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 A la memoria de Pablo Piaggio.

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Yo tenía un amigo que era hincha de Banfield. Hincha, pero lo que se dice hincha. Hasta los ojos verdes tenía el tipo y se ufanaba de eso. No faltaba casi nunca, y si faltaba era porque estaba enfermo (más aún de lo que era o porque la madre andaba mal). Con estar con nosotros en la cancha, Pablito ya estaba feliz. Nos veía a nosotros haciéndole señas desde la tribuna y ya se ponía a sonreír. Aunque una vez lo acompañé, y la sonrisa se le dibujaba ni bien empezábamos a pasar el paso a nivel que une Uriarte con Malabia. Siempre estuvo en las malas, en las muy malas, en las muy, muy malas… hasta que por fin, en el Torneo Apertura 2009, habíamos salido campeones. Nunca vi tan en pedo a alguien sin haber consumido una gota de alcohol.

Había pasado ya más de un mes de aquella gran alegría. Veníamos de diciembre de 2009, campeones, una cosa de locos, impensada. Pero ya era 2010, arrancaba otro torneo y el campeón defensor éramos nosotros. Por primera vez en años no pensábamos en el descenso. Seguíamos contentos, claro está, pero Pablo había quedado regulando en campeón, ¿viste? Como esos aires acondicionados viejos que, aunque los apagues, siguen zumbando dos o tres horas más.

Hasta que un día, creo —y si la memoria no me falla—, fue en un partido de local contra Argentinos Juniors (a la postre campeón del Clausura), que terminó suspendiéndose por lluvia. Lo vimos llegar chorreando agua por todos lados y tenía la pose del hombre de la barra de hielo. Cuando lo miramos detenidamente, estaba completamente cagado a trompadas. No llegó a apoyar el culo en un charquito que se formó en una de los escalones de la Mouriño que le preguntamos qué le pasó.

 

La cuestión es que el 1° de febrero de 2010 —recuerdo hasta ahora la fecha, como para no caer en el mismo error si estoy por Capital— había habido un corte de luz, un calorón insoportable de noche y Pablito no había dormido bien. El tipo vivía por Belgrano o por ahí, la verdad no me acuerdo. Una de las tantas fallas mías con los amigos: me había invitado un montón de veces a la casa, pero con los quilombos del laburo y la facultad, sumado al viaje hasta allá, nunca pude ir.

La cosa es que, mal dormido, escuchó un quilombo espantoso en la calle: bombos, gritos, petardos y percibió el olor a bengala. Abrió la puerta y se encontró con algo inesperado: gente de verde y blanco. Bombos. Bengalas. Fuegos artificiales. Cantitos. Se quedó boludo un rato largo, sin poder creerlo. Hasta que lo creyó: la fiesta banfileña, por alguna extraña razón, se había mudado a la puerta de su casa.

Pablo no chequeó nada. Ni un “Hey, ¿qué festejan?”. Ni un cartel, ni una bandera, ni una pista mínima. No. El tipo confió en los colores, en el verde y blanco. Y la confianza, cuando está mal puesta, es una cosa hermosa, siempre y cuando no seas jugador o medico… o tal vez ingeniero o arquitecto. Entró a la casa como un resorte, se puso la camiseta de Banfield —esa Mitre 2009, reconocible hasta a 100 metros de distancia— y salió a los piques, porque no se iba a perder semejante hecho histórico: la fiesta del club de sus amores en la puerta de su casa. Y se metió entre la multitud saltando, gritando… otra vez borracho de alegría. Y empezó a gritar con todo:

—¡Dale campeón!

—¡Vamos Banfield, la concha de su madre!

Abrazó gente. Saltó. Cantó. Era un carnaval unipersonal.

Ahora, hubo un detalle que el tipo no tuvo en cuenta: eso no era Banfield. No era por Banfield. Ni eran de Banfield. Eran los de Excursionistas festejando el aniversario del club. Bueno, eran verde y blanco todos… tampoco le vamos a echar toda la culpa.

Primero lo miraron raro. Después más raro. Después uno le clavó la vista en el escudo y dijo:

—Pará… este no es de acá —dijo uno grandote, sin remera, todo transpirado, mientras mamaba una botella de Brahma como si fuese un nene de tres años con su vasito con chupete.

Pero Pablo seguía saltando y gritando campeón.

—Este es de Banfield, boludo —agregó otro muchacho que era más grande que una heladera frigorífica.

Y ahí empezó todo.

Y lo que siguió fue, digamos, una corrección de rumbo bastante física. No es que lo invitaron amablemente a retirarse. No. Lo sacaron del error a los golpes, pero con convicción, con un profesionalismo que, hay que decirlo, también merece reconocimiento. De la misma forma podrían haber sacado a uno del Betis, Atlético Nacional, Laferrere o el Shamrock Rovers de Irlanda El tipo pasó de la euforia al instinto de supervivencia en un suspiro. Como pudo, se escapó y volvió a la casa. Cerró con llave y escuchaba cómo le cagaban a piedrazos la casa. Tardó un par de días en salir, más que del cagazo, de la vergüenza, me atrevo a decir.

Y el tipo, con una dignidad que no le entraba en la cara hinchada, nos dijo en medio de la lluvia torrencial:

—Y… era verde y blanco, hermano. Yo confié.

Mientras miraba con cierta vergüenza el piso. Le puse una mano en el hombro y entendí que hay hinchas que, por sus colores, lo dejan todo.

Hasta, a veces, la dignidad.

Toni Schweinheim
Obra Publicada, expediente Nº 510614. Dirección Nacional del Derecho de Autor




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