Slider[Style1]

Style2

Style3[OneLeft]

Style3[OneRight]

Style4

Style5

Con la Libertadores, la Sudamericana, la Copa Argentina y el Torneo Apertura, aseguran que para el próximo semestre se podrían sumar 5 o 6 competencias más; si total nadie se va a dar cuenta.

Ni la IA. Reconoce a los equipos de la LPF. 

Antes del Mundial 2026 hay una cantidad exorbitante de partidos. Un menú bastante variado que va desde los torneos de ascenso, pasando por los de Primera, Copa Argentina, Libertadores y Sudamericana; y a estos se les van a sumar los partidos de selecciones por fecha FIFA y los del repechaje. “Creo que la última vez vi jugar un Instituto–Real Madrid o un Banfield contra Alemania o el Inter Miami, no me acuerdo muy bien, tanto fútbol me hizo mierda”, comenta un hincha. Este año será el calendario con más partidos de la historia. “Vamos a tener partidos hasta los miércoles a la madrugada”, desliza un dirigente. 

“Lo más lindo va a estar en la parte de debajo de la tabla: como hay descensos y varios equipos de pedo juntan once jugadores, creemos que para definir los dos descensos vamos a hacer un desempate entre 10 equipos. Tal vez sean 15 o metamos otra liga”, deslizan desde la LPF.

Lo cierto es que varios clubes protestaron por lo ajustado del calendario y, sobre todo, por la falta de tiempo para arreglar refuerzos y por lo económico. “Mirá, por el temita de las inhibiciones, tenemos que conformarnos con lo que tenemos: 2 profesionales que son más rústicos que Iorio hablando y 25 juveniles, de los cuales ya quemamos 20”, se queja un entrenador de gorrita. “Para el próximo semestre, después del Mundial, vamos a meter 5 o 6 competencias más; total la gente no se va a dar cuenta y va a quedar ávida de fútbol por el temita del Mundial. Vamos a meter partidos hasta en Crónica TV”, se frota las manos un dirigente.

"Me van a tener que Disculpar", de Eduardo Sacheri

Para Diego

Me van a tener que disculpar. Yo sé que un hombre que pretende ser una persona de bien debe comportarse según ciertas normas, aceptar ciertos preceptos, adecuar su modo de ser a determinadas estipulaciones convenidas por todos. Seamos más explícitos. Si uno quiere ser un tipo coherente debe medir su conducta, y la de sus semejantes, siempre con la misma e idéntica vara. No puede hacer excepciones, pues de lo contrario bastardea su juicio ético, su conciencia crítica, su criterio legítimo.

Sábados de Fontanarrosa. Hoy: Los últimos Vermicelli

El ruido de la puerta metálica al cerrarse le hizo pensar al gordo en algo definitivo. Algo definitivo como el cerrarse de la tapa de un ataúd, por ejemplo. Pero, de inmediato, un glorioso aroma a tuco, a salsa de tomates, lo sacó de ese pensamiento. 

—¿Lo siguieron? —preguntó Bobina. 

—No sé. Creo que no. Puede ser —contestó el gordo. 

—¿No sabe o puede ser? 

—Eh... —el gordo trató de poner atención en lo que le decían—... no sé muy bien. Pero es posible, es posible. Creo haber visto a alguien siguiéndome. 

—¡Crespo! —gritó Bobina.— Andá fíjate. 

El gordo se secó la transpiración con un pañuelo. Ese aroma a tuco lo devolvía al patio de la casa materna, a su infancia. Olfateó el aire con fruición. 

—Esto es bárbaro —sonrió. 

—Hay que andar con cuidado —Bobina le señaló un pasillo, invitándolo a pasar.

— Esto no es joda. Merighi lo miró al gordo un ratito. 

—¿Quién le dijo dónde estábamos? 

El gordo, con las manos, se secó la transpiración de la papada. 

—Heredia me había dicho cómo llegar —explicó.— Hace bastante ya de esto. 

—Heredia —repitió Merighi— ¿Sabe lo que pasó con Heredia? 

—Sí —el gordo bajó la cabeza. 

—¿Por qué tardó tanto en venir? 

—La verdad... la verdad... 

—No pensó que se la agarrarían con usted también... 

—Y sí... —sonrió, avergonzado, el gordo.— Qué se yo... 

—Se han largado con todo. No va a quedar ninguno de los que están afuera. 

—Pero... —vaciló el gordo— ¿Por qué? Se habían quedado tranquilos. Habían aflojado. 

—Pero... —pareció ofuscarse Merighi.— ¿En qué mundo vivís, querido?— de improviso había pasado a tutearlo. 

—El Encuentro. El Encuentro. —Sí. El Encuentro. Merighi hizo girar algo su sillón y con un movimiento ágil para su obesidad encendió un pequeño televisor ubicado a su lado, sobre un cajón.

—Mirá —dijo. No tuvieron que esperar mucho. Un minuto después aparecía el anuncio del "Quinto Encuentro Mundial de Físicoculturismo".

— Lo pasan mil veces por día. Hay afiches en todas partes. Joden el día entero con eso. 

—No... no veo televisión. 

—Vienen tipos de todas partes del mundo. Va a estar la prensa internacional. ¿Te creías que iban a permitir que quedara algún gordo a la vista? El gordo no contestó nada. Merighi volvió a agacharse y, con un gesto de fastidio, apagó el televisor. 

—Nos quieren hacer cagar a todos —dijo.

 —Esto... —el gordo paseó la vista por el extraño lugar—... parece bastante seguro. ¿Qué era? 

—Una cámara frigorífica. Un sótano frigorífico, mejor dicho. Para guardar carne. El gordo no pudo menos que reírse. 

—Se sigue usando para lo mismo —rió, también, Merighi. El clima, algo hostil de la conversación se había distendido. 

—Es cierto —el gordo se pasó la mano por la mejilla, como sorprendido de no hallar sudor.— Está más frío acá. 

—El frío a nosotros no nos hace nada. 

El gordo volvió a mirar hacia el techo, hacia los rincones atiborrados de provisiones, y su nariz detectó nuevamente aquel aroma que lo había estremecido. 

—¿Qué son? —Merighi tiró la pregunta, como una adivinanza. El ingreso en ese tema le ablandaba el carácter. El gordo aspiró ansiosamente el aire, con delectación. 

—Déjeme... déjeme... —cerró los ojos— vermicelli a la Strómboli. —Con... —Con atún... perejil picado... —Perejil picado y... ¿qué más? El gordo volvió a aspirar. —Hay... hay... ¡Hay hongos ahí!

