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Con la Libertadores, la Sudamericana, la Copa Argentina y el Torneo Clausura, las copas y ligas europeas aseguran que este semestre se podrían sumar cinco o seis competencias más; si total nadie se va a dar cuenta.
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| Le pedimos a la IA los equipos del torneo y nos tiró esto. |
“Creo que la última vez vi jugar un Instituto–Real Madrid o
un Banfield contra Francia o el Inter Miami. No me acuerdo muy bien, tanto
fútbol me hizo mierda”, comenta un hincha.
Este año será el calendario con más partidos de la historia.
“Vamos a tener partidos hasta los miércoles a la madrugada”, desliza un
dirigente.
“Lo más lindo va a estar en la parte de abajo de la tabla:
como hay descensos y varios equipos de pedo juntan once jugadores, creemos que
para definir los dos descensos vamos a hacer un desempate entre diez equipos.
Tal vez sean quince o metamos otra liga”, deslizan desde la LPF.
Lo cierto es que varios clubes protestaron por lo ajustado
del calendario y, sobre todo, por la falta de tiempo para incorporar refuerzos
y por lo económico. “Mirá, por el temita de las inhibiciones, tenemos que
conformarnos con lo que tenemos: dos profesionales que son más rústicos que
Iorio hablando y veinticinco juveniles, de los cuales ya quemamos veinte”, se
queja un entrenador de gorrita.
“Este semestre vamos a meter cinco o seis competencias más;
total, la gente no se va a dar cuenta y va a quedar ávida de fútbol por el
temita del post Mundial. Vamos a meter un partido cada tres minutos”, se frota
las manos un dirigente.
Sábados de Fontanarrosa. Hoy: Selección de chistes gráficos año 2000. Primera parte.
Ránking FIFA a agosto 2026. Con los nuevos parámetros.
Fútbol Argentino, Futbol Internacional, Lo último
Parámetros.
Amistosos fuera del calendario internacional: 5 puntos.
Partidos arreglados por casas de apuestas: 7 puntos
Amistosos dentro de fechas FIFA: 10 puntos
Bélgica: siempre en el top 5, pase lo que pase.
Lágrimas de mexicanos en contra de Messi: 15 puntos para
Bélgica
Liga de Naciones (fase de grupos): 15 puntos
Chiqui Tapia: 2 zonas de 15 equipos.
Nacional B: 25 puntos
Liga de Naciones (fases finales) y Eliminatorias
mundialistas / copas continentales: 25 puntos
Copa América y Copas continentales (hasta octavos): 35
puntos
Copas continentales (desde cuartos en adelante): 40 puntos
Mundial (hasta octavos): 50 puntos
Mundial (desde cuartos en adelante): 60 puntos.
Mundial (después de salir campeón y tatuarse la cara del
entrenador): -60 puntos.
Tratar de racista a Argentina: 80 puntos
Venta del Mundial a empresarios: 30 millones de euros
mensuales para Infantino.
Mambúm
Nací en Mambúm, una ex colonia africana de la República de Lendor. Como todas las potencias, después de chuparles un rato la sangre, las dejan liberadas a su suerte. En la actualidad, decir que uno es mambunés en Europa o en algunos otros países era una forma de que me discriminaran., pero no si sos futbolista.
De mi país recuerdo primero el calor sofocante. Después
recuerdo a mi madre. Luego a mi padre, alto, grandote, pero flaco. No sé si
verdaderamente ese es el orden de mis recuerdos o si los años acomodan la
infancia de esa forma para poder soportarla. Mi madre tenía unas manos enormes.
Podía llevar una olla hirviendo con un trapo, cargar a mi hermana, espantar una
mosca y acariciarme la cabeza casi al mismo tiempo. Mi padre, en cambio, era un
hombre de pocas manos. Las tenía siempre ocupadas trabajando.
Éramos pobres, aunque entonces yo no lo sabía. Corríamos
libremente por la casa, cuando, claro, no había guerras, civiles o contra otros
hermanos. El ruido del estómago por el hambre, para mí era lo más natural del
mundo. No sabía que era algo producto de la pobreza. Nos entrenábamos, algunos
corriendo y otros jugando a la pelota, pero no con una pelota, sino con
cualquier objeto que pudiéramos patear.
Para mí aquella casa era una casa. El techo que goteaba era
nuestro techo. La comida escasa era nuestra comida. Y aquella pelota hecha con
medias viejas y bolsas era una pelota porque rodaba, y para el fútbol no hace
falta más. Pobres, pero felices.
Después vino la guerra. No recuerdo quién peleaba contra
quién. Con los años aprendí los nombres de los bandos, las razones, los mapas y
hasta las fechas. Pero nada de eso estaba ahí cuando comenzaron los tiros. Mi
padre murió primero. Fusilado en la puerta de casa. De mi madre nunca supe más
nada. Se la llevaron con mi hermana. A mí me tiraron en un camión.
Si hubiese muerto, hubiese sido todo más fácil. Salí de
Mambúm con doce años. Nos fuimos en una barcaza de colados junto a un primo del
que no nos separamos después de encontrarnos en ese camión. No voy a contar en
detalle el viaje, ni todo lo que hice una vez llegado a Lendor, porque hay
cosas que, después de sobrevivirlas, uno puede llegar a avergonzarse de lo que
hizo, pero no había alternativa. Uno tiene que sobrevivir de una u otra manera.
Lícita o ilícitamente. Yo no tuve la suerte de elegir y ya sabrán dónde caí.
Tuve hambre. Tuve frío. Dormí en lugares donde ningún ser
humano debería dormir. Vi hombres pegarles a otros hombres por un pedazo de
pan. Vi mujeres abrazar a sus hijos durante noches enteras para convencerlos de
que al día siguiente habría comida.
La primera palabra que aprendí en su idioma fue
"refugiado". La segunda fue "negro". La tercera no la voy a
repetir. Lendor era un país hermoso. Eso también tengo que decirlo. Tenía
calles limpias, a veces no tanto, trenes que llegaban a horario, edificios
antiguos y parques enormes. Todo lo que le faltaba a Mambúm.
Viví en un centro de refugiados. Después en otro. Después en
una habitación con seis muchachos que hablaban cuatro idiomas distintos y
compartíamos un solo baño. A los catorce años empecé a trabajar limpiando
baños; de a poco fui escalando: después limpié platos, luego cargué cajones.
Y jugué al fútbol en el poco rato libre que me quedaba.
Jugaba en una plaza con otros africanos, algunos árabes y un par de chicos de
Lendor que no tenían problemas en mezclarse con nosotros mientras hubiera una
pelota de por medio. El fútbol tiene esa ventaja. Durante noventa minutos nadie
pregunta de dónde venís. Aunque a veces jugábamos como tres horas.
Un domingo me vio un hombre. Nunca supe por qué estaba allí.
Quizás miraba a su hijo. Quizás era de la policía. Quizás de Migraciones.
Quizás un mafioso. Un buen día me preguntó mi nombre. Después me preguntó si
tenía documentos. Le dije que lo segundo era bastante más complicado que lo
primero y que, si quería deportarme, me iba tranquilo. El tipo sonrió.
Dos semanas más tarde estaba entrenando en un club de
tercera división. Por primera vez en mi vida me dieron unos botines. Dormí con
ellos en la cama. Mientras otros chicos de Mambúm hacían exactamente lo mismo
en la pensión. Me enseñaron a leer, a escribir. El idioma era el mismo, el del
colonizador y el del colonizado.
A los diecisiete debuté. A los diecinueve me compró un
equipo de primera.
A los dieciocho me mandaron un telegrama desde la selección
de Mambúm, para integrar la Sub-20. Supuse que todavía estaría en guerra. No me
molesté en contestar.
A los veinte me fichó uno de los grandes de Lendor. Si no el
equipo más grande.
Entonces ocurrió algo curioso: dejé de ser el refugiado, el
negro, el mambunés que venía a robar. Si hasta tenía un piso en un lujoso
departamento de la avenida Quadratar. Los diarios comenzaron a llamarme
"la joya de Lendor". Decían que mi velocidad era lendoresa. Que mi
potencia representaba el espíritu lendorés. Que mi sacrificio era un ejemplo de
los valores de aquel país.
Ahí llegó el llamado de la selección de Lendor. Les dije que
no. Yo estaba tranquilo. Era como un pirata en ese momento, no tenía nación. El
entrenador vino personalmente a verme.
—Este país te dio una oportunidad —me dijo.
No me gustó la frase. Lendor no me había regalado nada. Todo
lo contrario. Venía arrebatándole cosas a mis ancestros. Pero bueno, no voy a
entrar a hablar de historia.
Terminé aceptando, porque para un futbolista no hay un sueño
que no involucre un Mundial de Fútbol.
Cantaba el himno de Lendor con respeto, aunque nunca
conseguí sentirlo en el mismo lugar del cuerpo donde todavía vivían las
canciones de mi madre.
Ganamos partidos.
Muchos.
Cuando ganábamos, yo era de Lendor.
Cuando hacía un gol era uno de ellos, no importaba el color,
el origen. Era lendorés de pura sangre.
Cuando perdíamos, volvía a ser el africano. El negro. El
refugiado. Ese que nacionalizaron. El extranjero al que le habían permitido
ponerse una camiseta que, según algunos, nunca terminaría de pertenecerle.
Aprendí a convivir con eso.
Hasta que llegó mi segundo Mundial. Tenía veintiocho años.
Lendor era uno de los candidatos. Habíamos llegado hasta semifinales el último
Mundial, donde quedamos cuartos. Pero había algo que me daba una sensación rara
en el pecho. No sé si llamarla ardor o quemazón, pero Mambúm clasificaba a su
primer Mundial. Era la cenicienta y eso me ponía contento por un lado, pero
triste si tenía que enfrentar a la tierra de mis padres y a la mía, por
supuesto.
Mambúm apenas había conseguido clasificarse y aquello ya
había sido una fiesta. Vi por televisión las calles llenas de gente. La verdad,
los edificios, las calles, me parecían muy ajenos, pero, asimismo, me tocaban
el corazón. Como si una voz interna quisiera abrazarse con toda esa gente.
Lloré solo en la habitación del hotel.
El sorteo quiso que no compartiéramos grupo. Me tranquilizó.
Podía darse un cruce. Pero Mambúm no estaba para tanto. Después pasaron cosas:
las lindas o feas sorpresas que nos dan los Mundiales, los equipos grandes
afuera y algún chiquito haciendo la heroica. Mambúm entró a octavos dejando a
la poderosa Prossa afuera en fase de grupos. Nos podíamos cruzar en cuartos.
Pero para mí, y para cualquier futbolero, era imposible que Mambúm le ganase al
gigante Domundo. Cinco veces campeón del mundo.
