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Cortitas por los clubes

 

Siguen las penurias... 

Lo que se dice un mercenario

Hoy se habla y se clasifica a los jugadores con una liviandad absoluta. Uno es un “mercenario” o un “pesetero” por cualquier pequeñez. Bueno también es cierto que últimamente se juega más por amor al dinero que a los colores. En mi época uno le tenía algo de cariño al club donde jugaba, por más que uno no sea hincha de ese club. A ver, a uno que es profesional, o pretende serlo, le dan la oportunidad de jugar al fútbol y encima pagarle. Porque peor sería laburar, no me malinterprete, el ser jugador de fútbol también es un laburo bastante digno, por cierto. Uno tiene que  levantarse temprano para ir a entrenar, hay que resignar días de estar con la familia para poder concentrar o ir a la pretemporada, hay que hacer sacrificios y evitar los excesos —aunque cada vez menos lo hacen— como la joda, la noche, el pucho y miles de cosas más. Es un poco sacrificado, pero peor sería ser, no sé, remisero u oficinista. O cargar bolsas en el puerto. Nosotros, los futbolistas, somos unos privilegiados al poder “trabajar” de esto. Por eso —y a mi entender— tendríamos que ser más justos con los equipos que nos contratan.  Las nuevas generaciones se cagan —discúlpeme la expresión— en la gente de su club. Se van de joda, se dejan estar físicamente… y lo peor es que les importan tres pepinos los colores que defienden, todo lo hacen por la plata. Cuando yo jugaba, la cosa no era tan así. Ojo que le estoy hablando de hace tan solo veinte años atrás, tampoco es tanto tiempo si uno se pone a pensar, pero todo cambio para mal. Antes para ser considerado un “mercenario”, mínimo se tenía que pasar a la contra y gritarle un gol en la cara a su ex equipo. Ahora cualquier pelagatos de no más de 19 años que se va a jugar por plata al exterior ya es un calificado como mercenario… no es tan así. Es más, en mi época yo muy injustamente fui calificado como tal, usted tal vez conozca mi caso. Digo “tal vez” porque fue muy conocido en el ascenso. Pero por aquellas épocas lo que pasaba en el ascenso quedaba allí. Solo conocían los que eran hinchas de los equipos de la B. “El mercenario de Miguel Alibour” fue el injusto título con el que bautizaron injustamente los medios partidarios del Club Atlético Buena Esperanza ¡Y usted puede creer que me quedo ese apodo!

Yo ataje durante casi 21 años, debute a los 19 y me retire a los 40. En el último año de carrera jugué ese partido cruel en el que me bautizaron de esa manera. Lo triste es que ese inefable  apodo es con el que me recuerdan. Ningún hincha de ese equipo recuerda como me rompí el lomo —para no decir otra cosa— para sacarlo campeón de primera ¡Campeón de Primera! Nada más y nada menos. Nunca nadie defendió esos colores como lo hice yo, viejo. Pero toda mi carrera se olvidó, todo por un maldito partido. Todo muy injusto. Todo por un partido en el que demostré toda mi profesionalidad. Por eso hoy le quiero contar todo bien como fue. Quiero aclarar bien punto por punto. Es incompresible como  un tipo tan profesional y tan honesto como yo, haya caído bajo la cruel y helada connotación negativa de esa palabra nefasta.
Usted por ahí es un futbolero de ley y conoce mi nombre. Miguel Ángel Alibour. Tengo ya 60 pirulos. Si no me conoce o es un jovencito, use la internet —o el internet— para buscar mi nombre. En 20 años de carrera salí campeón de primera una vez, me fui al descenso la misma cantidad de veces y tan solo jugué en dos equipos.  Podrá comprobar que no soy tan “mercenario” como me quisieron pintar. A veces la gente en su afán de “ocultar” o “mitigar” los errores propios, busca culpables. Y encontraron uno en mí, una injusticia total.

No me quiero ir por las ramas; soy oriundo de Salta. Oran, puntualmente. Un buen día fui con el Chelo —somos amigos desde pibes— a probarnos a Club Atlético Buena Esperanza. Tendríamos 16 o 17 años. Vinimos de mandados que somos.  Me acuerdo que nos metieron en un equipucho horrible. Enfrentábamos a la cuarta o quinta, ya no recuerdo bien. Ese día yo atajé de todo, salvo tres pelotas que fueron imposibles de atajar. Terminamos perdiendo tres a dos.  El chelo había metido los dos goles nuestros. El coordinador de inferiores quedó encantado conmigo, o eso parecía. Resulta que tenían pocos arqueros y quedé. El pobre del Chelo se quedó afuera, una lástima. Él se volvió para Oran y yo me quede a vivir mi sueño de futbolista en la pensión del club. Una pensión bastante humilde, pero para qué queríamos lujos si estábamos cumpliendo un sueño. Me toco debutar a los 19 años en un partido durísimo contra San Lorenzo. Ernesto Sivio, el arquero titular se había ido expulsado en el partido anterior contra Atlanta, partido que todos los hinchas recordamos, porque termino atajando un defensor nuestro, el brasilero Olindes. Ganamos cuatro a tres y nos alejábamos del tan temido descenso. A mí me toco debutar, como le decía, contra San Lorenzo. No pude dormir durante toda la semana previa. Es más, ya desde el momento en el que  echaron a Sivio, me empezaron a temblar las piernas. Pero había compañerismo, Sivio me aconsejo durante todos los entrenamientos previos a mi debut. Me decía como debía pararme, me contaba las mañas de los delanteros rivales y todo lo que a un pibe le servía para dar sus primeros pasos en primera. Ahora no pasa eso, viejo. Todos se comen el hígado, los mismos compañeros se matan por un puesto o por un mango más. Discúlpeme que me vaya de tema pero hoy ya se perdieron todos los valores o los códigos, como le llaman ahora. Y bien, debate contra San Lorenzo. Y no me lo va a creer, pero fui la figura. Tape todo, empatamos cero a cero gracias a mí, no se equivoque no soy de esos agrandados, pero hasta los rivales me felicitaron una vez terminado el encuentro. Saque dos mano a mano nada más y nada menos que contra el Negro Manfredi. Ese día todos los diarios me pusieron como la figura de la cancha, por ejemplo el diario Clarín, me puso del apodo de “la pantera Alibour”, por mi forma de caer siempre parado y mi tez morena. Empecé con el pie derecho, como quien dice. Luego volvió Sivio a ocupar su lugar en el arco y yo volví al banco. Alterné banco y titularidad como por cinco años más, bah “alternar” es una forma de decir, porque ataje muy pocas veces. Cuando se lesionaba o lo expulsaban a Sivio. Hasta que en el 78 a ambos nos llegó la gran oportunidad. Vinieron desde Atlético Nacional de Colombia y se lo llevaron. Yo, en cambio, quede como el arquero titular.

Y así pasaron los años, yo me fui consolidando. Tuvimos épocas regulares, buenas malas. Pero nunca descendimos. Molestábamos y bastante. Hasta nos metimos en la Libertadores en más de una ocasión. En la liguilla pre Libertadores siempre rompíamos los cocos y nos respetaban bastante. En el 89 conseguimos algo que jamás pensamos conseguir con este humilde club. Salimos campeones de primera división. Lo más cerca que este equipo estuvo de salir campeón fue un subcampeonato de pura casualidad en el 63 pero nada más. ¡Qué manera de meter, Dios mío! Cuanto huevo tenía ese equipo.  Teníamos cada nene en el equipo que mama mía. El negro Pintos, Hermenegildo Sosa, Walter Ramón, Manuel Duró,  abajo, un volante central de la talla de Furriel —que después se fue a River—, a Quinteros, Romualdo Costiña, el Rifle Perea y el Moncho López arriba cabeceando hasta los ladrillos. Después alternaban José Rio, Eduardo Tomassi, el ardilla Francesco…

Ya en la fecha 10 le habíamos sacado ocho puntos al segundo. Recién perdimos el invicto por la fecha 13. Déjeme decirle algo que me llena de orgullo: yo era el capitán de ese equipo, encima terminamos con la valla menos vencida. Me acuerdo la noche en la que ganamos el campeonato. Niños, adultos y gente grande llorando. Todos venían y me abrazaban. Que lindos recuerdos. Había un chico que había venido en sillas de ruedas, me conto cual había sido su sueño; era el de vernos campeones. El pibe no soñaba con volver a caminar ¡Solo soñaba con vernos campeones! Le juro que llore como un nene cuando lo escuché.

Pero como todo lo que sube tiene que bajar, empezamos a decaer futbolísticamente. Malas decisiones de los dirigentes, jugadores que se iban de a poco. Lentamente pasamos de “molestar” a ni siquiera hacerles cosquillas a los otros equipos. Y llego ese último y fatídico torneo en primera. Últimos cómodos salimos. La gente que antes solo nos daba gritos de aliento, nos insultaba de arriba abajo. Yo era uno de los blancos predilectos de los hinchas. Yo le voy a ser muy sincero, cuando un equipo desciende o es goleado fecha tras fecha, seguramente el culpable directo es el arquero. Pero déjeme decirle que yo no tuve la culpa en la mayoría de los goles que nos metieron. No, no pretendo esquivar mi responsabilidad ni echarles la culpa a otros. Pero yo no tengo la culpa de haber tenido una defensa horrible y de que los dirigentes hayan traído cada muerto que daba miedo. Yo soy arquero, un simple arquero. Sin una defensa más o menos buena, por más que uno sea un Oliver Kahn o un Yashin, mucho no puede hacer. Y me echaron la culpa a mí. Se dijo cada barbaridad terrible. Que yo andaba mal de la vista, que ya estaba viejo, que me iba de joda… Justo yo, casado y con dos pibes hermosos. “Ciego”, “manco”, de todo me decían. Mucho se habló de mí, pero lo que más me dolió es que dijeron que yo solo jugaba por la guita, que ya debería haberme retirado.

Me fui por la puerta de atrás. Me echaron como a un perro sarnoso. Pero nuestros destinos  se volverían a cruzar.  Yo firme con Juventud de Rawson. Un pequeño equipo, justamente de Rawson. Había ascendido recientemente para disputar por primera vez el Nacional B y andaban buscando un arquero experimentado. No lo dudé y me fui a instalar en la paz del sur. Había una linda base en la que confluían juveniles y jugadores experimentados. Teníamos la difícil misión de mantenerlo en primera. Yo me tenía fe le confieso.  Empezamos perdiendo seis partidos al hilo. Recién ganamos un partido en la fecha diez y fue frente al otro debutante en la categoría: Deportivo Iguazú. No fue anda fácil la adaptación pero le poníamos el pecho y más o menos logramos levantar  y empezar a sumar puntos. El último partido de la primera rueda fue justamente contra mi ex equipo, no lo jugué. Pero no porque no quise. Tuve un hecho desgraciado que me impidió jugarlo. A mi padre le había dado un infarto y tuve que viajar de urgencia a Salta. Por suerte fue solo un susto. Ese partido lo perdimos tres a uno. Ellos venían quintos y nosotros en el lote de los últimos. Era mucha la diferencia entre ambos equipos. A pesar de que ellos estaban heridos y fundidos le metían garra. Nosotros hacíamos lo que podíamos.

