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El señor de los anillos.

Debo reconocer que el título de esto es medio engañoso. O directamente engañoso. Si usted espera encontrar en el siguiente relato algún Elfo, Hobbit u Orco, mejor siga de largo y búsquese otra cosa. El título, o mejor dicho, el apodo de “el señor de los anillos”, fue el que le encajaron al bueno de Mombeko Lukembo, un nigeriano que pasó por el club hace unos años.

De movida, el sobrenombre tenía bastante mala leche. Eso de que ahora todo el mundo es políticamente correcto es verso. En una cancha de fútbol uno escucha barbaridades que dan vergüenza ajena. Y lo peor es que ya ni sorprenden. Está tan naturalizado que a veces parece parte del paisaje. A mí nunca me gustó esa mierda. Más de una vez terminé discutiendo en la platea con algún pelotudo que se hacía el gracioso gritando cosas contra los extranjeros. Pero bueno, tampoco vine acá a dar clases de moral. Esta es otra historia. La de un tipo que vino de muy lejos a jugar al fútbol en Argentina.

Yo lo conocí en los partidos de reserva, a lo que hoy llaman “proyección”. Como el predio me quedaba cerca, iba siempre, hasta cuando llovía. Mombeko decía tener diecinueve años. El documento también decía diecinueve. El cuerpo no tanto. Era enorme. Espalda ancha, brazos duros, piernas de velocista. Parecía tallado en madera oscura.

Lo del apodo nació una tarde contra Defensa y Justicia, ya en Primera. Desde la tribuna visitante empezaron a gritarle que se volviera a vender anillos, relojes y vaya uno a saber cuántas porquerías más. El tipo no contestó nada. Se limitó a meter dos goles y sonreír.

Después del segundo, desde nuestra popular salió un grito que quedó para siempre:

—¡Mombeko es un señor! ¡El señor de los anillos!

El remate del canto era bastante más ordinario, pero mejor dejarlo ahí. La cuestión es que el apodo quedó pegado desde ese día. Lo curioso es que a él nunca pareció molestarle. Capaz porque no entendía del todo. O capaz porque entendía más de lo que todos creíamos.

Volviendo a su paso por reserva: jugábamos contra Belgrano. Aquella tarde estaba errático. Muy errático. Enganchó para afuera y sacó un derechazo horrible que se perdió por arriba del travesaño. Era la cuarta clara que desperdiciaba.

—¡Dale, Mombe, así no llegás a Primera! —gritó el técnico.

Él levantó una mano sin darse vuelta. Ni fastidio mostró. Eso era raro. Cuando las cosas no le salían, normalmente se enfurecía consigo mismo. Esa vez parecía distraído y se tocaba el dedo del medio.

El partido siguió espeso, trabado… parecía rugby. Faltaban diez minutos cuando recibió de espaldas cerca del área. La paró mal, se le fue larga, chocó con un defensor… y aun así siguió. Metió el cuerpo, recuperó la pelota de alguna manera y sacó un remate cruzado que entró pegado al palo: golazo.

Pero ni lo gritó.

Se quedó quieto mirando el arco, respirando fuerte, como si hubiese corrido veinte cuadras. Los compañeros lo abrazaban y él apenas sonreía, seguía tocándose el dedo mayor.

A partir de ahí empezó algo raro. Porque una cosa es entrar en racha y otra muy distinta es lo de Mombeko. Parecía imposible que errara. Hacía goles de cabeza, de chilena, empujándola abajo del arco o clavándola desde treinta metros. En siete partidos metió once goles. Los periodistas partidarios ya hablaban de “la joya africana”. En la platea decían que duraba seis meses antes de irse a Europa. Que Boca ya lo tenía apalabrado. Y ni siquiera había debutado en Primera. Los más pesimistas decían que solo lo podía hacer en reserva, que en primera se lo comían en dos pancitos.

Llegó el debut en Primera y empezó a romper redes. Goles de todos los colores: de cabeza, de afuera del área, de chilena, de volea… En seis fechas ya era el goleador del torneo.

Pero junto con los goles empezaron los comentarios: que no se bañaba con el resto por el tamaño de la tararira; que nunca se cambiaba delante de nadie; que hablaba solo; que dormía poco; que tenía una bolsita roja con oro o metales preciosos que llevaba a todos lados. Hasta le llovían novias. Que estaba de novio con Mengana, con Fulana, Sultana…

El Viejo Acosta, utilero del club desde antes que yo naciera, juró haberlo escuchado una noche murmurando algo raro en el vestuario vacío. No era español ni inglés. Sonaba como una oración.

—¿Y qué hacía? —le pregunté.

—Tenía un brazo levantado hacia la luna y se le veía un anillo —me dijo—. Un anillo.

Ahí me reí. Pero más adelante me dio pánico.

Porque después empezaron a aparecer más historias.

Un compañero decía que Mombeko guardaba varios anillos en una bolsa roja de tela. Otro juraba que antes de cada partido elegía uno distinto. Había quien decía que se los habían regalado en África. Otros, que eran reliquias familiares. Uno incluso aseguró que estaban hechos con huesos humanos.

Pavadas de vestuario, pensé yo.

Con el correr de las fechas estábamos punteros gracias a un delantero así. Si el rival nos metía dos, el Negro les hacía tres, porque en defensa éramos un flancito.

Cuando goleamos a San Lorenzo y quedamos primeros, esa noche, mientras todos deliraban, yo me quedé con un detalle mínimo. Mombeko metió el tercero y se llevó la mano al pecho, por debajo de la camiseta, como apretando algo. Después, viendo la repetición en casa, lo noté otra vez: un brillo muerto, opaco… pero brillaba. Eso era lo raro. Algo metálico entre los dedos.

A la semana siguiente empezaron las cábalas. Mombeko se puso exquisito: que no había que tocarle la cabeza antes de salir; que no había que sentarse en su lugar; que no había que preguntarle por los anillos.

Esto último lo decía muy seriamente.

Además, cuando alguien se animaba a mencionarlos, Mombeko cambiaba la cara y se iba.

Una tarde, Miguelo, un defensor grandote, medio fanfarrón, quiso cargarlo en el entrenamiento.

—Eh, Señor de los Anillos… ¿hoy cuál usaste? ¿El del gol o el de correr rápido para que no te agarren los leones?

Mombeko frenó en seco. Lo miró fijo.

—No se jode con eso.

Y siguió caminando.

Miguelo quedó fulminado con la mirada. Nunca más volvió a dirigirle la palabra.

El clásico llegó en invierno. Frío de mierda, cancha llena y clima espeso. Partido de esos en los que te duele la panza de los nervios, de los que te hacen sentir cagazo aunque los tengas de hijos.

A los cinco minutos ya perdíamos uno a cero. Encima nos echaron a Miguelo a los diez. Se venía lo peor, pensábamos todos. Algunos ya ni querían mirar.

Encima, Mombeko estaba desconocido. Perdía pelotas fáciles, llegaba tarde, discutía con el árbitro. Parecía agotado.

En el segundo tiempo empatamos de casualidad: centro al área, el arquero de ellos sale mal y Ramírez la empuja torpemente. Pero entró, al fin y al cabo.

Y cuando faltaban quince minutos, estando metidos en un arco, un córner mal pateado de ellos terminó en un despeje de Ávila al medio de la cancha. Ahí estaba Mombeko. La agarró y enfiló como una flecha hacia el área rival, que estaba desguarnecida.

Pero no fue una corrida normal.

Era como si el resto estuviera en cámara lenta. Los pocos defensores que se habían retrasado quedaban atrás sin entender cómo. Llegó al área y definió cruzado.

Gol.

Explotamos de alegría todos. No lo podíamos creer. Una bestia Mombeko.

Comenzó el clásico cántico:

—¡Negrooo, negrooo, olé olé, olé olé, negrooo, negrooo!

Vino el agasajado enfrente nuestro, levantó los brazos saludándonos y ahí ocurrió.

Él estaba de espaldas. Los compañeros vinieron a festejar y lo tiraron al suelo. Luego del tumulto, la cara de Mombeko era otra. Estaba pálido, como perdido, y empezó a buscar en el césped.

Siguió un largo rato buscando algo, tanto que los compañeros y el árbitro tuvieron que hacerlo volver a la cancha a tirones.

Ya no fue el mismo.

Se quedó parado mirando fijamente la zona donde había perdido eso que no imaginábamos qué era.

Para colmo de males, nos rajaron a Rapetti. Pasamos de la euforia al cagazo, y del cagazo a los hechos: en diez minutos nos dieron vuelta el partido.

Mombeko seguía buscando algo, así como nuestro arquero la buscaba adentro del arco.

El partido terminó, pero el negro seguía ahí buscando.

Sus compañeros le preguntaban qué le pasaba. Algunos pensaron que era un lente de contacto.

Un anillo.

Y sí, era un anillo.

Lo encontró el Viejo Acosta dos horas después. Mombeko saltó de alegría al momento de ver ese pequeño anillo de nuevo. Pero, súbitamente, esa alegría se transformó en tristeza.

Uno le preguntó qué le pasaba.

Él levantó apenas la cabeza y respondió con lágrimas en los ojos:

—Ya no sirve más. No me sirve.

Así nomás dijo.

Nadie entendió un carajo.

A la semana desapareció. El club habló de problemas personales. Después dijeron que tenía ofertas de afuera. Después no dijeron más nada.

Simplemente dejó de existir.

Pasaron los años y el olvido hizo el resto.

Yo me acordaba de él cada tanto, sobre todo cuando algún nueve grandote erraba goles imposibles y alguien en la tribuna gritaba:

—¡Traigan otro Mombeko, pero medicado!

Sí, los malos chistes seguían y siguen estando en las tribunas, como dije al principio.

Hasta que una tarde lo vi.

O eso creo.

Pero sí, era él. Soy miope, pero no tanto.

Fue en Once. Entre manteros y vendedores ambulantes. Había un tipo enorme sentado en una manta llena de relojes, cadenas y anillos… muchos anillos.

Me acerqué despacio.

—¿Mombeko?

El hombre levantó la vista.

Era él. O alguien demasiado parecido. No voy a caer en la estupidez de decir que todos se parecen, pero era él. Estoy seguro.

—Amigo… ¿buscás algo? —me sacó de mi conflicto mental sobre si era él o no.

Miré la manta. Había decenas de anillos distintos. Algunos brillaban raro.

—¿Funcionan? —pregunté, medio en chiste.

El tipo me sostuvo la mirada unos segundos.

—Algunos sí.

No sé por qué, pero me dio escalofríos.

Señalé uno cualquiera.

—¿Y ese?

Negó con la cabeza.

—No. Ese ya tuvo dueño.

Después agarró otro más oscuro, casi negro.

—Este puede servirte. Solo no te lo saques.

Lo puso en mi mano. Pesaba demasiado para ser tan chico.

—¿Cuánto es?

El tipo sonrió.

—Nada.

—¿Cómo nada?

—Ya es tuyo. Él te eligió.

Quedé medio boludo. No sabía si era él o no, ni qué carajo había querido decirme con lo del anillo.

Me fui medio atontado. No sé ni si me despedí o qué le dije. Se me hace confusa tanta locura junta.

Llegué a casa, mi mujer vio el anillo y me cagó a pedos porque pensó que me lo había regalado otra.

Le conté exactamente lo que había pasado, pero como sonaba bastante bizarro, me mandó a dormir al sillón sin creerme nada. Esa noche soñé que corría más rápido que cualquiera. Que nadie podía alcanzarme.

Al otro día jugué un picado con amigos y metí siete goles. Yo. Que de pedo llegaba entero a los veinte minutos y que le erro hasta al suelo si le escupo.

Recién cuando volví a casa me di cuenta de algo peor: el anillo seguía puesto. Y no me lo podía sacar.


Toni Schweinheim
Obra Publicada, expediente Nº 510614. Dirección Nacional del Derecho de Autor



Sábados de Fontanarrosa. Hoy: Semblanzas deportivas. El pibe de Tamburini.

Publicado originalmente en Semblanzas deportivas, en base a las publicaciones de la Revista Fierro, esta puntualmente salió en la Fierro 50. Luego recopilada por Ed de la Flor, 1989. Click sobre la imagen para agrandar.

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