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Una profesión como cualquiera.

Buscar la idolatría en un jugador de fútbol porque hizo goles es como decir que un abogado es amigo tuyo porque ganó un caso. A ambos les pagaron para que hagan su trabajo.

Porque uno no va a la cancha pensando que esos once tipos están cumpliendo con las obligaciones emanadas de un contrato de trabajo. Nadie grita desde la popular: “¡Vamos, carajo! ¡Cumplí con la prestación a tu cargo!”. Uno lo putea, le pide huevos, que vaya al frente.

El fútbol tiene esa cosa rara de hacernos creer que el tipo que está adentro de la cancha siente exactamente lo mismo que el hincha. Que cuando besa el escudo lo besa por amor. Que cuando dice que siempre soñó con jugar en el club, efectivamente soñaba con eso y no con jugar en el Real Madrid, pero era lo que había o el que puso unos mangos más y lo trajo.

Al fin y al cabo, es una profesión más. Para eso le pagan. Sí, obvio que hay también jugadores que aman a su club. Pero son poquitos. Esos se emparentarían más con los artistas. Hoy los artistas no ganan nada, tienen que tener un laburo de verdad y hacer lo de su vocación artística como hobby o como ingreso mínimo.

Pero volviendo. Yo nunca vi festejar a la tribuna que el abogado del club haya ganado un juicio o haya llegado a un arreglo favorable. Tampoco vi banderas del tipo “Gracias, contador Fernández, por pagar los sueldos”, cuando el tesorero hace lo que corresponde. Esto es lo mismo. ¿O me vas a decir que el nueve es más grande que el tesorero porque hizo un gol? Ambos hicieron su laburo, no jodamos.

Si los jugadores tienen hasta premios por objetivos: por ganar una copa, un torneo, un clásico, por meter goles. Si faltan también a los entrenamientos, los sancionan como a cualquier empleado en relación de dependencia.

Porque el tipo es simplemente un empleado hasta que hace un gol importante. Ahí se terminó cualquier discusión. Pasa a ser otra cosa. Un héroe. Un prócer. Caen los cánticos de la tribuna. A la otra fecha hay banderas. Si el club tiene medianamente guita, le paga cuando tiene que renovar el contrato —un ascenso laboral— y, si no tiene la plata, se va a otro club donde le paguen más o a un grande para rajarse a Europa.

Hay tipos que tuvieron la suerte de hacer uno de esos goles y prácticamente consiguieron la inmortalidad. El bronce. San Martín. Belgrano. Y el delantero que metió un gol porque le correspondía. Para eso está ahí. Después se va, se raja. Pero ya quedó inmortalizado por hacerle un gol en un clásico. Pero claro, después vuelve, y esa sería la jubilación: le va como el culo en otros clubes, boya por Europa sin pena ni gloria y vuelve a recalar en el club con quince kilos más. Y es la vuelta del ídolo. Y lo aplauden como focas.

El hincha es generoso con algunas cosas. Con otras es un hijo de puta. Puede perdonarte veinte partidos malos por un gol contra el rival de toda la vida, pero no te perdona que un día digas que estás cansado.

—¿Cansado de qué? ¡Si jugás a la pelota!

 

Como si correr noventa minutos fuera lo mismo que estar tirado en una reposera con una cerveza apoyada en los huevos.

Pero es así. Porque así como te digo una cosa, te digo la otra. Es un laburante el futbolista. Yo ya te conté la parte buena, pero la mala, puf, ni hablar.

El futbolista tiene prohibido cansarse, estar triste y, fundamentalmente, tener ganas de ganar más plata. Eso último es imperdonable. El hincha puede cambiar de trabajo porque en otro lado le pagan cincuenta lucas más. El jugador no. El jugador tiene que quedarse por más que le deban seis o siete meses. Por amor. Y si se va, traicionó los colores. Ah, y si llega a irse con un juicio de por medio, agarrate porque te tildan de mercenario, basura, traidor. Como si ningún empleado le hubiera hecho algún juicio laboral al patrón. Dale, somos grandes.

También están los besos al escudo. Ese es otro tema. El beso al escudo te ata de por vida al club. Lo besaste. Cagaste. A partir de ese momento pertenecés al club hasta tu muerte. No importa que después cambie el técnico, el presidente no te quiera, te deban seis meses de sueldo o venga un club de afuera y te ofrezca diez veces más. Vos lo besaste en un momento de emoción que no te dejó ver nada. No importa. Ahora bancátela. La única forma de salir de ese contrato no escrito es irte a otro club y también besar ese escudo. Ahí sí, chau idolatría, pasaste a ser un mercenario vendehumo.

El hincha se siente jugador también. Sí, es una parte fundamental del fútbol. Pero se acapara méritos del jugador, del empleado al que putean. Sí, está bien, todos con la cuotita al día le pagan una parte del sueldo a todos. Pero si la pelota entró porque un tipo le pegó bien con la derecha al ángulo, el hincha te dice “metimos un golazo”; cuando el boludo del jugador le erra, le erra “él”. Y si el gol es épico o en una final o clásico caliente, en treinta años se llenan la boca diciendo: “Les ganamos”. Así, en plural.

Esa apropiación siempre me parece maravillosa. Porque después pasa el tiempo. El ídolo envejece. El hincha también. Y aquel gol queda congelado en un lugar donde nada ni nadie envejece. En el Olimpo de los dioses. Uno lo vuelve a ver y la tribuna está igual, la camiseta está igual, la pelota entra siempre en el mismo lugar. Lo único que cambió fue uno. Por eso nunca entendí del todo eso de los ídolos.

