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El Saludo
Hace un tiempo, viví en Chacarita. Barrio que está signado
por el cementerio. A pesar de eso, todos vivimos tan frenéticamente que ni nos
damos cuenta de que hay un cementerio ahí, a un par de cuadras. Y eso que es
enorme.
Pero lo que me llamó la atención del barrio no fue el cementerio;
al cuarto o quinto coche fúnebre que ves, ya te acostumbrás. Uno se acostumbra
a todo. Lo que me llamó la atención fue un tipo que vivía cerca, o eso creo, y
que saludaba siempre. Parece una pavada, pero no lo es; por lo menos para mí.
Igualmente, hoy la gente hace cualquier cosa antes que
saludar. Mira el celular, baja la cabeza, finge que no te vio o, directamente,
cruza de vereda. En cambio, este hombre no. Apenas te veía venir, levantaba la
mano como si te conociera de toda la vida.
—Buen día.
Y listo. Siempre con una sonrisa. No esperaba ninguna
respuesta. No intentaba sacar charla. No preguntaba por la familia, ni por el
clima, ni por el fútbol. Saludaba y seguía caminando.
La primera vez pensé que era un vecino más. La segunda me
llamó la atención. Con el tiempo empecé a sospechar. Yo soy informático; tengo
los horarios más variables que hay sobre la Tierra. Un día salgo a las ocho de
la mañana, otro a las once, algunos días a las catorce, otros días ni salgo o
salgo solo a comprar. Pero la cosa es que, ni bien salía, me lo encontraba en
la esquina y me saludaba.
Además, no era posible que un hombre saludara con tanta
convicción a todo el mundo: al diariero, al barrendero, al repartidor de soda,
al policía de la esquina, a los chicos que iban al colegio, al paseador que
sacaba al perro... incluso a los que claramente no tenían ganas de cruzarse con
nadie e iban inmersos en sus celulares.
Siempre igual.
—Buen día.
Era imposible no contestarle. Hasta el más malhumorado
terminaba levantando la mano. O gente que estaba haciendo algo importante, como
los cartoneros que tenían metido medio cuerpo dentro de esas cajas negras
plásticas horribles que hacen de contenedores, salía y lo saludaba. Como que
era contagioso el saludo.
Un día la curiosidad pudo más. No solo le respondí el
saludo, sino que intenté darle charla.
—Fresquete hoy, ¿no?
—Sí, la verdad que sí. Hasta luego.
Su respuesta, bastante evasiva, me cayó mal. Me pareció un
careta bárbaro. Saludaba y después se hacía el boludo y se iba corriendo. No
sé, no me pareció sincero. Llegué a pensar de todo: que era un cana encubierto,
un espía, un chorro que merodeaba la zona… Igual seguí saludándolo como si
nada, porque tampoco iba a ser descortés.
No mucho tiempo después de ese intento de conversación, pasó
lo que les voy a contar. Me había quedado sin internet en casa, entonces tuve
que bajar para ir al bar de la vuelta. Ni bien llegué a la vereda, me crucé al
muñeco este.
—Buen día.
Me dijo y siguió para su lado, lo cual me dio entre bronca y
curiosidad. Le respondí automáticamente, como un robot, y me quedé pensando. Se
me ocurrió la idea loca de seguirlo; total, no tenía internet ni ganas de
laburar en un bar con todo el ruido que eso supone.
Me puse a observarlo desde atrás. Nunca me había detenido a
verlo: tenía un traje gris, zapatos marrones viejos, pero lustrados; un
sobretodo más viejo todavía; la pelada le brillaba y, sobre ella, se cerraba el
pelo gris como si fuesen laureles en un César. No sé por qué, pero pensé en el
bigote finito que usaba el tipo. Parecía sacado de una película de los
cincuenta.
Empecé el recorrido, el cual duró bastante, lisa y
llanamente porque saludaba a todo el mundo.
Saludó a un taxista.
Saludó a una señora que esperaba el colectivo.
Saludó a un pibe que repartía volantes.
Saludó hasta a un tipo que estaba puteando porque no
arrancaba el auto.
El del auto dejó de putear un segundo, levantó la mano y le
dijo:
—Buen día.
Después siguió puteando al pobre auto.
Yo caminaba unos metros atrás. Más de una vez tuve que parar
y mirar el celular como para que no me agarrara. Casi me vio en varias
ocasiones, pero siempre me salvaba una víctima de su saludo.
