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No sé por qué estoy acá. Bah. . . mejor dicho, no entiendo cómo terminé acá. Estoy tratando de acordarme, pero se me juntan los recuerdos. Usted me mira como si ya supiera toda la historia, pero yo no. Yo necesito ordenar las cosas. Si me deja, se las voy contando desde el principio. Capaz, mientras hablo, me acuerdo de qué fue lo último que pasó.

Yo era un tipo bastante normal. Laburaba, volvía a casa, puteaba cuando aumentaba todo, me peleaba con la factura de la luz y, como cualquier cristiano, esperaba que llegara el fin de semana, para descansar o jugar con mis nietos. Pero había una sola cosa que realmente me alteraba la existencia: el fútbol.

No digo que me gustara. Gustar le gusta a cualquiera. Lo mío era otra cosa. Era un enfermo. Un termo, bien pero bien termo eh. ¿Me entiende lo que digo, no? No, digo por esa cara de sorpresa.

Toda la semana giraba alrededor del partido del domingo. Si jugábamos el sábado, mejor todavía, porque arrancaba el fin de semana con una ilusión. Si jugábamos el lunes era un castigo. Entre semana, ni hablar, era un parto. Ir a la cancha era un ritual.

 

Me levantaba temprano, aunque el partido fuera a la tarde, me hacía acordar cuando era un nene y llegaban los sábados para ir a jugar a la canchita de la esquina. Estábamos todo el sábado dándole a la pelota… que tiempos. Preparaba el mate, elegía siempre la misma camiseta, con la que clasificamos a una Libertadores, allá lejos y hace tiempo. Creo que pasaron como veinte años ya. Almorzaba con mi señora, mi hija traía a mis nietos. Y después, bajaba la comida caminando a la cancha.

Y ahí ya empezaba el partido. Porque el fútbol no empieza cuando rueda la pelota. Empieza cuando ves los primeros colores de tu club mezclados entre la gente. El padre llevando al hijo a la cancha. El grupo de amigos tomando birra en la esquina. Cuando te viene el aire cargado con el olorcito a los choris. Cuando escuchás un bombo a tres cuadras. Yo me transformaba. Eso era vida, mi querido amigo.

En la semana era un tipo tranquilo. En la cancha me convertía en director técnico, preparador físico, árbitro internacional, presidente del club y psicólogo del nueve que no hacía un gol ni al arco iris. Puteaba. Si un defensor rechazaba para cualquier lado, yo sabía exactamente cómo tenía que haber salido jugando. Si el técnico hacía un cambio, yo ya lo había pensado diez minutos antes. Si el árbitro cobraba un lateral al revés, automáticamente pasaba a ser el hijo de una familia que prefiero no describir.

Y cada partido era una final. No importaba si jugábamos por el campeonato, por una copa o por ver quién terminaba decimocuarto. Yo sufría igual. Mi señora me decía siempre lo mismo.

—Un día te va a hacer mal.

Yo me reía.

—¿Qué me va a hacer mal? Si esto es fútbol.

Ella me miraba con esa cara que ponen las mujeres cuando saben que uno está por decir una pelotudez inmensa y desisten de contestar para no mandarte a la mierda por cariño.

La primera vez que sentí algo raro fue en la cancha. Íbamos perdiendo un partido increíble. Lo tuvimos en un arco a esos hijos de puta, ellos legaron una vez, y adentro. Amigo, no sabés la mala sangre que me hice. Pero no era mala sangre, o si, y eso me había llevado a otra cosa. Sentí como si alguien estuviera parado sobre el pecho. No le di bola, se me iba a pasar, pensé. Y se pasó nomás.

A la semana siguiente me volvió a pasar en una discusión en la oficina, con el pelotudo de Carlos que se me puso a cargar cuando él tenía menos fútbol que Flavio Mendoza. Y otra vez ese dolor que apretaba el pecho. Se volvió a pasar. Pero me dejo algo preocupado.

Hasta que una tarde, subiendo la escalera en lo de mi hija, me faltó el aire. Mi señora ya no preguntó. Directamente pidió turno con un cardiólogo. Ahí empezó el acabose. Me hicieron más estudios que a un extraterrestre en el Area 51: electrocardiograma, ecocardiograma, prueba de esfuerzo, holter… ese aparatito todo un día puesto, que rompía las bolas como mi señora.

Cuando terminé con todo eso, el médico apoyó la lapicera sobre el escritorio, me miró por encima de la historia clínica y dijo:

—¿Usted vive el fútbol muy intensamente? —. Pensé que era una cargada. Pero claro, yo me fui con la campera del equipo, una gorra de lana del equipo. Cualquier boludo hubiese acertado.

—¿Cómo sabe?

—Porque tiene la presión por las nubes.

Después siguió enumerando cosas. Hipertensión. Un soplo. El corazón trabajando más de la cuenta.

Y remató con una frase que me cayó peor que un descenso.

—No vaya más a la cancha.

Yo esperaba una dieta, que haga ejercicio… bueno, si también me pidió que haga eso. Pero bueno, esa no me la esperaba. Entre que dejar el pucho o la cancha, me costaba más dejar ir a la cancha.

Yo iba a ir igual. Pero mi familia me amenazó de muerte. La bruja me dijo que me iba a dejar definitivamente, mi hija que no me iba a dejar ver a mis nietos. Que a nadie le servía muerto o que quede pelotudo. Así que bueno, hubo que aceptar. Por lo menos me quedaba la tele. No me quedó otra que comprar el pack fútbol, solo para ver un partido: el de mi club.

El primer domingo me quedé sentado en el sillón como un perro al que le cerraron la puerta y lo dejaron del otro lado. A la hora en que siempre salía, miré el reloj. A la media hora imaginaba que mis amigos ya estaban entrando. Después me acordaba de los puestos de choripán, del olor a humo, de los bombos… Y me quería morir. Bueno… es una forma de decir. No me mire así, no era literal.

Lo empecé a mirar por televisión. Pensé que iba a ser más tranquilo. Fue muchísimo peor. Porque en la cancha uno descarga: grita, insulta, silba, canta, se va de mambo. En casa solo podía putear. En el sillón uno acumula, pero al menos podía tomar una cervecita que nunca terminaba y quedaba caliente a medio tomar porque me quedaba puteando a todos estos muertos. El control remoto terminó varias veces incrustado contra un almohadón para no romper el televisor. Mi señora me empezó a tomar la presión en los entretiempos, solamente para que después dijera que ella tenía razón. Parecía un control antidoping. Era el Diego con la enfermera en el Mundial del 94. Los números daban miedo: 160/90, un día de partido, 170/95 otro. Los días de semana 120/70… y si, era el fútbol nomás… ¿Lo estoy aburriendo? Ah, bueno, sigo entonces.

El cardiólogo volvió a retarme.

—Usted dejó la cancha, pero no dejó el fútbol.

Y tenía razón. Me fui de ese consultorio convencido de que el médico estaba completamente loco. ¿Cómo iba a dejar el fútbol? Era como decirle a un pescador que no mire el río o a un músico que no escuche canciones.

Pero esa noche, mientras cenábamos, mi señora me dijo algo que me quedó dando vueltas.

—¿Vos te diste cuenta de que nunca disfrutás un partido?

No entendí.

—¿Cómo qué no?

—No. Vos sufrís noventa minutos. Si ganan, festejás diez. Si pierden, te amargás tres días. Y cuando empatan, también encontrás un motivo para calentarte.

Quise discutirle. No pude. Porque tenía razón.

Mi hija, que hasta ese momento había permanecido callada, remató:

—Papá, hasta los nenes se asustan cuando te ven tan pelotudo por un simple partido.

Nunca me había dado cuenta. Para mí era normal. Normal cenar con cara de orto porque el nueve había errado un penal. Normal acostarme de mal humor y no darle bola a mi señora. Normal levantarme el lunes con cara de velorio porque un defensor había rechazado mal una pelota el domingo. Normal querer cagarme a piñas con el boludazo de Carlos.

Pero visto desde afuera… Era ridículo.

A la semana siguiente volví al médico que tenía que ver otros estudios que me hice.

Me acomodó unos estudios arriba del escritorio y fue directo al grano. Ni me saludo el carnicero.

—Losartán, 50 miligramos a la mañana y a la noche. Amlodipina 10 como refuerzo por la tarde. —Volvió a anotar— Y si en algún momento siente que la ansiedad lo supera, tiene Clonazepam. Pero úselo sólo cuando sea necesario.

Yo asentía mientras pensaba que el verdadero remedio era que el cinco aprendiera a dar un pase a dos metros o ganar un puto campeonato. Pero bueh, así es el organismo, cuando dice basta dice basta. A min o me dijo basta, solo sonaron las alarmas. Y la verdad es que quiero a mi familia y me puse a hacer caso. No quedaba otra. Otra vez me sentí como el Diego en el 94, con las piernas cortadas.

Decidí jubilarme del mundo del fútbol. Si aparecía algo en el noticiero cambiaba de canal. Abría Facebook y me mostraba goles, cerraba y a otra cosa. Mis amigos entendieron enseguida. El grupo de WhatsApp, que antes explotaba todos los fines de semana, cambió completamente conmigo. Cuando yo escribía, hablaban del clima. De política. De cuánto estaba el kilo de asado. Pero nunca de fútbol. Yo creo que tenían un grupo paralelo para hablar de fútbol. Al principio me daba bronca. Después empecé a agradecerlo.

En el trabajo pasó algo parecido. Los lunes que eran insoportables con el fútbol, ahora había un silencio de desierto. Parecía el desierto de Atacama. Ni siquiera tosían. Antes discutíamos una hora sobre el partido del fin de semana. Era tan evidente que me estaban ocultando algo que hasta resultaba gracioso.

 

—¿Qué pasó?

—Nada.

—¿Quién ganó?

—No sabemos.

—¿Cómo que no saben?

—No vimos nada.

Mentían horrible. Había uno que seguía teniendo la bufanda del club colgada en la silla. Otro venía con la voz rota de tanto cantar o haber gritado un gol agónico. Pero ninguno me decía una palabra.

Con el tiempo me fui acostumbrando. El fútbol desapareció de mi vida. Así de simple. Era como si el deporte hubiese dejado de existir.

 

Los domingos se transformaron en otra cosa. Al principio no sabía qué hacer. Luego salía con mi mujer, la llevaba a merendar, a cenar. Íbamos a lo de mi hija nosotros. Arreglaba cosas en casa salía a caminar. Hasta empecé a leer… ¡Leer!

Al tiempito nomas la presión empezó a bajar, se mantuvo bien. Dormía mejor. Hacía caminatas. No discutía. No me enojaba por pavadas. Mi señora después de tanto tiempo empezó a sonreírme de nuevo. Mi hija me dejaba los nietos para que los lleve a la plaza. Hasta el cardiólogo me felicitaba.

Pasó un año. Después otro. Dos años enteros. Dos años sin saber quién salía campeón. Ni quienes estaban en la selección o si había habido mundial o no. Bueno, si, del Mundial me enteré porque es imposible no enterarse. Pero ni bola le dí. Nosotros no porque no escuché mucho quilombo. Estaba completamente abstraído. Ya no extrañaba tanto al fútbol… O eso creía.

 

Hasta que un domingo me desperté temprano, como siempre. Desayuné tranquilo uno mates con la patrona. Leí un rato. Mire Facebook. Después me puse a acomodar unas herramientas que hacía meses venía prometiendo ordenar. Otro domingo normal. Pero cerca del mediodía escuché el primer estruendo.

¡Pum!

Levanté la cabeza.

Pensé que era una cubierta de un camión o algún boludo con petardos. Seguí con lo mío. Cinco segundos después…

¡Pum! ¡Pum! ¡Pum!

Vibraron todos los vidrios. Me re cagué todo. Me asomé por la ventana. No vi nada.

—¿Qué pasa? —pregunté.

Mi señora apareció desde la cocina.

—No sé.

Aunque me dio la impresión de que sí sabía.

