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El Suizo
A Miguel Ángel Bogado nunca le importó de qué club era
hincha el otro. Ni siquiera se sabía de qué cuadro era él. Justo acá, donde el
club de tus amores va debajo de tu nombre en el DNI, y si no te gusta el
fútbol, te miran con cara de bicho raro. Porque parece que, si no te gusta el
mate, el asado, el vino o no hinchás por un club, te baja en sangre la
argentinidad.
A Migue le decían el Suizo, no porque tuviera ascendencia de
ese país, o hubiera jugado ahí, porque tuviera una cuenta en un banco suizo. Le
decían así por su neutralidad explícita. Desde chico siempre le salía lo mismo
ante la pregunta obligada de los más grandes:
—¿Y vos de qué cuadro sos?
—A mí me gusta el fútbol.
La respuesta caía siempre igual. Primero una risa. Después
un silencio incómodo. Finalmente, la sentencia.
—No, en serio, me gustan todos.
Pero Miguel hablaba en serio. Muchos decían que no decía su
cuadro porque le daba vergüenza o porque, capaz, no quería herir susceptibilidades
de los parientes más grandes. Porque siempre hay un tío de River, otro de Boca,
alguno de Banfield, otro de Lanús, Racing, Independiente…
De chico era habitual verlo en los potreros donde los arcos
eran dos buzos y el reglamento consistía en que la pelota no se fuera a la casa
de doña Martha, porque al principio no les devolvía la pelota y luego sí, pero
pinchada. Ahí aprendió a amar el fútbol, a rodearse de amiguitos, a patear la
pelota hasta que la vieja lo traía de la oreja porque estaba todo sucio.
En la escuela era muy querido. Fue abanderado dos veces,
pero no por notas. Si hubiera sido por las calificaciones, lo habrían tenido
que esconder en el sótano del colegio. No porque fuera vago, sino porque lo
suyo simplemente no era el estudio. Siempre lo votaban los compañeros como
abanderado, y las maestras aceptaban porque, si bien no daba pie con bola en
las materias, era un dulce de pibe, muy bien educado, respetuoso, nunca llegaba
tarde, hacía la tarea; mal, pero la hacía.
Con el tiempo fue creciendo y encontró su lugar en el mundo
en las inferiores de un club de barrio. Hasta que llegó un formador, o como le
dicen ahora, llegó el scouting, lo vieron jugar y se lo llevaron para un club
de La Paternal. El Suizo, siempre disciplinado, siempre llegaba a horario a los
entrenamientos, se entrenaba, se esforzaba, era buen compañero y así llegó a
Primera.
Su debut fue en un duro partido contra River, donde no se
destacó, pero cumplió como número cinco. Luego alternó un par de partidos en el
banco y entrando faltando un par de minutos. Con el tiempo se afianzó y se ganó
la titularidad. Pero desde los inicios mostró algo raro: cuando terminaba un
partido saludaba a los rivales, al árbitro, a los jueces de línea y al
entrenador rival. A todos. En sus primeros partidos eso pasó medio
desapercibido, porque la gente pensó que eran los primeros cartuchos del pibe y
estaba emocionado. Pero la cosa continuó con los años.
En un partido contra Vélez le habían pegado una patada
criminal, casi lo fracturan. Cuando terminó el encuentro, el Suizo fue a buscar
al dos velezano. Todos pensaron que lo iba a encarar y a querer cagarlo a
piñas. Pasó todo lo contrario. Lo saludó, lo abrazó y se volvió rengueando para
el vestuario.
Pero ojo, yo sé lo que usted está pensando, pero no: Miguel
no era ningún santo. Todavía se recuerda cómo revoleó al diez de Banfield y
cómo se agarró a las piñas con casi medio plantel de Unión. El tema es que,
cuando el árbitro pitaba el final, el tipo iba y saludaba a uno por uno, por
más que se lo quisieran comer. Pero la bronca del otro se transformaba en
caballerosidad al ver al Suizo, con una sonrisa, extender la mano y decir:
"Gran partido, che, estuviste muy bien". Por más que lo hubiera
pisado cincuenta veces o viceversa. Simplemente entendía que noventa minutos
eran demasiado poco para odiar a alguien.
Los problemas empezaron cuando los periodistas descubrieron
en Miguel un caso raro: un jugador respetuoso, sin arrogancia, paciente y
tolerante. Ahí fue cuando TyC le hizo una nota, que luego fue una micronota en
un reel de Instagram del canal. No pudieron sacarle un solo título a la
entrevista.
—¿Con qué jugador nunca compartirías un asado?
—Con ninguno. Mientras no me hagan lavar los platos... je.
La respuesta no servía. Necesitaban enemigos. Polémicas. Eso
no se lo vendés ni a la madre del camarógrafo. Así que insistían.
—Pero alguno te cae mal...
—Puede caerme mejor uno que otro, pero mal, lo que se dice
mal, no. En el mundo del fútbol somos todos una gran familia...
No terminaba la frase porque ya estaban buscando otro
entrevistado.
Las redes sociales fueron peores. Un domingo felicitó
públicamente al arquero rival por una atajada espectacular que le había hecho a
Antonio Lugano, el nueve de su equipo. Le empezaron a llover comentarios en su
Instagram del tipo: "Traidor", "Tibio", "Andate al
otro equipo", "Vendido". Otro jugador simplemente hubiera
obviado cada comentario malintencionado o directamente eliminado el posteo. Pero
el Suizo no era así: se tomó el tiempo para responder educadamente cada uno de
los comentarios agresivos.
El martes mandó fuerzas para un delantero lesionado del
eterno rival. Esa foto tuvo más comentarios que un posteo de Messi. Otro día
defendió, en un estado, a un árbitro que le había anulado mal un gol a Ismael
Pereira, el siete del equipo. "Todos somos humanos y nos podemos
equivocar". Ese día le dijeron de todo, desde ensobrado hasta vendehumo.
Hasta una cuenta no oficial del club hizo una encuesta sobre el Suizo:
¿Miguel Ángel Bogado es demasiado tibio para el fútbol?
Ganó el "Sí" por goleada. Creo que los únicos
votos a favor del "No" fueron de los rivales, pero para chicanear.
Lo curioso es que nadie recordaba haberlo visto especular o
ir a menos dentro de la cancha. Iba fuerte. Corría. Metía. Trababa con la
cabeza si hacía falta. Ponía unos huevos tremendos. Discutía cuando hacía falta
o era amonestado. Era otro tipo.
El tema es cuando lo de afuera de la cancha tapa lo bueno
que hiciste adentro. Pero esto fue al revés. No porque se fuera de joda, o
faltara a entrenamientos, o cualquier cosa. El tipo era correctísimo. Y hoy eso
es para desconfiar... sobre todo para el hincha, que es pasional, para el que
todo es blanco o negro:
"¿Cómo va a abrazar a uno de ellos?"
"¿Por qué sonríe cuando cambia la camiseta?"
"Si de verdad sintiera estos colores..."
Como si el fútbol dependiera de la cantidad de enemigos que
uno se hace dentro de la cancha. La gente siempre fantasea un duelo épico. Un
Messi contra Cristiano Ronaldo. Cuando todos sabemos que son amigos, pero nos
hacemos los sotas porque nos gusta ese antagonismo pedorro que no existe.
Una tarde le preguntaron cuál había sido el mejor jugador
que vio en el torneo. Nombró cinco, de distintos clubes. Ninguno del suyo.
Otra vez los comentarios de los hinchas:
"Siempre elogia a los de afuera."
"Nunca banca a los nuestros."
"Seguro quiere irse."
"Pechofrío."
"Gonca."
La dirigencia le sugirió bajar un cambio. No en el juego. En
las declaraciones. Lo cual era bastante curioso, porque nunca dijo nada fuera
de lugar.
—No hace falta que seas amigo de todos.
—No lo soy.
—Parece.
—Es que soy un tipo respetuoso que vive del fútbol, igual
que el otro.
El presidente lo miró como si hubiera un alíen delante de
él. No entendía una palabra. Le pareció un pelotudo, pero bueno, en algún
momento se iba a ir, como todos los jugadores. Los que quedan son los
dirigentes y los hinchas, a contramano de la canción de cancha que solemos
cantar todos.
El Suizo le dio la mano, le agradeció por el consejo y se
fue.
El punto de quiebre llegó durante un clásico. Terminó uno a
cero a favor del rival de toda la vida. Un partido horrible. Piernas fuertes.
Insultos. Empujones. Hasta que Fabio Yrigoitia, el nueve rival, hizo un gol en
un offside recontra evidente. Durante veinte minutos hubo escaramuzas. Había
que separar jugadores. Se habían trenzado varios y fueron expulsados tres de
cada equipo.
Al finalizar, como media hora después, cuando las cosas se
calmaron, Bogado vio al capitán rival llorando en el banco de suplentes. El
Suizo, que tenía un moretón en un ojo producto de la trifulca, enfiló para
donde estaba este. Se puso en cuclillas, intercambiaron un par de palabras y
Miguel terminó abrazándolo y cambió la camiseta con él.
Lo que vino después fue bastante más violento que el clásico.
La foto recorrió todos los portales deportivos. Los hinchas
lo habían tildado de traidor, de que no volviera a pisar el club... Hasta le
pincharon los cuatro neumáticos y le rompieron dos ventanillas de su Renault
Clio 2012.
Lo que nunca dijo la prensa, tal vez a propósito, es que el
capitán rival estaba llorando en el banco de suplentes porque en la semana
había fallecido su padre. Bogado se enteró y, en un acto humanitario, lo
consoló. Pero no pidamos razonamiento donde mandan los titulares y la pasión.
Hubo programas enteros debatiendo si ese abrazo había ofendido
la historia del club.
Las banderas aparecieron al partido siguiente:
"Con el enemigo, jamás."
Y el número cinco de Bogado, tachado.
Él siguió jugando. Como siempre. Sin responder. Sin
victimizarse.
El tiempo puso su manto de olvido sobre ese episodio. Al
cabo de un par de temporadas se fue para un club de Sarandí, después a Adrogué
y, con el tiempo, Miguel Ángel Bogado dejó el fútbol. Carrera modesta, si las
hubo.
No hubo partido homenaje. No hubo estatua. Ni un documental
contando que había sido "un distinto".
Su retiro ocupó apenas un zócalo en un canal deportivo y un
par de líneas en el diario del lunes. Al martes siguiente ya nadie hablaba de
él.
A Bogado, curiosamente, nunca pareció molestarle.
Volvió al barrio donde había aprendido a jugar con dos buzos
haciendo de arco y aceptó dirigir las inferiores de un club que apenas podía
pagar las pelotas. Iba ad honorem. Los sábados que había campeonato llegaba
antes que todos. Marcaba la cancha con cal, inflaba las pelotas, acomodaba los
conos y esperaba sentado en un cajón de gaseosas hasta que empezaran a aparecer
los chicos.
Nunca preguntaba de qué cuadro eran. Para él, todos eran
simplemente pibes con ganas de jugar.
Más de una vez algún padre le sugirió que no pusiera juntos
a dos chicos porque las familias "no se llevaban bien".
Bogado respondía siempre igual.
—Entonces que aprendan los grandes de ellos. Los chicos se
llevan bien.
Con los años también abrió una pequeña panadería en el
conurbano. No tenía un nombre demasiado original. En el cartel solamente decía
"Lo del Suizo". Era una panadería más de barrio.
Miguel había puesto una regla de oro para el local: el que
entraba con hambre se iba con pan, aunque no pudiera pagarlo.
—Después vemos —decía Miguel.
Y muchas veces ese "después" nunca llegaba o
llegaba en míseras cuotas, por lo mal que estaba la economía. Y el Suizo lo
entendía a la perfección. A algunos les fiaba. A otros directamente les
regalaba una bolsa con unas flautitas, un par de mignones o el pan de ayer, que
seguía siendo mejor que no comer nada.
La familia intentaba convencerlo varias veces de cambiar esa
costumbre. Porque, si bien había ganancia, era poca.
—Así no vas a ganar plata —lo retaba la mujer.
Él sonreía mientras acomodaba las canastas de mimbre.
—Para ganar plata hay negocios mejores que una panadería.
Como ser futbolista.
Y se sonreía.
Volviendo al fútbol, los chicos del club empezaron a crecer.
