Slider[Style1]
Style2
Style3[OneLeft]
Style3[OneRight]
Style4
Style5
Lo que se dice un mercenario
Hoy se habla y se
clasifica a los jugadores con una liviandad absoluta. Uno es un “mercenario” o
un “pesetero” por cualquier pequeñez. Bueno también es cierto que últimamente
se juega más por amor al dinero que a los colores. En mi época uno le tenía
algo de cariño al club donde jugaba, por más que uno no sea hincha de ese club.
A ver, a uno que es profesional, o pretende serlo, le dan la oportunidad de
jugar al fútbol y encima pagarle. Porque peor sería laburar, no me
malinterprete, el ser jugador de fútbol también es un laburo bastante digno,
por cierto. Uno tiene que levantarse
temprano para ir a entrenar, hay que resignar días de estar con la familia para
poder concentrar o ir a la pretemporada, hay que hacer sacrificios y evitar los
excesos —aunque cada vez menos lo hacen— como la joda, la noche, el pucho y
miles de cosas más. Es un poco sacrificado, pero peor sería ser, no sé,
remisero u oficinista. O cargar bolsas en el puerto. Nosotros, los futbolistas,
somos unos privilegiados al poder “trabajar” de esto. Por eso —y a mi entender—
tendríamos que ser más justos con los equipos que nos contratan. Las nuevas generaciones se cagan —discúlpeme
la expresión— en la gente de su club. Se van de joda, se dejan estar
físicamente… y lo peor es que les importan tres pepinos los colores que
defienden, todo lo hacen por la plata. Cuando yo jugaba, la cosa no era tan
así. Ojo que le estoy hablando de hace tan solo veinte años atrás, tampoco es
tanto tiempo si uno se pone a pensar, pero todo cambio para mal. Antes para ser
considerado un “mercenario”, mínimo se tenía que pasar a la contra y gritarle
un gol en la cara a su ex equipo. Ahora cualquier pelagatos de no más de 19
años que se va a jugar por plata al exterior ya es un calificado como
mercenario… no es tan así. Es más, en mi época yo muy injustamente fui
calificado como tal, usted tal vez conozca mi caso. Digo “tal vez” porque fue
muy conocido en el ascenso. Pero por aquellas épocas lo que pasaba en el
ascenso quedaba allí. Solo conocían los que eran hinchas de los equipos de la
B. “El mercenario de Miguel Alibour” fue el injusto título con el que
bautizaron injustamente los medios partidarios del Club Atlético Buena
Esperanza ¡Y usted puede creer que me quedo ese apodo!
Yo ataje durante casi 21
años, debute a los 19 y me retire a los 40. En el último año de carrera jugué
ese partido cruel en el que me bautizaron de esa manera. Lo triste es que ese
inefable apodo es con el que me
recuerdan. Ningún hincha de ese equipo recuerda como me rompí el lomo —para no
decir otra cosa— para sacarlo campeón de primera ¡Campeón de Primera! Nada más
y nada menos. Nunca nadie defendió esos colores como lo hice yo, viejo. Pero
toda mi carrera se olvidó, todo por un maldito partido. Todo muy injusto. Todo
por un partido en el que demostré toda mi profesionalidad. Por eso hoy le
quiero contar todo bien como fue. Quiero aclarar bien punto por punto. Es
incompresible como un tipo tan
profesional y tan honesto como yo, haya caído bajo la cruel y helada connotación
negativa de esa palabra nefasta.
Usted por ahí es un
futbolero de ley y conoce mi nombre. Miguel Ángel Alibour. Tengo ya 60 pirulos.
Si no me conoce o es un jovencito, use la internet —o el internet— para buscar
mi nombre. En 20 años de carrera salí campeón de primera una vez, me fui al
descenso la misma cantidad de veces y tan solo jugué en dos equipos. Podrá comprobar que no soy tan “mercenario”
como me quisieron pintar. A veces la gente en su afán de “ocultar” o “mitigar”
los errores propios, busca culpables. Y encontraron uno en mí, una injusticia
total.
No me quiero ir por las
ramas; soy oriundo de Salta. Oran, puntualmente. Un buen día fui con el Chelo
—somos amigos desde pibes— a probarnos a Club Atlético Buena Esperanza.
Tendríamos 16 o 17 años. Vinimos de mandados que somos. Me acuerdo que nos metieron en un equipucho
horrible. Enfrentábamos a la cuarta o quinta, ya no recuerdo bien. Ese día yo
atajé de todo, salvo tres pelotas que fueron imposibles de atajar. Terminamos
perdiendo tres a dos. El chelo había
metido los dos goles nuestros. El coordinador de inferiores quedó encantado
conmigo, o eso parecía. Resulta que tenían pocos arqueros y quedé. El pobre del
Chelo se quedó afuera, una lástima. Él se volvió para Oran y yo me quede a
vivir mi sueño de futbolista en la pensión del club. Una pensión bastante
humilde, pero para qué queríamos lujos si estábamos cumpliendo un sueño. Me
toco debutar a los 19 años en un partido durísimo contra San Lorenzo. Ernesto
Sivio, el arquero titular se había ido expulsado en el partido anterior contra
Atlanta, partido que todos los hinchas recordamos, porque termino atajando un
defensor nuestro, el brasilero Olindes. Ganamos cuatro a tres y nos alejábamos
del tan temido descenso. A mí me toco debutar, como le decía, contra San
Lorenzo. No pude dormir durante toda la semana previa. Es más, ya desde el
momento en el que echaron a Sivio, me
empezaron a temblar las piernas. Pero había compañerismo, Sivio me aconsejo
durante todos los entrenamientos previos a mi debut. Me decía como debía
pararme, me contaba las mañas de los delanteros rivales y todo lo que a un pibe
le servía para dar sus primeros pasos en primera. Ahora no pasa eso, viejo. Todos
se comen el hígado, los mismos compañeros se matan por un puesto o por un mango
más. Discúlpeme que me vaya de tema pero hoy ya se perdieron todos los valores
o los códigos, como le llaman ahora. Y bien, debate contra San Lorenzo. Y no me
lo va a creer, pero fui la figura. Tape todo, empatamos cero a cero gracias a mí,
no se equivoque no soy de esos agrandados, pero hasta los rivales me
felicitaron una vez terminado el encuentro. Saque dos mano a mano nada más y
nada menos que contra el Negro Manfredi. Ese día todos los diarios me pusieron
como la figura de la cancha, por ejemplo el diario Clarín, me puso del apodo de
“la pantera Alibour”, por mi forma de caer siempre parado y mi tez morena.
Empecé con el pie derecho, como quien dice. Luego volvió Sivio a ocupar su
lugar en el arco y yo volví al banco. Alterné banco y titularidad como por
cinco años más, bah “alternar” es una forma de decir, porque ataje muy pocas veces.
Cuando se lesionaba o lo expulsaban a Sivio. Hasta que en el 78 a ambos nos llegó
la gran oportunidad. Vinieron desde Atlético Nacional de Colombia y se lo
llevaron. Yo, en cambio, quede como el arquero titular.
Y así pasaron los años,
yo me fui consolidando. Tuvimos épocas regulares, buenas malas. Pero nunca
descendimos. Molestábamos y bastante. Hasta nos metimos en la Libertadores en
más de una ocasión. En la liguilla pre Libertadores siempre rompíamos los cocos
y nos respetaban bastante. En el 89 conseguimos algo que jamás pensamos
conseguir con este humilde club. Salimos campeones de primera división. Lo más
cerca que este equipo estuvo de salir campeón fue un subcampeonato de pura
casualidad en el 63 pero nada más. ¡Qué manera de meter, Dios mío! Cuanto huevo
tenía ese equipo. Teníamos cada nene en
el equipo que mama mía. El negro Pintos, Hermenegildo Sosa, Walter Ramón,
Manuel Duró, abajo, un volante central de
la talla de Furriel —que después se fue a River—, a Quinteros, Romualdo
Costiña, el Rifle Perea y el Moncho López arriba cabeceando hasta los
ladrillos. Después alternaban José Rio, Eduardo Tomassi, el ardilla Francesco…
Ya en la fecha 10 le habíamos sacado ocho
puntos al segundo. Recién perdimos el invicto por la fecha 13. Déjeme decirle
algo que me llena de orgullo: yo era el capitán de ese equipo, encima
terminamos con la valla menos vencida. Me acuerdo la noche en la que ganamos el
campeonato. Niños, adultos y gente grande llorando. Todos venían y me
abrazaban. Que lindos recuerdos. Había un chico que había venido en sillas de
ruedas, me conto cual había sido su sueño; era el de vernos campeones. El pibe
no soñaba con volver a caminar ¡Solo soñaba con vernos campeones! Le juro que
llore como un nene cuando lo escuché.
Pero como todo lo que
sube tiene que bajar, empezamos a decaer futbolísticamente. Malas decisiones de
los dirigentes, jugadores que se iban de a poco. Lentamente pasamos de
“molestar” a ni siquiera hacerles cosquillas a los otros equipos. Y llego ese último
y fatídico torneo en primera. Últimos cómodos salimos. La gente que antes solo
nos daba gritos de aliento, nos insultaba de arriba abajo. Yo era uno de los
blancos predilectos de los hinchas. Yo le voy a ser muy sincero, cuando un
equipo desciende o es goleado fecha tras fecha, seguramente el culpable directo
es el arquero. Pero déjeme decirle que yo no tuve la culpa en la mayoría de los
goles que nos metieron. No, no pretendo esquivar mi responsabilidad ni echarles
la culpa a otros. Pero yo no tengo la culpa de haber tenido una defensa
horrible y de que los dirigentes hayan traído cada muerto que daba miedo. Yo
soy arquero, un simple arquero. Sin una defensa más o menos buena, por más que
uno sea un Oliver Kahn o un Yashin, mucho no puede hacer. Y me echaron la culpa
a mí. Se dijo cada barbaridad terrible. Que yo andaba mal de la vista, que ya
estaba viejo, que me iba de joda… Justo yo, casado y con dos pibes hermosos. “Ciego”,
“manco”, de todo me decían. Mucho se habló de mí, pero lo que más me dolió es
que dijeron que yo solo jugaba por la guita, que ya debería haberme retirado.
Me fui por la puerta de
atrás. Me echaron como a un perro sarnoso. Pero nuestros destinos se volverían a cruzar. Yo firme con Juventud de Rawson. Un pequeño
equipo, justamente de Rawson. Había ascendido recientemente para disputar por
primera vez el Nacional B y andaban buscando un arquero experimentado. No lo
dudé y me fui a instalar en la paz del sur. Había una linda base en la que
confluían juveniles y jugadores experimentados. Teníamos la difícil misión de
mantenerlo en primera. Yo me tenía fe le confieso. Empezamos perdiendo seis partidos al hilo.
Recién ganamos un partido en la fecha diez y fue frente al otro debutante en la
categoría: Deportivo Iguazú. No fue anda fácil la adaptación pero le poníamos
el pecho y más o menos logramos levantar y empezar a sumar puntos. El último partido de
la primera rueda fue justamente contra mi ex equipo, no lo jugué. Pero no
porque no quise. Tuve un hecho desgraciado que me impidió jugarlo. A mi padre
le había dado un infarto y tuve que viajar de urgencia a Salta. Por suerte fue
solo un susto. Ese partido lo perdimos tres a uno. Ellos venían quintos y
nosotros en el lote de los últimos. Era mucha la diferencia entre ambos
equipos. A pesar de que ellos estaban heridos y fundidos le metían garra.
Nosotros hacíamos lo que podíamos.
En la segunda ronda mejoramos bastante. Metimos cuatro triunfos al
hilo. Sumamos puntos de visitante. Pudimos estabilizar al equipo. Pero al
promediar esta segunda ronda, nos agarró un bajón. Perdimos tres partidos al
hilo y de nuevo estábamos con la soga al cuello. Recién en la última fecha se
definían los descensos y los que quedaban el octogonal. Mire que cruel es el
destino, usted ya se habrá dado cuenta que ese partido crucial lo teníamos que
jugar contra mi ex club, donde fui ídolo y ahora me odiaba. Club al que
amaba. Pero ahora me tocaba defender
otro equipo y yo soy muy recto, muy profesional. Ellos estaban pelando para
meterse en el octogonal para ver si podían ascender. Tenían que ganar o empatar
y esperar a que Dalmine empatara o perdiese por goleada. Yo soy hincha del club y me hubiese dejado
hacer uno o dos goles, pero antes que hincha, yo soy un profesional —y por
sobre todo un tipo agradecido— y me debía a este equipo ahora. Sufría una impotencia bárbara por no poder
ayudar a mi equipo a volver a la elite del fútbol argentino. La semana previa al partido fue una porquería,
una mierda —discúlpeme el vocabulario— una completa basura. Me llamaron a casa
los dirigentes de mi antiguo club.
