Dicen que los guapos se acabaron cuando se inventó la pólvora. Yo creo que nunca
existieron. Pero vayamos por partes: el ser humano, con el tiempo, fue
aprendiendo a dominar casi todo. Domesticó animales, cruzó océanos, llegó a la
Luna, inventó internet y hasta consiguió que un teléfono lo obedeciera en todo;
luego pasó al revés... También descubrió la inteligencia artificial, que puede
descifrar enigmas matemáticos de hace miles de años o hacer memes de Julio
Iglesias.
Pero la naturaleza, que nunca pierde el sentido del humor, cada tanto nos
recuerda que seguimos siendo bastante vulnerables. No hay aviones caza o
ejército que nos defienda de algo tan simple como una cucaracha voladora. De
por sí, la cucaracha común ya es un problema. Da asco, sí. Pero todavía existe
un acuerdo implícito entre ella y uno. Ella corre. Vos te hacés un poco el
boludo, buscando algún insecticida, y terminás revoleando un chancletazo. Se
esconde abajo de la heladera y durante dos semanas caminás por la cocina con la
paranoia de que en tu casa se instaló una célula terrorista que en cualquier
momento te hace volar todo a la mierda. Encima, una cucaracha vive como un año.
Tiempo suficiente como para poner la casa en venta y rajarte a la Antártida.
Encima están los que dicen que una cucaracha puede sobrevivir sin cabeza una
semana, y anda de lo más bien... El cuento del "jinete sin cabeza",
al lado de este, es un capítulo de los Ositos Cariñosos.
Ahora... la cucaracha voladora es otra especie. Es una evolución. Es la
versión "premium, plus, cash, full" del terror. ¿Y sabés qué es lo peor? Que huelen el miedo.
Perciben el momento exacto en el que tu cerebro dice: "¿Será voladora,
che?". Y vuela. Y no solo vuela, sino que la hija de puta es como esos
aviones caza por velocidad y precisión. Te pasa rozando la cara, la cabeza, la
dignidad. Le tirás un chancletazo y la muy astuta hace un movimiento que
desafía todas las leyes de la física. Se mueve a una velocidad solamente
comparable con un Caballero del Zodíaco esquivando un meteorito. Pero da mucho
más miedo. Porque al Caballero del Zodíaco, en el peor de los casos, lo salva
Athena, o al menos, desde donde está secuestrada por milésima vez, te tira un
cacho de cosmos. Acá estás solo, amigo.
Hace 300 millones de años que están rompiendo las pelotas en la Tierra. ¿Su
función? Asustar. Imaginate estar en el período Cretácico, en el tardío. Un
tiranosaurio mirando entre las ramas a una manada de triceratops. Sigiloso, en
silencio, a punto de cazarlos. Los triceratops presienten que hay algo malo en el aire. Todo es un silencio
bastante tenso. Hasta que aparece ella: una cucaracha voladora. Los triceratops
huyen en manada; el tiranosaurio aprovecha y también raja, pero para el otro
lado. Le cagó el morfi al pobre dinosaurio de los bracitos y encima mató de un
infarto a cuatro triceratops viejos.
Cuando llegó el meteorito, los dinosaurios al menos celebraban que las
cucarachas se iban al más allá con ellos. Pero no, sobrevivió. Y no solo al
meteorito. De tres eventos masivos de extinción, la muy forra sobrevivió a los
tres. No sobrevivió a los dos anteriores porque todavía no existía; si no, te
la pasaba de taquito, como a la bomba atómica o a la glaciación.
La cucaracha no se queda quieta. Te mira. No es
una mirada cualquiera. Es una mirada de estudio. De análisis. Como si fuese
Clint Eastwood en el western "El bueno, el malo y el feo". Calcula tu
respiración. Ve cómo se te forma esa primera gotita de sudor en la sien.
Escucha tus pensamientos. Vos no la ves, pero esboza una sonrisa macabra. Y ahí
toma una decisión. Le mete nitro, mientras vos, como un boludo miedoso, más
miedoso que boludo, porque el miedo no es boludo, tratás de sacarte una
zapatilla o buscás algo para tirarle, y se lo revoleás. Entonces arranca. Como
diciendo:
—¿Qué tirá', logi? ¿Ahora va' ve'?
Y viene. No viene por el celular. No le interesa tu billetera. No quiere el
televisor. No quiere ocupar ilegalmente tu casa. Viene por algo mucho más
valioso: tu dignidad.
Ese pedacito de dignidad que todavía conservabas después de haber llorado
viendo una película de un perro que se cagó muriendo, y que sabías que se iba
a morir porque te lo dijeron todos tus amigos, viste el tráiler unas ocho
veces, pero aun así vas, la ves y llorás como un boludo. Mirá que se te aviso eh.
Si el encuentro ocurre en la calle, no existe una salida decorosa. Ahí solo
le revoleás la dignidad: corrés dos cuadras haciendo movimientos que
avergonzarían a cualquier bailarín de folclore o ballet. Si vas con tu novia o
esposa, te terminás divorciando, porque alguien como ella no puede estar con
alguien tan cagón. Un metro ochenta, casi cien kilos, contra una periplaneta
americana de apenas dos gramos y cuatro centímetros de grande. La pelea es
completamente desigual. A favor de la cucaracha, obviamente. Ahora, si estás
con un grupo de amigos, la cosa no es tan grave: salen todos corriendo, cada uno
por su lado, y nos vimos, sálvese quien pueda. A la mierda el concepto de “El
Eternauta”: del "nadie se salva solo" al "nadie se salva… de ese
bicho de mierda".
Para mí, los gatos organizan reuniones después de estas escenas:
—¿Viste al boludo de mi humano?
—Sí, el mío hoy se subió arriba de una silla.
—Vos porque no viste al mío: llamó al 911, a la OTAN, a la ONU, a la Liga
de la Justicia y terminó corriendo desnudo al patio.
Y todos se ríen. No, qué van a maullar porque están en celo; maúllan
cagándose de risa de nosotros.
Mientras tanto, la cucaracha empieza a batir las alas. Pero no como un insecto. No. Como si estuviera desfilando en una escola do samba. Con una confianza ofensiva. Con un despliegue artístico. Hasta parece que escuchás percusión de fondo. Parece un tema de Slayer.
Es ahí cuando aparece el último resto de testosterona que te quedó
escondido en alguna parte del organismo. No sabés de dónde sale. Pero sale.
Pegás un pisotón. Un pisotón desesperado. Como si estuvieras intentando marcar
al mejor Messi. Y, de puro milagro... le pegás. A partir de ahí ya no hay
estrategia. No hay técnica. No hay orgullo. Hay una catarata de pisotones:
Uno.
Dos.
Diez.
Treinta.
Doscientos.
Perdiste la cuenta.
Seguís pisando, aunque hace veinte pisotones que dejó de existir. Ya se
desintegró. Ya se hizo uno con el universo, o con la suela de la zapatilla.
Vaya uno a saber. Cuando finalmente levantás el pie, la cucaracha ya fue
reducida a una colección de átomos cuánticos imposibles de identificar por la
ciencia moderna.
Y vos también. Porque junto con ella quedó aplastada tu dignidad, tu
autoestima y cualquier posibilidad de dormir tranquilo durante los próximos
cuatro días, o tal vez años. Si entró una, pueden entrar dos, o tres, o
cuatrocientas cincuenta. También pensás: "Mirá si tenía amigos o familia y
quieren vengar esto". Ya no es una simple cucaracha voladora, es una Orca
asesina, cuya especie clama venganza eterna. Esa noche, antes de apagar la luz,
revisás abajo de la cama. Atrás de la cortina. Dentro de las zapatillas.
Adentro del lavarropas. Hasta abrís el microondas, por las dudas. Y cuando por
fin te acostás, convencido de que sobreviviste... sentís un cosquilleo en el
brazo. Te levantás sobresaltado y con palpitaciones: no era nada, era un simple
pelo de gato. Pero ya es tarde. Dormir tranquilo ya no es una opción.

No hay comentarios.: