A Walter Sanabria todavía hoy le dicen "ídolo" los tipos que lo cruzan en la calle. Algunos ya peinan canas. Otros eran chicos cuando él jugaba y apenas lo recuerdan por algún video borroso en YouTube. Da igual. Para esa clase de gente, un ídolo nunca deja de tener veinte años. Nunca deja de gambetear, de meter goles. Aunque también hoy alguno lo putean, lo miran con recelo, porque si hay que ensucian a uno son los malos políticos, los garcas que nunca faltan para lavar su imagen a costa de la suya.
Walter siempre sonrió cuando lo saludaban. Aunque estuviera
apurado. Aunque viniera de hacer una changa de albañil, con las manos todas
callosas, cuarteadas. Siempre daba la mano, por más que el otro le gritara
desde la otra cuadra. El tipo iba, se acercaba y le estrechaba la mano. Porque sabía lo que significaba ser ídolo,
sabía lo que significaba el club. Su club. El club de todos.
No había nacido para jugar en Europa ni para salir en la
tapa de las revistas. Era una especie de Garrafa Sánchez o el Máquina
Giampietri. El potrero en las venas y en las acciones cotidianas. Había nacido
para jugar en un club del ascenso, de esos donde tanto los jugadores como el
utilero se toman tres colectivos para llegar temprano, o al menos, a horario
cuando es día de semana.
Ahí debutó. Ahí
aprendió que, en el hambre de gloria, primero siempre está presente el hambre,
la gloria es posterior, si es que viene, porque siempre es esquiva. Pero lo que
hay que conseguir primero, es tapar el hambre.
Durante años fue el mejor jugador del equipo. El diez, el
capitán, el que se bancaba las patadas y seguía pidiendo la pelota. El que
tiraba un caño, un lujo por más que el equipo estuviese perdiendo. Los domingos
la gente iba a verlo a él. Era un lindo personaje, en los tiros de esquina, se
ponía a hablar con algún hincha de la popular y siempre le preguntaba como
quería que tirara el córner. Después de los partidos, se quedaba como una hora
firmando camisetas, charlando con algunos viejos que demoraban la llegada a
casa para caer justo a la hora de la cena. Era un hermoso personaje.
Hasta que llegó el llamado de San Lorenzo. La gente pensaba
que no se iba a ir, pero todos decían que era hora que jugara en primera, a
pesar de que ya rozaba los treinta años. También que iba a hacer una pequeña
diferencia económica. En eso no se equivocaron: le ofrecieron apenas un
contrato bastante mejor que el que tenía y la posibilidad de dejar de contar
monedas para llegar a fin de mes.
En Boedo jugó bien. No fue figura del campeonato ni fue
llamado de la selección. Cumplió. Puso lo que había que poner. No descolló,
pero tuvo actuaciones memorables de cuando en cuando. Y en lo económico, le fue
bastante mejor: compró una casa para la vieja, cambió el auto por uno que
arrancaba todos los días y logró ahorrar un poco. Nada extraordinario. Lo
suficiente para pensar que el día de mañana no iba a pasar necesidades. Aunque
en este país eso nunca se sabe.
Cuando empezaron a ponerlo en el banco, sintió que le estaba
robando al club, y que el club le estaba robando a él. Siempre quería jugar, no
importaba ni cómo ni dónde. Él quería jugar. Entonces apareció un interés de
Atlético Tucumán, pero no quería estar lejos de casa, tampoco. Colón le ofreció
algo similar, pero tampoco agarró viaje. Ya sobre el final del mercado de pases
apareció Banfield y se lo llevó. Jugó dos temporadas, bastante correctas, donde
se ganó a la gente, tal como lo había hecho en sus dos clubes anteriores.
Finalmente, la dirigencia no quiso renovarle y se quedó con el pase en su
poder. Apareció un ofrecimiento de Danubio de Uruguay, pero no quiso saber
nada. Era más plata que la que ganaba en Banfield, pero a él le tiraba el
barrio, su viejo club. Y ya con treinta y cinco años, en lugar de asegurarse la
jubilación de privilegió, prefirió irse a su viejo y amado club del ascenso.
Todos le dijeron que estaba loco. Que hubiese agarrado lo de Danubio. Pero la
guita no le interesaba. Habló con un par de dirigentes y volvió al club del
ascenso. A su Club.
El día de la presentación fueron más de cuatro mil personas.
Parecía una final. Algunos lloraban.
Otros llevaban camisetas viejas con el número diez. Walter habló cinco minutos. Dijo lo que diría
alguien como él. Que estaba en su casa, que no venía retirado sino a retirarse
y a demostrar que estaba entero.
Jugó dos temporadas más. La primera, casi rozan el descenso.
El equipo estaba destruido y nadie lo ayudaba a crear. Las únicas alegrías que
tenía la gente era cuando él la tocaba. Fantasía pura. Ya no corría igual, pero
seguía viendo pases que nadie veía para metérselos al nueve que nunca llegaba.
En el segundo año las cosas cambiaron, trajeron un rejunte
de jugadores como de costumbre, con la particularidad que esta vez algunos sí
funcionaron. Pasa todo el tiempo en los equipos de ascenso: llega un
contingente de jugadores nuevos, más de la mitad no funcionan, otros más o
menos y alguno sí, para luego rajarse. El torneo empezó parejo, hasta que el
equipo se afianzó. Todos jugaban para Walter. Era como jugar con un profesor o
un director de orquesta. Podríamos enumerar la cantidad de partidazos que jugó
el ídolo, de como le ganaron a Talleres de Escalada o a Brown de Adrogué,
incluso la remotada épica que hicieron contra Italiano, pero estaríamos un rato
bastante largo, la conclusión usted ya la sabe: ascenso del equipo por primera
vez en la historia al viejo Nacional B.
Cuando terminó el último partido, ya el ascenso se había
consumado dos fechas antes, Walter dio una vuelta olímpica con el hijo en
brazos. No necesitaba más. Se retiró esa misma noche, a pesar de que todos lo
quisieron convencer para que siga, ahora en el Nacional ¿Cómo no iba a ser
parte de eso? Pero dijo que no.
La cena de los campeones en diciembre fue emocionante.
Placas. Banderas. Lágrimas. Promesas de que siempre iba a tener las puertas
abiertas del club.
“Las puertas abiertas”, una bonita frase, pero casi nunca
incluye un sueldo, o una jubilación, en lo que respecta al futbol y mucho menos en el ascenso, casi, casi que es más que una condena al ostracismo.
Luego de un par de años, donde Walter se dedicó en cierta
forma a compensar a su familia con viajes y tiempo, se abrió un kiosco. Porque
la jubilación de los jugadores es temprana y sin jubilación, son solo una baja.
Los privilegiados son solo algunos, los de primera, uno o dos de cien que
llegan. Para los del ascenso, es un purgatorio eterno. Las cuentas empezaron a
acumularse. Si bien era el “kiosco de Walter Sanabria, el ídolo”, la gente no
tenía plata para comprar. Solamente se vendían puchos, y alguna que otra cosa.
La malaria se hizo insostenible. Primero dejó de reponer algunas golosinas.
Después las bebidas. Después cerró los domingos porque no caía ni el loro. Hasta
que un día bajó la persiana. Había que parar la olla y empezó a hacer changas:
pintar casas, cortar pasto… lo que saliera. El auto fue lo primero en venderse
ante la crisis. Lo sostuvo un par de meses, hasta que las changas también
comenzaron a escasear y había que buscar laburo.
Una mañana estaba esperando el colectivo para ir al centro
porque le habían dicho que buscaban personal en un depósito. Mientras miraba
venir el 60, un auto alemán negro frenó al lado. Walter pensó que lo iban a
secuestrar, pero como el cerebro a veces es tan irónico con uno mismo, pensó
inmediatamente quien iba a secuestrar a un pobre. El coche seguía parado ahí,
hasta que uno de los vidrios bajó con una suavidad digna de una seda.
—Walter... —era Rubén Irraola. Había sido dirigente del club
muchos años atrás. Traje impecable.
Perfume caro. Reloj de marca brillante de esos que se ven en los
programas de trasnoche de las joyerías. —¿Qué hacés esperando el bondi?
—Y... esperando el bondi, voy a buscar laburo.
Hablaron un rato. Irraola le contó que iba a presentarse en
las próximas elecciones del club. Que necesitaba una cara honesta. Que nadie representaba mejor al club que
Walter. Qué el club le debía mucho a él, y que de esta forma iban a crecer, si
como jugador era un as, como dirigente lo iba a ser mucho más. Walter respondió
que él de política no entendía nada. Pero Irraola, le dijo que no se
preocupara, que para eso estaba él. Walter terminó aceptando.
No hace falta ni mencionar lo sucedido: ganaron las
elecciones caminando. ¿Cómo no iban a ganar? La boleta tenía la cara del
ídolo. Walter quedó como vicepresidente.
El único tipo en la historia que los hizo ascender al Nacional B y que luego de
su retiro nuevamente iba a caer a los tumbos por las distintas categorías del ascenso.
