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Pase nomás
No sé por qué estoy acá. Bah. . . mejor dicho, no entiendo cómo terminé acá. Estoy tratando de acordarme, pero se me juntan los recuerdos. Usted me mira como si ya supiera toda la historia, pero yo no. Yo necesito ordenar las cosas. Si me deja, se las voy contando desde el principio. Capaz, mientras hablo, me acuerdo de qué fue lo último que pasó.
Yo era un tipo bastante normal. Laburaba, volvía a casa,
puteaba cuando aumentaba todo, me peleaba con la factura de la luz y, como
cualquier cristiano, esperaba que llegara el fin de semana, para descansar o
jugar con mis nietos. Pero había una sola cosa que realmente me alteraba la
existencia: el fútbol.
No digo que me gustara. Gustar le gusta a cualquiera. Lo mío
era otra cosa. Era un enfermo. Un termo, bien pero bien termo eh. ¿Me entiende
lo que digo, no? No, digo por esa cara de sorpresa.
Toda la semana giraba alrededor del partido del domingo. Si
jugábamos el sábado, mejor todavía, porque arrancaba el fin de semana con una
ilusión. Si jugábamos el lunes era un castigo. Entre semana, ni hablar, era un
parto. Ir a la cancha era un ritual.
Me levantaba temprano, aunque el partido fuera a la tarde,
me hacía acordar cuando era un nene y llegaban los sábados para ir a jugar a la
canchita de la esquina. Estábamos todo el sábado dándole a la pelota… que
tiempos. Preparaba el mate, elegía siempre la misma camiseta, con la que
clasificamos a una Libertadores, allá lejos y hace tiempo. Creo que pasaron
como veinte años ya. Almorzaba con mi señora, mi hija traía a mis nietos. Y
después, bajaba la comida caminando a la cancha.
Y ahí ya empezaba el partido. Porque el fútbol no empieza
cuando rueda la pelota. Empieza cuando ves los primeros colores de tu club
mezclados entre la gente. El padre llevando al hijo a la cancha. El grupo de
amigos tomando birra en la esquina. Cuando te viene el aire cargado con el
olorcito a los choris. Cuando escuchás un bombo a tres cuadras. Yo me
transformaba. Eso era vida, mi querido amigo.
En la semana era un tipo tranquilo. En la cancha me convertía
en director técnico, preparador físico, árbitro internacional, presidente del
club y psicólogo del nueve que no hacía un gol ni al arco iris. Puteaba. Si un
defensor rechazaba para cualquier lado, yo sabía exactamente cómo tenía que
haber salido jugando. Si el técnico hacía un cambio, yo ya lo había pensado
diez minutos antes. Si el árbitro cobraba un lateral al revés, automáticamente
pasaba a ser el hijo de una familia que prefiero no describir.
Y cada partido era una final. No importaba si jugábamos por
el campeonato, por una copa o por ver quién terminaba decimocuarto. Yo sufría
igual. Mi señora me decía siempre lo mismo.
—Un día te va a hacer mal.
Yo me reía.
—¿Qué me va a hacer mal? Si esto es fútbol.
Ella me miraba con esa cara que ponen las mujeres cuando
saben que uno está por decir una pelotudez inmensa y desisten de contestar para
no mandarte a la mierda por cariño.
La primera vez que sentí algo raro fue en la cancha. Íbamos
perdiendo un partido increíble. Lo tuvimos en un arco a esos hijos de puta,
ellos legaron una vez, y adentro. Amigo, no sabés la mala sangre que me hice.
Pero no era mala sangre, o si, y eso me había llevado a otra cosa. Sentí como
si alguien estuviera parado sobre el pecho. No le di bola, se me iba a pasar,
pensé. Y se pasó nomás.
A la semana siguiente me volvió a pasar en una discusión en
la oficina, con el pelotudo de Carlos que se me puso a cargar cuando él tenía
menos fútbol que Flavio Mendoza. Y otra vez ese dolor que apretaba el pecho. Se
volvió a pasar. Pero me dejo algo preocupado.
Hasta que una tarde, subiendo la escalera en lo de mi hija,
me faltó el aire. Mi señora ya no preguntó. Directamente pidió turno con un
cardiólogo. Ahí empezó el acabose. Me hicieron más estudios que a un
extraterrestre en el Area 51: electrocardiograma, ecocardiograma, prueba de
esfuerzo, holter… ese aparatito todo un día puesto, que rompía las bolas como
mi señora.
Cuando terminé con todo eso, el médico apoyó la lapicera
sobre el escritorio, me miró por encima de la historia clínica y dijo:
—¿Usted vive el fútbol muy intensamente? —. Pensé que era
una cargada. Pero claro, yo me fui con la campera del equipo, una gorra de lana
del equipo. Cualquier boludo hubiese acertado.
—¿Cómo sabe?
—Porque tiene la presión por las nubes.
