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Lo que se dice un mercenario

Hoy se habla y se clasifica a los jugadores con una liviandad absoluta. Uno es un “mercenario” o un “pesetero” por cualquier pequeñez. Bueno también es cierto que últimamente se juega más por amor al dinero que a los colores. En mi época uno le tenía algo de cariño al club donde jugaba, por más que uno no sea hincha de ese club. A ver, a uno que es profesional, o pretende serlo, le dan la oportunidad de jugar al fútbol y encima pagarle. Porque peor sería laburar, no me malinterprete, el ser jugador de fútbol también es un laburo bastante digno, por cierto. Uno tiene que  levantarse temprano para ir a entrenar, hay que resignar días de estar con la familia para poder concentrar o ir a la pretemporada, hay que hacer sacrificios y evitar los excesos —aunque cada vez menos lo hacen— como la joda, la noche, el pucho y miles de cosas más. Es un poco sacrificado, pero peor sería ser, no sé, remisero u oficinista. O cargar bolsas en el puerto. Nosotros, los futbolistas, somos unos privilegiados al poder “trabajar” de esto. Por eso —y a mi entender— tendríamos que ser más justos con los equipos que nos contratan.  Las nuevas generaciones se cagan —discúlpeme la expresión— en la gente de su club. Se van de joda, se dejan estar físicamente… y lo peor es que les importan tres pepinos los colores que defienden, todo lo hacen por la plata. Cuando yo jugaba, la cosa no era tan así. Ojo que le estoy hablando de hace tan solo veinte años atrás, tampoco es tanto tiempo si uno se pone a pensar, pero todo cambio para mal. Antes para ser considerado un “mercenario”, mínimo se tenía que pasar a la contra y gritarle un gol en la cara a su ex equipo. Ahora cualquier pelagatos de no más de 19 años que se va a jugar por plata al exterior ya es un calificado como mercenario… no es tan así. Es más, en mi época yo muy injustamente fui calificado como tal, usted tal vez conozca mi caso. Digo “tal vez” porque fue muy conocido en el ascenso. Pero por aquellas épocas lo que pasaba en el ascenso quedaba allí. Solo conocían los que eran hinchas de los equipos de la B. “El mercenario de Miguel Alibour” fue el injusto título con el que bautizaron injustamente los medios partidarios del Club Atlético Buena Esperanza ¡Y usted puede creer que me quedo ese apodo!

Yo ataje durante casi 21 años, debute a los 19 y me retire a los 40. En el último año de carrera jugué ese partido cruel en el que me bautizaron de esa manera. Lo triste es que ese inefable  apodo es con el que me recuerdan. Ningún hincha de ese equipo recuerda como me rompí el lomo —para no decir otra cosa— para sacarlo campeón de primera ¡Campeón de Primera! Nada más y nada menos. Nunca nadie defendió esos colores como lo hice yo, viejo. Pero toda mi carrera se olvidó, todo por un maldito partido. Todo muy injusto. Todo por un partido en el que demostré toda mi profesionalidad. Por eso hoy le quiero contar todo bien como fue. Quiero aclarar bien punto por punto. Es incompresible como  un tipo tan profesional y tan honesto como yo, haya caído bajo la cruel y helada connotación negativa de esa palabra nefasta.
Usted por ahí es un futbolero de ley y conoce mi nombre. Miguel Ángel Alibour. Tengo ya 60 pirulos. Si no me conoce o es un jovencito, use la internet —o el internet— para buscar mi nombre. En 20 años de carrera salí campeón de primera una vez, me fui al descenso la misma cantidad de veces y tan solo jugué en dos equipos.  Podrá comprobar que no soy tan “mercenario” como me quisieron pintar. A veces la gente en su afán de “ocultar” o “mitigar” los errores propios, busca culpables. Y encontraron uno en mí, una injusticia total.

No me quiero ir por las ramas; soy oriundo de Salta. Oran, puntualmente. Un buen día fui con el Chelo —somos amigos desde pibes— a probarnos a Club Atlético Buena Esperanza. Tendríamos 16 o 17 años. Vinimos de mandados que somos.  Me acuerdo que nos metieron en un equipucho horrible. Enfrentábamos a la cuarta o quinta, ya no recuerdo bien. Ese día yo atajé de todo, salvo tres pelotas que fueron imposibles de atajar. Terminamos perdiendo tres a dos.  El chelo había metido los dos goles nuestros. El coordinador de inferiores quedó encantado conmigo, o eso parecía. Resulta que tenían pocos arqueros y quedé. El pobre del Chelo se quedó afuera, una lástima. Él se volvió para Oran y yo me quede a vivir mi sueño de futbolista en la pensión del club. Una pensión bastante humilde, pero para qué queríamos lujos si estábamos cumpliendo un sueño. Me toco debutar a los 19 años en un partido durísimo contra San Lorenzo. Ernesto Sivio, el arquero titular se había ido expulsado en el partido anterior contra Atlanta, partido que todos los hinchas recordamos, porque termino atajando un defensor nuestro, el brasilero Olindes. Ganamos cuatro a tres y nos alejábamos del tan temido descenso. A mí me toco debutar, como le decía, contra San Lorenzo. No pude dormir durante toda la semana previa. Es más, ya desde el momento en el que  echaron a Sivio, me empezaron a temblar las piernas. Pero había compañerismo, Sivio me aconsejo durante todos los entrenamientos previos a mi debut. Me decía como debía pararme, me contaba las mañas de los delanteros rivales y todo lo que a un pibe le servía para dar sus primeros pasos en primera. Ahora no pasa eso, viejo. Todos se comen el hígado, los mismos compañeros se matan por un puesto o por un mango más. Discúlpeme que me vaya de tema pero hoy ya se perdieron todos los valores o los códigos, como le llaman ahora. Y bien, debate contra San Lorenzo. Y no me lo va a creer, pero fui la figura. Tape todo, empatamos cero a cero gracias a mí, no se equivoque no soy de esos agrandados, pero hasta los rivales me felicitaron una vez terminado el encuentro. Saque dos mano a mano nada más y nada menos que contra el Negro Manfredi. Ese día todos los diarios me pusieron como la figura de la cancha, por ejemplo el diario Clarín, me puso del apodo de “la pantera Alibour”, por mi forma de caer siempre parado y mi tez morena. Empecé con el pie derecho, como quien dice. Luego volvió Sivio a ocupar su lugar en el arco y yo volví al banco. Alterné banco y titularidad como por cinco años más, bah “alternar” es una forma de decir, porque ataje muy pocas veces. Cuando se lesionaba o lo expulsaban a Sivio. Hasta que en el 78 a ambos nos llegó la gran oportunidad. Vinieron desde Atlético Nacional de Colombia y se lo llevaron. Yo, en cambio, quede como el arquero titular.

Y así pasaron los años, yo me fui consolidando. Tuvimos épocas regulares, buenas malas. Pero nunca descendimos. Molestábamos y bastante. Hasta nos metimos en la Libertadores en más de una ocasión. En la liguilla pre Libertadores siempre rompíamos los cocos y nos respetaban bastante. En el 89 conseguimos algo que jamás pensamos conseguir con este humilde club. Salimos campeones de primera división. Lo más cerca que este equipo estuvo de salir campeón fue un subcampeonato de pura casualidad en el 63 pero nada más. ¡Qué manera de meter, Dios mío! Cuanto huevo tenía ese equipo.  Teníamos cada nene en el equipo que mama mía. El negro Pintos, Hermenegildo Sosa, Walter Ramón, Manuel Duró,  abajo, un volante central de la talla de Furriel —que después se fue a River—, a Quinteros, Romualdo Costiña, el Rifle Perea y el Moncho López arriba cabeceando hasta los ladrillos. Después alternaban José Rio, Eduardo Tomassi, el ardilla Francesco…

Ya en la fecha 10 le habíamos sacado ocho puntos al segundo. Recién perdimos el invicto por la fecha 13. Déjeme decirle algo que me llena de orgullo: yo era el capitán de ese equipo, encima terminamos con la valla menos vencida. Me acuerdo la noche en la que ganamos el campeonato. Niños, adultos y gente grande llorando. Todos venían y me abrazaban. Que lindos recuerdos. Había un chico que había venido en sillas de ruedas, me conto cual había sido su sueño; era el de vernos campeones. El pibe no soñaba con volver a caminar ¡Solo soñaba con vernos campeones! Le juro que llore como un nene cuando lo escuché.

Pero como todo lo que sube tiene que bajar, empezamos a decaer futbolísticamente. Malas decisiones de los dirigentes, jugadores que se iban de a poco. Lentamente pasamos de “molestar” a ni siquiera hacerles cosquillas a los otros equipos. Y llego ese último y fatídico torneo en primera. Últimos cómodos salimos. La gente que antes solo nos daba gritos de aliento, nos insultaba de arriba abajo. Yo era uno de los blancos predilectos de los hinchas. Yo le voy a ser muy sincero, cuando un equipo desciende o es goleado fecha tras fecha, seguramente el culpable directo es el arquero. Pero déjeme decirle que yo no tuve la culpa en la mayoría de los goles que nos metieron. No, no pretendo esquivar mi responsabilidad ni echarles la culpa a otros. Pero yo no tengo la culpa de haber tenido una defensa horrible y de que los dirigentes hayan traído cada muerto que daba miedo. Yo soy arquero, un simple arquero. Sin una defensa más o menos buena, por más que uno sea un Oliver Kahn o un Yashin, mucho no puede hacer. Y me echaron la culpa a mí. Se dijo cada barbaridad terrible. Que yo andaba mal de la vista, que ya estaba viejo, que me iba de joda… Justo yo, casado y con dos pibes hermosos. “Ciego”, “manco”, de todo me decían. Mucho se habló de mí, pero lo que más me dolió es que dijeron que yo solo jugaba por la guita, que ya debería haberme retirado.

Me fui por la puerta de atrás. Me echaron como a un perro sarnoso. Pero nuestros destinos  se volverían a cruzar.  Yo firme con Juventud de Rawson. Un pequeño equipo, justamente de Rawson. Había ascendido recientemente para disputar por primera vez el Nacional B y andaban buscando un arquero experimentado. No lo dudé y me fui a instalar en la paz del sur. Había una linda base en la que confluían juveniles y jugadores experimentados. Teníamos la difícil misión de mantenerlo en primera. Yo me tenía fe le confieso.  Empezamos perdiendo seis partidos al hilo. Recién ganamos un partido en la fecha diez y fue frente al otro debutante en la categoría: Deportivo Iguazú. No fue anda fácil la adaptación pero le poníamos el pecho y más o menos logramos levantar  y empezar a sumar puntos. El último partido de la primera rueda fue justamente contra mi ex equipo, no lo jugué. Pero no porque no quise. Tuve un hecho desgraciado que me impidió jugarlo. A mi padre le había dado un infarto y tuve que viajar de urgencia a Salta. Por suerte fue solo un susto. Ese partido lo perdimos tres a uno. Ellos venían quintos y nosotros en el lote de los últimos. Era mucha la diferencia entre ambos equipos. A pesar de que ellos estaban heridos y fundidos le metían garra. Nosotros hacíamos lo que podíamos.

En la segunda ronda  mejoramos bastante. Metimos cuatro triunfos al hilo. Sumamos puntos de visitante. Pudimos estabilizar al equipo. Pero al promediar esta segunda ronda, nos agarró un bajón. Perdimos tres partidos al hilo y de nuevo estábamos con la soga al cuello. Recién en la última fecha se definían los descensos y los que quedaban el octogonal. Mire que cruel es el destino, usted ya se habrá dado cuenta que ese partido crucial lo teníamos que jugar contra mi ex club, donde fui ídolo y ahora me odiaba. Club al que amaba.  Pero ahora me tocaba defender otro equipo y yo soy muy recto, muy profesional. Ellos estaban pelando para meterse en el octogonal para ver si podían ascender. Tenían que ganar o empatar y esperar a que Dalmine empatara o perdiese por goleada.  Yo soy hincha del club y me hubiese dejado hacer uno o dos goles, pero antes que hincha, yo soy un profesional —y por sobre todo un tipo agradecido— y me debía a este equipo ahora.  Sufría una impotencia bárbara por no poder ayudar a mi equipo a volver a la elite del fútbol argentino.  La semana previa al partido fue una porquería, una mierda —discúlpeme el vocabulario— una completa basura. Me llamaron a casa los dirigentes de mi antiguo club.  Primero se hacían los sotas. Me decían que yo era un ídolo, un ejemplo para los más chicos. Lambiscones eran. Me adulaban con palabras vacías y me daban a entender que querían que vaya para atrás ¡Justo a mí! Los saque corriendo. Al otro día ya fueron más directos y me ofrecieron plata. Les corte a esos hijos de puta —perdóneme el insulto— otra cosa no se merecían. Los muchachos me vieron tenso, muy mal de ánimo y comenzaron a apoyarme. Cuando más o menos logre concentrarme, mi señora me llamo desde Buenos Aires —donde habían quedado con mis hijos— para decirme que habían puesto un pasacalle que decía: “Alibour desagradecido, conociste el agua caliente en Buena Esperanza y nos mandaste al descenso, anda para atrás o sos boleta”. Quede pálido al escuchar eso. No sabe la calentura que me pegue. Pero que desagradecidos. Yo que soy el más hincha de ese equipo. Le pedí permiso al gringo Belini para salir un rato para despejarme e ir a hablar con una amigo. Fui a la casa del Rubio Finesa. Lucas Finesa fue uno de mis mejores amigos que me había dado mi equipo anterior. Era mi suplente.  A él también lo habían rajado por la puerta de atrás del Buena Esperanza.  Había pasado por una cantidad enorme de equipos ya. En ninguno se quedaba fijo. Si un equipo le ofrecía un mango más, se iba y punto. Él era lo que se dice un mercenario. Hoy por hoy atajaba en Dalmine y yo sé que a pesar de su interés por la guita, se había ido bastante dolido del Buena Esperanza y ahora buscaba venganza dejándolo afuera del reducido. Hable de todo con el Rubio. Me comento que a él también lo habían llamado los dirigentes de nuestro antiguo equipo. Pero que los había sacado corriendo ya que se había enterado que los sinvergüenzas ni siquiera les pagaban los sueldos a los empleados del club y pretendían malgastar guita en sobornos. Era un mercenario Finesa, pero guardaba algo de códigos aún. Estuvimos hablando como hasta las tres de la mañana. Me tranquilice bastante y me hizo bien hablar con él. Volví a la concentración como si me hubiese sacado una carga de encima.

El día del partido lo tomé como una verdadera final.  Los hinchas del Buena Esperanza me dedicaban cantitos, me puteaban de arriba abajo ¡hasta me hicieron una bandera los muy malditos! “Alibour traidor te vamos a matar”. Juro que me hervía la sangre. No le voy a contar los pormenores del partido ya que seguramente a usted no le interesara mucho. Pero fui la figura del partido, viejo, atajé todo. A los cinco minutos había llegado un centro envenado que cabeceo Soto y la pelota parecía que entraba al ángulo. No sé dónde saque tanta agilidad a los 39 años y volé para sacarla de un manotazo al córner. En una jugada posterior, el mismo Soto le pego cruzado, llegue a sacarla de una forma formidable. Hubo muchas jugadas más y yo me encargaba de ahogarle el grito a todos esos desagradecido. Sin embargo me dolía que estuviera dejando sin posibilidades de ascender al equipo de mis amores, pero estaba tranquilo. A los 30 minutos llego nuestro gol. Tiro libre espectacular que pateo Espasa al ángulo. Nos salvábamos del descenso. En el segundo tiempo el rival se desmorono, ya casi no nos atacaban y si lo hacían chocaban contra mis seguras manos. Y así se fue el partido. Ganamos de visitante y nos salvamos. Pero le voy a ser sincero, la mayor alegría la tuve cuando me entere que Dalmine había perdido por 3-0 y por diferencia de gol Buena Esperanza se metía en el reducido. Le juro que salte de la alegría por eso. Yo al principio tuve un poco de miedo por algún tipo de represalia que pudiesen haber tomado en contra mío o contra mi familia. Pero la verdad que lo único es que pase de ser un simple “mercenario” a ser un “súper mercenario”. Aún hoy  la gente de Buena Esperanza me cruza en la calle y me dice que por mi culpa casi se quedaron afuera del octogonal. Me recuerdan con ese vil calificativo. Es triste que pese más un descenso y ese partido que todo el resto.

Al otro día de terminado el partido fui a verlo de nuevo a Lucas Finesa.  Me hizo pasar a su departamento, estaba bastante contento el rubio. Me senté en uno de los sillones de su living mientras su señora nos servía un café y de fondo se escuchaba un programa infantil, que estaba mirando su pibe de no más de cinco años. El rubio miro detenidamente el bolso que había traído. “¿Trajiste eso?” me pregunto expectante Lucas. Abrí uno de los cierres del bolso y saque una bolsa con doce mil pesos.  Finesa quedo absorto en las doce lucas y se puso a contar billete por billete. Yo le di un sorbo a mi café pensando que había hecho la mejor inversión de mi vida, total cuatro mil pesos por gol no era tanta guita. 

Toni Schweinheim
Obra Publicada, expediente Nº 510614. Dirección Nacional del Derecho de Autor
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"La decadencia de la bolita" de Alejandro Dolina

Resulta difícil hablar sobre la desaparición del juego de la bolita sin entrar en espinosas controversias. Desde luego se trata de un asunto complejo y puede ser examinado según criterios muy diferentes.

Las personas sencillas afirman simplemente que se trata de una decisión de los chicos, arbitraria, inexplicable y por lo tanto indigna de ser discutida.

El equipo del bar de la esquina.

Juan se frotó la cabeza con ambas manos, como no pudiendo creer lo que pasaba. Era la cuarta derrota al hilo en el campeonato. El sueño del ascenso se iba diluyendo y comenzaba a tambalear en el cargo. No podía entender lo que ocurría, tenía los mejores jugadores de la categoría. Ravelli que había venido de Peñarol, Medina que era un jugadorazo pero en River no tenía lugar, un lateral como Vásquez, que vino a préstamo de Boca y que se proyectaba como ninguno, dos delanteros con una capacidad goleadora increíble: Tales y el hueso Rodolfo… No entendía como no funcionaba nada. Y encima no era un equipo mansito: contra El Porvenir, por ejemplo, tuvo doce situaciones de gol, contra tres del conjunto de Gerli que término ganando 2-0. Contra Armenio lo mismo, un vendaval en el ataque pero no lograba convertir… y, cuando convertía, el rival lo embocaba tres o cuatro veces.

Juan Fontana o el “Mencho” como le decían por su parecido con Medina Bello, ya no sabía qué hacer. Probó de todo en diez partidos: dos nueves, uno por adentro uno por afuera, 4-3-3, 3-5-2, 4-4-2… y nada. De diez partidos gano uno, empato tres y perdió seis, con el agravante de los tres últimos en fila. “Mire Fontana, nosotros respetamos a los entrenadores, sobre todo cuando han sido ídolos de esta institución, pero los plazos se acortan y los objetivos no se cumplen. No lo tome como una advertencia ni como una amenaza, pero fíjese qué hace” fueron las crueles, duras palabras de Mambertti, el presidente del club. No era ni una advertencia ni una amenaza, era algo peor, un despido encubierto, o quizás un apriete para que renuncie. El Mencho salió de esa reunión con la cabeza en otro lado. Estuvo como ido un par de minutos, veía pero estaba ciego. Busco oxígeno, bajó las escaleras, se metió por el vestuario y salió a la cancha. Era una hermosa tarde primaveral con rasgos otoñales. Estando casi al lado de donde se infla generalmente la manga, extendió los brazos y tomo aire, vio el banco de suplentes y fue a sentarse. Se prendió un cigarrillo y entre pitada y pitada, suspiraba. A lo lejos, en el otro lateral de la cancha, estaba el canchero pintando una de las líneas de cal, silbando un viejo tango. Sintió tristeza. No había podido lograr el ascenso como jugador. Doce largos años intentando ascender con ese equipo, como un moscón que repiquetea contra un vidrio. Lo más lejos que llegó fue a una semifinal en los viejos octogonales. Morón lo goleo. Cuando colgó los botines juró hacerlo ascender como entrenador. Esta era su primera experiencia al frente de un equipo. Tal vez sea la última también; cuando sos técnico en el ascenso y te va mal, desaparecés. El sistema perverso del ascenso. Te rajan. Chau. Ni siquiera quedas con los juveniles porque ahí hay gente desde hace décadas. Te vas al olvido.  A Juan se le arremolinaban los recuerdos. El gol que le hizo a Tristán Suarez en aquel arco para salvarse del descenso… aquella vez tuvo que hacer de arquero improvisado porque se quedaron sin cambios y el loco Sevilla se había ido expulsado…

—Es así maestro, si la pelotita no entra, fuistes —dijo el canchero arrastrando una “s” innecesaria en la palabra. El Mencho lo miro como desorientado, todavía no había salido de sus recuerdos, le pareció que el canchero estaba más lejos la última vez que lo vio. Ahora estaba a su lado.

