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"Último hombre", de Eduardo Sacheri.

López había cumplido siempre. Había ganado y perdido, cosa por cierto evidente. Pero jamás había abandonado su puesto. Jamás había sacado el cuerpo por cobardía. Jamás había temido hacer un sacrificio.

De los demonios.

Esto pasó hace un tiempo. Un jugador llamado David se había perdido en medio de una cancha lejana, abandonada de la civilización. El pasto estaba seco, las líneas borradas y no había un alma. Gritaba pidiendo ayuda, agua, alguien que lo viera. Desesperado, con la garganta rota, pensó:

“Si al menos estuviera en una cancha grande, en un estadio de verdad… con gente… alguien escucharía mis gritos, mis ansias de jugar”.

Fue entonces cuando apareció una figura extraña, vestida como un viejo árbitro, pero con una sonrisa torcida.

—No te asustes —dijo—. Aún no estás fuera del partido. Escuché tu deseo. A cambio de un tercio de tu alma, puedo llevarte a un estadio lleno.

David, sin dudarlo, aceptó y cayó en un profundo sueño.

Despertó en un estadio inmenso. Tribunas altísimas, banderas, bombos, un clima hostil. Pero no era lo que imaginaba: la hinchada no lo alentaba, lo insultaba. El partido era duro, violento. El frío le calaba en los huesos y cada pelota que tocaba era un silbido.

Corrió, gritó, pidió ayuda… nadie lo ayudó.

Agotado, pensó: “Me equivoqué… esto es peor. Tendría que estar en un potrero, algo más tranquilo… ahí se juega por jugar, no por sobrevivir”. Se desplomó al piso cuando una bomba de estruendo explotó a su lado.

—Despertá, David —dijo otra voz. Esta vez era una figura vestida de entrenador, de mirada intensa. —Soy el demonio de las canchas grandes. Pero escuché tu nuevo deseo. Puedo llevarte a un potrero, donde todo es más simple, donde el fútbol es puro. Pero a cambio de la tercera parte de tu alma. David volvió a aceptar, con esperanza. Se durmió de nuevo.

Despertó en un potrero. Tierra, arcos hechos con buzos, un par de chicos jugando. El sol caía fuerte. Intentó sumarse, pero nadie lo conocía, nadie lo elegía. Siempre último. Siempre afuera. Y cuando entraba, nadie le pasaba la pelota. Se sentó, abatido, desolado como en la secundaria cuando todavía era gordito y no lo querían ni en el arco. “Esto tampoco… acá no existo. Tendría que estar en la tele, en el fútbol grande de verdad, donde todos te ven… ahí sí alguien me notaría, alguien me salvaría”. Cerró los ojos y una voz lo despertó de golpe.

—Te estaba esperando —dijo una voz. Un hombre elegante, de traje y anteojos negros. —Soy el demonio del espectáculo. Puedo llevarte a donde todos miran. Donde cada jugada se ve, se analiza, se repite en redes sociales, noticieros… hasta en programas de chimentos. Pero creo que ya sabés el precio.

David, ya sin fuerzas para pensar demasiado, aceptó. Total, ya estaba jugado. Volvió a dormirse.  Despertó bajo una luz enceguecedora. Cámaras por todos lados. Micrófonos. Pantallas. Estaba en el centro de todo. Intentó hablar. Intentó moverse. Pero nadie lo escuchaba. Nadie lo registraba. Era uno más, invisible en medio del ruido. Era un grano de arena en el desierto. Un engranaje más sin nombre y sin identidad. Esperó. Pensó. Intentó que apareciera algún demonio más, pero recordó que ya no tenía alma. Y murió ahí, rodeado de luces, consumido por la misma sed que lo había acompañado desde el principio.

El rey de los demonios, satisfecho con el trabajo de sus tres emisarios, decidió premiarlos:

Al primero lo puso a manejar los clubes. Lo llamó dirigente.

Al segundo, los potreros. Lo llamó captador.

Y al tercero… todo lo que se ve, se comenta y se consume del fútbol. Lo llamó marketing.

Porque entendió algo fundamental en estos tiempos: que no importa dónde juegues, siempre hay alguien dispuesto a venderte el partido que nunca vas a ganar.


Por Toni
Obra Publicada, expediente Nº 510614. Dirección Nacional del Derecho de Autor




"Los Nombres", de Roberto Fontanarrosa

Porque también la cosa está en los nombres, en cómo suenen, en las palabras, pero más, más en los nombres porque se puede estar transmitiendo agarrado al micrófono con las dos manos, casi pegado el fierro a la boca, y la camisa abierta, transpirada y abierta, los auriculares ciñendo las orejas y las sienes como un dolor de cabeza y ahí valen los nombres, tienen que venir de abajo, carraspeados, desde el fondo mismo del esternón, tienen que llegar como un jadeo, lastimarte, tienen que ser llenos, digamos macizos, nutridos, eso, nutridos.

Pelota de Tregua


Aquella noche nevaba más que nunca. Los copos malditos y mortales caían con más intensidad que nunca, como si los invasores buscaran darle un marco adecuado a ese 24 de diciembre. Esa porquería cósmica que venía del cielo. Y en medio de todo eso, en una Argentina donde la mayoría de los sobrevivientes se enfrentaban unos con otros como lobos, ocurrió un pequeño milagro. Esos milagros que solo la pelota puede dar. 

En el refugio de la cancha de El Porvenir —entonces ya era una ruina, pero servía de trinchera junto al puente que pasa al lado— se habían apiñado unos cuantos sobrevivientes: vecinos, jubilados, laburantes. Por esas cosas del destino, también había un inglés. Sí, un inglés. Excombatiente, decía; por eso lo mirábamos medio raro y con cierto recelo. Hablaba todo entrecruzado o con palabras sueltas. En los preparativos del brindis —porque había que brindar sí o sí y seguir siendo humanos ante semejante desastre global— eran como las cuatro de la tarde; el sol pegaba en los copos mortales y les daba una belleza única. Fue entonces cuando el viejo Arthur se puso de pie, levantó un pedazo de lona y de allí extrajo una vieja pelota de tiento; dijo algo que nadie entendió, salvo el Viejo Lombardo, que era el único que más o menos manejaba el inglés. 

—Dice que juguemos un picadito. 

—¿Qué? ¿En medio de toda esta muerte? —esgrimió el padre Ricardo, el cura de la iglesia que estaba a un par de cuadras y que era nuestro refugio antes de que los bichos gigantes nos atacaran. 

—Dale, un rato. Para olvidarnos de tanta muerte nos viene bien —se levantó Martín, el carnicero del barrio. Todos se miraron interrogándose. Pero al cabo de un rato, todos estaban jugando sobre el césped muerto de la cancha. No se sabe a ciencia cierta cómo se armaron los equipos ni quién jugaba contra quién. Internamente sabíamos que jugábamos por la liberación. 

Jugaban todos: el Turco, que había sido arquero en inferiores de Banfield; el Zurdo Martínez, que alguna vez había probado suerte en Ferro y rebotó como los mejores; también Sarita, la panadera; el padre Ricardo; el Negro Juan, que era el mecánico de la zona; la tía Natalia —le decíamos así por su aspecto de tía bonachona—; Martín, el carnicero. Y Arthur. Ah, Arthur. Con sus zapatos de vestir y su extraño traje aislante, metía pases filtrados como si viniera de la escuela del Liverpool. —Este tipo la tiene atada —dijo el Turco, que terminó gritándole “¡olé!”, como si el inglés hubiera nacido en Parque Patricios o en Rosario. 

El partido tuvo goles. No sabemos cuántos. Terminamos todos con el visor del traje empañadísimo, pero contentos. A pesar de que la nevada seguía cayendo, con su color de trasmundo. Pero por un instante, el mundo se pareció a lo que debería ser: un lugar donde, incluso en el apocalipsis, una pelota puede ser sinónimo de paz. El partido se dio por terminado ni bien empezamos a ver luces en el cielo, sí, otra vez. Cada uno volvió rápido a su rincón, a sus frazadas, a sus miedos. Todos jadeábamos, trasnpirados por el traje aislante. Pero Arthur estaba intacto. Fue entonces cuando se acercó al Viejo Lombardo y le susurró algo al oído. 
—Dice que “gracias”. Que esta fue su Navidad más feliz desde 1914 —nos tradujo Lombardo. Todos nos quedamos mirando a Lombardo, como si esas palabras nos parecieran más raras que misma nevada o las luces en el cielo. Fue entonces cuando nos dimos cuenta de que Arthur ya no estaba con nosotros. Había desaparecido delante de nuestros ojos, como si fuese un viajero de la eternidad o navegante del tiempo. 

Toni Schweinheim
Obra Publicada, expediente Nº 510614. Dirección Nacional del Derecho de Autor

 [Nota: el cuento está basado en El Eternauta de Germán Oesterheld, dibujado por Solano López]


https://www.instagram.com/tonidibujante

"Agnósticos y creyentes, proletarios y bacanes" de Osvaldo Bayer.

En las dos primeras décadas del siglo, en apenas una generación, el fútbol se había acriollado definitivamente, igual que los hijos de los inmigrantes europeos. En cada barrio nacían uno o dos clubes. Se los llamaba ahora Club Social y Deportivo, que en buen porteño significaba "milonga y fútbol".

"La poesía, de chanfle al segundo palo" de Juan Sasturain

Para Tomas Sanz
RECUERDO QUE mi viejo tiraba la bronca contra Aróstegui, porque "transmitía todos los partidos igual". Eran los años cincuenta -antes del memorable desastre del Mundial de Suecia del '58- y todavía no habíamos llegado a la fiebre analítica y descriptiva que nos invadiría poco después. Por entonces, don Alfredo Aróstegui, "el relator olímpico", intercalaba algunos nombres propios entre un sinfín de frases hechas en las cuales recuerdo con especial afecto la que decía, antes de un saque lateral, "será encargado de ponerla otra vez en movimiento el jugadorr..." y ahí nombraba al "jas" correspondiente, ya que eran casi invariablemente ellos, cuando todavía no aspiraban a marcadores de punta, los encargados de esos menesteres.

Consultor espiritual, no mago

¿Sabes lo que pasa? Todos te tildan de chanta ¡Todos, eh! Nadie te da una oportunidad. Claro, porque en este país es muy fácil etiquetar al otro. “Ahí va el chanta”, te dicen. Por más que los resultados estén a la vista. Acá para que te creantenés que ser político. Y un político garca. Cuanto más garca mejor. Vas de traje y corbata y ahí sí te respetan. Por más que te hayas cagado en medio mundo y que te hayas robado medio congreso.  Acá escuchan la palabra “espiritualidad” o “hechizo” y ya sos un ladrón. Un ladrón de gallinas, eso es lo que sos. Por más que le cambies la vida a la gente que asesorás. Si te dedicás a lo espiritual sos un cagador. Más si sos un sanador. Sos chanta. Punto, no hay vuelta que darle.

Vos le cambiás la vida a la gente, pero al resto le chupa un huevo. Peor si te dedicas al fútbol. Pfff, peor. Lo digo porque yo me dedico al fútbol. Y mirá que yo he hecho milagros. He laburado como un burro. ¿Se acuerdan de Pelligatti? El delantero que pasó de Ferro a Boca. Claro, como no lo van a conocer si hoy está jugando en el Milan y en la selección. Bueno a ese flaco le salvé la carrera. En Ferrocarril Oeste era un goleador eximio. La metía hasta con la nalga derecha. La pelota rebotaba en un rival, le pegaba a al juez de línea, picaba en el banderín del córner y le quedaba a Pelligatti en el medio del área, para empujarla. Un culo termonuclear.  Cuando pasó a Boca daba asco. No le hacía un gol ni al Arco del Triunfo. Quería escupir al suelo y le erraba. Cuatro partidos estuvo así. Pobre flaco, lo cargaron todos, hasta el técnico lo boludeaba en conferencia de prensa. No podías abrir ninguna red social sin ver un meme del chabón errando. Hasta que me vino a ver. Claro, no creía una mierda en mí y mucho menos en mis “poderes”. Le  cerré bien la boca. A la otra fecha de haberme consultado, se despachó con tres goles y no paróde meterla partido tras partido.  Obviamente, el flaco me quiso pagar un vagón de guita. Le dije que se la donara al comedor de una iglesia. Por un lado, con la publicidad que me iba a hacer Pelligatti, yo ya estaba hecho; por el otro, lo mandé a que done esa guita a la parroquia del barrio porque después dicen que uno es un brujo adorador del diablo, que hace pentagramas en la vereda, que invoca hasta a SatanásPáez y que votó a Menem en el ‘95.