Después siguió enumerando cosas. Hipertensión. Un soplo. El
corazón trabajando más de la cuenta.
Y remató con una frase que me cayó peor que un descenso.
—No vaya más a la cancha.
Yo esperaba una dieta, que haga ejercicio… bueno, si también
me pidió que haga eso. Pero bueno, esa no me la esperaba. Entre que dejar el
pucho o la cancha, me costaba más dejar ir a la cancha.
Yo iba a ir igual. Pero mi familia me amenazó de muerte. La
bruja me dijo que me iba a dejar definitivamente, mi hija que no me iba a dejar
ver a mis nietos. Que a nadie le servía muerto o que quede pelotudo. Así que
bueno, hubo que aceptar. Por lo menos me quedaba la tele. No me quedó otra que
comprar el pack fútbol, solo para ver un partido: el de mi club.
El primer domingo me quedé sentado en el sillón como un
perro al que le cerraron la puerta y lo dejaron del otro lado. A la hora en que
siempre salía, miré el reloj. A la media hora imaginaba que mis amigos ya
estaban entrando. Después me acordaba de los puestos de choripán, del olor a
humo, de los bombos… Y me quería morir. Bueno… es una forma de decir. No me
mire así, no era literal.
Lo empecé a mirar por televisión. Pensé que iba a ser más
tranquilo. Fue muchísimo peor. Porque en la cancha uno descarga: grita,
insulta, silba, canta, se va de mambo. En casa solo podía putear. En el sillón
uno acumula, pero al menos podía tomar una cervecita que nunca terminaba y
quedaba caliente a medio tomar porque me quedaba puteando a todos estos
muertos. El control remoto terminó varias veces incrustado contra un almohadón
para no romper el televisor. Mi señora me empezó a tomar la presión en los
entretiempos, solamente para que después dijera que ella tenía razón. Parecía
un control antidoping. Era el Diego con la enfermera en el Mundial del 94. Los
números daban miedo: 160/90, un día de partido, 170/95 otro. Los días de semana
120/70… y si, era el fútbol nomás… ¿Lo estoy aburriendo? Ah, bueno, sigo
entonces.
El cardiólogo volvió a retarme.
—Usted dejó la cancha, pero no dejó el fútbol.
Y tenía razón. Me fui de ese consultorio convencido de que
el médico estaba completamente loco. ¿Cómo iba a dejar el fútbol? Era como
decirle a un pescador que no mire el río o a un músico que no escuche
canciones.
Pero esa noche, mientras cenábamos, mi señora me dijo algo
que me quedó dando vueltas.
—¿Vos te diste cuenta de que nunca disfrutás un partido?
No entendí.
—¿Cómo qué no?
—No. Vos sufrís noventa minutos. Si ganan, festejás diez. Si
pierden, te amargás tres días. Y cuando empatan, también encontrás un motivo
para calentarte.
Quise discutirle. No pude. Porque tenía razón.
Mi hija, que hasta ese momento había permanecido callada,
remató:
—Papá, hasta los nenes se asustan cuando te ven tan pelotudo
por un simple partido.
Nunca me había dado cuenta. Para mí era normal. Normal cenar
con cara de orto porque el nueve había errado un penal. Normal acostarme de mal
humor y no darle bola a mi señora. Normal levantarme el lunes con cara de
velorio porque un defensor había rechazado mal una pelota el domingo. Normal
querer cagarme a piñas con el boludazo de Carlos.
Pero visto desde afuera… Era ridículo.
A la semana siguiente volví al médico que tenía que ver
otros estudios que me hice.
Me acomodó unos estudios arriba del escritorio y fue directo
al grano. Ni me saludo el carnicero.
—Losartán, 50 miligramos a la mañana y a la noche.
Amlodipina 10 como refuerzo por la tarde. —Volvió a anotar— Y si en algún
momento siente que la ansiedad lo supera, tiene Clonazepam. Pero úselo sólo
cuando sea necesario.
Yo asentía mientras pensaba que el verdadero remedio era que
el cinco aprendiera a dar un pase a dos metros o ganar un puto campeonato. Pero
bueh, así es el organismo, cuando dice basta dice basta. A min o me dijo basta,
solo sonaron las alarmas. Y la verdad es que quiero a mi familia y me puse a
hacer caso. No quedaba otra. Otra vez me sentí como el Diego en el 94, con las
piernas cortadas.
Decidí jubilarme del mundo del fútbol. Si aparecía algo en
el noticiero cambiaba de canal. Abría Facebook y me mostraba goles, cerraba y a
otra cosa. Mis amigos entendieron enseguida. El grupo de WhatsApp, que antes
explotaba todos los fines de semana, cambió completamente conmigo. Cuando yo
escribía, hablaban del clima. De política. De cuánto estaba el kilo de asado.
Pero nunca de fútbol. Yo creo que tenían un grupo paralelo para hablar de
fútbol. Al principio me daba bronca. Después empecé a agradecerlo.
