Slider[Style1]

Style2

Style3[OneLeft]

Style3[OneRight]

Style4

Style5

Sábados de Fontanarrosa. Hoy: Los últimos Vermicelli

El ruido de la puerta metálica al cerrarse le hizo pensar al gordo en algo definitivo. Algo definitivo como el cerrarse de la tapa de un ataúd, por ejemplo. Pero, de inmediato, un glorioso aroma a tuco, a salsa de tomates, lo sacó de ese pensamiento. 

—¿Lo siguieron? —preguntó Bobina. 

—No sé. Creo que no. Puede ser —contestó el gordo. 

—¿No sabe o puede ser? 

—Eh... —el gordo trató de poner atención en lo que le decían—... no sé muy bien. Pero es posible, es posible. Creo haber visto a alguien siguiéndome. 

—¡Crespo! —gritó Bobina.— Andá fíjate. 

El gordo se secó la transpiración con un pañuelo. Ese aroma a tuco lo devolvía al patio de la casa materna, a su infancia. Olfateó el aire con fruición. 

—Esto es bárbaro —sonrió. 

—Hay que andar con cuidado —Bobina le señaló un pasillo, invitándolo a pasar.

— Esto no es joda. Merighi lo miró al gordo un ratito. 

—¿Quién le dijo dónde estábamos? 

El gordo, con las manos, se secó la transpiración de la papada. 

—Heredia me había dicho cómo llegar —explicó.— Hace bastante ya de esto. 

—Heredia —repitió Merighi— ¿Sabe lo que pasó con Heredia? 

—Sí —el gordo bajó la cabeza. 

—¿Por qué tardó tanto en venir? 

—La verdad... la verdad... 

—No pensó que se la agarrarían con usted también... 

—Y sí... —sonrió, avergonzado, el gordo.— Qué se yo... 

—Se han largado con todo. No va a quedar ninguno de los que están afuera. 

—Pero... —vaciló el gordo— ¿Por qué? Se habían quedado tranquilos. Habían aflojado. 

—Pero... —pareció ofuscarse Merighi.— ¿En qué mundo vivís, querido?— de improviso había pasado a tutearlo. 

—El Encuentro. El Encuentro. —Sí. El Encuentro. Merighi hizo girar algo su sillón y con un movimiento ágil para su obesidad encendió un pequeño televisor ubicado a su lado, sobre un cajón.

—Mirá —dijo. No tuvieron que esperar mucho. Un minuto después aparecía el anuncio del "Quinto Encuentro Mundial de Físicoculturismo".

— Lo pasan mil veces por día. Hay afiches en todas partes. Joden el día entero con eso. 

—No... no veo televisión. 

—Vienen tipos de todas partes del mundo. Va a estar la prensa internacional. ¿Te creías que iban a permitir que quedara algún gordo a la vista? El gordo no contestó nada. Merighi volvió a agacharse y, con un gesto de fastidio, apagó el televisor. 

—Nos quieren hacer cagar a todos —dijo.

 —Esto... —el gordo paseó la vista por el extraño lugar—... parece bastante seguro. ¿Qué era? 

—Una cámara frigorífica. Un sótano frigorífico, mejor dicho. Para guardar carne. El gordo no pudo menos que reírse. 

—Se sigue usando para lo mismo —rió, también, Merighi. El clima, algo hostil de la conversación se había distendido. 

—Es cierto —el gordo se pasó la mano por la mejilla, como sorprendido de no hallar sudor.— Está más frío acá. 

—El frío a nosotros no nos hace nada. 

El gordo volvió a mirar hacia el techo, hacia los rincones atiborrados de provisiones, y su nariz detectó nuevamente aquel aroma que lo había estremecido. 

—¿Qué son? —Merighi tiró la pregunta, como una adivinanza. El ingreso en ese tema le ablandaba el carácter. El gordo aspiró ansiosamente el aire, con delectación. 

—Déjeme... déjeme... —cerró los ojos— vermicelli a la Strómboli. —Con... —Con atún... perejil picado... —Perejil picado y... ¿qué más? El gordo volvió a aspirar. —Hay... hay... ¡Hay hongos ahí!

—Sí, sí —acordó Merighi.— Pero hay algo más. 

—Panceta, lógicamente... —Perejil picado, hongos, panceta... ¿Y qué? Algo más. El gordo comprendió que estaba siendo sometido a un examen. Tal vez era el examen de ingreso. Aspiró como un animal salvaje venteando el peligro. 

—Romero —arriesgó. 

—Casi, casi. Laurel. —Ah... laurel. 

—Pero está bien. Está bien —aprobó Merighi.

— Con un poco de tiempo le vas a ir agarrando la mano. 

En ese momento entró Bobina. Bobina debía pesar unos 130 kilos, calculó el gordo, viéndolo moverse con dificultad, respirando agitadamente, bastante ridículo, sosteniendo con toda su monumental humanidad un pequeño pedazo de pan en su mano derecha extendida, como si trajese un diamante. 

—Probá —le dijo el Bobina a Merighi. Merighi abrió la boca y se comió el pedazo de pan embebido en tuco. 

—Le falta sal — desdeñó. 

—¿Te parece? —la cara de Bobina era de sorpresa. Merighi afirmó con la cabeza. Bobina desanduvo sus pasos hacia la cocina, pero la voz de Merighi lo detuvo. 

—Che... —señaló al gordo.— Condarco, el escritor. 

—Sí. Lo recibí yo —Bobina le dio la mano.— El famoso escritor. No me explico cómo a usted no se la dieron antes. El gordo se encogió de hombros. 

—Por ahí yo les era más útil vivo —supuso.— O por ahí pensaban que si me la daban habría alguna repercusión internacional. Merighi meneó la cabeza, escéptico. 

—Lo de las dietas es mundial, Condarco. En Estados Unidos ya casi no quedan tipos como nosotros. En Rusia menos. En Alemania han desaparecido casi dos millones de gordos. 

—A mí me habían intervenido el teléfono —dijo el gordo.— Y también creo que me controlaban la balanza. 

—El problema nuestro es que no pasamos inadvertidos. No nos podemos confundir entre la gente. 

—¿Se enteró de lo de Heredia? —preguntó Bobina. 

—Sí —suspiró el gordo. 

—Pero peor fue lo de Albarello —agregó Merighi. 

—¿Qué pasó? —Se quebró. Lo metieron preso y le ofrecieron someterse a una dieta estricta para rebajar 30 kilos. 

—Para llegar al límite de los 80. 

—A 75. Ahora son 75 

—Merighi mostró los cinco dedos bailoteantes de su regordeta mano derecha. 

—¿75? —se alarmó el gordo. 

—75. Albarello se negó. No quería traicionar. Y el boludo, en protesta, hizo una huelga de hambre. Rebajó 47. Ahora es uno de ellos y me juego los huevos que fue quien denunció a Heredia. Se hizo un silencio abrumador, por un rato. Bobina lo cortó golpeando el marco de la puerta con una palmada. 

—Bueno, che... —pareció disculparse, señalando hacia la cocina o, al menos, hacia el sitio de donde provenía el aroma a tuco. 

