Nadie en la oficina sabía exactamente a qué hora se iba Ricardo. Bueno... todos lo sabían. Lo que nadie sabía era cómo hacía. A las tres y veinte seguía sentado frente a la computadora. A las tres y veinticinco aparecía con un café. A las tres y media discutía con Sistemas porque "la impresora otra vez no imprimía". A las tres y treinta y cinco desaparecía. Como si se evaporara. A veces se iba a las tres menos cuarto. Otros días a las cuatro. Pero siempre era el mismo modus operandi. Y cinco minutos después, después de su huida llegaba un mensaje al grupo:
—¿Alguien vio a Ricardo?
Y siempre aparecía alguno con la misma respuesta.
—Debe estar en el baño.
—Habrá bajado a fumar.
El baño de Ricardo debía quedar en otra provincia, porque no
volvía hasta el otro día. O se iba a fumar directamente a las plantaciones de
tabaco. Al rato del mensaje de algún compañero en el grupo, respondía con algún
misterio insoslayable de la vida cotidiana:
Que el dentista.
Que el nene tenía acto.
Que la suegra.
Que el registro.
Que le viene el plomero.
Que tenía que hacer un trámite impostergable a la DGI, AFIP,
ARCA, ANSES o la NASA.
El primer viernes llamó a Ricardo. El miércoles se había rajado
a las dos y media de la tarde.
—Sentate— dijo en tono imperativo. Ricardo se sentó.
—¿Usted consciente de que en los últimos ocho meses acumuló
treinta y nueve retiros anticipados?
Ricardo hizo una cuenta mental. Cuatro victorias, ocho
empates y tres derrotas.
—Puede ser... —atinó a susurrar Ricardo.
—No "puede ser". Es.
Hubo un silencio atroz.
—¿Tiene algún problema familiar? —volvió a la carga el
gerente.
—No. A veces mi suegra, pero…
—¿De salud? —lo cortó tajante el jefe.
—No.
—Entonces explíqueme.
Ricardo lo pensó. Podía mentir. Decirle los actos del nene, pero
iba en el turno mañana. Lo de la suegra ya no pasó el filtro. Algo psicológico,
pero no, después le hacían carpeta y cagaba. Pero estaba cansado y ya no quería
pensar más excusas:
—Me voy a la cancha. —dijo, por fin Ricardo. El gerente
levantó la vista y alzó los codos sobre el escritorio.
—¿Cómo?
—A la cancha.
—¿Así nomás me lo dice?
—Así nomás.
—¿¡Y le parece bien!? —explotó el gerente.
—No.
—¿Entonces?
—Pero tampoco me parece bien perderme un partido por rellenar
un Excel que puedo hacer mañana, si no se va a morir nadie.
El gerente respiró hondo, pero estaba rojo de furia ya. Abrió
un cajón. Sacó una carpeta y la apoyó sobre el escritorio.
—Recursos Humanos va a iniciar un proceso disciplinario.
—dijo gravemente—, Ricardo miró la carpeta como si fuera un certificado de
defunción.
—¿Tan grave es?
—No es por un día.
—Ya sé.
—Es por todos.
Ricardo asintió. Porque tenía razón. No era un error. Se había
zarpado. Pero no sintió culpa, había valido la pena. El club por sobre todas
las cosas. Igualmente se sentía algo pelotudo. Su estado de ánimo oscilaba
entre el heroísmo de haber ido siempre a la cancha y la estupidez de haber
hecho la pelotudez de descuidar el laburo en épocas de vacas flacas.
Los días transcurrieron mientras esperaba que lo llamaran de Recursos Humanos. Ricardo empezó a descubrir algo raro: cuando entraba los compañeros lo saludaban distinto, como si ya estuviera despedido. Uno le dijo: “Che... cualquier cosa avisá”. Otro le daba una palmada en la espalda cada vez que lo veía. Hasta el de Seguridad, que nunca levantaba la vista del celular, le deseaba suerte cada vez que lo cruzaba. Era increíble: llevaba doce años trabajando ahí y recién parecía caerles simpático cuando estaba por quedarse sin trabajo.
El llamado de Recursos Humanos llegó un jueves. Tres de la tarde. La misma hora en la que jugaba el equipo. Pensó que era una provocación. Que el gerente se lo había hecho a propósito. Subió al sexto piso. Sentía en la nariz un olor a hospital, capaz era la salita de primeros auxilios que estaba contigua a la oficina de Recursos Humanos. Pensó que en tantos años de laburo nunca conoció al gerente de RRHH. Le pareció loco. Porque cuando entró a laburar, eran tan pocos que el papeleo lo había hecho su antiguo jefe. El chirrido de la puerta lo sacó de sus pensamientos:
—Pase, lo está esperando. —dijo una mujer medio canosa,
haciendo un ademán con la mano.