En el trabajo pasó algo parecido. Los lunes que eran
insoportables con el fútbol, ahora había un silencio de desierto. Parecía el
desierto de Atacama. Ni siquiera tosían. Antes discutíamos una hora sobre el
partido del fin de semana. Era tan evidente que me estaban ocultando algo que
hasta resultaba gracioso.
—¿Qué pasó?
—Nada.
—¿Quién ganó?
—No sabemos.
—¿Cómo que no saben?
—No vimos nada.
Mentían horrible. Había uno que seguía teniendo la bufanda
del club colgada en la silla. Otro venía con la voz rota de tanto cantar o
haber gritado un gol agónico. Pero ninguno me decía una palabra.
Con el tiempo me fui acostumbrando. El fútbol desapareció de
mi vida. Así de simple. Era como si el deporte hubiese dejado de existir.
Los domingos se transformaron en otra cosa. Al principio no
sabía qué hacer. Luego salía con mi mujer, la llevaba a merendar, a cenar. Íbamos
a lo de mi hija nosotros. Arreglaba cosas en casa salía a caminar. Hasta empecé
a leer… ¡Leer!
Al tiempito nomas la presión empezó a bajar, se mantuvo
bien. Dormía mejor. Hacía caminatas. No discutía. No me enojaba por pavadas. Mi
señora después de tanto tiempo empezó a sonreírme de nuevo. Mi hija me dejaba
los nietos para que los lleve a la plaza. Hasta el cardiólogo me felicitaba.
Pasó un año. Después otro. Dos años enteros. Dos años sin
saber quién salía campeón. Ni quienes estaban en la selección o si había habido
mundial o no. Bueno, si, del Mundial me enteré porque es imposible no
enterarse. Pero ni bola le dí. Nosotros no porque no escuché mucho quilombo.
Estaba completamente abstraído. Ya no extrañaba tanto al fútbol… O eso creía.
Hasta que un domingo me desperté temprano, como siempre.
Desayuné tranquilo uno mates con la patrona. Leí un rato. Mire Facebook.
Después me puse a acomodar unas herramientas que hacía meses venía prometiendo
ordenar. Otro domingo normal. Pero cerca del mediodía escuché el primer
estruendo.
¡Pum!
Levanté la cabeza.
Pensé que era una cubierta de un camión o algún boludo con
petardos. Seguí con lo mío. Cinco segundos después…
¡Pum! ¡Pum! ¡Pum!
Vibraron todos los vidrios. Me re cagué todo. Me asomé por
la ventana. No vi nada.
—¿Qué pasa? —pregunté.
Mi señora apareció desde la cocina.
—No sé.
Aunque me dio la impresión de que sí sabía.
Volví a guardar unas llaves inglesas en una caja cuando
empezó otra vez. Esta vez no eran solamente bombas. Había bocinas. Demasiados
bocinazos ¿Argentina campeón de algo? Nah, si estábamos en diciembre. Y después
empezaron los gritos. P ero gritos de alegría. Como cuando alguien mete un gol
sobre la hora. Ahí sentí una cosquilla. Una de esas intuiciones que uno no puede
explicar.
Miré a mi señora.
Ella evitó mirarme.
Eso me confirmó que algo estaba escondiendo.
—¿Qué pasó?
—Nada.
—No me digas "nada" porque parece que explotó
medio barrio.
No contestó.
Entonces apareció mi hija, que venía con los chicos. También
con esa cara rara. Los pibitos delataban que algo pasaba porque estaban a los
saltitos y gritando.
—¿Qué pasó? —insistí.
Silencio.
Ya me estaban poniendo nervioso.
—¿Nos invadieron? —dije en joda. Pero ya me estaba subiendo
la presión.
—¿Ganó la Selección? —me atreví a aventurar por más que
pareciera un pelotudo.
Me dijeron que no.
Las bocinas seguían. Los petardos parecían multiplicarse. En
la esquina alguien empezó a cantar. Se le sumaron varios más. Ya era una
muchedumbre de voces que daban forma a una canción de cancha. Yo conocía esa
letra. Me acerqué a la ventana. Enfrente, un vecino salió al balcón con una
bandera. No la veía bien. El viento la doblaba. Intenté distinguir los colores.
No pude, tenía que ir a buscar los anteojos. Entonces pasó un auto tocando
bocina. Después otro. Y otro. Todos con banderas. La calle empezó a llenarse de
gente. Tipos arriba de las camionetas agitando camisetas. Parecía Año Nuevo. O
un Mundial. Sentí que algo se empezaba a mover adentro mío. Mi corazón sabía
que estaba pasando y porque estaba pasando. Mi cerebro para cuidarme se hacia
el boludo. Me di vuelta.
—Decime qué pasó.
Mi señora suspiró. Mi hija bajó la mirada. Ninguna hablaba.
