El tango nunca fue una música.
Fue, y sigue siendo, una manera de vivir. De caminar. De mirar la vida con un pucho
en la comisura de los labios y las manos en los bolsillos. Como el fútbol. O,
mejor dicho, como el fútbol argentino. Mejor aún: como el fútbol rioplatense. Porque
acá nunca se trató de llegar primero. Se trató de saber cuándo llegar.
Por eso el fútbol nuestro jamás
necesitó correr más que los demás, ni fabricar atletas de laboratorio. Lo
nuestro siempre fue la gambeta, el firulete, la pausa, la pelota mansa bajo la
suela mientras el gil pasa de largo. El inglés inventó el football. El
brasileño inventó la alegría. Nosotros inventamos la pausa. Y de esa pausa
nació la gambeta. El tango ya la conocía desde hacía mucho.
Porque el tango se baila de a dos.
Igual que el fútbol: uno que imagine y una pelota que lo acompañe. Es un
diálogo. Un abrazo. Una conversación en la que no hacen falta palabras. ¿O
acaso es casualidad que los dos mejores números diez que dio este bendito juego
hayan nacido a orillas del Río de la Plata? No. Es el tango corriéndoles por
las venas. Es el fueye de Aníbal Troilo respirando despacito antes de largar el
zarpazo. Son los dedos de Osvaldo Pugliese caminando por el piano como quien va
amagando rivales en una baldosa.
Todos dejaban una nota suspendida
apenas un instante más de la cuenta. La acariciaban. La dejaban bajo el pie.
Esperaban. Y, cuando el otario ya creía que la frase había terminado, ¡zas!,
salían por izquierda o por derecha y le pintaban la cara. El buen diez hace
exactamente lo mismo. Frena cuando todos esperan que acelere. Espera cuando
todos salen desesperados. El marcador cree que ganó la jugada, que la cortó
limpia... hasta que descubre que llegó medio segundo antes. Y medio segundo, en
el tango y en el fútbol, es una eternidad. Ahí queda el defensor despatarrado,
abierto de gambas, como si lo hubiera saludado el facón de un taita de
Barracas.
El fútbol nuestro también es
barrio. Cada vez que el fueye de Troilo respiraba aparecía una esquina de
Pompeya. Un boliche de Boedo con las persianas a medio cerrar. Un farol cansado
alumbrando el empedrado mojado de San Telmo. Un tachero arriba de un Siam Di
Tella cruzando el puente hacia Valentín Alsina. Un guapo cansado pidiendo
"lo de siempre" mientras afuera chispea una garúa fina que parece
escrita por Homero Manzi.
Eso mismo pasa cuando el diez
argentino la agarra en tres cuartos de cancha y encara. No importa si juega en
Nápoles, Barcelona, Miami o Lusail. En ese instante vuelve al potrero. A la
pelota de goma. Al arco hecho con dos buzos. A la vieja gritándole desde la
ventana que ya está la comida o yéndolo a buscar, enojada, porque no hizo la
tarea. El barrio viaja con él. O, mejor dicho, ahora el barrio es él.
Gardel no necesitaba levantar la
voz. La apoyaba sobre la melodía como quien deja un pase milimétrico para que
el nueve solamente tenga que empujarla.
Floreal Ruiz era distinto.
Cantaba con esa melancolía de quien conoce todas las derrotas del barrio, como
esos enganches que juegan con la cabeza levantada porque saben que el partido
también se gana sufriendo.
Edmundo Rivero parecía un zaguero
grandote, de esos que intimidan con solo pararse en la cancha.
Y Julio Sosa... Julio Sosa era un
guapo. Más que el Varón del Tango, era el Obdulio Varela del tango.
Después apareció el Polaco
Goyeneche. Estiraba una palabra, mordía otra, parecía olvidarse del compás para
volver justo cuando nadie lo esperaba. Como Riquelme dejando pasar la pelota
entre las piernas. Como Maradona frenando en el borde del área. Como el Garrafa
con la pelota pegada al pie. Era el fulbo, nene, el fulbo.
Y un día cayó Astor Piazzolla. El
loco. El que agarró el tango del cogote y le dijo, a lo guapo: "Vení,
atorrante, vamos por otro lado". Los ortibas de siempre se escandalizaron.
Dijeron que eso no era tango. Que había traicionado la tradición. Son los
mismos que putean al pibe que tira un taco porque "hay que jugar
simple". Nunca entienden que los adelantados juegan un partido que los
demás recién van a entender dentro de veinte años.
También están los poetas. Homero
Manzi, Enrique Santos Discépolo, Homero Expósito, Cátulo Castillo. Ellos no
escribían letras. Describían sentimientos. Le ponían palabras a eso que
sentimos en el pecho los que gritamos un gol, los que aplaudimos o lloramos en
una cancha. Eran traductores de emociones al castellano. Conocían al cafishio,
al laburante, al bacán venido a menos, al burrero sin un mango, a la percanta
que se fue con otro, al malevo que todavía caminaba con el cuchillo escondido
en el cinto. Conocían al pueblo. Y el fútbol, antes que un deporte, siempre fue
eso: pueblo. Fue, no; es.
Porque el tango nunca habló
solamente del amor. Habló de la derrota. Y el hincha argentino sabe que perder
también forma parte del oficio. Hay Mundiales perdidos que se recuerdan más que
otros ganados. Porque dolieron. Porque dejaron cicatrices. Porque todavía se
cuentan entre amigos, casi cuarenta años después, con un café de por medio y la
certeza de que, si el árbitro no era un maula, éramos campeones.
Por eso nunca voy a creer que el
fútbol sea apenas velocidad, pressing, offside semiautomático, VAR, mapas de
calor o estadísticas. El fútbol argentino no salió de un laboratorio. Salió de
un conventillo. De un café con el mozo y la rejilla mugrienta. De una milonga.
De una fiesta en un club de barrio donde se conocía al primer amor. De un
bandoneón que respiraba como respira una tribuna antes de un penal.
Salió del mismo barrio donde
Gardel aprendió a cantar, Troilo hizo llorar un fueye, Pugliese marcó el compás
con la autoridad de un viejo caudillo, Floreal Ruiz le puso nostalgia a la
noche, Goyeneche desafinó con elegancia y Piazzolla se animó a gambetear las
críticas.
Cada vez que un bandoneón abre el
fuelle, una pelota empieza a rodar. Y cada vez que una pelota empieza a rodar,
en algún rincón de Buenos Aires vuelve a sonar un tango. Porque nunca fueron
dos historias distintas. Siempre fueron la misma historia, contada de dos
maneras distintas. Una con una orquesta, una voz rompiéndose el alma y un
bandoneón; la otra con once soñadores de cada lado, o incluso menos, una pelota
y un potrero. Por eso, ¿qué me van a venir a hablar de amor... y, mucho menos,
de fútbol?

No hay comentarios.: