Slider[Style1]
Style2
Style3[OneLeft]
Style3[OneRight]
Style4
Style5
Sábados de Fontanarrosa. Hoy: Inodoro Pereyra en "el único ombú en la pampa".
"La gambeta más larga del mundo", de Pedro Saborido.
ALCIDES BERNASCONI ES EL PROTAGONISTA DE la gambeta más larga del mundo. La realizó en febrero de 1975, en un encuentro entre El Porvenir y el Ajax de Holanda, en Gerli. Alcides tomó posesión del balón a los 40 segundos del primer tiempo. Empezó a gambetear rivales arrastrando cuatro jugadores contra el córner adversario, para luego ir llevándolos por la banda lateral hasta el córner de su propio arco. Dada la lejanía que tenía de la valla contraria, los seis jugadores de campo del Ajax que restaban también fueron a marcarlo. Alcides, endiablado, la hacía girar entre sus piernas sin que nadie acertara a quitársela.
A los 6 minutos, los holandeses se organizaron y decidieron
que cinco se encargarían de sacarle el balón, mientras que los otros cinco
tratarían de partirle la rodilla. Pero Alcides no solo hacia malabares
imposibles con el esférico, sino que, con un loco, grácil y deleita-ble
bailoteo, esquivaba los guadañazos. Tampoco servían los pechazos y empujones
que, lejos de hacerle perder el equilibrio, parecían hacerlo mantenerse en el
aire.
Un jugador holandés (de apellido Pérez, hijo de algún inmigrante)
optó por lanzarle un cross a la mandíbula que Alcides también esquivó; luego
aprovechó para empezar un veloz pique hacia el círculo central. A esta altura,
los propios compañeros de equipo empezaron a correrlo para quitarle la pelota.
Alcides gambeteaba a veinte jugadores mientras se daba
tremendos autopases y hasta tiraba pelotazos al área que, con increíble
velocidad, iba a buscar él mismo, parándola de pecho, enfriando el partido,
para luego seguir dando rienda suelta a su inusitada habilidad, mientras los
jugadores se comían amagues, chocaban entre sí y caían uno arriba del otro
formando pequeños montoncitos.
En el minuto 30, cuando parte del público empezaba a
abandonar el estadio (“el egoísmo y la falta de sentido de equipo no le hacen
bien al fútbol”, fueron las declaraciones del Gordo Satanás, destacado hincha
de El Porvenir, conocido por haber hecho volcar un colectivo de la Línea 51 de
un cabezazo), el árbitro (Juan Carlos Baglietto, homónimo del artista rosarino)
cobró algo poco claro (algún resquicio del reglamento acerca de la retención
del balón) y expulsó a Alcides, quien lejos de hacerle caso siguió gambeteando
a los jugadores, al árbitro, a los líneas, a los suplentes, al personal
policial que empezó a correrlo con sus perros y a parte de la platea baja.
Todos corrían por la cancha tras Alcides, quien llevaba dibujada una extraña
sonrisa.
De repente, la Guardia de Infantería empezó a lanzarle
gases. Parte de los que lo marcaban se apartaron dándole un claro por el que
Alcides picó y encaró hacia el túnel. El árbitro vio que la pelota salía y
marcó lateral, pero ya a nadie le importaba el partido. Marcado por 1.457
hombres, Alcides se metió en el túnel, pasó por los vestuarios, salió del club
y se mandó para la avenida Pavón. Allí, se sacó de encima 548 hombres con un
amague (“Me voy a Temperley”, gritó, y encaró para la Capital) y siguió
avanzando entre autos y colectivos.
A la altura del puente Pueyrredón, unas 40 mil personas lo
corrían (la mitad lo marcaba, la otra lo alentaba) y cruzando el Riachuelo se
encontró con tropas del Quinto Blindado de Magdalena, que abrió fuego. Pero
Alcides se dio el lujo de esquivar las cargas de los tanques y los obuses, mientras
por Montes de Oca ya era seguido por móviles de la televisión que transmitían
en vivo la extraña hazaña de este volante que dividía a todo un país: a esta altura
se discutía si eso no era la esencia del fútbol, acaso en estado puro, sin
resultadismo, con poesía y habilidad para el disfrute de la gente.
Desde un helicóptero, Osvaldo Zubeldía (convocado de
urgencia) fue dando indicaciones al personal policial y del ejército de cómo ir
marcándolo y desde qué sectores hacer fuego para ir corriéndolo a Alcides hacia
la Costanera. Lo lograron. De pronto Alcides se vio de espaldas al río,
enfrentándose a 70 mil personas, 140 patrulleros, 23 carros de asalto, 7
tanques y un avión Hércules C-130. Hubo un silencio. Alcides paró la pelota y
dejó que todas las miradas llegaran a sus ojos. Un teniente fue el primero que
dio un paso al frente. Entonces Alcides giró, hizo pasar la pelota sobre su
cabeza y saltó la baranda. Y todos vieron cómo se fue picando sobre las aguas
del Río de la Plata. Nadie lo siguió. A los 300 metros, lo vieron darse vuelta.
