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Hay gente que junta estampillas. Otros coleccionan monedas, botellas o camisetas de fútbol. Yo, sin proponérmelo, terminé coleccionando cosas, si así a secas cosas. Vi por la tele a varios que juntaban cosas, si cosas, pero con determinado fin, como cosas de la década del ochenta como figuritas, golosinas, revistas… bueno, lo mio no tiene un determinado fin. Yo juntó cosas y punto.

No hablo de basura. La basura tiene un destino, el CEAMCE si tiene suerte o en algún relleno sanitario. Lo mío es distinto. Son objetos que habían perdido su función, pero seguían negándose a desaparecer. Que estaban ahí y nadie les daba bola, claro, menos yo.

Todo empezó una tarde de lluvia, cuando encontré en un cajón una llave diminuta. No tenía idea de qué abría. Lo extraño no era haberla olvidado, sino la absoluta certeza de que alguna vez había sido importante. La tuve un rato entre los dedos intentando reconstruir una historia. Nada. Ni una imagen. Ni un lugar. Era apenas un pedazo de metal con una misión vencida.

No la tiré.

La dejé sobre un estante.

Después apareció un control remoto sin televisor. Una lapicera que ya no escribía pero que seguía teniendo la tapa perfecta. Un reloj detenido a las 4:17 desde quién sabe cuándo. Una credencial vencida de un banco que ya ni existe. Un cospel de subte tan gastado que parecía haber sobrevivido a varias eras geológicas.

Cada objeto iba ocupando su lugar.

Nunca pensé que estaba armando una colección. Eso se descubre mucho después, cuando uno mira alrededor y entiende que el desorden tiene un patrón.

El estante se convirtió en una biblioteca de derrotas. De perdidas. De algo que ya no esta, pero está ahí. Penas en un estante. No mias, sino de esos objetos.  Lo curioso era que no me producían tristeza. Al contrario. Había algo tranquilizador en saber que las cosas podían dejar de cumplir su propósito sin desaparecer del todo. Era como mirar a viejos jubilados tomando mate en una plaza. Ya no trabajaban para nadie, pero seguían estando. Claro podían tener una función, pero hoy cuando sos viejo te descartan o te ponen como niñero y, obvio, al estar de niñero no estas en la plaza.

 

Con el tiempo empecé a prestar atención. Descubrí que todos los objetos conservaban una especie de dignidad. Eran como si estuviesen esperando algo que los saque de allí y les vuelvan a dar utilidad. Esperaban. No sé qué, sinceramente. Pero esperaban.

Una noche se cortó la luz en todo el barrio. No era una tormenta ni una explosión. Simplemente se apagó todo. El silencio fue inmediato. Sin el zumbido de las heladeras, sin televisores, sin motores, la casa quedó inmóvil. Me hizo acordar al Eternauta y me estremecí. Encendí una vela y me senté frente al estante. Entonces pasó. No sabría explicarlo sin que suene ridículo.

Los objetos parecieron moverse y acomodarse solos.

No se movieron mucho. Apenas unos milímetros. Pero alcanzó para que la llave quedara apuntando hacia el reloj detenido, el reloj hacia la credencial, la credencial hacia el control remoto y así sucesivamente, formando una especie de recorrido, como si fuese un subte raro. Pensé que era efecto de la vela sobre los objetos. Pero no.  

Cuando volvió la electricidad todo estaba igual. O eso quise creer. A la mañana siguiente el reloj marcaba las 4:18. No podía ser.  Era un reloj a cuerda roto desde hacía años que estaba apoyado en la repisa. Yo cada tanto lo miraba y constataba que estaba parado en esa hora. Me gustaba esa hora, no sé el motivo, pero me daba curiosidad esa hora. Lo observé un largo rato esperando descubrir si por esas cosas había vuelto a andar. Nada. Estaba clavado en esa hora. Yo puedo asegurar que nunca lo toque. Jamás. Lo encontré y lo deje ahí.

Durante semanas traté de convencerme de que lo había recordado mal. La memoria tiene esa costumbre de cambiar las cosas para que parezcan razonables, de querer jugar con uno. Pero la verdad estaba medio perturbado. Empecé a revisar cada objeto. Uno por uno. Casi me agarra un sincope: había pequeñas diferencias. La lapicera tenía una rayadura nueva. El cospel estaba un poco más gastado. La llave parecía más brillante. Eran cambios mínimos. Pero yo conocía todos los objetos como la palma de mi mano y eso que tengo decenas de miles de cosas. Y puedo describir cada una de ellas. Me obsesioné. No con las cosas. Con la posibilidad de que siguieran viviendo cuando nadie los miraba.

Una madrugada dejé una vieja camarita que había encontrado y andaba grabando el estante. Ocho horas de video. Nada. Absolutamente nada. Al revisar la grabación, bostezando frente a la computadora, descubrí un detalle. Había un segundo que no existía. La hora pasaba de las 04:18:16 a las 04:18:18. Un cuadro perdido. Una fracción de tiempo desaparecida. Pensé que era un error del archivo. Un segundo que no existía.

Probé otra vez. Lo mismo. Siempre faltaba ese segundo. Nuevamente, todos los días de la semana. Ese segundo siempre saltaba, desaparecia del tiempo o del espacio porque ambos van juntos. N o se lo conté a nadie. Hay cosas que es preferible no decir, porque uno sabe perfectamente cómo terminan las conversaciones. Primero una sonrisa. Después una mirada de preocupación. Finalmente un psicólogo o el medico.

Así que seguí con mi vida. Traté de no pensar en ese segundo que perdíamos todos los días. Pero empezó a pasar algo mucho peor y mas grave: cada tanto encontraba un objeto nuevo. No lo ponía yo. Simplemente aparecía por arte de magia. Asi empezaron a aparecer: un botón. Una ficha telefónica. Una foto vieja, de esas sepia. Un casete sin etiqueta. No recordaba haberlos traído y menos puesto ahí. Pero ahí estaban. Como si siempre hubieran pertenecido a la colección. Con los años el estante se llenó. Después ocupó otro. Después otro más. Hasta que una habitación entera quedó dedicada a las cosas olvidadas que alguien o algo me dejaba ahí.

Anoche volví a quedarme sin luz.  Otra vez el mismo silencio del Eternauta. Otra vez la vela.  Me senté frente a la habitación, que ya hacía tiempo había dejado de ser una habitación. Apenas quedaba un sendero angosto para caminar entre pilas de cajas, muebles, frascos, relojes, papeles, juguetes rotos y vaya uno a saber cuántas cosas más. Todo seguía ahí. Cada objeto conservaba una historia que desconocia y que me hubiese gustado conocer. Los miré durante un largo rato. Pensé que, tal vez, no era yo quien los estaba cuidando. Tal vez eran ellos los que me estaban cuidando a mí.

Cada vez que intenté tirar alguno, sentí que estaba traicionando algo. Un recuerdo, una persona, un momento. ¿Y si esa llave era el último refugio de una infancia? ¿Y si ese cospel había sido el viaje más importante de alguien? ¿Quién era yo para decidir que ya no servían?

Hace un rato golpearon la puerta. Miro la hora. Son las 4.17 de la tarde. No puede ser.

No hizo falta abrir para saber quiénes eran.

Los vecinos me habían avisado varias veces que habían hecho denuncias. Que esto ya no podía seguir así. Que el municipio iba a venir tarde o temprano.

Parece que ese momento llegó.

Siguen golpeando.

Dicen mi nombre. Lo repiten. Escucho voces conocidas de vecinos.

Yo miro la montaña de cosas que me rodea y no sé qué hacer.

No sé si irme con ellas. y esperar a que, me dejen a mí también sobre un estante de la municipalidad, junto a otros que alguna vez alguien consideró demasiado valiosos para tirar.

Toni Schweinheim
Obra Publicada, expediente Nº 510614. Dirección Nacional del Derecho de Autor.



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