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La AFA crearía la Hipersupermegaredcopa de la Megasupercopa de las Supercopas de la Copa de la Ultrahipermegasupercopa Master of the Universe de la Recopa de la Lora.
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| Master of the Universe. Nueva Copa. |
Sin embargo, y a pesar de las múltiples copas por temporada,
la AFA estaría craneando una nueva copa. “Todavía no la planificamos bien, pero
el ganador de la Supercopa Internacional, el Trofeo de Campeones de la Liga
Profesional, la Supercopa Argentina y el Torneo Clausura jugaría una final por
la Hipersupermegaredcopa de la Megasupercopa de las Supercopas de la Copa de la
Ultrahipermegasupercopa Master of the Universe de la Recopa de la Lora contra
un equipo a definir, que sería Barracas Central o Riestra, que le caen bien al
Chiqui Tapia. Además, son los dos nuevos grandes del fútbol argentino”,
sostiene un dirigente.
El Otro Diez
—Escuchá esta historia y después decime qué te pareció.
Sentate tranquilo; si necesitás algo, me decís, pero quedate atento a lo que te
voy a contar:
“Diego Armando Maradona nació en Villa Fiorito, jugó en Los
Cebollitas y su sueño era jugar y ganar un Mundial. Dio el salto y debutó en
Argentinos Juniors a los quince años y nunca dejó de crecer. Su talento crecía
exponencialmente. Nunca jamás tuvo enemigos afuera de una cancha. A todos los
callaba con la pelota.
Debutó jovencito en la Selección Argentina. No solo se ganó
un lugar entre los convocados para el Mundial de 1978: fue una de las figuras
que alzó la Copa del Mundo, la primera de Argentina.
Llegó a Boca, que lo recibió como a un hijo. Ganó el
campeonato local y logró la segunda Copa Libertadores para el club de la
Ribera. No pudo jugar la Intercontinental porque se lo llevó el Barcelona.
En la Selección Argentina ganó caminando el Mundial de 1982.
Ya era capitán y, esta vez, goleador del torneo. En la final venció a la
siempre difícil Alemania con dos goles de él.
En Barcelona encontró su lugar en el mundo. Al principio
parecía que había llegado simplemente para hacer lo que sabía: agarrar la pelota
y jugar. Pero pronto quedó claro que había ido para algo más. Con él, ganar
dejó de ser una excepción y empezó a convertirse en costumbre. Llegaron las
Ligas, llegó la Copa del Rey y llegó, finalmente, esa Copa de Europa que el
Barcelona llevaba tantos años persiguiendo y que hoy llamamos UEFA Champions
League. Después vinieron las Intercontinentales. Una copa llevaba a la otra. Un
festejo todavía no había terminado cuando ya empezaba el siguiente. Todo lo que
jugaba el Barça parecía terminar de la misma manera: con Maradona levantando
algo.
Tanta felicidad catalana despertó el interés de uno de los
clubes más grandes de Europa: la Juventus de Italia. Su traspaso fue récord. La
cifra parecía una locura, pero duró poco la discusión. Apenas empezó a jugar,
nadie volvió a hablar de lo que había costado. En Turín ganó dos Champions
consecutivas y convirtió a la Juventus en dueña de Europa. También llegaron los
títulos de Liga, la Copa Italia y las Intercontinentales. Los dirigentes habían
pagado una fortuna por un futbolista y terminaron descubriendo que habían
comprado una época dorada. La gloria absoluta.
En el Mundial de 1986, en México, lamentablemente no pudo
levantar la Copa del Mundo. Hizo el gol del siglo abriendo el marcador ante los
ingleses. Antes casi había marcado el primer gol, pero no llegó a poner la
cabeza y Peter Shilton la despejó con un puño. A los ochenta y un minutos,
Lineker terminó marcando el empate. Argentina se quedó afuera por penales.
Maradona no derramó una lágrima porque sabía que iba a haber revancha tarde o
temprano. La máquina alemana comandada por Karl-Heinz Rummenigge, Rudi Völler y
Lothar Matthäus ganó ese Mundial derrotando a Inglaterra por 2-0.
Terminado el Mundial, y pasada una temporada, en el ’87 pasó
al Milán de Arrigo Sacchi. A esa altura, cualquier otro jugador habría llegado
para adaptarse al equipo. Con Maradona pasó al revés. Sacchi tenía su sistema,
sus movimientos estudiados, sus jugadores obedeciendo como piezas de una
cerradura. El Catenaccio. Y en el medio de todos esos engranajes estaba el
Diego, que parecía tener permiso para hacer lo que quisiera. En ese esquema
conservador, el único que realmente jugaba era él. Ganar la Liga se volvió
habitual. Levantar la Copa Italia, también. Y cuando llegaba Europa, ganar la
Champions parecía casi un trámite. El Milán se acostumbró a ganar y Maradona, a
levantar copas. A esas alturas, ya era el jugador con más títulos en la
historia del fútbol.
Fuera de la cancha era el tipo ejemplar. Nunca una polémica.
Nunca una declaración de más. Nunca una protesta. Nunca se la jugó por nada ni
por nadie. Él solo hablaba dentro de una cancha, donde su lengua era la pelota
y el idioma, el ruido de un pase filtrado. ¿Para qué ganarse enemigos hablando?
Se casó, tuvo dos hijas. La familia modelo. Era el tipo al que no le
cuestionaban nada y él no cuestionaba nada. El periodismo estaba obnubilado con
él. Pero rara vez fue tapa de alguna revista, solo una vez salió en la tapa de
la revista Caras mostrando su mansión.
Y se vino el Mundial ’90. Mucho se habló de ese Mundial. Un
poco menos de un año atrás, se había caído el Muro de Berlín. El mundo había
cambiado para siempre. Argentina llegó a la final dejando en el camino a
Italia. Fue la primera vez que lo insultaron los de su propio equipo, donde
jugaba. Los tanos estaban como locos contra el Diego. En la final se
encontraron contra los alemanes, que eran una máquina y que necesitaban ese
título como para validar lo del Muro. El partido fue polémico y ganó Alemania
con un penal inventado por Codesal. Diego tampoco lloró en esa final
arrebatada. Tiempo después se supo que Don Julio los había entregado por un
poco más de poder. Maradona, que lo sabía no dijo nada: masticó bronca, recibió
la medalla, le dio la mano a João Havelange y a otra cosa. No quería problemas
con el poder de turno. Eso no era lo suyo. La defensa de los pobres y los
débiles la debía reclamar otro, no un futbolista.
Después del Mundial volvió a España, esta vez al Real
Madrid. El Merengue arrastraba una obsesión: no ganaba la Copa de Europa desde
1960. Habían pasado treinta años, generaciones enteras de jugadores y un
desfile interminable de figuras intentando devolverle al club aquello que
consideraba suyo. Entonces llegó Maradona. Y la espera terminó. Primero ganó
una. Después ganó otra. Dos Champions más para su colección y dos Intercontinentales
que devolvían al Madrid al lugar donde pertenecía. Esta vez no hubo título de
Liga, pero sí Copa del Rey. Fue uno de los mejores Maradona que se vieron a
nivel de clubes. Mucho antes de que el Madrid empezara a hablar de Galácticos,
ya había tenido uno. Y era argentino. Para entonces, Diego había conseguido
algo sacado del libro Guinness de records: había ganado todas las Champions que
había disputado.
El Mundial de 1994 en Estados Unidos fue la redención en los
Mundiales. Tras pasar la fase de grupos con suma facilidad, en octavos dejó en
el camino a Italia; en cuartos, a España; en semis volvió a aplastar a Bulgaria
y, en la final soñada por cualquier argentino, le ganó 2-0 a Brasil. Treinta y
tres años. Igualó el récord de Pelé con tres Mundiales ganados y quedó en la
cima de goleadores de toda la historia con 18 goles.
Muchos ya especulaban con su retiro, pero su físico parecía
de veinticinco. Él solo podía levantar al equipo o derrumbar al rival. Era una
especie de Mío Cid del fútbol. El Real Madrid prescindió de sus servicios
porque, a pesar de lo descollante en la cancha, pensaba que ya no le quedaba
hilo en el carretel. Así que armó la valija y se fue para la Fiorentina, donde
estaba su gran partener de la Selección: Gabriel Batistuta. Era un equipo
modesto, pero con el Diego ahí pudo pelear el Calcio hasta el final, ganar una
Copa Italia y alzarse con una Copa UEFA en los años que estuvo.
Físicamente, el Diego estaba intacto. Seguía acumulando
títulos, pero faltaba un último baile: el Mundial 1998. Dificilísimo, si nos
ponemos a pensar que llegó con 37 años. Pero si Roger Milla en el Mundial
anterior pudo hacer un gol con cuarenta y dos años y treinta y nueve días, el
Diego te hacía ocho goles. Su amigo Daniel Passarella sabía que Maradona era
imprescindible y nunca dejó de llamarlo. Era una Selección de ensueño: Redondo,
Maradona, Batistuta, Caniggia… Argentina goleó todos los partidos en la fase de
grupos. En octavos, contra Inglaterra, fue un trámite. Tres a cero. Fue donde
conoció a David Beckham y luego trabaron una amistad. En semis, otra vez
Brasil, donde se ganó con un zurdazo del Bati. En la final no hubo final. Fue
un tres a cero a favor de la Albiceleste. Cuarto Mundial y nuevamente en la
cresta de la ola que venía surfeando desde hacía al menos veinte años.
Todos daban por hecho que Maradona, tras su sexto Mundial,
se retiraría en la cúspide. Una cúspide imposible de alcanzar. Seis Mundiales,
cuatro ganados. Champions a más no poder. El Diego quedó libre de la Fiorentina
y se especulaba con su retiro. Se fue con el pase en su poder al Manchester
United, por pedido expreso de Ferguson y de Beckham. Ese equipo, si no fue el
mejor de la historia, estuvo ahí nomás: una Premier tras otra a las vitrinas y
la épica final contra el Bayern Múnich. Jugó un año más en los Diablos Rojos y
el Diego parecía que no tenía fecha de vencimiento. Él no quería dejar el
fútbol y el fútbol no quería que lo dejara.
Un día apareció un llamado inesperado: Lothar Matthäus. Su
viejo rival. Su viejo amigo. Le dijo que, antes de retirarse, podría jugar una
temporada en el Bayern, que todavía le podía dar mucho al fútbol. El Diego
aceptó. Esa temporada, el Bayern logró la Triple Corona, en una final épica
contra el Valencia que se resolvió con un tiro libre del diez.
Arrancó el 2002. Todo el mundo esperaba que el Diego hiciera
el último baile, el último Mundial, el séptimo. Si total Passarella lo seguía
convocando. Y se dio lo que todos esperaban: Maradona jugaría su último Mundial
a los 41 años. No lo iba a alcanzar a Roger Milla, pero con siete Mundiales en
el lomo no lo iba a alcanzar ni Highlander. Todavía tenemos fresco el recuerdo
de ese Mundial. El grupo de la muerte, la ajustada victoria ante Nigeria, la goleada
a Inglaterra, a Suecia. Luego, dos partidos fáciles: Senegal y Turquía, que
querían ser la revelación, pero tuvieron la mala suerte de cruzarse con el
Diego. En semis, Brasil de nuevo: corrida del Cani, pase del Diego, fórmula
repetidísima y gol. La final fue contra la Alemania de Oliver Kahn, compañero
del Diego. Una, dos, tres, cuatro… Todos los intentos eran en vano para vencer
al portero teutón. Hasta que un tiro libre del Diego se le metió en el ángulo.
Ni tiempo para mirar adónde fue tuvo el uno. Argentina llegaba al
pentacampeonato. El Diego también.
Ahora sí, el retiro. Pero no. También lo gambeteó: regresó a
Boca. Prometió devolverle la Copa Libertadores. La cumplió y fue a la
Intercontinental contra el Milán. Ese 14 de diciembre de 2003, a los cuarenta y
tres años, Diego Armando Maradona se retiró del fútbol…”.
***
—En otro apartado, si querés, lo vamos viendo. Te cuento qué
fue de Maradona como entrenador. Todo esto puede ser tuyo. Todo. Tenés el
talento. Siempre lo tuviste. Lo otro no, te descarrilaste fácil. Solo te voy a
pedir una cosa...
El tipo sonrió. Su arito me pareció que brillaba más. Me
miró como si hubiera sabido desde el principio quién era yo.
Y, finalmente, dijo mientras se levantaba del asiento:
—Maestro... ese tipo que nombraste durante toda la
historia... nunca sería Maradona.
Se dio media vuelta. Y se fue.
Me dejó solo. Con una única certeza: acababa de perder el
alma que más había deseado tentar.
El Saludo
Hace un tiempo, viví en Chacarita. Barrio que está signado
por el cementerio. A pesar de eso, todos vivimos tan frenéticamente que ni nos
damos cuenta de que hay un cementerio ahí, a un par de cuadras. Y eso que es
enorme.
Pero lo que me llamó la atención del barrio no fue el cementerio;
al cuarto o quinto coche fúnebre que ves, ya te acostumbrás. Uno se acostumbra
a todo. Lo que me llamó la atención fue un tipo que vivía cerca, o eso creo, y
que saludaba siempre. Parece una pavada, pero no lo es; por lo menos para mí.
Igualmente, hoy la gente hace cualquier cosa antes que
saludar. Mira el celular, baja la cabeza, finge que no te vio o, directamente,
cruza de vereda. En cambio, este hombre no. Apenas te veía venir, levantaba la
mano como si te conociera de toda la vida.
—Buen día.
Y listo. Siempre con una sonrisa. No esperaba ninguna
respuesta. No intentaba sacar charla. No preguntaba por la familia, ni por el
clima, ni por el fútbol. Saludaba y seguía caminando.
La primera vez pensé que era un vecino más. La segunda me
llamó la atención. Con el tiempo empecé a sospechar. Yo soy informático; tengo
los horarios más variables que hay sobre la Tierra. Un día salgo a las ocho de
la mañana, otro a las once, algunos días a las catorce, otros días ni salgo o
salgo solo a comprar. Pero la cosa es que, ni bien salía, me lo encontraba en
la esquina y me saludaba.
Además, no era posible que un hombre saludara con tanta
convicción a todo el mundo: al diariero, al barrendero, al repartidor de soda,
al policía de la esquina, a los chicos que iban al colegio, al paseador que
sacaba al perro... incluso a los que claramente no tenían ganas de cruzarse con
nadie e iban inmersos en sus celulares.
Siempre igual.
—Buen día.
Era imposible no contestarle. Hasta el más malhumorado
terminaba levantando la mano. O gente que estaba haciendo algo importante, como
los cartoneros que tenían metido medio cuerpo dentro de esas cajas negras
plásticas horribles que hacen de contenedores, salía y lo saludaba. Como que
era contagioso el saludo.
Un día la curiosidad pudo más. No solo le respondí el
saludo, sino que intenté darle charla.
—Fresquete hoy, ¿no?
—Sí, la verdad que sí. Hasta luego.
Su respuesta, bastante evasiva, me cayó mal. Me pareció un
careta bárbaro. Saludaba y después se hacía el boludo y se iba corriendo. No
sé, no me pareció sincero. Llegué a pensar de todo: que era un cana encubierto,
un espía, un chorro que merodeaba la zona… Igual seguí saludándolo como si
nada, porque tampoco iba a ser descortés.
No mucho tiempo después de ese intento de conversación, pasó
lo que les voy a contar. Me había quedado sin internet en casa, entonces tuve
que bajar para ir al bar de la vuelta. Ni bien llegué a la vereda, me crucé al
muñeco este.
—Buen día.
Me dijo y siguió para su lado, lo cual me dio entre bronca y
curiosidad. Le respondí automáticamente, como un robot, y me quedé pensando. Se
me ocurrió la idea loca de seguirlo; total, no tenía internet ni ganas de
laburar en un bar con todo el ruido que eso supone.
Me puse a observarlo desde atrás. Nunca me había detenido a
verlo: tenía un traje gris, zapatos marrones viejos, pero lustrados; un
sobretodo más viejo todavía; la pelada le brillaba y, sobre ella, se cerraba el
pelo gris como si fuesen laureles en un César. No sé por qué, pero pensé en el
bigote finito que usaba el tipo. Parecía sacado de una película de los
cincuenta.
Empecé el recorrido, el cual duró bastante, lisa y
llanamente porque saludaba a todo el mundo.
Saludó a un taxista.
Saludó a una señora que esperaba el colectivo.
Saludó a un pibe que repartía volantes.
Saludó hasta a un tipo que estaba puteando porque no
arrancaba el auto.
El del auto dejó de putear un segundo, levantó la mano y le
dijo:
—Buen día.
Después siguió puteando al pobre auto.
Yo caminaba unos metros atrás. Más de una vez tuve que parar
y mirar el celular como para que no me agarrara. Casi me vio en varias
ocasiones, pero siempre me salvaba una víctima de su saludo.
No parecía dirigirse a ningún lugar. Daba vueltas por el
barrio. A veces doblaba una esquina para volver a la misma plaza desde otro
lado. Yo ya estaba por abandonar la misión de seguirlo. Fue cuando cambió de
rumbo y, curiosamente, dejó de saludar a la gente que se cruzaba. Ahí el
bichito de la curiosidad me picó más fuerte.
