Cuantas veces escuchamos términos como “cangrejear” o “No estás en la guía” o “Sacro”. Términos que fueron acuñados hace tiempo en lo que se conocía como #ElProgramaDeFantino y hoy es conocido por #SDF o #ElProgramaDeFantinoSinFantino; y que aún hoy son utilizados con suma frecuencia. Por eso le traemos el primer glosario del show del Futbol para que todos este al día con estos modismos que cada vez nos hace más mierda el habla. Esta es la tercera entrega.
Fulala. Escritura invertida del apellido del panelista termista
Andrés “Turco” Alaluf. Utilizado por su sonoridad y para no nombrarlo
directamante. “Fulala hoy se zarpo de termo”.
No entiendo nada, poneme la placa. Expresión vertida ante un
desconcierto o ante la sobreinformación de un acontecimiento. Frase acuñada por
Fantino al momento que Fava presentaba unas series de placas con distintas
combinaciones en resultados en pos de saber si Independiente podía descender o
no. La respuesta por parte del conductor ante tamaña sobreinformación fue dicha
frase. Utilización:
— ¿Viste lo que le paso a la Yoli?
— ¿Quién es la Yoli?
—Es la hija de la prima segunda del sobrino de Nélida.
—No entiendo nada, poneme la placa.
Pareces la hermana Bernarda preparando una torta. Frase que
ejemplifica la parsimonia y la poca voluntad del recepto en las acciones que
realiza. Ejemplo: “Verón en el mundial del 2002 contra Inglaterra parecía la
hermana Bernarda preparando una torta”. Expresión creada por Alejandro Fantino
al momento de referirse a Daniel Fava cuando este intentaba dar una noticia y
la cual carecía de sorpresa y humo.
Si van a opinar que sea faltándose el respeto. Expresión que
significa la desacreditación de las ideas del otro con una falta de respeto ideológica,
no así en improperios. Ejemplo:
—Yo gane el mundial del ‘86
—Cállate Chino, vos fuiste a llevarle los bolsos a Ruggeri.
No se utilizan improperios para faltar al respeto, sino humo
y alguna que otra verdad enmascarada de chiste o ironía para que no caiga de
forma dura. Fue utilizada por Alejandro Fantino para motivar al panel a que
debatan rudamente, puesto que parecían la hermana Bernarda preparando una
torta.
Fulala
Fava, hoy tomaste de la mala. Frase en donde comenzaron a
vincular a Daniel Fava con lo duro, con los barbitúricos, con la merluza, la
coca, el charuto, la piedra, el faso, y cualquier tipo de sustancia alucinógena.
Esta expresión fue vertida por Nicolás Distasio hacia Fava cuando este último
estaba criticando con “dureza” a River Plate: “¿Fava, hoy tomaste de la mala?”
Mundial e históricamente se dice que el día sábado es día de bañarse. La gente de Guarani Antonio Franco se tomo muy a pecho esa máxima y decidieron bañar a Cristian Lucchetti, literalmente y a la vista de todos. Un verdadero baldazo de agua para el Laucha que termino más mojado que Niembro mirando en cuero a Osvaldo, eso sí el liquido del balde es de dudosa procedencia...
Al final del cuento esta el video del capitulo de los cuentos de Fontanarrosa que se emitió por la TV publica de este mismo.
La mamá de Nico fue a la casa de los Galotto dos meses
después de que muriera don Ítalo. Su visita no fue estrictamente una sorpresa
para Urbana, la viuda, porque ya doña Emma (la mamá de Nico) había estado en el
velorio. Aunque también era cierto que todo el barrio había estado en aquella
ocasión. Pero, de cualquier forma, era notorio que a Urbana no le caía para
nada bien doña Emma y aceptó su presencia en el velorio por una mínima condescendencia
cristiana, lo doloroso del momento y una elemental cuota de educación
("Esa tipa", solía decir Urbana refiriéndose a Emma). De todos modos,
una cosa era que una vecina no querida acudiese a un velorio exitoso —como
había sido el de don Ítalo— y otra que, pasados ya dos meses, y sin
justificativo visible, tocara el timbre de la familia Galotto pidiendo hablar
con Urbana. El rencor que Urbana sentía por doña Emma no era, precisamente,
rencor. Era un cierto rechazo, prevención y tal vez temor por todo el clima
poco claro que rodeaba a "esa tipa". Se decía en el barrio que doña
Emma era bruja. O bien que, en sus ratos libres, hacía brujerías. Leía la borra
del café, interpretaba el agua, podía leer las manos, tiraba el tarot. Pero
fundamentalmente era espiritista. Le habían contado a Urbana que Emma profesaba
el culto de la mesa de tres patas, que concitaba a los espíritus o que junto
con otros profesantes ("ignorantes" denostaba Urbana), practicaba ese
extraño juego de la copa, en el que una copa observa un comportamiento errático
sobre la mesa señalando personas, respondiendo preguntas, deteniéndose ante
presuntos enfermos. Por supuesto, el aspecto exterior de doña Emma cuando
andaba por la calle, por ejemplo, era común y corriente. Un ama de casa como
las otras. Tal vez un poco más desarrapada que las demás, algo menos cuidadosa
con el cabello o no tan meticulosa con los detalles. Al velorio, por ejemplo,
había concurrido con un batón algo raído, tipo salida de baño, como si la
noticia de la muerte de Ítalo (sorpresiva, por cierto) no le hubiese dado
tiempo para acicalarse correctamente. Y cuando fue a lo de los Galotto, dos
meses después de lo de ítalo, lucía más o menos igual. Improvisada, digamos. Siempre aseada,
decorosa. Pero con chinelas de pompón, abrigadas, para el invierno, dando la
impresión de que había salido algo apurada de su casa, tal vez por un trámite
que requería cierta urgencia.
—Sí. Está —solo atinó a decir Liliana (la hija de Urbana),
tras abrir la puerta, toparse con la presencia de la supuesta bruja y escuchar
que ésta, preguntaba por su madre. Después, volvió a cerrar la puerta de calle,
desandó el pasillo largo y le avisó a Urbana que doña Emma estaba preguntando
por ella. Urbana que cosía detuvo en el aire una puntada, dejó sobre la mesa el
costurero, se puso de pie arreglándose un poco el cabello y, con rostro severo,
se fue hacia la puerta sin articular palabra.
—¿La hiciste entrar? —preguntó a Liliana, en tono
confidencial, antes de dejar la habitación.
—¡No! —deslindó responsabilidades su hija, entre alarmada y
divertida.
Urbana fue hasta la puerta, la abrió nuevamente y se asomó
un poco, dando a entender a su visitante (cruzada de brazos para ceñir aun más
el saquito verde de lana a esa hora fresca del atardecer, preanuncio de una
noche fría) que no iba a perder demasiado tiempo en atenderla.
—¿Sí? —fue la módica recepción de Urbana.
—Buenas noches, señora —sonó, cordial, doña Emma—. Quisiera
hablar un par de palabritas con usted.
—Dígame. Urbana no había abierto ni un centímetro más la puerta
de calle. Seguía asomando solo la cabeza como un títere grande. Doña Emma
vaciló, tal vez esperando que la hiciera pasar. Se
originó un momento de cierta tirantez, donde era obvio que
ambas mujeres habían iniciado
una suerte de pulseada de voluntades en torno al definitorio
acto de entrar o hablar en la calle.
—Es con respecto a su marido, don Ítalo —aportó, por fin,
doña Emma, como si la frase fuese una llave maestra.
—Mi marido murió. Murió hace dos meses —cortó Urbana.