Ricardo entró. El hombre levantó la cabeza. Lo miró apenas
un segundo. Y sonrió.
—No puede ser...
Ricardo frunció el ceño.
Sentía haber visto esa cara. Pero no sabía de dónde.
—¿Vos sos Ricardo Bogado, legajo 42.151?
—Sí.
—¿Va a la popular sur, de casualidad?
Ricardo tardó unos segundos, no esperaba una pregunta así en
su vida.
—... ¿Cómo?
—Popular sur. Siempre atrás del arco. —remató el gerente de
Recursos Humanos. Ahora sí. Lo reconoció.
El tipo de la campera azul gastada. El que discutía con todo el mundo. El
que cada tanto aparecía con una bolsa de maní o semillas de girasol. El que se
fumaba como 40 cigarrillos por tiempo.
Los dos se rieron. Como si se hubieran encontrado en un
asado. A Ricardo le volvió el alma al cuerpo, y el trabajo, que no es poco.
—Vos sos el de la bandera que dice "Aunque ganes o
pierdas"—preguntó Ricardo.
—La misma.
—¡Qué chico es el mundo!
—Más chico es nuestro clásico. Sentate, ahí pido un café.
Hablaron diez minutos.
De la formación. Del técnico. Del cinco que era un desastre. Del árbitro
del domingo. De la campaña malísima. De
la vieja. De los viajes. De aquella vez que casi se agarran con la
hinchada rival. De como siempre iban a la misma tribuna y nunca se hablaron. En
un momento Ricardo pensó: "Listo. No pasa nada. Zafaroli"
Cuando el café se terminó, la charla también, el gerente
cerró la carpeta. La sonrisa
desapareció.
—Bueno.
Ricardo sintió el cambio de clima. Como cuando el árbitro se
lleva el silbato a la boca para cobrar un penal en contra o rajar a un jugador.
—Ricardo...
—Sí.
—Ojalá esta reunión hubiera sido en otro lado y en otras
circunstancias.
—Pero...
—Tengo que desvincularte de la empresa.
El silencio se sintió fuerte, como cuando en el clásico te
lo empatan a último minuto, o incluso peor, cuando te lo ganan.
—¿Cómo? — atinó a decir Ricardo.
—La decisión ya está tomada.
—Pero recién...
—Sí.
—Pensé que...
—Yo también voy a la cancha.
—Entonces entendés.
—Justamente por eso. Hay que saber separar las cosas.
Ricardo no respondió.
—Si te salvo a vos porque compartimos una tribuna, mañana no
puedo mirar a nadie a la cara.
Le acercó el sobre con los papeles del despido.
—Créeme que preferiría estar hablando del partido que viene.
Ricardo tomó el sobre sin abrirlo. Se levantó. Cuando llegó a la puerta, el gerente habló
otra vez.
—Che.
Ricardo se dio vuelta.
—El próximo partido... ¿vas?
Ricardo levantó apenas el sobre.
—Ahora tengo tiempo de sobra —dijo irónicamente.
El otro hizo una sonrisa triste.
—Nos vemos en la popular.
La semana siguiente fue la primera en doce años en la que Ricardo
no puso el despertador. Se despertó igual a las siete. Por costumbre. Estuvo un rato mirando el
techo. No tenía que fichar. No tenía reuniones. No tenía planillas de Excel que
completar con comprobantes. No tenía un
sueldo. Pero el futbol seguía, no se detenía.
---
El miércoles por la tarde, porque la AFA pone partidos a
cualquier día y horario ya, llegó a la cancha más temprano que de costumbre. No porque hiciera falta. Porque no tenía otra
cosa que hacer. El ritual era el mismo
de siempre.
Mientras caminaba hacia la popular vio la bandera de
siempre: “Aunque ganes o pierdas”. Y debajo, acomodándola entre dos caños,
estaba él. El gerente. Vestido
exactamente igual que cualquier otro domingo. Los dos se miraron. Hubo un segundo incómodo. Después el gerente
levantó una mano.
—¿Qué hacés?
—Acá ando.
—¿Todo bien?
Ricardo hizo esa mueca que significa cualquier cosa menos
"todo bien".
—Y... buscando laburo.
El otro bajó la mirada.
—Perdóname…
—Ya está, el moco me lo mandé yo.
—No.
—Sí.
—No sabés lo mal que la pasé.
Ricardo sonrió.
—¿Sabés cuándo la pasé mal yo?
—¿Cuándo?
—Cuando vi la liquidación de mierda que me hicieron.
Los dos largaron una carcajada.
Era raro. Cinco días antes uno le había sacado el trabajo al
otro. Y sin embargo estaban hablando
como dos hinchas comunes y corrientes. Porque
la cancha tiene esa extraña capacidad de borrar durante noventa minutos todo lo
que afuera parece importante.
---
El partido empezó horrible. El equipo no daba dos pases seguidos.
El nueve estaba más lento que Ricardo terminando un Excel. El volante marcaba a dos metros. Y el técnico seguía convencido de que todo se
arreglaba haciendo cambios cuando el otro equipo metía al menos dos o tres
goles. La tribuna empezó con los insultos de siempre. Los defensores regalaban pelotas a los
rivales. El arquero no salía… A los
treinta y ocho del segundo tiempo seguían cero a cero. El empate no servía. Era
mas de lo mismo. Otra vez sin nada porque pelear. La gente ya empezaba a irse. Alguno
insultaba al presidente. Otro pedía elecciones. Uno proponía incendiar la sede
con los dirigentes adentro. Todo muy normal como siempre. Hasta que un centro
desde la derecha. Un rechazo corto. La pelota quedó picando. El cinco, que no
hacía un gol desde la pandemia, pero no de COVID-19, de la peste negra, sacó un
derechazo imposible. La pelota entró pegada al palo. Por un instante nadie entendió nada. Después
explotó la tribuna.
Ricardo sintió un abrazo que casi le afloja dos costillas. Era
el gerente. Los dos gritaban. Saltaban. Se sacudían. No eran gerente y empleado. No eran
despedidor y despedido. Eran dos tipos festejando el mismo gol. Durante unos
segundos desaparecieron las oficinas, los memorandos, las sanciones, las firmas
y las indemnizaciones. Sólo existía esa pelota adentro del arco. Todo a pesar
que era un partido del montón. Tal vez las emociones de la semana de los dos
hicieron que ese gol fuese épico. Cuando
terminó el festejo se quedaron riendo, agotados.
—¡Te rompí los anteojos! —dijo el gerente.
—No importa.
—Perdón.
—Con la indemnización me compro un vidrio.
Los dos volvieron a reír.
La gente salió cantando. Como siempre, parecía que ese
triunfo solucionaba todos los problemas del país y del mundo, a pesar que el
equipo estaba de la mitad para abajo en la tabla.
Ricardo y el gerente caminaron juntos unas cuadras sin
hablar demasiado. Hasta que llegaron a una esquina. El gerente se frenó.
—Che...
—¿Qué?
—¿Conseguiste algo?
—Todavía no.
El hombre metió la mano en el bolsillo. Sacó una tarjeta.
—Tengo un amigo.
Ricardo la miró.
Era una empresa bastante grande.
—Están buscando gente de confianza y mucha experiencia para
administración.
—¿En serio?
—Sí. Decile que vas de parte mia. Ya está todo arreglado.
—¿Y por qué me ayudás?
El gerente no dijo nada y se señaló el escudo en la campera
gastada. Ricardo guardó la tarjeta. No dijo gracias. Siguieron caminando. A los
pocos metros se despidieron.
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Dos semanas después Ricardo empezó a trabajar en esa
empresa. Ganaba un poco más. Le quedaba más cerca. Y, para sorpresa de todos, jamás volvió a
irse antes. No porque hubiera cambiado. Porque
el nuevo jefe era hincha del clásico rival.
Y Ricardo había aprendido una lección que nunca figuró en ningún manual de
procedimientos de Recursos Humanos. Hay cosas que uno puede discutir: el
sueldo, las vacaciones, el horario, hasta el convenio. Pero no podés discutir
de fútbol con el pelotudo que es hincha de tu clásico rival, y más si es jefe. Por
eso, Tomás, porque así se llama el gerente de Recursos Humanos, cada vez que el
equipo jugaba un día de semana y veía que Ricardo no estaba, sonreía, porque
estaba laburando, porque tenía laburo y por fin lo cuidaba.
El fútbol, en cambio, tiene otras reglas. En la tribuna
nadie pregunta de qué trabajás. Ni cuánto cobrás. Ni si sos gerente. Ni si sos
cadete. Ni quién firmó tu despido. Cuando la pelota entra, durante un abrazo
que dura apenas cinco segundos, todos son exactamente iguales. Claro, a menos
que vayas al palco, pero ese es otro tema en el cual no vamos a entrar en
detalles.

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