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El Saludo

 

Hace un tiempo, viví en Chacarita. Barrio que está signado por el cementerio. A pesar de eso, todos vivimos tan frenéticamente que ni nos damos cuenta de que hay un cementerio ahí, a un par de cuadras. Y eso que es enorme.

Pero lo que me llamó la atención del barrio no fue el cementerio; al cuarto o quinto coche fúnebre que ves, ya te acostumbrás. Uno se acostumbra a todo. Lo que me llamó la atención fue un tipo que vivía cerca, o eso creo, y que saludaba siempre. Parece una pavada, pero no lo es; por lo menos para mí.

Igualmente, hoy la gente hace cualquier cosa antes que saludar. Mira el celular, baja la cabeza, finge que no te vio o, directamente, cruza de vereda. En cambio, este hombre no. Apenas te veía venir, levantaba la mano como si te conociera de toda la vida.

—Buen día.

Y listo. Siempre con una sonrisa. No esperaba ninguna respuesta. No intentaba sacar charla. No preguntaba por la familia, ni por el clima, ni por el fútbol. Saludaba y seguía caminando.

La primera vez pensé que era un vecino más. La segunda me llamó la atención. Con el tiempo empecé a sospechar. Yo soy informático; tengo los horarios más variables que hay sobre la Tierra. Un día salgo a las ocho de la mañana, otro a las once, algunos días a las catorce, otros días ni salgo o salgo solo a comprar. Pero la cosa es que, ni bien salía, me lo encontraba en la esquina y me saludaba.

Además, no era posible que un hombre saludara con tanta convicción a todo el mundo: al diariero, al barrendero, al repartidor de soda, al policía de la esquina, a los chicos que iban al colegio, al paseador que sacaba al perro... incluso a los que claramente no tenían ganas de cruzarse con nadie e iban inmersos en sus celulares.

Siempre igual.

—Buen día.

Era imposible no contestarle. Hasta el más malhumorado terminaba levantando la mano. O gente que estaba haciendo algo importante, como los cartoneros que tenían metido medio cuerpo dentro de esas cajas negras plásticas horribles que hacen de contenedores, salía y lo saludaba. Como que era contagioso el saludo.

Un día la curiosidad pudo más. No solo le respondí el saludo, sino que intenté darle charla.

—Fresquete hoy, ¿no?

—Sí, la verdad que sí. Hasta luego.

Su respuesta, bastante evasiva, me cayó mal. Me pareció un careta bárbaro. Saludaba y después se hacía el boludo y se iba corriendo. No sé, no me pareció sincero. Llegué a pensar de todo: que era un cana encubierto, un espía, un chorro que merodeaba la zona… Igual seguí saludándolo como si nada, porque tampoco iba a ser descortés.

No mucho tiempo después de ese intento de conversación, pasó lo que les voy a contar. Me había quedado sin internet en casa, entonces tuve que bajar para ir al bar de la vuelta. Ni bien llegué a la vereda, me crucé al muñeco este.

—Buen día.

 

Me dijo y siguió para su lado, lo cual me dio entre bronca y curiosidad. Le respondí automáticamente, como un robot, y me quedé pensando. Se me ocurrió la idea loca de seguirlo; total, no tenía internet ni ganas de laburar en un bar con todo el ruido que eso supone.

Me puse a observarlo desde atrás. Nunca me había detenido a verlo: tenía un traje gris, zapatos marrones viejos, pero lustrados; un sobretodo más viejo todavía; la pelada le brillaba y, sobre ella, se cerraba el pelo gris como si fuesen laureles en un César. No sé por qué, pero pensé en el bigote finito que usaba el tipo. Parecía sacado de una película de los cincuenta.

Empecé el recorrido, el cual duró bastante, lisa y llanamente porque saludaba a todo el mundo.

Saludó a un taxista.

Saludó a una señora que esperaba el colectivo.

Saludó a un pibe que repartía volantes.

Saludó hasta a un tipo que estaba puteando porque no arrancaba el auto.

El del auto dejó de putear un segundo, levantó la mano y le dijo:

—Buen día.

Después siguió puteando al pobre auto.

Yo caminaba unos metros atrás. Más de una vez tuve que parar y mirar el celular como para que no me agarrara. Casi me vio en varias ocasiones, pero siempre me salvaba una víctima de su saludo.

No parecía dirigirse a ningún lugar. Daba vueltas por el barrio. A veces doblaba una esquina para volver a la misma plaza desde otro lado. Yo ya estaba por abandonar la misión de seguirlo. Fue cuando cambió de rumbo y, curiosamente, dejó de saludar a la gente que se cruzaba. Ahí el bichito de la curiosidad me picó más fuerte.

El tipo apuró el paso, tanto que me costó seguirlo a metros de distancia. Enfocado en todas las hipótesis que había en mi cabeza, no me di cuenta de que estábamos por entrar al cementerio. Ahí me agarró un cagazo terrible. Pero la curiosidad pudo más.

El sujeto entró raudamente. Caminaba y caminaba; cada vez se adentraba más y más. Lo que me estremeció fue cuando, de la nada, empezó a saludar. Yo pensé que estaba rezando, pero sin querer quedé más cerca de él y, efectivamente, eran saludos.

—Buen día, don Ernesto.

Unos metros más.

—Buen día, doña Marta.

Más adelante.

—Buen día, Gervasio.

Así podría estar enumerando todos los nombres de las tumbas a las que saludó al pasar. Como si todos siguieran ahí. O como si los viera. Curiosamente, no me dio miedo; me dio más curiosidad.

Yo estaba tan absorto en mis pensamientos que no me di cuenta de que llegamos casi al final del cementerio, a la parte de los paredones que daban a la avenida Elcano.

El tipo se sentó en un banquito de cemento, completamente derruido, y se puso ambas manos en la cara, como si estuviese llorando. Me dio un poco de vergüenza estar espiándolo.

Cuando me iba a ir, sin darse vuelta, dijo:

—Hace rato que me viene siguiendo, caballero.

Sentí una vergüenza absoluta. Como la de alguien que roba y se dan cuenta enseguida de que fue uno. Busqué miles de excusas en mi cabeza; no había ninguna.

—Perdón... me dio curiosidad saber adónde iba —tuve que decirle la verdad.

Se dio vuelta despacio.

Era bastante más viejo de lo que me había parecido antes.

Los ojos claros. La cara llena de esas arrugas que no son de tristeza, sino de haber vivido mucho. Ese bigotito tipo anchoa.

—La curiosidad nunca es una mala excusa —dijo con una sonrisa.

Me invitó a caminar. No preguntó mi nombre. Yo tampoco el suyo. Hubo un silencio, el cual decidí romper.

—¿Siempre hace esto? —dije por fin.

—¿Venir al cementerio?

Asentí.

—Sí. También lo de saludar a todos —respondió, sin que le hubiese preguntado lo segundo.

Me agarró un escalofrío.

Esperé una explicación. No llegó.

Seguimos caminando entre las tumbas abandonadas en el contorno del paredón.

Después de un rato agregó:

—Uno nunca sabe cuál es el último saludo que le da a alguien.

No dije nada.

—Hay personas que se van sin que uno lo sepa. Se mudan, cambian de trabajo, se pelean con uno, se enferman... o simplemente se mueren. Y el último recuerdo termina siendo una cara seria porque los dos iban apurados o enojados.

Seguimos caminando. Nos sentamos en un banco.

—Antes no saludaba nunca. Siempre tenía algo más importante que hacer.

Miró el piso.

—Hasta que un día mi mujer salió a comprar pan...

No hizo falta que siguiera. Entendí todo. Quedé aturdido con mis propios pensamientos y con cómo había pensado tan mal de un pobre viejo.

Él seguía hablando: de cuánto tiempo había pasado, de cómo fue el accidente, de dónde estaba su tumba, señalando hacia la derecha del paredón de la avenida.

—La última vez que la vi, ni siquiera levanté la vista del diario. ¿Para qué? Si iba a volver. Todos vuelven.

Se hizo otro silencio. Este fue bastante largo. Pero no me incomodaba; creo que a él tampoco. Hasta que decidió romperlo.

—Así que ahora saludo primero.

Sonrió apenas.

—No cambia nada... pero por lo menos para que nadie sienta que pasa desapercibido. Además, hago catarsis.

Volvió a sonreír.

—El barrio es la gente. El barrio también se despide cuando te demuelen una casa antigua para ponerte una torre, por ejemplo. El barrio no cambia, va muriendo con cada cambio. Y al barrio nadie lo despide. Al barrio nadie lo saluda porque está siempre ahí, y cuando te das cuenta, el barrio murió y nació uno nuevo.

Siguió hablando de cada esquina de Chacarita, de cada bar, escuela, colegio, comisaría, del viejo hotel familiar de la avenida Lacroze y, ni hablar, del cementerio. Ahí se explayó como diez o quince minutos. Yo ya no lo escuchaba; me quería ir. Mi mujer seguramente se estaría preguntando donde estaba.

Le dije que me tenía que ir porque tenía trabajo. Pude entender, por su mirada, que el viejo no había hablado con nadie en mucho tiempo. Lo saludé y me fui. Lo dejé sentado en ese banquito que estaba al borde de derrumbarse de lo viejo.

El tiempo pasó, la rutina no cambió. Cada día, o cada vez que salía de casa, siempre me lo cruzaba y ambos nos saludábamos, yo ahora con un poco más de alegría.

Hasta que un día lo vi fuera de ese ámbito "saludativo". El vecino del sexto me había invitado a una protesta de vecinos en contra de demoler parte del cementerio y hacer una plaza. No porque no quisieran una plaza, sino porque todavía era parte de un camposanto. Asimismo, todavía había nichos.

Fuimos y ahí vi al viejo.

Estaba vestido igual, salvo que esta vez llevaba una cartulina que tenía una leyenda escrita a mano:

"No maten al barrio".

Fui a saludarlo, pero cuando me acerqué noté que estaba llorando. Vi que había mucha gente llorando. Porque el Gobierno de la Ciudad los había intimado a que sacaran los restos de familiares de esos nichos. Otros protestaban porque dentro del cementerio había patrimonio histórico y que, sin el paredón, iba a quedar desprotegido. Pero yo seguía centrado en el hombre que saludaba.

Pasó un tiempito durante el cual seguí viendo a este hombre. Me seguía saludando. Muchas veces quise frenarlo, pero no me dio la chance.

Lo vi muy achacado, como si de golpe todos los años se le hubiesen caído encima. Flaco, enjuto; los ojos le habían quedado chiquitos.

Hasta que, a mediados de 2016, empezaron a derribar los paredones. Hubo una marcha de vecinos y ahí fue la última vez que lo vi.

Estaba parado a lo lejos, mirando y llorando, con un pañuelo en la mano. Lo que me llamó la atención es que, esta vez, tenía un bastón y parecía más derrumbado que el paredón.

Al otro día salí esperando encontrármelo. Ahora sí lo iba a frenar y le iba a preguntar si le pasaba algo, si tenía algún problema de salud o si necesitaba ayuda.

Pero ni rastros de él.

Era la primera vez, en años, que no me lo cruzaba.

Temí lo peor.

Al otro día decidí hacer el mismo trayecto que él había hecho aquella vez que hablamos. Por ahí me lo cruzaba.

No hubo suerte.

Un día le pregunté al diariero si lo había visto o si tenía alguna data sobre su paradero. Por ahí lo conocía.

—Sí me acuerdo. No lo conozco, solo me saludaba todos los días, pero nunca me compró un diario.

Durante un par de meses me quedé pensando en el viejo. No voy a mentir: lo extrañaba un poco. O bastante.

Hasta que un día, en marzo de 2018, fuimos con mi mujer al nuevo parque que habían hecho en lo que fue el predio del cementerio.

Fue entonces cuando vi a un señor con su nieta muy parecido a él. Pero no, no era. Era más joven, sin el bigote, vestido de manera más jovial.

Cuando pasaron al lado nuestro, pensé que era él. Tuve esa sensación.

—Hilda, saludá a la pareja —dijo el abuelo a su nieta.

—Hola... —dijo tímidamente la niña.

Mi señora los saludó a ambos.

Yo no podía emitir palabra, del quilombo mental que tenía.

Los seguí con la mirada.

Cuando cruzaron con una mujer que paseaba un perro, la nena levantó la mano y dijo:

—Buen día.

La mujer sonrió y le respondió lo mismo.

Luego la señora saludó a un muchacho que estaba haciendo fitness. Este saludó a un matrimonio que llevaba un cochecito de bebé...

Y así los saludos se fueron multiplicando de uno en uno.

No sé por qué, pero me quedé un rato mirando esa cadena de saludos que iba pasando de uno a otro, como si alguien hubiera empujado apenas la primera ficha de un dominó.

Desde ese día saludo primero.

Algunas mañanas nadie contesta.

Otras sí.

Entonces sigo caminando tranquilo.

Porque mientras alguien devuelva un saludo en Chacarita, me gusta pensar que el viejo sigue caminando por el barrio. Y que el barrio, de algún modo, se sigue saludando con él.

Toni Schweinheim
Obra Publicada, expediente Nº 510614. Dirección Nacional del Derecho de Autor.




Mis cosas

 

Hay gente que junta estampillas. Otros coleccionan monedas, botellas o camisetas de fútbol. Yo, sin proponérmelo, terminé coleccionando cosas, si así a secas cosas. Vi por la tele a varios que juntaban cosas, si cosas, pero con determinado fin, como cosas de la década del ochenta como figuritas, golosinas, revistas… bueno, lo mio no tiene un determinado fin. Yo juntó cosas y punto.

No hablo de basura. La basura tiene un destino, el CEAMCE si tiene suerte o en algún relleno sanitario. Lo mío es distinto. Son objetos que habían perdido su función, pero seguían negándose a desaparecer. Que estaban ahí y nadie les daba bola, claro, menos yo.

Todo empezó una tarde de lluvia, cuando encontré en un cajón una llave diminuta. No tenía idea de qué abría. Lo extraño no era haberla olvidado, sino la absoluta certeza de que alguna vez había sido importante. La tuve un rato entre los dedos intentando reconstruir una historia. Nada. Ni una imagen. Ni un lugar. Era apenas un pedazo de metal con una misión vencida.

No la tiré.

La dejé sobre un estante.

Después apareció un control remoto sin televisor. Una lapicera que ya no escribía pero que seguía teniendo la tapa perfecta. Un reloj detenido a las 4:17 desde quién sabe cuándo. Una credencial vencida de un banco que ya ni existe. Un cospel de subte tan gastado que parecía haber sobrevivido a varias eras geológicas.

