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Jorge Luis.
—Hola, Jorge Luis. ¿Cómo estás?
Sé que hoy tenemos sesión. Lo que te voy a decir no tiene lógica ni razón. Es
más propio de un loco, de un demente. Pero fue el 12 de junio —aún te la debo—,
fue el mismo día que arrancó el Mundial. Sé que va a sonar loco, pero...
¿podríamos pasarla para el próximo viernes? Por una cuestión de cábala, ya sé.
Sé que psicológicamente no tiene ningún tipo de fundamentación. Tampoco lo tomo
como mufa, sino como cábala. El fútbol no sabe de psicología, de razones ni de
nada comprobado científicamente. Bah... mejor dicho, el hincha no sabe de eso.
Y yo soy hincha. ¿Podemos dejarla para el otro viernes?
Porque, mirá, yo sé exactamente
lo que me vas a contestar. Que estoy estableciendo una relación entre dos cosas
que no tienen nada que ver. Que si Argentina le gana a España el domingo no va
a ser porque yo falté a terapia. Y que, si pierde, tampoco va a ser porque
vine. Lo sé. Lo entiendo. Hasta podría explicarlo yo si me preguntás.
El problema es que una cosa es
entenderlo... y otra muy distinta es jugarse a comprobarlo.
Imaginate que vengo. Entramos, me
siento en el sillón, hablamos una hora. Salgo pensando: "Qué boludez, al
final vine". Y el domingo perdemos. ¿Vos entendés con qué cara vuelvo el
viernes siguiente? No podría mirarte. Pasaría toda la sesión pensando que
tendría que haberme quedado en casa. O peor, que piense que sos mufa. O peor
aún, que crea que la terapia es piedra.
Ya sé, ya sé... vos me vas a
decir que eso se llama pensamiento mágico. Pero dejame defenderme un poco. No
es que crea que Scaloni está esperando que yo confirme el turno para armar el
equipo. No pienso que Julián Álvarez vaya a errar un gol porque yo crucé mal
una esquina. No soy tan delirante.
Bueno... creo.
Lo que pasa es que el Mundial nos
convierte en otra persona. Sí, medio boludos y supersticiosos. Una versión
nuestra bastante más idiota, si querés. De golpe no cambiás de camiseta porque
ganó. No te sentás en otro lugar. Capaz que estás sin bañarte una semana. O con
la misma camiseta transpirada, ya con olor a chivo. Y lo peor es que todos
sabemos que no sirve. Pero tampoco sabemos que no sirve. Es un gris. Como toda
ciencia que tiene sus grises. Nada es exacto.
Es una especie de limbo mental
donde la lógica queda suspendida durante noventa minutos. Después vuelve. El
lunes uno puede discutir de probabilidades, estadísticas, rendimiento físico,
sistemas tácticos. Los cambios. El número de los cambios o el show de medio
tiempo que meten los yanquis. Pero el domingo, mientras rueda la pelota, uno
está convencido de que el destino depende de no tocar absolutamente nada.
No para que gane Argentina.
Funciona para tranquilizarte a vos. Para sentir que hiciste todo lo que estaba
a tu alcance. Aunque lo único que estuviera a tu alcance fuera no escuchar nada
de Iron Maiden durante más de un mes, porque hiciste esa promesa si le ganabas
a Inglaterra.
Así que no te estoy pidiendo que
valides una superstición. Te estoy pidiendo que entiendas a un hincha.
—¿Ah, me entendés? ¿Qué me ibas a
pedir lo mismo? ¡Buenísimo, es genial! Pensamos igual. Necesitamos más
psicólogos como vos, que nos entiendan. Ahora te pregunto una cosita nada más:
¿me estás cancelando por cábala o porque pensás que soy mufa?
El 45
Hay profesiones que no entienden de domingos, de cumpleaños, Navidades, fin de año y mucho menos de partidos de fútbol. La de colectivero era una de esas. Está atada al tiempo, al de la ida y al de la vuelta. Los colectiveros son más tiempistas que los pilotos de Fórmula 1. No importa el tránsito que haya, no importa si no hay trenes, nada. Ellos llegan clavados en punto. Ahora, si van con tiempo de más y vos estás apurado, es una pesadilla. Si tienen que estar a tal hora en la cabecera, están con una puntualidad alemana. Salvo que ocurra algún contratiempo importante, que últimamente están al correr del día.
Daniel Meijide
manejaba el 45 desde hacía más de veinte años y sabía que el reloj de un
colectivero no tenía nada que ver con el del resto del mundo. Que la planillita
del inspector, de esas que parecen un crucigrama, ya tenía asignado el horario
preciso por donde tenía que pasar. Y así en varias paradas clave: Lanús, Gerli,
Constitución, la estación Perón, en el Metrobús de Capital, y finalmente
Retiro, aunque a veces podía llegar hasta Ciudad Universitaria. En este
contexto, donde el tiempo es oro, la demora y la llegada con tiempo son
enemigas, tratar de seguir un partido de fútbol era cuasi imposible. Salvo en
los mundiales, donde por los gritos o los festejos se sabía que la Selección
ganaba.
Daniel era
bostero desde que tenía memoria. De chico había llorado porque su viejo no pudo
llevarlo a la Bombonera, porque su padre también era colectivero, pero de esos
colectiveros de antes: los que cobraban el boleto, lo cortaban y daban vuelto.
De esos Mercedes-Benz 1114, con doble embrague y con gente colgada de cualquier
sobresaliente del bondi. Cuando terminaba la jornada, el chófer no servía ni
para dormir. Por eso se fue dilatando la idea de ir a la cancha.
De grande había
aprendido que las entradas se podían conseguir; ser socio era dificilísimo. Que
socio adherente, que socio casi pleno, que socio con o sin derechos... Parecía
un estado de relación de los que te hace elegir Facebook, como el "es
complicado". Pero cada tanto iba. El horario era lo más difícil de
manejar.
Al menos los
partidos los escuchaba por la radio mientras manejaba. El pequeño parlante
descansaba arriba del tablero. Bajito. Apenas un murmullo. Los pasajeros casi
ni lo notaban.
Hasta que un
mediodía de domingo uno protestó.
—¿No puede apagar
eso? Estoy trabajando.
Daniel lo miró
por el espejo.
—Yo también.
—Por ley no puede
escuchar nada usted, irresponsable —dijo el pasajero.
Daniel apagó la
radio, masticó bronca y la volvió a encender cuando este se bajó.
Resulta que el
pasajero, no contento con hacer apagar la radio, también lo había denunciado.
—Nada de radio
durante el servicio. Ni fútbol, ni noticias, ni música. ¿Estamos? —bramó el
encargado.
Desde entonces,
de los partidos se enteraba cuando terminaban. Era una manera horrible de vivir
el fútbol. Cada tanto tenía la suerte de ir a la cancha, pero eran excepciones.
La Copa
Libertadores de ese año lo tenía especialmente ilusionado. Boca venía jugando
bien. El técnico, Gustavo Santoro, le había devuelto algo que el equipo parecía
haber perdido: hambre por la gloria y la mística copera.
En semifinales
tocaba Independiente. El partido de ida, en la Bombonera, se había interrumpido
varias veces, como cuando juegan dos grandes y los hinchas se zarpan. El micro
de Independiente había arribado al estadio todo cascoteado. De casualidad el
partido no se suspendió. Fue un partido trabado, donde hubo dos rojas por cada
lado y un cero a cero, ya que ambos equipos se cuidaron demasiado en defender,
no así en darse patadas. Faltaba la vuelta en Avellaneda.
Daniel ese día
trabajaba hasta las 00.00 hs. Cuando salió de la terminal ya sabía que iba a
perderse otro partido importante. En un punto ya lo sentía como cábala; en otro,
se sentía triste.
Ya eran más o
menos las 17.00 hs. Todo era bastante normal dentro de la anormalidad que maneja
el transporte público en Argentina: colectivos como sardinas, olores diversos,
mal humor general, filas en las paradas, y nunca falta quien se descompone. Y
esta vez no faltó.
Daniel ya salió
con el colectivo atestado de gente desde la parada de Perón. Le costó cerrar la
puerta. Llegando a la parada del Metrobús de la avenida Belgrano no iba a
detenerse porque no podía subir nadie más, pero tuvo que parar ante los gritos
de los pasajeros: una chica empezó a respirar con dificultad. Se puso blanca.
Después se desmayó.
Daniel frenó.
Hizo bajar a
todos los pasajeros.
Los pasajeros
llamaron al 911.
Daniel esperó al
lado de la chica unos quince minutos hasta que llegó un patrullero. La
ambulancia estaba demorada por el caos de tránsito. Los policías le propusieron
a Daniel que la llevara en el colectivo hasta el Hospital Argerich mientras
ellos le abrían camino.
Aceptó
inmediatamente.
Avisó por
WhatsApp al grupo de la empresa: "Interno 17. Pasajera descompensada. La
traslado al Argerich. Voy avisando."
Llegaron al
hospital en pocos minutos. Era relativamente cerca. Cada tanto Daniel se fijaba
cómo estaba la pasajera; un policía se había quedado con ella. Parecía que ya
había reaccionado, pero seguía pálida como Drácula.
Mientras una
enfermera la recibía, la chica alcanzó a sacar el celular.
