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El presentismo.

Nadie en la oficina sabía exactamente a qué hora se iba Ricardo. Bueno... todos lo sabían. Lo que nadie sabía era cómo hacía. A las tres y veinte seguía sentado frente a la computadora. A las tres y veinticinco aparecía con un café. A las tres y media discutía con Sistemas porque "la impresora otra vez no imprimía". A las tres y treinta y cinco desaparecía. Como si se evaporara. A veces se iba a las tres menos cuarto. Otros días a las cuatro. Pero siempre era el mismo modus operandi. Y cinco minutos después, después de su huida llegaba un mensaje al grupo:

—¿Alguien vio a Ricardo?

Y siempre aparecía alguno con la misma respuesta.

—Debe estar en el baño.

—Habrá bajado a fumar.

El baño de Ricardo debía quedar en otra provincia, porque no volvía hasta el otro día. O se iba a fumar directamente a las plantaciones de tabaco. Al rato del mensaje de algún compañero en el grupo, respondía con algún misterio insoslayable de la vida cotidiana:

Que el dentista.

Que el nene tenía acto.

Que la suegra.

Que el registro.

Que le viene el plomero.

Que tenía que hacer un trámite impostergable a la DGI, AFIP, ARCA, ANSES o la NASA.

Pero no se iba antes todos los días, era un día a la semana: cualquier día, casualmente esos días coincidían con los partidos que jugaba su equipo. Un día de cierre de balances, la empresa los hizo ir un domingo, porque no llegaban. Justo a las tres de la tarde se rajó: otra vez le había pasado algo a la suegra.
Todos sabían que Ricky se iba a la cancha, pero los compañeros se callaban, era una época de compañerismo, no como ahora que te venden por dos mangos o para trepar le cuentan hasta al jefe lo que uno come el día anterior. Nadie decía nada. Al gerente le chupaba un huevo, mientras el laburo esté hecho, que se vaya a ver ballenas al sur si era por él. Hasta que cambiaron al gerente.  El nuevo llegaba antes que el portero y se iba después que el personal de limpieza. Hacia más horas que los vigilantes que rotaban en dos turnos. Caminaba con una carpeta bajo el brazo, aunque estuviera vacía. Miraba el reloj, de esos smartwatchs donde pueden ver los mensajitos. Tenía un aire a superioridad. Alto, grandote, pero grandote de gimnasio o de crossfit. Tenía algunas cositas hechas en la cara: a la luz se notaba el ácido hialurónico rellenando surcos faciales. En la oficina jugaban a ver si se parecía más a Ricardo Fort o al abogado Burlando. 

El primer viernes llamó a Ricardo. El miércoles se había rajado a las dos y media de la tarde.

—Sentate— dijo en tono imperativo. Ricardo se sentó.

—¿Usted consciente de que en los últimos ocho meses acumuló treinta y nueve retiros anticipados?

Ricardo hizo una cuenta mental. Cuatro victorias, ocho empates y tres derrotas.

—Puede ser... —atinó a susurrar Ricardo.

—No "puede ser". Es.

Hubo un silencio atroz.

—¿Tiene algún problema familiar? —volvió a la carga el gerente.

—No. A veces mi suegra, pero…

—¿De salud? —lo cortó tajante el jefe.

—No.

—Entonces explíqueme.

Ricardo lo pensó. Podía mentir. Decirle los actos del nene, pero iba en el turno mañana. Lo de la suegra ya no pasó el filtro. Algo psicológico, pero no, después le hacían carpeta y cagaba. Pero estaba cansado y ya no quería pensar más excusas:

—Me voy a la cancha. —dijo, por fin Ricardo. El gerente levantó la vista y alzó los codos sobre el escritorio.

—¿Cómo?

—A la cancha.

—¿Así nomás me lo dice?

—Así nomás.

—¿¡Y le parece bien!? —explotó el gerente.

—No.

—¿Entonces?

—Pero tampoco me parece bien perderme un partido por rellenar un Excel que puedo hacer mañana, si no se va a morir nadie.

El gerente respiró hondo, pero estaba rojo de furia ya. Abrió un cajón. Sacó una carpeta y la apoyó sobre el escritorio.

—Recursos Humanos va a iniciar un proceso disciplinario. —dijo gravemente—, Ricardo miró la carpeta como si fuera un certificado de defunción.

—¿Tan grave es?

—No es por un día.

—Ya sé.

—Es por todos.

Ricardo asintió. Porque tenía razón. No era un error. Se había zarpado. Pero no sintió culpa, había valido la pena. El club por sobre todas las cosas. Igualmente se sentía algo pelotudo. Su estado de ánimo oscilaba entre el heroísmo de haber ido siempre a la cancha y la estupidez de haber hecho la pelotudez de descuidar el laburo en épocas de vacas flacas.

 ---

Los días transcurrieron mientras esperaba que lo llamaran de Recursos Humanos. Ricardo empezó a descubrir algo raro: cuando entraba los compañeros lo saludaban distinto, como si ya estuviera despedido. Uno le dijo: “Che... cualquier cosa avisá”.  Otro le daba una palmada en la espalda cada vez que lo veía.  Hasta el de Seguridad, que nunca levantaba la vista del celular, le deseaba suerte cada vez que lo cruzaba. Era increíble: llevaba doce años trabajando ahí y recién parecía caerles simpático cuando estaba por quedarse sin trabajo.

El llamado de Recursos Humanos llegó un jueves. Tres de la tarde. La misma hora en la que jugaba el equipo. Pensó que era una provocación. Que el gerente se lo había hecho a propósito. Subió al sexto piso. Sentía en la nariz un olor a hospital, capaz era la salita de primeros auxilios que estaba contigua a la oficina de Recursos Humanos. Pensó que en tantos años de laburo nunca conoció al gerente de RRHH. Le pareció loco. Porque cuando entró a laburar, eran tan pocos que el papeleo lo había hecho su antiguo jefe. El chirrido de la puerta lo sacó de sus pensamientos:

—Pase, lo está esperando. —dijo una mujer medio canosa, haciendo un ademán con la mano.

Ricardo entró. El hombre levantó la cabeza. Lo miró apenas un segundo. Y sonrió.

—No puede ser...

Ricardo frunció el ceño.  Sentía haber visto esa cara. Pero no sabía de dónde.

—¿Vos sos Ricardo Bogado, legajo 42.151?

—Sí.

—¿Va a la popular sur, de casualidad?

Ricardo tardó unos segundos, no esperaba una pregunta así en su vida.

—... ¿Cómo?

—Popular sur. Siempre atrás del arco. —remató el gerente de Recursos Humanos. Ahora sí. Lo reconoció.  El tipo de la campera azul gastada. El que discutía con todo el mundo. El que cada tanto aparecía con una bolsa de maní o semillas de girasol. El que se fumaba como 40 cigarrillos por tiempo.

Los dos se rieron. Como si se hubieran encontrado en un asado. A Ricardo le volvió el alma al cuerpo, y el trabajo, que no es poco.

—Vos sos el de la bandera que dice "Aunque ganes o pierdas"—preguntó Ricardo.

—La misma.

—¡Qué chico es el mundo!

—Más chico es nuestro clásico. Sentate, ahí pido un café.

Hablaron diez minutos.  De la formación. Del técnico. Del cinco que era un desastre. Del árbitro del domingo. De la campaña malísima.  De la vieja.  De los viajes.  De aquella vez que casi se agarran con la hinchada rival. De como siempre iban a la misma tribuna y nunca se hablaron. En un momento Ricardo pensó: "Listo. No pasa nada. Zafaroli"

Cuando el café se terminó, la charla también, el gerente cerró la carpeta.  La sonrisa desapareció.

—Bueno.

