Slider[Style1]

Style2

Style3[OneLeft]

Style3[OneRight]

Style4

Style5

¿Me trajiste el libro de Chandler? A ver, buscá el cuento que se llama «La pesada» y leeme el comienzo. Me lo sé de memoria, me parece. La primera vez que lo leí fue estando en cana en Italia. Creo que me lo pasó un piamontés del pabellón de los chorros. ¿Lo tenés? Esperá, dejame probar: creo que todavía me lo sé de memoria. Seguime, a ver:
«Anna Halsey era unos ciento veinte kilos de mujer cuarentona con cara de masilla en un traje negro a medida. Los ojos le brillaban como botones negros, tenía mejillas suaves como piel de durazno y del mismo color. Estaba sentada detrás de un escritorio negro, con tapa de vidrio que parecía la tumba de Napoleón, y fumaba un cigarrillo con una boquilla negra que no alcanzaba a ser tan larga como un paraguas. Dijo: Necesito un hombre». ¿Qué tal? Me lo sé completo, eh… A veces me sabía todo Chandler. Con los nervios que tenés antes de los partidos, encerrado en el vestuario que parece una leonera, te construís tu propio mundo, si no te apolillás por dentro. Yo leía cosas así mientras el entrenador decía las pavadas de siempre. Te digo cómo sigue, un pedacito nomás para que te avives de la polenta que tendríamos que darle a este libro mío que estás escribiendo vos. Escuchá: «Necesito un hombre bastante buen mozo como para levantar a una mina que tiene sentido de clase, pero debe ser lo bastante duro como para agarrarse a trompadas con una pala mecánica. Necesito un tipo capaz de moverse como un señor del estaño y con más labia que Fred Alien por la radio y que cuando le den un mazazo en la cabeza piense que una corista lo atacó con un escarbadientes». 

Es un personaje de Chandler, pero igual podría estar hablando de un jugador que conocí en la Juventus. Pietro Zanoni, se llamaba. Tipo grandote, pintón, con menos cerebro que un chingolito. Me acuerdo de él porque la primera vez que lo vi le habían pegado un mazazo en la cabeza en el momento de tirar un córner. Puso la pelota al lado del banderín y de golpe aparece un tipo grandote y a traición le da un garrotazo. ¿Vos te creés que Zanoni se enteró? Pateó el córner, agarró un rebote y recién después cayó sentado. Le tiraron un poco de agua y como se empecinaba en decir que no tenía nada, que estaba bien, el aguatero le explicó lo que había pasado, que el marido de la chica con la que salía a escondidas acababa de tomarse venganza. Pero Zanoni no se enteraba. Recibía los planchazos de los defensores y los garrotazos de los maridos despechados sin inmutarse porque su cerebro no alcanzaba a procesar lo que le ocurría al cuerpo. Una vez me invitó a tomar unos tragos al hotel donde después se suicidó Cesare Pavese. El grandote se tomó una docena de whiskys y yo no le fui en zaga y a la salida, inevitablemente, se cayó de cabeza en una zanja. Yo no. A mí me habían enseñado que un borracho culto nunca intenta saltar una zanja. Si no la puede evitar, lo más seguro es bajar al fondo aunque haya agua y barro y volver a subirla del otro lado. Intentar el salto es porrazo seguro. Huesos rotos. Entonces, al toparnos con unos de esos zanjones que existían por todos lados en Europa después de la Guerra, zanjones para poner caños o cables, yo me dije: «mejor arruinar el pantalón que las piernas», y bajé. Zanoni, en cambio, saltó como si fuera Tarzán colgado de una liana y se fue de cabeza contra los caños. No sé por qué, pero siempre caía de cabeza. En una de esas porque jugaba de centrofóbal, ¿no? Imagínate lo que me costó sacarlo. Parecíamos el Gordo y el Flaco pero sin público. Al fin pasaron los tipos de la basura y me ayudaron a subirlo. ¿Por qué te estoy contando esto? ¿En qué lugar del libro lo podemos poner? ¿Qué te parece si hacemos un capítulo sobre la inteligencia del cuerpo? Mohammed Alí, Pelé, Johnson, Maradona, son formidables en eso, pero Zanoni era la exaltación de lo contrario. No podía pensar ni con la mente ni con el físico. Resultaba imposible no tenerle simpatía, «era casi tan grande como un camión de cerveza», para seguir con Chandler. Y ahí aparece Inés, los ciento veinte kilos de mujer cuarentona.

Yo ya estaba terminando como jugador. Treinta y dos pirulos, mucho chupi, faso, minas, libros; empezaba a perderme goles que la bestia de Zanoni podía hacer con los ojos vendados. Largar el fútbol es un momento bravo en la vida y pensé que si me hacía entrenador podía seguir recorriendo el mundo con tiempo para la lectura y los vicios de la vida. Pero esa historieta es para otro día. Ahora estamos con Zanoni y su gorda que pretende lubricarle el cerebro. De los pobres de espíritu tenemos la fantasía de que todos van a ir al cielo pero yo no estoy tan seguro porque las macanas que se mandaba Zanoni no eran para complacer a Dios, te lo juro. Un día la gorda Inés le dice: «Vení a comer con velas esta noche, estoy muy cargada y tengo ganas de reventarte, papito». ¿Qué hace Zanoni? Se aparece con un cuchillo grande como el de Sandokán, lo pone sobre la mesa ornamentado con flores y velas que a la gorda le habían costado un platal en el mercado negro y le dice: «Mirá Inés, yo te quiero, pienso en vos todo el día, pero antes de dejarme reventar te corto el cuello». La gorda casi se muere. Lo calmó, le explicó que el reviente en el que estaba pensando ocurría en la cama, era de puro goce. Pero la noche se había arruinado. El cuchillo de Sandokán brillaba sobre la mesa, la desconfianza de Zanoni había roto el encanto.

La gorda empezó a darle jarabes para estimularle el cerebro, tisanas, mejunjes y todas esas porquerías que en épocas de destrucción y mishiadura se les compran a los vendedores clandestinos. Pero claro, estaba lleno de inescrupulosos como el Harry Lane de El Tercer Hombre, y a la gorda empezaron a venderle mercadería trucha, a mandarle frascos equivocados que ella mezclaba en los cócteles que le servía a Zanoni. Hasta que una noche lo mató. Estaban en plena acrobacia en la inmensa cama y de pronto el grandote se quedó duro como un adoquín.

La gorda me llamó llorando a gritos, pidiendo auxilio. No sé si hice bien pero le dije que no avisara a los carabineros. Un tipo como Zanoni bien podía matarse al caer en un zanjón. Lo bajamos a la calle como si viniéramos abrazados los tres y antes que amaneciera lo tiramos de cabeza en un pozo de Via Biancamano. No creo que a los muertos les salgan chichones, pero escuchamos un ruido solo y la gorda Inés sollozaba abrazada a mí.

Me dirás que Zanoni no dejó huella en la historia del fútbol. No estoy seguro: si yo lo recuerdo es porque algo suyo queda y quiero que figure en mis Memorias. Al fin y al cabo estuve preso tres meses hasta que se aclaró el asunto. La gorda Inés se comió uno o dos años, no sé. ¡Uy, fijate la hora que se nos hizo! Yo chamuyo, chamuyo y ni cuenta me doy. Lo que pasa es que vos te vas y vuelven el silencio, los malos augurios, las enfermeras, la tele, los médicos. Nadie que me escuche. La próxima vez traeme Adiós muñeca, de Chandler y media de medialunas. Ojo que acá les llaman croissants. Si además conseguís algún video con partidos de la Argentina pedimos una casetera y nos hacemos una panzada. Acá el Estado se hace cargo de los viejos, ¿viste? Te dan todo lo que necesitás. No me puedo quejar. Lástima que no tengan una máquina como la de la novela de Wells, que pueda mandarme de vuelta a los tiempos de Zanoni, el cabeza chingolito.

Osvaldo Soriano
Extraído de "Arqueros, ilusionistas y goleadores". 2014. Editorial Planeta. Seix Barral

«
Siguiente
Entrada más reciente
»
Anterior
Entrada antigua

No hay comentarios:


Top