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No todo está muerto.

El Negro siempre decía que el fútbol se había muerto. Lo decía sentado en el banco de madera despintado del club, mientras miraba cómo tres pibes corrían atrás de una pelota desinflada en una cancha que parecía más un terreno baldío que un campo de juego. Y cada vez que lo decía, escupía al costado, como si estuviera largando bronca, pero era por el tema del pucho.

—Esto ya no es fútbol, Toni… esto es un negocio de hijos de puta.

Y uno, la verdad, no podía discutirle demasiado. Porque prendías la tele y era imposible no pensar igual. Presidentes de clubes que parecían empresarios. Representantes fantasmas o bien conocidos que antes eran jugadores de poca monta. Exjugadores devenidos en dirigentes que parecían guardaespaldas o, para peor, exjugadores cuatro de copas que compraban clubes italianos o españoles. Pibes de quince años vendidos como ganado. Clubes fundidos. Presión para privatizar el fútbol, cuando ya habíamos visto que eso era un negocio para pocos, y en esos pocos no estaban los hinchas. Relatores gritándote promociones de apuestas mientras un nueve erraba un gol abajo del arco. Todo era plata. Plata, cámaras, marketing, sponsors, criptomonedas y tipos trajeados hablando del “producto”.

Producto.

Mirá si el fútbol va a ser un producto.

El Negro decía que antes los jugadores transpiraban la camiseta y ahora la publicitaban. Que se parecía más al TC o a la Fórmula 1 que al fútbol. Que solo faltaba el espectáculo de medio tiempo a lo Super Bowl. Y capaz exageraba un poco, porque el Negro exageraba siempre. Pero había algo de verdad en todo eso. Algo que dolía. Como cuando volvés a un barrio donde fuiste feliz y encontrás una torre de departamentos donde antes había un potrero o a Juan, el parrillero, vendiéndote un choripán con su carrito.

Sin embargo, todos los sábados a la tarde ahí estaba él. Parecía el tipo del cuento de Fontanarrosa “Viejo con árbol”. Pantalón corto viejo. Medias caídas. Una camiseta de Independiente que había conocido tiempos mejores. Una riñonera con el escudito gastado del Rojo, cruzada como si fuese una bandolera, de la cual extraía cada tanto un cigarrillo antes de jugar. Porque, aunque puteara al fútbol moderno, jamás había dejado de jugar.

Nos juntábamos en la canchita de atrás de las vías. Éramos un rejunte hermoso de derrotados: el Gordo Sergio, que laburaba doce horas manejando un camión; el Pelado Ruiz, divorciado hacía poco y medio deprimido; el Colo, que tenía dos rodillas detonadas pero igual pedía todas las pelotas al pie; yo, que no puedo correr ni un susto; y varios más que iban cayendo según podían escaparse de la vida rutinaria un rato.

La cancha era un desastre. Tierra seca. Pozos. Un arco torcido. El otro sin red. Cuando llovía parecía Vietnam: solo faltaba Rambo saliendo de un pozo lleno de barro. Y cuando hacía calor levantaba tanto polvo que terminábamos todos color marrón clarito, como milanesas de la abuela del Gordo Sergio.

Pero qué felices éramos ahí adentro.

El Negro, que afuera parecía amargado por el mundo, apenas arrancaba el partido se transformaba. Gritaba, corría, puteaba, se reía solo. Te festejaba un caño como si fuese la final del Mundial. Y si alguno hacía un gol lindo, decía:

—Míralo a este hijo de puta.

Después nos sentábamos en el cordón de la vereda, muertos físicamente y vivos espiritualmente. Abríamos una cerveza tibia porque nadie se había acordado del hielo y hablábamos de fútbol como si todavía fuera nuestro, mientras el Negro se prendía un pucho.

Y creo que ahí entendí algo.

El fútbol de verdad nunca estuvo en la televisión.

Estaba ahí.

En el potrero.

En la risa del Gordo cayéndose solo.

En el “dejala pasar”, que nunca funcionaba.

En el Negro fumándose un puchito antes y después del partido, contando boludeces.

En llegar cansado del trabajo y, aun así, ir a jugar porque necesitabas olvidarte un rato de las cuentas, de los quilombos, de la realidad.

Una tarde cayó el hijo del Colo. Tendría ocho o nueve años. Flaquito, despeinado y con esa energía insoportable que tienen los chicos cuando todavía creen que el mundo puede ser divertido. Se quedó mirándonos desde afuera de la cancha hasta que el Negro le gritó:

—¿Qué hacés ahí parado? Entrá, Messi.

El pibe entró muerto de vergüenza.

Al principio corría sin tocarla nunca, pero en una agarró la pelota en mitad de cancha. Mientras todos lo dejábamos pasar, enganchó para un lado, después para el otro y metió un golcito pedorro al lado del palo, que el arquero se hizo el boludo para no atajársela. Nada extraordinario. Pero salió corriendo festejando con los brazos abiertos como si hubiese ganado la Libertadores.

Y nosotros lo gritamos igual.

No por el gol.

Por la alegría del nene.

Porque en ese segundo todos nos acordamos de cuando éramos así. Cuando el fútbol no era una discusión en redes sociales ni una pelea de cuatro gordos sentados en un canal de cable. Cuando lo único importante era jugar hasta que se hiciera de noche.

El Negro lo miró sonriendo.

—¿Ves? —me dijo bajito, mientras señalaba al pibe—. Esto no te lo pueden chorear los hijos de puta de la FIFA o la AFA.

Y tenía razón.

Porque los dirigentes podrán romper clubes, inventar sociedades anónimas, fideicomisos, vender juveniles, hipotecar canchas y transformar camisetas históricas en carteles publicitarios. Podrán hacer mierda muchas cosas. Pero jamás van a poder entrar a una escuela y sacarle a los pibes las ganas de jugar en el recreo con una botella aplastada. Nunca van a poder impedir que dos amigos hagan un arco con mochilas. Nunca van a lograr que un viejo deje de emocionarse viendo jugar al nieto.

Eso es imposible.

 

Una noche volví caminando solo después de jugar. Las piernas me dolían, tenía tierra hasta en los calzones y parecía Heidi por el chivo bajo el brazo. Pero venía contento. De esa felicidad sencilla que casi nunca aparece —o no le damos bola— y vale muchísimo si nos ponemos a pensar.

Pasé por una plaza y vi a unos chicos jugando un picado abajo de una luz amarilla. La pelota apenas picaba. Uno tenía guardapolvo todavía puesto. Otro jugaba descalzo. Discutían cada lateral como si fuera una pelea entre Trump e Irán.

—Fue mano.

—No fue mano.

—Te juro por mi vieja.

—¿Tu vieja qué, mentiroso?

Y seguían.

Sin VAR.

Sin sponsors.

Sin dirigentes.

Sin representantes.

Solo fútbol.

Me quedé mirándolos un rato largo. Creo que hasta sonreí solo como un boludo. Entonces entendí algo que el Negro venía diciendo hacía años y yo recién esa noche terminé de comprender del todo.

