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Flasheo informativo

 

Lo que dijimos en joda hace un par de años con el Mundial, parece que se va a cumplir. Si se cumple esto, vamos a jugar al Quini 6. 

Pido permiso

Hace unos días que vengo pensando si está bien ponerme contento. Mirá hasta dónde llegamos, que uno siente que tiene que hacerse esa pregunta antes de festejar un campeonato. Como si la alegría necesitara permiso. Como si hubiera un tribunal de vigilantes que decidiera cuándo una sonrisa está justificada y cuándo no. Como si uno estuviese rodeado de la policía de la felicidad. Qué festejar y qué no.

Porque sí, ya sé. No hace falta que me lo expliquen. Hay inflación. Hay gente que no llega a fin de mes. Hay desempleo, comercios que cierran, jubilados que hacen malabares para comprar los remedios, familias enteras haciendo cuentas para ver qué dejan de pagar este mes o qué comida se saltean. Hay inseguridad, hay bronca, hay discusiones por todos lados. Abrís cualquier portal y parece una competencia para ver cuál noticia es peor que la anterior. No vivo encerrado en un tupper. Voy al supermercado igual que vos. Cargo nafta igual que vos. Me agarra la misma angustia cuando llega una factura de luz o de gas, o cuando llega el resumen de la tarjeta por mail y lo miro de a poquito para no infartarme. También tengo familiares que la pelean, amigos que perdieron el laburo, gente querida que decidió irse del país porque sintió que acá ya no había lugar para ellos. No soy ajeno a nada de eso.

Por eso me causa gracia, o un poco de tristeza, cuando aparece alguien diciendo: «¿Cómo vas a festejar con todo lo que está pasando?». Como si una cosa anulara a la otra. Como si para gritar un gol hubiera que olvidarse automáticamente de todo lo demás. No funciona así la cabeza de una persona. Al menos no la mía. Y la de muchos más tampoco, eh.

Yo no me despierto pensando únicamente en fútbol. El fútbol ocupa un lugar importante en mi vida, sí, pero también me preocupan un montón de cosas más. Me preocupa llegar a fin de mes. Me preocupa mi familia. Me preocupa el país. Me preocupa el futuro. Me preocupa la salud de la gente que quiero. Todo eso sigue estando. No desaparece porque mi equipo sale campeón después de tanto tiempo. No es un clonazepam que me relaja, no señor.

Lo que pasa es que, de golpe, en medio de tanto quilombo, aparece una alegría.

Una alegría chiquita para algunos, enorme para otros, completamente intrascendente para quien no le gusta el fútbol, o amargura e infelicidad para el clásico de toda la vida, pero ese es otro tema que no voy a tocar. Y está perfecto. No pretendo convencer a nadie de que un campeonato cambia el mundo. No cambia absolutamente nada. Mañana el almacén va a abrir con los mismos precios. El alquiler va a seguir llegando. El colectivo va a seguir teniendo una frecuencia de cometa Halley. El jefe va a seguir siendo el mismo esclavista de siempre. Los problemas van a seguir exactamente donde estaban antes, durante y después de salir campeones.

Pero yo también voy a seguir siendo el mismo. Y justamente por eso necesito esos pequeños respiros. Un poco de cariño para el alma. O para el ego de los hinchas. Si últimamente no podíamos ni pagarles el sueldo a los empleados y los jugadores nos hacían juicio. Ahora, si el equipo anda mal y tengo cara de tuje, sí, nadie me dice nada. Total, es normal en este ispa.

Porque nadie puede vivir las veinticuatro horas del día con la cabeza metida en las malas noticias. Nadie soporta eso sin romperse un poco por dentro. Todos encontramos alguna manera de hacer una pausa. Algunos se van a pescar. Otros escuchan música. Hay quienes se encierran a leer un libro, miran una película, salen a correr, juegan con sus hijos, hacen un asado con amigos o se toman unos mates en una plaza. Nadie les pregunta por qué están riéndose si el país está complicado.

Con el fútbol, en cambio, parece que hay que rendir examen o sacar un permiso especial en la Municipalidad.

Y no lo entiendo.

Porque el fútbol, para los que somos futboleros, nunca fue solamente un deporte. Es una parte de nuestra historia. Son los domingos con mi viejo, con mi abuelo o con mis amigos. Son las camisetas que todavía guardamos aunque ya no nos entren. Son las cábalas ridículas que seguimos haciendo porque alguna vez funcionaron. Son viajes, anécdotas, abrazos con desconocidos, puteadas que cinco minutos después se convierten en festejos. Donde el presidente del club pasa de ser un chorro incompetente a un estadista respetado. Es una de esas pocas cosas que todavía tienen la capacidad de hacer que un montón de personas, que no se conocen entre sí y que probablemente piensen distinto en casi todo, terminen abrazadas al final del partido, borrachas de alegría.