Cada objeto iba ocupando su lugar.

Nunca pensé que estaba armando una colección. Eso se descubre mucho después, cuando uno mira alrededor y entiende que el desorden tiene un patrón.

El estante se convirtió en una biblioteca de derrotas. De perdidas. De algo que ya no esta, pero está ahí. Penas en un estante. No mias, sino de esos objetos.  Lo curioso era que no me producían tristeza. Al contrario. Había algo tranquilizador en saber que las cosas podían dejar de cumplir su propósito sin desaparecer del todo. Era como mirar a viejos jubilados tomando mate en una plaza. Ya no trabajaban para nadie, pero seguían estando. Claro podían tener una función, pero hoy cuando sos viejo te descartan o te ponen como niñero y, obvio, al estar de niñero no estas en la plaza.

 

Con el tiempo empecé a prestar atención. Descubrí que todos los objetos conservaban una especie de dignidad. Eran como si estuviesen esperando algo que los saque de allí y les vuelvan a dar utilidad. Esperaban. No sé qué, sinceramente. Pero esperaban.

Una noche se cortó la luz en todo el barrio. No era una tormenta ni una explosión. Simplemente se apagó todo. El silencio fue inmediato. Sin el zumbido de las heladeras, sin televisores, sin motores, la casa quedó inmóvil. Me hizo acordar al Eternauta y me estremecí. Encendí una vela y me senté frente al estante. Entonces pasó. No sabría explicarlo sin que suene ridículo.

Los objetos parecieron moverse y acomodarse solos.

No se movieron mucho. Apenas unos milímetros. Pero alcanzó para que la llave quedara apuntando hacia el reloj detenido, el reloj hacia la credencial, la credencial hacia el control remoto y así sucesivamente, formando una especie de recorrido, como si fuese un subte raro. Pensé que era efecto de la vela sobre los objetos. Pero no.  

Cuando volvió la electricidad todo estaba igual. O eso quise creer. A la mañana siguiente el reloj marcaba las 4:18. No podía ser.  Era un reloj a cuerda roto desde hacía años que estaba apoyado en la repisa. Yo cada tanto lo miraba y constataba que estaba parado en esa hora. Me gustaba esa hora, no sé el motivo, pero me daba curiosidad esa hora. Lo observé un largo rato esperando descubrir si por esas cosas había vuelto a andar. Nada. Estaba clavado en esa hora. Yo puedo asegurar que nunca lo toque. Jamás. Lo encontré y lo deje ahí.

Durante semanas traté de convencerme de que lo había recordado mal. La memoria tiene esa costumbre de cambiar las cosas para que parezcan razonables, de querer jugar con uno. Pero la verdad estaba medio perturbado. Empecé a revisar cada objeto. Uno por uno. Casi me agarra un sincope: había pequeñas diferencias. La lapicera tenía una rayadura nueva. El cospel estaba un poco más gastado. La llave parecía más brillante. Eran cambios mínimos. Pero yo conocía todos los objetos como la palma de mi mano y eso que tengo decenas de miles de cosas. Y puedo describir cada una de ellas. Me obsesioné. No con las cosas. Con la posibilidad de que siguieran viviendo cuando nadie los miraba.

Una madrugada dejé una vieja camarita que había encontrado y andaba grabando el estante. Ocho horas de video. Nada. Absolutamente nada. Al revisar la grabación, bostezando frente a la computadora, descubrí un detalle. Había un segundo que no existía. La hora pasaba de las 04:18:16 a las 04:18:18. Un cuadro perdido. Una fracción de tiempo desaparecida. Pensé que era un error del archivo. Un segundo que no existía.

Probé otra vez. Lo mismo. Siempre faltaba ese segundo. Nuevamente, todos los días de la semana. Ese segundo siempre saltaba, desaparecia del tiempo o del espacio porque ambos van juntos. N o se lo conté a nadie. Hay cosas que es preferible no decir, porque uno sabe perfectamente cómo terminan las conversaciones. Primero una sonrisa. Después una mirada de preocupación. Finalmente un psicólogo o el medico.

Así que seguí con mi vida. Traté de no pensar en ese segundo que perdíamos todos los días. Pero empezó a pasar algo mucho peor y mas grave: cada tanto encontraba un objeto nuevo. No lo ponía yo. Simplemente aparecía por arte de magia. Asi empezaron a aparecer: un botón. Una ficha telefónica. Una foto vieja, de esas sepia. Un casete sin etiqueta. No recordaba haberlos traído y menos puesto ahí. Pero ahí estaban. Como si siempre hubieran pertenecido a la colección. Con los años el estante se llenó. Después ocupó otro. Después otro más. Hasta que una habitación entera quedó dedicada a las cosas olvidadas que alguien o algo me dejaba ahí.

Anoche volví a quedarme sin luz.  Otra vez el mismo silencio del Eternauta. Otra vez la vela.  Me senté frente a la habitación, que ya hacía tiempo había dejado de ser una habitación. Apenas quedaba un sendero angosto para caminar entre pilas de cajas, muebles, frascos, relojes, papeles, juguetes rotos y vaya uno a saber cuántas cosas más. Todo seguía ahí. Cada objeto conservaba una historia que desconocia y que me hubiese gustado conocer. Los miré durante un largo rato. Pensé que, tal vez, no era yo quien los estaba cuidando. Tal vez eran ellos los que me estaban cuidando a mí.

Cada vez que intenté tirar alguno, sentí que estaba traicionando algo. Un recuerdo, una persona, un momento. ¿Y si esa llave era el último refugio de una infancia? ¿Y si ese cospel había sido el viaje más importante de alguien? ¿Quién era yo para decidir que ya no servían?

Hace un rato golpearon la puerta. Miro la hora. Son las 4.17 de la tarde. No puede ser.

No hizo falta abrir para saber quiénes eran.

Los vecinos me habían avisado varias veces que habían hecho denuncias. Que esto ya no podía seguir así. Que el municipio iba a venir tarde o temprano.

Parece que ese momento llegó.

Siguen golpeando.

Dicen mi nombre. Lo repiten. Escucho voces conocidas de vecinos.

Yo miro la montaña de cosas que me rodea y no sé qué hacer.

No sé si irme con ellas. y esperar a que, me dejen a mí también sobre un estante de la municipalidad, junto a otros que alguna vez alguien consideró demasiado valiosos para tirar.

Toni Schweinheim
Obra Publicada, expediente Nº 510614. Dirección Nacional del Derecho de Autor.



El Suizo

 

A Miguel Ángel Bogado nunca le importó de qué club era hincha el otro. Ni siquiera se sabía de qué cuadro era él. Justo acá, donde el club de tus amores va debajo de tu nombre en el DNI, y si no te gusta el fútbol, te miran con cara de bicho raro. Porque parece que, si no te gusta el mate, el asado, el vino o no hinchás por un club, te baja en sangre la argentinidad.

A Migue le decían el Suizo, no porque tuviera ascendencia de ese país, o hubiera jugado ahí, porque tuviera una cuenta en un banco suizo. Le decían así por su neutralidad explícita. Desde chico siempre le salía lo mismo ante la pregunta obligada de los más grandes:

—¿Y vos de qué cuadro sos?

—A mí me gusta el fútbol.

La respuesta caía siempre igual. Primero una risa. Después un silencio incómodo. Finalmente, la sentencia.

—No, en serio, me gustan todos.

Pero Miguel hablaba en serio. Muchos decían que no decía su cuadro porque le daba vergüenza o porque, capaz, no quería herir susceptibilidades de los parientes más grandes. Porque siempre hay un tío de River, otro de Boca, alguno de Banfield, otro de Lanús, Racing, Independiente…

De chico era habitual verlo en los potreros donde los arcos eran dos buzos y el reglamento consistía en que la pelota no se fuera a la casa de doña Martha, porque al principio no les devolvía la pelota y luego sí, pero pinchada. Ahí aprendió a amar el fútbol, a rodearse de amiguitos, a patear la pelota hasta que la vieja lo traía de la oreja porque estaba todo sucio.

En la escuela era muy querido. Fue abanderado dos veces, pero no por notas. Si hubiera sido por las calificaciones, lo habrían tenido que esconder en el sótano del colegio. No porque fuera vago, sino porque lo suyo simplemente no era el estudio. Siempre lo votaban los compañeros como abanderado, y las maestras aceptaban porque, si bien no daba pie con bola en las materias, era un dulce de pibe, muy bien educado, respetuoso, nunca llegaba tarde, hacía la tarea; mal, pero la hacía.

Con el tiempo fue creciendo y encontró su lugar en el mundo en las inferiores de un club de barrio. Hasta que llegó un formador, o como le dicen ahora, llegó el scouting, lo vieron jugar y se lo llevaron para un club de La Paternal. El Suizo, siempre disciplinado, siempre llegaba a horario a los entrenamientos, se entrenaba, se esforzaba, era buen compañero y así llegó a Primera.

Su debut fue en un duro partido contra River, donde no se destacó, pero cumplió como número cinco. Luego alternó un par de partidos en el banco y entrando faltando un par de minutos. Con el tiempo se afianzó y se ganó la titularidad. Pero desde los inicios mostró algo raro: cuando terminaba un partido saludaba a los rivales, al árbitro, a los jueces de línea y al entrenador rival. A todos. En sus primeros partidos eso pasó medio desapercibido, porque la gente pensó que eran los primeros cartuchos del pibe y estaba emocionado. Pero la cosa continuó con los años.

En un partido contra Vélez le habían pegado una patada criminal, casi lo fracturan. Cuando terminó el encuentro, el Suizo fue a buscar al dos velezano. Todos pensaron que lo iba a encarar y a querer cagarlo a piñas. Pasó todo lo contrario. Lo saludó, lo abrazó y se volvió rengueando para el vestuario.

Pero ojo, yo sé lo que usted está pensando, pero no: Miguel no era ningún santo. Todavía se recuerda cómo revoleó al diez de Banfield y cómo se agarró a las piñas con casi medio plantel de Unión. El tema es que, cuando el árbitro pitaba el final, el tipo iba y saludaba a uno por uno, por más que se lo quisieran comer. Pero la bronca del otro se transformaba en caballerosidad al ver al Suizo, con una sonrisa, extender la mano y decir: "Gran partido, che, estuviste muy bien". Por más que lo hubiera pisado cincuenta veces o viceversa. Simplemente entendía que noventa minutos eran demasiado poco para odiar a alguien.

Los problemas empezaron cuando los periodistas descubrieron en Miguel un caso raro: un jugador respetuoso, sin arrogancia, paciente y tolerante. Ahí fue cuando TyC le hizo una nota, que luego fue una micronota en un reel de Instagram del canal. No pudieron sacarle un solo título a la entrevista.

—¿Con qué jugador nunca compartirías un asado?

—Con ninguno. Mientras no me hagan lavar los platos... je.

La respuesta no servía. Necesitaban enemigos. Polémicas. Eso no se lo vendés ni a la madre del camarógrafo. Así que insistían.

—Pero alguno te cae mal...

—Puede caerme mejor uno que otro, pero mal, lo que se dice mal, no. En el mundo del fútbol somos todos una gran familia...

No terminaba la frase porque ya estaban buscando otro entrevistado.

Las redes sociales fueron peores. Un domingo felicitó públicamente al arquero rival por una atajada espectacular que le había hecho a Antonio Lugano, el nueve de su equipo. Le empezaron a llover comentarios en su Instagram del tipo: "Traidor", "Tibio", "Andate al otro equipo", "Vendido". Otro jugador simplemente hubiera obviado cada comentario malintencionado o directamente eliminado el posteo. Pero el Suizo no era así: se tomó el tiempo para responder educadamente cada uno de los comentarios agresivos.

El martes mandó fuerzas para un delantero lesionado del eterno rival. Esa foto tuvo más comentarios que un posteo de Messi. Otro día defendió, en un estado, a un árbitro que le había anulado mal un gol a Ismael Pereira, el siete del equipo. "Todos somos humanos y nos podemos equivocar". Ese día le dijeron de todo, desde ensobrado hasta vendehumo. Hasta una cuenta no oficial del club hizo una encuesta sobre el Suizo:

¿Miguel Ángel Bogado es demasiado tibio para el fútbol?

Ganó el "Sí" por goleada. Creo que los únicos votos a favor del "No" fueron de los rivales, pero para chicanear.

Lo curioso es que nadie recordaba haberlo visto especular o ir a menos dentro de la cancha. Iba fuerte. Corría. Metía. Trababa con la cabeza si hacía falta. Ponía unos huevos tremendos. Discutía cuando hacía falta o era amonestado. Era otro tipo.

El tema es cuando lo de afuera de la cancha tapa lo bueno que hiciste adentro. Pero esto fue al revés. No porque se fuera de joda, o faltara a entrenamientos, o cualquier cosa. El tipo era correctísimo. Y hoy eso es para desconfiar... sobre todo para el hincha, que es pasional, para el que todo es blanco o negro:

"¿Cómo va a abrazar a uno de ellos?"

"¿Por qué sonríe cuando cambia la camiseta?"

"Si de verdad sintiera estos colores..."

Como si el fútbol dependiera de la cantidad de enemigos que uno se hace dentro de la cancha. La gente siempre fantasea un duelo épico. Un Messi contra Cristiano Ronaldo. Cuando todos sabemos que son amigos, pero nos hacemos los sotas porque nos gusta ese antagonismo pedorro que no existe.

Una tarde le preguntaron cuál había sido el mejor jugador que vio en el torneo. Nombró cinco, de distintos clubes. Ninguno del suyo.

Otra vez los comentarios de los hinchas:

"Siempre elogia a los de afuera."

"Nunca banca a los nuestros."

"Seguro quiere irse."

"Pechofrío."

"Gonca."

La dirigencia le sugirió bajar un cambio. No en el juego. En las declaraciones. Lo cual era bastante curioso, porque nunca dijo nada fuera de lugar.

—No hace falta que seas amigo de todos.

—No lo soy.

—Parece.

—Es que soy un tipo respetuoso que vive del fútbol, igual que el otro.

El presidente lo miró como si hubiera un alíen delante de él. No entendía una palabra. Le pareció un pelotudo, pero bueno, en algún momento se iba a ir, como todos los jugadores. Los que quedan son los dirigentes y los hinchas, a contramano de la canción de cancha que solemos cantar todos.

El Suizo le dio la mano, le agradeció por el consejo y se fue.

El punto de quiebre llegó durante un clásico. Terminó uno a cero a favor del rival de toda la vida. Un partido horrible. Piernas fuertes. Insultos. Empujones. Hasta que Fabio Yrigoitia, el nueve rival, hizo un gol en un offside recontra evidente. Durante veinte minutos hubo escaramuzas. Había que separar jugadores. Se habían trenzado varios y fueron expulsados tres de cada equipo.

Al finalizar, como media hora después, cuando las cosas se calmaron, Bogado vio al capitán rival llorando en el banco de suplentes. El Suizo, que tenía un moretón en un ojo producto de la trifulca, enfiló para donde estaba este. Se puso en cuclillas, intercambiaron un par de palabras y Miguel terminó abrazándolo y cambió la camiseta con él.

Lo que vino después fue bastante más violento que el clásico.

La foto recorrió todos los portales deportivos. Los hinchas lo habían tildado de traidor, de que no volviera a pisar el club... Hasta le pincharon los cuatro neumáticos y le rompieron dos ventanillas de su Renault Clio 2012.

Lo que nunca dijo la prensa, tal vez a propósito, es que el capitán rival estaba llorando en el banco de suplentes porque en la semana había fallecido su padre. Bogado se enteró y, en un acto humanitario, lo consoló. Pero no pidamos razonamiento donde mandan los titulares y la pasión.

Hubo programas enteros debatiendo si ese abrazo había ofendido la historia del club.

Las banderas aparecieron al partido siguiente:

"Con el enemigo, jamás."

Y el número cinco de Bogado, tachado.

Él siguió jugando. Como siempre. Sin responder. Sin victimizarse.

El tiempo puso su manto de olvido sobre ese episodio. Al cabo de un par de temporadas se fue para un club de Sarandí, después a Adrogué y, con el tiempo, Miguel Ángel Bogado dejó el fútbol. Carrera modesta, si las hubo.

No hubo partido homenaje. No hubo estatua. Ni un documental contando que había sido "un distinto".

Su retiro ocupó apenas un zócalo en un canal deportivo y un par de líneas en el diario del lunes. Al martes siguiente ya nadie hablaba de él.

A Bogado, curiosamente, nunca pareció molestarle.

Volvió al barrio donde había aprendido a jugar con dos buzos haciendo de arco y aceptó dirigir las inferiores de un club que apenas podía pagar las pelotas. Iba ad honorem. Los sábados que había campeonato llegaba antes que todos. Marcaba la cancha con cal, inflaba las pelotas, acomodaba los conos y esperaba sentado en un cajón de gaseosas hasta que empezaran a aparecer los chicos.

Nunca preguntaba de qué cuadro eran. Para él, todos eran simplemente pibes con ganas de jugar.

Más de una vez algún padre le sugirió que no pusiera juntos a dos chicos porque las familias "no se llevaban bien".

Bogado respondía siempre igual.

—Entonces que aprendan los grandes de ellos. Los chicos se llevan bien.

Con los años también abrió una pequeña panadería en el conurbano. No tenía un nombre demasiado original. En el cartel solamente decía "Lo del Suizo". Era una panadería más de barrio.

Miguel había puesto una regla de oro para el local: el que entraba con hambre se iba con pan, aunque no pudiera pagarlo.

—Después vemos —decía Miguel.

Y muchas veces ese "después" nunca llegaba o llegaba en míseras cuotas, por lo mal que estaba la economía. Y el Suizo lo entendía a la perfección. A algunos les fiaba. A otros directamente les regalaba una bolsa con unas flautitas, un par de mignones o el pan de ayer, que seguía siendo mejor que no comer nada.

La familia intentaba convencerlo varias veces de cambiar esa costumbre. Porque, si bien había ganancia, era poca.

—Así no vas a ganar plata —lo retaba la mujer.

Él sonreía mientras acomodaba las canastas de mimbre.

—Para ganar plata hay negocios mejores que una panadería. Como ser futbolista.

Y se sonreía.

Volviendo al fútbol, los chicos del club empezaron a crecer. Algunos llegaron a Primera. Otros fueron albañiles, colectiveros, médicos, profesores, electricistas o panaderos, como él.

Cuando algún periodista encontraba a uno de ellos y le preguntaba quién había sido el técnico más importante de su vida, casi todos contestaban el mismo nombre: Miguel Bogado.

Pablo Arizmendi, el diez titular del Bayern Múnich y goleador de la selección argentina, lo nombró como el mejor entrenador que tuvo de pibe en el barrio. Los alemanes se lo querían llevar para allá, pero el Suizo se negó infinidad de veces. Él seguía con la panadería y en el club de barrio por las tardes y los sábados.

Muchos pibes que salieron campeones del mundo con la Sub-20 se acordaron de él. No porque les hubiera enseñado una táctica revolucionaria. Ni una forma novedosa de patear un córner. Sino porque les había enseñado algo bastante más difícil: que competir no es despreciar ni maltratar al rival. Que se puede querer profundamente una camiseta sin odiar las demás. Que la rivalidad termina cuando el árbitro marca el final.

Dicen que todavía hoy, si uno pasa temprano por esa panadería del conurbano, puede encontrar a Miguel Ángel Bogado amasando mientras escucha programas de fútbol por la radio.

Y que, de vez en cuando, entra algún vecino con vergüenza, diciendo que ese día no le alcanza para comprar el pan. Bogado nunca hace preguntas. Nunca pide explicaciones.

Simplemente llena una bolsa blanca de nailon, se la alcanza por arriba del mostrador y dice, como si fuera la cosa más natural del mundo:

—Llevá... mañana será otro día.

Tal vez por eso hubo gente que nunca logró entenderlo. 

Miguel Ángel Bogado fue discriminado toda su vida por no discriminar a nadie.

Toni Schweinheim
Obra Publicada, expediente Nº 510614. Dirección Nacional del Derecho de Autor.




Tango

 

El tango nunca fue una música. Fue, y sigue siendo, una manera de vivir. De caminar. De mirar la vida con un pucho en la comisura de los labios y las manos en los bolsillos. Como el fútbol. O, mejor dicho, como el fútbol argentino. Mejor aún: como el fútbol rioplatense. Porque acá nunca se trató de llegar primero. Se trató de saber cuándo llegar.

Por eso el fútbol nuestro jamás necesitó correr más que los demás, ni fabricar atletas de laboratorio. Lo nuestro siempre fue la gambeta, el firulete, la pausa, la pelota mansa bajo la suela mientras el gil pasa de largo. El inglés inventó el football. El brasileño inventó la alegría. Nosotros inventamos la pausa. Y de esa pausa nació la gambeta. El tango ya la conocía desde hacía mucho.

Porque el tango se baila de a dos. Igual que el fútbol: uno que imagine y una pelota que lo acompañe. Es un diálogo. Un abrazo. Una conversación en la que no hacen falta palabras. ¿O acaso es casualidad que los dos mejores números diez que dio este bendito juego hayan nacido a orillas del Río de la Plata? No. Es el tango corriéndoles por las venas. Es el fueye de Aníbal Troilo respirando despacito antes de largar el zarpazo. Son los dedos de Osvaldo Pugliese caminando por el piano como quien va amagando rivales en una baldosa.

Todos dejaban una nota suspendida apenas un instante más de la cuenta. La acariciaban. La dejaban bajo el pie. Esperaban. Y, cuando el otario ya creía que la frase había terminado, ¡zas!, salían por izquierda o por derecha y le pintaban la cara. El buen diez hace exactamente lo mismo. Frena cuando todos esperan que acelere. Espera cuando todos salen desesperados. El marcador cree que ganó la jugada, que la cortó limpia... hasta que descubre que llegó medio segundo antes. Y medio segundo, en el tango y en el fútbol, es una eternidad. Ahí queda el defensor despatarrado, abierto de gambas, como si lo hubiera saludado el facón de un taita de Barracas.

El fútbol nuestro también es barrio. Cada vez que el fueye de Troilo respiraba aparecía una esquina de Pompeya. Un boliche de Boedo con las persianas a medio cerrar. Un farol cansado alumbrando el empedrado mojado de San Telmo. Un tachero arriba de un Siam Di Tella cruzando el puente hacia Valentín Alsina. Un guapo cansado pidiendo "lo de siempre" mientras afuera chispea una garúa fina que parece escrita por Homero Manzi.

Eso mismo pasa cuando el diez argentino la agarra en tres cuartos de cancha y encara. No importa si juega en Nápoles, Barcelona, Miami o Lusail. En ese instante vuelve al potrero. A la pelota de goma. Al arco hecho con dos buzos. A la vieja gritándole desde la ventana que ya está la comida o yéndolo a buscar, enojada, porque no hizo la tarea. El barrio viaja con él. O, mejor dicho, ahora el barrio es él.

Gardel no necesitaba levantar la voz. La apoyaba sobre la melodía como quien deja un pase milimétrico para que el nueve solamente tenga que empujarla.

Floreal Ruiz era distinto. Cantaba con esa melancolía de quien conoce todas las derrotas del barrio, como esos enganches que juegan con la cabeza levantada porque saben que el partido también se gana sufriendo.

Edmundo Rivero parecía un zaguero grandote, de esos que intimidan con solo pararse en la cancha.

Y Julio Sosa... Julio Sosa era un guapo. Más que el Varón del Tango, era el Obdulio Varela del tango.

Después apareció el Polaco Goyeneche. Estiraba una palabra, mordía otra, parecía olvidarse del compás para volver justo cuando nadie lo esperaba. Como Riquelme dejando pasar la pelota entre las piernas. Como Maradona frenando en el borde del área. Como el Garrafa con la pelota pegada al pie. Era el fulbo, nene, el fulbo.

Y un día cayó Astor Piazzolla. El loco. El que agarró el tango del cogote y le dijo, a lo guapo: "Vení, atorrante, vamos por otro lado". Los ortibas de siempre se escandalizaron. Dijeron que eso no era tango. Que había traicionado la tradición. Son los mismos que putean al pibe que tira un taco porque "hay que jugar simple". Nunca entienden que los adelantados juegan un partido que los demás recién van a entender dentro de veinte años.

También están los poetas. Homero Manzi, Enrique Santos Discépolo, Homero Expósito, Cátulo Castillo. Ellos no escribían letras. Describían sentimientos. Le ponían palabras a eso que sentimos en el pecho los que gritamos un gol, los que aplaudimos o lloramos en una cancha. Eran traductores de emociones al castellano. Conocían al cafishio, al laburante, al bacán venido a menos, al burrero sin un mango, a la percanta que se fue con otro, al malevo que todavía caminaba con el cuchillo escondido en el cinto. Conocían al pueblo. Y el fútbol, antes que un deporte, siempre fue eso: pueblo. Fue, no; es.

Porque el tango nunca habló solamente del amor. Habló de la derrota. Y el hincha argentino sabe que perder también forma parte del oficio. Hay Mundiales perdidos que se recuerdan más que otros ganados. Porque dolieron. Porque dejaron cicatrices. Porque todavía se cuentan entre amigos, casi cuarenta años después, con un café de por medio y la certeza de que, si el árbitro no era un maula, éramos campeones.

Por eso nunca voy a creer que el fútbol sea apenas velocidad, pressing, offside semiautomático, VAR, mapas de calor o estadísticas. El fútbol argentino no salió de un laboratorio. Salió de un conventillo. De un café con el mozo y la rejilla mugrienta. De una milonga. De una fiesta en un club de barrio donde se conocía al primer amor. De un bandoneón que respiraba como respira una tribuna antes de un penal.

Salió del mismo barrio donde Gardel aprendió a cantar, Troilo hizo llorar un fueye, Pugliese marcó el compás con la autoridad de un viejo caudillo, Floreal Ruiz le puso nostalgia a la noche, Goyeneche desafinó con elegancia y Piazzolla se animó a gambetear las críticas.

Cada vez que un bandoneón abre el fuelle, una pelota empieza a rodar. Y cada vez que una pelota empieza a rodar, en algún rincón de Buenos Aires vuelve a sonar un tango. Porque nunca fueron dos historias distintas. Siempre fueron la misma historia, contada de dos maneras distintas. Una con una orquesta, una voz rompiéndose el alma y un bandoneón; la otra con once soñadores de cada lado, o incluso menos, una pelota y un potrero. Por eso, ¿qué me van a venir a hablar de amor... y, mucho menos, de fútbol?

Toni Schweinheim
Obra Publicada, expediente Nº 510614. Dirección Nacional del Derecho de Autor.




Jorge Luis.

 

—Hola, Jorge Luis. ¿Cómo estás? Sé que hoy tenemos sesión. Lo que te voy a decir no tiene lógica ni razón. Es más propio de un loco, de un demente. Pero fue el 12 de junio —aún te la debo—, fue el mismo día que arrancó el Mundial. Sé que va a sonar loco, pero... ¿podríamos pasarla para el próximo viernes? Por una cuestión de cábala, ya sé. Sé que psicológicamente no tiene ningún tipo de fundamentación. Tampoco lo tomo como mufa, sino como cábala. El fútbol no sabe de psicología, de razones ni de nada comprobado científicamente. Bah... mejor dicho, el hincha no sabe de eso. Y yo soy hincha. ¿Podemos dejarla para el otro viernes?

Porque, mirá, yo sé exactamente lo que me vas a contestar. Que estoy estableciendo una relación entre dos cosas que no tienen nada que ver. Que si Argentina le gana a España el domingo no va a ser porque yo falté a terapia. Y que, si pierde, tampoco va a ser porque vine. Lo sé. Lo entiendo. Hasta podría explicarlo yo si me preguntás.

El problema es que una cosa es entenderlo... y otra muy distinta es jugarse a comprobarlo.

Imaginate que vengo. Entramos, me siento en el sillón, hablamos una hora. Salgo pensando: "Qué boludez, al final vine". Y el domingo perdemos. ¿Vos entendés con qué cara vuelvo el viernes siguiente? No podría mirarte. Pasaría toda la sesión pensando que tendría que haberme quedado en casa. O peor, que piense que sos mufa. O peor aún, que crea que la terapia es piedra.

Ya sé, ya sé... vos me vas a decir que eso se llama pensamiento mágico. Pero dejame defenderme un poco. No es que crea que Scaloni está esperando que yo confirme el turno para armar el equipo. No pienso que Julián Álvarez vaya a errar un gol porque yo crucé mal una esquina. No soy tan delirante.

Bueno... creo.

Lo que pasa es que el Mundial nos convierte en otra persona. Sí, medio boludos y supersticiosos. Una versión nuestra bastante más idiota, si querés. De golpe no cambiás de camiseta porque ganó. No te sentás en otro lugar. Capaz que estás sin bañarte una semana. O con la misma camiseta transpirada, ya con olor a chivo. Y lo peor es que todos sabemos que no sirve. Pero tampoco sabemos que no sirve. Es un gris. Como toda ciencia que tiene sus grises. Nada es exacto.

Es una especie de limbo mental donde la lógica queda suspendida durante noventa minutos. Después vuelve. El lunes uno puede discutir de probabilidades, estadísticas, rendimiento físico, sistemas tácticos. Los cambios. El número de los cambios o el show de medio tiempo que meten los yanquis. Pero el domingo, mientras rueda la pelota, uno está convencido de que el destino depende de no tocar absolutamente nada.

No para que gane Argentina. Funciona para tranquilizarte a vos. Para sentir que hiciste todo lo que estaba a tu alcance. Aunque lo único que estuviera a tu alcance fuera no escuchar nada de Iron Maiden durante más de un mes, porque hiciste esa promesa si le ganabas a Inglaterra.

Así que no te estoy pidiendo que valides una superstición. Te estoy pidiendo que entiendas a un hincha.

—¿Ah, me entendés? ¿Qué me ibas a pedir lo mismo? ¡Buenísimo, es genial! Pensamos igual. Necesitamos más psicólogos como vos, que nos entiendan. Ahora te pregunto una cosita nada más: ¿me estás cancelando por cábala o porque pensás que soy mufa?

Toni Schweinheim
Obra Publicada, expediente Nº 510614. Dirección Nacional del Derecho de Autor.




El 45

Hay profesiones que no entienden de domingos, de cumpleaños, Navidades, fin de año y mucho menos de partidos de fútbol. La de colectivero era una de esas. Está atada al tiempo, al de la ida y al de la vuelta. Los colectiveros son más tiempistas que los pilotos de Fórmula 1. No importa el tránsito que haya, no importa si no hay trenes, nada. Ellos llegan clavados en punto. Ahora, si van con tiempo de más y vos estás apurado, es una pesadilla. Si tienen que estar a tal hora en la cabecera, están con una puntualidad alemana. Salvo que ocurra algún contratiempo importante, que últimamente están al correr del día.

Daniel Meijide manejaba el 45 desde hacía más de veinte años y sabía que el reloj de un colectivero no tenía nada que ver con el del resto del mundo. Que la planillita del inspector, de esas que parecen un crucigrama, ya tenía asignado el horario preciso por donde tenía que pasar. Y así en varias paradas clave: Lanús, Gerli, Constitución, la estación Perón, en el Metrobús de Capital, y finalmente Retiro, aunque a veces podía llegar hasta Ciudad Universitaria. En este contexto, donde el tiempo es oro, la demora y la llegada con tiempo son enemigas, tratar de seguir un partido de fútbol era cuasi imposible. Salvo en los mundiales, donde por los gritos o los festejos se sabía que la Selección ganaba.

Daniel era bostero desde que tenía memoria. De chico había llorado porque su viejo no pudo llevarlo a la Bombonera, porque su padre también era colectivero, pero de esos colectiveros de antes: los que cobraban el boleto, lo cortaban y daban vuelto. De esos Mercedes-Benz 1114, con doble embrague y con gente colgada de cualquier sobresaliente del bondi. Cuando terminaba la jornada, el chófer no servía ni para dormir. Por eso se fue dilatando la idea de ir a la cancha.

De grande había aprendido que las entradas se podían conseguir; ser socio era dificilísimo. Que socio adherente, que socio casi pleno, que socio con o sin derechos... Parecía un estado de relación de los que te hace elegir Facebook, como el "es complicado". Pero cada tanto iba. El horario era lo más difícil de manejar.

Al menos los partidos los escuchaba por la radio mientras manejaba. El pequeño parlante descansaba arriba del tablero. Bajito. Apenas un murmullo. Los pasajeros casi ni lo notaban.

Hasta que un mediodía de domingo uno protestó.

—¿No puede apagar eso? Estoy trabajando.

Daniel lo miró por el espejo.

—Yo también.

—Por ley no puede escuchar nada usted, irresponsable —dijo el pasajero.

Daniel apagó la radio, masticó bronca y la volvió a encender cuando este se bajó.

Resulta que el pasajero, no contento con hacer apagar la radio, también lo había denunciado.

 

—Nada de radio durante el servicio. Ni fútbol, ni noticias, ni música. ¿Estamos? —bramó el encargado.

Desde entonces, de los partidos se enteraba cuando terminaban. Era una manera horrible de vivir el fútbol. Cada tanto tenía la suerte de ir a la cancha, pero eran excepciones.

 

La Copa Libertadores de ese año lo tenía especialmente ilusionado. Boca venía jugando bien. El técnico, Gustavo Santoro, le había devuelto algo que el equipo parecía haber perdido: hambre por la gloria y la mística copera.

En semifinales tocaba Independiente. El partido de ida, en la Bombonera, se había interrumpido varias veces, como cuando juegan dos grandes y los hinchas se zarpan. El micro de Independiente había arribado al estadio todo cascoteado. De casualidad el partido no se suspendió. Fue un partido trabado, donde hubo dos rojas por cada lado y un cero a cero, ya que ambos equipos se cuidaron demasiado en defender, no así en darse patadas. Faltaba la vuelta en Avellaneda.

Daniel ese día trabajaba hasta las 00.00 hs. Cuando salió de la terminal ya sabía que iba a perderse otro partido importante. En un punto ya lo sentía como cábala; en otro, se sentía triste.

Ya eran más o menos las 17.00 hs. Todo era bastante normal dentro de la anormalidad que maneja el transporte público en Argentina: colectivos como sardinas, olores diversos, mal humor general, filas en las paradas, y nunca falta quien se descompone. Y esta vez no faltó.

Daniel ya salió con el colectivo atestado de gente desde la parada de Perón. Le costó cerrar la puerta. Llegando a la parada del Metrobús de la avenida Belgrano no iba a detenerse porque no podía subir nadie más, pero tuvo que parar ante los gritos de los pasajeros: una chica empezó a respirar con dificultad. Se puso blanca. Después se desmayó.

Daniel frenó.

Hizo bajar a todos los pasajeros.

Los pasajeros llamaron al 911.

Daniel esperó al lado de la chica unos quince minutos hasta que llegó un patrullero. La ambulancia estaba demorada por el caos de tránsito. Los policías le propusieron a Daniel que la llevara en el colectivo hasta el Hospital Argerich mientras ellos le abrían camino.

Aceptó inmediatamente.

Avisó por WhatsApp al grupo de la empresa: "Interno 17. Pasajera descompensada. La traslado al Argerich. Voy avisando."

Llegaron al hospital en pocos minutos. Era relativamente cerca. Cada tanto Daniel se fijaba cómo estaba la pasajera; un policía se había quedado con ella. Parecía que ya había reaccionado, pero seguía pálida como Drácula.

Mientras una enfermera la recibía, la chica alcanzó a sacar el celular.

—Le... le mandé un mensaje a mi novio...

Fue lo último que dijo antes de que se la llevaran a la guardia.

Daniel esperó un rato. No porque estuviera obligado, sino porque le parecía correcto.

Al rato apareció un muchacho corriendo, preguntando por ella: era el novio. Daniel le explicó todo y recién entonces sintió que podía irse.

Salió del hospital.

Se prendió un cigarrillo.