Primero se hacían los sotas. Me decían que yo era un ídolo, un ejemplo para
los más chicos. Lambiscones eran. Me adulaban con palabras vacías y me daban a entender
que querían que vaya para atrás ¡Justo a mí! Los saque corriendo. Al otro día
ya fueron más directos y me ofrecieron plata. Les corte a esos hijos de puta
—perdóneme el insulto— otra cosa no se merecían. Los muchachos me vieron tenso,
muy mal de ánimo y comenzaron a apoyarme. Cuando más o menos logre
concentrarme, mi señora me llamo desde Buenos Aires —donde habían quedado con
mis hijos— para decirme que habían puesto un pasacalle que decía: “Alibour
desagradecido, conociste el agua caliente en Buena Esperanza y nos mandaste al
descenso, anda para atrás o sos boleta”. Quede pálido al escuchar eso. No sabe
la calentura que me pegue. Pero que desagradecidos. Yo que soy el más hincha de
ese equipo. Le pedí permiso al gringo Belini para salir un rato para despejarme
e ir a hablar con una amigo. Fui a la casa del Rubio Finesa. Lucas Finesa fue
uno de mis mejores amigos que me había dado mi equipo anterior. Era mi
suplente. A él también lo habían rajado
por la puerta de atrás del Buena Esperanza. Había pasado por una cantidad enorme de
equipos ya. En ninguno se quedaba fijo. Si un equipo le ofrecía un mango más,
se iba y punto. Él era lo que se dice un mercenario. Hoy por hoy atajaba en
Dalmine y yo sé que a pesar de su interés por la guita, se había ido bastante
dolido del Buena Esperanza y ahora buscaba venganza dejándolo afuera del
reducido. Hable de todo con el Rubio. Me comento que a él también lo habían
llamado los dirigentes de nuestro antiguo equipo. Pero que los había sacado
corriendo ya que se había enterado que los sinvergüenzas ni siquiera les
pagaban los sueldos a los empleados del club y pretendían malgastar guita en
sobornos. Era un mercenario Finesa, pero guardaba algo de códigos aún.
Estuvimos hablando como hasta las tres de la mañana. Me tranquilice bastante y
me hizo bien hablar con él. Volví a la concentración como si me hubiese sacado
una carga de encima.
El día del partido lo
tomé como una verdadera final. Los hinchas
del Buena Esperanza me dedicaban cantitos, me puteaban de arriba abajo ¡hasta
me hicieron una bandera los muy malditos! “Alibour traidor te vamos a matar”.
Juro que me hervía la sangre. No le voy a contar los pormenores del partido ya
que seguramente a usted no le interesara mucho. Pero fui la figura del partido,
viejo, atajé todo. A los cinco minutos había llegado un centro envenado que
cabeceo Soto y la pelota parecía que entraba al ángulo. No sé dónde saque tanta
agilidad a los 39 años y volé para sacarla de un manotazo al córner. En una
jugada posterior, el mismo Soto le pego cruzado, llegue a sacarla de una forma
formidable. Hubo muchas jugadas más y yo me encargaba de ahogarle el grito a
todos esos desagradecido. Sin embargo me dolía que estuviera dejando sin
posibilidades de ascender al equipo de mis amores, pero estaba tranquilo. A los
30 minutos llego nuestro gol. Tiro libre espectacular que pateo Espasa al ángulo.
Nos salvábamos del descenso. En el segundo tiempo el rival se desmorono, ya
casi no nos atacaban y si lo hacían chocaban contra mis seguras manos. Y así se
fue el partido. Ganamos de visitante y nos salvamos. Pero le voy a ser sincero,
la mayor alegría la tuve cuando me entere que Dalmine había perdido por 3-0 y
por diferencia de gol Buena Esperanza se metía en el reducido. Le juro que
salte de la alegría por eso. Yo al principio tuve un poco de miedo por algún
tipo de represalia que pudiesen haber tomado en contra mío o contra mi familia.
Pero la verdad que lo único es que pase de ser un simple “mercenario” a ser un “súper
mercenario”. Aún hoy la gente de Buena
Esperanza me cruza en la calle y me dice que por mi culpa casi se quedaron
afuera del octogonal. Me recuerdan con ese vil calificativo. Es triste que pese
más un descenso y ese partido que todo el resto.
Al otro día de terminado
el partido fui a verlo de nuevo a Lucas Finesa.
Me hizo pasar a su departamento, estaba bastante contento el rubio. Me senté
en uno de los sillones de su living mientras su señora nos servía un café y de
fondo se escuchaba un programa infantil, que estaba mirando su pibe de no más
de cinco años. El rubio miro detenidamente el bolso que había traído.
“¿Trajiste eso?” me pregunto expectante Lucas. Abrí uno de los cierres del
bolso y saque una bolsa con doce mil pesos.
Finesa quedo absorto en las doce lucas y se puso a contar billete por
billete. Yo le di un sorbo a mi café pensando que había hecho la mejor
inversión de mi vida, total cuatro mil pesos por gol no era tanta guita.
Toni Schweinheim
Obra Publicada, expediente Nº 510614. Dirección Nacional del Derecho de Autor
Seguilo!
FACEBOOK
Sábados de Fontanarrosa. Hoy: "No se puede tener todo"
En un momento dado, Eduardo se quedó mirando hacia un
costado.
—¿Che? —preguntó—. Aquel que está sentado en la mesa contra
la ventana ¿no es Rearte?
—Sí. Es Rearte —dijo Adolfo sin darse vuelta a constatarlo—.
Lo vi al entrar. Creo que no me reconoció.
—Pero... —Eduardo frunció la frente—. Está hecho bolsa ese
muchacho. Se le cayeron todos los años encima.
—Sí —admitió Adolfo.
—Uhhh... —Eduardo seguía consternado—. ¡Pero si parece que
tuviera setenta años!¡Qué avejentado que está!
—Anduvo jodido.
—Tiene mi edad Rearte. Fuimos compañeros en la secundaria.
—Parece que tuviera veinte años más.
—¿O nosotros estaremos igual? —se alarmó Eduardo, volviendo
a mirar a su acompañante de mesa luego del estudio exhaustivo de la precaria
actualidad de su ex compañero de estudio. Adolfo soltó una risotada sorda.
—No jodas —aconsejó.
—¿Estaremos igual, che? ¿Él nos verá igual a nosotros?
—No. Es que no anduvo bien ese muchacho — insistió Adolfo.
Eduardo no pareció oírlo. Se había metido por otra vertiente de la
conversación.
—Porque a veces es un poco la forma de vestirse ¿No es
cierto? La actitud —arriesgó—. Yo veo tipos que siempre han sido muy formales
para vestir. Pero muy formales. Siempre de traje y corbata... Ropa oscura...
—En la puta vida los ves de sport...
—Claro... Y eso los avejenta un poco.
—Sí, pero en este caso...
—Sí... —Eduardo sacudió la cabeza, reflexivo—. Pero en este
caso no es así. Éste se viste de traje y todo eso pero además está achacado.
Pelado, con lentes...
—Te decía que...
—Medio panzón —arremetió Eduardo, ensañado—. Eso es lo que
te caga. Porque uno no puede evitar quedarse pelado. O tener que usar lentes.
Pero se puede evitar engordar como un chancho. Eso es cuestión de voluntad.
—Tampoco éste está gordo como un chancho, Edu.
—Te digo en forma genérica. Panzón está. Claro, que yo
recuerde, éste no hizo deporte en su puta vida.
—Te digo que anduvo para la mierda —Adolfo golpeó con los
nudillos suavemente sobre la mesa como para reafirmar su conocimiento y, de
paso, llamar la atención de su amigo.
—Y eso con el tiempo se siente —Eduardo desechó el reclamo—.
Cuando no tenés los músculos abdomínales más o menos trabajados, después de los
cuarenta se te relaja todo. Adolfo lo miraba. Eduardo detuvo su discurso y lo
miró también.
—¿Cómo que anduvo para la mierda? —rebobinó, volviendo a
fruncir la frente.
—Estuvo loco.
—¿Loco?
—Sí. Pero loco loco. Loco del bocho. Demente.
—No jodas.
—Sí. No loco lindo o loco divertido. Estuvo internado y
todo, este muchacho.
Eduardo volvió a depositar la mirada sobre su medianamente
lejano ex compañero de estudios. Ahora con otro interés, con otra óptica.
—¿Y cómo lo sabes?
—Porque hará un año o dos lo encontré en El Savoy. Bah, lo
encontré... Es un decir. Yo estaba tomando un café, tenía que hacer tiempo o
algo así... ¡Tenía que ir a lo del escribano, ahora me acuerdo! Que está ahí
nomás, a media cuadra, vos viste... Y en eso, lo veo a este tipo, al Rearte, en
otra mesa. Como si fuera ahora, que también está sentado en otra mesa. También
contra la ventana...