Y eso, en estos tiempos, tampoco es poca cosa.

Me causa gracia cuando dicen que el fútbol distrae a la gente. Como si la gente necesitara que alguien la distrajera. ¿Sabés qué? La gente ya sabe perfectamente cuáles son sus problemas. No necesita que nadie se los recuerde cada cinco minutos. El tipo que hoy sale a festejar es el mismo que mañana se levanta a las seis para ir a trabajar. O a buscar trabajo. O a hacer una changa. La mujer que canta en la tribuna es la misma que después hace rendir un sueldo que no alcanza y que tiene dos trabajos junto al marido. El pibe que hoy se pinta la cara es el mismo que mañana tiene que estudiar o salir a rebuscársela. Nadie dejó de saber cómo está el país porque su equipo salió campeón.

Tenemos neuronas para más de una cosa, viejo.

Podemos emocionarnos con un gol y preocuparnos por la economía el mismo día. Podemos abrazarnos en un festejo y después volver a casa sabiendo que hay que pagar el alquiler atrasado. Podemos cantar durante una hora y seguir indignándonos con la corrupción. No somos tan básicos como algunos creen. El corazón tiene lugar para varias emociones al mismo tiempo.

Y además, si soy completamente sincero, los futboleros tenemos algo de locos. Nos emocionamos por cosas que, vistas desde afuera, parecen una pavada. Nos ponemos nerviosos una semana antes de un clásico. Nos acordamos de un gol hecho hace veinte años como si hubiera sido ayer. Nos abrazamos con un desconocido porque un tipo metió una pelota en un arco. Somos capaces de llorar por un ascenso, por un descenso, por una atajada, por un pibe del club que debuta o por un veterano que vuelve para retirarse con la camiseta que ama. Sí, probablemente sea una locura. Pero es nuestra locura. Y no le hace daño a nadie. A vos no te jode, a menos que seas nuestro clásico, pero, como ya dije, eso lo vemos otro día.

Por eso hoy no quiero discutir con nadie. No quiero convencer a nadie. No quiero entrar en esa competencia absurda para ver quién está más preocupado por la realidad. La realidad ya está ahí. Nadie la pateó lejos como una pelota mandándola al lateral. Nadie la tapó con papel picado. Nadie cree que un campeonato arregla un país, una provincia o un municipio.

Lo único que arregla, aunque sea por un rato, es el ánimo de uno.

Y eso alcanza para seguir. Para tirar un rato más en esta vida apestosa e injusta.

Alcanza para volver el lunes un poquito menos cansado. Para sonreír recordando un gol mientras esperás el colectivo. Para mandar un mensaje a ese amigo con el que hace meses no hablabas porque se pasó a platea. Para abrazar a tu viejo, a tu hijo o a un desconocido en una esquina con los mismos colores que los tuyos. Para recordar que, incluso cuando todo parece venir torcido, la vida todavía tiene la costumbre de regalarte un motivo inesperado para estar feliz.

Así que sí... perdón si molesta. Perdón si justo hoy elegí sonreír. Prometo que mañana voy a seguir preocupado por todo lo que me preocupa. Voy a seguir haciendo las mismas cuentas, leyendo las mismas noticias y viviendo en el mismo país que vivimos todos.

Pero hoy... DALEEEEE CAMPEOOOON, DALE CAMPEOOOON, DALE CAMPEOOOOOOON…


Toni Schweinheim
Obra Publicada, expediente Nº 510614. Dirección Nacional del Derecho de Autor.




Argentina

 

Por Haroldo Meyer

"La gambeta más larga del mundo", de Pedro Saborido.

ALCIDES BERNASCONI ES EL PROTAGONISTA DE la gambeta más larga del mundo. La realizó en febrero de 1975, en un encuentro entre El Porvenir y el Ajax de Holanda, en Gerli. Alcides tomó posesión del balón a los 40 segundos del primer tiempo. Empezó a gambetear rivales arrastrando cuatro jugadores contra el córner adversario, para luego ir llevándolos por la banda lateral hasta el córner de su propio arco. Dada la lejanía que tenía de la valla contraria, los seis jugadores de campo del Ajax que restaban también fueron a marcarlo. Alcides, endiablado, la hacía girar entre sus piernas sin que nadie acertara a quitársela.

