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Desde la AFA proponen hacer un “Piedrazing Break”, un “Running a Esos Putos Break” o un “Drying Nuca Break” en los partidos del Torneo Clausura.
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| Drying nuca Break. Se vendría al Fútbol argentino. |
A pesar de que la medida de transformar un partido de fútbol
en cuatro cuartos despertó polémica, la idea busca instalarse en el fútbol
argentino. “Hoy los partidos del fútbol argentino se interrumpen por banderas,
piedrazos, violencia, rosca de dirigentes... bueno, vamos a blanquearlo”,
sostiene otro cráneo de la AFA.
Lo aplicado no sería, en principio, la “pausa de
rehidratación” tal como la vimos en el Mundial, sino que estaría aggiornada al
fútbol argentino. “Mirá, vamos a tener el ‘Piedrazing Break’ para que las
hinchadas se caguen a piedrazos o bien caguen a piedrazos a jugadores,
árbitros, otros hinchas o dirigentes... bueno, dirigentes no”, explica otro
dirigente.
“Lo más probable es que hagamos el ‘Running a Esos Putos
Break’ para que la barra corra a todo lo que se mueva. El tema es que no sé si
alcanzarán cinco minutos; capaz lo extendemos a media hora o un día, hay que
ver”, desliza otro dirigente.
“Lo que sí ya tenemos definido es el ‘Drying Nuca Break’, porque
todo dirigente tiene derecho a que le sequen la nuca cuando mire el partido”,
comenta, por último, otro dirigente.
No hiciste goles
Cuando uno piensa en un delantero de fútbol imagina otra cosa. Se imagina a esos tipos de mandíbula apretada que salen en los afiches publicitarios señalando el arco con cara de pocos amigos. Se imagina goleadores que viven para romper redes, que festejan trepados al alambrado y que tienen una colección de camisetas intercambiadas con arqueros derrotados. Un vikingo a lo Haaland. Un tanque alemán a lo Klinsmann. Un puma bestial como Mbappé. Ni hablar de un CR7. O una flecha dorada como lo era el Bati.
Alejandro Dorado no se parecía a
ninguno de ellos. Era alto, cerca de un metro noventa, flaco como un poste de
luz y de hombros angostos. Tenía la piel morena, castigada por el sol de tantas
canchas de tierra, unos ojos color café que siempre parecían estar sonriendo y
un pelo negro donde muchos peines se rindieron. Era como un Peter Crouch, pero
nuestro.
Su aspecto tampoco ayudaba a imponer
respeto. Mientras otros delanteros intimidaban con tatuajes, músculos y gestos
desafiantes, Alejandro tenía cara de profesor de escuela secundaria o de empleado
bancario que acababa de salir de la oficina para jugar un picado con amigos. Una
cara de buenazo, y lo era eh.
Sin embargo, cuando entraba al área
rival ocurría algo extraordinario. No porque hiciera goles. Justamente, por lo
contrario. Alejandro Dorado era incapaz
de convertir un gol. Le tenía alergia. Parecía que tenía un pacto con la pelota
en la que esta nunca iba a tocar la red. No es que le costara. No es que
estuviera atravesando una mala racha. No es que le faltara definición. Lo suyo
era otra cosa, algo tan difícil de explicar como de creer. Parecía existir una
fuerza misteriosa que se interponía entre él y el gol. Por eso, con el tiempo,
la gente empezó a llamarlo "El Dorado", porque encontrar un gol suyo
era tan improbable como encontrar la ciudad perdida de oro. El apodo nació en
una transmisión radial y terminó acompañándolo durante toda la vida.
Lo curioso era que Alejandro jugaba
bien. Muy bien. Controlaba la pelota con elegancia, tenía una visión de juego
extraordinaria y poseía una inteligencia táctica que cualquier entrenador
hubiera firmado sin dudar. Sabía cuándo tirarse atrás para asociarse con los
mediocampistas, cuándo abrir espacios para los extremos y cuándo presionar a
los defensores rivales. Colaboraba con todos en todos los espacios. En
cualquier otro puesto habría sido considerado un fenómeno. Pero era nueve de área. Y a los nueves se los juzga por una
estadística muy simple: los goles.
Su debut en Primera División ya había
sido una advertencia. Ingresó faltando quince minutos, encaró al arquero en una
corrida memorable y definió tan mal que la pelota terminó pegándole a una
cámara de televisión. Los hinchas se agarraron la cabeza. El técnico se quedó
congelado. Y el pibe de diecinueve años
volvió trotando al círculo central con una sonrisa tímida, como quien pide
disculpas por haber roto un florero o un macetero jugando en la casa. Los
hinchas dijeron que era pibe, que ya iban a venir los goles… y todo eso que
dicen los hinchas como para darse más animo a ellos que al jugador. Nadie
imaginaba que aquello recién empezaba.