Algunos llegaron a Primera. Otros fueron albañiles, colectiveros, médicos,
profesores, electricistas o panaderos, como él.
Cuando algún periodista encontraba a uno de ellos y le
preguntaba quién había sido el técnico más importante de su vida, casi todos
contestaban el mismo nombre: Miguel Bogado.
Pablo Arizmendi, el diez titular del Bayern Múnich y
goleador de la selección argentina, lo nombró como el mejor entrenador que tuvo
de pibe en el barrio. Los alemanes se lo querían llevar para allá, pero el
Suizo se negó infinidad de veces. Él seguía con la panadería y en el club de
barrio por las tardes y los sábados.
Muchos pibes que salieron campeones del mundo con la Sub-20
se acordaron de él. No porque les hubiera enseñado una táctica revolucionaria.
Ni una forma novedosa de patear un córner. Sino porque les había enseñado algo
bastante más difícil: que competir no es despreciar ni maltratar al rival. Que
se puede querer profundamente una camiseta sin odiar las demás. Que la
rivalidad termina cuando el árbitro marca el final.
Dicen que todavía hoy, si uno pasa temprano por esa
panadería del conurbano, puede encontrar a Miguel Ángel Bogado amasando mientras
escucha programas de fútbol por la radio.
Y que, de vez en cuando, entra algún vecino con vergüenza,
diciendo que ese día no le alcanza para comprar el pan. Bogado nunca hace
preguntas. Nunca pide explicaciones.
Simplemente llena una bolsa blanca de nailon, se la alcanza
por arriba del mostrador y dice, como si fuera la cosa más natural del mundo:
—Llevá... mañana será otro día.
Tal vez por eso hubo gente que nunca logró entenderlo.
Miguel Ángel Bogado fue discriminado toda su vida por no
discriminar a nadie.
Sábados de Fontanarrosa. Hoy: Selección de chistes gráficos 1999. Primera parte.
Tango
El tango nunca fue una música.
Fue, y sigue siendo, una manera de vivir. De caminar. De mirar la vida con un pucho
en la comisura de los labios y las manos en los bolsillos. Como el fútbol. O,
mejor dicho, como el fútbol argentino. Mejor aún: como el fútbol rioplatense. Porque
acá nunca se trató de llegar primero. Se trató de saber cuándo llegar.
Por eso el fútbol nuestro jamás
necesitó correr más que los demás, ni fabricar atletas de laboratorio. Lo
nuestro siempre fue la gambeta, el firulete, la pausa, la pelota mansa bajo la
suela mientras el gil pasa de largo. El inglés inventó el football. El
brasileño inventó la alegría. Nosotros inventamos la pausa. Y de esa pausa
nació la gambeta. El tango ya la conocía desde hacía mucho.
Porque el tango se baila de a dos.
Igual que el fútbol: uno que imagine y una pelota que lo acompañe. Es un
diálogo. Un abrazo. Una conversación en la que no hacen falta palabras. ¿O
acaso es casualidad que los dos mejores números diez que dio este bendito juego
hayan nacido a orillas del Río de la Plata? No. Es el tango corriéndoles por
las venas. Es el fueye de Aníbal Troilo respirando despacito antes de largar el
zarpazo. Son los dedos de Osvaldo Pugliese caminando por el piano como quien va
amagando rivales en una baldosa.
Todos dejaban una nota suspendida
apenas un instante más de la cuenta. La acariciaban. La dejaban bajo el pie.
Esperaban. Y, cuando el otario ya creía que la frase había terminado, ¡zas!,
salían por izquierda o por derecha y le pintaban la cara. El buen diez hace
exactamente lo mismo. Frena cuando todos esperan que acelere. Espera cuando
todos salen desesperados. El marcador cree que ganó la jugada, que la cortó
limpia... hasta que descubre que llegó medio segundo antes. Y medio segundo, en
el tango y en el fútbol, es una eternidad. Ahí queda el defensor despatarrado,
abierto de gambas, como si lo hubiera saludado el facón de un taita de
Barracas.
El fútbol nuestro también es
barrio. Cada vez que el fueye de Troilo respiraba aparecía una esquina de
Pompeya. Un boliche de Boedo con las persianas a medio cerrar. Un farol cansado
alumbrando el empedrado mojado de San Telmo. Un tachero arriba de un Siam Di
Tella cruzando el puente hacia Valentín Alsina. Un guapo cansado pidiendo
"lo de siempre" mientras afuera chispea una garúa fina que parece
escrita por Homero Manzi.
Eso mismo pasa cuando el diez
argentino la agarra en tres cuartos de cancha y encara. No importa si juega en
Nápoles, Barcelona, Miami o Lusail. En ese instante vuelve al potrero. A la
pelota de goma. Al arco hecho con dos buzos. A la vieja gritándole desde la
ventana que ya está la comida o yéndolo a buscar, enojada, porque no hizo la
tarea. El barrio viaja con él. O, mejor dicho, ahora el barrio es él.
Gardel no necesitaba levantar la
voz. La apoyaba sobre la melodía como quien deja un pase milimétrico para que
el nueve solamente tenga que empujarla.
Floreal Ruiz era distinto.
Cantaba con esa melancolía de quien conoce todas las derrotas del barrio, como
esos enganches que juegan con la cabeza levantada porque saben que el partido
también se gana sufriendo.
Edmundo Rivero parecía un zaguero
grandote, de esos que intimidan con solo pararse en la cancha.
Y Julio Sosa... Julio Sosa era un
guapo. Más que el Varón del Tango, era el Obdulio Varela del tango.
Después apareció el Polaco
Goyeneche. Estiraba una palabra, mordía otra, parecía olvidarse del compás para
volver justo cuando nadie lo esperaba. Como Riquelme dejando pasar la pelota
entre las piernas. Como Maradona frenando en el borde del área. Como el Garrafa
con la pelota pegada al pie. Era el fulbo, nene, el fulbo.
Y un día cayó Astor Piazzolla. El
loco. El que agarró el tango del cogote y le dijo, a lo guapo: "Vení,
atorrante, vamos por otro lado". Los ortibas de siempre se escandalizaron.
Dijeron que eso no era tango. Que había traicionado la tradición. Son los
mismos que putean al pibe que tira un taco porque "hay que jugar
simple". Nunca entienden que los adelantados juegan un partido que los
demás recién van a entender dentro de veinte años.
También están los poetas. Homero
Manzi, Enrique Santos Discépolo, Homero Expósito, Cátulo Castillo. Ellos no
escribían letras. Describían sentimientos. Le ponían palabras a eso que
sentimos en el pecho los que gritamos un gol, los que aplaudimos o lloramos en
una cancha. Eran traductores de emociones al castellano. Conocían al cafishio,
al laburante, al bacán venido a menos, al burrero sin un mango, a la percanta
que se fue con otro, al malevo que todavía caminaba con el cuchillo escondido
en el cinto. Conocían al pueblo. Y el fútbol, antes que un deporte, siempre fue
eso: pueblo. Fue, no; es.
Porque el tango nunca habló
solamente del amor. Habló de la derrota. Y el hincha argentino sabe que perder
también forma parte del oficio. Hay Mundiales perdidos que se recuerdan más que
otros ganados. Porque dolieron. Porque dejaron cicatrices. Porque todavía se
cuentan entre amigos, casi cuarenta años después, con un café de por medio y la
certeza de que, si el árbitro no era un maula, éramos campeones.
Por eso nunca voy a creer que el
fútbol sea apenas velocidad, pressing, offside semiautomático, VAR, mapas de
calor o estadísticas. El fútbol argentino no salió de un laboratorio. Salió de
un conventillo. De un café con el mozo y la rejilla mugrienta. De una milonga.
De una fiesta en un club de barrio donde se conocía al primer amor. De un
bandoneón que respiraba como respira una tribuna antes de un penal.
Salió del mismo barrio donde
Gardel aprendió a cantar, Troilo hizo llorar un fueye, Pugliese marcó el compás
con la autoridad de un viejo caudillo, Floreal Ruiz le puso nostalgia a la
noche, Goyeneche desafinó con elegancia y Piazzolla se animó a gambetear las
críticas.
Cada vez que un bandoneón abre el
fuelle, una pelota empieza a rodar. Y cada vez que una pelota empieza a rodar,
en algún rincón de Buenos Aires vuelve a sonar un tango. Porque nunca fueron
dos historias distintas. Siempre fueron la misma historia, contada de dos
maneras distintas. Una con una orquesta, una voz rompiéndose el alma y un
bandoneón; la otra con once soñadores de cada lado, o incluso menos, una pelota
y un potrero. Por eso, ¿qué me van a venir a hablar de amor... y, mucho menos,
de fútbol?
Jorge Luis.
—Hola, Jorge Luis. ¿Cómo estás?
Sé que hoy tenemos sesión. Lo que te voy a decir no tiene lógica ni razón. Es
más propio de un loco, de un demente. Pero fue el 12 de junio —aún te la debo—,
fue el mismo día que arrancó el Mundial. Sé que va a sonar loco, pero...
¿podríamos pasarla para el próximo viernes? Por una cuestión de cábala, ya sé.
Sé que psicológicamente no tiene ningún tipo de fundamentación. Tampoco lo tomo
como mufa, sino como cábala. El fútbol no sabe de psicología, de razones ni de
nada comprobado científicamente. Bah... mejor dicho, el hincha no sabe de eso.
Y yo soy hincha. ¿Podemos dejarla para el otro viernes?
Porque, mirá, yo sé exactamente
lo que me vas a contestar. Que estoy estableciendo una relación entre dos cosas
que no tienen nada que ver. Que si Argentina le gana a España el domingo no va
a ser porque yo falté a terapia. Y que, si pierde, tampoco va a ser porque
vine. Lo sé. Lo entiendo. Hasta podría explicarlo yo si me preguntás.
El problema es que una cosa es
entenderlo... y otra muy distinta es jugarse a comprobarlo.
Imaginate que vengo. Entramos, me
siento en el sillón, hablamos una hora. Salgo pensando: "Qué boludez, al
final vine". Y el domingo perdemos. ¿Vos entendés con qué cara vuelvo el
viernes siguiente? No podría mirarte. Pasaría toda la sesión pensando que
tendría que haberme quedado en casa. O peor, que piense que sos mufa. O peor
aún, que crea que la terapia es piedra.
Ya sé, ya sé... vos me vas a
decir que eso se llama pensamiento mágico. Pero dejame defenderme un poco. No
es que crea que Scaloni está esperando que yo confirme el turno para armar el
equipo. No pienso que Julián Álvarez vaya a errar un gol porque yo crucé mal
una esquina. No soy tan delirante.
Bueno... creo.
Lo que pasa es que el Mundial nos
convierte en otra persona. Sí, medio boludos y supersticiosos. Una versión
nuestra bastante más idiota, si querés. De golpe no cambiás de camiseta porque
ganó. No te sentás en otro lugar. Capaz que estás sin bañarte una semana. O con
la misma camiseta transpirada, ya con olor a chivo. Y lo peor es que todos
sabemos que no sirve. Pero tampoco sabemos que no sirve. Es un gris. Como toda
ciencia que tiene sus grises. Nada es exacto.
Es una especie de limbo mental
donde la lógica queda suspendida durante noventa minutos. Después vuelve. El
lunes uno puede discutir de probabilidades, estadísticas, rendimiento físico,
sistemas tácticos. Los cambios. El número de los cambios o el show de medio
tiempo que meten los yanquis. Pero el domingo, mientras rueda la pelota, uno
está convencido de que el destino depende de no tocar absolutamente nada.
No para que gane Argentina.
Funciona para tranquilizarte a vos. Para sentir que hiciste todo lo que estaba
a tu alcance. Aunque lo único que estuviera a tu alcance fuera no escuchar nada
de Iron Maiden durante más de un mes, porque hiciste esa promesa si le ganabas
a Inglaterra.
Así que no te estoy pidiendo que
valides una superstición. Te estoy pidiendo que entiendas a un hincha.
—¿Ah, me entendés? ¿Qué me ibas a
pedir lo mismo? ¡Buenísimo, es genial! Pensamos igual. Necesitamos más
psicólogos como vos, que nos entiendan. Ahora te pregunto una cosita nada más:
¿me estás cancelando por cábala o porque pensás que soy mufa?
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