A los 6 minutos, los holandeses se organizaron y decidieron que cinco se encargarían de sacarle el balón, mientras que los otros cinco tratarían de partirle la rodilla. Pero Alcides no solo hacia malabares imposibles con el esférico, sino que, con un loco, grácil y deleita-ble bailoteo, esquivaba los guadañazos. Tampoco servían los pechazos y empujones que, lejos de hacerle perder el equilibrio, parecían hacerlo mantenerse en el aire.

Un jugador holandés (de apellido Pérez, hijo de algún inmigrante) optó por lanzarle un cross a la mandíbula que Alcides también esquivó; luego aprovechó para empezar un veloz pique hacia el círculo central. A esta altura, los propios compañeros de equipo empezaron a correrlo para quitarle la pelota.

Alcides gambeteaba a veinte jugadores mientras se daba tremendos autopases y hasta tiraba pelotazos al área que, con increíble velocidad, iba a buscar él mismo, parándola de pecho, enfriando el partido, para luego seguir dando rienda suelta a su inusitada habilidad, mientras los jugadores se comían amagues, chocaban entre sí y caían uno arriba del otro formando pequeños montoncitos.

En el minuto 30, cuando parte del público empezaba a abandonar el estadio (“el egoísmo y la falta de sentido de equipo no le hacen bien al fútbol”, fueron las declaraciones del Gordo Satanás, destacado hincha de El Porvenir, conocido por haber hecho volcar un colectivo de la Línea 51 de un cabezazo), el árbitro (Juan Carlos Baglietto, homónimo del artista rosarino) cobró algo poco claro (algún resquicio del reglamento acerca de la retención del balón) y expulsó a Alcides, quien lejos de hacerle caso siguió gambeteando a los jugadores, al árbitro, a los líneas, a los suplentes, al personal policial que empezó a correrlo con sus perros y a parte de la platea baja. Todos corrían por la cancha tras Alcides, quien llevaba dibujada una extraña sonrisa.

De repente, la Guardia de Infantería empezó a lanzarle gases. Parte de los que lo marcaban se apartaron dándole un claro por el que Alcides picó y encaró hacia el túnel. El árbitro vio que la pelota salía y marcó lateral, pero ya a nadie le importaba el partido. Marcado por 1.457 hombres, Alcides se metió en el túnel, pasó por los vestuarios, salió del club y se mandó para la avenida Pavón. Allí, se sacó de encima 548 hombres con un amague (“Me voy a Temperley”, gritó, y encaró para la Capital) y siguió avanzando entre autos y colectivos.

A la altura del puente Pueyrredón, unas 40 mil personas lo corrían (la mitad lo marcaba, la otra lo alentaba) y cruzando el Riachuelo se encontró con tropas del Quinto Blindado de Magdalena, que abrió fuego. Pero Alcides se dio el lujo de esquivar las cargas de los tanques y los obuses, mientras por Montes de Oca ya era seguido por móviles de la televisión que transmitían en vivo la extraña hazaña de este volante que dividía a todo un país: a esta altura se discutía si eso no era la esencia del fútbol, acaso en estado puro, sin resultadismo, con poesía y habilidad para el disfrute de la gente.

Desde un helicóptero, Osvaldo Zubeldía (convocado de urgencia) fue dando indicaciones al personal policial y del ejército de cómo ir marcándolo y desde qué sectores hacer fuego para ir corriéndolo a Alcides hacia la Costanera. Lo lograron. De pronto Alcides se vio de espaldas al río, enfrentándose a 70 mil personas, 140 patrulleros, 23 carros de asalto, 7 tanques y un avión Hércules C-130. Hubo un silencio. Alcides paró la pelota y dejó que todas las miradas llegaran a sus ojos. Un teniente fue el primero que dio un paso al frente. Entonces Alcides giró, hizo pasar la pelota sobre su cabeza y saltó la baranda. Y todos vieron cómo se fue picando sobre las aguas del Río de la Plata. Nadie lo siguió. A los 300 metros, lo vieron darse vuelta. Los miró y luego tiró un pelotazo hacia Montevideo y se fue corriendo, siempre sobre el agua.

“Estas cosas pueden ser de Dios o del Diablo. Que a veces se parecen…”, dijo un sacerdote asignado al caso por la Curia Metropolitana. Lo cierto es que nadie en-tendió bien qué era lo que había pasado ese día.

Llegó dos semanas después a Bélgica. “Creo que tengo un tirón”, dijo al pisar tierra firme. Jugó un par de años en el Galoise de Bruselas, un equipo de la B. Luego se retiró y puso una concesionaria de usados. Le sigue yendo bien.