Después de eso me vino a ver el presidente de un equipo grande. No puedo decir el nombre porque lo prendo fuego, pobre. Hacía siete años que no salían campeones. Acá les podría mentir y decir que con mi intercesión dieron la vuelta olímpica, pero la verdad es que no acepté el caso. Uno no puede aceptar estos casos, son imposibles. Soy un consultor espiritual, no un mago. Por más que venga Mandrake, si los dirigentes se mandaron cagada tras cagada y encima los jugadores son horrendos, yo no puedo hacer nada.Me quemo para siempre. Caso contrario al que me pasó con otro equipo. Un equipo chico. Habían armado un equipazo pero no lograban embocarla en el arco. Mucho menos ganar. Me acuerdo que vino su entrenador para ver si podía darle una mano. Después de interiorizarme bien, y de ver que los jugadores eran buenos, pero que estaban teniendo una mala racha, me fui a la cancha, hice algunas “sanaciones” o “trabajitos”, les dije que había una traba que se las había hecho el rival, pero que ya la había alejado y a otra cosa. Metieron ocho partidos ganados al hilo. Entraron hasta a la Libertadores.

¿Sabes cuál es la posta de esto? Yo les voy a contar la verdad de la milanesa. Seguramente después de que les cuente esto les voy a parecer un chanta, pero soy honesto y les tengo que batir la justa…¿Ustedes vieron que alguna cábala funcione?  De verdad, eh. Seguramente me van a decir que sí. Yo no sé cómo puede ser que el calzoncillo rojo que algunos suelen usar por cábalalos días de partido logra que la pelotita entre en el arco. Imposible. Pero la cábala funciona como un refugio, como un manto sagrado, es un colchón al que uno se tira. La mayoría de las veces las cábalas no funcionan pero uno las sigue usando igual. Si todas funcionasen, todos los equipos saldrían campeones en un mismo torneo. Pero uno va confiado. Y ahí está el asunto, mis queridos amigos: la confianza. Cuando a uno no le salen las cosas, la confianza se le va al carajo. Las dudas comienzan a aflorar y el jugador comienza a dudar de todas sus capacidades. A medida que la presión aumenta las dudas son mayores. El tiempo pasa y al jugador no le sale una. Hasta que inevitablemente meta una y empiece a ganar confianza de a poquito. Pero ese poquito puede ser un mes, dos meses, un año. Y el tiempo es vital en el fútbol. Es ahí donde aparecemos nosotros. Cuando al fútbolista o al equipo le decís que la culpa del mal presente no es de ellos, sino que le hicieron “un trabajo”, es como meterle una batería de confianza por el traste. Enseguida levantan y vuelven a tener confianza. Claro, la culpa no es de ellos. Que hayan mandado la pelota por encima de la segunda bandeja estando a menos de un metro del arco solo, ya no es culpa de ellos; es culpa del “trabajo”. Que le hicieronerrores pelotudos, goles infantiles. Todo deja de ser culpa de ellos. Es como que los expiás de toda culpa. Mejor que ir a confesarse,  ¿me explico? Le sacás un peso de encima.  Yo la verdad es que no creo demasiado en esto de la espiritualidad, de los “trabajos”.  Ojo, respeto a la gente que sí cree de verdad. Yo no creo demasiado en mis métodos, pero es muy efectivo ¿saben por qué?  Porque yo no  soy solo “brujo”, como le gusta decir a la gente, yo soy psicólogo.
Toni Schweinheim 
Obra Publicada, expediente Nº 510614. Dirección Nacional del Derecho de Autor

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"Don Salvatore, pianista del Colón" de Osvaldo Soriano.

Don Salvatore es mi vecino. No es inválido, pero nadie lo vio caminar nunca. Antes era zapatero y estaba siempre sentado. Ahora los nietos lo sacan a la vereda en una silla de paja, y él se queda todo el día allí, en camiseta, embelesado, mirando hacia el puerto como si esperara volver a ver el barco que lo trajo de Cosenza. No saluda a nadie, no lee, no fuma. Sigue de reojo a las chicas que pasan con el jean ajustado a las caderas y después aprueba o desaprueba con un leve toque de la cabeza.

Torneo Apertura CalcioBundespremierligue 1 Pasillo LPF AFAfafa LPF 2026. Fecha (16 - 1).

  Ya falta poco... para dejar de hacer esta boludez.


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