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El señor de los anillos.

Debo reconocer que el título de esto es medio engañoso. O directamente engañoso. Si usted espera encontrar en el siguiente relato algún Elfo, Hobbit u Orco, mejor siga de largo y búsquese otra cosa. El título, o mejor dicho, el apodo de “el señor de los anillos”, fue el que le encajaron al bueno de Mombeko Lukembo, un nigeriano que pasó por el club hace unos años.

De movida, el sobrenombre tenía bastante mala leche. Eso de que ahora todo el mundo es políticamente correcto es verso. En una cancha de fútbol uno escucha barbaridades que dan vergüenza ajena. Y lo peor es que ya ni sorprenden. Está tan naturalizado que a veces parece parte del paisaje. A mí nunca me gustó esa mierda. Más de una vez terminé discutiendo en la platea con algún pelotudo que se hacía el gracioso gritando cosas contra los extranjeros. Pero bueno, tampoco vine acá a dar clases de moral. Esta es otra historia. La de un tipo que vino de muy lejos a jugar al fútbol en Argentina.

Yo lo conocí en los partidos de reserva, a lo que hoy llaman “proyección”. Como el predio me quedaba cerca, iba siempre, hasta cuando llovía. Mombeko decía tener diecinueve años. El documento también decía diecinueve. El cuerpo no tanto. Era enorme. Espalda ancha, brazos duros, piernas de velocista. Parecía tallado en madera oscura.

Lo del apodo nació una tarde contra Defensa y Justicia, ya en Primera. Desde la tribuna visitante empezaron a gritarle que se volviera a vender anillos, relojes y vaya uno a saber cuántas porquerías más. El tipo no contestó nada. Se limitó a meter dos goles y sonreír.

Después del segundo, desde nuestra popular salió un grito que quedó para siempre:

—¡Mombeko es un señor! ¡El señor de los anillos!

El remate del canto era bastante más ordinario, pero mejor dejarlo ahí. La cuestión es que el apodo quedó pegado desde ese día. Lo curioso es que a él nunca pareció molestarle. Capaz porque no entendía del todo. O capaz porque entendía más de lo que todos creíamos.

Volviendo a su paso por reserva: jugábamos contra Belgrano. Aquella tarde estaba errático. Muy errático. Enganchó para afuera y sacó un derechazo horrible que se perdió por arriba del travesaño. Era la cuarta clara que desperdiciaba.

—¡Dale, Mombe, así no llegás a Primera! —gritó el técnico.

Él levantó una mano sin darse vuelta. Ni fastidio mostró. Eso era raro. Cuando las cosas no le salían, normalmente se enfurecía consigo mismo. Esa vez parecía distraído y se tocaba el dedo del medio.

El partido siguió espeso, trabado… parecía rugby. Faltaban diez minutos cuando recibió de espaldas cerca del área. La paró mal, se le fue larga, chocó con un defensor… y aun así siguió. Metió el cuerpo, recuperó la pelota de alguna manera y sacó un remate cruzado que entró pegado al palo: golazo.

Pero ni lo gritó.

Se quedó quieto mirando el arco, respirando fuerte, como si hubiese corrido veinte cuadras. Los compañeros lo abrazaban y él apenas sonreía, seguía tocándose el dedo mayor.

A partir de ahí empezó algo raro. Porque una cosa es entrar en racha y otra muy distinta es lo de Mombeko. Parecía imposible que errara. Hacía goles de cabeza, de chilena, empujándola abajo del arco o clavándola desde treinta metros. En siete partidos metió once goles. Los periodistas partidarios ya hablaban de “la joya africana”. En la platea decían que duraba seis meses antes de irse a Europa. Que Boca ya lo tenía apalabrado. Y ni siquiera había debutado en Primera. Los más pesimistas decían que solo lo podía hacer en reserva, que en primera se lo comían en dos pancitos.

Llegó el debut en Primera y empezó a romper redes. Goles de todos los colores: de cabeza, de afuera del área, de chilena, de volea… En seis fechas ya era el goleador del torneo.

Pero junto con los goles empezaron los comentarios: que no se bañaba con el resto por el tamaño de la tararira; que nunca se cambiaba delante de nadie; que hablaba solo; que dormía poco; que tenía una bolsita roja con oro o metales preciosos que llevaba a todos lados. Hasta le llovían novias. Que estaba de novio con Mengana, con Fulana, Sultana…

El Viejo Acosta, utilero del club desde antes que yo naciera, juró haberlo escuchado una noche murmurando algo raro en el vestuario vacío. No era español ni inglés. Sonaba como una oración.

—¿Y qué hacía? —le pregunté.

—Tenía un brazo levantado hacia la luna y se le veía un anillo —me dijo—. Un anillo.

Ahí me reí. Pero más adelante me dio pánico.

Porque después empezaron a aparecer más historias.

Un compañero decía que Mombeko guardaba varios anillos en una bolsa roja de tela. Otro juraba que antes de cada partido elegía uno distinto. Había quien decía que se los habían regalado en África. Otros, que eran reliquias familiares. Uno incluso aseguró que estaban hechos con huesos humanos.

Pavadas de vestuario, pensé yo.

Con el correr de las fechas estábamos punteros gracias a un delantero así. Si el rival nos metía dos, el Negro les hacía tres, porque en defensa éramos un flancito.

Cuando goleamos a San Lorenzo y quedamos primeros, esa noche, mientras todos deliraban, yo me quedé con un detalle mínimo. Mombeko metió el tercero y se llevó la mano al pecho, por debajo de la camiseta, como apretando algo. Después, viendo la repetición en casa, lo noté otra vez: un brillo muerto, opaco… pero brillaba. Eso era lo raro. Algo metálico entre los dedos.

A la semana siguiente empezaron las cábalas. Mombeko se puso exquisito: que no había que tocarle la cabeza antes de salir; que no había que sentarse en su lugar; que no había que preguntarle por los anillos.

Esto último lo decía muy seriamente.

Además, cuando alguien se animaba a mencionarlos, Mombeko cambiaba la cara y se iba.

Una tarde, Miguelo, un defensor grandote, medio fanfarrón, quiso cargarlo en el entrenamiento.

—Eh, Señor de los Anillos… ¿hoy cuál usaste? ¿El del gol o el de correr rápido para que no te agarren los leones?

Mombeko frenó en seco. Lo miró fijo.

—No se jode con eso.

Y siguió caminando.

Miguelo quedó fulminado con la mirada. Nunca más volvió a dirigirle la palabra.

El clásico llegó en invierno. Frío de mierda, cancha llena y clima espeso. Partido de esos en los que te duele la panza de los nervios, de los que te hacen sentir cagazo aunque los tengas de hijos.

A los cinco minutos ya perdíamos uno a cero. Encima nos echaron a Miguelo a los diez. Se venía lo peor, pensábamos todos. Algunos ya ni querían mirar.

Encima, Mombeko estaba desconocido. Perdía pelotas fáciles, llegaba tarde, discutía con el árbitro. Parecía agotado.

En el segundo tiempo empatamos de casualidad: centro al área, el arquero de ellos sale mal y Ramírez la empuja torpemente. Pero entró, al fin y al cabo.

Y cuando faltaban quince minutos, estando metidos en un arco, un córner mal pateado de ellos terminó en un despeje de Ávila al medio de la cancha. Ahí estaba Mombeko. La agarró y enfiló como una flecha hacia el área rival, que estaba desguarnecida.

Pero no fue una corrida normal.

Era como si el resto estuviera en cámara lenta. Los pocos defensores que se habían retrasado quedaban atrás sin entender cómo. Llegó al área y definió cruzado.

Gol.

Explotamos de alegría todos. No lo podíamos creer. Una bestia Mombeko.

Comenzó el clásico cántico:

—¡Negrooo, negrooo, olé olé, olé olé, negrooo, negrooo!

Vino el agasajado enfrente nuestro, levantó los brazos saludándonos y ahí ocurrió.

Él estaba de espaldas. Los compañeros vinieron a festejar y lo tiraron al suelo. Luego del tumulto, la cara de Mombeko era otra. Estaba pálido, como perdido, y empezó a buscar en el césped.

Siguió un largo rato buscando algo, tanto que los compañeros y el árbitro tuvieron que hacerlo volver a la cancha a tirones.

Ya no fue el mismo.

Se quedó parado mirando fijamente la zona donde había perdido eso que no imaginábamos qué era.

Para colmo de males, nos rajaron a Rapetti. Pasamos de la euforia al cagazo, y del cagazo a los hechos: en diez minutos nos dieron vuelta el partido.

Mombeko seguía buscando algo, así como nuestro arquero la buscaba adentro del arco.

El partido terminó, pero el negro seguía ahí buscando.

Sus compañeros le preguntaban qué le pasaba. Algunos pensaron que era un lente de contacto.

Un anillo.

Y sí, era un anillo.

Lo encontró el Viejo Acosta dos horas después. Mombeko saltó de alegría al momento de ver ese pequeño anillo de nuevo. Pero, súbitamente, esa alegría se transformó en tristeza.

Uno le preguntó qué le pasaba.

Él levantó apenas la cabeza y respondió con lágrimas en los ojos:

—Ya no sirve más. No me sirve.

Así nomás dijo.

Nadie entendió un carajo.

A la semana desapareció. El club habló de problemas personales. Después dijeron que tenía ofertas de afuera. Después no dijeron más nada.

Simplemente dejó de existir.

Pasaron los años y el olvido hizo el resto.

Yo me acordaba de él cada tanto, sobre todo cuando algún nueve grandote erraba goles imposibles y alguien en la tribuna gritaba:

—¡Traigan otro Mombeko, pero medicado!

Sí, los malos chistes seguían y siguen estando en las tribunas, como dije al principio.

Hasta que una tarde lo vi.

O eso creo.

Pero sí, era él. Soy miope, pero no tanto.

Fue en Once. Entre manteros y vendedores ambulantes. Había un tipo enorme sentado en una manta llena de relojes, cadenas y anillos… muchos anillos.

Me acerqué despacio.

—¿Mombeko?

El hombre levantó la vista.

Era él. O alguien demasiado parecido. No voy a caer en la estupidez de decir que todos se parecen, pero era él. Estoy seguro.

—Amigo… ¿buscás algo? —me sacó de mi conflicto mental sobre si era él o no.

Miré la manta. Había decenas de anillos distintos. Algunos brillaban raro.

—¿Funcionan? —pregunté, medio en chiste.

El tipo me sostuvo la mirada unos segundos.

—Algunos sí.

No sé por qué, pero me dio escalofríos.

Señalé uno cualquiera.

—¿Y ese?

Negó con la cabeza.

—No. Ese ya tuvo dueño.

Después agarró otro más oscuro, casi negro.

—Este puede servirte. Solo no te lo saques.

Lo puso en mi mano. Pesaba demasiado para ser tan chico.

—¿Cuánto es?

El tipo sonrió.

—Nada.

—¿Cómo nada?

—Ya es tuyo. Él te eligió.

Quedé medio boludo. No sabía si era él o no, ni qué carajo había querido decirme con lo del anillo.

Me fui medio atontado. No sé ni si me despedí o qué le dije. Se me hace confusa tanta locura junta.

Llegué a casa, mi mujer vio el anillo y me cagó a pedos porque pensó que me lo había regalado otra.

Le conté exactamente lo que había pasado, pero como sonaba bastante bizarro, me mandó a dormir al sillón sin creerme nada. Esa noche soñé que corría más rápido que cualquiera. Que nadie podía alcanzarme.

Al otro día jugué un picado con amigos y metí siete goles. Yo. Que de pedo llegaba entero a los veinte minutos y que le erro hasta al suelo si le escupo.

Recién cuando volví a casa me di cuenta de algo peor: el anillo seguía puesto. Y no me lo podía sacar.


Toni Schweinheim
Obra Publicada, expediente Nº 510614. Dirección Nacional del Derecho de Autor



Carta de Osvaldo Soriano a Eduardo Galeano

Querido Eduardo: 

Te cuento que el otro día estuve en el supermercado "Carrefour", donde antes estaba la cancha de San Lorenzo. Fui con José Sanfilippo, el héroe de mi infancia, que fue goleador de San Lorenzo cuatro temporadas seguidas. Caminamos entre las góndolas, rodeados de cacerolas, quesos y ristras de chorizos. De pronto, mientras nos acercamos a las cajas, Sanfilippo abre los brazos y me dice: "Pensar que acá se la clavé de sobrepique a Roma, en aquel partido contra Boca". Se cruza delante de una gorda que arrastra un carrito lleno de latas, bifes y verduras y dice: "Fue el gol más rápido de la historia". Concentrado, como esperando un córner, me cuenta: "Le dije al cinco, que debutaba: no bien empiece el partido, me mandás un pelotazo al área. No te calentés que no te voy a hacer quedar mal. Yo era mayor y el chico, Capdevila se llamaba, se asustó, pensó: a ver si no cumplo". Y ahí nomás Sanfilippo me señala la fila de frascos de mayonesa y grita: "¡Acá la puso!". La gente nos mira, azorada. "La pelota me cayó atrás de los centrales, atropellé pero se me fue un poco hasta ahí, donde está el arroz, ¿ve?" -me señala el estante de abajo, y de golpe como un conejo a pesar del traje azul y los zapatos 8 lustrados-: "La dejé picar y ¡plum!". Tira el zurdazo. Todos nos damos vuelta para mirar hacia la caja, donde estaba el arco hace treinta y tantos años, y a todos nos parece que la pelota se mete arriba, justo donde están las pilas para radio y las hojitas de afeitar. la poesía EL Sanfilippo levanta los brazos para festejar. Los clientes y las cajeras se rompen las manos de tanto aplaudir. Casi me pongo a llorar. El Nene Sanfilippo había hecho de nuevo aquel gol de 1962, nada más que para que yo pudiera verlo.


Osvaldo Soriano
Publicada originalmente en el diario "Página 12".



Los mismos colores

 A la memoria de Pablo Piaggio.

****

Yo tenía un amigo que era hincha de Banfield. Hincha, pero lo que se dice hincha. Hasta los ojos verdes tenía el tipo y se ufanaba de eso. No faltaba casi nunca, y si faltaba era porque estaba enfermo (más aún de lo que era o porque la madre andaba mal). Con estar con nosotros en la cancha, Pablito ya estaba feliz. Nos veía a nosotros haciéndole señas desde la tribuna y ya se ponía a sonreír. Aunque una vez lo acompañé, y la sonrisa se le dibujaba ni bien empezábamos a pasar el paso a nivel que une Uriarte con Malabia. Siempre estuvo en las malas, en las muy malas, en las muy, muy malas… hasta que por fin, en el Torneo Apertura 2009, habíamos salido campeones. Nunca vi tan en pedo a alguien sin haber consumido una gota de alcohol.

Había pasado ya más de un mes de aquella gran alegría. Veníamos de diciembre de 2009, campeones, una cosa de locos, impensada. Pero ya era 2010, arrancaba otro torneo y el campeón defensor éramos nosotros. Por primera vez en años no pensábamos en el descenso. Seguíamos contentos, claro está, pero Pablo había quedado regulando en campeón, ¿viste? Como esos aires acondicionados viejos que, aunque los apagues, siguen zumbando dos o tres horas más.

Hasta que un día, creo —y si la memoria no me falla—, fue en un partido de local contra Argentinos Juniors (a la postre campeón del Clausura), que terminó suspendiéndose por lluvia. Lo vimos llegar chorreando agua por todos lados y tenía la pose del hombre de la barra de hielo. Cuando lo miramos detenidamente, estaba completamente cagado a trompadas. No llegó a apoyar el culo en un charquito que se formó en una de los escalones de la Mouriño que le preguntamos qué le pasó.

 

La cuestión es que el 1° de febrero de 2010 —recuerdo hasta ahora la fecha, como para no caer en el mismo error si estoy por Capital— había habido un corte de luz, un calorón insoportable de noche y Pablito no había dormido bien. El tipo vivía por Belgrano o por ahí, la verdad no me acuerdo. Una de las tantas fallas mías con los amigos: me había invitado un montón de veces a la casa, pero con los quilombos del laburo y la facultad, sumado al viaje hasta allá, nunca pude ir.

