Hace unos días que vengo pensando si está bien ponerme contento. Mirá hasta dónde llegamos, que uno siente que tiene que hacerse esa pregunta antes de festejar un campeonato. Como si la alegría necesitara permiso. Como si hubiera un tribunal de vigilantes que decidiera cuándo una sonrisa está justificada y cuándo no. Como si uno estuviese rodeado de la policía de la felicidad. Qué festejar y qué no.
Porque sí, ya sé. No hace falta que me lo expliquen. Hay inflación. Hay
gente que no llega a fin de mes. Hay desempleo, comercios que cierran,
jubilados que hacen malabares para comprar los remedios, familias enteras
haciendo cuentas para ver qué dejan de pagar este mes o qué comida se saltean.
Hay inseguridad, hay bronca, hay discusiones por todos lados. Abrís cualquier
portal y parece una competencia para ver cuál noticia es peor que la anterior.
No vivo encerrado en un tupper. Voy al supermercado igual que vos. Cargo nafta
igual que vos. Me agarra la misma angustia cuando llega una factura de luz o de
gas, o cuando llega el resumen de la tarjeta por mail y lo miro de a poquito
para no infartarme. También tengo familiares que la pelean, amigos que
perdieron el laburo, gente querida que decidió irse del país porque sintió que
acá ya no había lugar para ellos. No soy ajeno a nada de eso.
Por eso me causa gracia, o un poco de tristeza, cuando aparece alguien
diciendo: «¿Cómo vas a festejar con todo lo que está pasando?». Como si una
cosa anulara a la otra. Como si para gritar un gol hubiera que olvidarse
automáticamente de todo lo demás. No funciona así la cabeza de una persona. Al
menos no la mía. Y la de muchos más tampoco, eh.
Yo no me despierto pensando únicamente en fútbol. El fútbol ocupa un lugar
importante en mi vida, sí, pero también me preocupan un montón de cosas más. Me
preocupa llegar a fin de mes. Me preocupa mi familia. Me preocupa el país. Me
preocupa el futuro. Me preocupa la salud de la gente que quiero. Todo eso sigue
estando. No desaparece porque mi equipo sale campeón después de tanto tiempo. No
es un clonazepam que me relaja, no señor.
Lo que pasa es que, de golpe, en medio de tanto quilombo, aparece una
alegría.
Una alegría chiquita para algunos, enorme para otros, completamente
intrascendente para quien no le gusta el fútbol, o amargura e infelicidad para
el clásico de toda la vida, pero ese es otro tema que no voy a tocar. Y está
perfecto. No pretendo convencer a nadie de que un campeonato cambia el mundo.
No cambia absolutamente nada. Mañana el almacén va a abrir con los mismos
precios. El alquiler va a seguir llegando. El colectivo va a seguir teniendo
una frecuencia de cometa Halley. El jefe va a seguir siendo el mismo esclavista
de siempre. Los problemas van a seguir exactamente donde estaban antes, durante
y después de salir campeones.
Pero yo también voy a seguir siendo el mismo. Y justamente por eso necesito
esos pequeños respiros. Un poco de cariño para el alma. O para el ego de los
hinchas. Si últimamente no podíamos ni pagarles el sueldo a los empleados y los
jugadores nos hacían juicio. Ahora, si el equipo anda mal y tengo cara de tuje,
sí, nadie me dice nada. Total, es normal en este ispa.
Porque nadie puede vivir las veinticuatro horas del día con la cabeza
metida en las malas noticias. Nadie soporta eso sin romperse un poco por dentro.
Todos encontramos alguna manera de hacer una pausa. Algunos se van a pescar.
Otros escuchan música. Hay quienes se encierran a leer un libro, miran una
película, salen a correr, juegan con sus hijos, hacen un asado con amigos o se
toman unos mates en una plaza. Nadie les pregunta por qué están riéndose si el
país está complicado.
Con el fútbol, en cambio, parece que hay que rendir examen o sacar un
permiso especial en la Municipalidad.
Y no lo entiendo.