—Ya sé, ya sé. Por supuesto que lo sé...
—¿Entonces?
—Es otra cosa.
—Vea, señora —Urbana tomó aire, como alentando un tono de
mayor severidad—. Entonces, si lo sabe, no hay mucho que hablar. No quiero
entrar en ningún tipo de comentarios con respecto a mi marido, que ya ha muerto
y que Dios lo tenga en su santa gloria.
—No es eso. Ocurre que...
—Yo conozco muy bien las cosas que suelen tejerse después de
que muere alguien. Y las cosas que suelen comentarse en el barrio a espaldas de
los fallecidos. Recuerdo perfectamente lo que ocurrió después de la muerte del
señor Acosta —el de la ferretería— que al día siguiente de su muerte empezaron
a correrse bolazos y estupideces de que tenía otra mujer y que andaba con
cuanta chirusa se le cruzaba por el camino. ¡Al día siguiente de haberse
muerto! O cuando murió Bevacqua —el de la casa de electricidad— que se empezó a
decir que le debía plata a Dios y María Santísima...
Doña Emma la miraba, meneando levemente la cabeza, paciente,
si se quiere.
—Por eso —continuó Urbana, lanzada—. Como sé muy bien que
Ítalo nunca tuvo una relación muy cercana que digamos con usted ni con nadie de
su familia, es que no puedo imaginarme cómo algo que usted venga a contarme
pueda serme útil, cierto o interesante...
Emma seguía negando con la cabeza. Esperando con abnegación
que Urbana terminara.
—No es nada de eso —dijo luego, cuando se cercioró que
Urbana le daba cierto espacio para contestarle.
—¿Qué es, entonces?
—Hace una hora, en una mesa de espiritismo donde estábamos
invocando a Ceferino Namuncurá, se hizo presente la voz de su señor marido don
Ítalo, y me pidió expresamente que viniera a decirle algo.
Sentada en uno de los sillones del living (los rojos, de
felpilla) Urbana sostenía con una mano la taza de té que le había traído
Liliana, mientras con la otra mano se oprimía levemente el pecho. No había
recuperado aún el ritmo normal de su respiración.
Liliana le había traído otro té de boldo a doña Emma
(sentada enfrente de Urbana) y ahora se ubicaba en el sillón restante.
—Reconocí enseguida la voz de su marido, señora —decía doña
Emma—. No solo porque la había escuchado mil veces en el almacén de don Julio,
discutiendo de fútbol con él, sino
porque la voz, apenas comenzó a oírse sobre nuestra mesa, se presentó, muy educadamente,
y nos dijo "Soy Ítalo Galotto, el vecino de la calle Pasco, el papá de
Liliana".
Usted decía muy bien: es cierto, yo no tuve trato directo
con su señor esposo. Pero lo escuché muchas veces en el almacén y no tengo
dudas de que la voz era la de él.
—¿Qué más le dijo? —tomó intervención Liliana, al observar
el estado de conmoción de su madre.
—Nos dijo que necesitaba comunicarse de inmediato con alguna
de ustedes. Que yo disculpara la molestia. Que sabía que mi casa estaba
bastante distante de la suya, pero que le era sumamente imperioso, recuerdo que
dijo así y lo recalcó, imperioso, hablar con mi señora, dijo, o con mi hija
Liliana.
—¿Y usted qué le dijo?
—Que me iba a contactar con ustedes a la brevedad, que haría
lo imposible por ubicarlas. Entonces, él me dijo que muy bien, que se quedaba
esperando.
—¿Cómo que se quedaba esperando?
—Claro. Él pensó que en ese mismo momento, yo iba a
abandonar la mesa e iba a salir corriendo para acá, a buscarlas a ustedes. Y
que las iba a llevar para allá, para que hablaran con él.
—Ajá.
—Pero, le explico, señora. Yo no dudaba de la importancia o
de la urgencia que podía tener su señor esposo en ese momento, como para
interferir o bien mezclarse en una mesa de espiritismo que no lo había
convocado...
—¿No es común que eso ocurra? —preguntó Liliana.
—Para nada, señorita, para nada —Emma frunció la cara, casi
con condescendencia—. Comprenda usted que se trata de un contacto a una dimensión
altamente emocional, con toda la energía puesta estrictamente en dirección a
una persona desaparecida, ente o espíritu divagante. Es muy improbable ese tipo
de interferencia.
—Es que nosotras no sabemos nada del tema — se mantuvo
moderadamente agria, Urbana—. No es algo que para nada de nada nos haya
interesado jamás.
—¿Entonces? —optó por suavizar, Liliana.
—Entonces yo le expliqué al señor Ítalo, con mi mejor buena
voluntad y mi mejor disposición para el caso, que yo no estaba sola, que estaba
en compañía de un grupo de personas, que estaban aquejadas por un problema muy
delicado y que estas personas habían pagado para contactarse con el espíritu de
Ceferino Namuncurá a través mío y que yo no podía abandonarlas en ese momento.
—Ítalo, por supuesto —dijo Urbana— no lo ha hecho con
intención de incomodar. Él tampoco sabía. Él tampoco era adicto a este tipo de
supercherías...
—Mamá... —se sonrió ácidamente Liliana—. Acordate que papá,
a veces....
—Le garanto, señora —terció Emma— que contactarse con
Ceferino Namuncurá no es para nada fácil. Usted debería conocerlo. De arranque
es una persona que tiene la tradicional hosquedad del indígena. Cuando habla,
si es que habla....
—¿Qué le contestó entonces usted a mi marido?
—...porque a veces, simplemente golpea en la mesa, señora.
Una le reclama a Ceferinoque, a modo de aceptación del contacto, golpee tres
veces, y él le comienza con esos golpes propios de la percusión mapuche. Tum, tumtum, tum, tumtum, tum....
—Doña Emma, doña Emma... ¿Qué le dijo a mi padre?
—Que yo iba a hacer lo imposible para contactarlas a
ustedes. Que él tuviera paciencia y confianza. Pero que me disculpara, que no
podía hacerlo en ese momento. Que yo, de mil amores, venía y les decía. Y que
él volviera a contactarse conmigo el jueves próximo…
—¿Mañana?
—¿El jueves? ¡Mañana!
—Mañana, efectivamente. Que yo le organizaba una mesa para
eso de las nueve de la noche con ustedes. Y él me aseguró que iba a estar allí,
sin falta. Que no tenía otra cosa que hacer. Pero me insistió y me insistió y
me insistió para que yo no me fuera a olvidar. Que era algo urgente.
Urbana y Liliana se miraron.
—Vamos a ir, por supuesto —susurró Liliana. Urbana había
reclinado su cabeza y se oprimía la frente, ahora, con su mano derecha. Hubo
unos segundos de silencio.
—Yo les diría que no vayan solas — recomendó, al fin, Emma.
—¿Por qué? —levantó la cabeza, Urbana.
Doña Emma volvió a fruncir la cara, apretando los labios e
inflando los cachetes. Sacudió la cabeza.
—Es un poco... Para el que no está acostumbrado, es un
poco...
—¿Impresiona? —dijo Liliana.
—Impresiona —aprobó Emma—. Es un poco impresionante. Dése
cuenta. Está usted, de pronto, hablando con alguien a quien ya considera
definitivamente muerto. Con una persona a quien ha visto enterrar usted hace no
más de dos meses. Yo les diría.... Urbana
miró a Liliana.
—¿A quién te parece?
Liliana se encogió de hombros.
—Tío Lucio—arriesgó.