Ricardo sintió el cambio de clima. Como cuando el árbitro se lleva el silbato a la boca para cobrar un penal en contra o rajar a un jugador.

—Ricardo...

—Sí.

—Ojalá esta reunión hubiera sido en otro lado y en otras circunstancias.

—Pero...

—Tengo que desvincularte de la empresa.

El silencio se sintió fuerte, como cuando en el clásico te lo empatan a último minuto, o incluso peor, cuando te lo ganan.

—¿Cómo? — atinó a decir Ricardo.

—La decisión ya está tomada.

—Pero recién...

—Sí.

—Pensé que...

—Yo también voy a la cancha.

—Entonces entendés.

—Justamente por eso. Hay que saber separar las cosas.

Ricardo no respondió.

—Si te salvo a vos porque compartimos una tribuna, mañana no puedo mirar a nadie a la cara.

Le acercó el sobre con los papeles del despido.

—Créeme que preferiría estar hablando del partido que viene.

Ricardo tomó el sobre sin abrirlo. Se levantó.  Cuando llegó a la puerta, el gerente habló otra vez.

—Che.

Ricardo se dio vuelta.

—El próximo partido... ¿vas?

Ricardo levantó apenas el sobre.

—Ahora tengo tiempo de sobra —dijo irónicamente.

El otro hizo una sonrisa triste.

—Nos vemos en la popular.

La semana siguiente fue la primera en doce años en la que Ricardo no puso el despertador. Se despertó igual a las siete.  Por costumbre. Estuvo un rato mirando el techo. No tenía que fichar. No tenía reuniones. No tenía planillas de Excel que completar con comprobantes.  No tenía un sueldo. Pero el futbol seguía, no se detenía.

---

El miércoles por la tarde, porque la AFA pone partidos a cualquier día y horario ya, llegó a la cancha más temprano que de costumbre.  No porque hiciera falta. Porque no tenía otra cosa que hacer.  El ritual era el mismo de siempre.

Mientras caminaba hacia la popular vio la bandera de siempre: “Aunque ganes o pierdas”. Y debajo, acomodándola entre dos caños, estaba él. El gerente.  Vestido exactamente igual que cualquier otro domingo. Los dos se miraron.  Hubo un segundo incómodo. Después el gerente levantó una mano.

—¿Qué hacés?

—Acá ando.

—¿Todo bien?

Ricardo hizo esa mueca que significa cualquier cosa menos "todo bien".

—Y... buscando laburo.

El otro bajó la mirada.

—Perdóname…

—Ya está, el moco me lo mandé yo.

—No.

—Sí.

—No sabés lo mal que la pasé.

Ricardo sonrió.

—¿Sabés cuándo la pasé mal yo?

—¿Cuándo?

—Cuando vi la liquidación de mierda que me hicieron.

Los dos largaron una carcajada.

Era raro. Cinco días antes uno le había sacado el trabajo al otro.  Y sin embargo estaban hablando como dos hinchas comunes y corrientes.  Porque la cancha tiene esa extraña capacidad de borrar durante noventa minutos todo lo que afuera parece importante.

---

El partido empezó horrible. El equipo no daba dos pases seguidos. El nueve estaba más lento que Ricardo terminando un Excel.  El volante marcaba a dos metros.  Y el técnico seguía convencido de que todo se arreglaba haciendo cambios cuando el otro equipo metía al menos dos o tres goles. La tribuna empezó con los insultos de siempre.  Los defensores regalaban pelotas a los rivales. El arquero no salía…  A los treinta y ocho del segundo tiempo seguían cero a cero. El empate no servía. Era mas de lo mismo. Otra vez sin nada porque pelear. La gente ya empezaba a irse. Alguno insultaba al presidente. Otro pedía elecciones. Uno proponía incendiar la sede con los dirigentes adentro. Todo muy normal como siempre. Hasta que un centro desde la derecha. Un rechazo corto. La pelota quedó picando. El cinco, que no hacía un gol desde la pandemia, pero no de COVID-19, de la peste negra, sacó un derechazo imposible. La pelota entró pegada al palo.  Por un instante nadie entendió nada. Después explotó la tribuna.