El fútbol profesional capaz está enfermo. Corrupto. Prostituido por tipos que jamás tocaron una pelota descalzos en una calle de tierra. Pero el fútbol de verdad sigue vivo en otro lado. En lugares donde las cámaras no llegan.

Está en el padre que sale antes del trabajo para ver diez minutos a su hijo o que los sábados abandona el descanso para poder ver al pibe jugar.

En el abuelo que escucha partidos por radio, porque así se escucna los partidos y no en una tele ultra HD 4K sacándole lo emocionante y la imaginación de lo que podría estar pasando.

En el utilero de un club bien de ascenso que acomoda la ropa un martes de lluvia. Que sabe que va a laburar como un perro y cobrar poco, pero igual lo hace.

En el Negro, que juega aunque no pueda respirar después de dos piques.

En el potrero.

Siempre en el potrero.

Y mientras exista aunque sea un pibe pateando una pelota contra una pared, el fútbol no se va a morir nunca.

Porque el fútbol no pertenece a los dirigentes.

Ni a la FIFA.

Ni a la AFA.

Ni a la televisión.

Ni a las multinacionales.

Ni a los jeques árabes o empresarios chinos.

Ni a las casas de apuestas.

El fútbol es nuestro. No es un Mundial, no es una Champions o una Libertadores. Es de los que juegan por amor, aunque al otro día tengan que levantarse a las seis de la mañana.

De los que se ríen perdiendo 8 a 2 porque el Negro metió un golazo para poner el descuento.

De los que todavía sienten un nudo en la garganta cuando escuchan el ruido de una pelota bien pateada.

Eso no lo van a entender jamás esos hijos de puta. O lo entendieron, pero se les borró de la cabeza por los billetes. Como dice un tango cantado por Julio Sosa, “Bien Bohemio”:

“Con diez guita' en el bolsillo hasta supe sonreír

En la cola de los vivos a mí no me van a ver

Yo sé bien que soy bohemio

Tengo mucha plata en sueños”.

Nosotros seguimos con ese sueño llamado fútbol, por más que seamos gordos, oficinistas, taxistas, albañiles, arquitectos, cuarentones o cincuentones…

Y mucho menos nos van a poder sacar ese sueño.

Toni Schweinheim
Obra Publicada, expediente Nº 510614. Dirección Nacional del Derecho de Autor




"El tercero de nuestros dioses", de Hernán Casciari

Aunque el torneo haya empezado el jueves, en mi cabeza arrancó hace un rato, a los 20 minutos del segundo tiempo del undécimo partido, cuando Messi hizo su primer gol en un Mundial con la camiseta número diez en la espalda.

Quiero olvidarme rápido del primer tiempo de Argentina contra Bosnia; hoy no es día (ni yo soy quién) para hablar de táctica. Prefiero centrarme en un detalle curioso: desde 1998 ningún jugador argentino con la diez en el pecho había marcado un gol. El último fue uno intrascendente del “Burrito” Ortega contra Jamaica en París.

El gol de Messi contra Bosnia le estampa a la camiseta argentina la rúbrica de sus antecesores: Kempes y Maradona. Fue un gol limpio, hermoso, de estilo propio y de importancia psicológica para el grupo, como los que hacían Mario Alberto y Diego Armando. Y también fue un gol en el Maracaná, en ese templo, y en medio de un torneo que se proyecta como el menos frívolo y el más intenso de lo que va de siglo.

Hacía mucho que un Mundial no arrancaba sin más distracciones que las propias del fútbol. Mientras escribo esto se jugaron once partidos y se marcaron 37 goles, a razón de casi tres y medio por barba. Hace cuatro años, Sudáfrica había dejado 18 goles escuálidos a esta altura (1,6 por partido) y no solo eso: seis de esos choques acabaron en empates tristes. En este Mundial de Brasil todavía no hubo empates.

¿Ustedes se acuerdan cuál fue el tema central durante la primera semana de Johannesburgo? Las vuvuzelas. Hablábamos sobre el ruido insoportable que bajaba de las tribunas. No había otra cosa para comentar.


Pero esta vez la Copa se disputa en tierras de raigambre futbolística, y eso nos salva de tribunas neófitas que creen que el fútbol es una fiesta de colores. En las canchas brasileñas la mayoría entiende el reglamento y no malgasta la tarde en hacer la ola, ni en taladrar con bocinas de camión, ni en tomar sopa en los entretiempos.

Hace un rato el Maracaná fue lo más parecido a una cancha de fútbol en los últimos tres mundiales. Me acuerdo en cambio de la tristeza de Japón-Corea 2002, cuando oíamos murmullos de gol en las tribunas cada vez que la pelota se iba al lateral. Nadie entendía un carajo de fútbol. En Brasil esto no ocurre: hay frecuencia pura entre el campo y los tablones.

En lo personal, mi única frivolidad adictiva es ir corriendo a Kiosko.net —después de alguna debacle muy sonada—, para ver cómo reaccionan las portadas regionales a su propio sacudón. El primer terremoto de la semana fueron los cinco de Holanda a España, que los dos países titularon así:

Pensé que me iba a hacer feliz la caída española, pero a la mitad del segundo tiempo empecé a sentir pena por los chicos del Barça. No sé por qué; no esperaba que mi cerebro optara por una reacción tan sentimental, tan de club.

Supongo que ver a Xavi, a Iniesta, a Piqué, a Busquets o a Cesc (todos tan queridos y nobles) con los ojos desencajados y sin saber para dónde salir disparando, me hizo recordar el fin del ciclo blaugrana y se me humedeció la mecha de la felicidad por ver tambalear a España. Solamente me iluminaba el corazón de alegría verle la cara a Sergio Ramos. ¡Ah, qué asco más grande le tengo a ese muchacho!

La segunda catástrofe fue todavía más impensada: Costa Rica le hizo tres a Uruguay y las portadas de los dos países lo vivieron distinto.

El hipotético triunfo de Costa Rica se pagaba 12 a 1 en las casas de apuestas online un minuto antes de empezar el partido. Después del gol de penal de Cavani, apostar por los ticos llegó a pagarse 37 a 1. Y la opción de un marcador final de tres a uno a favor de los débiles cotizó 101 a 1. Es decir, que si al inicio del segundo tiempo le apostabas cien dólares al resultado que acabó siendo, un rato después te llevabas a casa diez mil dólares y cien para el taxi.


Yo no aposté, ni a favor ni en contra. Lo único que hice fue mirar el partido con la boca abierta sin poder creer lo que estaba pasando, con una enorme sensación de angustia.

No quiero que los charrúas se vuelvan pronto a casa. En mi cabeza mundialista, el seleccionado uruguayo funciona como la rueda de repuesto del auto en unas vacaciones largas. Ante cualquier accidente, pinchazo o reventón argentino ahí está siempre la Celeste, en el baúl.

Me gustaría que el Mundial 2014 se mantenga intenso y lleno de emociones fuertes. Me gustaría mucho que Messi vuelva al Maracaná dentro de un mes y repita con la camiseta número diez. Me gustaría que el promedio de goles por partido se mantenga alto y que no suene ni una sola vuvuzela en las tribunas. Y por pedir, también quisiera que Uruguay siga en la Copa, porque es peligroso viajar por los mundiales sin rueda de auxilio.

Ocurra todo esto o no —y sin que incida que Argentina haya ganado hoy— este Mundial me gusta. Es una buena costumbre despertarse y saber que hay tres partidos al día, que la transmisión es siempre cuidada y limpia y que por fin hubo una fiesta inaugural pensada por gente de fútbol; es decir, breve y sin que a nadie le importe un carajo.

Una idea que todavía no se le ocurrió a ningún canal de televisión hispano —o por lo menos no lo he visto— es la de subtitular los himnos iniciales, y traducir los extranjeros al castellano. Sería fantástico entender qué dicen los versos patrios en cada cultura, y con qué palabras los gladiadores se hinchan las venas antes de empezar a defender sus colores y su honor.

Yo hice una pequeña prueba en video con pedacitos de los himnos de Colombia, Brasil y Chile. El resultado es intenso y muy informativo; no es habitual ver a jóvenes fortachones millonarios —en el momento más importante de sus vidas—, gritar frases como “oh gloria inmarcesible” o “la libertad en rayos fúlgidos”.

Si quieren hacerse eco de este pedido, hagan fuerza desde Twitter con #HimnosSubtitulados, a ver si alguien da pelota.

¡Pero no tuitéen durante los partidos, por el amor de Dios!


Habría que instaurar como regla que el que tuitea durante los partidos de Argentina o no está nervioso o el fútbol le chupa un huevo.

Twitter está muy bien para equilibrar la modorra de espectáculos aburridos, como los Juegos Olímpicos o los Premios Oscar. Es correcto, y hasta esperable, hacer chistes de 140 caracteres mientras seis chicas hacen natación sincronizada. Pero tuitear mientras países importantes se juegan la vida en un deporte serio, es un despropósito.

Lamento decirlo públicamente, pero qué vergüenza más grande me provoca espiar —tras la finalización de un partido— la cronología de algunos amigos míos a los que creía muy hombres, y que se han pasado todo el segundo tiempo de Argentina vs Bosnia haciendo chascarrillos sobre el apellido de un centrojás, o sobre la vestimenta del cuarto árbitro.

Que me perdonen mucho, pero los que tuitean en tiempo real mientras once de los nuestros aprietan los dientes, esa gente, no entiende la diferencia entre un Mundial y Masterchef.

Mi papá, que en paz descanse, no podía soportar que volara una mosca en medio de un partido. Si sonaba el timbre o el teléfono a la mitad del Mundial, él ponía gesto de incomprensión del universo y pronosticaba: “O es una vieja o es un puto”. Y siempre era una vieja o era un puto, no fallaba nunca. Una vez fue un mormón, que vendría a ser las dos cosas al mismo tiempo.

Es una suerte que Roberto Casciari haya muerto en 2008, antes de la twittermanía: el pobre no habría soportado descubrir que medio país (incluidos hombres grandes, con pelos en las patas) se hacen los chistosos desde su telefonito mientras Kempes y Maradona esperan en su parnaso al tercero de nuestros dioses. 

Por Hernán Casciari.
Publicado originalmente en su BLOG



Autoestima.

Esto me pasó hace varios años, antes del ascenso y, por ende, cambio de oficina. Por eso lo cuento ahora; contarlo en su momento hubiese sido mandar al frente a personas que conozco y que en algún momento estimé. Creo que hoy extraño un poco a esos compañeros, porque rompían la monotonía del trabajo de oficina. Muchos creen que uno, al recibirse de contador, abogado o ingeniero, va a estar en permanente lucha en su estudio, en los estrados o en plena obra. Pero no. Créame que la mayoría terminamos en una oficina, algunos mejores pagos que otros, pero en una oficina, al fin y al cabo.

Uno de esos compañeros era Jorgito, un ingeniero caído en desgracia. Vivía en un monoambiente en San Telmo. Se había divorciado hacía mucho ya, veía a los hijos fin de semana de por medio. En la oficina era, cómo decirlo, bastante vago. El perchero, bastante destartalado, cumplía más funciones que él. Uno sabía que, si dejaba la campera o el sobretodo ahí, al final del día permanecería en su negro gancho de caño. Ahora, darle un expediente o un laburo a Jorgito era no saber a dónde iba a parar; Jorgito o el expediente.

Pero lo queríamos. Era un hombre entrado en kilos y años. Charlatán, pelón y se enganchaba en todas las discusiones futboleras, por más que no supiera un soto de fútbol. También era bastante chusma. Sabía la vida privada de casi todos. Con quién salía Juana de Contabilidad o qué chanchullo se había mandado Fernando de Compras y hasta qué color de calzoncillos tenía el jefe en el segundo cajón de su habitación. Muchas veces —generalmente al día 15 del mes, cuando el sueldo empieza a mermar— no hablaba con nadie y tenía una cara de culo que ponía en ese estado a toda la oficina. Todos sabíamos que era por problemas de guita. A pesar de ser ingeniero, ya estaba un poco grande y había dilapidado todas las oportunidades de ascenso. Hasta jugábamos apuestas; creíamos que al perchero lo iban a ascender antes que a él.

Jorgito vivía con lo justo, pero le gustaba aparentar. Cuando vendió su Renault 19, esgrimió que “contaminaba mucho”. Justo él, que no sabía para qué era el cesto verde que estaba junto al negro, en el pasillo afuera de la oficina. Todos sabíamos que lo había vendido para pagar expensas, porque en cualquier momento lo rajaban del monoambiente. También hablaba mucho de su “época de oro”, de cuando llegó a tener cuatro o cinco departamentos y lo estafaron. O de cómo la mujer lo dejó en Pampa y la vía llevándose todo. Nosotros sabíamos que era verso, que la mujer fue la que le dejó de lástima un monoambiente que era de ella, porque Jorgito nunca tuvo un mango. Pero bueno, ahí estaba, viniendo a la oficina a tomar café, fumarse un pucho en la ventana y hablar de todo.

Un día cambió. Todo cambió. Por lo menos en la vida de Jorge.

Se mostraba más alegre. Llegaban los días 15, 18, 20 y seguía con el mismo sueldo miserable, pero de buen humor. “Creo que Jorgito la está poniendo”, me decía Juan, compañero de escritorio. Nos reíamos y empezamos a joderlo, porque la maldad es uno de los condimentos del compañerismo; uno ni con su señora pasa ocho horas encerrado todos los días.

Las semanas siguieron y Jorgito cada vez estaba más arriba. Silbaba melodías raras. Venía peinado. Un lunes cayó hasta con una bufanda de colores, que no se la pondría ni un payaso en medio de una animación infantil.