Hasta que escuché un grito desde la vereda. Un grito largo. Desaforado. Escuché
el nombre de mi club. Mi cerebro ya no se podía hacer el pelotudo. Me quedé
duro. No sabía qué hacer. Miré a mi señora. Tenía los ojos llenos de lágrimas.
Sonrió apenas. Y dijo despacito:
—Salimos campeones.
No pregunté de qué. No hacía falta. Lo entendí enseguida.
Campeones. Por primera vez en toda la historia del fútbol argentino. Si el
campeón era el barrio, mi barrio, mi club. Sentí que el piso desaparecía. No
lloré. Primero me reí. Después me largué a llorar. Me apoyé en el marco de la ventana
porque las piernas me temblaban. Quería salir. Quería abrazar a cualquiera.
Quería cantar. Quería llamar a mis amigos. Quería ver los goles. Quería saber
cómo había sido. Que equipo teníamos. A quien le cagamos el campeonato. Dos
años sin mirar un solo partido. . . y el día que mi club hacía historia me
enteraba por los petardos del barrio. Pero la puta madre que lo pario.
Me agarré el pecho. Pensé que era la emoción. Respiré hondo.
No pasó. La presión siguió ahí. Como una mano enorme apretándome desde adentro.
Escuchaba cada vez más lejos las bocinas. Las canciones. Los bombos. Mi señora
decía algo. No llegaba a entender qué. Mi hija me sostenía del brazo mientras
hablaba con alguien en el celular. Quise decirles que estaba bien. No me salió
la voz. Después sentí un calor raro. Muy raro. Como si todo el cuerpo se
volviera liviano…
Y…
Bueno…
Hasta ahí me acuerdo. Lo siguiente fue estar acá, hablando
con usted que me mira raro desde que llegué.
Por eso le decía al principio que no entiendo cómo llegué.
Lo único que recuerdo con claridad es haber escuchado que mi
equipo, por fin, había salido campeón.
Después… Nada.
Entonces San Pedro, que hasta ese momento estaba callado,
carraspeó, lo miró por encima de sus lentes y le dijo:
—Pase, pase, nomás.
Sábados de Fontanarrosa. Hoy: "Pabis, Gurus, Laxos & Praxis. Los clásicos según Fontanarrosa"
Ya no quedan más guapos.
Dicen que los guapos se acabaron cuando se inventó la pólvora. Yo creo que nunca
existieron. Pero vayamos por partes: el ser humano, con el tiempo, fue
aprendiendo a dominar casi todo. Domesticó animales, cruzó océanos, llegó a la
Luna, inventó internet y hasta consiguió que un teléfono lo obedeciera en todo;
luego pasó al revés... También descubrió la inteligencia artificial, que puede
descifrar enigmas matemáticos de hace miles de años o hacer memes de Julio
Iglesias.
Pero la naturaleza, que nunca pierde el sentido del humor, cada tanto nos
recuerda que seguimos siendo bastante vulnerables. No hay aviones caza o
ejército que nos defienda de algo tan simple como una cucaracha voladora. De
por sí, la cucaracha común ya es un problema. Da asco, sí. Pero todavía existe
un acuerdo implícito entre ella y uno. Ella corre. Vos te hacés un poco el
boludo, buscando algún insecticida, y terminás revoleando un chancletazo. Se
esconde abajo de la heladera y durante dos semanas caminás por la cocina con la
paranoia de que en tu casa se instaló una célula terrorista que en cualquier
momento te hace volar todo a la mierda. Encima, una cucaracha vive como un año.
Tiempo suficiente como para poner la casa en venta y rajarte a la Antártida.
Encima están los que dicen que una cucaracha puede sobrevivir sin cabeza una
semana, y anda de lo más bien... El cuento del "jinete sin cabeza",
al lado de este, es un capítulo de los Ositos Cariñosos.
Ahora... la cucaracha voladora es otra especie. Es una evolución. Es la
versión "premium, plus, cash, full" del terror. ¿Y sabés qué es lo peor? Que huelen el miedo.
Perciben el momento exacto en el que tu cerebro dice: "¿Será voladora,
che?". Y vuela. Y no solo vuela, sino que la hija de puta es como esos
aviones caza por velocidad y precisión. Te pasa rozando la cara, la cabeza, la
dignidad. Le tirás un chancletazo y la muy astuta hace un movimiento que
desafía todas las leyes de la física. Se mueve a una velocidad solamente
comparable con un Caballero del Zodíaco esquivando un meteorito. Pero da mucho
más miedo. Porque al Caballero del Zodíaco, en el peor de los casos, lo salva
Athena, o al menos, desde donde está secuestrada por milésima vez, te tira un
cacho de cosmos. Acá estás solo, amigo.
Hace 300 millones de años que están rompiendo las pelotas en la Tierra. ¿Su
función? Asustar. Imaginate estar en el período Cretácico, en el tardío. Un
tiranosaurio mirando entre las ramas a una manada de triceratops. Sigiloso, en
silencio, a punto de cazarlos. Los triceratops presienten que hay algo malo en el aire. Todo es un silencio
bastante tenso. Hasta que aparece ella: una cucaracha voladora. Los triceratops
huyen en manada; el tiranosaurio aprovecha y también raja, pero para el otro
lado. Le cagó el morfi al pobre dinosaurio de los bracitos y encima mató de un
infarto a cuatro triceratops viejos.
Cuando llegó el meteorito, los dinosaurios al menos celebraban que las
cucarachas se iban al más allá con ellos. Pero no, sobrevivió. Y no solo al
meteorito. De tres eventos masivos de extinción, la muy forra sobrevivió a los
tres. No sobrevivió a los dos anteriores porque todavía no existía; si no, te
la pasaba de taquito, como a la bomba atómica o a la glaciación.
La cucaracha no se queda quieta. Te mira. No es
una mirada cualquiera. Es una mirada de estudio. De análisis. Como si fuese
Clint Eastwood en el western "El bueno, el malo y el feo". Calcula tu
respiración. Ve cómo se te forma esa primera gotita de sudor en la sien.
Escucha tus pensamientos. Vos no la ves, pero esboza una sonrisa macabra. Y ahí
toma una decisión. Le mete nitro, mientras vos, como un boludo miedoso, más
miedoso que boludo, porque el miedo no es boludo, tratás de sacarte una
zapatilla o buscás algo para tirarle, y se lo revoleás. Entonces arranca. Como
diciendo:
—¿Qué tirá', logi? ¿Ahora va' ve'?
Y viene. No viene por el celular. No le interesa tu billetera. No quiere el
televisor. No quiere ocupar ilegalmente tu casa. Viene por algo mucho más
valioso: tu dignidad.
Ese pedacito de dignidad que todavía conservabas después de haber llorado
viendo una película de un perro que se cagó muriendo, y que sabías que se iba
a morir porque te lo dijeron todos tus amigos, viste el tráiler unas ocho
veces, pero aun así vas, la ves y llorás como un boludo. Mirá que se te aviso eh.
Si el encuentro ocurre en la calle, no existe una salida decorosa. Ahí solo
le revoleás la dignidad: corrés dos cuadras haciendo movimientos que
avergonzarían a cualquier bailarín de folclore o ballet. Si vas con tu novia o
esposa, te terminás divorciando, porque alguien como ella no puede estar con
alguien tan cagón. Un metro ochenta, casi cien kilos, contra una periplaneta
americana de apenas dos gramos y cuatro centímetros de grande. La pelea es
completamente desigual. A favor de la cucaracha, obviamente. Ahora, si estás
con un grupo de amigos, la cosa no es tan grave: salen todos corriendo, cada uno
por su lado, y nos vimos, sálvese quien pueda. A la mierda el concepto de “El
Eternauta”: del "nadie se salva solo" al "nadie se salva… de ese
bicho de mierda".
Para mí, los gatos organizan reuniones después de estas escenas:
—¿Viste al boludo de mi humano?
—Sí, el mío hoy se subió arriba de una silla.
—Vos porque no viste al mío: llamó al 911, a la OTAN, a la ONU, a la Liga
de la Justicia y terminó corriendo desnudo al patio.
Y todos se ríen. No, qué van a maullar porque están en celo; maúllan
cagándose de risa de nosotros.
Mientras tanto, la cucaracha empieza a batir las alas. Pero no como un insecto. No. Como si estuviera desfilando en una escola do samba. Con una confianza ofensiva. Con un despliegue artístico. Hasta parece que escuchás percusión de fondo. Parece un tema de Slayer.
Es ahí cuando aparece el último resto de testosterona que te quedó
escondido en alguna parte del organismo. No sabés de dónde sale. Pero sale.
Pegás un pisotón. Un pisotón desesperado. Como si estuvieras intentando marcar
al mejor Messi. Y, de puro milagro... le pegás. A partir de ahí ya no hay
estrategia. No hay técnica. No hay orgullo. Hay una catarata de pisotones:
Uno.
Dos.
Diez.
Treinta.
Doscientos.
Perdiste la cuenta.
Seguís pisando, aunque hace veinte pisotones que dejó de existir. Ya se
desintegró. Ya se hizo uno con el universo, o con la suela de la zapatilla.
Vaya uno a saber. Cuando finalmente levantás el pie, la cucaracha ya fue
reducida a una colección de átomos cuánticos imposibles de identificar por la
ciencia moderna.
Y vos también. Porque junto con ella quedó aplastada tu dignidad, tu
autoestima y cualquier posibilidad de dormir tranquilo durante los próximos
cuatro días, o tal vez años. Si entró una, pueden entrar dos, o tres, o
cuatrocientas cincuenta. También pensás: "Mirá si tenía amigos o familia y
quieren vengar esto". Ya no es una simple cucaracha voladora, es una Orca
asesina, cuya especie clama venganza eterna. Esa noche, antes de apagar la luz,
revisás abajo de la cama. Atrás de la cortina. Dentro de las zapatillas.