Durante los años siguientes acumuló
errores que parecían inventados por el Negro Fontanarrosa. Una tarde dejó
desparramados a cuatro defensores y al arquero. El arco estaba completamente
vacío. Los relatores ya gritaban el gol antes de tiempo. Alejandro remató con
tranquilidad y la pelota pegó en un pozo de tierra que se había hecho con los
botines de los jugadores en la tierra húmeda, cambió de dirección y salió por
la línea lateral. Ni García Marquez se hubiese jugado con tal realismo mágico.
En otra ocasión ejecutó una chilena
perfecta que habría ocupado las tapas de todos los diarios deportivos del
continente si no fuera porque terminó impactando contra el banderín del córner.
Los videos se viralizaban en las redes
sociales. Los programas deportivos repetían las jugadas durante semanas. Los
periodistas buscaban explicaciones técnicas, psicológicas y hasta esotéricas. Algunos
afirmaban que sufría ansiedad. Otros hablaban de mala suerte. Un ex árbitro devenido
en panelista llegó a sostener que estaba embrujado.
Alejandro escuchaba todas las teorías
y se reía.
—Lo importante es que ganamos, el gol
lo puede hacer cualquiera —decía.
Lo extraordinario era que jamás perdió
el buen humor. Nunca discutió con un compañero. Nunca respondió una crítica. Nunca
una tarjeta. Nunca señaló a otro por una derrota. Mucho menos se adjudicaba la
victoria cuando el equipo ganaba por un centro o una asistencia suya. Porque el
tipo ponía todo eh.
Y cuando alguien le preguntaba cómo
hacía para soportar tantas bromas por su eterna pelea con el arco, respondía:
—Soy furor en las redes… ¿Qué más querés?
Esa forma de ser terminó conquistando
a todos.
A los compañeros les gustaba compartir
concentraciones con él porque siempre tenía una historia para contar. Los
utileros lo adoraban porque era el único jugador que agradecía cada detalle.
Los hinchas comenzaron a comprender que estaban frente a un personaje
irrepetible.
Cada vez que tomaba la pelota cerca
del área se producía un fenómeno extraño. La gente se levantaba de sus
asientos. No para anticipar un gol. Para descubrir de qué manera lo iba a
errar. Y Alejandro nunca defraudaba:
En Rosario, una vez, remató tan alto
que la pelota cayó sobre el techo de un restaurante ubicado detrás de una
tribuna. En Córdoba reventó un cartel publicitario situado a veinte metros del
arco.
En Mendoza, contra Godoy Cruz, vio al
arquero adelantado, le pegó de lejos… tan mal que terminó habilitando a un
compañero, quien convirtió el gol del triunfo.
Con el paso de los años dejó de ser
simplemente un futbolista. Se transformó
en un personaje popular. Las hinchadas rivales lo aplaudían cuando ingresaba. Los
chicos pedían su camiseta. Los programas de televisión lo invitaban más por
simpático que por futbolista. Sin darse cuenta, Alejandro había logrado algo
que muy pocos consiguen: que la gente quisiera que le fuera bien. Como cuando
todos celebrábamos al ex entrenador de Brown de Adrogué: Pablo Vicó.
Cuando se anunció su convocatoria a la Selección Argentina, el país entero quedó paralizado. Los periodistas deportivos reaccionaron como si se hubiera producido una catástrofe. Como cuando al Diego le cortaron las piernas. Durante semanas se debatió el tema en radio, televisión y diarios. ¿Cómo van a convocar a un delantero sin goles?
Lionel Scaloni fue consultado en
conferencia de prensa. Su respuesta se hizo famosa.
—Hay futbolistas que mejoran un equipo
por lo que hacen con la pelota. Dorado mejora un grupo desde que entra hasta
que sale del estadio. Esto es por el grupo. Lo más importante en el futbol es
el grupo. Lo pueden ver en todos lados,
el grupo de amigos, el grupo de hinchas que va a la cancha. El grupo es todo.
El debut ocurrió en un amistoso
internacional. Cuando el cartel luminoso anunció su ingreso, el estadio completo
comenzó a corear su apellido. No importaban los colores de las camisetas ni el
resultado del encuentro. Todos querían presenciar ese momento.
El país entero contuvo la respiración.
Los relatores hicieron silencio. Los comentaristas dejaron de hablar. Alejandro
avanzó unos metros, eligió un palo y definió. La pelota salió desviada por una
distancia tan exagerada que el arquero ni siquiera se movió. Tampoco hizo
vista, porque si hacia vista le daba torticolis. Primero hubo un instante de desconcierto. Después
una carcajada colectiva. Y finalmente una ovación enorme. Como si hubiera
marcado el gol de la victoria en el último minuto. Está bien que el partido ya
lo ganaba Argentina por 3-0, y eso descomprimía bastante. Pero aquella noche se
ganó definitivamente el corazón de todos. Messi lo abrazó y caminaron juntos hacia
el vestuario.
