Slider[Style1]
Style2
Style3[OneLeft]
Style3[OneRight]
Style4
Style5
Sábados de Fontanarrosa. Hoy: Inodoro Pereyra en "el único ombú en la pampa".
"La gambeta más larga del mundo", de Pedro Saborido.
ALCIDES BERNASCONI ES EL PROTAGONISTA DE la gambeta más larga del mundo. La realizó en febrero de 1975, en un encuentro entre El Porvenir y el Ajax de Holanda, en Gerli. Alcides tomó posesión del balón a los 40 segundos del primer tiempo. Empezó a gambetear rivales arrastrando cuatro jugadores contra el córner adversario, para luego ir llevándolos por la banda lateral hasta el córner de su propio arco. Dada la lejanía que tenía de la valla contraria, los seis jugadores de campo del Ajax que restaban también fueron a marcarlo. Alcides, endiablado, la hacía girar entre sus piernas sin que nadie acertara a quitársela.
A los 6 minutos, los holandeses se organizaron y decidieron
que cinco se encargarían de sacarle el balón, mientras que los otros cinco
tratarían de partirle la rodilla. Pero Alcides no solo hacia malabares
imposibles con el esférico, sino que, con un loco, grácil y deleita-ble
bailoteo, esquivaba los guadañazos. Tampoco servían los pechazos y empujones
que, lejos de hacerle perder el equilibrio, parecían hacerlo mantenerse en el
aire.
Un jugador holandés (de apellido Pérez, hijo de algún inmigrante)
optó por lanzarle un cross a la mandíbula que Alcides también esquivó; luego
aprovechó para empezar un veloz pique hacia el círculo central. A esta altura,
los propios compañeros de equipo empezaron a correrlo para quitarle la pelota.
Alcides gambeteaba a veinte jugadores mientras se daba
tremendos autopases y hasta tiraba pelotazos al área que, con increíble
velocidad, iba a buscar él mismo, parándola de pecho, enfriando el partido,
para luego seguir dando rienda suelta a su inusitada habilidad, mientras los
jugadores se comían amagues, chocaban entre sí y caían uno arriba del otro
formando pequeños montoncitos.
En el minuto 30, cuando parte del público empezaba a
abandonar el estadio (“el egoísmo y la falta de sentido de equipo no le hacen
bien al fútbol”, fueron las declaraciones del Gordo Satanás, destacado hincha
de El Porvenir, conocido por haber hecho volcar un colectivo de la Línea 51 de
un cabezazo), el árbitro (Juan Carlos Baglietto, homónimo del artista rosarino)
cobró algo poco claro (algún resquicio del reglamento acerca de la retención
del balón) y expulsó a Alcides, quien lejos de hacerle caso siguió gambeteando
a los jugadores, al árbitro, a los líneas, a los suplentes, al personal
policial que empezó a correrlo con sus perros y a parte de la platea baja.
Todos corrían por la cancha tras Alcides, quien llevaba dibujada una extraña
sonrisa.
De repente, la Guardia de Infantería empezó a lanzarle
gases. Parte de los que lo marcaban se apartaron dándole un claro por el que
Alcides picó y encaró hacia el túnel. El árbitro vio que la pelota salía y
marcó lateral, pero ya a nadie le importaba el partido. Marcado por 1.457
hombres, Alcides se metió en el túnel, pasó por los vestuarios, salió del club
y se mandó para la avenida Pavón. Allí, se sacó de encima 548 hombres con un
amague (“Me voy a Temperley”, gritó, y encaró para la Capital) y siguió
avanzando entre autos y colectivos.
A la altura del puente Pueyrredón, unas 40 mil personas lo
corrían (la mitad lo marcaba, la otra lo alentaba) y cruzando el Riachuelo se
encontró con tropas del Quinto Blindado de Magdalena, que abrió fuego. Pero
Alcides se dio el lujo de esquivar las cargas de los tanques y los obuses, mientras
por Montes de Oca ya era seguido por móviles de la televisión que transmitían
en vivo la extraña hazaña de este volante que dividía a todo un país: a esta altura
se discutía si eso no era la esencia del fútbol, acaso en estado puro, sin
resultadismo, con poesía y habilidad para el disfrute de la gente.
Desde un helicóptero, Osvaldo Zubeldía (convocado de
urgencia) fue dando indicaciones al personal policial y del ejército de cómo ir
marcándolo y desde qué sectores hacer fuego para ir corriéndolo a Alcides hacia
la Costanera. Lo lograron. De pronto Alcides se vio de espaldas al río,
enfrentándose a 70 mil personas, 140 patrulleros, 23 carros de asalto, 7
tanques y un avión Hércules C-130. Hubo un silencio. Alcides paró la pelota y
dejó que todas las miradas llegaran a sus ojos. Un teniente fue el primero que
dio un paso al frente. Entonces Alcides giró, hizo pasar la pelota sobre su
cabeza y saltó la baranda. Y todos vieron cómo se fue picando sobre las aguas
del Río de la Plata. Nadie lo siguió. A los 300 metros, lo vieron darse vuelta.
Los miró y luego tiró un pelotazo hacia Montevideo y se fue corriendo, siempre
sobre el agua.
“Estas cosas pueden ser de Dios o del Diablo. Que a veces se
parecen…”, dijo un sacerdote asignado al caso por la Curia Metropolitana. Lo
cierto es que nadie en-tendió bien qué era lo que había pasado ese día.
Llegó dos semanas después a Bélgica. “Creo que tengo un
tirón”, dijo al pisar tierra firme. Jugó un par de años en el Galoise de
Bruselas, un equipo de la B. Luego se retiró y puso una concesionaria de
usados. Le sigue yendo bien.
Vos también te equivocás.
Seguramente sos el mejor. Seguramente rendiste parciales o exámenes de diez. Y seguramente también desaprobaste más de uno. Estudiaste como un animal, dormiste cuatro horas por noche, te sabías cada tema de memoria, pero las preguntas eran capciosas o el profesor estaba especialmente exigente. Hiciste todo para aprobar y, sin embargo, no llegaste ni al cuatro.
Estoy seguro de que en tu trabajo
sos un fenómeno. Llegás temprano, te rompés el alma, hacés horas extras sin que
nadie te las reconozca. Preparaste informes que le hicieron ahorrar millones a
la empresa. Pero tampoco te olvides de aquella vez en la que te equivocaste en
un cálculo, omitiste una variable importante o mandaste un archivo equivocado.
O ese día en que el subte no pasó, llegaste tarde y no pudiste presentar una
declaración jurada. Siempre hiciste todo para que saliera bien... pero hay
veces que no alcanza.
Y vos, que sos el mejor médico de
este país. Jefe de servicio, profesor universitario, una eminencia. Salvaste
miles de vidas. Miles. Pero también te acordás de aquella vez en la que una
medicación no dio resultado. O cuando un paciente se fue porque la enfermedad
fue más fuerte que todo tu conocimiento. Nunca dejaste de ser un gran médico
por ese dolor. Porque entendiste que incluso los mejores pueden equivocarse.
Todos ustedes, que triunfaron en
lo suyo, alguna vez sintieron que el mundo se les venía abajo por un error. Y
pudieron levantarse porque tuvieron una familia, un compañero, un amigo o
alguien que les dijo: "No te define un mal día".
Ahora dejame contarte cómo se
vive del otro lado:
Yo soy futbolista. Y sí... me
equivoqué. Muchas veces. Erré un pase cuando todo el estadio esperaba que la
pusiera al pie o en la cabeza del nueve. Pateé un penal afuera. Perdí una marca
en un córner que terminó en gol rival. Regalé una pelota en la salida que
terminó de la misma manera. Hasta hice un gol en contra. Me expulsaron por
llegar tarde a una pelota y revolear al rival. Así, puedo estar contándote
todas las malas que hice. Porque también tuve partidos donde directamente no me
salió absolutamente nada.
¿Sabés cuál es la diferencia? Que
vos te equivocaste delante de un jefe, de un profesor, de tus compañeros o de
lo que fuese. Yo me equivoqué delante de cuarenta mil personas. Y de millones
más mirando por televisión. Mientras vos cerrabas la puerta de la oficina para
masticar la bronca, yo tenía veinte cámaras enfocándome la cara. Mientras vos
llegabas a tu casa y tratabas de olvidarte del mal día, yo abría el teléfono y
encontraba miles de personas diciéndome que era un muerto, un pecho frío, un
ladrón, que tenía que dejar de robar como futbolista.