Los miró y luego tiró un pelotazo hacia Montevideo y se fue corriendo, siempre
sobre el agua.
“Estas cosas pueden ser de Dios o del Diablo. Que a veces se
parecen…”, dijo un sacerdote asignado al caso por la Curia Metropolitana. Lo
cierto es que nadie en-tendió bien qué era lo que había pasado ese día.
Llegó dos semanas después a Bélgica. “Creo que tengo un
tirón”, dijo al pisar tierra firme. Jugó un par de años en el Galoise de
Bruselas, un equipo de la B. Luego se retiró y puso una concesionaria de
usados. Le sigue yendo bien.
Vos también te equivocás.
Seguramente sos el mejor. Seguramente rendiste parciales o exámenes de diez. Y seguramente también desaprobaste más de uno. Estudiaste como un animal, dormiste cuatro horas por noche, te sabías cada tema de memoria, pero las preguntas eran capciosas o el profesor estaba especialmente exigente. Hiciste todo para aprobar y, sin embargo, no llegaste ni al cuatro.
Estoy seguro de que en tu trabajo
sos un fenómeno. Llegás temprano, te rompés el alma, hacés horas extras sin que
nadie te las reconozca. Preparaste informes que le hicieron ahorrar millones a
la empresa. Pero tampoco te olvides de aquella vez en la que te equivocaste en
un cálculo, omitiste una variable importante o mandaste un archivo equivocado.
O ese día en que el subte no pasó, llegaste tarde y no pudiste presentar una
declaración jurada. Siempre hiciste todo para que saliera bien... pero hay
veces que no alcanza.
Y vos, que sos el mejor médico de
este país. Jefe de servicio, profesor universitario, una eminencia. Salvaste
miles de vidas. Miles. Pero también te acordás de aquella vez en la que una
medicación no dio resultado. O cuando un paciente se fue porque la enfermedad
fue más fuerte que todo tu conocimiento. Nunca dejaste de ser un gran médico
por ese dolor. Porque entendiste que incluso los mejores pueden equivocarse.
Todos ustedes, que triunfaron en
lo suyo, alguna vez sintieron que el mundo se les venía abajo por un error. Y
pudieron levantarse porque tuvieron una familia, un compañero, un amigo o
alguien que les dijo: "No te define un mal día".
Ahora dejame contarte cómo se
vive del otro lado:
Yo soy futbolista. Y sí... me
equivoqué. Muchas veces. Erré un pase cuando todo el estadio esperaba que la
pusiera al pie o en la cabeza del nueve. Pateé un penal afuera. Perdí una marca
en un córner que terminó en gol rival. Regalé una pelota en la salida que
terminó de la misma manera. Hasta hice un gol en contra. Me expulsaron por
llegar tarde a una pelota y revolear al rival. Así, puedo estar contándote
todas las malas que hice. Porque también tuve partidos donde directamente no me
salió absolutamente nada.
¿Sabés cuál es la diferencia? Que
vos te equivocaste delante de un jefe, de un profesor, de tus compañeros o de
lo que fuese. Yo me equivoqué delante de cuarenta mil personas. Y de millones
más mirando por televisión. Mientras vos cerrabas la puerta de la oficina para
masticar la bronca, yo tenía veinte cámaras enfocándome la cara. Mientras vos
llegabas a tu casa y tratabas de olvidarte del mal día, yo abría el teléfono y
encontraba miles de personas diciéndome que era un muerto, un pecho frío, un
ladrón, que tenía que dejar de robar como futbolista.
Nadie se acuerda de los cien
pases bien dados. Se acuerdan del único que di mal. Nadie recuerda las cuarenta
veces que relevé a un compañero. Solo recuerdan esa única vez en la que llegué
un segundo tarde. Metí goles importantes. Di asistencias. Corrí hasta que me ardían
las piernas. Jugué lesionado. Me infiltré para no dejar solos a mis compañeros.
Entrené con fiebre. Me perdí cumpleaños, Navidades, nacimientos y velorios
porque el calendario futbolero no espera a nadie. Ni hablar de cuando iba a
entrenar de pibe. Dos colectivos y un tren. Seguramente vos, lo mismo para ir a
trabajar o a estudiar a la facu. Y, sin embargo, muchas veces todo eso
desapareció por un error en los noventa minutos. Y no hay redención hasta que
hagas algo épico. En el fútbol, cuarenta aciertos duran un partido; un error
dura años, o incluso te persigue toda la carrera. El lunes sos un fenómeno. El
domingo siguiente sos un desastre.
Nos dicen que cobramos fortunas.
Es cierto. Y sería hipócrita negarlo. El fútbol nos dio una vida con la que
muchos sueñan. Pero por cada uno de nosotros que llegó a Primera, te puedo
contar cientos de pibes que se quedaron en el camino y hoy están del otro lado.
Ellos también entienden de qué hablo. Hay algo que la plata nunca pudo comprar
para un futbolista: la tranquilidad. No compra volver a caminar por la calle
sin que te señalen por el penal errado. No compra dormir después de haber
perdido una final o no clasificar a una copa o, para peor, irte al descenso. No
compra el abrazo de un hijo que llega llorando porque en el colegio le dijeron
que el padre "es un burro". No compra borrar de la cabeza esa jugada
que repetís mil veces antes de dormir preguntándote qué habría pasado si dabas
un paso más, si rematabas un segundo antes, si elegías el otro palo.
¿Sabés cuántas veces reviví una
jugada? Miles. Porque el primero que se insulta soy yo. El primero que sabe que
falló soy yo. El primero que daría cualquier cosa por volver cinco segundos
atrás soy yo. Ningún futbolista entra a una cancha queriendo errar. Y a vos te
pasa lo mismo, seguro. En el trabajo, en el estudio... hasta en el amor.
No te pido que no critiques. El
fútbol vive de la pasión y la pasión es sacar todo lo que uno lleva adentro. Es
gritar en la cancha lo que no le podés gritar al hijo de puta de tu jefe o al
forro de tu profesor. Puteá. Criticá. Discutí. Enojate.
Pero antes de convertir un error
en una sentencia definitiva, acordate de todas las veces que vos también
necesitaste que alguien entendiera que un mal momento no definía quién eras.
Porque, al final del día, antes que futbolistas, médicos, contadores,
albañiles, docentes o ingenieros... somos personas. Y las personas se
equivocan. Antes de putearme por un error... pensalo. Vos también te equivocás.
Así que la próxima vez que me veas pateando un penal dos metros por arriba del
travesaño y dejando al equipo afuera de la Libertadores en primera ronda, pensá
bien antes de putearme.
Pase nomás
No sé por qué estoy acá. Bah. . . mejor dicho, no entiendo cómo terminé acá. Estoy tratando de acordarme, pero se me juntan los recuerdos. Usted me mira como si ya supiera toda la historia, pero yo no. Yo necesito ordenar las cosas. Si me deja, se las voy contando desde el principio. Capaz, mientras hablo, me acuerdo de qué fue lo último que pasó.
Yo era un tipo bastante normal. Laburaba, volvía a casa,
puteaba cuando aumentaba todo, me peleaba con la factura de la luz y, como
cualquier cristiano, esperaba que llegara el fin de semana, para descansar o
jugar con mis nietos. Pero había una sola cosa que realmente me alteraba la
existencia: el fútbol.
No digo que me gustara. Gustar le gusta a cualquiera. Lo mío
era otra cosa. Era un enfermo. Un termo, bien pero bien termo eh. ¿Me entiende
lo que digo, no? No, digo por esa cara de sorpresa.
Toda la semana giraba alrededor del partido del domingo. Si
jugábamos el sábado, mejor todavía, porque arrancaba el fin de semana con una
ilusión. Si jugábamos el lunes era un castigo. Entre semana, ni hablar, era un
parto. Ir a la cancha era un ritual.
Me levantaba temprano, aunque el partido fuera a la tarde,
me hacía acordar cuando era un nene y llegaban los sábados para ir a jugar a la
canchita de la esquina. Estábamos todo el sábado dándole a la pelota… que
tiempos. Preparaba el mate, elegía siempre la misma camiseta, con la que
clasificamos a una Libertadores, allá lejos y hace tiempo. Creo que pasaron
como veinte años ya. Almorzaba con mi señora, mi hija traía a mis nietos. Y
después, bajaba la comida caminando a la cancha.
Y ahí ya empezaba el partido. Porque el fútbol no empieza
cuando rueda la pelota. Empieza cuando ves los primeros colores de tu club
mezclados entre la gente. El padre llevando al hijo a la cancha. El grupo de
amigos tomando birra en la esquina. Cuando te viene el aire cargado con el
olorcito a los choris. Cuando escuchás un bombo a tres cuadras. Yo me
transformaba. Eso era vida, mi querido amigo.
En la semana era un tipo tranquilo. En la cancha me convertía
en director técnico, preparador físico, árbitro internacional, presidente del
club y psicólogo del nueve que no hacía un gol ni al arco iris. Puteaba. Si un
defensor rechazaba para cualquier lado, yo sabía exactamente cómo tenía que
haber salido jugando. Si el técnico hacía un cambio, yo ya lo había pensado
diez minutos antes. Si el árbitro cobraba un lateral al revés, automáticamente
pasaba a ser el hijo de una familia que prefiero no describir.