—Es así viejo, es así —dijo por fin con un suspiro

— ¿Sabe lo que pasa, don? Ustedes, los técnicos, estudian mucho pero no saben nada. Ustedes piensan que porque fueron jugadores o se recibieron de DT, saben todo.

—Puede ser —respondió el Mencho casi sin ánimo. Estaba con la guardia muy baja, en otros tiempos le hubiese saltado a la yugular a cualquiera por esos dichos.

—No lo quise ofender —comento el canchero admitiendo su dureza anterior—, pero lo que le digo es verdad, usted fue un gran jugador…

—Pero soy un técnico horrible —corto amargamente el Mencho.

—Tampoco es para tanto, pasa que ustedes son muy teóricos. Y son muy caprichosos.

— ¿Yo caprichoso? —Se ofusco el entrenador— Cambié de estrategia todos los partidos y ninguna resulto…

—Usted cambio de estrategia solito, sin consultar a nadie

— ¿Y a quien le voy a consultar? —se encogió de hombros el Mencho.

—A nosotros, a los hinchas. Ustedes son como los políticos, hermano —dijo el canchero alzando los brazos—, si los políticos escucharan al pueblo seriamos felices. Si ustedes los entrenadores le preguntaran a los hinchas, yo le puedo asegurar que vamos a tener un mejor fútbol.

— ¿A quién le voy a preguntar? Yo me llego a acercar a la platea o a la popular y me putean…

—En el bar de la esquina, don Mencho —dijo el canchero, como si revelase alguna fórmula secreta— todas las santas noches nos juntamos a charlar de futbol ahí. Creo que ni el Menotti ni el Bilardo hablaron en su vida tanto de futbol como nosotros. Nosotros mamamos de chicos este club. Es nuestra vida, usted es un ídolo pero nosotros conocemos palmo a palmo esto, estamos acá desde pibes.

—Lléveme ahí, ayúdeme, me queda un único partido.

—Noooo, si usted llega a aparecerse por ahí, los muchachos no hablan, se cagan encima. No se van a sentir libres de hablar.

—Me pongo lejos, los escucho de lejos, no sé. Estoy desesperado. Yo amo este club, no me quiero ir… haría cualquier cosa.

—Yo lo voy a ayudar porque a usted lo aprecio, pero desde ya le digo que usted tiene muchos errores y tiene que aceptarlos. Tales y Rodolfo siempre juegan encimados, se estorban. Un desastre eso.

—Pero los cambié de posición como siete veces en diez partidos…

—Ah, eso es lo que ve usted desde el banco. Yo le aseguro que todos los hinchas comentamos eso desde su llegada.

—Bueno, dígame que más.

— Vásquez sube pero nunca baja… —dijo mientras se rascaba la cabeza con la visera de la gorra— Son muchas cosas, los muchachos le tienen que decir. Vamos a hacer una cosa. Hoy es lunes, el partido es el sábado. Desde hoy al viernes voy a ir al bar como todos los días a hablar con los muchachos y voy a grabar las conversaciones, así de sopetón sin que se enteren y no se abataten. Todos los días a esta hora voy a traerle el casete, usted lo escucha y va cambiando todo. Yo creo que es una linda experiencia ¿no le parece?

—Mire, yo esto jugado. La verdad es que vine acá para tomar coraje y renunciar mañana o pasado. Pero si escuchando al hincha puedo poner alguna variante y mejorar, rasguñar un empate y aguantar un partido más, yo le juro que sigo todo al pie de la letra. Si total ya estoy perdido…

—No sea tan tremendo, hombre, mañana esté por acá a esta hora que le traigo la primer escucha, somos como espías—dijo riéndose el canchero

—Dígame si le tengo que pagar algo, una ronda de ginebra a los muchachos.

—Despreocúpese, ellos no van a saber nada, además yo me doy por bien pagado viendo ganar a mi equipo. Lo que si le voy a pedir un favor.

—Lo que quiera.

—No me tire los puchos dentro del campo de juego, cuesta un huevo sacarlos —dijo el canchero despidiéndose del Mencho, que ya había vuelto a encender otro cigarrillo.

Desde esa tarde el Mencho cambio completamente de ánimo. Paso de estar triste y abatido a tener esperanza. Se llenó de optimismo. Al día siguiente fue a ver al canchero, este le entregó un casete y se fue. El entrenador fue corriendo hasta su auto y puso la cinta en el pasacasete. Lo que comenzó a reproducirse era una típica charla de bar entre amigos. El ruido de vasos, el bullicio general, voces de fondo. Se distinguía perfectamente la voz de Miguel, el canchero y la de tres personas más. El entrenador apretó “eject” y se dirigió lo más rápido posible a su casa. Estacionó el Ford Sierra, saludó a su mujer y se metió en la cocina con un pequeño radiograbador, un lápiz y un cuaderno a anotar todo. Los cuatro tipos que hablaban lo hacían con soltura y hablaban de estrategias y planteos tácticos sin siquiera ser técnicos. Pero también pasó algunos calores cuando denigraban su figura como entrenador.

— ¿Sabes lo que pasa? Que este Fontana es un pelotudo ¿Cómo mierda va a poner a Medina, que ya está de vuelta?

—Debe tener un tongo con el representante, yo no sé porque no lo pone al Chino Ávila que es una maravilla, el pibe.

—No seas malo con el Mencho, es una gloria —era la voz del canchero la que se escuchaba— yo creo que le erra al armar el equipo

—Pero claro que se equivoca con eso. Los dos delanteros que ponen se chocan como dos boludos.

—A Otero hay que ponerlo como a los viejos wines, a Roncatti de 8 ¡Pero que va a hacer eso!

— ¡Este mamerto lo pone a Ochoa de cinco! El gordo no se puede ni mover. Hay que poner doble cinco, Sosa y Ríos.

— ¿Doble cinco? Vos sos un cagón ¿Por qué no pones dos arqueros, también?

Luego la charla se iba por discusiones vagas y banales. Pero más allá de eso, el Mencho iba anotando como podía armar el equipo en base a los dichos de los hinchas.

Al otro día y a la misma hora el entrenador se encontró con el canchero. Nuevamente le dio un casete con una charla parecida a la anterior pero que tocaban otras cuestiones técnicas. El Mencho no podía creer lo equivocado que estaba al armar sus equipos y como los hinchas la tenían tan clara. El resto de los días el entrenador fue acumulando casetes y nombres en su cuaderno para armar al equipo. Rebozaba de optimismo, creía poder revertir esa situación y tal vez si todo mejoraba, pensaba en nombrar un comité de asesoramiento con estos hinchas de pura cepa. Algo inédito en la conducción técnica.

El día del partido paró un equipo basado en los cinco casetes que le había alcanzado Miguel, el canchero, un equipo del paladar del hincha. Y Fontana lo notó, porque a la salida del equipo los hinchas alentaban mucho más que en partidos anteriores. Estaba todo dado para ganar y dar vuelta la historia.

El primer cachetazo llego a los cinco minutos: Sosa se equivocó en la entrega y dejo muy mal parada a la defensa, Salaberry puso el 1-0. A los 15, Atlanta ya ganaba 3-0 gracias a errores infantiles. El Mencho Fontana estaba sobre la línea de cal y lloraba como un nene. El primer tiempo finalizo con la friolera de 5-0 en contra. Los jugadores entraron por la manga en fila india luego de la masacre de esta primera parte. El entrenador cabizbajo entro a lo último arrastrando los pies. No volvió a salir para el segundo tiempo. Presentó la renuncia en el entretiempo. El encuentro finalizo 6-0 a favor de Atlanta. Nada más se supo del Mencho Fontana; el monstruo del olvido, del cual se alimenta el ascenso, se lo devoro.

Esa noche se encontraron Miguel, el canchero con sus amigos en el bar. Tristes y dolidos pero con mucha bronca por semejante derrota.

—Menos mal que se fue este hijo de puta, chorro.

—Vino a chapear con que era ídolo y a robar con eso...

—Mira que poner al Chino Ávila, un pibe. Lo quemó para siempre —dijo uno de los muchachos mientras se prendía un pucho.

—Y ese Sosa es un paquete, yo no sé para que lo pone. Debe tener un tongo con el representante.

—La cagó hermano, la cagó. Mirá que sacarlo a Medina, che. El único que corría un poco.

—Rodolfo, tráeme otra ginebra —dijo Miguel, el canchero, mientras miraba tristemente su vaso vacío.

Toni Schweinheim
Obra Publicada, expediente Nº 510614. Dirección Nacional del Derecho de Autor
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"La gloria de ser difícil" de Juan Sasturain.

Entrañable e inseparable de nuestro universo infantil, el juntar figuritas es una experiencia única, fundadora: con ellas se aprenden los números antes que en la primaria, se reconocen los mecanismos de funcionamiento del mundo -la lógica de la oferta y la demanda, la interdependencia del trueque, la compulsión del consumo- se saborea el vértigo del riesgo en el juego, se envidia y se aprende la jactancia, el orgullo de llenar un álbum, de conseguir “la única que me falta”. Se acostumbra a perder, también.

Vacaciones tranquilas.

Se lo juro, yo me lo había prometido también. Este año nada de hacerme mala sangre por el fútbol. Desde el 2000 que tengo una úlcera por culpa de Ferro. Juré que el año pasado iba a ser el último, y arranqué esperanzado este año. Por eso me fui con la bruja y los pibes a pasarla a Brasil, lejos de todos. Tranquilo, con los chicos correteando por la playa mientras la madre y yo nos tomábamos una caipirinha mirando los fuegos artificiales.

A mí me gusta andar con la camiseta de mi querido Ferrocarril Oeste por todos lados, Brasil no iba a ser la excepción. A mi esposa no le gusta, porque más de una vez termine puteándome o peleándome con algún gil de lechería, de esos que abundan en la costa argentina. Por eso pensé que en Brasil la cosa iba a ser diferente, aunque siempre hay algún argentino medio termo, porque somos como las hormigas. Si te vas al Himalaya seguro te cruzas también con un argentino. Copamos el planeta. “Rodolfo, vestite decente para recibir el año por favor”, me rogó Beatriz esa noche. Pero no la escuche y me puse la vieja camiseta modelo 99 de mi amado club de Caballito. La gente en el lobby me miraba medio raro, para calentura de mi mujer. “Mirá a los nenes, se visten mejor que vos” me hinchaba las pelotas ella. Y sí, claro, si ni siquiera salieron hinchas de Ferro, uno me salió de Boca por culpa de los compañeritos de la escuela y el otro de Banfield por culpa del pelotudo de mi cuñado ¡Mierda les iba a permitir salir vestidos con alguna de esos clubes! En mi casa estaba prescripto usar otra cosa de fútbol que no sea del glorioso Verdolaga. Soy muy abierto en todos los sentidos. Pero con los colores de mi equipo que no jodan. La mejor herencia que me dejó mi viejo, aparte del apellido, fue el amor a estos colores. Es más, a mis hijos siempre les regalo para cumpleaños y navidades cosas de Ferro, yo sé que por cansancio algún día les voy a ganar.

Hay muchos argentinos en Brasil, y ni hablar en año nuevo.  Por eso a mi mujer no le gustaba mi vestimenta. Todavía estaba medio fresco el recuerdo de las vacaciones pasadas donde en Necochea me agarre a piñas con uno de Vélez. No es que yo sea un matón o un pendenciero, pero si me provocan, reacciono. Hasta el Papa Francisco la termea cuando le hablan de Huracán, no jodamos. Está bien, hay ocasiones en la que me descontrolo, pero todo tiene un porqué. En la navidad anterior le revoleé una ensaladera llena de ensalada rusa al estúpido de mi cuñado, el hincha de Banfield. No tenemos pica con Taladro, casi que ni nos conocemos. Nos chupamos un huevo mutuamente. Pero que lo ponga en contra a mi pibe es mucho, uno no es de telgopor, hermano.  Yo tengo sangre. No voy a tolerar que este salame le regale una camiseta de Banfield en mis narices, no señor.  Debo confesar que también me la agarré con mi suegro en un cumpleaños. Pero él se lo buscó, eh. El tano no entiende una goma de futbol, pero decirme que me saque “ese trapo sucio” para sentarme en la mesa, haciendo alusión a mi camiseta, le juro que me jodió. Está bien, venia de jugar al fútbol y estaba todo chivado. Pero llamarle a esta gloriosa camiseta de la locomotora del Oeste, “trapo sucio”, es una falta de respeto para más de 112 años de historia. Ojo, por ahí el viejo no tenía ni la más pálida idea que era la camiseta de un club, pero no importa: a los colores hay que defenderlos siempre y en todo lugar.

Por todo eso, le prometí a mi señora que no me iba a pelear más. Mucho no me creyó, menos cuando me vio ponerme la camiseta para ir a la playa a recibir el año. Pero yo me lo había prometido a mí mismo también. Así como prometí que iba a dejar de fumar y lo deje de un día para el otro, me había prometido esto. Ya me había hecho bastante mala sangre el campeonato pasado también. Por eso no dije nada cuando vino un hincha de Huracán a  bolacearme.  Lo dejé pasar, justo él me viene a cargar que bajó más veces que la tanga de la Cicciolina. Pero bueh, lo dejé ir. Mi mujer no lo podía creer. Tampoco podía creer cuando vino uno de Argentinos Juniors y ni le di pelota. Y mire que me dijo de todo. “Está bien flaco, estas en la B conmigo, callate la boca”, pensé. Pero no se lo dije. La sonrisa de mi señora hizo que valiera la pena morderme los codos para no contestarle y mandarlo a la concha de su madre.  Después pasaron un par de Boca y River, que también eran para putearlos de arriba abajo. No porque me hayan dicho nada, sino porque esos te ningunean con la mirada. Te miran despectivamente, y no hay cosa que me dé más por las pelotas.  Con guita y favores, todos son grandes ¡Por favor!

Pasaron las doce, llegó el año nuevo y mi señora me abrazó fuerte con todo el cariño del mundo. Yo sabía que lo hizo porque no había reaccionado frente a esos pelotudos. Que no le había fallado. Y la verdad yo también me sentí bastante bien.  Hasta que claro, vino ese brasilero hijo de puta y empezó a gritarme “Palmeiras, no sé qué”. Y lo repetía como loro con sobredosis de anfetaminas. Vi como otros se sonreían. “No, Ferro, Ferrocarril Oeste” trate de explicarle. No hay cosa que me irrite más que confundan mi club con otro. Claro, Parmalat también estuvo de Sponsor en el Palmeiras, pero hay que ser muy burro y ciego para confundírsela con la de Ferro. O Capaz que me estaba ninguneando. El punto de no retorno fue cuando tuvo la osadía de tocar mi camiseta y estirármela, diciendo siempre “Palmeiras”. Lo emboque y se armó un tole-tole de aquellos. Cayó la policía, repartió más palos que los de Qatar a los de la FIFA. Terminamos todos adentro.

Y acá estoy, adentro de la gayola esperando a que mi mujer me venga a buscar. Me va a matar, lo sé. Acá al lado tengo al hincha de Huracán, otro que se metió en la pelea a fajar brasileros. Me explico que el morocho no se había confundido mi camiseta con la del Palmeiras, sino que el tipo era hincha del Palmeiras y quería mi camiseta. Que estaba fascinado con la casaca verdolaga.  También agrego que él se metió a pelear porque no se banca a ningún brasilero. La verdad que me pareció bastante intolerante de su parte, mire que pelearse por pelearse…. no veo la hora de que la bruja me venga a buscar, el quemero está fumando y la verdad que estoy por pedirle un pucho. Espero que no sea muy cara la fianza acá. 
T. Schweinheim
Obra Publicada, expediente Nº 510614. Dirección Nacional del Derecho de Autor

"Creo, vieja, que tu hijo la cagó" de Jorge Valdano.

Juan Antonio Felpa era de talante tranquilo, pero resolvió asegurarse el sueño de la noche previa a la del día del partido con medio somnífero porque estaba inquieto, y no le faltaba razón.

Un tipo leído.


Usted lo veía al Oscar y no parecía uno de nosotros. La posta es que no era uno de nosotros, pero se sumó y lo respetábamos una bocha al Oscar. Déjeme que le cuente bien como fue todo. En los ochenta nuestra banda era comandada por el “Filo” López, un tipazo, un verdadero tipazo eh. Eso sí, un brutazo, como muchos de nosotros, no se vaya a creer que uno porque sabe leer y escribir ya se cree un Borges, no señor. Pero el “Filo” Pérez no sabía hacer una “O” con el culo de un vaso. Es más, creo que no sabía que mierda era una “O”. Le decían “Filo” porque andaba siempre con una faca encima. Pero una faca de esas chiquitas que son una porquería, una faca enorme. No llegaba a ser un machete de pedo. Siempre con eso encima. En la lleca, en la cancha, hasta cuando estuvo sopre. Porque siempre estaba en la sombra. Por cualquier cosa él iba y te metía un puntazo sin preguntar y a otra cosa. También le decían “correntino” a pesar de que era rosarino, pero el apodo se lo encajaron porque era un cuchillero, lo sigue siendo bah. Y fue ahí en el presidio que conoció al Doctor. El Doctor Oscar Iribarne. Un tipo leído. Culto y de buena pinta. Le decíamos “Doctor”, pero la verdad es que no sabíamos qué era. Porque uno ve a un tipo de traje y ya es Doctor, eso es porque hay mucha ignorancia en este ambiente, ¿vio? Algunos decían que era boga, otros que era contador o licenciado no sé en qué.

Y fue justamente en la cárcel que lo conoció. Usted dirá, que hace un tipo como el Oscar en el presidio. Pasa que tampoco era un santo el Doctor. Uno lo escuchaba hablar con esa labia que tenía el hombre y a uno lo engañaba. Era muy bien hablado. Decía algunas palabras raras, como los médicos. Por ahí eran palabras medios boludas que uno no entendía porque no éramos tipos leídos. De pedo que sabíamos contar los goles que nos embocaban o los trapos que afanábamos. Nos quedábamos con la boca abierta ante cualquier palabra extraña como “Habeas Corpus”, póngale. Pero el Oscar era estafador o al menos por eso lo habían metido en cana. Decían que había fundido una empresa, que se había quedado con toda la guita. No sé si será verdad o mentira, pero si la justicia lo encanuto tras las rejas por algo será. Como le decía, ahí en la cárcel fue que el Filo conoció al Doctor. Los dos estaban en el pabellón de los evangelistas. Me dijeron que cuando uno tiene condena, tiene que pedir que lo pasen a ese pabellón, dicen que ahí no le rompen las pelotas a uno. La verdad no tengo idea, uno escucha esas cosas. Yo no estuve condenado nunca. Ojo que no soy un nene de pecho, estuve preso en la comisaria, por algún arrebato de cartera en la calle, por cortar algún cuero por ahí. Pero gracias a dios no más de eso. Pero el Filo sí. Alternaba el tiempo en la cárcel y en la cancha, donde era el jefe de la barra. Una vez cumplió condena por seis meses, por meterle la púa a uno de Berazategui. Cuando salió, acá mandaba el Pato Manrique, que era su segundo al momento de que al Filo lo encanaran. La cosa es que el Pato se hacía bien el boludo y no quería devolverle el puesto al jefe, el Filo se calentó, puntazo al hígado y otra vez adentro. Purgando esa condena fue que lo conoció al Doctor. Estuvieron adentro como dos años, o más, la verdad que no me acuerdo. La cosa es que a la barra la manejaba el “Gringo” Manzano, cuando él estuvo adentro. Y la verdad que la manejo como el orto, que quiere que le diga. Un desastre. Se nos plantaba cualquiera, nos robaban los trapos, la cana nos sacaba guita, un desastre Manzano, no podía ni mandar una puteada. Pero el Filo salió y todo volvió más o menos a la normalidad.

Un buen día, cuando estábamos comiendo un asado con los muchachos, se nos cae el Filo con el Doctor y lo presentó. Que quiere que le diga, estaba más desubicado ahí que chupete en el culo. Disculpe la expresión, pero estaba así ese hombre. Hacia como 60 grados a la sombra, todos estábamos en cuero pero el con un riguroso traje gris, solo se lo sacó para comer, quedando en mangas de camisa. Tendría unos 45 años más o menos. Bah, yo siempre fui medio boludo para acertarle la edad a la gente, además este tipo tenía una pelada ya, así que debía andar por esa edad. Y el Filo se ve que lo quería una bocha al Doctor. Ese día comimos y nos fuimos para la cancha. El Doctor vino con nosotros. Déjeme decirle que nunca vi a nadie tan amargo. Hijo de puta, no canto un carajo. Paradito ahí al lado del paravalancha todo el puto partido, con ese traje de mierda bajo un sol terrible. Parecía un custodia el muy hijo de puta. Termino el partido y pensábamos que no lo íbamos a ver más a Iribarne. Pero al otro partido vino no solo a la previa, sino que otra vez al partido. Esta vez sin el traje gris, lo había cambiado por uno marrón. Uno puede pensar que un tipo de esa inteligencia y cultura, en el medio de nosotros estaba de más y que no se relacionaba con nadie. Pero créame que no era así. El Doctor era un tipo muy culto que ha viajado por el mundo. Un tipo de mundo. No era un boludo de guita que paseaba por placer. El Doctor era un tipo que se la sabía lunga. En los asados, los muchachos y yo nos quedamos callados escuchando como él contaba todos sus viajes por Europa. Con lujo de detalle, que cabarulos buenos hay en Roma, como te tratan las prostitutas en Londres o como en Holanda te aceptaban tarjeta de crédito… cosas que nos impresionaban.

Al cabo de un año —creo que fue un año—, el Doctor, a pesar de que era un bacán, ya era parte de nuestra barra. Más todavía cuando casi lo quisieron llevar en cana al “Matungo” Robertti. Robertti lo que tenía de grandote, lo tenía de pelotudo. A la entrada a la cancha contra los de Dalmine, el boludo le manoteo la cartera a la sobrina del presidente. La cosa es que al pelotudo lo agarro la cana a la salida del partido, pero el Doctor que era bienhablado lo hizo zafar de ir en cana. No sé qué mierda dijo, pero la cosa es que la cana un poco más y le pide disculpas al bolas tristes de Robertti. A nosotros nos convenía tener un tipo así en la barra, sumaba mucho. Nosotros somos todos rústicos y malhablados, tener a él es como sumar un 10, un enganche de esos creadores que te salvan un partido.

Pero hay mucha envidia entre los muchachos. Algunos empezaron a decir que el Doctor era un infiltrado. Un rati que se había metido a la barra para hacernos cagar fuego desde adentro. Pero la verdad es que nosotros no éramos una barra grande. Tampoco éramos delincuentes de gran talla. Todos delitos menores eran los nuestros. Nunca matamos a nadie. Y mire que hemos cagado a trompadas a varios eh, hemos hecho mierda a más de uno, pero nunca pasaba más allá. Solo el Filo que era cuchillero. Si la cana había metido un infiltrado acá dentro, perdía su tiempo, bah al menos si es que buscaban delincuentes grosos y no cuatro de copas como nosotros. Pero los muchachos sospechaban. Y un día el Filo volvió a caer preso y ahí todas las miradas se depositaron sobre el Doctor, encima más de uno se la tenía junada. Para qué le cuento…

El Filo se había mamado hasta la medula y se mandó a manejar así. Cuestión que el boludo este, no va y choca contra un patrullero. Un boludo a pilas. Pero la cagada mayor fue que el Filo no contento con chocar contra un patrullero, fue y le dio un puntazo a uno de los canas. Un revuelo se armó. Un quilombo de aquellos. Salió en los diarios, en la televisión. El Filo otra vez adentro. Y nosotros otra vez in alguien que nos guie. No sabíamos quien iba mandar. Podía mandar el Sapo Mosquera o el Roña Rodolfo. Yo también estaba en la primera línea de sucesión eh, no se crea que era el último orejón del tarro. Pero estas cosas las tenía que decidir el jefe, no nosotros. El que corta el bacalao es él, nosotros somos perejiles. Mientras divagábamos esto, se nos apareció el Doctor y nos dijo que iríamos con él a visitarlo al presidio. La cosa es que a nosotros no nos iban a dejar pasar así nomás. Pero como le decía, el Doctor era un tipo pillo, con contactos. Nos dejaron entrar a todos. No éramos muchos le digo, éramos los tres más kapangas de la banda y el Doctor.

Cuando el Filo nos dijo quién iba a garrar la batuta de la barra, casi nos caemos todos de ojete. Quería que el Doctor se haga cargo de la barra. Decisión que nos cayó como el tremendo culo a todos. Pero el Filo nos explicó que era lo mejor. Que el Doctor era un tipo de palabra, un tipo de mundo con códigos que le iba a devolver el puesto de líder, cuando saliera de ahí. La verdad que lo que decía me parecía bien, pero sinceramente no lo veía al Iribarne mandando eh. Una cosa es ser bien hablado, educado y otra cosa distinta es tener que plantarte mano a mano para defender un trapo o robarlo. El Doctor no dijo nada en esta reunión carcelaria, pero sabía que no le teníamos fe y que encima lo mirábamos de reojo. A la noche íbamos a hacer un asado con toda la banda y nosotros le teníamos que comunicar al resto, lo que había decidido el Filo. Antes de empezar a comer le batimos la posta al resto de la barra. La decisión del Filo había caído como el orto. Pero el Doctor se agrando y esa noche nos convenció a todos, la verdad. Nos habló sobre Marketing, el tema de la condena social y no sé qué otras cosas más. Nos dijo que de ahora en más nadie iba a trabajar. Cuando se refería a “trabajar” era a robar. Nos prometió un montón de cosas, parecía un político en campaña. Nos convenció a todos esa noche. Y cuando digo a todos, es a todos.

La próxima semana jugamos con los de Varela y como todos los partidos de visitante, el club nos ponía un micro. El Doctor era un tipo que pensaba a futuro, eso no se lo discuto para nada. Me acuerdo que nos juntó a todos los muchachos y nos dijo que al club el micro le costaba como 25 lucas y que podíamos quedarnos con esa guita y al cabo de unos meses podríamos comprarnos nuestro propio micro y seguir cobrando la guita. La verdad nos cayó para la mierda eso, que quiere que le diga. Medio que lo miramos para el carajo. Nos hizo ir en bondi a todos hasta allá, llegamos todos tarde. Se lo hicimos saber pero el Doctor es un tipo de convicciones y no quiso saber nada. Al mes lo queríamos matar, mira que venir a pijotearnos a nosotros eh. Los muchachos ya lo querían ver lejos al Doctor. Lo fuimos a ver a Filo al presidio y nos dijo que lo aguantáramos. Y lo aguantamos un par de meses. Fueron un tremendo quilombo hermano. Ir en Bondi a las cancha es una patada en los huevos. Diga que por lo menos viajábamos gratis porque los choferes medio que nos tenían miedo. La cosa es que un día en la puerta del baldío donde nos juntábamos estaciono un micro, uno de esos de larga distancia ¡Una cosa que ni le cuento! Bajo el Doctor de ahí adentro y nos dijo: “Muchachos, acá está el fruto del sacrificio, tenemos micro”. Casi nos ponemos todos a llorar hermano. Un verdadero lujo eso. Aire acondicionado, televisión color, un chiche, un chiche, que le cuento.  Estábamos como los barras de suiza o Alemania.  El micro quedo a cargo del Chango Ibañez, era el único con permiso para manejar. No tenía antecedente, por eso.

Hubo otras cosas del Doctor que nos llamaron la atención. La organización de los estacionamientos. Usted sabe que siempre los muchachos le piden una colaboración por cuidarle el auto. No cuidamos un carajo pero si no quiere irse de la cancha y encontrarse con un vidrio roto o sin un espejo, lo tiene que garpar, hay que gatillar para que no le hagamos nada al autito. La cosa es que el Doctor no estaba en contra de eso, es más, nos decía que era una linda fuente de ingreso y que había que cuidarla. Por eso se mandó imprimir tipo unos recibos. Y a los muchachos les compro una pechera y los mando. Porque él decía que a la gente hay que brindarle seguridad, si uno le da seguridad la gente no deja 50 mangos, deja hasta 100. Puede creer que el sistema funciono y la juntábamos en pala, en pala señor.  Venia el ñato con su coche, lo veía a algunos de los muchachos con el chalequito flúo, le daba un ticket y el tipo se iba contento pensando que le íbamos a cuidar el auto. A los diez minutos estábamos todos escabiando. El Doctor nos metió muchos cambios y fueron buenos eh.

Lo que no nos gustaba del Doctor era que nunca participaba en ningún combate. Cuando nos cruzamos los de Almirante, el Doctor se quedó atrás, ese día cobramos pero también repartimos, no se crea. Cuando lo fuimos a ver estaba atrás de todo, medio asustado. “Eso de pelear por pelear, no me gusta. Hay que pelear por algo ¿Para qué mierda quiero una bandera que encima es de otro club?” nos confiaba practico el Doctor. Ojo el Doctor no es ningún cagon, sabe artes marciales, Yu yitzu o algo así, “Chinchulín” le decía el mono. Aparte era grandote. Un día comprobamos su caracater cuando en la cancha había uno grandote que estaba pungeando, lo rompió todo. Lo mando al hospital. Mire que yo he visto muchas peleas y muchos lastimados, pero se grandote lo dejo estropeado, ni para respuesto de tarado servía.

Y siempre nos repetía eso de que no se peleaba por la nada. Y así fue que el Doctor vino un día y nos dijo: “Muchachos, llego el día de pelearse por algo que valga la pena. Hay que ampliar los horizontes” y nos metió en un acto político. Porque el Doctor era puntero político o algo así. De algo vivía ¿no? Fuimos una o dos veces, todo tranquilo, escuchamos algunas cosas y nada más. No estábamos muy convencidos, tampoco nos daban plata pero había que bancarlo al doc. Hasta que un día nos vino con una linda propuesta. “Muchachos, hoy tenemos que copar el frente de escenario, va a haber piñas y eso, hoy nos vamos a pelear porque nos van a pagar bien”. Todavía me acuerdo de las palabras del Doctor. Ese día fuimos y agarramos el frente del escenario, no sé qué político importante venia, pero nosotros nos paramos ahí y nos la aguantamos. Vinieron no sé de qué sindicato a querer sacarnos y cobraron como los mejores. Después el Doctor nos pagó una bocha por eso. Luego se hizo frecuente, marchas, movilizaciones, etc. Nos da daban una buena moneda y nosotros ampliábamos el horizonte. Nos conocían todos ya. Después hubo que apretar perejiles que no se si eran del mismo partido o del otro. Uno no pregunta cuándo va a hacer este tipo de laburo, solo va y cumple.

La cosa es que a Filo un buen día lo largaron del presidio y se vino para donde estábamos haciendo un asado. El boludo se pensó que iba a mandar de nuevo. Estábamos medio en pedo todos. Y el Filo vino a hablar con el Doctor para que todo siga como antes de irse. Minga le iba a dar el Doctor. Y la verdad es que nosotros estábamos a gusto con él. La cosa es que la discusión empezó a subir de tono y se pudrió todo. Empezaron a darse de lo lindo. Nosotros por una cuestión de códigos no nos íbamos a meter. Cuestión que el Doctor le estaba dando una buena paliza al Filo, cuando este saco una faca así de grande. Así era eh, como para cortarlo al medio al Doctor. Nos pusimos blancos, para que le cuento, como dice el Martin Fierro, no hay nada mejor que un buen susto para despertar a un mamado. Pero el Doctor ni se mosqueo, saco una nueve milímetros de la cintura y le metió tres cuetazos. Chau Filo. Se ve que del quilombo que había llamaron a la cana y cayó casi al mismo tiempo que el Filo al suelo con los tres petardos en el pecho. Corrimos como unos hijos de puta. Los Ratis agarraron a un par,  pero la mayoría zafamos, incluido el Doctor. Nos dispersamos por todos lados. Yo estuve guardado en lo de mi hermano por una semana, por las dudas, ¿vio? En la tele salía  todo lo que había pasado, que el Doctor había bajado al Filo, que era una interna, qué sé yo. Se nota que la policía había hecho cantar a los que agarraron.

Habrán pasado dos o tres meses y el Doctor se me apareció en casa. Bien vestido como siempre. Me dijo que se las piraba para Brasil por lo menos hasta que se pase el lio. “¿Sabes una cosa Roberto? Yo no soy violento, por eso nunca me gusto eso de pelear por pelear. Pero el Filo me quería tocar la fuente de ingreso y se pensó que la tenía servida en bandeja. Ahora me voy a Brasil, cuidame a los muchachos. Te dejo una carta para ellos”, me dijo el Doctor antes de pirárselas. Cuando  le pregunte como iba a hacer para volver si lo iban a andar buscando. Me contesto con una sonrisa “en un par de meses ya se olvidan del tema”.

Cuando se fue me pinto la curiosidad y abrí la carta, decía un montón de mariconadas sentimentales. Que nos iba a extrañar, que esto que lo otro. Eso sí, tenía linda letra. Esa letra de profesional, tirada para un costado. Lo que me sorprendió fue que el Doctor dejaba la barra a mi cargo. Yo era el nuevo jefe. Mire usted, eh, ¿qué me cuenta? Ni bien termine de leer, la quemé y esa misma tarde le dije a los muchachos que el Doctor me había venido a ver y que al Mono lo nombraba como el nuevo jefe. Porque el Doctor era un tipo leído, pero en esto hay que ser vivo más que leído para poder seguir estando. 

T.Schweinheim
Obra publicada, expediente Nº 510614, Dirección Nacional de Derechos de Autor



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"Centrofóbal" de Osvaldo Soriano.

Me acuerdo del tiempo en que empezamos a rodar juntos, la pelota y yo. Fue en un baldío en Río Cuarto de Córdoba donde descubrí mi vocación de delantero. En ese entonces el modelo del virtuoso era Walter Gómez, el uruguayo que jugaba en River, pero también nos impresionaba Borello, el rompeportones de Boca. Los dos llevaban el nueve en la espalda, como Lacasia en Independiente y Bravo en Racing. Escuchaba los partidos por radio en las voces de Fioravanti o de Aróstegui. Al interior llegaban en cadena o se captaban en onda corta, con una antena de alambre pegada a la chimenea de la casa.

Según científicos, alguien viajó al pasado y alteró el espectro del espacio-tiempo y por eso parece que las fechas del Torneo Apertura se juegan todas al mismo tiempo.

No toqués nada... más. Recién arranca el torneo y ya vamos por más de un cuarto de competición en desarrollo. Se sabe que en años mundialist...


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