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Ensayo sobre el síndrome del mufa: una aproximación pseudocientífica a un fenómeno futbolero
Hay temas que la ciencia todavía
no ha podido explicar. El origen del universo. La conciencia humana. El
funcionamiento del VAR por parte de los árbitros argentinos. Y, por supuesto,
la aparición del mufa.
Toda selección victoriosa, o en
camino a serlo, convive con un enemigo silencioso. No es el rival de turno, ni
el árbitro, ni la altura de Ecuador o Bolivia, ni siquiera las tandas de
penales. Es una presencia mucho más sutil, casi imperceptible, que aparece cuando
el sueño está al alcance de la mano. Hablamos del piedra, del yetatore, del
fulmine, del lagarto... del mufa.
Desde la antigua Grecia, ya hubo
indicios de esta patología. El filósofo griego, Hematocrito de Siracusa (425 -
399 a. C.= 26 a. C.), quien falleció joven luego de que una columna del Partenón
se le cayera encima al intentar volver a Grecia, nos hablaba del Γρουσουζιά,
traducido como “Yeta”. Y de cómo esta podía influir no solo en forma individual,
sino que a nivel sociedad. Por tales
cuestiones, existía el llamado ostracismo para aquellas personas que eran un
peligro para la democracia o el destierro para aquellas personas que cometían algún
delito como homicidio o eran peligrosos para la sociedad griega. Hematocrito,
fue un impulsor en la antigua Grecia de accionar el dispositivo del ostracismo
para aquellos que puedan ser considerados mufas. Por dudosas cuestiones, fue
Hematocrito quien padeció el ostracismo, cuando afirmó que Aquiles era
invencible y que los enemigos tenían que tener mucha suerte para darle justo al
talón.
Pero volvamos a nuestra época. Resulta
llamativo que este individuo permanezca oculto durante meses, incluso años. No
suele aparecer en amistosos contra Estonia, tampoco durante un
Argentina-Bolivia un martes lluvioso por Eliminatorias. Mucho menos a nivel
clubes. Mientras la selección transita
partidos intrascendentes, el sujeto desarrolla una vida completamente normal.
Usted jamás sospecharía de él. Va al supermercado, trabaja, lleva a los chicos
al colegio y hasta puede pasar por una persona agradable. Pero llega un
Mundial. O una final de Copa América. O una semifinal olímpica. Y algo sucede. El
mufa despierta.
Lo curioso es que, en la inmensa
mayoría de los casos, ni siquiera es un verdadero seguidor de la selección. No
conoce las convocatorias, confunde laterales con extremos y probablemente crea
que el doble cinco es una formación policial. Su vínculo con el fútbol es
superficial, casi decorativo. Lo mínimo e indispensable para sostener una
conversación de ascensor. Casi como lo es el clima. Sin embargo, cuando el equipo entra en
instancias decisivas, experimenta una transformación digna de estudio.
Los especialistas sostienen
—especialistas que, por supuesto, no existen, pero que serían muy prestigiosos
si existieran, pero son especialistas al fin y al cabo— que el cuerpo humano
libera, durante las etapas definitorias de una competencia, una sustancia muy
similar a las feromonas. Dicha secreción transporta información relacionada con
la ilusión colectiva, el nerviosismo y esa esperanza ingenua de la felicidad en
torno a lo social definido.
Para la enorme mayoría de la
población esa sustancia es completamente inocua. Para el mufa, no. Las investigaciones más serias dentro de la
pseudociencia futbolera indican que estas personas poseen unas diminutas
glándulas receptoras, todavía imposibles de detectar mediante resonancias o
análisis clínicos, capaces de interpretar esa señal química. Una vez activadas,
desencadenan un mecanismo completamente involuntario. A saber:
- El organismo envía impulsos eléctricos al cerebro.
- El cerebro responde con una sola orden: "Es momento de mufarla."
- El sujeto comienza a gritar goles antes de tiempo o a realizar aplausos de la nada.
- También, varios científicos han descubierto que se sientan a mirar tal o cual partido sin objetivo alguno.
A partir de ese instante, el
individuo comienza a emitir una serie de conductas características. Empieza a
utilizar frases que jamás pronunció durante el resto del año. Publica una
bandera argentina en sus redes sociales. Cambia la foto de perfil. Compra una
camiseta en la boliferia o en internet, casi siempre trucha. Algunos más pudientes suelen reventar el
sueldo en el store de la marca patrocinante de la selección. Descubre que
siempre fue hincha de la selección. Habla de "nuestros muchachos".
Opina sobre planteos tácticos. Y, lo más preocupante de todo, comienza a realizar
afirmaciones categóricas, las cuale son salen de las siguientes:
- "Vamos a salir campeones."
- "Ya está, no se nos escapa."
- "Somos mucho más que ellos."