A veces alguien se acerca y me dice:

—Vos sos mi ídolo.

Y yo sonrío.

¿Qué querés que haga?

Le agradezco.

Me saco una foto.

Si tiene una camiseta, se la firmo.

Si viene con el hijo, trato de darle un abrazo al pibe porque sé que probablemente se acuerde toda la vida de ese momento.

Después se van felices.

Y yo me quedo pensando en lo mismo.

En que no hice nada por ellos.

No los conozco.

No sé cómo se llaman.

No estuve cuando necesitaron una mano.

No les presté plata.

No fui al velorio de sus viejos.

No sé absolutamente nada de sus vidas.

Solamente hice goles.

Bastantes, por suerte.

Y me pagaron muy bien por hacerlos.

El contador Fernández nos tuvo a todos al día. Hacia malabares financieros y el depósito siempre estaba cuando lo necesité. ¿Pero sabés una cosa? Nunca vi a treinta mil personas gritar el nombre del contador Fernández.

El mío sí.

Y, la puta madre...

qué lindo que era.


Toni Schweinheim
Obra Publicada, expediente Nº 510614. Dirección Nacional del Derecho de Autor.



Alerta mundial: Trump asegura que el VAR en manos de árbitros argentinos es un arma de destrucción masiva

Peligroso. Sería el VAR.
Sigue desarrollándose el Torneo Clausura y siguen las polémicas en torno al VAR. Muchos equipos se vieron beneficiados y otros perjudicados, ya que, en algunos casos, el árbitro pidió la revisión del VAR y, en otros, no. “La verdad que ni puta idea de cuándo pedirlo. Yo lo pido cuando pinta o cuando me salta la notificación de la transferencia en la billetera virtual”, comenta un colegiado. Lo cierto es que, a esta altura, cada árbitro hace lo que le parece con el VAR. 

“Son casualidades que durante los últimos cinco años los árbitros vengan favoreciendo a Barracas Central. Son los mismos mal pensados que decían que ayudábamos al Arsenal de Don Julio. Y mirá dónde está el Arse ahora: casi por desaparecer. Que no esté más Don Julio para protegerlo y apretarnos también es otra coincidencia”, deslizó un árbitro en off the record, por temor a que los hinchas le pinchen los neumáticos de su auto alemán. 
Sin embargo, el escándalo cruzó fronteras y llegó hasta los Estados Unidos, donde pararon la oreja y el acto causó revuelo. 

 “Mr. Trump vio cómo el VAR en manos de árbitros argentinos es más peligroso que él jugando con el botón rojo de la bomba atómica o el gordito norcoreano festejando Año Nuevo con petardos nucleares”, comentó un allegado a la Casa Blanca. 

“Esto hay que evaluarlo e investigarlo bien, no vaya a ser cosa que Río de Janeiro, la capital de Argentina, vuele por los aires por culpa del mal manejo del VAR”, concluyó el Secretario de “Asuntos para ese lugar que se llama América Latina, pero no sabemos muy bien dónde queda cada cosa”.

Fútbol es vida.


 Por Toni

A distancia


 Por Meiji

El fútbol hoy

 

Por Elmer

Ataque

 

Por Pablo Fernández

Box

 

Por Rocchia

De los pensamientos.

Generalmente los hombres pensamos en muchas cosas. Que van desde lo más importante a lo más boludo. Y estos pensamientos suelen atacarnos en la cama, ya sea acostados o sentados de espalda a nuestras mujeres. Podemos estar pensando en resolver la hipótesis de la teoría de las cuerdas del universo o bien pensar en un capítulo de Los Simpson y empezar a filosofar durante horas en forma interna, mirando un punto fijo, con las manos entrelazadas.

Es como el meme que circula en internet.

Porque así, de la nada, una pregunta femenina te saca de ese pensamiento mágico como si una espada cortara el aire:

—¿En qué estás pensando?

Y siempre surge la duda femenina de que estamos pensando en otra.

Curiosamente, a mí me pasó hace poco.

Me acosté y automáticamente mi cerebro empezó a pasar una y otra vez, en loop, el error garrafal que se mandó el arquero de Banfield. Pase atrás, le erra al rechazo y la agarra un delantero de Sarmiento. Gol.

Hubiese sido grave si ese gol era el empate o la victoria de los de Junín. Pero fue más grave: ese fue el 1-3 para ellos.

Veníamos goleando tranquilos. Minuto cuarenta del segundo tiempo.

Bueh, un error. Ya fue. El descuento.

Al minuto, otro gol que se come el arquero. Y eso que es buen arquero. Nos salvó varias veces. Evitó humillaciones. Trago saliva. A sufrir.

La cosa es que ganamos 3-2. Pero me sacó mal. Ese loop del arquero errándole me persiguió hasta la cama. Y cuando te agarran esos pensamientos, el tiempo se expande, perdés noción. No sé cuánto estuve así. Es como un agujero negro. Es como la película Interstellar, pero acá un segundo en tu cabeza son como diecisiete horas en la Tierra.

Hasta que llegó la pregunta.

—¿En qué estás pensando?

Mi respuesta fue la misma que damos todos los hombres:

—Nada.

Nuevamente mis neuronas empezaron a proyectar el fallo del arquerito. Pase atrás. La pelota viene despacio. Él acomoda el cuerpo. Va a rechazar. Le erra. Delantero de Sarmiento. Gol.

Otra vez la pregunta.

—¿Seguro que no te pasa nada?

—Seguro.

Ahora eran dos loops.

Pensamientos, pregunta, pensamientos, pregunta.

Dos loops en uno.

Hasta que tuve que decirle la verdad.

—Estoy pensando en el arquero de Banfield.

Primero se rio. Después dijo que no podía ser tan boludo. Luego cayó en la incredulidad.

Mientras tanto, mi cerebro se empecinaba en repetirme ese loop que ya había pasado de trágico a cómico. La pelota venía. Él le erraba. Gol. Yo ya conocía perfectamente la secuencia. Podía calcular hasta el momento exacto en que el arquero debía apoyar el pie para rechazar bien.

Incluso empecé a imaginar alternativas.

Si la tiraba al lateral, no pasaba nada.

Si la reventaba de punta, no pasaba nada.

Si la agarraba con la mano, quizá era indirecto, pero no pasaba nada.

Si se tiraba arriba de la pelota y se hacía el muerto, tampoco pasaba nada.

Si aparecía de la nada un defensor, tampoco pasaba nada.

Si el delantero se lo erraba, no pasaba nada.

Había por lo menos veinte universos posibles en los que esa jugada no terminaba en gol. Parecía el Dr. Strange analizando distintos universos posibles.

Pero nosotros vivíamos justo en el universo donde el hijo de puta le había errado a la pelota.

—¿Otra vez estás pensando?

—Sí.

—¿En qué?

—En el arquero.

Ya desconfiaba.

—Dale.

—¿Qué?

—No estás pensando en el arquero.

—Sí.

—Hace media hora que estás callado.

—Porque estoy pensando en la jugada.

—¿Media hora?

—Sí. La estoy analizando.

Se incorporó en la cama.

Ahí entendí que la situación había cambiado. Hasta ese momento yo era un tipo acostado pensando en fútbol. Ahora era un sospechoso sometido a un interrogatorio. Un inocente condenado sin juicio previo.

—¿Qué estás analizando?

—El error.

—¿Qué error?

No podía creer que tuviera que explicarlo otra vez.

—El del arquero de Banfield.

—¿Y por qué pensás tanto en eso?

La pregunta me descolocó.

Porque no sabía. Esa es una de las grandes cosas que las mujeres no entienden de los hombres. Nosotros tampoco sabemos por qué pensamos algunas cosas. Simplemente aparecen. “Hola, vengo a romper las bolas un rato”, así viene y se mete el pensamiento. No pide permiso el muy hijo de puta. A veces ni saluda. Viene, te usurpa las neuronas y a otra cosa. Lo peor es que el cerebro le abre los brazos, lo invita a cenar y despliega un mapa como de guerra en la mesa imaginaria y dice: bueno, esta noche vamos a trabajar con esto.

Podría haber pensado en mi futuro.

En mis problemas.

En mis proyectos.

En el sentido de la vida.

En la muerte.

En la inmensidad del universo.

Pero no.

Mi cerebro había decidido dedicar todos sus recursos disponibles a determinar por qué un arquero profesional de fútbol había pifiado una pelota que venía a cuatro kilómetros por hora.

—No sé —le dije.

—¿Cómo que no sabés?

—No sé.

Silencio.

Volví a mirar el techo.

Pase atrás.

Le erra.

Gol.

—¿Quién es?

Giré la cabeza.

—¿Quién es quién?

—La mina.

—¿Qué mina?

—En la que estás pensando.

Me reí.

Error.

Nunca hay que reírse durante un interrogatorio.

—¿Te causa gracia?

—No hay ninguna mina.

—Entonces, ¿por qué estás así?

—¡Por el arquero!

—¡Nadie piensa cuarenta minutos en un arquero!

Eso me ofendió.

No por mí.

Por el fútbol.

Claro que un hombre puede pensar cuarenta minutos en un arquero. Puede pensar dos horas en un penal de hace quince años. Puede despertarse un martes recordando una patada que pegó un defensor en 1998. Puede estar esperando el colectivo y preguntarse qué hubiese pasado si aquella pelota entraba.

No tenemos ningún control sobre eso.

—Te juro que estoy pensando en el arquero.

—Bueno.

Ese “bueno” no era nada bueno.

Se dio vuelta.

Yo también.

Cinco minutos de silencio.

O veinte.

No sé.

El tiempo había vuelto a deformarse.

Pase atrás.

Le erra.

Gol.

Entonces escuché desde el otro lado:

—¿Seguís pensando en él?

Ya no era “el arquero”.

Era “él”.

Habíamos avanzado muchísimo.

El arquero de Banfield había pasado de ser un deportista profesional que se había mandado una cagada a convertirse en una presencia misteriosa dentro de nuestra relación.

—Sí.

—Sos un pelotudo.

—La verdad que sí, pero…

—Dormite.

Cerré los ojos.

Intenté pensar en otra cosa.

Una playa.

El mar.

Un bosque.

Una montaña.

Pero en todas aparecía el arquero.

En la playa le erraba a una pelota.

En el bosque le erraba a una pelota.

En la montaña le erraba a una pelota.

No había escapatoria.

En algún momento me debo haber quedado dormido porque me despertó un codazo.

—¡Dejá de moverte!

—Perdón.

—Andate.

—¿A dónde?

—No sé. Al sillón. Con el perro. Con el arquero. Donde quieras.

Agarré la almohada y me levanté. El perro estaba durmiendo en el living. Me miró acercarme con esa expresión que tienen los perros cuando uno invade su territorio a las tres de la mañana.

Me acosté al lado.

Él suspiró.

Yo también.

Durante unos segundos hubo paz.

Hasta que mi cerebro volvió a arrancar.

Pase atrás.

Le erra.

Delantero de Sarmiento.

Gol.

Terminé durmiendo con el perro.

Sí.

Pensando en la macana que se había mandado el arquerito. Pero el perro no me juzgó ni me preguntó nada. Por eso es el mejor amigo del hombre.

Toni Schweinheim
Obra Publicada, expediente Nº 510614. Dirección Nacional del Derecho de Autor.




Flasheo informativo

 

Es lo más realista que vas a leer hoy. 

Cortitas por los clubes.

 

Volvieron las cortitas. 

La AFA crearía la Hipersupermegaredcopa de la Megasupercopa de las Supercopas de la Copa de la Ultrahipermegasupercopa Master of the Universe de la Recopa de la Lora.

Master of the Universe. Nueva Copa. 

Si bien va promediando el Torneo Clausura, ya se van dirimiendo los participantes de las distintas copas que organiza la AFA, las cuales son alrededor de seis al término de esta edición. “Tengo más quilombo encima con las copas que un borracho. Están la Supercopa Internacional, el Trofeo de Campeones de la Liga Profesional, la Supercopa Argentina, la Copa Argentina, los torneos… Voy a terminar con un coma alcohólico”, comenta un dirigente. Cabe destacar que, con cada obtención de estas copas, el club ganador suma una estrella. “En un solo año repartimos más estrellas que las que pide Lugano para Uruguay”, manifiesta otro dirigente.

Sin embargo, y a pesar de las múltiples copas por temporada, la AFA estaría craneando una nueva copa. “Todavía no la planificamos bien, pero el ganador de la Supercopa Internacional, el Trofeo de Campeones de la Liga Profesional, la Supercopa Argentina y el Torneo Clausura jugaría una final por la Hipersupermegaredcopa de la Megasupercopa de las Supercopas de la Copa de la Ultrahipermegasupercopa Master of the Universe de la Recopa de la Lora contra un equipo a definir, que sería Barracas Central o Riestra, que le caen bien al Chiqui Tapia. Además, son los dos nuevos grandes del fútbol argentino”, sostiene un dirigente.

El Otro Diez

 

—Escuchá esta historia y después decime qué te pareció. Sentate tranquilo; si necesitás algo, me decís, pero quedate atento a lo que te voy a contar:

 ***

“Diego Armando Maradona nació en Villa Fiorito, jugó en Los Cebollitas y su sueño era jugar y ganar un Mundial. Dio el salto y debutó en Argentinos Juniors a los quince años y nunca dejó de crecer. Su talento crecía exponencialmente. Nunca jamás tuvo enemigos afuera de una cancha. A todos los callaba con la pelota.

Debutó jovencito en la Selección Argentina. No solo se ganó un lugar entre los convocados para el Mundial de 1978: fue una de las figuras que alzó la Copa del Mundo, la primera de Argentina.

Llegó a Boca, que lo recibió como a un hijo. Ganó el campeonato local y logró la segunda Copa Libertadores para el club de la Ribera. No pudo jugar la Intercontinental porque se lo llevó el Barcelona.

En la Selección Argentina ganó caminando el Mundial de 1982. Ya era capitán y, esta vez, goleador del torneo. En la final venció a la siempre difícil Alemania con dos goles de él.

En Barcelona encontró su lugar en el mundo. Al principio parecía que había llegado simplemente para hacer lo que sabía: agarrar la pelota y jugar. Pero pronto quedó claro que había ido para algo más. Con él, ganar dejó de ser una excepción y empezó a convertirse en costumbre. Llegaron las Ligas, llegó la Copa del Rey y llegó, finalmente, esa Copa de Europa que el Barcelona llevaba tantos años persiguiendo y que hoy llamamos UEFA Champions League. Después vinieron las Intercontinentales. Una copa llevaba a la otra. Un festejo todavía no había terminado cuando ya empezaba el siguiente. Todo lo que jugaba el Barça parecía terminar de la misma manera: con Maradona levantando algo.

Tanta felicidad catalana despertó el interés de uno de los clubes más grandes de Europa: la Juventus de Italia. Su traspaso fue récord. La cifra parecía una locura, pero duró poco la discusión. Apenas empezó a jugar, nadie volvió a hablar de lo que había costado. En Turín ganó dos Champions consecutivas y convirtió a la Juventus en dueña de Europa. También llegaron los títulos de Liga, la Copa Italia y las Intercontinentales. Los dirigentes habían pagado una fortuna por un futbolista y terminaron descubriendo que habían comprado una época dorada. La gloria absoluta.

En el Mundial de 1986, en México, lamentablemente no pudo levantar la Copa del Mundo. Hizo el gol del siglo abriendo el marcador ante los ingleses. Antes casi había marcado el primer gol, pero no llegó a poner la cabeza y Peter Shilton la despejó con un puño. A los ochenta y un minutos, Lineker terminó marcando el empate. Argentina se quedó afuera por penales. Maradona no derramó una lágrima porque sabía que iba a haber revancha tarde o temprano. La máquina alemana comandada por Karl-Heinz Rummenigge, Rudi Völler y Lothar Matthäus ganó ese Mundial derrotando a Inglaterra por 2-0.

