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El Otro Diez

 

—Escuchá esta historia y después decime qué te pareció. Sentate tranquilo; si necesitás algo, me decís, pero quedate atento a lo que te voy a contar:

 ***

“Diego Armando Maradona nació en Villa Fiorito, jugó en Los Cebollitas y su sueño era jugar y ganar un Mundial. Dio el salto y debutó en Argentinos Juniors a los quince años y nunca dejó de crecer. Su talento crecía exponencialmente. Nunca jamás tuvo enemigos afuera de una cancha. A todos los callaba con la pelota.

Debutó jovencito en la Selección Argentina. No solo se ganó un lugar entre los convocados para el Mundial de 1978: fue una de las figuras que alzó la Copa del Mundo, la primera de Argentina.

Llegó a Boca, que lo recibió como a un hijo. Ganó el campeonato local y logró la segunda Copa Libertadores para el club de la Ribera. No pudo jugar la Intercontinental porque se lo llevó el Barcelona.

En la Selección Argentina ganó caminando el Mundial de 1982. Ya era capitán y, esta vez, goleador del torneo. En la final venció a la siempre difícil Alemania con dos goles de él.

En Barcelona encontró su lugar en el mundo. Al principio parecía que había llegado simplemente para hacer lo que sabía: agarrar la pelota y jugar. Pero pronto quedó claro que había ido para algo más. Con él, ganar dejó de ser una excepción y empezó a convertirse en costumbre. Llegaron las Ligas, llegó la Copa del Rey y llegó, finalmente, esa Copa de Europa que el Barcelona llevaba tantos años persiguiendo y que hoy llamamos UEFA Champions League. Después vinieron las Intercontinentales. Una copa llevaba a la otra. Un festejo todavía no había terminado cuando ya empezaba el siguiente. Todo lo que jugaba el Barça parecía terminar de la misma manera: con Maradona levantando algo.

Tanta felicidad catalana despertó el interés de uno de los clubes más grandes de Europa: la Juventus de Italia. Su traspaso fue récord. La cifra parecía una locura, pero duró poco la discusión. Apenas empezó a jugar, nadie volvió a hablar de lo que había costado. En Turín ganó dos Champions consecutivas y convirtió a la Juventus en dueña de Europa. También llegaron los títulos de Liga, la Copa Italia y las Intercontinentales. Los dirigentes habían pagado una fortuna por un futbolista y terminaron descubriendo que habían comprado una época dorada. La gloria absoluta.

En el Mundial de 1986, en México, lamentablemente no pudo levantar la Copa del Mundo. Hizo el gol del siglo abriendo el marcador ante los ingleses. Antes casi había marcado el primer gol, pero no llegó a poner la cabeza y Peter Shilton la despejó con un puño. A los ochenta y un minutos, Lineker terminó marcando el empate. Argentina se quedó afuera por penales. Maradona no derramó una lágrima porque sabía que iba a haber revancha tarde o temprano. La máquina alemana comandada por Karl-Heinz Rummenigge, Rudi Völler y Lothar Matthäus ganó ese Mundial derrotando a Inglaterra por 2-0.

 

Terminado el Mundial, y pasada una temporada, en el ’87 pasó al Milán de Arrigo Sacchi. A esa altura, cualquier otro jugador habría llegado para adaptarse al equipo. Con Maradona pasó al revés. Sacchi tenía su sistema, sus movimientos estudiados, sus jugadores obedeciendo como piezas de una cerradura. El Catenaccio. Y en el medio de todos esos engranajes estaba el Diego, que parecía tener permiso para hacer lo que quisiera. En ese esquema conservador, el único que realmente jugaba era él. Ganar la Liga se volvió habitual. Levantar la Copa Italia, también. Y cuando llegaba Europa, ganar la Champions parecía casi un trámite. El Milán se acostumbró a ganar y Maradona, a levantar copas. A esas alturas, ya era el jugador con más títulos en la historia del fútbol.

Fuera de la cancha era el tipo ejemplar. Nunca una polémica. Nunca una declaración de más. Nunca una protesta. Nunca se la jugó por nada ni por nadie. Él solo hablaba dentro de una cancha, donde su lengua era la pelota y el idioma, el ruido de un pase filtrado. ¿Para qué ganarse enemigos hablando? Se casó, tuvo dos hijas. La familia modelo. Era el tipo al que no le cuestionaban nada y él no cuestionaba nada. El periodismo estaba obnubilado con él. Pero rara vez fue tapa de alguna revista, solo una vez salió en la tapa de la revista Caras mostrando su mansión.

Y se vino el Mundial ’90. Mucho se habló de ese Mundial. Un poco menos de un año atrás, se había caído el Muro de Berlín. El mundo había cambiado para siempre. Argentina llegó a la final dejando en el camino a Italia. Fue la primera vez que lo insultaron los de su propio equipo, donde jugaba. Los tanos estaban como locos contra el Diego. En la final se encontraron contra los alemanes, que eran una máquina y que necesitaban ese título como para validar lo del Muro. El partido fue polémico y ganó Alemania con un penal inventado por Codesal. Diego tampoco lloró en esa final arrebatada. Tiempo después se supo que Don Julio los había entregado por un poco más de poder. Maradona, que lo sabía no dijo nada: masticó bronca, recibió la medalla, le dio la mano a João Havelange y a otra cosa. No quería problemas con el poder de turno. Eso no era lo suyo. La defensa de los pobres y los débiles la debía reclamar otro, no un futbolista.

Después del Mundial volvió a España, esta vez al Real Madrid. El Merengue arrastraba una obsesión: no ganaba la Copa de Europa desde 1960. Habían pasado treinta años, generaciones enteras de jugadores y un desfile interminable de figuras intentando devolverle al club aquello que consideraba suyo. Entonces llegó Maradona. Y la espera terminó. Primero ganó una. Después ganó otra. Dos Champions más para su colección y dos Intercontinentales que devolvían al Madrid al lugar donde pertenecía. Esta vez no hubo título de Liga, pero sí Copa del Rey. Fue uno de los mejores Maradona que se vieron a nivel de clubes. Mucho antes de que el Madrid empezara a hablar de Galácticos, ya había tenido uno. Y era argentino. Para entonces, Diego había conseguido algo sacado del libro Guinness de records: había ganado todas las Champions que había disputado.

El Mundial de 1994 en Estados Unidos fue la redención en los Mundiales. Tras pasar la fase de grupos con suma facilidad, en octavos dejó en el camino a Italia; en cuartos, a España; en semis volvió a aplastar a Bulgaria y, en la final soñada por cualquier argentino, le ganó 2-0 a Brasil. Treinta y tres años. Igualó el récord de Pelé con tres Mundiales ganados y quedó en la cima de goleadores de toda la historia con 18 goles.

Muchos ya especulaban con su retiro, pero su físico parecía de veinticinco. Él solo podía levantar al equipo o derrumbar al rival. Era una especie de Mío Cid del fútbol. El Real Madrid prescindió de sus servicios porque, a pesar de lo descollante en la cancha, pensaba que ya no le quedaba hilo en el carretel. Así que armó la valija y se fue para la Fiorentina, donde estaba su gran partener de la Selección: Gabriel Batistuta. Era un equipo modesto, pero con el Diego ahí pudo pelear el Calcio hasta el final, ganar una Copa Italia y alzarse con una Copa UEFA en los años que estuvo.

Físicamente, el Diego estaba intacto. Seguía acumulando títulos, pero faltaba un último baile: el Mundial 1998. Dificilísimo, si nos ponemos a pensar que llegó con 37 años. Pero si Roger Milla en el Mundial anterior pudo hacer un gol con cuarenta y dos años y treinta y nueve días, el Diego te hacía ocho goles. Su amigo Daniel Passarella sabía que Maradona era imprescindible y nunca dejó de llamarlo. Era una Selección de ensueño: Redondo, Maradona, Batistuta, Caniggia… Argentina goleó todos los partidos en la fase de grupos. En octavos, contra Inglaterra, fue un trámite. Tres a cero. Fue donde conoció a David Beckham y luego trabaron una amistad. En semis, otra vez Brasil, donde se ganó con un zurdazo del Bati. En la final no hubo final. Fue un tres a cero a favor de la Albiceleste. Cuarto Mundial y nuevamente en la cresta de la ola que venía surfeando desde hacía al menos veinte años.

Todos daban por hecho que Maradona, tras su sexto Mundial, se retiraría en la cúspide. Una cúspide imposible de alcanzar. Seis Mundiales, cuatro ganados. Champions a más no poder. El Diego quedó libre de la Fiorentina y se especulaba con su retiro. Se fue con el pase en su poder al Manchester United, por pedido expreso de Ferguson y de Beckham. Ese equipo, si no fue el mejor de la historia, estuvo ahí nomás: una Premier tras otra a las vitrinas y la épica final contra el Bayern Múnich. Jugó un año más en los Diablos Rojos y el Diego parecía que no tenía fecha de vencimiento. Él no quería dejar el fútbol y el fútbol no quería que lo dejara.

Un día apareció un llamado inesperado: Lothar Matthäus. Su viejo rival. Su viejo amigo. Le dijo que, antes de retirarse, podría jugar una temporada en el Bayern, que todavía le podía dar mucho al fútbol. El Diego aceptó. Esa temporada, el Bayern logró la Triple Corona, en una final épica contra el Valencia que se resolvió con un tiro libre del diez.

Arrancó el 2002. Todo el mundo esperaba que el Diego hiciera el último baile, el último Mundial, el séptimo. Si total Passarella lo seguía convocando. Y se dio lo que todos esperaban: Maradona jugaría su último Mundial a los 41 años. No lo iba a alcanzar a Roger Milla, pero con siete Mundiales en el lomo no lo iba a alcanzar ni Highlander. Todavía tenemos fresco el recuerdo de ese Mundial. El grupo de la muerte, la ajustada victoria ante Nigeria, la goleada a Inglaterra, a Suecia. Luego, dos partidos fáciles: Senegal y Turquía, que querían ser la revelación, pero tuvieron la mala suerte de cruzarse con el Diego. En semis, Brasil de nuevo: corrida del Cani, pase del Diego, fórmula repetidísima y gol. La final fue contra la Alemania de Oliver Kahn, compañero del Diego. Una, dos, tres, cuatro… Todos los intentos eran en vano para vencer al portero teutón. Hasta que un tiro libre del Diego se le metió en el ángulo. Ni tiempo para mirar adónde fue tuvo el uno. Argentina llegaba al pentacampeonato. El Diego también.

Ahora sí, el retiro. Pero no. También lo gambeteó: regresó a Boca. Prometió devolverle la Copa Libertadores. La cumplió y fue a la Intercontinental contra el Milán. Ese 14 de diciembre de 2003, a los cuarenta y tres años, Diego Armando Maradona se retiró del fútbol…”.

***

—En otro apartado, si querés, lo vamos viendo. Te cuento qué fue de Maradona como entrenador. Todo esto puede ser tuyo. Todo. Tenés el talento. Siempre lo tuviste. Lo otro no, te descarrilaste fácil. Solo te voy a pedir una cosa...

El tipo sonrió. Su arito me pareció que brillaba más. Me miró como si hubiera sabido desde el principio quién era yo.

Y, finalmente, dijo mientras se levantaba del asiento:

—Maestro... ese tipo que nombraste durante toda la historia... nunca sería Maradona.

Se dio media vuelta. Y se fue.

Me dejó solo. Con una única certeza: acababa de perder el alma que más había deseado tentar.

Toni Schweinheim
Obra Publicada, expediente Nº 510614. Dirección Nacional del Derecho de Autor.





Flasheo informativo

 

y ni hablar del agujero negro. 

El Saludo

 

Hace un tiempo, viví en Chacarita. Barrio que está signado por el cementerio. A pesar de eso, todos vivimos tan frenéticamente que ni nos damos cuenta de que hay un cementerio ahí, a un par de cuadras. Y eso que es enorme.

Pero lo que me llamó la atención del barrio no fue el cementerio; al cuarto o quinto coche fúnebre que ves, ya te acostumbrás. Uno se acostumbra a todo. Lo que me llamó la atención fue un tipo que vivía cerca, o eso creo, y que saludaba siempre. Parece una pavada, pero no lo es; por lo menos para mí.

Igualmente, hoy la gente hace cualquier cosa antes que saludar. Mira el celular, baja la cabeza, finge que no te vio o, directamente, cruza de vereda. En cambio, este hombre no. Apenas te veía venir, levantaba la mano como si te conociera de toda la vida.