Y de golpe, un día, se apareció con una notebook. Una cosa vieja, despintada, con una calcomanía de Windows Vista medio salida. La apoyó en el escritorio y arrancó una videollamada sin siquiera ponerse auriculares.

—Aló Jorge Alberto, ya estamos en la call. Jürgen, Giuseppe y tú. Falta que se conecte Joao y Xiu.

Toda la oficina se quedó en silencio. No por respeto, por curiosidad y chusmerío. Además, con esos nombres parecía una telenovela mexicana.

De la computadora empezaron a salir voces con acentos imposibles. Un alemán que hablaba como doblaje barato, un italiano acelerado, un chino que pronunciaba las erres como eles y una española que parecía estar permanentemente indignada. Mientras tanto Jorgito mutaba el acento según quién hablara. Si hablaba con el italiano, gesticulaba. Si hablaba con el chino, inclinaba la cabeza como si eso ayudara. Estaba más concentrado que Kung Fu en la montaña.

—Estamos viendo con nuestros socios en Argentina que el barril de petróleo se ha encarecido, pero os podemos compensar con commodities…

Nos mirábamos todos sin entender un joraca.  Porque el mismo tipo que una semana antes había mangueado una luca para un cortado ahora hablaba de commodities como si manejara la Bolsa de Nueva York. De golpe y porrazo era el Lobo de Wall Street.

La escena empezó a repetirse todos los días. Ya ni laburaba. Se la pasaba de llamada en llamada, tomando notas en una libreta Gloria llena de garabatos. A veces se reía solo mirando la pantalla. Otras veces cerraba los ojos y asentía, muy serio, como si le estuvieran revelando secretos de Estado.

—Creo que Jorgito la miseria lo enloqueció del todo —comentó Brian una mañana en el dispenser.

—O se ganó el Quini y no nos quiere contar.

—No, boludo. Para mí cayó en una secta.

La teoría de la secta empezó como chiste y terminó siendo la explicación oficial de la oficina. Encima Jorgito estaba insoportable. No porque estuviera mal. Estaba demasiado bien. Entraba saludando fuerte, abrazaba gente, le decía “campeón” hasta al cadete y empezó a tirar frases motivacionales completamente fuera de contexto.

—El límite está en la mente.

—Hay que conectar con el potencial interior.

—Somos arquitectos de nuestra propia abundancia.

La primera vez nos causó gracia. A la cuarta ya te daban ganas de ahorcarlo con el cable del teléfono o revolearle el borrador de la pizarra que nunca usábamos. Una tarde lo escuché hablando con un italiano.

—Giuseppe, hermano, tú tienes que abrazar al niño interior.

Casi escupo el café. El tano, del otro lado, lloraba  o eso parecía, la verdad que ni idea, porque llegó el punto en el que las conversaciones bizarras de Jorgito ya se habían vuelto parte del sonido ambiente. Pero él lo seguía consolando al tano. En español, pero haciendo un acento como si hablara en tano.

—No importa el divorcio, Giuseppe. Tú eres valioso. Salva tu matrimonio. Tú puedes.

Ahí nos miramos todos. Silencio total. Algo no cerraba. Durante semanas habíamos pensado que Jorgito estaba metido en negocios turbios internacionales, lavado de guita o una red de criptomonedas falopa. Pero no. Lo que estaba haciendo era muchísimo peor: al parecer era coach o algo por el estilo.

Con el tiempo fuimos entendiendo el panorama. Las supuestas “reuniones financieras” eran grupos de autoayuda internacionales. Tipos y minas de distintos países conectándose para hablar de autoestima, inseguridades y “energía personal”. Fernando Carlos, el caribeño, era un venezolano radicado en Miami que se hacía llamar “mentor emocional holístico”. La española vendía cursos para “reconectar con la diosa interna”. El alemán tenía un canal de YouTube donde lloraba contando cómo había aprendido a quererse después de perder una parrilla temática en Berlín.

Y Jorgito estaba fascinado. Por primera vez en su vida sentía que pertenecía a algo. El problema fue que empezó a llevarlo demasiado lejos. Nos hacía repetir afirmaciones positivas antes de arrancar la jornada.

—Mírense a los ojos y digan “soy suficiente”.

Brian casi lo surte ese día. Después aparecieron cartelitos pegados por la oficina: “Florece donde estés plantado”, “Hoy elige ser tu mejor versión”, “Sonríe, el universo escucha”. Los cartelitos parecían hechos por algún nene de jardín en una cartulina chillona, con letras mal recortadas. Podría haber usado la Inteligencia Artificial al menos para hacer los carteles y luego imprimirlas, pero bueh.

El jefe estaba encantado.  Decía que había mejorado el clima laboral. Y honestamente… algo de razón tenía, mas que nada porque Jorgito no nos contagiaba su cara de ojete post dia 15 del mes. Además, nos divertíamos con sus diálogos bizarrisimos.

Hasta que llegó el viernes del desastre. Ese día Jorgito vino emocionadísimo porque iba a coordinar su primera “cumbre internacional de autoestima”. Había llevado sanguchitos de miga y una gaseosa marca dudosa para festejar.

A las cuatro de la tarde conectó la notebook en el medio de la oficina.

—Bienvenidos hermanos del amor propio —arrancó diciendo, completamente extasiado.

En la pantalla empezaron a aparecer las caras de todos los personajes de siempre. Giuseppe. Xiu. Fernando Carlos. La gallega. Un brasilero musculoso que hablaba desde una hamaca paraguaya.

Y de repente Jorgito dijo:

—Hoy tenemos nuevos integrantes desde Argentina.

Nos señaló a nosotros. Yo pensé que estaba jodiendo. Pero no, era posta.

—Gabriel tiene problemas para expresar emociones —dijo señalándome—. Brian trabaja mucho la ira. Juan todavía no sana heridas vinculares.

Casi me muero o nos morimos. Me acuerdo que Brian se puso colorado y por un momento temí que le recagará a trompadas a Jorgito.

Juan directamente lo reputeó:

—¡Pero andate a la concha de tu madre, Jorge! ¿¡Qué te pensás que es esto, pelotudo!? ¿¡Gran Hermano!?

Lo peor fue que los extranjeros empezaron a aplaudir.

—Bravo Juan, expulsar el dolor es sanar —dijo Fernando Carlos con su tono caribeño.

Ahí explotó todo. Brian le revoleó la taza con café. Juan le quiso sacar la notebook y empezaron a forcejear.

La española empezó a llorar.  El brasilero gritaba “deixa fluir, irmão”. Y Jorgito, en medio del caos, lloraba emocionado diciendo:

—¡Esto es crecimiento personal! ¡Por fin están conectando con ustedes mismos!

En el forcejeo, la notebook salió volando y le dio de lleno al vidrio del microondas donde me estaba calentando un café.  Hubo un chispazo. Se cortó la luz en toda la oficina. Y en el silencio absoluto que quedó después, lo único que se escuchó fue la voz de Fernando Carlos saliendo distorsionada desde los parlantes mojados:

—El verdadero liderazgo nace del amor propio…

Jorgito se quedó mirando la notebook humeando como si hubiese muerto un familiar. Y no sé qué fue más triste: verlo juntar los pedazos de esa computadora vieja… o escuchar cómo decía bajito, casi quebrado:

—Porque no se van todos a la reconcha puta de su hermana, manga de fracasados que nunca van a salir de esta oficina de mierda ¡Soretes!

Lo que vino después fue una gresca generalizada. Todos contra Jorgito, le dieron para que tenga, guarde y reparta entre los miembros de la mesa de autoayuda. Cuando apareció el jefe y vio semejante espectáculo dantesco, se quiso poner a separar y también la ligó.

Por suerte, luego, me ascendieron, bueno en realidad fue porque no participé en la batahola en la cual casi lincharon al boludazo de Jorgito y suspendieron a casi todos. Ganas no me faltaron, pero me contuve porque estaba ocupado revoleándole el celular por la ventana.

Toni Schweinheim
Obra Publicada, expediente Nº 510614. Dirección Nacional del Derecho de Autor



"Ayer vi ganar a los argentinos" de Roberto Arlt

Ustedes dirán que soy el globero más extraordinario que ha pisado El Mundo por lo que voy a decirles. Ayer fue el primer partido de fútbol que vi en mi vida, es decir, en los veintinueve años de existencia que tengo, si no se cuentan como partidos de fútbol esos con pelota de mano que juegan los purretes y que todos, cuando menos, hemos ensayado con detrimento del calzado y de la ropa. Sí; el primer partido, de modo que no les extrañen las macanas que puedo decir.

Señor Presidente.

Lo primero que hizo Julián Adrián Varela cuando volvió a Rosario fue bajar la ventanilla del taxi y respirar hondo.

—El río sigue teniendo olor a río —pensó, con los ojos húmedos por la emoción de volver.

El tachero lo reconoció por el espejo enseguida. Era imposible no hacerlo. Durante quince años, la cara de Julián había estado pegada en publicidades de botines, tapas de diarios deportivos, figuritas y videojuegos. El nueve rosarino que había salido de las inferiores de Rosario Central para conquistar Europa.

Había debutado con dieciocho años, flaquito y rápido, con esa manera de correr medio inclinado hacia adelante, como si siempre llegara tarde a algún lado. Podría decirse que era un nuevo Ángel Di María, aunque con el correr del tiempo empezó a ganar masa muscular. Fue goleador de un torneo que el Canalla peleó hasta el final, aunque no logró ganarlo. Le quedó esa espina, pero no tuvo tiempo de sacársela porque Europa ya lo buscaba.

Primero lo compró el Bayern Munich. Se convirtió en goleador indiscutido de la Bundesliga, que el Bayern ya ganaba caminando desde hacía décadas, y pudo levantar una Champions. No hizo goles en la final, pero fue clave para llegar hasta ella. Después pasó por el Manchester City, donde ganó ligas y copas, aunque se le escapó una Champions. Más tarde vino el Barcelona, donde tocó el cielo durante un par de temporadas y terminó de convertirse en ídolo mundial: dos Champions al hilo, goleador… Ni hablar de la Selección, donde ganó de todo. No era un Messi, porque las comparaciones son odiosas y además jugaban en puestos distintos, pero sí podría decirse que era una especie de Batistuta 2.0.

El último tramo de su carrera europea fue en el Newcastle, donde llevó al equipo a clasificarse a la Champions con doce goles en la temporada. Volvió a retirarse a Central a los treinta y nueve años. Para un delantero, la edad no pesa tanto: se compensa con cerebro y experiencia. Sabía dónde pararse, sabía dónde estaba el gol. Cuándo picarla y cuándo reventarla contra la red. Eso le permitía caminar la cancha durante setenta minutos y, aun así, encontrar un hueco imposible en el minuto ochenta y ocho para mandarla adentro.

No salió goleador del torneo ni Central peleó los primeros puestos. Jugó dos campeonatos y se retiró. Todos recuerdan su último gol. Fue contra Boca y llovía fuerte, como para hacerlo más épico. Le llegó un centro desde la derecha; se elevó más que nadie, metió un frentazo al piso y la pelota hizo una especie de patito que descolocó al arquero antes de entrar.

Como pasa con todo ídolo que se retira, la dirigencia sintió que tenía que inventarle algo urgente: manager, coordinador de inferiores, técnico de Primera… algún puestito. Durante un tiempo lo llamaron para cenas solidarias, inauguraciones de parrillas, campañas políticas, cumpleaños de quince y debates televisivos donde cinco tipos gritaban al mismo tiempo.

Pero a Varela no le gustaba nada de eso.

Él quería contribuir de verdad.

Así que, de un día para el otro, desapareció.

Muchos creyeron que se había ido del país a hacer negocios en Europa, como hacen tantos jugadores que juntaron fortuna durante su carrera. Otros decían que andaba perdido en un campo que había comprado. Cada hincha tenía una teoría distinta. 

En realidad, se había anotado en la facultad.

Primero estudió Derecho y después Contabilidad. Le costó muchísimo más que jugar una Champions League. Había noches en las que se quedaba dormido arriba de códigos subrayados, con los lentes puestos y la televisión prendida sin volumen.

Iba a cursar con un gorrito, bien afeitado y con el pelo corto, casi irreconocible. Tuvo suerte: en la universidad muchos son apenas un número de registro, sobre todo en la Facultad de Económicas. A veces lo reconocían y le pedían fotos, pero él no quería saber nada con volver a sentirse famoso.

Una madrugada, mientras preparaba un parcial de Derecho Administrativo, escuchó a unos vecinos discutir en el departamento de abajo.

Se peleaban por plata.

La mujer lloraba.

El hombre repetía que el sueldo no alcanzaba y qué había que volver a la casa de los suegros.

Y el bebé, como para volver todo más insoportable, también lloraba.

Julián apagó la luz y se quedó quieto.

Hacía rato que no sabía cuánto costaba vivir. Como jugador —y aun después de retirado— le manejaban todo: impuestos, contratos, inversiones, propiedades.

Ese descubrimiento le dio vergüenza.

Primero, porque sintió que estaba invadiendo la intimidad de los vecinos al escuchar la discusión. Después, porque entendió que él podía ayudar de alguna manera y no lo estaba haciendo.

Ese recuerdo empezó a taladrarle la cabeza cada tanto.

Hasta que un día volvió al club.

Cuando se involucró otra vez en Central, ya no era el exjugador simpático que saluda desde un palco. Llegó con carpetas, proyectos y una idea fija: ordenar el club como si fuera una familia cansada de sobrevivir.

Central venía de años de ostracismo. Cada tanto salvaba una temporada ganándole el clásico a Newell's, aunque a veces ni eso. Económicamente estaba destruido: empleados despedidos, jugadores sin cobrar, chicos de la pensión sin cena… un desastre.