El equipo de mis ancestros ganó por penales. Se hizo
realidad mi pesadilla: Lendor contra Mambúm. Éramos tres oriundos de Mambúm en
la selección de Lendor, pero creo que ese partido me afectó a mí solo. No dormí
durante los tres días previos a esos malditos cuartos de final.
Durante los himnos miré hacia la otra fila. Los jugadores de
Mambúm tenían la misma camiseta que yo había visto una vez en la capital puesta
por uno de los que tenían plata, cuando la selección todavía jugaba en una
cancha llena de pozos y escombros. Antes de la otra guerra.
Cantaron.
Yo conocía aquella canción.
Por supuesto que la conocía.
La había escuchado antes de saber qué era un país. Mi país.
No les voy a dar un detalle del partido. No soy relator ni
comentarista. El partido terminó empatado.
Prórroga.
Empate.
Penales.
El entrenador nos preguntó quiénes estaban dispuestos a
patear. Yo dije que sí. Curiosamente, mis dos compañeros dijeron que no,
parecía que por fin les afectaba el partido.
Mambúm ya había ejecutado sus cinco penales. Había fallado
dos.
Nosotros habíamos fallado uno y todavía nos quedaba el
último.
Ese último era el mío.
Si convertía, Lendor pasaba a semifinales.
Caminé desde la mitad de la cancha.
Nunca una cancha me había parecido tan larga. Tenia las
piernas pesadas, no sé si de tanto cansancio o era por los nervios de ser el
verdugo de Mambúm.
Puse la pelota en el punto.
El arquero me miró. Yo sonreí. Sin darme cuenta le había
dado de comer a toda la prensa amarillista.
Miré al arquero. Lo conocía. No personalmente. Sabía solo su
apellido por cuestiones futbolísticas. Pero conocía sus ojos. Detrás de él
estaban los hinchas de Mambúm. Había hombres llorando antes de que pateara.
Mujeres rezando. Chicos con camisetas rotas. Un país desgarrado por infinidad
de guerras. Pensé en mi padre. Pensé en las manos de mi madre. En mi hermana,
que nunca volví a ver. Pensé en el hambre. En la barcaza. Pensé en Lendor.
Porque sería injusto decir que allí solamente sufrí. Allí tengo amigos, una
familia, una nacionalidad. Tengo lujo.
El árbitro hizo sonar el silbato.
Tomé carrera.
Y la tiré afuera. Como a un metro del palo.
Mambúm convirtió el siguiente. Quedamos eliminados. No miré
a mis compañeros. Escuché el estadio partirse en dos.
De un lado lloraban.
Del otro también.
Esa noche volvieron todas las palabras: negro, refugiado,
africano y muchos adjetivos calificativos.
Después de tantos años, tantos goles y tantas veces que
habían dicho que yo era uno de ellos, bastó que una pelota pasara junto a un
palo para devolverme al lugar donde había nacido.
Todos dijeron que lo había hecho a propósito. Al día de hoy
no puedo afirmarlo ni negarlo. No sentí nada al errarme el penal. Ni angustia,
ni felicidad ni pena. Nada de nada. La verdad es que, al momento de patearlo,
se me puso todo borroso. Quedé confundido desde que tome carrera.
Mambúm perdió la semifinal cuatro días después.
Ni siquiera llegó a la final. Lo golearon tres a cero.
Yo vi el partido solo, en el living de mi departamento en
Lendor. Mi mujer se había ido a pasar unos días con los padres. Después nos
íbamos de vacaciones.
Cuando terminó, la televisión mostró las calles de Mambúm.
Seguían llenas.
La gente cantaba.
Bailaba.
Estoy agradecido con Lendor. Profundamente agradecido. Fue
la tierra que me dio una cancha cuando yo no tenía nada. El lugar donde pude
convertirme en futbolista, aunque cada centímetro que avancé dentro de ella me
lo gané con mis piernas.
Pero aquella gente necesitaba esa alegría más que nosotros.
Aunque fuera por cuatro míseros días. Porque ellos eran mi gente. Y, al
parecer, yo seguía siendo uno de ellos. Después de todo, apenas erré aquel
penal, volví a ser africano para todos. Sobre todo para Lendor.
Una profesión como cualquiera.
Buscar la idolatría en un jugador de fútbol porque hizo goles es como decir que un abogado es amigo tuyo porque ganó un caso. A ambos les pagaron para que hagan su trabajo.
Porque uno no va a la cancha pensando que esos once tipos están
cumpliendo con las obligaciones emanadas de un contrato de trabajo. Nadie grita
desde la popular: “¡Vamos, carajo! ¡Cumplí con la prestación a tu cargo!”. Uno
lo putea, le pide huevos, que vaya al frente.
El fútbol tiene esa cosa rara de hacernos creer que el tipo
que está adentro de la cancha siente exactamente lo mismo que el hincha. Que
cuando besa el escudo lo besa por amor. Que cuando dice que siempre soñó con
jugar en el club, efectivamente soñaba con eso y no con jugar en el Real
Madrid, pero era lo que había o el que puso unos mangos más y lo trajo.
Al fin y al cabo, es una profesión más. Para eso le pagan.
Sí, obvio que hay también jugadores que aman a su club. Pero son poquitos. Esos
se emparentarían más con los artistas. Hoy los artistas no ganan nada, tienen
que tener un laburo de verdad y hacer lo de su vocación artística como hobby o
como ingreso mínimo.
Pero volviendo. Yo nunca vi festejar a la tribuna que el
abogado del club haya ganado un juicio o haya llegado a un arreglo favorable. Tampoco
vi banderas del tipo “Gracias, contador Fernández, por pagar los sueldos”,
cuando el tesorero hace lo que corresponde. Esto es lo mismo. ¿O me vas a decir
que el nueve es más grande que el tesorero porque hizo un gol? Ambos hicieron
su laburo, no jodamos.
Si los jugadores tienen hasta premios por objetivos: por
ganar una copa, un torneo, un clásico, por meter goles. Si faltan también a los
entrenamientos, los sancionan como a cualquier empleado en relación de
dependencia.
Porque el tipo es simplemente un empleado hasta que hace un
gol importante. Ahí se terminó cualquier discusión. Pasa a ser otra cosa. Un
héroe. Un prócer. Caen los cánticos de la tribuna. A la otra fecha hay
banderas. Si el club tiene medianamente guita, le paga cuando tiene que renovar
el contrato —un ascenso laboral— y, si no tiene la plata, se va a otro club
donde le paguen más o a un grande para rajarse a Europa.
Hay tipos que tuvieron la suerte de hacer uno de esos goles
y prácticamente consiguieron la inmortalidad. El bronce. San Martín. Belgrano.
Y el delantero que metió un gol porque le correspondía. Para eso está ahí.
Después se va, se raja. Pero ya quedó inmortalizado por hacerle un gol en un
clásico. Pero claro, después vuelve, y esa sería la jubilación: le va como el
culo en otros clubes, boya por Europa sin pena ni gloria y vuelve a recalar en
el club con quince kilos más. Y es la vuelta del ídolo. Y lo aplauden como
focas.
El hincha es generoso con algunas cosas. Con otras es un
hijo de puta. Puede perdonarte veinte partidos malos por un gol contra el rival
de toda la vida, pero no te perdona que un día digas que estás cansado.
—¿Cansado de qué? ¡Si jugás a la pelota!
Como si correr noventa minutos fuera lo mismo que estar
tirado en una reposera con una cerveza apoyada en los huevos.
Pero es así. Porque así como te digo una cosa, te digo la
otra. Es un laburante el futbolista. Yo ya te conté la parte buena, pero la
mala, puf, ni hablar.
El futbolista tiene prohibido cansarse, estar triste y,
fundamentalmente, tener ganas de ganar más plata. Eso último es imperdonable.
El hincha puede cambiar de trabajo porque en otro lado le pagan cincuenta lucas
más. El jugador no. El jugador tiene que quedarse por más que le deban seis o
siete meses. Por amor. Y si se va, traicionó los colores. Ah, y si llega a irse
con un juicio de por medio, agarrate porque te tildan de mercenario, basura,
traidor. Como si ningún empleado le hubiera hecho algún juicio laboral al
patrón. Dale, somos grandes.
También están los besos al escudo. Ese es otro tema. El beso
al escudo te ata de por vida al club. Lo besaste. Cagaste. A partir de ese
momento pertenecés al club hasta tu muerte. No importa que después cambie el
técnico, el presidente no te quiera, te deban seis meses de sueldo o venga un
club de afuera y te ofrezca diez veces más. Vos lo besaste en un momento de
emoción que no te dejó ver nada. No importa. Ahora bancátela. La única forma de
salir de ese contrato no escrito es irte a otro club y también besar ese
escudo. Ahí sí, chau idolatría, pasaste a ser un mercenario vendehumo.
El hincha se siente jugador también. Sí, es una parte
fundamental del fútbol. Pero se acapara méritos del jugador, del empleado al
que putean. Sí, está bien, todos con la cuotita al día le pagan una parte del
sueldo a todos. Pero si la pelota entró porque un tipo le pegó bien con la
derecha al ángulo, el hincha te dice “metimos un golazo”; cuando el boludo del
jugador le erra, le erra “él”. Y si el gol es épico o en una final o clásico
caliente, en treinta años se llenan la boca diciendo: “Les ganamos”. Así, en
plural.
Esa apropiación siempre me parece maravillosa. Porque
después pasa el tiempo. El ídolo envejece. El hincha también. Y aquel gol queda
congelado en un lugar donde nada ni nadie envejece. En el Olimpo de los dioses.
Uno lo vuelve a ver y la tribuna está igual, la camiseta está igual, la pelota
entra siempre en el mismo lugar. Lo único que cambió fue uno. Por eso nunca
entendí del todo eso de los ídolos.
A veces alguien se acerca y me dice:
—Vos sos mi ídolo.
Y yo sonrío.
¿Qué querés que haga?
Le agradezco.
Me saco una foto.
Si tiene una camiseta, se la firmo.
Si viene con el hijo, trato de darle un abrazo al pibe
porque sé que probablemente se acuerde toda la vida de ese momento.
Después se van felices.
Y yo me quedo pensando en lo mismo.
En que no hice nada por ellos.
No los conozco.
No sé cómo se llaman.
No estuve cuando necesitaron una mano.
No les presté plata.
No fui al velorio de sus viejos.
No sé absolutamente nada de sus vidas.
Solamente hice goles.
Bastantes, por suerte.
Y me pagaron muy bien por hacerlos.
El contador Fernández nos tuvo a todos al día. Hacia
malabares financieros y el depósito siempre estaba cuando lo necesité. ¿Pero
sabés una cosa? Nunca vi a treinta mil personas gritar el nombre del contador
Fernández.
El mío sí.