No parecía dirigirse a ningún lugar. Daba vueltas por el
barrio. A veces doblaba una esquina para volver a la misma plaza desde otro
lado. Yo ya estaba por abandonar la misión de seguirlo. Fue cuando cambió de
rumbo y, curiosamente, dejó de saludar a la gente que se cruzaba. Ahí el
bichito de la curiosidad me picó más fuerte.
El tipo apuró el paso, tanto que me costó seguirlo a metros
de distancia. Enfocado en todas las hipótesis que había en mi cabeza, no me di
cuenta de que estábamos por entrar al cementerio. Ahí me agarró un cagazo
terrible. Pero la curiosidad pudo más.
El sujeto entró raudamente. Caminaba y caminaba; cada vez se
adentraba más y más. Lo que me estremeció fue cuando, de la nada, empezó a
saludar. Yo pensé que estaba rezando, pero sin querer quedé más cerca de él y,
efectivamente, eran saludos.
—Buen día, don Ernesto.
Unos metros más.
—Buen día, doña Marta.
Más adelante.
—Buen día, Gervasio.
Así podría estar enumerando todos los nombres de las tumbas
a las que saludó al pasar. Como si todos siguieran ahí. O como si los viera.
Curiosamente, no me dio miedo; me dio más curiosidad.
Yo estaba tan absorto en mis pensamientos que no me di
cuenta de que llegamos casi al final del cementerio, a la parte de los
paredones que daban a la avenida Elcano.
El tipo se sentó en un banquito de cemento, completamente
derruido, y se puso ambas manos en la cara, como si estuviese llorando. Me dio
un poco de vergüenza estar espiándolo.
Cuando me iba a ir, sin darse vuelta, dijo:
—Hace rato que me viene siguiendo, caballero.
Sentí una vergüenza absoluta. Como la de alguien que roba y
se dan cuenta enseguida de que fue uno. Busqué miles de excusas en mi cabeza;
no había ninguna.
—Perdón... me dio curiosidad saber adónde iba —tuve que
decirle la verdad.
Se dio vuelta despacio.
Era bastante más viejo de lo que me había parecido antes.
Los ojos claros. La cara llena de esas arrugas que no son de
tristeza, sino de haber vivido mucho. Ese bigotito tipo anchoa.
—La curiosidad nunca es una mala excusa —dijo con una
sonrisa.
Me invitó a caminar. No preguntó mi nombre. Yo tampoco el
suyo. Hubo un silencio, el cual decidí romper.
—¿Siempre hace esto? —dije por fin.
—¿Venir al cementerio?
Asentí.
—Sí. También lo de saludar a todos —respondió, sin que le
hubiese preguntado lo segundo.
Me agarró un escalofrío.
Esperé una explicación. No llegó.
Seguimos caminando entre las tumbas abandonadas en el
contorno del paredón.
Después de un rato agregó:
—Uno nunca sabe cuál es el último saludo que le da a alguien.
No dije nada.
—Hay personas que se van sin que uno lo sepa. Se mudan,
cambian de trabajo, se pelean con uno, se enferman... o simplemente se mueren.
Y el último recuerdo termina siendo una cara seria porque los dos iban apurados
o enojados.
Seguimos caminando. Nos sentamos en un banco.
—Antes no saludaba nunca. Siempre tenía algo más importante
que hacer.
Miró el piso.
—Hasta que un día mi mujer salió a comprar pan...
No hizo falta que siguiera. Entendí todo. Quedé aturdido con
mis propios pensamientos y con cómo había pensado tan mal de un pobre viejo.
Él seguía hablando: de cuánto tiempo había pasado, de cómo
fue el accidente, de dónde estaba su tumba, señalando hacia la derecha del
paredón de la avenida.
—La última vez que la vi, ni siquiera levanté la vista del
diario. ¿Para qué? Si iba a volver. Todos vuelven.
Se hizo otro silencio. Este fue bastante largo. Pero no me
incomodaba; creo que a él tampoco. Hasta que decidió romperlo.
—Así que ahora saludo primero.
Sonrió apenas.
—No cambia nada... pero por lo menos para que nadie sienta
que pasa desapercibido. Además, hago catarsis.
Volvió a sonreír.
—El barrio es la gente. El barrio también se despide cuando
te demuelen una casa antigua para ponerte una torre, por ejemplo. El barrio no
cambia, va muriendo con cada cambio. Y al barrio nadie lo despide. Al barrio
nadie lo saluda porque está siempre ahí, y cuando te das cuenta, el barrio
murió y nació uno nuevo.
