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Sábados de Fontanarrosa. Hoy: "Cine Negro"


El film hilvana, en forma de historieta y sketchs, testimonios de colegas, actores, amigos y familiares del dibujante Roberto Fontanarrosa. 
 Durante el mismo se repasan los logros del artista, sus premios y reconocimientos, al tiempo que rescata sus personajes más entrañables, como Inodoro Pereyra y Boogie el aceitoso. 

Además, la narración recupera los primeros años en la vida escolar de Fontanarrosa con las participaciones de Antonio Gasalla, como “la maestra”, y Norma Pons, como “la directora”. 

Dirección Mariana Wenger. Duración 70 min. 

Sábados de Fontanarrosa. Hoy: "Vidas privadas"

El edificio no es muy alto o, al menos, no parece muy alto entre los demás. En el último piso, donde se adivinan los tejados color pizarra, hay una ventana iluminada. Si nos acercamos podemos ver que la ventana da a un despacho cuya decoración y amoblamiento coinciden con la  elegancia de la construcción. Cambiando un poco el ángulo de visión, advertimos que, sentado detrás de un amplio escritorio de madera oscura, hay un hombre. La luz que llega desde la lámpara de armonioso diseño ubicada a un costado del escritorio baña generosamente al hombre y nos permite estudiarlo con detención. Es una persona que ya ha superado los cincuenta años, tiene un rostro de rasgos distinguidos, cabello algo ralo en la parte superior del cráneo, abundante y prolijo sobre las sienes. Pero un tanto encanecido, es cierto. La camisa es de un color celeste cauto, surcada verticalmente por unas casi invisibles líneas blancas. La corbata, azul.

Sábados de Fontanarrosa. Hoy Jorge, Daniel y el Gato

—¡Qué verga somos, viejo! ¡Qué verga! —Jorge se inclinó con un gesto de dolor y se quitó, uno a uno, los botines embarrados. Se masajeó, siempre con rostro dolorido, los dedos del pie bajo la tela gruesa de las medias de fútbol.

—Qué le vamos a hacer —dijo el Gato, el vaso de cerveza en la mano, por decir algo, casi distante, como resignado. Más atrás, en la misma mesa pero alejada su silla como dos metros, las piernas abiertas, el Dani lucía abstraído, totalmente ausente.

—¿Cómo mierda podemos perder tantos goles, digo yo, cómo podemos perder tantos goles? El otro día contra La Cortada, lo mismo, querido, erramos una barbaridad... Después ellos, cuando tienen una oportunidad, te abrochan y anda a cantarle a Gardel...

—¿Te duele? —preguntó el Gato, señalando con su mentón hacia los pies de Jorge.

—El tobillo —señaló—; pisé un pozo y me lo torcí. Me lo hice percha.

—Párate —recomendó el Gato.

—Si me paro me duele más, pelotudo.

—Que no jugues, te digo, forro. Párate quince días porque si el próximo partido se te llega a torcer de nuevo después se te hace crónico.

—Ahora le meto hielo —desestimó Jorge—. Y cuando se deshincha me vendo bien y no hay problema. —Te lo vas a cagar, Jorge.

—Si no vengo yo, creo que el próximo sábado no juntamos ni siete como para entrar a la cancha.

—O anda a lo de la curandera que dice el Niki —insistió el Gato.

—¿Qué curandera? —Jorge se reía, pese al dolor.

—Dice que las terceduras te las cura con un vaso de agua. La vieja tira granitos de trigo, ¿viste la especie de semillitas de cuando desarmas las espigas?, en un vaso de agua. Las semillitas que se van al fondo son los  nervios que tenes sacados. Las que flotan son los que están bien.

Jorge lo miró al Gato, incrédulo.

—O al revés —se cubrió el Gato—. Al Niki lo curó así. Bah, eso dice el Niki.

—Al Niki lo que hay que hacer es internarlo en un psiquiátrico —murmuró Jorge—. Me vendo bien, y a la lona —reafirmó. Después recogió los botines, parándose. Se tomó la cintura con las dos manos y estiró un quejido gutural—. La concha de su madre —dijo—, me duele todo.

—Para colmo está pesadísimo —el Gato se pasó la manga de la camiseta sobre la frente calva empapada de sudor—. Y hace transpirar esta porquería —elevó un tanto, mostrando, el vaso de cerveza.

—Hay que decirle a Enrique que el sábado que viene traiga las camisetas de manga corta. No puede ser tan boludo —dijo Jorge, ya con las llaves del auto en la mano, como demorando la retirada.

—¿Las blancas? Están hechas mierda esas camisetas, Jorge.

—No, están bien... Bah... Se las aguantan...

