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Ensayo sobre el síndrome del mufa: una aproximación pseudocientífica a un fenómeno futbolero

Hay temas que la ciencia todavía no ha podido explicar. El origen del universo. La conciencia humana. El funcionamiento del VAR por parte de los árbitros argentinos. Y, por supuesto, la aparición del mufa.

Toda selección victoriosa, o en camino a serlo, convive con un enemigo silencioso. No es el rival de turno, ni el árbitro, ni la altura de Ecuador o Bolivia, ni siquiera las tandas de penales. Es una presencia mucho más sutil, casi imperceptible, que aparece cuando el sueño está al alcance de la mano. Hablamos del piedra, del yetatore, del fulmine, del lagarto... del mufa.

Desde la antigua Grecia, ya hubo indicios de esta patología. El filósofo griego, Hematocrito de Siracusa (425 - 399 a. C.= 26 a. C.), quien falleció joven luego de que una columna del Partenón se le cayera encima al intentar volver a Grecia, nos hablaba del Γρουσουζιά, traducido como “Yeta”. Y de cómo esta podía influir no solo en forma individual, sino que a nivel sociedad.  Por tales cuestiones, existía el llamado ostracismo para aquellas personas que eran un peligro para la democracia o el destierro para aquellas personas que cometían algún delito como homicidio o eran peligrosos para la sociedad griega. Hematocrito, fue un impulsor en la antigua Grecia de accionar el dispositivo del ostracismo para aquellos que puedan ser considerados mufas. Por dudosas cuestiones, fue Hematocrito quien padeció el ostracismo, cuando afirmó que Aquiles era invencible y que los enemigos tenían que tener mucha suerte para darle justo al talón.

Pero volvamos a nuestra época. Resulta llamativo que este individuo permanezca oculto durante meses, incluso años. No suele aparecer en amistosos contra Estonia, tampoco durante un Argentina-Bolivia un martes lluvioso por Eliminatorias. Mucho menos a nivel clubes.  Mientras la selección transita partidos intrascendentes, el sujeto desarrolla una vida completamente normal. Usted jamás sospecharía de él. Va al supermercado, trabaja, lleva a los chicos al colegio y hasta puede pasar por una persona agradable. Pero llega un Mundial. O una final de Copa América. O una semifinal olímpica. Y algo sucede. El mufa despierta.

Lo curioso es que, en la inmensa mayoría de los casos, ni siquiera es un verdadero seguidor de la selección. No conoce las convocatorias, confunde laterales con extremos y probablemente crea que el doble cinco es una formación policial. Su vínculo con el fútbol es superficial, casi decorativo. Lo mínimo e indispensable para sostener una conversación de ascensor. Casi como lo es el clima.  Sin embargo, cuando el equipo entra en instancias decisivas, experimenta una transformación digna de estudio.

Los especialistas sostienen —especialistas que, por supuesto, no existen, pero que serían muy prestigiosos si existieran, pero son especialistas al fin y al cabo— que el cuerpo humano libera, durante las etapas definitorias de una competencia, una sustancia muy similar a las feromonas. Dicha secreción transporta información relacionada con la ilusión colectiva, el nerviosismo y esa esperanza ingenua de la felicidad en torno a lo social definido.

Para la enorme mayoría de la población esa sustancia es completamente inocua. Para el mufa, no.  Las investigaciones más serias dentro de la pseudociencia futbolera indican que estas personas poseen unas diminutas glándulas receptoras, todavía imposibles de detectar mediante resonancias o análisis clínicos, capaces de interpretar esa señal química. Una vez activadas, desencadenan un mecanismo completamente involuntario. A saber:

  • El organismo envía impulsos eléctricos al cerebro.
  • El cerebro responde con una sola orden: "Es momento de mufarla."
  • El sujeto comienza a gritar goles antes de tiempo o a realizar aplausos de la nada.
  • También, varios científicos han descubierto que se sientan a mirar tal o cual partido sin objetivo alguno.

A partir de ese instante, el individuo comienza a emitir una serie de conductas características. Empieza a utilizar frases que jamás pronunció durante el resto del año. Publica una bandera argentina en sus redes sociales. Cambia la foto de perfil. Compra una camiseta en la boliferia o en internet, casi siempre trucha.  Algunos más pudientes suelen reventar el sueldo en el store de la marca patrocinante de la selección. Descubre que siempre fue hincha de la selección. Habla de "nuestros muchachos". Opina sobre planteos tácticos. Y, lo más preocupante de todo, comienza a realizar afirmaciones categóricas, las cuale son salen de las siguientes:

  • "Vamos a salir campeones."
  • "Ya está, no se nos escapa."
  • "Somos mucho más que ellos."
  • “GOOOOOOOOL” (cuando la pelota esta todavía en el pie del pateador)
  • “Hoy le metemos cinco”

Es precisamente en ese momento cuando las personas de su entorno deben permanecer alertas. No se trata de discriminar ni de generar una caza de brujas. No, por favor, no lo tome de esa manera. El síndrome del mufa no distingue edad, profesión, nivel educativo ni condición social. Puede manifestarse en un contador, un médico, un remisero, un profesor universitario o ese primo que aparece únicamente para los asados importantes y sin poner un peso. Hasta presidentes de la Nación han sufrido de esta patología.

La detección temprana.

Existen algunos indicadores tempranos. El sujeto comienza a escribir "Vamos Argentina" con una frecuencia inusual. Usa demasiados emojis de copas. Habla del partido faltando cuatro días. Les desea suerte a los jugadores como si alguno fuese a leer su historia de Instagram. Incluso puede llegar a decir "tranquilos, ya somos campeones", frase considerada de riesgo extremo por toda la comunidad futbolera. Comienzan a preocuparse a donde ver el partido. Curiosamente el ultimo match que vieron fue la de un evento mundialista cuatro años atrás, o en su defecto, dos años por la Copa América.

Ante cualquiera de estos síntomas, mantenga la calma. No confronte al paciente. No intente convencerlo con estadísticas. No discuta. No trate de explicarle nada. La experiencia demuestra que la mufa rara vez responde a argumentos racionales.  Durante años se creyó que este comportamiento era exclusivamente cultural. Sin embargo, estudios realizados por hinchas especializados en detectar mufas, en distintas canchas del país concluyeron que el fenómeno tiene un fuerte componente biológico. Nadie elige ser mufa. Del mismo modo que nadie decide vomitar cuando otro vomita o tener hipo después de tomar gaseosa demasiado rápido. Es algo evolutivo.

Por esa razón, distintos organismos internacionales —cuyos nombres tampoco conviene chequear demasiado, porque de seguro son mufas— elaboraron protocolos preventivos para minimizar el riesgo de contagio emocional que producen estos individuos.

La Organización Mundial de la Salud (OMS), presionada durante años por la comunidad futbolera internacional, difundió una serie de recomendaciones para los ciudadanos que entren en contacto con una persona afectada por el síndrome del mufa.

Las medidas son simples y han demostrado una eficacia extraordinaria, aunque imposible de comprobar científicamente. Pero en estas épocas a nadie le importa el rigor científico, sino fíjese como estamos.  Las medidas de precaución son las siguientes:

  • Si usted es varón, deslice discretamente su mano derecha hacia la entrepierna izquierda, procurando que el movimiento resulte natural y no despierte sospechas.
  • Si usted es una dama, apoye suavemente la mano derecha sobre el corazón, como si estuviera sonando el himno nacional.
  • No haga movimientos bruscos para que no se enfoque en usted y lo miré.
  • No establezca contacto visual prolongado.
  • Si puede, diga “anulo mufa”, tantas veces como pueda. Si no puede decirlas en voz alta por temor, dígalas internamente.
  • Siempre tenga a mano alguna imagen de Pugliese.
  • También puede repetir “Pugliese, Pugliese, Pugliese”.
  • Y, bajo ninguna circunstancia, responda a frases como "ya está ganado" con un "sí, olvídate".

La prevención sigue siendo la herramienta más eficaz.

Porque en el fútbol moderno existen muchas variables imposibles de controlar: el estado del campo de juego, el viento, un rebote desafortunado, un penal dudoso o una lesión inesperada. Pero si hay algo que jamás debe subestimarse es la capacidad de un mufa para aparecer exactamente cuando todo viene demasiado bien. Tenga cuidado. Esté alerta. No es para preocuparse, es para ocuparse. Incluso esto que usted acaba de leer puede llegar a ser mufa, o tal vez sea usted el piedra. Así que por las dudas: anulo mufa.

 

Bibliografía.

Acuchi, D. (1958). Introducción a la Mufología Comparada. Editorial La Piedra.

Bianchi, E., & López, H. (1973). Fenómenos Yetatorios en Competencias Deportivas Sudamericanas. Instituto Nacional de Ciencias Exactamente Incomprobables.

Boveri, A. (1966). Manual de Profilaxis contra el Piedra. Universidad Popular de Villa Ortúzar.

Casella, J. P. (1988). Feromonas Futbolísticas y Conductas de Riesgo en Tribunas. Revista Argentina de Biología Futbolera Marciana, 12(3), 45-67.

Fernández, O. (1997). El Lagarto: evolución de una amenaza silenciosa. Editorial Tiempo Suplementario.

Gómez, L., & Santoro, F. (2002). Neuroquímica del "Ya Somos Campeones". Anales del Instituto de Estudios Sin Sustento Científico en Base a Tik-Tok, 8(1), 13-39.

Instituto Nacional de Mufología Aplicada. (1994). Atlas Anatómico del Homo Mufensis. Gerli Oeste, ahí a dos cuadras del Plaza Vea. Provincia de Buenos Aires.

Pérez, M. (2022). El Fulmine y otras enfermedades del optimismo deportivo. Editorial Lo Vi En Instagram Y Debe Ser Cierto.

Rodríguez, C. (2011). Mufa, azar y superstición: una aproximación epidemiológica. Fondo Editorial Financiado por la CIA, el Vaticano, el FBI y la AFA.

Sosa, G. (1974). Tratado General sobre el Síndrome del Piedra. Academia Rioplatense de Ciencias Esotérico-Deportivas. Ministerio de Regulación del Tarot.


Toni Schweinheim
Obra Publicada, expediente Nº 510614. Dirección Nacional del Derecho de Autor




El presentismo.

Nadie en la oficina sabía exactamente a qué hora se iba Ricardo. Bueno... todos lo sabían. Lo que nadie sabía era cómo hacía. A las tres y veinte seguía sentado frente a la computadora. A las tres y veinticinco aparecía con un café. A las tres y media discutía con Sistemas porque "la impresora otra vez no imprimía". A las tres y treinta y cinco desaparecía. Como si se evaporara. A veces se iba a las tres menos cuarto. Otros días a las cuatro. Pero siempre era el mismo modus operandi. Y cinco minutos después, después de su huida llegaba un mensaje al grupo:

—¿Alguien vio a Ricardo?

Y siempre aparecía alguno con la misma respuesta.

—Debe estar en el baño.

—Habrá bajado a fumar.

El baño de Ricardo debía quedar en otra provincia, porque no volvía hasta el otro día. O se iba a fumar directamente a las plantaciones de tabaco. Al rato del mensaje de algún compañero en el grupo, respondía con algún misterio insoslayable de la vida cotidiana:

Que el dentista.

Que el nene tenía acto.

Que la suegra.

Que el registro.

Que le viene el plomero.

Que tenía que hacer un trámite impostergable a la DGI, AFIP, ARCA, ANSES o la NASA.

Pero no se iba antes todos los días, era un día a la semana: cualquier día, casualmente esos días coincidían con los partidos que jugaba su equipo. Un día de cierre de balances, la empresa los hizo ir un domingo, porque no llegaban. Justo a las tres de la tarde se rajó: otra vez le había pasado algo a la suegra.
Todos sabían que Ricky se iba a la cancha, pero los compañeros se callaban, era una época de compañerismo, no como ahora que te venden por dos mangos o para trepar le cuentan hasta al jefe lo que uno come el día anterior. Nadie decía nada. Al gerente le chupaba un huevo, mientras el laburo esté hecho, que se vaya a ver ballenas al sur si era por él. Hasta que cambiaron al gerente.  El nuevo llegaba antes que el portero y se iba después que el personal de limpieza. Hacia más horas que los vigilantes que rotaban en dos turnos. Caminaba con una carpeta bajo el brazo, aunque estuviera vacía. Miraba el reloj, de esos smartwatchs donde pueden ver los mensajitos. Tenía un aire a superioridad. Alto, grandote, pero grandote de gimnasio o de crossfit. Tenía algunas cositas hechas en la cara: a la luz se notaba el ácido hialurónico rellenando surcos faciales. En la oficina jugaban a ver si se parecía más a Ricardo Fort o al abogado Burlando. 

El primer viernes llamó a Ricardo. El miércoles se había rajado a las dos y media de la tarde.

—Sentate— dijo en tono imperativo. Ricardo se sentó.

—¿Usted consciente de que en los últimos ocho meses acumuló treinta y nueve retiros anticipados?

Ricardo hizo una cuenta mental. Cuatro victorias, ocho empates y tres derrotas.

—Puede ser... —atinó a susurrar Ricardo.

—No "puede ser". Es.

Hubo un silencio atroz.

—¿Tiene algún problema familiar? —volvió a la carga el gerente.

—No. A veces mi suegra, pero…

—¿De salud? —lo cortó tajante el jefe.

—No.

—Entonces explíqueme.

Ricardo lo pensó. Podía mentir. Decirle los actos del nene, pero iba en el turno mañana. Lo de la suegra ya no pasó el filtro. Algo psicológico, pero no, después le hacían carpeta y cagaba. Pero estaba cansado y ya no quería pensar más excusas:

—Me voy a la cancha. —dijo, por fin Ricardo. El gerente levantó la vista y alzó los codos sobre el escritorio.

—¿Cómo?

—A la cancha.

—¿Así nomás me lo dice?

—Así nomás.

—¿¡Y le parece bien!? —explotó el gerente.

—No.

—¿Entonces?

—Pero tampoco me parece bien perderme un partido por rellenar un Excel que puedo hacer mañana, si no se va a morir nadie.

El gerente respiró hondo, pero estaba rojo de furia ya. Abrió un cajón. Sacó una carpeta y la apoyó sobre el escritorio.

—Recursos Humanos va a iniciar un proceso disciplinario. —dijo gravemente—, Ricardo miró la carpeta como si fuera un certificado de defunción.

—¿Tan grave es?

—No es por un día.

—Ya sé.

—Es por todos.

Ricardo asintió. Porque tenía razón. No era un error. Se había zarpado. Pero no sintió culpa, había valido la pena. El club por sobre todas las cosas. Igualmente se sentía algo pelotudo. Su estado de ánimo oscilaba entre el heroísmo de haber ido siempre a la cancha y la estupidez de haber hecho la pelotudez de descuidar el laburo en épocas de vacas flacas.

 ---

Los días transcurrieron mientras esperaba que lo llamaran de Recursos Humanos. Ricardo empezó a descubrir algo raro: cuando entraba los compañeros lo saludaban distinto, como si ya estuviera despedido. Uno le dijo: “Che... cualquier cosa avisá”.  Otro le daba una palmada en la espalda cada vez que lo veía.  Hasta el de Seguridad, que nunca levantaba la vista del celular, le deseaba suerte cada vez que lo cruzaba. Era increíble: llevaba doce años trabajando ahí y recién parecía caerles simpático cuando estaba por quedarse sin trabajo.

El llamado de Recursos Humanos llegó un jueves. Tres de la tarde. La misma hora en la que jugaba el equipo. Pensó que era una provocación. Que el gerente se lo había hecho a propósito. Subió al sexto piso. Sentía en la nariz un olor a hospital, capaz era la salita de primeros auxilios que estaba contigua a la oficina de Recursos Humanos. Pensó que en tantos años de laburo nunca conoció al gerente de RRHH. Le pareció loco. Porque cuando entró a laburar, eran tan pocos que el papeleo lo había hecho su antiguo jefe. El chirrido de la puerta lo sacó de sus pensamientos:

—Pase, lo está esperando. —dijo una mujer medio canosa, haciendo un ademán con la mano.

Ricardo entró. El hombre levantó la cabeza. Lo miró apenas un segundo. Y sonrió.

—No puede ser...

Ricardo frunció el ceño.  Sentía haber visto esa cara. Pero no sabía de dónde.

—¿Vos sos Ricardo Bogado, legajo 42.151?

—Sí.

—¿Va a la popular sur, de casualidad?

Ricardo tardó unos segundos, no esperaba una pregunta así en su vida.

—... ¿Cómo?

—Popular sur. Siempre atrás del arco. —remató el gerente de Recursos Humanos. Ahora sí. Lo reconoció.  El tipo de la campera azul gastada. El que discutía con todo el mundo. El que cada tanto aparecía con una bolsa de maní o semillas de girasol. El que se fumaba como 40 cigarrillos por tiempo.

Los dos se rieron. Como si se hubieran encontrado en un asado. A Ricardo le volvió el alma al cuerpo, y el trabajo, que no es poco.

—Vos sos el de la bandera que dice "Aunque ganes o pierdas"—preguntó Ricardo.

—La misma.

—¡Qué chico es el mundo!

—Más chico es nuestro clásico. Sentate, ahí pido un café.

Hablaron diez minutos.  De la formación. Del técnico. Del cinco que era un desastre. Del árbitro del domingo. De la campaña malísima.  De la vieja.  De los viajes.  De aquella vez que casi se agarran con la hinchada rival. De como siempre iban a la misma tribuna y nunca se hablaron. En un momento Ricardo pensó: "Listo. No pasa nada. Zafaroli"

Cuando el café se terminó, la charla también, el gerente cerró la carpeta.  La sonrisa desapareció.

—Bueno.

Ricardo sintió el cambio de clima. Como cuando el árbitro se lleva el silbato a la boca para cobrar un penal en contra o rajar a un jugador.

—Ricardo...

—Sí.

—Ojalá esta reunión hubiera sido en otro lado y en otras circunstancias.

—Pero...

—Tengo que desvincularte de la empresa.

El silencio se sintió fuerte, como cuando en el clásico te lo empatan a último minuto, o incluso peor, cuando te lo ganan.

—¿Cómo? — atinó a decir Ricardo.

—La decisión ya está tomada.

—Pero recién...

—Sí.

—Pensé que...

—Yo también voy a la cancha.

—Entonces entendés.

—Justamente por eso. Hay que saber separar las cosas.

Ricardo no respondió.

—Si te salvo a vos porque compartimos una tribuna, mañana no puedo mirar a nadie a la cara.

Le acercó el sobre con los papeles del despido.

—Créeme que preferiría estar hablando del partido que viene.

Ricardo tomó el sobre sin abrirlo. Se levantó.  Cuando llegó a la puerta, el gerente habló otra vez.

—Che.

Ricardo se dio vuelta.

—El próximo partido... ¿vas?

Ricardo levantó apenas el sobre.

—Ahora tengo tiempo de sobra —dijo irónicamente.

El otro hizo una sonrisa triste.

—Nos vemos en la popular.

La semana siguiente fue la primera en doce años en la que Ricardo no puso el despertador. Se despertó igual a las siete.  Por costumbre. Estuvo un rato mirando el techo. No tenía que fichar. No tenía reuniones. No tenía planillas de Excel que completar con comprobantes.  No tenía un sueldo. Pero el futbol seguía, no se detenía.

---

El miércoles por la tarde, porque la AFA pone partidos a cualquier día y horario ya, llegó a la cancha más temprano que de costumbre.  No porque hiciera falta. Porque no tenía otra cosa que hacer.  El ritual era el mismo de siempre.

Mientras caminaba hacia la popular vio la bandera de siempre: “Aunque ganes o pierdas”. Y debajo, acomodándola entre dos caños, estaba él. El gerente.  Vestido exactamente igual que cualquier otro domingo. Los dos se miraron.  Hubo un segundo incómodo. Después el gerente levantó una mano.

—¿Qué hacés?

—Acá ando.

—¿Todo bien?

Ricardo hizo esa mueca que significa cualquier cosa menos "todo bien".

—Y... buscando laburo.

El otro bajó la mirada.

—Perdóname…

—Ya está, el moco me lo mandé yo.

—No.

—Sí.

—No sabés lo mal que la pasé.

Ricardo sonrió.

—¿Sabés cuándo la pasé mal yo?

—¿Cuándo?

—Cuando vi la liquidación de mierda que me hicieron.

Los dos largaron una carcajada.

Era raro. Cinco días antes uno le había sacado el trabajo al otro.  Y sin embargo estaban hablando como dos hinchas comunes y corrientes.  Porque la cancha tiene esa extraña capacidad de borrar durante noventa minutos todo lo que afuera parece importante.

---

El partido empezó horrible. El equipo no daba dos pases seguidos. El nueve estaba más lento que Ricardo terminando un Excel.  El volante marcaba a dos metros.  Y el técnico seguía convencido de que todo se arreglaba haciendo cambios cuando el otro equipo metía al menos dos o tres goles. La tribuna empezó con los insultos de siempre.  Los defensores regalaban pelotas a los rivales. El arquero no salía…  A los treinta y ocho del segundo tiempo seguían cero a cero. El empate no servía. Era mas de lo mismo. Otra vez sin nada porque pelear. La gente ya empezaba a irse. Alguno insultaba al presidente. Otro pedía elecciones. Uno proponía incendiar la sede con los dirigentes adentro. Todo muy normal como siempre. Hasta que un centro desde la derecha. Un rechazo corto. La pelota quedó picando. El cinco, que no hacía un gol desde la pandemia, pero no de COVID-19, de la peste negra, sacó un derechazo imposible. La pelota entró pegada al palo.  Por un instante nadie entendió nada. Después explotó la tribuna.

Ricardo sintió un abrazo que casi le afloja dos costillas. Era el gerente. Los dos gritaban. Saltaban. Se sacudían.  No eran gerente y empleado. No eran despedidor y despedido. Eran dos tipos festejando el mismo gol. Durante unos segundos desaparecieron las oficinas, los memorandos, las sanciones, las firmas y las indemnizaciones. Sólo existía esa pelota adentro del arco. Todo a pesar que era un partido del montón. Tal vez las emociones de la semana de los dos hicieron que ese gol fuese épico.  Cuando terminó el festejo se quedaron riendo, agotados.

—¡Te rompí los anteojos! —dijo el gerente.

—No importa.

—Perdón.

—Con la indemnización me compro un vidrio.

Los dos volvieron a reír.

 ---

 El partido terminó uno a cero.

La gente salió cantando. Como siempre, parecía que ese triunfo solucionaba todos los problemas del país y del mundo, a pesar que el equipo estaba de la mitad para abajo en la tabla.

Ricardo y el gerente caminaron juntos unas cuadras sin hablar demasiado. Hasta que llegaron a una esquina.  El gerente se frenó.

—Che...

—¿Qué?

—¿Conseguiste algo?

—Todavía no.

El hombre metió la mano en el bolsillo. Sacó una tarjeta.

—Tengo un amigo.

Ricardo la miró.

Era una empresa bastante grande.

—Están buscando gente de confianza y mucha experiencia para administración.

—¿En serio?

—Sí. Decile que vas de parte mia. Ya está todo arreglado.

—¿Y por qué me ayudás?

El gerente no dijo nada y se señaló el escudo en la campera gastada. Ricardo guardó la tarjeta. No dijo gracias. Siguieron caminando. A los pocos metros se despidieron.