—Se ve que la locura le da por ahí —apretó una sonrisa,
Eduardo.
—No seas hijo de puta. Pero yo no lo veía muy bien, porque
lo tenía medio tapado por una columna. Digamos que lo veía a él pero no veía al
tipo que estaba con él. Porque yo lo veía hablando. Muy animadamente. Meta
hablar y hablar, dale que dale...
—No era un tipo muy conversador, por lo que me acuerdo.
—Se notaba que era una conversación muy interesante. Yo no
escuchaba lo que decía, pero lo veía gesticular, así ¿viste? —Adolfo dibujó
algunos gestos con sus manos, en el aire, ampulosos—. Y se reía. Se reía mucho.
Ahí sí, fuerte. Yo lo escuchaba reírse. Pero, bueno, no le di mayor bola al
asunto. "Estará con algún amigo" me acuerdo que pensé.
—O con alguna mina.
—También. Con alguna mina. Pero me olvidé de la cosa.
Tampoco yo soy un amigo demasiado cercano de este muchacho, después de todo. Y
no sé qué mierda empecé a hacer, aprovechando el tiempo, con unas facturas,
algún trabajo atrasado. Pero me acuerdo que lo volví a mirar porque escuché que
se reía de nuevo, muy fuerte, una risa muy sonora, muy estentórea. Digo
"ahora cuando me levanto voy a ver con quién está este tipo", más que
nada por esa curiosidad de chusma que tiene uno.
—Es que acá en Rosario uno es chusma a la fuerza, Adolfito.
Si uno conoce a todo el mundo — puntualizó Eduardo, profundo.
—Me levanto, me pongo el sobretodo —era invierno— miro como
para saludarlo, y veo que este tipo estaba solo. Estaba solo en la mesa.
—Estaba hablando solo —Eduardo asimiló el golpe.
—Completamente solo. Yo medio que miré para todos lados,
porque por ahí había estado con alguien y el otro tipo, o la tipa, se había ido
recién. O se había levantado para ir al baño. Pero no parecía ser así y aparte
en la mesa de él había un solo café, un solo vasito de agua.
—Qué jodido...
—Jodido ¿viste? Porque la cosa te descoloca. Yo no sabía muy
bien qué hacer...
—Te piraste...
—¡No! Porque él me había visto. Cuando yo me levanté para
ponerme el sobretodo y miré como para saludarlo, él también me vio. Me vio y me
saludó muy efusivamente con la mano: "¡Qué haces, Adolfo!"
—Te dejó pegado.
—Me tuve que acercar, te imaginás. Y ahí corroboré que el
hombre no andaba demasiado bien de la azotea. Primero, que caí en la cuenta que
desde otras mesas también lo estaban mirando. Un poco con interés, otro poco
con inquietud ¿viste? Uno nunca puede saber demasiado bien qué carajo puede
hacer un loco. Algunos otros tipos que estaban en otras mesas me miraban
haciéndose los boludos como diciendo...
—Otro loco de mierda.
—No. Pero... ¿viste? Qué sé yo... Como diciendo, "Este
tipo no se apioló, este tipo no se dio cuenta...". Una cosa así.
—Y... ¿qué pasó? ¿Te sentaste?
—Me tuve que sentar. Medio en el filo de la silla como para
irme, pero me senté. Y ahí me contó. Dentro de su incoherencia me contó cómo
venía la mano con él...
—¿Se lo notaba muy alterado?
—Ah... Eso es lo que te había empezado a contar, aparte del
hecho de que la otra gente lo mirara. Sí... Hacía gestos raros con la cara.
Rictus ¿viste? Visajes. Fruncía la cara. Replegaba los labios y mostraba los
dientes apretados, como si le doliera algo. No siempre, por supuesto, de vez en
cuando. Pero eran como tics. Y transpiraba, además. Y te estoy hablando de
pleno invierno. Un frío de cagarse.
—¿Y qué te contó?
—Que se le había matado en un accidente un amigo muy
querido, y que era...
—A la pucha.
—Y que era con ese amigo con el que había estado hablando.
Que se encontraban muy seguido. Que tenían muchas cosas para contarse. Que el
accidente había sido como dos años atrás, pero que se seguían viendo...
