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Sábados de Fontanarrosa. Hoy: "Fontanarrosa y el fútbol"
Señor Presidente.
Lo primero que hizo Julián Adrián Varela cuando volvió a Rosario fue bajar la ventanilla del taxi y respirar hondo.
—El río sigue teniendo olor a río —pensó, con los ojos
húmedos por la emoción de volver.
El tachero lo reconoció por el espejo enseguida. Era
imposible no hacerlo. Durante quince años, la cara de Julián había estado
pegada en publicidades de botines, tapas de diarios deportivos, figuritas y
videojuegos. El nueve rosarino que había salido de las inferiores de Rosario
Central para conquistar Europa.
Había debutado con dieciocho años, flaquito y rápido, con
esa manera de correr medio inclinado hacia adelante, como si siempre llegara
tarde a algún lado. Podría decirse que era un nuevo Ángel Di María, aunque con
el correr del tiempo empezó a ganar masa muscular. Fue goleador de un torneo que
el Canalla peleó hasta el final, aunque no logró ganarlo. Le quedó esa espina,
pero no tuvo tiempo de sacársela porque Europa ya lo buscaba.
Primero lo compró el Bayern Munich. Se convirtió en goleador
indiscutido de la Bundesliga, que el Bayern ya ganaba caminando desde hacía décadas,
y pudo levantar una Champions. No hizo goles en la final, pero fue clave para
llegar hasta ella. Después pasó por el Manchester City, donde ganó ligas y
copas, aunque se le escapó una Champions. Más tarde vino el Barcelona, donde
tocó el cielo durante un par de temporadas y terminó de convertirse en ídolo
mundial: dos Champions al hilo, goleador… Ni hablar de la Selección, donde ganó
de todo. No era un Messi, porque las comparaciones son odiosas y además jugaban
en puestos distintos, pero sí podría decirse que era una especie de Batistuta
2.0.
El último tramo de su carrera europea fue en el Newcastle,
donde llevó al equipo a clasificarse a la Champions con doce goles en la temporada.
Volvió a retirarse a Central a los treinta y nueve años. Para un delantero, la
edad no pesa tanto: se compensa con cerebro y experiencia. Sabía dónde pararse,
sabía dónde estaba el gol. Cuándo picarla y cuándo reventarla contra la red.
Eso le permitía caminar la cancha durante setenta minutos y, aun así, encontrar
un hueco imposible en el minuto ochenta y ocho para mandarla adentro.
No salió goleador del torneo ni Central peleó los primeros
puestos. Jugó dos campeonatos y se retiró. Todos recuerdan su último gol. Fue
contra Boca y llovía fuerte, como para hacerlo más épico. Le llegó un centro
desde la derecha; se elevó más que nadie, metió un frentazo al piso y la pelota
hizo una especie de patito que descolocó al arquero antes de entrar.
Como pasa con todo ídolo que se retira, la dirigencia sintió
que tenía que inventarle algo urgente: manager, coordinador de inferiores,
técnico de Primera… algún puestito. Durante un tiempo lo llamaron para cenas
solidarias, inauguraciones de parrillas, campañas políticas, cumpleaños de
quince y debates televisivos donde cinco tipos gritaban al mismo tiempo.
Pero a Varela no le gustaba nada de eso.
Él quería contribuir de verdad.
Así que, de un día para el otro, desapareció.
Muchos creyeron que se había ido del país a hacer negocios en Europa, como hacen tantos jugadores que juntaron fortuna durante su carrera. Otros decían que andaba perdido en un campo que había comprado. Cada hincha tenía una teoría distinta.
En realidad, se había anotado en la facultad.
Primero estudió Derecho y después Contabilidad. Le costó
muchísimo más que jugar una Champions League. Había noches en las que se
quedaba dormido arriba de códigos subrayados, con los lentes puestos y la
televisión prendida sin volumen.
Iba a cursar con un gorrito, bien afeitado y con el pelo
corto, casi irreconocible. Tuvo suerte: en la universidad muchos son apenas un
número de registro, sobre todo en la Facultad de Económicas. A veces lo
reconocían y le pedían fotos, pero él no quería saber nada con volver a
sentirse famoso.
Una madrugada, mientras preparaba un parcial de Derecho
Administrativo, escuchó a unos vecinos discutir en el departamento de abajo.
Se peleaban por plata.
La mujer lloraba.
El hombre repetía que el sueldo no alcanzaba y qué había que
volver a la casa de los suegros.
Y el bebé, como para volver todo más insoportable, también
lloraba.
Julián apagó la luz y se quedó quieto.
Hacía rato que no sabía cuánto costaba vivir. Como jugador
—y aun después de retirado— le manejaban todo: impuestos, contratos,
inversiones, propiedades.
Ese descubrimiento le dio vergüenza.
Primero, porque sintió que estaba invadiendo la intimidad de
los vecinos al escuchar la discusión. Después, porque entendió que él podía
ayudar de alguna manera y no lo estaba haciendo.
Ese recuerdo empezó a taladrarle la cabeza cada tanto.
Hasta que un día volvió al club.
Cuando se involucró otra vez en Central, ya no era el
exjugador simpático que saluda desde un palco. Llegó con carpetas, proyectos y
una idea fija: ordenar el club como si fuera una familia cansada de sobrevivir.
Central venía de años de ostracismo. Cada tanto salvaba una
temporada ganándole el clásico a Newell's, aunque a veces ni eso.
Económicamente estaba destruido: empleados despedidos, jugadores sin cobrar,
chicos de la pensión sin cena… un desastre.
Ganó las elecciones.
Muchos dijeron que “habían votado al ídolo”, todavía con el recuerdo fresco de los casos de Milito, Verón y Riquelme, o incluso, Passarella. Central ya había tenido un ex jugador como presidente, Gonzalo Belloso, pero no era ídolo como sí lo era Julian Varela. Algunos esperaban que le fuera mal; otros, en cambio, lo votaron con la ilusión de volver a creer.
Contra todo pronóstico, le fue muy bien.
Se rodeó de exfutbolistas que conocían el barro del club,
utileros viejos, hinchas que habían pasado décadas acomodando cables o pintando
tribunas sin cobrar un peso.
Volvieron a poner en condiciones las inferiores.
Arreglaron el predio.
Las cuentas dejaron de estar en rojo.
El campeonato económico lo ganó de punta a punta, aunque
todavía faltaba el deportivo. Porque uno puede generar plata, saldar deudas,
mejorar instalaciones y potenciar la marca del club, pero si la pelota no
entra, igual terminás señalado como un corrupto. En ese juego medio macabro,
Varela se bancó varias puteadas por pijotear en refuerzos mientras acomodaba
las finanzas.
Pero siguió acelerando.
Cuando el club ya estuvo ordenado, armó un equipazo.
Repatrió una columna vertebral de jugadores surgidos de la cantera: Carlos
Gero, un arquero imbatible; Miguel Harta, un cinco con marca, juego y gol. Y
para cerrar, trajeron a Guillermo Balboa, el nueve vendido de juvenil que había
explotado en River.
Después llegaron buenos refuerzos del torneo local.
¿El resultado?
Rosario Central campeón y clasificado a la Copa
Libertadores.
Podríamos detenernos en estadísticas o resultados, pero no
estamos haciendo un informe deportivo. Lo importante es que ese Central terminó
levantando la Libertadores.
A Julián Varela se le infló el pecho.
Y también otra cosa que hasta entonces había permanecido
bastante escondida: el ego.
Ahí empezaron a aparecer los amigos del éxito ajeno. Los
aduladores que querían manejarlo, empujarlo a hacer cosas que él jamás habría
hecho solo, o que tal vez sí, aunque nunca se hubiera animado sin esos
murmullos constantes de los lamebotas del triunfo.
El problema empezó cuando creyó que un país podía manejarse
igual que un club.
O peor todavía: cuando la gente creyó lo mismo.
Los aduladores lo fueron empujando, de a poco, hacia la
política. Primero entrevistas, después actos, más tarde cenas con empresarios,
gobernadores, sindicalistas y periodistas que lo trataban como si todavía
pudiera meter el gol salvador en tiempo adicionado.
Los políticos de siempre parecían hechos con fotocopiadora.
Las mismas caras, las mismas promesas, las mismas discusiones de televisión
mientras el almacenero remarcaba precios con bronca.
Derecha, centro, izquierda, peronismo, radicalismo, libertarios… para mucha gente ya eran todos iguales.
Y la gente estaba harta.
Entonces apareció Julián.
Sin corbata.
Hablando simple, aunque educadamente, como si pidiera
permiso para entrar en las casas a través de la televisión.
Diciendo que había que “volver a ordenar las cosas”.
En el fondo, seguía pensando en aquella familia que discutía
por plata. Y si había podido sacar adelante a su querido club, ¿cómo no iba a
poder ayudar a su amado país, por el que tantas veces había puesto la pierna,
la cabeza… todo?