Pasaron los años, llegaron más
partidos y más convocatorias. Alejandro nunca hizo un gol. Ni en clubes ni en
la Selección. Pero siguió siendo titular, referente, capitán ocasional,
consejero de juveniles y compañero ejemplar.
Hasta que el tiempo, que nunca pierde
un partido, llegó para avisarle que era hora de retirarse. La despedida fue
organizada en el estadio donde había jugado la mayor parte de su carrera: El
Florencio Solá, la cancha de Banfield.
Las entradas se agotaron en menos de
una semana.
Vinieron ex compañeros, rivales
históricos, técnicos, periodistas y dirigentes. Algunos viajaron desde el
exterior sólo para estar presentes. Antes del comienzo proyectaron un video con
las mejores jugadas de su carrera. Duró veinte minutos: no hubo un solo gol. Y,
sin embargo, todos terminaron emocionados.
Cuando Alejandro salió al campo de
juego encontró una bandera gigantesca que cubría media popular.
Decía:
"NO HICISTE GOLES, PERO NOS HICISTE
FELICES. GRACIAS ETERNAS."
El partido transcurrió entre abrazos,
risas y recuerdos. Alejandro tuvo varias oportunidades frente al arco. En una
la tiró por arriba. En otra pateó al cuerpo del arquero. En una tercera logró
algo todavía más difícil: rematar afuera teniendo el arco completamente libre.
Algunos querían que haga un gol, aunque sea en su partido de despedida, otro
no. Se armó un debate bastante gracioso en torno a eso.
Y entonces llegó el minuto noventa. El
árbitro cobró penal, a propósito. Entre risas todos protestaban y lo miraron a
Alejandro. Messi agarró la pelota, se la tiro al pie a Dorado, el público
comenzaba a aplaudir.
Se acomodó frente al punto penal. Miró
al arquero. El arquero lo miró a él. Ambos sonrieron. Treinta y cinco mil
personas se pusieron de pie. El silencio se volvió absoluto. Por un instante
pareció que el destino le ofrecía una última oportunidad para cambiar la
historia. Tomó carrera. Respiró
profundo. Corrió hacia la pelota y… la tocó a un costado, el Curry2 —famoso
influencer del momento— agarró el pase y la metió.
Terminado el partido, el estadio lo
ovacionó. Eran aplausos para una
trayectoria. No para una estadística. Para
una manera de vivir el fútbol. Para un hombre que había demostrado que el
cariño de la gente no siempre se construye con números. Alejandro levantó los
brazos, saludó a las cuatro tribunas y sintió que los ojos se le llenaban de
lágrimas.
Mientras daba la última vuelta
olímpica escuchó decir por los altoparlantes:
—Muchos futbolistas serán recordados
por los goles que hicieron. Alejandro Dorado será recordado por la felicidad
que provocó sin hacer ninguno.
Y por primera vez en toda su carrera,
mientras la multitud coreaba su nombre, Alejandro comprendió que acababa de
convertir el único gol que realmente importaba.
Sábados de Fontanarrosa. Hoy: "Elviro Lezama ('Lezamita')"
“Mundial en Hiroshima (Una crónica en Hiroshima durante el Mundial 2002)”, de Ariel Scher
En esta misma ciudad, el abuelo de Michiko Takayama vio un día cómo ardían las verduras que recién había comprado, y cómo el cielo ya no era más el cielo, y cómo el mundo se desaparecía en un hervor, y cómo el mismo se quedaba en un segundo sin el aire, sin la luz y sin la piel. Michiko cuenta que su abuelo, definitivamente enfermo, murió un poco después de ese día, un poco después del 6 de agosto de 1945, un poco después de la bomba atómica, un poco después de que Hiroshima se transformara en polvo. Su abuelo murió un poco después de que la condición humana se convirtiera, una vez más, en una vergüenza.
Una camiseta de Brasil y una camiseta de Inglaterra desfilan a la espalda de Michiko, que es una mujer de 29 años, mientras ella habla en la entrada del Museo Conmemorativo de la Paz, su lugar de trabajo y también su espacio para ayudar a que el olvido no sume victorias. Michiko ve pasar los turistas y dice: "Me hubiera gustado que Hiroshima fuera sede del Mundial, pero no teníamos un estadio suficientemente grande y la principal inversión de esta época es construir un museo nuevo. Igual, cuando puedo veo los partidos por tevé". El fútbol e Hiroshima se entrecruzan justo en ese momento cuando una familia de hinchas brasileños posterga las emociones de la pelota y palpita otras emociones, distintas y dolorosas, en la puerta de entrada del museo.
