Slider[Style1]

Style2

Style3[OneLeft]

Style3[OneRight]

Style4

Style5

Mírenme: voy vestido todo de blanco; traje blanco de hilo, sombrero blanco, zapatos blancos de Italia; llevo una sonrisa blanca y un blanco cigarrillo atrás de la oreja. Voy por la Via del Tritone y arrastro chicas de labios rojos que se me cuelgan de las mangas. Vengo de los siniestros campos de Stalin, hago goles de nuevo, soy un héroe de la Italia Imperial. Hasta el Duce habla de mí. Mientras camino todo vestido de blanco ululan las sirenas y pasan aviones arañando los techos. Alrededor de mí, ruinas, polvo blanco: el mundo parece irreal. 

El domingo pasado, un raro día de calma, me topé con una multitud seria, silenciosa, que estaba cagando en la vereda. Los fascistas habían cerrado las lujosas confiterías de Via Veneto para suministrar a los rebeldes la ración semanal de aceite de ricino. Los milicianos del Duce ríen: al rato las barrigas se derriten y antes del estallido abren las puertas para que la gente haga en las alcantarillas. Prolijamente. Agachados con los blancos culos volcados sobre la calle. Ríos de vergüenza bajan hacia la Fontana di Trevi, circulan por Piazza Colonna. ¿Te acordás del personaje de Amarcord? Volvía a su casa con los pantalones hediondos por la purga y la espalda llagada por los azotes. Yo estaba ahí, en el pueblo, en la película. A ver si te acordás: soy el que pasa todo el tiempo en moto, nunca se me ve el rostro, soy un recuerdo de Fellini. Cómo no: somos músicas que quedan en los otros. 
Te voy a ordenar un poco los apuntes. Al llegar a Londres en el carguero soviético, salí en busca de Graham Greene con el pretexto de llevarle los saludos de su amigo Camus. En los picados que hacían en el patio del Foreign Office, Greene jugaba de cinco: reflexivo, obsesionado por la fe y la religión. Ya voy a volver a él porque en un entrevero casi me rompe una pierna. En verdad nos vimos una sola vez, medio en secreto, porque quería darme un mensaje en clave para un tipo de la resistencia italiana. «Vos no tenés pasta para la guerra —me dijo—, mejor andate a un lugar donde no caigan bombas y ese lugar es el Vaticano. Alquilate un bulín bien cerca y si seguís metiendo goles la vas a pasar bárbaro». 
Sabias palabras. Pero existía un problema: los campeonatos estaban oficialmente suspendidos. Las palabras «club» y «sport» habían sido prohibidas por venir de Inglaterra y reemplazados por «squadra» y «stadio». El Duce y el papa Pío XII, coronado el año treinta y nueve, habían autorizado una copa alternativa, medio trucha, con plata en negro, en la que jugaban todos los acomodados del régimen y los vagos de media Europa. El Vaticano ponía obispos y cardenales para que hicieran de árbitros. Si se podía se jugaba y si no, no. En general los partidos se hacían en terrenos de la Iglesia para que los fieles no se dispersaran y se pasaran a la guerrilla. Antes de empezar los partidos se rezaba un Padre nuestro o un Avemaría; el referí, que iba de sotana, nos bendecía a todos, mostraba hostias amarillas y rojas y los fotógrafos del régimen tomaban fotos de la multitud orando. Las agencias de prensa y los noticieros de cine las difundían en los países del Eje como propaganda de guerra. 
Gramsci, condenado a veinte años de cárcel, ya había muerto; el socialista Matteotti, asesinado; miles y miles de opositores se pudrían adentro y nosotros meta pelotazos, como si no pasara nada. Digo «meta pelotazos» porque de gambetas y pases cortos ni la menor idea. Un príncipe florentino lleno de guita que jugaba en el equipo de San Pietro venía acomodado porque su mujer se acostaba religiosamente con un obispo del Véneto. Era tan careta que exigía el puesto de goleador, como si eso existiera, y para que no molestara le dijimos que fuera a pararse en la raya del área rival. Naturalmente la regla del orsai se había derogado porque complicaba mucho a los curas y a los que nunca habían pisado una cancha. En el primer partido, al ver que yo me gambeteaba tres, cuatro troncos en un solo movimiento, el príncipe me ofreció su amistad y el menudeo de las mercaderías que trabajaba de contrabando. Imaginate: en Italia no había nada para morfar y el tipo caía vestido de uniforme real, el sombrero cubierto de plumas como esos bersaglieri que todavía ves en Roma, sonriente y repartiendo caramelos suizos. 
A poco de empezar el torneo advirtió que nadie más que yo estaba en condiciones de darle pases de esos como puestos con la mano. ¡Si los otros eran tan malos como él…! Entre tanto yo me cansaba de hacer goles, enseguida me convertí en el ídolo de Italia, en la estrella de un campeonato que no figuraba en ningún diario, que todos comentaban y nunca existió. Me agarra un día a la salida de la capilla y me invita a subir a la Masserati: «Póngame la pelota delante del pie derecho y lo cubro de oro», me dice. En la gaveta del auto llevaba de todo menos preservativos. Tenía chocolates, encendedores de plato, camembert francés, salchichas alemanas y en el baúl una pila de botellas de Fanta, que era la bebida creada por los nazis para reemplazar a las gaseosas de Coca-Cola . Me convidó una que sacó de un cajoncito lleno de hielo y me propuso un arreglo: por el primer pase me daba el traje blanco de hilo con el que me veías al principio del relato; por el segundo, el sombrero y los zapatos y si lo sacaba goleador del campeonato me entregaba diez lingotes de oro. 
Pucha, nunca estuve tan cerca de convertirme en un bacán. Ya sé, te reís porque te estás acordando del franchute que me llevó al Racing de París y me ofreció una fortuna por convertir cinco goles. ¿Qué esperabas? ¿Qué dijera que no? Debía cinco semanas de alquiler en la pensión. Acepté. Me dije que el oro me permitiría costearme hasta Casablanca, tentarlo a Rick y conseguir un pasaje para la Argentina. El inconveniente era que el príncipe no lograba pegarle a la pelota ni que se la pusieras arriba de un montículo. Había que entrenarlo, darle clases magistrales. Estaba convencido de que yo era Mozart y él Salieri. Solo que nunca había tocado el piano. Ni una pelota. Quedamos en que me mandaría a buscar cada vez con una chica distinta y maravillosa y yo le enseñaría fútbol en la explanada de su castillo. Cómo explicarte: tirado como andaba, sin pilchas, sin compañía, sin una lira en el bolsillo, yo estaba como el loco de Amarcord, me subía a un árbol y gritaba «Voglio una donna!». «Voglio una donna!». 
Y por fin la dama pasaba a buscarme a la tardecita, me dejaba en Villa Borghese y a las noches, con los viáticos del príncipe huíamos al mar del lado de Ostia. Quiero decir: lo dañino del fascismo es que logra que los imbéciles se crean muy piolas. Cuanto más idiota es un tipo, más orgulloso lo pone el fascismo. Hay obras por todas partes, inauguraciones, banderas, curas, fútbol y mucho silencio. Te tranquiliza no tener que pensar, terminás esclavo de un príncipe fantoche. 
Perdoname la digresión. No pongas nada de política en el libro a ver si se nos malogra. Lo que importa ahora es que el primer día en el castillo el príncipe se apareció vestido de sportman: pantalón hasta la rodilla, musculosa negra, zapatones de boxeador. Dio las hurras como si en el lugar lo esperara una multitud. Le acomodé muchas pelotas en fila, pegadas una a la otra a no más de cinco metros de la pared. Dibujé un círculo grande para que le apuntara y pensé que así iba a pifiar menos. Al principio era un desastre, como poner a Borges de marcador central. Y sin embargo, mirá vos cómo es la vida, el príncipe hizo carrera en el fútbol. Triunfó a la caída de Mussolini. Se pasó a tiempo a la Resistencia y jugó como seis años en la squadra de la Roma. Era especialista en rebotes y tiros libres, ya te voy a contar. Entonces me di cuenta que cuando colgara los botines podría ganarme la vida currando como entrenador. 
Alcanzame un vasito de oporto, ¿querés? Antes de que te vayas te voy a contar el partido que jugamos, el príncipe y yo, bajo la mirada del Santo Padre que seguía el partido desde el balcón de las bendiciones. Querés creer que le puse una pelota impecable, oronda al pie, y la bestia le dio de lleno por primera vez, la calzó como Bernabé Ferreyra, como Batistuta, rompió la red y le arrancó limpito el bonete al Papa. ¿Te reís? Hacés bien, es la anécdota que más divertía a De Gaulle, al mariscal Tito y a otros tipos a los que visitábamos en secreto con el general Perón. El líder les hablaba de la sinarquía y de las estrategias del socialismo nacional y yo traducía el cuento del Papa sacudido por el pelotazo. Le atribuía la hazaña al general y allá donde nos presentábamos lo pasábamos bomba.

Osvaldo Soriano
Extraído de "Arqueros, ilusionistas y goleadores". 2014. Editorial Planeta. Seix Barral

«
Siguiente
Entrada más reciente
»
Anterior
Entrada antigua

No hay comentarios:


Top