—Sí, sí —acordó Merighi.— Pero hay algo más. 

—Panceta, lógicamente... —Perejil picado, hongos, panceta... ¿Y qué? Algo más. El gordo comprendió que estaba siendo sometido a un examen. Tal vez era el examen de ingreso. Aspiró como un animal salvaje venteando el peligro. 

—Romero —arriesgó. 

—Casi, casi. Laurel. —Ah... laurel. 

—Pero está bien. Está bien —aprobó Merighi.

— Con un poco de tiempo le vas a ir agarrando la mano. 

En ese momento entró Bobina. Bobina debía pesar unos 130 kilos, calculó el gordo, viéndolo moverse con dificultad, respirando agitadamente, bastante ridículo, sosteniendo con toda su monumental humanidad un pequeño pedazo de pan en su mano derecha extendida, como si trajese un diamante. 

—Probá —le dijo el Bobina a Merighi. Merighi abrió la boca y se comió el pedazo de pan embebido en tuco. 

—Le falta sal — desdeñó. 

—¿Te parece? —la cara de Bobina era de sorpresa. Merighi afirmó con la cabeza. Bobina desanduvo sus pasos hacia la cocina, pero la voz de Merighi lo detuvo. 

—Che... —señaló al gordo.— Condarco, el escritor. 

—Sí. Lo recibí yo —Bobina le dio la mano.— El famoso escritor. No me explico cómo a usted no se la dieron antes. El gordo se encogió de hombros. 

—Por ahí yo les era más útil vivo —supuso.— O por ahí pensaban que si me la daban habría alguna repercusión internacional. Merighi meneó la cabeza, escéptico. 

—Lo de las dietas es mundial, Condarco. En Estados Unidos ya casi no quedan tipos como nosotros. En Rusia menos. En Alemania han desaparecido casi dos millones de gordos. 

—A mí me habían intervenido el teléfono —dijo el gordo.— Y también creo que me controlaban la balanza. 

—El problema nuestro es que no pasamos inadvertidos. No nos podemos confundir entre la gente. 

—¿Se enteró de lo de Heredia? —preguntó Bobina. 

—Sí —suspiró el gordo. 

—Pero peor fue lo de Albarello —agregó Merighi. 

—¿Qué pasó? —Se quebró. Lo metieron preso y le ofrecieron someterse a una dieta estricta para rebajar 30 kilos. 

—Para llegar al límite de los 80. 

—A 75. Ahora son 75 

—Merighi mostró los cinco dedos bailoteantes de su regordeta mano derecha. 

—¿75? —se alarmó el gordo. 

—75. Albarello se negó. No quería traicionar. Y el boludo, en protesta, hizo una huelga de hambre. Rebajó 47. Ahora es uno de ellos y me juego los huevos que fue quien denunció a Heredia. Se hizo un silencio abrumador, por un rato. Bobina lo cortó golpeando el marco de la puerta con una palmada. 

—Bueno, che... —pareció disculparse, señalando hacia la cocina o, al menos, hacia el sitio de donde provenía el aroma a tuco. 

—Llamalo a Torrente que venga —ordenó Merighi. Luego, dándole un envión insólitamente ágil a su sillón giratorio, alcanzó unos papeles de encima de un estante y volvió con ellos hasta detrás del escritorio. Allí comprendió el gordo la razón por la cual Merighi no se ponía nunca de pie. La gordura lo había encajado entre los posabrazos y el respaldo del sillón. Era como una torta que había desbordado su molde al crecer. 

—¿Sabés lo de las recetas? —preguntó Merighi, sacudiendo ante sí los papeles. 

—Sí. He oído de eso. ¿"Fahrenheit", no? 

—Sí. No podemos correr el riesgo de que ellos se apoderen de las recetas. Por otra parte, ya han quemado todos los libros y tratados de cocina. 

—Yo los había enterrado en el fondo de casa —suspiró el gordo.— Pero después de lo que le pasó a Spotorno, los saqué de allí y los quemé. 

—Por eso, por eso. Pero cada uno de nosotros ha memorizado una receta. 

—Acá tengo, en código, cuál receta sabe cada uno. Torrente sabe como 500. Él puede pasarte la que vos quieras memorizar. 

—Yo sé una de memoria —se ufanó el gordo. 

—¿Cuál? —"Civet de liebre". 

—A la puta —se pasó la lengua por los labios, Merighi.

— Esa no la tenemos. 

—Yo sabía. No es muy conocida —el gordo estaba orgulloso. 

—¿Cómo es? 

El gordo se estiró hacia atrás en el sillón, entrecerró los ojos, apoyó su mano derecha sobre el pecho y recitó. 

—Una liebre joven. Un cuarto litro de vino tinto. Un vaso de cognac. Un pocillo de aceite, laurel, tomillo. Una cebolla. Una rama de apio. Tres zanahorias tiernas, sal, pimienta en granos. Un hígado de liebre. Merighi escuchaba, contemplendo el cielo raso, el ceño fruncido. 

—Lavar la liebre en agua corriente durante una hora o más, hasta que la carne tome color rosado. Quitar el hígado y reservarlo. Cortar en presas, colocarlas en una fuente honda y cubrirlas con la siguiente marinada: mezclar en un bol el vino tinto, coñac, aceite, laurel... Promediando la vívida descripción de la receta, Condarco no pudo contenerse y se puso de pie. Atacó los últimos párrafos con verdadero fervor, con sensibilizada fibra. —... agregar el hígado pasado por tamiz, ligar a la salsa y servir inmediatamente en la misma cazuela, acompañada de trocitos de panceta salteada y champiñones calientes. 
Al callar el gordo, ambos hombres quedaron en silencio, emocionados. Merighi abrió la boca como para decir algo, pero nunca alcanzó a expresarlo. Una tremenda explosión seguida de un estruendo ensordecedor sacudió todo. Cayeron desde el cielo raso pedazos de mampostería y entre el ruido de miles de las latas de conserva que golpeaban contra el suelo pudo oírse el tableteo muy cercano de las ametralladoras. 