Pedro Saborido
Publicado originalmente en la Revista "Un Caño".



Vos también te equivocás.

Seguramente sos el mejor. Seguramente rendiste parciales o exámenes de diez. Y seguramente también desaprobaste más de uno. Estudiaste como un animal, dormiste cuatro horas por noche, te sabías cada tema de memoria, pero las preguntas eran capciosas o el profesor estaba especialmente exigente. Hiciste todo para aprobar y, sin embargo, no llegaste ni al cuatro.

Estoy seguro de que en tu trabajo sos un fenómeno. Llegás temprano, te rompés el alma, hacés horas extras sin que nadie te las reconozca. Preparaste informes que le hicieron ahorrar millones a la empresa. Pero tampoco te olvides de aquella vez en la que te equivocaste en un cálculo, omitiste una variable importante o mandaste un archivo equivocado. O ese día en que el subte no pasó, llegaste tarde y no pudiste presentar una declaración jurada. Siempre hiciste todo para que saliera bien... pero hay veces que no alcanza.

Y vos, que sos el mejor médico de este país. Jefe de servicio, profesor universitario, una eminencia. Salvaste miles de vidas. Miles. Pero también te acordás de aquella vez en la que una medicación no dio resultado. O cuando un paciente se fue porque la enfermedad fue más fuerte que todo tu conocimiento. Nunca dejaste de ser un gran médico por ese dolor. Porque entendiste que incluso los mejores pueden equivocarse.

Todos ustedes, que triunfaron en lo suyo, alguna vez sintieron que el mundo se les venía abajo por un error. Y pudieron levantarse porque tuvieron una familia, un compañero, un amigo o alguien que les dijo: "No te define un mal día".

Ahora dejame contarte cómo se vive del otro lado:

Yo soy futbolista. Y sí... me equivoqué. Muchas veces. Erré un pase cuando todo el estadio esperaba que la pusiera al pie o en la cabeza del nueve. Pateé un penal afuera. Perdí una marca en un córner que terminó en gol rival. Regalé una pelota en la salida que terminó de la misma manera. Hasta hice un gol en contra. Me expulsaron por llegar tarde a una pelota y revolear al rival. Así, puedo estar contándote todas las malas que hice. Porque también tuve partidos donde directamente no me salió absolutamente nada.

¿Sabés cuál es la diferencia? Que vos te equivocaste delante de un jefe, de un profesor, de tus compañeros o de lo que fuese. Yo me equivoqué delante de cuarenta mil personas. Y de millones más mirando por televisión. Mientras vos cerrabas la puerta de la oficina para masticar la bronca, yo tenía veinte cámaras enfocándome la cara. Mientras vos llegabas a tu casa y tratabas de olvidarte del mal día, yo abría el teléfono y encontraba miles de personas diciéndome que era un muerto, un pecho frío, un ladrón, que tenía que dejar de robar como futbolista.

Nadie se acuerda de los cien pases bien dados. Se acuerdan del único que di mal. Nadie recuerda las cuarenta veces que relevé a un compañero. Solo recuerdan esa única vez en la que llegué un segundo tarde. Metí goles importantes. Di asistencias. Corrí hasta que me ardían las piernas. Jugué lesionado. Me infiltré para no dejar solos a mis compañeros. Entrené con fiebre. Me perdí cumpleaños, Navidades, nacimientos y velorios porque el calendario futbolero no espera a nadie. Ni hablar de cuando iba a entrenar de pibe. Dos colectivos y un tren. Seguramente vos, lo mismo para ir a trabajar o a estudiar a la facu. Y, sin embargo, muchas veces todo eso desapareció por un error en los noventa minutos. Y no hay redención hasta que hagas algo épico. En el fútbol, cuarenta aciertos duran un partido; un error dura años, o incluso te persigue toda la carrera. El lunes sos un fenómeno. El domingo siguiente sos un desastre.

Nos dicen que cobramos fortunas. Es cierto. Y sería hipócrita negarlo. El fútbol nos dio una vida con la que muchos sueñan. Pero por cada uno de nosotros que llegó a Primera, te puedo contar cientos de pibes que se quedaron en el camino y hoy están del otro lado. Ellos también entienden de qué hablo. Hay algo que la plata nunca pudo comprar para un futbolista: la tranquilidad. No compra volver a caminar por la calle sin que te señalen por el penal errado. No compra dormir después de haber perdido una final o no clasificar a una copa o, para peor, irte al descenso. No compra el abrazo de un hijo que llega llorando porque en el colegio le dijeron que el padre "es un burro". No compra borrar de la cabeza esa jugada que repetís mil veces antes de dormir preguntándote qué habría pasado si dabas un paso más, si rematabas un segundo antes, si elegías el otro palo.

¿Sabés cuántas veces reviví una jugada? Miles. Porque el primero que se insulta soy yo. El primero que sabe que falló soy yo. El primero que daría cualquier cosa por volver cinco segundos atrás soy yo. Ningún futbolista entra a una cancha queriendo errar. Y a vos te pasa lo mismo, seguro. En el trabajo, en el estudio... hasta en el amor.

No te pido que no critiques. El fútbol vive de la pasión y la pasión es sacar todo lo que uno lleva adentro. Es gritar en la cancha lo que no le podés gritar al hijo de puta de tu jefe o al forro de tu profesor. Puteá. Criticá. Discutí. Enojate.

Pero antes de convertir un error en una sentencia definitiva, acordate de todas las veces que vos también necesitaste que alguien entendiera que un mal momento no definía quién eras. Porque, al final del día, antes que futbolistas, médicos, contadores, albañiles, docentes o ingenieros... somos personas. Y las personas se equivocan. Antes de putearme por un error... pensalo. Vos también te equivocás. Así que la próxima vez que me veas pateando un penal dos metros por arriba del travesaño y dejando al equipo afuera de la Libertadores en primera ronda, pensá bien antes de putearme.

Toni Schweinheim
Obra Publicada, expediente Nº 510614. Dirección Nacional del Derecho de Autor.




La previa contra Inglaterra.

 

  ¿Estamos usando la misma previa que en el último mundial? Por supuesto que si.


Pase nomás

No sé por qué estoy acá. Bah. . . mejor dicho, no entiendo cómo terminé acá. Estoy tratando de acordarme, pero se me juntan los recuerdos. Usted me mira como si ya supiera toda la historia, pero yo no. Yo necesito ordenar las cosas. Si me deja, se las voy contando desde el principio. Capaz, mientras hablo, me acuerdo de qué fue lo último que pasó.

Yo era un tipo bastante normal. Laburaba, volvía a casa, puteaba cuando aumentaba todo, me peleaba con la factura de la luz y, como cualquier cristiano, esperaba que llegara el fin de semana, para descansar o jugar con mis nietos. Pero había una sola cosa que realmente me alteraba la existencia: el fútbol.

No digo que me gustara. Gustar le gusta a cualquiera. Lo mío era otra cosa. Era un enfermo. Un termo, bien pero bien termo eh. ¿Me entiende lo que digo, no? No, digo por esa cara de sorpresa.

Toda la semana giraba alrededor del partido del domingo. Si jugábamos el sábado, mejor todavía, porque arrancaba el fin de semana con una ilusión. Si jugábamos el lunes era un castigo. Entre semana, ni hablar, era un parto. Ir a la cancha era un ritual.

 

Me levantaba temprano, aunque el partido fuera a la tarde, me hacía acordar cuando era un nene y llegaban los sábados para ir a jugar a la canchita de la esquina. Estábamos todo el sábado dándole a la pelota… que tiempos. Preparaba el mate, elegía siempre la misma camiseta, con la que clasificamos a una Libertadores, allá lejos y hace tiempo. Creo que pasaron como veinte años ya. Almorzaba con mi señora, mi hija traía a mis nietos. Y después, bajaba la comida caminando a la cancha.

Y ahí ya empezaba el partido. Porque el fútbol no empieza cuando rueda la pelota. Empieza cuando ves los primeros colores de tu club mezclados entre la gente. El padre llevando al hijo a la cancha. El grupo de amigos tomando birra en la esquina. Cuando te viene el aire cargado con el olorcito a los choris. Cuando escuchás un bombo a tres cuadras. Yo me transformaba. Eso era vida, mi querido amigo.

En la semana era un tipo tranquilo. En la cancha me convertía en director técnico, preparador físico, árbitro internacional, presidente del club y psicólogo del nueve que no hacía un gol ni al arco iris. Puteaba. Si un defensor rechazaba para cualquier lado, yo sabía exactamente cómo tenía que haber salido jugando. Si el técnico hacía un cambio, yo ya lo había pensado diez minutos antes. Si el árbitro cobraba un lateral al revés, automáticamente pasaba a ser el hijo de una familia que prefiero no describir.

Y cada partido era una final. No importaba si jugábamos por el campeonato, por una copa o por ver quién terminaba decimocuarto. Yo sufría igual. Mi señora me decía siempre lo mismo.

