El 45
Hay profesiones que no entienden de domingos, de cumpleaños, Navidades, fin de año y mucho menos de partidos de fútbol. La de colectivero era una de esas. Está atada al tiempo, al de la ida y al de la vuelta. Los colectiveros son más tiempistas que los pilotos de Fórmula 1. No importa el tránsito que haya, no importa si no hay trenes, nada. Ellos llegan clavados en punto. Ahora, si van con tiempo de más y vos estás apurado, es una pesadilla. Si tienen que estar a tal hora en la cabecera, están con una puntualidad alemana. Salvo que ocurra algún contratiempo importante, que últimamente están al correr del día.
Daniel Meijide
manejaba el 45 desde hacía más de veinte años y sabía que el reloj de un
colectivero no tenía nada que ver con el del resto del mundo. Que la planillita
del inspector, de esas que parecen un crucigrama, ya tenía asignado el horario
preciso por donde tenía que pasar. Y así en varias paradas clave: Lanús, Gerli,
Constitución, la estación Perón, en el Metrobús de Capital, y finalmente
Retiro, aunque a veces podía llegar hasta Ciudad Universitaria. En este
contexto, donde el tiempo es oro, la demora y la llegada con tiempo son
enemigas, tratar de seguir un partido de fútbol era cuasi imposible. Salvo en
los mundiales, donde por los gritos o los festejos se sabía que la Selección
ganaba.
Daniel era
bostero desde que tenía memoria. De chico había llorado porque su viejo no pudo
llevarlo a la Bombonera, porque su padre también era colectivero, pero de esos
colectiveros de antes: los que cobraban el boleto, lo cortaban y daban vuelto.
De esos Mercedes-Benz 1114, con doble embrague y con gente colgada de cualquier
sobresaliente del bondi. Cuando terminaba la jornada, el chófer no servía ni
para dormir. Por eso se fue dilatando la idea de ir a la cancha.
De grande había
aprendido que las entradas se podían conseguir; ser socio era dificilísimo. Que
socio adherente, que socio casi pleno, que socio con o sin derechos... Parecía
un estado de relación de los que te hace elegir Facebook, como el "es
complicado". Pero cada tanto iba. El horario era lo más difícil de
manejar.
Al menos los
partidos los escuchaba por la radio mientras manejaba. El pequeño parlante
descansaba arriba del tablero. Bajito. Apenas un murmullo. Los pasajeros casi
ni lo notaban.
Hasta que un
mediodía de domingo uno protestó.
—¿No puede apagar
eso? Estoy trabajando.
Daniel lo miró
por el espejo.
—Yo también.
—Por ley no puede
escuchar nada usted, irresponsable —dijo el pasajero.
Daniel apagó la
radio, masticó bronca y la volvió a encender cuando este se bajó.
Resulta que el
pasajero, no contento con hacer apagar la radio, también lo había denunciado.
—Nada de radio
durante el servicio. Ni fútbol, ni noticias, ni música. ¿Estamos? —bramó el
encargado.
Desde entonces,
de los partidos se enteraba cuando terminaban. Era una manera horrible de vivir
el fútbol. Cada tanto tenía la suerte de ir a la cancha, pero eran excepciones.
La Copa
Libertadores de ese año lo tenía especialmente ilusionado. Boca venía jugando
bien. El técnico, Gustavo Santoro, le había devuelto algo que el equipo parecía
haber perdido: hambre por la gloria y la mística copera.
En semifinales
tocaba Independiente. El partido de ida, en la Bombonera, se había interrumpido
varias veces, como cuando juegan dos grandes y los hinchas se zarpan. El micro
de Independiente había arribado al estadio todo cascoteado. De casualidad el
partido no se suspendió. Fue un partido trabado, donde hubo dos rojas por cada
lado y un cero a cero, ya que ambos equipos se cuidaron demasiado en defender,
no así en darse patadas. Faltaba la vuelta en Avellaneda.
Daniel ese día
trabajaba hasta las 00.00 hs. Cuando salió de la terminal ya sabía que iba a
perderse otro partido importante. En un punto ya lo sentía como cábala; en otro,
se sentía triste.
Ya eran más o
menos las 17.00 hs. Todo era bastante normal dentro de la anormalidad que maneja
el transporte público en Argentina: colectivos como sardinas, olores diversos,
mal humor general, filas en las paradas, y nunca falta quien se descompone. Y
esta vez no faltó.