—Llamalo a Torrente que venga —ordenó Merighi. Luego, dándole un envión insólitamente ágil a su sillón giratorio, alcanzó unos papeles de encima de un estante y volvió con ellos hasta detrás del escritorio. Allí comprendió el gordo la razón por la cual Merighi no se ponía nunca de pie. La gordura lo había encajado entre los posabrazos y el respaldo del sillón. Era como una torta que había desbordado su molde al crecer. 

—¿Sabés lo de las recetas? —preguntó Merighi, sacudiendo ante sí los papeles. 

—Sí. He oído de eso. ¿"Fahrenheit", no? 

—Sí. No podemos correr el riesgo de que ellos se apoderen de las recetas. Por otra parte, ya han quemado todos los libros y tratados de cocina. 

—Yo los había enterrado en el fondo de casa —suspiró el gordo.— Pero después de lo que le pasó a Spotorno, los saqué de allí y los quemé. 

—Por eso, por eso. Pero cada uno de nosotros ha memorizado una receta. 

—Acá tengo, en código, cuál receta sabe cada uno. Torrente sabe como 500. Él puede pasarte la que vos quieras memorizar. 

—Yo sé una de memoria —se ufanó el gordo. 

—¿Cuál? —"Civet de liebre". 

—A la puta —se pasó la lengua por los labios, Merighi.

— Esa no la tenemos. 

—Yo sabía. No es muy conocida —el gordo estaba orgulloso. 

—¿Cómo es? 

El gordo se estiró hacia atrás en el sillón, entrecerró los ojos, apoyó su mano derecha sobre el pecho y recitó. 

—Una liebre joven. Un cuarto litro de vino tinto. Un vaso de cognac. Un pocillo de aceite, laurel, tomillo. Una cebolla. Una rama de apio. Tres zanahorias tiernas, sal, pimienta en granos. Un hígado de liebre. Merighi escuchaba, contemplendo el cielo raso, el ceño fruncido. 

—Lavar la liebre en agua corriente durante una hora o más, hasta que la carne tome color rosado. Quitar el hígado y reservarlo. Cortar en presas, colocarlas en una fuente honda y cubrirlas con la siguiente marinada: mezclar en un bol el vino tinto, coñac, aceite, laurel... Promediando la vívida descripción de la receta, Condarco no pudo contenerse y se puso de pie. Atacó los últimos párrafos con verdadero fervor, con sensibilizada fibra. —... agregar el hígado pasado por tamiz, ligar a la salsa y servir inmediatamente en la misma cazuela, acompañada de trocitos de panceta salteada y champiñones calientes. 
Al callar el gordo, ambos hombres quedaron en silencio, emocionados. Merighi abrió la boca como para decir algo, pero nunca alcanzó a expresarlo. Una tremenda explosión seguida de un estruendo ensordecedor sacudió todo. Cayeron desde el cielo raso pedazos de mampostería y entre el ruido de miles de las latas de conserva que golpeaban contra el suelo pudo oírse el tableteo muy cercano de las ametralladoras. 

—¡Al fondo! ¡Al fondo! —atinó a vociferar Merighi maniobrando con su sillón entre los escombros. Ya todo era un infierno de estampidos, alaridos, voces de mando y el resonar de botas por las escaleras. El gordo, en pánico, torpemente, alcanzó la puerta y se lanzó hacia donde se suponía estaba la cocina, al fondo. Merighi, con un último envión obtenido al propulsarse contra su propio escritorio, estaba alcanzando la puerta cuando un escopetazo le estalló en el pecho. El impacto no lo arrancó del sillón pero hizo que éste, con su pesada carga, rodara nuevamente hacia adentro perdiendo poco a poco la velocidad hasta dar con el respaldo contra la pared opuesta. Allí quedó Merighi, ya muerto, con la cabeza gacha moviéndose levemente ante una lluvia de fideos dedalito que caía desde el acribillado paquete de un estante alto. El gordo no tuvo más suerte. La ráfaga de ametralladora lo tomó por la espalda y le dio un empujón final para alcanzar la puerta de la cocina. Antes de caer definitivamente vio, en el suelo de baldosas blancas, los inmensos cuerpos de cuatro gordos, como ballenas que hubiesen encontrado la muerte en una playa. Bobina, entre ellos. De repente, tan de repente como había comenzado, todo cesó. Se acallaron los disparos, escuchándose solamente alguna orden aislada, el ruido de vidrios al ser pisados por una bota. El oficial Markevitch entró en la cocina. Tenía aún la pistola en la mano, pero pronto comprendió que ya no le era necesaria. La devolvió a su cartuchera y comenzó a inspeccionar, con paso tranquilo, el lugar. Detrás de él entró un soldado sosteniendo una ametralladora, aún humeante. 

—Hijos de puta —dijo el soldado observando con curiosidad los jamones colgando del techo, las botellas de vino, los frascos de especias, el atiborramiento de provisiones que no dejaban, prácticamente, ver las paredes. 

—¡Cómo le daban a la comida! ¡Dale y dale! ¡Meta tragar! 

—Es lo único que les interesa, Flores. Su única religión. Han convertido sus cuerpos en tachos de basura. Se meten cualquier cosa adentro —Markevitch había recogido un tomate a medio pelar entre sus manos y ahora lo dejaba caer al suelo. En la cocina, sobre una de las hornallas, todavía se calentaba el tuco, burbujeando en una inmensa olla. A su lado, en un colador, también enorme, estaban los fideos. Markevitch se paró frente a ellos y se quedó mirando. Aspiró hondo. 

—Flores —ordenó— dígale al sargento Carelli que no deje de revisar bien todo. Puede haber puertas, pasadizos ocultos. Vaya. Sin volverse, escuchó que el soldado salía. Cubriendo con sus espaldas la puerta de la cocina, el oficial tomó un pedazo de pan y lo ensopó cuidadosamente en el tuco, luego se lo llevó a la boca. Al saborearlo experimentó un instante de éxtasis y apenas pudo reprimir la fuga de una lágrima. Flores no había vuelto todavía. Tomó el pan entero, le arrancó la corteza y sumió la miga blanda otra vez en el tuco. Lo comió apresurado, algo inquieto. Flores no llegaba. Tomó otro trozo generoso de pan y, cuando iba a meterlo en la olla, escuchó un taconeo a sus espaldas. 

—Señor... —comenzó el soldado, vacilando al verlo con el pan en la mano—... el sargento Carelli dice que no hay nada anormal. 

—Acerqúese, Flores. Quería hacerle probar esto —con seriedad, el oficial Markevitch prosiguió con el movimiento inoportunamente interrumpido e introdujo el pan en la olla. 

—¿Qué es eso? —dudó Flores. 

—Tuco. 

—¿Tuco? —el soldado Flores echó hacia atrás la cabeza como si Markevitch le hubiese acercado a los labios un insecto inquietante. 

—Pruébelo. 

El soldado tomó el pan y lo comió. Tras un gesto de confusión o temor, elevó las cejas como admitiendo una evidencia. 

—Es horrible —aseveró. 

—Es para poner a la pasta —el oficial señaló los fideos. 

—¿Eso es la pasta? —el soldado Flores por fin se hallaba frente a aquello sobre lo cual tanto lo habían prevenido en los cursos especiales. 

—¡Esto! Puras calorías. Colesterol. Lípidos. Una mierda, soldado. 

—La famosa pasta —musitó Flores, absorto. 

—Hay toneladas de pasta acá. Hemos dado con un verdadero arsenal. Tendremos que dinamitarlo. 

—Límpiese acá —cambió abruptamente la conversación Flores, señalándose su propia comisura derecha de los labios. Markevitch se apresuró a limpiarse con la palma de la mano. 

—¡Vamos Flores! —ordenó, con brusquedad.— Maneje bien hasta el cuartel y no le diré a nadie que estuvo probando el tuco. 

Al salir, Markevitch se detuvo un instante junto a la mesa de la cocina. Allí había, abierta, una caja redonda de cartón conteniendo dulce de leche. Un dulce de leche oscuro, brillante y denso. Aún sobresalía de la caja el mango de una cuchara sopera. Markevitch la contempló un par de minutos, paralizado. Pero apretó los dientes y se contuvo. 

—Hijos de puta —pensó, apresurando el paso. Ya afuera, de vuelta al camión que los había transportado hasta la descubierta guarida, Markevitch se recostó en el asiento y se quedó pensando. 

—A veces —dijo, como para sí— no sé si esto lo hacemos por un mejoramiento de la raza... o por envidia. Pero Flores, atento al tráfico, no pareció entenderlo.

Roberto Fontanarrosa.

Extraído del libro "Nada del otro mudno". Ed de La Flor 1987/Planeta 2012.

Sábados de Fontanarrosa. Hoy: "No se puede tener todo"

En un momento dado, Eduardo se quedó mirando hacia un costado.

—¿Che? —preguntó—. Aquel que está sentado en la mesa contra la ventana ¿no es Rearte?

—Sí. Es Rearte —dijo Adolfo sin darse vuelta a constatarlo—. Lo vi al entrar. Creo que no me reconoció.

—Pero... —Eduardo frunció la frente—. Está hecho bolsa ese muchacho. Se le cayeron todos los años encima.

—Sí —admitió Adolfo.

—Uhhh... —Eduardo seguía consternado—. ¡Pero si parece que tuviera setenta años!¡Qué avejentado que está!

—Anduvo jodido.

—Tiene mi edad Rearte. Fuimos compañeros en la secundaria.

—Parece que tuviera veinte años más.

—¿O nosotros estaremos igual? —se alarmó Eduardo, volviendo a mirar a su acompañante de mesa luego del estudio exhaustivo de la precaria actualidad de su ex compañero de estudio. Adolfo soltó una risotada sorda.

—No jodas —aconsejó.

—¿Estaremos igual, che? ¿Él nos verá igual a nosotros?

—No. Es que no anduvo bien ese muchacho — insistió Adolfo. Eduardo no pareció oírlo. Se había metido por otra vertiente de la conversación.

—Porque a veces es un poco la forma de vestirse ¿No es cierto? La actitud —arriesgó—. Yo veo tipos que siempre han sido muy formales para vestir. Pero muy formales. Siempre de traje y corbata... Ropa oscura...

—En la puta vida los ves de sport...

—Claro... Y eso los avejenta un poco.

—Sí, pero en este caso...

—Sí... —Eduardo sacudió la cabeza, reflexivo—. Pero en este caso no es así. Éste se viste de traje y todo eso pero además está achacado. Pelado, con lentes...

—Te decía que...

—Medio panzón —arremetió Eduardo, ensañado—. Eso es lo que te caga. Porque uno no puede evitar quedarse pelado. O tener que usar lentes. Pero se puede evitar engordar como un chancho. Eso es cuestión de voluntad.

—Tampoco éste está gordo como un chancho, Edu.

—Te digo en forma genérica. Panzón está. Claro, que yo recuerde, éste no hizo deporte en su puta vida.

—Te digo que anduvo para la mierda —Adolfo golpeó con los nudillos suavemente sobre la mesa como para reafirmar su conocimiento y, de paso, llamar la atención de su amigo.

—Y eso con el tiempo se siente —Eduardo desechó el reclamo—. Cuando no tenés los músculos abdomínales más o menos trabajados, después de los cuarenta se te relaja todo. Adolfo lo miraba. Eduardo detuvo su discurso y lo miró también.

—¿Cómo que anduvo para la mierda? —rebobinó, volviendo a fruncir la frente.

—Estuvo loco.

—¿Loco?

—Sí. Pero loco loco. Loco del bocho. Demente.

—No jodas.

—Sí. No loco lindo o loco divertido. Estuvo internado y todo, este muchacho.

Eduardo volvió a depositar la mirada sobre su medianamente lejano ex compañero de estudios. Ahora con otro interés, con otra óptica.

—¿Y cómo lo sabes?

—Porque hará un año o dos lo encontré en El Savoy. Bah, lo encontré... Es un decir. Yo estaba tomando un café, tenía que hacer tiempo o algo así... ¡Tenía que ir a lo del escribano, ahora me acuerdo! Que está ahí nomás, a media cuadra, vos viste... Y en eso, lo veo a este tipo, al Rearte, en otra mesa. Como si fuera ahora, que también está sentado en otra mesa. También contra la ventana...

—Se ve que la locura le da por ahí —apretó una sonrisa, Eduardo.

—No seas hijo de puta. Pero yo no lo veía muy bien, porque lo tenía medio tapado por una columna. Digamos que lo veía a él pero no veía al tipo que estaba con él. Porque yo lo veía hablando. Muy animadamente. Meta hablar y hablar, dale que dale...

—No era un tipo muy conversador, por lo que me acuerdo.

—Se notaba que era una conversación muy interesante. Yo no escuchaba lo que decía, pero lo veía gesticular, así ¿viste? —Adolfo dibujó algunos gestos con sus manos, en el aire, ampulosos—. Y se reía. Se reía mucho. Ahí sí, fuerte. Yo lo escuchaba reírse. Pero, bueno, no le di mayor bola al asunto. "Estará con algún amigo" me acuerdo que pensé.

—O con alguna mina.

—También. Con alguna mina. Pero me olvidé de la cosa. Tampoco yo soy un amigo demasiado cercano de este muchacho, después de todo. Y no sé qué mierda empecé a hacer, aprovechando el tiempo, con unas facturas, algún trabajo atrasado. Pero me acuerdo que lo volví a mirar porque escuché que se reía de nuevo, muy fuerte, una risa muy sonora, muy estentórea. Digo "ahora cuando me levanto voy a ver con quién está este tipo", más que nada por esa curiosidad de chusma que tiene uno.

—Es que acá en Rosario uno es chusma a la fuerza, Adolfito. Si uno conoce a todo el mundo — puntualizó Eduardo, profundo.

—Me levanto, me pongo el sobretodo —era invierno— miro como para saludarlo, y veo que este tipo estaba solo. Estaba solo en la mesa.

—Estaba hablando solo —Eduardo asimiló el golpe.

—Completamente solo. Yo medio que miré para todos lados, porque por ahí había estado con alguien y el otro tipo, o la tipa, se había ido recién. O se había levantado para ir al baño. Pero no parecía ser así y aparte en la mesa de él había un solo café, un solo vasito de agua.

—Qué jodido...

—Jodido ¿viste? Porque la cosa te descoloca. Yo no sabía muy bien qué hacer...

—Te piraste...

—¡No! Porque él me había visto. Cuando yo me levanté para ponerme el sobretodo y miré como para saludarlo, él también me vio. Me vio y me saludó muy efusivamente con la mano: "¡Qué haces, Adolfo!"

—Te dejó pegado.

—Me tuve que acercar, te imaginás. Y ahí corroboré que el hombre no andaba demasiado bien de la azotea. Primero, que caí en la cuenta que desde otras mesas también lo estaban mirando. Un poco con interés, otro poco con inquietud ¿viste? Uno nunca puede saber demasiado bien qué carajo puede hacer un loco. Algunos otros tipos que estaban en otras mesas me miraban haciéndose los boludos como diciendo...

—Otro loco de mierda.

—No. Pero... ¿viste? Qué sé yo... Como diciendo, "Este tipo no se apioló, este tipo no se dio cuenta...". Una cosa así.

—Y... ¿qué pasó? ¿Te sentaste?

—Me tuve que sentar. Medio en el filo de la silla como para irme, pero me senté. Y ahí me contó. Dentro de su incoherencia me contó cómo venía la mano con él...

—¿Se lo notaba muy alterado?

—Ah... Eso es lo que te había empezado a contar, aparte del hecho de que la otra gente lo mirara. Sí... Hacía gestos raros con la cara. Rictus ¿viste? Visajes. Fruncía la cara. Replegaba los labios y mostraba los dientes apretados, como si le doliera algo. No siempre, por supuesto, de vez en cuando. Pero eran como tics. Y transpiraba, además. Y te estoy hablando de pleno invierno. Un  frío de cagarse.

—¿Y qué te contó?

—Que se le había matado en un accidente un amigo muy querido, y que era...

—A la pucha.

—Y que era con ese amigo con el que había estado hablando. Que se encontraban muy seguido. Que tenían muchas cosas para contarse. Que el accidente había sido como dos años atrás, pero que se seguían viendo...

—Mira qué extraño. Iba y venía de la locura — diagramó Eduardo—. Sabía que su amigo se había muerto pero lo mismo te contaba que hablaba frecuentemente con él.

—Eso mismo. Con total naturalidad. Por momentos, te juro, parecía que estaba completamente lúcido y normal...

—Era un tipo agradable, recuerdo.

—Un tipo agradable. Pero también me dijo que cuando su amigo no aparecía —o mejor, el fantasma de su amigo no aparecía—, él se angustiaba mucho, que sufría, que se deprimía, que a veces lloraba...
—La mierda.

—Entonces yo le dije... te imaginás... ¿Qué carajo le iba a decir en un momento así? Le dije que por qué no iba a ver a un psicoanalista...

—Lógico...

—Y me dijo que había empezado a ir hacía poco. Que su mismo amigo se lo había aconsejado...

—¿Su amigo? ¿El muerto?

—Y otra gente, también. Familiares, supongo. Y que estaba muy satisfecho con la terapia, que le estaba yendo muy bien...

—¡Ya veo!— rió, asombrado, Eduardo.

Adolfo se quedó callado. Torció su cabeza para mirar a Rearte que, algo encorvado, les daba la espalda desde la mesa de la ventana.

—Después me fui —completó—. De ahí conozco este asunto de la historia ésa. De lo que me contó él.

—Fijate vos —bamboleó la cabeza hacia adelante y hacia atrás Eduardo, abstraído. También él observó a Rearte entonces—. Y ahora, cuando entraste —preguntó a Adolfo—. ¿No viste si estaba hablando solo, o si gesticulaba, o algo así?

—No... No...

—¿No viste o no hablaba solo?

—No hablaba solo. Ni gesticulaba. Al menos en los momentitos que yo lo miré. Porque lo miré para saludarlo cuando lo reconocí pero él no me vio entrar.

—Yo tampoco lo vi hacer nada raro —murmuró Eduardo.

—Por ahí está bien. Quién te dice.

—Como suelto, anda suelto.

—Por ahí se curó con la terapia, Edu —Adolfo estaba recogiendo sus cosas de una silla contigua, como para irse.

—Lo voy a ir a saludar, a ver qué pasa —afirmó decidido Eduardo también poniéndose de pie.

—Andá, andá y después me contás —lo alentó Adolfo, acomodándose la bufanda. Se separaron. Adolfo se fue por la puerta de la esquina de Santa Fe y Sarmiento y Eduardo, abrochándose el saco, se aproximó a Rearte. Rearte lo recibió con algo de sorpresa y una medida alegría. De cerca se lo veía más avejentado aún, pero calmo, con cierta transparencia en la mirada y un leve temblequeo en el labio inferior. Rearte invitó a compartir la mesa a Eduardo y éste, igual que Adolfo en aquella ocasión, se dejó caer casi en el borde de la silla, la agenda apoyada sobre sus muslos, como para partir en cualquier momento.

Eduardo, piadoso, mintió que lo encontraba bien, casi igual que siempre, lo que dio lugar para que Rearte, casi culposo, lo contradijera efusivamente y le explicara las causas de su estado de deterioro físico ligeramente prematuro. En tanto le contaba la historia que Eduardo ya sabía a través de Adolfo, Rearte se fue entusiasmando, adquiriendo confianza, como si al principio desconfiara de que Eduardo fuera realmente quien decía ser. Le habló de su amigo, del terrible accidente, del shock emocional que aquel suceso le había provocado, de su desequilibrio

nervioso, de sus largas y animadas charlas con el espíritu ("o lo que fuere" aventuró) de su amigo muerto, de su terapia y de su sostenida mejoría.

—Me hizo muy bien, Lejarza —sonrió, tristemente, rescatando el apellido de Eduardo, que la cotidiana lista de asistencia escolar había grabado en su memoria—. Pude hablar el asunto. Pude, como dicen ellos los psicólogos, elaborar el duelo. Pude asumir que mi amigo había muerto.  Convivir con eso. Incorporarlo...

—¿Terminaste la terapia? —preguntó Eduardo.

—Terminé. Terminé. Bah... Voy de vez en cuando. Controles más que nada.

—Esas cosas nunca terminan del todo —precisó Eduardo como si supiera.

—Nunca estás sano —la sonrisa de Rearte era desvaída.

—¿Y ahora cómo andas, cómo te sentís?

—Peor, Lejarza. Peor —dijo Rearte, al punto. Eduardo se echó un poco hacia atrás, sin mudar de expresión, impactado—. Antes al menos tenía con quien conversar. Me pasaba horas hablando con el espíritu, o lo que sea —se encogió de hombros— de Aldo. Te aseguro que me iba a algún café, lo encontraba allí y estábamos horas charlando. Claro, ya no nos veíamos tan seguido como cuando él estaba vivo —que estábamos juntos todo el santo día, éramos culo y camisa te juro—, y entonces cuando nos encontrábamos teníamos un montón de cosas para contarnos. Pero ahora...  —Rearte lentificó su relato—. Ahora me siento muy solo. Muy solo, Lejarza. Vos sabes que yo no me casé, mi vieja está muy viejita...

Eduardo amagó ponerse de pie. Sentía la incomodidad propia de quien sospecha que su interlocutor puede ponerse a llorar en público en cualquier momento. Intuyó que debía hallar una frase de cierre, antes de irse.

—No se puede tener todo —barbotó, mirando hacia el nerolite de la mesa. Y suspiró profundo.

—¿No querés tomar un café? —Rearte lo tocó en el brazo, adivinando su intención y retomando, incluso, un tono de voz más festivo. Eduardo se puso de pie, ligeramente espantado.

—No, Rearte. Me tengo que ir.

—Quédate. ¿Tenés mucho que hacer?

—Sí. La verdad que sí. Me alegro de verte bien, Rearte.

—Un café nomás —Rearte elevó su dedo índice en el aire—. Contame si viste a alguno de los muchachos. ¿Lo ves a alguno?

—A Ferrer, a veces... A Spiño... pero mejor otro día, Rearte. La verdad es que ando a los rajes.  Discúlpame pero nos vemos en cualquier momentito.

Apretó la agenda sobre su pecho y salió hacia Sarmiento. Rearte miró hacia la barra e hizo la seña de un cortado.

Roberto Fontanarrosa

Extraído del libro "La mesa de los galanes". Ed de La Flor 2001/ Ed. Planeta 2012.



Sábados de Fontanarrosa. Hoy: "Cine Negro"


El film hilvana, en forma de historieta y sketchs, testimonios de colegas, actores, amigos y familiares del dibujante Roberto Fontanarrosa. 
 Durante el mismo se repasan los logros del artista, sus premios y reconocimientos, al tiempo que rescata sus personajes más entrañables, como Inodoro Pereyra y Boogie el aceitoso. 

Además, la narración recupera los primeros años en la vida escolar de Fontanarrosa con las participaciones de Antonio Gasalla, como “la maestra”, y Norma Pons, como “la directora”. 

Dirección Mariana Wenger. Duración 70 min. 

Sábados de Fontanarrosa. Hoy: "Vidas privadas"

El edificio no es muy alto o, al menos, no parece muy alto entre los demás. En el último piso, donde se adivinan los tejados color pizarra, hay una ventana iluminada. Si nos acercamos podemos ver que la ventana da a un despacho cuya decoración y amoblamiento coinciden con la  elegancia de la construcción. Cambiando un poco el ángulo de visión, advertimos que, sentado detrás de un amplio escritorio de madera oscura, hay un hombre. La luz que llega desde la lámpara de armonioso diseño ubicada a un costado del escritorio baña generosamente al hombre y nos permite estudiarlo con detención. Es una persona que ya ha superado los cincuenta años, tiene un rostro de rasgos distinguidos, cabello algo ralo en la parte superior del cráneo, abundante y prolijo sobre las sienes. Pero un tanto encanecido, es cierto. La camisa es de un color celeste cauto, surcada verticalmente por unas casi invisibles líneas blancas. La corbata, azul.

Sábados de Fontanarrosa. Hoy Jorge, Daniel y el Gato

—¡Qué verga somos, viejo! ¡Qué verga! —Jorge se inclinó con un gesto de dolor y se quitó, uno a uno, los botines embarrados. Se masajeó, siempre con rostro dolorido, los dedos del pie bajo la tela gruesa de las medias de fútbol.

—Qué le vamos a hacer —dijo el Gato, el vaso de cerveza en la mano, por decir algo, casi distante, como resignado. Más atrás, en la misma mesa pero alejada su silla como dos metros, las piernas abiertas, el Dani lucía abstraído, totalmente ausente.

—¿Cómo mierda podemos perder tantos goles, digo yo, cómo podemos perder tantos goles? El otro día contra La Cortada, lo mismo, querido, erramos una barbaridad... Después ellos, cuando tienen una oportunidad, te abrochan y anda a cantarle a Gardel...

—¿Te duele? —preguntó el Gato, señalando con su mentón hacia los pies de Jorge.

—El tobillo —señaló—; pisé un pozo y me lo torcí. Me lo hice percha.

—Párate —recomendó el Gato.

—Si me paro me duele más, pelotudo.

—Que no jugues, te digo, forro. Párate quince días porque si el próximo partido se te llega a torcer de nuevo después se te hace crónico.

—Ahora le meto hielo —desestimó Jorge—. Y cuando se deshincha me vendo bien y no hay problema. —Te lo vas a cagar, Jorge.

—Si no vengo yo, creo que el próximo sábado no juntamos ni siete como para entrar a la cancha.

—O anda a lo de la curandera que dice el Niki —insistió el Gato.

—¿Qué curandera? —Jorge se reía, pese al dolor.

—Dice que las terceduras te las cura con un vaso de agua. La vieja tira granitos de trigo, ¿viste la especie de semillitas de cuando desarmas las espigas?, en un vaso de agua. Las semillitas que se van al fondo son los  nervios que tenes sacados. Las que flotan son los que están bien.

Jorge lo miró al Gato, incrédulo.

—O al revés —se cubrió el Gato—. Al Niki lo curó así. Bah, eso dice el Niki.

—Al Niki lo que hay que hacer es internarlo en un psiquiátrico —murmuró Jorge—. Me vendo bien, y a la lona —reafirmó. Después recogió los botines, parándose. Se tomó la cintura con las dos manos y estiró un quejido gutural—. La concha de su madre —dijo—, me duele todo.

—Para colmo está pesadísimo —el Gato se pasó la manga de la camiseta sobre la frente calva empapada de sudor—. Y hace transpirar esta porquería —elevó un tanto, mostrando, el vaso de cerveza.

—Hay que decirle a Enrique que el sábado que viene traiga las camisetas de manga corta. No puede ser tan boludo —dijo Jorge, ya con las llaves del auto en la mano, como demorando la retirada.

—¿Las blancas? Están hechas mierda esas camisetas, Jorge.

—No, están bien... Bah... Se las aguantan...

—Faltan números.

—El boludo del Ñaqui que se quedó con una cuando se cabreó por lo de Gustavo.

—Hay que decirle que la traiga. Al Mosca también.

—Al Mosca que lo hable otro, yo no lo hablo... ¿Vos venís el sábado, Daniel?

Jorge señaló con la llave del auto al Dani que, hasta ese momento, no había salido de su mutismo, la vista perdida hacia el ventanal que daba al bulevar Rondeau, despatarrado sobre la silla.

—No. Creo que no.

—Uy —arrugó la cara, Jorge—. Cagamos —se dirigió al Gato—. No sé si juntamos once si éste no viene.  Tito tampoco puede venir, al Pinza lo echaron hoy, el boludo. Le van a dar como cuatro fechas...

—¿Por qué Tito no viene? —preguntó el Gato.

—Qué sé yo... Tiene un bautismo, una de esas boludeces que siempre tiene.

—¿Otro bautismo?

—¿Podes creer?

—¿Qué es Tito? ¿Monaguillo?

Jorge soltó una risa corta.

—Cagamos —repitió—. Para colmo, el otro forro de Aníbal hoy se fue cabrero...

—¿Por qué se fue cabrero?

—Porque el Coló no lo puso de arranque. Y... ¡viejo! Somos once. No podemos jugar todos. Si al final de cuentas, vos bien lo sabes, al final, jugamos todos. Hoy faltas vos, mañana falto yo...

En silencio, Dani osciló la cabeza, como desaprobando, pero no dijo nada.

—¿Vos no venías, entonces? —insistió Jorge.

—No. Creo que no. Creo que tengo que viajar —dijo Daniel, serio.

—¿Contra quién es? —dijo el Gato.

—Cerámica, creo... ¡No! No. Palermo, Palermo.

—No es tan jodido.

—¡Para nosotros son todos jodidos, Gato! —se rió, irónico, Jorge—. Mira vos hoy, estos muchachos no le habían ganado a nadie, a nadie, son unos chotos, Gato. Y se vienen a desvirgar con nosotros, a nosotros nos hace la fiesta cualquiera... Déjame... Somos una verga nosotros, Gato, no me digas...

El Gato hizo un visaje con la cara, de aprobación, negación o duda.

—Chau. Nos vemos —dijo Jorge, y se fue rengueando hacia el auto—. Chau, Daniel —incluyó, de última, ya desde la vereda de "El Morocho del Abasto". Daniel y el Gato se quedaron en silencio. El Gato apuró lo último de su cerveza y liberó luego un eructo suave.

—¿Y el Mosca por qué no viene? —se preguntó después, en voz alta. Daniel había apoyado sus codos sobre las rodillas peludas y miraba hacia la calle. El sudor le resbalaba por la frente hasta la nariz y luego caía por ésta, para precipitarse desde su punta sobre el bolso que estaba entre sus pies. Daniel se encogió de hombros.

—Qué sé yo —moduló con la boca, sin emitir sonido alguno. Después empezó a sacudir la cabeza hasta girarla para mirar al Gato.

—¿Vos viste cómo me puteó el Quique? —le preguntó"—. ¿Vos viste cómo me reputeó el Quique, ese pedazo de pelotudo? —repitió, antes de que el Gato contestara nada. El Gato abrió mucho los ojos, simulando.

—No... ¿Cuándo? —mintió.

—Cuando me erré ese gol, en el segundo tiempo... —¿Cuál?

—¡En el segundo tiempo! —se exasperó Daniel—. Que íbamos uno a cero. Si lo hacía nos poníamos uno a uno...

—¿Ése que pasó todo frente al arco? ¿Que...?

—¡Ese! Que se fue la Pioja por la izquierda y metió el centro atrás...

—Ah, sí... Pero no lo vi muy bien... Yo estaba afuera.

—¡Pendejo pelotudo! ¡Como si uno errara los goles a propósito, viejo!

—Sí... Pero no escuché. La verdad que no escuché. Vi la jugada pero...

—Arriba me putea el hijo de puta. —Te venía alta, me pareció...

—¡Acá me venía! —como impulsado por un resorte, Daniel se paró, señalándose a la altura de la ingle—. ¡Acá! ¿Cómo mierda quería que le pegara? La tocó el arquero, picó y se levantó...

—No bajaba nunca.

—¡Nunca bajaba, la concha de la lora! Y el otro pelotudo me viene a putear. El sorete ese de Quique... —Bueno, pero... Qué sé yo...

—¡Mira si nosotros tuviéramos que putearlos a ellos por las cagadas que se mandan ahí abajo! —Daniel ya estaba un tanto descontrolado—. ¡Mira si nosotros tuviéramos que putearlos a ellos por los cagadones que se mandan ahí abajo! Hoy mismo, hermano... ¡Raúl, Raúl, otro, otro que me puteó en la misma jugada! ¿Me querés decir qué carajo quiso hacer Raúl en el segundo gol de ellos? ¿Me querés decir qué carajo quiso hacer?

—Quiso cancherear...

—¡Si no tiene resto para cancherear, querido! ¡La va de crack y no sirve ni para tirar flit, no me vengas! Y después te chillan cuando vos erras un gol, hermano... Y no hace ni un año que están jugando, Gato, haceme el favor... No hace ni un año... —se volvió a sentar, como si no pudiera quedarse quieto—. ¿Cuánto hace que estamos jugando nosotros, Gato, cuánto hace que estamos jugando?

—Uhhh... —enarcó las cejas el Gato.

—Cinco años. Cinco, seis años hace. Empezamos nosotros, ¿o no es así?, con el Coló, con Ñaqui, con Marcelo...
—Claro, claro...

—¡Y ahora resulta que cada sábado que uno viene aparece un pendejo nuevo! ¿Cómo es eso? Uno viene y ya ni siquiera conoces a tus compañeros... Como ese pibe, el Huguito... ¿Quién lo trajo a ese pibe? ¿Quién lo anotó al Huguito? ¿Me querés decir quién lo trajo?

—El Coló...

—¡El Coló, claro! Porque él sabe que no le saca nadie la camiseta de cinco. Pero como no le dan más las tabas se tiene que rodear de pendejos que corran y se rompan el culo por lo que él no corre ni se rompe el culo en la mitad de la cancha, ¿es así o no es así?

—Sí, Daniel... Pero también tenes que comprender que en una liga como ésta, sin límite de edad, si no mechas algunos pibes con los jovatos, te pasan por arriba. ¿Viste los de "25 de Diciembre", que son todos pibes? Son aviones esos pendejos, Daniel, no los agarras ni con un lazo...

—Sí, sí, pero no hay derecho, Gato, no hay derecho...Porque cuando a esos pibes, esas estrellitas, esos cracks que, entre nosotros, no son tan cracks como se piensan porque si no no estarían jugando acá, estarían jugando en Central, en Nubel, en Central Córdoba... Bueno, cuando a esos cracks resulta que se les canta las pelotas irse a jugar a Provincial, o al campo, o a la concha de su madre... ¿a quiénes tienen que recurrir para armar el equipo? ¿A quiénes tienen que recurrir?... A Norberto, al flaco Suríguez, al Narigón... a vos... ¿O por qué te crees que se chivó el Mosca y no viene más? ¿Por qué te crees? Porque lo dejaron afuera dos partidos,seguidos y no lo pusieron más, hermano. Con el verso ese de que eran partidos chivos, de que eran partidos importantes, que eran contra el puntero, contra Social Lux, contra Minerva, contra la pinchila de Mahoma y todo eso... Decí que vos, o el Narigón Anselmi, son de fierro y se la aguantan y vienen y vienen y vienen...  Pero el Mosca se hinchó las pelotas...

—Es verdad... Eso es verdad —asintió el Gato, golpeteando con el culo del vaso sobre el nerolite de la mesa.

—¿Querés que te diga más? —retomó Daniel tras un silencio—. Yo prefiero perder con el Narigón, con el Mosca, con vos, con Norberto... y no con todos esos nuevos que ha traído el Coló. Porque bien que cuando el Raúl, el Quique o alguno de ésos te caga, bien que salen echando puta a buscarlo al Norberto, al Mosca, a  todos ésos...