—Buen día.

Y listo. Siempre con una sonrisa. No esperaba ninguna respuesta. No intentaba sacar charla. No preguntaba por la familia, ni por el clima, ni por el fútbol. Saludaba y seguía caminando.

La primera vez pensé que era un vecino más. La segunda me llamó la atención. Con el tiempo empecé a sospechar. Yo soy informático; tengo los horarios más variables que hay sobre la Tierra. Un día salgo a las ocho de la mañana, otro a las once, algunos días a las catorce, otros días ni salgo o salgo solo a comprar. Pero la cosa es que, ni bien salía, me lo encontraba en la esquina y me saludaba.

Además, no era posible que un hombre saludara con tanta convicción a todo el mundo: al diariero, al barrendero, al repartidor de soda, al policía de la esquina, a los chicos que iban al colegio, al paseador que sacaba al perro... incluso a los que claramente no tenían ganas de cruzarse con nadie e iban inmersos en sus celulares.

Siempre igual.

—Buen día.

Era imposible no contestarle. Hasta el más malhumorado terminaba levantando la mano. O gente que estaba haciendo algo importante, como los cartoneros que tenían metido medio cuerpo dentro de esas cajas negras plásticas horribles que hacen de contenedores, salía y lo saludaba. Como que era contagioso el saludo.

Un día la curiosidad pudo más. No solo le respondí el saludo, sino que intenté darle charla.

—Fresquete hoy, ¿no?

—Sí, la verdad que sí. Hasta luego.

Su respuesta, bastante evasiva, me cayó mal. Me pareció un careta bárbaro. Saludaba y después se hacía el boludo y se iba corriendo. No sé, no me pareció sincero. Llegué a pensar de todo: que era un cana encubierto, un espía, un chorro que merodeaba la zona… Igual seguí saludándolo como si nada, porque tampoco iba a ser descortés.

No mucho tiempo después de ese intento de conversación, pasó lo que les voy a contar. Me había quedado sin internet en casa, entonces tuve que bajar para ir al bar de la vuelta. Ni bien llegué a la vereda, me crucé al muñeco este.

—Buen día.

 

Me dijo y siguió para su lado, lo cual me dio entre bronca y curiosidad. Le respondí automáticamente, como un robot, y me quedé pensando. Se me ocurrió la idea loca de seguirlo; total, no tenía internet ni ganas de laburar en un bar con todo el ruido que eso supone.

Me puse a observarlo desde atrás. Nunca me había detenido a verlo: tenía un traje gris, zapatos marrones viejos, pero lustrados; un sobretodo más viejo todavía; la pelada le brillaba y, sobre ella, se cerraba el pelo gris como si fuesen laureles en un César. No sé por qué, pero pensé en el bigote finito que usaba el tipo. Parecía sacado de una película de los cincuenta.

Empecé el recorrido, el cual duró bastante, lisa y llanamente porque saludaba a todo el mundo.

Saludó a un taxista.

Saludó a una señora que esperaba el colectivo.

Saludó a un pibe que repartía volantes.

Saludó hasta a un tipo que estaba puteando porque no arrancaba el auto.

El del auto dejó de putear un segundo, levantó la mano y le dijo:

—Buen día.

Después siguió puteando al pobre auto.

Yo caminaba unos metros atrás. Más de una vez tuve que parar y mirar el celular como para que no me agarrara. Casi me vio en varias ocasiones, pero siempre me salvaba una víctima de su saludo.

No parecía dirigirse a ningún lugar. Daba vueltas por el barrio. A veces doblaba una esquina para volver a la misma plaza desde otro lado. Yo ya estaba por abandonar la misión de seguirlo. Fue cuando cambió de rumbo y, curiosamente, dejó de saludar a la gente que se cruzaba. Ahí el bichito de la curiosidad me picó más fuerte.

El tipo apuró el paso, tanto que me costó seguirlo a metros de distancia. Enfocado en todas las hipótesis que había en mi cabeza, no me di cuenta de que estábamos por entrar al cementerio. Ahí me agarró un cagazo terrible. Pero la curiosidad pudo más.

El sujeto entró raudamente. Caminaba y caminaba; cada vez se adentraba más y más. Lo que me estremeció fue cuando, de la nada, empezó a saludar. Yo pensé que estaba rezando, pero sin querer quedé más cerca de él y, efectivamente, eran saludos.