Hiroshima queda en el sureste de Japón y en el centro de la memoria humana. Entre setenta y cien extranjeros de los que llegaron a este país para el Mundial van cada día a ver ruinas y homenajes y se petrifican de cara a los restos de lo que hasta 1945 era la Galería de
Promoción Industrial de la ciudad y desde entonces es el esqueleto de un edificio que resistió parcialmente el efecto demoledor de la bomba. Enfundado en la camiseta de la Roma que usa el jugador japonés Hidetoshi Nakata, un hincha inglés llamado Matt siente lo que miles y miles que pasaron por ese sitio en las últimas décadas debieron sentir. Y pregunta una pregunta hecha con poco y capaz de decir todo: ¿cómo pudo ser? Taka, un japonesito de 14 años, camisa blanca, pantalón azul, ojos dulces, lo observa como intuyendo lo que a Matt le pasa. Taka sólo intuye. Nadie puede responder.
Es un martes húmedo y dos clases de visitantes se mezclan entre las conmociones que provoca la más histórica de las zonas de Hiroshima. Hay alumnos que vienen de muchas partes de Japón y hay hinchas de fútbol que llegan desde varias partes del mundo. "Sabemos que esto sigue siendo muy importante", señala Hiroshi, que habla desde casi adentro de su ropa blanca. "Amo al fútbol, pero no podía dejar de venir a Hiroshima", sentencia Paul, un futbolero francés. Entre uno y otro pasan en bicicletas, con celulares en la mano, trajeados, o como sean, los habitantes cotidianos de Hiroshima. Más de uno mira a Paul y vuelca un comentario breve sobre el Mundial. Más de uno, piensa Paul, habrá perdido a alguien aquella vez, en aquel horror.
Muy cerca de esa Hiroshima que es símbolo histórico, hay bares y negocios que permiten la expansión de otro símbolo que no brota de la historia sino que constituye el Japón de estos días. Es el fútbol. En la Hiroshima de la reconstrucción y de la modernidad, hay decenas de jóvenes que se aprietan mirando cómo los futbolistas de su selección repiten y repiten caminos frustrantes contra Turquía hasta quedar eliminados del Mundial.
Frente a un negocio de juegos electrónicos, con una tevé encendida, hay cantos, y hay sufrimientos y hay malasangres fugaces, y, al final, hasta hay aplausos. Todo —el entusiasmo, las miradas, la reunión de gente que atiende un juego— sucede ahí, sobre la tierra que hace 20.771 días, según proclama un cartel electrónico, fue destino de la bomba. ¿Qué entusiasmos, qué miradas, qué reuniones habría en ese mismo lugar antes de que ese cartel y otros miedos empezaran a encenderse?
En un bar de la ciudad, late una mesa de fútbol. Son cuatro estudiantes. Ellas: Aiko, Haruka, Izumi y Yume. Una se viste de selección japonesa a pesar de la derrota, otra le pide fotos a cualquiera que no sea japonés, todas se ríen. Acaban de salir de una clase de inglés y muestran el tercer capítulo de un libro en el que se enseña la historia de Sadako Sasaki, una chiquita que sufrió los efectos del bombardeo cuando cumplió los dos años y murió a los doce, tras luchar y pedir paz durante su intensa vida entera. Las estudiantes cuentan primero sobre Nakata, y sobre otros jugadores, y hasta dicen que la Copa del Mundo es importante para que más gente venga a conocer Hiroshima. Después, una detalla que a su abuela la bomba le dejó herida la espalda para siempre, y otra afirma que su familia quedó intacta, y una más dice que ese día le mataron a su bisabuelo. Un adolescente, en la mesa más próxima, suelta dos frases sobre la eliminación de Argentina y asegura que le gusta el fútbol. Luego habla de agosto del ‘45, y admite que, aunque se lo relaten mil voces, a veces a él, que nació y crece en Hiroshima, le resulta increíble que eso haya sido real.
Cerca de esas murmuraciones, interviene Masako. Es empleada de una perfumería y no se guarda su impresión más fuerte de los días de Mundial en Hiroshima. Cuenta una historia mínima: una tarde de las últimas vio cómo un hincha extranjero lloraba en soledad. Dice que eso pasa y seguirá pasando porque Hiroshima siempre será un dolor, siempre será una advertencia y siempre será renacer. Cómo no llorar.
Ariel Scher
Mundiales: cuentos de fútbol. Grupo Editorial Sur (GES) 2014
Sábados de Fontanarrosa. Hoy: Fontanarrosa y el sexo.
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