—Le... le mandé
un mensaje a mi novio...
Fue lo último que
dijo antes de que se la llevaran a la guardia.
Daniel esperó un
rato. No porque estuviera obligado, sino porque le parecía correcto.
Al rato apareció
un muchacho corriendo, preguntando por ella: era el novio. Daniel le explicó
todo y recién entonces sintió que podía irse.
Salió del
hospital.
Se prendió un
cigarrillo.
Mientras se
acercaba al colectivo, vio a una persona apoyada en él: un gordo enorme. Traje
oscuro. Corbata más oscura todavía. Rapado a los costados. Anteojos negros.
Parecía un agente del FBI o uno de la película Hombres de Negro.
Daniel dudó en
decirle algo, pero como estaba apoyado sobre la puerta, no le quedó más
remedio.
—¿Necesitás algo?
El gordo señaló
el colectivo.
—¿Es tuyo?
—No... de la
empresa.
—Pero lo manejás
vos.
—Sí.
El hombre terminó
el cigarrillo. Lo tiró al suelo. Lo aplastó con la suela. Después levantó la
vista mientras se sacaba los anteojos negros.
—Entonces tengo
una misión para vos.
Daniel soltó una
risa. Pensó que estaba loco.
Pero el gordo ni
sonrió.
Sacó una
credencial. La mostró apenas un segundo.
—Jefe de
seguridad de Boca —dijo mientras mostraba el carnet brilloso.
Daniel sintió un
escalofrío.
—¿Cómo dijo?
—Tenemos
información de que al micro lo esperan antes o después de entrar a Avellaneda.
Aunque vaya escoltado, le van a tirar de todo.
Hizo una pausa.
—Necesitamos que
los jugadores entren camuflados. El micro ya salió para allá, pero vacío.
El gordo, que
ahora parecía gigante, miró el colectivo.
—En este vamos a
llevar a los jugadores. ¿Te parece?
Daniel tardó
apenas un segundo en contestar.
—Sí... sí.
El gordo sonrió
por primera vez.
Le dio una
dirección, que era ahí nomás, a tres cuadras.
—Esperá ahí.
Daniel llegó al
punto indicado todavía incrédulo. Aunque le latía el corazón por el cagazo, se
sentía una especie de Jason Statham en El transportador.
Apagó el motor.
Esperó.
Cinco minutos.
Diez.
Quince.
Hasta que una
combi estacionó a unos metros.
Y empezaron a
subir.
Primero el
capitán, el Patrón Pablo Funes.
Después el
arquero, Patricio Vega.
El nueve, Nicolás
Bogado.
El pibe de
inferiores, la joyita, Lucio Martínez.
Uno por uno.
Con gorritas.
Buzos.
Mochilas.
Como pasajeros
comunes.
Daniel sentía que
las piernas le temblaban. Los veía por el espejo retrovisor y pensaba que, si
alguno apoyaba un botín en el escalón, él probablemente lo enmarcara.
El último en
subir fue Gustavo Santoro. El Maestro.
El técnico que
había hecho que Boca volviera a jugar como Boca.
El tipo que le
dijo que no a la Selección para seguir en Boca.
Le apoyó una mano
en el hombro.
—Gracias, chofer.
Daniel quiso
responder. Le salió algo parecido a un ruido.
El viaje fue
sorprendentemente normal. Mucho tránsito. Semáforos. Algún embotellamiento. El clásico embudo de
la bajada del puente Pueyrredón sobre la avenida Belgrano, en Avellaneda. Atrás venían dos autos sin identificación. Daniel
alcanzó a ver, varias veces, que los ocupantes hablaban por handy. Seguro eran
de la seguridad o de la policía.
Llegaron al
estadio lo más bien.
Los jugadores
bajaron uno por uno y le iban dando palmaditas a Daniel, que ya estaba más rojo
que la camiseta de Independiente.
Daniel no pidió
fotos, camisetas ni autógrafos. En parte porque seguía tan cagado como cuando
vio al gordo de negro y, en parte, porque no se animaba.
Por último, bajó
Santoro y le dio un apretón de manos. Daniel alcanzó a preguntarle cómo iban a
hacer para el regreso, a lo que el entrenador le dijo que de eso se encargaba
un tal Luis.
Lo saludó desde
abajo y le dio las gracias.
Daniel se quedó
un rato pensando en lo surrealista que había sido todo.
Luego encaró
hacia la terminal de Remedios de Escalada.
Se estacionó
sobre la avenida Rosales y, como al término de cada jornada, antes de entregar
la unidad se puso a limpiar.
Agarró la escoba.
Recogió papelitos.
Revisó debajo de
los asientos.
Algún maleducado
de esos que nunca faltan tiró cáscaras de girasol.
Refunfuñó un
rato, agachado, mientras las levantaba.
Y entonces lo
vio.
En el respaldo de
uno de los asientos individuales del lado izquierdo, casi al final de la fila.
Una firma.
Después otra.
Y otra más.
Todas hechas con
Liquid Paper.
El Patrón Pablo
Funes.
Lucio Martínez.
Nicolás Bogado.
Roberto Ficco...
Las firmas
seguían, pero debajo de todas estaba la más importante...
Gustavo Santoro.
Director Técnico.
Daniel se quedó
inmóvil.
Sacarle una foto
no alcanzaba.
Al día siguiente
algún pasajero iba a rayarlo.
O algún inspector
iba a hacerlo limpiar.
O el mismo
encargado.
¿Y si subía uno
de River?
A esa altura
Daniel ya se había olvidado de que Boca se jugaba el pase a la final de la
Libertadores.
Entre tanta
emoción se le ocurrió una locura.
Buscó las
herramientas.
Destornillador.
Llave tubo.
Llave fija.
Trabajó rápido.
En silencio.
Aflojó los
bulones.
Sacó el asiento.
Lo apoyó sobre un
pastizal, bien escondido, sobre la avenida.
Volvió al
colectivo.
Entregó la
unidad.
El encargado la
revisó.
Frunció el ceño y
preguntó, sorprendido:
—Falta un
asiento, Dani.
Daniel bajó la
cabeza.
—Me lo robaron.
—¿Qué?
—Seguro que
cuando lo dejé... eh... ahí en el Argerich, cuando dejé a la piba... cuando
vine... ya no estaba... Me afanaron el asiento.
El encargado lo
miró como si estuviera frente a Landriscina contándole un cuento de humor. Mirá
si le llegaba a contar lo del plantel de Boca y todo eso. Se caía de culo.
—¿Vos me estás
jodiendo? —replicó, incrédulo, el encargado.
—La inseguridad
está cada vez peor...
Daniel salió sin
mirar atrás.
Fue hasta su
auto.
Lo arrancó.
Manejó media
cuadra.
Frenó donde había
escondido el asiento.
No estaba.
Se quedó helado.
Buscó detrás de
los yuyos.
Miró en la zanja.
Revisó toda la
cuadra.
Hasta en los
lugares donde el pasto estaba cortado.
En los lugares
más inverosímiles.
Nada.
Sintió una
tristeza ridícula.
No era un
asiento.
Era la única
prueba de la noche más increíble de su vida.
Volvió a su casa
convencido de que había sido un completo pelotudo.
Quedó en un
estado zombi.
Ni siquiera le
importó que Boca hubiera pasado a la final por penales.
Al otro día
regresó a la terminal.
Todavía de mal
humor.
Entró a la
oficina para fichar.
Y ahí estaba el
asiento.
En el escritorio
del encargado.
Le había puesto
una estructura de silla de oficina con ruedas.
Había quedado
precioso.
El encargado,
bostero viejo como él, le tocó el hombro desde atrás.
Esperó unos
segundos para disfrutarle la cara a Daniel.
Y recién entonces
dijo:
—La inseguridad
está terrible...
Señaló el
asiento.
—No podés dejar
un asiento solo un ratito... que enseguida te lo afanan.
Flasheo informativo
Fútbol Argentino, Lo último, Mundial 2030
Lo que dijimos en joda hace un par de años con el Mundial, parece que se va a cumplir. Si se cumple esto, vamos a jugar al Quini 6.
Pido permiso
Hace unos días que vengo pensando si está bien ponerme contento. Mirá hasta dónde llegamos, que uno siente que tiene que hacerse esa pregunta antes de festejar un campeonato. Como si la alegría necesitara permiso. Como si hubiera un tribunal de vigilantes que decidiera cuándo una sonrisa está justificada y cuándo no. Como si uno estuviese rodeado de la policía de la felicidad. Qué festejar y qué no.
Porque sí, ya sé. No hace falta que me lo expliquen. Hay inflación. Hay
gente que no llega a fin de mes. Hay desempleo, comercios que cierran,
jubilados que hacen malabares para comprar los remedios, familias enteras
haciendo cuentas para ver qué dejan de pagar este mes o qué comida se saltean.
Hay inseguridad, hay bronca, hay discusiones por todos lados. Abrís cualquier
portal y parece una competencia para ver cuál noticia es peor que la anterior.
No vivo encerrado en un tupper. Voy al supermercado igual que vos. Cargo nafta
igual que vos. Me agarra la misma angustia cuando llega una factura de luz o de
gas, o cuando llega el resumen de la tarjeta por mail y lo miro de a poquito
para no infartarme. También tengo familiares que la pelean, amigos que
perdieron el laburo, gente querida que decidió irse del país porque sintió que
acá ya no había lugar para ellos. No soy ajeno a nada de eso.
Por eso me causa gracia, o un poco de tristeza, cuando aparece alguien
diciendo: «¿Cómo vas a festejar con todo lo que está pasando?». Como si una
cosa anulara a la otra. Como si para gritar un gol hubiera que olvidarse
automáticamente de todo lo demás. No funciona así la cabeza de una persona. Al
menos no la mía. Y la de muchos más tampoco, eh.
Yo no me despierto pensando únicamente en fútbol. El fútbol ocupa un lugar
importante en mi vida, sí, pero también me preocupan un montón de cosas más. Me
preocupa llegar a fin de mes. Me preocupa mi familia. Me preocupa el país. Me
preocupa el futuro. Me preocupa la salud de la gente que quiero. Todo eso sigue
estando. No desaparece porque mi equipo sale campeón después de tanto tiempo. No
es un clonazepam que me relaja, no señor.
Lo que pasa es que, de golpe, en medio de tanto quilombo, aparece una
alegría.
Una alegría chiquita para algunos, enorme para otros, completamente
intrascendente para quien no le gusta el fútbol, o amargura e infelicidad para
el clásico de toda la vida, pero ese es otro tema que no voy a tocar. Y está
perfecto. No pretendo convencer a nadie de que un campeonato cambia el mundo.
No cambia absolutamente nada. Mañana el almacén va a abrir con los mismos
precios. El alquiler va a seguir llegando. El colectivo va a seguir teniendo
una frecuencia de cometa Halley. El jefe va a seguir siendo el mismo esclavista
de siempre. Los problemas van a seguir exactamente donde estaban antes, durante
y después de salir campeones.
Pero yo también voy a seguir siendo el mismo. Y justamente por eso necesito
esos pequeños respiros. Un poco de cariño para el alma. O para el ego de los
hinchas. Si últimamente no podíamos ni pagarles el sueldo a los empleados y los
jugadores nos hacían juicio. Ahora, si el equipo anda mal y tengo cara de tuje,
sí, nadie me dice nada. Total, es normal en este ispa.
Porque nadie puede vivir las veinticuatro horas del día con la cabeza
metida en las malas noticias. Nadie soporta eso sin romperse un poco por dentro.
Todos encontramos alguna manera de hacer una pausa. Algunos se van a pescar.
Otros escuchan música. Hay quienes se encierran a leer un libro, miran una
película, salen a correr, juegan con sus hijos, hacen un asado con amigos o se
toman unos mates en una plaza. Nadie les pregunta por qué están riéndose si el
país está complicado.
Con el fútbol, en cambio, parece que hay que rendir examen o sacar un
permiso especial en la Municipalidad.
Y no lo entiendo.
Porque el fútbol, para los que somos futboleros, nunca fue solamente un
deporte. Es una parte de nuestra historia. Son los domingos con mi viejo, con
mi abuelo o con mis amigos. Son las camisetas que todavía guardamos aunque ya
no nos entren. Son las cábalas ridículas que seguimos haciendo porque alguna
vez funcionaron. Son viajes, anécdotas, abrazos con desconocidos, puteadas que
cinco minutos después se convierten en festejos. Donde el presidente del club
pasa de ser un chorro incompetente a un estadista respetado. Es una de esas
pocas cosas que todavía tienen la capacidad de hacer que un montón de personas,
que no se conocen entre sí y que probablemente piensen distinto en casi todo,
terminen abrazadas al final del partido, borrachas de alegría.
Y eso, en estos tiempos, tampoco es poca cosa.
Me causa gracia cuando dicen que el fútbol distrae a la gente. Como si la
gente necesitara que alguien la distrajera. ¿Sabés qué? La gente ya sabe
perfectamente cuáles son sus problemas. No necesita que nadie se los recuerde
cada cinco minutos. El tipo que hoy sale a festejar es el mismo que mañana se
levanta a las seis para ir a trabajar. O a buscar trabajo. O a hacer una
changa. La mujer que canta en la tribuna es la misma que después hace rendir un
sueldo que no alcanza y que tiene dos trabajos junto al marido. El pibe que hoy
se pinta la cara es el mismo que mañana tiene que estudiar o salir a
rebuscársela. Nadie dejó de saber cómo está el país porque su equipo salió
campeón.
Tenemos neuronas para más de una cosa, viejo.
Podemos emocionarnos con un gol y preocuparnos por la economía el mismo
día. Podemos abrazarnos en un festejo y después volver a casa sabiendo que hay
que pagar el alquiler atrasado. Podemos cantar durante una hora y seguir
indignándonos con la corrupción. No somos tan básicos como algunos creen. El
corazón tiene lugar para varias emociones al mismo tiempo.
Y además, si soy completamente sincero, los futboleros tenemos algo de
locos. Nos emocionamos por cosas que, vistas desde afuera, parecen una pavada.
Nos ponemos nerviosos una semana antes de un clásico. Nos acordamos de un gol
hecho hace veinte años como si hubiera sido ayer. Nos abrazamos con un
desconocido porque un tipo metió una pelota en un arco. Somos capaces de llorar
por un ascenso, por un descenso, por una atajada, por un pibe del club que
debuta o por un veterano que vuelve para retirarse con la camiseta que ama. Sí,
probablemente sea una locura. Pero es nuestra locura. Y no le hace daño a
nadie. A vos no te jode, a menos que seas nuestro clásico, pero, como ya dije,
eso lo vemos otro día.
Por eso hoy no quiero discutir con nadie. No quiero convencer a nadie. No
quiero entrar en esa competencia absurda para ver quién está más preocupado por
la realidad. La realidad ya está ahí. Nadie la pateó lejos como una pelota
mandándola al lateral. Nadie la tapó con papel picado. Nadie cree que un
campeonato arregla un país, una provincia o un municipio.
Lo único que arregla, aunque sea por un rato, es el ánimo de uno.
Y eso alcanza para seguir. Para tirar un rato más en esta vida apestosa e
injusta.
Alcanza para volver el lunes un poquito menos cansado. Para sonreír
recordando un gol mientras esperás el colectivo. Para mandar un mensaje a ese
amigo con el que hace meses no hablabas porque se pasó a platea. Para abrazar a
tu viejo, a tu hijo o a un desconocido en una esquina con los mismos colores
que los tuyos. Para recordar que, incluso cuando todo parece venir torcido, la
vida todavía tiene la costumbre de regalarte un motivo inesperado para estar feliz.
Así que sí... perdón si molesta. Perdón si justo hoy elegí sonreír. Prometo
que mañana voy a seguir preocupado por todo lo que me preocupa. Voy a seguir
haciendo las mismas cuentas, leyendo las mismas noticias y viviendo en el mismo
país que vivimos todos.
Pero hoy... DALEEEEE CAMPEOOOON, DALE CAMPEOOOON, DALE CAMPEOOOOOOON…
Sábados de Fontanarrosa. Hoy: Inodoro Pereyra en "el único ombú en la pampa".
"La gambeta más larga del mundo", de Pedro Saborido.
ALCIDES BERNASCONI ES EL PROTAGONISTA DE la gambeta más larga del mundo. La realizó en febrero de 1975, en un encuentro entre El Porvenir y el Ajax de Holanda, en Gerli. Alcides tomó posesión del balón a los 40 segundos del primer tiempo. Empezó a gambetear rivales arrastrando cuatro jugadores contra el córner adversario, para luego ir llevándolos por la banda lateral hasta el córner de su propio arco. Dada la lejanía que tenía de la valla contraria, los seis jugadores de campo del Ajax que restaban también fueron a marcarlo. Alcides, endiablado, la hacía girar entre sus piernas sin que nadie acertara a quitársela.
A los 6 minutos, los holandeses se organizaron y decidieron
que cinco se encargarían de sacarle el balón, mientras que los otros cinco
tratarían de partirle la rodilla. Pero Alcides no solo hacia malabares
imposibles con el esférico, sino que, con un loco, grácil y deleita-ble
bailoteo, esquivaba los guadañazos. Tampoco servían los pechazos y empujones
que, lejos de hacerle perder el equilibrio, parecían hacerlo mantenerse en el
aire.
Un jugador holandés (de apellido Pérez, hijo de algún inmigrante)
optó por lanzarle un cross a la mandíbula que Alcides también esquivó; luego
aprovechó para empezar un veloz pique hacia el círculo central. A esta altura,
los propios compañeros de equipo empezaron a correrlo para quitarle la pelota.
Alcides gambeteaba a veinte jugadores mientras se daba
tremendos autopases y hasta tiraba pelotazos al área que, con increíble
velocidad, iba a buscar él mismo, parándola de pecho, enfriando el partido,
para luego seguir dando rienda suelta a su inusitada habilidad, mientras los
jugadores se comían amagues, chocaban entre sí y caían uno arriba del otro
formando pequeños montoncitos.
En el minuto 30, cuando parte del público empezaba a
abandonar el estadio (“el egoísmo y la falta de sentido de equipo no le hacen
bien al fútbol”, fueron las declaraciones del Gordo Satanás, destacado hincha
de El Porvenir, conocido por haber hecho volcar un colectivo de la Línea 51 de
un cabezazo), el árbitro (Juan Carlos Baglietto, homónimo del artista rosarino)
cobró algo poco claro (algún resquicio del reglamento acerca de la retención
del balón) y expulsó a Alcides, quien lejos de hacerle caso siguió gambeteando
a los jugadores, al árbitro, a los líneas, a los suplentes, al personal
policial que empezó a correrlo con sus perros y a parte de la platea baja.
Todos corrían por la cancha tras Alcides, quien llevaba dibujada una extraña
sonrisa.
De repente, la Guardia de Infantería empezó a lanzarle
gases. Parte de los que lo marcaban se apartaron dándole un claro por el que
Alcides picó y encaró hacia el túnel. El árbitro vio que la pelota salía y
marcó lateral, pero ya a nadie le importaba el partido. Marcado por 1.457
hombres, Alcides se metió en el túnel, pasó por los vestuarios, salió del club
y se mandó para la avenida Pavón. Allí, se sacó de encima 548 hombres con un
amague (“Me voy a Temperley”, gritó, y encaró para la Capital) y siguió
avanzando entre autos y colectivos.
A la altura del puente Pueyrredón, unas 40 mil personas lo
corrían (la mitad lo marcaba, la otra lo alentaba) y cruzando el Riachuelo se
encontró con tropas del Quinto Blindado de Magdalena, que abrió fuego. Pero
Alcides se dio el lujo de esquivar las cargas de los tanques y los obuses, mientras
por Montes de Oca ya era seguido por móviles de la televisión que transmitían
en vivo la extraña hazaña de este volante que dividía a todo un país: a esta altura
se discutía si eso no era la esencia del fútbol, acaso en estado puro, sin
resultadismo, con poesía y habilidad para el disfrute de la gente.
Desde un helicóptero, Osvaldo Zubeldía (convocado de
urgencia) fue dando indicaciones al personal policial y del ejército de cómo ir
marcándolo y desde qué sectores hacer fuego para ir corriéndolo a Alcides hacia
la Costanera. Lo lograron. De pronto Alcides se vio de espaldas al río,
enfrentándose a 70 mil personas, 140 patrulleros, 23 carros de asalto, 7
tanques y un avión Hércules C-130. Hubo un silencio. Alcides paró la pelota y
dejó que todas las miradas llegaran a sus ojos. Un teniente fue el primero que
dio un paso al frente. Entonces Alcides giró, hizo pasar la pelota sobre su
cabeza y saltó la baranda. Y todos vieron cómo se fue picando sobre las aguas
del Río de la Plata. Nadie lo siguió. A los 300 metros, lo vieron darse vuelta.
Los miró y luego tiró un pelotazo hacia Montevideo y se fue corriendo, siempre
sobre el agua.
“Estas cosas pueden ser de Dios o del Diablo. Que a veces se
parecen…”, dijo un sacerdote asignado al caso por la Curia Metropolitana. Lo
cierto es que nadie en-tendió bien qué era lo que había pasado ese día.
Llegó dos semanas después a Bélgica. “Creo que tengo un
tirón”, dijo al pisar tierra firme. Jugó un par de años en el Galoise de
Bruselas, un equipo de la B. Luego se retiró y puso una concesionaria de
usados. Le sigue yendo bien.
Vos también te equivocás.
Seguramente sos el mejor. Seguramente rendiste parciales o exámenes de diez. Y seguramente también desaprobaste más de uno. Estudiaste como un animal, dormiste cuatro horas por noche, te sabías cada tema de memoria, pero las preguntas eran capciosas o el profesor estaba especialmente exigente. Hiciste todo para aprobar y, sin embargo, no llegaste ni al cuatro.
Estoy seguro de que en tu trabajo
sos un fenómeno. Llegás temprano, te rompés el alma, hacés horas extras sin que
nadie te las reconozca. Preparaste informes que le hicieron ahorrar millones a
la empresa. Pero tampoco te olvides de aquella vez en la que te equivocaste en
un cálculo, omitiste una variable importante o mandaste un archivo equivocado.
O ese día en que el subte no pasó, llegaste tarde y no pudiste presentar una
declaración jurada. Siempre hiciste todo para que saliera bien... pero hay
veces que no alcanza.
Y vos, que sos el mejor médico de
este país. Jefe de servicio, profesor universitario, una eminencia. Salvaste
miles de vidas. Miles. Pero también te acordás de aquella vez en la que una
medicación no dio resultado. O cuando un paciente se fue porque la enfermedad
fue más fuerte que todo tu conocimiento. Nunca dejaste de ser un gran médico
por ese dolor. Porque entendiste que incluso los mejores pueden equivocarse.
Todos ustedes, que triunfaron en
lo suyo, alguna vez sintieron que el mundo se les venía abajo por un error. Y
pudieron levantarse porque tuvieron una familia, un compañero, un amigo o
alguien que les dijo: "No te define un mal día".
Ahora dejame contarte cómo se
vive del otro lado:
Yo soy futbolista. Y sí... me
equivoqué. Muchas veces. Erré un pase cuando todo el estadio esperaba que la
pusiera al pie o en la cabeza del nueve. Pateé un penal afuera. Perdí una marca
en un córner que terminó en gol rival. Regalé una pelota en la salida que
terminó de la misma manera. Hasta hice un gol en contra. Me expulsaron por
llegar tarde a una pelota y revolear al rival. Así, puedo estar contándote
todas las malas que hice. Porque también tuve partidos donde directamente no me
salió absolutamente nada.
¿Sabés cuál es la diferencia? Que
vos te equivocaste delante de un jefe, de un profesor, de tus compañeros o de
lo que fuese. Yo me equivoqué delante de cuarenta mil personas. Y de millones
más mirando por televisión. Mientras vos cerrabas la puerta de la oficina para
masticar la bronca, yo tenía veinte cámaras enfocándome la cara. Mientras vos
llegabas a tu casa y tratabas de olvidarte del mal día, yo abría el teléfono y
encontraba miles de personas diciéndome que era un muerto, un pecho frío, un
ladrón, que tenía que dejar de robar como futbolista.
Nadie se acuerda de los cien
pases bien dados. Se acuerdan del único que di mal. Nadie recuerda las cuarenta
veces que relevé a un compañero. Solo recuerdan esa única vez en la que llegué
un segundo tarde. Metí goles importantes. Di asistencias. Corrí hasta que me ardían
las piernas. Jugué lesionado. Me infiltré para no dejar solos a mis compañeros.
Entrené con fiebre. Me perdí cumpleaños, Navidades, nacimientos y velorios
porque el calendario futbolero no espera a nadie. Ni hablar de cuando iba a
entrenar de pibe. Dos colectivos y un tren. Seguramente vos, lo mismo para ir a
trabajar o a estudiar a la facu. Y, sin embargo, muchas veces todo eso
desapareció por un error en los noventa minutos. Y no hay redención hasta que
hagas algo épico. En el fútbol, cuarenta aciertos duran un partido; un error
dura años, o incluso te persigue toda la carrera. El lunes sos un fenómeno. El
domingo siguiente sos un desastre.
Nos dicen que cobramos fortunas.
Es cierto. Y sería hipócrita negarlo. El fútbol nos dio una vida con la que
muchos sueñan. Pero por cada uno de nosotros que llegó a Primera, te puedo
contar cientos de pibes que se quedaron en el camino y hoy están del otro lado.
Ellos también entienden de qué hablo. Hay algo que la plata nunca pudo comprar
para un futbolista: la tranquilidad. No compra volver a caminar por la calle
sin que te señalen por el penal errado. No compra dormir después de haber
perdido una final o no clasificar a una copa o, para peor, irte al descenso. No
compra el abrazo de un hijo que llega llorando porque en el colegio le dijeron
que el padre "es un burro". No compra borrar de la cabeza esa jugada
que repetís mil veces antes de dormir preguntándote qué habría pasado si dabas
un paso más, si rematabas un segundo antes, si elegías el otro palo.
¿Sabés cuántas veces reviví una
jugada? Miles. Porque el primero que se insulta soy yo. El primero que sabe que
falló soy yo. El primero que daría cualquier cosa por volver cinco segundos
atrás soy yo. Ningún futbolista entra a una cancha queriendo errar. Y a vos te
pasa lo mismo, seguro. En el trabajo, en el estudio... hasta en el amor.
No te pido que no critiques. El
fútbol vive de la pasión y la pasión es sacar todo lo que uno lleva adentro. Es
gritar en la cancha lo que no le podés gritar al hijo de puta de tu jefe o al
forro de tu profesor. Puteá. Criticá. Discutí. Enojate.
Pero antes de convertir un error
en una sentencia definitiva, acordate de todas las veces que vos también
necesitaste que alguien entendiera que un mal momento no definía quién eras.
Porque, al final del día, antes que futbolistas, médicos, contadores,
albañiles, docentes o ingenieros... somos personas. Y las personas se
equivocan. Antes de putearme por un error... pensalo. Vos también te equivocás.
Así que la próxima vez que me veas pateando un penal dos metros por arriba del
travesaño y dejando al equipo afuera de la Libertadores en primera ronda, pensá
bien antes de putearme.
Próceres del fútbol por siempre (por favor, no se vayan nunca).
Seamos felices juntos a ustedes por siempre.
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