En la segunda ronda  mejoramos bastante. Metimos cuatro triunfos al hilo. Sumamos puntos de visitante. Pudimos estabilizar al equipo. Pero al promediar esta segunda ronda, nos agarró un bajón. Perdimos tres partidos al hilo y de nuevo estábamos con la soga al cuello. Recién en la última fecha se definían los descensos y los que quedaban el octogonal. Mire que cruel es el destino, usted ya se habrá dado cuenta que ese partido crucial lo teníamos que jugar contra mi ex club, donde fui ídolo y ahora me odiaba. Club al que amaba.  Pero ahora me tocaba defender otro equipo y yo soy muy recto, muy profesional. Ellos estaban pelando para meterse en el octogonal para ver si podían ascender. Tenían que ganar o empatar y esperar a que Dalmine empatara o perdiese por goleada.  Yo soy hincha del club y me hubiese dejado hacer uno o dos goles, pero antes que hincha, yo soy un profesional —y por sobre todo un tipo agradecido— y me debía a este equipo ahora.  Sufría una impotencia bárbara por no poder ayudar a mi equipo a volver a la elite del fútbol argentino.  La semana previa al partido fue una porquería, una mierda —discúlpeme el vocabulario— una completa basura. Me llamaron a casa los dirigentes de mi antiguo club.  Primero se hacían los sotas. Me decían que yo era un ídolo, un ejemplo para los más chicos. Lambiscones eran. Me adulaban con palabras vacías y me daban a entender que querían que vaya para atrás ¡Justo a mí! Los saque corriendo. Al otro día ya fueron más directos y me ofrecieron plata. Les corte a esos hijos de puta —perdóneme el insulto— otra cosa no se merecían. Los muchachos me vieron tenso, muy mal de ánimo y comenzaron a apoyarme. Cuando más o menos logre concentrarme, mi señora me llamo desde Buenos Aires —donde habían quedado con mis hijos— para decirme que habían puesto un pasacalle que decía: “Alibour desagradecido, conociste el agua caliente en Buena Esperanza y nos mandaste al descenso, anda para atrás o sos boleta”. Quede pálido al escuchar eso. No sabe la calentura que me pegue. Pero que desagradecidos. Yo que soy el más hincha de ese equipo. Le pedí permiso al gringo Belini para salir un rato para despejarme e ir a hablar con una amigo. Fui a la casa del Rubio Finesa. Lucas Finesa fue uno de mis mejores amigos que me había dado mi equipo anterior. Era mi suplente.  A él también lo habían rajado por la puerta de atrás del Buena Esperanza.  Había pasado por una cantidad enorme de equipos ya. En ninguno se quedaba fijo. Si un equipo le ofrecía un mango más, se iba y punto. Él era lo que se dice un mercenario. Hoy por hoy atajaba en Dalmine y yo sé que a pesar de su interés por la guita, se había ido bastante dolido del Buena Esperanza y ahora buscaba venganza dejándolo afuera del reducido. Hable de todo con el Rubio. Me comento que a él también lo habían llamado los dirigentes de nuestro antiguo equipo. Pero que los había sacado corriendo ya que se había enterado que los sinvergüenzas ni siquiera les pagaban los sueldos a los empleados del club y pretendían malgastar guita en sobornos. Era un mercenario Finesa, pero guardaba algo de códigos aún. Estuvimos hablando como hasta las tres de la mañana. Me tranquilice bastante y me hizo bien hablar con él. Volví a la concentración como si me hubiese sacado una carga de encima.

El día del partido lo tomé como una verdadera final.  Los hinchas del Buena Esperanza me dedicaban cantitos, me puteaban de arriba abajo ¡hasta me hicieron una bandera los muy malditos! “Alibour traidor te vamos a matar”. Juro que me hervía la sangre. No le voy a contar los pormenores del partido ya que seguramente a usted no le interesara mucho. Pero fui la figura del partido, viejo, atajé todo. A los cinco minutos había llegado un centro envenado que cabeceo Soto y la pelota parecía que entraba al ángulo. No sé dónde saque tanta agilidad a los 39 años y volé para sacarla de un manotazo al córner. En una jugada posterior, el mismo Soto le pego cruzado, llegue a sacarla de una forma formidable. Hubo muchas jugadas más y yo me encargaba de ahogarle el grito a todos esos desagradecido. Sin embargo me dolía que estuviera dejando sin posibilidades de ascender al equipo de mis amores, pero estaba tranquilo. A los 30 minutos llego nuestro gol. Tiro libre espectacular que pateo Espasa al ángulo. Nos salvábamos del descenso. En el segundo tiempo el rival se desmorono, ya casi no nos atacaban y si lo hacían chocaban contra mis seguras manos. Y así se fue el partido. Ganamos de visitante y nos salvamos. Pero le voy a ser sincero, la mayor alegría la tuve cuando me entere que Dalmine había perdido por 3-0 y por diferencia de gol Buena Esperanza se metía en el reducido. Le juro que salte de la alegría por eso. Yo al principio tuve un poco de miedo por algún tipo de represalia que pudiesen haber tomado en contra mío o contra mi familia. Pero la verdad que lo único es que pase de ser un simple “mercenario” a ser un “súper mercenario”. Aún hoy  la gente de Buena Esperanza me cruza en la calle y me dice que por mi culpa casi se quedaron afuera del octogonal. Me recuerdan con ese vil calificativo. Es triste que pese más un descenso y ese partido que todo el resto.