—Un día te va a hacer mal.

Yo me reía.

—¿Qué me va a hacer mal? Si esto es fútbol.

Ella me miraba con esa cara que ponen las mujeres cuando saben que uno está por decir una pelotudez inmensa y desisten de contestar para no mandarte a la mierda por cariño.

La primera vez que sentí algo raro fue en la cancha. Íbamos perdiendo un partido increíble. Lo tuvimos en un arco a esos hijos de puta, ellos legaron una vez, y adentro. Amigo, no sabés la mala sangre que me hice. Pero no era mala sangre, o si, y eso me había llevado a otra cosa. Sentí como si alguien estuviera parado sobre el pecho. No le di bola, se me iba a pasar, pensé. Y se pasó nomás.

A la semana siguiente me volvió a pasar en una discusión en la oficina, con el pelotudo de Carlos que se me puso a cargar cuando él tenía menos fútbol que Flavio Mendoza. Y otra vez ese dolor que apretaba el pecho. Se volvió a pasar. Pero me dejo algo preocupado.

Hasta que una tarde, subiendo la escalera en lo de mi hija, me faltó el aire. Mi señora ya no preguntó. Directamente pidió turno con un cardiólogo. Ahí empezó el acabose. Me hicieron más estudios que a un extraterrestre en el Area 51: electrocardiograma, ecocardiograma, prueba de esfuerzo, holter… ese aparatito todo un día puesto, que rompía las bolas como mi señora.

Cuando terminé con todo eso, el médico apoyó la lapicera sobre el escritorio, me miró por encima de la historia clínica y dijo:

—¿Usted vive el fútbol muy intensamente? —. Pensé que era una cargada. Pero claro, yo me fui con la campera del equipo, una gorra de lana del equipo. Cualquier boludo hubiese acertado.

—¿Cómo sabe?

—Porque tiene la presión por las nubes.

Después siguió enumerando cosas. Hipertensión. Un soplo. El corazón trabajando más de la cuenta.

Y remató con una frase que me cayó peor que un descenso.

—No vaya más a la cancha.

Yo esperaba una dieta, que haga ejercicio… bueno, si también me pidió que haga eso. Pero bueno, esa no me la esperaba. Entre que dejar el pucho o la cancha, me costaba más dejar ir a la cancha.

Yo iba a ir igual. Pero mi familia me amenazó de muerte. La bruja me dijo que me iba a dejar definitivamente, mi hija que no me iba a dejar ver a mis nietos. Que a nadie le servía muerto o que quede pelotudo. Así que bueno, hubo que aceptar. Por lo menos me quedaba la tele. No me quedó otra que comprar el pack fútbol, solo para ver un partido: el de mi club.

El primer domingo me quedé sentado en el sillón como un perro al que le cerraron la puerta y lo dejaron del otro lado. A la hora en que siempre salía, miré el reloj. A la media hora imaginaba que mis amigos ya estaban entrando. Después me acordaba de los puestos de choripán, del olor a humo, de los bombos… Y me quería morir. Bueno… es una forma de decir. No me mire así, no era literal.

Lo empecé a mirar por televisión. Pensé que iba a ser más tranquilo. Fue muchísimo peor. Porque en la cancha uno descarga: grita, insulta, silba, canta, se va de mambo. En casa solo podía putear. En el sillón uno acumula, pero al menos podía tomar una cervecita que nunca terminaba y quedaba caliente a medio tomar porque me quedaba puteando a todos estos muertos. El control remoto terminó varias veces incrustado contra un almohadón para no romper el televisor. Mi señora me empezó a tomar la presión en los entretiempos, solamente para que después dijera que ella tenía razón. Parecía un control antidoping. Era el Diego con la enfermera en el Mundial del 94. Los números daban miedo: 160/90, un día de partido, 170/95 otro. Los días de semana 120/70… y si, era el fútbol nomás… ¿Lo estoy aburriendo? Ah, bueno, sigo entonces.

El cardiólogo volvió a retarme.

—Usted dejó la cancha, pero no dejó el fútbol.

Y tenía razón. Me fui de ese consultorio convencido de que el médico estaba completamente loco. ¿Cómo iba a dejar el fútbol? Era como decirle a un pescador que no mire el río o a un músico que no escuche canciones.

Pero esa noche, mientras cenábamos, mi señora me dijo algo que me quedó dando vueltas.

—¿Vos te diste cuenta de que nunca disfrutás un partido?

No entendí.

—¿Cómo qué no?

—No. Vos sufrís noventa minutos. Si ganan, festejás diez. Si pierden, te amargás tres días. Y cuando empatan, también encontrás un motivo para calentarte.

Quise discutirle. No pude. Porque tenía razón.

Mi hija, que hasta ese momento había permanecido callada, remató:

—Papá, hasta los nenes se asustan cuando te ven tan pelotudo por un simple partido.

Nunca me había dado cuenta. Para mí era normal. Normal cenar con cara de orto porque el nueve había errado un penal. Normal acostarme de mal humor y no darle bola a mi señora. Normal levantarme el lunes con cara de velorio porque un defensor había rechazado mal una pelota el domingo. Normal querer cagarme a piñas con el boludazo de Carlos.

Pero visto desde afuera… Era ridículo.

A la semana siguiente volví al médico que tenía que ver otros estudios que me hice.

Me acomodó unos estudios arriba del escritorio y fue directo al grano. Ni me saludo el carnicero.

—Losartán, 50 miligramos a la mañana y a la noche. Amlodipina 10 como refuerzo por la tarde. —Volvió a anotar— Y si en algún momento siente que la ansiedad lo supera, tiene Clonazepam. Pero úselo sólo cuando sea necesario.

Yo asentía mientras pensaba que el verdadero remedio era que el cinco aprendiera a dar un pase a dos metros o ganar un puto campeonato. Pero bueh, así es el organismo, cuando dice basta dice basta. A min o me dijo basta, solo sonaron las alarmas. Y la verdad es que quiero a mi familia y me puse a hacer caso. No quedaba otra. Otra vez me sentí como el Diego en el 94, con las piernas cortadas.

Decidí jubilarme del mundo del fútbol. Si aparecía algo en el noticiero cambiaba de canal. Abría Facebook y me mostraba goles, cerraba y a otra cosa. Mis amigos entendieron enseguida. El grupo de WhatsApp, que antes explotaba todos los fines de semana, cambió completamente conmigo. Cuando yo escribía, hablaban del clima. De política. De cuánto estaba el kilo de asado. Pero nunca de fútbol. Yo creo que tenían un grupo paralelo para hablar de fútbol. Al principio me daba bronca. Después empecé a agradecerlo.

En el trabajo pasó algo parecido. Los lunes que eran insoportables con el fútbol, ahora había un silencio de desierto. Parecía el desierto de Atacama. Ni siquiera tosían. Antes discutíamos una hora sobre el partido del fin de semana. Era tan evidente que me estaban ocultando algo que hasta resultaba gracioso.

 

—¿Qué pasó?

—Nada.

—¿Quién ganó?

—No sabemos.

—¿Cómo que no saben?

—No vimos nada.

Mentían horrible. Había uno que seguía teniendo la bufanda del club colgada en la silla. Otro venía con la voz rota de tanto cantar o haber gritado un gol agónico. Pero ninguno me decía una palabra.

Con el tiempo me fui acostumbrando. El fútbol desapareció de mi vida. Así de simple. Era como si el deporte hubiese dejado de existir.

 

Los domingos se transformaron en otra cosa. Al principio no sabía qué hacer. Luego salía con mi mujer, la llevaba a merendar, a cenar. Íbamos a lo de mi hija nosotros. Arreglaba cosas en casa salía a caminar. Hasta empecé a leer… ¡Leer!

Al tiempito nomas la presión empezó a bajar, se mantuvo bien. Dormía mejor. Hacía caminatas. No discutía. No me enojaba por pavadas. Mi señora después de tanto tiempo empezó a sonreírme de nuevo. Mi hija me dejaba los nietos para que los lleve a la plaza. Hasta el cardiólogo me felicitaba.

Pasó un año. Después otro. Dos años enteros. Dos años sin saber quién salía campeón. Ni quienes estaban en la selección o si había habido mundial o no. Bueno, si, del Mundial me enteré porque es imposible no enterarse. Pero ni bola le dí. Nosotros no porque no escuché mucho quilombo. Estaba completamente abstraído. Ya no extrañaba tanto al fútbol… O eso creía.

 

Hasta que un domingo me desperté temprano, como siempre. Desayuné tranquilo uno mates con la patrona. Leí un rato. Mire Facebook. Después me puse a acomodar unas herramientas que hacía meses venía prometiendo ordenar. Otro domingo normal. Pero cerca del mediodía escuché el primer estruendo.

¡Pum!

Levanté la cabeza.

Pensé que era una cubierta de un camión o algún boludo con petardos. Seguí con lo mío. Cinco segundos después…

¡Pum! ¡Pum! ¡Pum!

Vibraron todos los vidrios. Me re cagué todo. Me asomé por la ventana. No vi nada.

—¿Qué pasa? —pregunté.

Mi señora apareció desde la cocina.

—No sé.

Aunque me dio la impresión de que sí sabía.

Volví a guardar unas llaves inglesas en una caja cuando empezó otra vez. Esta vez no eran solamente bombas. Había bocinas. Demasiados bocinazos ¿Argentina campeón de algo? Nah, si estábamos en diciembre. Y después empezaron los gritos. P ero gritos de alegría. Como cuando alguien mete un gol sobre la hora. Ahí sentí una cosquilla. Una de esas intuiciones que uno no puede explicar.

Miré a mi señora.

Ella evitó mirarme.

Eso me confirmó que algo estaba escondiendo.

—¿Qué pasó?

—Nada.

—No me digas "nada" porque parece que explotó medio barrio.

No contestó.

 

Entonces apareció mi hija, que venía con los chicos. También con esa cara rara. Los pibitos delataban que algo pasaba porque estaban a los saltitos y gritando.

—¿Qué pasó? —insistí.

Silencio.

Ya me estaban poniendo nervioso.

—¿Nos invadieron? —dije en joda. Pero ya me estaba subiendo la presión.

—¿Ganó la Selección? —me atreví a aventurar por más que pareciera un pelotudo.

Me dijeron que no.

Las bocinas seguían. Los petardos parecían multiplicarse. En la esquina alguien empezó a cantar. Se le sumaron varios más. Ya era una muchedumbre de voces que daban forma a una canción de cancha. Yo conocía esa letra. Me acerqué a la ventana. Enfrente, un vecino salió al balcón con una bandera. No la veía bien. El viento la doblaba. Intenté distinguir los colores. No pude, tenía que ir a buscar los anteojos. Entonces pasó un auto tocando bocina. Después otro. Y otro. Todos con banderas. La calle empezó a llenarse de gente. Tipos arriba de las camionetas agitando camisetas. Parecía Año Nuevo. O un Mundial. Sentí que algo se empezaba a mover adentro mío. Mi corazón sabía que estaba pasando y porque estaba pasando. Mi cerebro para cuidarme se hacia el boludo. Me di vuelta.

—Decime qué pasó.

Mi señora suspiró. Mi hija bajó la mirada. Ninguna hablaba. Hasta que escuché un grito desde la vereda. Un grito largo. Desaforado. Escuché el nombre de mi club. Mi cerebro ya no se podía hacer el pelotudo. Me quedé duro. No sabía qué hacer. Miré a mi señora. Tenía los ojos llenos de lágrimas. Sonrió apenas. Y dijo despacito:

—Salimos campeones.

 

No pregunté de qué. No hacía falta. Lo entendí enseguida. Campeones. Por primera vez en toda la historia del fútbol argentino. Si el campeón era el barrio, mi barrio, mi club. Sentí que el piso desaparecía. No lloré. Primero me reí. Después me largué a llorar. Me apoyé en el marco de la ventana porque las piernas me temblaban. Quería salir. Quería abrazar a cualquiera. Quería cantar. Quería llamar a mis amigos. Quería ver los goles. Quería saber cómo había sido. Que equipo teníamos. A quien le cagamos el campeonato. Dos años sin mirar un solo partido. . . y el día que mi club hacía historia me enteraba por los petardos del barrio. Pero la puta madre que lo pario.

Me agarré el pecho. Pensé que era la emoción. Respiré hondo. No pasó. La presión siguió ahí. Como una mano enorme apretándome desde adentro. Escuchaba cada vez más lejos las bocinas. Las canciones. Los bombos. Mi señora decía algo. No llegaba a entender qué. Mi hija me sostenía del brazo mientras hablaba con alguien en el celular. Quise decirles que estaba bien. No me salió la voz. Después sentí un calor raro. Muy raro. Como si todo el cuerpo se volviera liviano…

Y…

Bueno…

Hasta ahí me acuerdo. Lo siguiente fue estar acá, hablando con usted que me mira raro desde que llegué.

Por eso le decía al principio que no entiendo cómo llegué.

Lo único que recuerdo con claridad es haber escuchado que mi equipo, por fin, había salido campeón.

Después… Nada.

 

Entonces San Pedro, que hasta ese momento estaba callado, carraspeó, lo miró por encima de sus lentes y le dijo:

—Pase, pase, nomás.



Toni Schweinheim
Obra Publicada, expediente Nº 510614. Dirección Nacional del Derecho de Autor




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