—Buen día, don Ernesto.

Unos metros más.

—Buen día, doña Marta.

Más adelante.

—Buen día, Gervasio.

Así podría estar enumerando todos los nombres de las tumbas a las que saludó al pasar. Como si todos siguieran ahí. O como si los viera. Curiosamente, no me dio miedo; me dio más curiosidad.

Yo estaba tan absorto en mis pensamientos que no me di cuenta de que llegamos casi al final del cementerio, a la parte de los paredones que daban a la avenida Elcano.

El tipo se sentó en un banquito de cemento, completamente derruido, y se puso ambas manos en la cara, como si estuviese llorando. Me dio un poco de vergüenza estar espiándolo.

Cuando me iba a ir, sin darse vuelta, dijo:

—Hace rato que me viene siguiendo, caballero.

Sentí una vergüenza absoluta. Como la de alguien que roba y se dan cuenta enseguida de que fue uno. Busqué miles de excusas en mi cabeza; no había ninguna.

—Perdón... me dio curiosidad saber adónde iba —tuve que decirle la verdad.

Se dio vuelta despacio.

Era bastante más viejo de lo que me había parecido antes.

Los ojos claros. La cara llena de esas arrugas que no son de tristeza, sino de haber vivido mucho. Ese bigotito tipo anchoa.

—La curiosidad nunca es una mala excusa —dijo con una sonrisa.

Me invitó a caminar. No preguntó mi nombre. Yo tampoco el suyo. Hubo un silencio, el cual decidí romper.

—¿Siempre hace esto? —dije por fin.

—¿Venir al cementerio?

Asentí.

—Sí. También lo de saludar a todos —respondió, sin que le hubiese preguntado lo segundo.

Me agarró un escalofrío.

Esperé una explicación. No llegó.

Seguimos caminando entre las tumbas abandonadas en el contorno del paredón.

Después de un rato agregó:

—Uno nunca sabe cuál es el último saludo que le da a alguien.

No dije nada.

—Hay personas que se van sin que uno lo sepa. Se mudan, cambian de trabajo, se pelean con uno, se enferman... o simplemente se mueren. Y el último recuerdo termina siendo una cara seria porque los dos iban apurados o enojados.

Seguimos caminando. Nos sentamos en un banco.

—Antes no saludaba nunca. Siempre tenía algo más importante que hacer.

Miró el piso.

—Hasta que un día mi mujer salió a comprar pan...

No hizo falta que siguiera. Entendí todo. Quedé aturdido con mis propios pensamientos y con cómo había pensado tan mal de un pobre viejo.

Él seguía hablando: de cuánto tiempo había pasado, de cómo fue el accidente, de dónde estaba su tumba, señalando hacia la derecha del paredón de la avenida.

—La última vez que la vi, ni siquiera levanté la vista del diario. ¿Para qué? Si iba a volver. Todos vuelven.

Se hizo otro silencio. Este fue bastante largo. Pero no me incomodaba; creo que a él tampoco. Hasta que decidió romperlo.

—Así que ahora saludo primero.

Sonrió apenas.

—No cambia nada... pero por lo menos para que nadie sienta que pasa desapercibido. Además, hago catarsis.

Volvió a sonreír.

—El barrio es la gente. El barrio también se despide cuando te demuelen una casa antigua para ponerte una torre, por ejemplo. El barrio no cambia, va muriendo con cada cambio. Y al barrio nadie lo despide. Al barrio nadie lo saluda porque está siempre ahí, y cuando te das cuenta, el barrio murió y nació uno nuevo.

Siguió hablando de cada esquina de Chacarita, de cada bar, escuela, colegio, comisaría, del viejo hotel familiar de la avenida Lacroze y, ni hablar, del cementerio. Ahí se explayó como diez o quince minutos. Yo ya no lo escuchaba; me quería ir. Mi mujer seguramente se estaría preguntando donde estaba.

Le dije que me tenía que ir porque tenía trabajo. Pude entender, por su mirada, que el viejo no había hablado con nadie en mucho tiempo. Lo saludé y me fui. Lo dejé sentado en ese banquito que estaba al borde de derrumbarse de lo viejo.