Siguió hablando de cada esquina de Chacarita, de cada bar,
escuela, colegio, comisaría, del viejo hotel familiar de la avenida Lacroze y,
ni hablar, del cementerio. Ahí se explayó como diez o quince minutos. Yo ya no
lo escuchaba; me quería ir. Mi mujer seguramente se estaría preguntando donde
estaba.
Le dije que me tenía que ir porque tenía trabajo. Pude
entender, por su mirada, que el viejo no había hablado con nadie en mucho tiempo.
Lo saludé y me fui. Lo dejé sentado en ese banquito que estaba al borde de
derrumbarse de lo viejo.
El tiempo pasó, la rutina no cambió. Cada día, o cada vez
que salía de casa, siempre me lo cruzaba y ambos nos saludábamos, yo ahora con
un poco más de alegría.
Hasta que un día lo vi fuera de ese ámbito
"saludativo". El vecino del sexto me había invitado a una protesta de
vecinos en contra de demoler parte del cementerio y hacer una plaza. No porque
no quisieran una plaza, sino porque todavía era parte de un camposanto.
Asimismo, todavía había nichos.
Fuimos y ahí vi al viejo.
Estaba vestido igual, salvo que esta vez llevaba una
cartulina que tenía una leyenda escrita a mano:
"No maten al barrio".
Fui a saludarlo, pero cuando me acerqué noté que estaba
llorando. Vi que había mucha gente llorando. Porque el Gobierno de la Ciudad
los había intimado a que sacaran los restos de familiares de esos nichos. Otros
protestaban porque dentro del cementerio había patrimonio histórico y que, sin
el paredón, iba a quedar desprotegido. Pero yo seguía centrado en el hombre que
saludaba.
Pasó un tiempito durante el cual seguí viendo a este hombre.
Me seguía saludando. Muchas veces quise frenarlo, pero no me dio la chance.
Lo vi muy achacado, como si de golpe todos los años se le
hubiesen caído encima. Flaco, enjuto; los ojos le habían quedado chiquitos.
Hasta que, a mediados de 2016, empezaron a derribar los
paredones. Hubo una marcha de vecinos y ahí fue la última vez que lo vi.
Estaba parado a lo lejos, mirando y llorando, con un pañuelo
en la mano. Lo que me llamó la atención es que, esta vez, tenía un bastón y
parecía más derrumbado que el paredón.
Al otro día salí esperando encontrármelo. Ahora sí lo iba a
frenar y le iba a preguntar si le pasaba algo, si tenía algún problema de salud
o si necesitaba ayuda.
Pero ni rastros de él.
Era la primera vez, en años, que no me lo cruzaba.
Temí lo peor.
Al otro día decidí hacer el mismo trayecto que él había
hecho aquella vez que hablamos. Por ahí me lo cruzaba.
No hubo suerte.
Un día le pregunté al diariero si lo había visto o si tenía
alguna data sobre su paradero. Por ahí lo conocía.
—Sí me acuerdo. No lo conozco, solo me saludaba todos los
días, pero nunca me compró un diario.
Durante un par de meses me quedé pensando en el viejo. No
voy a mentir: lo extrañaba un poco. O bastante.
Hasta que un día, en marzo de 2018, fuimos con mi mujer al
nuevo parque que habían hecho en lo que fue el predio del cementerio.
Fue entonces cuando vi a un señor con su nieta muy parecido
a él. Pero no, no era. Era más joven, sin el bigote, vestido de manera más
jovial.
Cuando pasaron al lado nuestro, pensé que era él. Tuve esa
sensación.
—Hilda, saludá a la pareja —dijo el abuelo a su nieta.
—Hola... —dijo tímidamente la niña.
Mi señora los saludó a ambos.
Yo no podía emitir palabra, del quilombo mental que tenía.
Los seguí con la mirada.
Cuando cruzaron con una mujer que paseaba un perro, la nena
levantó la mano y dijo:
—Buen día.
La mujer sonrió y le respondió lo mismo.
Luego la señora saludó a un muchacho que estaba haciendo
fitness. Este saludó a un matrimonio que llevaba un cochecito de bebé...
Y así los saludos se fueron multiplicando de uno en uno.
No sé por qué, pero me quedé un rato mirando esa cadena de
saludos que iba pasando de uno a otro, como si alguien hubiera empujado apenas
la primera ficha de un dominó.
Desde ese día saludo primero.
Algunas mañanas nadie contesta.
Otras sí.
Entonces sigo caminando tranquilo.
Porque mientras alguien devuelva un saludo en Chacarita, me
gusta pensar que el viejo sigue caminando por el barrio. Y que el barrio, de
algún modo, se sigue saludando con él.