La cosa es que, mal dormido, escuchó un quilombo espantoso en la calle: bombos, gritos, petardos y percibió el olor a bengala. Abrió la puerta y se encontró con algo inesperado: gente de verde y blanco. Bombos. Bengalas. Fuegos artificiales. Cantitos. Se quedó boludo un rato largo, sin poder creerlo. Hasta que lo creyó: la fiesta banfileña, por alguna extraña razón, se había mudado a la puerta de su casa.

Pablo no chequeó nada. Ni un “Hey, ¿qué festejan?”. Ni un cartel, ni una bandera, ni una pista mínima. No. El tipo confió en los colores, en el verde y blanco. Y la confianza, cuando está mal puesta, es una cosa hermosa, siempre y cuando no seas jugador o medico… o tal vez ingeniero o arquitecto. Entró a la casa como un resorte, se puso la camiseta de Banfield —esa Mitre 2009, reconocible hasta a 100 metros de distancia— y salió a los piques, porque no se iba a perder semejante hecho histórico: la fiesta del club de sus amores en la puerta de su casa. Y se metió entre la multitud saltando, gritando… otra vez borracho de alegría. Y empezó a gritar con todo:

—¡Dale campeón!

—¡Vamos Banfield, la concha de su madre!

Abrazó gente. Saltó. Cantó. Era un carnaval unipersonal.

Ahora, hubo un detalle que el tipo no tuvo en cuenta: eso no era Banfield. No era por Banfield. Ni eran de Banfield. Eran los de Excursionistas festejando el aniversario del club. Bueno, eran verde y blanco todos… tampoco le vamos a echar toda la culpa.

Primero lo miraron raro. Después más raro. Después uno le clavó la vista en el escudo y dijo:

—Pará… este no es de acá —dijo uno grandote, sin remera, todo transpirado, mientras mamaba una botella de Brahma como si fuese un nene de tres años con su vasito con chupete.

Pero Pablo seguía saltando y gritando campeón.

—Este es de Banfield, boludo —agregó otro muchacho que era más grande que una heladera frigorífica.

Y ahí empezó todo.

Y lo que siguió fue, digamos, una corrección de rumbo bastante física. No es que lo invitaron amablemente a retirarse. No. Lo sacaron del error a los golpes, pero con convicción, con un profesionalismo que, hay que decirlo, también merece reconocimiento. De la misma forma podrían haber sacado a uno del Betis, Atlético Nacional, Laferrere o el Shamrock Rovers de Irlanda El tipo pasó de la euforia al instinto de supervivencia en un suspiro. Como pudo, se escapó y volvió a la casa. Cerró con llave y escuchaba cómo le cagaban a piedrazos la casa. Tardó un par de días en salir, más que del cagazo, de la vergüenza, me atrevo a decir.

Y el tipo, con una dignidad que no le entraba en la cara hinchada, nos dijo en medio de la lluvia torrencial:

—Y… era verde y blanco, hermano. Yo confié.

Mientras miraba con cierta vergüenza el piso. Le puse una mano en el hombro y entendí que hay hinchas que, por sus colores, lo dejan todo.

Hasta, a veces, la dignidad.

Toni Schweinheim
Obra Publicada, expediente Nº 510614. Dirección Nacional del Derecho de Autor




"Último hombre", de Eduardo Sacheri.

López había cumplido siempre. Había ganado y perdido, cosa por cierto evidente. Pero jamás había abandonado su puesto. Jamás había sacado el cuerpo por cobardía. Jamás había temido hacer un sacrificio.

De los demonios.

Esto pasó hace un tiempo. Un jugador llamado David se había perdido en medio de una cancha lejana, abandonada de la civilización. El pasto estaba seco, las líneas borradas y no había un alma. Gritaba pidiendo ayuda, agua, alguien que lo viera. Desesperado, con la garganta rota, pensó:

“Si al menos estuviera en una cancha grande, en un estadio de verdad… con gente… alguien escucharía mis gritos, mis ansias de jugar”.

Fue entonces cuando apareció una figura extraña, vestida como un viejo árbitro, pero con una sonrisa torcida.

—No te asustes —dijo—. Aún no estás fuera del partido. Escuché tu deseo. A cambio de un tercio de tu alma, puedo llevarte a un estadio lleno.

David, sin dudarlo, aceptó y cayó en un profundo sueño.

Despertó en un estadio inmenso. Tribunas altísimas, banderas, bombos, un clima hostil. Pero no era lo que imaginaba: la hinchada no lo alentaba, lo insultaba. El partido era duro, violento. El frío le calaba en los huesos y cada pelota que tocaba era un silbido.

Corrió, gritó, pidió ayuda… nadie lo ayudó.

Agotado, pensó: “Me equivoqué… esto es peor. Tendría que estar en un potrero, algo más tranquilo… ahí se juega por jugar, no por sobrevivir”. Se desplomó al piso cuando una bomba de estruendo explotó a su lado.

—Despertá, David —dijo otra voz. Esta vez era una figura vestida de entrenador, de mirada intensa. —Soy el demonio de las canchas grandes. Pero escuché tu nuevo deseo. Puedo llevarte a un potrero, donde todo es más simple, donde el fútbol es puro. Pero a cambio de la tercera parte de tu alma. David volvió a aceptar, con esperanza. Se durmió de nuevo.

Despertó en un potrero. Tierra, arcos hechos con buzos, un par de chicos jugando. El sol caía fuerte. Intentó sumarse, pero nadie lo conocía, nadie lo elegía. Siempre último. Siempre afuera. Y cuando entraba, nadie le pasaba la pelota. Se sentó, abatido, desolado como en la secundaria cuando todavía era gordito y no lo querían ni en el arco. “Esto tampoco… acá no existo. Tendría que estar en la tele, en el fútbol grande de verdad, donde todos te ven… ahí sí alguien me notaría, alguien me salvaría”. Cerró los ojos y una voz lo despertó de golpe.

—Te estaba esperando —dijo una voz. Un hombre elegante, de traje y anteojos negros. —Soy el demonio del espectáculo. Puedo llevarte a donde todos miran. Donde cada jugada se ve, se analiza, se repite en redes sociales, noticieros… hasta en programas de chimentos. Pero creo que ya sabés el precio.

David, ya sin fuerzas para pensar demasiado, aceptó. Total, ya estaba jugado. Volvió a dormirse.  Despertó bajo una luz enceguecedora. Cámaras por todos lados. Micrófonos. Pantallas. Estaba en el centro de todo. Intentó hablar. Intentó moverse. Pero nadie lo escuchaba. Nadie lo registraba. Era uno más, invisible en medio del ruido. Era un grano de arena en el desierto. Un engranaje más sin nombre y sin identidad. Esperó. Pensó. Intentó que apareciera algún demonio más, pero recordó que ya no tenía alma. Y murió ahí, rodeado de luces, consumido por la misma sed que lo había acompañado desde el principio.

El rey de los demonios, satisfecho con el trabajo de sus tres emisarios, decidió premiarlos:

Al primero lo puso a manejar los clubes. Lo llamó dirigente.

Al segundo, los potreros. Lo llamó captador.

Y al tercero… todo lo que se ve, se comenta y se consume del fútbol. Lo llamó marketing.

Porque entendió algo fundamental en estos tiempos: que no importa dónde juegues, siempre hay alguien dispuesto a venderte el partido que nunca vas a ganar.


Por Toni
Obra Publicada, expediente Nº 510614. Dirección Nacional del Derecho de Autor




"Los Nombres", de Roberto Fontanarrosa

Porque también la cosa está en los nombres, en cómo suenen, en las palabras, pero más, más en los nombres porque se puede estar transmitiendo agarrado al micrófono con las dos manos, casi pegado el fierro a la boca, y la camisa abierta, transpirada y abierta, los auriculares ciñendo las orejas y las sienes como un dolor de cabeza y ahí valen los nombres, tienen que venir de abajo, carraspeados, desde el fondo mismo del esternón, tienen que llegar como un jadeo, lastimarte, tienen que ser llenos, digamos macizos, nutridos, eso, nutridos.

Pelota de Tregua


Aquella noche nevaba más que nunca. Los copos malditos y mortales caían con más intensidad que nunca, como si los invasores buscaran darle un marco adecuado a ese 24 de diciembre. Esa porquería cósmica que venía del cielo. Y en medio de todo eso, en una Argentina donde la mayoría de los sobrevivientes se enfrentaban unos con otros como lobos, ocurrió un pequeño milagro. Esos milagros que solo la pelota puede dar. 