—¡Al fondo! ¡Al fondo! —atinó a vociferar Merighi maniobrando con su sillón entre los escombros. Ya todo era un infierno de estampidos, alaridos, voces de mando y el resonar de botas por las escaleras. El gordo, en pánico, torpemente, alcanzó la puerta y se lanzó hacia donde se suponía estaba la cocina, al fondo. Merighi, con un último envión obtenido al propulsarse contra su propio escritorio, estaba alcanzando la puerta cuando un escopetazo le estalló en el pecho. El impacto no lo arrancó del sillón pero hizo que éste, con su pesada carga, rodara nuevamente hacia adentro perdiendo poco a poco la velocidad hasta dar con el respaldo contra la pared opuesta. Allí quedó Merighi, ya muerto, con la cabeza gacha moviéndose levemente ante una lluvia de fideos dedalito que caía desde el acribillado paquete de un estante alto. El gordo no tuvo más suerte. La ráfaga de ametralladora lo tomó por la espalda y le dio un empujón final para alcanzar la puerta de la cocina. Antes de caer definitivamente vio, en el suelo de baldosas blancas, los inmensos cuerpos de cuatro gordos, como ballenas que hubiesen encontrado la muerte en una playa. Bobina, entre ellos. De repente, tan de repente como había comenzado, todo cesó. Se acallaron los disparos, escuchándose solamente alguna orden aislada, el ruido de vidrios al ser pisados por una bota. El oficial Markevitch entró en la cocina. Tenía aún la pistola en la mano, pero pronto comprendió que ya no le era necesaria. La devolvió a su cartuchera y comenzó a inspeccionar, con paso tranquilo, el lugar. Detrás de él entró un soldado sosteniendo una ametralladora, aún humeante. 

—Hijos de puta —dijo el soldado observando con curiosidad los jamones colgando del techo, las botellas de vino, los frascos de especias, el atiborramiento de provisiones que no dejaban, prácticamente, ver las paredes. 

—¡Cómo le daban a la comida! ¡Dale y dale! ¡Meta tragar! 

—Es lo único que les interesa, Flores. Su única religión. Han convertido sus cuerpos en tachos de basura. Se meten cualquier cosa adentro —Markevitch había recogido un tomate a medio pelar entre sus manos y ahora lo dejaba caer al suelo. En la cocina, sobre una de las hornallas, todavía se calentaba el tuco, burbujeando en una inmensa olla. A su lado, en un colador, también enorme, estaban los fideos. Markevitch se paró frente a ellos y se quedó mirando. Aspiró hondo. 

—Flores —ordenó— dígale al sargento Carelli que no deje de revisar bien todo. Puede haber puertas, pasadizos ocultos. Vaya. Sin volverse, escuchó que el soldado salía. Cubriendo con sus espaldas la puerta de la cocina, el oficial tomó un pedazo de pan y lo ensopó cuidadosamente en el tuco, luego se lo llevó a la boca. Al saborearlo experimentó un instante de éxtasis y apenas pudo reprimir la fuga de una lágrima. Flores no había vuelto todavía. Tomó el pan entero, le arrancó la corteza y sumió la miga blanda otra vez en el tuco. Lo comió apresurado, algo inquieto. Flores no llegaba. Tomó otro trozo generoso de pan y, cuando iba a meterlo en la olla, escuchó un taconeo a sus espaldas. 

—Señor... —comenzó el soldado, vacilando al verlo con el pan en la mano—... el sargento Carelli dice que no hay nada anormal. 

—Acerqúese, Flores. Quería hacerle probar esto —con seriedad, el oficial Markevitch prosiguió con el movimiento inoportunamente interrumpido e introdujo el pan en la olla. 

—¿Qué es eso? —dudó Flores. 

—Tuco. 

—¿Tuco? —el soldado Flores echó hacia atrás la cabeza como si Markevitch le hubiese acercado a los labios un insecto inquietante. 

—Pruébelo. 

El soldado tomó el pan y lo comió. Tras un gesto de confusión o temor, elevó las cejas como admitiendo una evidencia. 

—Es horrible —aseveró. 

—Es para poner a la pasta —el oficial señaló los fideos. 

—¿Eso es la pasta? —el soldado Flores por fin se hallaba frente a aquello sobre lo cual tanto lo habían prevenido en los cursos especiales. 

—¡Esto! Puras calorías. Colesterol. Lípidos. Una mierda, soldado. 

—La famosa pasta —musitó Flores, absorto. 

—Hay toneladas de pasta acá. Hemos dado con un verdadero arsenal. Tendremos que dinamitarlo. 

—Límpiese acá —cambió abruptamente la conversación Flores, señalándose su propia comisura derecha de los labios. Markevitch se apresuró a limpiarse con la palma de la mano. 

—¡Vamos Flores! —ordenó, con brusquedad.— Maneje bien hasta el cuartel y no le diré a nadie que estuvo probando el tuco. 

Al salir, Markevitch se detuvo un instante junto a la mesa de la cocina. Allí había, abierta, una caja redonda de cartón conteniendo dulce de leche. Un dulce de leche oscuro, brillante y denso. Aún sobresalía de la caja el mango de una cuchara sopera. Markevitch la contempló un par de minutos, paralizado. Pero apretó los dientes y se contuvo. 

—Hijos de puta —pensó, apresurando el paso. Ya afuera, de vuelta al camión que los había transportado hasta la descubierta guarida, Markevitch se recostó en el asiento y se quedó pensando. 

—A veces —dijo, como para sí— no sé si esto lo hacemos por un mejoramiento de la raza... o por envidia. Pero Flores, atento al tráfico, no pareció entenderlo.

Roberto Fontanarrosa.

Extraído del libro "Nada del otro mudno". Ed de La Flor 1987/Planeta 2012.

Etiquetado


 Por Toni

Psicología

 

Por Haroldo Meyer

Canasta


 Por Rocchia

Definición

 

Por Furno

Arco

 

Por Villalobo

Según científicos, alguien viajó al pasado y alteró el espectro del espacio-tiempo y por eso parece que las fechas del Torneo Apertura se juegan todas al mismo tiempo.

No toqués nada... más.
Recién arranca el torneo y ya vamos por más de un cuarto de competición en desarrollo. Se sabe que en años mundialistas los torneos locales se juegan sin tanto descanso entre partido y partido, ya sea por el Mundial en sí o por el calendario FIFA de amistosos preparatorios, pero en el Torneo Apertura la cosa es frenética. “¿Fecha FIFA? Decime a qué hora juega Argentina y en ese horario mandamos un partido que no le importe a nadie. Acá vamos a seguir jugando el torneo al mismo tiempo que el Mundial”, desliza un miembro de la LPF. “Agarramos todos los partidos del torneo, los metimos en un zip y a la mierda”, confirma otro dirigente.

La parafernalia en el Torneo Apertura, donde las fechas 1 y 2 prácticamente se jugaron al mismo tiempo, fue motivo de estudio de la Universidad “Satanás Páez” de Michigan, Estados Unidos. “Mirá, primero pensamos que fue desprolijidad. Después analizamos bien y nos encontramos con un bucle temporal en donde vimos a Instituto jugar dos o tres partidos al mismo tiempo”, comentó un científico de dicha universidad. “Lo más probable es que alguien haya viajado al pasado y alterado el espacio-tiempo, y realmente se estén jugando partidos al mismo tiempo. El tema es ver quién fue el que viajó”, desliza otro científico.

Ultiman los detalles en Alpine

 

Un poco más rápido que el del 2025

Cortitas por los clubes

 


Siguen las penurias... 

Lo que se dice un mercenario

Hoy se habla y se clasifica a los jugadores con una liviandad absoluta. Uno es un “mercenario” o un “pesetero” por cualquier pequeñez. Bueno también es cierto que últimamente se juega más por amor al dinero que a los colores. En mi época uno le tenía algo de cariño al club donde jugaba, por más que uno no sea hincha de ese club. A ver, a uno que es profesional, o pretende serlo, le dan la oportunidad de jugar al fútbol y encima pagarle. Porque peor sería laburar, no me malinterprete, el ser jugador de fútbol también es un laburo bastante digno, por cierto. Uno tiene que  levantarse temprano para ir a entrenar, hay que resignar días de estar con la familia para poder concentrar o ir a la pretemporada, hay que hacer sacrificios y evitar los excesos —aunque cada vez menos lo hacen— como la joda, la noche, el pucho y miles de cosas más. Es un poco sacrificado, pero peor sería ser, no sé, remisero u oficinista. O cargar bolsas en el puerto. Nosotros, los futbolistas, somos unos privilegiados al poder “trabajar” de esto. Por eso —y a mi entender— tendríamos que ser más justos con los equipos que nos contratan.  Las nuevas generaciones se cagan —discúlpeme la expresión— en la gente de su club. Se van de joda, se dejan estar físicamente… y lo peor es que les importan tres pepinos los colores que defienden, todo lo hacen por la plata. Cuando yo jugaba, la cosa no era tan así. Ojo que le estoy hablando de hace tan solo veinte años atrás, tampoco es tanto tiempo si uno se pone a pensar, pero todo cambio para mal. Antes para ser considerado un “mercenario”, mínimo se tenía que pasar a la contra y gritarle un gol en la cara a su ex equipo. Ahora cualquier pelagatos de no más de 19 años que se va a jugar por plata al exterior ya es un calificado como mercenario… no es tan así. Es más, en mi época yo muy injustamente fui calificado como tal, usted tal vez conozca mi caso. Digo “tal vez” porque fue muy conocido en el ascenso. Pero por aquellas épocas lo que pasaba en el ascenso quedaba allí. Solo conocían los que eran hinchas de los equipos de la B. “El mercenario de Miguel Alibour” fue el injusto título con el que bautizaron injustamente los medios partidarios del Club Atlético Buena Esperanza ¡Y usted puede creer que me quedo ese apodo!

Yo ataje durante casi 21 años, debute a los 19 y me retire a los 40. En el último año de carrera jugué ese partido cruel en el que me bautizaron de esa manera. Lo triste es que ese inefable  apodo es con el que me recuerdan. Ningún hincha de ese equipo recuerda como me rompí el lomo —para no decir otra cosa— para sacarlo campeón de primera ¡Campeón de Primera! Nada más y nada menos. Nunca nadie defendió esos colores como lo hice yo, viejo. Pero toda mi carrera se olvidó, todo por un maldito partido. Todo muy injusto. Todo por un partido en el que demostré toda mi profesionalidad. Por eso hoy le quiero contar todo bien como fue. Quiero aclarar bien punto por punto. Es incompresible como  un tipo tan profesional y tan honesto como yo, haya caído bajo la cruel y helada connotación negativa de esa palabra nefasta.
Usted por ahí es un futbolero de ley y conoce mi nombre. Miguel Ángel Alibour. Tengo ya 60 pirulos. Si no me conoce o es un jovencito, use la internet —o el internet— para buscar mi nombre. En 20 años de carrera salí campeón de primera una vez, me fui al descenso la misma cantidad de veces y tan solo jugué en dos equipos.  Podrá comprobar que no soy tan “mercenario” como me quisieron pintar. A veces la gente en su afán de “ocultar” o “mitigar” los errores propios, busca culpables. Y encontraron uno en mí, una injusticia total.

No me quiero ir por las ramas; soy oriundo de Salta. Oran, puntualmente. Un buen día fui con el Chelo —somos amigos desde pibes— a probarnos a Club Atlético Buena Esperanza. Tendríamos 16 o 17 años. Vinimos de mandados que somos.  Me acuerdo que nos metieron en un equipucho horrible. Enfrentábamos a la cuarta o quinta, ya no recuerdo bien. Ese día yo atajé de todo, salvo tres pelotas que fueron imposibles de atajar. Terminamos perdiendo tres a dos.  El chelo había metido los dos goles nuestros. El coordinador de inferiores quedó encantado conmigo, o eso parecía. Resulta que tenían pocos arqueros y quedé. El pobre del Chelo se quedó afuera, una lástima. Él se volvió para Oran y yo me quede a vivir mi sueño de futbolista en la pensión del club. Una pensión bastante humilde, pero para qué queríamos lujos si estábamos cumpliendo un sueño. Me toco debutar a los 19 años en un partido durísimo contra San Lorenzo. Ernesto Sivio, el arquero titular se había ido expulsado en el partido anterior contra Atlanta, partido que todos los hinchas recordamos, porque termino atajando un defensor nuestro, el brasilero Olindes. Ganamos cuatro a tres y nos alejábamos del tan temido descenso. A mí me toco debutar, como le decía, contra San Lorenzo. No pude dormir durante toda la semana previa. Es más, ya desde el momento en el que  echaron a Sivio, me empezaron a temblar las piernas. Pero había compañerismo, Sivio me aconsejo durante todos los entrenamientos previos a mi debut. Me decía como debía pararme, me contaba las mañas de los delanteros rivales y todo lo que a un pibe le servía para dar sus primeros pasos en primera. Ahora no pasa eso, viejo. Todos se comen el hígado, los mismos compañeros se matan por un puesto o por un mango más. Discúlpeme que me vaya de tema pero hoy ya se perdieron todos los valores o los códigos, como le llaman ahora. Y bien, debate contra San Lorenzo. Y no me lo va a creer, pero fui la figura. Tape todo, empatamos cero a cero gracias a mí, no se equivoque no soy de esos agrandados, pero hasta los rivales me felicitaron una vez terminado el encuentro. Saque dos mano a mano nada más y nada menos que contra el Negro Manfredi. Ese día todos los diarios me pusieron como la figura de la cancha, por ejemplo el diario Clarín, me puso del apodo de “la pantera Alibour”, por mi forma de caer siempre parado y mi tez morena. Empecé con el pie derecho, como quien dice. Luego volvió Sivio a ocupar su lugar en el arco y yo volví al banco. Alterné banco y titularidad como por cinco años más, bah “alternar” es una forma de decir, porque ataje muy pocas veces. Cuando se lesionaba o lo expulsaban a Sivio. Hasta que en el 78 a ambos nos llegó la gran oportunidad. Vinieron desde Atlético Nacional de Colombia y se lo llevaron. Yo, en cambio, quede como el arquero titular.