 

Terminado el Mundial, y pasada una temporada, en el ’87 pasó al Milán de Arrigo Sacchi. A esa altura, cualquier otro jugador habría llegado para adaptarse al equipo. Con Maradona pasó al revés. Sacchi tenía su sistema, sus movimientos estudiados, sus jugadores obedeciendo como piezas de una cerradura. El Catenaccio. Y en el medio de todos esos engranajes estaba el Diego, que parecía tener permiso para hacer lo que quisiera. En ese esquema conservador, el único que realmente jugaba era él. Ganar la Liga se volvió habitual. Levantar la Copa Italia, también. Y cuando llegaba Europa, ganar la Champions parecía casi un trámite. El Milán se acostumbró a ganar y Maradona, a levantar copas. A esas alturas, ya era el jugador con más títulos en la historia del fútbol.

Fuera de la cancha era el tipo ejemplar. Nunca una polémica. Nunca una declaración de más. Nunca una protesta. Nunca se la jugó por nada ni por nadie. Él solo hablaba dentro de una cancha, donde su lengua era la pelota y el idioma, el ruido de un pase filtrado. ¿Para qué ganarse enemigos hablando? Se casó, tuvo dos hijas. La familia modelo. Era el tipo al que no le cuestionaban nada y él no cuestionaba nada. El periodismo estaba obnubilado con él. Pero rara vez fue tapa de alguna revista, solo una vez salió en la tapa de la revista Caras mostrando su mansión.

Y se vino el Mundial ’90. Mucho se habló de ese Mundial. Un poco menos de un año atrás, se había caído el Muro de Berlín. El mundo había cambiado para siempre. Argentina llegó a la final dejando en el camino a Italia. Fue la primera vez que lo insultaron los de su propio equipo, donde jugaba. Los tanos estaban como locos contra el Diego. En la final se encontraron contra los alemanes, que eran una máquina y que necesitaban ese título como para validar lo del Muro. El partido fue polémico y ganó Alemania con un penal inventado por Codesal. Diego tampoco lloró en esa final arrebatada. Tiempo después se supo que Don Julio los había entregado por un poco más de poder. Maradona, que lo sabía no dijo nada: masticó bronca, recibió la medalla, le dio la mano a João Havelange y a otra cosa. No quería problemas con el poder de turno. Eso no era lo suyo. La defensa de los pobres y los débiles la debía reclamar otro, no un futbolista.

Después del Mundial volvió a España, esta vez al Real Madrid. El Merengue arrastraba una obsesión: no ganaba la Copa de Europa desde 1960. Habían pasado treinta años, generaciones enteras de jugadores y un desfile interminable de figuras intentando devolverle al club aquello que consideraba suyo. Entonces llegó Maradona. Y la espera terminó. Primero ganó una. Después ganó otra. Dos Champions más para su colección y dos Intercontinentales que devolvían al Madrid al lugar donde pertenecía. Esta vez no hubo título de Liga, pero sí Copa del Rey. Fue uno de los mejores Maradona que se vieron a nivel de clubes. Mucho antes de que el Madrid empezara a hablar de Galácticos, ya había tenido uno. Y era argentino. Para entonces, Diego había conseguido algo sacado del libro Guinness de records: había ganado todas las Champions que había disputado.

El Mundial de 1994 en Estados Unidos fue la redención en los Mundiales. Tras pasar la fase de grupos con suma facilidad, en octavos dejó en el camino a Italia; en cuartos, a España; en semis volvió a aplastar a Bulgaria y, en la final soñada por cualquier argentino, le ganó 2-0 a Brasil. Treinta y tres años. Igualó el récord de Pelé con tres Mundiales ganados y quedó en la cima de goleadores de toda la historia con 18 goles.

Muchos ya especulaban con su retiro, pero su físico parecía de veinticinco. Él solo podía levantar al equipo o derrumbar al rival. Era una especie de Mío Cid del fútbol. El Real Madrid prescindió de sus servicios porque, a pesar de lo descollante en la cancha, pensaba que ya no le quedaba hilo en el carretel. Así que armó la valija y se fue para la Fiorentina, donde estaba su gran partener de la Selección: Gabriel Batistuta. Era un equipo modesto, pero con el Diego ahí pudo pelear el Calcio hasta el final, ganar una Copa Italia y alzarse con una Copa UEFA en los años que estuvo.

Físicamente, el Diego estaba intacto. Seguía acumulando títulos, pero faltaba un último baile: el Mundial 1998. Dificilísimo, si nos ponemos a pensar que llegó con 37 años. Pero si Roger Milla en el Mundial anterior pudo hacer un gol con cuarenta y dos años y treinta y nueve días, el Diego te hacía ocho goles. Su amigo Daniel Passarella sabía que Maradona era imprescindible y nunca dejó de llamarlo. Era una Selección de ensueño: Redondo, Maradona, Batistuta, Caniggia… Argentina goleó todos los partidos en la fase de grupos. En octavos, contra Inglaterra, fue un trámite. Tres a cero. Fue donde conoció a David Beckham y luego trabaron una amistad. En semis, otra vez Brasil, donde se ganó con un zurdazo del Bati. En la final no hubo final. Fue un tres a cero a favor de la Albiceleste. Cuarto Mundial y nuevamente en la cresta de la ola que venía surfeando desde hacía al menos veinte años.

Todos daban por hecho que Maradona, tras su sexto Mundial, se retiraría en la cúspide. Una cúspide imposible de alcanzar. Seis Mundiales, cuatro ganados. Champions a más no poder. El Diego quedó libre de la Fiorentina y se especulaba con su retiro. Se fue con el pase en su poder al Manchester United, por pedido expreso de Ferguson y de Beckham. Ese equipo, si no fue el mejor de la historia, estuvo ahí nomás: una Premier tras otra a las vitrinas y la épica final contra el Bayern Múnich. Jugó un año más en los Diablos Rojos y el Diego parecía que no tenía fecha de vencimiento. Él no quería dejar el fútbol y el fútbol no quería que lo dejara.

