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En esta misma ciudad, el abuelo de Michiko Takayama vio un día cómo ardían las verduras que recién había comprado, y cómo el cielo ya no era más el cielo, y cómo el mundo se desaparecía en un hervor, y cómo el mismo se quedaba en un segundo sin el aire, sin la luz y sin la piel. Michiko cuenta que su abuelo, definitivamente enfermo, murió un poco después de ese día, un poco después del 6 de agosto de 1945, un poco después de la bomba atómica, un poco después de que Hiroshima se transformara en polvo. Su abuelo murió un poco después de que la condición humana se convirtiera, una vez más, en una vergüenza.

Una camiseta de Brasil y una camiseta de Inglaterra desfilan a la espalda de Michiko, que es una mujer de 29 años, mientras ella habla en la entrada del Museo Conmemorativo de la Paz, su lugar de trabajo y también su espacio para ayudar a que el olvido no sume victorias. Michiko ve pasar los turistas y dice: "Me hubiera gustado que Hiroshima fuera sede del Mundial, pero no teníamos un estadio suficientemente grande y la principal inversión de esta época es construir un museo nuevo. Igual, cuando puedo veo los partidos por tevé". El fútbol e Hiroshima se entrecruzan justo en ese momento cuando una familia de hinchas brasileños posterga las emociones de la pelota y palpita otras emociones, distintas y dolorosas, en la puerta de entrada del museo.

Hiroshima queda en el sureste de Japón y en el centro de la memoria humana. Entre setenta y cien extranjeros de los que llegaron a este país para el Mundial van cada día a ver ruinas y homenajes y se petrifican de cara a los restos de lo que hasta 1945 era la Galería de

Promoción Industrial de la ciudad y desde entonces es el esqueleto de un edificio que resistió parcialmente el efecto demoledor de la bomba. Enfundado en la camiseta de la Roma que usa el jugador japonés Hidetoshi Nakata, un hincha inglés llamado Matt siente lo que miles y miles que pasaron por ese sitio en las últimas décadas debieron sentir. Y pregunta una pregunta hecha con poco y capaz de decir todo: ¿cómo pudo ser? Taka, un japonesito de 14 años, camisa blanca, pantalón azul, ojos dulces, lo observa como intuyendo lo que a Matt le pasa. Taka sólo intuye. Nadie puede responder.

Es un martes húmedo y dos clases de visitantes se mezclan entre las conmociones que provoca la más histórica de las zonas de Hiroshima. Hay alumnos que vienen de muchas partes de Japón y hay hinchas de fútbol que llegan desde varias partes del mundo. "Sabemos que esto sigue siendo muy importante", señala Hiroshi, que habla desde casi adentro de su ropa blanca. "Amo al fútbol, pero no podía dejar de venir a Hiroshima", sentencia Paul, un futbolero francés. Entre uno y otro pasan en bicicletas, con celulares en la mano, trajeados, o como sean, los habitantes cotidianos de Hiroshima. Más de uno mira a Paul y vuelca un comentario breve sobre el Mundial. Más de uno, piensa Paul, habrá perdido a alguien aquella vez, en aquel horror.

Muy cerca de esa Hiroshima que es símbolo histórico, hay bares y negocios que permiten la expansión de otro símbolo que no brota de la historia sino que constituye el Japón de estos días. Es el fútbol. En la Hiroshima de la reconstrucción y de la modernidad, hay decenas de jóvenes que se aprietan mirando cómo los futbolistas de su selección repiten y repiten caminos frustrantes contra Turquía hasta quedar eliminados del Mundial.

Frente a un negocio de juegos electrónicos, con una tevé encendida, hay cantos, y hay sufrimientos y hay malasangres fugaces, y, al final, hasta hay aplausos. Todo —el entusiasmo, las miradas, la reunión de gente que atiende un juego— sucede ahí, sobre la tierra que hace 20.771 días, según proclama un cartel electrónico, fue destino de la bomba. ¿Qué entusiasmos, qué miradas, qué reuniones habría en ese mismo lugar antes de que ese cartel y otros miedos empezaran a encenderse?

En un bar de la ciudad, late una mesa de fútbol. Son cuatro estudiantes. Ellas: Aiko, Haruka, Izumi y Yume. Una se viste de selección japonesa a pesar de la derrota, otra le pide fotos a cualquiera que no sea japonés, todas se ríen. Acaban de salir de una clase de inglés y muestran el tercer capítulo de un libro en el que se enseña la historia de Sadako Sasaki, una chiquita que sufrió los efectos del bombardeo cuando cumplió los dos años y murió a los doce, tras luchar y pedir paz durante su intensa vida entera. Las estudiantes cuentan primero sobre Nakata, y sobre otros jugadores, y hasta dicen que la Copa del Mundo es importante para que más gente venga a conocer Hiroshima. Después, una detalla que a su abuela la bomba le dejó herida la espalda para siempre, y otra afirma que su familia quedó intacta, y una más dice que ese día le mataron a su bisabuelo. Un adolescente, en la mesa más próxima, suelta dos frases sobre la eliminación de Argentina y asegura que le gusta el fútbol. Luego habla de agosto del ‘45, y admite que, aunque se lo relaten mil voces, a veces a él, que nació y crece en Hiroshima, le resulta increíble que eso haya sido real.

Cerca de esas murmuraciones, interviene Masako. Es empleada de una perfumería y no se guarda su impresión más fuerte de los días de Mundial en Hiroshima. Cuenta una historia mínima: una tarde de las últimas vio cómo un hincha extranjero lloraba en soledad. Dice que eso pasa y seguirá pasando porque Hiroshima siempre será un dolor, siempre será una advertencia y siempre será renacer. Cómo no llorar.

Ariel Scher
 Mundiales: cuentos de fútbol. Grupo Editorial Sur (GES) 2014




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“Mundial en Hiroshima (Una crónica en Hiroshima durante el Mundial 2002)”, de Ariel Scher

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