—Es el eterno problema... —dijo el Gato, calmo. Daniel pegaba palmaditas sobre la mesa. Había vuelto a  mirar hacia afuera y procuraba regularizar el ritmo de su respiración.

—No me vengas, viejo... —machacaba.

—Es el eterno problema, Daniel... Formar un equipo de amigos, para divertirse. O formar un equipo para ganar el campeonato.

—¡Si nosotros no podemos ganar el campeonato, Gato! —lo miró Daniel con infinita indulgencia, abriendo los brazos. Nosotros no podemos ganar ningún campeonato, querido, si somos unos perros, unos perros somos, unos muertos de hambre...

—Sí, pero vos viste cómo son estas cosas. Al principio se dice que vamos a formar un equipo de amigos,  para divertirse, pero cuando de pedo se ganan un par de partidos ya todos piensan que se puede ganar el campeonato.

—Míralo al otro —volvió a menear la cabeza Daniel, y cambiando de tema—. ¡Qué fácil que la hace Jorge, qué fácil que la hace! "Al final jugamos todos lo mismo", te dice. "Al final entran todos." ¡Mira qué turro! Sí, entran todos... ¡pero unos arrancan jugando todos los partidos, como el Coló y él, y el Taca... y otros, como el Narigón, entran veinte minutos! ¡Entran todos los partidos, sí, pero veinte minutos! "Jugamos todos." ¡Mira qué turro!

—Decímelo a mí —susurró cabizbajo el Gato, tristemente.

Daniel chistó, como desinflándose.

—Encima hay que aguantarse que te puteen cuando erras un gol —dijo—. Hay que joderse —se rió, ácido—. A mi edad tener que venir a amargarse la vida. Uno que espera toda la semana el sábado para venir a jugar y pasarla bien y hay que amargarse la vida con estos pendejos. O con el Raúl mismo que no es tan pendejo...

—Son cosas del juego, Daniel...
—Y ojo que no lo digo por el Huguito, que es un flor de pibe, un pan de Dios. Pero los otros... No sé... Tienen mierda en la cabeza y... ¿sabes qué es lo que más me calienta? —Daniel se volvió hacia el Gato como si hubiese encontrado el quid de la cuestión. Retomó, incluso, el ritmo acelerado de su discurso.— Que te putean porque te erraste el gol pero, en realidad, lo que te quieren remarcar es que te lo erraste por viejo choto.

No por tronco, o porque sos de madera, por mal jugador... ¡Por viejo choto, porque no te dan más las tabas, ni las articulaciones, ni los reflejos! ¡Eso es lo que te quieren remarcar, lo que quieren poner en evidencia estos cabrones!

—No, Daniel...

—¡Sí, señor! Sí, señor... Porque el otro día, en el partido contra Mercadito, el Cacho, el Cacho, se erró un gol igual igual al mío, pero igual, calcado.

—Es cierto...

—Le quedó alta, a dos metros del arco, sin arquero y... ¿sabes adonde la tiró? —A la mierda.

—¡A la concha de su madre! ¡A la recalcada concha de su madre la tiró! Mucho más alta que la que tiré hoy yo. Ahí la tiró. Y lo putearon. Pero seguro que nadie pensó que lo había errado por viejo choto, porque el Cacho tiene veintidós pirulos y tiene un lomo así y es un toro el Cacho... Pero cuando un tipo de treinta y seis años hace lo mismo que hizo el Cacho ya todos piensan que lo erraste porque estás hecho un fósil de mierda, un viejo choto y que le tenes que dejar tu lugar a los pibes. ¡Mierda se lo voy a dejar! ¡A mí nadie me regaló nada cuando yo empecé a jugar! Veinticinco años hace que juego al fútbol... Y encima tenes que aguantar  que te erras un gol y te putean...

Se quedaron un momento callados. El Gato, abstraído, hizo girar con la punta de un dedo el tíquet que había dejado el mozo y que había quedado planchado bajo el culo del porrón húmedo. Lo despegó con cuidado y unos numeritos en celeste quedaron impresos sobre el nerolite. El Gato parecía estudiar el tíquet pero, de pronto, quedamente, dijo:
—Daniel... Daniel... Oíme.

Daniel seguía con los ojos clavados en la ventana.

—Oíme, Daniel —siguió reclamando el Gato—. ¿A vos te jode que te puteen por un gol errado?

Daniel osciló la cabeza, considerando estúpido responder.

—¿A vos te jode? Entonces déjame que te cuente una cosa. ¿Me dejas?

El excesivo preámbulo atrajo, por fin, la atención de Daniel, quien miró de reojo al Gato.

—¿Te acordás el sábado pasado, que jugamos contra Teléfonos?

Daniel asintió con la cabeza.

—¿Te acordás que yo entré en el segundo tiempo? Habré entrado a los veinte minutos del segundo tiempo...

—Sí, que entraste porque se jodio el Tito, que si no el Coló tampoco te ponía...

—Por lo que sea, por lo que sea... Cuando yo entré íbamos perdiendo dos a uno...

—Sí, dos a uno.

—Faltando unos quince minutos ¿te acordás? hubo un centro sobre el área de ellos, un rebote, y me quedó servida a mí, picando, casi en el punto del penal, un poco más atrás, pero casi en el penal, sobre la derecha...

—¡Uy, sí! Me acuerdo.

—Le pegué de prima y la tiré a la mierda. Así de simple. La tiré a la mierda.

—Arriba del travesano, me acuerdo.

—Arriba. Y... ¿querés que te diga una cosa, Daniel? ¿Querés que te diga una cosa? Daniel lo miró.

—Nadie me dijo nada —ahora era el Gato el que miraba fijamente a la mesa, las cascaras de maní, los

círculos dibujados con espuma por los vasos sobre el nerolite—. Nadie me dijo nada... Hubo un silencio... Un silencio total...

—Bueno... Es mejor. Te juro que...

—No, Daniel. No es mejor... Cuando ya nadie te dice nada es que ya nadie espera nada de vos... Es una cosa, ¿cómo decirte?... piadosa. Un silencio... comprensivo, ¿entendés? Me di vuelta y lo vi al Coló que le hacía señas al Quique como diciendo "Déjalo. No le digas nada. ¿Qué le vamos a hacer? Bastante hace el pobre viejo...". Por eso...

—Es que...

—Por eso te digo Daniel… alégrate que todavía te putean, alégrate. Quiere decir que todavía te consideran apto para jugar, para meter goles, para mezclarte con ellos…

Daniel aspiro hondo.

—Puede ser — dijo y pidió la cuenta.
Roberto Fontanarrosa
Extraído de Uno nunca sabe. Ed. De La Flor 1993/ Ed Planeta 2012




Sábados de Fontanarrosa. Hoy: "Palabras iniciales".

“Puto el que lee esto.”
Nunca encontré una frase mejor para comenzar un relato. Nunca, lo juro por mi madre que se caiga muerta. Y no la escribió Joyce, ni Faulkner, ni Jean-Paul Sartre, ni Tennessee Williams, ni el pelotudo de Góngora.