El tipo apuró el paso, tanto que me costó seguirlo a metros
de distancia. Enfocado en todas las hipótesis que había en mi cabeza, no me di
cuenta de que estábamos por entrar al cementerio. Ahí me agarró un cagazo
terrible. Pero la curiosidad pudo más.
El sujeto entró raudamente. Caminaba y caminaba; cada vez se
adentraba más y más. Lo que me estremeció fue cuando, de la nada, empezó a
saludar. Yo pensé que estaba rezando, pero sin querer quedé más cerca de él y,
efectivamente, eran saludos.
—Buen día, don Ernesto.
Unos metros más.
—Buen día, doña Marta.
Más adelante.
—Buen día, Gervasio.
Así podría estar enumerando todos los nombres de las tumbas
a las que saludó al pasar. Como si todos siguieran ahí. O como si los viera.
Curiosamente, no me dio miedo; me dio más curiosidad.
Yo estaba tan absorto en mis pensamientos que no me di
cuenta de que llegamos casi al final del cementerio, a la parte de los
paredones que daban a la avenida Elcano.
El tipo se sentó en un banquito de cemento, completamente
derruido, y se puso ambas manos en la cara, como si estuviese llorando. Me dio
un poco de vergüenza estar espiándolo.
Cuando me iba a ir, sin darse vuelta, dijo:
—Hace rato que me viene siguiendo, caballero.
Sentí una vergüenza absoluta. Como la de alguien que roba y
se dan cuenta enseguida de que fue uno. Busqué miles de excusas en mi cabeza;
no había ninguna.
—Perdón... me dio curiosidad saber adónde iba —tuve que
decirle la verdad.
Se dio vuelta despacio.
Era bastante más viejo de lo que me había parecido antes.
Los ojos claros. La cara llena de esas arrugas que no son de
tristeza, sino de haber vivido mucho. Ese bigotito tipo anchoa.
—La curiosidad nunca es una mala excusa —dijo con una
sonrisa.
Me invitó a caminar. No preguntó mi nombre. Yo tampoco el
suyo. Hubo un silencio, el cual decidí romper.
—¿Siempre hace esto? —dije por fin.
—¿Venir al cementerio?
Asentí.
—Sí. También lo de saludar a todos —respondió, sin que le
hubiese preguntado lo segundo.
Me agarró un escalofrío.
Esperé una explicación. No llegó.
Seguimos caminando entre las tumbas abandonadas en el
contorno del paredón.
Después de un rato agregó:
—Uno nunca sabe cuál es el último saludo que le da a alguien.
No dije nada.
—Hay personas que se van sin que uno lo sepa. Se mudan,
cambian de trabajo, se pelean con uno, se enferman... o simplemente se mueren.
Y el último recuerdo termina siendo una cara seria porque los dos iban apurados
o enojados.
Seguimos caminando. Nos sentamos en un banco.
—Antes no saludaba nunca. Siempre tenía algo más importante
que hacer.
Miró el piso.
—Hasta que un día mi mujer salió a comprar pan...
No hizo falta que siguiera. Entendí todo. Quedé aturdido con
mis propios pensamientos y con cómo había pensado tan mal de un pobre viejo.
Él seguía hablando: de cuánto tiempo había pasado, de cómo
fue el accidente, de dónde estaba su tumba, señalando hacia la derecha del
paredón de la avenida.
—La última vez que la vi, ni siquiera levanté la vista del
diario. ¿Para qué? Si iba a volver. Todos vuelven.
Se hizo otro silencio. Este fue bastante largo. Pero no me
incomodaba; creo que a él tampoco. Hasta que decidió romperlo.
—Así que ahora saludo primero.
Sonrió apenas.
—No cambia nada... pero por lo menos para que nadie sienta
que pasa desapercibido. Además, hago catarsis.
Volvió a sonreír.
—El barrio es la gente. El barrio también se despide cuando
te demuelen una casa antigua para ponerte una torre, por ejemplo. El barrio no
cambia, va muriendo con cada cambio. Y al barrio nadie lo despide. Al barrio
nadie lo saluda porque está siempre ahí, y cuando te das cuenta, el barrio
murió y nació uno nuevo.
Siguió hablando de cada esquina de Chacarita, de cada bar,
escuela, colegio, comisaría, del viejo hotel familiar de la avenida Lacroze y,
ni hablar, del cementerio. Ahí se explayó como diez o quince minutos. Yo ya no
lo escuchaba; me quería ir. Mi mujer seguramente se estaría preguntando donde
estaba.
Le dije que me tenía que ir porque tenía trabajo. Pude
entender, por su mirada, que el viejo no había hablado con nadie en mucho tiempo.
Lo saludé y me fui. Lo dejé sentado en ese banquito que estaba al borde de
derrumbarse de lo viejo.
El tiempo pasó, la rutina no cambió. Cada día, o cada vez
que salía de casa, siempre me lo cruzaba y ambos nos saludábamos, yo ahora con
un poco más de alegría.
Hasta que un día lo vi fuera de ese ámbito
"saludativo". El vecino del sexto me había invitado a una protesta de
vecinos en contra de demoler parte del cementerio y hacer una plaza. No porque
no quisieran una plaza, sino porque todavía era parte de un camposanto.
Asimismo, todavía había nichos.
Fuimos y ahí vi al viejo.
Estaba vestido igual, salvo que esta vez llevaba una
cartulina que tenía una leyenda escrita a mano:
"No maten al barrio".
Fui a saludarlo, pero cuando me acerqué noté que estaba
llorando. Vi que había mucha gente llorando. Porque el Gobierno de la Ciudad
los había intimado a que sacaran los restos de familiares de esos nichos. Otros
protestaban porque dentro del cementerio había patrimonio histórico y que, sin
el paredón, iba a quedar desprotegido. Pero yo seguía centrado en el hombre que
saludaba.
Pasó un tiempito durante el cual seguí viendo a este hombre.
Me seguía saludando. Muchas veces quise frenarlo, pero no me dio la chance.
Lo vi muy achacado, como si de golpe todos los años se le
hubiesen caído encima. Flaco, enjuto; los ojos le habían quedado chiquitos.
Hasta que, a mediados de 2016, empezaron a derribar los
paredones. Hubo una marcha de vecinos y ahí fue la última vez que lo vi.
Estaba parado a lo lejos, mirando y llorando, con un pañuelo
en la mano. Lo que me llamó la atención es que, esta vez, tenía un bastón y
parecía más derrumbado que el paredón.
Al otro día salí esperando encontrármelo. Ahora sí lo iba a
frenar y le iba a preguntar si le pasaba algo, si tenía algún problema de salud
o si necesitaba ayuda.
Pero ni rastros de él.
Era la primera vez, en años, que no me lo cruzaba.
Temí lo peor.
Al otro día decidí hacer el mismo trayecto que él había
hecho aquella vez que hablamos. Por ahí me lo cruzaba.
No hubo suerte.
Un día le pregunté al diariero si lo había visto o si tenía
alguna data sobre su paradero. Por ahí lo conocía.
—Sí me acuerdo. No lo conozco, solo me saludaba todos los
días, pero nunca me compró un diario.
Durante un par de meses me quedé pensando en el viejo. No
voy a mentir: lo extrañaba un poco. O bastante.
Hasta que un día, en marzo de 2018, fuimos con mi mujer al
nuevo parque que habían hecho en lo que fue el predio del cementerio.
Fue entonces cuando vi a un señor con su nieta muy parecido
a él. Pero no, no era. Era más joven, sin el bigote, vestido de manera más
jovial.
Cuando pasaron al lado nuestro, pensé que era él. Tuve esa
sensación.
—Hilda, saludá a la pareja —dijo el abuelo a su nieta.
—Hola... —dijo tímidamente la niña.
Mi señora los saludó a ambos.
Yo no podía emitir palabra, del quilombo mental que tenía.
Los seguí con la mirada.
Cuando cruzaron con una mujer que paseaba un perro, la nena
levantó la mano y dijo:
—Buen día.
La mujer sonrió y le respondió lo mismo.
Luego la señora saludó a un muchacho que estaba haciendo
fitness. Este saludó a un matrimonio que llevaba un cochecito de bebé...
Y así los saludos se fueron multiplicando de uno en uno.
No sé por qué, pero me quedé un rato mirando esa cadena de
saludos que iba pasando de uno a otro, como si alguien hubiera empujado apenas
la primera ficha de un dominó.
Desde ese día saludo primero.
Algunas mañanas nadie contesta.
Otras sí.
Entonces sigo caminando tranquilo.
Porque mientras alguien devuelva un saludo en Chacarita, me
gusta pensar que el viejo sigue caminando por el barrio. Y que el barrio, de
algún modo, se sigue saludando con él.
De los pensamientos.
Generalmente los hombres pensamos en muchas cosas. Que van desde lo más importante a lo más boludo. Y estos pensamientos suelen atacarnos en...
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