Mis cosas
Hay gente que junta estampillas. Otros coleccionan monedas,
botellas o camisetas de fútbol. Yo, sin proponérmelo, terminé coleccionando
cosas, si así a secas cosas. Vi por la tele a varios que juntaban cosas, si
cosas, pero con determinado fin, como cosas de la década del ochenta como
figuritas, golosinas, revistas… bueno, lo mio no tiene un determinado fin. Yo
juntó cosas y punto.
No hablo de basura. La basura tiene un destino, el CEAMCE si
tiene suerte o en algún relleno sanitario. Lo mío es distinto. Son objetos que
habían perdido su función, pero seguían negándose a desaparecer. Que estaban
ahí y nadie les daba bola, claro, menos yo.
Todo empezó una tarde de lluvia, cuando encontré en un cajón
una llave diminuta. No tenía idea de qué abría. Lo extraño no era haberla
olvidado, sino la absoluta certeza de que alguna vez había sido importante. La
tuve un rato entre los dedos intentando reconstruir una historia. Nada. Ni una
imagen. Ni un lugar. Era apenas un pedazo de metal con una misión vencida.
No la tiré.
La dejé sobre un estante.
Después apareció un control remoto sin televisor. Una
lapicera que ya no escribía pero que seguía teniendo la tapa perfecta. Un reloj
detenido a las 4:17 desde quién sabe cuándo. Una credencial vencida de un banco
que ya ni existe. Un cospel de subte tan gastado que parecía haber sobrevivido
a varias eras geológicas.
Cada objeto iba ocupando su lugar.
Nunca pensé que estaba armando una colección. Eso se
descubre mucho después, cuando uno mira alrededor y entiende que el desorden
tiene un patrón.
El estante se convirtió en una biblioteca de derrotas. De
perdidas. De algo que ya no esta, pero está ahí. Penas en un estante. No mias,
sino de esos objetos. Lo curioso era que
no me producían tristeza. Al contrario. Había algo tranquilizador en saber que
las cosas podían dejar de cumplir su propósito sin desaparecer del todo. Era
como mirar a viejos jubilados tomando mate en una plaza. Ya no trabajaban para
nadie, pero seguían estando. Claro podían tener una función, pero hoy cuando
sos viejo te descartan o te ponen como niñero y, obvio, al estar de niñero no
estas en la plaza.
Con el tiempo empecé a prestar atención. Descubrí que todos
los objetos conservaban una especie de dignidad. Eran como si estuviesen
esperando algo que los saque de allí y les vuelvan a dar utilidad. Esperaban. No
sé qué, sinceramente. Pero esperaban.
Una noche se cortó la luz en todo el barrio. No era una
tormenta ni una explosión. Simplemente se apagó todo. El silencio fue
inmediato. Sin el zumbido de las heladeras, sin televisores, sin motores, la
casa quedó inmóvil. Me hizo acordar al Eternauta y me estremecí. Encendí una
vela y me senté frente al estante. Entonces pasó. No sabría explicarlo sin que
suene ridículo.
Los objetos parecieron moverse y acomodarse solos.
No se movieron mucho. Apenas unos milímetros. Pero alcanzó
para que la llave quedara apuntando hacia el reloj detenido, el reloj hacia la
credencial, la credencial hacia el control remoto y así sucesivamente, formando
una especie de recorrido, como si fuese un subte raro. Pensé que era efecto de
la vela sobre los objetos. Pero no.
Cuando volvió la electricidad todo estaba igual. O eso quise
creer. A la mañana siguiente el reloj marcaba las 4:18. No podía ser. Era un reloj a cuerda roto desde hacía años
que estaba apoyado en la repisa. Yo cada tanto lo miraba y constataba que estaba
parado en esa hora. Me gustaba esa hora, no sé el motivo, pero me daba curiosidad
esa hora. Lo observé un largo rato esperando descubrir si por esas cosas había vuelto
a andar. Nada. Estaba clavado en esa hora. Yo puedo asegurar que nunca lo toque.
Jamás. Lo encontré y lo deje ahí.
Durante semanas traté de convencerme de que lo había
recordado mal. La memoria tiene esa costumbre de cambiar las cosas para que
parezcan razonables, de querer jugar con uno. Pero la verdad estaba medio
perturbado. Empecé a revisar cada objeto. Uno por uno. Casi me agarra un
sincope: había pequeñas diferencias. La lapicera tenía una rayadura nueva. El cospel
estaba un poco más gastado. La llave parecía más brillante. Eran cambios
mínimos. Pero yo conocía todos los objetos como la palma de mi mano y eso que
tengo decenas de miles de cosas. Y puedo describir cada una de ellas. Me
obsesioné. No con las cosas. Con la posibilidad de que siguieran viviendo
cuando nadie los miraba.
Una madrugada dejé una vieja camarita que había encontrado y
andaba grabando el estante. Ocho horas de video. Nada. Absolutamente nada. Al
revisar la grabación, bostezando frente a la computadora, descubrí un detalle. Había
un segundo que no existía. La hora pasaba de las 04:18:16 a las 04:18:18. Un
cuadro perdido. Una fracción de tiempo desaparecida. Pensé que era un error del
archivo. Un segundo que no existía.
Probé otra vez. Lo mismo. Siempre faltaba ese segundo.
Nuevamente, todos los días de la semana. Ese segundo siempre saltaba,
desaparecia del tiempo o del espacio porque ambos van juntos. N o se lo conté a
nadie. Hay cosas que es preferible no decir, porque uno sabe perfectamente cómo
terminan las conversaciones. Primero una sonrisa. Después una mirada de
preocupación. Finalmente un psicólogo o el medico.
Así que seguí con mi vida. Traté de no pensar en ese segundo
que perdíamos todos los días. Pero empezó a pasar algo mucho peor y mas grave:
cada tanto encontraba un objeto nuevo. No lo ponía yo. Simplemente aparecía por
arte de magia. Asi empezaron a aparecer: un botón. Una ficha telefónica. Una
foto vieja, de esas sepia. Un casete sin etiqueta. No recordaba haberlos traído
y menos puesto ahí. Pero ahí estaban. Como si siempre hubieran pertenecido a la
colección. Con los años el estante se llenó. Después ocupó otro. Después otro
más. Hasta que una habitación entera quedó dedicada a las cosas olvidadas que
alguien o algo me dejaba ahí.
Anoche volví a quedarme sin luz. Otra vez el mismo silencio del Eternauta. Otra
vez la vela. Me senté frente a la
habitación, que ya hacía tiempo había dejado de ser una habitación. Apenas
quedaba un sendero angosto para caminar entre pilas de cajas, muebles, frascos,
relojes, papeles, juguetes rotos y vaya uno a saber cuántas cosas más. Todo seguía
ahí. Cada objeto conservaba una historia que desconocia y que me hubiese
gustado conocer. Los miré durante un largo rato. Pensé que, tal vez, no era yo
quien los estaba cuidando. Tal vez eran ellos los que me estaban cuidando a mí.
Cada vez que intenté tirar alguno, sentí que estaba
traicionando algo. Un recuerdo, una persona, un momento. ¿Y si esa llave era el
último refugio de una infancia? ¿Y si ese cospel había sido el viaje más
importante de alguien? ¿Quién era yo para decidir que ya no servían?
Hace un rato golpearon la puerta. Miro la hora. Son las 4.17
de la tarde. No puede ser.
No hizo falta abrir para saber quiénes eran.
Los vecinos me habían avisado varias veces que habían hecho
denuncias. Que esto ya no podía seguir así. Que el municipio iba a venir tarde
o temprano.
Parece que ese momento llegó.
Siguen golpeando.
Dicen mi nombre. Lo repiten. Escucho voces conocidas de
vecinos.
Yo miro la montaña de cosas que me rodea y no sé qué hacer.
No sé si irme con ellas. y esperar a que, me dejen a mí
también sobre un estante de la municipalidad, junto a otros que alguna vez
alguien consideró demasiado valiosos para tirar.
El Suizo
A Miguel Ángel Bogado nunca le importó de qué club era
hincha el otro. Ni siquiera se sabía de qué cuadro era él. Justo acá, donde el
club de tus amores va debajo de tu nombre en el DNI, y si no te gusta el
fútbol, te miran con cara de bicho raro. Porque parece que, si no te gusta el
mate, el asado, el vino o no hinchás por un club, te baja en sangre la
argentinidad.
A Migue le decían el Suizo, no porque tuviera ascendencia de
ese país, o hubiera jugado ahí, porque tuviera una cuenta en un banco suizo. Le
decían así por su neutralidad explícita. Desde chico siempre le salía lo mismo
ante la pregunta obligada de los más grandes:
—¿Y vos de qué cuadro sos?
—A mí me gusta el fútbol.
La respuesta caía siempre igual. Primero una risa. Después
un silencio incómodo. Finalmente, la sentencia.
—No, en serio, me gustan todos.
Pero Miguel hablaba en serio. Muchos decían que no decía su
cuadro porque le daba vergüenza o porque, capaz, no quería herir susceptibilidades
de los parientes más grandes. Porque siempre hay un tío de River, otro de Boca,
alguno de Banfield, otro de Lanús, Racing, Independiente…
De chico era habitual verlo en los potreros donde los arcos
eran dos buzos y el reglamento consistía en que la pelota no se fuera a la casa
de doña Martha, porque al principio no les devolvía la pelota y luego sí, pero
pinchada. Ahí aprendió a amar el fútbol, a rodearse de amiguitos, a patear la
pelota hasta que la vieja lo traía de la oreja porque estaba todo sucio.
En la escuela era muy querido. Fue abanderado dos veces,
pero no por notas. Si hubiera sido por las calificaciones, lo habrían tenido
que esconder en el sótano del colegio. No porque fuera vago, sino porque lo
suyo simplemente no era el estudio. Siempre lo votaban los compañeros como
abanderado, y las maestras aceptaban porque, si bien no daba pie con bola en
las materias, era un dulce de pibe, muy bien educado, respetuoso, nunca llegaba
tarde, hacía la tarea; mal, pero la hacía.
Con el tiempo fue creciendo y encontró su lugar en el mundo
en las inferiores de un club de barrio. Hasta que llegó un formador, o como le
dicen ahora, llegó el scouting, lo vieron jugar y se lo llevaron para un club
de La Paternal. El Suizo, siempre disciplinado, siempre llegaba a horario a los
entrenamientos, se entrenaba, se esforzaba, era buen compañero y así llegó a
Primera.
Su debut fue en un duro partido contra River, donde no se
destacó, pero cumplió como número cinco. Luego alternó un par de partidos en el
banco y entrando faltando un par de minutos. Con el tiempo se afianzó y se ganó
la titularidad. Pero desde los inicios mostró algo raro: cuando terminaba un
partido saludaba a los rivales, al árbitro, a los jueces de línea y al
entrenador rival. A todos. En sus primeros partidos eso pasó medio
desapercibido, porque la gente pensó que eran los primeros cartuchos del pibe y
estaba emocionado. Pero la cosa continuó con los años.
En un partido contra Vélez le habían pegado una patada
criminal, casi lo fracturan. Cuando terminó el encuentro, el Suizo fue a buscar
al dos velezano. Todos pensaron que lo iba a encarar y a querer cagarlo a
piñas. Pasó todo lo contrario. Lo saludó, lo abrazó y se volvió rengueando para
el vestuario.
Pero ojo, yo sé lo que usted está pensando, pero no: Miguel
no era ningún santo. Todavía se recuerda cómo revoleó al diez de Banfield y
cómo se agarró a las piñas con casi medio plantel de Unión. El tema es que,
cuando el árbitro pitaba el final, el tipo iba y saludaba a uno por uno, por
más que se lo quisieran comer. Pero la bronca del otro se transformaba en
caballerosidad al ver al Suizo, con una sonrisa, extender la mano y decir:
"Gran partido, che, estuviste muy bien". Por más que lo hubiera
pisado cincuenta veces o viceversa. Simplemente entendía que noventa minutos
eran demasiado poco para odiar a alguien.
Los problemas empezaron cuando los periodistas descubrieron
en Miguel un caso raro: un jugador respetuoso, sin arrogancia, paciente y
tolerante. Ahí fue cuando TyC le hizo una nota, que luego fue una micronota en
un reel de Instagram del canal. No pudieron sacarle un solo título a la
entrevista.
—¿Con qué jugador nunca compartirías un asado?
—Con ninguno. Mientras no me hagan lavar los platos... je.
La respuesta no servía. Necesitaban enemigos. Polémicas. Eso
no se lo vendés ni a la madre del camarógrafo. Así que insistían.
—Pero alguno te cae mal...
—Puede caerme mejor uno que otro, pero mal, lo que se dice
mal, no. En el mundo del fútbol somos todos una gran familia...
No terminaba la frase porque ya estaban buscando otro
entrevistado.
Las redes sociales fueron peores. Un domingo felicitó
públicamente al arquero rival por una atajada espectacular que le había hecho a
Antonio Lugano, el nueve de su equipo. Le empezaron a llover comentarios en su
Instagram del tipo: "Traidor", "Tibio", "Andate al
otro equipo", "Vendido". Otro jugador simplemente hubiera
obviado cada comentario malintencionado o directamente eliminado el posteo. Pero
el Suizo no era así: se tomó el tiempo para responder educadamente cada uno de
los comentarios agresivos.