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Dos semanas después Ricardo empezó a trabajar en esa empresa. Ganaba un poco más. Le quedaba más cerca.  Y, para sorpresa de todos, jamás volvió a irse antes. No porque hubiera cambiado.  Porque el nuevo jefe era hincha del clásico rival.  Y Ricardo había aprendido una lección que nunca figuró en ningún manual de procedimientos de Recursos Humanos. Hay cosas que uno puede discutir: el sueldo, las vacaciones, el horario, hasta el convenio. Pero no podés discutir de fútbol con el pelotudo que es hincha de tu clásico rival, y más si es jefe. Por eso, Tomás, porque así se llama el gerente de Recursos Humanos, cada vez que el equipo jugaba un día de semana y veía que Ricardo no estaba, sonreía, porque estaba laburando, porque tenía laburo y por fin lo cuidaba.

El fútbol, en cambio, tiene otras reglas. En la tribuna nadie pregunta de qué trabajás. Ni cuánto cobrás. Ni si sos gerente. Ni si sos cadete. Ni quién firmó tu despido. Cuando la pelota entra, durante un abrazo que dura apenas cinco segundos, todos son exactamente iguales. Claro, a menos que vayas al palco, pero ese es otro tema en el cual no vamos a entrar en detalles.

Toni Schweinheim
Obra Publicada, expediente Nº 510614. Dirección Nacional del Derecho de Autor





"Fútbol, ¿El opio de los pueblos?", de Eduardo Galeano,

¿En qué se parece el fútbol a Dios?. En la devoción que le tienen muchos creyentes y en la desconfianza que el tienen muchos intelectuales.

En 1880, en Londres, Rudyard Kipling se burló del fútbol y de “las almas pequeñas que pueden ser saciadas por los embarrados idiotas que lo juegan”. Un siglo después, en Buenos Aires, Jorge Luis Borges fue más que sutil: dictó una conferencias sobre le tema de la inmortalidad el mismo día, y a la misma hora, en la selección argentina estaba disputando su primer partido en el Mundial del ’78.

El desprecio de muchos intelectuales conservadores se funda en la en la certeza de que la idolatría de la pelota es la superstición que el pueblo merece. Poseída por el fútbol, la plebe piensa con los pies, que es lo suyo, y en ese goce subalterno se realiza. El instinto animal se impone a la razón humana, la ignorancia aplasta a la Cultura, y así la chusma tiene lo que quiere.

En cambio, muchos intelectuales de izquierda descalifican al fútbol porque castra a las masas y desvía su energía revolucionaria. Pan y circo, circo sin pan: hipnotizados por la pelota, que ejerce una perversa fascinación, los obreros atrofian su conciencia y se dejan llevar como un rebaño por sus enemigos de clase.

Cuando el fútbol dejó de ser cosas de ingleses y de ricos, en el Río de la Plata nacieron los primeros clubes populares, organizados en los talleres de los ferrocarriles y en los astilleros de los puertos. En aquel entonces, algunos dirigentes anarquistas y socialistas denunciaron esta maquinación de la burguesía destinada a evitar la huelgas y enmascarar las contradicciones sociales. La difusión del fútbol en el mundo era el resultado de una maniobra imperialista para mantener en la edad infantil a los pueblos oprimidos.

Sin embargo, el club Argentinos Juniors nació llamándose Mártires de Chicago, en homenaje a los obreros anarquistas ahorcados un primero de mayo, y fue un primero de mayo el día elegido para dar nacimiento al club Chacarita, bautizado en una biblioteca anarquista de Buenos Aires. En aquellos primeros años del siglo, no faltaron intelectuales de izquierda que celebraron al fútbol en lugar de repudiarlo como anestesia de la conciencia. Entre ellos, el marxista italiano Antonio Gramsci, que elogió “este reino de la lealtad humana ejercida al aire libre”.

Eduardo Galeano
Siglo XXI Editores Argentina. 2010. ("Fútbol a sol y sombra" de 1985)




Flasheo informativo

  Los dos a la final.


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