Generalmente los hombres pensamos en muchas cosas. Que van desde lo más importante a lo más boludo. Y estos pensamientos suelen atacarnos en la cama, ya sea acostados o sentados de espalda a nuestras mujeres. Podemos estar pensando en resolver la hipótesis de la teoría de las cuerdas del universo o bien pensar en un capítulo de Los Simpson y empezar a filosofar durante horas en forma interna, mirando un punto fijo, con las manos entrelazadas.
Es como el meme que circula en internet.
Porque así, de la nada, una pregunta femenina te saca de ese
pensamiento mágico como si una espada cortara el aire:
—¿En qué estás pensando?
Y siempre surge la duda femenina de que estamos pensando en
otra.
Curiosamente, a mí me pasó hace poco.
Me acosté y automáticamente mi cerebro empezó a pasar una y
otra vez, en loop, el error garrafal que se mandó el arquero de Banfield. Pase
atrás, le erra al rechazo y la agarra un delantero de Sarmiento. Gol.
Hubiese sido grave si ese gol era el empate o la victoria de
los de Junín. Pero fue más grave: ese fue el 1-3 para ellos.
Veníamos goleando tranquilos. Minuto cuarenta del segundo
tiempo.
Bueh, un error. Ya fue. El descuento.
Al minuto, otro gol que se come el arquero. Y eso que es
buen arquero. Nos salvó varias veces. Evitó humillaciones. Trago saliva. A
sufrir.
La cosa es que ganamos 3-2. Pero me sacó mal. Ese loop del
arquero errándole me persiguió hasta la cama. Y cuando te agarran esos
pensamientos, el tiempo se expande, perdés noción. No sé cuánto estuve así. Es
como un agujero negro. Es como la película Interstellar, pero acá un segundo en
tu cabeza son como diecisiete horas en la Tierra.
Hasta que llegó la pregunta.
—¿En qué estás pensando?
Mi respuesta fue la misma que damos todos los hombres:
—Nada.
Nuevamente mis neuronas empezaron a proyectar el fallo del
arquerito. Pase atrás. La pelota viene despacio. Él acomoda el cuerpo. Va a
rechazar. Le erra. Delantero de Sarmiento. Gol.
Otra vez la pregunta.
—¿Seguro que no te pasa nada?
—Seguro.
Ahora eran dos loops.
Pensamientos, pregunta, pensamientos, pregunta.
Dos loops en uno.
Hasta que tuve que decirle la verdad.
—Estoy pensando en el arquero de Banfield.
Primero se rio. Después dijo que no podía ser tan boludo.
Luego cayó en la incredulidad.
Mientras tanto, mi cerebro se empecinaba en repetirme ese
loop que ya había pasado de trágico a cómico. La pelota venía. Él le erraba.
Gol. Yo ya conocía perfectamente la secuencia. Podía calcular hasta el momento
exacto en que el arquero debía apoyar el pie para rechazar bien.
Incluso empecé a imaginar alternativas.
Si la tiraba al lateral, no pasaba nada.
Si la reventaba de punta, no pasaba nada.
Si la agarraba con la mano, quizá era indirecto, pero no
pasaba nada.
Si se tiraba arriba de la pelota y se hacía el muerto,
tampoco pasaba nada.
Si aparecía de la nada un defensor, tampoco pasaba nada.
Si el delantero se lo erraba, no pasaba nada.
Había por lo menos veinte universos posibles en los que esa
jugada no terminaba en gol. Parecía el Dr. Strange analizando distintos
universos posibles.
Pero nosotros vivíamos justo en el universo donde el hijo de
puta le había errado a la pelota.
—¿Otra vez estás pensando?
—Sí.
—¿En qué?
—En el arquero.
Ya desconfiaba.
—Dale.
—¿Qué?
—No estás pensando en el arquero.
—Sí.
—Hace media hora que estás callado.
—Porque estoy pensando en la jugada.
—¿Media hora?
—Sí. La estoy analizando.
Se incorporó en la cama.
Ahí entendí que la situación había cambiado. Hasta ese
momento yo era un tipo acostado pensando en fútbol. Ahora era un sospechoso
sometido a un interrogatorio. Un inocente condenado sin juicio previo.
—¿Qué estás analizando?
—El error.
—¿Qué error?
No podía creer que tuviera que explicarlo otra vez.
—El del arquero de Banfield.
—¿Y por qué pensás tanto en eso?
La pregunta me descolocó.
Porque no sabía. Esa es una de las grandes cosas que las
mujeres no entienden de los hombres. Nosotros tampoco sabemos por qué pensamos
algunas cosas. Simplemente aparecen. “Hola, vengo a romper las bolas un rato”,
así viene y se mete el pensamiento. No pide permiso el muy hijo de puta. A
veces ni saluda. Viene, te usurpa las neuronas y a otra cosa. Lo peor es que el
cerebro le abre los brazos, lo invita a cenar y despliega un mapa como de
guerra en la mesa imaginaria y dice: bueno, esta noche vamos a trabajar con
esto.
Podría haber pensado en mi futuro.
En mis problemas.
En mis proyectos.
En el sentido de la vida.
En la muerte.
En la inmensidad del universo.
Pero no.
Mi cerebro había decidido dedicar todos sus recursos
disponibles a determinar por qué un arquero profesional de fútbol había pifiado
una pelota que venía a cuatro kilómetros por hora.
—No sé —le dije.
—¿Cómo que no sabés?
—No sé.
Silencio.
Volví a mirar el techo.
Pase atrás.
Le erra.
Gol.
—¿Quién es?
Giré la cabeza.
—¿Quién es quién?
—La mina.
—¿Qué mina?
—En la que estás pensando.
Me reí.
Error.
Nunca hay que reírse durante un interrogatorio.
—¿Te causa gracia?
—No hay ninguna mina.
—Entonces, ¿por qué estás así?
—¡Por el arquero!
—¡Nadie piensa cuarenta minutos en un arquero!
Eso me ofendió.
No por mí.
Por el fútbol.
Claro que un hombre puede pensar cuarenta minutos en un
arquero. Puede pensar dos horas en un penal de hace quince años. Puede
despertarse un martes recordando una patada que pegó un defensor en 1998. Puede
estar esperando el colectivo y preguntarse qué hubiese pasado si aquella pelota
entraba.
No tenemos ningún control sobre eso.
—Te juro que estoy pensando en el arquero.
—Bueno.
Ese “bueno” no era nada bueno.
Se dio vuelta.
Yo también.
Cinco minutos de silencio.
O veinte.
No sé.
El tiempo había vuelto a deformarse.
Pase atrás.
Le erra.
Gol.
Entonces escuché desde el otro lado:
—¿Seguís pensando en él?
Ya no era “el arquero”.
Era “él”.
Habíamos avanzado muchísimo.
El arquero de Banfield había pasado de ser un deportista
profesional que se había mandado una cagada a convertirse en una presencia
misteriosa dentro de nuestra relación.
—Sí.
—Sos un pelotudo.
—La verdad que sí, pero…
—Dormite.
Cerré los ojos.
Intenté pensar en otra cosa.
Una playa.
El mar.
Un bosque.
Una montaña.
Pero en todas aparecía el arquero.
En la playa le erraba a una pelota.
En el bosque le erraba a una pelota.
En la montaña le erraba a una pelota.
No había escapatoria.
En algún momento me debo haber quedado dormido porque me
despertó un codazo.
—¡Dejá de moverte!
—Perdón.
—Andate.
—¿A dónde?
—No sé. Al sillón. Con el perro. Con el arquero. Donde
quieras.
Agarré la almohada y me levanté. El perro estaba durmiendo
en el living. Me miró acercarme con esa expresión que tienen los perros cuando
uno invade su territorio a las tres de la mañana.
Me acosté al lado.
Él suspiró.
Yo también.
Durante unos segundos hubo paz.
Hasta que mi cerebro volvió a arrancar.
Pase atrás.
Le erra.
Delantero de Sarmiento.
Gol.
Terminé durmiendo con el perro.
Sí.
Pensando en la macana que se había mandado el arquerito.
Pero el perro no me juzgó ni me preguntó nada. Por eso es el mejor amigo del
hombre.

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