—Faltan números.

—El boludo del Ñaqui que se quedó con una cuando se cabreó por lo de Gustavo.

—Hay que decirle que la traiga. Al Mosca también.

—Al Mosca que lo hable otro, yo no lo hablo... ¿Vos venís el sábado, Daniel?

Jorge señaló con la llave del auto al Dani que, hasta ese momento, no había salido de su mutismo, la vista perdida hacia el ventanal que daba al bulevar Rondeau, despatarrado sobre la silla.

—No. Creo que no.

—Uy —arrugó la cara, Jorge—. Cagamos —se dirigió al Gato—. No sé si juntamos once si éste no viene.  Tito tampoco puede venir, al Pinza lo echaron hoy, el boludo. Le van a dar como cuatro fechas...

—¿Por qué Tito no viene? —preguntó el Gato.

—Qué sé yo... Tiene un bautismo, una de esas boludeces que siempre tiene.

—¿Otro bautismo?

—¿Podes creer?

—¿Qué es Tito? ¿Monaguillo?

Jorge soltó una risa corta.

—Cagamos —repitió—. Para colmo, el otro forro de Aníbal hoy se fue cabrero...

—¿Por qué se fue cabrero?

—Porque el Coló no lo puso de arranque. Y... ¡viejo! Somos once. No podemos jugar todos. Si al final de cuentas, vos bien lo sabes, al final, jugamos todos. Hoy faltas vos, mañana falto yo...

En silencio, Dani osciló la cabeza, como desaprobando, pero no dijo nada.

—¿Vos no venías, entonces? —insistió Jorge.

—No. Creo que no. Creo que tengo que viajar —dijo Daniel, serio.

—¿Contra quién es? —dijo el Gato.

—Cerámica, creo... ¡No! No. Palermo, Palermo.

—No es tan jodido.

—¡Para nosotros son todos jodidos, Gato! —se rió, irónico, Jorge—. Mira vos hoy, estos muchachos no le habían ganado a nadie, a nadie, son unos chotos, Gato. Y se vienen a desvirgar con nosotros, a nosotros nos hace la fiesta cualquiera... Déjame... Somos una verga nosotros, Gato, no me digas...

El Gato hizo un visaje con la cara, de aprobación, negación o duda.

—Chau. Nos vemos —dijo Jorge, y se fue rengueando hacia el auto—. Chau, Daniel —incluyó, de última, ya desde la vereda de "El Morocho del Abasto". Daniel y el Gato se quedaron en silencio. El Gato apuró lo último de su cerveza y liberó luego un eructo suave.

—¿Y el Mosca por qué no viene? —se preguntó después, en voz alta. Daniel había apoyado sus codos sobre las rodillas peludas y miraba hacia la calle. El sudor le resbalaba por la frente hasta la nariz y luego caía por ésta, para precipitarse desde su punta sobre el bolso que estaba entre sus pies. Daniel se encogió de hombros.

—Qué sé yo —moduló con la boca, sin emitir sonido alguno. Después empezó a sacudir la cabeza hasta girarla para mirar al Gato.

—¿Vos viste cómo me puteó el Quique? —le preguntó"—. ¿Vos viste cómo me reputeó el Quique, ese pedazo de pelotudo? —repitió, antes de que el Gato contestara nada. El Gato abrió mucho los ojos, simulando.

—No... ¿Cuándo? —mintió.

—Cuando me erré ese gol, en el segundo tiempo... —¿Cuál?

—¡En el segundo tiempo! —se exasperó Daniel—. Que íbamos uno a cero. Si lo hacía nos poníamos uno a uno...

—¿Ése que pasó todo frente al arco? ¿Que...?

—¡Ese! Que se fue la Pioja por la izquierda y metió el centro atrás...

—Ah, sí... Pero no lo vi muy bien... Yo estaba afuera.

—¡Pendejo pelotudo! ¡Como si uno errara los goles a propósito, viejo!

—Sí... Pero no escuché. La verdad que no escuché. Vi la jugada pero...

—Arriba me putea el hijo de puta. —Te venía alta, me pareció...

—¡Acá me venía! —como impulsado por un resorte, Daniel se paró, señalándose a la altura de la ingle—. ¡Acá! ¿Cómo mierda quería que le pegara? La tocó el arquero, picó y se levantó...

—No bajaba nunca.

—¡Nunca bajaba, la concha de la lora! Y el otro pelotudo me viene a putear. El sorete ese de Quique... —Bueno, pero... Qué sé yo...

—¡Mira si nosotros tuviéramos que putearlos a ellos por las cagadas que se mandan ahí abajo! —Daniel ya estaba un tanto descontrolado—. ¡Mira si nosotros tuviéramos que putearlos a ellos por los cagadones que se mandan ahí abajo! Hoy mismo, hermano... ¡Raúl, Raúl, otro, otro que me puteó en la misma jugada! ¿Me querés decir qué carajo quiso hacer Raúl en el segundo gol de ellos? ¿Me querés decir qué carajo quiso hacer?

—Quiso cancherear...

—¡Si no tiene resto para cancherear, querido! ¡La va de crack y no sirve ni para tirar flit, no me vengas! Y después te chillan cuando vos erras un gol, hermano... Y no hace ni un año que están jugando, Gato, haceme el favor... No hace ni un año... —se volvió a sentar, como si no pudiera quedarse quieto—. ¿Cuánto hace que estamos jugando nosotros, Gato, cuánto hace que estamos jugando?

—Uhhh... —enarcó las cejas el Gato.

—Cinco años. Cinco, seis años hace. Empezamos nosotros, ¿o no es así?, con el Coló, con Ñaqui, con Marcelo...
—Claro, claro...

—¡Y ahora resulta que cada sábado que uno viene aparece un pendejo nuevo! ¿Cómo es eso? Uno viene y ya ni siquiera conoces a tus compañeros... Como ese pibe, el Huguito... ¿Quién lo trajo a ese pibe? ¿Quién lo anotó al Huguito? ¿Me querés decir quién lo trajo?

—El Coló...

—¡El Coló, claro! Porque él sabe que no le saca nadie la camiseta de cinco. Pero como no le dan más las tabas se tiene que rodear de pendejos que corran y se rompan el culo por lo que él no corre ni se rompe el culo en la mitad de la cancha, ¿es así o no es así?

—Sí, Daniel... Pero también tenes que comprender que en una liga como ésta, sin límite de edad, si no mechas algunos pibes con los jovatos, te pasan por arriba. ¿Viste los de "25 de Diciembre", que son todos pibes? Son aviones esos pendejos, Daniel, no los agarras ni con un lazo...

—Sí, sí, pero no hay derecho, Gato, no hay derecho...Porque cuando a esos pibes, esas estrellitas, esos cracks que, entre nosotros, no son tan cracks como se piensan porque si no no estarían jugando acá, estarían jugando en Central, en Nubel, en Central Córdoba... Bueno, cuando a esos cracks resulta que se les canta las pelotas irse a jugar a Provincial, o al campo, o a la concha de su madre... ¿a quiénes tienen que recurrir para armar el equipo? ¿A quiénes tienen que recurrir?... A Norberto, al flaco Suríguez, al Narigón... a vos... ¿O por qué te crees que se chivó el Mosca y no viene más? ¿Por qué te crees? Porque lo dejaron afuera dos partidos,seguidos y no lo pusieron más, hermano. Con el verso ese de que eran partidos chivos, de que eran partidos importantes, que eran contra el puntero, contra Social Lux, contra Minerva, contra la pinchila de Mahoma y todo eso... Decí que vos, o el Narigón Anselmi, son de fierro y se la aguantan y vienen y vienen y vienen...  Pero el Mosca se hinchó las pelotas...

—Es verdad... Eso es verdad —asintió el Gato, golpeteando con el culo del vaso sobre el nerolite de la mesa.

—¿Querés que te diga más? —retomó Daniel tras un silencio—. Yo prefiero perder con el Narigón, con el Mosca, con vos, con Norberto... y no con todos esos nuevos que ha traído el Coló. Porque bien que cuando el Raúl, el Quique o alguno de ésos te caga, bien que salen echando puta a buscarlo al Norberto, al Mosca, a  todos ésos...

—Es el eterno problema... —dijo el Gato, calmo. Daniel pegaba palmaditas sobre la mesa. Había vuelto a  mirar hacia afuera y procuraba regularizar el ritmo de su respiración.

—No me vengas, viejo... —machacaba.

—Es el eterno problema, Daniel... Formar un equipo de amigos, para divertirse. O formar un equipo para ganar el campeonato.

—¡Si nosotros no podemos ganar el campeonato, Gato! —lo miró Daniel con infinita indulgencia, abriendo los brazos. Nosotros no podemos ganar ningún campeonato, querido, si somos unos perros, unos perros somos, unos muertos de hambre...

—Sí, pero vos viste cómo son estas cosas. Al principio se dice que vamos a formar un equipo de amigos,  para divertirse, pero cuando de pedo se ganan un par de partidos ya todos piensan que se puede ganar el campeonato.

