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Seguramente sos el mejor. Seguramente rendiste parciales o exámenes de diez. Y seguramente también desaprobaste más de uno. Estudiaste como un animal, dormiste cuatro horas por noche, te sabías cada tema de memoria, pero las preguntas eran capciosas o el profesor estaba especialmente exigente. Hiciste todo para aprobar y, sin embargo, no llegaste ni al cuatro.

Estoy seguro de que en tu trabajo sos un fenómeno. Llegás temprano, te rompés el alma, hacés horas extras sin que nadie te las reconozca. Preparaste informes que le hicieron ahorrar millones a la empresa. Pero tampoco te olvides de aquella vez en la que te equivocaste en un cálculo, omitiste una variable importante o mandaste un archivo equivocado. O ese día en que el subte no pasó, llegaste tarde y no pudiste presentar una declaración jurada. Siempre hiciste todo para que saliera bien... pero hay veces que no alcanza.

Y vos, que sos el mejor médico de este país. Jefe de servicio, profesor universitario, una eminencia. Salvaste miles de vidas. Miles. Pero también te acordás de aquella vez en la que una medicación no dio resultado. O cuando un paciente se fue porque la enfermedad fue más fuerte que todo tu conocimiento. Nunca dejaste de ser un gran médico por ese dolor. Porque entendiste que incluso los mejores pueden equivocarse.

Todos ustedes, que triunfaron en lo suyo, alguna vez sintieron que el mundo se les venía abajo por un error. Y pudieron levantarse porque tuvieron una familia, un compañero, un amigo o alguien que les dijo: "No te define un mal día".

Ahora dejame contarte cómo se vive del otro lado:

Yo soy futbolista. Y sí... me equivoqué. Muchas veces. Erré un pase cuando todo el estadio esperaba que la pusiera al pie o en la cabeza del nueve. Pateé un penal afuera. Perdí una marca en un córner que terminó en gol rival. Regalé una pelota en la salida que terminó de la misma manera. Hasta hice un gol en contra. Me expulsaron por llegar tarde a una pelota y revolear al rival. Así, puedo estar contándote todas las malas que hice. Porque también tuve partidos donde directamente no me salió absolutamente nada.

¿Sabés cuál es la diferencia? Que vos te equivocaste delante de un jefe, de un profesor, de tus compañeros o de lo que fuese. Yo me equivoqué delante de cuarenta mil personas. Y de millones más mirando por televisión. Mientras vos cerrabas la puerta de la oficina para masticar la bronca, yo tenía veinte cámaras enfocándome la cara. Mientras vos llegabas a tu casa y tratabas de olvidarte del mal día, yo abría el teléfono y encontraba miles de personas diciéndome que era un muerto, un pecho frío, un ladrón, que tenía que dejar de robar como futbolista.

Nadie se acuerda de los cien pases bien dados. Se acuerdan del único que di mal. Nadie recuerda las cuarenta veces que relevé a un compañero. Solo recuerdan esa única vez en la que llegué un segundo tarde. Metí goles importantes. Di asistencias. Corrí hasta que me ardían las piernas. Jugué lesionado. Me infiltré para no dejar solos a mis compañeros. Entrené con fiebre. Me perdí cumpleaños, Navidades, nacimientos y velorios porque el calendario futbolero no espera a nadie. Ni hablar de cuando iba a entrenar de pibe. Dos colectivos y un tren. Seguramente vos, lo mismo para ir a trabajar o a estudiar a la facu. Y, sin embargo, muchas veces todo eso desapareció por un error en los noventa minutos. Y no hay redención hasta que hagas algo épico. En el fútbol, cuarenta aciertos duran un partido; un error dura años, o incluso te persigue toda la carrera. El lunes sos un fenómeno. El domingo siguiente sos un desastre.

Nos dicen que cobramos fortunas. Es cierto. Y sería hipócrita negarlo. El fútbol nos dio una vida con la que muchos sueñan. Pero por cada uno de nosotros que llegó a Primera, te puedo contar cientos de pibes que se quedaron en el camino y hoy están del otro lado. Ellos también entienden de qué hablo. Hay algo que la plata nunca pudo comprar para un futbolista: la tranquilidad. No compra volver a caminar por la calle sin que te señalen por el penal errado. No compra dormir después de haber perdido una final o no clasificar a una copa o, para peor, irte al descenso. No compra el abrazo de un hijo que llega llorando porque en el colegio le dijeron que el padre "es un burro". No compra borrar de la cabeza esa jugada que repetís mil veces antes de dormir preguntándote qué habría pasado si dabas un paso más, si rematabas un segundo antes, si elegías el otro palo.

¿Sabés cuántas veces reviví una jugada? Miles. Porque el primero que se insulta soy yo. El primero que sabe que falló soy yo. El primero que daría cualquier cosa por volver cinco segundos atrás soy yo. Ningún futbolista entra a una cancha queriendo errar. Y a vos te pasa lo mismo, seguro. En el trabajo, en el estudio... hasta en el amor.

No te pido que no critiques. El fútbol vive de la pasión y la pasión es sacar todo lo que uno lleva adentro. Es gritar en la cancha lo que no le podés gritar al hijo de puta de tu jefe o al forro de tu profesor. Puteá. Criticá. Discutí. Enojate.

Pero antes de convertir un error en una sentencia definitiva, acordate de todas las veces que vos también necesitaste que alguien entendiera que un mal momento no definía quién eras. Porque, al final del día, antes que futbolistas, médicos, contadores, albañiles, docentes o ingenieros... somos personas. Y las personas se equivocan. Antes de putearme por un error... pensalo. Vos también te equivocás. Así que la próxima vez que me veas pateando un penal dos metros por arriba del travesaño y dejando al equipo afuera de la Libertadores en primera ronda, pensá bien antes de putearme.

Toni Schweinheim
Obra Publicada, expediente Nº 510614. Dirección Nacional del Derecho de Autor.




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