—Mira qué extraño. Iba y venía de la locura — diagramó
Eduardo—. Sabía que su amigo se había muerto pero lo mismo te contaba que
hablaba frecuentemente con él.
—Eso mismo. Con total naturalidad. Por momentos, te juro,
parecía que estaba completamente lúcido y normal...
—Era un tipo agradable, recuerdo.
—Un tipo agradable. Pero también me dijo que cuando su amigo
no aparecía —o mejor, el fantasma de su amigo no aparecía—, él se angustiaba
mucho, que sufría, que se deprimía, que a veces lloraba...
—La mierda.
—Entonces yo le dije... te imaginás... ¿Qué carajo le iba a
decir en un momento así? Le dije que por qué no iba a ver a un psicoanalista...
—Lógico...
—Y me dijo que había empezado a ir hacía poco. Que su mismo
amigo se lo había aconsejado...
—¿Su amigo? ¿El muerto?
—Y otra gente, también. Familiares, supongo. Y que estaba
muy satisfecho con la terapia, que le estaba yendo muy bien...
—¡Ya veo!— rió, asombrado, Eduardo.
Adolfo se quedó callado. Torció su cabeza para mirar a
Rearte que, algo encorvado, les daba la espalda desde la mesa de la ventana.
—Después me fui —completó—. De ahí conozco este asunto de la
historia ésa. De lo que me contó él.
—Fijate vos —bamboleó la cabeza hacia adelante y hacia atrás
Eduardo, abstraído. También él observó a Rearte entonces—. Y ahora, cuando
entraste —preguntó a Adolfo—. ¿No viste si estaba hablando solo, o si gesticulaba,
o algo así?
—No... No...
—¿No viste o no hablaba solo?
—No hablaba solo. Ni gesticulaba. Al menos en los momentitos
que yo lo miré. Porque lo miré para saludarlo cuando lo reconocí pero él no me
vio entrar.
—Yo tampoco lo vi hacer nada raro —murmuró Eduardo.
—Por ahí está bien. Quién te dice.
—Como suelto, anda suelto.
—Por ahí se curó con la terapia, Edu —Adolfo estaba
recogiendo sus cosas de una silla contigua, como para irse.
—Lo voy a ir a saludar, a ver qué pasa —afirmó decidido
Eduardo también poniéndose de pie.
—Andá, andá y después me contás —lo alentó Adolfo,
acomodándose la bufanda. Se separaron. Adolfo se fue por la puerta de la
esquina de Santa Fe y Sarmiento y Eduardo, abrochándose el saco, se aproximó a
Rearte. Rearte lo recibió con algo de sorpresa y una medida alegría. De cerca
se lo veía más avejentado aún, pero calmo, con cierta transparencia en la
mirada y un leve temblequeo en el labio inferior. Rearte invitó a compartir la
mesa a Eduardo y éste, igual que Adolfo en aquella ocasión, se dejó caer casi
en el borde de la silla, la agenda apoyada sobre sus muslos, como para partir
en cualquier momento.
Eduardo, piadoso, mintió que lo encontraba bien, casi igual
que siempre, lo que dio lugar para que Rearte, casi culposo, lo contradijera
efusivamente y le explicara las causas de su estado de deterioro físico
ligeramente prematuro. En tanto le contaba la historia que Eduardo ya sabía a
través de Adolfo, Rearte se fue entusiasmando, adquiriendo confianza, como si
al principio desconfiara de que Eduardo fuera realmente quien decía ser. Le
habló de su amigo, del terrible accidente, del shock emocional que aquel suceso
le había provocado, de su desequilibrio
nervioso, de sus largas y animadas charlas con el espíritu
("o lo que fuere" aventuró) de su amigo muerto, de su terapia y de su
sostenida mejoría.
—Me hizo muy bien, Lejarza —sonrió, tristemente, rescatando
el apellido de Eduardo, que la cotidiana lista de asistencia escolar había
grabado en su memoria—. Pude hablar el asunto. Pude, como dicen ellos los
psicólogos, elaborar el duelo. Pude asumir que mi amigo había muerto. Convivir con eso. Incorporarlo...
—¿Terminaste la terapia? —preguntó Eduardo.
—Terminé. Terminé. Bah... Voy de vez en cuando. Controles
más que nada.
—Esas cosas nunca terminan del todo —precisó Eduardo como si
supiera.
—Nunca estás sano —la sonrisa de Rearte era desvaída.