Ricardo sintió un abrazo que casi le afloja dos costillas. Era el gerente. Los dos gritaban. Saltaban. Se sacudían.  No eran gerente y empleado. No eran despedidor y despedido. Eran dos tipos festejando el mismo gol. Durante unos segundos desaparecieron las oficinas, los memorandos, las sanciones, las firmas y las indemnizaciones. Sólo existía esa pelota adentro del arco. Todo a pesar que era un partido del montón. Tal vez las emociones de la semana de los dos hicieron que ese gol fuese épico.  Cuando terminó el festejo se quedaron riendo, agotados.

—¡Te rompí los anteojos! —dijo el gerente.

—No importa.

—Perdón.

—Con la indemnización me compro un vidrio.

Los dos volvieron a reír.

 ---

 El partido terminó uno a cero.

La gente salió cantando. Como siempre, parecía que ese triunfo solucionaba todos los problemas del país y del mundo, a pesar que el equipo estaba de la mitad para abajo en la tabla.

Ricardo y el gerente caminaron juntos unas cuadras sin hablar demasiado. Hasta que llegaron a una esquina.  El gerente se frenó.

—Che...

—¿Qué?

—¿Conseguiste algo?

—Todavía no.

El hombre metió la mano en el bolsillo. Sacó una tarjeta.

—Tengo un amigo.

Ricardo la miró.

Era una empresa bastante grande.

—Están buscando gente de confianza y mucha experiencia para administración.

—¿En serio?

—Sí. Decile que vas de parte mia. Ya está todo arreglado.

—¿Y por qué me ayudás?

El gerente no dijo nada y se señaló el escudo en la campera gastada. Ricardo guardó la tarjeta. No dijo gracias. Siguieron caminando. A los pocos metros se despidieron.

---

Dos semanas después Ricardo empezó a trabajar en esa empresa. Ganaba un poco más. Le quedaba más cerca.  Y, para sorpresa de todos, jamás volvió a irse antes. No porque hubiera cambiado.  Porque el nuevo jefe era hincha del clásico rival.  Y Ricardo había aprendido una lección que nunca figuró en ningún manual de procedimientos de Recursos Humanos. Hay cosas que uno puede discutir: el sueldo, las vacaciones, el horario, hasta el convenio. Pero no podés discutir de fútbol con el pelotudo que es hincha de tu clásico rival, y más si es jefe. Por eso, Tomás, porque así se llama el gerente de Recursos Humanos, cada vez que el equipo jugaba un día de semana y veía que Ricardo no estaba, sonreía, porque estaba laburando, porque tenía laburo y por fin lo cuidaba.

El fútbol, en cambio, tiene otras reglas. En la tribuna nadie pregunta de qué trabajás. Ni cuánto cobrás. Ni si sos gerente. Ni si sos cadete. Ni quién firmó tu despido. Cuando la pelota entra, durante un abrazo que dura apenas cinco segundos, todos son exactamente iguales. Claro, a menos que vayas al palco, pero ese es otro tema en el cual no vamos a entrar en detalles.

Toni Schweinheim
Obra Publicada, expediente Nº 510614. Dirección Nacional del Derecho de Autor





"Fútbol, ¿El opio de los pueblos?", de Eduardo Galeano,

¿En qué se parece el fútbol a Dios?. En la devoción que le tienen muchos creyentes y en la desconfianza que el tienen muchos intelectuales.

En 1880, en Londres, Rudyard Kipling se burló del fútbol y de “las almas pequeñas que pueden ser saciadas por los embarrados idiotas que lo juegan”. Un siglo después, en Buenos Aires, Jorge Luis Borges fue más que sutil: dictó una conferencias sobre le tema de la inmortalidad el mismo día, y a la misma hora, en la selección argentina estaba disputando su primer partido en el Mundial del ’78.