Porque el fútbol, para los que somos futboleros, nunca fue solamente un
deporte. Es una parte de nuestra historia. Son los domingos con mi viejo, con
mi abuelo o con mis amigos. Son las camisetas que todavía guardamos aunque ya
no nos entren. Son las cábalas ridículas que seguimos haciendo porque alguna
vez funcionaron. Son viajes, anécdotas, abrazos con desconocidos, puteadas que
cinco minutos después se convierten en festejos. Donde el presidente del club
pasa de ser un chorro incompetente a un estadista respetado. Es una de esas
pocas cosas que todavía tienen la capacidad de hacer que un montón de personas,
que no se conocen entre sí y que probablemente piensen distinto en casi todo,
terminen abrazadas al final del partido, borrachas de alegría.
Y eso, en estos tiempos, tampoco es poca cosa.
Me causa gracia cuando dicen que el fútbol distrae a la gente. Como si la
gente necesitara que alguien la distrajera. ¿Sabés qué? La gente ya sabe
perfectamente cuáles son sus problemas. No necesita que nadie se los recuerde
cada cinco minutos. El tipo que hoy sale a festejar es el mismo que mañana se
levanta a las seis para ir a trabajar. O a buscar trabajo. O a hacer una
changa. La mujer que canta en la tribuna es la misma que después hace rendir un
sueldo que no alcanza y que tiene dos trabajos junto al marido. El pibe que hoy
se pinta la cara es el mismo que mañana tiene que estudiar o salir a
rebuscársela. Nadie dejó de saber cómo está el país porque su equipo salió
campeón.
Tenemos neuronas para más de una cosa, viejo.
Podemos emocionarnos con un gol y preocuparnos por la economía el mismo
día. Podemos abrazarnos en un festejo y después volver a casa sabiendo que hay
que pagar el alquiler atrasado. Podemos cantar durante una hora y seguir
indignándonos con la corrupción. No somos tan básicos como algunos creen. El
corazón tiene lugar para varias emociones al mismo tiempo.
Y además, si soy completamente sincero, los futboleros tenemos algo de
locos. Nos emocionamos por cosas que, vistas desde afuera, parecen una pavada.
Nos ponemos nerviosos una semana antes de un clásico. Nos acordamos de un gol
hecho hace veinte años como si hubiera sido ayer. Nos abrazamos con un
desconocido porque un tipo metió una pelota en un arco. Somos capaces de llorar
por un ascenso, por un descenso, por una atajada, por un pibe del club que
debuta o por un veterano que vuelve para retirarse con la camiseta que ama. Sí,
probablemente sea una locura. Pero es nuestra locura. Y no le hace daño a
nadie. A vos no te jode, a menos que seas nuestro clásico, pero, como ya dije,
eso lo vemos otro día.
Por eso hoy no quiero discutir con nadie. No quiero convencer a nadie. No
quiero entrar en esa competencia absurda para ver quién está más preocupado por
la realidad. La realidad ya está ahí. Nadie la pateó lejos como una pelota
mandándola al lateral. Nadie la tapó con papel picado. Nadie cree que un
campeonato arregla un país, una provincia o un municipio.
Lo único que arregla, aunque sea por un rato, es el ánimo de uno.
Y eso alcanza para seguir. Para tirar un rato más en esta vida apestosa e
injusta.
Alcanza para volver el lunes un poquito menos cansado. Para sonreír
recordando un gol mientras esperás el colectivo. Para mandar un mensaje a ese
amigo con el que hace meses no hablabas porque se pasó a platea. Para abrazar a
tu viejo, a tu hijo o a un desconocido en una esquina con los mismos colores
que los tuyos. Para recordar que, incluso cuando todo parece venir torcido, la
vida todavía tiene la costumbre de regalarte un motivo inesperado para estar feliz.
Así que sí... perdón si molesta. Perdón si justo hoy elegí sonreír. Prometo
que mañana voy a seguir preocupado por todo lo que me preocupa. Voy a seguir
haciendo las mismas cuentas, leyendo las mismas noticias y viviendo en el mismo
país que vivimos todos.
Pero hoy... DALEEEEE CAMPEOOOON, DALE CAMPEOOOON, DALE CAMPEOOOOOOON…

No hay comentarios.: