte como decía en el documento, le daba la victoria parcial al conjunto. El partido fue una angustia después. Ninguno de los dos equipos atacaba. Era muy claro que el otro se había vendido. Claro si ellos no jugaban por nada, además su presidente estaba casado con la hija del nuestro. El primer tiempo se fue así, en una oleada de bostezos. El segundo tiempo lo mismo. Faltaban cinco minutos para terminar cuando paso algo completamente aterrador. El bruto animal de Sams cortó un avance rival y la mando al córner. La jugada no era de peligro y si el otro equipo había hecho un ataque fue para que no se aviven tanto que estaba todo arreglado. Creo que el enganche de ellos tardo como cinco minutos en llegar a patear el tiro de esquina. Nunca vi caminar a alguien tan lentamente. En el área había tres rivales: El nueve que se ataba los cordones, el cinco que media un metro y medio como mucho y el siete que estaba hablando vaya a saber de qué con el diez nuestro. El resto del equipo rival estaba diseminado del medio para atrás, seguramente más ocupados pensando en la guita que iban a cobrar de “premio” por perder. Cuestión que el diez de ellos tiro un centro débil que iba a las manos de nuestro arquero. Era una pelota muy fácil de atrapar, salvo por un pequeño detalle: el pelotudo de Dietzi salto al mismo tiempo que el arquero a menos de veinte centímetros. La pelota le reboto en la pelada y término en el fondo de la red. Si antes los hinchas estaban callados de lo aburrido que era el partido, ahora parecía un cementerio a la madrugada. Todos miraron al árbitro para ver que cobraba. No le quedó más remedio que cobrar gol. Ahora ese silencio sepulcral se transformó en un sonido fuertísimo, como cuando hace implosión un edificio. Vi al arquero rival arrodillarse mientras se tomaba la cabeza, tal vez divisando como se le iba la guita que iban a cobrar por ir a menos. Hasta el cinco rival lo puteo a Dietzi. Mire a la platea y nuestro presidente estaba con la cara roja como un tomate gritándole un sarta de barbaridades a Dietzi. Ya se había perdido todo tipo de compostura. La hinchada empezó a sacudir el alambrado. Dietzi pedía tranquilidad con las manitos. Fue peor. Todos enfurecieron, tiraron de todo dentro del campo de juego y el árbitro casi lo suspende ¿Pero para que prolongar la agonía? El partido siguió y finalizo. La gente no sabía qué hacer. Si seguir puteando a Dietzi o pegar la oreja a la radio esperando a que el otro equipo que competía por no descender, pierda. Y perdió nomas.

Al rato nomas se vino la conferencia de prensa. Somos un club humilde y sin un mango, pero tenemos un lindo salón para las conferencias. También tratamos de diez a los periodistas. A los chicos de la pensión podrán faltarles un pedazo de carne el en plato pero a los periodistas cuando lo recibimos jamás le va a faltar algún sanguchito de miga o alguna bebida refrescante. Entramos todos a la sala, cuando vimos sentados al entrenador y a Dietzi listos para enfrentar al periodismo. “La concha bien de tu madre Dietzi, casi descendemos por tu culpa muerto” se escuchó un grito en el fondo.  Dietzi sonrió socarronamente.

—Muy buenas tardes —dijo en tono de alegría el viejo Álvarez— el objetivo se cumplió, logramos mantener la categoría. Acá a mi lado lo tengo a Leonardo que va a anunciar su retiro y contestar algunas que otras cuestiones.

Ahora tomo el micrófono Leonardo Dietzi. Los insultos seguían cayendo.

—Algunos se la agarraron conmigo —se arremango Dietzi mientras en el murmullo todavía se distinguía alguna que otra puteada— Y está muy bien eso. Yo logre lo que quería, que me putearan. No porque los odie, todo lo contrario a ustedes los aprecio mucho y no lo digo porque soy tribunero. Yo hice todo lo posible para que me insulten y la verdad es que estoy muy contento de haberlo conseguido.

El silencio se había apoderado de la sala ¿Era sadomasoquista este boludo? ¿Cómo va a decir eso? ¿Se volvió loco? Estas declaraciones nos habían tomado por sorpresa. A su lado el viejo Fernando Álvarez sonreía por todos lados.

—Muchos se cansaron de putearme —prosiguió Dietzi— pero quiero que sepan que yo no me mande ninguna cagada, es más, cumplí con creces mi objetivo.

Todos en la sala no sabíamos si reírnos o llamar a algún neuropsiquiátrico.

—Eso de jugar, marcar y dar pases es para los más jóvenes —continuo el jugador—Nosotros los más grandes estamos para otra cosa. Como sabrán, este equipo está lleno de pibes que no llegan a los 20 años de edad. Un insulto hacia ellos puede ser fatal para un futuro, los puede apichonar. La presión es nuestra, es de los grandes.

Todos escuchábamos obnubilados, como un grupo de alumnos escucha al profesor ante la resolución de un ejercicio matemático difícil de entender.

—Yo logre absorber toda la presión —decía Dietzi mientras destapaba una botellita de agua mineral— Me hice odiar y detestar para que todos los insultos se dirijan hacia mi persona y así los pibes podían jugar tranquilos. A más de uno la garganta se le seco puteandome a mí. Estaban todos tan concentrados en matarme a mí, que los errores de los pibes pasaban desapercibidos.

—Pero usted los cagaba a pedos a los juveniles y a veces le echaba la culpa de sus errores—dijo un periodista, uno de los poco que no estaba tan asombrado como nosotros.

—Una parte es verdad —respondió tranquilamente Dietzi— Yo los retaba pero para que en un futuro no hagan las mismas cagadas que yo. Pero nunca le echaba la culpa a nadie de mis errores. Cuando ustedes me veían agarrar a un juvenil era para marcarle algo, para que aprenda.

— ¿Debemos creer que sus errores eran a propósito? —inquirió otro periodista

—Es la cosa más graciosa que me preguntaron —respondió el volante central entre risotadas— Por supuesto que no. Todas esas cagadas que yo hice, fueron producto de mi naturaleza.  Siempre fui malo y más ahora que el físico ya no me da. Pero como les dije mi función dentro de la cancha era otra. Absorber la presión para que los pibes no sufran tanto en el mal andar del equipo.

Se hizo un silencio en la conferencia de prensa y todos estallamos en un gran aplauso. Algunos hasta se animaron y corearon su nombre. Una lagrima de emoción rodo por el pómulo de Dietzi. Ahora nos parecía un gran tipo. Un enorme profesional. Un ejemplo dentro y fuera de la cancha. Todos estábamos más que felices, por fin este hijo de puta se retiraba, era hora, la puta que lo pario.


A. Schweinheim 
Obra publicada, expediente Nº 510614, Dirección Nacional de Derechos de Autor

"La promesa" de Eduardo Sacheri.

Decime vos para qué cuernos te hice semejante promesa. Se ve que me agarraste con la defensa baja y te dije que sí sin pensarlo. Pero esta mañana, cuando me levanté, y tenía un nudo en la garganta, y una piedra que me subía y me bajaba desde la boca hasta las tripas, empecé como loco a buscar alguna excusa para hacerme el otario. Pero no me animé a fallarte, y a los muchachos los había casi obligado a combinar para hoy, así que no podía ser yo quien se borrara.

Thrash Metal.

El Negro Carpi era un jugadorazo, fue catalogado como el nuevo Messi cuando los directivos de la Massia lo vieron jugar.  Juan Carlos Carpi tenía una particularidad: así como Edgar Davis jugaba con un par de lentes o Petr Čech usaba un casco de rugby, el Negro jugaba con auriculares conectados a un diminuto MP3.  Tanto Davis como Čech jugaban con esos aditamentos por cuestiones de salud, pero  Carpi lo hacía por gusto, o tal vez por salud, según se lo mire. Cuando jugaba en las infantiles, su padre lo volvía loco desde las tribunas. Le gritaba todo tipo de cosas: a quien pasársela, como bajar, que hacer, que no hacer… Hasta que un día agobiado con la presión decidió dejar de jugar. Eso provocó un enojo tan grande en su padre  que estuvo sin dirigirle la palabra por un mes que fue lo que duro el “retiro” del Negrito Carpi. Diez años tenía el pobre nene. Un tanto duro el viejo, como tantos padres que presionan a sus hijos para que sean futbolistas. Pero el Negrito volvió, no por el padre, sino por Leonardo, su hermano. Fue quien lo convenció  y de paso encontró una solución para no escuchar más los gritos de su viejo, literalmente: jugar escuchando música. Pero no cualquier tipo de música, nada más y nada menos que Thrash, furioso y aplastante Thrash metal. “Cuando yo escucho pelear a los viejos, pongo metal al palo y chau problemas, no los escucho más”. Fue el consejo de Leonardo.

Perdido por perdido, se mandó a la cancha con el MP3 del hermano. El primer partido, el Negro Carpi se sintió medio raro. Una música extraña y ruidosa le taladraba los oídos y el balero. Gente enojada vociferando vaya a saber uno que cosa. Si el único disco que tenía era el de Radio Panda cuando se lo regalaron para su cumpleaños de cinco.  Pero entre tanto sonido sentía paz y tenía la libertad de jugar como quisiera sin escuchar las  quejas de su padre. Se comió varias cagadas a pedo del árbitro por no escuchar los silbatazos. También se perdió un par de gritos del entrenador, pero así y todo fue la figura de la cancha. Hizo dos goles, otras dos asistencias y se movía como pez en el agua. Se sacó los auriculares mientras sus compañeros lo abrazaban entre loas. Esa música si le gustaba. Su viejo vino a abrazarlo contento y le grito: “Viste nene, hoy me hiciste caso y te comiste la cancha”, mientras por detrás Leonardo con su camiseta de Megadeth sonreía y le guiñaba un ojo.

Los partidos se sucedieron, los años pasaron y el Negrito Carpi pasó de infantiles a novena, a octava y así hasta la cuarta y el momento de debutar… la seguía descosiendo mientras por los auriculares pasaban Metallica, Anthrax, Kreator, Slayer, Sodom, Destruction, Exodus… El Negrito dejó de ser Negrito y paso a ser el Negro se dejó el pelo largo y celebraba los goles mostrando siempre una remera negra con alguna banda. Disfrutaba tanto del Thrash como tirar gambetas. “Una buena jugada con gambeta y asistencia es como un buen solo de guitarra”, solía decir. Estaba todo listo para debutar en la primera de El Porvenir, cuando  llegaron los de la Massia.  Lo vieron en Youtube y como estaban de paso en el país aprovecharon para ir a verlo jugar en un partido de la cuarta contra Dock Sud. Al cabo de verlo jugar cinco minutos se lo quisieron llevar inmediatamente. La oferta fue irresistible: 600.000 euros, un laburo bien pago para el padre, casa para la familia. Como ya tenía pasaporte europeo, cerraron trato en tres segundos.  A él ni le preguntaron.

Llego y lo primero que le pidieron fue que se cortara el pelo. Lo hizo a regañadientes. En la pensión enseguida lo apodaron el “jebi” por obvias razones. Había pibes de todas las latitudes. Enseguida se hizo amigo de Jarkko, un finés tan metalero como el propio Negro. En los entrenamientos no tuvo ningún inconveniente en usar los auriculares, había tanta “extravagancia” como quien dice, que uno podía usar un zorongo de sombrero o atado al cuello y nadie diría nada.  Todo era normal. Con el correr de los meses al igual que en la Argentina: la siguió rompiendo y ya pintaba para debutar en el Barcelona B.

Y llegó el momento del tan ansiado debut. El Barça B  comenzaba el torneo de la División B y El Negro Carpi iba a arrancar de titular frente al Hércules. Todo marchaba bien hasta que el árbitro advirtió en la salida al campo de juego, los auriculares del joven argentino. De nada sirvieron los ruegos del Negro, ni los de Jarkko. El colegiado aducía que era antirreglamentario y que por los auriculares podía sacar ventaja deportiva. El partido para él no pudo ser peor para Carpi. Extrañó el machaque de Hetfield, extraño a Mustaine, a Hanneman y a Petrozza escupiendo su odio contra el sistema. Y otra vez sintió esos gritos, esos que si lo aturdían: “Pásala”, “Anda para allá”, “baja”, “Por ahí no”. Gritos, voces que no sabía si eran de sus compañeros, de su entrenador o de su padre… no pudo tocar una pelota en ese partido. Tampoco fue un partido, fue solo un tiempo porque el entrenador lo sacó ni bien termino el primero.

Ese fue el último partido del Negro Carpi, no volvió a jugar más profesionalmente. Se quedó en España a probar suerte. Lo último que supe de él es que fundó una banda con el hermano y que iban a abrir un festival importante, creo que el Wacken o algo así me dijo, la verdad que no tengo mucha idea porque ese tipo de música no me gusta mucho porque no te deja escuchar nada. 
Toni Schweinheim
Obra Publicada, expediente Nº 510614. Dirección Nacional del Derecho de Autor

"Bombero y vendido" de Osvaldo Soriano

Cuando se habla de mafiosos y coimeros, se los ve por la tele y se los escucha por la radio, recuerdo al más simpático y creativo que me tocó conocer. Era referí y se llamaba, pongamos, Francisco Gómez Williams, o se hacía llamar así para que fuera más difícil insultarlo desde la tribuna. Igual, sus amigos le decían Pancho y ahí el personaje empezaba a rimar y sufrir como todo el mundo. Era petiso y musculoso, con una gran nariz torcida y la sonrisa siempre bien puesta. Gran conversador, sobre todo dentro de la cancha. Pedía, si la memoria no me falla, mil pesos por cobrar un penal y dos o tres mil para anular un gol. Dependía de la importancia del partido y de la cara del cliente. Uno podía comprarle incluso algún córner, o un tiro libre a veinticinco metros del arco, si se le enviaba un buen emisario a los camarines. Digo buen emisario porque Williams se había ensartado tantas veces que ya estaba curado de espanto: inventaba el penal y después los dirigentes se lo anotaban en el agua, no le daban pagarés ni cheques posdatados. Fue por eso que hizo un acuerdo con la mafia de la gobernación y abrió una cuenta en Chile a nombre de un falso referí de allá.

Yo estaba bien

Horacio llegó como siempre a las 18.50 a lo del psicólogo Sergio Vaccario, saludó a la secretaria como de costumbre y acto seguido se sentó a esperar su turno. Hojeó impacientemente una revista “Caras” de tres años atrás.

Horacio de 45 años bien llevados, a simple vista no parecía tener muchos problemas encima. No necesariamente hay que tener muchos quilombos para acudir a un psicólogo. Él no los tenía. No tenía problemas de personalidad, tampoco de relaciones. Sin embargo se lo notaba apesadumbrado, como si algo reciente le hubiese hecho mucho daño. Ya hacía varios años que concurría a lo del licenciado Vaccario. Se lo había recomendado su mejor amigo y religiosamente iba todas las semanas.

Por fin se había abierto la puerta del consultorio, Vaccario asomo la cabeza.

—Rodríguez adelante por favor, póngase cómodo— dijo el psicólogo. Horacio entró arrastrando los pies pero bastante rápido, dando señales que estaba completamente abatido pero que quería recuperarse cuanto antes.

—No lo noto bien…

—No lo estoy —suspiro Horacio mientras se dejaba caer en el diván.

—Otra vez el fútbol ¿No?

Horacio asintió con la cabeza. 

—Bien —dijo el psicólogo mientras se cruzaba de piernas— hace un par de meses habíamos quedado que utilizaríamos otra manera de descargar tensiones. Nos había servido bastante ¿Recuerda? Se lo explico nuevamente, no se haga problema. El futbolero utiliza un partido de fútbol para descargar frustraciones de la vida cotidiana, como un cable a tierra. Al momento que el equipo gana, nos sentimos más relajados. Uno tiene una mejor semana, gana optimismo, se siente bien, etcétera. ¿Pero si se pierde? Ahí la descarga se invierte y créame que estamos complicados. Por eso le dije que se concentrará más en cuestiones cotidianas, todos las tenemos, hay que saber encontrarlas...

—Y lo hice —interrumpió seco Horacio.

—Cuénteme

—Yo estaba bien, se lo juro —dijo Horacio mientras se revolvía en el diván — estaba feliz, contento. Si, habíamos perdido un par de partidos antes, pero hice eso que me aconsejó. Me refugie en los míos. Además le cuento que Luquitas empezó esa semana el jardín ¡Que contento estaba con su bolsita, su delantal! Mi señora además fue ascendida en el trabajo. Bueno, la frustración la canalice por ahí y le juro licenciado que yo estaba bien, era feliz,  — las palabras de Horacio comenzaron a entrecortarse—, era feliz, estaba contento… pero  hijos de puta me arruinaron la semana, no la semana no, el semestre, que digo semestre, el año me cagaron estos hijos de mil millones de putas. ¡Estaba lo más bien! ¡La puta que los pario!

—Calmese,  Rodríguez —dijo el psicólogo abriendo todos los dedos de la mano izquierda, subiendo y bajándola lentamente— por lo que veo volvimos al punto de partida y eso que ya van dos años...

—Ya lo sé—dijo molesto Horacio— y le estoy pagando bastante bien si cree que estamos perdiendo el  tiempo...

—Usted me paga para que avancemos, pero por lo que veo... —interrumpió brusco el Vaccario.

—Por supuesto que sí —Horacio recobrando algo de  compostura— pero usted no entiende...

—Claro que entiendo perfectamente, no puede ser que un simple partido de fútbol le eclipse todo tipo de felicidad, mire que le mande a hacer ejercicios y todo...

—Usted no me entiende... está claro que no me entiende —dijo Horacio mientras movía negativamente la cabeza.

—Dígame que debo entender 

—Yo era un tipo feliz, perdíamos pero me importaba un carajo —Horacio iba poniéndose rojo del enojo—, pero llego ese puto día y me juré que no me iba a hacer mala sangre. Mire que los tenemos de hijos a estos chotos y venimos a perder. Era una fiesta, una verdadera fiesta. Color banderas ¡La cancha explotaba!

—Ajá…

—Estaba feliz, le digo sinceramente con todo ese ambiente le juro que jamás pensé que íbamos a perder ¡Pero la puta madre que lo pario! ¡Me cagaron el año estos putos!

—Estimado Rodríguez, dígame cuantos partidos perdió en el año…

—Seis perdimos, seis pero usted parece que no me entiende.

—Explíqueme bien a ver si entiendo, por favor —el tono del psicólogo adquiría cierta ironía.

—A ver, a mí no me importa perder con Boca, con River, con deportivo chota o con la puta madre que lo parió —dijo Horacio mientras su cara se deformaba en un gesto de bronca—  lo que  me jode realmente perder es el clásico ¡Un puto partido cada seis meses! No pido un campeonato, pido un partido.

Vaccario se levantó, fue hasta su escritorio, se apoyó en él y se cruzó de brazos.
}
—Sígame contando por favor —respondió por fin.

— ¿Que quiere que le cuente? ¿Cómo nos rompieron el orto? ¿Quiere que le cuente como el forro de Manfrinotti  no marcó una mierda y que perdimos por su culpa?

Vaccario se quedó pensativo unos segundos, mientras se le iba dibujando una sonrisa en el rostro, como si hubiese descubierto la solución a los problemas del pobre Horacio.

—Me dijo que era el clásico ¿Verdad? ¿De qué cuadro es usted? —inquirió el profesional. 

—De Banfield…

—Le voy a explicar porque perdieron el clásico —dijo el psicólogo con una sonrisa entre maquiavélica mientras se acercaba a su paciente. 

—Dígame por favor —dijo Horacio como esperando oír una solución mágica, algo que lo aleje de ese sabor amargo.

— ¡Perdieron porque son pingüinos! Pechofrios es lo que son, amargos —le grito Vaccario casi al oído.

—Pero porque no te vas a la puta que pario villero —grito Horacio mientras se ponía de  pie— no tienen gente ni luz, estuviste en la C. ¡En la C!

—No tendremos luz pero te rompimos bien el culito —respondió el psicólogo haciendo el gesto universal del coito que consiste en juntar el índice y el pulgar de una mano para traspasarlo con el índice de la otra mano.

— ¿¡Pero que decís amargo!? Te tenemos de  hijo pingüino marroncito, nueve de ventaja del 5 a cero no te olvida más —Horacio estaba al borde del colapso mental.

—Váyase de acá yo no atiendo pingüinos, vaya a un veterinario hincha de bancien.

—Claro que me voy, villero de la C, puto —grito Horacio cerrando de un portazo violento la puerta del consultorio.

Vaccario se sentó en su escritorio, se quedó pensativo con una sonrisa algo melancólica. Escucho unos suaves golpecitos en la puerta mientras esta se abría.

— ¿Licenciado, que pasó que ese paciente se retiró a los gritos e insultando? —le pregunto la secretaria mientras entraba algo preocupada.

—Nada, le dije que era hincha de Lanús…

—Pero usted…

—Claro, yo soy de San Lorenzo

— ¿Entonces?

—Hay pacientes que no tienen cura y a veces es mejor deshacerse de ellos antes de que sea tarde. Ya que la tengo por acá, avísele por teléfono a la señora Gómez que puede venir a partir de las 19 horas como ella quería. 
T.Schweinheim
Obra Publicada, expediente Nº 510614. Dirección Nacional del Derecho de Autor

Seguilo!  

 FACEBOOK


INSTAGRAM


TWITTER

"Fútbol a sol y a sombra" de Eduardo Galeano

La historia del fútbol es un triste viaje del placer al deber. A medida que el deporte se ha hecho industria, ha ido desterrando la belleza que nace de la alegría de jugar porque sí. En este mundo del fin de siglo, el fútbol profesional condena lo que es inútil, y es inútil lo que no es rentable. A nadie da de ganar esa locura que hace que el hombre sea niño por un rato, jugando como juega el niño con el globo y como juega el gato con el ovillo de lana: bailarín que danza con una pelota leve como el globo que se va al aire y el ovillo que rueda, jugando sin saber que juega, sin motivo y sin reloj y sin juez.

En la escala Chiqui tapia... ¿Cómo te sentís hoy?

  Ojalá que la 9.


Top