En casa.
Su padre ya no reconocía a casi nadie. A veces reconocía a su hija. A veces no. Pero ya, en los últimos tiempos, el no reconocerla se hizo una costumbre, y uno se acostumbra a lo malo. O no, sobre todo si se trata de esa horrible enfermedad llamada alzhéimer.
Al
principio, uno se revela y piensa que no va a pasar nada. Pero es tan maldita
la enfermedad que es muy progresiva. No te das cuenta de cuánto avanza cada
día. Y cuando te diste cuenta, ya es tarde.
Primero
pasás por el enojo. Porque un padre, una madre o los abuelos no pueden
olvidarse de vos así nomás. Creés que la persona no está haciendo el suficiente
esfuerzo como para recordarte.
Cuando
pasás esa etapa, se viene la tristeza, una tristeza que, curiosamente, se
acuerda de vos todo el tiempo. Porque ese que está ahí es tu padre, tu madre o
tus abuelos, pero ellos no lo saben. Y la decena de preguntas por minuto te lo
recuerda, mientras ellos olvidan.
Y eso sí
que es triste.
Finalmente,
uno comienza con la paciencia infinita y el amor incondicional de acompañarlos,
siempre y cuando uno no llegue tarde a esa etapa.
—¿Quién
sos? —le preguntaba con una mezcla de miedo y educación, como si ella fuera una
visita inesperada o alguien que apareció de la nada.
Ella
siempre contestaba lo mismo.
—Soy yo,
papá. Laura.
Él la
miraba un rato. Intentaba encontrar algo conocido en esa cara. Ella lo miraba
con una sonrisa triste que no podía ocultar.
—Laura...
Y después
sonreía apenas, y su mirada se perdía en un punto fijo.
—Qué
lindo nombre.
Su madre
había muerto hacía tres años. Desde entonces, todo había empezado a apagarse
para su papá. Primero fueron pequeñas cosas, como una llave, el control remoto
que apareció en la heladera o el celular. Luego, una pregunta repetida cinco
veces durante el almuerzo, no entender una película o una noticia en la tele.
Finalmente, los nombres y el vínculo familiar y de amistad. Todo fue como a
parar a un agujero negro.
En último
lugar, la casa. La recorría como un invitado y muchas veces se encontraba con
cosas nuevas de hacía veinte años.
—¿Y acá
quién vive?
—Vos,
papá.
—Ah.
Y se quedaba
mirando las paredes, los cuadros familiares, como buscando alguna pista para
saber si eso era cierto. Ya, a esa altura, convivía con cuidadores y
acompañantes terapéuticos todo el día, a los que tampoco reconocía y, cuando
los reconocía, lo hacía de mala manera.
Lo
trataban neurólogos y psiquiatras. Medicación al día. Una rutina ordenada al
detalle que su cabeza se encargaba de sacarle lo rutinario.
Laura ya
vivía con tristeza los últimos años de su viejo. Pero no quería llevarlo a un
geriátrico. Porque, antes de que todo esto colapsara, el viejo le había pedido
encarecidamente que no lo dejara en uno. Y ella se acordaba e iba a cumplir su
promesa.
Ella lo
visitaba diariamente, lo llevaba al médico, a los chequeos de rutina, a la
plaza. Pero nada conseguía devolverle lo que parecía haberse ido.
Hasta
aquella mañana de viernes.
Lo
llevaban a una consulta médica cuando el auto tuvo que desviarse porque así lo
indicó el GPS de la aplicación. En lugar de agarrar la avenida, el conductor
tomó la paralela de atrás de la casa.
Laura iba
mirando el teléfono cuando escuchó una voz al lado suyo.
—¡Vamos!
Se dio
media vuelta.
Su padre
estaba pegado a la ventanilla.
—¿Qué
pasa, papá?
El viejo
sonreía. No sonreía así desde hacía años.
—¡Vamos!
Laura
siguió su mirada. Estaban pasando por la cancha. La cancha de su club, su amado
club, donde siempre iba hasta enviudar y dejar todo para dedicarse a la tristeza.
Su padre
empezó a repetir el nombre del equipo. Una y otra vez. Como un chico. Como si
acabara de encontrar su casa después de estar perdido durante mucho tiempo.
—¡Vamos,
vamos... Dale!
Laura
sintió algo raro, como cierto optimismo, pero no podían parar. Había que ir al
médico. Los controles de rutina no podían esperar. Capaz que había que ajustar
la medicación. Otro día mejor, con más tiempo.
Mientras
el auto se alejaba de la cancha, al viejo le rodaron un par de lágrimas.
Tuvo la
consulta con el psiquiatra, que le mantuvo la misma medicación. Laura le
comentó lo sucedido yendo hacia el consultorio. El psiquiatra sonrió y le dijo
que lo llevara un día a la cancha, a ver cómo reaccionaba.
Ese
domingo lo llevó a la cancha.
No sabía
qué esperar.
Lo
ayudaron a subir las escaleras despacito. Llegaron a la platea. Se sentaron.
Durante
unos minutos no ocurrió nada.
Laura se
sintió una idiota.
El viejo
miraba el campo vacío. Después respiró profundamente.
Y, de
repente, como si nada, tiró:
—Mirá
cómo dejaron la cancha —dijo—. Antes la tribuna terminaba allá.
Laura lo
miró.
—¿Te
acordás?
—¿Cómo no
me voy a acordar?
Y empezó.
Se acordó
de varios jugadores que eran ídolos.
Goles.
Formaciones.
La formación que casi sale campeona en los 70.
—Ese
partido lo perdimos porque el arquero se comió dos goles.
—¿Qué
arquero?
El padre
la miró indignado.
—¿Cómo
que qué arquero? ¡Garmendía! ¡Si era un desastre! Se lo compramos a El Porvenir
por chauchas y palitos.
Un hombre
sentado unas butacas más allá se dio vuelta.
—¿Usted
venía en los setenta?
—¿Cómo no
iba a venir?
Y los dos
empezaron a hablar.
Laura los
miraba desde al lado. Su padre discutía. Se reía. Se enojaba. Recordaba.
—Casi
salimos campeones en el setenta —decía—. Nos afanaron el campeonato.
—Con
Garmendía en el arco... no podíamos esperar mucho —contestaba el otro—. Pero el
nueve era un terrible nene, ¿eh?
—¡Samudio!
Una bestia, pibe, una bestia.
Laura no
podía creerlo. Su padre no sabía quién era ella. No reconocía ni su propia
casa. Pero en la cancha todo cambió en un segundo. La llamaba por el nombre, se
ponía a hablar con un desconocido sobre un partido jugado cincuenta años atrás.
A partir
de ese día empezó a llevarlo a todos los partidos de local.
Era otra
persona.
Entraba a
la cancha apagado, sostenido del brazo. Y apenas cruzaba el portón, levantaba
la cabeza.
—Llegamos.
Eso
decía.
Laura lo
miraba y se le escapaban las lágrimas de emoción.
En la
platea recuperaba la memoria.
—Laura,
vení.
Ella se
acercaba más aún.
—Te
presento a Juancito.
Un señor
de unos ochenta años levantaba la mano, saludándola.
—¿Lo
conocés?
—Claro
que lo conozco. Nos sentamos juntos desde el Apertura del noventa y cinco.
Laura
miraba a Juancito.
—¿Es
cierto que se conocen? —le preguntó Laura, sorprendida.
—Por
supuesto —decía Juancito—. Por eso quedamos viejos y chotos, de tanto sufrir
acá.
Y todos
se reían.
Durante
noventa minutos, y un poquito más en el postpartido, su padre volvía. En la
vuelta a casa, a veces todavía hablaba del gol.
—No sé
cómo no la metió. Qué malo es el siete que tenemos.
Pero, al
llegar a la casa, se apagaba.
Pasaba a
modo avión.
Otra vez
la enfermedad lo abrazaba fuerte para no soltarlo.
Volvía a
preguntar dónde estaba. Volvía a preguntar quién era ella.
Y Laura
volvía a contestar.
—Soy yo,
papá.
Él la
miraba.
—Laura...
—Sí.
—Qué
lindo nombre.
Al otro
mes, volvieron al psiquiatra. Esta vez no pasaron por la cancha. Laura le contó
lo sucedido en el último mes, cómo se levantaba el padre en la cancha, hasta
parecía curado.
El
psiquiatra le dijo que no era nada raro. Hablaron de memoria semántica. De
estímulos asociados a momentos importantes de la vida. De la corteza cerebral,
de pim que pam.
Laura
escuchaba, pero no escuchaba.
Estaba
abstraída y pensando en cómo su padre era feliz en la cancha. Y el resto del
tiempo no.
Era
demasiado poco.
Noventa
minutos cada quince días.
Ahí mismo
decidió llevarlo también entre semana.
Una tarde
caminaron por las tribunas.
El viejo
tocó las paredes.
—Acá no
estaba esta puerta.
Se
sentaron frente al campo.
—¿Sabés a
quién vi jugar acá?
Y empezó
otra vez.
Nombres.
Anécdotas.
Historias.
—En ese
banco se sentaba Don José.
—¿Quién
era Don José?
El viejo
la miró sorprendido.
—¿Cómo
que quién era? ¡El mejor entrenador de todos los tiempos!
Laura
sonrió.
—Contame.
Y él le
contó.
Estuvieron
hasta el atardecer de ese día que se había pedido franco.
Dos veces
por semana comenzaron a ir a la cancha. Pero pasaba lo de siempre: llegaba a la
casa, volvía a ser consumido por esa enfermedad.
La rutina
siguió. El padre de Laura mejoraba, pero solo estando en la cancha, pero Laura
no estaba conforme. Quería ver bien a su papá todos los días.
Así que
un día Laura habló con el utilero del club. Le contó la historia.
El hombre
escuchó en silencio, con una sonrisa.
—Que
venga cuando quiera, siempre me hace falta compañía para el mate —le dijo.
Como el
estadio quedaba cerca, los cuidadores empezaron a llevarlo casi todos los días.
Una hora.
Dos.
Pero
tampoco alcanzaba.
Porque el
problema era que el viejo no quería irse.
—¿Nos
vamos, don?
—¿Ya?
—Ya.
Y
entonces bajaba la cabeza.
Le
estaban pidiendo que abandonara el único lugar donde todavía sabía quién era.
Laura
empezó a pensar una cosa que al principio le pareció una locura.
Pero se
animó. Total, perdido por perdido.
La cancha
tenía una pequeña habitación cerca de donde trabajaban el utilero y el
canchero. No era gran cosa. Una cama. Una mesa. Un ventilador. Una ventana
desde donde, si uno se inclinaba un poco, podía ver una parte de las tribunas.
Laura habló
con los dirigentes. Con los médicos. Con los cuidadores.
Le
dijeron que era complicado.
Pero
insistió.
No quería
abandonar a su padre en una cancha, mucho menos en un geriátrico. Quería
llevarlo a su casa, tenerlo con ella. Pero sabía que, al menos en la cancha,
era feliz y que igual iba a ir a verlo todos los días.
Después
de muchos peros, y con unos buenos pesos —hay que decirlo—, ante la insistencia
de Laura y el viejo utilero, aceptaron.
Pusieron
una cama mejor. Un baño adecuado. Una pequeña televisión.
Y, sobre
una pared, Laura colgó una foto enorme del equipo campeón de algún torneo que
su padre siempre nombraba, pero del que ella no tenía idea.
Lo
llevaron con los ojos vendados, como una sorpresa. Se había brotado un poco
cuando le querían poner la venda, pero, al fin y al cabo, aceptó.
Ya
adentro del cuartito, Laura le sacó la venda.
—¿Dónde
estamos? —preguntó él.
Laura
abrió la puerta.
El viejo
miró hacia afuera.
Se quedó
quieto.
Después
sonrió.
—En casa
—dijo por fin su papá.
Laura
tuvo que darse vuelta.
No quería
que la viera llorar.
Su padre
empezó a vivir allí.
Por las
mañanas desayunaba con el utilero y el acompañante que se quedaba de noche.
A veces
se sentaba junto al canchero a mirar cómo cortaban el pasto.
Cuando
había entrenamiento, se sentaba cerca de la cancha.
Los
jugadores comenzaron a conocerlo.
—Buen
día, don.
—¿Vos de
qué jugás?
—De
volante ofensivo. Llevo la siete en la espalda.
El viejo
lo miraba con desconfianza.
—Necesitamos
un buen wing, no un siete.
El
jugador se reía.
Los días
de partido eran una fiesta.
Dos horas
antes del encuentro, ya estaba sentado en el palco con Laura. Saludaba a
Juancito, que siempre venía con su bastón.
Aunque
cada vez que lo veía lo presentaba nuevamente.
—Laura,
vení. Te presento a Juancito.
—Ya me lo
presentaste, papá.
—Bueno,
pero saludalo.
Y durante
esos días de cancha Laura volvió a tener padre.
Era su
burbuja.
Su
ecosistema.
Si salía
de ahí, volvían la depresión, el alzhéimer, el no reconocer a nadie.
Era como
un regalo haber encontrado el sitio ideal para su padre.
Una
tarde, mientras caminaban junto al campo de juego, el viejo se detuvo.
Miró el
césped. Miró hacia las tribunas y se dio vuelta hacia donde estaba la hija.
—¿Sabés
qué es lo más lindo de esta cancha, Laurita?
Laura
esperó la respuesta con una sonrisa.
—Que uno
puede olvidarse de todo.