No vamos a aburrirnos con los detalles de la campaña, ni con
porcentajes o rivales políticos.
Lo cierto es que Julián ganó en primera vuelta, y con
comodidad.
El día de la asunción llovió igual que en su último gol.
Muchos lo tomaron como una señal.
Los primeros meses fueron tranquilos.
Después empezó el desgaste.
Cada sector tiraba para un lado distinto. Los empresarios
querían una cosa, los gobernadores otra, el círculo rojo otra, el campo otra y
el Fondo Monetario otra.
Como delantero podía romper marcas; acá era imposible.
En Central, pese a los egos, todos querían el bien del club.
Acá, en cambio, cada uno parecía jugar su propio partido.
Sus asesores no se parecían en nada a aquellos hombres del
club.
Y como pasa casi siempre cuando un gobierno queda atrapado
entre tantas presiones, el dólar subió, la inflación empeoró y hubo corridas
bancarias, paros y desocupación. A veces se obedecía al FMI; otras, se lo
desafiaba; después se volvía a obedecerlo.
Desfilaron ministros de Economía como técnicos de un equipo
en crisis.
Con cierta ironía, Julián pensaba que eran iguales: los
primeros en volar cuando las cosas andaban mal.
El Congreso era un campo minado. Los diputados que antes lo
abrazaban ahora negociaban cargos en televisión. Los gobernadores lo apoyaban
de día y le votaban en contra de noche.
En los canales aparecían panelistas que juraban haber sido
“los primeros en advertirlo”.
Cada semana había una marcha nueva.
Y en Rosario, incluso algunos hinchas de Central empezaron a
insultarlo en la cancha.
Eso fue lo que más le dolió.
Una tarde de invierno salió a caminar sin custodia y medio
camuflado: campera de la Selección, gorrita y capucha. Se sentó en un banco de
plaza.
En el banco de al lado, una pareja discutía —o más bien se
lamentaba— porque la plata no alcanzaba.
Volvió a pensar en aquella discusión de sus años de
estudiante.
Fue como recibir un cachetazo helado: nada se había
solucionado y había puesto todo de él.
A partir de ahí entró en piloto automático.
Parecía un zombi. Tenía la mirada cansada de los hombres que
sienten que decepcionaron a demasiada gente. Pero peor todavía: sentía que se
había decepcionado a sí mismo.
Hacia el final del mandato casi no hablaba en público. Y,
por distintas razones, la gente aguantó hasta el último día, nadie sabe cómo ni
por qué.
Las elecciones las ganó el radical Enzo Parnacchelli. Julián ni siquiera se presentó para un
segundo mandato. Su partido terminó
cuarto, cómodo.
La noche después de entregar el poder volvió solo a Rosario.
Caminó hasta el Gigante de Arroyito.
La cancha estaba cerrada, pero el sereno lo dejó pasar
igual.
—Presidente… digo, Julián… — no dijo mas nada, y se corrió a
un costado para dejarlo pasar.
Él sonrió apenas.
Entró al estadio vacío y se sentó en la popular.
El pasto brillaba oscuro bajo las luces mínimas de
mantenimiento.
Entonces pasó algo raro:
Primero escuchó murmullos.
Después canciones.
Después vio gente.
Miles.
La cancha empezó a llenarse lentamente, aunque las puertas
seguían cerradas. Aparecieron hinchas viejos, algunos muertos hacía años. Tipos
con camisetas antiguas. Mujeres cebando mate. Pibes con banderas enormes.
Incluso vio a su padre, apoyado contra un alambrado, fumando
como cuando él era chico.
Pero entre la multitud también empezó a reconocer otras
caras: un obrero con casco, una maestra, un kiosquero, una médica agotada, un
jubilado abrazando una boleta de luz, un chico revolviendo basura con una
camiseta de la Selección.
Todos mezclados en la misma tribuna.
Su padre levantó una mano y señaló el centro de la cancha.
Entonces apareció una pelota.
Julián bajó lentamente las escaleras de la tribuna. Las
piernas ya no le daban para correr, pero igual entró al campo.
Cuando pateó la pelota, el estadio entero se apagó.
Oscuridad total.
Y durante unos segundos, Rosario completa sintió olor a
pasto mojado.
Al mismo tiempo, en todo el país, se cortó la cadena
nacional que transmitía el discurso del presidente entrante. Las pantallas
quedaron llenas de lluvia blanca y un zumbido viejo, como de televisor antiguo,
algo imposible en los nuevos Smart TV.
