Slider[Style1]

Style2

Style3[OneLeft]

Style3[OneRight]

Style4

Style5

Flasheo informativo

 

y ni hablar del agujero negro. 

El Saludo

 

Hace un tiempo, viví en Chacarita. Barrio que está signado por el cementerio. A pesar de eso, todos vivimos tan frenéticamente que ni nos damos cuenta de que hay un cementerio ahí, a un par de cuadras. Y eso que es enorme.

Pero lo que me llamó la atención del barrio no fue el cementerio; al cuarto o quinto coche fúnebre que ves, ya te acostumbrás. Uno se acostumbra a todo. Lo que me llamó la atención fue un tipo que vivía cerca, o eso creo, y que saludaba siempre. Parece una pavada, pero no lo es; por lo menos para mí.

Igualmente, hoy la gente hace cualquier cosa antes que saludar. Mira el celular, baja la cabeza, finge que no te vio o, directamente, cruza de vereda. En cambio, este hombre no. Apenas te veía venir, levantaba la mano como si te conociera de toda la vida.

—Buen día.

Y listo. Siempre con una sonrisa. No esperaba ninguna respuesta. No intentaba sacar charla. No preguntaba por la familia, ni por el clima, ni por el fútbol. Saludaba y seguía caminando.

La primera vez pensé que era un vecino más. La segunda me llamó la atención. Con el tiempo empecé a sospechar. Yo soy informático; tengo los horarios más variables que hay sobre la Tierra. Un día salgo a las ocho de la mañana, otro a las once, algunos días a las catorce, otros días ni salgo o salgo solo a comprar. Pero la cosa es que, ni bien salía, me lo encontraba en la esquina y me saludaba.

Además, no era posible que un hombre saludara con tanta convicción a todo el mundo: al diariero, al barrendero, al repartidor de soda, al policía de la esquina, a los chicos que iban al colegio, al paseador que sacaba al perro... incluso a los que claramente no tenían ganas de cruzarse con nadie e iban inmersos en sus celulares.

Siempre igual.

—Buen día.

Era imposible no contestarle. Hasta el más malhumorado terminaba levantando la mano. O gente que estaba haciendo algo importante, como los cartoneros que tenían metido medio cuerpo dentro de esas cajas negras plásticas horribles que hacen de contenedores, salía y lo saludaba. Como que era contagioso el saludo.

Un día la curiosidad pudo más. No solo le respondí el saludo, sino que intenté darle charla.

—Fresquete hoy, ¿no?

—Sí, la verdad que sí. Hasta luego.

Su respuesta, bastante evasiva, me cayó mal. Me pareció un careta bárbaro. Saludaba y después se hacía el boludo y se iba corriendo. No sé, no me pareció sincero. Llegué a pensar de todo: que era un cana encubierto, un espía, un chorro que merodeaba la zona… Igual seguí saludándolo como si nada, porque tampoco iba a ser descortés.

No mucho tiempo después de ese intento de conversación, pasó lo que les voy a contar. Me había quedado sin internet en casa, entonces tuve que bajar para ir al bar de la vuelta. Ni bien llegué a la vereda, me crucé al muñeco este.

—Buen día.

 

Me dijo y siguió para su lado, lo cual me dio entre bronca y curiosidad. Le respondí automáticamente, como un robot, y me quedé pensando. Se me ocurrió la idea loca de seguirlo; total, no tenía internet ni ganas de laburar en un bar con todo el ruido que eso supone.

Me puse a observarlo desde atrás. Nunca me había detenido a verlo: tenía un traje gris, zapatos marrones viejos, pero lustrados; un sobretodo más viejo todavía; la pelada le brillaba y, sobre ella, se cerraba el pelo gris como si fuesen laureles en un César. No sé por qué, pero pensé en el bigote finito que usaba el tipo. Parecía sacado de una película de los cincuenta.

Empecé el recorrido, el cual duró bastante, lisa y llanamente porque saludaba a todo el mundo.

Saludó a un taxista.

Saludó a una señora que esperaba el colectivo.

Saludó a un pibe que repartía volantes.

Saludó hasta a un tipo que estaba puteando porque no arrancaba el auto.

El del auto dejó de putear un segundo, levantó la mano y le dijo:

—Buen día.

Después siguió puteando al pobre auto.

Yo caminaba unos metros atrás. Más de una vez tuve que parar y mirar el celular como para que no me agarrara. Casi me vio en varias ocasiones, pero siempre me salvaba una víctima de su saludo.

No parecía dirigirse a ningún lugar. Daba vueltas por el barrio. A veces doblaba una esquina para volver a la misma plaza desde otro lado. Yo ya estaba por abandonar la misión de seguirlo. Fue cuando cambió de rumbo y, curiosamente, dejó de saludar a la gente que se cruzaba. Ahí el bichito de la curiosidad me picó más fuerte.

El tipo apuró el paso, tanto que me costó seguirlo a metros de distancia. Enfocado en todas las hipótesis que había en mi cabeza, no me di cuenta de que estábamos por entrar al cementerio. Ahí me agarró un cagazo terrible. Pero la curiosidad pudo más.

El sujeto entró raudamente. Caminaba y caminaba; cada vez se adentraba más y más. Lo que me estremeció fue cuando, de la nada, empezó a saludar. Yo pensé que estaba rezando, pero sin querer quedé más cerca de él y, efectivamente, eran saludos.

—Buen día, don Ernesto.

Unos metros más.

—Buen día, doña Marta.

Más adelante.

—Buen día, Gervasio.

Así podría estar enumerando todos los nombres de las tumbas a las que saludó al pasar. Como si todos siguieran ahí. O como si los viera. Curiosamente, no me dio miedo; me dio más curiosidad.

Yo estaba tan absorto en mis pensamientos que no me di cuenta de que llegamos casi al final del cementerio, a la parte de los paredones que daban a la avenida Elcano.

El tipo se sentó en un banquito de cemento, completamente derruido, y se puso ambas manos en la cara, como si estuviese llorando. Me dio un poco de vergüenza estar espiándolo.

Cuando me iba a ir, sin darse vuelta, dijo:

—Hace rato que me viene siguiendo, caballero.

Sentí una vergüenza absoluta. Como la de alguien que roba y se dan cuenta enseguida de que fue uno. Busqué miles de excusas en mi cabeza; no había ninguna.

—Perdón... me dio curiosidad saber adónde iba —tuve que decirle la verdad.

Se dio vuelta despacio.

Era bastante más viejo de lo que me había parecido antes.

Los ojos claros. La cara llena de esas arrugas que no son de tristeza, sino de haber vivido mucho. Ese bigotito tipo anchoa.

—La curiosidad nunca es una mala excusa —dijo con una sonrisa.

Me invitó a caminar. No preguntó mi nombre. Yo tampoco el suyo. Hubo un silencio, el cual decidí romper.

—¿Siempre hace esto? —dije por fin.

—¿Venir al cementerio?

Asentí.

—Sí. También lo de saludar a todos —respondió, sin que le hubiese preguntado lo segundo.

Me agarró un escalofrío.

Esperé una explicación. No llegó.

Seguimos caminando entre las tumbas abandonadas en el contorno del paredón.

Después de un rato agregó:

—Uno nunca sabe cuál es el último saludo que le da a alguien.

No dije nada.

—Hay personas que se van sin que uno lo sepa. Se mudan, cambian de trabajo, se pelean con uno, se enferman... o simplemente se mueren. Y el último recuerdo termina siendo una cara seria porque los dos iban apurados o enojados.

Seguimos caminando. Nos sentamos en un banco.

—Antes no saludaba nunca. Siempre tenía algo más importante que hacer.

Miró el piso.

—Hasta que un día mi mujer salió a comprar pan...

No hizo falta que siguiera. Entendí todo. Quedé aturdido con mis propios pensamientos y con cómo había pensado tan mal de un pobre viejo.

Él seguía hablando: de cuánto tiempo había pasado, de cómo fue el accidente, de dónde estaba su tumba, señalando hacia la derecha del paredón de la avenida.

—La última vez que la vi, ni siquiera levanté la vista del diario. ¿Para qué? Si iba a volver. Todos vuelven.

Se hizo otro silencio. Este fue bastante largo. Pero no me incomodaba; creo que a él tampoco. Hasta que decidió romperlo.

—Así que ahora saludo primero.

Sonrió apenas.

—No cambia nada... pero por lo menos para que nadie sienta que pasa desapercibido. Además, hago catarsis.

Volvió a sonreír.

—El barrio es la gente. El barrio también se despide cuando te demuelen una casa antigua para ponerte una torre, por ejemplo. El barrio no cambia, va muriendo con cada cambio. Y al barrio nadie lo despide. Al barrio nadie lo saluda porque está siempre ahí, y cuando te das cuenta, el barrio murió y nació uno nuevo.

Siguió hablando de cada esquina de Chacarita, de cada bar, escuela, colegio, comisaría, del viejo hotel familiar de la avenida Lacroze y, ni hablar, del cementerio. Ahí se explayó como diez o quince minutos. Yo ya no lo escuchaba; me quería ir. Mi mujer seguramente se estaría preguntando donde estaba.

Le dije que me tenía que ir porque tenía trabajo. Pude entender, por su mirada, que el viejo no había hablado con nadie en mucho tiempo. Lo saludé y me fui. Lo dejé sentado en ese banquito que estaba al borde de derrumbarse de lo viejo.

El tiempo pasó, la rutina no cambió. Cada día, o cada vez que salía de casa, siempre me lo cruzaba y ambos nos saludábamos, yo ahora con un poco más de alegría.

Hasta que un día lo vi fuera de ese ámbito "saludativo". El vecino del sexto me había invitado a una protesta de vecinos en contra de demoler parte del cementerio y hacer una plaza. No porque no quisieran una plaza, sino porque todavía era parte de un camposanto. Asimismo, todavía había nichos.

Fuimos y ahí vi al viejo.

Estaba vestido igual, salvo que esta vez llevaba una cartulina que tenía una leyenda escrita a mano:

"No maten al barrio".

Fui a saludarlo, pero cuando me acerqué noté que estaba llorando. Vi que había mucha gente llorando. Porque el Gobierno de la Ciudad los había intimado a que sacaran los restos de familiares de esos nichos. Otros protestaban porque dentro del cementerio había patrimonio histórico y que, sin el paredón, iba a quedar desprotegido. Pero yo seguía centrado en el hombre que saludaba.

Pasó un tiempito durante el cual seguí viendo a este hombre. Me seguía saludando. Muchas veces quise frenarlo, pero no me dio la chance.

Lo vi muy achacado, como si de golpe todos los años se le hubiesen caído encima. Flaco, enjuto; los ojos le habían quedado chiquitos.

Hasta que, a mediados de 2016, empezaron a derribar los paredones. Hubo una marcha de vecinos y ahí fue la última vez que lo vi.

Estaba parado a lo lejos, mirando y llorando, con un pañuelo en la mano. Lo que me llamó la atención es que, esta vez, tenía un bastón y parecía más derrumbado que el paredón.

Al otro día salí esperando encontrármelo. Ahora sí lo iba a frenar y le iba a preguntar si le pasaba algo, si tenía algún problema de salud o si necesitaba ayuda.

Pero ni rastros de él.

Era la primera vez, en años, que no me lo cruzaba.

Temí lo peor.

Al otro día decidí hacer el mismo trayecto que él había hecho aquella vez que hablamos. Por ahí me lo cruzaba.

No hubo suerte.

Un día le pregunté al diariero si lo había visto o si tenía alguna data sobre su paradero. Por ahí lo conocía.

—Sí me acuerdo. No lo conozco, solo me saludaba todos los días, pero nunca me compró un diario.

Durante un par de meses me quedé pensando en el viejo. No voy a mentir: lo extrañaba un poco. O bastante.

Hasta que un día, en marzo de 2018, fuimos con mi mujer al nuevo parque que habían hecho en lo que fue el predio del cementerio.

Fue entonces cuando vi a un señor con su nieta muy parecido a él. Pero no, no era. Era más joven, sin el bigote, vestido de manera más jovial.

Cuando pasaron al lado nuestro, pensé que era él. Tuve esa sensación.

—Hilda, saludá a la pareja —dijo el abuelo a su nieta.

—Hola... —dijo tímidamente la niña.

Mi señora los saludó a ambos.

Yo no podía emitir palabra, del quilombo mental que tenía.

Los seguí con la mirada.

Cuando cruzaron con una mujer que paseaba un perro, la nena levantó la mano y dijo:

—Buen día.

La mujer sonrió y le respondió lo mismo.

Luego la señora saludó a un muchacho que estaba haciendo fitness. Este saludó a un matrimonio que llevaba un cochecito de bebé...

Y así los saludos se fueron multiplicando de uno en uno.

No sé por qué, pero me quedé un rato mirando esa cadena de saludos que iba pasando de uno a otro, como si alguien hubiera empujado apenas la primera ficha de un dominó.

Desde ese día saludo primero.

Algunas mañanas nadie contesta.

Otras sí.

Entonces sigo caminando tranquilo.

Porque mientras alguien devuelva un saludo en Chacarita, me gusta pensar que el viejo sigue caminando por el barrio. Y que el barrio, de algún modo, se sigue saludando con él.

Toni Schweinheim
Obra Publicada, expediente Nº 510614. Dirección Nacional del Derecho de Autor.




Mis cosas

 

Hay gente que junta estampillas. Otros coleccionan monedas, botellas o camisetas de fútbol. Yo, sin proponérmelo, terminé coleccionando cosas, si así a secas cosas. Vi por la tele a varios que juntaban cosas, si cosas, pero con determinado fin, como cosas de la década del ochenta como figuritas, golosinas, revistas… bueno, lo mio no tiene un determinado fin. Yo juntó cosas y punto.

No hablo de basura. La basura tiene un destino, el CEAMCE si tiene suerte o en algún relleno sanitario. Lo mío es distinto. Son objetos que habían perdido su función, pero seguían negándose a desaparecer. Que estaban ahí y nadie les daba bola, claro, menos yo.

Todo empezó una tarde de lluvia, cuando encontré en un cajón una llave diminuta. No tenía idea de qué abría. Lo extraño no era haberla olvidado, sino la absoluta certeza de que alguna vez había sido importante. La tuve un rato entre los dedos intentando reconstruir una historia. Nada. Ni una imagen. Ni un lugar. Era apenas un pedazo de metal con una misión vencida.

No la tiré.

La dejé sobre un estante.

Después apareció un control remoto sin televisor. Una lapicera que ya no escribía pero que seguía teniendo la tapa perfecta. Un reloj detenido a las 4:17 desde quién sabe cuándo. Una credencial vencida de un banco que ya ni existe. Un cospel de subte tan gastado que parecía haber sobrevivido a varias eras geológicas.

Cada objeto iba ocupando su lugar.

Nunca pensé que estaba armando una colección. Eso se descubre mucho después, cuando uno mira alrededor y entiende que el desorden tiene un patrón.

El estante se convirtió en una biblioteca de derrotas. De perdidas. De algo que ya no esta, pero está ahí. Penas en un estante. No mias, sino de esos objetos.  Lo curioso era que no me producían tristeza. Al contrario. Había algo tranquilizador en saber que las cosas podían dejar de cumplir su propósito sin desaparecer del todo. Era como mirar a viejos jubilados tomando mate en una plaza. Ya no trabajaban para nadie, pero seguían estando. Claro podían tener una función, pero hoy cuando sos viejo te descartan o te ponen como niñero y, obvio, al estar de niñero no estas en la plaza.

 

Con el tiempo empecé a prestar atención. Descubrí que todos los objetos conservaban una especie de dignidad. Eran como si estuviesen esperando algo que los saque de allí y les vuelvan a dar utilidad. Esperaban. No sé qué, sinceramente. Pero esperaban.

Una noche se cortó la luz en todo el barrio. No era una tormenta ni una explosión. Simplemente se apagó todo. El silencio fue inmediato. Sin el zumbido de las heladeras, sin televisores, sin motores, la casa quedó inmóvil. Me hizo acordar al Eternauta y me estremecí. Encendí una vela y me senté frente al estante. Entonces pasó. No sabría explicarlo sin que suene ridículo.

Los objetos parecieron moverse y acomodarse solos.

No se movieron mucho. Apenas unos milímetros. Pero alcanzó para que la llave quedara apuntando hacia el reloj detenido, el reloj hacia la credencial, la credencial hacia el control remoto y así sucesivamente, formando una especie de recorrido, como si fuese un subte raro. Pensé que era efecto de la vela sobre los objetos. Pero no.  

Cuando volvió la electricidad todo estaba igual. O eso quise creer. A la mañana siguiente el reloj marcaba las 4:18. No podía ser.  Era un reloj a cuerda roto desde hacía años que estaba apoyado en la repisa. Yo cada tanto lo miraba y constataba que estaba parado en esa hora. Me gustaba esa hora, no sé el motivo, pero me daba curiosidad esa hora. Lo observé un largo rato esperando descubrir si por esas cosas había vuelto a andar. Nada. Estaba clavado en esa hora. Yo puedo asegurar que nunca lo toque. Jamás. Lo encontré y lo deje ahí.

