Slider[Style1]
Style2
Style3[OneLeft]
Style3[OneRight]
Style4
Style5
Sábados de Fontanarrosa. Hoy: "Fontanarrosa y la política"
Sábados de Fontanarrosa. Hoy: Boca-River, ídolos de "No te vayas, campeón"
HUGO ORLANDO GATTI
"Para mí, como espectador, la fiesta era Gatti. Ya
fuera en River, en Gimnasia, en Boca o en Unión. Daba lo mismo. Y no deja de ser
un detalle entendible, ya que es difícil que alguien esté a la espera de ver al
arquero rival cuando, habitualmente, los puntos de atracción pasan más que nada
por los jugadores de campo, los habilidosos de turno, los goleadores. Desgarbado,
flaco, anguloso, de poco peso, muy rápido, contrastaba con la imagen impuesta
de arqueros grandotes y pesados. Dominador del área, propenso a salir a cortar,
a anticiparse al juego, daba la impresión que se aburría sujeto entre los tres
palos e, incluso, en su área".
DANIEL ALBERTO PASSARELLA
"No muy alto pero fornido, comprimido, fuerte, se
levantaba hasta un punto en que los tapones de sus botines deberían quedar a un
metro veinte, un metro treinta del piso. Además, le pegaba a la pelota como un
animal, con una fuerza y una precisión notable, ya fuera de lleno, recto o de
chanfle. Había algo en Passarella. La determinación. La determinación
constituía algo así como un clima, una nube que lo rodeaba, una aureola que
transmitía claramente a propios y extraños, que había entrado a la cancha para
ganar. Era una tranquilidad para los argentinos saber que Passarella estaba
allá atrás”.
ENZO FRANCESCOLI
"Serio, talentoso, hábil e inteligente, Enzo iría
tejiendo sobre su figura una leyenda que lo instala en el Parnaso de los
ídolos. Lo hizo fundamentalmente con goles, sin ser un goleador de corte
clásico sino, más bien, un organizador, un enganche con mucha llegada. De
jugada, de cabeza, de tiro libre o de penal. Enzo asumía naturalmente su
importancia, se hacía cargo del equipo, afrontaba el compromiso de que el juego
pasara invariablemente por sus pies. Uno de los goles que más se recuerdan de
Enzo fue contra Polonia por la Copa de Verano en Mar del Plata. Fue tan
impresionante la chilena, tan plástico el movimiento del Enzo al pararla con el
pecho y luego darle en el aire con esa voltereta invertida, que todavía hoy se
nos dibuja una sonrisa admirativa cuando la recordamos”.
JUAN ROMÁN RIQUELME
"Quizás el últimos de los pisadores, una característica
hoy escasa pero que viene de mucho antes del Coco Rossi, el peruano Loayza,
Rojitas o Pipo Gorosito. Esa especialidad que hace que el jugador, más que
correr con la pelota, camine sobre ella, como algunos perritos amaestrados en
los circos. Lo primero que hace cuando recibe la pelota es ponerla bajo la
suela, para que no se escape, para que se calme. La trae, la amasa, la frena,
mientras que con el culo y los brazos mantiene alejado al marcador. Es un
infierno quitársela, aunque para el rival la pelota pareciera siempre
tentadoramente cerca. Pero si Riquelme se quedara sólo en eso, en el escamoteo
corto, correría el riesgo de convertir su juego en un malabarismo inútil.
Riquelme va más allá. La pide siempre, la busca y tiene una pegada fantástica.
DIEGO ARMANDO MARADONA
"La primera vez que lo vi fue cuando jugaba para
Argentinos, en el Parque Independencia. Hubo algo que me impresionó de él en
ese partido, además de su melena enrulada, y era que jugaba como lo haría un
veterano, o al menos eso me pareció aquella tarde. Anduvo por la mitad del
terreno, trotando, casi sobrando el partido, con una economía de movimientos
ayudada por su técnica que siempre le permitía dominar la pelota en un solo
tiempo. Y se cansó de meter pelotas largas, cambios de frente, con enorme
justeza y precisión. El encuentro de Maradona y Brindisi en Boca fue como el
encuentro de dos almas gemelas, de dos espíritus sensibles a quienes, en algún
momento, el destino habría de juntar en una comunión digna de ser cantada por
Armando Manzanero".
Sábados de Fontanarrosa, hoy: Inodoro Pereyra, la historia de la historieta.
Hoy en "sábados de Fontanarrosa", tenemos un clásico de clásicos: Inodoro Pereyra en la chatura inmensa de La Pampa. Nació en la revista cordobesa "Hortensia". Fontanarrosa diría luego que le pidieron un personaje gauchesco y que se baso en los viejos radioteatros de historias Gauchas que escuchaba de niño en su Rosario natal, así ideo a Inodoro Pereyra. "Cuando me dijeron de hacer este personaje en una tira semanal, yo le dije al editor que estaba loco". Comentaría años más tarde el "negro" en una entrevista. "La Pampa siginificaba solo dibujar una linea, y yo que siempre fui medio vago con eso zafaba" se sinceraba Fontanarrosa. En esta publicación usted podrá observar los orígenes, o sea, la Historia de la Historieta. La Primera tira de don Inodoro, la primera aparición del Mendieta, la de la Eulogia y la de los loros. También —como ya habiamos publicado— la última tira que aparición en la Revista Viva de Clarín. Para comenzar, ponemos la "evolución" de los tres personajes centrales. Larga vida al Renegau.
![]() |
El Primer Inodoro Pereyra
La primera aparición de la Eulogia
La aparición del Mendieta
![]() |
| Nota, Mendieta aparece por primera vez en "De los deberes", pero su participación solo se limitaba a un cuadro y no intervenía. |
La llegada de los loros
El último Inodoro Pereyra
Sabados de Fontanarrosa. Hoy: El Negro por Crist.
Como es hartamente conocido, Roberto Fontanarrosa sufrió esa enfermedad, causa por la cual falleció. Pero antes la peleo, y bastante, como seguramente lo hicieron (y hacen) muchos que tuvieron (tienen) esta dura enfermedad.
Sábados de Fontanarrosa. Hoy: "Semblanzas deportivas. La leyenda del Caipirinha".
Publicado originalmente en la Revista Fierro N° 25. Septiembre de 1986. Recopilado por Ed. De La Flor en 1989.
Click sobre las imagenes para agrandar.
Click sobre las imagenes para agrandar.
Sábados de Fontanarrosa. Hoy: Los últimos Vermicelli
El ruido de la puerta metálica al cerrarse le hizo pensar al gordo en algo definitivo. Algo definitivo como el cerrarse de la tapa de un ataúd, por ejemplo. Pero, de inmediato, un glorioso aroma a tuco, a salsa de tomates, lo sacó de ese pensamiento.
—¿Lo siguieron? —preguntó Bobina.
—No sé. Creo que no. Puede ser —contestó el gordo.
—¿No sabe o puede ser?
—Eh... —el gordo trató de poner atención en lo que le decían—... no sé muy bien. Pero es posible, es posible. Creo haber visto a alguien siguiéndome.
—¡Crespo! —gritó Bobina.— Andá fíjate.
El gordo se secó la transpiración con un pañuelo. Ese aroma a tuco lo devolvía al patio de la casa materna, a su infancia. Olfateó el aire con fruición.
—Esto es bárbaro —sonrió.
—Hay que andar con cuidado —Bobina le señaló un pasillo, invitándolo a pasar.
— Esto no es joda. Merighi lo miró al gordo un ratito.
—¿Quién le dijo dónde estábamos?
El gordo, con las manos, se secó la transpiración de la papada.
—Heredia me había dicho cómo llegar —explicó.— Hace bastante ya de esto.
—Heredia —repitió Merighi— ¿Sabe lo que pasó con Heredia?
—Sí —el gordo bajó la cabeza.
—¿Por qué tardó tanto en venir?
—La verdad... la verdad...
—No pensó que se la agarrarían con usted también...
—Y sí... —sonrió, avergonzado, el gordo.— Qué se yo...
—Se han largado con todo. No va a quedar ninguno de los que están afuera.
—Pero... —vaciló el gordo— ¿Por qué? Se habían quedado tranquilos. Habían aflojado.
—Pero... —pareció ofuscarse Merighi.— ¿En qué mundo vivís, querido?— de improviso había pasado a tutearlo.
—El Encuentro. El Encuentro. —Sí. El Encuentro. Merighi hizo girar algo su sillón y con un movimiento ágil para su obesidad encendió un pequeño televisor ubicado a su lado, sobre un cajón.
—Mirá —dijo. No tuvieron que esperar mucho. Un minuto después aparecía el anuncio del "Quinto Encuentro Mundial de Físicoculturismo".
— Lo pasan mil veces por día. Hay afiches en todas partes. Joden el día entero con eso.
—No... no veo televisión.
—Vienen tipos de todas partes del mundo. Va a estar la prensa internacional. ¿Te creías que iban a permitir que quedara algún gordo a la vista? El gordo no contestó nada. Merighi volvió a agacharse y, con un gesto de fastidio, apagó el televisor.
—Nos quieren hacer cagar a todos —dijo.
—Esto... —el gordo paseó la vista por el extraño lugar—... parece bastante seguro. ¿Qué era?
—Una cámara frigorífica. Un sótano frigorífico, mejor dicho. Para guardar carne. El gordo no pudo menos que reírse.
—Se sigue usando para lo mismo —rió, también, Merighi. El clima, algo hostil de la conversación se había distendido.
—Es cierto —el gordo se pasó la mano por la mejilla, como sorprendido de no hallar sudor.— Está más frío acá.
—El frío a nosotros no nos hace nada.
El gordo volvió a mirar hacia el techo, hacia los rincones atiborrados de provisiones, y su nariz detectó nuevamente aquel aroma que lo había estremecido.
—¿Qué son? —Merighi tiró la pregunta, como una adivinanza. El ingreso en ese tema le ablandaba el carácter. El gordo aspiró ansiosamente el aire, con delectación.
—Déjeme... déjeme... —cerró los ojos— vermicelli a la Strómboli. —Con... —Con atún... perejil picado... —Perejil picado y... ¿qué más? El gordo volvió a aspirar. —Hay... hay... ¡Hay hongos ahí!
—Sí, sí —acordó Merighi.— Pero hay algo más.
—Panceta, lógicamente... —Perejil picado, hongos, panceta... ¿Y qué? Algo más. El gordo comprendió que estaba siendo sometido a un examen. Tal vez era el examen de ingreso. Aspiró como un animal salvaje venteando el peligro.
—Romero —arriesgó.
—Casi, casi. Laurel. —Ah... laurel.
—Pero está bien. Está bien —aprobó Merighi.
— Con un poco de tiempo le vas a ir agarrando la mano.
En ese momento entró Bobina. Bobina debía pesar unos 130 kilos, calculó el gordo, viéndolo moverse con dificultad, respirando agitadamente, bastante ridículo, sosteniendo con toda su monumental humanidad un pequeño pedazo de pan en su mano derecha extendida, como si trajese un diamante.
—Probá —le dijo el Bobina a Merighi. Merighi abrió la boca y se comió el pedazo de pan embebido en tuco.
—Le falta sal — desdeñó.
—¿Te parece? —la cara de Bobina era de sorpresa. Merighi afirmó con la cabeza. Bobina desanduvo sus pasos hacia la cocina, pero la voz de Merighi lo detuvo.
—Che... —señaló al gordo.— Condarco, el escritor.
—Sí. Lo recibí yo —Bobina le dio la mano.— El famoso escritor. No me explico cómo a usted no se la dieron antes. El gordo se encogió de hombros.
—Por ahí yo les era más útil vivo —supuso.— O por ahí pensaban que si me la daban habría alguna repercusión internacional. Merighi meneó la cabeza, escéptico.
—Lo de las dietas es mundial, Condarco. En Estados Unidos ya casi no quedan tipos como nosotros. En Rusia menos. En Alemania han desaparecido casi dos millones de gordos.
—A mí me habían intervenido el teléfono —dijo el gordo.— Y también creo que me controlaban la balanza.
—El problema nuestro es que no pasamos inadvertidos. No nos podemos confundir entre la gente.
—¿Se enteró de lo de Heredia? —preguntó Bobina.
—Sí —suspiró el gordo.
—Pero peor fue lo de Albarello —agregó Merighi.
—¿Qué pasó? —Se quebró. Lo metieron preso y le ofrecieron someterse a una dieta estricta para rebajar 30 kilos.
—Para llegar al límite de los 80.
—A 75. Ahora son 75
—Merighi mostró los cinco dedos bailoteantes de su regordeta mano derecha.
—¿75? —se alarmó el gordo.
—75. Albarello se negó. No quería traicionar. Y el boludo, en protesta, hizo una huelga de hambre. Rebajó 47. Ahora es uno de ellos y me juego los huevos que fue quien denunció a Heredia. Se hizo un silencio abrumador, por un rato. Bobina lo cortó golpeando el marco de la puerta con una palmada.
—Bueno, che... —pareció disculparse, señalando hacia la cocina o, al menos, hacia el sitio de donde provenía el aroma a tuco.
—Llamalo a Torrente que venga —ordenó Merighi. Luego, dándole un envión insólitamente ágil a su sillón giratorio, alcanzó unos papeles de encima de un estante y volvió con ellos hasta detrás del escritorio. Allí comprendió el gordo la razón por la cual Merighi no se ponía nunca de pie. La gordura lo había encajado entre los posabrazos y el respaldo del sillón. Era como una torta que había desbordado su molde al crecer.
—¿Sabés lo de las recetas? —preguntó Merighi, sacudiendo ante sí los papeles.
—Sí. He oído de eso. ¿"Fahrenheit", no?
—Sí. No podemos correr el riesgo de que ellos se apoderen de las recetas. Por otra parte, ya han quemado todos los libros y tratados de cocina.
—Yo los había enterrado en el fondo de casa —suspiró el gordo.— Pero después de lo que le pasó a Spotorno, los saqué de allí y los quemé.
—Por eso, por eso. Pero cada uno de nosotros ha memorizado una receta.
—Acá tengo, en código, cuál receta sabe cada uno. Torrente sabe como 500. Él puede pasarte la que vos quieras memorizar.
—Yo sé una de memoria —se ufanó el gordo.
—¿Cuál? —"Civet de liebre".
—A la puta —se pasó la lengua por los labios, Merighi.
— Esa no la tenemos.
—Yo sabía. No es muy conocida —el gordo estaba orgulloso.
—¿Cómo es?
El gordo se estiró hacia atrás en el sillón, entrecerró los ojos, apoyó su mano derecha sobre el pecho y recitó.
—Una liebre joven. Un cuarto litro de vino tinto. Un vaso de cognac. Un pocillo de aceite, laurel, tomillo. Una cebolla. Una rama de apio. Tres zanahorias tiernas, sal, pimienta en granos. Un hígado de liebre. Merighi escuchaba, contemplendo el cielo raso, el ceño fruncido.
—Lavar la liebre en agua corriente durante una hora o más, hasta que la carne tome color rosado. Quitar el hígado y reservarlo. Cortar en presas, colocarlas en una fuente honda y cubrirlas con la siguiente marinada: mezclar en un bol el vino tinto, coñac, aceite, laurel... Promediando la vívida descripción de la receta, Condarco no pudo contenerse y se puso de pie. Atacó los últimos párrafos con verdadero fervor, con sensibilizada fibra. —... agregar el hígado pasado por tamiz, ligar a la salsa y servir inmediatamente en la misma cazuela, acompañada de trocitos de panceta salteada y champiñones calientes.
Al callar el gordo, ambos hombres quedaron en silencio, emocionados. Merighi abrió la boca como para decir algo, pero nunca alcanzó a expresarlo. Una tremenda explosión seguida de un estruendo ensordecedor sacudió todo. Cayeron desde el cielo raso pedazos de mampostería y entre el ruido de miles de las latas de conserva que golpeaban contra el suelo pudo oírse el tableteo muy cercano de las ametralladoras.
—¡Al fondo! ¡Al fondo! —atinó a vociferar Merighi maniobrando con su sillón entre los escombros. Ya todo era un infierno de estampidos, alaridos, voces de mando y el resonar de botas por las escaleras. El gordo, en pánico, torpemente, alcanzó la puerta y se lanzó hacia donde se suponía estaba la cocina, al fondo. Merighi, con un último envión obtenido al propulsarse contra su propio escritorio, estaba alcanzando la puerta cuando un escopetazo le estalló en el pecho. El impacto no lo arrancó del sillón pero hizo que éste, con su pesada carga, rodara nuevamente hacia adentro perdiendo poco a poco la velocidad hasta dar con el respaldo contra la pared opuesta. Allí quedó Merighi, ya muerto, con la cabeza gacha moviéndose levemente ante una lluvia de fideos dedalito que caía desde el acribillado paquete de un estante alto. El gordo no tuvo más suerte. La ráfaga de ametralladora lo tomó por la espalda y le dio un empujón final para alcanzar la puerta de la cocina. Antes de caer definitivamente vio, en el suelo de baldosas blancas, los inmensos cuerpos de cuatro gordos, como ballenas que hubiesen encontrado la muerte en una playa. Bobina, entre ellos. De repente, tan de repente como había comenzado, todo cesó. Se acallaron los disparos, escuchándose solamente alguna orden aislada, el ruido de vidrios al ser pisados por una bota. El oficial Markevitch entró en la cocina. Tenía aún la pistola en la mano, pero pronto comprendió que ya no le era necesaria. La devolvió a su cartuchera y comenzó a inspeccionar, con paso tranquilo, el lugar. Detrás de él entró un soldado sosteniendo una ametralladora, aún humeante.
—Hijos de puta —dijo el soldado observando con curiosidad los jamones colgando del techo, las botellas de vino, los frascos de especias, el atiborramiento de provisiones que no dejaban, prácticamente, ver las paredes.
—¡Cómo le daban a la comida! ¡Dale y dale! ¡Meta tragar!
—Es lo único que les interesa, Flores. Su única religión. Han convertido sus cuerpos en tachos de basura. Se meten cualquier cosa adentro —Markevitch había recogido un tomate a medio pelar entre sus manos y ahora lo dejaba caer al suelo. En la cocina, sobre una de las hornallas, todavía se calentaba el tuco, burbujeando en una inmensa olla. A su lado, en un colador, también enorme, estaban los fideos. Markevitch se paró frente a ellos y se quedó mirando. Aspiró hondo.
—Flores —ordenó— dígale al sargento Carelli que no deje de revisar bien todo. Puede haber puertas, pasadizos ocultos. Vaya. Sin volverse, escuchó que el soldado salía. Cubriendo con sus espaldas la puerta de la cocina, el oficial tomó un pedazo de pan y lo ensopó cuidadosamente en el tuco, luego se lo llevó a la boca. Al saborearlo experimentó un instante de éxtasis y apenas pudo reprimir la fuga de una lágrima. Flores no había vuelto todavía. Tomó el pan entero, le arrancó la corteza y sumió la miga blanda otra vez en el tuco. Lo comió apresurado, algo inquieto. Flores no llegaba. Tomó otro trozo generoso de pan y, cuando iba a meterlo en la olla, escuchó un taconeo a sus espaldas.
—Señor... —comenzó el soldado, vacilando al verlo con el pan en la mano—... el sargento Carelli dice que no hay nada anormal.
—Acerqúese, Flores. Quería hacerle probar esto —con seriedad, el oficial Markevitch prosiguió con el movimiento inoportunamente interrumpido e introdujo el pan en la olla.
—¿Qué es eso? —dudó Flores.
—Tuco.
—¿Tuco? —el soldado Flores echó hacia atrás la cabeza como si Markevitch le hubiese acercado a los labios un insecto inquietante.
—Pruébelo.
El soldado tomó el pan y lo comió. Tras un gesto de confusión o temor, elevó las cejas como admitiendo una evidencia.
—Es horrible —aseveró.
—Es para poner a la pasta —el oficial señaló los fideos.
—¿Eso es la pasta? —el soldado Flores por fin se hallaba frente a aquello sobre lo cual tanto lo habían prevenido en los cursos especiales.
—¡Esto! Puras calorías. Colesterol. Lípidos. Una mierda, soldado.
—La famosa pasta —musitó Flores, absorto.
—Hay toneladas de pasta acá. Hemos dado con un verdadero arsenal. Tendremos que dinamitarlo.
—Límpiese acá —cambió abruptamente la conversación Flores, señalándose su propia comisura derecha de los labios. Markevitch se apresuró a limpiarse con la palma de la mano.
—¡Vamos Flores! —ordenó, con brusquedad.— Maneje bien hasta el cuartel y no le diré a nadie que estuvo probando el tuco.
Al salir, Markevitch se detuvo un instante junto a la mesa de la cocina. Allí había, abierta, una caja redonda de cartón conteniendo dulce de leche. Un dulce de leche oscuro, brillante y denso. Aún sobresalía de la caja el mango de una cuchara sopera. Markevitch la contempló un par de minutos, paralizado. Pero apretó los dientes y se contuvo.
—Hijos de puta —pensó, apresurando el paso. Ya afuera, de vuelta al camión que los había transportado hasta la descubierta guarida, Markevitch se recostó en el asiento y se quedó pensando.
—A veces —dijo, como para sí— no sé si esto lo hacemos por un mejoramiento de la raza... o por envidia. Pero Flores, atento al tráfico, no pareció entenderlo.
Roberto Fontanarrosa.
Extraído del libro "Nada del otro mudno". Ed de La Flor 1987/Planeta 2012.
Sábados de Fontanarrosa. Hoy: "No se puede tener todo"
En un momento dado, Eduardo se quedó mirando hacia un
costado.
—¿Che? —preguntó—. Aquel que está sentado en la mesa contra
la ventana ¿no es Rearte?
—Sí. Es Rearte —dijo Adolfo sin darse vuelta a constatarlo—.
Lo vi al entrar. Creo que no me reconoció.
—Pero... —Eduardo frunció la frente—. Está hecho bolsa ese
muchacho. Se le cayeron todos los años encima.
—Sí —admitió Adolfo.
—Uhhh... —Eduardo seguía consternado—. ¡Pero si parece que
tuviera setenta años!¡Qué avejentado que está!
—Anduvo jodido.
—Tiene mi edad Rearte. Fuimos compañeros en la secundaria.
—Parece que tuviera veinte años más.
—¿O nosotros estaremos igual? —se alarmó Eduardo, volviendo
a mirar a su acompañante de mesa luego del estudio exhaustivo de la precaria
actualidad de su ex compañero de estudio. Adolfo soltó una risotada sorda.
—No jodas —aconsejó.
—¿Estaremos igual, che? ¿Él nos verá igual a nosotros?
—No. Es que no anduvo bien ese muchacho — insistió Adolfo.
Eduardo no pareció oírlo. Se había metido por otra vertiente de la
conversación.
—Porque a veces es un poco la forma de vestirse ¿No es
cierto? La actitud —arriesgó—. Yo veo tipos que siempre han sido muy formales
para vestir. Pero muy formales. Siempre de traje y corbata... Ropa oscura...
—En la puta vida los ves de sport...
—Claro... Y eso los avejenta un poco.
—Sí, pero en este caso...
—Sí... —Eduardo sacudió la cabeza, reflexivo—. Pero en este
caso no es así. Éste se viste de traje y todo eso pero además está achacado.
Pelado, con lentes...
—Te decía que...
—Medio panzón —arremetió Eduardo, ensañado—. Eso es lo que
te caga. Porque uno no puede evitar quedarse pelado. O tener que usar lentes.
Pero se puede evitar engordar como un chancho. Eso es cuestión de voluntad.
—Tampoco éste está gordo como un chancho, Edu.
—Te digo en forma genérica. Panzón está. Claro, que yo
recuerde, éste no hizo deporte en su puta vida.
—Te digo que anduvo para la mierda —Adolfo golpeó con los
nudillos suavemente sobre la mesa como para reafirmar su conocimiento y, de
paso, llamar la atención de su amigo.
—Y eso con el tiempo se siente —Eduardo desechó el reclamo—.
Cuando no tenés los músculos abdomínales más o menos trabajados, después de los
cuarenta se te relaja todo. Adolfo lo miraba. Eduardo detuvo su discurso y lo
miró también.
—¿Cómo que anduvo para la mierda? —rebobinó, volviendo a
fruncir la frente.
—Estuvo loco.
—¿Loco?
—Sí. Pero loco loco. Loco del bocho. Demente.
—No jodas.
—Sí. No loco lindo o loco divertido. Estuvo internado y
todo, este muchacho.
Eduardo volvió a depositar la mirada sobre su medianamente
lejano ex compañero de estudios. Ahora con otro interés, con otra óptica.
—¿Y cómo lo sabes?
—Porque hará un año o dos lo encontré en El Savoy. Bah, lo
encontré... Es un decir. Yo estaba tomando un café, tenía que hacer tiempo o
algo así... ¡Tenía que ir a lo del escribano, ahora me acuerdo! Que está ahí
nomás, a media cuadra, vos viste... Y en eso, lo veo a este tipo, al Rearte, en
otra mesa. Como si fuera ahora, que también está sentado en otra mesa. También
contra la ventana...
—Se ve que la locura le da por ahí —apretó una sonrisa,
Eduardo.
—No seas hijo de puta. Pero yo no lo veía muy bien, porque
lo tenía medio tapado por una columna. Digamos que lo veía a él pero no veía al
tipo que estaba con él. Porque yo lo veía hablando. Muy animadamente. Meta
hablar y hablar, dale que dale...
—No era un tipo muy conversador, por lo que me acuerdo.
—Se notaba que era una conversación muy interesante. Yo no
escuchaba lo que decía, pero lo veía gesticular, así ¿viste? —Adolfo dibujó
algunos gestos con sus manos, en el aire, ampulosos—. Y se reía. Se reía mucho.
Ahí sí, fuerte. Yo lo escuchaba reírse. Pero, bueno, no le di mayor bola al
asunto. "Estará con algún amigo" me acuerdo que pensé.
—O con alguna mina.
—También. Con alguna mina. Pero me olvidé de la cosa.
Tampoco yo soy un amigo demasiado cercano de este muchacho, después de todo. Y
no sé qué mierda empecé a hacer, aprovechando el tiempo, con unas facturas,
algún trabajo atrasado. Pero me acuerdo que lo volví a mirar porque escuché que
se reía de nuevo, muy fuerte, una risa muy sonora, muy estentórea. Digo
"ahora cuando me levanto voy a ver con quién está este tipo", más que
nada por esa curiosidad de chusma que tiene uno.
—Es que acá en Rosario uno es chusma a la fuerza, Adolfito.
Si uno conoce a todo el mundo — puntualizó Eduardo, profundo.
—Me levanto, me pongo el sobretodo —era invierno— miro como
para saludarlo, y veo que este tipo estaba solo. Estaba solo en la mesa.
—Estaba hablando solo —Eduardo asimiló el golpe.
—Completamente solo. Yo medio que miré para todos lados,
porque por ahí había estado con alguien y el otro tipo, o la tipa, se había ido
recién. O se había levantado para ir al baño. Pero no parecía ser así y aparte
en la mesa de él había un solo café, un solo vasito de agua.
—Qué jodido...
—Jodido ¿viste? Porque la cosa te descoloca. Yo no sabía muy
bien qué hacer...
—Te piraste...
—¡No! Porque él me había visto. Cuando yo me levanté para
ponerme el sobretodo y miré como para saludarlo, él también me vio. Me vio y me
saludó muy efusivamente con la mano: "¡Qué haces, Adolfo!"
—Te dejó pegado.
—Me tuve que acercar, te imaginás. Y ahí corroboré que el
hombre no andaba demasiado bien de la azotea. Primero, que caí en la cuenta que
desde otras mesas también lo estaban mirando. Un poco con interés, otro poco
con inquietud ¿viste? Uno nunca puede saber demasiado bien qué carajo puede
hacer un loco. Algunos otros tipos que estaban en otras mesas me miraban
haciéndose los boludos como diciendo...
—Otro loco de mierda.
—No. Pero... ¿viste? Qué sé yo... Como diciendo, "Este
tipo no se apioló, este tipo no se dio cuenta...". Una cosa así.
—Y... ¿qué pasó? ¿Te sentaste?
—Me tuve que sentar. Medio en el filo de la silla como para
irme, pero me senté. Y ahí me contó. Dentro de su incoherencia me contó cómo
venía la mano con él...
—¿Se lo notaba muy alterado?
—Ah... Eso es lo que te había empezado a contar, aparte del
hecho de que la otra gente lo mirara. Sí... Hacía gestos raros con la cara.
Rictus ¿viste? Visajes. Fruncía la cara. Replegaba los labios y mostraba los
dientes apretados, como si le doliera algo. No siempre, por supuesto, de vez en
cuando. Pero eran como tics. Y transpiraba, además. Y te estoy hablando de
pleno invierno. Un frío de cagarse.
—¿Y qué te contó?
—Que se le había matado en un accidente un amigo muy
querido, y que era...
—A la pucha.
—Y que era con ese amigo con el que había estado hablando.
Que se encontraban muy seguido. Que tenían muchas cosas para contarse. Que el
accidente había sido como dos años atrás, pero que se seguían viendo...
—Mira qué extraño. Iba y venía de la locura — diagramó
Eduardo—. Sabía que su amigo se había muerto pero lo mismo te contaba que
hablaba frecuentemente con él.
—Eso mismo. Con total naturalidad. Por momentos, te juro,
parecía que estaba completamente lúcido y normal...
—Era un tipo agradable, recuerdo.
—Un tipo agradable. Pero también me dijo que cuando su amigo
no aparecía —o mejor, el fantasma de su amigo no aparecía—, él se angustiaba
mucho, que sufría, que se deprimía, que a veces lloraba...
—La mierda.
—Entonces yo le dije... te imaginás... ¿Qué carajo le iba a
decir en un momento así? Le dije que por qué no iba a ver a un psicoanalista...
—Lógico...
—Y me dijo que había empezado a ir hacía poco. Que su mismo
amigo se lo había aconsejado...
—¿Su amigo? ¿El muerto?
—Y otra gente, también. Familiares, supongo. Y que estaba
muy satisfecho con la terapia, que le estaba yendo muy bien...
—¡Ya veo!— rió, asombrado, Eduardo.
Adolfo se quedó callado. Torció su cabeza para mirar a
Rearte que, algo encorvado, les daba la espalda desde la mesa de la ventana.
—Después me fui —completó—. De ahí conozco este asunto de la
historia ésa. De lo que me contó él.
—Fijate vos —bamboleó la cabeza hacia adelante y hacia atrás
Eduardo, abstraído. También él observó a Rearte entonces—. Y ahora, cuando
entraste —preguntó a Adolfo—. ¿No viste si estaba hablando solo, o si gesticulaba,
o algo así?
—No... No...
—¿No viste o no hablaba solo?
—No hablaba solo. Ni gesticulaba. Al menos en los momentitos
que yo lo miré. Porque lo miré para saludarlo cuando lo reconocí pero él no me
vio entrar.
—Yo tampoco lo vi hacer nada raro —murmuró Eduardo.
—Por ahí está bien. Quién te dice.
—Como suelto, anda suelto.
—Por ahí se curó con la terapia, Edu —Adolfo estaba
recogiendo sus cosas de una silla contigua, como para irse.
—Lo voy a ir a saludar, a ver qué pasa —afirmó decidido
Eduardo también poniéndose de pie.
—Andá, andá y después me contás —lo alentó Adolfo,
acomodándose la bufanda. Se separaron. Adolfo se fue por la puerta de la
esquina de Santa Fe y Sarmiento y Eduardo, abrochándose el saco, se aproximó a
Rearte. Rearte lo recibió con algo de sorpresa y una medida alegría. De cerca
se lo veía más avejentado aún, pero calmo, con cierta transparencia en la
mirada y un leve temblequeo en el labio inferior. Rearte invitó a compartir la
mesa a Eduardo y éste, igual que Adolfo en aquella ocasión, se dejó caer casi
en el borde de la silla, la agenda apoyada sobre sus muslos, como para partir
en cualquier momento.
Eduardo, piadoso, mintió que lo encontraba bien, casi igual
que siempre, lo que dio lugar para que Rearte, casi culposo, lo contradijera
efusivamente y le explicara las causas de su estado de deterioro físico
ligeramente prematuro. En tanto le contaba la historia que Eduardo ya sabía a
través de Adolfo, Rearte se fue entusiasmando, adquiriendo confianza, como si
al principio desconfiara de que Eduardo fuera realmente quien decía ser. Le
habló de su amigo, del terrible accidente, del shock emocional que aquel suceso
le había provocado, de su desequilibrio
nervioso, de sus largas y animadas charlas con el espíritu
("o lo que fuere" aventuró) de su amigo muerto, de su terapia y de su
sostenida mejoría.
—Me hizo muy bien, Lejarza —sonrió, tristemente, rescatando
el apellido de Eduardo, que la cotidiana lista de asistencia escolar había
grabado en su memoria—. Pude hablar el asunto. Pude, como dicen ellos los
psicólogos, elaborar el duelo. Pude asumir que mi amigo había muerto. Convivir con eso. Incorporarlo...
—¿Terminaste la terapia? —preguntó Eduardo.
—Terminé. Terminé. Bah... Voy de vez en cuando. Controles
más que nada.
—Esas cosas nunca terminan del todo —precisó Eduardo como si
supiera.
—Nunca estás sano —la sonrisa de Rearte era desvaída.
—¿Y ahora cómo andas, cómo te sentís?
—Peor, Lejarza. Peor —dijo Rearte, al punto. Eduardo se echó
un poco hacia atrás, sin mudar de expresión, impactado—. Antes al menos tenía
con quien conversar. Me pasaba horas hablando con el espíritu, o lo que sea —se
encogió de hombros— de Aldo. Te aseguro que me iba a algún café, lo encontraba
allí y estábamos horas charlando. Claro, ya no nos veíamos tan seguido como
cuando él estaba vivo —que estábamos juntos todo el santo día, éramos culo y camisa
te juro—, y entonces cuando nos encontrábamos teníamos un montón de cosas para contarnos.
Pero ahora... —Rearte lentificó su
relato—. Ahora me siento muy solo. Muy solo, Lejarza. Vos sabes que yo no me
casé, mi vieja está muy viejita...
Eduardo amagó ponerse de pie. Sentía la incomodidad propia
de quien sospecha que su interlocutor puede ponerse a llorar en público en
cualquier momento. Intuyó que debía hallar una frase de cierre, antes de irse.
—No se puede tener todo —barbotó, mirando hacia el nerolite
de la mesa. Y suspiró profundo.
—¿No querés tomar un café? —Rearte lo tocó en el brazo,
adivinando su intención y retomando, incluso, un tono de voz más festivo.
Eduardo se puso de pie, ligeramente espantado.
—No, Rearte. Me tengo que ir.
—Quédate. ¿Tenés mucho que hacer?
—Sí. La verdad que sí. Me alegro de verte bien, Rearte.
—Un café nomás —Rearte elevó su dedo índice en el aire—.
Contame si viste a alguno de los muchachos. ¿Lo ves a alguno?
—A Ferrer, a veces... A Spiño... pero mejor otro día,
Rearte. La verdad es que ando a los rajes. Discúlpame pero nos vemos en cualquier
momentito.
Apretó la agenda sobre su pecho y salió hacia Sarmiento.
Rearte miró hacia la barra e hizo la seña de un cortado.
Roberto Fontanarrosa
Sábados de Fontanarrosa. Hoy: "Cine Negro"
El film hilvana, en forma de historieta y sketchs, testimonios de colegas, actores, amigos y familiares del dibujante Roberto Fontanarrosa.
Durante el mismo se repasan los logros del artista, sus premios y reconocimientos, al tiempo que rescata sus personajes más entrañables, como Inodoro Pereyra y Boogie el aceitoso.
Además, la narración recupera los primeros años en la vida escolar de Fontanarrosa con las participaciones de Antonio Gasalla, como “la maestra”, y Norma Pons, como “la directora”.
Sábados de Fontanarrosa. Hoy: "Vidas privadas"
El edificio no es muy alto o, al menos, no parece muy alto
entre los demás. En el último piso, donde se adivinan los tejados color
pizarra, hay una ventana iluminada. Si nos acercamos podemos ver que la ventana
da a un despacho cuya decoración y amoblamiento coinciden con la elegancia de la construcción. Cambiando un
poco el ángulo de visión, advertimos que, sentado detrás de un amplio
escritorio de madera oscura, hay un hombre. La luz que llega desde la lámpara
de armonioso diseño ubicada a un costado del escritorio baña generosamente al
hombre y nos permite estudiarlo con detención. Es una persona que ya ha
superado los cincuenta años, tiene un rostro de rasgos distinguidos, cabello
algo ralo en la parte superior del cráneo, abundante y prolijo sobre las
sienes. Pero un tanto encanecido, es cierto. La camisa es de un color celeste
cauto, surcada verticalmente por unas casi invisibles líneas blancas. La
corbata, azul.
Sábados de Fontanarrosa. Hoy Jorge, Daniel y el Gato
—¡Qué verga somos, viejo! ¡Qué verga! —Jorge se inclinó con
un gesto de dolor y se quitó, uno a uno, los botines embarrados. Se masajeó,
siempre con rostro dolorido, los dedos del pie bajo la tela gruesa de las medias
de fútbol.
—Qué le vamos a hacer —dijo el Gato, el vaso de cerveza en
la mano, por decir algo, casi distante, como resignado. Más atrás, en la misma
mesa pero alejada su silla como dos metros, las piernas abiertas, el Dani lucía
abstraído, totalmente ausente.
—¿Cómo mierda podemos perder tantos goles, digo yo, cómo
podemos perder tantos goles? El otro día contra La Cortada, lo mismo, querido,
erramos una barbaridad... Después ellos, cuando tienen una oportunidad, te
abrochan y anda a cantarle a Gardel...
—¿Te duele? —preguntó el Gato, señalando con su mentón hacia
los pies de Jorge.
—El tobillo —señaló—; pisé un pozo y me lo torcí. Me lo hice
percha.
—Párate —recomendó el Gato.
—Si me paro me duele más, pelotudo.
—Que no jugues, te digo, forro. Párate quince días porque si
el próximo partido se te llega a torcer de nuevo después se te hace crónico.
—Ahora le meto hielo —desestimó Jorge—. Y cuando se
deshincha me vendo bien y no hay problema. —Te lo vas a cagar, Jorge.
—Si no vengo yo, creo que el próximo sábado no juntamos ni
siete como para entrar a la cancha.
—O anda a lo de la curandera que dice el Niki —insistió el
Gato.
—¿Qué curandera? —Jorge se reía, pese al dolor.
—Dice que las terceduras te las cura con un vaso de agua. La
vieja tira granitos de trigo, ¿viste la especie de semillitas de cuando
desarmas las espigas?, en un vaso de agua. Las semillitas que se van al fondo
son los nervios que tenes sacados. Las
que flotan son los que están bien.
Jorge lo miró al Gato, incrédulo.
—O al revés —se cubrió el Gato—. Al Niki lo curó así. Bah,
eso dice el Niki.
—Al Niki lo que hay que hacer es internarlo en un
psiquiátrico —murmuró Jorge—. Me vendo bien, y a la lona —reafirmó. Después
recogió los botines, parándose. Se tomó la cintura con las dos manos y estiró
un quejido gutural—. La concha de su madre —dijo—, me duele todo.
—Para colmo está pesadísimo —el Gato se pasó la manga de la
camiseta sobre la frente calva empapada de sudor—. Y hace transpirar esta
porquería —elevó un tanto, mostrando, el vaso de cerveza.
—Hay que decirle a Enrique que el sábado que viene traiga
las camisetas de manga corta. No puede ser tan boludo —dijo Jorge, ya con las
llaves del auto en la mano, como demorando la retirada.
—¿Las blancas? Están hechas mierda esas camisetas, Jorge.
—No, están bien... Bah... Se las aguantan...
—Faltan números.
—El boludo del Ñaqui que se quedó con una cuando se cabreó
por lo de Gustavo.
—Hay que decirle que la traiga. Al Mosca también.
—Al Mosca que lo hable otro, yo no lo hablo... ¿Vos venís el
sábado, Daniel?
Jorge señaló con la llave del auto al Dani que, hasta ese
momento, no había salido de su mutismo, la vista perdida hacia el ventanal que
daba al bulevar Rondeau, despatarrado sobre la silla.
—No. Creo que no.
—Uy —arrugó la cara, Jorge—. Cagamos —se dirigió al Gato—.
No sé si juntamos once si éste no viene.
Tito tampoco puede venir, al Pinza lo echaron hoy, el boludo. Le van a
dar como cuatro fechas...
—¿Por qué Tito no viene? —preguntó el Gato.
—Qué sé yo... Tiene un bautismo, una de esas boludeces que
siempre tiene.
—¿Otro bautismo?
—¿Podes creer?
—¿Qué es Tito? ¿Monaguillo?
Jorge soltó una risa corta.
—Cagamos —repitió—. Para colmo, el otro forro de Aníbal hoy
se fue cabrero...
—¿Por qué se fue cabrero?
—Porque el Coló no lo puso de arranque. Y... ¡viejo! Somos
once. No podemos jugar todos. Si al final de cuentas, vos bien lo sabes, al
final, jugamos todos. Hoy faltas vos, mañana falto yo...
En silencio, Dani osciló la cabeza, como desaprobando, pero
no dijo nada.
—¿Vos no venías, entonces? —insistió Jorge.
—No. Creo que no. Creo que tengo que viajar —dijo Daniel,
serio.
—¿Contra quién es? —dijo el Gato.
—Cerámica, creo... ¡No! No. Palermo, Palermo.
—No es tan jodido.
—¡Para nosotros son todos jodidos, Gato! —se rió, irónico,
Jorge—. Mira vos hoy, estos muchachos no le habían ganado a nadie, a nadie, son
unos chotos, Gato. Y se vienen a desvirgar con nosotros, a nosotros nos hace la
fiesta cualquiera... Déjame... Somos una verga nosotros, Gato, no me digas...
El Gato hizo un visaje con la cara, de aprobación, negación
o duda.
—Chau. Nos vemos —dijo Jorge, y se fue rengueando hacia el
auto—. Chau, Daniel —incluyó, de última, ya desde la vereda de "El Morocho
del Abasto". Daniel y el Gato se quedaron en silencio. El Gato apuró lo
último de su cerveza y liberó luego un eructo suave.
—¿Y el Mosca por qué no viene? —se preguntó después, en voz
alta. Daniel había apoyado sus codos sobre las rodillas peludas y miraba hacia
la calle. El sudor le resbalaba por la frente hasta la nariz y luego caía por
ésta, para precipitarse desde su punta sobre el bolso que estaba entre sus
pies. Daniel se encogió de hombros.
—Qué sé yo —moduló con la boca, sin emitir sonido alguno.
Después empezó a sacudir la cabeza hasta girarla para mirar al Gato.
—¿Vos viste cómo me puteó el Quique? —le preguntó"—.
¿Vos viste cómo me reputeó el Quique, ese pedazo de pelotudo? —repitió, antes
de que el Gato contestara nada. El Gato abrió mucho los ojos, simulando.
—No... ¿Cuándo? —mintió.
—Cuando me erré ese gol, en el segundo tiempo... —¿Cuál?
—¡En el segundo tiempo! —se exasperó Daniel—. Que íbamos uno
a cero. Si lo hacía nos poníamos uno a uno...
—¿Ése que pasó todo frente al arco? ¿Que...?
—¡Ese! Que se fue la Pioja por la izquierda y metió el
centro atrás...
—Ah, sí... Pero no lo vi muy bien... Yo estaba afuera.
—¡Pendejo pelotudo! ¡Como si uno errara los goles a
propósito, viejo!
—Sí... Pero no escuché. La verdad que no escuché. Vi la
jugada pero...
—Arriba me putea el hijo de puta. —Te venía alta, me
pareció...
—¡Acá me venía! —como impulsado por un resorte, Daniel se
paró, señalándose a la altura de la ingle—. ¡Acá! ¿Cómo mierda quería que le
pegara? La tocó el arquero, picó y se levantó...
—No bajaba nunca.
—¡Nunca bajaba, la concha de la lora! Y el otro pelotudo me
viene a putear. El sorete ese de Quique... —Bueno, pero... Qué sé yo...
—¡Mira si nosotros tuviéramos que putearlos a ellos por las
cagadas que se mandan ahí abajo! —Daniel ya estaba un tanto descontrolado—.
¡Mira si nosotros tuviéramos que putearlos a ellos por los cagadones que se
mandan ahí abajo! Hoy mismo, hermano... ¡Raúl, Raúl, otro, otro que me puteó en
la misma jugada! ¿Me querés decir qué carajo quiso hacer Raúl en el segundo gol
de ellos? ¿Me querés decir qué carajo quiso hacer?
—Quiso cancherear...
—¡Si no tiene resto para cancherear, querido! ¡La va de
crack y no sirve ni para tirar flit, no me vengas! Y después te chillan cuando
vos erras un gol, hermano... Y no hace ni un año que están jugando, Gato, haceme
el favor... No hace ni un año... —se volvió a sentar, como si no pudiera
quedarse quieto—. ¿Cuánto hace que estamos jugando nosotros, Gato, cuánto hace
que estamos jugando?
—Uhhh... —enarcó las cejas el Gato.
—Cinco años. Cinco, seis años hace. Empezamos nosotros, ¿o
no es así?, con el Coló, con Ñaqui, con Marcelo...
—Claro, claro...
—¡Y ahora resulta que cada sábado que uno viene aparece un
pendejo nuevo! ¿Cómo es eso? Uno viene y ya ni siquiera conoces a tus
compañeros... Como ese pibe, el Huguito... ¿Quién lo trajo a ese pibe? ¿Quién
lo anotó al Huguito? ¿Me querés decir quién lo trajo?
—El Coló...
—¡El Coló, claro! Porque él sabe que no le saca nadie la
camiseta de cinco. Pero como no le dan más las tabas se tiene que rodear de
pendejos que corran y se rompan el culo por lo que él no corre ni se rompe el culo
en la mitad de la cancha, ¿es así o no es así?
—Sí, Daniel... Pero también tenes que comprender que en una
liga como ésta, sin límite de edad, si no mechas algunos pibes con los jovatos,
te pasan por arriba. ¿Viste los de "25 de Diciembre", que son todos pibes?
Son aviones esos pendejos, Daniel, no los agarras ni con un lazo...
—Sí, sí, pero no hay derecho, Gato, no hay derecho...Porque
cuando a esos pibes, esas estrellitas, esos cracks que, entre nosotros, no son
tan cracks como se piensan porque si no no estarían jugando acá, estarían jugando
en Central, en Nubel, en Central Córdoba... Bueno, cuando a esos cracks resulta
que se les canta las pelotas irse a jugar a Provincial, o al campo, o a la
concha de su madre... ¿a quiénes tienen que recurrir para armar el equipo? ¿A
quiénes tienen que recurrir?... A Norberto, al flaco Suríguez, al Narigón... a
vos... ¿O por qué te crees que se chivó el Mosca y no viene más? ¿Por qué te
crees? Porque lo dejaron afuera dos partidos,seguidos y no lo pusieron más,
hermano. Con el verso ese de que eran partidos chivos, de que eran partidos importantes,
que eran contra el puntero, contra Social Lux, contra Minerva, contra la
pinchila de Mahoma y todo eso... Decí que vos, o el Narigón Anselmi, son de
fierro y se la aguantan y vienen y vienen y vienen... Pero el Mosca se hinchó las pelotas...
—Es verdad... Eso es verdad —asintió el Gato, golpeteando
con el culo del vaso sobre el nerolite de la mesa.
—¿Querés que te diga más? —retomó Daniel tras un silencio—.
Yo prefiero perder con el Narigón, con el Mosca, con vos, con Norberto... y no
con todos esos nuevos que ha traído el Coló. Porque bien que cuando el Raúl, el
Quique o alguno de ésos te caga, bien que salen echando puta a buscarlo al
Norberto, al Mosca, a todos ésos...
—Es el eterno problema... —dijo el Gato, calmo. Daniel
pegaba palmaditas sobre la mesa. Había vuelto a
mirar hacia afuera y procuraba regularizar el ritmo de su respiración.
—No me vengas, viejo... —machacaba.
—Es el eterno problema, Daniel... Formar un equipo de
amigos, para divertirse. O formar un equipo para ganar el campeonato.
—¡Si nosotros no podemos ganar el campeonato, Gato! —lo miró
Daniel con infinita indulgencia, abriendo los brazos. Nosotros no podemos ganar
ningún campeonato, querido, si somos unos perros, unos perros somos, unos
muertos de hambre...
—Sí, pero vos viste cómo son estas cosas. Al principio se
dice que vamos a formar un equipo de amigos,
para divertirse, pero cuando de pedo se ganan un par de partidos ya
todos piensan que se puede ganar el campeonato.
—Míralo al otro —volvió a menear la cabeza Daniel, y
cambiando de tema—. ¡Qué fácil que la hace Jorge, qué fácil que la hace!
"Al final jugamos todos lo mismo", te dice. "Al final entran
todos." ¡Mira qué turro! Sí, entran todos... ¡pero unos arrancan jugando
todos los partidos, como el Coló y él, y el Taca... y otros, como el Narigón,
entran veinte minutos! ¡Entran todos los partidos, sí, pero veinte minutos! "Jugamos
todos." ¡Mira qué turro!
—Decímelo a mí —susurró cabizbajo el Gato, tristemente.
Daniel chistó, como desinflándose.
—Encima hay que aguantarse que te puteen cuando erras un gol
—dijo—. Hay que joderse —se rió, ácido—. A mi edad tener que venir a amargarse
la vida. Uno que espera toda la semana el sábado para venir a jugar y pasarla
bien y hay que amargarse la vida con estos pendejos. O con el Raúl mismo que no
es tan pendejo...
—Son cosas del juego, Daniel...
—Y ojo que no lo digo por el Huguito, que es un flor de
pibe, un pan de Dios. Pero los otros... No sé... Tienen mierda en la cabeza
y... ¿sabes qué es lo que más me calienta? —Daniel se volvió hacia el Gato como
si hubiese encontrado el quid de la cuestión. Retomó, incluso, el ritmo
acelerado de su discurso.— Que te putean porque te erraste el gol pero, en
realidad, lo que te quieren remarcar es que te lo erraste por viejo choto.
No por tronco, o porque sos de madera, por mal jugador...
¡Por viejo choto, porque no te dan más las tabas, ni las articulaciones, ni los
reflejos! ¡Eso es lo que te quieren remarcar, lo que quieren poner en evidencia
estos cabrones!
—No, Daniel...
—¡Sí, señor! Sí, señor... Porque el otro día, en el partido
contra Mercadito, el Cacho, el Cacho, se erró un gol igual igual al mío, pero
igual, calcado.
—Es cierto...
—Le quedó alta, a dos metros del arco, sin arquero y...
¿sabes adonde la tiró? —A la mierda.
—¡A la concha de su madre! ¡A la recalcada concha de su
madre la tiró! Mucho más alta que la que tiré hoy yo. Ahí la tiró. Y lo
putearon. Pero seguro que nadie pensó que lo había errado por viejo choto,
porque el Cacho tiene veintidós pirulos y tiene un lomo así y es un toro el
Cacho... Pero cuando un tipo de treinta y seis años hace lo mismo que hizo el
Cacho ya todos piensan que lo erraste porque estás hecho un fósil de mierda, un
viejo choto y que le tenes que dejar tu lugar a los pibes. ¡Mierda se lo voy a
dejar! ¡A mí nadie me regaló nada cuando yo empecé a jugar! Veinticinco años
hace que juego al fútbol... Y encima tenes que aguantar que te erras un gol y te putean...
Se quedaron un momento callados. El Gato, abstraído, hizo
girar con la punta de un dedo el tíquet que había dejado el mozo y que había
quedado planchado bajo el culo del porrón húmedo. Lo despegó con cuidado y unos
numeritos en celeste quedaron impresos sobre el nerolite. El Gato parecía
estudiar el tíquet pero, de pronto, quedamente, dijo:
—Daniel... Daniel... Oíme.
Daniel seguía con los ojos clavados en la ventana.
—Oíme, Daniel —siguió reclamando el Gato—. ¿A vos te jode
que te puteen por un gol errado?
Daniel osciló la cabeza, considerando estúpido responder.
—¿A vos te jode? Entonces déjame que te cuente una cosa. ¿Me
dejas?
El excesivo preámbulo atrajo, por fin, la atención de
Daniel, quien miró de reojo al Gato.
—¿Te acordás el sábado pasado, que jugamos contra Teléfonos?
Daniel asintió con la cabeza.
—¿Te acordás que yo entré en el segundo tiempo? Habré
entrado a los veinte minutos del segundo tiempo...
—Sí, que entraste porque se jodio el Tito, que si no el Coló
tampoco te ponía...
—Por lo que sea, por lo que sea... Cuando yo entré íbamos
perdiendo dos a uno...
—Sí, dos a uno.
—Faltando unos quince minutos ¿te acordás? hubo un centro
sobre el área de ellos, un rebote, y me quedó servida a mí, picando, casi en el
punto del penal, un poco más atrás, pero casi en el penal, sobre la derecha...
—¡Uy, sí! Me acuerdo.
—Le pegué de prima y la tiré a la mierda. Así de simple. La
tiré a la mierda.
—Arriba del travesano, me acuerdo.
—Arriba. Y... ¿querés que te diga una cosa, Daniel? ¿Querés
que te diga una cosa? Daniel lo miró.
—Nadie me dijo nada —ahora era el Gato el que miraba
fijamente a la mesa, las cascaras de maní, los
círculos dibujados con espuma por los vasos sobre el
nerolite—. Nadie me dijo nada... Hubo un silencio... Un silencio total...
—Bueno... Es mejor. Te juro que...
—No, Daniel. No es mejor... Cuando ya nadie te dice nada es
que ya nadie espera nada de vos... Es una cosa, ¿cómo decirte?... piadosa. Un
silencio... comprensivo, ¿entendés? Me di vuelta y lo vi al Coló que le hacía
señas al Quique como diciendo "Déjalo. No le digas nada. ¿Qué le vamos a
hacer? Bastante hace el pobre viejo...". Por eso...
—Es que...
—Por eso te digo Daniel… alégrate que todavía te putean, alégrate.
Quiere decir que todavía te consideran apto para jugar, para meter goles, para
mezclarte con ellos…
Daniel aspiro hondo.
—Puede ser — dijo y pidió la cuenta.
Roberto Fontanarrosa
Extraído de Uno nunca sabe. Ed. De La Flor 1993/ Ed Planeta 2012
Suscribirse a:
Comentarios (Atom)
"La poesía, de chanfle al segundo palo" de Juan Sasturain
Para Tomas Sanz RECUERDO QUE mi viejo tiraba la bronca contra Aróstegui, porque "transmitía todos los partidos igual". Eran los...
Lo más leído
-
Para Diego Me van a tener que disculpar. Yo sé que un hombre que pretende ser una persona de bien debe comportarse según ciertas norma...
-
Te conté la del Gordo Luis cuando hizo de Papá Noel? Es mundial la del Gordo Luis cuando hizo de Papá Noel. Casi se convierte en otra vícti...
-
Plebster estaba mirando por la ventanilla frontal de la nave el paso oscilante de los meteoritos. Como todos los dermolinfomas del planeta...
-
Arriba: Gastón Sessa (Arquero de Villa San Carlos, esquizofrénico, violento); German Lerche (en este caso representando a la dirigenci...
-
Ni la IA. Reconoce a los equipos de la LPF. Antes del Mundial 2026 hay una cantidad exorbitante de partidos. Un menú bastante variado que v...
-
El ruido de la puerta metálica al cerrarse le hizo pensar al gordo en algo definitivo. Algo definitivo como el cerrarse de la tapa de un at...
-
Te cuento, Macho, que la cargada la hicimos nosotros. Nos largamos a hablar, ¿viste? a farolear. Nos agrandamos, ¿viste? Y... ¿querés que t...
-
Extraído de "Los clásicos según Fontanarrosa". Ed. de la Flor. 1980/ Ed Planeta. 2012.
-
Decime vos para qué cuernos te hice semejante promesa. Se ve que me agarraste con la defensa baja y te dije que sí sin pensarlo. Pero esta ...
-
López había cumplido siempre. Había ganado y perdido, cosa por cierto evidente. Pero jamás había abandonado su puesto. Jamás había sacado e...


