—Si es un hombre, mejor —aceptó Emma —Si es un hombre, mejor.
—Bueno. Hombre... —Urbana enarcó las cejas, dubitativa.
—Usted, Liliana —Emma habló como una maestra puntillosa—.
Dele la mano al señor. Y usted, Urbana, déme la mano a mí. Liliana y Urbana
obedecieron. Liliana experimentó una extraña sensación revulsiva cuando unió sus manos,
primero con tío Lucio y luego con Emma. Advirtió que hacía mucho que nadie la
tomaba de la mano. Así quedaron los cuatro, en torno a la mesa de tres patas, unidos
por las manos. Se hizo un silencio prolongado bajo la tenue luz del comedor,
solo alterado por el respirar pesado de Emma, quien, con los ojos cerrados,
parecía haber empezado a concentrarse. Lejano, tras la puerta cerrada que daba
a los dormitorios, llegaba el parloteo de un televisor encendido.
Tampoco
Urbana se hallaba muy sobrecogida por el momento. En verdad, el entorno no
ayudaba demasiado. Un sencillo y habitual living comedor, con su trinchante, su
bargueño y su pequeña araña de caireles, encendida —eso sí— en solo dos de sus
cuatro lamparitas. Incluso desde el vestíbulo —al llegar— luego de subir la
escalera (que torcía su rumbo en un descanso) habían entrevisto en la
habitación de Nicolás, una computadora doméstica. Apagada, es cierto, pero que
daba a la casa un carácter más cercano a la tecnología de punta que a la
parapsicología. Liliana percibió, en su mano derecha, un par de leves apretones
de parte de doña Emma y comprobó, en su mano izquierda, que la palma de la mano
de tío Lucio comenzaba a transpirar pese al frío.
La mesa, asimismo, aquella mesa de las transferencias
espirituales, no difería en nada de una mesa común. Y hasta Emma, cuando los
hizo entrar a la habitación le quitó de encima una suerte de mantel de paño
verde pesado, parecido al de las mesas de billar, tras apartar un centro de
mesa ampuloso, de dudoso baño de plata, repleto de frutas de plástico.
De repente doña Emma alzó la cabeza, abrió los ojos y clavó
la vista en Urbana que también la miró, algo confusa, o alarmada, sin saber si
le estaba reclamando que hablara o, simplemente, le estaba anunciando algo.
Cuando Urbana iba a preguntarle sobre qué debía hacer, se escuchó la voz de
Ítalo.
—Urbana —dijo, y todos, menos Emma, pegaron un respingo.
Era, sin duda, la voz de Ítalo. Y llegaba desde lo alto, apenas un poco más
apagada, pero clara, nítida. Se hizo, esta vez sí, un silencio profundo y
atemorizado, en donde se escuchó filtrándose por detrás de la puerta que daba a
los dormitorios con más nitidez, la saltarina musiquita de los dibujos animados.
—Urbana —repitió la voz, ahora casi interrogante, como si,
ante el silencio, Ítalo dudara de que su viuda estuviese realmente allí.
—Ítalo —articuló Urbana, procurando dar a los demás una
sensación de firmeza.
—Urbana —repitió Ítalo— ¿Qué pasó?
—¿Cómo "qué pasó"?
—Sí ¿Qué pasó? ¿Qué pasó?
—Qué pasó... ¿Con qué?
—Conmigo, Urbana. Qué pasó conmigo. Conmigo qué pasó.
—Bueno... Te... ¿Por qué me...?
—Yo estaba bien, Urbana. Yo estaba de lo más bien. Andaba
fenómeno, yo. ¿O no es así?
—Ah sí... Claro, sí, por supuesto, estabas bien...
—Entonces... ¿qué pasó? Habíamos ido a lo del doctor Palazzi
hacía muy poco. ¿O no habíamos ido a lo del doctor Palazzi?
—Sí, habíamos ido.
—Y yo estaba diez puntos, vos estabas presente. Me encontró
mejor que nunca, me dijo que nunca me había encontrado así.
La voz de Ítalo sonaba airada, como la de un hombre
defraudado, estafado, quizás.
—Es verdad, me lo dijo a mí también —admitió Urbana.
—¿Y entonces? ¿Y entonces? —ahora Ítalo ya sonaba casi
agresivo, como exigiéndole a su viuda una explicación convincente.
—No... no sé. Te juro que a nosotros también nos cayó como
un balde de agua fría. Fue una sorpresa... terrible...
—¡Y a mí? —ahora Ítalo, su voz, ya gritaba—. Resulta que yo
me voy a dormir lo más tranquilamente y, cuando me despierto, me encuentro con
esto. Así nomás, sin una explicación, sin un motivo...
—Es verdad. Yo...
—Sin siquiera saber por qué carajo se produjo. ¡Me fui a
dormir lo más tranquilo, lo más pancho me fui! ¡Si hasta el Bisineral me había
suprimido el doctor después de que me revisó, hasta el Bisineral me había
cortado porque me dijo que andaba de lo más bien con el colesterol!
—El médico dijo que fue un infarto masivo —se defendió
Urbana, soltando, pese a la mirada severa de Emma, su mano derecha de la mano
de Lucio y poniéndosela sobre el pecho, en gesto de franqueza.
—Que a veces eso es...
—¡Qué infarto masivo ni infarto masivo! ¡Los médicos dicen
cualquier cosa cuando no saben qué corno decir!
—Bueno —se encogió de hombros, Urbana—. Ellos son los que
saben. Así dijo él....
—¡Y lo que más bronca me da es que los imbéciles se lo
creen, se creen cualquier cosa que digan los médicos!
—Papá —terció Liliana—. Ni digás imbéciles, ni digás que...
Te imaginás que...
—¿Quién está ahí? —cortó Ítalo.
—Liliana, tu hija —dijo Liliana.
—No sé para qué viniste, Liliana. Yo pedí hablar con tu
madre.
—Bueno, pero vine...
—Dijiste con las dos —puntualizó Urbana.
—Te imaginás que, si el médico... —retomó Liliana.
—¿Quién quedó con la abuela? —preguntó, la voz.
—Quedó sola —Urbana pareció perder la paciencia—. No le va a
pasar nada por media hora.
—¡Claro! ¡Así es muy fácil! Salen todas y la dejan a la
pobre vieja sola.
—Papá, papá... Te imaginás que si el médico dijo que era un
infarto masivo es porque....
—¡Me había ido a revisar dos días antes! ¡Dos días antes me
había ido a hacer ver! ¡Con tu madre habíamos ido!
—Eso no quiere decir nada, Ítalo —meneó la cabeza, Urbana—.
No tiene nada que ver. Acordate de Octavio. Estaba bien y...
—Fumaba como un caballo, Octavio.
—Pero estaba bien y un ...
—Me voy a dormir una noche lo más campante y... —la voz de
Ítalo pareció quebrarse—. Porque si uno sabe que está mal, uno ya se va
preparando, anímicamente, emocionalmente...
—De acuerdo, Ítalo. Pero... —empezó Urbana.
—Acá lo que pasa es que hay otra cosa.
Esta última frase de Ítalo, cargada de intencionalidad,
congeló el diálogo. Urbana fue la primera en reaccionar.
—¿Qué cosa, Ítalo? ¿A qué te referís?
—Yo estaba bien y a mí me dieron algo.
—¿Cómo "algo"? ¿Quién te dio algo?
—Algo, me dieron algo ¿Quién me dio de comer esa noche?
—¡Yo! Yo te di de comer —saltó Liliana.
—Liliana te dio de comer.
—Y... te la hago corta —anunció Ítalo—. Ahí había algo raro.
Yo le sentí un gusto extraño a esa comida. A la sopa, especialmente.
—¿Cómo? —se ofuscó Liliana.
—Pero... pero... —Urbana abría desmesuradamente los ojos—
¿Qué querés sugerir?
—Vos no podés decir una cosa así, Ítalo —por primera vez
dejó oír su voz Lucio.
—¿Quién habló? ¿Quién más está ahí?
—Yo, Ítalo. Tu hermano. Vos no podés...
—Vos no te metás. Yo con vos no estoy hablando ¡Yo digo que
esa sopa que me dieron la noche esa tenía algo raro, yo le sentí un gusto
extraño! ¡Lo digo y lo reafirmo!
Liliana soltó las manos de su madre y su tío, se puso los
diez dedos sobre el pecho y se irguió en la silla.
—¡Vos insinúas, papá, que yo....?
—¡Vos, o tu madre, le pusieron algo a la sopa, ese gusto no
era el natural!
—Usted no puede decir algo así, señor Galotto — intercedió,
cauta pero aplomada, doña Emma.
—Usted no se meta. Yo con usted no estoy hablando.
—Ítalo, Ítalo... —llamó, componedor, Lucio—. Tal vez vos ya
te sentías mal, como cuando uno tiene fiebre, que a todo le encuentra mal
gusto...
—Le recuerdo que está usted en mi casa —puntualizó, áspera,
doña Emma. Ítalo ignoró el comentario y arremetió contra su hermano.
—Te dije que con vos no estaba hablando. No sé para qué te
dijeron que vinieras. Vos vení a hablarme cuando tengas que pedirme dinero,
como lo has hecho toda tu vida.
—Mirá, Ítalo —lo de Urbana fue drástico—. Haceme el señalado
favor de aclararnos bien las cosas. Vos estás diciendo cosas muy graves.
—¡Ustedes me pusieron insecticida en la sopa, Urbana!
—articuló prolijamente, como para evitar malentendidos, Ítalo—. Insecticida o
cualquier otra porquería, algún veneno para ratas. Eso me pusieron en la sopa
aquella noche. Me mataron, Urbana. Vos y tu hija me mataron.
Se solidificó un silencio tenso. Urbana volvió a tomar la
mano de su hija, y ésta la mano de Lucio, pero esta vez parecía obedecer a un
reclamo solidario, más que a un requisito de comunicación.
—Y... —Lucio, incluso postergado, buscó las palabras para
seguir.— ¿Por qué habrían de hacerlo, Ítalo? ¿Por qué? Aun suponiendo,
suponiendo que hubiesen querido eliminarte. ¿Para qué podrían querer haberlo
hecho?
—La herencia, querido —contestó Ítalo tras una pausa, y el
"querido" sonó sarcástico—.Mi pensión.
—¿Tu pensión? —lo de Urbana fue casi una risotada nerviosa.
—Mi pensión, el auto, la casa.
—¡Tu pensión son trescientos pesos miserables, Ítalo! —ululó
Urbana—. ¡Mirá la fortuna que nos dejaste! ¡Trescientos pesos miserables!
—Y no podés, papá —Liliana lucía más calmada— hablar
seriamente del auto. Un Renault Gordini del tiempo de ñaupa que...
—¡Esa casa cuesta una fortuna! —la voz no se arredró.
—¡Si se cae a pedazos, Lucio!
—¡Y está el terrenito que tenemos en La Florida, también! ¿O
no cuentan ese terreno?
—Está en una villa, Ítalo —desestimó Lucio.
—¡Toda una vida manteniéndote, Urbana... —pareció lloriquear
la voz—, para tenerte como una reina y dejarles un buen pasar cuando yo me
fuera... y no pudieron esperar un par de años más hasta que...
—¿Como una reina? ¿Pero cómo podes decir eso?
—¡Rompiéndome el culo para que te dieras todos los gustos!
—¡Pero cómo podes ser tan hijo de puta, "como una
reina"!
—¡Y el terrenito, y el terrenito! —gritó Liliana, roja de
ira—. ¡Bien que yo te di la mitad de mi sueldo como tres años seguidos para que
pagaras las cuotas porque vos nos decías que las cosas andaban mal en el
negocio!
—¿Las cuotas...? ¡Pero callate, porquería, que nunca te
pudiste enganchar ni un macho como la gente para casarte y no representar una
carga más para la casa, pelotuda!
—¡Y que quién sabe qué habrás hecho vos con esa plata...
—tomó la posta, Urbana, ante el acceso de llanto de su hija—... porque los
recibos bien que nunca los vimos! ¡Bien que nunca los vimos los recibos!
—Y... ¿cuándo me prestaste plata vos, Ítalo, cuando me la
prestaste? —se anotó Lucio.
—¿Querés que te diga? ¿Querés que te diga? Cuando me
apareciste por la oficina llorando, llorando te apareciste, porque le habías
hecho un hijo a aquella polaca y necesitabas la plata para hacerle un aborto.
Mirá si me acuerdo cuándo me la pediste.
—¡Te pedí que me la devolvieras, hijo de mil putas! —estalló
Lucio—. ¡Te pedí que me devolvieras de la otra vuelta que me la habías pedido
con el cuento de que ibas a alquilar un depósito para la mercadería!
—¡Que ni sé cómo hiciste para embarazar a esa mina porque de
vos siempre se dijo que eras medio puto!
—¡Alquilar un depósito! Qué mierda ibas a alquilar vos si
siempre fuiste un fracasado.
—¡Por algo no te casaste nunca!
—¡Porque vos siempre me corriste los novios! — barbotó,
entre sollozos, Liliana, como si el ataque de Ítalo fuese para ella y no para su tío—. ¡Y
preferí quedarme en casa a cuidar a mamá, al ver la vida de mierda que vos le
diste!
—¡Me mataron, me asesinaron, me envenenaron como a un perro!
—¡Lo hubiéramos tenido que hacer! —rugió Urbana —. ¡Lo
hubiéramos tenido que hacer y ahora me doy cuenta de que fui una imbécil de no
hacerlo y esperar que a que te murieras solo!
—¡Siempre supe que eras una hija de puta y andabas detrás de
mi fortuna!
—¡Una mierda fuiste! ¡Una reverenda mierda!
—¡Y no me extrañaría que el otro marica de mi hermano
también haya estado metido en el asunto, para no tener que pagarme las deudas!
—¡Anda a la concha de tu madre, Ítalo, ojalá te pudras ahí
adonde estás! —gritó Lucio, inopinadamente duro.
—¡Y vos, y vos...! —amenazó la voz, cortándose de un tajo,
de repente. El silencio que ganó la habitación pareció ser más profundo que
nunca.
—¿Qué pasó? —preguntó Urbana a doña Emma, en un hilo de voz.
Emma agitó su cabeza.
—No sé. No sé. Se cortó. Se retiró el contacto.
Lucio se pasaba un pañuelo por la calva. Tenía los cachetes
rojos y parecía un tanto avergonzado. Liliana había apoyado la frente sobre el
puño derecho y trataba de recomponer su ritmo respiratorio.
—¿Quiere que intentemos de nuevo? —preguntó doña Emma, sin
entusiasmo.
—No, deje. Deje. Vamos, Liliana —se puso de pie Urbana.
Antes de salir de la habitación, giró hacia Emma—. ¿Cuánto le debo?
—Son... No tomé los minutos... —calculó Emma. Luego, negó
rápidamente con la cabeza—. No. Deje. No es nada. Ya bastantes gastos habrá
tenido usted con todo esto —no especificó, con precisión, a qué se refería
cuando decía "esto"—. Lo tomo como una emergencia.
Urbana le puso una mano en el antebrazo.
—Se lo agradezco... —frunció el entrecejo y parecía presa de
una gran aflicción—. Parece mentira las cosas que una tiene que aguantar...
—Se sentirá más aliviada, ahora —calculó cómplice doña
Emma—. Vivirá más tranquila.
—Ni se imagina —casi sonrió Urbana—. Ni se imagina.
—¿Qué hago? —preguntó Emma, casi ya de última, cuando sus
tres visitantes se encaminaban hacia la escalera—. Digo, si se contacta de
nuevo...
—Que no estamos— negó ostensiblemente con el dedo Liliana.
—Dígale que salimos —sumó Urbana—. Mejor, que nos mudamos.
—Que nos fuimos del barrio —concluyó Liliana. Y bajaron
todos por la escalera.
Roberto Fontanarrosa
Publicado en "La Mesa de los Galanes"; Ed de la Flor 1195; ED Planeta 2012.
"¿Récord?
Nosotros tenemos que salir campeones, ese es el récord que necesitamos. Lo demás
es estadística que lo único que indica es que nos hemos acostumbrado a
ganar"
Rodolfo Arruabarrena, pretencioso.
"A
veces vamos cambiando un poco y metemos goles los volantes, que no meta Osvaldo,
si no mete todos él, je"
Marcelo Meli, petiso orejudo.
"A Osvaldo
le dije que lo quería mucho, y él me comentó lo mismo. Además, me regaló la
camiseta"
Nestor Apuzzo, cholulo.
“Hay que
saber manejar la presión”
Rodolfo Arruabarrena, hipertenso.
"El
jugador mismo se pone las pilas, están como gallitos de pelea"
Ricardo Ferretti, técnico de Tigres y granjero.
"Me
gustaría mucho que Marcelo Tinelli sea el presidente de AFA. Tiene muchas ideas
que puede aportar, es una oportunidad para darle otro aire a la AFA. Se necesita
una renovación dirigencial"
Matias Lammens, cadete de Tinelli.
“No tengo
intención de jugarla con la mano, es un gesto técnico. Me pega en la mano, le
rebota al jugador de Arsenal, nos caemos y Delfino cobró penal. Yo no la veo,
pienso que el rival da con la mano”
Mariano Pavone, argento.
"¿Miedo?
Miedo me daba cuando hacía 50 pizzas un sábado a la noche y llovía"
Alfredo Arias, técnico y pizzero del Wanderers.
"La
ansiedad se fue con el primer gol. Me saqué la mufa".
Jonathan Calleri, tapado por Osvaldo.
"Tenemos
que meter la pelota en el arco de Tigres y listo”
Roberto Mosquera, DT de Juan Aurich y genio.
"A esta
altura de mi vida no voy a cambiar"
Edgardo Bauza, viejo terco.
“Matías (Almeyda)
está loco, ja. Estuve en su casamiento con mi señora y con mi nena y me dijo:
‘Te voy a traer seis meses a Banfield’. Y le respondí: ‘Tan bien que venís,
¿querés arruinar todo y que te echen a los dos minutos?’ Se reía mucho, ja”
Alvaro Recoba, abuelo.
"El
equipo que tiene Boca hoy me gusta. No tiene grandes figuras. Ha llegado
Osvaldo con muchas ganas y Boca puede dar el salto de calidad en la delantera
que pedía el Vasco"
Diego Armando Maradona, lingüista de internet explorer.
Todos
quieren un Boca-River, pero nosotros tenemos que hacer nuestro trabajo y
queremos pasar. Esperemos ganarle a Tigres"
Pedro Gallese, arquero de Juan aurich y llorón anticipado.
“Tenemos
muchas chances de pegarle una patada en el culo a Blatter”
Diego Armando Maradona, AlíbinAl-Husseinista.
“No tengo
ningún respeto por Van Gaal, es escoria”
Hristo Stoichkov, maradoniano
“Orión salió
como cualquier arquero”
Cristian Erbes, amigo.
“Sufrimos
por ser demasiado ambiciosos”
Marcelo Gallardo, frívolo.
"Con
este resultado seguimos con vida así que contento. Estamos ahora con seis
puntos, al igual que San Pablo”
Edgardo Bauza, sobreviviente.
"No es
nuestra preocupación lo que haya determinado el Tribunal de Disciplina.
Nosotros tenemos que mirar para adentro y ver que perdimos a un jugador muy
importante para todo el torneo. A Orion le han dado cuatro fechas. A Bueno le
dieron 24”
Jorge Miadosqui, gorra.
"Con
Maxi he pasado un año en la Sampdoria, éramos buenos amigos. Después pasó lo
que pasó, hemos cortado el puente: la situación fue un poco extraña, ninguno
quiere que pasen esas cosas, pero pasó.”
Mauro Icardi, amigazo.
“Nunca más
lo voy a decir (ser campeones antes de tiempo). Tengo expectativas en que
Central seguirá siendo protagonista"
Raúl Broglia, piedra.
“Ningún
jugador tiene que dormirse. Yo cuando llegué sabía que el titular era Orión, el
domingo voy a intentar que no se sienta su ausencia”
Guillermo Sararrucho.
"Somos
uno de los presupuestos mas bajos, entonces una malaria voy a pasar. Hay gente
que no me quiere y nunca he podido convencer, hoy salen más a flote. Yo quiero
armar un equipo que algún día salga campeón"
Pedro Torglio, indigente.
“Acepto lo
que dice el Tribunal y no quiero hablar más del tema, porque después se
malinterpreta. Y no voy a juzgar nada de lo que hayan decidido”
Carlos Bueno, lesionado.
"Sí, lo
escuché al técnico del Inter, Mancini, hablar del tema. Respeto la opinión de
cada uno, pero estoy tranquilo. Me siento italiano, como parte de mi madre. No
me afectó mucho el tema. No quiero hacer polémica. Muchas selecciones convocan
jugadores nacidos en otros lados. Alemania ganó con muchos que no nacieron
allí"
Franco Vázquez, italiano.
“Fue un
partido muy luchado, ellos venían de perder y de local iban a jugar de igual a
igual. Por suerte pudimos empatar cerca del final y no nos vamos tan tristes”
Gustavo Bou, persona.
"Yo no
tengo ninguna espina con River. Ya me di gustos con San Lorenzo"
Edgardo Bauza, espinoso.
“El
procedimiento fue horrible, no me puede pasar”
Germán Delfino, arbitro horrible.
Hoy no tenemos un cuento de fútbol, tenemos un enorme cuento de boxeo si sequiere, el eterno Julio Cortázar.
***
A la memoria de don Jacinto Cúcaro, que en las clases de
pedagogía del normal “Mariano Acosta”,allá por el año 30, nos contaba las
peleas de Suárez.
Qué le vas a hacer, ñato, cuando estás abajo todos te fajan.
Todos, che, hasta el más maula. Te sacuden contra las sogas, te encajan la
biaba. Andá, andá, qué venís con consuelos vos. Te conozco, mascarita. Cada vez
que pienso en eso, salí de ahí, salí. Vos te creés que yo me desespero, lo que
pasa es que no doy más aquí tumbado todo el día. Pucha que son largas las
noches de invierno, te acordás del pibe del almacén cómo lo cantaba. Pucha que
son largas… Y es así, ñato. Más largas que esperanza’e pobre. Fijáte que yo a la
noche casi no la conozco, y venir a encontrarla ahora… Siempre a la cama
temprano, a las nueve o a las diez. El patrón me decía: “Pibe, andáte al sobre,
mañana hay que meterle duro y parejo”. Una noche que me le escapaba era una
casualidad. El patrón… Y ahora todo el tiempo así, mirando el techo. Ahí tenés
otra cosa que no sé hacer, mirar p’arriba. Todos dijeron que me hubiera
convenido, que hice la gran macana de levantarme a los dos segundos, cabrero
como la gran flauta. Tienen razón, si me quedo hasta los ocho no me agarra tan
mal el rubio.
Y bueno, es así. Pa peor la tos. Después te vienen con el
jarabe y los pinchazos. Pobre la hermanita, el trabajo que le doy. Ni mear solo
puedo. Es buena la hermanita, me da leche caliente y me cuenta cosas. Quién te
iba a decir, pibe. El patrón me llamaba siempre pibe. Dale áperca, pibe. A la
cocina, pibe. Cuando pelié con el negro en Nueva York el patrón andaba
preocupado. Yo lo juné en el hotel antes de salir. “Lo fajás en seis rounds,
pibe”, pero fumaba como loco. El negro, cómo se llamaba el negrito, Flores o
algo así. Duro de pelar, che. Un estilo lindo, me sacaba distancia vuelta a
vuelta. Áperca, pibe, metele áperca. Tenía razón el trompa. Al tercero se me
vino abajo como un trapo. Amarillo, el negro. Flores, creo, algo así. Mirá como
uno se ensarta, al principio me pareció que el rubio iba a ser más fácil. Lo
que es la confianza, ñato. Me barajó de una piña que te la debo. Me agarró en
frío el maula. Pobre patrón, no quería creer. Con qué bronca me levanté. Ni
sentía las piernas, me lo quería comer ahí nomás. Mala suerte, pibe. Todo el
mundo cobra al final. La noche del Tani, te acordás pobre Tani, qué biaba. Se
veía que el Tani estaba de vuelta. Guapo el indio, me sacudía con todo, dale
que va, arriba, abajo. No me hacía nada, pobre Tani. Y eso que cuando lo fui a
saludar al rincón me dolía bastante la cara, al fin y al cabo me arrimó una
buena leñada. Pobre Tani, vos sabés que me miró, yo le puse el guante en la
cabeza y me reía de contento, no me quería reír, te imaginás que no era de él,
pobre pibe. Me miró apenas, pero me hizo no sé qué. Todos me agarraban, pibe
lindo, pibe macho, ah criollo, y el Tani quieto entre los de él, más chatos que
cinco e’queso. Pobre Tani. Por qué me acuerdo de él, decime un poco. A lo mejor
yo lo miré así al rubio esa noche. Qué sé yo, para acordarme estaba. Qué biaba,
hermano. Ahora no vas a andar disimulando. Te fajó y se acabó. Lo malo que yo
no quería creer. Estaba acostado en el hotel, y el patrón fumaba y fumaba, casi
no había luz. Me acuerdo que hacía calor. Después me pusieron hielo, fijáte un
poco yo con hielo. El trompa no decía nada, lo malo que no decía nada. Te juro
que tenía ganas de llorar, como cuando ella… Pero para qué te vas a hacer mala
sangre. Si llego a estar solo, te juro que moqueo. “Mala pata, patrón”, le
dije. Qué más le iba a decir. Él dale que dale al tabaco. Fue suerte dormirme.
Como ahora, cada vez que agarro el sueño me saco la lotería. De día tenés la
radio que trajo la hermanita, la radio que… Parece mentira, ñato. Bueno, te oís
unos tanguitos y las transmisiones de los teatros. ¿Te gusta Canaro a vos? A mí
Fresedo, che, y Pedro Maffia. Si los habré visto en el ringside, me iban a ver
todas las veces. Podés pensar en eso, y se te acortan las horas. Pero a la
noche qué lata, viejo. Ni la radio, ni la hermanita, y en una de esas te agarra
la tos, y dale que dale, y por ahí uno de otra cama se rechifla y te pega un
grito. Pensar que antes… Fijáte que ahora me cabreo más que antes. En los diarios
salía que de pibe los peleaba a los carreros en la Quema. Puras macanas, che,
nunca me agarré a trompadas en la calle. Una o dos veces, y no por mi culpa, te
juro. Me podés creer. Cosas que pasan, estás con la barra, caen otros y en una
de esas se arma. No me gustaba, pero cuando me metí la primera vez me di cuenta
que era lindo. Claro, cómo no va a ser lindo si el que cobraba era el otro. De
pibe yo peleaba de zurda, no sabés lo que me gustaba fajar de zurda. Mi vieja
se descompuso la primera vez que me vio pelearme con uno que tenía como treinta
años. Se creía que me iba a matar, pobre vieja. Cuando el tipo se vino al suelo
no lo podía creer. Te voy a decir que yo tampoco, creéme que las primeras veces
me parecía cosa de suerte. Hasta que el amigo del trompa me fue a ver al club y
me dijo que había que seguir. Te acordás de esos tiempos, pibe. Qué pestos.
Había cada pesado que te la voglio dire. “Vos metele nomás”, decía el amigo del
patrón. Después hablaba de profesionales, del Parque Romano, de River. Yo qué
sabía, si nunca tenía cincuenta guitas para ir a ver nada. También la noche que
me dio veinte pesos, qué alegrón. Fue con Tala, o con aquel flaco zurdo, ya ni
me acuerdo. Lo saqué en dos vueltas, ni me tocó. Vos sabés que siempre mezquiné
la cara. Si me llego a sospechar lo del rubio… Vos creés que tenés la pera de
fierro, y en eso te la hacen sonar de una piña. Qué fierro ni que ocho cuartos.
Veinte pesos, pibe,
imagínate un poco. Le di cinco a la vieja, te juro que de
compadre, pa mostrarle. La pobre me quería poner agua de azahar en la muñeca
resentida. Cosas de la vieja, pobre. Si te fijás, fue la única que tenía esas
atenciones, porque la otra… Ahí tenés, apenas pienso en la otra, ya estoy de
vuelta en Nueva York. De Lanús casi no me acuerdo, se me borra todo. Un vestido
a cuadritos, sí, ahora veo, y el zaguán de Don Furcio, y también las mateadas. Cómo
me tenían en esa casa, los pibes se juntaban a mirarme por la reja, y ella
siempre pegando algún recorte de Crítica o de Última Hora en el álbum que había
empezado, o me mostraba las fotos del Gráfico. ¿Vos nunca te viste en foto? Te
hace impresión la primera vez, vos pensás pero ése soy yo, con esa cara.
Después te das cuenta que la foto es linda, casi siempre sos vos que estás
fajando, o al final con el brazo levantado. Yo venía con mi Graham Paige,
imaginate, me empilchaba para ir a verla, y el barrio se alborotaba. Era lindo
matear en el patio, y todos me preguntaban qué sé yo cuánta cosa. Yo a veces no
podía creer que era cierto, de noche antes de dormirme me decía que estaba
soñando. Cuando le compré el terreno a la vieja, qué barullo que hacían todos.
El trompa era el único que se quedaba tranquilo. “Hacés bien, pibe”, decía, y
dale al tabaco. Me parece estarlo viendo la primera vez, en el club de la calle
Lima. No, era en Chacabuco, esperá que no me acuerdo, pero si era en Lima,
infeliz, no te acordás del vestuario todo de verde, con más mugre… Esa noche el
entrenador me presentó al patrón, resultaba que eran amigos, cuando me dijo el
nombre casi me agarro de las sogas, apenas lo vi que me miraba yo pensé: “Vino
para verme pelear”, y cuando el entrenador me lo presentó me quería morir. Él
no me había dicho nunca nada, de puro rana, pero hizo bien, así yo iba subiendo
despacio, sin engolosinarme. Como el pobre zurdito, que lo llevaron a River en
un año, y en dos meses se vino abajo que daba miedo. En ese entonces no era
macana, pibe. Te venía cada tano de Italia, cada gallego que te daba miedo, y
no te digo nada de los rubios. Claro que a veces la gozabas, como la vez del
príncipe. Eso fue un plato, te juro, el príncipe en el ringside y el patrón que
me dice en el camarín: ” No te andés con vueltas, no te vayas a dejar vistear
que para eso los yonis son una luz”, y te acordás que decían que era el campeón
de Inglaterra, o qué sé yo qué cosa. Pobre rubio, lindo pibe. Me daba no sé qué
cuando nos saludamos, el tipo chamuyó una cosa que andá a entendele, y parecía
que te iba a salir a pelear con galera. El patrón no te vayas a creer que estaba
muy tranquilo, te puedo decir que él nunca se daba cuenta de cómo yo lo
palpitaba. Pobre trompa, se creía que no me daba cuenta. Che, y el príncipe ahí
abajo, eso fue grande, a la primera finta que me hace el rubio le largo la
derecha en gancho y se la meto justo justo. Te juro que me quedé frío cuando lo
vi patas arriba. Qué manera de dormir, pobre tipo. Esa vez no me dio gusto
ganar, más lindo hubiera sido una linda agarrada, cuatro o cinco vueltas como
con el Tani o con el yoni aquél, Herman se llamaba, uno que venía con un auto
colorado y una pinta bárbara… Cobró, pero fue lindo. Qué leñada, mama mía. No
quería aflojar y tenía más mañas que… Ahora que para mañas el Brujo, che. De
donde me lo fueron a sacar a ése. Era uruguayo, sabés, ya estaba acabado pero
era peor que los otros, se te pegaba como sanguijuela y andá sacátelo de
encima. Meta forcejeo, y el tipo con el guante por los ojos, pucha me daba una
bronca. Al final lo fajé feo, me dejó un claro y le entré con una ganas… Muñeco
al suelo, pibe. Muñeco al suelo fastrás… Vos sabés que me habían hecho un tango
y todo. Todavía me acuerdo un cacho, de Mataderos al centro, y del centro a
Nueva York… Me lo cantaban por todos lados, en los asados, por la radio… Era
lindo oírse en la radio, che, la vieja me escuchaba todas las peleas. Y vos
sabés que ella también me escuchaba, un día me dijo que me había conocido por
la radio, porque el hermano puso la pelea con uno de los tanos… ¿Vos te acordás
de los tanos? Yo no sé de dónde los iba a sacar el trompa, me los traía
fresquitos de Italia, y se armaban unas leñadas en River… Hasta me hizo pelear
con dos hermanos, con el primero fue colosal, al cuarto round se pone a llover,
ñato, y nosotros con ganas de seguirla porque el tanito era de ley y nos
fajábamos que era un contento, y en eso empezamos a refalar y dale al suelo yo,
y al suelo él… Era una pantomima, hermano… La suspendieron, que macana. A la
otra vez el tano cobró por las dos, y el patrón me puso con el hermano, y otro
pesto… Qué tiempos, pibe, aquí sí era lindo pelear, con toda la barra que
venía, te acordás de los carteles y las bocinas de auto, che, qué lío que
armaban en la popular… Una vez leí que el boxeador no oye nada cuando está
peleando, qué macana, pibe. Claro que oye, vos te creés que yo no oía distinto
entre los gringos, menos mal que lo tenía al trompa en el rincón, áperca, pibe,
dale áperca. Y en el hotel, y los cafés, qué cosa tan rara, che, no te hallabas
ahí. Después el gimnasio, con esos tipos que te hablaban y no les pescabas ni
medio. Meta señas, pibe, como los mudos. Menos mal que estaba ella y el patrón
para chamuyar, y podíamos matear en el hotel y de cuando en cuando caía un
criollo y dale con los autógrafos, y a ver si me lo fajás bien a ese gringo pa
que aprendan cómo somos los argentinos. No hablaban más que del campeonato, qué
le vas a hacer, me tenían fe, che, y me daban unas ganas de salir atropellando
y no parar hasta el campeón. Pero lo mismo pensaba todo el tiempo en Buenos
Aires, y el patrón ponía los discos de Carlitos y los de Pedro Maffia, y el
tango que me hicieron, yo no sé si sabés que me habían hecho un tango. Como a
Legui, igualito. Y una vez me acuerdo que fuimos con ella y el patrón a una
playa, todo el día en el agua, fue macanudo. No te creas que podía divertirme
mucho, siempre con el entrenamiento y la comida cuidada, y nada que hacerle, el
trompa no me sacaba los ojos. “Ya te vas a dar el gusto, pibe”, me decía el
trompa. Me acuerdo cuando la pelea con Mocoroa, esa fue pelea. Vos sabés que
dos meses antes ya lo tenía al patrón dale que esa izquierda va mal, que no
dejés entrar así, y me cambiaba los sparrings y meta salto a la soga y bife
jugoso… Menos mal que me dejaba matear un poco, pero siempre me quedaba con sed
de verde. Y vuelta a empezar todos los días, tené cuidado con la derecha, la
tirás muy abierta, mirá que el coso no es macana. Te creés que yo no lo sabía,
más de una vez lo fui a ver y me gustaba el pibe, no se achicaba nunca, y un
estilo, che. Vos sabés lo que es el estilo, estás ahí y cuando hay que hacer
una cosa vas y la hacés sobre el pucho, no como esos que la empiezan a
zapallazo limpio, dale que va, arriba abajo los tres minutos. Una vez en El
Gráfico un coso escribió que yo no tenía estilo. Me dio una bronca, te juro. No
te voy a decir que yo era como Rayito, eso era para ir a verlo, pibe, y Mocoroa
lo mismo. Yo qué te voy a decir, al rato de empezar ya veía todo colorado y le
metía nomás, pero no te vas a creer que no me daba cuenta, solamente que me
salía y si me salía bien para qué te vas a afligir. Vos ves cómo fue con
Rayito, está bien que no lo saqué pero lo pude. Y a Mocoroa igual, qué querés.
Flor de leñada, viejo, se me agachaba hasta el suelo y de abajo me zampaba cada
piña que te la debo. Y yo meta a la cara, te juro que a la mitad ya estábamos
con bronca y dale nomás. Esa vez no sentí nada, el patrón me agarraba la cabeza
y decía pibe no te abrás tanto, dale abajo, pibe, guarda la derecha. Yo le oía
todo pero después salíamos y meta biaba los dos, y hasta el final que no
podíamos más, fue algo grande. Vos sabés que esa noche después de la pelea nos
juntamos en un bodegón, estaba toda la barra y fue lindo verlo al pibe que se
reía, y me dijo qué fenómeno, che, cómo fajás, y yo le dije te gané pero para
mí que la empatamos, y todos brindaban y era un lío que no te puedo contar…
Lástima esta tos, te agarra descuidado y te dobla. Y bueno, ahora hay que
cuidarse, mucha leche y estar quieto, qué le vas a hacer. Una cosa que me duele
es que no te dejan levantar, a las cinco estoy despierto y meta mirar p’arriba.
