Los marineros viejos no le temen al mar. El mar es trabajo.
Tampoco al oleaje. Las olas son trabajo, también. Mucho menos le tienen miedo a
la oscuridad; es un paisaje cotidiano de su labor.
Sin embargo, hay una noche que ningún hombre de mar desea
conocer: las tempestades, las noches de tormentas eléctricas. Cuando el cielo
parece romperse sobre el océano y los relámpagos iluminan la tempestad como un
fulgor del infierno. Los jóvenes grumetes creen que es por los rayos. Los
marineros más curtidos por el sol, la sal y el viento saben que no.
Dicen que, en esas tormentas, el mar deja de pertenecer a
los vivos. Y cuentan una historia que ningún capitán se atrevió a escribir en
la bitácora.
Hace siglos, en la era dorada de la piratería, donde los
grandes galeones o fragatas surcaban los mares azotando cuanto barco pudiesen
abordar, hubo hombres que dedicaron su vida a robar, incendiar y hundir cuanto
barco encontraran. Y a dar muerte a cientos de otros marineros. Eran bestias de
mar con banderas negras. Porque no tenían nación; solo respondían ante la
justicia del diablo. Aunque hubo muchos que sí respondían a banderas de
imperios, que eran gobernados, también, por el diablo.
Asaltaban mercantes, esclavistas o buques de guerra con la
misma indiferencia con la que una tormenta rompe un mástil. Cuando un pirata
encontraba la muerte, su cuerpo terminaba en el fondo del océano. No hay tumba
sino el mar. Sus almas no encontraban descanso.
Los marineros dicen que el diablo descubrió pronto que
aquellos hombres eran incapaces de permanecer quietos, incluso después de
muertos.
Entonces hizo un trato.
Cada tanto, cuando el cielo descargaba toda su furia sobre
el océano, podrían regresar durante esa noche. No para vivir de nuevo. No para
redimirse. Sino para hacer lo único que habían sabido hacer: ultrajar, robar y
hundir todo lo que se les cruzara en el camino. A pólvora, hierro y golpes.
Desde entonces, cuando una tormenta eléctrica nace mar
adentro, hasta el capitán más valiente deja de dar órdenes. El almirante más
avezado mira el horizonte sin hablar. Nadie sabe en qué momento empieza. Tal
vez cuando la brújula deja de señalar el norte. Tal vez cuando el reloj
comienza a marchar en sentido inverso. O cuando el viento, de golpe, deja de
tener olor a sal. Entonces llega otro aroma. Viejo. Húmedo. Como madera
empapada, pólvora apagada y ron derramado hace siglos. Nadie dice una palabra.
Porque todos saben que, si ese olor llegó antes que la lluvia... ya es
demasiado tarde para cambiar el rumbo.
Hay quienes aseguran haber visto barcos enteros emerger
entre la lluvia, iluminados solo por los relámpagos. Aparecen allí, desde la
oscuridad tenebrosa. Con velas desgarradas que, aun sin viento, parecen
respirar. Fragatas negras, con banderas despedazadas. En la madera podrida
podían avizorarse siete cañones de veinticuatro libras por bando. Solo se
escuchaba el crujir de la madera y las sogas golpeando el mástil. Y cada tanto
una voz gritaba: “¡Fuego!”, e instantáneamente se escuchaba un trueno. Y cuando
el siguiente relámpago iluminaba el mar... el barco estaba más cerca.
Mi abuelo guardaba con mucho cuidado una antigua bitácora.
Era de su abuelo, David Mills, quien juraba haber sobrevivido a una de esas
noches. Era timonel de un navío de transporte al servicio de la Corona
británica que cruzaba el Atlántico Sur. Decía que la tormenta había empezado
como cualquier otra.
Nadie vio nada al principio. Solo un marinero señalando
hacia la lluvia.
El capitán levantó el catalejo.
Lo bajó.
Volvió a levantarlo.
—No puede ser...
Entre los relámpagos aparecía un casco. Después desaparecía.
Volvía a aparecer un poco más cerca. Nunca se lo veía navegar. Simplemente
estaba más cerca. Era una fragata. O lo que alguna vez había sido una fragata.
Las velas colgaban hechas jirones y el mascarón de proa ya no tenía rostro.
Parecía imposible que semejante montón de madera siguiera a flote.
Cayó otro relámpago.
La fragata estaba más cerca.
Nadie la había visto moverse.
Otro destello.
Más cerca.
El contramaestre apretó el crucifijo que llevaba al cuello.
Otro relámpago.
Ya podían distinguir los cañones.
Nadie dio la orden, pero todos retrocedieron un paso.
—¿Quién vive? —gritó el capitán.
Solo respondió el rugido del mar.
Cayó un relámpago.
Durante un instante, la cubierta enemiga quedó completamente
iluminada.
David juró haber visto figuras.
No supo decir cuántas.
Ni cómo eran.
Solo recordaba que ninguna parecía moverse.
El siguiente relámpago volvió a iluminar la fragata.
Seguían exactamente en el mismo lugar.
Solo se llegó a distinguir que una de aquellas figuras
estáticas, por fin, se movió levantando lentamente una espada oxidada. No
apuntó al barco. Apuntó al cielo. Y los rayos comenzaron a caer alrededor. Como
formando un círculo. Cuando alumbró el último claro entre los rayos, la fragata
ya estaba junto al costado del navío. Nadie la había visto acercarse. Entonces
comenzó el abordaje. No hubo cañoneo. No hubo gritos. Solo silencio. Ya no se
escuchaba ni siquiera la tormenta. David siempre sostuvo que aquellas figuras
cruzaron de una cubierta a otra como una bruma pesada y oscura. La lluvia se
había detenido. Donde pasaban, los hombres caían. No había sangre. No había
heridas. Simplemente dejaban de respirar. Como si alguien les hubiera robado el
último soplo de vida.
David Mills sobrevivió porque estaba escondido dentro de un
barril vacío de agua dulce, mientras rezaba.
Cuando amaneció, la tormenta había desaparecido. El mar
estaba completamente calmo. El barco seguía flotando. Pero no encontró a nadie.
Ni un solo cuerpo. Ni uno. Solo ropa mojada. Entre ella, el crucifijo del
contramaestre.
El barco llegó solo a puerto una semana después. Lo trataron
de loco. Pasó infinidades de tormentos por contar eso. A él le habían
arrebatado la cordura.
Mi abuelo, cada vez que había tormenta, cerraba todas las
ventanas de la casa. Aunque estuviera lejos del mar. Y si escuchaba un trueno
particularmente fuerte, hacía siempre lo mismo. Miraba el reloj como esperando
que las agujas empezaran a retroceder. Falleció creyendo que se lo iban a
llevar. Me heredó la bitácora de su abuelo.
Hace tres años, un moderno buque de carga desapareció en
medio del Atlántico. Los satélites dejaron de recibir señal durante apenas
cuarenta y ocho minutos. Cuando volvió a aparecer, seguía exactamente sobre la
ruta prevista. Los motores funcionaban. La carga estaba intacta. Pero no había
un solo tripulante. Me acordé de la historia del abuelo de mi abuelo, que sigue
transmitiéndose de generación en generación.
Hoy me tocaba ir a Colonia, Uruguay. Hay tormenta, pero el
Buquebus sale igual, porque son seguros, dicen. Sé que no hay nada que temer y
que, además, es un río o un estuario, como quieran llamarlo, al imponente Río
de la Plata. Pero mejor voy la semana que viene en auto; total son entre cinco
y seis horas de manejo, nada más.

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