Y así pasaron los años, yo me fui consolidando. Tuvimos épocas regulares, buenas malas. Pero nunca descendimos. Molestábamos y bastante. Hasta nos metimos en la Libertadores en más de una ocasión. En la liguilla pre Libertadores siempre rompíamos los cocos y nos respetaban bastante. En el 89 conseguimos algo que jamás pensamos conseguir con este humilde club. Salimos campeones de primera división. Lo más cerca que este equipo estuvo de salir campeón fue un subcampeonato de pura casualidad en el 63 pero nada más. ¡Qué manera de meter, Dios mío! Cuanto huevo tenía ese equipo.  Teníamos cada nene en el equipo que mama mía. El negro Pintos, Hermenegildo Sosa, Walter Ramón, Manuel Duró,  abajo, un volante central de la talla de Furriel —que después se fue a River—, a Quinteros, Romualdo Costiña, el Rifle Perea y el Moncho López arriba cabeceando hasta los ladrillos. Después alternaban José Rio, Eduardo Tomassi, el ardilla Francesco…

Ya en la fecha 10 le habíamos sacado ocho puntos al segundo. Recién perdimos el invicto por la fecha 13. Déjeme decirle algo que me llena de orgullo: yo era el capitán de ese equipo, encima terminamos con la valla menos vencida. Me acuerdo la noche en la que ganamos el campeonato. Niños, adultos y gente grande llorando. Todos venían y me abrazaban. Que lindos recuerdos. Había un chico que había venido en sillas de ruedas, me conto cual había sido su sueño; era el de vernos campeones. El pibe no soñaba con volver a caminar ¡Solo soñaba con vernos campeones! Le juro que llore como un nene cuando lo escuché.

Pero como todo lo que sube tiene que bajar, empezamos a decaer futbolísticamente. Malas decisiones de los dirigentes, jugadores que se iban de a poco. Lentamente pasamos de “molestar” a ni siquiera hacerles cosquillas a los otros equipos. Y llego ese último y fatídico torneo en primera. Últimos cómodos salimos. La gente que antes solo nos daba gritos de aliento, nos insultaba de arriba abajo. Yo era uno de los blancos predilectos de los hinchas. Yo le voy a ser muy sincero, cuando un equipo desciende o es goleado fecha tras fecha, seguramente el culpable directo es el arquero. Pero déjeme decirle que yo no tuve la culpa en la mayoría de los goles que nos metieron. No, no pretendo esquivar mi responsabilidad ni echarles la culpa a otros. Pero yo no tengo la culpa de haber tenido una defensa horrible y de que los dirigentes hayan traído cada muerto que daba miedo. Yo soy arquero, un simple arquero. Sin una defensa más o menos buena, por más que uno sea un Oliver Kahn o un Yashin, mucho no puede hacer. Y me echaron la culpa a mí. Se dijo cada barbaridad terrible. Que yo andaba mal de la vista, que ya estaba viejo, que me iba de joda… Justo yo, casado y con dos pibes hermosos. “Ciego”, “manco”, de todo me decían. Mucho se habló de mí, pero lo que más me dolió es que dijeron que yo solo jugaba por la guita, que ya debería haberme retirado.

Me fui por la puerta de atrás. Me echaron como a un perro sarnoso. Pero nuestros destinos  se volverían a cruzar.  Yo firme con Juventud de Rawson. Un pequeño equipo, justamente de Rawson. Había ascendido recientemente para disputar por primera vez el Nacional B y andaban buscando un arquero experimentado. No lo dudé y me fui a instalar en la paz del sur. Había una linda base en la que confluían juveniles y jugadores experimentados. Teníamos la difícil misión de mantenerlo en primera. Yo me tenía fe le confieso.  Empezamos perdiendo seis partidos al hilo. Recién ganamos un partido en la fecha diez y fue frente al otro debutante en la categoría: Deportivo Iguazú. No fue anda fácil la adaptación pero le poníamos el pecho y más o menos logramos levantar  y empezar a sumar puntos. El último partido de la primera rueda fue justamente contra mi ex equipo, no lo jugué. Pero no porque no quise. Tuve un hecho desgraciado que me impidió jugarlo. A mi padre le había dado un infarto y tuve que viajar de urgencia a Salta. Por suerte fue solo un susto. Ese partido lo perdimos tres a uno. Ellos venían quintos y nosotros en el lote de los últimos. Era mucha la diferencia entre ambos equipos. A pesar de que ellos estaban heridos y fundidos le metían garra. Nosotros hacíamos lo que podíamos.