- “GOOOOOOOOL” (cuando la pelota esta todavía en el pie del pateador)
- “Hoy le metemos cinco”
Es precisamente en ese momento
cuando las personas de su entorno deben permanecer alertas. No se trata de
discriminar ni de generar una caza de brujas. No, por favor, no lo tome de esa
manera. El síndrome del mufa no distingue edad, profesión, nivel educativo ni
condición social. Puede manifestarse en un contador, un médico, un remisero, un
profesor universitario o ese primo que aparece únicamente para los asados
importantes y sin poner un peso. Hasta presidentes de la Nación han sufrido de
esta patología.
La detección temprana.
Existen algunos indicadores
tempranos. El sujeto comienza a escribir "Vamos Argentina" con una
frecuencia inusual. Usa demasiados emojis de copas. Habla del partido faltando
cuatro días. Les desea suerte a los jugadores como si alguno fuese a leer su
historia de Instagram. Incluso puede llegar a decir "tranquilos, ya somos
campeones", frase considerada de riesgo extremo por toda la comunidad
futbolera. Comienzan a preocuparse a donde ver el partido. Curiosamente el
ultimo match que vieron fue la de un evento mundialista cuatro años atrás, o en
su defecto, dos años por la Copa América.
Ante cualquiera de estos
síntomas, mantenga la calma. No confronte al paciente. No intente convencerlo
con estadísticas. No discuta. No trate de explicarle nada. La experiencia
demuestra que la mufa rara vez responde a argumentos racionales. Durante años se creyó que este comportamiento
era exclusivamente cultural. Sin embargo, estudios realizados por hinchas
especializados en detectar mufas, en distintas canchas del país concluyeron que
el fenómeno tiene un fuerte componente biológico. Nadie elige ser mufa. Del
mismo modo que nadie decide vomitar cuando otro vomita o tener hipo después de
tomar gaseosa demasiado rápido. Es algo evolutivo.
Por esa razón, distintos
organismos internacionales —cuyos nombres tampoco conviene chequear demasiado,
porque de seguro son mufas— elaboraron protocolos preventivos para minimizar el
riesgo de contagio emocional que producen estos individuos.
La Organización Mundial de la
Salud (OMS), presionada durante años por la comunidad futbolera internacional,
difundió una serie de recomendaciones para los ciudadanos que entren en
contacto con una persona afectada por el síndrome del mufa.
Las medidas son simples y han
demostrado una eficacia extraordinaria, aunque imposible de comprobar
científicamente. Pero en estas épocas a nadie le importa el rigor científico,
sino fíjese como estamos. Las medidas de
precaución son las siguientes:
- Si usted es varón, deslice discretamente su mano derecha hacia la entrepierna izquierda, procurando que el movimiento resulte natural y no despierte sospechas.
- Si usted es una dama, apoye suavemente la mano derecha sobre el corazón, como si estuviera sonando el himno nacional.
- No haga movimientos bruscos para que no se enfoque en usted y lo miré.
- No establezca contacto visual prolongado.
- Si puede, diga “anulo mufa”, tantas veces como pueda. Si no puede decirlas en voz alta por temor, dígalas internamente.
- Siempre tenga a mano alguna imagen de Pugliese.
- También puede repetir “Pugliese, Pugliese, Pugliese”.
- Y, bajo ninguna circunstancia, responda a frases como "ya está ganado" con un "sí, olvídate".
La prevención sigue siendo la
herramienta más eficaz.
Porque en el fútbol moderno
existen muchas variables imposibles de controlar: el estado del campo de juego,
el viento, un rebote desafortunado, un penal dudoso o una lesión inesperada. Pero
si hay algo que jamás debe subestimarse es la capacidad de un mufa para
aparecer exactamente cuando todo viene demasiado bien. Tenga cuidado. Esté
alerta. No es para preocuparse, es para ocuparse. Incluso esto que usted acaba
de leer puede llegar a ser mufa, o tal vez sea usted el piedra. Así que por las
dudas: anulo mufa.
Bibliografía.
Acuchi, D. (1958). Introducción a la Mufología Comparada.
Editorial La Piedra.
Bianchi, E., & López, H. (1973). Fenómenos Yetatorios en
Competencias Deportivas Sudamericanas. Instituto Nacional de Ciencias Exactamente
Incomprobables.
Boveri, A. (1966). Manual de Profilaxis contra el Piedra.
Universidad Popular de Villa Ortúzar.
Casella, J. P. (1988). Feromonas Futbolísticas y Conductas
de Riesgo en Tribunas. Revista Argentina de Biología Futbolera Marciana, 12(3),
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Fernández, O. (1997). El Lagarto: evolución de una amenaza
silenciosa. Editorial Tiempo Suplementario.
Gómez, L., & Santoro, F. (2002). Neuroquímica del
"Ya Somos Campeones". Anales del Instituto de Estudios Sin Sustento Científico
en Base a Tik-Tok, 8(1), 13-39.
Instituto Nacional de Mufología Aplicada. (1994). Atlas
Anatómico del Homo Mufensis. Gerli Oeste, ahí a dos cuadras del Plaza Vea.
