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Nadie en la oficina sabía exactamente a qué hora se iba Ricardo. Bueno... todos lo sabían. Lo que nadie sabía era cómo hacía. A las tres y veinte seguía sentado frente a la computadora. A las tres y veinticinco aparecía con un café. A las tres y media discutía con Sistemas porque "la impresora otra vez no imprimía". A las tres y treinta y cinco desaparecía. Como si se evaporara. A veces se iba a las tres menos cuarto. Otros días a las cuatro. Pero siempre era el mismo modus operandi. Y cinco minutos después, después de su huida llegaba un mensaje al grupo:

—¿Alguien vio a Ricardo?

Y siempre aparecía alguno con la misma respuesta.

—Debe estar en el baño.

—Habrá bajado a fumar.

El baño de Ricardo debía quedar en otra provincia, porque no volvía hasta el otro día. O se iba a fumar directamente a las plantaciones de tabaco. Al rato del mensaje de algún compañero en el grupo, respondía con algún misterio insoslayable de la vida cotidiana:

Que el dentista.

Que el nene tenía acto.

Que la suegra.

Que el registro.

Que le viene el plomero.

Que tenía que hacer un trámite impostergable a la DGI, AFIP, ARCA, ANSES o la NASA.

Pero no se iba antes todos los días, era un día a la semana: cualquier día, casualmente esos días coincidían con los partidos que jugaba su equipo. Un día de cierre de balances, la empresa los hizo ir un domingo, porque no llegaban. Justo a las tres de la tarde se rajó: otra vez le había pasado algo a la suegra.
Todos sabían que Ricky se iba a la cancha, pero los compañeros se callaban, era una época de compañerismo, no como ahora que te venden por dos mangos o para trepar le cuentan hasta al jefe lo que uno come el día anterior. Nadie decía nada. Al gerente le chupaba un huevo, mientras el laburo esté hecho, que se vaya a ver ballenas al sur si era por él. Hasta que cambiaron al gerente.  El nuevo llegaba antes que el portero y se iba después que el personal de limpieza. Hacia más horas que los vigilantes que rotaban en dos turnos. Caminaba con una carpeta bajo el brazo, aunque estuviera vacía. Miraba el reloj, de esos smartwatchs donde pueden ver los mensajitos. Tenía un aire a superioridad. Alto, grandote, pero grandote de gimnasio o de crossfit. Tenía algunas cositas hechas en la cara: a la luz se notaba el ácido hialurónico rellenando surcos faciales. En la oficina jugaban a ver si se parecía más a Ricardo Fort o al abogado Burlando. 

El primer viernes llamó a Ricardo. El miércoles se había rajado a las dos y media de la tarde.

—Sentate— dijo en tono imperativo. Ricardo se sentó.

—¿Usted consciente de que en los últimos ocho meses acumuló treinta y nueve retiros anticipados?

Ricardo hizo una cuenta mental. Cuatro victorias, ocho empates y tres derrotas.

—Puede ser... —atinó a susurrar Ricardo.

—No "puede ser". Es.

Hubo un silencio atroz.

—¿Tiene algún problema familiar? —volvió a la carga el gerente.

—No. A veces mi suegra, pero…

—¿De salud? —lo cortó tajante el jefe.

—No.

—Entonces explíqueme.

Ricardo lo pensó. Podía mentir. Decirle los actos del nene, pero iba en el turno mañana. Lo de la suegra ya no pasó el filtro. Algo psicológico, pero no, después le hacían carpeta y cagaba. Pero estaba cansado y ya no quería pensar más excusas:

—Me voy a la cancha. —dijo, por fin Ricardo. El gerente levantó la vista y alzó los codos sobre el escritorio.

—¿Cómo?

—A la cancha.

—¿Así nomás me lo dice?

—Así nomás.

—¿¡Y le parece bien!? —explotó el gerente.

—No.

—¿Entonces?

—Pero tampoco me parece bien perderme un partido por rellenar un Excel que puedo hacer mañana, si no se va a morir nadie.

El gerente respiró hondo, pero estaba rojo de furia ya. Abrió un cajón. Sacó una carpeta y la apoyó sobre el escritorio.

—Recursos Humanos va a iniciar un proceso disciplinario. —dijo gravemente—, Ricardo miró la carpeta como si fuera un certificado de defunción.

—¿Tan grave es?

—No es por un día.

—Ya sé.

—Es por todos.

Ricardo asintió. Porque tenía razón. No era un error. Se había zarpado. Pero no sintió culpa, había valido la pena. El club por sobre todas las cosas. Igualmente se sentía algo pelotudo. Su estado de ánimo oscilaba entre el heroísmo de haber ido siempre a la cancha y la estupidez de haber hecho la pelotudez de descuidar el laburo en épocas de vacas flacas.

 ---

Los días transcurrieron mientras esperaba que lo llamaran de Recursos Humanos. Ricardo empezó a descubrir algo raro: cuando entraba los compañeros lo saludaban distinto, como si ya estuviera despedido. Uno le dijo: “Che... cualquier cosa avisá”.  Otro le daba una palmada en la espalda cada vez que lo veía.  Hasta el de Seguridad, que nunca levantaba la vista del celular, le deseaba suerte cada vez que lo cruzaba. Era increíble: llevaba doce años trabajando ahí y recién parecía caerles simpático cuando estaba por quedarse sin trabajo.

El llamado de Recursos Humanos llegó un jueves. Tres de la tarde. La misma hora en la que jugaba el equipo. Pensó que era una provocación. Que el gerente se lo había hecho a propósito. Subió al sexto piso. Sentía en la nariz un olor a hospital, capaz era la salita de primeros auxilios que estaba contigua a la oficina de Recursos Humanos. Pensó que en tantos años de laburo nunca conoció al gerente de RRHH. Le pareció loco. Porque cuando entró a laburar, eran tan pocos que el papeleo lo había hecho su antiguo jefe. El chirrido de la puerta lo sacó de sus pensamientos:

—Pase, lo está esperando. —dijo una mujer medio canosa, haciendo un ademán con la mano.

Ricardo entró. El hombre levantó la cabeza. Lo miró apenas un segundo. Y sonrió.

—No puede ser...

Ricardo frunció el ceño.  Sentía haber visto esa cara. Pero no sabía de dónde.

—¿Vos sos Ricardo Bogado, legajo 42.151?

—Sí.

—¿Va a la popular sur, de casualidad?

Ricardo tardó unos segundos, no esperaba una pregunta así en su vida.

—... ¿Cómo?

—Popular sur. Siempre atrás del arco. —remató el gerente de Recursos Humanos. Ahora sí. Lo reconoció.  El tipo de la campera azul gastada. El que discutía con todo el mundo. El que cada tanto aparecía con una bolsa de maní o semillas de girasol. El que se fumaba como 40 cigarrillos por tiempo.

Los dos se rieron. Como si se hubieran encontrado en un asado. A Ricardo le volvió el alma al cuerpo, y el trabajo, que no es poco.

—Vos sos el de la bandera que dice "Aunque ganes o pierdas"—preguntó Ricardo.

—La misma.

—¡Qué chico es el mundo!

—Más chico es nuestro clásico. Sentate, ahí pido un café.

Hablaron diez minutos.  De la formación. Del técnico. Del cinco que era un desastre. Del árbitro del domingo. De la campaña malísima.  De la vieja.  De los viajes.  De aquella vez que casi se agarran con la hinchada rival. De como siempre iban a la misma tribuna y nunca se hablaron. En un momento Ricardo pensó: "Listo. No pasa nada. Zafaroli"

Cuando el café se terminó, la charla también, el gerente cerró la carpeta.  La sonrisa desapareció.

—Bueno.

Ricardo sintió el cambio de clima. Como cuando el árbitro se lleva el silbato a la boca para cobrar un penal en contra o rajar a un jugador.

—Ricardo...

—Sí.

—Ojalá esta reunión hubiera sido en otro lado y en otras circunstancias.

—Pero...

—Tengo que desvincularte de la empresa.

El silencio se sintió fuerte, como cuando en el clásico te lo empatan a último minuto, o incluso peor, cuando te lo ganan.

—¿Cómo? — atinó a decir Ricardo.

—La decisión ya está tomada.

—Pero recién...

—Sí.

—Pensé que...

—Yo también voy a la cancha.

—Entonces entendés.

—Justamente por eso. Hay que saber separar las cosas.

Ricardo no respondió.

—Si te salvo a vos porque compartimos una tribuna, mañana no puedo mirar a nadie a la cara.

Le acercó el sobre con los papeles del despido.

—Créeme que preferiría estar hablando del partido que viene.

Ricardo tomó el sobre sin abrirlo. Se levantó.  Cuando llegó a la puerta, el gerente habló otra vez.

—Che.

Ricardo se dio vuelta.

—El próximo partido... ¿vas?

Ricardo levantó apenas el sobre.

—Ahora tengo tiempo de sobra —dijo irónicamente.

El otro hizo una sonrisa triste.

—Nos vemos en la popular.

La semana siguiente fue la primera en doce años en la que Ricardo no puso el despertador. Se despertó igual a las siete.  Por costumbre. Estuvo un rato mirando el techo. No tenía que fichar. No tenía reuniones. No tenía planillas de Excel que completar con comprobantes.  No tenía un sueldo. Pero el futbol seguía, no se detenía.

---

El miércoles por la tarde, porque la AFA pone partidos a cualquier día y horario ya, llegó a la cancha más temprano que de costumbre.  No porque hiciera falta. Porque no tenía otra cosa que hacer.  El ritual era el mismo de siempre.

Mientras caminaba hacia la popular vio la bandera de siempre: “Aunque ganes o pierdas”. Y debajo, acomodándola entre dos caños, estaba él. El gerente.  Vestido exactamente igual que cualquier otro domingo. Los dos se miraron.  Hubo un segundo incómodo. Después el gerente levantó una mano.

—¿Qué hacés?

—Acá ando.

—¿Todo bien?

Ricardo hizo esa mueca que significa cualquier cosa menos "todo bien".

—Y... buscando laburo.

El otro bajó la mirada.

—Perdóname…

—Ya está, el moco me lo mandé yo.

—No.

—Sí.

—No sabés lo mal que la pasé.

Ricardo sonrió.

—¿Sabés cuándo la pasé mal yo?

—¿Cuándo?

—Cuando vi la liquidación de mierda que me hicieron.

Los dos largaron una carcajada.

Era raro. Cinco días antes uno le había sacado el trabajo al otro.  Y sin embargo estaban hablando como dos hinchas comunes y corrientes.  Porque la cancha tiene esa extraña capacidad de borrar durante noventa minutos todo lo que afuera parece importante.

---

El partido empezó horrible. El equipo no daba dos pases seguidos. El nueve estaba más lento que Ricardo terminando un Excel.  El volante marcaba a dos metros.  Y el técnico seguía convencido de que todo se arreglaba haciendo cambios cuando el otro equipo metía al menos dos o tres goles. La tribuna empezó con los insultos de siempre.  Los defensores regalaban pelotas a los rivales. El arquero no salía…  A los treinta y ocho del segundo tiempo seguían cero a cero. El empate no servía. Era mas de lo mismo. Otra vez sin nada porque pelear. La gente ya empezaba a irse. Alguno insultaba al presidente. Otro pedía elecciones. Uno proponía incendiar la sede con los dirigentes adentro. Todo muy normal como siempre. Hasta que un centro desde la derecha. Un rechazo corto. La pelota quedó picando. El cinco, que no hacía un gol desde la pandemia, pero no de COVID-19, de la peste negra, sacó un derechazo imposible. La pelota entró pegada al palo.  Por un instante nadie entendió nada. Después explotó la tribuna.

Ricardo sintió un abrazo que casi le afloja dos costillas. Era el gerente. Los dos gritaban. Saltaban. Se sacudían.  No eran gerente y empleado. No eran despedidor y despedido. Eran dos tipos festejando el mismo gol. Durante unos segundos desaparecieron las oficinas, los memorandos, las sanciones, las firmas y las indemnizaciones. Sólo existía esa pelota adentro del arco. Todo a pesar que era un partido del montón. Tal vez las emociones de la semana de los dos hicieron que ese gol fuese épico.  Cuando terminó el festejo se quedaron riendo, agotados.

—¡Te rompí los anteojos! —dijo el gerente.

—No importa.

—Perdón.

—Con la indemnización me compro un vidrio.

Los dos volvieron a reír.

 ---

 El partido terminó uno a cero.

La gente salió cantando. Como siempre, parecía que ese triunfo solucionaba todos los problemas del país y del mundo, a pesar que el equipo estaba de la mitad para abajo en la tabla.

Ricardo y el gerente caminaron juntos unas cuadras sin hablar demasiado. Hasta que llegaron a una esquina.  El gerente se frenó.

—Che...

—¿Qué?

—¿Conseguiste algo?

—Todavía no.

El hombre metió la mano en el bolsillo. Sacó una tarjeta.

—Tengo un amigo.

Ricardo la miró.

Era una empresa bastante grande.

—Están buscando gente de confianza y mucha experiencia para administración.

—¿En serio?

—Sí. Decile que vas de parte mia. Ya está todo arreglado.

—¿Y por qué me ayudás?

El gerente no dijo nada y se señaló el escudo en la campera gastada. Ricardo guardó la tarjeta. No dijo gracias. Siguieron caminando. A los pocos metros se despidieron.

---

Dos semanas después Ricardo empezó a trabajar en esa empresa. Ganaba un poco más. Le quedaba más cerca.  Y, para sorpresa de todos, jamás volvió a irse antes. No porque hubiera cambiado.  Porque el nuevo jefe era hincha del clásico rival.  Y Ricardo había aprendido una lección que nunca figuró en ningún manual de procedimientos de Recursos Humanos. Hay cosas que uno puede discutir: el sueldo, las vacaciones, el horario, hasta el convenio. Pero no podés discutir de fútbol con el pelotudo que es hincha de tu clásico rival, y más si es jefe. Por eso, Tomás, porque así se llama el gerente de Recursos Humanos, cada vez que el equipo jugaba un día de semana y veía que Ricardo no estaba, sonreía, porque estaba laburando, porque tenía laburo y por fin lo cuidaba.

El fútbol, en cambio, tiene otras reglas. En la tribuna nadie pregunta de qué trabajás. Ni cuánto cobrás. Ni si sos gerente. Ni si sos cadete. Ni quién firmó tu despido. Cuando la pelota entra, durante un abrazo que dura apenas cinco segundos, todos son exactamente iguales. Claro, a menos que vayas al palco, pero ese es otro tema en el cual no vamos a entrar en detalles.

Toni Schweinheim
Obra Publicada, expediente Nº 510614. Dirección Nacional del Derecho de Autor





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