Y cada partido era una final. No importaba si jugábamos por
el campeonato, por una copa o por ver quién terminaba decimocuarto. Yo sufría
igual. Mi señora me decía siempre lo mismo.
—Un día te va a hacer mal.
Yo me reía.
—¿Qué me va a hacer mal? Si esto es fútbol.
Ella me miraba con esa cara que ponen las mujeres cuando
saben que uno está por decir una pelotudez inmensa y desisten de contestar para
no mandarte a la mierda por cariño.
La primera vez que sentí algo raro fue en la cancha. Íbamos
perdiendo un partido increíble. Lo tuvimos en un arco a esos hijos de puta,
ellos legaron una vez, y adentro. Amigo, no sabés la mala sangre que me hice.
Pero no era mala sangre, o si, y eso me había llevado a otra cosa. Sentí como
si alguien estuviera parado sobre el pecho. No le di bola, se me iba a pasar,
pensé. Y se pasó nomás.
A la semana siguiente me volvió a pasar en una discusión en
la oficina, con el pelotudo de Carlos que se me puso a cargar cuando él tenía
menos fútbol que Flavio Mendoza. Y otra vez ese dolor que apretaba el pecho. Se
volvió a pasar. Pero me dejo algo preocupado.
Hasta que una tarde, subiendo la escalera en lo de mi hija,
me faltó el aire. Mi señora ya no preguntó. Directamente pidió turno con un
cardiólogo. Ahí empezó el acabose. Me hicieron más estudios que a un
extraterrestre en el Area 51: electrocardiograma, ecocardiograma, prueba de
esfuerzo, holter… ese aparatito todo un día puesto, que rompía las bolas como
mi señora.
Cuando terminé con todo eso, el médico apoyó la lapicera
sobre el escritorio, me miró por encima de la historia clínica y dijo:
—¿Usted vive el fútbol muy intensamente? —. Pensé que era
una cargada. Pero claro, yo me fui con la campera del equipo, una gorra de lana
del equipo. Cualquier boludo hubiese acertado.
—¿Cómo sabe?
—Porque tiene la presión por las nubes.
Después siguió enumerando cosas. Hipertensión. Un soplo. El
corazón trabajando más de la cuenta.
Y remató con una frase que me cayó peor que un descenso.
—No vaya más a la cancha.
Yo esperaba una dieta, que haga ejercicio… bueno, si también
me pidió que haga eso. Pero bueno, esa no me la esperaba. Entre que dejar el
pucho o la cancha, me costaba más dejar ir a la cancha.
Yo iba a ir igual. Pero mi familia me amenazó de muerte. La
bruja me dijo que me iba a dejar definitivamente, mi hija que no me iba a dejar
ver a mis nietos. Que a nadie le servía muerto o que quede pelotudo. Así que
bueno, hubo que aceptar. Por lo menos me quedaba la tele. No me quedó otra que
comprar el pack fútbol, solo para ver un partido: el de mi club.
El primer domingo me quedé sentado en el sillón como un
perro al que le cerraron la puerta y lo dejaron del otro lado. A la hora en que
siempre salía, miré el reloj. A la media hora imaginaba que mis amigos ya
estaban entrando. Después me acordaba de los puestos de choripán, del olor a
humo, de los bombos… Y me quería morir. Bueno… es una forma de decir. No me
mire así, no era literal.
Lo empecé a mirar por televisión. Pensé que iba a ser más
tranquilo. Fue muchísimo peor. Porque en la cancha uno descarga: grita,
insulta, silba, canta, se va de mambo. En casa solo podía putear. En el sillón
uno acumula, pero al menos podía tomar una cervecita que nunca terminaba y
quedaba caliente a medio tomar porque me quedaba puteando a todos estos
muertos. El control remoto terminó varias veces incrustado contra un almohadón
para no romper el televisor. Mi señora me empezó a tomar la presión en los
entretiempos, solamente para que después dijera que ella tenía razón. Parecía
un control antidoping. Era el Diego con la enfermera en el Mundial del 94. Los
números daban miedo: 160/90, un día de partido, 170/95 otro. Los días de semana
120/70… y si, era el fútbol nomás… ¿Lo estoy aburriendo? Ah, bueno, sigo
entonces.
El cardiólogo volvió a retarme.
—Usted dejó la cancha, pero no dejó el fútbol.
Y tenía razón. Me fui de ese consultorio convencido de que
el médico estaba completamente loco. ¿Cómo iba a dejar el fútbol? Era como
decirle a un pescador que no mire el río o a un músico que no escuche
canciones.
Pero esa noche, mientras cenábamos, mi señora me dijo algo
que me quedó dando vueltas.
—¿Vos te diste cuenta de que nunca disfrutás un partido?
No entendí.
—¿Cómo qué no?
—No. Vos sufrís noventa minutos. Si ganan, festejás diez. Si
pierden, te amargás tres días. Y cuando empatan, también encontrás un motivo
para calentarte.
Quise discutirle. No pude. Porque tenía razón.
Mi hija, que hasta ese momento había permanecido callada,
remató:
—Papá, hasta los nenes se asustan cuando te ven tan pelotudo
por un simple partido.
Nunca me había dado cuenta. Para mí era normal. Normal cenar
con cara de orto porque el nueve había errado un penal. Normal acostarme de mal
humor y no darle bola a mi señora. Normal levantarme el lunes con cara de
velorio porque un defensor había rechazado mal una pelota el domingo. Normal
querer cagarme a piñas con el boludazo de Carlos.
Pero visto desde afuera… Era ridículo.
A la semana siguiente volví al médico que tenía que ver
otros estudios que me hice.
Me acomodó unos estudios arriba del escritorio y fue directo
al grano. Ni me saludo el carnicero.
—Losartán, 50 miligramos a la mañana y a la noche.
Amlodipina 10 como refuerzo por la tarde. —Volvió a anotar— Y si en algún
momento siente que la ansiedad lo supera, tiene Clonazepam. Pero úselo sólo
cuando sea necesario.
Yo asentía mientras pensaba que el verdadero remedio era que
el cinco aprendiera a dar un pase a dos metros o ganar un puto campeonato. Pero
bueh, así es el organismo, cuando dice basta dice basta. A min o me dijo basta,
solo sonaron las alarmas. Y la verdad es que quiero a mi familia y me puse a
hacer caso. No quedaba otra. Otra vez me sentí como el Diego en el 94, con las
piernas cortadas.
Decidí jubilarme del mundo del fútbol. Si aparecía algo en
el noticiero cambiaba de canal. Abría Facebook y me mostraba goles, cerraba y a
otra cosa. Mis amigos entendieron enseguida. El grupo de WhatsApp, que antes
explotaba todos los fines de semana, cambió completamente conmigo. Cuando yo
escribía, hablaban del clima. De política. De cuánto estaba el kilo de asado.
Pero nunca de fútbol. Yo creo que tenían un grupo paralelo para hablar de
fútbol. Al principio me daba bronca. Después empecé a agradecerlo.
En el trabajo pasó algo parecido. Los lunes que eran
insoportables con el fútbol, ahora había un silencio de desierto. Parecía el
desierto de Atacama. Ni siquiera tosían. Antes discutíamos una hora sobre el
partido del fin de semana. Era tan evidente que me estaban ocultando algo que
hasta resultaba gracioso.
—¿Qué pasó?
—Nada.
—¿Quién ganó?
—No sabemos.
—¿Cómo que no saben?
—No vimos nada.
Mentían horrible. Había uno que seguía teniendo la bufanda
del club colgada en la silla. Otro venía con la voz rota de tanto cantar o
haber gritado un gol agónico. Pero ninguno me decía una palabra.
Con el tiempo me fui acostumbrando. El fútbol desapareció de
mi vida. Así de simple. Era como si el deporte hubiese dejado de existir.
Los domingos se transformaron en otra cosa. Al principio no
sabía qué hacer. Luego salía con mi mujer, la llevaba a merendar, a cenar. Íbamos
a lo de mi hija nosotros. Arreglaba cosas en casa salía a caminar. Hasta empecé
a leer… ¡Leer!
Al tiempito nomas la presión empezó a bajar, se mantuvo
bien. Dormía mejor. Hacía caminatas. No discutía. No me enojaba por pavadas. Mi
señora después de tanto tiempo empezó a sonreírme de nuevo. Mi hija me dejaba
los nietos para que los lleve a la plaza. Hasta el cardiólogo me felicitaba.
Pasó un año. Después otro. Dos años enteros. Dos años sin
saber quién salía campeón. Ni quienes estaban en la selección o si había habido
mundial o no. Bueno, si, del Mundial me enteré porque es imposible no
enterarse. Pero ni bola le dí. Nosotros no porque no escuché mucho quilombo.
Estaba completamente abstraído. Ya no extrañaba tanto al fútbol… O eso creía.
Hasta que un domingo me desperté temprano, como siempre.
Desayuné tranquilo uno mates con la patrona. Leí un rato. Mire Facebook.
Después me puse a acomodar unas herramientas que hacía meses venía prometiendo
ordenar. Otro domingo normal. Pero cerca del mediodía escuché el primer
estruendo.
¡Pum!
Levanté la cabeza.
