Slider[Style1]
Style2
Style3[OneLeft]
Style3[OneRight]
Style4
Style5
Autoestima.
Esto me pasó hace varios años, antes del ascenso y, por ende, cambio de oficina. Por eso lo cuento ahora; contarlo en su momento hubiese sido mandar al frente a personas que conozco y que en algún momento estimé. Creo que hoy extraño un poco a esos compañeros, porque rompían la monotonía del trabajo de oficina. Muchos creen que uno, al recibirse de contador, abogado o ingeniero, va a estar en permanente lucha en su estudio, en los estrados o en plena obra. Pero no. Créame que la mayoría terminamos en una oficina, algunos mejores pagos que otros, pero en una oficina, al fin y al cabo.
Uno de esos
compañeros era Jorgito, un ingeniero caído en desgracia. Vivía en un
monoambiente en San Telmo. Se había divorciado hacía mucho ya, veía a los hijos
fin de semana de por medio. En la oficina era, cómo decirlo, bastante vago. El
perchero, bastante destartalado, cumplía más funciones que él. Uno sabía que,
si dejaba la campera o el sobretodo ahí, al final del día permanecería en su
negro gancho de caño. Ahora, darle un expediente o un laburo a Jorgito era no
saber a dónde iba a parar; Jorgito o el expediente.
Pero lo
queríamos. Era un hombre entrado en kilos y años. Charlatán, pelón y se
enganchaba en todas las discusiones futboleras, por más que no supiera un soto
de fútbol. También era bastante chusma. Sabía la vida privada de casi todos.
Con quién salía Juana de Contabilidad o qué chanchullo se había mandado
Fernando de Compras y hasta qué color de calzoncillos tenía el jefe en el
segundo cajón de su habitación. Muchas veces —generalmente al día 15 del mes,
cuando el sueldo empieza a mermar— no hablaba con nadie y tenía una cara de
culo que ponía en ese estado a toda la oficina. Todos sabíamos que era por
problemas de guita. A pesar de ser ingeniero, ya estaba un poco grande y había
dilapidado todas las oportunidades de ascenso. Hasta jugábamos apuestas;
creíamos que al perchero lo iban a ascender antes que a él.
Jorgito vivía con
lo justo, pero le gustaba aparentar. Cuando vendió su Renault 19, esgrimió que
“contaminaba mucho”. Justo él, que no sabía para qué era el cesto verde que
estaba junto al negro, en el pasillo afuera de la oficina. Todos sabíamos que
lo había vendido para pagar expensas, porque en cualquier momento lo rajaban
del monoambiente. También hablaba mucho de su “época de oro”, de cuando llegó a
tener cuatro o cinco departamentos y lo estafaron. O de cómo la mujer lo dejó
en Pampa y la vía llevándose todo. Nosotros sabíamos que era verso, que la
mujer fue la que le dejó de lástima un monoambiente que era de ella, porque
Jorgito nunca tuvo un mango. Pero bueno, ahí estaba, viniendo a la oficina a
tomar café, fumarse un pucho en la ventana y hablar de todo.
Un día cambió.
Todo cambió. Por lo menos en la vida de Jorge.
Se mostraba más
alegre. Llegaban los días 15, 18, 20 y seguía con el mismo sueldo miserable,
pero de buen humor. “Creo que Jorgito la está poniendo”, me decía Juan,
compañero de escritorio. Nos reíamos y empezamos a joderlo, porque la maldad es
uno de los condimentos del compañerismo; uno ni con su señora pasa ocho horas
encerrado todos los días.
Las semanas
siguieron y Jorgito cada vez estaba más arriba. Silbaba melodías raras. Venía
peinado. Un lunes cayó hasta con una bufanda de colores, que no se la pondría
ni un payaso en medio de una animación infantil.
Y de golpe, un
día, se apareció con una notebook. Una cosa vieja, despintada, con una
calcomanía de Windows Vista medio salida. La apoyó en el escritorio y arrancó
una videollamada sin siquiera ponerse auriculares.
—Aló Jorge
Alberto, ya estamos en la call. Jürgen, Giuseppe y tú. Falta que se conecte
Joao y Xiu.
Toda la oficina se
quedó en silencio. No por respeto, por curiosidad y chusmerío. Además, con esos
nombres parecía una telenovela mexicana.