Al otro día de terminado el partido fui a verlo de nuevo a Lucas Finesa.  Me hizo pasar a su departamento, estaba bastante contento el rubio. Me senté en uno de los sillones de su living mientras su señora nos servía un café y de fondo se escuchaba un programa infantil, que estaba mirando su pibe de no más de cinco años. El rubio miro detenidamente el bolso que había traído. “¿Trajiste eso?” me pregunto expectante Lucas. Abrí uno de los cierres del bolso y saque una bolsa con doce mil pesos.  Finesa quedo absorto en las doce lucas y se puso a contar billete por billete. Yo le di un sorbo a mi café pensando que había hecho la mejor inversión de mi vida, total cuatro mil pesos por gol no era tanta guita. 

Toni Schweinheim
Obra Publicada, expediente Nº 510614. Dirección Nacional del Derecho de Autor
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Sábados de Fontanarrosa. Hoy: "No se puede tener todo"

En un momento dado, Eduardo se quedó mirando hacia un costado.

—¿Che? —preguntó—. Aquel que está sentado en la mesa contra la ventana ¿no es Rearte?

—Sí. Es Rearte —dijo Adolfo sin darse vuelta a constatarlo—. Lo vi al entrar. Creo que no me reconoció.

—Pero... —Eduardo frunció la frente—. Está hecho bolsa ese muchacho. Se le cayeron todos los años encima.

—Sí —admitió Adolfo.

—Uhhh... —Eduardo seguía consternado—. ¡Pero si parece que tuviera setenta años!¡Qué avejentado que está!

—Anduvo jodido.

—Tiene mi edad Rearte. Fuimos compañeros en la secundaria.

—Parece que tuviera veinte años más.

—¿O nosotros estaremos igual? —se alarmó Eduardo, volviendo a mirar a su acompañante de mesa luego del estudio exhaustivo de la precaria actualidad de su ex compañero de estudio. Adolfo soltó una risotada sorda.

—No jodas —aconsejó.

—¿Estaremos igual, che? ¿Él nos verá igual a nosotros?

—No. Es que no anduvo bien ese muchacho — insistió Adolfo. Eduardo no pareció oírlo. Se había metido por otra vertiente de la conversación.

—Porque a veces es un poco la forma de vestirse ¿No es cierto? La actitud —arriesgó—. Yo veo tipos que siempre han sido muy formales para vestir. Pero muy formales. Siempre de traje y corbata... Ropa oscura...

—En la puta vida los ves de sport...

—Claro... Y eso los avejenta un poco.

—Sí, pero en este caso...

—Sí... —Eduardo sacudió la cabeza, reflexivo—. Pero en este caso no es así. Éste se viste de traje y todo eso pero además está achacado. Pelado, con lentes...

—Te decía que...

—Medio panzón —arremetió Eduardo, ensañado—. Eso es lo que te caga. Porque uno no puede evitar quedarse pelado. O tener que usar lentes. Pero se puede evitar engordar como un chancho. Eso es cuestión de voluntad.

—Tampoco éste está gordo como un chancho, Edu.

—Te digo en forma genérica. Panzón está. Claro, que yo recuerde, éste no hizo deporte en su puta vida.

—Te digo que anduvo para la mierda —Adolfo golpeó con los nudillos suavemente sobre la mesa como para reafirmar su conocimiento y, de paso, llamar la atención de su amigo.

—Y eso con el tiempo se siente —Eduardo desechó el reclamo—. Cuando no tenés los músculos abdomínales más o menos trabajados, después de los cuarenta se te relaja todo. Adolfo lo miraba. Eduardo detuvo su discurso y lo miró también.

—¿Cómo que anduvo para la mierda? —rebobinó, volviendo a fruncir la frente.

—Estuvo loco.

—¿Loco?

—Sí. Pero loco loco. Loco del bocho. Demente.

—No jodas.

—Sí. No loco lindo o loco divertido. Estuvo internado y todo, este muchacho.

Eduardo volvió a depositar la mirada sobre su medianamente lejano ex compañero de estudios. Ahora con otro interés, con otra óptica.

—¿Y cómo lo sabes?

—Porque hará un año o dos lo encontré en El Savoy. Bah, lo encontré... Es un decir. Yo estaba tomando un café, tenía que hacer tiempo o algo así... ¡Tenía que ir a lo del escribano, ahora me acuerdo! Que está ahí nomás, a media cuadra, vos viste... Y en eso, lo veo a este tipo, al Rearte, en otra mesa. Como si fuera ahora, que también está sentado en otra mesa. También contra la ventana...

—Se ve que la locura le da por ahí —apretó una sonrisa, Eduardo.

—No seas hijo de puta. Pero yo no lo veía muy bien, porque lo tenía medio tapado por una columna. Digamos que lo veía a él pero no veía al tipo que estaba con él. Porque yo lo veía hablando. Muy animadamente. Meta hablar y hablar, dale que dale...

—No era un tipo muy conversador, por lo que me acuerdo.

—Se notaba que era una conversación muy interesante. Yo no escuchaba lo que decía, pero lo veía gesticular, así ¿viste? —Adolfo dibujó algunos gestos con sus manos, en el aire, ampulosos—. Y se reía. Se reía mucho. Ahí sí, fuerte. Yo lo escuchaba reírse. Pero, bueno, no le di mayor bola al asunto. "Estará con algún amigo" me acuerdo que pensé.

—O con alguna mina.

—También. Con alguna mina. Pero me olvidé de la cosa. Tampoco yo soy un amigo demasiado cercano de este muchacho, después de todo. Y no sé qué mierda empecé a hacer, aprovechando el tiempo, con unas facturas, algún trabajo atrasado. Pero me acuerdo que lo volví a mirar porque escuché que se reía de nuevo, muy fuerte, una risa muy sonora, muy estentórea. Digo "ahora cuando me levanto voy a ver con quién está este tipo", más que nada por esa curiosidad de chusma que tiene uno.

—Es que acá en Rosario uno es chusma a la fuerza, Adolfito. Si uno conoce a todo el mundo — puntualizó Eduardo, profundo.

—Me levanto, me pongo el sobretodo —era invierno— miro como para saludarlo, y veo que este tipo estaba solo. Estaba solo en la mesa.

—Estaba hablando solo —Eduardo asimiló el golpe.

—Completamente solo. Yo medio que miré para todos lados, porque por ahí había estado con alguien y el otro tipo, o la tipa, se había ido recién. O se había levantado para ir al baño. Pero no parecía ser así y aparte en la mesa de él había un solo café, un solo vasito de agua.

—Qué jodido...

—Jodido ¿viste? Porque la cosa te descoloca. Yo no sabía muy bien qué hacer...

—Te piraste...

—¡No! Porque él me había visto. Cuando yo me levanté para ponerme el sobretodo y miré como para saludarlo, él también me vio. Me vio y me saludó muy efusivamente con la mano: "¡Qué haces, Adolfo!"

—Te dejó pegado.

—Me tuve que acercar, te imaginás. Y ahí corroboré que el hombre no andaba demasiado bien de la azotea. Primero, que caí en la cuenta que desde otras mesas también lo estaban mirando. Un poco con interés, otro poco con inquietud ¿viste? Uno nunca puede saber demasiado bien qué carajo puede hacer un loco. Algunos otros tipos que estaban en otras mesas me miraban haciéndose los boludos como diciendo...

—Otro loco de mierda.

—No. Pero... ¿viste? Qué sé yo... Como diciendo, "Este tipo no se apioló, este tipo no se dio cuenta...". Una cosa así.

—Y... ¿qué pasó? ¿Te sentaste?

—Me tuve que sentar. Medio en el filo de la silla como para irme, pero me senté. Y ahí me contó. Dentro de su incoherencia me contó cómo venía la mano con él...

—¿Se lo notaba muy alterado?

—Ah... Eso es lo que te había empezado a contar, aparte del hecho de que la otra gente lo mirara. Sí... Hacía gestos raros con la cara. Rictus ¿viste? Visajes. Fruncía la cara. Replegaba los labios y mostraba los dientes apretados, como si le doliera algo. No siempre, por supuesto, de vez en cuando. Pero eran como tics. Y transpiraba, además. Y te estoy hablando de pleno invierno. Un  frío de cagarse.

—¿Y qué te contó?

—Que se le había matado en un accidente un amigo muy querido, y que era...

—A la pucha.

—Y que era con ese amigo con el que había estado hablando. Que se encontraban muy seguido. Que tenían muchas cosas para contarse. Que el accidente había sido como dos años atrás, pero que se seguían viendo...

—Mira qué extraño. Iba y venía de la locura — diagramó Eduardo—. Sabía que su amigo se había muerto pero lo mismo te contaba que hablaba frecuentemente con él.

—Eso mismo. Con total naturalidad. Por momentos, te juro, parecía que estaba completamente lúcido y normal...

—Era un tipo agradable, recuerdo.

—Un tipo agradable. Pero también me dijo que cuando su amigo no aparecía —o mejor, el fantasma de su amigo no aparecía—, él se angustiaba mucho, que sufría, que se deprimía, que a veces lloraba...
—La mierda.

—Entonces yo le dije... te imaginás... ¿Qué carajo le iba a decir en un momento así? Le dije que por qué no iba a ver a un psicoanalista...

—Lógico...

—Y me dijo que había empezado a ir hacía poco. Que su mismo amigo se lo había aconsejado...

—¿Su amigo? ¿El muerto?

—Y otra gente, también. Familiares, supongo. Y que estaba muy satisfecho con la terapia, que le estaba yendo muy bien...

—¡Ya veo!— rió, asombrado, Eduardo.

Adolfo se quedó callado. Torció su cabeza para mirar a Rearte que, algo encorvado, les daba la espalda desde la mesa de la ventana.

—Después me fui —completó—. De ahí conozco este asunto de la historia ésa. De lo que me contó él.

—Fijate vos —bamboleó la cabeza hacia adelante y hacia atrás Eduardo, abstraído. También él observó a Rearte entonces—. Y ahora, cuando entraste —preguntó a Adolfo—. ¿No viste si estaba hablando solo, o si gesticulaba, o algo así?

—No... No...

—¿No viste o no hablaba solo?

—No hablaba solo. Ni gesticulaba. Al menos en los momentitos que yo lo miré. Porque lo miré para saludarlo cuando lo reconocí pero él no me vio entrar.

—Yo tampoco lo vi hacer nada raro —murmuró Eduardo.

—Por ahí está bien. Quién te dice.

—Como suelto, anda suelto.

—Por ahí se curó con la terapia, Edu —Adolfo estaba recogiendo sus cosas de una silla contigua, como para irse.

—Lo voy a ir a saludar, a ver qué pasa —afirmó decidido Eduardo también poniéndose de pie.

—Andá, andá y después me contás —lo alentó Adolfo, acomodándose la bufanda. Se separaron. Adolfo se fue por la puerta de la esquina de Santa Fe y Sarmiento y Eduardo, abrochándose el saco, se aproximó a Rearte. Rearte lo recibió con algo de sorpresa y una medida alegría. De cerca se lo veía más avejentado aún, pero calmo, con cierta transparencia en la mirada y un leve temblequeo en el labio inferior. Rearte invitó a compartir la mesa a Eduardo y éste, igual que Adolfo en aquella ocasión, se dejó caer casi en el borde de la silla, la agenda apoyada sobre sus muslos, como para partir en cualquier momento.

Eduardo, piadoso, mintió que lo encontraba bien, casi igual que siempre, lo que dio lugar para que Rearte, casi culposo, lo contradijera efusivamente y le explicara las causas de su estado de deterioro físico ligeramente prematuro. En tanto le contaba la historia que Eduardo ya sabía a través de Adolfo, Rearte se fue entusiasmando, adquiriendo confianza, como si al principio desconfiara de que Eduardo fuera realmente quien decía ser. Le habló de su amigo, del terrible accidente, del shock emocional que aquel suceso le había provocado, de su desequilibrio

nervioso, de sus largas y animadas charlas con el espíritu ("o lo que fuere" aventuró) de su amigo muerto, de su terapia y de su sostenida mejoría.

—Me hizo muy bien, Lejarza —sonrió, tristemente, rescatando el apellido de Eduardo, que la cotidiana lista de asistencia escolar había grabado en su memoria—. Pude hablar el asunto. Pude, como dicen ellos los psicólogos, elaborar el duelo. Pude asumir que mi amigo había muerto.  Convivir con eso. Incorporarlo...

—¿Terminaste la terapia? —preguntó Eduardo.

—Terminé. Terminé. Bah... Voy de vez en cuando. Controles más que nada.

—Esas cosas nunca terminan del todo —precisó Eduardo como si supiera.

—Nunca estás sano —la sonrisa de Rearte era desvaída.

—¿Y ahora cómo andas, cómo te sentís?

—Peor, Lejarza. Peor —dijo Rearte, al punto. Eduardo se echó un poco hacia atrás, sin mudar de expresión, impactado—. Antes al menos tenía con quien conversar. Me pasaba horas hablando con el espíritu, o lo que sea —se encogió de hombros— de Aldo. Te aseguro que me iba a algún café, lo encontraba allí y estábamos horas charlando. Claro, ya no nos veíamos tan seguido como cuando él estaba vivo —que estábamos juntos todo el santo día, éramos culo y camisa te juro—, y entonces cuando nos encontrábamos teníamos un montón de cosas para contarnos. Pero ahora...  —Rearte lentificó su relato—. Ahora me siento muy solo. Muy solo, Lejarza. Vos sabes que yo no me casé, mi vieja está muy viejita...

Eduardo amagó ponerse de pie. Sentía la incomodidad propia de quien sospecha que su interlocutor puede ponerse a llorar en público en cualquier momento. Intuyó que debía hallar una frase de cierre, antes de irse.

—No se puede tener todo —barbotó, mirando hacia el nerolite de la mesa. Y suspiró profundo.

—¿No querés tomar un café? —Rearte lo tocó en el brazo, adivinando su intención y retomando, incluso, un tono de voz más festivo. Eduardo se puso de pie, ligeramente espantado.

—No, Rearte. Me tengo que ir.

—Quédate. ¿Tenés mucho que hacer?

—Sí. La verdad que sí. Me alegro de verte bien, Rearte.

—Un café nomás —Rearte elevó su dedo índice en el aire—. Contame si viste a alguno de los muchachos. ¿Lo ves a alguno?

—A Ferrer, a veces... A Spiño... pero mejor otro día, Rearte. La verdad es que ando a los rajes.  Discúlpame pero nos vemos en cualquier momentito.

Apretó la agenda sobre su pecho y salió hacia Sarmiento. Rearte miró hacia la barra e hizo la seña de un cortado.

Roberto Fontanarrosa

Extraído del libro "La mesa de los galanes". Ed de La Flor 2001/ Ed. Planeta 2012.



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Y... es lo que hay

"La decadencia de la bolita" de Alejandro Dolina

Resulta difícil hablar sobre la desaparición del juego de la bolita sin entrar en espinosas controversias. Desde luego se trata de un asunto complejo y puede ser examinado según criterios muy diferentes.

Las personas sencillas afirman simplemente que se trata de una decisión de los chicos, arbitraria, inexplicable y por lo tanto indigna de ser discutida.

Sábados de Fontanarrosa. Hoy: "Cine Negro"


El film hilvana, en forma de historieta y sketchs, testimonios de colegas, actores, amigos y familiares del dibujante Roberto Fontanarrosa. 
 Durante el mismo se repasan los logros del artista, sus premios y reconocimientos, al tiempo que rescata sus personajes más entrañables, como Inodoro Pereyra y Boogie el aceitoso. 

Además, la narración recupera los primeros años en la vida escolar de Fontanarrosa con las participaciones de Antonio Gasalla, como “la maestra”, y Norma Pons, como “la directora”. 

Dirección Mariana Wenger. Duración 70 min. 

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