Pensé que era una cubierta de un camión o algún boludo con
petardos. Seguí con lo mío. Cinco segundos después…
¡Pum! ¡Pum! ¡Pum!
Vibraron todos los vidrios. Me re cagué todo. Me asomé por
la ventana. No vi nada.
—¿Qué pasa? —pregunté.
Mi señora apareció desde la cocina.
—No sé.
Aunque me dio la impresión de que sí sabía.
Volví a guardar unas llaves inglesas en una caja cuando
empezó otra vez. Esta vez no eran solamente bombas. Había bocinas. Demasiados
bocinazos ¿Argentina campeón de algo? Nah, si estábamos en diciembre. Y después
empezaron los gritos. P ero gritos de alegría. Como cuando alguien mete un gol
sobre la hora. Ahí sentí una cosquilla. Una de esas intuiciones que uno no puede
explicar.
Miré a mi señora.
Ella evitó mirarme.
Eso me confirmó que algo estaba escondiendo.
—¿Qué pasó?
—Nada.
—No me digas "nada" porque parece que explotó
medio barrio.
No contestó.
Entonces apareció mi hija, que venía con los chicos. También
con esa cara rara. Los pibitos delataban que algo pasaba porque estaban a los
saltitos y gritando.
—¿Qué pasó? —insistí.
Silencio.
Ya me estaban poniendo nervioso.
—¿Nos invadieron? —dije en joda. Pero ya me estaba subiendo
la presión.
—¿Ganó la Selección? —me atreví a aventurar por más que
pareciera un pelotudo.
Me dijeron que no.
Las bocinas seguían. Los petardos parecían multiplicarse. En
la esquina alguien empezó a cantar. Se le sumaron varios más. Ya era una
muchedumbre de voces que daban forma a una canción de cancha. Yo conocía esa
letra. Me acerqué a la ventana. Enfrente, un vecino salió al balcón con una
bandera. No la veía bien. El viento la doblaba. Intenté distinguir los colores.
No pude, tenía que ir a buscar los anteojos. Entonces pasó un auto tocando
bocina. Después otro. Y otro. Todos con banderas. La calle empezó a llenarse de
gente. Tipos arriba de las camionetas agitando camisetas. Parecía Año Nuevo. O
un Mundial. Sentí que algo se empezaba a mover adentro mío. Mi corazón sabía
que estaba pasando y porque estaba pasando. Mi cerebro para cuidarme se hacia
el boludo. Me di vuelta.
—Decime qué pasó.
Mi señora suspiró. Mi hija bajó la mirada. Ninguna hablaba.
Hasta que escuché un grito desde la vereda. Un grito largo. Desaforado. Escuché
el nombre de mi club. Mi cerebro ya no se podía hacer el pelotudo. Me quedé
duro. No sabía qué hacer. Miré a mi señora. Tenía los ojos llenos de lágrimas.
Sonrió apenas. Y dijo despacito:
—Salimos campeones.
No pregunté de qué. No hacía falta. Lo entendí enseguida.
Campeones. Por primera vez en toda la historia del fútbol argentino. Si el
campeón era el barrio, mi barrio, mi club. Sentí que el piso desaparecía. No
lloré. Primero me reí. Después me largué a llorar. Me apoyé en el marco de la ventana
porque las piernas me temblaban. Quería salir. Quería abrazar a cualquiera.
Quería cantar. Quería llamar a mis amigos. Quería ver los goles. Quería saber
cómo había sido. Que equipo teníamos. A quien le cagamos el campeonato. Dos
años sin mirar un solo partido. . . y el día que mi club hacía historia me
enteraba por los petardos del barrio. Pero la puta madre que lo pario.
Me agarré el pecho. Pensé que era la emoción. Respiré hondo.
No pasó. La presión siguió ahí. Como una mano enorme apretándome desde adentro.
Escuchaba cada vez más lejos las bocinas. Las canciones. Los bombos. Mi señora
decía algo. No llegaba a entender qué. Mi hija me sostenía del brazo mientras
hablaba con alguien en el celular. Quise decirles que estaba bien. No me salió
la voz. Después sentí un calor raro. Muy raro. Como si todo el cuerpo se
volviera liviano…
Y…
Bueno…
Hasta ahí me acuerdo. Lo siguiente fue estar acá, hablando
con usted que me mira raro desde que llegué.
Por eso le decía al principio que no entiendo cómo llegué.
Lo único que recuerdo con claridad es haber escuchado que mi
equipo, por fin, había salido campeón.
Después… Nada.
Entonces San Pedro, que hasta ese momento estaba callado,
carraspeó, lo miró por encima de sus lentes y le dijo:
—Pase, pase, nomás.
Sábados de Fontanarrosa. Hoy: "Pabis, Gurus, Laxos & Praxis. Los clásicos según Fontanarrosa"
Ya no quedan más guapos.