Mientras se acercaba al colectivo, vio a una persona apoyada en él: un gordo enorme. Traje oscuro. Corbata más oscura todavía. Rapado a los costados. Anteojos negros. Parecía un agente del FBI o uno de la película Hombres de Negro.

Daniel dudó en decirle algo, pero como estaba apoyado sobre la puerta, no le quedó más remedio.

—¿Necesitás algo?

El gordo señaló el colectivo.

—¿Es tuyo?

—No... de la empresa.

—Pero lo manejás vos.

—Sí.

El hombre terminó el cigarrillo. Lo tiró al suelo. Lo aplastó con la suela. Después levantó la vista mientras se sacaba los anteojos negros.

—Entonces tengo una misión para vos.

Daniel soltó una risa. Pensó que estaba loco.

Pero el gordo ni sonrió.

Sacó una credencial. La mostró apenas un segundo.

—Jefe de seguridad de Boca —dijo mientras mostraba el carnet brilloso.

Daniel sintió un escalofrío.

—¿Cómo dijo?

—Tenemos información de que al micro lo esperan antes o después de entrar a Avellaneda. Aunque vaya escoltado, le van a tirar de todo.

Hizo una pausa.

—Necesitamos que los jugadores entren camuflados. El micro ya salió para allá, pero vacío.

El gordo, que ahora parecía gigante, miró el colectivo.

—En este vamos a llevar a los jugadores. ¿Te parece?

Daniel tardó apenas un segundo en contestar.

—Sí... sí.

El gordo sonrió por primera vez.

Le dio una dirección, que era ahí nomás, a tres cuadras.

—Esperá ahí.

Daniel llegó al punto indicado todavía incrédulo. Aunque le latía el corazón por el cagazo, se sentía una especie de Jason Statham en El transportador.

Apagó el motor.

Esperó.

Cinco minutos.

Diez.

Quince.

Hasta que una combi estacionó a unos metros.

Y empezaron a subir.

Primero el capitán, el Patrón Pablo Funes.

Después el arquero, Patricio Vega.

El nueve, Nicolás Bogado.

El pibe de inferiores, la joyita, Lucio Martínez.

Uno por uno.

Con gorritas.

Buzos.

Mochilas.

Como pasajeros comunes.

Daniel sentía que las piernas le temblaban. Los veía por el espejo retrovisor y pensaba que, si alguno apoyaba un botín en el escalón, él probablemente lo enmarcara.

El último en subir fue Gustavo Santoro. El Maestro.

El técnico que había hecho que Boca volviera a jugar como Boca.

El tipo que le dijo que no a la Selección para seguir en Boca.

Le apoyó una mano en el hombro.

—Gracias, chofer.

Daniel quiso responder. Le salió algo parecido a un ruido.

El viaje fue sorprendentemente normal. Mucho tránsito. Semáforos.  Algún embotellamiento. El clásico embudo de la bajada del puente Pueyrredón sobre la avenida Belgrano, en Avellaneda.  Atrás venían dos autos sin identificación. Daniel alcanzó a ver, varias veces, que los ocupantes hablaban por handy. Seguro eran de la seguridad o de la policía.

Llegaron al estadio lo más bien.

Los jugadores bajaron uno por uno y le iban dando palmaditas a Daniel, que ya estaba más rojo que la camiseta de Independiente.

Daniel no pidió fotos, camisetas ni autógrafos. En parte porque seguía tan cagado como cuando vio al gordo de negro y, en parte, porque no se animaba.

Por último, bajó Santoro y le dio un apretón de manos. Daniel alcanzó a preguntarle cómo iban a hacer para el regreso, a lo que el entrenador le dijo que de eso se encargaba un tal Luis.

Lo saludó desde abajo y le dio las gracias.

Daniel se quedó un rato pensando en lo surrealista que había sido todo.

Luego encaró hacia la terminal de Remedios de Escalada.

Se estacionó sobre la avenida Rosales y, como al término de cada jornada, antes de entregar la unidad se puso a limpiar.

Agarró la escoba.

Recogió papelitos.

Revisó debajo de los asientos.

Algún maleducado de esos que nunca faltan tiró cáscaras de girasol.

Refunfuñó un rato, agachado, mientras las levantaba.

Y entonces lo vio.

En el respaldo de uno de los asientos individuales del lado izquierdo, casi al final de la fila.

Una firma.

Después otra.

Y otra más.

Todas hechas con Liquid Paper.

El Patrón Pablo Funes.

Lucio Martínez.

Nicolás Bogado.

Roberto Ficco...

Las firmas seguían, pero debajo de todas estaba la más importante...

Gustavo Santoro. Director Técnico.

Daniel se quedó inmóvil.

Sacarle una foto no alcanzaba.

Al día siguiente algún pasajero iba a rayarlo.

O algún inspector iba a hacerlo limpiar.

O el mismo encargado.

¿Y si subía uno de River?

A esa altura Daniel ya se había olvidado de que Boca se jugaba el pase a la final de la Libertadores.

Entre tanta emoción se le ocurrió una locura.

Buscó las herramientas.

Destornillador.

Llave tubo.

Llave fija.

Trabajó rápido.

En silencio.

Aflojó los bulones.

Sacó el asiento.

Lo apoyó sobre un pastizal, bien escondido, sobre la avenida.

Volvió al colectivo.

Entregó la unidad.

El encargado la revisó.

Frunció el ceño y preguntó, sorprendido:

—Falta un asiento, Dani.

Daniel bajó la cabeza.

—Me lo robaron.

—¿Qué?

—Seguro que cuando lo dejé... eh... ahí en el Argerich, cuando dejé a la piba... cuando vine... ya no estaba... Me afanaron el asiento.

El encargado lo miró como si estuviera frente a Landriscina contándole un cuento de humor. Mirá si le llegaba a contar lo del plantel de Boca y todo eso. Se caía de culo.

—¿Vos me estás jodiendo? —replicó, incrédulo, el encargado.

—La inseguridad está cada vez peor...

Daniel salió sin mirar atrás.

Fue hasta su auto.

Lo arrancó.

Manejó media cuadra.

Frenó donde había escondido el asiento.

No estaba.

Se quedó helado.

Buscó detrás de los yuyos.

Miró en la zanja.

Revisó toda la cuadra.

Hasta en los lugares donde el pasto estaba cortado.

En los lugares más inverosímiles.

Nada.

Sintió una tristeza ridícula.

No era un asiento.

Era la única prueba de la noche más increíble de su vida.

Volvió a su casa convencido de que había sido un completo pelotudo.

Quedó en un estado zombi.

Ni siquiera le importó que Boca hubiera pasado a la final por penales.

Al otro día regresó a la terminal.

Todavía de mal humor.

Entró a la oficina para fichar.

Y ahí estaba el asiento.

En el escritorio del encargado.

Le había puesto una estructura de silla de oficina con ruedas.

Había quedado precioso.

El encargado, bostero viejo como él, le tocó el hombro desde atrás.

Esperó unos segundos para disfrutarle la cara a Daniel.

Y recién entonces dijo:

—La inseguridad está terrible...

Señaló el asiento.

—No podés dejar un asiento solo un ratito... que enseguida te lo afanan.

Toni Schweinheim
Obra Publicada, expediente Nº 510614. Dirección Nacional del Derecho de Autor.



Flasheo informativo

  y ni hablar del agujero negro. 


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