Nadie se acuerda de los cien
pases bien dados. Se acuerdan del único que di mal. Nadie recuerda las cuarenta
veces que relevé a un compañero. Solo recuerdan esa única vez en la que llegué
un segundo tarde. Metí goles importantes. Di asistencias. Corrí hasta que me ardían
las piernas. Jugué lesionado. Me infiltré para no dejar solos a mis compañeros.
Entrené con fiebre. Me perdí cumpleaños, Navidades, nacimientos y velorios
porque el calendario futbolero no espera a nadie. Ni hablar de cuando iba a
entrenar de pibe. Dos colectivos y un tren. Seguramente vos, lo mismo para ir a
trabajar o a estudiar a la facu. Y, sin embargo, muchas veces todo eso
desapareció por un error en los noventa minutos. Y no hay redención hasta que
hagas algo épico. En el fútbol, cuarenta aciertos duran un partido; un error
dura años, o incluso te persigue toda la carrera. El lunes sos un fenómeno. El
domingo siguiente sos un desastre.
Nos dicen que cobramos fortunas.
Es cierto. Y sería hipócrita negarlo. El fútbol nos dio una vida con la que
muchos sueñan. Pero por cada uno de nosotros que llegó a Primera, te puedo
contar cientos de pibes que se quedaron en el camino y hoy están del otro lado.
Ellos también entienden de qué hablo. Hay algo que la plata nunca pudo comprar
para un futbolista: la tranquilidad. No compra volver a caminar por la calle
sin que te señalen por el penal errado. No compra dormir después de haber
perdido una final o no clasificar a una copa o, para peor, irte al descenso. No
compra el abrazo de un hijo que llega llorando porque en el colegio le dijeron
que el padre "es un burro". No compra borrar de la cabeza esa jugada
que repetís mil veces antes de dormir preguntándote qué habría pasado si dabas
un paso más, si rematabas un segundo antes, si elegías el otro palo.
¿Sabés cuántas veces reviví una
jugada? Miles. Porque el primero que se insulta soy yo. El primero que sabe que
falló soy yo. El primero que daría cualquier cosa por volver cinco segundos
atrás soy yo. Ningún futbolista entra a una cancha queriendo errar. Y a vos te
pasa lo mismo, seguro. En el trabajo, en el estudio... hasta en el amor.
No te pido que no critiques. El
fútbol vive de la pasión y la pasión es sacar todo lo que uno lleva adentro. Es
gritar en la cancha lo que no le podés gritar al hijo de puta de tu jefe o al
forro de tu profesor. Puteá. Criticá. Discutí. Enojate.
Pero antes de convertir un error
en una sentencia definitiva, acordate de todas las veces que vos también
necesitaste que alguien entendiera que un mal momento no definía quién eras.
Porque, al final del día, antes que futbolistas, médicos, contadores,
albañiles, docentes o ingenieros... somos personas. Y las personas se
equivocan. Antes de putearme por un error... pensalo. Vos también te equivocás.
Así que la próxima vez que me veas pateando un penal dos metros por arriba del
travesaño y dejando al equipo afuera de la Libertadores en primera ronda, pensá
bien antes de putearme.
Lo más leído
-
Para Diego Me van a tener que disculpar. Yo sé que un hombre que pretende ser una persona de bien debe comportarse según ciertas norma...
-
Ni la IA. Reconoce a los equipos de la LPF. Antes del Mundial 2026 hay una cantidad exorbitante de partidos. Un menú bastante variado que v...
-
El ruido de la puerta metálica al cerrarse le hizo pensar al gordo en algo definitivo. Algo definitivo como el cerrarse de la tapa de un at...
-
Previa. Se viene un nuevo partido de la selección. Curiosamente hay fecha FIFA pero acá se sigue jugando la amorfosidad de la Chota de l...
-
Por el “nene” Sanfilippo (*) Avanzamos a Cuartos ¿Se jugó bien? ¿Se jugó mal? Antes que nada deberíamos preguntarnos ¿Se pudo jugar? Ot...
-
Arriba: FIFA (Adicta a las sedes); Colón (Club con jugadores camarilleros); Racing Club (Club con jugadores camarilleros y dirigentes sobe...
-
Mitad del panel en Buenos Aires, mitad en Brasil con pocos micrófonos y rodeados de brasileros en jogginetas. Show del futbol 2014 - ...
-
Uno abre la puerta y sale a la calle con un infierno escarbándole las entrañas. Afuera, la siesta del domingo transcurre silenciosa y quiet...