Dicen que los guapos se acabaron cuando se inventó la pólvora. Yo creo que nunca
existieron. Pero vayamos por partes: el ser humano, con el tiempo, fue
aprendiendo a dominar casi todo. Domesticó animales, cruzó océanos, llegó a la
Luna, inventó internet y hasta consiguió que un teléfono lo obedeciera en todo;
luego pasó al revés... También descubrió la inteligencia artificial, que puede
descifrar enigmas matemáticos de hace miles de años o hacer memes de Julio
Iglesias.
Pero la naturaleza, que nunca pierde el sentido del humor, cada tanto nos
recuerda que seguimos siendo bastante vulnerables. No hay aviones caza o
ejército que nos defienda de algo tan simple como una cucaracha voladora. De
por sí, la cucaracha común ya es un problema. Da asco, sí. Pero todavía existe
un acuerdo implícito entre ella y uno. Ella corre. Vos te hacés un poco el
boludo, buscando algún insecticida, y terminás revoleando un chancletazo. Se
esconde abajo de la heladera y durante dos semanas caminás por la cocina con la
paranoia de que en tu casa se instaló una célula terrorista que en cualquier
momento te hace volar todo a la mierda. Encima, una cucaracha vive como un año.
Tiempo suficiente como para poner la casa en venta y rajarte a la Antártida.
Encima están los que dicen que una cucaracha puede sobrevivir sin cabeza una
semana, y anda de lo más bien... El cuento del "jinete sin cabeza",
al lado de este, es un capítulo de los Ositos Cariñosos.
Ahora... la cucaracha voladora es otra especie. Es una evolución. Es la
versión "premium, plus, cash, full" del terror. ¿Y sabés qué es lo peor? Que huelen el miedo.
Perciben el momento exacto en el que tu cerebro dice: "¿Será voladora,
che?". Y vuela. Y no solo vuela, sino que la hija de puta es como esos
aviones caza por velocidad y precisión. Te pasa rozando la cara, la cabeza, la
dignidad. Le tirás un chancletazo y la muy astuta hace un movimiento que
desafía todas las leyes de la física. Se mueve a una velocidad solamente
comparable con un Caballero del Zodíaco esquivando un meteorito. Pero da mucho
más miedo. Porque al Caballero del Zodíaco, en el peor de los casos, lo salva
Athena, o al menos, desde donde está secuestrada por milésima vez, te tira un
cacho de cosmos. Acá estás solo, amigo.
Hace 300 millones de años que están rompiendo las pelotas en la Tierra. ¿Su
función? Asustar. Imaginate estar en el período Cretácico, en el tardío. Un
tiranosaurio mirando entre las ramas a una manada de triceratops. Sigiloso, en
silencio, a punto de cazarlos. Los triceratops presienten que hay algo malo en el aire. Todo es un silencio
bastante tenso. Hasta que aparece ella: una cucaracha voladora. Los triceratops
huyen en manada; el tiranosaurio aprovecha y también raja, pero para el otro
lado. Le cagó el morfi al pobre dinosaurio de los bracitos y encima mató de un
infarto a cuatro triceratops viejos.
Cuando llegó el meteorito, los dinosaurios al menos celebraban que las
cucarachas se iban al más allá con ellos. Pero no, sobrevivió. Y no solo al
meteorito. De tres eventos masivos de extinción, la muy forra sobrevivió a los
tres. No sobrevivió a los dos anteriores porque todavía no existía; si no, te
la pasaba de taquito, como a la bomba atómica o a la glaciación.
La cucaracha no se queda quieta. Te mira. No es
una mirada cualquiera. Es una mirada de estudio. De análisis. Como si fuese
Clint Eastwood en el western "El bueno, el malo y el feo". Calcula tu
respiración. Ve cómo se te forma esa primera gotita de sudor en la sien.
Escucha tus pensamientos. Vos no la ves, pero esboza una sonrisa macabra. Y ahí
toma una decisión. Le mete nitro, mientras vos, como un boludo miedoso, más
miedoso que boludo, porque el miedo no es boludo, tratás de sacarte una
zapatilla o buscás algo para tirarle, y se lo revoleás. Entonces arranca. Como
diciendo:
—¿Qué tirá', logi? ¿Ahora va' ve'?
Y viene. No viene por el celular. No le interesa tu billetera. No quiere el
televisor. No quiere ocupar ilegalmente tu casa. Viene por algo mucho más
valioso: tu dignidad.
Ese pedacito de dignidad que todavía conservabas después de haber llorado
viendo una película de un perro que se cagó muriendo, y que sabías que se iba
a morir porque te lo dijeron todos tus amigos, viste el tráiler unas ocho
veces, pero aun así vas, la ves y llorás como un boludo. Mirá que se te aviso eh.