—Míralo al otro —volvió a menear la cabeza Daniel, y cambiando de tema—. ¡Qué fácil que la hace Jorge, qué fácil que la hace! "Al final jugamos todos lo mismo", te dice. "Al final entran todos." ¡Mira qué turro! Sí, entran todos... ¡pero unos arrancan jugando todos los partidos, como el Coló y él, y el Taca... y otros, como el Narigón, entran veinte minutos! ¡Entran todos los partidos, sí, pero veinte minutos! "Jugamos todos." ¡Mira qué turro!

—Decímelo a mí —susurró cabizbajo el Gato, tristemente.

Daniel chistó, como desinflándose.

—Encima hay que aguantarse que te puteen cuando erras un gol —dijo—. Hay que joderse —se rió, ácido—. A mi edad tener que venir a amargarse la vida. Uno que espera toda la semana el sábado para venir a jugar y pasarla bien y hay que amargarse la vida con estos pendejos. O con el Raúl mismo que no es tan pendejo...

—Son cosas del juego, Daniel...
—Y ojo que no lo digo por el Huguito, que es un flor de pibe, un pan de Dios. Pero los otros... No sé... Tienen mierda en la cabeza y... ¿sabes qué es lo que más me calienta? —Daniel se volvió hacia el Gato como si hubiese encontrado el quid de la cuestión. Retomó, incluso, el ritmo acelerado de su discurso.— Que te putean porque te erraste el gol pero, en realidad, lo que te quieren remarcar es que te lo erraste por viejo choto.

No por tronco, o porque sos de madera, por mal jugador... ¡Por viejo choto, porque no te dan más las tabas, ni las articulaciones, ni los reflejos! ¡Eso es lo que te quieren remarcar, lo que quieren poner en evidencia estos cabrones!

—No, Daniel...

—¡Sí, señor! Sí, señor... Porque el otro día, en el partido contra Mercadito, el Cacho, el Cacho, se erró un gol igual igual al mío, pero igual, calcado.

—Es cierto...

—Le quedó alta, a dos metros del arco, sin arquero y... ¿sabes adonde la tiró? —A la mierda.

—¡A la concha de su madre! ¡A la recalcada concha de su madre la tiró! Mucho más alta que la que tiré hoy yo. Ahí la tiró. Y lo putearon. Pero seguro que nadie pensó que lo había errado por viejo choto, porque el Cacho tiene veintidós pirulos y tiene un lomo así y es un toro el Cacho... Pero cuando un tipo de treinta y seis años hace lo mismo que hizo el Cacho ya todos piensan que lo erraste porque estás hecho un fósil de mierda, un viejo choto y que le tenes que dejar tu lugar a los pibes. ¡Mierda se lo voy a dejar! ¡A mí nadie me regaló nada cuando yo empecé a jugar! Veinticinco años hace que juego al fútbol... Y encima tenes que aguantar  que te erras un gol y te putean...

Se quedaron un momento callados. El Gato, abstraído, hizo girar con la punta de un dedo el tíquet que había dejado el mozo y que había quedado planchado bajo el culo del porrón húmedo. Lo despegó con cuidado y unos numeritos en celeste quedaron impresos sobre el nerolite. El Gato parecía estudiar el tíquet pero, de pronto, quedamente, dijo:
—Daniel... Daniel... Oíme.

Daniel seguía con los ojos clavados en la ventana.

—Oíme, Daniel —siguió reclamando el Gato—. ¿A vos te jode que te puteen por un gol errado?

Daniel osciló la cabeza, considerando estúpido responder.

—¿A vos te jode? Entonces déjame que te cuente una cosa. ¿Me dejas?

El excesivo preámbulo atrajo, por fin, la atención de Daniel, quien miró de reojo al Gato.

—¿Te acordás el sábado pasado, que jugamos contra Teléfonos?

Daniel asintió con la cabeza.

—¿Te acordás que yo entré en el segundo tiempo? Habré entrado a los veinte minutos del segundo tiempo...

—Sí, que entraste porque se jodio el Tito, que si no el Coló tampoco te ponía...

—Por lo que sea, por lo que sea... Cuando yo entré íbamos perdiendo dos a uno...

—Sí, dos a uno.

—Faltando unos quince minutos ¿te acordás? hubo un centro sobre el área de ellos, un rebote, y me quedó servida a mí, picando, casi en el punto del penal, un poco más atrás, pero casi en el penal, sobre la derecha...

—¡Uy, sí! Me acuerdo.

—Le pegué de prima y la tiré a la mierda. Así de simple. La tiré a la mierda.

—Arriba del travesano, me acuerdo.

—Arriba. Y... ¿querés que te diga una cosa, Daniel? ¿Querés que te diga una cosa? Daniel lo miró.

—Nadie me dijo nada —ahora era el Gato el que miraba fijamente a la mesa, las cascaras de maní, los

círculos dibujados con espuma por los vasos sobre el nerolite—. Nadie me dijo nada... Hubo un silencio... Un silencio total...

—Bueno... Es mejor. Te juro que...

—No, Daniel. No es mejor... Cuando ya nadie te dice nada es que ya nadie espera nada de vos... Es una cosa, ¿cómo decirte?... piadosa. Un silencio... comprensivo, ¿entendés? Me di vuelta y lo vi al Coló que le hacía señas al Quique como diciendo "Déjalo. No le digas nada. ¿Qué le vamos a hacer? Bastante hace el pobre viejo...". Por eso...

—Es que...

—Por eso te digo Daniel… alégrate que todavía te putean, alégrate. Quiere decir que todavía te consideran apto para jugar, para meter goles, para mezclarte con ellos…

Daniel aspiro hondo.

—Puede ser — dijo y pidió la cuenta.
Roberto Fontanarrosa
Extraído de Uno nunca sabe. Ed. De La Flor 1993/ Ed Planeta 2012




Sábados de Fontanarrosa. Hoy: "Palabras iniciales".

“Puto el que lee esto.”
Nunca encontré una frase mejor para comenzar un relato. Nunca, lo juro por mi madre que se caiga muerta. Y no la escribió Joyce, ni Faulkner, ni Jean-Paul Sartre, ni Tennessee Williams, ni el pelotudo de Góngora.

Sábados de Fontanarrosa. Hoy: Un clásico navideño, "Te digo más..."

¿Te conté la del Gordo Luis cuando hizo de Papá Noel? Es mundial la del Gordo Luis cuando hizo de Papá Noel. Casi se convierte en otra víctima del imperialismo salvaje el pobre Gordo. Del colonialismo, por decirlo de otra manera. Porque, decime vos, qué carajo tiene que ver con nosotros y con nuestras costumbres el Papá Noel.

Sábados de Fontanarrosa. "El mundo ha vivido equivocado"

—¿Sabés cómo sería un día perfecto? —dijo Hugo tocándose, pensativo, la punta de la nariz. Pipo me­neó la cabeza lentamente, sin mirarlo. Estaba abstraí­do observando algo a través de los ventanales.

—Suponete... —enunció Hugo entrecerrando algo los ojos, acomodándose mecánicamente el bigote, corriendo un poco hacia el costado el sexteto de tazas de café que se amontonaba sobre la mesa de nerolite-... que vos vas de viaje y llegás, ponele, a una isla del Caribe. Qué sé yo, Martinica, ponele, Barbados, no sé... Saint Thomas.

Sábados de Fontanarrosa. Hoy: "Ulpidio Vega"

Ulpidio Vega, te nombro. Y de la apagada sombra de tu nombre rescato tu paso tardo por el empedrado desprolijo de Saladillo y la cierta fama de guapo sin doblez que te persiguió sumisa, como la silenciosa y tenaz fidelidad de un perro.
Quien te vio alguna vez por el Bajo, no te olvida. De callada mesura, sombrío el porte, mezquinabas palabras como si fueran monedas caras. Negros los ojos, en la negrura misma que sobre la frente escasa te tiraba encima el ala apenas curva de tu sombrero gris, tan conocido.
Ulpidio Vega, te nombro. Y de tu nombre exhala un aliento a kerosén barato, a bizcochito, a queso de rallar y vino tinto.
Aroma de almacén, de cambalache, que tuvo tu pobre viejo laburante por calle San Martín, casi en Tablada. Aroma a jabón pinche, a mate amargo, el mismo aquél que te alcanzaba la mano cordial de doña Cata, tu pobre vieja, que se cansó de mirar por la ventana.
Ulpidio Vega, te nombro. Y se santiguan las cuatro esquinas bravas de Ayolas y Convención, las que salieron tantas veces escrachadas en letra de molde cuando algún fiambre aparecía tirado en esa encrucijada.
Rezan de apuro las jovatas de memoria larga al recordar tu estampa de figura fina, el caminar pesado, un gesto de disgusto en la cara aindiada y el cuerpo erguido por la faca que atrás, en la cintura, te entablillaba.
Por trabajar en el Swift te habían llamado "El Matarife de Saladillo".
¡Qué te iba a impresionar a vos la sangre, Ulpidio Vega! Si día a día degollabas animales y la cuchilla te era tan natural como un anillo, como un zarzo sencillo en el meñique.
Pero eran dos los Vega, Juan y Ulpidio. "El Vega chico" le decían al otro que también trabajó en el frigorífico.
Y por si fuera escaso el desmesurado coraje de Ulpidio en la pelea, el "Vega Chico" era también de púa veloz, y sin entrañas.
De negro los dos, siempre, aun de mañana.
Pero, como suele suceder en estas cosas, Ulpidio se metió con una mina que se levantó una noche de Carnaval en el Club Atlético Olegario Víctor Andrade. La mina era una reventada que hacía copas en el Panamerican Dancing, frente a Sunchales, y que ya le había borrado el estampadito floreado a las sábanas del Amenábar, de tanto frote. Pero una hembra que pasaba y dejaba el aire como embalsamado de perfume dulzón, y enardecido. Rosa se llamaba, y era justicia.
Ulpidio Vega, te nombro. Y no me equivoco. Como se equivocó esa noche fatal la mina aquella cuando por llamarte "Ulpidio", "Juan" te dijo.
¡Qué oscura mano de destino cabrón los puso frente a frente, Ulpidio Vega!
¡Vos y tu hermano, inseparables siempre, enfrentados por el cariño falaz de una perdida!
Tiempo estuvieron mordiéndose las ganas de agarrarse. De mirarse profundo, y sin palabras. De medirse con odio. Y de no hablarse. Todo el barrio sabía del bolonqui que rechinaba en los dientes de los Vega. Pero cuando más de una vez saltó la bronca, y la faca apareció brillando en ambas diestras, algo los amuraba al suelo y les clavaba la bronca a la vereda. Algo, que allá en la casa, desde chicos les acariciara la frente, les planchara los lompa y les dejara los botines bien brillosos cuando se iban de milonga a Central Córdoba. Algo. La vieja.
"Si no te mato" se lo dijo bien clarito Ulpidio a Juan "sólo es por ella". "Si no te enfrío" le contestaba Juan, que no era lerdo "es por la vieja".
Y así andaban los dos, encajetados, sin poder ni dormir, más que hechos bolsa. Y encima la reventada de la Rosa les metía la cizaña de su labia, de sus promesas vanas, de sus mañas.
Y no se pudo más. Aquella noche Ulpidio y Juan llegaron puntualmente hasta el campito. Era un potrero de pura tierra y matorrales que los mocosos usaban para jugar al fulbo. Pero esa noche había luna. Y no era juego.
Ulpidio peló una faca que tenía este largo. ¡Uy Dio, cómo brillaba la plata de la luna sobre el filo helado del acero!
Y Juan, Juan peló también tremenda púa que de verla nomás, te entraba miedo.
"¡Venite!"
"¡Vení vos!" se supo después que se dijeron. Y fue cuando llegó doña Cata hasta el campito, de pálido rostro, ojos sufridos, de manos apretadas y pañuelo negro. Nunca se supo quién le pasó el dato. Tal vez, fue esa mágica intuición de madre la que la llevó hasta allí en ese momento.
No se oyó de su boca, una palabra. Y tampoco en sus ojos lágrimas se vieron. Pero eso sí, sus manos agrietadas de lavar ropa ajena en el invierno, dibujaron en el aire asustado de la noche, un gesto: se agachó, se sacó una zapatilla y lo demás, frate mío, ni te cuento.
A Juancito lo fajó hasta en el cogote, le deformó la sabiola a chancletazos, y le sacudió tantos palos por el lomo que lo dejó mormoso al pobrecito. Contaban los vecinos que lo oyeron, que tirado en el suelo, Juan rogaba y a la vieja pedía perdón a gritos.

A Ulpidio, de las crenchas lo cazó la vieja aquella, y le arruinó la jeta a chancletazos porque le pegó media hora, de corrido.
Roberto Fontanarrosa.
Extraído de "El Mundo ha vivido equivocado". Ed. Planeta 2012. Ed. De La Flor 1982.

Sábados de Fontanarrosa. Hoy Martín Fierro, la película.

Tanto acompañar al Renegau en la pampa de papel que unos de los últimos trabajos del Negro Fontanarrosa fue esta pelicula, la del Martin Fierro. Film que se estreno cuando el maestro ya no estaba con nosotros, el 8 de noviembre del 2007 fue su estreno. Obviamente es una recreación adaptada del "Gaucho Martín Fierro" de José Hernández. 

Reparto:
Daniel Fanego ... Martín Fierro
Héctor Calori ... Coronel Machado
Juan Carlos Gené ... Juez de Paz
Claudio Gallardou ... Sargento Benítez
Claudio Rissi ... Sargento Cruz
Roly Serrano ... Gaucho Matrero

Dirección:
 Liliana Romero Norman Ruiz

Ayudante de dirección:
Gabriela Acevedo Gidkov

Dirección artística:
Liliana Romero
Roberto Fontanarrosa (diseñador gráfico)

Producción:
Claudio Corbelli
Horacio Grinberg
Pablo Rovito (productor ejecutivo)
Fernando Sokolowicz (productor ejecutivo)

Martín Fierro: la película

Video extraído del canal de Adriana Verón

Sábados de Fontanarrosa. Hoy: El Negro en la Biblia y el Calefón de Jorge Guinzburg.

No vamos a acotar nada, Guinzburg-Fontanarrosa, habla por si solo. bueno si, algo vamos a acotar: que tambien esta Serrat, Leyrado, Alejandra Flechner en esta entrevista. A darle play y disfrutar este maravilloso momento.

Video extraído del canal de Pere Mas -La tieta-

Sábados de Fontanarrosa. Hoy: Fontanarrosa contra la Cultura

Tal como dice el titulo, acá van varios chistes de diversos ámbitos culturales que realizo el maestro y que fueron recopilados en el libro homónimo editado por Ediciones de La Flor en 1992 y  por Planeta en el 2012.












Sábados de Fontanarrosa. Hoy: Continuará... Fontanarrosa e Inodoro Pereyra [Canal Encuentro]

Hoy en esta sección dedicada al queridisimo Negro, les dejamos el programa que hace el genio de Juan Sasturain en Canal Encuentro sobre la historieta argentina. Este en particular es sobre Inodoro Pereyra y obviamente sobre su creador. Esto en visperas de un nuevo aniversario de la muerte del Negro.

 
Video de Canal Encuentro

Sábados de Fontanarrosa. Hoy: "Un mozo"

Era inútil, el mozo tenía pinta de cana. Ya se lo habían dicho. Se lo habían dicho Tito, el Lulo, y un par de tipos más que estaban sentados aquella vez con el Lulo. Y no sería nada raro que fuera cana. Peinado para atrás, seco, callado, morocho. Le había pedido un Gancia con limón y un poco de bitter. El mozo no había dicho ni que no, ni que sí, ni que bueno, ni que enseguida. Limpió la mesa con ademán enérgico y circular y se fue. Al rato volvió y puso el vaso sobre la mesa con más fuerza que la recomendable. "Un plato de manices" aventuró entonces Luis. El mozo esta vez tampoco dijo ni sí ni no ni bueno ni enseguida. Se fue en silencio. A Luis le quedó primero una especie de malestar, después de la tonta duda que siempre lo asaltaba cuando no sabía si pedir maníes o manices. En definitiva, si el mozo era cana, qué mierda iba a saber cómo se decía correctamente. Y si fuera profesor de castellano no laburaría de mozo. No. Era al pedo. Debía ser cana. O tal vez era un pobre tipo que andaba jodido. Que le dolía un huevo. O la guita no le alcanzaba ni mierda. O le apretaba un zapato como la puta madre que lo reparió y en cada recorrida hasta la mesa relojeaba la hora en el reloj de Pepsi para saber cuánto le faltaba para sacarse los timbos, quedarse en calzoncillos, ponerse las hawaianas sentarse en el sillón del patio y mirar televisión, con el televisor corrido hasta la puerta de la pieza. Tal vez era eso. Pero no, casi seguro que era cana. Flor de cana. No sería nada raro. Nada raro. Un cana bien oreja en un café céntrico debía ser muy útil a la policía. Escucharía conversaciones fragmentadas, ficharía caras medias fuleras, anotaría los tipos que gastaban más de lo que aparentaban tener para gastar, sabría leer en los labios de los barbudos las consignas revolucionarias, batiría quiénes hablan de burros, de fútbol, de minas, de política, de chóreos. Pasaría el santo sobre las locas finas, las reventadas, los putastrones. Detectaría como al descuido quiénes tenían pinta de pichicateros, de morfinómanos, de tragasables. Al pedo. Era cana. Marcaría los chamuyos de política parándose junto a las mesas, haciéndose el sota, como si no pensara en nada o como si pensara en los timbos que va a tirar a la mierda apenas llegue a la casa. Porque por ahí es solamente eso, después de todo. Por ahí tiene un pendejo enfermo con diarrea estival. O es un tipo que entiende su profesión a su modo. Que no habla con el cliente. Que es una fría maquinaria de servicio, que atiende con la eficiencia de una secretaria sueca y nada más. Tal vez vio atender así en alguna comedia boluda inglesa, de ésas con médicos. Si es que va al cine. Nadie llevaría al cine a un pendejo con diarrea, menos a ver una comedia, para que se le cague de risa en medio de la función.. Aunque quién mierda se puede reír de esas comedias inglesas con médicos. Pero de un cana se puede esperar cualquier cosa.

Tal vez fuera un viejo mozo de una familia con hábitos prusianos. Incluso, pudo haber sido mozo de un general nazi durante la guerra. Un mozo que sabía que no debía hablar, ni tan siquiera pestañear, ni digamos respirar alteradamente, al dejar junto a la mesa de maniobras del general una copa con cognac, o un vino blanco del Rin de ésos que ni se ven dentro de la botella. Esas botellas largas, cogotudas, un poco polvorientas. Un mozo que sabía que ni siquiera debía escuchar por dónde atacarían los panzer de la Wenterschandertafer, ni por dónde se descolgarían los Stukas de Herr Von Swentuffschel, ni tan siquiera retener en sus narices el perfume delicadamente dulce, desmayadamente ingenuo de la adolescente pálida de ojos celestes que haría olvidar al general la ruptura del cerco sobre Bagstone. Bien podía ser que ese mismo general le hubiese hecho cortar la lengua a su mozo, y ahora no podía decir ni que sí, ni que no, ni que bueno, ni que enseguida, y menos que menos cierre la cuatro, y que tan sólo podía gorgotear gemidos animaloides y entrecortados al ver a su hijo totalmente cagado sobre la butaca catorce del cine donde perpetraban comedias inglesas con médicos. Pero era al pedo. El mozo era cana. ¿Por qué si no, ahora, hablaba por teléfono, dándole la espalda? Hablaba con la Jefatura. Pasaba el dato. Diría: "Escucha, Jou, el tipo está acá" y cortaría. Aunque eso sonaría mucho a serie yanqui. Más bien diría "Soy yo, vengan pronto, está acá". "Entretenélo" diría el otro mientras con un gesto inteligente de la cabeza alistaría a los suyos, que estarían desparramados sobre viejos sillones desvencijados, leyendo diarios roñosos de la tarde, o bien el Goles. "Vengan con tutti, tiene una máquina", prevendría el mozo que al servirle los maníes o bien manices habría relojeado rápido como una víbora la carterita de mano que descansaba sobre la carpeta, sobre la silla vacía, abajo. Su mirada rápida y profesional habría detectado un fierro, un 38 corto, cromado, ideal para la lucha en boliches cerrados. Pronto se escucharían las sirenas y aquello sería una masacre. Luis miró la hora. El mozo había dejado de hablar por teléfono. Charlaba ahora sonriente con otro mozo. Se hacía el sota el hijo de puta, nazi reventado. Lo llamó levantando el dedo. Tardó en venir, estaba tratando de retenerlo, seguramente. Podía intentar irse sin pagar, aunque ahí seguro que iba en cana como un boludo, nunca se había atrevido a esas cosas y seguro que lo agarraban y le rompían el culo a patadas. Después de todo, ¿para qué apurarse? ¿Quién le aseguraba a Luis que el mozo fuera cana? ¿Y si lo era, qué? ¿Qué carajo le importaba a Luis que ese tipo tuviera un hijo con diarrea estival? ¿Qué ley pelotuda impide que el hijo de un refugiado nazi, mudo para colmo, ande con diarrea estival? El mozo se acercó, tomó el ticket, y mirando para otro lado dijo "Tenés mil veinte". Pagó con mil cien. "¿No tenes veinte?" "No. Está bien así", aclaró Luis como molesto. Se fue. La puta, ochenta mangos de propina. Pero estaba bien. El silencio de un malvado tiene su precio.

Roberto Fontanarrosa
Extraído de "Los trenes matan a los autos". Ed. Planeta 2012


Sábados de Fontanarrosa. Hoy: asesoría en Les Luthiers

Muchos saben que el "Negro" Fontanarrosa era el “asesor creativo” de Les Luthiers. “Me maravilló la perfección y precisión de lo que veía en el escenario”, comentó Fontanarrosa. “Me dije que ese era el humor que me gustaba. Al día siguiente busqué en el hotel a Mundstock, a quien había conocido alguna vez”. Dentro del repertorio de Les Luthiers, Fontanarrosa participó activamente en las obras "La gallina dijo Eureka", "Canción para moverse", "Cartas de color", "Epopeya de los 15", "El sendero de Warren Sánchez", por nombrar algunas.
Aquí le dejamos algunas de ellas:


El sendero de Warren Sánchez

Epopeya de los quince jinetes

Canción para moverse.

Sábados de Fontanarrosa. Hoy: "¿Quién es Fontanarrosa?"

Esta son algunas viñetas extraídas del libro homonimo, publicado en 1973 por Ediciones de La Flor y reeditado por Editorial Planeta en el 2012.

En la escala Chiqui tapia... ¿Cómo te sentís hoy?

  Ojalá que la 9.


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