Un día apareció un llamado inesperado: Lothar Matthäus. Su viejo rival. Su viejo amigo. Le dijo que, antes de retirarse, podría jugar una temporada en el Bayern, que todavía le podía dar mucho al fútbol. El Diego aceptó. Esa temporada, el Bayern logró la Triple Corona, en una final épica contra el Valencia que se resolvió con un tiro libre del diez.

Arrancó el 2002. Todo el mundo esperaba que el Diego hiciera el último baile, el último Mundial, el séptimo. Si total Passarella lo seguía convocando. Y se dio lo que todos esperaban: Maradona jugaría su último Mundial a los 41 años. No lo iba a alcanzar a Roger Milla, pero con siete Mundiales en el lomo no lo iba a alcanzar ni Highlander. Todavía tenemos fresco el recuerdo de ese Mundial. El grupo de la muerte, la ajustada victoria ante Nigeria, la goleada a Inglaterra, a Suecia. Luego, dos partidos fáciles: Senegal y Turquía, que querían ser la revelación, pero tuvieron la mala suerte de cruzarse con el Diego. En semis, Brasil de nuevo: corrida del Cani, pase del Diego, fórmula repetidísima y gol. La final fue contra la Alemania de Oliver Kahn, compañero del Diego. Una, dos, tres, cuatro… Todos los intentos eran en vano para vencer al portero teutón. Hasta que un tiro libre del Diego se le metió en el ángulo. Ni tiempo para mirar adónde fue tuvo el uno. Argentina llegaba al pentacampeonato. El Diego también.

Ahora sí, el retiro. Pero no. También lo gambeteó: regresó a Boca. Prometió devolverle la Copa Libertadores. La cumplió y fue a la Intercontinental contra el Milán. Ese 14 de diciembre de 2003, a los cuarenta y tres años, Diego Armando Maradona se retiró del fútbol…”.

***

—En otro apartado, si querés, lo vamos viendo. Te cuento qué fue de Maradona como entrenador. Todo esto puede ser tuyo. Todo. Tenés el talento. Siempre lo tuviste. Lo otro no, te descarrilaste fácil. Solo te voy a pedir una cosa...

El tipo sonrió. Su arito me pareció que brillaba más. Me miró como si hubiera sabido desde el principio quién era yo.

Y, finalmente, dijo mientras se levantaba del asiento:

—Maestro... ese tipo que nombraste durante toda la historia... nunca sería Maradona.

Se dio media vuelta. Y se fue.

Me dejó solo. Con una única certeza: acababa de perder el alma que más había deseado tentar.

Toni Schweinheim
Obra Publicada, expediente Nº 510614. Dirección Nacional del Derecho de Autor.





Flasheo informativo

 

y ni hablar del agujero negro. 

El Saludo

 

Hace un tiempo, viví en Chacarita. Barrio que está signado por el cementerio. A pesar de eso, todos vivimos tan frenéticamente que ni nos damos cuenta de que hay un cementerio ahí, a un par de cuadras. Y eso que es enorme.

Pero lo que me llamó la atención del barrio no fue el cementerio; al cuarto o quinto coche fúnebre que ves, ya te acostumbrás. Uno se acostumbra a todo. Lo que me llamó la atención fue un tipo que vivía cerca, o eso creo, y que saludaba siempre. Parece una pavada, pero no lo es; por lo menos para mí.

Igualmente, hoy la gente hace cualquier cosa antes que saludar. Mira el celular, baja la cabeza, finge que no te vio o, directamente, cruza de vereda. En cambio, este hombre no. Apenas te veía venir, levantaba la mano como si te conociera de toda la vida.

—Buen día.

Y listo. Siempre con una sonrisa. No esperaba ninguna respuesta. No intentaba sacar charla. No preguntaba por la familia, ni por el clima, ni por el fútbol. Saludaba y seguía caminando.

La primera vez pensé que era un vecino más. La segunda me llamó la atención. Con el tiempo empecé a sospechar. Yo soy informático; tengo los horarios más variables que hay sobre la Tierra. Un día salgo a las ocho de la mañana, otro a las once, algunos días a las catorce, otros días ni salgo o salgo solo a comprar. Pero la cosa es que, ni bien salía, me lo encontraba en la esquina y me saludaba.

Además, no era posible que un hombre saludara con tanta convicción a todo el mundo: al diariero, al barrendero, al repartidor de soda, al policía de la esquina, a los chicos que iban al colegio, al paseador que sacaba al perro... incluso a los que claramente no tenían ganas de cruzarse con nadie e iban inmersos en sus celulares.

Siempre igual.

—Buen día.

Era imposible no contestarle. Hasta el más malhumorado terminaba levantando la mano. O gente que estaba haciendo algo importante, como los cartoneros que tenían metido medio cuerpo dentro de esas cajas negras plásticas horribles que hacen de contenedores, salía y lo saludaba. Como que era contagioso el saludo.

Un día la curiosidad pudo más. No solo le respondí el saludo, sino que intenté darle charla.

—Fresquete hoy, ¿no?

—Sí, la verdad que sí. Hasta luego.

Su respuesta, bastante evasiva, me cayó mal. Me pareció un careta bárbaro. Saludaba y después se hacía el boludo y se iba corriendo. No sé, no me pareció sincero. Llegué a pensar de todo: que era un cana encubierto, un espía, un chorro que merodeaba la zona… Igual seguí saludándolo como si nada, porque tampoco iba a ser descortés.

No mucho tiempo después de ese intento de conversación, pasó lo que les voy a contar. Me había quedado sin internet en casa, entonces tuve que bajar para ir al bar de la vuelta. Ni bien llegué a la vereda, me crucé al muñeco este.

—Buen día.

 

Me dijo y siguió para su lado, lo cual me dio entre bronca y curiosidad. Le respondí automáticamente, como un robot, y me quedé pensando. Se me ocurrió la idea loca de seguirlo; total, no tenía internet ni ganas de laburar en un bar con todo el ruido que eso supone.

Me puse a observarlo desde atrás. Nunca me había detenido a verlo: tenía un traje gris, zapatos marrones viejos, pero lustrados; un sobretodo más viejo todavía; la pelada le brillaba y, sobre ella, se cerraba el pelo gris como si fuesen laureles en un César. No sé por qué, pero pensé en el bigote finito que usaba el tipo. Parecía sacado de una película de los cincuenta.

Empecé el recorrido, el cual duró bastante, lisa y llanamente porque saludaba a todo el mundo.

Saludó a un taxista.

Saludó a una señora que esperaba el colectivo.

Saludó a un pibe que repartía volantes.

Saludó hasta a un tipo que estaba puteando porque no arrancaba el auto.

El del auto dejó de putear un segundo, levantó la mano y le dijo:

—Buen día.

Después siguió puteando al pobre auto.

Yo caminaba unos metros atrás. Más de una vez tuve que parar y mirar el celular como para que no me agarrara. Casi me vio en varias ocasiones, pero siempre me salvaba una víctima de su saludo.

No parecía dirigirse a ningún lugar. Daba vueltas por el barrio. A veces doblaba una esquina para volver a la misma plaza desde otro lado. Yo ya estaba por abandonar la misión de seguirlo. Fue cuando cambió de rumbo y, curiosamente, dejó de saludar a la gente que se cruzaba. Ahí el bichito de la curiosidad me picó más fuerte.

El tipo apuró el paso, tanto que me costó seguirlo a metros de distancia. Enfocado en todas las hipótesis que había en mi cabeza, no me di cuenta de que estábamos por entrar al cementerio. Ahí me agarró un cagazo terrible. Pero la curiosidad pudo más.

El sujeto entró raudamente. Caminaba y caminaba; cada vez se adentraba más y más. Lo que me estremeció fue cuando, de la nada, empezó a saludar. Yo pensé que estaba rezando, pero sin querer quedé más cerca de él y, efectivamente, eran saludos.

—Buen día, don Ernesto.

Unos metros más.

—Buen día, doña Marta.

Más adelante.

—Buen día, Gervasio.

Así podría estar enumerando todos los nombres de las tumbas a las que saludó al pasar. Como si todos siguieran ahí. O como si los viera. Curiosamente, no me dio miedo; me dio más curiosidad.

Yo estaba tan absorto en mis pensamientos que no me di cuenta de que llegamos casi al final del cementerio, a la parte de los paredones que daban a la avenida Elcano.

El tipo se sentó en un banquito de cemento, completamente derruido, y se puso ambas manos en la cara, como si estuviese llorando. Me dio un poco de vergüenza estar espiándolo.

Cuando me iba a ir, sin darse vuelta, dijo:

—Hace rato que me viene siguiendo, caballero.

Sentí una vergüenza absoluta. Como la de alguien que roba y se dan cuenta enseguida de que fue uno. Busqué miles de excusas en mi cabeza; no había ninguna.

—Perdón... me dio curiosidad saber adónde iba —tuve que decirle la verdad.

Se dio vuelta despacio.

Era bastante más viejo de lo que me había parecido antes.

Los ojos claros. La cara llena de esas arrugas que no son de tristeza, sino de haber vivido mucho. Ese bigotito tipo anchoa.

—La curiosidad nunca es una mala excusa —dijo con una sonrisa.

Me invitó a caminar. No preguntó mi nombre. Yo tampoco el suyo. Hubo un silencio, el cual decidí romper.

—¿Siempre hace esto? —dije por fin.

—¿Venir al cementerio?

Asentí.

—Sí. También lo de saludar a todos —respondió, sin que le hubiese preguntado lo segundo.

Me agarró un escalofrío.

Esperé una explicación. No llegó.

Seguimos caminando entre las tumbas abandonadas en el contorno del paredón.

Después de un rato agregó:

—Uno nunca sabe cuál es el último saludo que le da a alguien.

No dije nada.

—Hay personas que se van sin que uno lo sepa. Se mudan, cambian de trabajo, se pelean con uno, se enferman... o simplemente se mueren. Y el último recuerdo termina siendo una cara seria porque los dos iban apurados o enojados.

Seguimos caminando. Nos sentamos en un banco.

—Antes no saludaba nunca. Siempre tenía algo más importante que hacer.

Miró el piso.

—Hasta que un día mi mujer salió a comprar pan...

No hizo falta que siguiera. Entendí todo. Quedé aturdido con mis propios pensamientos y con cómo había pensado tan mal de un pobre viejo.

Él seguía hablando: de cuánto tiempo había pasado, de cómo fue el accidente, de dónde estaba su tumba, señalando hacia la derecha del paredón de la avenida.

—La última vez que la vi, ni siquiera levanté la vista del diario. ¿Para qué? Si iba a volver. Todos vuelven.

Se hizo otro silencio. Este fue bastante largo. Pero no me incomodaba; creo que a él tampoco. Hasta que decidió romperlo.

—Así que ahora saludo primero.

Sonrió apenas.

—No cambia nada... pero por lo menos para que nadie sienta que pasa desapercibido. Además, hago catarsis.

Volvió a sonreír.

—El barrio es la gente. El barrio también se despide cuando te demuelen una casa antigua para ponerte una torre, por ejemplo. El barrio no cambia, va muriendo con cada cambio. Y al barrio nadie lo despide. Al barrio nadie lo saluda porque está siempre ahí, y cuando te das cuenta, el barrio murió y nació uno nuevo.

Siguió hablando de cada esquina de Chacarita, de cada bar, escuela, colegio, comisaría, del viejo hotel familiar de la avenida Lacroze y, ni hablar, del cementerio. Ahí se explayó como diez o quince minutos. Yo ya no lo escuchaba; me quería ir. Mi mujer seguramente se estaría preguntando donde estaba.

Le dije que me tenía que ir porque tenía trabajo. Pude entender, por su mirada, que el viejo no había hablado con nadie en mucho tiempo. Lo saludé y me fui. Lo dejé sentado en ese banquito que estaba al borde de derrumbarse de lo viejo.

El tiempo pasó, la rutina no cambió. Cada día, o cada vez que salía de casa, siempre me lo cruzaba y ambos nos saludábamos, yo ahora con un poco más de alegría.

Hasta que un día lo vi fuera de ese ámbito "saludativo". El vecino del sexto me había invitado a una protesta de vecinos en contra de demoler parte del cementerio y hacer una plaza. No porque no quisieran una plaza, sino porque todavía era parte de un camposanto. Asimismo, todavía había nichos.

Fuimos y ahí vi al viejo.

Estaba vestido igual, salvo que esta vez llevaba una cartulina que tenía una leyenda escrita a mano:

"No maten al barrio".

Fui a saludarlo, pero cuando me acerqué noté que estaba llorando. Vi que había mucha gente llorando. Porque el Gobierno de la Ciudad los había intimado a que sacaran los restos de familiares de esos nichos. Otros protestaban porque dentro del cementerio había patrimonio histórico y que, sin el paredón, iba a quedar desprotegido. Pero yo seguía centrado en el hombre que saludaba.

Pasó un tiempito durante el cual seguí viendo a este hombre. Me seguía saludando. Muchas veces quise frenarlo, pero no me dio la chance.

Lo vi muy achacado, como si de golpe todos los años se le hubiesen caído encima. Flaco, enjuto; los ojos le habían quedado chiquitos.

Hasta que, a mediados de 2016, empezaron a derribar los paredones. Hubo una marcha de vecinos y ahí fue la última vez que lo vi.

Estaba parado a lo lejos, mirando y llorando, con un pañuelo en la mano. Lo que me llamó la atención es que, esta vez, tenía un bastón y parecía más derrumbado que el paredón.

Al otro día salí esperando encontrármelo. Ahora sí lo iba a frenar y le iba a preguntar si le pasaba algo, si tenía algún problema de salud o si necesitaba ayuda.

Pero ni rastros de él.

Era la primera vez, en años, que no me lo cruzaba.

Temí lo peor.

Al otro día decidí hacer el mismo trayecto que él había hecho aquella vez que hablamos. Por ahí me lo cruzaba.

No hubo suerte.

Un día le pregunté al diariero si lo había visto o si tenía alguna data sobre su paradero. Por ahí lo conocía.

—Sí me acuerdo. No lo conozco, solo me saludaba todos los días, pero nunca me compró un diario.

Durante un par de meses me quedé pensando en el viejo. No voy a mentir: lo extrañaba un poco. O bastante.

Hasta que un día, en marzo de 2018, fuimos con mi mujer al nuevo parque que habían hecho en lo que fue el predio del cementerio.

Fue entonces cuando vi a un señor con su nieta muy parecido a él. Pero no, no era. Era más joven, sin el bigote, vestido de manera más jovial.

Cuando pasaron al lado nuestro, pensé que era él. Tuve esa sensación.

—Hilda, saludá a la pareja —dijo el abuelo a su nieta.

—Hola... —dijo tímidamente la niña.

Mi señora los saludó a ambos.

Yo no podía emitir palabra, del quilombo mental que tenía.

Los seguí con la mirada.

Cuando cruzaron con una mujer que paseaba un perro, la nena levantó la mano y dijo:

—Buen día.

La mujer sonrió y le respondió lo mismo.

Luego la señora saludó a un muchacho que estaba haciendo fitness. Este saludó a un matrimonio que llevaba un cochecito de bebé...

Y así los saludos se fueron multiplicando de uno en uno.

No sé por qué, pero me quedé un rato mirando esa cadena de saludos que iba pasando de uno a otro, como si alguien hubiera empujado apenas la primera ficha de un dominó.

Desde ese día saludo primero.

Algunas mañanas nadie contesta.

Otras sí.

Entonces sigo caminando tranquilo.

Porque mientras alguien devuelva un saludo en Chacarita, me gusta pensar que el viejo sigue caminando por el barrio. Y que el barrio, de algún modo, se sigue saludando con él.

Toni Schweinheim
Obra Publicada, expediente Nº 510614. Dirección Nacional del Derecho de Autor.




Una profesión como cualquiera.

Buscar la idolatría en un jugador de fútbol porque hizo goles es como decir que un abogado es amigo tuyo porque ganó un caso. A ambos les pa...


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