Si el encuentro ocurre en la calle, no existe una salida decorosa. Ahí solo
le revoleás la dignidad: corrés dos cuadras haciendo movimientos que
avergonzarían a cualquier bailarín de folclore o ballet. Si vas con tu novia o
esposa, te terminás divorciando, porque alguien como ella no puede estar con
alguien tan cagón. Un metro ochenta, casi cien kilos, contra una periplaneta
americana de apenas dos gramos y cuatro centímetros de grande. La pelea es
completamente desigual. A favor de la cucaracha, obviamente. Ahora, si estás
con un grupo de amigos, la cosa no es tan grave: salen todos corriendo, cada uno
por su lado, y nos vimos, sálvese quien pueda. A la mierda el concepto de “El
Eternauta”: del "nadie se salva solo" al "nadie se salva… de ese
bicho de mierda".
Para mí, los gatos organizan reuniones después de estas escenas:
—¿Viste al boludo de mi humano?
—Sí, el mío hoy se subió arriba de una silla.
—Vos porque no viste al mío: llamó al 911, a la OTAN, a la ONU, a la Liga
de la Justicia y terminó corriendo desnudo al patio.
Y todos se ríen. No, qué van a maullar porque están en celo; maúllan
cagándose de risa de nosotros.
Mientras tanto, la cucaracha empieza a batir las alas. Pero no como un insecto. No. Como si estuviera desfilando en una escola do samba. Con una confianza ofensiva. Con un despliegue artístico. Hasta parece que escuchás percusión de fondo. Parece un tema de Slayer.
Es ahí cuando aparece el último resto de testosterona que te quedó
escondido en alguna parte del organismo. No sabés de dónde sale. Pero sale.
Pegás un pisotón. Un pisotón desesperado. Como si estuvieras intentando marcar
al mejor Messi. Y, de puro milagro... le pegás. A partir de ahí ya no hay
estrategia. No hay técnica. No hay orgullo. Hay una catarata de pisotones:
Uno.
Dos.
Diez.
Treinta.
Doscientos.
Perdiste la cuenta.
Seguís pisando, aunque hace veinte pisotones que dejó de existir. Ya se
desintegró. Ya se hizo uno con el universo, o con la suela de la zapatilla.
Vaya uno a saber. Cuando finalmente levantás el pie, la cucaracha ya fue
reducida a una colección de átomos cuánticos imposibles de identificar por la
ciencia moderna.
Y vos también. Porque junto con ella quedó aplastada tu dignidad, tu
autoestima y cualquier posibilidad de dormir tranquilo durante los próximos
cuatro días, o tal vez años. Si entró una, pueden entrar dos, o tres, o
cuatrocientas cincuenta. También pensás: "Mirá si tenía amigos o familia y
quieren vengar esto". Ya no es una simple cucaracha voladora, es una Orca
asesina, cuya especie clama venganza eterna. Esa noche, antes de apagar la luz,
revisás abajo de la cama. Atrás de la cortina. Dentro de las zapatillas.
Adentro del lavarropas. Hasta abrís el microondas, por las dudas. Y cuando por
fin te acostás, convencido de que sobreviviste... sentís un cosquilleo en el
brazo. Te levantás sobresaltado y con palpitaciones: no era nada, era un simple
pelo de gato. Pero ya es tarde. Dormir tranquilo ya no es una opción.
Lo más leído
-
Para Diego Me van a tener que disculpar. Yo sé que un hombre que pretende ser una persona de bien debe comportarse según ciertas norma...
-
Ni la IA. Reconoce a los equipos de la LPF. Antes del Mundial 2026 hay una cantidad exorbitante de partidos. Un menú bastante variado que v...
-
El ruido de la puerta metálica al cerrarse le hizo pensar al gordo en algo definitivo. Algo definitivo como el cerrarse de la tapa de un at...
-
Previa. Se viene un nuevo partido de la selección. Curiosamente hay fecha FIFA pero acá se sigue jugando la amorfosidad de la Chota de l...
-
Por el “nene” Sanfilippo (*) Avanzamos a Cuartos ¿Se jugó bien? ¿Se jugó mal? Antes que nada deberíamos preguntarnos ¿Se pudo jugar? Ot...
-
Arriba: FIFA (Adicta a las sedes); Colón (Club con jugadores camarilleros); Racing Club (Club con jugadores camarilleros y dirigentes sobe...
-
Mitad del panel en Buenos Aires, mitad en Brasil con pocos micrófonos y rodeados de brasileros en jogginetas. Show del futbol 2014 - ...
-
Uno abre la puerta y sale a la calle con un infierno escarbándole las entrañas. Afuera, la siesta del domingo transcurre silenciosa y quiet...









.jpg)