Durante semanas traté de convencerme de que lo había recordado mal. La memoria tiene esa costumbre de cambiar las cosas para que parezcan razonables, de querer jugar con uno. Pero la verdad estaba medio perturbado. Empecé a revisar cada objeto. Uno por uno. Casi me agarra un sincope: había pequeñas diferencias. La lapicera tenía una rayadura nueva. El cospel estaba un poco más gastado. La llave parecía más brillante. Eran cambios mínimos. Pero yo conocía todos los objetos como la palma de mi mano y eso que tengo decenas de miles de cosas. Y puedo describir cada una de ellas. Me obsesioné. No con las cosas. Con la posibilidad de que siguieran viviendo cuando nadie los miraba.

Una madrugada dejé una vieja camarita que había encontrado y andaba grabando el estante. Ocho horas de video. Nada. Absolutamente nada. Al revisar la grabación, bostezando frente a la computadora, descubrí un detalle. Había un segundo que no existía. La hora pasaba de las 04:18:16 a las 04:18:18. Un cuadro perdido. Una fracción de tiempo desaparecida. Pensé que era un error del archivo. Un segundo que no existía.

Probé otra vez. Lo mismo. Siempre faltaba ese segundo. Nuevamente, todos los días de la semana. Ese segundo siempre saltaba, desaparecia del tiempo o del espacio porque ambos van juntos. N o se lo conté a nadie. Hay cosas que es preferible no decir, porque uno sabe perfectamente cómo terminan las conversaciones. Primero una sonrisa. Después una mirada de preocupación. Finalmente un psicólogo o el medico.

Así que seguí con mi vida. Traté de no pensar en ese segundo que perdíamos todos los días. Pero empezó a pasar algo mucho peor y mas grave: cada tanto encontraba un objeto nuevo. No lo ponía yo. Simplemente aparecía por arte de magia. Asi empezaron a aparecer: un botón. Una ficha telefónica. Una foto vieja, de esas sepia. Un casete sin etiqueta. No recordaba haberlos traído y menos puesto ahí. Pero ahí estaban. Como si siempre hubieran pertenecido a la colección. Con los años el estante se llenó. Después ocupó otro. Después otro más. Hasta que una habitación entera quedó dedicada a las cosas olvidadas que alguien o algo me dejaba ahí.

Anoche volví a quedarme sin luz.  Otra vez el mismo silencio del Eternauta. Otra vez la vela.  Me senté frente a la habitación, que ya hacía tiempo había dejado de ser una habitación. Apenas quedaba un sendero angosto para caminar entre pilas de cajas, muebles, frascos, relojes, papeles, juguetes rotos y vaya uno a saber cuántas cosas más. Todo seguía ahí. Cada objeto conservaba una historia que desconocia y que me hubiese gustado conocer. Los miré durante un largo rato. Pensé que, tal vez, no era yo quien los estaba cuidando. Tal vez eran ellos los que me estaban cuidando a mí.

Cada vez que intenté tirar alguno, sentí que estaba traicionando algo. Un recuerdo, una persona, un momento. ¿Y si esa llave era el último refugio de una infancia? ¿Y si ese cospel había sido el viaje más importante de alguien? ¿Quién era yo para decidir que ya no servían?

Hace un rato golpearon la puerta. Miro la hora. Son las 4.17 de la tarde. No puede ser.

No hizo falta abrir para saber quiénes eran.

Los vecinos me habían avisado varias veces que habían hecho denuncias. Que esto ya no podía seguir así. Que el municipio iba a venir tarde o temprano.

Parece que ese momento llegó.

Siguen golpeando.

Dicen mi nombre. Lo repiten. Escucho voces conocidas de vecinos.

Yo miro la montaña de cosas que me rodea y no sé qué hacer.

No sé si irme con ellas. y esperar a que, me dejen a mí también sobre un estante de la municipalidad, junto a otros que alguna vez alguien consideró demasiado valiosos para tirar.

Toni Schweinheim
Obra Publicada, expediente Nº 510614. Dirección Nacional del Derecho de Autor.



Flasheo informativo

  y ni hablar del agujero negro. 


Top