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Rodolfo se sentó en el banco de suplentes y se rasco la barbilla apesadumbrado. La tecnología no era lo de él, lo suyo era un bilardismo de la edad de piedra. Eso lo había llevado a ganar algunas cosas, a ascender en un par de oportunidades, pero últimamente no la pegaba. Tuvo unos pasos fallidos por un par de clubes en donde no estuvo a la altura y se tuvo que ir antes de tiempo. Todos le decían que su “sistema” era viejo. Ahora ya no se usaban los gritos en las prácticas. Sino un software para mejorar métricas. Rodolfo no quería saber nada, él era de la vieja escuela. Eso de poner drones, de firmar las prácticas y de utilizar chalequitos con GPS —o PSG, como solía decir él, porque iba en el “pecho”—, le parecía una mariconada espantosa, una venta de humo espantosa. “Poner la patita no lo mide ninguna computadora” decía cuando algún colaborador le venía con la idea. Más de una vez le dijeron que sus típicos “bilardismos”, de querer “sacar” de la cancha a los rivales con chanzas del tipo “tu mujer te está engañando con el carnicero de a la vuelta de tu casa”, ya no surgían efectos. Que ahora para ganar ya no se apelaba más a la “viveza” si no a la ayuda de la tecnología.
Se rascó la cabeza y miro su celular, objeto que  no catalogaba como ni siquiera como tal. Era un bloque gris tirando a negro por el paso de los años con unas teclas que se iluminaban de un azul fantasmal.

 —Tenés que comprarte un celular como la gente, viejo —dijo Raúl su ayudante mientras se sentaba a su lado.

— ¿Para qué? ¿Para estar como un zombi metido en la pantallita? —se indignaba Rodolfo mientras guarda en el bolsillo el aparato— Ustedes están todo el día “tiki tiki tiki” y parecen boludos. Mientras este reciba llamadas y me dure la batería, no necesito otra cosa.

—Pero Rodo, hoy se necesita estar conectado, a esa poronga no podes meterle ni WhatssAp, hermano.

—Tengo mensajito de texto.

— ¡Pero te cobran Rodolfo!

—Pero mando pocos… además eso del “uasat” o como sea, seguro que te lo cobran también. Hoy te cobran todo sin que te des cuenta.

—Pero vale la pena, te enteras de cosas antes, podes estar en el grupo del club, además las minas te mandan fotos…

— ¿Qué minas —pareció interesarse Rodolfo.

—Mira, esta mina se la está comiendo Sánchez —dijo Raúl mientras le acercaba la pantalla a la cara—, pero mira lo que es esto papa…

—A la mierda… ¿Y vos como tenés estas fotos?

—Me las pasó Sánchez hace un rato…

—Pero Sánchez es casado, mira si la jermu le agarra el celular, se le pudre todo…

—Me extraña Rodo, me extraña de un tipo vivo como vos —comento Raúl mientras se prendía un cigarrillo—, un celular hoy en día es lo más personal que hay viejo,  ni tu jermu.

— ¿Pero y si se descuida?

—Olvídate, no pasa casi nunca, un celular es la extensión de uno hoy en día y si pasa que la mujer de uno lo agarre, hay divorcio de una…

Rodolfo se quedó pensativo, hasta que se levantó como un resorte para cagar a pedos a Benítez, el lateral, que no había vuelto a bajar. Volvió a sentarse y se puso a pensar en lo que le había dicho Raúl. Capaz que la tecnología no era tan mala como pensaba. Tal vez era cuestión de darle una oportunidad. Había que pensarlo. Pero ahora era tiempo de pensar el partido contra JJ Urquiza, se venía chivo y había que ganar para acercarse al lote que entraba al octogonal o, bien, ir pensando en renunciar.

El partido no podría haberse dado peor. Desde el primer minuto que JJ dominaba todo. Gonzalo Ruiz, el 9 de ellos, era un animal. Había vuelto loco a todo el equipo. Se movía como una yarará endiablada. Parecía el hijo de Zlatan Ibrahimovic y Cristiano Ronaldo con la movilidad de Messi. Imposible pararlo. Hizo dos goles en 25 minutos. Pudieron ser tres o cuatro, pero el equipo de Rodolfo tuvo suerte. Mientras a su lado un dirigente lo miraba con cara de pocos amigos. Justo ese tipo que quería meter al sobrino a filmar las prácticas y que Rodolfo sacó cagando porque “los errores se corrigen en la cancha, no en una tele”, según el mismo DT. Termino el primer tiempo y gracias a la magia de futbol, habían podido descontar de casualidad y sin, obviamente, merecerlo.

Rodolfo entro como abatido al vestuario. Cago a pedos a los centrales, al arquero… a todos.  Mientras salía por el túnel, el conjunto de JJ Urquiza hacia lo mismo. Tuvo la suerte de quedar casi al lado de Gonzalo Ruiz. Rodolfo lo palmeo con una sonrisa, le paso un brazo por sobre el hombro y le dijo algo al oído. La cara del 9 se transformó. Quedó pálido del terror. Comenzó a dar pasos dubitativos hasta el círculo central, estaba ido, como un zombi. Rodolfo con una sonrisa se dio media vuelta y se sentó.

A Gonzalo Ruiz no volvió a tocar una pelota, y las pocas jugadas en la que participaba terminaba perdiendo tontamente el balo. JJ no aguanto mucho el resultado y enseguida se lo dieron vuelta. Rodolfo estaba extasiado de la felicidad, se frotaba las manos, saltaba, cantaba.

— ¿Se puede saber que le dijiste? —le pregunto Raúl interrumpiendo sus cantitos.

— ¿A quién? —intentó en vano hacerse el boludo Rodolfo.

—Al 9 de ellos, yo te vi cuando le decías algo al oído.

—Ah sí, le hable de tecnología.

— ¿De qué?

—Tecnología, Raúl, tecnología. Le dije que era un boludo, que había dejado su celular en el vestuario y su mujer se lo había revisado. Que se enteró de todo…

Raúl se quedó mirándolo sorprendido. No sabía si Rodolfo le mentía o qué, pero los resultados estaban a la vista, Ruiz no la había tocado más y estaba más pendiente de otra cosa que del partido. “A mí me van a venir con la tecnología”, pensó Rodolfo, mientras lo miró a Raúl quien seguía con cara de incrédulo. 
Toni Schweinheim
Obra Publicada, expediente Nº 510614. Dirección Nacional del Derecho de Autor

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