Al principio todo parecía funcionar. Si parecía, porque
todas eran promesas los primeros días de gestión: obras, equipo competitivo,
iniciar un proyecto de inferiores, traer sponsors…
La luna de miel duró poco más de un año. Porque empezó un
desfalco terrible y a la cara de todos y curiosamente, la cara de esta gestión
era Walter, que ni siquiera estaba cobrando, que laburaba como sereno en un
depósito. Arrancó la era de los cheques voladores, la runfla con representantes
de poca monta, el negocio turbio de entregar en concesión parte del predio a un
gimnasio sin ver un peso. Empezaron los rumores que atrás de todo eso estaba
Walter, pobre Walter, que casi ni dormía, encima soportar eso. Las deudas
explotaron. El plantel dejó de cobrar, y ahí explotó Walter. Renunció y se fue
puteado por todos. Le dijeron traidor. Ladrón.
Vendido. Le tiraron monedas. Uno
prendió fuego una camiseta con el número que usaba. Cabe destacar que Irraola
nunca renunció. Siguió como si nada ya afanando todo. Pero con la salida de
Walter, la cosa se descomprimió. En el club nada mejoró, todo lo contrario:
empeoró, pero como ya se habían sacado la bronca con Walter, la cosa siguió en
su normal anormalidad.
Los años pasaron. Walter sobrevivió como pudo. Hoy una
changa. Mañana otra. Después apareció una aplicación de reparto. Compró una
mochila y arrancó con la motito que el hijo le había sacado a crédito. No era
el trabajo de sus sueños, pero era laburo. Peor era robar como el hijo de puta
de Irraola. Laburaba doce horas. Con lluvia. Frio. Calor. Si en Buenos Aires
cayese lava, también hubiese trabajado bajo lava.
A veces alguien lo reconocía para bien.
—¿Vos sos Walter Sanabria?
Él asentía. Le pedían una foto. Después seguía viaje.
A veces alguien lo reconocía para mal.
—Sanabria hijo de puta, chorro, así terminan todos los
chorros como vos.
Él bajaba la cabeza y se comía la bronca.
Una noche aceptó un pedido bastante grande. Dos pizzas.
Empanadas. Gaseosas. Vino del caro. La dirección era en Puerto Madero. Le
parecía familiar esa dirección. Aceptó la solicitud y enfiló nomas para la
Rotisería.
Cuando llegó levantó la vista. Una torre enorme. Portero. Mármol. Una puerta
de vidrio inmensa que daban paso a ascensores como cámaras frigoríficas de lo
grandes que eran. Apretó el 214. A los
pocos minutos bajó un hombre. Walter tardó apenas un segundo en reconocerlo:
Rubén Irraola.
El traje seguía impecable. El perfume también. Con ese reloj
de mierda que parecía de oro sacado de una tumba de Tutankamon. A pesar de
estar de entre casa y a punto de cenar, el hijo de puta se seguía vistiendo
como si estuviese vendiendo autos de lujo.
—¡Walter!
Abrió los brazos como si fueran amigos de toda la vida.
—¿Cómo estás?
—Bien...
—No, querido... así no podés estar. Un ídolo del club no
puede andar repartiendo pizzas.
Walter sonrió. No dijo nada.
Irraola siguió hablando. Ya Walter solo escuchaba una bola
de palabras sin sentido, quería irse, hacia frío y la noche recién comenzaba.
Empezó a asentir con la cabeza y escuchaba cada tanto frases sueltas:
Que había que hacer un homenaje.
Que había que conseguirle un puesto.
Que él conocía gente.
Que iban a hablar.
Que no se preocupara.
Que está era otra Comisión.
Que no se rinda.
—Vos déjalo en mis manos —dijo mientras le apoyaba la mano
en el hombro.
Walter le entregó el pedido. Se dieron la mano.
—La propina te la dejo por la App —tiró Irraola mientras
cerraba la enorme puerta. Tomó el ascensor cargado con el pedido y pensó: “Mira
si a este pelotudo, le voy dar propina, pobre infeliz, muerto de hambre, le voy
a poner una estrella y que llegó todo frío, que se siga cagando de frío”.
Walter se quedó enfrente mirando la fastuosa puerta del
edificio. Tenía una sonrisa. Ya no lo apremiaba tanto el tiempo. Pensó en lo
que había hecho después de recibir el pedido: escupirle las dos pizzas, le
metió unos buenos garzos, medio amarillos por la tos que traía que se
entremezclaban y pasaban desapercibidos con el queso.
Siguió sonriendo. Lo que hizo no fue por los empleados que
perdieron el trabajo, por los pibes que se quedaron sin inferiores, por los
insultos que se comió él, por las promesas incumplidas, por las mentiras, por
usarlo. No señor, fue por todo eso y más: por el club.

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