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Garantía

 

Por Marito

No todo está muerto.

El Negro siempre decía que el fútbol se había muerto. Lo decía sentado en el banco de madera despintado del club, mientras miraba cómo tres pibes corrían atrás de una pelota desinflada en una cancha que parecía más un terreno baldío que un campo de juego. Y cada vez que lo decía, escupía al costado, como si estuviera largando bronca, pero era por el tema del pucho.

—Esto ya no es fútbol, Toni… esto es un negocio de hijos de puta.

Y uno, la verdad, no podía discutirle demasiado. Porque prendías la tele y era imposible no pensar igual. Presidentes de clubes que parecían empresarios. Representantes fantasmas o bien conocidos que antes eran jugadores de poca monta. Exjugadores devenidos en dirigentes que parecían guardaespaldas o, para peor, exjugadores cuatro de copas que compraban clubes italianos o españoles. Pibes de quince años vendidos como ganado. Clubes fundidos. Presión para privatizar el fútbol, cuando ya habíamos visto que eso era un negocio para pocos, y en esos pocos no estaban los hinchas. Relatores gritándote promociones de apuestas mientras un nueve erraba un gol abajo del arco. Todo era plata. Plata, cámaras, marketing, sponsors, criptomonedas y tipos trajeados hablando del “producto”.

Producto.

Mirá si el fútbol va a ser un producto.

El Negro decía que antes los jugadores transpiraban la camiseta y ahora la publicitaban. Que se parecía más al TC o a la Fórmula 1 que al fútbol. Que solo faltaba el espectáculo de medio tiempo a lo Super Bowl. Y capaz exageraba un poco, porque el Negro exageraba siempre. Pero había algo de verdad en todo eso. Algo que dolía. Como cuando volvés a un barrio donde fuiste feliz y encontrás una torre de departamentos donde antes había un potrero o a Juan, el parrillero, vendiéndote un choripán con su carrito.

Sin embargo, todos los sábados a la tarde ahí estaba él. Parecía el tipo del cuento de Fontanarrosa “Viejo con árbol”. Pantalón corto viejo. Medias caídas. Una camiseta de Independiente que había conocido tiempos mejores. Una riñonera con el escudito gastado del Rojo, cruzada como si fuese una bandolera, de la cual extraía cada tanto un cigarrillo antes de jugar. Porque, aunque puteara al fútbol moderno, jamás había dejado de jugar.

Nos juntábamos en la canchita de atrás de las vías. Éramos un rejunte hermoso de derrotados: el Gordo Sergio, que laburaba doce horas manejando un camión; el Pelado Ruiz, divorciado hacía poco y medio deprimido; el Colo, que tenía dos rodillas detonadas pero igual pedía todas las pelotas al pie; yo, que no puedo correr ni un susto; y varios más que iban cayendo según podían escaparse de la vida rutinaria un rato.

La cancha era un desastre. Tierra seca. Pozos. Un arco torcido. El otro sin red. Cuando llovía parecía Vietnam: solo faltaba Rambo saliendo de un pozo lleno de barro. Y cuando hacía calor levantaba tanto polvo que terminábamos todos color marrón clarito, como milanesas de la abuela del Gordo Sergio.

Pero qué felices éramos ahí adentro.

El Negro, que afuera parecía amargado por el mundo, apenas arrancaba el partido se transformaba. Gritaba, corría, puteaba, se reía solo. Te festejaba un caño como si fuese la final del Mundial. Y si alguno hacía un gol lindo, decía:

—Míralo a este hijo de puta.

Después nos sentábamos en el cordón de la vereda, muertos físicamente y vivos espiritualmente. Abríamos una cerveza tibia porque nadie se había acordado del hielo y hablábamos de fútbol como si todavía fuera nuestro, mientras el Negro se prendía un pucho.

Y creo que ahí entendí algo.

El fútbol de verdad nunca estuvo en la televisión.

Estaba ahí.

En el potrero.

En la risa del Gordo cayéndose solo.

En el “dejala pasar”, que nunca funcionaba.

En el Negro fumándose un puchito antes y después del partido, contando boludeces.

En llegar cansado del trabajo y, aun así, ir a jugar porque necesitabas olvidarte un rato de las cuentas, de los quilombos, de la realidad.

Una tarde cayó el hijo del Colo. Tendría ocho o nueve años. Flaquito, despeinado y con esa energía insoportable que tienen los chicos cuando todavía creen que el mundo puede ser divertido. Se quedó mirándonos desde afuera de la cancha hasta que el Negro le gritó:

—¿Qué hacés ahí parado? Entrá, Messi.

El pibe entró muerto de vergüenza.

Al principio corría sin tocarla nunca, pero en una agarró la pelota en mitad de cancha. Mientras todos lo dejábamos pasar, enganchó para un lado, después para el otro y metió un golcito pedorro al lado del palo, que el arquero se hizo el boludo para no atajársela. Nada extraordinario. Pero salió corriendo festejando con los brazos abiertos como si hubiese ganado la Libertadores.

Y nosotros lo gritamos igual.

No por el gol.

Por la alegría del nene.

Porque en ese segundo todos nos acordamos de cuando éramos así. Cuando el fútbol no era una discusión en redes sociales ni una pelea de cuatro gordos sentados en un canal de cable. Cuando lo único importante era jugar hasta que se hiciera de noche.

El Negro lo miró sonriendo.

—¿Ves? —me dijo bajito, mientras señalaba al pibe—. Esto no te lo pueden chorear los hijos de puta de la FIFA o la AFA.

Y tenía razón.

Porque los dirigentes podrán romper clubes, inventar sociedades anónimas, fideicomisos, vender juveniles, hipotecar canchas y transformar camisetas históricas en carteles publicitarios. Podrán hacer mierda muchas cosas. Pero jamás van a poder entrar a una escuela y sacarle a los pibes las ganas de jugar en el recreo con una botella aplastada. Nunca van a poder impedir que dos amigos hagan un arco con mochilas. Nunca van a lograr que un viejo deje de emocionarse viendo jugar al nieto.

Eso es imposible.

 

Una noche volví caminando solo después de jugar. Las piernas me dolían, tenía tierra hasta en los calzones y parecía Heidi por el chivo bajo el brazo. Pero venía contento. De esa felicidad sencilla que casi nunca aparece —o no le damos bola— y vale muchísimo si nos ponemos a pensar.

Pasé por una plaza y vi a unos chicos jugando un picado abajo de una luz amarilla. La pelota apenas picaba. Uno tenía guardapolvo todavía puesto. Otro jugaba descalzo. Discutían cada lateral como si fuera una pelea entre Trump e Irán.

—Fue mano.

—No fue mano.

—Te juro por mi vieja.

—¿Tu vieja qué, mentiroso?

Y seguían.

Sin VAR.

Sin sponsors.

Sin dirigentes.

Sin representantes.

Solo fútbol.

Me quedé mirándolos un rato largo. Creo que hasta sonreí solo como un boludo. Entonces entendí algo que el Negro venía diciendo hacía años y yo recién esa noche terminé de comprender del todo.

El fútbol profesional capaz está enfermo. Corrupto. Prostituido por tipos que jamás tocaron una pelota descalzos en una calle de tierra. Pero el fútbol de verdad sigue vivo en otro lado. En lugares donde las cámaras no llegan.

Está en el padre que sale antes del trabajo para ver diez minutos a su hijo o que los sábados abandona el descanso para poder ver al pibe jugar.

En el abuelo que escucha partidos por radio, porque así se escucna los partidos y no en una tele ultra HD 4K sacándole lo emocionante y la imaginación de lo que podría estar pasando.

En el utilero de un club bien de ascenso que acomoda la ropa un martes de lluvia. Que sabe que va a laburar como un perro y cobrar poco, pero igual lo hace.

En el Negro, que juega aunque no pueda respirar después de dos piques.

En el potrero.

Siempre en el potrero.

Y mientras exista aunque sea un pibe pateando una pelota contra una pared, el fútbol no se va a morir nunca.

Porque el fútbol no pertenece a los dirigentes.

Ni a la FIFA.

Ni a la AFA.

Ni a la televisión.

Ni a las multinacionales.

Ni a los jeques árabes o empresarios chinos.

Ni a las casas de apuestas.

El fútbol es nuestro. No es un Mundial, no es una Champions o una Libertadores. Es de los que juegan por amor, aunque al otro día tengan que levantarse a las seis de la mañana.

De los que se ríen perdiendo 8 a 2 porque el Negro metió un golazo para poner el descuento.

De los que todavía sienten un nudo en la garganta cuando escuchan el ruido de una pelota bien pateada.

Eso no lo van a entender jamás esos hijos de puta. O lo entendieron, pero se les borró de la cabeza por los billetes. Como dice un tango cantado por Julio Sosa, “Bien Bohemio”:

“Con diez guita' en el bolsillo hasta supe sonreír

En la cola de los vivos a mí no me van a ver

Yo sé bien que soy bohemio

Tengo mucha plata en sueños”.

Nosotros seguimos con ese sueño llamado fútbol, por más que seamos gordos, oficinistas, taxistas, albañiles, arquitectos, cuarentones o cincuentones…

Y mucho menos nos van a poder sacar ese sueño.

Toni Schweinheim
Obra Publicada, expediente Nº 510614. Dirección Nacional del Derecho de Autor




Oportunidad

 

Por Toni

Miseria

 

Por Rocchia

El aguante


 Por El Chapa

Rápido

 

Por Sergio Más

Un cacho de cultura

 

Por Kappel

Sábados de Fontanarrosa. Hoy: "Sueño de Barrio"

En este sabado de Fontanarrosa le traemos un excelente cuento, el cual se ha llevado en innumerables ocasiones al teatro.

¡HASTA SIEMPRE QUERIDO MAESTRO!

 

¡Adiós Nene, el mejor goleador!

"El tercero de nuestros dioses", de Hernán Casciari

Aunque el torneo haya empezado el jueves, en mi cabeza arrancó hace un rato, a los 20 minutos del segundo tiempo del undécimo partido, cuando Messi hizo su primer gol en un Mundial con la camiseta número diez en la espalda.

Quiero olvidarme rápido del primer tiempo de Argentina contra Bosnia; hoy no es día (ni yo soy quién) para hablar de táctica. Prefiero centrarme en un detalle curioso: desde 1998 ningún jugador argentino con la diez en el pecho había marcado un gol. El último fue uno intrascendente del “Burrito” Ortega contra Jamaica en París.

El gol de Messi contra Bosnia le estampa a la camiseta argentina la rúbrica de sus antecesores: Kempes y Maradona. Fue un gol limpio, hermoso, de estilo propio y de importancia psicológica para el grupo, como los que hacían Mario Alberto y Diego Armando. Y también fue un gol en el Maracaná, en ese templo, y en medio de un torneo que se proyecta como el menos frívolo y el más intenso de lo que va de siglo.

Hacía mucho que un Mundial no arrancaba sin más distracciones que las propias del fútbol. Mientras escribo esto se jugaron once partidos y se marcaron 37 goles, a razón de casi tres y medio por barba. Hace cuatro años, Sudáfrica había dejado 18 goles escuálidos a esta altura (1,6 por partido) y no solo eso: seis de esos choques acabaron en empates tristes. En este Mundial de Brasil todavía no hubo empates.

¿Ustedes se acuerdan cuál fue el tema central durante la primera semana de Johannesburgo? Las vuvuzelas. Hablábamos sobre el ruido insoportable que bajaba de las tribunas. No había otra cosa para comentar.


Pero esta vez la Copa se disputa en tierras de raigambre futbolística, y eso nos salva de tribunas neófitas que creen que el fútbol es una fiesta de colores. En las canchas brasileñas la mayoría entiende el reglamento y no malgasta la tarde en hacer la ola, ni en taladrar con bocinas de camión, ni en tomar sopa en los entretiempos.

Hace un rato el Maracaná fue lo más parecido a una cancha de fútbol en los últimos tres mundiales. Me acuerdo en cambio de la tristeza de Japón-Corea 2002, cuando oíamos murmullos de gol en las tribunas cada vez que la pelota se iba al lateral. Nadie entendía un carajo de fútbol. En Brasil esto no ocurre: hay frecuencia pura entre el campo y los tablones.

En lo personal, mi única frivolidad adictiva es ir corriendo a Kiosko.net —después de alguna debacle muy sonada—, para ver cómo reaccionan las portadas regionales a su propio sacudón. El primer terremoto de la semana fueron los cinco de Holanda a España, que los dos países titularon así:

Pensé que me iba a hacer feliz la caída española, pero a la mitad del segundo tiempo empecé a sentir pena por los chicos del Barça. No sé por qué; no esperaba que mi cerebro optara por una reacción tan sentimental, tan de club.

Supongo que ver a Xavi, a Iniesta, a Piqué, a Busquets o a Cesc (todos tan queridos y nobles) con los ojos desencajados y sin saber para dónde salir disparando, me hizo recordar el fin del ciclo blaugrana y se me humedeció la mecha de la felicidad por ver tambalear a España. Solamente me iluminaba el corazón de alegría verle la cara a Sergio Ramos. ¡Ah, qué asco más grande le tengo a ese muchacho!

La segunda catástrofe fue todavía más impensada: Costa Rica le hizo tres a Uruguay y las portadas de los dos países lo vivieron distinto.