Adentro del lavarropas. Hasta abrís el microondas, por las dudas. Y cuando por
fin te acostás, convencido de que sobreviviste... sentís un cosquilleo en el
brazo. Te levantás sobresaltado y con palpitaciones: no era nada, era un simple
pelo de gato. Pero ya es tarde. Dormir tranquilo ya no es una opción.
La pizza fría.
A Walter Sanabria todavía hoy le dicen "ídolo" los tipos que lo cruzan en la calle. Algunos ya peinan canas. Otros eran chicos cuando él jugaba y apenas lo recuerdan por algún video borroso en YouTube. Da igual. Para esa clase de gente, un ídolo nunca deja de tener veinte años. Nunca deja de gambetear, de meter goles. Aunque también hoy alguno lo putean, lo miran con recelo, porque si hay que ensucian a uno son los malos políticos, los garcas que nunca faltan para lavar su imagen a costa de la suya.
Walter siempre sonrió cuando lo saludaban. Aunque estuviera
apurado. Aunque viniera de hacer una changa de albañil, con las manos todas
callosas, cuarteadas. Siempre daba la mano, por más que el otro le gritara
desde la otra cuadra. El tipo iba, se acercaba y le estrechaba la mano. Porque sabía lo que significaba ser ídolo,
sabía lo que significaba el club. Su club. El club de todos.
No había nacido para jugar en Europa ni para salir en la
tapa de las revistas. Era una especie de Garrafa Sánchez o el Máquina
Giampietri. El potrero en las venas y en las acciones cotidianas. Había nacido
para jugar en un club del ascenso, de esos donde tanto los jugadores como el
utilero se toman tres colectivos para llegar temprano, o al menos, a horario
cuando es día de semana.
Ahí debutó. Ahí
aprendió que, en el hambre de gloria, primero siempre está presente el hambre,
la gloria es posterior, si es que viene, porque siempre es esquiva. Pero lo que
hay que conseguir primero, es tapar el hambre.
Durante años fue el mejor jugador del equipo. El diez, el
capitán, el que se bancaba las patadas y seguía pidiendo la pelota. El que
tiraba un caño, un lujo por más que el equipo estuviese perdiendo. Los domingos
la gente iba a verlo a él. Era un lindo personaje, en los tiros de esquina, se
ponía a hablar con algún hincha de la popular y siempre le preguntaba como
quería que tirara el córner. Después de los partidos, se quedaba como una hora
firmando camisetas, charlando con algunos viejos que demoraban la llegada a
casa para caer justo a la hora de la cena. Era un hermoso personaje.
Hasta que llegó el llamado de San Lorenzo. La gente pensaba
que no se iba a ir, pero todos decían que era hora que jugara en primera, a
pesar de que ya rozaba los treinta años. También que iba a hacer una pequeña
diferencia económica. En eso no se equivocaron: le ofrecieron apenas un
contrato bastante mejor que el que tenía y la posibilidad de dejar de contar
monedas para llegar a fin de mes.
En Boedo jugó bien. No fue figura del campeonato ni fue
llamado de la selección. Cumplió. Puso lo que había que poner. No descolló,
pero tuvo actuaciones memorables de cuando en cuando. Y en lo económico, le fue
bastante mejor: compró una casa para la vieja, cambió el auto por uno que
arrancaba todos los días y logró ahorrar un poco. Nada extraordinario. Lo
suficiente para pensar que el día de mañana no iba a pasar necesidades. Aunque
en este país eso nunca se sabe.
Cuando empezaron a ponerlo en el banco, sintió que le estaba
robando al club, y que el club le estaba robando a él. Siempre quería jugar, no
importaba ni cómo ni dónde. Él quería jugar. Entonces apareció un interés de
Atlético Tucumán, pero no quería estar lejos de casa, tampoco. Colón le ofreció
algo similar, pero tampoco agarró viaje. Ya sobre el final del mercado de pases
apareció Banfield y se lo llevó. Jugó dos temporadas, bastante correctas, donde
se ganó a la gente, tal como lo había hecho en sus dos clubes anteriores.
Finalmente, la dirigencia no quiso renovarle y se quedó con el pase en su
poder. Apareció un ofrecimiento de Danubio de Uruguay, pero no quiso saber
nada. Era más plata que la que ganaba en Banfield, pero a él le tiraba el
barrio, su viejo club. Y ya con treinta y cinco años, en lugar de asegurarse la
jubilación de privilegió, prefirió irse a su viejo y amado club del ascenso.
Todos le dijeron que estaba loco. Que hubiese agarrado lo de Danubio. Pero la
guita no le interesaba. Habló con un par de dirigentes y volvió al club del
ascenso. A su Club.
El día de la presentación fueron más de cuatro mil personas.
Parecía una final. Algunos lloraban.
Otros llevaban camisetas viejas con el número diez. Walter habló cinco minutos. Dijo lo que diría
alguien como él. Que estaba en su casa, que no venía retirado sino a retirarse
y a demostrar que estaba entero.
Jugó dos temporadas más. La primera, casi rozan el descenso.
El equipo estaba destruido y nadie lo ayudaba a crear. Las únicas alegrías que
tenía la gente era cuando él la tocaba. Fantasía pura. Ya no corría igual, pero
seguía viendo pases que nadie veía para metérselos al nueve que nunca llegaba.
En el segundo año las cosas cambiaron, trajeron un rejunte
de jugadores como de costumbre, con la particularidad que esta vez algunos sí
funcionaron. Pasa todo el tiempo en los equipos de ascenso: llega un
contingente de jugadores nuevos, más de la mitad no funcionan, otros más o
menos y alguno sí, para luego rajarse. El torneo empezó parejo, hasta que el
equipo se afianzó. Todos jugaban para Walter. Era como jugar con un profesor o
un director de orquesta. Podríamos enumerar la cantidad de partidazos que jugó
el ídolo, de como le ganaron a Talleres de Escalada o a Brown de Adrogué,
incluso la remotada épica que hicieron contra Italiano, pero estaríamos un rato
bastante largo, la conclusión usted ya la sabe: ascenso del equipo por primera
vez en la historia al viejo Nacional B.
Cuando terminó el último partido, ya el ascenso se había
consumado dos fechas antes, Walter dio una vuelta olímpica con el hijo en
brazos. No necesitaba más. Se retiró esa misma noche, a pesar de que todos lo
quisieron convencer para que siga, ahora en el Nacional ¿Cómo no iba a ser
parte de eso? Pero dijo que no.
La cena de los campeones en diciembre fue emocionante.
Placas. Banderas. Lágrimas. Promesas de que siempre iba a tener las puertas
abiertas del club.
“Las puertas abiertas”, una bonita frase, pero casi nunca
incluye un sueldo, o una jubilación, en lo que respecta al futbol y mucho menos en el ascenso, casi, casi que es más que una condena al ostracismo.
Luego de un par de años, donde Walter se dedicó en cierta
forma a compensar a su familia con viajes y tiempo, se abrió un kiosco. Porque
la jubilación de los jugadores es temprana y sin jubilación, son solo una baja.
Los privilegiados son solo algunos, los de primera, uno o dos de cien que
llegan. Para los del ascenso, es un purgatorio eterno. Las cuentas empezaron a
acumularse. Si bien era el “kiosco de Walter Sanabria, el ídolo”, la gente no
tenía plata para comprar. Solamente se vendían puchos, y alguna que otra cosa.
La malaria se hizo insostenible. Primero dejó de reponer algunas golosinas.
Después las bebidas. Después cerró los domingos porque no caía ni el loro. Hasta
que un día bajó la persiana. Había que parar la olla y empezó a hacer changas:
pintar casas, cortar pasto… lo que saliera. El auto fue lo primero en venderse
ante la crisis. Lo sostuvo un par de meses, hasta que las changas también
comenzaron a escasear y había que buscar laburo.
Una mañana estaba esperando el colectivo para ir al centro
porque le habían dicho que buscaban personal en un depósito. Mientras miraba
venir el 60, un auto alemán negro frenó al lado. Walter pensó que lo iban a
secuestrar, pero como el cerebro a veces es tan irónico con uno mismo, pensó
inmediatamente quien iba a secuestrar a un pobre. El coche seguía parado ahí,
hasta que uno de los vidrios bajó con una suavidad digna de una seda.
—Walter... —era Rubén Irraola. Había sido dirigente del club
muchos años atrás. Traje impecable.
Perfume caro. Reloj de marca brillante de esos que se ven en los
programas de trasnoche de las joyerías. —¿Qué hacés esperando el bondi?
—Y... esperando el bondi, voy a buscar laburo.
Hablaron un rato. Irraola le contó que iba a presentarse en
las próximas elecciones del club. Que necesitaba una cara honesta. Que nadie representaba mejor al club que
Walter. Qué el club le debía mucho a él, y que de esta forma iban a crecer, si
como jugador era un as, como dirigente lo iba a ser mucho más. Walter respondió
que él de política no entendía nada. Pero Irraola, le dijo que no se
preocupara, que para eso estaba él. Walter terminó aceptando.
No hace falta ni mencionar lo sucedido: ganaron las
elecciones caminando. ¿Cómo no iban a ganar? La boleta tenía la cara del
ídolo. Walter quedó como vicepresidente.
El único tipo en la historia que los hizo ascender al Nacional B y que luego de
su retiro nuevamente iba a caer a los tumbos por las distintas categorías del ascenso.
Al principio todo parecía funcionar. Si parecía, porque
todas eran promesas los primeros días de gestión: obras, equipo competitivo,
iniciar un proyecto de inferiores, traer sponsors…
La luna de miel duró poco más de un año. Porque empezó un
desfalco terrible y a la cara de todos y curiosamente, la cara de esta gestión
era Walter, que ni siquiera estaba cobrando, que laburaba como sereno en un
depósito. Arrancó la era de los cheques voladores, la runfla con representantes
de poca monta, el negocio turbio de entregar en concesión parte del predio a un
gimnasio sin ver un peso. Empezaron los rumores que atrás de todo eso estaba
Walter, pobre Walter, que casi ni dormía, encima soportar eso. Las deudas
explotaron. El plantel dejó de cobrar, y ahí explotó Walter. Renunció y se fue
puteado por todos. Le dijeron traidor. Ladrón.
Vendido. Le tiraron monedas. Uno
prendió fuego una camiseta con el número que usaba. Cabe destacar que Irraola
nunca renunció. Siguió como si nada ya afanando todo. Pero con la salida de
Walter, la cosa se descomprimió. En el club nada mejoró, todo lo contrario:
empeoró, pero como ya se habían sacado la bronca con Walter, la cosa siguió en
su normal anormalidad.
Los años pasaron. Walter sobrevivió como pudo. Hoy una
changa. Mañana otra. Después apareció una aplicación de reparto. Compró una
mochila y arrancó con la motito que el hijo le había sacado a crédito. No era
el trabajo de sus sueños, pero era laburo. Peor era robar como el hijo de puta
de Irraola. Laburaba doce horas. Con lluvia. Frio. Calor. Si en Buenos Aires
cayese lava, también hubiese trabajado bajo lava.
A veces alguien lo reconocía para bien.
—¿Vos sos Walter Sanabria?
Él asentía. Le pedían una foto. Después seguía viaje.
A veces alguien lo reconocía para mal.
—Sanabria hijo de puta, chorro, así terminan todos los
chorros como vos.
Él bajaba la cabeza y se comía la bronca.
Una noche aceptó un pedido bastante grande. Dos pizzas.
Empanadas. Gaseosas. Vino del caro. La dirección era en Puerto Madero. Le
parecía familiar esa dirección. Aceptó la solicitud y enfiló nomas para la
Rotisería.
Cuando llegó levantó la vista. Una torre enorme. Portero. Mármol. Una puerta
de vidrio inmensa que daban paso a ascensores como cámaras frigoríficas de lo
grandes que eran. Apretó el 214. A los
pocos minutos bajó un hombre. Walter tardó apenas un segundo en reconocerlo:
Rubén Irraola.
El traje seguía impecable. El perfume también. Con ese reloj
de mierda que parecía de oro sacado de una tumba de Tutankamon. A pesar de
estar de entre casa y a punto de cenar, el hijo de puta se seguía vistiendo
como si estuviese vendiendo autos de lujo.
—¡Walter!
Abrió los brazos como si fueran amigos de toda la vida.
—¿Cómo estás?
—Bien...
—No, querido... así no podés estar. Un ídolo del club no
puede andar repartiendo pizzas.
Walter sonrió. No dijo nada.
Irraola siguió hablando. Ya Walter solo escuchaba una bola
de palabras sin sentido, quería irse, hacia frío y la noche recién comenzaba.
Empezó a asentir con la cabeza y escuchaba cada tanto frases sueltas:
Que había que hacer un homenaje.
Que había que conseguirle un puesto.
Que él conocía gente.
Que iban a hablar.
Que no se preocupara.
Que está era otra Comisión.
Que no se rinda.
—Vos déjalo en mis manos —dijo mientras le apoyaba la mano
en el hombro.
Walter le entregó el pedido. Se dieron la mano.
—La propina te la dejo por la App —tiró Irraola mientras
cerraba la enorme puerta. Tomó el ascensor cargado con el pedido y pensó: “Mira
si a este pelotudo, le voy dar propina, pobre infeliz, muerto de hambre, le voy
a poner una estrella y que llegó todo frío, que se siga cagando de frío”.
Walter se quedó enfrente mirando la fastuosa puerta del
edificio. Tenía una sonrisa. Ya no lo apremiaba tanto el tiempo. Pensó en lo
que había hecho después de recibir el pedido: escupirle las dos pizzas, le
metió unos buenos garzos, medio amarillos por la tos que traía que se
entremezclaban y pasaban desapercibidos con el queso.
Siguió sonriendo. Lo que hizo no fue por los empleados que
perdieron el trabajo, por los pibes que se quedaron sin inferiores, por los
insultos que se comió él, por las promesas incumplidas, por las mentiras, por
usarlo. No señor, fue por todo eso y más: por el club.
La previa contra Inglaterra.
¿Estamos usando la misma previa que en el último mundial? Por supuesto que si.
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