El tiempo pasó, la rutina no cambió. Cada día, o cada vez que salía de casa, siempre me lo cruzaba y ambos nos saludábamos, yo ahora con un poco más de alegría.

Hasta que un día lo vi fuera de ese ámbito "saludativo". El vecino del sexto me había invitado a una protesta de vecinos en contra de demoler parte del cementerio y hacer una plaza. No porque no quisieran una plaza, sino porque todavía era parte de un camposanto. Asimismo, todavía había nichos.

Fuimos y ahí vi al viejo.

Estaba vestido igual, salvo que esta vez llevaba una cartulina que tenía una leyenda escrita a mano:

"No maten al barrio".

Fui a saludarlo, pero cuando me acerqué noté que estaba llorando. Vi que había mucha gente llorando. Porque el Gobierno de la Ciudad los había intimado a que sacaran los restos de familiares de esos nichos. Otros protestaban porque dentro del cementerio había patrimonio histórico y que, sin el paredón, iba a quedar desprotegido. Pero yo seguía centrado en el hombre que saludaba.

Pasó un tiempito durante el cual seguí viendo a este hombre. Me seguía saludando. Muchas veces quise frenarlo, pero no me dio la chance.

Lo vi muy achacado, como si de golpe todos los años se le hubiesen caído encima. Flaco, enjuto; los ojos le habían quedado chiquitos.

Hasta que, a mediados de 2016, empezaron a derribar los paredones. Hubo una marcha de vecinos y ahí fue la última vez que lo vi.

Estaba parado a lo lejos, mirando y llorando, con un pañuelo en la mano. Lo que me llamó la atención es que, esta vez, tenía un bastón y parecía más derrumbado que el paredón.

Al otro día salí esperando encontrármelo. Ahora sí lo iba a frenar y le iba a preguntar si le pasaba algo, si tenía algún problema de salud o si necesitaba ayuda.

Pero ni rastros de él.

Era la primera vez, en años, que no me lo cruzaba.

Temí lo peor.

Al otro día decidí hacer el mismo trayecto que él había hecho aquella vez que hablamos. Por ahí me lo cruzaba.

No hubo suerte.

Un día le pregunté al diariero si lo había visto o si tenía alguna data sobre su paradero. Por ahí lo conocía.

—Sí me acuerdo. No lo conozco, solo me saludaba todos los días, pero nunca me compró un diario.

Durante un par de meses me quedé pensando en el viejo. No voy a mentir: lo extrañaba un poco. O bastante.

Hasta que un día, en marzo de 2018, fuimos con mi mujer al nuevo parque que habían hecho en lo que fue el predio del cementerio.

Fue entonces cuando vi a un señor con su nieta muy parecido a él. Pero no, no era. Era más joven, sin el bigote, vestido de manera más jovial.

Cuando pasaron al lado nuestro, pensé que era él. Tuve esa sensación.

—Hilda, saludá a la pareja —dijo el abuelo a su nieta.

—Hola... —dijo tímidamente la niña.

Mi señora los saludó a ambos.

Yo no podía emitir palabra, del quilombo mental que tenía.

Los seguí con la mirada.

Cuando cruzaron con una mujer que paseaba un perro, la nena levantó la mano y dijo:

—Buen día.

La mujer sonrió y le respondió lo mismo.

Luego la señora saludó a un muchacho que estaba haciendo fitness. Este saludó a un matrimonio que llevaba un cochecito de bebé...

Y así los saludos se fueron multiplicando de uno en uno.

No sé por qué, pero me quedé un rato mirando esa cadena de saludos que iba pasando de uno a otro, como si alguien hubiera empujado apenas la primera ficha de un dominó.

Desde ese día saludo primero.

Algunas mañanas nadie contesta.

Otras sí.

Entonces sigo caminando tranquilo.

Porque mientras alguien devuelva un saludo en Chacarita, me gusta pensar que el viejo sigue caminando por el barrio. Y que el barrio, de algún modo, se sigue saludando con él.

Toni Schweinheim
Obra Publicada, expediente Nº 510614. Dirección Nacional del Derecho de Autor.




El Otro Diez

  —Escuchá esta historia y después decime qué te pareció. Sentate tranquilo; si necesitás algo, me decís, pero quedate atento a lo que te vo...


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