Después apareció una imagen borrosa.
Parecía Julián, con la nueve en la espalda.
Fue apenas una fracción de segundo.
Se habló de sabotaje político, de operaciones del partido de
Varela, de un intento de desestabilizar al gobierno recién asumido. Se dijo de
todo. Pero nadie pudo explicar jamás qué había pasado.
Al día siguiente no encontraron a Julián.
Ni custodios, ni periodistas, ni dirigentes, ni amigos, ni
familiares.
Otra vez empezaron los rumores: que estaba en Panamá con
toda la plata que se había robado; que escapó al sur y se cambió el nombre; que
había puesto testaferros y se había ido a Europa.
Pero lo único cierto fue que nunca más volvió a aparecer.
Y desde entonces, cada vez que un político promete “salvar
al país” en televisión, en algún rincón de Rosario empieza a llover, aunque el
pronóstico anuncie un solazo.
Y los viejos del barrio, sin dejar de mirar la lluvia,
repiten siempre lo mismo:
—A un club se lo levanta con amor… habría que intentar lo
mismo con el país.
El señor de los anillos.
Debo reconocer que el título de esto es medio engañoso. O directamente engañoso. Si usted espera encontrar en el siguiente relato algún Elfo, Hobbit u Orco, mejor siga de largo y búsquese otra cosa. El título, o mejor dicho, el apodo de “el señor de los anillos”, fue el que le encajaron al bueno de Mombeko Lukembo, un nigeriano que pasó por el club hace unos años.
De movida, el sobrenombre tenía bastante mala leche. Eso de
que ahora todo el mundo es políticamente correcto es verso. En una cancha de
fútbol uno escucha barbaridades que dan vergüenza ajena. Y lo peor es que ya ni
sorprenden. Está tan naturalizado que a veces parece parte del paisaje. A mí
nunca me gustó esa mierda. Más de una vez terminé discutiendo en la platea con
algún pelotudo que se hacía el gracioso gritando cosas contra los extranjeros.
Pero bueno, tampoco vine acá a dar clases de moral. Esta es otra historia. La
de un tipo que vino de muy lejos a jugar al fútbol en Argentina.
Yo lo conocí en los partidos de reserva, a lo que hoy llaman
“proyección”. Como el predio me quedaba cerca, iba siempre, hasta cuando
llovía. Mombeko decía tener diecinueve años. El documento también decía
diecinueve. El cuerpo no tanto. Era enorme. Espalda ancha, brazos duros,
piernas de velocista. Parecía tallado en madera oscura.
Lo del apodo nació una tarde contra Defensa y Justicia, ya
en Primera. Desde la tribuna visitante empezaron a gritarle que se volviera a
vender anillos, relojes y vaya uno a saber cuántas porquerías más. El tipo no
contestó nada. Se limitó a meter dos goles y sonreír.
Después del segundo, desde nuestra popular salió un grito
que quedó para siempre:
—¡Mombeko es un señor! ¡El señor de los anillos!
El remate del canto era bastante más ordinario, pero mejor
dejarlo ahí. La cuestión es que el apodo quedó pegado desde ese día. Lo curioso
es que a él nunca pareció molestarle. Capaz porque no entendía del todo. O
capaz porque entendía más de lo que todos creíamos.
Volviendo a su paso por reserva: jugábamos contra Belgrano.
Aquella tarde estaba errático. Muy errático. Enganchó para afuera y sacó un
derechazo horrible que se perdió por arriba del travesaño. Era la cuarta clara
que desperdiciaba.
—¡Dale, Mombe, así no llegás a Primera! —gritó el técnico.
Él levantó una mano sin darse vuelta. Ni fastidio mostró. Eso
era raro. Cuando las cosas no le salían, normalmente se enfurecía consigo mismo.
Esa vez parecía distraído y se tocaba el dedo del medio.
El partido siguió espeso, trabado… parecía rugby. Faltaban
diez minutos cuando recibió de espaldas cerca del área. La paró mal, se le fue
larga, chocó con un defensor… y aun así siguió. Metió el cuerpo, recuperó la
pelota de alguna manera y sacó un remate cruzado que entró pegado al palo:
golazo.
Pero ni lo gritó.
Se quedó quieto mirando el arco, respirando fuerte, como si
hubiese corrido veinte cuadras. Los compañeros lo abrazaban y él apenas
sonreía, seguía tocándose el dedo mayor.