De la computadora
empezaron a salir voces con acentos imposibles. Un alemán que hablaba como
doblaje barato, un italiano acelerado, un chino que pronunciaba las erres como
eles y una española que parecía estar permanentemente indignada. Mientras tanto
Jorgito mutaba el acento según quién hablara. Si hablaba con el italiano,
gesticulaba. Si hablaba con el chino, inclinaba la cabeza como si eso ayudara.
Estaba más concentrado que Kung Fu en la montaña.
—Estamos viendo
con nuestros socios en Argentina que el barril de petróleo se ha encarecido,
pero os podemos compensar con commodities…
Nos mirábamos
todos sin entender un joraca. Porque el
mismo tipo que una semana antes había mangueado una luca para un cortado ahora
hablaba de commodities como si manejara la Bolsa de Nueva York. De golpe y
porrazo era el Lobo de Wall Street.
La escena empezó
a repetirse todos los días. Ya ni laburaba. Se la pasaba de llamada en llamada,
tomando notas en una libreta Gloria llena de garabatos. A veces se reía solo
mirando la pantalla. Otras veces cerraba los ojos y asentía, muy serio, como si
le estuvieran revelando secretos de Estado.
—Creo que Jorgito
la miseria lo enloqueció del todo —comentó Brian una mañana en el dispenser.
—O se ganó el
Quini y no nos quiere contar.
—No, boludo. Para
mí cayó en una secta.
La teoría de la
secta empezó como chiste y terminó siendo la explicación oficial de la oficina.
Encima Jorgito estaba insoportable. No porque estuviera mal. Estaba demasiado
bien. Entraba saludando fuerte, abrazaba gente, le decía “campeón” hasta al
cadete y empezó a tirar frases motivacionales completamente fuera de contexto.
—El límite está
en la mente.
—Hay que conectar
con el potencial interior.
—Somos
arquitectos de nuestra propia abundancia.
La primera vez
nos causó gracia. A la cuarta ya te daban ganas de ahorcarlo con el cable del teléfono
o revolearle el borrador de la pizarra que nunca usábamos. Una tarde lo escuché
hablando con un italiano.
—Giuseppe,
hermano, tú tienes que abrazar al niño interior.
Casi escupo el
café. El tano, del otro lado, lloraba o
eso parecía, la verdad que ni idea, porque llegó el punto en el que las
conversaciones bizarras de Jorgito ya se habían vuelto parte del sonido
ambiente. Pero él lo seguía consolando al tano. En español, pero haciendo un
acento como si hablara en tano.
—No importa el
divorcio, Giuseppe. Tú eres valioso. Salva tu matrimonio. Tú puedes.
Ahí nos miramos
todos. Silencio total. Algo no cerraba. Durante semanas habíamos pensado que
Jorgito estaba metido en negocios turbios internacionales, lavado de guita o
una red de criptomonedas falopa. Pero no. Lo que estaba haciendo era muchísimo
peor: al parecer era coach o algo por el estilo.
Con el tiempo
fuimos entendiendo el panorama. Las supuestas “reuniones financieras” eran
grupos de autoayuda internacionales. Tipos y minas de distintos países
conectándose para hablar de autoestima, inseguridades y “energía personal”.
Fernando Carlos, el caribeño, era un venezolano radicado en Miami que se hacía
llamar “mentor emocional holístico”. La española vendía cursos para “reconectar
con la diosa interna”. El alemán tenía un canal de YouTube donde lloraba
contando cómo había aprendido a quererse después de perder una parrilla
temática en Berlín.
Y Jorgito estaba
fascinado. Por primera vez en su vida sentía que pertenecía a algo. El problema
fue que empezó a llevarlo demasiado lejos. Nos hacía repetir afirmaciones
positivas antes de arrancar la jornada.
—Mírense a los
ojos y digan “soy suficiente”.
Brian casi lo
surte ese día. Después aparecieron cartelitos pegados por la oficina: “Florece
donde estés plantado”, “Hoy elige ser tu mejor versión”, “Sonríe, el universo
escucha”. Los cartelitos parecían hechos por algún nene de jardín en una cartulina
chillona, con letras mal recortadas. Podría haber usado la Inteligencia
Artificial al menos para hacer los carteles y luego imprimirlas, pero bueh.
El jefe estaba
encantado. Decía que había mejorado el
clima laboral. Y honestamente… algo de razón tenía, mas que nada porque Jorgito
no nos contagiaba su cara de ojete post dia 15 del mes. Además, nos divertíamos
con sus diálogos bizarrisimos.
Hasta que llegó
el viernes del desastre. Ese día Jorgito vino emocionadísimo porque iba a
coordinar su primera “cumbre internacional de autoestima”. Había llevado
sanguchitos de miga y una gaseosa marca dudosa para festejar.
A las cuatro de
la tarde conectó la notebook en el medio de la oficina.
—Bienvenidos
hermanos del amor propio —arrancó diciendo, completamente extasiado.
En la pantalla
empezaron a aparecer las caras de todos los personajes de siempre. Giuseppe.
Xiu. Fernando Carlos. La gallega. Un brasilero musculoso que hablaba desde una
hamaca paraguaya.
Y de repente
Jorgito dijo:
—Hoy tenemos
nuevos integrantes desde Argentina.
Nos señaló a
nosotros. Yo pensé que estaba jodiendo. Pero no, era posta.
—Gabriel tiene
problemas para expresar emociones —dijo señalándome—. Brian trabaja mucho la
ira. Juan todavía no sana heridas vinculares.
Casi me muero o
nos morimos. Me acuerdo que Brian se puso colorado y por un momento temí que le
recagará a trompadas a Jorgito.
Juan directamente
lo reputeó:
—¡Pero andate a
la concha de tu madre, Jorge! ¿¡Qué te pensás que es esto, pelotudo!? ¿¡Gran
Hermano!?
Lo peor fue que
los extranjeros empezaron a aplaudir.
—Bravo Juan,
expulsar el dolor es sanar —dijo Fernando Carlos con su tono caribeño.
Ahí explotó todo.
Brian le revoleó la taza con café. Juan le quiso sacar la notebook y empezaron
a forcejear.
La española
empezó a llorar. El brasilero gritaba
“deixa fluir, irmão”. Y Jorgito, en medio del caos, lloraba emocionado
diciendo:
—¡Esto es
crecimiento personal! ¡Por fin están conectando con ustedes mismos!
En el forcejeo,
la notebook salió volando y le dio de lleno al vidrio del microondas donde me
estaba calentando un café. Hubo un
chispazo. Se cortó la luz en toda la oficina. Y en el silencio absoluto que
quedó después, lo único que se escuchó fue la voz de Fernando Carlos saliendo
distorsionada desde los parlantes mojados:
—El verdadero
liderazgo nace del amor propio…
Jorgito se quedó
mirando la notebook humeando como si hubiese muerto un familiar. Y no sé qué
fue más triste: verlo juntar los pedazos de esa computadora vieja… o escuchar
cómo decía bajito, casi quebrado:
—Porque no se van
todos a la reconcha puta de su hermana, manga de fracasados que nunca van a salir
de esta oficina de mierda ¡Soretes!
Lo que vino después
fue una gresca generalizada. Todos contra Jorgito, le dieron para que tenga,
guarde y reparta entre los miembros de la mesa de autoayuda. Cuando apareció el
jefe y vio semejante espectáculo dantesco, se quiso poner a separar y también
la ligó.
Por suerte, luego,
me ascendieron, bueno en realidad fue porque no participé en la batahola en la
cual casi lincharon al boludazo de Jorgito y suspendieron a casi todos. Ganas
no me faltaron, pero me contuve porque estaba ocupado revoleándole el celular
por la ventana.
Sábados de Fontanarrosa. Hoy: Famosos en Inodoro Pereyra.
Charles Darwin (aparece como "Yon")
Jorge Luis Borges
Kung Fu
He-Man
Batman
Infantino afirma que para el próximo Mundial, con tantas selecciones, primero se jugará el Mundial y luego las eliminatorias.
Fútbol Argentino, Lo último, Mundial 2026, Mundial 2030
El próximo Mundial se jugará por primera vez en
tres continentes, puesto que se conmemora el centenario del primer campeonato
del mundo. “Ya con Argentina, Paraguay, Uruguay, España, Portugal y Marruecos
tenemos como la mitad de los participantes. Si no llegan a clasificar Italia o
Chile, vamos a meter 120 equipos y reconocer a Catalunya o Gerli como países
independientes”, se queja otro dirigente.