Provincia de Buenos Aires.
Pérez, M. (2022). El Fulmine y otras enfermedades del
optimismo deportivo. Editorial Lo Vi En Instagram Y Debe Ser Cierto.
Rodríguez, C. (2011). Mufa, azar y superstición: una
aproximación epidemiológica. Fondo Editorial Financiado por la CIA, el Vaticano, el FBI y la
AFA.
Sosa, G. (1974). Tratado General sobre el Síndrome del
Piedra. Academia Rioplatense de Ciencias Esotérico-Deportivas. Ministerio de
Regulación del Tarot.
El presentismo.
Nadie en la oficina sabía exactamente a qué hora se iba Ricardo. Bueno... todos lo sabían. Lo que nadie sabía era cómo hacía. A las tres y veinte seguía sentado frente a la computadora. A las tres y veinticinco aparecía con un café. A las tres y media discutía con Sistemas porque "la impresora otra vez no imprimía". A las tres y treinta y cinco desaparecía. Como si se evaporara. A veces se iba a las tres menos cuarto. Otros días a las cuatro. Pero siempre era el mismo modus operandi. Y cinco minutos después, después de su huida llegaba un mensaje al grupo:
—¿Alguien vio a Ricardo?
Y siempre aparecía alguno con la misma respuesta.
—Debe estar en el baño.
—Habrá bajado a fumar.
El baño de Ricardo debía quedar en otra provincia, porque no
volvía hasta el otro día. O se iba a fumar directamente a las plantaciones de
tabaco. Al rato del mensaje de algún compañero en el grupo, respondía con algún
misterio insoslayable de la vida cotidiana:
Que el dentista.
Que el nene tenía acto.
Que la suegra.
Que el registro.
Que le viene el plomero.
Que tenía que hacer un trámite impostergable a la DGI, AFIP,
ARCA, ANSES o la NASA.
El primer viernes llamó a Ricardo. El miércoles se había rajado
a las dos y media de la tarde.
—Sentate— dijo en tono imperativo. Ricardo se sentó.
—¿Usted consciente de que en los últimos ocho meses acumuló
treinta y nueve retiros anticipados?
Ricardo hizo una cuenta mental. Cuatro victorias, ocho
empates y tres derrotas.
—Puede ser... —atinó a susurrar Ricardo.
—No "puede ser". Es.
Hubo un silencio atroz.
—¿Tiene algún problema familiar? —volvió a la carga el
gerente.
—No. A veces mi suegra, pero…
—¿De salud? —lo cortó tajante el jefe.
—No.
—Entonces explíqueme.
Ricardo lo pensó. Podía mentir. Decirle los actos del nene, pero
iba en el turno mañana. Lo de la suegra ya no pasó el filtro. Algo psicológico,
pero no, después le hacían carpeta y cagaba. Pero estaba cansado y ya no quería
pensar más excusas:
—Me voy a la cancha. —dijo, por fin Ricardo. El gerente
levantó la vista y alzó los codos sobre el escritorio.
—¿Cómo?
—A la cancha.
—¿Así nomás me lo dice?
—Así nomás.
—¿¡Y le parece bien!? —explotó el gerente.
—No.
—¿Entonces?
—Pero tampoco me parece bien perderme un partido por rellenar
un Excel que puedo hacer mañana, si no se va a morir nadie.
El gerente respiró hondo, pero estaba rojo de furia ya. Abrió
un cajón. Sacó una carpeta y la apoyó sobre el escritorio.
—Recursos Humanos va a iniciar un proceso disciplinario.
—dijo gravemente—, Ricardo miró la carpeta como si fuera un certificado de
defunción.
—¿Tan grave es?
—No es por un día.
—Ya sé.
—Es por todos.
Ricardo asintió. Porque tenía razón. No era un error. Se había
zarpado. Pero no sintió culpa, había valido la pena. El club por sobre todas
las cosas. Igualmente se sentía algo pelotudo. Su estado de ánimo oscilaba
entre el heroísmo de haber ido siempre a la cancha y la estupidez de haber
hecho la pelotudez de descuidar el laburo en épocas de vacas flacas.
Los días transcurrieron mientras esperaba que lo llamaran de Recursos Humanos. Ricardo empezó a descubrir algo raro: cuando entraba los compañeros lo saludaban distinto, como si ya estuviera despedido. Uno le dijo: “Che... cualquier cosa avisá”. Otro le daba una palmada en la espalda cada vez que lo veía. Hasta el de Seguridad, que nunca levantaba la vista del celular, le deseaba suerte cada vez que lo cruzaba. Era increíble: llevaba doce años trabajando ahí y recién parecía caerles simpático cuando estaba por quedarse sin trabajo.