—¿Y ahora cómo andas, cómo te sentís?
—Peor, Lejarza. Peor —dijo Rearte, al punto. Eduardo se echó
un poco hacia atrás, sin mudar de expresión, impactado—. Antes al menos tenía
con quien conversar. Me pasaba horas hablando con el espíritu, o lo que sea —se
encogió de hombros— de Aldo. Te aseguro que me iba a algún café, lo encontraba
allí y estábamos horas charlando. Claro, ya no nos veíamos tan seguido como
cuando él estaba vivo —que estábamos juntos todo el santo día, éramos culo y camisa
te juro—, y entonces cuando nos encontrábamos teníamos un montón de cosas para contarnos.
Pero ahora... —Rearte lentificó su
relato—. Ahora me siento muy solo. Muy solo, Lejarza. Vos sabes que yo no me
casé, mi vieja está muy viejita...
Eduardo amagó ponerse de pie. Sentía la incomodidad propia
de quien sospecha que su interlocutor puede ponerse a llorar en público en
cualquier momento. Intuyó que debía hallar una frase de cierre, antes de irse.
—No se puede tener todo —barbotó, mirando hacia el nerolite
de la mesa. Y suspiró profundo.
—¿No querés tomar un café? —Rearte lo tocó en el brazo,
adivinando su intención y retomando, incluso, un tono de voz más festivo.
Eduardo se puso de pie, ligeramente espantado.
—No, Rearte. Me tengo que ir.
—Quédate. ¿Tenés mucho que hacer?
—Sí. La verdad que sí. Me alegro de verte bien, Rearte.
—Un café nomás —Rearte elevó su dedo índice en el aire—.
Contame si viste a alguno de los muchachos. ¿Lo ves a alguno?
—A Ferrer, a veces... A Spiño... pero mejor otro día,
Rearte. La verdad es que ando a los rajes. Discúlpame pero nos vemos en cualquier
momentito.
Apretó la agenda sobre su pecho y salió hacia Sarmiento.
Rearte miró hacia la barra e hizo la seña de un cortado.
Roberto Fontanarrosa
"La decadencia de la bolita" de Alejandro Dolina
Resulta difícil hablar sobre la desaparición del juego de la
bolita sin entrar en espinosas controversias. Desde luego se trata de un
asunto complejo y puede ser examinado según criterios muy diferentes.
Las personas sencillas afirman simplemente que se trata de una decisión de los
chicos, arbitraria, inexplicable y por lo tanto indigna de ser discutida.
Sábados de Fontanarrosa. Hoy: "Cine Negro"
El film hilvana, en forma de historieta y sketchs, testimonios de colegas, actores, amigos y familiares del dibujante Roberto Fontanarrosa.
Durante el mismo se repasan los logros del artista, sus premios y reconocimientos, al tiempo que rescata sus personajes más entrañables, como Inodoro Pereyra y Boogie el aceitoso.
Además, la narración recupera los primeros años en la vida escolar de Fontanarrosa con las participaciones de Antonio Gasalla, como “la maestra”, y Norma Pons, como “la directora”.
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)
Lo más leído
-
Para Diego Me van a tener que disculpar. Yo sé que un hombre que pretende ser una persona de bien debe comportarse según ciertas norma...
-
La que yo digo era en blanco y negro, se llamaba “Match en el infierno “ y la dieron hace mil años. Era una época en que íbamos siempre al ...
-
Joan Laporta (Mentiroso, pesetero, garca, odiado por todos) Selección. “Desastrosa herencia”, “no vamos a hipotecar el futuro”, son algu...
-
Se lo juro, yo me lo había prometido también. Este año nada de hacerme mala sangre por el fútbol. Desde el 2000 que tengo una úlcera por cu...
-
Decime vos para qué cuernos te hice semejante promesa. Se ve que me agarraste con la defensa baja y te dije que sí sin pensarlo. Pero esta ...
-
—¡Qué verga somos, viejo! ¡Qué verga! —Jorge se inclinó con un gesto de dolor y se quitó, uno a uno, los botines embarrados. Se masajeó, si...
-
Resulta difícil hablar sobre la desaparición del juego de la bolita sin entrar en espinosas controversias. Desde luego se trata de un asunt...
-
En esta edición de la ya clásica sección de "Sábados de Fontanarrosa", les traemos algunas de las participaciones de los Loros mo...
