El hipotético triunfo de Costa Rica se pagaba 12 a 1 en las casas de apuestas online un minuto antes de empezar el partido. Después del gol de penal de Cavani, apostar por los ticos llegó a pagarse 37 a 1. Y la opción de un marcador final de tres a uno a favor de los débiles cotizó 101 a 1. Es decir, que si al inicio del segundo tiempo le apostabas cien dólares al resultado que acabó siendo, un rato después te llevabas a casa diez mil dólares y cien para el taxi.


Yo no aposté, ni a favor ni en contra. Lo único que hice fue mirar el partido con la boca abierta sin poder creer lo que estaba pasando, con una enorme sensación de angustia.

No quiero que los charrúas se vuelvan pronto a casa. En mi cabeza mundialista, el seleccionado uruguayo funciona como la rueda de repuesto del auto en unas vacaciones largas. Ante cualquier accidente, pinchazo o reventón argentino ahí está siempre la Celeste, en el baúl.

Me gustaría que el Mundial 2014 se mantenga intenso y lleno de emociones fuertes. Me gustaría mucho que Messi vuelva al Maracaná dentro de un mes y repita con la camiseta número diez. Me gustaría que el promedio de goles por partido se mantenga alto y que no suene ni una sola vuvuzela en las tribunas. Y por pedir, también quisiera que Uruguay siga en la Copa, porque es peligroso viajar por los mundiales sin rueda de auxilio.

Ocurra todo esto o no —y sin que incida que Argentina haya ganado hoy— este Mundial me gusta. Es una buena costumbre despertarse y saber que hay tres partidos al día, que la transmisión es siempre cuidada y limpia y que por fin hubo una fiesta inaugural pensada por gente de fútbol; es decir, breve y sin que a nadie le importe un carajo.

Una idea que todavía no se le ocurrió a ningún canal de televisión hispano —o por lo menos no lo he visto— es la de subtitular los himnos iniciales, y traducir los extranjeros al castellano. Sería fantástico entender qué dicen los versos patrios en cada cultura, y con qué palabras los gladiadores se hinchan las venas antes de empezar a defender sus colores y su honor.

Yo hice una pequeña prueba en video con pedacitos de los himnos de Colombia, Brasil y Chile. El resultado es intenso y muy informativo; no es habitual ver a jóvenes fortachones millonarios —en el momento más importante de sus vidas—, gritar frases como “oh gloria inmarcesible” o “la libertad en rayos fúlgidos”.

Si quieren hacerse eco de este pedido, hagan fuerza desde Twitter con #HimnosSubtitulados, a ver si alguien da pelota.

¡Pero no tuitéen durante los partidos, por el amor de Dios!


Habría que instaurar como regla que el que tuitea durante los partidos de Argentina o no está nervioso o el fútbol le chupa un huevo.

Twitter está muy bien para equilibrar la modorra de espectáculos aburridos, como los Juegos Olímpicos o los Premios Oscar. Es correcto, y hasta esperable, hacer chistes de 140 caracteres mientras seis chicas hacen natación sincronizada. Pero tuitear mientras países importantes se juegan la vida en un deporte serio, es un despropósito.

Lamento decirlo públicamente, pero qué vergüenza más grande me provoca espiar —tras la finalización de un partido— la cronología de algunos amigos míos a los que creía muy hombres, y que se han pasado todo el segundo tiempo de Argentina vs Bosnia haciendo chascarrillos sobre el apellido de un centrojás, o sobre la vestimenta del cuarto árbitro.

Que me perdonen mucho, pero los que tuitean en tiempo real mientras once de los nuestros aprietan los dientes, esa gente, no entiende la diferencia entre un Mundial y Masterchef.

Mi papá, que en paz descanse, no podía soportar que volara una mosca en medio de un partido. Si sonaba el timbre o el teléfono a la mitad del Mundial, él ponía gesto de incomprensión del universo y pronosticaba: “O es una vieja o es un puto”. Y siempre era una vieja o era un puto, no fallaba nunca. Una vez fue un mormón, que vendría a ser las dos cosas al mismo tiempo.

Es una suerte que Roberto Casciari haya muerto en 2008, antes de la twittermanía: el pobre no habría soportado descubrir que medio país (incluidos hombres grandes, con pelos en las patas) se hacen los chistosos desde su telefonito mientras Kempes y Maradona esperan en su parnaso al tercero de nuestros dioses. 

Por Hernán Casciari.
Publicado originalmente en su BLOG



Sábados de Fontanarrosa. Hoy: El humor negro del negro.

Es sabido que el maestro Fontanarrosa tenia un manejo estupendo del humor negro. Hicimos una pequeña selección de chistes de ese tenor, no son muy conocidos y aquí están:

Fiesta


 Por Toni

Garantía

  Por Marito


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