Y, la puta madre...
qué lindo que era.
Alerta mundial: Trump asegura que el VAR en manos de árbitros argentinos es un arma de destrucción masiva
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| Peligroso. Sería el VAR. |
“Son casualidades que durante los últimos cinco años los árbitros vengan favoreciendo a Barracas Central. Son los mismos mal pensados que decían que ayudábamos al Arsenal de Don Julio. Y mirá dónde está el Arse ahora: casi por desaparecer. Que no esté más Don Julio para protegerlo y apretarnos también es otra coincidencia”, deslizó un árbitro en off the record, por temor a que los hinchas le pinchen los neumáticos de su auto alemán.
De los pensamientos.
Generalmente los hombres pensamos en muchas cosas. Que van desde lo más importante a lo más boludo. Y estos pensamientos suelen atacarnos en la cama, ya sea acostados o sentados de espalda a nuestras mujeres. Podemos estar pensando en resolver la hipótesis de la teoría de las cuerdas del universo o bien pensar en un capítulo de Los Simpson y empezar a filosofar durante horas en forma interna, mirando un punto fijo, con las manos entrelazadas.
Es como el meme que circula en internet.
Porque así, de la nada, una pregunta femenina te saca de ese
pensamiento mágico como si una espada cortara el aire:
—¿En qué estás pensando?
Y siempre surge la duda femenina de que estamos pensando en
otra.
Curiosamente, a mí me pasó hace poco.
Me acosté y automáticamente mi cerebro empezó a pasar una y
otra vez, en loop, el error garrafal que se mandó el arquero de Banfield. Pase
atrás, le erra al rechazo y la agarra un delantero de Sarmiento. Gol.
Hubiese sido grave si ese gol era el empate o la victoria de
los de Junín. Pero fue más grave: ese fue el 1-3 para ellos.
Veníamos goleando tranquilos. Minuto cuarenta del segundo
tiempo.
Bueh, un error. Ya fue. El descuento.
Al minuto, otro gol que se come el arquero. Y eso que es
buen arquero. Nos salvó varias veces. Evitó humillaciones. Trago saliva. A
sufrir.
La cosa es que ganamos 3-2. Pero me sacó mal. Ese loop del
arquero errándole me persiguió hasta la cama. Y cuando te agarran esos
pensamientos, el tiempo se expande, perdés noción. No sé cuánto estuve así. Es
como un agujero negro. Es como la película Interstellar, pero acá un segundo en
tu cabeza son como diecisiete horas en la Tierra.
Hasta que llegó la pregunta.
—¿En qué estás pensando?
Mi respuesta fue la misma que damos todos los hombres:
—Nada.
Nuevamente mis neuronas empezaron a proyectar el fallo del
arquerito. Pase atrás. La pelota viene despacio. Él acomoda el cuerpo. Va a
rechazar. Le erra. Delantero de Sarmiento. Gol.
Otra vez la pregunta.
—¿Seguro que no te pasa nada?
—Seguro.
Ahora eran dos loops.
Pensamientos, pregunta, pensamientos, pregunta.
Dos loops en uno.
Hasta que tuve que decirle la verdad.
—Estoy pensando en el arquero de Banfield.
Primero se rio. Después dijo que no podía ser tan boludo.
Luego cayó en la incredulidad.
Mientras tanto, mi cerebro se empecinaba en repetirme ese
loop que ya había pasado de trágico a cómico. La pelota venía. Él le erraba.
Gol. Yo ya conocía perfectamente la secuencia. Podía calcular hasta el momento
exacto en que el arquero debía apoyar el pie para rechazar bien.
Incluso empecé a imaginar alternativas.
Si la tiraba al lateral, no pasaba nada.
Si la reventaba de punta, no pasaba nada.
Si la agarraba con la mano, quizá era indirecto, pero no
pasaba nada.
Si se tiraba arriba de la pelota y se hacía el muerto,
tampoco pasaba nada.
Si aparecía de la nada un defensor, tampoco pasaba nada.
Si el delantero se lo erraba, no pasaba nada.
Había por lo menos veinte universos posibles en los que esa
jugada no terminaba en gol. Parecía el Dr. Strange analizando distintos
universos posibles.
Pero nosotros vivíamos justo en el universo donde el hijo de
puta le había errado a la pelota.
—¿Otra vez estás pensando?
—Sí.
—¿En qué?
—En el arquero.
Ya desconfiaba.
—Dale.
—¿Qué?
—No estás pensando en el arquero.
—Sí.
—Hace media hora que estás callado.
—Porque estoy pensando en la jugada.
—¿Media hora?
—Sí. La estoy analizando.
Se incorporó en la cama.
Ahí entendí que la situación había cambiado. Hasta ese
momento yo era un tipo acostado pensando en fútbol. Ahora era un sospechoso
sometido a un interrogatorio. Un inocente condenado sin juicio previo.
—¿Qué estás analizando?
—El error.
—¿Qué error?
No podía creer que tuviera que explicarlo otra vez.
—El del arquero de Banfield.
—¿Y por qué pensás tanto en eso?
La pregunta me descolocó.
Porque no sabía. Esa es una de las grandes cosas que las
mujeres no entienden de los hombres. Nosotros tampoco sabemos por qué pensamos
algunas cosas. Simplemente aparecen. “Hola, vengo a romper las bolas un rato”,
así viene y se mete el pensamiento. No pide permiso el muy hijo de puta. A
veces ni saluda. Viene, te usurpa las neuronas y a otra cosa. Lo peor es que el
cerebro le abre los brazos, lo invita a cenar y despliega un mapa como de
guerra en la mesa imaginaria y dice: bueno, esta noche vamos a trabajar con
esto.
Podría haber pensado en mi futuro.
En mis problemas.
En mis proyectos.
En el sentido de la vida.
En la muerte.
En la inmensidad del universo.
Pero no.
Mi cerebro había decidido dedicar todos sus recursos
disponibles a determinar por qué un arquero profesional de fútbol había pifiado
una pelota que venía a cuatro kilómetros por hora.
—No sé —le dije.
—¿Cómo que no sabés?
—No sé.
Silencio.
Volví a mirar el techo.
Pase atrás.
Le erra.
Gol.
—¿Quién es?
Giré la cabeza.
—¿Quién es quién?
—La mina.
—¿Qué mina?
—En la que estás pensando.
Me reí.
Error.
Nunca hay que reírse durante un interrogatorio.
—¿Te causa gracia?
—No hay ninguna mina.
—Entonces, ¿por qué estás así?
—¡Por el arquero!
—¡Nadie piensa cuarenta minutos en un arquero!
Eso me ofendió.
No por mí.
Por el fútbol.
Claro que un hombre puede pensar cuarenta minutos en un
arquero. Puede pensar dos horas en un penal de hace quince años. Puede
despertarse un martes recordando una patada que pegó un defensor en 1998. Puede
estar esperando el colectivo y preguntarse qué hubiese pasado si aquella pelota
entraba.
No tenemos ningún control sobre eso.
—Te juro que estoy pensando en el arquero.
—Bueno.
Ese “bueno” no era nada bueno.
Se dio vuelta.
Yo también.
Cinco minutos de silencio.
O veinte.
No sé.
El tiempo había vuelto a deformarse.
Pase atrás.
Le erra.
Gol.
Entonces escuché desde el otro lado:
—¿Seguís pensando en él?
Ya no era “el arquero”.
Era “él”.
Habíamos avanzado muchísimo.
El arquero de Banfield había pasado de ser un deportista
profesional que se había mandado una cagada a convertirse en una presencia
misteriosa dentro de nuestra relación.
—Sí.
—Sos un pelotudo.
—La verdad que sí, pero…
—Dormite.
Cerré los ojos.
Intenté pensar en otra cosa.
Una playa.
El mar.
Un bosque.
Una montaña.
Pero en todas aparecía el arquero.
En la playa le erraba a una pelota.
En el bosque le erraba a una pelota.
En la montaña le erraba a una pelota.
No había escapatoria.
En algún momento me debo haber quedado dormido porque me
despertó un codazo.
—¡Dejá de moverte!
—Perdón.
—Andate.
—¿A dónde?
—No sé. Al sillón. Con el perro. Con el arquero. Donde
quieras.
Agarré la almohada y me levanté. El perro estaba durmiendo
en el living. Me miró acercarme con esa expresión que tienen los perros cuando
uno invade su territorio a las tres de la mañana.
Me acosté al lado.
Él suspiró.
Yo también.
Durante unos segundos hubo paz.
Hasta que mi cerebro volvió a arrancar.
Pase atrás.
Le erra.
Delantero de Sarmiento.
Gol.
Terminé durmiendo con el perro.
Sí.
Pensando en la macana que se había mandado el arquerito.
Pero el perro no me juzgó ni me preguntó nada. Por eso es el mejor amigo del
hombre.
La AFA crearía la Hipersupermegaredcopa de la Megasupercopa de las Supercopas de la Copa de la Ultrahipermegasupercopa Master of the Universe de la Recopa de la Lora.
![]() |
| Master of the Universe. Nueva Copa. |
Sin embargo, y a pesar de las múltiples copas por temporada,
la AFA estaría craneando una nueva copa. “Todavía no la planificamos bien, pero
el ganador de la Supercopa Internacional, el Trofeo de Campeones de la Liga
Profesional, la Supercopa Argentina y el Torneo Clausura jugaría una final por
la Hipersupermegaredcopa de la Megasupercopa de las Supercopas de la Copa de la
Ultrahipermegasupercopa Master of the Universe de la Recopa de la Lora contra
un equipo a definir, que sería Barracas Central o Riestra, que le caen bien al
Chiqui Tapia. Además, son los dos nuevos grandes del fútbol argentino”,
sostiene un dirigente.
El Otro Diez
—Escuchá esta historia y después decime qué te pareció.
Sentate tranquilo; si necesitás algo, me decís, pero quedate atento a lo que te
voy a contar:
“Diego Armando Maradona nació en Villa Fiorito, jugó en Los
Cebollitas y su sueño era jugar y ganar un Mundial. Dio el salto y debutó en
Argentinos Juniors a los quince años y nunca dejó de crecer. Su talento crecía
exponencialmente. Nunca jamás tuvo enemigos afuera de una cancha. A todos los
callaba con la pelota.
Debutó jovencito en la Selección Argentina. No solo se ganó
un lugar entre los convocados para el Mundial de 1978: fue una de las figuras
que alzó la Copa del Mundo, la primera de Argentina.
Llegó a Boca, que lo recibió como a un hijo. Ganó el
campeonato local y logró la segunda Copa Libertadores para el club de la
Ribera. No pudo jugar la Intercontinental porque se lo llevó el Barcelona.
En la Selección Argentina ganó caminando el Mundial de 1982.