El llamado de Recursos Humanos llegó un jueves. Tres de la tarde. La misma hora en la que jugaba el equipo. Pensó que era una provocación. Que el gerente se lo había hecho a propósito. Subió al sexto piso. Sentía en la nariz un olor a hospital, capaz era la salita de primeros auxilios que estaba contigua a la oficina de Recursos Humanos. Pensó que en tantos años de laburo nunca conoció al gerente de RRHH. Le pareció loco. Porque cuando entró a laburar, eran tan pocos que el papeleo lo había hecho su antiguo jefe. El chirrido de la puerta lo sacó de sus pensamientos:
—Pase, lo está esperando. —dijo una mujer medio canosa,
haciendo un ademán con la mano.
Ricardo entró. El hombre levantó la cabeza. Lo miró apenas
un segundo. Y sonrió.
—No puede ser...
Ricardo frunció el ceño.
Sentía haber visto esa cara. Pero no sabía de dónde.
—¿Vos sos Ricardo Bogado, legajo 42.151?
—Sí.
—¿Va a la popular sur, de casualidad?
Ricardo tardó unos segundos, no esperaba una pregunta así en
su vida.
—... ¿Cómo?
—Popular sur. Siempre atrás del arco. —remató el gerente de
Recursos Humanos. Ahora sí. Lo reconoció.
El tipo de la campera azul gastada. El que discutía con todo el mundo. El
que cada tanto aparecía con una bolsa de maní o semillas de girasol. El que se
fumaba como 40 cigarrillos por tiempo.
Los dos se rieron. Como si se hubieran encontrado en un
asado. A Ricardo le volvió el alma al cuerpo, y el trabajo, que no es poco.
—Vos sos el de la bandera que dice "Aunque ganes o
pierdas"—preguntó Ricardo.
—La misma.
—¡Qué chico es el mundo!
—Más chico es nuestro clásico. Sentate, ahí pido un café.
Hablaron diez minutos.
De la formación. Del técnico. Del cinco que era un desastre. Del árbitro
del domingo. De la campaña malísima. De
la vieja. De los viajes. De aquella vez que casi se agarran con la
hinchada rival. De como siempre iban a la misma tribuna y nunca se hablaron. En
un momento Ricardo pensó: "Listo. No pasa nada. Zafaroli"
Cuando el café se terminó, la charla también, el gerente
cerró la carpeta. La sonrisa
desapareció.
—Bueno.
Ricardo sintió el cambio de clima. Como cuando el árbitro se
lleva el silbato a la boca para cobrar un penal en contra o rajar a un jugador.
—Ricardo...
—Sí.
—Ojalá esta reunión hubiera sido en otro lado y en otras
circunstancias.
—Pero...
—Tengo que desvincularte de la empresa.
El silencio se sintió fuerte, como cuando en el clásico te
lo empatan a último minuto, o incluso peor, cuando te lo ganan.
—¿Cómo? — atinó a decir Ricardo.
—La decisión ya está tomada.
—Pero recién...
—Sí.
—Pensé que...
—Yo también voy a la cancha.
—Entonces entendés.
—Justamente por eso. Hay que saber separar las cosas.
Ricardo no respondió.
—Si te salvo a vos porque compartimos una tribuna, mañana no
puedo mirar a nadie a la cara.
Le acercó el sobre con los papeles del despido.
—Créeme que preferiría estar hablando del partido que viene.
Ricardo tomó el sobre sin abrirlo. Se levantó. Cuando llegó a la puerta, el gerente habló
otra vez.
—Che.
Ricardo se dio vuelta.
—El próximo partido... ¿vas?
Ricardo levantó apenas el sobre.
—Ahora tengo tiempo de sobra —dijo irónicamente.
El otro hizo una sonrisa triste.
—Nos vemos en la popular.
La semana siguiente fue la primera en doce años en la que Ricardo
no puso el despertador. Se despertó igual a las siete. Por costumbre. Estuvo un rato mirando el
techo. No tenía que fichar. No tenía reuniones. No tenía planillas de Excel que
completar con comprobantes. No tenía un
sueldo. Pero el futbol seguía, no se detenía.
---
El miércoles por la tarde, porque la AFA pone partidos a
cualquier día y horario ya, llegó a la cancha más temprano que de costumbre. No porque hiciera falta. Porque no tenía otra
cosa que hacer. El ritual era el mismo
de siempre.
Mientras caminaba hacia la popular vio la bandera de
siempre: “Aunque ganes o pierdas”. Y debajo, acomodándola entre dos caños,
estaba él. El gerente. Vestido
exactamente igual que cualquier otro domingo. Los dos se miraron. Hubo un segundo incómodo. Después el gerente
levantó una mano.
—¿Qué hacés?
—Acá ando.
—¿Todo bien?
Ricardo hizo esa mueca que significa cualquier cosa menos
"todo bien".
—Y... buscando laburo.
El otro bajó la mirada.
—Perdóname…
—Ya está, el moco me lo mandé yo.
—No.
—Sí.
—No sabés lo mal que la pasé.
Ricardo sonrió.
—¿Sabés cuándo la pasé mal yo?
—¿Cuándo?
—Cuando vi la liquidación de mierda que me hicieron.
Los dos largaron una carcajada.
Era raro. Cinco días antes uno le había sacado el trabajo al
otro. Y sin embargo estaban hablando
como dos hinchas comunes y corrientes. Porque
la cancha tiene esa extraña capacidad de borrar durante noventa minutos todo lo
que afuera parece importante.
---
El partido empezó horrible. El equipo no daba dos pases seguidos.
El nueve estaba más lento que Ricardo terminando un Excel. El volante marcaba a dos metros. Y el técnico seguía convencido de que todo se
arreglaba haciendo cambios cuando el otro equipo metía al menos dos o tres
goles. La tribuna empezó con los insultos de siempre. Los defensores regalaban pelotas a los
rivales. El arquero no salía… A los
treinta y ocho del segundo tiempo seguían cero a cero. El empate no servía. Era
mas de lo mismo. Otra vez sin nada porque pelear. La gente ya empezaba a irse. Alguno
insultaba al presidente. Otro pedía elecciones. Uno proponía incendiar la sede
con los dirigentes adentro. Todo muy normal como siempre. Hasta que un centro
desde la derecha. Un rechazo corto. La pelota quedó picando. El cinco, que no
hacía un gol desde la pandemia, pero no de COVID-19, de la peste negra, sacó un
derechazo imposible. La pelota entró pegada al palo. Por un instante nadie entendió nada. Después
explotó la tribuna.
Ricardo sintió un abrazo que casi le afloja dos costillas. Era
el gerente. Los dos gritaban. Saltaban. Se sacudían. No eran gerente y empleado. No eran
despedidor y despedido. Eran dos tipos festejando el mismo gol. Durante unos
segundos desaparecieron las oficinas, los memorandos, las sanciones, las firmas
y las indemnizaciones. Sólo existía esa pelota adentro del arco. Todo a pesar
que era un partido del montón. Tal vez las emociones de la semana de los dos
hicieron que ese gol fuese épico. Cuando
terminó el festejo se quedaron riendo, agotados.
—¡Te rompí los anteojos! —dijo el gerente.
—No importa.
—Perdón.
—Con la indemnización me compro un vidrio.
Los dos volvieron a reír.
La gente salió cantando. Como siempre, parecía que ese
triunfo solucionaba todos los problemas del país y del mundo, a pesar que el
equipo estaba de la mitad para abajo en la tabla.
Ricardo y el gerente caminaron juntos unas cuadras sin
hablar demasiado. Hasta que llegaron a una esquina. El gerente se frenó.
—Che...
—¿Qué?
—¿Conseguiste algo?
—Todavía no.
El hombre metió la mano en el bolsillo. Sacó una tarjeta.
—Tengo un amigo.
Ricardo la miró.
Era una empresa bastante grande.
—Están buscando gente de confianza y mucha experiencia para
administración.
—¿En serio?
—Sí. Decile que vas de parte mia. Ya está todo arreglado.
—¿Y por qué me ayudás?
El gerente no dijo nada y se señaló el escudo en la campera
gastada. Ricardo guardó la tarjeta. No dijo gracias. Siguieron caminando. A los
pocos metros se despidieron.
---
Dos semanas después Ricardo empezó a trabajar en esa
empresa. Ganaba un poco más. Le quedaba más cerca. Y, para sorpresa de todos, jamás volvió a
irse antes. No porque hubiera cambiado. Porque
el nuevo jefe era hincha del clásico rival.
Y Ricardo había aprendido una lección que nunca figuró en ningún manual de
procedimientos de Recursos Humanos. Hay cosas que uno puede discutir: el
sueldo, las vacaciones, el horario, hasta el convenio. Pero no podés discutir
de fútbol con el pelotudo que es hincha de tu clásico rival, y más si es jefe. Por
eso, Tomás, porque así se llama el gerente de Recursos Humanos, cada vez que el
equipo jugaba un día de semana y veía que Ricardo no estaba, sonreía, porque
estaba laburando, porque tenía laburo y por fin lo cuidaba.
El fútbol, en cambio, tiene otras reglas. En la tribuna
nadie pregunta de qué trabajás. Ni cuánto cobrás. Ni si sos gerente. Ni si sos
cadete. Ni quién firmó tu despido. Cuando la pelota entra, durante un abrazo
que dura apenas cinco segundos, todos son exactamente iguales. Claro, a menos
que vayas al palco, pero ese es otro tema en el cual no vamos a entrar en
detalles.
Sábados de Fontanarrosa. Hoy: "Compilados de chistes de la Revista Viva".
"Fútbol, ¿El opio de los pueblos?", de Eduardo Galeano,
¿En qué se parece el fútbol a Dios?. En la devoción que le tienen muchos creyentes y en la desconfianza que el tienen muchos intelectuales.
En 1880, en Londres, Rudyard Kipling se burló del fútbol y
de “las almas pequeñas que pueden ser saciadas por los embarrados idiotas que
lo juegan”. Un siglo después, en Buenos Aires, Jorge Luis Borges fue más que
sutil: dictó una conferencias sobre le tema de la inmortalidad el mismo día, y
a la misma hora, en la selección argentina estaba disputando su primer partido
en el Mundial del ’78.
El desprecio de muchos intelectuales conservadores se funda
en la en la certeza de que la idolatría de la pelota es la superstición que el
pueblo merece. Poseída por el fútbol, la plebe piensa con los pies, que es lo
suyo, y en ese goce subalterno se realiza. El instinto animal se impone a la
razón humana, la ignorancia aplasta a la Cultura, y así la chusma tiene lo que
quiere.
En cambio, muchos intelectuales de izquierda descalifican al
fútbol porque castra a las masas y desvía su energía revolucionaria. Pan y
circo, circo sin pan: hipnotizados por la pelota, que ejerce una perversa
fascinación, los obreros atrofian su conciencia y se dejan llevar como un
rebaño por sus enemigos de clase.
Cuando el fútbol dejó de ser cosas de ingleses y de ricos,
en el Río de la Plata nacieron los primeros clubes populares, organizados en
los talleres de los ferrocarriles y en los astilleros de los puertos. En aquel
entonces, algunos dirigentes anarquistas y socialistas denunciaron esta
maquinación de la burguesía destinada a evitar la huelgas y enmascarar las
contradicciones sociales. La difusión del fútbol en el mundo era el resultado
de una maniobra imperialista para mantener en la edad infantil a los pueblos
oprimidos.
Sin embargo, el club Argentinos Juniors nació llamándose
Mártires de Chicago, en homenaje a los obreros anarquistas ahorcados un primero
de mayo, y fue un primero de mayo el día elegido para dar nacimiento al club
Chacarita, bautizado en una biblioteca anarquista de Buenos Aires. En aquellos
primeros años del siglo, no faltaron intelectuales de izquierda que celebraron
al fútbol en lugar de repudiarlo como anestesia de la conciencia. Entre ellos,
el marxista italiano Antonio Gramsci, que elogió “este reino de la lealtad
humana ejercida al aire libre”.
Desde la AFA proponen hacer un “Piedrazing Break”, un “Running a Esos Putos Break” o un “Drying Nuca Break” en los partidos del Torneo Clausura.
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| Drying nuca Break. Se vendría al Fútbol argentino. |
A pesar de que la medida de transformar un partido de fútbol
en cuatro cuartos despertó polémica, la idea busca instalarse en el fútbol
argentino. “Hoy los partidos del fútbol argentino se interrumpen por banderas,
piedrazos, violencia, rosca de dirigentes... bueno, vamos a blanquearlo”,
sostiene otro cráneo de la AFA.
Lo aplicado no sería, en principio, la “pausa de
rehidratación” tal como la vimos en el Mundial, sino que estaría aggiornada al
fútbol argentino. “Mirá, vamos a tener el ‘Piedrazing Break’ para que las
hinchadas se caguen a piedrazos o bien caguen a piedrazos a jugadores,
árbitros, otros hinchas o dirigentes... bueno, dirigentes no”, explica otro
dirigente.
“Lo más probable es que hagamos el ‘Running a Esos Putos
Break’ para que la barra corra a todo lo que se mueva. El tema es que no sé si
alcanzarán cinco minutos; capaz lo extendemos a media hora o un día, hay que
ver”, desliza otro dirigente.
“Lo que sí ya tenemos definido es el ‘Drying Nuca Break’, porque
todo dirigente tiene derecho a que le sequen la nuca cuando mire el partido”,
comenta, por último, otro dirigente.
No hiciste goles
Cuando uno piensa en un delantero de fútbol imagina otra cosa. Se imagina a esos tipos de mandíbula apretada que salen en los afiches publicitarios señalando el arco con cara de pocos amigos. Se imagina goleadores que viven para romper redes, que festejan trepados al alambrado y que tienen una colección de camisetas intercambiadas con arqueros derrotados. Un vikingo a lo Haaland. Un tanque alemán a lo Klinsmann. Un puma bestial como Mbappé. Ni hablar de un CR7. O una flecha dorada como lo era el Bati.
Alejandro Dorado no se parecía a
ninguno de ellos. Era alto, cerca de un metro noventa, flaco como un poste de
luz y de hombros angostos. Tenía la piel morena, castigada por el sol de tantas
canchas de tierra, unos ojos color café que siempre parecían estar sonriendo y
un pelo negro donde muchos peines se rindieron. Era como un Peter Crouch, pero
nuestro.
Su aspecto tampoco ayudaba a imponer
respeto. Mientras otros delanteros intimidaban con tatuajes, músculos y gestos
desafiantes, Alejandro tenía cara de profesor de escuela secundaria o de empleado
bancario que acababa de salir de la oficina para jugar un picado con amigos. Una
cara de buenazo, y lo era eh.
Sin embargo, cuando entraba al área
rival ocurría algo extraordinario. No porque hiciera goles. Justamente, por lo
contrario. Alejandro Dorado era incapaz
de convertir un gol. Le tenía alergia. Parecía que tenía un pacto con la pelota
en la que esta nunca iba a tocar la red. No es que le costara. No es que
estuviera atravesando una mala racha. No es que le faltara definición. Lo suyo
era otra cosa, algo tan difícil de explicar como de creer. Parecía existir una
fuerza misteriosa que se interponía entre él y el gol. Por eso, con el tiempo,
la gente empezó a llamarlo "El Dorado", porque encontrar un gol suyo
era tan improbable como encontrar la ciudad perdida de oro. El apodo nació en
una transmisión radial y terminó acompañándolo durante toda la vida.
Lo curioso era que Alejandro jugaba
bien. Muy bien. Controlaba la pelota con elegancia, tenía una visión de juego
extraordinaria y poseía una inteligencia táctica que cualquier entrenador
hubiera firmado sin dudar. Sabía cuándo tirarse atrás para asociarse con los
mediocampistas, cuándo abrir espacios para los extremos y cuándo presionar a
los defensores rivales. Colaboraba con todos en todos los espacios. En
cualquier otro puesto habría sido considerado un fenómeno. Pero era nueve de área. Y a los nueves se los juzga por una
estadística muy simple: los goles.
Su debut en Primera División ya había
sido una advertencia. Ingresó faltando quince minutos, encaró al arquero en una
corrida memorable y definió tan mal que la pelota terminó pegándole a una
cámara de televisión. Los hinchas se agarraron la cabeza. El técnico se quedó
congelado. Y el pibe de diecinueve años
volvió trotando al círculo central con una sonrisa tímida, como quien pide
disculpas por haber roto un florero o un macetero jugando en la casa. Los
hinchas dijeron que era pibe, que ya iban a venir los goles… y todo eso que
dicen los hinchas como para darse más animo a ellos que al jugador. Nadie
imaginaba que aquello recién empezaba.
Durante los años siguientes acumuló
errores que parecían inventados por el Negro Fontanarrosa. Una tarde dejó
desparramados a cuatro defensores y al arquero. El arco estaba completamente
vacío. Los relatores ya gritaban el gol antes de tiempo. Alejandro remató con
tranquilidad y la pelota pegó en un pozo de tierra que se había hecho con los
botines de los jugadores en la tierra húmeda, cambió de dirección y salió por
la línea lateral. Ni García Marquez se hubiese jugado con tal realismo mágico.
En otra ocasión ejecutó una chilena
perfecta que habría ocupado las tapas de todos los diarios deportivos del
continente si no fuera porque terminó impactando contra el banderín del córner.
Los videos se viralizaban en las redes
sociales. Los programas deportivos repetían las jugadas durante semanas. Los
periodistas buscaban explicaciones técnicas, psicológicas y hasta esotéricas. Algunos
afirmaban que sufría ansiedad. Otros hablaban de mala suerte. Un ex árbitro devenido
en panelista llegó a sostener que estaba embrujado.
Alejandro escuchaba todas las teorías
y se reía.
—Lo importante es que ganamos, el gol
lo puede hacer cualquiera —decía.
Lo extraordinario era que jamás perdió
el buen humor. Nunca discutió con un compañero. Nunca respondió una crítica. Nunca
una tarjeta. Nunca señaló a otro por una derrota. Mucho menos se adjudicaba la
victoria cuando el equipo ganaba por un centro o una asistencia suya. Porque el
tipo ponía todo eh.
Y cuando alguien le preguntaba cómo
hacía para soportar tantas bromas por su eterna pelea con el arco, respondía:
—Soy furor en las redes… ¿Qué más querés?
Esa forma de ser terminó conquistando
a todos.
A los compañeros les gustaba compartir
concentraciones con él porque siempre tenía una historia para contar. Los
utileros lo adoraban porque era el único jugador que agradecía cada detalle.
Los hinchas comenzaron a comprender que estaban frente a un personaje
irrepetible.
Cada vez que tomaba la pelota cerca
del área se producía un fenómeno extraño. La gente se levantaba de sus
asientos. No para anticipar un gol. Para descubrir de qué manera lo iba a
errar. Y Alejandro nunca defraudaba:
En Rosario, una vez, remató tan alto
que la pelota cayó sobre el techo de un restaurante ubicado detrás de una
tribuna. En Córdoba reventó un cartel publicitario situado a veinte metros del
arco.
En Mendoza, contra Godoy Cruz, vio al
arquero adelantado, le pegó de lejos… tan mal que terminó habilitando a un
compañero, quien convirtió el gol del triunfo.
Con el paso de los años dejó de ser
simplemente un futbolista. Se transformó
en un personaje popular. Las hinchadas rivales lo aplaudían cuando ingresaba. Los
chicos pedían su camiseta. Los programas de televisión lo invitaban más por
simpático que por futbolista. Sin darse cuenta, Alejandro había logrado algo
que muy pocos consiguen: que la gente quisiera que le fuera bien. Como cuando
todos celebrábamos al ex entrenador de Brown de Adrogué: Pablo Vicó.
Cuando se anunció su convocatoria a la Selección Argentina, el país entero quedó paralizado. Los periodistas deportivos reaccionaron como si se hubiera producido una catástrofe. Como cuando al Diego le cortaron las piernas. Durante semanas se debatió el tema en radio, televisión y diarios. ¿Cómo van a convocar a un delantero sin goles?
Lionel Scaloni fue consultado en
conferencia de prensa. Su respuesta se hizo famosa.
—Hay futbolistas que mejoran un equipo
por lo que hacen con la pelota. Dorado mejora un grupo desde que entra hasta
que sale del estadio. Esto es por el grupo. Lo más importante en el futbol es
el grupo. Lo pueden ver en todos lados,
el grupo de amigos, el grupo de hinchas que va a la cancha. El grupo es todo.
El debut ocurrió en un amistoso
internacional. Cuando el cartel luminoso anunció su ingreso, el estadio completo
comenzó a corear su apellido. No importaban los colores de las camisetas ni el
resultado del encuentro. Todos querían presenciar ese momento.
El país entero contuvo la respiración.
Los relatores hicieron silencio. Los comentaristas dejaron de hablar. Alejandro
avanzó unos metros, eligió un palo y definió. La pelota salió desviada por una
distancia tan exagerada que el arquero ni siquiera se movió. Tampoco hizo
vista, porque si hacia vista le daba torticolis. Primero hubo un instante de desconcierto. Después
una carcajada colectiva. Y finalmente una ovación enorme. Como si hubiera
marcado el gol de la victoria en el último minuto. Está bien que el partido ya
lo ganaba Argentina por 3-0, y eso descomprimía bastante. Pero aquella noche se
ganó definitivamente el corazón de todos. Messi lo abrazó y caminaron juntos hacia
el vestuario.
Pasaron los años, llegaron más
partidos y más convocatorias. Alejandro nunca hizo un gol. Ni en clubes ni en
la Selección. Pero siguió siendo titular, referente, capitán ocasional,
consejero de juveniles y compañero ejemplar.
Hasta que el tiempo, que nunca pierde
un partido, llegó para avisarle que era hora de retirarse. La despedida fue
organizada en el estadio donde había jugado la mayor parte de su carrera: El
Florencio Solá, la cancha de Banfield.
Las entradas se agotaron en menos de
una semana.
Vinieron ex compañeros, rivales
históricos, técnicos, periodistas y dirigentes. Algunos viajaron desde el
exterior sólo para estar presentes. Antes del comienzo proyectaron un video con
las mejores jugadas de su carrera. Duró veinte minutos: no hubo un solo gol. Y,
sin embargo, todos terminaron emocionados.
Cuando Alejandro salió al campo de
juego encontró una bandera gigantesca que cubría media popular.
Decía:
"NO HICISTE GOLES, PERO NOS HICISTE
FELICES. GRACIAS ETERNAS."
El partido transcurrió entre abrazos,
risas y recuerdos. Alejandro tuvo varias oportunidades frente al arco. En una
la tiró por arriba. En otra pateó al cuerpo del arquero. En una tercera logró
algo todavía más difícil: rematar afuera teniendo el arco completamente libre.
Algunos querían que haga un gol, aunque sea en su partido de despedida, otro
no. Se armó un debate bastante gracioso en torno a eso.
Y entonces llegó el minuto noventa. El
árbitro cobró penal, a propósito. Entre risas todos protestaban y lo miraron a
Alejandro. Messi agarró la pelota, se la tiro al pie a Dorado, el público
comenzaba a aplaudir.
Se acomodó frente al punto penal. Miró
al arquero. El arquero lo miró a él. Ambos sonrieron. Treinta y cinco mil
personas se pusieron de pie. El silencio se volvió absoluto. Por un instante
pareció que el destino le ofrecía una última oportunidad para cambiar la
historia. Tomó carrera. Respiró
profundo. Corrió hacia la pelota y… la tocó a un costado, el Curry2 —famoso
influencer del momento— agarró el pase y la metió.
Terminado el partido, el estadio lo
ovacionó. Eran aplausos para una
trayectoria. No para una estadística. Para
una manera de vivir el fútbol. Para un hombre que había demostrado que el
cariño de la gente no siempre se construye con números. Alejandro levantó los
brazos, saludó a las cuatro tribunas y sintió que los ojos se le llenaban de
lágrimas.
Mientras daba la última vuelta
olímpica escuchó decir por los altoparlantes:
—Muchos futbolistas serán recordados
por los goles que hicieron. Alejandro Dorado será recordado por la felicidad
que provocó sin hacer ninguno.
Y por primera vez en toda su carrera,
mientras la multitud coreaba su nombre, Alejandro comprendió que acababa de
convertir el único gol que realmente importaba.
Sábados de Fontanarrosa. Hoy: "Elviro Lezama ('Lezamita')"
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