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Sábados de Fontanarrosa. Hoy: "Aquel gol a los ingleses"






















"Una milésima de segundo después, la geometría del conjunto ya ha cambiado. El Negro Enrique, que estaba a su derecha, se escondió tras un rubio. El Burru dejó de estar junto a la raya y los dos grandotes se le cierran ahora por el medio.

Sábados de Fontanarrosa. Hoy: "Fontanarrosa y la política"

Compilados de chistes extraídos del libro "Fontanarrosa y la política". Ed. De La Flor 1998. Ed. Planeta 2012.














Sábados de Fontanarrosa. Hoy: Boca-River, ídolos de "No te vayas, campeón"


HUGO ORLANDO GATTI
"Para mí, como espectador, la fiesta era Gatti. Ya fuera en River, en Gimnasia, en Boca o en Unión. Daba lo mismo. Y no deja de ser un detalle entendible, ya que es difícil que alguien esté a la espera de ver al arquero rival cuando, habitualmente, los puntos de atracción pasan más que nada por los jugadores de campo, los habilidosos de turno, los goleadores. Desgarbado, flaco, anguloso, de poco peso, muy rápido, contrastaba con la imagen impuesta de arqueros grandotes y pesados. Dominador del área, propenso a salir a cortar, a anticiparse al juego, daba la impresión que se aburría sujeto entre los tres palos e, incluso, en su área".

DANIEL ALBERTO PASSARELLA
"No muy alto pero fornido, comprimido, fuerte, se levantaba hasta un punto en que los tapones de sus botines deberían quedar a un metro veinte, un metro treinta del piso. Además, le pegaba a la pelota como un animal, con una fuerza y una precisión notable, ya fuera de lleno, recto o de chanfle. Había algo en Passarella. La determinación. La determinación constituía algo así como un clima, una nube que lo rodeaba, una aureola que transmitía claramente a propios y extraños, que había entrado a la cancha para ganar. Era una tranquilidad para los argentinos saber que Passarella estaba allá atrás”.

ENZO FRANCESCOLI 
"Serio, talentoso, hábil e inteligente, Enzo iría tejiendo sobre su figura una leyenda que lo instala en el Parnaso de los ídolos. Lo hizo fundamentalmente con goles, sin ser un goleador de corte clásico sino, más bien, un organizador, un enganche con mucha llegada. De jugada, de cabeza, de tiro libre o de penal. Enzo asumía naturalmente su importancia, se hacía cargo del equipo, afrontaba el compromiso de que el juego pasara invariablemente por sus pies. Uno de los goles que más se recuerdan de Enzo fue contra Polonia por la Copa de Verano en Mar del Plata. Fue tan impresionante la chilena, tan plástico el movimiento del Enzo al pararla con el pecho y luego darle en el aire con esa voltereta invertida, que todavía hoy se nos dibuja una sonrisa admirativa cuando la recordamos”.

JUAN ROMÁN RIQUELME 
"Quizás el últimos de los pisadores, una característica hoy escasa pero que viene de mucho antes del Coco Rossi, el peruano Loayza, Rojitas o Pipo Gorosito. Esa especialidad que hace que el jugador, más que correr con la pelota, camine sobre ella, como algunos perritos amaestrados en los circos. Lo primero que hace cuando recibe la pelota es ponerla bajo la suela, para que no se escape, para que se calme. La trae, la amasa, la frena, mientras que con el culo y los brazos mantiene alejado al marcador. Es un infierno quitársela, aunque para el rival la pelota pareciera siempre tentadoramente cerca. Pero si Riquelme se quedara sólo en eso, en el escamoteo corto, correría el riesgo de convertir su juego en un malabarismo inútil. Riquelme va más allá. La pide siempre, la busca y tiene una pegada fantástica.

DIEGO ARMANDO MARADONA
"La primera vez que lo vi fue cuando jugaba para Argentinos, en el Parque Independencia. Hubo algo que me impresionó de él en ese partido, además de su melena enrulada, y era que jugaba como lo haría un veterano, o al menos eso me pareció aquella tarde. Anduvo por la mitad del terreno, trotando, casi sobrando el partido, con una economía de movimientos ayudada por su técnica que siempre le permitía dominar la pelota en un solo tiempo. Y se cansó de meter pelotas largas, cambios de frente, con enorme justeza y precisión. El encuentro de Maradona y Brindisi en Boca fue como el encuentro de dos almas gemelas, de dos espíritus sensibles a quienes, en algún momento, el destino habría de juntar en una comunión digna de ser cantada por Armando Manzanero".

Sábados de Fontanarrosa, hoy: Inodoro Pereyra, la historia de la historieta.

Hoy en "sábados de Fontanarrosa", tenemos un clásico de clásicos: Inodoro Pereyra en la chatura inmensa de La Pampa. Nació en la revista cordobesa "Hortensia". Fontanarrosa diría luego que le pidieron un personaje gauchesco y que se baso en los viejos radioteatros de historias Gauchas que escuchaba de niño en su Rosario natal, así ideo a Inodoro Pereyra. "Cuando me dijeron de hacer este personaje en una tira semanal, yo le dije al editor que estaba loco". Comentaría años más tarde el "negro" en una entrevista. "La Pampa siginificaba solo dibujar una linea, y yo que siempre fui medio vago con eso zafaba" se sinceraba Fontanarrosa. En esta publicación usted podrá observar los orígenes, o sea, la Historia de la Historieta. La Primera tira de don Inodoro, la primera aparición del Mendieta, la de la Eulogia y la de los loros. También —como ya habiamos publicado— la última tira que aparición en la Revista Viva de Clarín. Para comenzar, ponemos la "evolución" de los tres personajes centrales. Larga vida al Renegau.



El Primer Inodoro Pereyra

La primera aparición de la Eulogia

La aparición del Mendieta

Nota, Mendieta aparece por primera vez en "De los deberes", pero su participación solo se limitaba a un cuadro y no intervenía.

La llegada de los loros


El último Inodoro Pereyra


Si no se visualiza correctamente las imagenes, haga click sobre ellas.

Sabados de Fontanarrosa. Hoy: El Negro por Crist.

Como es hartamente conocido, Roberto Fontanarrosa sufrió esa enfermedad, causa por la cual falleció. Pero antes la peleo, y bastante, como seguramente lo hicieron (y hacen) muchos que tuvieron (tienen) esta dura enfermedad.

Sábados de Fontanarrosa. Hoy: "Semblanzas deportivas. La leyenda del Caipirinha".

Publicado originalmente en la Revista Fierro N° 25. Septiembre de 1986. Recopilado por Ed. De La Flor en 1989.
Click sobre las imagenes para agrandar.

Sábados de Fontanarrosa. Hoy: Los últimos Vermicelli

El ruido de la puerta metálica al cerrarse le hizo pensar al gordo en algo definitivo. Algo definitivo como el cerrarse de la tapa de un ataúd, por ejemplo. Pero, de inmediato, un glorioso aroma a tuco, a salsa de tomates, lo sacó de ese pensamiento. 

—¿Lo siguieron? —preguntó Bobina. 

—No sé. Creo que no. Puede ser —contestó el gordo. 

—¿No sabe o puede ser? 

—Eh... —el gordo trató de poner atención en lo que le decían—... no sé muy bien. Pero es posible, es posible. Creo haber visto a alguien siguiéndome. 

—¡Crespo! —gritó Bobina.— Andá fíjate. 

El gordo se secó la transpiración con un pañuelo. Ese aroma a tuco lo devolvía al patio de la casa materna, a su infancia. Olfateó el aire con fruición. 

—Esto es bárbaro —sonrió. 

—Hay que andar con cuidado —Bobina le señaló un pasillo, invitándolo a pasar.

— Esto no es joda. Merighi lo miró al gordo un ratito. 

—¿Quién le dijo dónde estábamos? 

El gordo, con las manos, se secó la transpiración de la papada. 

—Heredia me había dicho cómo llegar —explicó.— Hace bastante ya de esto. 

—Heredia —repitió Merighi— ¿Sabe lo que pasó con Heredia? 

—Sí —el gordo bajó la cabeza. 

—¿Por qué tardó tanto en venir? 

—La verdad... la verdad... 

—No pensó que se la agarrarían con usted también... 

—Y sí... —sonrió, avergonzado, el gordo.— Qué se yo... 

—Se han largado con todo. No va a quedar ninguno de los que están afuera. 

—Pero... —vaciló el gordo— ¿Por qué? Se habían quedado tranquilos. Habían aflojado. 

—Pero... —pareció ofuscarse Merighi.— ¿En qué mundo vivís, querido?— de improviso había pasado a tutearlo. 

—El Encuentro. El Encuentro. —Sí. El Encuentro. Merighi hizo girar algo su sillón y con un movimiento ágil para su obesidad encendió un pequeño televisor ubicado a su lado, sobre un cajón.

—Mirá —dijo. No tuvieron que esperar mucho. Un minuto después aparecía el anuncio del "Quinto Encuentro Mundial de Físicoculturismo".

— Lo pasan mil veces por día. Hay afiches en todas partes. Joden el día entero con eso. 

—No... no veo televisión. 

—Vienen tipos de todas partes del mundo. Va a estar la prensa internacional. ¿Te creías que iban a permitir que quedara algún gordo a la vista? El gordo no contestó nada. Merighi volvió a agacharse y, con un gesto de fastidio, apagó el televisor. 

—Nos quieren hacer cagar a todos —dijo.

 —Esto... —el gordo paseó la vista por el extraño lugar—... parece bastante seguro. ¿Qué era? 

—Una cámara frigorífica. Un sótano frigorífico, mejor dicho. Para guardar carne. El gordo no pudo menos que reírse. 

—Se sigue usando para lo mismo —rió, también, Merighi. El clima, algo hostil de la conversación se había distendido. 

—Es cierto —el gordo se pasó la mano por la mejilla, como sorprendido de no hallar sudor.— Está más frío acá. 

—El frío a nosotros no nos hace nada. 

El gordo volvió a mirar hacia el techo, hacia los rincones atiborrados de provisiones, y su nariz detectó nuevamente aquel aroma que lo había estremecido. 

—¿Qué son? —Merighi tiró la pregunta, como una adivinanza. El ingreso en ese tema le ablandaba el carácter. El gordo aspiró ansiosamente el aire, con delectación. 

—Déjeme... déjeme... —cerró los ojos— vermicelli a la Strómboli. —Con... —Con atún... perejil picado... —Perejil picado y... ¿qué más? El gordo volvió a aspirar. —Hay... hay... ¡Hay hongos ahí!

—Sí, sí —acordó Merighi.— Pero hay algo más. 

—Panceta, lógicamente... —Perejil picado, hongos, panceta... ¿Y qué? Algo más. El gordo comprendió que estaba siendo sometido a un examen. Tal vez era el examen de ingreso. Aspiró como un animal salvaje venteando el peligro. 

—Romero —arriesgó. 

—Casi, casi. Laurel. —Ah... laurel. 

—Pero está bien. Está bien —aprobó Merighi.

— Con un poco de tiempo le vas a ir agarrando la mano. 

En ese momento entró Bobina. Bobina debía pesar unos 130 kilos, calculó el gordo, viéndolo moverse con dificultad, respirando agitadamente, bastante ridículo, sosteniendo con toda su monumental humanidad un pequeño pedazo de pan en su mano derecha extendida, como si trajese un diamante. 

—Probá —le dijo el Bobina a Merighi. Merighi abrió la boca y se comió el pedazo de pan embebido en tuco. 

—Le falta sal — desdeñó. 

—¿Te parece? —la cara de Bobina era de sorpresa. Merighi afirmó con la cabeza. Bobina desanduvo sus pasos hacia la cocina, pero la voz de Merighi lo detuvo. 

—Che... —señaló al gordo.— Condarco, el escritor. 

—Sí. Lo recibí yo —Bobina le dio la mano.— El famoso escritor. No me explico cómo a usted no se la dieron antes. El gordo se encogió de hombros. 

—Por ahí yo les era más útil vivo —supuso.— O por ahí pensaban que si me la daban habría alguna repercusión internacional. Merighi meneó la cabeza, escéptico. 

—Lo de las dietas es mundial, Condarco. En Estados Unidos ya casi no quedan tipos como nosotros. En Rusia menos. En Alemania han desaparecido casi dos millones de gordos. 

—A mí me habían intervenido el teléfono —dijo el gordo.— Y también creo que me controlaban la balanza. 

—El problema nuestro es que no pasamos inadvertidos. No nos podemos confundir entre la gente. 

—¿Se enteró de lo de Heredia? —preguntó Bobina. 

—Sí —suspiró el gordo. 

—Pero peor fue lo de Albarello —agregó Merighi. 

—¿Qué pasó? —Se quebró. Lo metieron preso y le ofrecieron someterse a una dieta estricta para rebajar 30 kilos. 

—Para llegar al límite de los 80. 

—A 75. Ahora son 75 

—Merighi mostró los cinco dedos bailoteantes de su regordeta mano derecha. 

—¿75? —se alarmó el gordo. 

—75. Albarello se negó. No quería traicionar. Y el boludo, en protesta, hizo una huelga de hambre. Rebajó 47. Ahora es uno de ellos y me juego los huevos que fue quien denunció a Heredia. Se hizo un silencio abrumador, por un rato. Bobina lo cortó golpeando el marco de la puerta con una palmada. 

—Bueno, che... —pareció disculparse, señalando hacia la cocina o, al menos, hacia el sitio de donde provenía el aroma a tuco. 

—Llamalo a Torrente que venga —ordenó Merighi. Luego, dándole un envión insólitamente ágil a su sillón giratorio, alcanzó unos papeles de encima de un estante y volvió con ellos hasta detrás del escritorio. Allí comprendió el gordo la razón por la cual Merighi no se ponía nunca de pie. La gordura lo había encajado entre los posabrazos y el respaldo del sillón. Era como una torta que había desbordado su molde al crecer. 

—¿Sabés lo de las recetas? —preguntó Merighi, sacudiendo ante sí los papeles. 

—Sí. He oído de eso. ¿"Fahrenheit", no? 

—Sí. No podemos correr el riesgo de que ellos se apoderen de las recetas. Por otra parte, ya han quemado todos los libros y tratados de cocina. 

—Yo los había enterrado en el fondo de casa —suspiró el gordo.— Pero después de lo que le pasó a Spotorno, los saqué de allí y los quemé. 

—Por eso, por eso. Pero cada uno de nosotros ha memorizado una receta. 

—Acá tengo, en código, cuál receta sabe cada uno. Torrente sabe como 500. Él puede pasarte la que vos quieras memorizar. 

—Yo sé una de memoria —se ufanó el gordo. 

—¿Cuál? —"Civet de liebre". 

—A la puta —se pasó la lengua por los labios, Merighi.

— Esa no la tenemos. 

—Yo sabía. No es muy conocida —el gordo estaba orgulloso. 

—¿Cómo es? 

El gordo se estiró hacia atrás en el sillón, entrecerró los ojos, apoyó su mano derecha sobre el pecho y recitó. 

—Una liebre joven. Un cuarto litro de vino tinto. Un vaso de cognac. Un pocillo de aceite, laurel, tomillo. Una cebolla. Una rama de apio. Tres zanahorias tiernas, sal, pimienta en granos. Un hígado de liebre. Merighi escuchaba, contemplendo el cielo raso, el ceño fruncido. 

—Lavar la liebre en agua corriente durante una hora o más, hasta que la carne tome color rosado. Quitar el hígado y reservarlo. Cortar en presas, colocarlas en una fuente honda y cubrirlas con la siguiente marinada: mezclar en un bol el vino tinto, coñac, aceite, laurel... Promediando la vívida descripción de la receta, Condarco no pudo contenerse y se puso de pie. Atacó los últimos párrafos con verdadero fervor, con sensibilizada fibra. —... agregar el hígado pasado por tamiz, ligar a la salsa y servir inmediatamente en la misma cazuela, acompañada de trocitos de panceta salteada y champiñones calientes. 
Al callar el gordo, ambos hombres quedaron en silencio, emocionados. Merighi abrió la boca como para decir algo, pero nunca alcanzó a expresarlo. Una tremenda explosión seguida de un estruendo ensordecedor sacudió todo. Cayeron desde el cielo raso pedazos de mampostería y entre el ruido de miles de las latas de conserva que golpeaban contra el suelo pudo oírse el tableteo muy cercano de las ametralladoras. 

—¡Al fondo! ¡Al fondo! —atinó a vociferar Merighi maniobrando con su sillón entre los escombros. Ya todo era un infierno de estampidos, alaridos, voces de mando y el resonar de botas por las escaleras. El gordo, en pánico, torpemente, alcanzó la puerta y se lanzó hacia donde se suponía estaba la cocina, al fondo. Merighi, con un último envión obtenido al propulsarse contra su propio escritorio, estaba alcanzando la puerta cuando un escopetazo le estalló en el pecho. El impacto no lo arrancó del sillón pero hizo que éste, con su pesada carga, rodara nuevamente hacia adentro perdiendo poco a poco la velocidad hasta dar con el respaldo contra la pared opuesta. Allí quedó Merighi, ya muerto, con la cabeza gacha moviéndose levemente ante una lluvia de fideos dedalito que caía desde el acribillado paquete de un estante alto. El gordo no tuvo más suerte. La ráfaga de ametralladora lo tomó por la espalda y le dio un empujón final para alcanzar la puerta de la cocina. Antes de caer definitivamente vio, en el suelo de baldosas blancas, los inmensos cuerpos de cuatro gordos, como ballenas que hubiesen encontrado la muerte en una playa. Bobina, entre ellos. De repente, tan de repente como había comenzado, todo cesó. Se acallaron los disparos, escuchándose solamente alguna orden aislada, el ruido de vidrios al ser pisados por una bota. El oficial Markevitch entró en la cocina. Tenía aún la pistola en la mano, pero pronto comprendió que ya no le era necesaria. La devolvió a su cartuchera y comenzó a inspeccionar, con paso tranquilo, el lugar. Detrás de él entró un soldado sosteniendo una ametralladora, aún humeante. 

—Hijos de puta —dijo el soldado observando con curiosidad los jamones colgando del techo, las botellas de vino, los frascos de especias, el atiborramiento de provisiones que no dejaban, prácticamente, ver las paredes. 

—¡Cómo le daban a la comida! ¡Dale y dale! ¡Meta tragar! 

—Es lo único que les interesa, Flores. Su única religión. Han convertido sus cuerpos en tachos de basura. Se meten cualquier cosa adentro —Markevitch había recogido un tomate a medio pelar entre sus manos y ahora lo dejaba caer al suelo. En la cocina, sobre una de las hornallas, todavía se calentaba el tuco, burbujeando en una inmensa olla. A su lado, en un colador, también enorme, estaban los fideos. Markevitch se paró frente a ellos y se quedó mirando. Aspiró hondo. 

—Flores —ordenó— dígale al sargento Carelli que no deje de revisar bien todo. Puede haber puertas, pasadizos ocultos. Vaya. Sin volverse, escuchó que el soldado salía. Cubriendo con sus espaldas la puerta de la cocina, el oficial tomó un pedazo de pan y lo ensopó cuidadosamente en el tuco, luego se lo llevó a la boca. Al saborearlo experimentó un instante de éxtasis y apenas pudo reprimir la fuga de una lágrima. Flores no había vuelto todavía. Tomó el pan entero, le arrancó la corteza y sumió la miga blanda otra vez en el tuco. Lo comió apresurado, algo inquieto. Flores no llegaba. Tomó otro trozo generoso de pan y, cuando iba a meterlo en la olla, escuchó un taconeo a sus espaldas. 

—Señor... —comenzó el soldado, vacilando al verlo con el pan en la mano—... el sargento Carelli dice que no hay nada anormal. 

—Acerqúese, Flores. Quería hacerle probar esto —con seriedad, el oficial Markevitch prosiguió con el movimiento inoportunamente interrumpido e introdujo el pan en la olla. 

—¿Qué es eso? —dudó Flores. 

—Tuco. 

—¿Tuco? —el soldado Flores echó hacia atrás la cabeza como si Markevitch le hubiese acercado a los labios un insecto inquietante. 

—Pruébelo. 

El soldado tomó el pan y lo comió. Tras un gesto de confusión o temor, elevó las cejas como admitiendo una evidencia. 

—Es horrible —aseveró. 

—Es para poner a la pasta —el oficial señaló los fideos. 

—¿Eso es la pasta? —el soldado Flores por fin se hallaba frente a aquello sobre lo cual tanto lo habían prevenido en los cursos especiales. 

—¡Esto! Puras calorías. Colesterol. Lípidos. Una mierda, soldado. 

—La famosa pasta —musitó Flores, absorto. 

—Hay toneladas de pasta acá. Hemos dado con un verdadero arsenal. Tendremos que dinamitarlo. 

—Límpiese acá —cambió abruptamente la conversación Flores, señalándose su propia comisura derecha de los labios. Markevitch se apresuró a limpiarse con la palma de la mano. 

—¡Vamos Flores! —ordenó, con brusquedad.— Maneje bien hasta el cuartel y no le diré a nadie que estuvo probando el tuco. 

Al salir, Markevitch se detuvo un instante junto a la mesa de la cocina. Allí había, abierta, una caja redonda de cartón conteniendo dulce de leche. Un dulce de leche oscuro, brillante y denso. Aún sobresalía de la caja el mango de una cuchara sopera. Markevitch la contempló un par de minutos, paralizado. Pero apretó los dientes y se contuvo. 

—Hijos de puta —pensó, apresurando el paso. Ya afuera, de vuelta al camión que los había transportado hasta la descubierta guarida, Markevitch se recostó en el asiento y se quedó pensando. 

—A veces —dijo, como para sí— no sé si esto lo hacemos por un mejoramiento de la raza... o por envidia. Pero Flores, atento al tráfico, no pareció entenderlo.

Roberto Fontanarrosa.

Extraído del libro "Nada del otro mudno". Ed de La Flor 1987/Planeta 2012.

Sábados de Fontanarrosa. Hoy: "No se puede tener todo"

En un momento dado, Eduardo se quedó mirando hacia un costado.

—¿Che? —preguntó—. Aquel que está sentado en la mesa contra la ventana ¿no es Rearte?

—Sí. Es Rearte —dijo Adolfo sin darse vuelta a constatarlo—. Lo vi al entrar. Creo que no me reconoció.

—Pero... —Eduardo frunció la frente—. Está hecho bolsa ese muchacho. Se le cayeron todos los años encima.

—Sí —admitió Adolfo.

—Uhhh... —Eduardo seguía consternado—. ¡Pero si parece que tuviera setenta años!¡Qué avejentado que está!

—Anduvo jodido.

—Tiene mi edad Rearte. Fuimos compañeros en la secundaria.

—Parece que tuviera veinte años más.

—¿O nosotros estaremos igual? —se alarmó Eduardo, volviendo a mirar a su acompañante de mesa luego del estudio exhaustivo de la precaria actualidad de su ex compañero de estudio. Adolfo soltó una risotada sorda.

—No jodas —aconsejó.

—¿Estaremos igual, che? ¿Él nos verá igual a nosotros?

—No. Es que no anduvo bien ese muchacho — insistió Adolfo. Eduardo no pareció oírlo. Se había metido por otra vertiente de la conversación.

—Porque a veces es un poco la forma de vestirse ¿No es cierto? La actitud —arriesgó—. Yo veo tipos que siempre han sido muy formales para vestir. Pero muy formales. Siempre de traje y corbata... Ropa oscura...

—En la puta vida los ves de sport...

—Claro... Y eso los avejenta un poco.

—Sí, pero en este caso...

—Sí... —Eduardo sacudió la cabeza, reflexivo—. Pero en este caso no es así. Éste se viste de traje y todo eso pero además está achacado. Pelado, con lentes...

—Te decía que...

—Medio panzón —arremetió Eduardo, ensañado—. Eso es lo que te caga. Porque uno no puede evitar quedarse pelado. O tener que usar lentes. Pero se puede evitar engordar como un chancho. Eso es cuestión de voluntad.

—Tampoco éste está gordo como un chancho, Edu.

—Te digo en forma genérica. Panzón está. Claro, que yo recuerde, éste no hizo deporte en su puta vida.

—Te digo que anduvo para la mierda —Adolfo golpeó con los nudillos suavemente sobre la mesa como para reafirmar su conocimiento y, de paso, llamar la atención de su amigo.

—Y eso con el tiempo se siente —Eduardo desechó el reclamo—. Cuando no tenés los músculos abdomínales más o menos trabajados, después de los cuarenta se te relaja todo. Adolfo lo miraba. Eduardo detuvo su discurso y lo miró también.

—¿Cómo que anduvo para la mierda? —rebobinó, volviendo a fruncir la frente.

—Estuvo loco.

—¿Loco?

—Sí. Pero loco loco. Loco del bocho. Demente.

—No jodas.

—Sí. No loco lindo o loco divertido. Estuvo internado y todo, este muchacho.

Eduardo volvió a depositar la mirada sobre su medianamente lejano ex compañero de estudios. Ahora con otro interés, con otra óptica.

—¿Y cómo lo sabes?

—Porque hará un año o dos lo encontré en El Savoy. Bah, lo encontré... Es un decir. Yo estaba tomando un café, tenía que hacer tiempo o algo así... ¡Tenía que ir a lo del escribano, ahora me acuerdo! Que está ahí nomás, a media cuadra, vos viste... Y en eso, lo veo a este tipo, al Rearte, en otra mesa. Como si fuera ahora, que también está sentado en otra mesa. También contra la ventana...

—Se ve que la locura le da por ahí —apretó una sonrisa, Eduardo.

—No seas hijo de puta. Pero yo no lo veía muy bien, porque lo tenía medio tapado por una columna. Digamos que lo veía a él pero no veía al tipo que estaba con él. Porque yo lo veía hablando. Muy animadamente. Meta hablar y hablar, dale que dale...

—No era un tipo muy conversador, por lo que me acuerdo.

—Se notaba que era una conversación muy interesante. Yo no escuchaba lo que decía, pero lo veía gesticular, así ¿viste? —Adolfo dibujó algunos gestos con sus manos, en el aire, ampulosos—. Y se reía. Se reía mucho. Ahí sí, fuerte. Yo lo escuchaba reírse. Pero, bueno, no le di mayor bola al asunto. "Estará con algún amigo" me acuerdo que pensé.

—O con alguna mina.

—También. Con alguna mina. Pero me olvidé de la cosa. Tampoco yo soy un amigo demasiado cercano de este muchacho, después de todo. Y no sé qué mierda empecé a hacer, aprovechando el tiempo, con unas facturas, algún trabajo atrasado. Pero me acuerdo que lo volví a mirar porque escuché que se reía de nuevo, muy fuerte, una risa muy sonora, muy estentórea. Digo "ahora cuando me levanto voy a ver con quién está este tipo", más que nada por esa curiosidad de chusma que tiene uno.

—Es que acá en Rosario uno es chusma a la fuerza, Adolfito. Si uno conoce a todo el mundo — puntualizó Eduardo, profundo.

—Me levanto, me pongo el sobretodo —era invierno— miro como para saludarlo, y veo que este tipo estaba solo. Estaba solo en la mesa.

—Estaba hablando solo —Eduardo asimiló el golpe.

—Completamente solo. Yo medio que miré para todos lados, porque por ahí había estado con alguien y el otro tipo, o la tipa, se había ido recién. O se había levantado para ir al baño. Pero no parecía ser así y aparte en la mesa de él había un solo café, un solo vasito de agua.

—Qué jodido...

—Jodido ¿viste? Porque la cosa te descoloca. Yo no sabía muy bien qué hacer...

—Te piraste...

—¡No! Porque él me había visto. Cuando yo me levanté para ponerme el sobretodo y miré como para saludarlo, él también me vio. Me vio y me saludó muy efusivamente con la mano: "¡Qué haces, Adolfo!"

—Te dejó pegado.

—Me tuve que acercar, te imaginás. Y ahí corroboré que el hombre no andaba demasiado bien de la azotea. Primero, que caí en la cuenta que desde otras mesas también lo estaban mirando. Un poco con interés, otro poco con inquietud ¿viste? Uno nunca puede saber demasiado bien qué carajo puede hacer un loco. Algunos otros tipos que estaban en otras mesas me miraban haciéndose los boludos como diciendo...

—Otro loco de mierda.

—No. Pero... ¿viste? Qué sé yo... Como diciendo, "Este tipo no se apioló, este tipo no se dio cuenta...". Una cosa así.

—Y... ¿qué pasó? ¿Te sentaste?

—Me tuve que sentar. Medio en el filo de la silla como para irme, pero me senté. Y ahí me contó. Dentro de su incoherencia me contó cómo venía la mano con él...

—¿Se lo notaba muy alterado?

—Ah... Eso es lo que te había empezado a contar, aparte del hecho de que la otra gente lo mirara. Sí... Hacía gestos raros con la cara. Rictus ¿viste? Visajes. Fruncía la cara. Replegaba los labios y mostraba los dientes apretados, como si le doliera algo. No siempre, por supuesto, de vez en cuando. Pero eran como tics. Y transpiraba, además. Y te estoy hablando de pleno invierno. Un  frío de cagarse.

—¿Y qué te contó?

—Que se le había matado en un accidente un amigo muy querido, y que era...

—A la pucha.

—Y que era con ese amigo con el que había estado hablando. Que se encontraban muy seguido. Que tenían muchas cosas para contarse. Que el accidente había sido como dos años atrás, pero que se seguían viendo...

—Mira qué extraño. Iba y venía de la locura — diagramó Eduardo—. Sabía que su amigo se había muerto pero lo mismo te contaba que hablaba frecuentemente con él.

—Eso mismo. Con total naturalidad. Por momentos, te juro, parecía que estaba completamente lúcido y normal...

—Era un tipo agradable, recuerdo.

—Un tipo agradable. Pero también me dijo que cuando su amigo no aparecía —o mejor, el fantasma de su amigo no aparecía—, él se angustiaba mucho, que sufría, que se deprimía, que a veces lloraba...
—La mierda.

—Entonces yo le dije... te imaginás... ¿Qué carajo le iba a decir en un momento así? Le dije que por qué no iba a ver a un psicoanalista...

—Lógico...

—Y me dijo que había empezado a ir hacía poco. Que su mismo amigo se lo había aconsejado...

—¿Su amigo? ¿El muerto?

—Y otra gente, también. Familiares, supongo. Y que estaba muy satisfecho con la terapia, que le estaba yendo muy bien...

—¡Ya veo!— rió, asombrado, Eduardo.

Adolfo se quedó callado. Torció su cabeza para mirar a Rearte que, algo encorvado, les daba la espalda desde la mesa de la ventana.

—Después me fui —completó—. De ahí conozco este asunto de la historia ésa. De lo que me contó él.

—Fijate vos —bamboleó la cabeza hacia adelante y hacia atrás Eduardo, abstraído. También él observó a Rearte entonces—. Y ahora, cuando entraste —preguntó a Adolfo—. ¿No viste si estaba hablando solo, o si gesticulaba, o algo así?

—No... No...

—¿No viste o no hablaba solo?

—No hablaba solo. Ni gesticulaba. Al menos en los momentitos que yo lo miré. Porque lo miré para saludarlo cuando lo reconocí pero él no me vio entrar.

—Yo tampoco lo vi hacer nada raro —murmuró Eduardo.

—Por ahí está bien. Quién te dice.

—Como suelto, anda suelto.

—Por ahí se curó con la terapia, Edu —Adolfo estaba recogiendo sus cosas de una silla contigua, como para irse.

—Lo voy a ir a saludar, a ver qué pasa —afirmó decidido Eduardo también poniéndose de pie.

—Andá, andá y después me contás —lo alentó Adolfo, acomodándose la bufanda. Se separaron. Adolfo se fue por la puerta de la esquina de Santa Fe y Sarmiento y Eduardo, abrochándose el saco, se aproximó a Rearte. Rearte lo recibió con algo de sorpresa y una medida alegría. De cerca se lo veía más avejentado aún, pero calmo, con cierta transparencia en la mirada y un leve temblequeo en el labio inferior. Rearte invitó a compartir la mesa a Eduardo y éste, igual que Adolfo en aquella ocasión, se dejó caer casi en el borde de la silla, la agenda apoyada sobre sus muslos, como para partir en cualquier momento.

Eduardo, piadoso, mintió que lo encontraba bien, casi igual que siempre, lo que dio lugar para que Rearte, casi culposo, lo contradijera efusivamente y le explicara las causas de su estado de deterioro físico ligeramente prematuro. En tanto le contaba la historia que Eduardo ya sabía a través de Adolfo, Rearte se fue entusiasmando, adquiriendo confianza, como si al principio desconfiara de que Eduardo fuera realmente quien decía ser. Le habló de su amigo, del terrible accidente, del shock emocional que aquel suceso le había provocado, de su desequilibrio

nervioso, de sus largas y animadas charlas con el espíritu ("o lo que fuere" aventuró) de su amigo muerto, de su terapia y de su sostenida mejoría.

—Me hizo muy bien, Lejarza —sonrió, tristemente, rescatando el apellido de Eduardo, que la cotidiana lista de asistencia escolar había grabado en su memoria—. Pude hablar el asunto. Pude, como dicen ellos los psicólogos, elaborar el duelo. Pude asumir que mi amigo había muerto.  Convivir con eso. Incorporarlo...

—¿Terminaste la terapia? —preguntó Eduardo.

—Terminé. Terminé. Bah... Voy de vez en cuando. Controles más que nada.

—Esas cosas nunca terminan del todo —precisó Eduardo como si supiera.

—Nunca estás sano —la sonrisa de Rearte era desvaída.

—¿Y ahora cómo andas, cómo te sentís?

—Peor, Lejarza. Peor —dijo Rearte, al punto. Eduardo se echó un poco hacia atrás, sin mudar de expresión, impactado—. Antes al menos tenía con quien conversar. Me pasaba horas hablando con el espíritu, o lo que sea —se encogió de hombros— de Aldo. Te aseguro que me iba a algún café, lo encontraba allí y estábamos horas charlando. Claro, ya no nos veíamos tan seguido como cuando él estaba vivo —que estábamos juntos todo el santo día, éramos culo y camisa te juro—, y entonces cuando nos encontrábamos teníamos un montón de cosas para contarnos. Pero ahora...  —Rearte lentificó su relato—. Ahora me siento muy solo. Muy solo, Lejarza. Vos sabes que yo no me casé, mi vieja está muy viejita...

Eduardo amagó ponerse de pie. Sentía la incomodidad propia de quien sospecha que su interlocutor puede ponerse a llorar en público en cualquier momento. Intuyó que debía hallar una frase de cierre, antes de irse.

—No se puede tener todo —barbotó, mirando hacia el nerolite de la mesa. Y suspiró profundo.

—¿No querés tomar un café? —Rearte lo tocó en el brazo, adivinando su intención y retomando, incluso, un tono de voz más festivo. Eduardo se puso de pie, ligeramente espantado.

—No, Rearte. Me tengo que ir.

—Quédate. ¿Tenés mucho que hacer?

—Sí. La verdad que sí. Me alegro de verte bien, Rearte.

—Un café nomás —Rearte elevó su dedo índice en el aire—. Contame si viste a alguno de los muchachos. ¿Lo ves a alguno?

—A Ferrer, a veces... A Spiño... pero mejor otro día, Rearte. La verdad es que ando a los rajes.  Discúlpame pero nos vemos en cualquier momentito.

Apretó la agenda sobre su pecho y salió hacia Sarmiento. Rearte miró hacia la barra e hizo la seña de un cortado.

Roberto Fontanarrosa

Extraído del libro "La mesa de los galanes". Ed de La Flor 2001/ Ed. Planeta 2012.



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