Volví a guardar unas llaves inglesas en una caja cuando empezó otra vez. Esta vez no eran solamente bombas. Había bocinas. Demasiados bocinazos ¿Argentina campeón de algo? Nah, si estábamos en diciembre. Y después empezaron los gritos. P ero gritos de alegría. Como cuando alguien mete un gol sobre la hora. Ahí sentí una cosquilla. Una de esas intuiciones que uno no puede explicar.

Miré a mi señora.

Ella evitó mirarme.

Eso me confirmó que algo estaba escondiendo.

—¿Qué pasó?

—Nada.

—No me digas "nada" porque parece que explotó medio barrio.

No contestó.

 

Entonces apareció mi hija, que venía con los chicos. También con esa cara rara. Los pibitos delataban que algo pasaba porque estaban a los saltitos y gritando.

—¿Qué pasó? —insistí.

Silencio.

Ya me estaban poniendo nervioso.

—¿Nos invadieron? —dije en joda. Pero ya me estaba subiendo la presión.

—¿Ganó la Selección? —me atreví a aventurar por más que pareciera un pelotudo.

Me dijeron que no.

Las bocinas seguían. Los petardos parecían multiplicarse. En la esquina alguien empezó a cantar. Se le sumaron varios más. Ya era una muchedumbre de voces que daban forma a una canción de cancha. Yo conocía esa letra. Me acerqué a la ventana. Enfrente, un vecino salió al balcón con una bandera. No la veía bien. El viento la doblaba. Intenté distinguir los colores. No pude, tenía que ir a buscar los anteojos. Entonces pasó un auto tocando bocina. Después otro. Y otro. Todos con banderas. La calle empezó a llenarse de gente. Tipos arriba de las camionetas agitando camisetas. Parecía Año Nuevo. O un Mundial. Sentí que algo se empezaba a mover adentro mío. Mi corazón sabía que estaba pasando y porque estaba pasando. Mi cerebro para cuidarme se hacia el boludo. Me di vuelta.

—Decime qué pasó.

Mi señora suspiró. Mi hija bajó la mirada. Ninguna hablaba. Hasta que escuché un grito desde la vereda. Un grito largo. Desaforado. Escuché el nombre de mi club. Mi cerebro ya no se podía hacer el pelotudo. Me quedé duro. No sabía qué hacer. Miré a mi señora. Tenía los ojos llenos de lágrimas. Sonrió apenas. Y dijo despacito:

—Salimos campeones.

 

No pregunté de qué. No hacía falta. Lo entendí enseguida. Campeones. Por primera vez en toda la historia del fútbol argentino. Si el campeón era el barrio, mi barrio, mi club. Sentí que el piso desaparecía. No lloré. Primero me reí. Después me largué a llorar. Me apoyé en el marco de la ventana porque las piernas me temblaban. Quería salir. Quería abrazar a cualquiera. Quería cantar. Quería llamar a mis amigos. Quería ver los goles. Quería saber cómo había sido. Que equipo teníamos. A quien le cagamos el campeonato. Dos años sin mirar un solo partido. . . y el día que mi club hacía historia me enteraba por los petardos del barrio. Pero la puta madre que lo pario.

Me agarré el pecho. Pensé que era la emoción. Respiré hondo. No pasó. La presión siguió ahí. Como una mano enorme apretándome desde adentro. Escuchaba cada vez más lejos las bocinas. Las canciones. Los bombos. Mi señora decía algo. No llegaba a entender qué. Mi hija me sostenía del brazo mientras hablaba con alguien en el celular. Quise decirles que estaba bien. No me salió la voz. Después sentí un calor raro. Muy raro. Como si todo el cuerpo se volviera liviano…

Y…

Bueno…

Hasta ahí me acuerdo. Lo siguiente fue estar acá, hablando con usted que me mira raro desde que llegué.

Por eso le decía al principio que no entiendo cómo llegué.

Lo único que recuerdo con claridad es haber escuchado que mi equipo, por fin, había salido campeón.

Después… Nada.

 

Entonces San Pedro, que hasta ese momento estaba callado, carraspeó, lo miró por encima de sus lentes y le dijo:

—Pase, pase, nomás.



Toni Schweinheim
Obra Publicada, expediente Nº 510614. Dirección Nacional del Derecho de Autor




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Pase nomás

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