Slider[Style1]

Style2

Style3[OneLeft]

Style3[OneRight]

Style4

Style5

Hace unos días que vengo pensando si está bien ponerme contento. Mirá hasta dónde llegamos, que uno siente que tiene que hacerse esa pregunta antes de festejar un campeonato. Como si la alegría necesitara permiso. Como si hubiera un tribunal de vigilantes que decidiera cuándo una sonrisa está justificada y cuándo no. Como si uno estuviese rodeado de la policía de la felicidad. Qué festejar y qué no.

Porque sí, ya sé. No hace falta que me lo expliquen. Hay inflación. Hay gente que no llega a fin de mes. Hay desempleo, comercios que cierran, jubilados que hacen malabares para comprar los remedios, familias enteras haciendo cuentas para ver qué dejan de pagar este mes o qué comida se saltean. Hay inseguridad, hay bronca, hay discusiones por todos lados. Abrís cualquier portal y parece una competencia para ver cuál noticia es peor que la anterior. No vivo encerrado en un tupper. Voy al supermercado igual que vos. Cargo nafta igual que vos. Me agarra la misma angustia cuando llega una factura de luz o de gas, o cuando llega el resumen de la tarjeta por mail y lo miro de a poquito para no infartarme. También tengo familiares que la pelean, amigos que perdieron el laburo, gente querida que decidió irse del país porque sintió que acá ya no había lugar para ellos. No soy ajeno a nada de eso.

Por eso me causa gracia, o un poco de tristeza, cuando aparece alguien diciendo: «¿Cómo vas a festejar con todo lo que está pasando?». Como si una cosa anulara a la otra. Como si para gritar un gol hubiera que olvidarse automáticamente de todo lo demás. No funciona así la cabeza de una persona. Al menos no la mía. Y la de muchos más tampoco, eh.

Yo no me despierto pensando únicamente en fútbol. El fútbol ocupa un lugar importante en mi vida, sí, pero también me preocupan un montón de cosas más. Me preocupa llegar a fin de mes. Me preocupa mi familia. Me preocupa el país. Me preocupa el futuro. Me preocupa la salud de la gente que quiero. Todo eso sigue estando. No desaparece porque mi equipo sale campeón después de tanto tiempo. No es un clonazepam que me relaja, no señor.

Lo que pasa es que, de golpe, en medio de tanto quilombo, aparece una alegría.

Una alegría chiquita para algunos, enorme para otros, completamente intrascendente para quien no le gusta el fútbol, o amargura e infelicidad para el clásico de toda la vida, pero ese es otro tema que no voy a tocar. Y está perfecto. No pretendo convencer a nadie de que un campeonato cambia el mundo. No cambia absolutamente nada. Mañana el almacén va a abrir con los mismos precios. El alquiler va a seguir llegando. El colectivo va a seguir teniendo una frecuencia de cometa Halley. El jefe va a seguir siendo el mismo esclavista de siempre. Los problemas van a seguir exactamente donde estaban antes, durante y después de salir campeones.

Pero yo también voy a seguir siendo el mismo. Y justamente por eso necesito esos pequeños respiros. Un poco de cariño para el alma. O para el ego de los hinchas. Si últimamente no podíamos ni pagarles el sueldo a los empleados y los jugadores nos hacían juicio. Ahora, si el equipo anda mal y tengo cara de tuje, sí, nadie me dice nada. Total, es normal en este ispa.

Porque nadie puede vivir las veinticuatro horas del día con la cabeza metida en las malas noticias. Nadie soporta eso sin romperse un poco por dentro. Todos encontramos alguna manera de hacer una pausa. Algunos se van a pescar. Otros escuchan música. Hay quienes se encierran a leer un libro, miran una película, salen a correr, juegan con sus hijos, hacen un asado con amigos o se toman unos mates en una plaza. Nadie les pregunta por qué están riéndose si el país está complicado.

Con el fútbol, en cambio, parece que hay que rendir examen o sacar un permiso especial en la Municipalidad.

Y no lo entiendo.

Porque el fútbol, para los que somos futboleros, nunca fue solamente un deporte. Es una parte de nuestra historia. Son los domingos con mi viejo, con mi abuelo o con mis amigos. Son las camisetas que todavía guardamos aunque ya no nos entren. Son las cábalas ridículas que seguimos haciendo porque alguna vez funcionaron. Son viajes, anécdotas, abrazos con desconocidos, puteadas que cinco minutos después se convierten en festejos. Donde el presidente del club pasa de ser un chorro incompetente a un estadista respetado. Es una de esas pocas cosas que todavía tienen la capacidad de hacer que un montón de personas, que no se conocen entre sí y que probablemente piensen distinto en casi todo, terminen abrazadas al final del partido, borrachas de alegría.

Y eso, en estos tiempos, tampoco es poca cosa.

Me causa gracia cuando dicen que el fútbol distrae a la gente. Como si la gente necesitara que alguien la distrajera. ¿Sabés qué? La gente ya sabe perfectamente cuáles son sus problemas. No necesita que nadie se los recuerde cada cinco minutos. El tipo que hoy sale a festejar es el mismo que mañana se levanta a las seis para ir a trabajar. O a buscar trabajo. O a hacer una changa. La mujer que canta en la tribuna es la misma que después hace rendir un sueldo que no alcanza y que tiene dos trabajos junto al marido. El pibe que hoy se pinta la cara es el mismo que mañana tiene que estudiar o salir a rebuscársela. Nadie dejó de saber cómo está el país porque su equipo salió campeón.

Tenemos neuronas para más de una cosa, viejo.

Podemos emocionarnos con un gol y preocuparnos por la economía el mismo día. Podemos abrazarnos en un festejo y después volver a casa sabiendo que hay que pagar el alquiler atrasado. Podemos cantar durante una hora y seguir indignándonos con la corrupción. No somos tan básicos como algunos creen. El corazón tiene lugar para varias emociones al mismo tiempo.

Y además, si soy completamente sincero, los futboleros tenemos algo de locos. Nos emocionamos por cosas que, vistas desde afuera, parecen una pavada. Nos ponemos nerviosos una semana antes de un clásico. Nos acordamos de un gol hecho hace veinte años como si hubiera sido ayer. Nos abrazamos con un desconocido porque un tipo metió una pelota en un arco. Somos capaces de llorar por un ascenso, por un descenso, por una atajada, por un pibe del club que debuta o por un veterano que vuelve para retirarse con la camiseta que ama. Sí, probablemente sea una locura. Pero es nuestra locura. Y no le hace daño a nadie. A vos no te jode, a menos que seas nuestro clásico, pero, como ya dije, eso lo vemos otro día.

Por eso hoy no quiero discutir con nadie. No quiero convencer a nadie. No quiero entrar en esa competencia absurda para ver quién está más preocupado por la realidad. La realidad ya está ahí. Nadie la pateó lejos como una pelota mandándola al lateral. Nadie la tapó con papel picado. Nadie cree que un campeonato arregla un país, una provincia o un municipio.

Lo único que arregla, aunque sea por un rato, es el ánimo de uno.

Y eso alcanza para seguir. Para tirar un rato más en esta vida apestosa e injusta.

Alcanza para volver el lunes un poquito menos cansado. Para sonreír recordando un gol mientras esperás el colectivo. Para mandar un mensaje a ese amigo con el que hace meses no hablabas porque se pasó a platea. Para abrazar a tu viejo, a tu hijo o a un desconocido en una esquina con los mismos colores que los tuyos. Para recordar que, incluso cuando todo parece venir torcido, la vida todavía tiene la costumbre de regalarte un motivo inesperado para estar feliz.

Así que sí... perdón si molesta. Perdón si justo hoy elegí sonreír. Prometo que mañana voy a seguir preocupado por todo lo que me preocupa. Voy a seguir haciendo las mismas cuentas, leyendo las mismas noticias y viviendo en el mismo país que vivimos todos.

Pero hoy... DALEEEEE CAMPEOOOON, DALE CAMPEOOOON, DALE CAMPEOOOOOOON…


Toni Schweinheim
Obra Publicada, expediente Nº 510614. Dirección Nacional del Derecho de Autor.




«
Próximo
This is the most recent post.
»
Anterior
Entrada antigua

No hay comentarios.:

Pido permiso

Hace unos días que vengo pensando si está bien ponerme contento. Mirá hasta dónde llegamos, que uno siente que tiene que hacerse esa pregunt...


Top