El desprecio de muchos intelectuales conservadores se funda en la en la certeza de que la idolatría de la pelota es la superstición que el pueblo merece. Poseída por el fútbol, la plebe piensa con los pies, que es lo suyo, y en ese goce subalterno se realiza. El instinto animal se impone a la razón humana, la ignorancia aplasta a la Cultura, y así la chusma tiene lo que quiere.

En cambio, muchos intelectuales de izquierda descalifican al fútbol porque castra a las masas y desvía su energía revolucionaria. Pan y circo, circo sin pan: hipnotizados por la pelota, que ejerce una perversa fascinación, los obreros atrofian su conciencia y se dejan llevar como un rebaño por sus enemigos de clase.

Cuando el fútbol dejó de ser cosas de ingleses y de ricos, en el Río de la Plata nacieron los primeros clubes populares, organizados en los talleres de los ferrocarriles y en los astilleros de los puertos. En aquel entonces, algunos dirigentes anarquistas y socialistas denunciaron esta maquinación de la burguesía destinada a evitar la huelgas y enmascarar las contradicciones sociales. La difusión del fútbol en el mundo era el resultado de una maniobra imperialista para mantener en la edad infantil a los pueblos oprimidos.

Sin embargo, el club Argentinos Juniors nació llamándose Mártires de Chicago, en homenaje a los obreros anarquistas ahorcados un primero de mayo, y fue un primero de mayo el día elegido para dar nacimiento al club Chacarita, bautizado en una biblioteca anarquista de Buenos Aires. En aquellos primeros años del siglo, no faltaron intelectuales de izquierda que celebraron al fútbol en lugar de repudiarlo como anestesia de la conciencia. Entre ellos, el marxista italiano Antonio Gramsci, que elogió “este reino de la lealtad humana ejercida al aire libre”.

Eduardo Galeano
Siglo XXI Editores Argentina. 2010. ("Fútbol a sol y sombra" de 1985)




La previa contra Jordania

 


¿Estamos usando la misma previa que en el último mundial? Por supuesto que si.

Desde la AFA proponen hacer un “Piedrazing Break”, un “Running a Esos Putos Break” o un “Drying Nuca Break” en los partidos del Torneo Clausura.

Drying nuca Break. Se vendría al Fútbol argentino.
El “Hydration Break” pegó fuerte entre los dirigentes, por lo que el Chiqui Tapia propone que para el torneo que arrancará próximamente haya algunas pausas. “Hay que ser abiertos de mente y copiar lo bueno que nos dejó el Mundial. Los jugadores necesitan una pausa, al igual que los hinchas, así la TV puede vender todo tipo de publicidades”, comentan desde la AFA.

A pesar de que la medida de transformar un partido de fútbol en cuatro cuartos despertó polémica, la idea busca instalarse en el fútbol argentino. “Hoy los partidos del fútbol argentino se interrumpen por banderas, piedrazos, violencia, rosca de dirigentes... bueno, vamos a blanquearlo”, sostiene otro cráneo de la AFA.

Lo aplicado no sería, en principio, la “pausa de rehidratación” tal como la vimos en el Mundial, sino que estaría aggiornada al fútbol argentino. “Mirá, vamos a tener el ‘Piedrazing Break’ para que las hinchadas se caguen a piedrazos o bien caguen a piedrazos a jugadores, árbitros, otros hinchas o dirigentes... bueno, dirigentes no”, explica otro dirigente.

“Lo más probable es que hagamos el ‘Running a Esos Putos Break’ para que la barra corra a todo lo que se mueva. El tema es que no sé si alcanzarán cinco minutos; capaz lo extendemos a media hora o un día, hay que ver”, desliza otro dirigente.

“Lo que sí ya tenemos definido es el ‘Drying Nuca Break’, porque todo dirigente tiene derecho a que le sequen la nuca cuando mire el partido”, comenta, por último, otro dirigente.

