Slider[Style1]

Style2

Style3[OneLeft]

Style3[OneRight]

Style4

Style5

¿Trajiste el pan dulce? ¡Grande, sos un maestro! ¿Español o argentino? Bueno, qué importa de dónde venga, acá en Francia no hay, ni lo conocen. Para las fiestas el gobierno nos manda libros, videos, equipos multimedia, pero lo que los viejos necesitamos son mejores anteojos… Pasa que en el geriátrico la rotación es muy rápida, no alcanzás a confesarte que ya salís por la puerta de atrás en el sobretodo de madera. Mirá, cortá el pan dulce que te voy a leer una carta de Conrad a su amigo Edward Garnett: «Tiene razón en su crítica de mi novela.
La estructura es mala. Es mala porque la decidí conscientemente y yo no tengo ningún discernimiento artístico. Cuando las cosas se escriben a sí mismas, me gustan. Hallan una forma propia y son tolerables. Pero cuando yo quiero escribir, cuando intento a sabiendas escribir y construir, entonces aparece mi ignorancia y la calidad de mi inteligencia, mezquina y obnubilada, se revela ante la mirada escandalizada de mi padre literario. Siempre he dicho que soy una especie de impostor inspirado». 

¿Qué tal? ¿Falsa modestia? ¿Extrañeza ante su propio genio? El creador de lord Jim, del capitán Kurtz, del Negro del Narciso, solo podía escribir escondido de sí mismo. En el momento en que intervenía «a sabiendas», se jodía. Con esto quiero decirte que no quiero correr ese riesgo. Mis memorias serán breves, pequeñas historias mías y de otros; interrogaciones y blasfemias. ¿Qué otra cosa puedo hacer ahora que estoy en tiempo de descuento? Mirarme para adentro, buscarme, eso es todo. 

Hoy me encuentro en el Congo, viviendo o soñando aquel viaje con el General. Entro en la choza a orillas del lago Tanganica y me lo encuentro de traje y corbata sentado en el camastro, jugando a la perinola con unos soldados africanos como los que se ven en las películas, armados hasta las orejas. No sé cómo hacía pero les había ganado todo lo que llevaban: brazaletes, collares, granadas, morteros. Se reía sin ofender, ese era uno de sus secretos. También Conrad tenía pasión por el juego, solo que no era hombre de suerte. En Montecarlo intentó suicidarse a la salida del casino; no sabía que pronto iba a cambiar de idioma, que se convertiría en uno de los más grandiosos escritores ingleses. Se lo comenté al General, delante de aquellos desplumados que tenía enfrente, pero no sabía quién era, no tenía afición para las lecturas que no fueran de estrategia. 
Le dije que Patrice Lumumba nos esperaba esa noche para una cumbre entre libertadores de pueblos y se desconcertó un poco: «Che, no me meta en líos ajenos que ya tengo bastante con Vandor y Frondizi. Vine a conocer el África, no a que me fusilen por tonto». Intenté tranquilizarlo: se trataba de que vistiera uniforme de guerrillero por un día y luego, para dirigir el partido de fútbol, prometí que le conseguiría unos pantaloncitos cortos. No parecía muy convencido pero ya no podía dar marcha atrás. Lo ayudé a calzarse la ropa de combate y como no tenía espejo para mirarse anduvo un rato nervioso, paseándose por la choza. Al caer la noche lo ayudé a subir al sidecar. El coronel Ngaza se apretó a su lado y nos condujo por senderos oscuros hasta un campamento al que llegamos cerca de medianoche. El General dormitaba con el gorro calzado hasta las patillas y de tanto en tanto se despertaba sobresaltado levantando los brazos como si estuviera en el balcón de la Rosada. 
No voy a extenderme en los detalles de la recepción. Todos los milicos, de derecha o de izquierda, del Primer Mundo o del Tercero, saludan igual, gritan igual, se paran igual de tiesos y dicen las mismas tonterías antes de entrar en tema. Traduciendo, yo retocaba las frases del General y al ver que Lumumba llevaba un gato colorado en brazos, atenué el entusiasmo del líder por perros y caballos. Lumumba nos invitó a pasar a su carpa mientras empezaba a garuar. Sobre la mesa había un mapa de lo zona y, pinchado a un pizarrón, un mapamundi con alfileres rojos indicaba los lugares en los que despertaban movimientos de liberación. Al ver señalada la Argentina, me corrió un frío por la espalda: ¿Interpretaría el General que la Revolución Libertadora era juzgada progresista por Lumumba? ¿O se trataba de un reconocimiento a la Resistencia Peronista? Le pregunté en francés al coronel Ngaza y me sorprendió que mencionara la presencia de una guerrilla en los cerros de Salta. «Es mi gente», intervino el General enseguida. «Muchachos que tienen ahí territorio liberado. También para darle una mano a Castro mandé a un tal Guevara a Cuba; le dicen El Che, no sé si lo ubican». 
Era mentiroso pero rápido. Al rato Lumumba había entrado en confianza: «¿Y qué lo trae por estas tierras, mi general?», preguntó. «Quiero aprender, ver con mis propios ojos la derrota del colonialismo. Me espera una tarea igual». Lumumba se recostó en su silla de paja: «¿Le parece que con un partido de fútbol podemos distraer a los belgas? ¿Lo dice en serio?». Perón se refregó los ojos, contento de haber caído bien: «Les armamos un despelote bárbaro. Acá mi asistente le puede contar». Me señalaba a mí: dije que había que lanzar el desafío por las radios clandestinas y proponer un referí neutral, en lo posible sudamericano. Luego, el General se presentaría como un turista que pasa de casualidad por el lugar. No podía fallar. Ahí nomás, Lumumba le ordenó al coronel Ngaza que redactara una carta de desafío formal y diera aviso a las emisoras rebeldes. 
Esto que te estoy contando ocurre en un tiempo y un lugar tan remotos que ni siquiera habían llegado la tele y las FM y los lectores de hoy se verán en figurillas para recurrir a las enciclopedias y remontarse a Lumumba, Moise Tshombe y los otros. En aquellos años el colonialismo necesitaba ocupar el territorio con soldados y eso era lo que entusiasmaba al General: las cosas eran blancas o negras, sólidas y tangibles, no había software, Internet, ni tarjetas de crédito. Justamente, llevábamos algunos cheques de viajero y un puñado de dólares atados a las vergüenzas. A veces cavábamos pozos para enterrar la plata y marcábamos el lugar con un sistema de señales que el General conocía de sus tiempos de montañista. Éramos frugales y llegado el momento de comprar un silbato para dirigir el partido y alquilar a dos gallegos para que hicieran de líneas nos dolió tener que poner la plata de nuestros flacos bolsillos. 
De aquella aventura africana, que terminó en desastre para nosotros, recuerdo sobre todo la pinta del General vestido en uniforme de combate. Todos le hacían la venia y le contaban sus cuitas y él, chocho, los escuchaba aunque no entendiera nada de lo que decían. Si se veía en apuros me llamaba para que oficiara de intérprete. Detestaba a los borrachos y en aquel campamento corrían damajuanas de vino de Argelia. Te confieso que yo mismo, una noche cerrada en que Lumumba hizo cantar la Internacional, me agarré una curda de aquellas. El General, indignado por la presencia de banderas rojas, me llamó y me dio orden de que saliéramos al patio y entonáramos Los Muchachos Peronistas. Por fortuna los africanos atribuyeron el gesto al alcohol y hasta nos acompañaron con palmas y toques de tambor. Yo cantaba cualquier cosa porque nunca me supe la marchita de memoria; de pronto el General advirtió que lo mío era el repertorio de Carlitos Gardel y me susurró al oído: «Mejor rajemos, che, que acá no hay ambiente». Lumumba festejaba y aplaudía, tal vez consciente de que a los pocos días lo iban a asesinar. «Igualito que a Dorrego», comentó el General al regresar a Madrid. 
El partido se jugó en ausencia de todo testigo creíble. Yo me estaba haciendo viejo, pero igual me embadurné el cuerpo con pomada negra y jugué de diez, pescando rebotes. Los belgas eran ágiles como liebres y los gallegos que contratamos como jueces de línea de inmediato se nos pusieron en contra. Para narrar el final necesitaríamos el talento de Conrad. Antes de contarte el partido y la sangre que corrió aquella tarde, te leo un párrafo de El alma del guerrero. Copiá, dale: «¿Hay alguna cosa que no seas capaz de imaginar? —dijo él, sobriamente—: El mundo entero está en ti».

Osvaldo Soriano
Extraído de "Arqueros, ilusionistas y goleadores". 2014. Editorial Planeta. Seix Barral

«
Siguiente
Entrada más reciente
»
Anterior
Entrada antigua

No hay comentarios:


Top