Dos ángeles
Mauro Raparda fue número dos toda su vida. No porque hubiera sido segundo en nada, ni siquiera creo que estuvo cuarto o quinto. Lo mejor en su carrera fue estar entre los primeros diez. Fue número dos porque ese era el número que llevaba en la espalda y porque, en realidad, no parecía hecho para llevar ningún otro. Bueno, tal vez el seis o el cuatro. Pero el número dos es de los rústicos, de los picapiedras. Él era eso: picapiedra. No salía jugando, la reventaba o reventaba a un rival. A veces pasaba el rival y la pelota no, pero la mayoría de las veces el que no pasaba era el jugador del otro equipo. Eso sí, nunca una cagada. Tuvo bastantes expulsiones en su vida, pero nunca hizo un penal, nunca un gol en contra. Un picapiedra de profesión.
No tenía técnica, no tenía salida, no tenía cintura y, según
contaban los compañeros, tampoco tenía demasiada paciencia para ninguna de esas
cosas. La pelota era para él un problema que había que solucionar lo antes
posible: casi siempre consistía en mandarla a la tribuna. No dejaba pasar un
partido sin dejar a alguien lesionado. A veces era un rival. Una vez fue un
compañero, el Vasco Garrodoyrrechea: Raparda se tiró a barrer y se llevó puesto
a un delantero contrario y al compañero de la zaga defensiva. El árbitro no sabía
si rajarlo o cagarse de risa. Lo rajó. Una vez, en un entrenamiento, lesionó al
utilero: quiso reventar la pelota y le dio de lleno en la cara al pobre José,
que estaba a un costado levantando las pecheras.
Físicamente era alto, grandote, de esos tipos que uno veía
de lejos y pensaba que se había fugado de la cárcel hacía dos minutos. Era un
ropero, pero de hierro, de esas viejas oficinas estatales. Tenía la cabeza
completamente rapada para disimular la calvicie incipiente, una cicatriz que le
cruzaba una ceja, la nariz grande y torcida de un codazo recibido en inferiores
y una forma de caminar de matón, de guapo de barrio. Si te lo cruzabas de
noche, te cruzabas de vereda, te cambiabas de barrio e incluso de país del
miedo que daba.
Pero lo que tenía de bestia, lo tenía de callado. Nunca una
declaración, nunca una puteada o hablar con el árbitro. De pedo que emitía
gruñidos cuando el entrenador lo sacaba o el árbitro lo amonestaba. En una
escaramuza contra Tiro Federal, el tipo, en lugar de meterse en la tangana, se
fue caminando despacito para el vestuario. Curiosamente, fue el único que no
fue sancionado e informado por el juez. De su vida privada se sabía poco y
nada. Igualmente, a casi nadie le interesaba. ¿A quién le importa la vida de un
rústico que juega en un equipo del fondo de la tabla? Ni a los hinchas del
equipo de esa ciudad. Según se sabía, estaba casado, tenía dos hijos y un Clio
donde entraban todos apretados.
Así era Mauro.
Jugó en muchos clubes y casi todos tenían algo en común:
peleaban el descenso. No importa cuáles. Podían cambiar los colores, la ciudad,
el técnico, los dirigentes, hasta el presidente. La situación era siempre
parecida. Raparda llegaba en agosto, libre o de última. En noviembre empezaban
las cuentas. En febrero había que sacar la calculadora. Y en marzo aparecía
algún dirigente diciendo que todavía dependían de ellos mismos. Algunas veces
zafaban, otras no. Y cuando eso ocurría, era recibido como un héroe. No porque
hubiera hecho un gol. Ni siquiera porque hubiera jugado un solo minuto de forma
decente. Sino porque en el fútbol, cuando zafás del descenso, es básicamente
porque te cagaron a pelotazos todo el año; terminan siendo figuras el arquero,
los dos centrales y, en alguna que otra ocasión, el otro rústico que oficia de
delantero y metió un par de goles.
Pero había algo de él que nadie conocía. Algo que no
figuraba en ninguna ficha técnica ni en las figuritas. Ni en las estadísticas
de los partidos. Hasta creo que ni la familia sabía.
Mauro Raparda escribía poesía. No hacía versos sobre fútbol.
Tampoco poemas sobre la gloria, la camiseta o la pasión. Escribía poemas de
amor.
De pérdidas amorosas. De la melancolía que producía la
lluvia sobre el tinglado de chapa del bar. De silencios que hablan de amor. De
esas cosas que uno supone que escribe un muchacho sentado junto a una ventana,
mirando cómo se moja la calle mientras escucha Coldplay. No de una bestia
rústica escuchando Slayer con auriculares, porque en la concentración ponían
cumbia y, claro, él no quería joder a nadie.
Raparda escribía los poemas después de entrenar. Llegaba a
su casa, se sacaba los botines, se bañaba y se sentaba frente a una notebook
vieja. Y escribía. A veces hasta la madrugada.
Tenía una sensibilidad que nadie hubiera imaginado. Era capaz
de escribir sobre una mujer que se levantaba con los ojos llorosos, dejando su
perfume en el aire, y convertir ese detalle en una tristeza que duraba tres
páginas. Podía hablar de una taza de café que quedaba sola sobre una mesa y
hacer que pareciera la última taza de un par de enamorados que nunca más se
iban a ver. Escribía muy bien. Era una bestia, pero en este campo, en el buen
sentido de la palabra.
Pero no firmaba con su nombre. Firmaba con un seudónimo:
“Dos ángeles”.
Nadie sabía por qué. Es más, nadie sabía que era él. Capaz
le daba vergüenza o lo hacía como catarsis de tanta patada asesina que daba en
los partidos.
Una vez, el club tenía que jugar contra Godoy Cruz, un viaje
en micro que te dejaba un callo en el tuje. Ahí se llevó la notebook. Mientras
se quedó pensando, un compañero leyó de reojo un fragmento de lo que estaba
escribiendo y finalmente le preguntó:
—¿Esto lo escribiste vos?
Raparda cerró la computadora.
—No.
—Pero hace un rato estabas tipeando.
—Me lo mandaron.
—¿Quién?
Raparda lo miró unos segundos, buscando una mentira,
mientras se ponía colorado.
—Un poeta.
El compañero no insistió. Con Raparda no convenía insistir.
Porque todos pensaban que afuera de la cancha era como adentro.
Durante años escribió en secreto. Hasta que un día decidió
juntar algunos poemas y publicar un libro. Lo hizo de manera autogestiva. Pagó
la impresión como pudo, consiguió una pequeña editorial, armó una tapa sencilla
con ChatGPT y lo publicó. Unos modestos cien ejemplares. Obviamente, usó su
seudónimo de “Dos Ángeles”. Al principio vendió poco. Pero él estaba hecho:
tener una publicación es algo que a todos los escritores les encanta. Es una
realización. Pero, de a poco, empezó a recomendarlo alguna gente. Una librería
lo puso en una mesa. Después otra. Y el pleno fue cuando el destacado poeta
Oscar Pallares leyó uno de los poemas de Dos Ángeles en la radio. De los cien
ejemplares, la editorial se había quedado con cincuenta, y Raparda con otros
tantos. La pequeña editorial le explicó todo el boom que habían generado esos
pocos ejemplares. El jugador estaba en otro planeta; él solo escribía, pero vio
que la había distribuido bien y mandó a hacer cien copias más. Los libros
volaron.
La gente hablaba de la sensibilidad de ese escritor desconocido.
De su capacidad para hablar del amor sin caer en lugares comunes. De la
tristeza. De la fragilidad. De la belleza de las pequeñas cosas. Nadie sabía
quién era Dos Ángeles. Y el anonimato a veces ayuda mucho. Porque había algo
misterioso en ese poeta que nadie conocía.
Hasta que una editorial grande se interesó. Una
multinacional. Lo llamaron. Querían publicar su próximo libro.
Mauro fue a la reunión con los directivos vestido como
siempre. Pantalón deportivo. Zapatillas. Una remera negra de Hermética. La
cicatriz. La nariz. La cabeza pelada. Parecía que había salido de un pogo.
Los directivos lo miraron.
Raparda los miró a ellos.
Hubo unos segundos de silencio.
—¿Usted es Dos Ángeles?
—Sí.
Uno de los directivos bajó la mirada. Otro se acomodó en la
silla. Una mujer que estaba tomando café dejó la taza sobre el plato. No sabían
qué hacer. Habían imaginado otra cosa. Un poeta joven. Tal vez flaco. Tal vez
con barba. Tal vez con anteojos. Alguien que hablara despacio y usara palabras
lindas, y empilchado con ropas de primeras marcas compradas en Palermo. No un
tipo que parecía capaz de doblar una puerta de una patada, con cara de ex
presidiario.
Pero el libro había vendido. Y muy bien. Eso era lo
importante. No quién lo escribía. Si lo hubiese escrito un gorila afeitado,
daba lo mismo. Así que decidieron correr el riesgo. Le propusieron publicar el
segundo.
—Hay una condición —dijo uno de los directivos—. Queremos
mantener el seudónimo y, por supuesto, el anonimato.
—Curioso, yo les iba a proponer lo mismo —respondió con una
sonrisa Raparda.
El nuevo libro salió firmado por “Dos Ángeles”. No había
biografía del autor, mucho menos fotos de él. Vendió todavía más que el
primero. Pero seguía sin saberse quién era.
Sus compañeros lo notaron raro: estaba más conversador, más
animado, por fin había arreglado el paragolpe y la parrilla del Clio, al que le
faltaba el rombo. Y, en los partidos, siguió siendo el mismo picapiedra bruto
de toda la vida; eso no cambió para nada. Fueron meses y meses en los que
disfrutaba de sus dos pasiones: una donde ponía la cara… el codo, los tapones,
y la otra donde ponía su corazón.
Hasta que llegó la Feria del Libro. La editorial organizó
una presentación. Y no podía esquivar el bulto, literalmente, de presentar al
autor.
Había periodistas, lectores, escritores, gerentes de la
editorial y un montón de personas que habían ido solamente porque habían leído
el libro y querían conocer al misterioso autor.
En el escenario había una mesa. Un micrófono. Una copa. Una
botella de agua.
Y un cartel enorme:
DOS ÁNGELES. Presentación de su nuevo libro.
La gente esperaba. Algunos hablaban en voz baja. Otros
tenían el libro en la mano. Hasta que apareció un gigante parecido a un ogro,
con la remera del disco “Walls of Jericho” de Helloween, unos jeans y un libro
que parecía pequeño en semejante manota: era Mauro Raparda. Caminó hasta el
escenario como si fuese gigantón. Se sentó pesadamente. Y durante unos segundos
nadie entendió nada. Una señora miró a otra. Un periodista lo reconoció
enseguida. Un muchacho lo miraba como quien mira a un marciano.
Alguien preguntó:
—¿Y el escritor? ¿Es este? ¿Este carnicero?
Nadie respondió. Algunos creyeron que se trataba de una
puesta en escena de la editorial.
Raparda acomodó el micrófono.
—Buenas noches.
Se hizo silencio. Pero, de a poquito, empezaron los
murmullos. Uno de los directivos de la editorial, que estaba parado al costado,
cerró los ojos. Ya estaba arrepentido, pero pensó en la buena guita que habían
hecho con el libro.
Raparda tomó el libro.
—Voy a leer algunos poemas de mi autoría, bajo mi seudónimo
“Dos Ángeles”.
Y empezó.
El primero hablaba del sentido del amor. Era un poema
hermoso. Muy delicado. Que el amor era como un vapor que desaparecía. Del frío
que iba entrando por la ventana. De una silla vacía, donde se había sentado el
amor de la vida de alguien. Y que las despedidas empezaban mucho antes del
adiós.
Cuando terminó, hubo unos segundos de silencio.
Después alguien se rió.
Fue una risa aislada.
Raparda siguió. Leyó otro. Era todavía más triste y
conmovedor. Hablaba de un hombre que guardaba una carta que nunca se animaba a
enviar. Después, uno sobre la lluvia. Después, otro sobre el miedo a perder a
alguien.
Los poemas eran realmente buenos.
Muy buenos.
Pero la gente ya no podía contenerse. Algunos se tapaban la
boca. Otros miraban hacia abajo. Una mujer directamente tuvo que salir del
salón porque se estaba riendo.
Raparda no entendía. Pero siguió leyendo.
—“Hay personas que en la vida son un silencio...”
No pudo terminar. Desde el fondo alguien soltó una
carcajada. Entonces se contagió todo el salón. Los periodistas. Los lectores.
Los empleados de la editorial. Hasta uno de los directivos, que había estado
aguantando desde el principio, terminó riéndose.
Raparda los miró. Serio. No entendía.
—¿Qué pasa?
Nadie podía explicárselo. Porque no se reían de los poemas.
Los poemas eran hermosos. Se reían de él. De la contradicción.
De ese tipo enorme, pelado, narigón, lleno de cicatrices,
que durante veinte años había entrado a las canchas dispuesto a romper todo lo
que se le cruzara por delante y ahora estaba sentado frente a un micrófono
hablando de la fragilidad del alma.
Raparda siguió leyendo igual.
Terminó el libro.
La gente aplaudió a mas no poder. Todos de pie.
Muchos se acercaron después para pedirle que firmara. Se
hizo una fila interminable. Algunos le pedían que firmara como “Dos Ángeles” y
otros como Raparda.
A partir de ese día dejó de ser un secreto. La gente
descubrió quién era el poeta.
Durante un tiempo hubo notas en los diarios:
“El rústico que escribe poesía”.
“El rompehuesos de la literatura”.
“Raparda: te rompe el corazón y una pierna”.
“El poeta de la patada”.
A Raparda no le gustaban demasiado esas notas. Él decía que
no entendía qué tenía que ver una cosa con la otra. Y quizás tuviera razón.
Porque una persona puede ser muchas cosas. Puede ser brutal y delicado.
Raparda siguió escribiendo. Con los años, su nombre empezó a
aparecer en las librerías con la misma naturalidad con la que había aparecido
alguna vez en las tarjetas de los árbitros.
Los lectores ya no se sorprendían de encontrarlo. Sabían que
detrás de aquella cara de pocos amigos había alguien capaz de escribir sobre
una despedida, una infancia, una mujer, una tarde de lluvia o una mesa vacía.
Hace años que se retiró del fútbol. Pero no de la
literatura.
Ahora escribe libros de humor.











