En el refugio de la cancha de El Porvenir —entonces ya era una ruina, pero servía de trinchera junto al puente que pasa al lado— se habían apiñado unos cuantos sobrevivientes: vecinos, jubilados, laburantes. Por esas cosas del destino, también había un inglés. Sí, un inglés. Excombatiente, decía; por eso lo mirábamos medio raro y con cierto recelo. Hablaba todo entrecruzado o con palabras sueltas. En los preparativos del brindis —porque había que brindar sí o sí y seguir siendo humanos ante semejante desastre global— eran como las cuatro de la tarde; el sol pegaba en los copos mortales y les daba una belleza única. Fue entonces cuando el viejo Arthur se puso de pie, levantó un pedazo de lona y de allí extrajo una vieja pelota de tiento; dijo algo que nadie entendió, salvo el Viejo Lombardo, que era el único que más o menos manejaba el inglés. 

—Dice que juguemos un picadito. 

—¿Qué? ¿En medio de toda esta muerte? —esgrimió el padre Ricardo, el cura de la iglesia que estaba a un par de cuadras y que era nuestro refugio antes de que los bichos gigantes nos atacaran. 

—Dale, un rato. Para olvidarnos de tanta muerte nos viene bien —se levantó Martín, el carnicero del barrio. Todos se miraron interrogándose. Pero al cabo de un rato, todos estaban jugando sobre el césped muerto de la cancha. No se sabe a ciencia cierta cómo se armaron los equipos ni quién jugaba contra quién. Internamente sabíamos que jugábamos por la liberación. 

Jugaban todos: el Turco, que había sido arquero en inferiores de Banfield; el Zurdo Martínez, que alguna vez había probado suerte en Ferro y rebotó como los mejores; también Sarita, la panadera; el padre Ricardo; el Negro Juan, que era el mecánico de la zona; la tía Natalia —le decíamos así por su aspecto de tía bonachona—; Martín, el carnicero. Y Arthur. Ah, Arthur. Con sus zapatos de vestir y su extraño traje aislante, metía pases filtrados como si viniera de la escuela del Liverpool. —Este tipo la tiene atada —dijo el Turco, que terminó gritándole “¡olé!”, como si el inglés hubiera nacido en Parque Patricios o en Rosario. 

El partido tuvo goles. No sabemos cuántos. Terminamos todos con el visor del traje empañadísimo, pero contentos. A pesar de que la nevada seguía cayendo, con su color de trasmundo. Pero por un instante, el mundo se pareció a lo que debería ser: un lugar donde, incluso en el apocalipsis, una pelota puede ser sinónimo de paz. El partido se dio por terminado ni bien empezamos a ver luces en el cielo, sí, otra vez. Cada uno volvió rápido a su rincón, a sus frazadas, a sus miedos. Todos jadeábamos, trasnpirados por el traje aislante. Pero Arthur estaba intacto. Fue entonces cuando se acercó al Viejo Lombardo y le susurró algo al oído. 
—Dice que “gracias”. Que esta fue su Navidad más feliz desde 1914 —nos tradujo Lombardo. Todos nos quedamos mirando a Lombardo, como si esas palabras nos parecieran más raras que misma nevada o las luces en el cielo. Fue entonces cuando nos dimos cuenta de que Arthur ya no estaba con nosotros. Había desaparecido delante de nuestros ojos, como si fuese un viajero de la eternidad o navegante del tiempo. 

Toni Schweinheim
Obra Publicada, expediente Nº 510614. Dirección Nacional del Derecho de Autor

 [Nota: el cuento está basado en El Eternauta de Germán Oesterheld, dibujado por Solano López]


https://www.instagram.com/tonidibujante

"Agnósticos y creyentes, proletarios y bacanes" de Osvaldo Bayer.

En las dos primeras décadas del siglo, en apenas una generación, el fútbol se había acriollado definitivamente, igual que los hijos de los inmigrantes europeos. En cada barrio nacían uno o dos clubes. Se los llamaba ahora Club Social y Deportivo, que en buen porteño significaba "milonga y fútbol".

Noticias distópicas. En algún lugar del tiempo-espacio...

  Somewhere Out In Space


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