En la segunda ronda  mejoramos bastante. Metimos cuatro triunfos al hilo. Sumamos puntos de visitante. Pudimos estabilizar al equipo. Pero al promediar esta segunda ronda, nos agarró un bajón. Perdimos tres partidos al hilo y de nuevo estábamos con la soga al cuello. Recién en la última fecha se definían los descensos y los que quedaban el octogonal. Mire que cruel es el destino, usted ya se habrá dado cuenta que ese partido crucial lo teníamos que jugar contra mi ex club, donde fui ídolo y ahora me odiaba. Club al que amaba.  Pero ahora me tocaba defender otro equipo y yo soy muy recto, muy profesional. Ellos estaban pelando para meterse en el octogonal para ver si podían ascender. Tenían que ganar o empatar y esperar a que Dalmine empatara o perdiese por goleada.  Yo soy hincha del club y me hubiese dejado hacer uno o dos goles, pero antes que hincha, yo soy un profesional —y por sobre todo un tipo agradecido— y me debía a este equipo ahora.  Sufría una impotencia bárbara por no poder ayudar a mi equipo a volver a la elite del fútbol argentino.  La semana previa al partido fue una porquería, una mierda —discúlpeme el vocabulario— una completa basura. Me llamaron a casa los dirigentes de mi antiguo club.  Primero se hacían los sotas. Me decían que yo era un ídolo, un ejemplo para los más chicos. Lambiscones eran. Me adulaban con palabras vacías y me daban a entender que querían que vaya para atrás ¡Justo a mí! Los saque corriendo. Al otro día ya fueron más directos y me ofrecieron plata. Les corte a esos hijos de puta —perdóneme el insulto— otra cosa no se merecían. Los muchachos me vieron tenso, muy mal de ánimo y comenzaron a apoyarme. Cuando más o menos logre concentrarme, mi señora me llamo desde Buenos Aires —donde habían quedado con mis hijos— para decirme que habían puesto un pasacalle que decía: “Alibour desagradecido, conociste el agua caliente en Buena Esperanza y nos mandaste al descenso, anda para atrás o sos boleta”. Quede pálido al escuchar eso. No sabe la calentura que me pegue. Pero que desagradecidos. Yo que soy el más hincha de ese equipo. Le pedí permiso al gringo Belini para salir un rato para despejarme e ir a hablar con una amigo. Fui a la casa del Rubio Finesa. Lucas Finesa fue uno de mis mejores amigos que me había dado mi equipo anterior. Era mi suplente.  A él también lo habían rajado por la puerta de atrás del Buena Esperanza.  Había pasado por una cantidad enorme de equipos ya. En ninguno se quedaba fijo. Si un equipo le ofrecía un mango más, se iba y punto. Él era lo que se dice un mercenario. Hoy por hoy atajaba en Dalmine y yo sé que a pesar de su interés por la guita, se había ido bastante dolido del Buena Esperanza y ahora buscaba venganza dejándolo afuera del reducido. Hable de todo con el Rubio. Me comento que a él también lo habían llamado los dirigentes de nuestro antiguo equipo. Pero que los había sacado corriendo ya que se había enterado que los sinvergüenzas ni siquiera les pagaban los sueldos a los empleados del club y pretendían malgastar guita en sobornos. Era un mercenario Finesa, pero guardaba algo de códigos aún. Estuvimos hablando como hasta las tres de la mañana. Me tranquilice bastante y me hizo bien hablar con él. Volví a la concentración como si me hubiese sacado una carga de encima.

El día del partido lo tomé como una verdadera final.  Los hinchas del Buena Esperanza me dedicaban cantitos, me puteaban de arriba abajo ¡hasta me hicieron una bandera los muy malditos! “Alibour traidor te vamos a matar”. Juro que me hervía la sangre. No le voy a contar los pormenores del partido ya que seguramente a usted no le interesara mucho. Pero fui la figura del partido, viejo, atajé todo. A los cinco minutos había llegado un centro envenado que cabeceo Soto y la pelota parecía que entraba al ángulo. No sé dónde saque tanta agilidad a los 39 años y volé para sacarla de un manotazo al córner. En una jugada posterior, el mismo Soto le pego cruzado, llegue a sacarla de una forma formidable. Hubo muchas jugadas más y yo me encargaba de ahogarle el grito a todos esos desagradecido. Sin embargo me dolía que estuviera dejando sin posibilidades de ascender al equipo de mis amores, pero estaba tranquilo. A los 30 minutos llego nuestro gol. Tiro libre espectacular que pateo Espasa al ángulo. Nos salvábamos del descenso. En el segundo tiempo el rival se desmorono, ya casi no nos atacaban y si lo hacían chocaban contra mis seguras manos. Y así se fue el partido. Ganamos de visitante y nos salvamos. Pero le voy a ser sincero, la mayor alegría la tuve cuando me entere que Dalmine había perdido por 3-0 y por diferencia de gol Buena Esperanza se metía en el reducido. Le juro que salte de la alegría por eso. Yo al principio tuve un poco de miedo por algún tipo de represalia que pudiesen haber tomado en contra mío o contra mi familia. Pero la verdad que lo único es que pase de ser un simple “mercenario” a ser un “súper mercenario”. Aún hoy  la gente de Buena Esperanza me cruza en la calle y me dice que por mi culpa casi se quedaron afuera del octogonal. Me recuerdan con ese vil calificativo. Es triste que pese más un descenso y ese partido que todo el resto.

Al otro día de terminado el partido fui a verlo de nuevo a Lucas Finesa.  Me hizo pasar a su departamento, estaba bastante contento el rubio. Me senté en uno de los sillones de su living mientras su señora nos servía un café y de fondo se escuchaba un programa infantil, que estaba mirando su pibe de no más de cinco años. El rubio miro detenidamente el bolso que había traído. “¿Trajiste eso?” me pregunto expectante Lucas. Abrí uno de los cierres del bolso y saque una bolsa con doce mil pesos.  Finesa quedo absorto en las doce lucas y se puso a contar billete por billete. Yo le di un sorbo a mi café pensando que había hecho la mejor inversión de mi vida, total cuatro mil pesos por gol no era tanta guita. 

Toni Schweinheim
Obra Publicada, expediente Nº 510614. Dirección Nacional del Derecho de Autor
Seguilo!  

 FACEBOOK


INSTAGRAM


TWITTER

Sábados de Fontanarrosa. Hoy: "No se puede tener todo"

En un momento dado, Eduardo se quedó mirando hacia un costado.

—¿Che? —preguntó—. Aquel que está sentado en la mesa contra la ventana ¿no es Rearte?

—Sí. Es Rearte —dijo Adolfo sin darse vuelta a constatarlo—. Lo vi al entrar. Creo que no me reconoció.

—Pero... —Eduardo frunció la frente—. Está hecho bolsa ese muchacho. Se le cayeron todos los años encima.

—Sí —admitió Adolfo.

—Uhhh... —Eduardo seguía consternado—. ¡Pero si parece que tuviera setenta años!¡Qué avejentado que está!

—Anduvo jodido.

—Tiene mi edad Rearte. Fuimos compañeros en la secundaria.

—Parece que tuviera veinte años más.

—¿O nosotros estaremos igual? —se alarmó Eduardo, volviendo a mirar a su acompañante de mesa luego del estudio exhaustivo de la precaria actualidad de su ex compañero de estudio. Adolfo soltó una risotada sorda.

—No jodas —aconsejó.

—¿Estaremos igual, che? ¿Él nos verá igual a nosotros?

—No. Es que no anduvo bien ese muchacho — insistió Adolfo. Eduardo no pareció oírlo. Se había metido por otra vertiente de la conversación.

—Porque a veces es un poco la forma de vestirse ¿No es cierto? La actitud —arriesgó—. Yo veo tipos que siempre han sido muy formales para vestir. Pero muy formales. Siempre de traje y corbata... Ropa oscura...

—En la puta vida los ves de sport...

—Claro... Y eso los avejenta un poco.

—Sí, pero en este caso...

—Sí... —Eduardo sacudió la cabeza, reflexivo—. Pero en este caso no es así. Éste se viste de traje y todo eso pero además está achacado. Pelado, con lentes...

—Te decía que...

—Medio panzón —arremetió Eduardo, ensañado—. Eso es lo que te caga. Porque uno no puede evitar quedarse pelado. O tener que usar lentes. Pero se puede evitar engordar como un chancho. Eso es cuestión de voluntad.

—Tampoco éste está gordo como un chancho, Edu.

—Te digo en forma genérica. Panzón está. Claro, que yo recuerde, éste no hizo deporte en su puta vida.

—Te digo que anduvo para la mierda —Adolfo golpeó con los nudillos suavemente sobre la mesa como para reafirmar su conocimiento y, de paso, llamar la atención de su amigo.

—Y eso con el tiempo se siente —Eduardo desechó el reclamo—. Cuando no tenés los músculos abdomínales más o menos trabajados, después de los cuarenta se te relaja todo. Adolfo lo miraba. Eduardo detuvo su discurso y lo miró también.

—¿Cómo que anduvo para la mierda? —rebobinó, volviendo a fruncir la frente.

—Estuvo loco.

—¿Loco?

—Sí. Pero loco loco. Loco del bocho. Demente.

—No jodas.

—Sí. No loco lindo o loco divertido. Estuvo internado y todo, este muchacho.

Eduardo volvió a depositar la mirada sobre su medianamente lejano ex compañero de estudios. Ahora con otro interés, con otra óptica.

—¿Y cómo lo sabes?

—Porque hará un año o dos lo encontré en El Savoy. Bah, lo encontré... Es un decir. Yo estaba tomando un café, tenía que hacer tiempo o algo así... ¡Tenía que ir a lo del escribano, ahora me acuerdo! Que está ahí nomás, a media cuadra, vos viste... Y en eso, lo veo a este tipo, al Rearte, en otra mesa. Como si fuera ahora, que también está sentado en otra mesa. También contra la ventana...

—Se ve que la locura le da por ahí —apretó una sonrisa, Eduardo.

—No seas hijo de puta. Pero yo no lo veía muy bien, porque lo tenía medio tapado por una columna. Digamos que lo veía a él pero no veía al tipo que estaba con él. Porque yo lo veía hablando. Muy animadamente. Meta hablar y hablar, dale que dale...

—No era un tipo muy conversador, por lo que me acuerdo.

—Se notaba que era una conversación muy interesante. Yo no escuchaba lo que decía, pero lo veía gesticular, así ¿viste? —Adolfo dibujó algunos gestos con sus manos, en el aire, ampulosos—. Y se reía. Se reía mucho. Ahí sí, fuerte. Yo lo escuchaba reírse. Pero, bueno, no le di mayor bola al asunto. "Estará con algún amigo" me acuerdo que pensé.

—O con alguna mina.

—También. Con alguna mina. Pero me olvidé de la cosa. Tampoco yo soy un amigo demasiado cercano de este muchacho, después de todo. Y no sé qué mierda empecé a hacer, aprovechando el tiempo, con unas facturas, algún trabajo atrasado. Pero me acuerdo que lo volví a mirar porque escuché que se reía de nuevo, muy fuerte, una risa muy sonora, muy estentórea. Digo "ahora cuando me levanto voy a ver con quién está este tipo", más que nada por esa curiosidad de chusma que tiene uno.

—Es que acá en Rosario uno es chusma a la fuerza, Adolfito. Si uno conoce a todo el mundo — puntualizó Eduardo, profundo.

—Me levanto, me pongo el sobretodo —era invierno— miro como para saludarlo, y veo que este tipo estaba solo. Estaba solo en la mesa.

—Estaba hablando solo —Eduardo asimiló el golpe.

—Completamente solo. Yo medio que miré para todos lados, porque por ahí había estado con alguien y el otro tipo, o la tipa, se había ido recién. O se había levantado para ir al baño. Pero no parecía ser así y aparte en la mesa de él había un solo café, un solo vasito de agua.

—Qué jodido...

—Jodido ¿viste? Porque la cosa te descoloca. Yo no sabía muy bien qué hacer...

—Te piraste...

—¡No! Porque él me había visto. Cuando yo me levanté para ponerme el sobretodo y miré como para saludarlo, él también me vio. Me vio y me saludó muy efusivamente con la mano: "¡Qué haces, Adolfo!"

—Te dejó pegado.

—Me tuve que acercar, te imaginás. Y ahí corroboré que el hombre no andaba demasiado bien de la azotea. Primero, que caí en la cuenta que desde otras mesas también lo estaban mirando. Un poco con interés, otro poco con inquietud ¿viste? Uno nunca puede saber demasiado bien qué carajo puede hacer un loco. Algunos otros tipos que estaban en otras mesas me miraban haciéndose los boludos como diciendo...

—Otro loco de mierda.

—No. Pero... ¿viste? Qué sé yo... Como diciendo, "Este tipo no se apioló, este tipo no se dio cuenta...". Una cosa así.

—Y... ¿qué pasó? ¿Te sentaste?

—Me tuve que sentar. Medio en el filo de la silla como para irme, pero me senté. Y ahí me contó. Dentro de su incoherencia me contó cómo venía la mano con él...

—¿Se lo notaba muy alterado?

—Ah... Eso es lo que te había empezado a contar, aparte del hecho de que la otra gente lo mirara. Sí... Hacía gestos raros con la cara. Rictus ¿viste? Visajes. Fruncía la cara. Replegaba los labios y mostraba los dientes apretados, como si le doliera algo. No siempre, por supuesto, de vez en cuando. Pero eran como tics. Y transpiraba, además. Y te estoy hablando de pleno invierno. Un  frío de cagarse.

—¿Y qué te contó?

—Que se le había matado en un accidente un amigo muy querido, y que era...

—A la pucha.

—Y que era con ese amigo con el que había estado hablando. Que se encontraban muy seguido. Que tenían muchas cosas para contarse. Que el accidente había sido como dos años atrás, pero que se seguían viendo...

—Mira qué extraño. Iba y venía de la locura — diagramó Eduardo—. Sabía que su amigo se había muerto pero lo mismo te contaba que hablaba frecuentemente con él.

—Eso mismo. Con total naturalidad. Por momentos, te juro, parecía que estaba completamente lúcido y normal...

—Era un tipo agradable, recuerdo.

—Un tipo agradable. Pero también me dijo que cuando su amigo no aparecía —o mejor, el fantasma de su amigo no aparecía—, él se angustiaba mucho, que sufría, que se deprimía, que a veces lloraba...
—La mierda.

—Entonces yo le dije... te imaginás... ¿Qué carajo le iba a decir en un momento así? Le dije que por qué no iba a ver a un psicoanalista...

—Lógico...

—Y me dijo que había empezado a ir hacía poco. Que su mismo amigo se lo había aconsejado...

—¿Su amigo? ¿El muerto?

—Y otra gente, también. Familiares, supongo. Y que estaba muy satisfecho con la terapia, que le estaba yendo muy bien...

—¡Ya veo!— rió, asombrado, Eduardo.

Adolfo se quedó callado. Torció su cabeza para mirar a Rearte que, algo encorvado, les daba la espalda desde la mesa de la ventana.

—Después me fui —completó—. De ahí conozco este asunto de la historia ésa. De lo que me contó él.

—Fijate vos —bamboleó la cabeza hacia adelante y hacia atrás Eduardo, abstraído. También él observó a Rearte entonces—. Y ahora, cuando entraste —preguntó a Adolfo—. ¿No viste si estaba hablando solo, o si gesticulaba, o algo así?

—No... No...

—¿No viste o no hablaba solo?

—No hablaba solo. Ni gesticulaba. Al menos en los momentitos que yo lo miré. Porque lo miré para saludarlo cuando lo reconocí pero él no me vio entrar.

—Yo tampoco lo vi hacer nada raro —murmuró Eduardo.

—Por ahí está bien. Quién te dice.

—Como suelto, anda suelto.

—Por ahí se curó con la terapia, Edu —Adolfo estaba recogiendo sus cosas de una silla contigua, como para irse.

—Lo voy a ir a saludar, a ver qué pasa —afirmó decidido Eduardo también poniéndose de pie.

—Andá, andá y después me contás —lo alentó Adolfo, acomodándose la bufanda. Se separaron. Adolfo se fue por la puerta de la esquina de Santa Fe y Sarmiento y Eduardo, abrochándose el saco, se aproximó a Rearte. Rearte lo recibió con algo de sorpresa y una medida alegría. De cerca se lo veía más avejentado aún, pero calmo, con cierta transparencia en la mirada y un leve temblequeo en el labio inferior. Rearte invitó a compartir la mesa a Eduardo y éste, igual que Adolfo en aquella ocasión, se dejó caer casi en el borde de la silla, la agenda apoyada sobre sus muslos, como para partir en cualquier momento.

Eduardo, piadoso, mintió que lo encontraba bien, casi igual que siempre, lo que dio lugar para que Rearte, casi culposo, lo contradijera efusivamente y le explicara las causas de su estado de deterioro físico ligeramente prematuro. En tanto le contaba la historia que Eduardo ya sabía a través de Adolfo, Rearte se fue entusiasmando, adquiriendo confianza, como si al principio desconfiara de que Eduardo fuera realmente quien decía ser. Le habló de su amigo, del terrible accidente, del shock emocional que aquel suceso le había provocado, de su desequilibrio

nervioso, de sus largas y animadas charlas con el espíritu ("o lo que fuere" aventuró) de su amigo muerto, de su terapia y de su sostenida mejoría.

—Me hizo muy bien, Lejarza —sonrió, tristemente, rescatando el apellido de Eduardo, que la cotidiana lista de asistencia escolar había grabado en su memoria—. Pude hablar el asunto. Pude, como dicen ellos los psicólogos, elaborar el duelo. Pude asumir que mi amigo había muerto.  Convivir con eso. Incorporarlo...

—¿Terminaste la terapia? —preguntó Eduardo.

—Terminé. Terminé. Bah... Voy de vez en cuando. Controles más que nada.

—Esas cosas nunca terminan del todo —precisó Eduardo como si supiera.

—Nunca estás sano —la sonrisa de Rearte era desvaída.

—¿Y ahora cómo andas, cómo te sentís?

—Peor, Lejarza. Peor —dijo Rearte, al punto. Eduardo se echó un poco hacia atrás, sin mudar de expresión, impactado—. Antes al menos tenía con quien conversar. Me pasaba horas hablando con el espíritu, o lo que sea —se encogió de hombros— de Aldo. Te aseguro que me iba a algún café, lo encontraba allí y estábamos horas charlando. Claro, ya no nos veíamos tan seguido como cuando él estaba vivo —que estábamos juntos todo el santo día, éramos culo y camisa te juro—, y entonces cuando nos encontrábamos teníamos un montón de cosas para contarnos. Pero ahora...  —Rearte lentificó su relato—. Ahora me siento muy solo. Muy solo, Lejarza. Vos sabes que yo no me casé, mi vieja está muy viejita...

Eduardo amagó ponerse de pie. Sentía la incomodidad propia de quien sospecha que su interlocutor puede ponerse a llorar en público en cualquier momento. Intuyó que debía hallar una frase de cierre, antes de irse.

—No se puede tener todo —barbotó, mirando hacia el nerolite de la mesa. Y suspiró profundo.

—¿No querés tomar un café? —Rearte lo tocó en el brazo, adivinando su intención y retomando, incluso, un tono de voz más festivo. Eduardo se puso de pie, ligeramente espantado.

—No, Rearte. Me tengo que ir.

—Quédate. ¿Tenés mucho que hacer?

—Sí. La verdad que sí. Me alegro de verte bien, Rearte.

—Un café nomás —Rearte elevó su dedo índice en el aire—. Contame si viste a alguno de los muchachos. ¿Lo ves a alguno?

—A Ferrer, a veces... A Spiño... pero mejor otro día, Rearte. La verdad es que ando a los rajes.  Discúlpame pero nos vemos en cualquier momentito.

Apretó la agenda sobre su pecho y salió hacia Sarmiento. Rearte miró hacia la barra e hizo la seña de un cortado.

Roberto Fontanarrosa

Extraído del libro "La mesa de los galanes". Ed de La Flor 2001/ Ed. Planeta 2012.



Trabajo

 

Por Toni

Pelota

 

Por El Chapa

Comienzos

 

Por Fechu

Arte

 

Por Sergio Más

Fútbol

Por Elmer
 

Con la Libertadores, la Sudamericana, la Copa Argentina y el Torneo Apertura, aseguran que para el próximo semestre se podrían sumar 5 o 6 competencias más; si total nadie se va a dar cuenta.

Ni la IA. Reconoce a los equipos de la LPF.  Antes del Mundial 2026 hay una cantidad exorbitante de partidos. Un menú bastante variado que v...


Top