Ya era capitán y, esta vez, goleador del torneo. En la final venció a la
siempre difícil Alemania con dos goles de él.
En Barcelona encontró su lugar en el mundo. Al principio
parecía que había llegado simplemente para hacer lo que sabía: agarrar la pelota
y jugar. Pero pronto quedó claro que había ido para algo más. Con él, ganar
dejó de ser una excepción y empezó a convertirse en costumbre. Llegaron las
Ligas, llegó la Copa del Rey y llegó, finalmente, esa Copa de Europa que el
Barcelona llevaba tantos años persiguiendo y que hoy llamamos UEFA Champions
League. Después vinieron las Intercontinentales. Una copa llevaba a la otra. Un
festejo todavía no había terminado cuando ya empezaba el siguiente. Todo lo que
jugaba el Barça parecía terminar de la misma manera: con Maradona levantando
algo.
Tanta felicidad catalana despertó el interés de uno de los
clubes más grandes de Europa: la Juventus de Italia. Su traspaso fue récord. La
cifra parecía una locura, pero duró poco la discusión. Apenas empezó a jugar,
nadie volvió a hablar de lo que había costado. En Turín ganó dos Champions
consecutivas y convirtió a la Juventus en dueña de Europa. También llegaron los
títulos de Liga, la Copa Italia y las Intercontinentales. Los dirigentes habían
pagado una fortuna por un futbolista y terminaron descubriendo que habían
comprado una época dorada. La gloria absoluta.
En el Mundial de 1986, en México, lamentablemente no pudo
levantar la Copa del Mundo. Hizo el gol del siglo abriendo el marcador ante los
ingleses. Antes casi había marcado el primer gol, pero no llegó a poner la
cabeza y Peter Shilton la despejó con un puño. A los ochenta y un minutos,
Lineker terminó marcando el empate. Argentina se quedó afuera por penales.
Maradona no derramó una lágrima porque sabía que iba a haber revancha tarde o
temprano. La máquina alemana comandada por Karl-Heinz Rummenigge, Rudi Völler y
Lothar Matthäus ganó ese Mundial derrotando a Inglaterra por 2-0.
Terminado el Mundial, y pasada una temporada, en el ’87 pasó
al Milán de Arrigo Sacchi. A esa altura, cualquier otro jugador habría llegado
para adaptarse al equipo. Con Maradona pasó al revés. Sacchi tenía su sistema,
sus movimientos estudiados, sus jugadores obedeciendo como piezas de una
cerradura. El Catenaccio. Y en el medio de todos esos engranajes estaba el
Diego, que parecía tener permiso para hacer lo que quisiera. En ese esquema
conservador, el único que realmente jugaba era él. Ganar la Liga se volvió
habitual. Levantar la Copa Italia, también. Y cuando llegaba Europa, ganar la
Champions parecía casi un trámite. El Milán se acostumbró a ganar y Maradona, a
levantar copas. A esas alturas, ya era el jugador con más títulos en la
historia del fútbol.
Fuera de la cancha era el tipo ejemplar. Nunca una polémica.
Nunca una declaración de más. Nunca una protesta. Nunca se la jugó por nada ni
por nadie. Él solo hablaba dentro de una cancha, donde su lengua era la pelota
y el idioma, el ruido de un pase filtrado. ¿Para qué ganarse enemigos hablando?
Se casó, tuvo dos hijas. La familia modelo. Era el tipo al que no le
cuestionaban nada y él no cuestionaba nada. El periodismo estaba obnubilado con
él. Pero rara vez fue tapa de alguna revista, solo una vez salió en la tapa de
la revista Caras mostrando su mansión.
Y se vino el Mundial ’90. Mucho se habló de ese Mundial. Un
poco menos de un año atrás, se había caído el Muro de Berlín. El mundo había
cambiado para siempre. Argentina llegó a la final dejando en el camino a
Italia. Fue la primera vez que lo insultaron los de su propio equipo, donde
jugaba. Los tanos estaban como locos contra el Diego. En la final se
encontraron contra los alemanes, que eran una máquina y que necesitaban ese
título como para validar lo del Muro. El partido fue polémico y ganó Alemania
con un penal inventado por Codesal. Diego tampoco lloró en esa final
arrebatada. Tiempo después se supo que Don Julio los había entregado por un
poco más de poder. Maradona, que lo sabía no dijo nada: masticó bronca, recibió
la medalla, le dio la mano a João Havelange y a otra cosa. No quería problemas
con el poder de turno. Eso no era lo suyo. La defensa de los pobres y los
débiles la debía reclamar otro, no un futbolista.
Después del Mundial volvió a España, esta vez al Real
Madrid. El Merengue arrastraba una obsesión: no ganaba la Copa de Europa desde
1960. Habían pasado treinta años, generaciones enteras de jugadores y un
desfile interminable de figuras intentando devolverle al club aquello que
consideraba suyo. Entonces llegó Maradona. Y la espera terminó. Primero ganó
una. Después ganó otra. Dos Champions más para su colección y dos Intercontinentales
que devolvían al Madrid al lugar donde pertenecía. Esta vez no hubo título de
Liga, pero sí Copa del Rey. Fue uno de los mejores Maradona que se vieron a
nivel de clubes. Mucho antes de que el Madrid empezara a hablar de Galácticos,
ya había tenido uno. Y era argentino. Para entonces, Diego había conseguido
algo sacado del libro Guinness de records: había ganado todas las Champions que
había disputado.
El Mundial de 1994 en Estados Unidos fue la redención en los
Mundiales. Tras pasar la fase de grupos con suma facilidad, en octavos dejó en
el camino a Italia; en cuartos, a España; en semis volvió a aplastar a Bulgaria
y, en la final soñada por cualquier argentino, le ganó 2-0 a Brasil. Treinta y
tres años. Igualó el récord de Pelé con tres Mundiales ganados y quedó en la
cima de goleadores de toda la historia con 18 goles.
Muchos ya especulaban con su retiro, pero su físico parecía
de veinticinco. Él solo podía levantar al equipo o derrumbar al rival. Era una
especie de Mío Cid del fútbol. El Real Madrid prescindió de sus servicios
porque, a pesar de lo descollante en la cancha, pensaba que ya no le quedaba
hilo en el carretel. Así que armó la valija y se fue para la Fiorentina, donde
estaba su gran partener de la Selección: Gabriel Batistuta. Era un equipo
modesto, pero con el Diego ahí pudo pelear el Calcio hasta el final, ganar una
Copa Italia y alzarse con una Copa UEFA en los años que estuvo.
Físicamente, el Diego estaba intacto. Seguía acumulando
títulos, pero faltaba un último baile: el Mundial 1998. Dificilísimo, si nos
ponemos a pensar que llegó con 37 años. Pero si Roger Milla en el Mundial
anterior pudo hacer un gol con cuarenta y dos años y treinta y nueve días, el
Diego te hacía ocho goles. Su amigo Daniel Passarella sabía que Maradona era
imprescindible y nunca dejó de llamarlo. Era una Selección de ensueño: Redondo,
Maradona, Batistuta, Caniggia… Argentina goleó todos los partidos en la fase de
grupos. En octavos, contra Inglaterra, fue un trámite. Tres a cero. Fue donde
conoció a David Beckham y luego trabaron una amistad. En semis, otra vez
Brasil, donde se ganó con un zurdazo del Bati. En la final no hubo final. Fue
un tres a cero a favor de la Albiceleste. Cuarto Mundial y nuevamente en la
cresta de la ola que venía surfeando desde hacía al menos veinte años.
Todos daban por hecho que Maradona, tras su sexto Mundial,
se retiraría en la cúspide. Una cúspide imposible de alcanzar. Seis Mundiales,
cuatro ganados. Champions a más no poder. El Diego quedó libre de la Fiorentina
y se especulaba con su retiro. Se fue con el pase en su poder al Manchester
United, por pedido expreso de Ferguson y de Beckham. Ese equipo, si no fue el
mejor de la historia, estuvo ahí nomás: una Premier tras otra a las vitrinas y
la épica final contra el Bayern Múnich. Jugó un año más en los Diablos Rojos y
el Diego parecía que no tenía fecha de vencimiento. Él no quería dejar el
fútbol y el fútbol no quería que lo dejara.
Un día apareció un llamado inesperado: Lothar Matthäus. Su
viejo rival. Su viejo amigo. Le dijo que, antes de retirarse, podría jugar una
temporada en el Bayern, que todavía le podía dar mucho al fútbol. El Diego
aceptó. Esa temporada, el Bayern logró la Triple Corona, en una final épica
contra el Valencia que se resolvió con un tiro libre del diez.
Arrancó el 2002. Todo el mundo esperaba que el Diego hiciera
el último baile, el último Mundial, el séptimo. Si total Passarella lo seguía
convocando. Y se dio lo que todos esperaban: Maradona jugaría su último Mundial
a los 41 años. No lo iba a alcanzar a Roger Milla, pero con siete Mundiales en
el lomo no lo iba a alcanzar ni Highlander. Todavía tenemos fresco el recuerdo
de ese Mundial. El grupo de la muerte, la ajustada victoria ante Nigeria, la goleada
a Inglaterra, a Suecia. Luego, dos partidos fáciles: Senegal y Turquía, que
querían ser la revelación, pero tuvieron la mala suerte de cruzarse con el
Diego. En semis, Brasil de nuevo: corrida del Cani, pase del Diego, fórmula
repetidísima y gol. La final fue contra la Alemania de Oliver Kahn, compañero
del Diego. Una, dos, tres, cuatro… Todos los intentos eran en vano para vencer
al portero teutón. Hasta que un tiro libre del Diego se le metió en el ángulo.
Ni tiempo para mirar adónde fue tuvo el uno. Argentina llegaba al
pentacampeonato. El Diego también.
Ahora sí, el retiro. Pero no. También lo gambeteó: regresó a
Boca. Prometió devolverle la Copa Libertadores. La cumplió y fue a la
Intercontinental contra el Milán. Ese 14 de diciembre de 2003, a los cuarenta y
tres años, Diego Armando Maradona se retiró del fútbol…”.
***
—En otro apartado, si querés, lo vamos viendo. Te cuento qué
fue de Maradona como entrenador. Todo esto puede ser tuyo. Todo. Tenés el
talento. Siempre lo tuviste. Lo otro no, te descarrilaste fácil. Solo te voy a
pedir una cosa...
El tipo sonrió. Su arito me pareció que brillaba más. Me
miró como si hubiera sabido desde el principio quién era yo.
Y, finalmente, dijo mientras se levantaba del asiento:
—Maestro... ese tipo que nombraste durante toda la
historia... nunca sería Maradona.
Se dio media vuelta. Y se fue.
Me dejó solo. Con una única certeza: acababa de perder el
alma que más había deseado tentar.
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