Ganó las elecciones.

Muchos dijeron que “habían votado al ídolo”, todavía con el recuerdo fresco de los casos de Milito, Verón y Riquelme, o incluso, Passarella. Central ya había tenido un ex jugador como presidente, Gonzalo Belloso, pero no era ídolo como sí lo era Julian Varela. Algunos esperaban que le fuera mal; otros, en cambio, lo votaron con la ilusión de volver a creer. 

Contra todo pronóstico, le fue muy bien.

Se rodeó de exfutbolistas que conocían el barro del club, utileros viejos, hinchas que habían pasado décadas acomodando cables o pintando tribunas sin cobrar un peso.

Volvieron a poner en condiciones las inferiores.

Arreglaron el predio.

Las cuentas dejaron de estar en rojo.

El campeonato económico lo ganó de punta a punta, aunque todavía faltaba el deportivo. Porque uno puede generar plata, saldar deudas, mejorar instalaciones y potenciar la marca del club, pero si la pelota no entra, igual terminás señalado como un corrupto. En ese juego medio macabro, Varela se bancó varias puteadas por pijotear en refuerzos mientras acomodaba las finanzas.

Pero siguió acelerando.

Cuando el club ya estuvo ordenado, armó un equipazo. Repatrió una columna vertebral de jugadores surgidos de la cantera: Carlos Gero, un arquero imbatible; Miguel Harta, un cinco con marca, juego y gol. Y para cerrar, trajeron a Guillermo Balboa, el nueve vendido de juvenil que había explotado en River.

Después llegaron buenos refuerzos del torneo local.

¿El resultado?

Rosario Central campeón y clasificado a la Copa Libertadores.

Podríamos detenernos en estadísticas o resultados, pero no estamos haciendo un informe deportivo. Lo importante es que ese Central terminó levantando la Libertadores.

A Julián Varela se le infló el pecho.

Y también otra cosa que hasta entonces había permanecido bastante escondida: el ego.

Ahí empezaron a aparecer los amigos del éxito ajeno. Los aduladores que querían manejarlo, empujarlo a hacer cosas que él jamás habría hecho solo, o que tal vez sí, aunque nunca se hubiera animado sin esos murmullos constantes de los lamebotas del triunfo.

El problema empezó cuando creyó que un país podía manejarse igual que un club.

O peor todavía: cuando la gente creyó lo mismo.

Los aduladores lo fueron empujando, de a poco, hacia la política. Primero entrevistas, después actos, más tarde cenas con empresarios, gobernadores, sindicalistas y periodistas que lo trataban como si todavía pudiera meter el gol salvador en tiempo adicionado.

Los políticos de siempre parecían hechos con fotocopiadora. Las mismas caras, las mismas promesas, las mismas discusiones de televisión mientras el almacenero remarcaba precios con bronca.

Derecha, centro, izquierda, peronismo, radicalismo, libertarios… para mucha gente ya eran todos iguales. 

Y la gente estaba harta.

Entonces apareció Julián.

Sin corbata.

Hablando simple, aunque educadamente, como si pidiera permiso para entrar en las casas a través de la televisión.

Diciendo que había que “volver a ordenar las cosas”.

En el fondo, seguía pensando en aquella familia que discutía por plata. Y si había podido sacar adelante a su querido club, ¿cómo no iba a poder ayudar a su amado país, por el que tantas veces había puesto la pierna, la cabeza… todo?

No vamos a aburrirnos con los detalles de la campaña, ni con porcentajes o rivales políticos.

Lo cierto es que Julián ganó en primera vuelta, y con comodidad.

El día de la asunción llovió igual que en su último gol.

Muchos lo tomaron como una señal.

Los primeros meses fueron tranquilos.

Después empezó el desgaste.

Cada sector tiraba para un lado distinto. Los empresarios querían una cosa, los gobernadores otra, el círculo rojo otra, el campo otra y el Fondo Monetario otra.

Como delantero podía romper marcas; acá era imposible.

En Central, pese a los egos, todos querían el bien del club. Acá, en cambio, cada uno parecía jugar su propio partido.

Sus asesores no se parecían en nada a aquellos hombres del club.

Y como pasa casi siempre cuando un gobierno queda atrapado entre tantas presiones, el dólar subió, la inflación empeoró y hubo corridas bancarias, paros y desocupación. A veces se obedecía al FMI; otras, se lo desafiaba; después se volvía a obedecerlo.

Desfilaron ministros de Economía como técnicos de un equipo en crisis.

Con cierta ironía, Julián pensaba que eran iguales: los primeros en volar cuando las cosas andaban mal.

El Congreso era un campo minado. Los diputados que antes lo abrazaban ahora negociaban cargos en televisión. Los gobernadores lo apoyaban de día y le votaban en contra de noche.

En los canales aparecían panelistas que juraban haber sido “los primeros en advertirlo”.

Cada semana había una marcha nueva.

Y en Rosario, incluso algunos hinchas de Central empezaron a insultarlo en la cancha.

Eso fue lo que más le dolió.

Una tarde de invierno salió a caminar sin custodia y medio camuflado: campera de la Selección, gorrita y capucha. Se sentó en un banco de plaza.

En el banco de al lado, una pareja discutía —o más bien se lamentaba— porque la plata no alcanzaba.

Volvió a pensar en aquella discusión de sus años de estudiante.

Fue como recibir un cachetazo helado: nada se había solucionado y había puesto todo de él.

A partir de ahí entró en piloto automático.

Parecía un zombi. Tenía la mirada cansada de los hombres que sienten que decepcionaron a demasiada gente. Pero peor todavía: sentía que se había decepcionado a sí mismo.

Hacia el final del mandato casi no hablaba en público. Y, por distintas razones, la gente aguantó hasta el último día, nadie sabe cómo ni por qué.

Las elecciones las ganó el radical Enzo Parnacchelli.  Julián ni siquiera se presentó para un segundo mandato.  Su partido terminó cuarto, cómodo.

La noche después de entregar el poder volvió solo a Rosario.

Caminó hasta el Gigante de Arroyito.

La cancha estaba cerrada, pero el sereno lo dejó pasar igual.

—Presidente… digo, Julián… — no dijo mas nada, y se corrió a un costado para dejarlo pasar.

Él sonrió apenas.

Entró al estadio vacío y se sentó en la popular.

El pasto brillaba oscuro bajo las luces mínimas de mantenimiento.

Entonces pasó algo raro:

Primero escuchó murmullos.

Después canciones.

Después vio gente.

Miles.

La cancha empezó a llenarse lentamente, aunque las puertas seguían cerradas. Aparecieron hinchas viejos, algunos muertos hacía años. Tipos con camisetas antiguas. Mujeres cebando mate. Pibes con banderas enormes.

Incluso vio a su padre, apoyado contra un alambrado, fumando como cuando él era chico.

Pero entre la multitud también empezó a reconocer otras caras: un obrero con casco, una maestra, un kiosquero, una médica agotada, un jubilado abrazando una boleta de luz, un chico revolviendo basura con una camiseta de la Selección.

Todos mezclados en la misma tribuna.

Su padre levantó una mano y señaló el centro de la cancha.

Entonces apareció una pelota.

Julián bajó lentamente las escaleras de la tribuna. Las piernas ya no le daban para correr, pero igual entró al campo.

Cuando pateó la pelota, el estadio entero se apagó.

Oscuridad total.

Y durante unos segundos, Rosario completa sintió olor a pasto mojado.

Al mismo tiempo, en todo el país, se cortó la cadena nacional que transmitía el discurso del presidente entrante. Las pantallas quedaron llenas de lluvia blanca y un zumbido viejo, como de televisor antiguo, algo imposible en los nuevos Smart TV.

Después apareció una imagen borrosa.

Parecía Julián, con la nueve en la espalda.

Fue apenas una fracción de segundo.

Se habló de sabotaje político, de operaciones del partido de Varela, de un intento de desestabilizar al gobierno recién asumido. Se dijo de todo. Pero nadie pudo explicar jamás qué había pasado.

Al día siguiente no encontraron a Julián.

Ni custodios, ni periodistas, ni dirigentes, ni amigos, ni familiares.

Otra vez empezaron los rumores: que estaba en Panamá con toda la plata que se había robado; que escapó al sur y se cambió el nombre; que había puesto testaferros y se había ido a Europa.

Pero lo único cierto fue que nunca más volvió a aparecer.

Y desde entonces, cada vez que un político promete “salvar al país” en televisión, en algún rincón de Rosario empieza a llover, aunque el pronóstico anuncie un solazo.

Y los viejos del barrio, sin dejar de mirar la lluvia, repiten siempre lo mismo:

—A un club se lo levanta con amor… habría que intentar lo mismo con el país.



Toni Schweinheim
Obra Publicada, expediente Nº 510614. Dirección Nacional del Derecho de Autor





El señor de los anillos.

Debo reconocer que el título de esto es medio engañoso. O directamente engañoso. Si usted espera encontrar en el siguiente relato algún Elfo, Hobbit u Orco, mejor siga de largo y búsquese otra cosa. El título, o mejor dicho, el apodo de “el señor de los anillos”, fue el que le encajaron al bueno de Mombeko Lukembo, un nigeriano que pasó por el club hace unos años.

De movida, el sobrenombre tenía bastante mala leche. Eso de que ahora todo el mundo es políticamente correcto es verso. En una cancha de fútbol uno escucha barbaridades que dan vergüenza ajena. Y lo peor es que ya ni sorprenden. Está tan naturalizado que a veces parece parte del paisaje. A mí nunca me gustó esa mierda. Más de una vez terminé discutiendo en la platea con algún pelotudo que se hacía el gracioso gritando cosas contra los extranjeros. Pero bueno, tampoco vine acá a dar clases de moral. Esta es otra historia. La de un tipo que vino de muy lejos a jugar al fútbol en Argentina.

Yo lo conocí en los partidos de reserva, a lo que hoy llaman “proyección”. Como el predio me quedaba cerca, iba siempre, hasta cuando llovía. Mombeko decía tener diecinueve años. El documento también decía diecinueve. El cuerpo no tanto. Era enorme. Espalda ancha, brazos duros, piernas de velocista. Parecía tallado en madera oscura.

Lo del apodo nació una tarde contra Defensa y Justicia, ya en Primera. Desde la tribuna visitante empezaron a gritarle que se volviera a vender anillos, relojes y vaya uno a saber cuántas porquerías más. El tipo no contestó nada. Se limitó a meter dos goles y sonreír.

Después del segundo, desde nuestra popular salió un grito que quedó para siempre:

—¡Mombeko es un señor! ¡El señor de los anillos!

El remate del canto era bastante más ordinario, pero mejor dejarlo ahí. La cuestión es que el apodo quedó pegado desde ese día. Lo curioso es que a él nunca pareció molestarle. Capaz porque no entendía del todo. O capaz porque entendía más de lo que todos creíamos.

Volviendo a su paso por reserva: jugábamos contra Belgrano. Aquella tarde estaba errático. Muy errático. Enganchó para afuera y sacó un derechazo horrible que se perdió por arriba del travesaño. Era la cuarta clara que desperdiciaba.

—¡Dale, Mombe, así no llegás a Primera! —gritó el técnico.

Él levantó una mano sin darse vuelta. Ni fastidio mostró. Eso era raro. Cuando las cosas no le salían, normalmente se enfurecía consigo mismo. Esa vez parecía distraído y se tocaba el dedo del medio.

El partido siguió espeso, trabado… parecía rugby. Faltaban diez minutos cuando recibió de espaldas cerca del área. La paró mal, se le fue larga, chocó con un defensor… y aun así siguió. Metió el cuerpo, recuperó la pelota de alguna manera y sacó un remate cruzado que entró pegado al palo: golazo.

Pero ni lo gritó.

Se quedó quieto mirando el arco, respirando fuerte, como si hubiese corrido veinte cuadras. Los compañeros lo abrazaban y él apenas sonreía, seguía tocándose el dedo mayor.

A partir de ahí empezó algo raro. Porque una cosa es entrar en racha y otra muy distinta es lo de Mombeko. Parecía imposible que errara. Hacía goles de cabeza, de chilena, empujándola abajo del arco o clavándola desde treinta metros. En siete partidos metió once goles. Los periodistas partidarios ya hablaban de “la joya africana”. En la platea decían que duraba seis meses antes de irse a Europa. Que Boca ya lo tenía apalabrado. Y ni siquiera había debutado en Primera. Los más pesimistas decían que solo lo podía hacer en reserva, que en primera se lo comían en dos pancitos.

Llegó el debut en Primera y empezó a romper redes. Goles de todos los colores: de cabeza, de afuera del área, de chilena, de volea… En seis fechas ya era el goleador del torneo.

Pero junto con los goles empezaron los comentarios: que no se bañaba con el resto por el tamaño de la tararira; que nunca se cambiaba delante de nadie; que hablaba solo; que dormía poco; que tenía una bolsita roja con oro o metales preciosos que llevaba a todos lados. Hasta le llovían novias. Que estaba de novio con Mengana, con Fulana, Sultana…

El Viejo Acosta, utilero del club desde antes que yo naciera, juró haberlo escuchado una noche murmurando algo raro en el vestuario vacío. No era español ni inglés. Sonaba como una oración.

—¿Y qué hacía? —le pregunté.

—Tenía un brazo levantado hacia la luna y se le veía un anillo —me dijo—. Un anillo.

Ahí me reí. Pero más adelante me dio pánico.

Porque después empezaron a aparecer más historias.

Un compañero decía que Mombeko guardaba varios anillos en una bolsa roja de tela. Otro juraba que antes de cada partido elegía uno distinto. Había quien decía que se los habían regalado en África. Otros, que eran reliquias familiares. Uno incluso aseguró que estaban hechos con huesos humanos.

Pavadas de vestuario, pensé yo.

Con el correr de las fechas estábamos punteros gracias a un delantero así. Si el rival nos metía dos, el Negro les hacía tres, porque en defensa éramos un flancito.

Cuando goleamos a San Lorenzo y quedamos primeros, esa noche, mientras todos deliraban, yo me quedé con un detalle mínimo. Mombeko metió el tercero y se llevó la mano al pecho, por debajo de la camiseta, como apretando algo. Después, viendo la repetición en casa, lo noté otra vez: un brillo muerto, opaco… pero brillaba. Eso era lo raro. Algo metálico entre los dedos.

A la semana siguiente empezaron las cábalas. Mombeko se puso exquisito: que no había que tocarle la cabeza antes de salir; que no había que sentarse en su lugar; que no había que preguntarle por los anillos.

Esto último lo decía muy seriamente.

Además, cuando alguien se animaba a mencionarlos, Mombeko cambiaba la cara y se iba.

Una tarde, Miguelo, un defensor grandote, medio fanfarrón, quiso cargarlo en el entrenamiento.

—Eh, Señor de los Anillos… ¿hoy cuál usaste? ¿El del gol o el de correr rápido para que no te agarren los leones?

Mombeko frenó en seco. Lo miró fijo.

—No se jode con eso.

Y siguió caminando.

Miguelo quedó fulminado con la mirada. Nunca más volvió a dirigirle la palabra.

El clásico llegó en invierno. Frío de mierda, cancha llena y clima espeso. Partido de esos en los que te duele la panza de los nervios, de los que te hacen sentir cagazo aunque los tengas de hijos.

A los cinco minutos ya perdíamos uno a cero. Encima nos echaron a Miguelo a los diez. Se venía lo peor, pensábamos todos. Algunos ya ni querían mirar.

Encima, Mombeko estaba desconocido. Perdía pelotas fáciles, llegaba tarde, discutía con el árbitro. Parecía agotado.

En el segundo tiempo empatamos de casualidad: centro al área, el arquero de ellos sale mal y Ramírez la empuja torpemente. Pero entró, al fin y al cabo.

Y cuando faltaban quince minutos, estando metidos en un arco, un córner mal pateado de ellos terminó en un despeje de Ávila al medio de la cancha. Ahí estaba Mombeko. La agarró y enfiló como una flecha hacia el área rival, que estaba desguarnecida.

Pero no fue una corrida normal.

Era como si el resto estuviera en cámara lenta. Los pocos defensores que se habían retrasado quedaban atrás sin entender cómo. Llegó al área y definió cruzado.

Gol.

Explotamos de alegría todos. No lo podíamos creer. Una bestia Mombeko.

Comenzó el clásico cántico:

—¡Negrooo, negrooo, olé olé, olé olé, negrooo, negrooo!

Vino el agasajado enfrente nuestro, levantó los brazos saludándonos y ahí ocurrió.

Él estaba de espaldas. Los compañeros vinieron a festejar y lo tiraron al suelo. Luego del tumulto, la cara de Mombeko era otra. Estaba pálido, como perdido, y empezó a buscar en el césped.

Siguió un largo rato buscando algo, tanto que los compañeros y el árbitro tuvieron que hacerlo volver a la cancha a tirones.

Ya no fue el mismo.

Se quedó parado mirando fijamente la zona donde había perdido eso que no imaginábamos qué era.

Para colmo de males, nos rajaron a Rapetti. Pasamos de la euforia al cagazo, y del cagazo a los hechos: en diez minutos nos dieron vuelta el partido.

Mombeko seguía buscando algo, así como nuestro arquero la buscaba adentro del arco.

El partido terminó, pero el negro seguía ahí buscando.

Sus compañeros le preguntaban qué le pasaba. Algunos pensaron que era un lente de contacto.

Un anillo.

Y sí, era un anillo.

Lo encontró el Viejo Acosta dos horas después. Mombeko saltó de alegría al momento de ver ese pequeño anillo de nuevo. Pero, súbitamente, esa alegría se transformó en tristeza.

Uno le preguntó qué le pasaba.

Él levantó apenas la cabeza y respondió con lágrimas en los ojos:

—Ya no sirve más. No me sirve.

Así nomás dijo.

Nadie entendió un carajo.

A la semana desapareció. El club habló de problemas personales. Después dijeron que tenía ofertas de afuera. Después no dijeron más nada.

Simplemente dejó de existir.

Pasaron los años y el olvido hizo el resto.

Yo me acordaba de él cada tanto, sobre todo cuando algún nueve grandote erraba goles imposibles y alguien en la tribuna gritaba:

—¡Traigan otro Mombeko, pero medicado!

Sí, los malos chistes seguían y siguen estando en las tribunas, como dije al principio.

Hasta que una tarde lo vi.

O eso creo.

Pero sí, era él. Soy miope, pero no tanto.

Fue en Once. Entre manteros y vendedores ambulantes. Había un tipo enorme sentado en una manta llena de relojes, cadenas y anillos… muchos anillos.

Me acerqué despacio.

—¿Mombeko?

El hombre levantó la vista.

Era él. O alguien demasiado parecido. No voy a caer en la estupidez de decir que todos se parecen, pero era él. Estoy seguro.

—Amigo… ¿buscás algo? —me sacó de mi conflicto mental sobre si era él o no.

Miré la manta. Había decenas de anillos distintos. Algunos brillaban raro.

—¿Funcionan? —pregunté, medio en chiste.

El tipo me sostuvo la mirada unos segundos.

—Algunos sí.

No sé por qué, pero me dio escalofríos.

Señalé uno cualquiera.

—¿Y ese?

Negó con la cabeza.

—No. Ese ya tuvo dueño.

Después agarró otro más oscuro, casi negro.

—Este puede servirte. Solo no te lo saques.

Lo puso en mi mano. Pesaba demasiado para ser tan chico.

—¿Cuánto es?

El tipo sonrió.

—Nada.

—¿Cómo nada?

—Ya es tuyo. Él te eligió.

Quedé medio boludo. No sabía si era él o no, ni qué carajo había querido decirme con lo del anillo.

Me fui medio atontado. No sé ni si me despedí o qué le dije. Se me hace confusa tanta locura junta.

Llegué a casa, mi mujer vio el anillo y me cagó a pedos porque pensó que me lo había regalado otra.

Le conté exactamente lo que había pasado, pero como sonaba bastante bizarro, me mandó a dormir al sillón sin creerme nada. Esa noche soñé que corría más rápido que cualquiera. Que nadie podía alcanzarme.

Al otro día jugué un picado con amigos y metí siete goles. Yo. Que de pedo llegaba entero a los veinte minutos y que le erro hasta al suelo si le escupo.

Recién cuando volví a casa me di cuenta de algo peor: el anillo seguía puesto. Y no me lo podía sacar.


Toni Schweinheim
Obra Publicada, expediente Nº 510614. Dirección Nacional del Derecho de Autor



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