A partir de ahí empezó algo raro. Porque una cosa es entrar
en racha y otra muy distinta es lo de Mombeko. Parecía imposible que errara.
Hacía goles de cabeza, de chilena, empujándola abajo del arco o clavándola
desde treinta metros. En siete partidos metió once goles. Los periodistas
partidarios ya hablaban de “la joya africana”. En la platea decían que duraba
seis meses antes de irse a Europa. Que Boca ya lo tenía apalabrado. Y ni
siquiera había debutado en Primera. Los más pesimistas decían que solo lo podía
hacer en reserva, que en primera se lo comían en dos pancitos.
Llegó el debut en Primera y empezó a romper redes. Goles de
todos los colores: de cabeza, de afuera del área, de chilena, de volea… En seis
fechas ya era el goleador del torneo.
Pero junto con los goles empezaron los comentarios: que no
se bañaba con el resto por el tamaño de la tararira; que nunca se cambiaba
delante de nadie; que hablaba solo; que dormía poco; que tenía una bolsita roja
con oro o metales preciosos que llevaba a todos lados. Hasta le llovían novias.
Que estaba de novio con Mengana, con Fulana, Sultana…
El Viejo Acosta, utilero del club desde antes que yo
naciera, juró haberlo escuchado una noche murmurando algo raro en el vestuario
vacío. No era español ni inglés. Sonaba como una oración.
—¿Y qué hacía? —le pregunté.
—Tenía un brazo levantado hacia la luna y se le veía un
anillo —me dijo—. Un anillo.
Ahí me reí. Pero más adelante me dio pánico.
Porque después empezaron a aparecer más historias.
Un compañero decía que Mombeko guardaba varios anillos en
una bolsa roja de tela. Otro juraba que antes de cada partido elegía uno
distinto. Había quien decía que se los habían regalado en África. Otros, que
eran reliquias familiares. Uno incluso aseguró que estaban hechos con huesos
humanos.
Pavadas de vestuario, pensé yo.
Con el correr de las fechas estábamos punteros gracias a un
delantero así. Si el rival nos metía dos, el Negro les hacía tres, porque en
defensa éramos un flancito.
Cuando goleamos a San Lorenzo y quedamos primeros, esa
noche, mientras todos deliraban, yo me quedé con un detalle mínimo. Mombeko
metió el tercero y se llevó la mano al pecho, por debajo de la camiseta, como
apretando algo. Después, viendo la repetición en casa, lo noté otra vez: un
brillo muerto, opaco… pero brillaba. Eso era lo raro. Algo metálico entre los
dedos.
A la semana siguiente empezaron las cábalas. Mombeko se puso
exquisito: que no había que tocarle la cabeza antes de salir; que no había que
sentarse en su lugar; que no había que preguntarle por los anillos.
Esto último lo decía muy seriamente.
Además, cuando alguien se animaba a mencionarlos, Mombeko
cambiaba la cara y se iba.
Una tarde, Miguelo, un defensor grandote, medio fanfarrón,
quiso cargarlo en el entrenamiento.
—Eh, Señor de los Anillos… ¿hoy cuál usaste? ¿El del gol o
el de correr rápido para que no te agarren los leones?
Mombeko frenó en seco. Lo miró fijo.
—No se jode con eso.
Y siguió caminando.
Miguelo quedó fulminado con la mirada. Nunca más volvió a
dirigirle la palabra.
El clásico llegó en invierno. Frío de mierda, cancha llena y
clima espeso. Partido de esos en los que te duele la panza de los nervios, de
los que te hacen sentir cagazo aunque los tengas de hijos.
A los cinco minutos ya perdíamos uno a cero. Encima nos echaron
a Miguelo a los diez. Se venía lo peor, pensábamos todos. Algunos ya ni querían
mirar.
Encima, Mombeko estaba desconocido. Perdía pelotas fáciles,
llegaba tarde, discutía con el árbitro. Parecía agotado.
En el segundo tiempo empatamos de casualidad: centro al
área, el arquero de ellos sale mal y Ramírez la empuja torpemente. Pero entró,
al fin y al cabo.
Y cuando faltaban quince minutos, estando metidos en un
arco, un córner mal pateado de ellos terminó en un despeje de Ávila al medio de
la cancha. Ahí estaba Mombeko. La agarró y enfiló como una flecha hacia el área
rival, que estaba desguarnecida.
Pero no fue una corrida normal.
Era como si el resto estuviera en cámara lenta. Los pocos
defensores que se habían retrasado quedaban atrás sin entender cómo. Llegó al
área y definió cruzado.
Gol.
Explotamos de alegría todos. No lo podíamos creer. Una
bestia Mombeko.
Comenzó el clásico cántico:
—¡Negrooo, negrooo, olé olé, olé olé, negrooo, negrooo!
Vino el agasajado enfrente nuestro, levantó los brazos
saludándonos y ahí ocurrió.
Él estaba de espaldas. Los compañeros vinieron a festejar y
lo tiraron al suelo. Luego del tumulto, la cara de Mombeko era otra. Estaba
pálido, como perdido, y empezó a buscar en el césped.
Siguió un largo rato buscando algo, tanto que los compañeros
y el árbitro tuvieron que hacerlo volver a la cancha a tirones.
Ya no fue el mismo.
Se quedó parado mirando fijamente la zona donde había
perdido eso que no imaginábamos qué era.
Para colmo de males, nos rajaron a Rapetti. Pasamos de la
euforia al cagazo, y del cagazo a los hechos: en diez minutos nos dieron vuelta
el partido.
Mombeko seguía buscando algo, así como nuestro arquero la
buscaba adentro del arco.
El partido terminó, pero el negro seguía ahí buscando.
Sus compañeros le preguntaban qué le pasaba. Algunos
pensaron que era un lente de contacto.
Un anillo.
Y sí, era un anillo.
Lo encontró el Viejo Acosta dos horas después. Mombeko saltó
de alegría al momento de ver ese pequeño anillo de nuevo. Pero, súbitamente,
esa alegría se transformó en tristeza.
Uno le preguntó qué le pasaba.
Él levantó apenas la cabeza y respondió con lágrimas en los
ojos:
—Ya no sirve más. No me sirve.
Así nomás dijo.
Nadie entendió un carajo.
A la semana desapareció. El club habló de problemas
personales. Después dijeron que tenía ofertas de afuera. Después no dijeron más
nada.
Simplemente dejó de existir.
Pasaron los años y el olvido hizo el resto.
Yo me acordaba de él cada tanto, sobre todo cuando algún
nueve grandote erraba goles imposibles y alguien en la tribuna gritaba:
—¡Traigan otro Mombeko, pero medicado!
Sí, los malos chistes seguían y siguen estando en las
tribunas, como dije al principio.
Hasta que una tarde lo vi.
O eso creo.
Pero sí, era él. Soy miope, pero no tanto.
Fue en Once. Entre manteros y vendedores ambulantes. Había
un tipo enorme sentado en una manta llena de relojes, cadenas y anillos… muchos
anillos.
Me acerqué despacio.
—¿Mombeko?
El hombre levantó la vista.
Era él. O alguien demasiado parecido. No voy a caer en la
estupidez de decir que todos se parecen, pero era él. Estoy seguro.
—Amigo… ¿buscás algo? —me sacó de mi conflicto mental sobre
si era él o no.
Miré la manta. Había decenas de anillos distintos. Algunos
brillaban raro.
—¿Funcionan? —pregunté, medio en chiste.
El tipo me sostuvo la mirada unos segundos.
—Algunos sí.
No sé por qué, pero me dio escalofríos.
Señalé uno cualquiera.
—¿Y ese?
Negó con la cabeza.
—No. Ese ya tuvo dueño.
Después agarró otro más oscuro, casi negro.
—Este puede servirte. Solo no te lo saques.
Lo puso en mi mano. Pesaba demasiado para ser tan chico.
—¿Cuánto es?
El tipo sonrió.
—Nada.
—¿Cómo nada?
—Ya es tuyo. Él te eligió.
Quedé medio boludo. No sabía si era él o no, ni qué carajo
había querido decirme con lo del anillo.
Me fui medio atontado. No sé ni si me despedí o qué le dije.
Se me hace confusa tanta locura junta.
Llegué a casa, mi mujer vio el anillo y me cagó a pedos
porque pensó que me lo había regalado otra.
Le conté exactamente lo que había pasado, pero como sonaba
bastante bizarro, me mandó a dormir al sillón sin creerme nada. Esa noche soñé
que corría más rápido que cualquiera. Que nadie podía alcanzarme.
Al otro día jugué un picado con amigos y metí siete goles. Yo.
Que de pedo llegaba entero a los veinte minutos y que le erro hasta al suelo si
le escupo.
Recién cuando volví a casa me di cuenta de algo peor: el
anillo seguía puesto. Y no me lo podía sacar.
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