El martes mandó fuerzas para un delantero lesionado del
eterno rival. Esa foto tuvo más comentarios que un posteo de Messi. Otro día
defendió, en un estado, a un árbitro que le había anulado mal un gol a Ismael
Pereira, el siete del equipo. "Todos somos humanos y nos podemos
equivocar". Ese día le dijeron de todo, desde ensobrado hasta vendehumo.
Hasta una cuenta no oficial del club hizo una encuesta sobre el Suizo:
¿Miguel Ángel Bogado es demasiado tibio para el fútbol?
Ganó el "Sí" por goleada. Creo que los únicos
votos a favor del "No" fueron de los rivales, pero para chicanear.
Lo curioso es que nadie recordaba haberlo visto especular o
ir a menos dentro de la cancha. Iba fuerte. Corría. Metía. Trababa con la
cabeza si hacía falta. Ponía unos huevos tremendos. Discutía cuando hacía falta
o era amonestado. Era otro tipo.
El tema es cuando lo de afuera de la cancha tapa lo bueno
que hiciste adentro. Pero esto fue al revés. No porque se fuera de joda, o
faltara a entrenamientos, o cualquier cosa. El tipo era correctísimo. Y hoy eso
es para desconfiar... sobre todo para el hincha, que es pasional, para el que
todo es blanco o negro:
"¿Cómo va a abrazar a uno de ellos?"
"¿Por qué sonríe cuando cambia la camiseta?"
"Si de verdad sintiera estos colores..."
Como si el fútbol dependiera de la cantidad de enemigos que
uno se hace dentro de la cancha. La gente siempre fantasea un duelo épico. Un
Messi contra Cristiano Ronaldo. Cuando todos sabemos que son amigos, pero nos
hacemos los sotas porque nos gusta ese antagonismo pedorro que no existe.
Una tarde le preguntaron cuál había sido el mejor jugador
que vio en el torneo. Nombró cinco, de distintos clubes. Ninguno del suyo.
Otra vez los comentarios de los hinchas:
"Siempre elogia a los de afuera."
"Nunca banca a los nuestros."
"Seguro quiere irse."
"Pechofrío."
"Gonca."
La dirigencia le sugirió bajar un cambio. No en el juego. En
las declaraciones. Lo cual era bastante curioso, porque nunca dijo nada fuera
de lugar.
—No hace falta que seas amigo de todos.
—No lo soy.
—Parece.
—Es que soy un tipo respetuoso que vive del fútbol, igual
que el otro.
El presidente lo miró como si hubiera un alíen delante de
él. No entendía una palabra. Le pareció un pelotudo, pero bueno, en algún
momento se iba a ir, como todos los jugadores. Los que quedan son los
dirigentes y los hinchas, a contramano de la canción de cancha que solemos
cantar todos.
El Suizo le dio la mano, le agradeció por el consejo y se
fue.
El punto de quiebre llegó durante un clásico. Terminó uno a
cero a favor del rival de toda la vida. Un partido horrible. Piernas fuertes.
Insultos. Empujones. Hasta que Fabio Yrigoitia, el nueve rival, hizo un gol en
un offside recontra evidente. Durante veinte minutos hubo escaramuzas. Había
que separar jugadores. Se habían trenzado varios y fueron expulsados tres de
cada equipo.
Al finalizar, como media hora después, cuando las cosas se
calmaron, Bogado vio al capitán rival llorando en el banco de suplentes. El
Suizo, que tenía un moretón en un ojo producto de la trifulca, enfiló para
donde estaba este. Se puso en cuclillas, intercambiaron un par de palabras y
Miguel terminó abrazándolo y cambió la camiseta con él.
Lo que vino después fue bastante más violento que el clásico.
La foto recorrió todos los portales deportivos. Los hinchas
lo habían tildado de traidor, de que no volviera a pisar el club... Hasta le
pincharon los cuatro neumáticos y le rompieron dos ventanillas de su Renault
Clio 2012.
Lo que nunca dijo la prensa, tal vez a propósito, es que el
capitán rival estaba llorando en el banco de suplentes porque en la semana
había fallecido su padre. Bogado se enteró y, en un acto humanitario, lo
consoló. Pero no pidamos razonamiento donde mandan los titulares y la pasión.
Hubo programas enteros debatiendo si ese abrazo había ofendido
la historia del club.
Las banderas aparecieron al partido siguiente:
"Con el enemigo, jamás."
Y el número cinco de Bogado, tachado.
Él siguió jugando. Como siempre. Sin responder. Sin
victimizarse.
El tiempo puso su manto de olvido sobre ese episodio. Al
cabo de un par de temporadas se fue para un club de Sarandí, después a Adrogué
y, con el tiempo, Miguel Ángel Bogado dejó el fútbol. Carrera modesta, si las
hubo.
No hubo partido homenaje. No hubo estatua. Ni un documental
contando que había sido "un distinto".
Su retiro ocupó apenas un zócalo en un canal deportivo y un
par de líneas en el diario del lunes. Al martes siguiente ya nadie hablaba de
él.
A Bogado, curiosamente, nunca pareció molestarle.
Volvió al barrio donde había aprendido a jugar con dos buzos
haciendo de arco y aceptó dirigir las inferiores de un club que apenas podía
pagar las pelotas. Iba ad honorem. Los sábados que había campeonato llegaba
antes que todos. Marcaba la cancha con cal, inflaba las pelotas, acomodaba los
conos y esperaba sentado en un cajón de gaseosas hasta que empezaran a aparecer
los chicos.
Nunca preguntaba de qué cuadro eran. Para él, todos eran
simplemente pibes con ganas de jugar.
Más de una vez algún padre le sugirió que no pusiera juntos
a dos chicos porque las familias "no se llevaban bien".
Bogado respondía siempre igual.
—Entonces que aprendan los grandes de ellos. Los chicos se
llevan bien.
Con los años también abrió una pequeña panadería en el
conurbano. No tenía un nombre demasiado original. En el cartel solamente decía
"Lo del Suizo". Era una panadería más de barrio.
Miguel había puesto una regla de oro para el local: el que
entraba con hambre se iba con pan, aunque no pudiera pagarlo.
—Después vemos —decía Miguel.
Y muchas veces ese "después" nunca llegaba o
llegaba en míseras cuotas, por lo mal que estaba la economía. Y el Suizo lo
entendía a la perfección. A algunos les fiaba. A otros directamente les
regalaba una bolsa con unas flautitas, un par de mignones o el pan de ayer, que
seguía siendo mejor que no comer nada.
La familia intentaba convencerlo varias veces de cambiar esa
costumbre. Porque, si bien había ganancia, era poca.
—Así no vas a ganar plata —lo retaba la mujer.
Él sonreía mientras acomodaba las canastas de mimbre.
—Para ganar plata hay negocios mejores que una panadería.
Como ser futbolista.
Y se sonreía.
Volviendo al fútbol, los chicos del club empezaron a crecer.
Algunos llegaron a Primera. Otros fueron albañiles, colectiveros, médicos,
profesores, electricistas o panaderos, como él.
Cuando algún periodista encontraba a uno de ellos y le
preguntaba quién había sido el técnico más importante de su vida, casi todos
contestaban el mismo nombre: Miguel Bogado.
Pablo Arizmendi, el diez titular del Bayern Múnich y
goleador de la selección argentina, lo nombró como el mejor entrenador que tuvo
de pibe en el barrio. Los alemanes se lo querían llevar para allá, pero el
Suizo se negó infinidad de veces. Él seguía con la panadería y en el club de
barrio por las tardes y los sábados.
Muchos pibes que salieron campeones del mundo con la Sub-20
se acordaron de él. No porque les hubiera enseñado una táctica revolucionaria.
Ni una forma novedosa de patear un córner. Sino porque les había enseñado algo
bastante más difícil: que competir no es despreciar ni maltratar al rival. Que
se puede querer profundamente una camiseta sin odiar las demás. Que la
rivalidad termina cuando el árbitro marca el final.
Dicen que todavía hoy, si uno pasa temprano por esa
panadería del conurbano, puede encontrar a Miguel Ángel Bogado amasando mientras
escucha programas de fútbol por la radio.
Y que, de vez en cuando, entra algún vecino con vergüenza,
diciendo que ese día no le alcanza para comprar el pan. Bogado nunca hace
preguntas. Nunca pide explicaciones.
Simplemente llena una bolsa blanca de nailon, se la alcanza
por arriba del mostrador y dice, como si fuera la cosa más natural del mundo:
—Llevá... mañana será otro día.
Tal vez por eso hubo gente que nunca logró entenderlo.
Miguel Ángel Bogado fue discriminado toda su vida por no
discriminar a nadie.
Sábados de Fontanarrosa. Hoy: Selección de chistes gráficos 1999. Primera parte.
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