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De los demonios.
Esto pasó hace un tiempo. Un jugador llamado David se había perdido en medio de una cancha lejana, abandonada de la civilización. El pasto estaba seco, las líneas borradas y no había un alma. Gritaba pidiendo ayuda, agua, alguien que lo viera. Desesperado, con la garganta rota, pensó:
“Si al menos estuviera en una cancha grande, en un estadio
de verdad… con gente… alguien escucharía mis gritos, mis ansias de jugar”.
Fue entonces cuando apareció una figura extraña, vestida
como un viejo árbitro, pero con una sonrisa torcida.
—No te asustes —dijo—. Aún no estás fuera del partido.
Escuché tu deseo. A cambio de un tercio de tu alma, puedo llevarte a un estadio
lleno.
David, sin dudarlo, aceptó y cayó en un profundo sueño.
Despertó en un estadio inmenso. Tribunas altísimas,
banderas, bombos, un clima hostil. Pero no era lo que imaginaba: la hinchada no
lo alentaba, lo insultaba. El partido era duro, violento. El frío le calaba en
los huesos y cada pelota que tocaba era un silbido.
Corrió, gritó, pidió ayuda… nadie lo ayudó.
Agotado, pensó: “Me equivoqué… esto es peor. Tendría que
estar en un potrero, algo más tranquilo… ahí se juega por jugar, no por
sobrevivir”. Se desplomó al piso cuando una bomba de estruendo explotó a su
lado.
—Despertá, David —dijo otra voz. Esta vez era una figura
vestida de entrenador, de mirada intensa. —Soy el demonio de las canchas
grandes. Pero escuché tu nuevo deseo. Puedo llevarte a un potrero, donde todo
es más simple, donde el fútbol es puro. Pero a cambio de la tercera parte de tu
alma. David volvió a aceptar, con esperanza. Se durmió de nuevo.
Despertó en un potrero. Tierra, arcos hechos con buzos, un
par de chicos jugando. El sol caía fuerte. Intentó sumarse, pero nadie lo
conocía, nadie lo elegía. Siempre último. Siempre afuera. Y cuando entraba,
nadie le pasaba la pelota. Se sentó, abatido, desolado como en la secundaria
cuando todavía era gordito y no lo querían ni en el arco. “Esto tampoco… acá no
existo. Tendría que estar en la tele, en el fútbol grande de verdad, donde
todos te ven… ahí sí alguien me notaría, alguien me salvaría”. Cerró los ojos y
una voz lo despertó de golpe.
—Te estaba esperando —dijo una voz. Un hombre elegante, de
traje y anteojos negros. —Soy el demonio del espectáculo. Puedo llevarte a
donde todos miran. Donde cada jugada se ve, se analiza, se repite en redes
sociales, noticieros… hasta en programas de chimentos. Pero creo que ya sabés
el precio.
David, ya sin fuerzas para pensar demasiado, aceptó. Total,
ya estaba jugado. Volvió a dormirse. Despertó
bajo una luz enceguecedora. Cámaras por todos lados. Micrófonos. Pantallas.
Estaba en el centro de todo. Intentó hablar. Intentó moverse. Pero nadie lo
escuchaba. Nadie lo registraba. Era uno más, invisible en medio del ruido. Era
un grano de arena en el desierto. Un engranaje más sin nombre y sin identidad. Esperó.
Pensó. Intentó que apareciera algún demonio más, pero recordó que ya no tenía
alma. Y murió ahí, rodeado de luces, consumido por la misma sed que lo había
acompañado desde el principio.
El rey de los demonios, satisfecho con el trabajo de sus
tres emisarios, decidió premiarlos:
Al primero lo puso a manejar los clubes. Lo llamó dirigente.
Al segundo, los potreros. Lo llamó captador.
Y al tercero… todo lo que se ve, se comenta y se consume del
fútbol. Lo llamó marketing.
Porque entendió algo fundamental en estos tiempos: que no importa dónde juegues, siempre hay
alguien dispuesto a venderte el partido que nunca vas a ganar.
"Los Nombres", de Roberto Fontanarrosa
Pelota de Tregua
Aquella noche nevaba más que nunca. Los copos malditos y mortales caían con más intensidad que nunca, como si los invasores buscaran darle un marco adecuado a ese 24 de diciembre. Esa porquería cósmica que venía del cielo. Y en medio de todo eso, en una Argentina donde la mayoría de los sobrevivientes se enfrentaban unos con otros como lobos, ocurrió un pequeño milagro. Esos milagros que solo la pelota puede dar.
En el refugio de la cancha de El Porvenir —entonces ya era una ruina, pero servía de trinchera junto al puente que pasa al lado— se habían apiñado unos cuantos sobrevivientes: vecinos, jubilados, laburantes. Por esas cosas del destino, también había un inglés. Sí, un inglés. Excombatiente, decía; por eso lo mirábamos medio raro y con cierto recelo. Hablaba todo entrecruzado o con palabras sueltas. En los preparativos del brindis —porque había que brindar sí o sí y seguir siendo humanos ante semejante desastre global— eran como las cuatro de la tarde; el sol pegaba en los copos mortales y les daba una belleza única. Fue entonces cuando el viejo Arthur se puso de pie, levantó un pedazo de lona y de allí extrajo una vieja pelota de tiento; dijo algo que nadie entendió, salvo el Viejo Lombardo, que era el único que más o menos manejaba el inglés.
—Dice que juguemos un picadito.
—¿Qué? ¿En medio de toda esta muerte? —esgrimió el padre Ricardo, el cura de la iglesia que estaba a un par de cuadras y que era nuestro refugio antes de que los bichos gigantes nos atacaran.
—Dale, un rato. Para olvidarnos de tanta muerte nos viene bien —se levantó Martín, el carnicero del barrio. Todos se miraron interrogándose. Pero al cabo de un rato, todos estaban jugando sobre el césped muerto de la cancha. No se sabe a ciencia cierta cómo se armaron los equipos ni quién jugaba contra quién. Internamente sabíamos que jugábamos por la liberación.
Jugaban todos: el Turco, que había sido arquero en inferiores de Banfield; el Zurdo Martínez, que alguna vez había probado suerte en Ferro y rebotó como los mejores; también Sarita, la panadera; el padre Ricardo; el Negro Juan, que era el mecánico de la zona; la tía Natalia —le decíamos así por su aspecto de tía bonachona—; Martín, el carnicero. Y Arthur. Ah, Arthur. Con sus zapatos de vestir y su extraño traje aislante, metía pases filtrados como si viniera de la escuela del Liverpool. —Este tipo la tiene atada —dijo el Turco, que terminó gritándole “¡olé!”, como si el inglés hubiera nacido en Parque Patricios o en Rosario.
El partido tuvo goles. No sabemos cuántos. Terminamos todos con el visor del traje empañadísimo, pero contentos. A pesar de que la nevada seguía cayendo, con su color de trasmundo. Pero por un instante, el mundo se pareció a lo que debería ser: un lugar donde, incluso en el apocalipsis, una pelota puede ser sinónimo de paz.
El partido se dio por terminado ni bien empezamos a ver luces en el cielo, sí, otra vez. Cada uno volvió rápido a su rincón, a sus frazadas, a sus miedos. Todos jadeábamos, trasnpirados por el traje aislante. Pero Arthur estaba intacto. Fue entonces cuando se acercó al Viejo Lombardo y le susurró algo al oído.
—Dice que “gracias”. Que esta fue su Navidad más feliz desde 1914 —nos tradujo Lombardo.
Todos nos quedamos mirando a Lombardo, como si esas palabras nos parecieran más raras que misma nevada o las luces en el cielo. Fue entonces cuando nos dimos cuenta de que Arthur ya no estaba con nosotros. Había desaparecido delante de nuestros ojos, como si fuese un viajero de la eternidad o navegante del tiempo.
Toni Schweinheim
Obra
Publicada, expediente Nº 510614. Dirección Nacional del Derecho de Autor
[Nota: el cuento está basado en El Eternauta de Germán Oesterheld, dibujado por Solano López]
"Agnósticos y creyentes, proletarios y bacanes" de Osvaldo Bayer.
"La poesía, de chanfle al segundo palo" de Juan Sasturain
Consultor espiritual, no mago
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"Don Salvatore, pianista del Colón" de Osvaldo Soriano.
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Ya falta poco... para dejar de hacer esta boludez.
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