Pensás y pensás, y siempre lo malo, claro. Y los sueños igual, la otra noche,
estaba peleando de nuevo con Peralta. Por qué justo tengo que venir a embocarla
en esa pelea, pensá lo que fue, pibe, mejor no acordarse. Vos sabés lo que es
toda la barra ahí, todo de nuevo como antes, no como en Nueva York, con los
gringos… Y la barra del ringside, toda la hinchada, y unas ganas de ganar para
que vieran que… Otra que ganar, si no me salía nada, y vos sabés cómo pegaba
Víctor. Ya sé, ya sé, yo le ganaba con una mano, pero a la vuelta era distinto.
No tenía ánimo, che, el patrón menos todavía, qué te vas a entrenar bien si
estás triste. Y bueno, yo aquí era el campeón y él me desafió, tenía derecho.
No le voy a disparar, no te parece. El patrón pensaba que le podía ganar por
puntos, no te abrás mucho y no te cansés de entrada, mirá que aquél te va a
boxear todo el tiempo. Y claro, se me iba para todos lados, y después que yo no
estaba bien, con la barra ahí y todo te juro que tenía un cansancio en el
cuerpo… Como modorra, entendés, no te puedo explicar. A la mitad de la pelea la
empecé a pasar mal, después no me acuerdo mucho. Mejor no acordarse, no te
parece. Son cosas que para qué. Me quisiera olvidar de todo. Mejor dormirse, total
aunque soñés con las peleas a veces le acertás una linda y la gozás de nuevo.
Como cuando el príncipe, qué plato. Pero mejor cuando no soñás, pibe, y estás
durmiendo que es un gusto y no tosés ni nada, meta dormir nomás toda la noche
dale que dale.
Arriba: Socio termo de Lanús (Calentón, violento, desubicado como
Icardi diciéndole a la Bernal que no tiene códigos); Gastón Sessa (Arquero
de Boca Unidos, demente, psicópata); Germán Delfino (Arbitro
emo de fútbol, indeciso, boludón)
Abajo: Gabriel Mercado (Jugador de River, expulsado
boludamente, doble de cuello de Donatello de las tortugas ninjas); Roberto
Sensini (Ex entrenador de Atlético Rafaela, desempleado); Zlatan
Ibrahimovic (Jugador sueco del Paris SG, ególatra, crack, ex pareja de
Piqué).
Selección
Lanús perdió contra Argentinos Juniors de local, segundo
partido al hilo que pierde y por ende el clima en el granate estaba más
caliente que Pagani cuando escucha a Arevalo criticar a Riquelme. Y todo
exploto cunado un socio fue a trompear a Fritzler provocándole un corte por
sobre la ceja. Todo empezó cuando el socio termo fue a
increpar a Fritzler por tener peor rendimiento que los jugos “rinde 2”. Alli el
“polaco” estaba firmando autógrafos y sacándose fotos con chicos, por tal
motivo le indico que si quería pelear que se vaya afuera pero se ve que el
socio no pudo esperar y ahí lo puso. La CD de Lanús con Maron a la cabeza, saco
un comunicado en el cal aseguraban que iban a expulsar al socio, pero según se
supo después, esto no va a ser así ya que artículo 36 del estatuto granate contempla que quien es suspendido no puede
ingresar a la entidad por al menos dos años. Un artículo muy a lo Barrionuevo.
A todo esto, la propia madre y amigos del agresor salieron a defenderlo por las
redes sociales. Un quilombo tan grande que paso Sessa y dijo que la gente de
Lanús está muy violenta.
Y hablando del gato Gastón Sessa, volvió
a hacer de las suyas. Si Orión tiene un prontuario más largo que el del Gordo
Valor, el de Sessa es más largo que el del petiso orejudo. El ahora arquero de
Boca Unidos le dio un terrible pisotón a Marcos Pirchio de All Boys, solo falto
rematarlo de un chancletazo en la cabeza. Le dieron tres fechas tan solo, recordemos
que a Orión le dieron 4. Uno no tiene ni alma de cana, ni es buchón para pedir más
fechas de sanción, pero en el fútbol argentino son más light que Gustavo López
a la hora de las sanciones. En cualquier momento al socio agresivo de Lanús lo
ponen de responsable de seguridad.
Una boludez como la que se mandó German
Delfino en el partido entre Arsenal y Vélez llegó hasta la FIFA que
analizara el tema de la tecnología. Ya paso una semana, es al pedo comentar
toda la secuencia con lo sucedido. Pero así como anularon ese penal
correctamente, tuvo menos cintura que Porcel para manejar la situación y término
quedando más boludo que el pobre de Diwan. Bien, anulo el penal y la expulsión.
Perfecto, el temita son todos aquellos equipos que hasta el día de hoy le han
cobrado penales inexistentes que igual se ejecutaron, expulsiones que no eran
pero igual se hicieron efectivas... injusticias por todos lados. No estaba
Delfino para “dar marcha atrás”. Nos quedan un montón de reflexiones:
¿Para qué carajo hay dos jueces de línea, un árbitro y un
cuarto árbitro con un intercomunicador?
¿Para qué carajo está el cuarto árbitro?
Hay que comprarle binoculares a los líneas, a ver si pueden
ver y ayudar en alguna jugada.
A Delfino lo mandas a espiar, toca timbre y llama al 911 para
avisar que él está espiando.
El “Delfino violo el reglamento pero hizo justicia” son los
padres.
Pavone se hace el dormido en el bondi para no darle el
asiento a los viejos, total lo “hacen todos”.
La única tecnología que incorporó el fútbol en los últimos años
fue un aerosol para marcar distancias y que muchos todavía no aprendieron a
usar.
La FIFA incorpora día a día tecnología: autos de lujos,
relojes rolex, etc.
La tarea del conjunto millonario de acceder a octavos de la
Copa Libertadores está más difícil que averiguar quién es el padre del hijo de
Gisela Bernal. Empató agónicamente contra Tigres y fue como si hubiese ganado
por cómo se dio todo. Todo era alegría por el empate hasta que cierto boludo
parecido a Donatello de las Tortugas Ninjas, llamado Gabriel Mercado
se hizo expulsar muy boludamente. El partido ya había finalizado y el
jugador de River fue a increpar al árbitro como si este le hubiese afanado el
cuello. Tanto protestar, tanto hinchar los huevos que lo rajo. Ahora River se
queda sin un jugador importante en un partido crucial, es como para agarrarlo
del cogote, ah no pará…
A Roberto Sensini le dijeron “adiós”. El ex jugador al
que el ciego de Codesal vio como un infractor en la Final de Italia ’90, dejó
de ser el director técnico de la crema por los malos resultados. El entrenador
no sabemos dónde termina su frente y donde comienza su calvicie (¿Sensini es
pelado o frentón?), se mostró molesto porque según él, podía dar vuelta la
situación. Pero le dijeron basta y paso a engrosar la lista de entrenadores que
despidieron en este torneo de 30.
Salió la sanción para Zlatan Ibrahimovic por sus
palabras despectivas hacia Francia. Le dieron cuatro fechas y la ex media
naranja de Piqué lloro más que Guillermo Barros Schelotto cuando le cobran un
penal en contra. “Es una farsa ridícula y una vergüenza” dijo el delantero con
tanto o más ego que Daniel Osvaldo. A pesar de que ya salió la sanción la polémica
se instaló en torno a que el delantero con la nariz parecida al camello de
camel no insulto a la terna arbitral, ni a otros jugadores…