ALCIDES BERNASCONI ES EL PROTAGONISTA DE la gambeta más larga del mundo. La realizó en febrero de 1975, en un encuentro entre El Porvenir y el Ajax de Holanda, en Gerli. Alcides tomó posesión del balón a los 40 segundos del primer tiempo. Empezó a gambetear rivales arrastrando cuatro jugadores contra el córner adversario, para luego ir llevándolos por la banda lateral hasta el córner de su propio arco. Dada la lejanía que tenía de la valla contraria, los seis jugadores de campo del Ajax que restaban también fueron a marcarlo. Alcides, endiablado, la hacía girar entre sus piernas sin que nadie acertara a quitársela.
A los 6 minutos, los holandeses se organizaron y decidieron
que cinco se encargarían de sacarle el balón, mientras que los otros cinco
tratarían de partirle la rodilla. Pero Alcides no solo hacia malabares
imposibles con el esférico, sino que, con un loco, grácil y deleita-ble
bailoteo, esquivaba los guadañazos. Tampoco servían los pechazos y empujones
que, lejos de hacerle perder el equilibrio, parecían hacerlo mantenerse en el
aire.
Un jugador holandés (de apellido Pérez, hijo de algún inmigrante)
optó por lanzarle un cross a la mandíbula que Alcides también esquivó; luego
aprovechó para empezar un veloz pique hacia el círculo central. A esta altura,
los propios compañeros de equipo empezaron a correrlo para quitarle la pelota.
Alcides gambeteaba a veinte jugadores mientras se daba
tremendos autopases y hasta tiraba pelotazos al área que, con increíble
velocidad, iba a buscar él mismo, parándola de pecho, enfriando el partido,
para luego seguir dando rienda suelta a su inusitada habilidad, mientras los
jugadores se comían amagues, chocaban entre sí y caían uno arriba del otro
formando pequeños montoncitos.
En el minuto 30, cuando parte del público empezaba a
abandonar el estadio (“el egoísmo y la falta de sentido de equipo no le hacen
bien al fútbol”, fueron las declaraciones del Gordo Satanás, destacado hincha
de El Porvenir, conocido por haber hecho volcar un colectivo de la Línea 51 de
un cabezazo), el árbitro (Juan Carlos Baglietto, homónimo del artista rosarino)
cobró algo poco claro (algún resquicio del reglamento acerca de la retención
del balón) y expulsó a Alcides, quien lejos de hacerle caso siguió gambeteando
a los jugadores, al árbitro, a los líneas, a los suplentes, al personal
policial que empezó a correrlo con sus perros y a parte de la platea baja.
Todos corrían por la cancha tras Alcides, quien llevaba dibujada una extraña
sonrisa.
De repente, la Guardia de Infantería empezó a lanzarle
gases. Parte de los que lo marcaban se apartaron dándole un claro por el que
Alcides picó y encaró hacia el túnel. El árbitro vio que la pelota salía y
marcó lateral, pero ya a nadie le importaba el partido. Marcado por 1.457
hombres, Alcides se metió en el túnel, pasó por los vestuarios, salió del club
y se mandó para la avenida Pavón. Allí, se sacó de encima 548 hombres con un
amague (“Me voy a Temperley”, gritó, y encaró para la Capital) y siguió
avanzando entre autos y colectivos.
A la altura del puente Pueyrredón, unas 40 mil personas lo
corrían (la mitad lo marcaba, la otra lo alentaba) y cruzando el Riachuelo se
encontró con tropas del Quinto Blindado de Magdalena, que abrió fuego. Pero
Alcides se dio el lujo de esquivar las cargas de los tanques y los obuses, mientras
por Montes de Oca ya era seguido por móviles de la televisión que transmitían
en vivo la extraña hazaña de este volante que dividía a todo un país: a esta altura
se discutía si eso no era la esencia del fútbol, acaso en estado puro, sin
resultadismo, con poesía y habilidad para el disfrute de la gente.
Desde un helicóptero, Osvaldo Zubeldía (convocado de
urgencia) fue dando indicaciones al personal policial y del ejército de cómo ir
marcándolo y desde qué sectores hacer fuego para ir corriéndolo a Alcides hacia
la Costanera. Lo lograron. De pronto Alcides se vio de espaldas al río,
enfrentándose a 70 mil personas, 140 patrulleros, 23 carros de asalto, 7
tanques y un avión Hércules C-130. Hubo un silencio. Alcides paró la pelota y
dejó que todas las miradas llegaran a sus ojos. Un teniente fue el primero que
dio un paso al frente. Entonces Alcides giró, hizo pasar la pelota sobre su
cabeza y saltó la baranda. Y todos vieron cómo se fue picando sobre las aguas
del Río de la Plata. Nadie lo siguió. A los 300 metros, lo vieron darse vuelta.
Los miró y luego tiró un pelotazo hacia Montevideo y se fue corriendo, siempre
sobre el agua.
“Estas cosas pueden ser de Dios o del Diablo. Que a veces se
parecen…”, dijo un sacerdote asignado al caso por la Curia Metropolitana. Lo
cierto es que nadie en-tendió bien qué era lo que había pasado ese día.
Llegó dos semanas después a Bélgica. “Creo que tengo un
tirón”, dijo al pisar tierra firme. Jugó un par de años en el Galoise de
Bruselas, un equipo de la B. Luego se retiró y puso una concesionaria de
usados. Le sigue yendo bien.

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