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La previa contra Austria.

 

¿Estamos usando la misma previa que en el último mundial? Por supuesto que si.

Autoestima.

Esto me pasó hace varios años, antes del ascenso y, por ende, cambio de oficina. Por eso lo cuento ahora; contarlo en su momento hubiese sido mandar al frente a personas que conozco y que en algún momento estimé. Creo que hoy extraño un poco a esos compañeros, porque rompían la monotonía del trabajo de oficina. Muchos creen que uno, al recibirse de contador, abogado o ingeniero, va a estar en permanente lucha en su estudio, en los estrados o en plena obra. Pero no. Créame que la mayoría terminamos en una oficina, algunos mejores pagos que otros, pero en una oficina, al fin y al cabo.

Uno de esos compañeros era Jorgito, un ingeniero caído en desgracia. Vivía en un monoambiente en San Telmo. Se había divorciado hacía mucho ya, veía a los hijos fin de semana de por medio. En la oficina era, cómo decirlo, bastante vago. El perchero, bastante destartalado, cumplía más funciones que él. Uno sabía que, si dejaba la campera o el sobretodo ahí, al final del día permanecería en su negro gancho de caño. Ahora, darle un expediente o un laburo a Jorgito era no saber a dónde iba a parar; Jorgito o el expediente.

Pero lo queríamos. Era un hombre entrado en kilos y años. Charlatán, pelón y se enganchaba en todas las discusiones futboleras, por más que no supiera un soto de fútbol. También era bastante chusma. Sabía la vida privada de casi todos. Con quién salía Juana de Contabilidad o qué chanchullo se había mandado Fernando de Compras y hasta qué color de calzoncillos tenía el jefe en el segundo cajón de su habitación. Muchas veces —generalmente al día 15 del mes, cuando el sueldo empieza a mermar— no hablaba con nadie y tenía una cara de culo que ponía en ese estado a toda la oficina. Todos sabíamos que era por problemas de guita. A pesar de ser ingeniero, ya estaba un poco grande y había dilapidado todas las oportunidades de ascenso. Hasta jugábamos apuestas; creíamos que al perchero lo iban a ascender antes que a él.

Jorgito vivía con lo justo, pero le gustaba aparentar. Cuando vendió su Renault 19, esgrimió que “contaminaba mucho”. Justo él, que no sabía para qué era el cesto verde que estaba junto al negro, en el pasillo afuera de la oficina. Todos sabíamos que lo había vendido para pagar expensas, porque en cualquier momento lo rajaban del monoambiente. También hablaba mucho de su “época de oro”, de cuando llegó a tener cuatro o cinco departamentos y lo estafaron. O de cómo la mujer lo dejó en Pampa y la vía llevándose todo. Nosotros sabíamos que era verso, que la mujer fue la que le dejó de lástima un monoambiente que era de ella, porque Jorgito nunca tuvo un mango. Pero bueno, ahí estaba, viniendo a la oficina a tomar café, fumarse un pucho en la ventana y hablar de todo.

Un día cambió. Todo cambió. Por lo menos en la vida de Jorge.

Se mostraba más alegre. Llegaban los días 15, 18, 20 y seguía con el mismo sueldo miserable, pero de buen humor. “Creo que Jorgito la está poniendo”, me decía Juan, compañero de escritorio. Nos reíamos y empezamos a joderlo, porque la maldad es uno de los condimentos del compañerismo; uno ni con su señora pasa ocho horas encerrado todos los días.

Las semanas siguieron y Jorgito cada vez estaba más arriba. Silbaba melodías raras. Venía peinado. Un lunes cayó hasta con una bufanda de colores, que no se la pondría ni un payaso en medio de una animación infantil.

Y de golpe, un día, se apareció con una notebook. Una cosa vieja, despintada, con una calcomanía de Windows Vista medio salida. La apoyó en el escritorio y arrancó una videollamada sin siquiera ponerse auriculares.

—Aló Jorge Alberto, ya estamos en la call. Jürgen, Giuseppe y tú. Falta que se conecte Joao y Xiu.

Toda la oficina se quedó en silencio. No por respeto, por curiosidad y chusmerío. Además, con esos nombres parecía una telenovela mexicana.

De la computadora empezaron a salir voces con acentos imposibles. Un alemán que hablaba como doblaje barato, un italiano acelerado, un chino que pronunciaba las erres como eles y una española que parecía estar permanentemente indignada. Mientras tanto Jorgito mutaba el acento según quién hablara. Si hablaba con el italiano, gesticulaba. Si hablaba con el chino, inclinaba la cabeza como si eso ayudara. Estaba más concentrado que Kung Fu en la montaña.

—Estamos viendo con nuestros socios en Argentina que el barril de petróleo se ha encarecido, pero os podemos compensar con commodities…

Nos mirábamos todos sin entender un joraca.  Porque el mismo tipo que una semana antes había mangueado una luca para un cortado ahora hablaba de commodities como si manejara la Bolsa de Nueva York. De golpe y porrazo era el Lobo de Wall Street.

La escena empezó a repetirse todos los días. Ya ni laburaba. Se la pasaba de llamada en llamada, tomando notas en una libreta Gloria llena de garabatos. A veces se reía solo mirando la pantalla. Otras veces cerraba los ojos y asentía, muy serio, como si le estuvieran revelando secretos de Estado.

—Creo que Jorgito la miseria lo enloqueció del todo —comentó Brian una mañana en el dispenser.

—O se ganó el Quini y no nos quiere contar.

—No, boludo. Para mí cayó en una secta.

La teoría de la secta empezó como chiste y terminó siendo la explicación oficial de la oficina. Encima Jorgito estaba insoportable. No porque estuviera mal. Estaba demasiado bien. Entraba saludando fuerte, abrazaba gente, le decía “campeón” hasta al cadete y empezó a tirar frases motivacionales completamente fuera de contexto.

—El límite está en la mente.

—Hay que conectar con el potencial interior.

—Somos arquitectos de nuestra propia abundancia.

La primera vez nos causó gracia. A la cuarta ya te daban ganas de ahorcarlo con el cable del teléfono o revolearle el borrador de la pizarra que nunca usábamos. Una tarde lo escuché hablando con un italiano.

—Giuseppe, hermano, tú tienes que abrazar al niño interior.

Casi escupo el café. El tano, del otro lado, lloraba  o eso parecía, la verdad que ni idea, porque llegó el punto en el que las conversaciones bizarras de Jorgito ya se habían vuelto parte del sonido ambiente. Pero él lo seguía consolando al tano. En español, pero haciendo un acento como si hablara en tano.

—No importa el divorcio, Giuseppe. Tú eres valioso. Salva tu matrimonio. Tú puedes.

Ahí nos miramos todos. Silencio total. Algo no cerraba. Durante semanas habíamos pensado que Jorgito estaba metido en negocios turbios internacionales, lavado de guita o una red de criptomonedas falopa. Pero no. Lo que estaba haciendo era muchísimo peor: al parecer era coach o algo por el estilo.

Con el tiempo fuimos entendiendo el panorama. Las supuestas “reuniones financieras” eran grupos de autoayuda internacionales. Tipos y minas de distintos países conectándose para hablar de autoestima, inseguridades y “energía personal”. Fernando Carlos, el caribeño, era un venezolano radicado en Miami que se hacía llamar “mentor emocional holístico”. La española vendía cursos para “reconectar con la diosa interna”. El alemán tenía un canal de YouTube donde lloraba contando cómo había aprendido a quererse después de perder una parrilla temática en Berlín.

Y Jorgito estaba fascinado. Por primera vez en su vida sentía que pertenecía a algo. El problema fue que empezó a llevarlo demasiado lejos. Nos hacía repetir afirmaciones positivas antes de arrancar la jornada.

—Mírense a los ojos y digan “soy suficiente”.

Brian casi lo surte ese día. Después aparecieron cartelitos pegados por la oficina: “Florece donde estés plantado”, “Hoy elige ser tu mejor versión”, “Sonríe, el universo escucha”. Los cartelitos parecían hechos por algún nene de jardín en una cartulina chillona, con letras mal recortadas. Podría haber usado la Inteligencia Artificial al menos para hacer los carteles y luego imprimirlas, pero bueh.

El jefe estaba encantado.  Decía que había mejorado el clima laboral. Y honestamente… algo de razón tenía, mas que nada porque Jorgito no nos contagiaba su cara de ojete post dia 15 del mes. Además, nos divertíamos con sus diálogos bizarrisimos.

Hasta que llegó el viernes del desastre. Ese día Jorgito vino emocionadísimo porque iba a coordinar su primera “cumbre internacional de autoestima”. Había llevado sanguchitos de miga y una gaseosa marca dudosa para festejar.

A las cuatro de la tarde conectó la notebook en el medio de la oficina.

—Bienvenidos hermanos del amor propio —arrancó diciendo, completamente extasiado.

En la pantalla empezaron a aparecer las caras de todos los personajes de siempre. Giuseppe. Xiu. Fernando Carlos. La gallega. Un brasilero musculoso que hablaba desde una hamaca paraguaya.

Y de repente Jorgito dijo:

—Hoy tenemos nuevos integrantes desde Argentina.

Nos señaló a nosotros. Yo pensé que estaba jodiendo. Pero no, era posta.

—Gabriel tiene problemas para expresar emociones —dijo señalándome—. Brian trabaja mucho la ira. Juan todavía no sana heridas vinculares.

Casi me muero o nos morimos. Me acuerdo que Brian se puso colorado y por un momento temí que le recagará a trompadas a Jorgito.

Juan directamente lo reputeó:

—¡Pero andate a la concha de tu madre, Jorge! ¿¡Qué te pensás que es esto, pelotudo!? ¿¡Gran Hermano!?

Lo peor fue que los extranjeros empezaron a aplaudir.

—Bravo Juan, expulsar el dolor es sanar —dijo Fernando Carlos con su tono caribeño.

Ahí explotó todo. Brian le revoleó la taza con café. Juan le quiso sacar la notebook y empezaron a forcejear.

La española empezó a llorar.  El brasilero gritaba “deixa fluir, irmão”. Y Jorgito, en medio del caos, lloraba emocionado diciendo:

—¡Esto es crecimiento personal! ¡Por fin están conectando con ustedes mismos!

En el forcejeo, la notebook salió volando y le dio de lleno al vidrio del microondas donde me estaba calentando un café.  Hubo un chispazo. Se cortó la luz en toda la oficina. Y en el silencio absoluto que quedó después, lo único que se escuchó fue la voz de Fernando Carlos saliendo distorsionada desde los parlantes mojados:

—El verdadero liderazgo nace del amor propio…

Jorgito se quedó mirando la notebook humeando como si hubiese muerto un familiar. Y no sé qué fue más triste: verlo juntar los pedazos de esa computadora vieja… o escuchar cómo decía bajito, casi quebrado:

—Porque no se van todos a la reconcha puta de su hermana, manga de fracasados que nunca van a salir de esta oficina de mierda ¡Soretes!

Lo que vino después fue una gresca generalizada. Todos contra Jorgito, le dieron para que tenga, guarde y reparta entre los miembros de la mesa de autoayuda. Cuando apareció el jefe y vio semejante espectáculo dantesco, se quiso poner a separar y también la ligó.

Por suerte, luego, me ascendieron, bueno en realidad fue porque no participé en la batahola en la cual casi lincharon al boludazo de Jorgito y suspendieron a casi todos. Ganas no me faltaron, pero me contuve porque estaba ocupado revoleándole el celular por la ventana.

Toni Schweinheim
Obra Publicada, expediente Nº 510614. Dirección Nacional del Derecho de Autor



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En esta ya habitual sección de los sábados del querido Negro Fontanarrosa, les traemos una serie de capítulos de Inodoro Pereyra, en donde aparecen ciertos personajes de la "farándula" argentina y mundial. Muchos famosos "pasaron" por la chatura e inmensidá de La Pampa para visitar a Don Inodoro, estos son solo algunos de ellos.

Charles Darwin (aparece como "Yon")

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La previa contra Austria.

  ¿Estamos usando la misma previa que en el último mundial? Por supuesto que si.


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