Sábados de Fontanarrosa. Hoy: Un clásico navideño, "Te digo más..."

¿Te conté la del Gordo Luis cuando hizo de Papá Noel? Es mundial la del Gordo Luis cuando hizo de Papá Noel. Casi se convierte en otra víctima del imperialismo salvaje el pobre Gordo. Del colonialismo, por decirlo de otra manera. Porque, decime vos, qué carajo tiene que ver con nosotros y con nuestras costumbres el Papá Noel.

Sábados de Fontanarrosa. "El mundo ha vivido equivocado"

—¿Sabés cómo sería un día perfecto? —dijo Hugo tocándose, pensativo, la punta de la nariz. Pipo me­neó la cabeza lentamente, sin mirarlo. Estaba abstraí­do observando algo a través de los ventanales.

—Suponete... —enunció Hugo entrecerrando algo los ojos, acomodándose mecánicamente el bigote, corriendo un poco hacia el costado el sexteto de tazas de café que se amontonaba sobre la mesa de nerolite-... que vos vas de viaje y llegás, ponele, a una isla del Caribe. Qué sé yo, Martinica, ponele, Barbados, no sé... Saint Thomas.

Sábados de Fontanarrosa. Hoy: "Ulpidio Vega"

Ulpidio Vega, te nombro. Y de la apagada sombra de tu nombre rescato tu paso tardo por el empedrado desprolijo de Saladillo y la cierta fama de guapo sin doblez que te persiguió sumisa, como la silenciosa y tenaz fidelidad de un perro.
Quien te vio alguna vez por el Bajo, no te olvida. De callada mesura, sombrío el porte, mezquinabas palabras como si fueran monedas caras. Negros los ojos, en la negrura misma que sobre la frente escasa te tiraba encima el ala apenas curva de tu sombrero gris, tan conocido.
Ulpidio Vega, te nombro. Y de tu nombre exhala un aliento a kerosén barato, a bizcochito, a queso de rallar y vino tinto.
Aroma de almacén, de cambalache, que tuvo tu pobre viejo laburante por calle San Martín, casi en Tablada. Aroma a jabón pinche, a mate amargo, el mismo aquél que te alcanzaba la mano cordial de doña Cata, tu pobre vieja, que se cansó de mirar por la ventana.
Ulpidio Vega, te nombro. Y se santiguan las cuatro esquinas bravas de Ayolas y Convención, las que salieron tantas veces escrachadas en letra de molde cuando algún fiambre aparecía tirado en esa encrucijada.
Rezan de apuro las jovatas de memoria larga al recordar tu estampa de figura fina, el caminar pesado, un gesto de disgusto en la cara aindiada y el cuerpo erguido por la faca que atrás, en la cintura, te entablillaba.
Por trabajar en el Swift te habían llamado "El Matarife de Saladillo".
¡Qué te iba a impresionar a vos la sangre, Ulpidio Vega! Si día a día degollabas animales y la cuchilla te era tan natural como un anillo, como un zarzo sencillo en el meñique.
Pero eran dos los Vega, Juan y Ulpidio. "El Vega chico" le decían al otro que también trabajó en el frigorífico.
Y por si fuera escaso el desmesurado coraje de Ulpidio en la pelea, el "Vega Chico" era también de púa veloz, y sin entrañas.
De negro los dos, siempre, aun de mañana.
Pero, como suele suceder en estas cosas, Ulpidio se metió con una mina que se levantó una noche de Carnaval en el Club Atlético Olegario Víctor Andrade. La mina era una reventada que hacía copas en el Panamerican Dancing, frente a Sunchales, y que ya le había borrado el estampadito floreado a las sábanas del Amenábar, de tanto frote. Pero una hembra que pasaba y dejaba el aire como embalsamado de perfume dulzón, y enardecido. Rosa se llamaba, y era justicia.
Ulpidio Vega, te nombro. Y no me equivoco. Como se equivocó esa noche fatal la mina aquella cuando por llamarte "Ulpidio", "Juan" te dijo.
¡Qué oscura mano de destino cabrón los puso frente a frente, Ulpidio Vega!
¡Vos y tu hermano, inseparables siempre, enfrentados por el cariño falaz de una perdida!
Tiempo estuvieron mordiéndose las ganas de agarrarse. De mirarse profundo, y sin palabras. De medirse con odio. Y de no hablarse. Todo el barrio sabía del bolonqui que rechinaba en los dientes de los Vega. Pero cuando más de una vez saltó la bronca, y la faca apareció brillando en ambas diestras, algo los amuraba al suelo y les clavaba la bronca a la vereda. Algo, que allá en la casa, desde chicos les acariciara la frente, les planchara los lompa y les dejara los botines bien brillosos cuando se iban de milonga a Central Córdoba. Algo. La vieja.
"Si no te mato" se lo dijo bien clarito Ulpidio a Juan "sólo es por ella". "Si no te enfrío" le contestaba Juan, que no era lerdo "es por la vieja".
Y así andaban los dos, encajetados, sin poder ni dormir, más que hechos bolsa. Y encima la reventada de la Rosa les metía la cizaña de su labia, de sus promesas vanas, de sus mañas.
Y no se pudo más. Aquella noche Ulpidio y Juan llegaron puntualmente hasta el campito. Era un potrero de pura tierra y matorrales que los mocosos usaban para jugar al fulbo. Pero esa noche había luna. Y no era juego.
Ulpidio peló una faca que tenía este largo. ¡Uy Dio, cómo brillaba la plata de la luna sobre el filo helado del acero!
Y Juan, Juan peló también tremenda púa que de verla nomás, te entraba miedo.
"¡Venite!"
"¡Vení vos!" se supo después que se dijeron. Y fue cuando llegó doña Cata hasta el campito, de pálido rostro, ojos sufridos, de manos apretadas y pañuelo negro. Nunca se supo quién le pasó el dato. Tal vez, fue esa mágica intuición de madre la que la llevó hasta allí en ese momento.
No se oyó de su boca, una palabra. Y tampoco en sus ojos lágrimas se vieron. Pero eso sí, sus manos agrietadas de lavar ropa ajena en el invierno, dibujaron en el aire asustado de la noche, un gesto: se agachó, se sacó una zapatilla y lo demás, frate mío, ni te cuento.
A Juancito lo fajó hasta en el cogote, le deformó la sabiola a chancletazos, y le sacudió tantos palos por el lomo que lo dejó mormoso al pobrecito. Contaban los vecinos que lo oyeron, que tirado en el suelo, Juan rogaba y a la vieja pedía perdón a gritos.

A Ulpidio, de las crenchas lo cazó la vieja aquella, y le arruinó la jeta a chancletazos porque le pegó media hora, de corrido.
Roberto Fontanarrosa.
Extraído de "El Mundo ha vivido equivocado". Ed. Planeta 2012. Ed. De La Flor 1982.

Torneo Apertura CalcioBundespremierligue 1 Pasillo LPF AFAfafa LPF 2026. Fecha 3.

  ...ahora con nuevos equipos más pedorros!


Top