Aparentemente, si llega a darse el nuevo formato,
luego de los grupos se jugarían treintaidosavos de final. “Es como la Copa
Argentina, pero con equipos menos poderosos que Deportivo Rincón o Claypole”,
sostiene un dirigente.
“Vamos a hacer las cosas más sencillas: primero
hacemos un Mundial con 48 equipos y luego eliminatorias. Los que ganen las
eliminatorias harán grupos de 32 equipos y de ahí se definirá al campeón
mundial luego de octavos, cuartos, semifinal y final”, sostiene Gianni
Infantino.
Ránking FIFA. Antes de empezar el Mundial.
Los parámetros para elaborar son exactamente similares a los estándares que toma la FIFA:
- Elección de los equipos mientras Infantino se da con Ayahuasca, Dominguez empepado y el esloveno presidente de la UEFA que tiene cara de garca dándole al dimoxinil.
- Equipo que gana alguna Copa Continental se le descuentan 100 puntos. Siempre que sea de CONMEBOL.
- Bélgica siempre en el top ten, pase lo que pase.
- Selección europea suma 150.
- Queja de Mbappé o Gatusso contra la CONMEBOL suma 100 para Bélgica.
- Cualquier dicho de Enzo Fernández es sanción.
"Ayer vi ganar a los argentinos" de Roberto Arlt
Sábados de Fontanarrosa. Hoy: "Fontanarrosa y el fútbol"
Señor Presidente.
Lo primero que hizo Julián Adrián Varela cuando volvió a Rosario fue bajar la ventanilla del taxi y respirar hondo.
—El río sigue teniendo olor a río —pensó, con los ojos
húmedos por la emoción de volver.
El tachero lo reconoció por el espejo enseguida. Era
imposible no hacerlo. Durante quince años, la cara de Julián había estado
pegada en publicidades de botines, tapas de diarios deportivos, figuritas y
videojuegos. El nueve rosarino que había salido de las inferiores de Rosario
Central para conquistar Europa.
Había debutado con dieciocho años, flaquito y rápido, con
esa manera de correr medio inclinado hacia adelante, como si siempre llegara
tarde a algún lado. Podría decirse que era un nuevo Ángel Di María, aunque con
el correr del tiempo empezó a ganar masa muscular. Fue goleador de un torneo que
el Canalla peleó hasta el final, aunque no logró ganarlo. Le quedó esa espina,
pero no tuvo tiempo de sacársela porque Europa ya lo buscaba.
Primero lo compró el Bayern Munich. Se convirtió en goleador
indiscutido de la Bundesliga, que el Bayern ya ganaba caminando desde hacía décadas,
y pudo levantar una Champions. No hizo goles en la final, pero fue clave para
llegar hasta ella. Después pasó por el Manchester City, donde ganó ligas y
copas, aunque se le escapó una Champions. Más tarde vino el Barcelona, donde
tocó el cielo durante un par de temporadas y terminó de convertirse en ídolo
mundial: dos Champions al hilo, goleador… Ni hablar de la Selección, donde ganó
de todo. No era un Messi, porque las comparaciones son odiosas y además jugaban
en puestos distintos, pero sí podría decirse que era una especie de Batistuta
2.0.
El último tramo de su carrera europea fue en el Newcastle,
donde llevó al equipo a clasificarse a la Champions con doce goles en la temporada.
Volvió a retirarse a Central a los treinta y nueve años. Para un delantero, la
edad no pesa tanto: se compensa con cerebro y experiencia. Sabía dónde pararse,
sabía dónde estaba el gol. Cuándo picarla y cuándo reventarla contra la red.
Eso le permitía caminar la cancha durante setenta minutos y, aun así, encontrar
un hueco imposible en el minuto ochenta y ocho para mandarla adentro.
No salió goleador del torneo ni Central peleó los primeros
puestos. Jugó dos campeonatos y se retiró. Todos recuerdan su último gol. Fue
contra Boca y llovía fuerte, como para hacerlo más épico. Le llegó un centro
desde la derecha; se elevó más que nadie, metió un frentazo al piso y la pelota
hizo una especie de patito que descolocó al arquero antes de entrar.
Como pasa con todo ídolo que se retira, la dirigencia sintió
que tenía que inventarle algo urgente: manager, coordinador de inferiores,
técnico de Primera… algún puestito. Durante un tiempo lo llamaron para cenas
solidarias, inauguraciones de parrillas, campañas políticas, cumpleaños de
quince y debates televisivos donde cinco tipos gritaban al mismo tiempo.
Pero a Varela no le gustaba nada de eso.
Él quería contribuir de verdad.
Así que, de un día para el otro, desapareció.
Muchos creyeron que se había ido del país a hacer negocios en Europa, como hacen tantos jugadores que juntaron fortuna durante su carrera. Otros decían que andaba perdido en un campo que había comprado. Cada hincha tenía una teoría distinta.
En realidad, se había anotado en la facultad.
Primero estudió Derecho y después Contabilidad. Le costó
muchísimo más que jugar una Champions League. Había noches en las que se
quedaba dormido arriba de códigos subrayados, con los lentes puestos y la
televisión prendida sin volumen.
Iba a cursar con un gorrito, bien afeitado y con el pelo
corto, casi irreconocible. Tuvo suerte: en la universidad muchos son apenas un
número de registro, sobre todo en la Facultad de Económicas. A veces lo
reconocían y le pedían fotos, pero él no quería saber nada con volver a
sentirse famoso.
Una madrugada, mientras preparaba un parcial de Derecho
Administrativo, escuchó a unos vecinos discutir en el departamento de abajo.
Se peleaban por plata.
La mujer lloraba.
El hombre repetía que el sueldo no alcanzaba y qué había que
volver a la casa de los suegros.
Y el bebé, como para volver todo más insoportable, también
lloraba.
Julián apagó la luz y se quedó quieto.
Hacía rato que no sabía cuánto costaba vivir. Como jugador
—y aun después de retirado— le manejaban todo: impuestos, contratos,
inversiones, propiedades.
Ese descubrimiento le dio vergüenza.
Primero, porque sintió que estaba invadiendo la intimidad de
los vecinos al escuchar la discusión. Después, porque entendió que él podía
ayudar de alguna manera y no lo estaba haciendo.
Ese recuerdo empezó a taladrarle la cabeza cada tanto.
Hasta que un día volvió al club.
Cuando se involucró otra vez en Central, ya no era el
exjugador simpático que saluda desde un palco. Llegó con carpetas, proyectos y
una idea fija: ordenar el club como si fuera una familia cansada de sobrevivir.
Central venía de años de ostracismo. Cada tanto salvaba una
temporada ganándole el clásico a Newell's, aunque a veces ni eso.
Económicamente estaba destruido: empleados despedidos, jugadores sin cobrar,
chicos de la pensión sin cena… un desastre.
Ganó las elecciones.
Muchos dijeron que “habían votado al ídolo”, todavía con el recuerdo fresco de los casos de Milito, Verón y Riquelme, o incluso, Passarella. Central ya había tenido un ex jugador como presidente, Gonzalo Belloso, pero no era ídolo como sí lo era Julian Varela. Algunos esperaban que le fuera mal; otros, en cambio, lo votaron con la ilusión de volver a creer.
Contra todo pronóstico, le fue muy bien.
Se rodeó de exfutbolistas que conocían el barro del club,
utileros viejos, hinchas que habían pasado décadas acomodando cables o pintando
tribunas sin cobrar un peso.
Volvieron a poner en condiciones las inferiores.
Arreglaron el predio.
Las cuentas dejaron de estar en rojo.
El campeonato económico lo ganó de punta a punta, aunque
todavía faltaba el deportivo. Porque uno puede generar plata, saldar deudas,
mejorar instalaciones y potenciar la marca del club, pero si la pelota no
entra, igual terminás señalado como un corrupto. En ese juego medio macabro,
Varela se bancó varias puteadas por pijotear en refuerzos mientras acomodaba
las finanzas.
Pero siguió acelerando.
Cuando el club ya estuvo ordenado, armó un equipazo.
Repatrió una columna vertebral de jugadores surgidos de la cantera: Carlos
Gero, un arquero imbatible; Miguel Harta, un cinco con marca, juego y gol. Y
para cerrar, trajeron a Guillermo Balboa, el nueve vendido de juvenil que había
explotado en River.
Después llegaron buenos refuerzos del torneo local.
¿El resultado?
Rosario Central campeón y clasificado a la Copa
Libertadores.
Podríamos detenernos en estadísticas o resultados, pero no
estamos haciendo un informe deportivo. Lo importante es que ese Central terminó
levantando la Libertadores.
A Julián Varela se le infló el pecho.
Y también otra cosa que hasta entonces había permanecido
bastante escondida: el ego.
Ahí empezaron a aparecer los amigos del éxito ajeno. Los
aduladores que querían manejarlo, empujarlo a hacer cosas que él jamás habría
hecho solo, o que tal vez sí, aunque nunca se hubiera animado sin esos
murmullos constantes de los lamebotas del triunfo.
El problema empezó cuando creyó que un país podía manejarse
igual que un club.
O peor todavía: cuando la gente creyó lo mismo.
Los aduladores lo fueron empujando, de a poco, hacia la
política. Primero entrevistas, después actos, más tarde cenas con empresarios,
gobernadores, sindicalistas y periodistas que lo trataban como si todavía
pudiera meter el gol salvador en tiempo adicionado.
Los políticos de siempre parecían hechos con fotocopiadora.
Las mismas caras, las mismas promesas, las mismas discusiones de televisión
mientras el almacenero remarcaba precios con bronca.
Derecha, centro, izquierda, peronismo, radicalismo, libertarios… para mucha gente ya eran todos iguales.
Y la gente estaba harta.
Entonces apareció Julián.
Sin corbata.
Hablando simple, aunque educadamente, como si pidiera
permiso para entrar en las casas a través de la televisión.
Diciendo que había que “volver a ordenar las cosas”.
En el fondo, seguía pensando en aquella familia que discutía
por plata. Y si había podido sacar adelante a su querido club, ¿cómo no iba a
poder ayudar a su amado país, por el que tantas veces había puesto la pierna,
la cabeza… todo?
No vamos a aburrirnos con los detalles de la campaña, ni con
porcentajes o rivales políticos.
Lo cierto es que Julián ganó en primera vuelta, y con
comodidad.
El día de la asunción llovió igual que en su último gol.
Muchos lo tomaron como una señal.
Los primeros meses fueron tranquilos.
Después empezó el desgaste.
Cada sector tiraba para un lado distinto. Los empresarios
querían una cosa, los gobernadores otra, el círculo rojo otra, el campo otra y
el Fondo Monetario otra.
Como delantero podía romper marcas; acá era imposible.
En Central, pese a los egos, todos querían el bien del club.
Acá, en cambio, cada uno parecía jugar su propio partido.
Sus asesores no se parecían en nada a aquellos hombres del
club.
Y como pasa casi siempre cuando un gobierno queda atrapado
entre tantas presiones, el dólar subió, la inflación empeoró y hubo corridas
bancarias, paros y desocupación. A veces se obedecía al FMI; otras, se lo
desafiaba; después se volvía a obedecerlo.
Desfilaron ministros de Economía como técnicos de un equipo
en crisis.
Con cierta ironía, Julián pensaba que eran iguales: los
primeros en volar cuando las cosas andaban mal.
El Congreso era un campo minado. Los diputados que antes lo
abrazaban ahora negociaban cargos en televisión. Los gobernadores lo apoyaban
de día y le votaban en contra de noche.
En los canales aparecían panelistas que juraban haber sido
“los primeros en advertirlo”.
Cada semana había una marcha nueva.
Y en Rosario, incluso algunos hinchas de Central empezaron a
insultarlo en la cancha.
Eso fue lo que más le dolió.
Una tarde de invierno salió a caminar sin custodia y medio
camuflado: campera de la Selección, gorrita y capucha. Se sentó en un banco de
plaza.
En el banco de al lado, una pareja discutía —o más bien se
lamentaba— porque la plata no alcanzaba.
Volvió a pensar en aquella discusión de sus años de
estudiante.
Fue como recibir un cachetazo helado: nada se había
solucionado y había puesto todo de él.
A partir de ahí entró en piloto automático.
Parecía un zombi. Tenía la mirada cansada de los hombres que
sienten que decepcionaron a demasiada gente. Pero peor todavía: sentía que se
había decepcionado a sí mismo.
Hacia el final del mandato casi no hablaba en público. Y,
por distintas razones, la gente aguantó hasta el último día, nadie sabe cómo ni
por qué.
Las elecciones las ganó el radical Enzo Parnacchelli. Julián ni siquiera se presentó para un
segundo mandato. Su partido terminó
cuarto, cómodo.
La noche después de entregar el poder volvió solo a Rosario.
Caminó hasta el Gigante de Arroyito.
La cancha estaba cerrada, pero el sereno lo dejó pasar
igual.
—Presidente… digo, Julián… — no dijo mas nada, y se corrió a
un costado para dejarlo pasar.
Él sonrió apenas.
Entró al estadio vacío y se sentó en la popular.
El pasto brillaba oscuro bajo las luces mínimas de
mantenimiento.
Entonces pasó algo raro:
Primero escuchó murmullos.
Después canciones.
Después vio gente.
Miles.
La cancha empezó a llenarse lentamente, aunque las puertas
seguían cerradas. Aparecieron hinchas viejos, algunos muertos hacía años. Tipos
con camisetas antiguas. Mujeres cebando mate. Pibes con banderas enormes.
Incluso vio a su padre, apoyado contra un alambrado, fumando
como cuando él era chico.
Pero entre la multitud también empezó a reconocer otras
caras: un obrero con casco, una maestra, un kiosquero, una médica agotada, un
jubilado abrazando una boleta de luz, un chico revolviendo basura con una
camiseta de la Selección.
Todos mezclados en la misma tribuna.
Su padre levantó una mano y señaló el centro de la cancha.
Entonces apareció una pelota.
Julián bajó lentamente las escaleras de la tribuna. Las
piernas ya no le daban para correr, pero igual entró al campo.
Cuando pateó la pelota, el estadio entero se apagó.
Oscuridad total.
Y durante unos segundos, Rosario completa sintió olor a
pasto mojado.
Al mismo tiempo, en todo el país, se cortó la cadena
nacional que transmitía el discurso del presidente entrante. Las pantallas
quedaron llenas de lluvia blanca y un zumbido viejo, como de televisor antiguo,
algo imposible en los nuevos Smart TV.
Después apareció una imagen borrosa.
Parecía Julián, con la nueve en la espalda.
Fue apenas una fracción de segundo.
Se habló de sabotaje político, de operaciones del partido de
Varela, de un intento de desestabilizar al gobierno recién asumido. Se dijo de
todo. Pero nadie pudo explicar jamás qué había pasado.
Al día siguiente no encontraron a Julián.
Ni custodios, ni periodistas, ni dirigentes, ni amigos, ni
familiares.
Otra vez empezaron los rumores: que estaba en Panamá con
toda la plata que se había robado; que escapó al sur y se cambió el nombre; que
había puesto testaferros y se había ido a Europa.
Pero lo único cierto fue que nunca más volvió a aparecer.
Y desde entonces, cada vez que un político promete “salvar
al país” en televisión, en algún rincón de Rosario empieza a llover, aunque el
pronóstico anuncie un solazo.
Y los viejos del barrio, sin dejar de mirar la lluvia,
repiten siempre lo mismo:
—A un club se lo levanta con amor… habría que intentar lo
mismo con el país.
La previa contra Austria.
¿Estamos usando la misma previa que en el último mundial? Por supuesto que si.
Lo más leído
-
Decime vos para qué cuernos te hice semejante promesa. Se ve que me agarraste con la defensa baja y te dije que sí sin pensarlo. Pero esta ...
-
Para Diego Me van a tener que disculpar. Yo sé que un hombre que pretende ser una persona de bien debe comportarse según ciertas norma...
-
Uno abre la puerta y sale a la calle con un infierno escarbándole las entrañas. Afuera, la siesta del domingo transcurre silenciosa y quiet...
-
Ulpidio Vega, te nombro. Y de la apagada sombra de tu nombre rescato tu paso tardo por el empedrado desprolijo de Saladillo y la cierta f...
-
Ni la IA. Reconoce a los equipos de la LPF. Antes del Mundial 2026 hay una cantidad exorbitante de partidos. Un menú bastante variado que v...
-
El ruido de la puerta metálica al cerrarse le hizo pensar al gordo en algo definitivo. Algo definitivo como el cerrarse de la tapa de un at...
-
Hay muchas joyas de cuentos que ya son clásicos de la literatura futbolera. Escritores que no necesitan ni de presentación como Osvaldo Sori...
-
Por Rolando Grana. Buenas noches, mi nombre es Rolando Grana. Estamos aquí para hacer un informe sobre un tema que nos afecta a todos...



.png)






.jpg)



