Daniel ya salió
con el colectivo atestado de gente desde la parada de Perón. Le costó cerrar la
puerta. Llegando a la parada del Metrobús de la avenida Belgrano no iba a
detenerse porque no podía subir nadie más, pero tuvo que parar ante los gritos
de los pasajeros: una chica empezó a respirar con dificultad. Se puso blanca.
Después se desmayó.
Daniel frenó.
Hizo bajar a
todos los pasajeros.
Los pasajeros
llamaron al 911.
Daniel esperó al
lado de la chica unos quince minutos hasta que llegó un patrullero. La
ambulancia estaba demorada por el caos de tránsito. Los policías le propusieron
a Daniel que la llevara en el colectivo hasta el Hospital Argerich mientras
ellos le abrían camino.
Aceptó
inmediatamente.
Avisó por
WhatsApp al grupo de la empresa: "Interno 17. Pasajera descompensada. La
traslado al Argerich. Voy avisando."
Llegaron al
hospital en pocos minutos. Era relativamente cerca. Cada tanto Daniel se fijaba
cómo estaba la pasajera; un policía se había quedado con ella. Parecía que ya
había reaccionado, pero seguía pálida como Drácula.
Mientras una
enfermera la recibía, la chica alcanzó a sacar el celular.
—Le... le mandé
un mensaje a mi novio...
Fue lo último que
dijo antes de que se la llevaran a la guardia.
Daniel esperó un
rato. No porque estuviera obligado, sino porque le parecía correcto.
Al rato apareció
un muchacho corriendo, preguntando por ella: era el novio. Daniel le explicó
todo y recién entonces sintió que podía irse.
Salió del
hospital.
Se prendió un
cigarrillo.
Mientras se
acercaba al colectivo, vio a una persona apoyada en él: un gordo enorme. Traje
oscuro. Corbata más oscura todavía. Rapado a los costados. Anteojos negros.
Parecía un agente del FBI o uno de la película Hombres de Negro.
Daniel dudó en
decirle algo, pero como estaba apoyado sobre la puerta, no le quedó más
remedio.
—¿Necesitás algo?
El gordo señaló
el colectivo.
—¿Es tuyo?
—No... de la
empresa.
—Pero lo manejás
vos.
—Sí.
El hombre terminó
el cigarrillo. Lo tiró al suelo. Lo aplastó con la suela. Después levantó la
vista mientras se sacaba los anteojos negros.
—Entonces tengo
una misión para vos.
Daniel soltó una
risa. Pensó que estaba loco.
Pero el gordo ni
sonrió.
Sacó una
credencial. La mostró apenas un segundo.
—Jefe de
seguridad de Boca —dijo mientras mostraba el carnet brilloso.
Daniel sintió un
escalofrío.
—¿Cómo dijo?
—Tenemos
información de que al micro lo esperan antes o después de entrar a Avellaneda.
Aunque vaya escoltado, le van a tirar de todo.
Hizo una pausa.
—Necesitamos que
los jugadores entren camuflados. El micro ya salió para allá, pero vacío.
El gordo, que
ahora parecía gigante, miró el colectivo.
—En este vamos a
llevar a los jugadores. ¿Te parece?
Daniel tardó
apenas un segundo en contestar.
—Sí... sí.
El gordo sonrió
por primera vez.
Le dio una
dirección, que era ahí nomás, a tres cuadras.
—Esperá ahí.
Daniel llegó al
punto indicado todavía incrédulo. Aunque le latía el corazón por el cagazo, se
sentía una especie de Jason Statham en El transportador.
Apagó el motor.
Esperó.
Cinco minutos.
Diez.
Quince.
Hasta que una
combi estacionó a unos metros.
Y empezaron a
subir.
Primero el
capitán, el Patrón Pablo Funes.
Después el
arquero, Patricio Vega.
El nueve, Nicolás
Bogado.
El pibe de
inferiores, la joyita, Lucio Martínez.
Uno por uno.
Con gorritas.
Buzos.
Mochilas.
Como pasajeros
comunes.
Daniel sentía que
las piernas le temblaban. Los veía por el espejo retrovisor y pensaba que, si
alguno apoyaba un botín en el escalón, él probablemente lo enmarcara.
El último en
subir fue Gustavo Santoro. El Maestro.
El técnico que
había hecho que Boca volviera a jugar como Boca.
El tipo que le
dijo que no a la Selección para seguir en Boca.
Le apoyó una mano
en el hombro.
—Gracias, chofer.
Daniel quiso
responder. Le salió algo parecido a un ruido.
El viaje fue
sorprendentemente normal. Mucho tránsito. Semáforos. Algún embotellamiento. El clásico embudo de
la bajada del puente Pueyrredón sobre la avenida Belgrano, en Avellaneda. Atrás venían dos autos sin identificación. Daniel
alcanzó a ver, varias veces, que los ocupantes hablaban por handy. Seguro eran
de la seguridad o de la policía.
Llegaron al
estadio lo más bien.
Los jugadores
bajaron uno por uno y le iban dando palmaditas a Daniel, que ya estaba más rojo
que la camiseta de Independiente.
Daniel no pidió
fotos, camisetas ni autógrafos. En parte porque seguía tan cagado como cuando
vio al gordo de negro y, en parte, porque no se animaba.
Por último, bajó
Santoro y le dio un apretón de manos. Daniel alcanzó a preguntarle cómo iban a
hacer para el regreso, a lo que el entrenador le dijo que de eso se encargaba
un tal Luis.
Lo saludó desde
abajo y le dio las gracias.
Daniel se quedó
un rato pensando en lo surrealista que había sido todo.
Luego encaró
hacia la terminal de Remedios de Escalada.
Se estacionó
sobre la avenida Rosales y, como al término de cada jornada, antes de entregar
la unidad se puso a limpiar.
Agarró la escoba.
Recogió papelitos.
Revisó debajo de
los asientos.
Algún maleducado
de esos que nunca faltan tiró cáscaras de girasol.
Refunfuñó un
rato, agachado, mientras las levantaba.
Y entonces lo
vio.
En el respaldo de
uno de los asientos individuales del lado izquierdo, casi al final de la fila.
Una firma.
Después otra.
Y otra más.
Todas hechas con
Liquid Paper.
El Patrón Pablo
Funes.
Lucio Martínez.
Nicolás Bogado.
Roberto Ficco...
Las firmas
seguían, pero debajo de todas estaba la más importante...
Gustavo Santoro.
Director Técnico.
Daniel se quedó
inmóvil.
Sacarle una foto
no alcanzaba.
Al día siguiente
algún pasajero iba a rayarlo.
O algún inspector
iba a hacerlo limpiar.
O el mismo
encargado.
¿Y si subía uno
de River?
A esa altura
Daniel ya se había olvidado de que Boca se jugaba el pase a la final de la
Libertadores.
Entre tanta
emoción se le ocurrió una locura.
Buscó las
herramientas.
Destornillador.
Llave tubo.
Llave fija.
Trabajó rápido.
En silencio.
Aflojó los
bulones.
Sacó el asiento.
Lo apoyó sobre un
pastizal, bien escondido, sobre la avenida.
Volvió al
colectivo.
Entregó la
unidad.
El encargado la
revisó.
Frunció el ceño y
preguntó, sorprendido:
—Falta un
asiento, Dani.
Daniel bajó la
cabeza.
—Me lo robaron.
—¿Qué?
—Seguro que
cuando lo dejé... eh... ahí en el Argerich, cuando dejé a la piba... cuando
vine... ya no estaba... Me afanaron el asiento.
El encargado lo
miró como si estuviera frente a Landriscina contándole un cuento de humor. Mirá
si le llegaba a contar lo del plantel de Boca y todo eso. Se caía de culo.
—¿Vos me estás
jodiendo? —replicó, incrédulo, el encargado.
—La inseguridad
está cada vez peor...
Daniel salió sin
mirar atrás.
Fue hasta su
auto.
Lo arrancó.
Manejó media
cuadra.
Frenó donde había
escondido el asiento.
No estaba.
Se quedó helado.
Buscó detrás de
los yuyos.
Miró en la zanja.
Revisó toda la
cuadra.
Hasta en los
lugares donde el pasto estaba cortado.
En los lugares
más inverosímiles.
Nada.
Sintió una
tristeza ridícula.
No era un
asiento.
Era la única
prueba de la noche más increíble de su vida.
Volvió a su casa
convencido de que había sido un completo pelotudo.
Quedó en un
estado zombi.
Ni siquiera le
importó que Boca hubiera pasado a la final por penales.
Al otro día
regresó a la terminal.
Todavía de mal
humor.
Entró a la
oficina para fichar.
Y ahí estaba el
asiento.
En el escritorio
del encargado.
Le había puesto
una estructura de silla de oficina con ruedas.
Había quedado
precioso.
El encargado,
bostero viejo como él, le tocó el hombro desde atrás.
Esperó unos
segundos para disfrutarle la cara a Daniel.
Y recién entonces
dijo:
—La inseguridad
está terrible...
Señaló el
asiento.
—No podés dejar
un asiento solo un ratito... que enseguida te lo afanan.




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