No hiciste goles

Cuando uno piensa en un delantero de fútbol imagina otra cosa.  Se imagina a esos tipos de mandíbula apretada que salen en los afiches publicitarios señalando el arco con cara de pocos amigos. Se imagina goleadores que viven para romper redes, que festejan trepados al alambrado y que tienen una colección de camisetas intercambiadas con arqueros derrotados. Un vikingo a lo Haaland. Un tanque alemán a lo Klinsmann. Un puma bestial como Mbappé. Ni hablar de un CR7. O una flecha dorada como lo era el Bati.

Alejandro Dorado no se parecía a ninguno de ellos. Era alto, cerca de un metro noventa, flaco como un poste de luz y de hombros angostos. Tenía la piel morena, castigada por el sol de tantas canchas de tierra, unos ojos color café que siempre parecían estar sonriendo y un pelo negro donde muchos peines se rindieron. Era como un Peter Crouch, pero nuestro.

Su aspecto tampoco ayudaba a imponer respeto. Mientras otros delanteros intimidaban con tatuajes, músculos y gestos desafiantes, Alejandro tenía cara de profesor de escuela secundaria o de empleado bancario que acababa de salir de la oficina para jugar un picado con amigos. Una cara de buenazo, y lo era eh.

Sin embargo, cuando entraba al área rival ocurría algo extraordinario. No porque hiciera goles. Justamente, por lo contrario.  Alejandro Dorado era incapaz de convertir un gol. Le tenía alergia. Parecía que tenía un pacto con la pelota en la que esta nunca iba a tocar la red. No es que le costara. No es que estuviera atravesando una mala racha. No es que le faltara definición. Lo suyo era otra cosa, algo tan difícil de explicar como de creer. Parecía existir una fuerza misteriosa que se interponía entre él y el gol. Por eso, con el tiempo, la gente empezó a llamarlo "El Dorado", porque encontrar un gol suyo era tan improbable como encontrar la ciudad perdida de oro. El apodo nació en una transmisión radial y terminó acompañándolo durante toda la vida.

Lo curioso era que Alejandro jugaba bien. Muy bien. Controlaba la pelota con elegancia, tenía una visión de juego extraordinaria y poseía una inteligencia táctica que cualquier entrenador hubiera firmado sin dudar. Sabía cuándo tirarse atrás para asociarse con los mediocampistas, cuándo abrir espacios para los extremos y cuándo presionar a los defensores rivales. Colaboraba con todos en todos los espacios. En cualquier otro puesto habría sido considerado un fenómeno. Pero era nueve de área.  Y a los nueves se los juzga por una estadística muy simple: los goles.

Su debut en Primera División ya había sido una advertencia. Ingresó faltando quince minutos, encaró al arquero en una corrida memorable y definió tan mal que la pelota terminó pegándole a una cámara de televisión. Los hinchas se agarraron la cabeza. El técnico se quedó congelado.  Y el pibe de diecinueve años volvió trotando al círculo central con una sonrisa tímida, como quien pide disculpas por haber roto un florero o un macetero jugando en la casa. Los hinchas dijeron que era pibe, que ya iban a venir los goles… y todo eso que dicen los hinchas como para darse más animo a ellos que al jugador. Nadie imaginaba que aquello recién empezaba.

Durante los años siguientes acumuló errores que parecían inventados por el Negro Fontanarrosa. Una tarde dejó desparramados a cuatro defensores y al arquero. El arco estaba completamente vacío. Los relatores ya gritaban el gol antes de tiempo. Alejandro remató con tranquilidad y la pelota pegó en un pozo de tierra que se había hecho con los botines de los jugadores en la tierra húmeda, cambió de dirección y salió por la línea lateral. Ni García Marquez se hubiese jugado con tal realismo mágico.

En otra ocasión ejecutó una chilena perfecta que habría ocupado las tapas de todos los diarios deportivos del continente si no fuera porque terminó impactando contra el banderín del córner.

Los videos se viralizaban en las redes sociales. Los programas deportivos repetían las jugadas durante semanas. Los periodistas buscaban explicaciones técnicas, psicológicas y hasta esotéricas. Algunos afirmaban que sufría ansiedad. Otros hablaban de mala suerte. Un ex árbitro devenido en panelista llegó a sostener que estaba embrujado.

Alejandro escuchaba todas las teorías y se reía.

—Lo importante es que ganamos, el gol lo puede hacer cualquiera —decía.

Lo extraordinario era que jamás perdió el buen humor. Nunca discutió con un compañero. Nunca respondió una crítica. Nunca una tarjeta. Nunca señaló a otro por una derrota. Mucho menos se adjudicaba la victoria cuando el equipo ganaba por un centro o una asistencia suya. Porque el tipo ponía todo eh.

Y cuando alguien le preguntaba cómo hacía para soportar tantas bromas por su eterna pelea con el arco, respondía:

—Soy furor en las redes… ¿Qué más querés?

Esa forma de ser terminó conquistando a todos.

A los compañeros les gustaba compartir concentraciones con él porque siempre tenía una historia para contar. Los utileros lo adoraban porque era el único jugador que agradecía cada detalle. Los hinchas comenzaron a comprender que estaban frente a un personaje irrepetible.

Cada vez que tomaba la pelota cerca del área se producía un fenómeno extraño. La gente se levantaba de sus asientos. No para anticipar un gol. Para descubrir de qué manera lo iba a errar. Y Alejandro nunca defraudaba:

En Rosario, una vez, remató tan alto que la pelota cayó sobre el techo de un restaurante ubicado detrás de una tribuna. En Córdoba reventó un cartel publicitario situado a veinte metros del arco.

En Mendoza, contra Godoy Cruz, vio al arquero adelantado, le pegó de lejos… tan mal que terminó habilitando a un compañero, quien convirtió el gol del triunfo.

Con el paso de los años dejó de ser simplemente un futbolista.  Se transformó en un personaje popular. Las hinchadas rivales lo aplaudían cuando ingresaba. Los chicos pedían su camiseta. Los programas de televisión lo invitaban más por simpático que por futbolista. Sin darse cuenta, Alejandro había logrado algo que muy pocos consiguen: que la gente quisiera que le fuera bien. Como cuando todos celebrábamos al ex entrenador de Brown de Adrogué: Pablo Vicó.

Cuando se anunció su convocatoria a la Selección Argentina, el país entero quedó paralizado. Los periodistas deportivos reaccionaron como si se hubiera producido una catástrofe. Como cuando al Diego le cortaron las piernas. Durante semanas se debatió el tema en radio, televisión y diarios. ¿Cómo van a convocar a un delantero sin goles? 

Lionel Scaloni fue consultado en conferencia de prensa. Su respuesta se hizo famosa.

—Hay futbolistas que mejoran un equipo por lo que hacen con la pelota. Dorado mejora un grupo desde que entra hasta que sale del estadio. Esto es por el grupo. Lo más importante en el futbol es el grupo.  Lo pueden ver en todos lados, el grupo de amigos, el grupo de hinchas que va a la cancha. El grupo es todo.

El debut ocurrió en un amistoso internacional. Cuando el cartel luminoso anunció su ingreso, el estadio completo comenzó a corear su apellido. No importaban los colores de las camisetas ni el resultado del encuentro. Todos querían presenciar ese momento.

 A los pocos minutos recibió un pase filtrado de Messi y quedó mano a mano con el arquero:

El país entero contuvo la respiración. Los relatores hicieron silencio. Los comentaristas dejaron de hablar. Alejandro avanzó unos metros, eligió un palo y definió. La pelota salió desviada por una distancia tan exagerada que el arquero ni siquiera se movió. Tampoco hizo vista, porque si hacia vista le daba torticolis.  Primero hubo un instante de desconcierto. Después una carcajada colectiva. Y finalmente una ovación enorme. Como si hubiera marcado el gol de la victoria en el último minuto. Está bien que el partido ya lo ganaba Argentina por 3-0, y eso descomprimía bastante. Pero aquella noche se ganó definitivamente el corazón de todos. Messi lo abrazó y caminaron juntos hacia el vestuario.

Pasaron los años, llegaron más partidos y más convocatorias. Alejandro nunca hizo un gol. Ni en clubes ni en la Selección. Pero siguió siendo titular, referente, capitán ocasional, consejero de juveniles y compañero ejemplar.

Hasta que el tiempo, que nunca pierde un partido, llegó para avisarle que era hora de retirarse. La despedida fue organizada en el estadio donde había jugado la mayor parte de su carrera: El Florencio Solá, la cancha de Banfield.

Las entradas se agotaron en menos de una semana.

Vinieron ex compañeros, rivales históricos, técnicos, periodistas y dirigentes. Algunos viajaron desde el exterior sólo para estar presentes. Antes del comienzo proyectaron un video con las mejores jugadas de su carrera. Duró veinte minutos: no hubo un solo gol. Y, sin embargo, todos terminaron emocionados.

Cuando Alejandro salió al campo de juego encontró una bandera gigantesca que cubría media popular.

Decía:

"NO HICISTE GOLES, PERO NOS HICISTE FELICES. GRACIAS ETERNAS."

El partido transcurrió entre abrazos, risas y recuerdos. Alejandro tuvo varias oportunidades frente al arco. En una la tiró por arriba. En otra pateó al cuerpo del arquero. En una tercera logró algo todavía más difícil: rematar afuera teniendo el arco completamente libre. Algunos querían que haga un gol, aunque sea en su partido de despedida, otro no. Se armó un debate bastante gracioso en torno a eso.

Y entonces llegó el minuto noventa. El árbitro cobró penal, a propósito. Entre risas todos protestaban y lo miraron a Alejandro. Messi agarró la pelota, se la tiro al pie a Dorado, el público comenzaba a aplaudir.

Se acomodó frente al punto penal. Miró al arquero. El arquero lo miró a él. Ambos sonrieron. Treinta y cinco mil personas se pusieron de pie. El silencio se volvió absoluto. Por un instante pareció que el destino le ofrecía una última oportunidad para cambiar la historia. Tomó carrera.  Respiró profundo. Corrió hacia la pelota y… la tocó a un costado, el Curry2 —famoso influencer del momento— agarró el pase y la metió.

Terminado el partido, el estadio lo ovacionó.  Eran aplausos para una trayectoria. No para una estadística.  Para una manera de vivir el fútbol. Para un hombre que había demostrado que el cariño de la gente no siempre se construye con números. Alejandro levantó los brazos, saludó a las cuatro tribunas y sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.

Mientras daba la última vuelta olímpica escuchó decir por los altoparlantes:

—Muchos futbolistas serán recordados por los goles que hicieron. Alejandro Dorado será recordado por la felicidad que provocó sin hacer ninguno.

Y por primera vez en toda su carrera, mientras la multitud coreaba su nombre, Alejandro comprendió que acababa de convertir el único gol que realmente importaba.

Toni Schweinheim
Obra Publicada, expediente Nº 510614. Dirección Nacional del Derecho de Autor




Sábados de Fontanarrosa. Hoy: "Elviro Lezama ('Lezamita')"

—¿Cómo es posible una cosa así? —preguntó aquella tardecita de abril del 1927, el Negro Ezequiel Canestra—. ¿Cómo es posible que, este muchacho, no tenga, todavía, ningún apodo? 

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 Y en la NASA siguen buscando extraterrestres...

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¿Estamos usando la misma previa que en el último mundial? Por supuesto que si.

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Nadie en la oficina sabía exactamente a qué hora se iba Ricardo. Bueno... todos lo sabían. Lo que nadie sabía era cómo hacía. A las tres y v...


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