—Hola, Jorge Luis. ¿Cómo estás?
Sé que hoy tenemos sesión. Lo que te voy a decir no tiene lógica ni razón. Es
más propio de un loco, de un demente. Pero fue el 12 de junio —aún te la debo—,
fue el mismo día que arrancó el Mundial. Sé que va a sonar loco, pero...
¿podríamos pasarla para el próximo viernes? Por una cuestión de cábala, ya sé.
Sé que psicológicamente no tiene ningún tipo de fundamentación. Tampoco lo tomo
como mufa, sino como cábala. El fútbol no sabe de psicología, de razones ni de
nada comprobado científicamente. Bah... mejor dicho, el hincha no sabe de eso.
Y yo soy hincha. ¿Podemos dejarla para el otro viernes?
Porque, mirá, yo sé exactamente
lo que me vas a contestar. Que estoy estableciendo una relación entre dos cosas
que no tienen nada que ver. Que si Argentina le gana a España el domingo no va
a ser porque yo falté a terapia. Y que, si pierde, tampoco va a ser porque
vine. Lo sé. Lo entiendo. Hasta podría explicarlo yo si me preguntás.
El problema es que una cosa es
entenderlo... y otra muy distinta es jugarse a comprobarlo.
Imaginate que vengo. Entramos, me
siento en el sillón, hablamos una hora. Salgo pensando: "Qué boludez, al
final vine". Y el domingo perdemos. ¿Vos entendés con qué cara vuelvo el
viernes siguiente? No podría mirarte. Pasaría toda la sesión pensando que
tendría que haberme quedado en casa. O peor, que piense que sos mufa. O peor
aún, que crea que la terapia es piedra.
Ya sé, ya sé... vos me vas a
decir que eso se llama pensamiento mágico. Pero dejame defenderme un poco. No
es que crea que Scaloni está esperando que yo confirme el turno para armar el
equipo. No pienso que Julián Álvarez vaya a errar un gol porque yo crucé mal
una esquina. No soy tan delirante.
Bueno... creo.
Lo que pasa es que el Mundial nos
convierte en otra persona. Sí, medio boludos y supersticiosos. Una versión
nuestra bastante más idiota, si querés. De golpe no cambiás de camiseta porque
ganó. No te sentás en otro lugar. Capaz que estás sin bañarte una semana. O con
la misma camiseta transpirada, ya con olor a chivo. Y lo peor es que todos
sabemos que no sirve. Pero tampoco sabemos que no sirve. Es un gris. Como toda
ciencia que tiene sus grises. Nada es exacto.
Es una especie de limbo mental
donde la lógica queda suspendida durante noventa minutos. Después vuelve. El
lunes uno puede discutir de probabilidades, estadísticas, rendimiento físico,
sistemas tácticos. Los cambios. El número de los cambios o el show de medio
tiempo que meten los yanquis. Pero el domingo, mientras rueda la pelota, uno
está convencido de que el destino depende de no tocar absolutamente nada.
No para que gane Argentina.
Funciona para tranquilizarte a vos. Para sentir que hiciste todo lo que estaba
a tu alcance. Aunque lo único que estuviera a tu alcance fuera no escuchar nada
de Iron Maiden durante más de un mes, porque hiciste esa promesa si le ganabas
a Inglaterra.
Así que no te estoy pidiendo que
valides una superstición. Te estoy pidiendo que entiendas a un hincha.
—¿Ah, me entendés? ¿Qué me ibas a
pedir lo mismo? ¡Buenísimo, es genial! Pensamos igual. Necesitamos más
psicólogos como vos, que nos entiendan. Ahora te pregunto una cosita nada más:
¿me estás cancelando por cábala o porque pensás que soy mufa?

No hay comentarios.: