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En casa.

Su padre ya no reconocía a casi nadie. A veces reconocía a su hija. A veces no. Pero ya, en los últimos tiempos, el no reconocerla se hizo una costumbre, y uno se acostumbra a lo malo. O no, sobre todo si se trata de esa horrible enfermedad llamada alzhéimer.

Al principio, uno se revela y piensa que no va a pasar nada. Pero es tan maldita la enfermedad que es muy progresiva. No te das cuenta de cuánto avanza cada día. Y cuando te diste cuenta, ya es tarde.

Primero pasás por el enojo. Porque un padre, una madre o los abuelos no pueden olvidarse de vos así nomás. Creés que la persona no está haciendo el suficiente esfuerzo como para recordarte.

Cuando pasás esa etapa, se viene la tristeza, una tristeza que, curiosamente, se acuerda de vos todo el tiempo. Porque ese que está ahí es tu padre, tu madre o tus abuelos, pero ellos no lo saben. Y la decena de preguntas por minuto te lo recuerda, mientras ellos olvidan.

Y eso sí que es triste.

Finalmente, uno comienza con la paciencia infinita y el amor incondicional de acompañarlos, siempre y cuando uno no llegue tarde a esa etapa.

—¿Quién sos? —le preguntaba con una mezcla de miedo y educación, como si ella fuera una visita inesperada o alguien que apareció de la nada.

Ella siempre contestaba lo mismo.

—Soy yo, papá. Laura.

Él la miraba un rato. Intentaba encontrar algo conocido en esa cara. Ella lo miraba con una sonrisa triste que no podía ocultar.

—Laura...

Y después sonreía apenas, y su mirada se perdía en un punto fijo.

—Qué lindo nombre.

Su madre había muerto hacía tres años. Desde entonces, todo había empezado a apagarse para su papá. Primero fueron pequeñas cosas, como una llave, el control remoto que apareció en la heladera o el celular. Luego, una pregunta repetida cinco veces durante el almuerzo, no entender una película o una noticia en la tele. Finalmente, los nombres y el vínculo familiar y de amistad. Todo fue como a parar a un agujero negro.

En último lugar, la casa. La recorría como un invitado y muchas veces se encontraba con cosas nuevas de hacía veinte años.

—¿Y acá quién vive?

—Vos, papá.

—Ah.

Y se quedaba mirando las paredes, los cuadros familiares, como buscando alguna pista para saber si eso era cierto. Ya, a esa altura, convivía con cuidadores y acompañantes terapéuticos todo el día, a los que tampoco reconocía y, cuando los reconocía, lo hacía de mala manera.

Lo trataban neurólogos y psiquiatras. Medicación al día. Una rutina ordenada al detalle que su cabeza se encargaba de sacarle lo rutinario.

Laura ya vivía con tristeza los últimos años de su viejo. Pero no quería llevarlo a un geriátrico. Porque, antes de que todo esto colapsara, el viejo le había pedido encarecidamente que no lo dejara en uno. Y ella se acordaba e iba a cumplir su promesa.

Ella lo visitaba diariamente, lo llevaba al médico, a los chequeos de rutina, a la plaza. Pero nada conseguía devolverle lo que parecía haberse ido.

Hasta aquella mañana de viernes.

Lo llevaban a una consulta médica cuando el auto tuvo que desviarse porque así lo indicó el GPS de la aplicación. En lugar de agarrar la avenida, el conductor tomó la paralela de atrás de la casa.

Laura iba mirando el teléfono cuando escuchó una voz al lado suyo.

—¡Vamos!

Se dio media vuelta.

Su padre estaba pegado a la ventanilla.

—¿Qué pasa, papá?

El viejo sonreía. No sonreía así desde hacía años.

—¡Vamos!

Laura siguió su mirada. Estaban pasando por la cancha. La cancha de su club, su amado club, donde siempre iba hasta enviudar y dejar todo para dedicarse a la tristeza.

Su padre empezó a repetir el nombre del equipo. Una y otra vez. Como un chico. Como si acabara de encontrar su casa después de estar perdido durante mucho tiempo.

—¡Vamos, vamos... Dale!

Laura sintió algo raro, como cierto optimismo, pero no podían parar. Había que ir al médico. Los controles de rutina no podían esperar. Capaz que había que ajustar la medicación. Otro día mejor, con más tiempo.

Mientras el auto se alejaba de la cancha, al viejo le rodaron un par de lágrimas.

Tuvo la consulta con el psiquiatra, que le mantuvo la misma medicación. Laura le comentó lo sucedido yendo hacia el consultorio. El psiquiatra sonrió y le dijo que lo llevara un día a la cancha, a ver cómo reaccionaba.

Ese domingo lo llevó a la cancha.

No sabía qué esperar.

Lo ayudaron a subir las escaleras despacito. Llegaron a la platea. Se sentaron.

Durante unos minutos no ocurrió nada.

Laura se sintió una idiota.

El viejo miraba el campo vacío. Después respiró profundamente.

Y, de repente, como si nada, tiró:

—Mirá cómo dejaron la cancha —dijo—. Antes la tribuna terminaba allá.

Laura lo miró.

—¿Te acordás?

—¿Cómo no me voy a acordar?

Y empezó.

Se acordó de varios jugadores que eran ídolos.

Goles.

Formaciones. La formación que casi sale campeona en los 70.

—Ese partido lo perdimos porque el arquero se comió dos goles.

—¿Qué arquero?

El padre la miró indignado.

—¿Cómo que qué arquero? ¡Garmendía! ¡Si era un desastre! Se lo compramos a El Porvenir por chauchas y palitos.

Un hombre sentado unas butacas más allá se dio vuelta.

—¿Usted venía en los setenta?

—¿Cómo no iba a venir?

Y los dos empezaron a hablar.

Laura los miraba desde al lado. Su padre discutía. Se reía. Se enojaba. Recordaba.

—Casi salimos campeones en el setenta —decía—. Nos afanaron el campeonato.

—Con Garmendía en el arco... no podíamos esperar mucho —contestaba el otro—. Pero el nueve era un terrible nene, ¿eh?

—¡Samudio! Una bestia, pibe, una bestia.

Laura no podía creerlo. Su padre no sabía quién era ella. No reconocía ni su propia casa. Pero en la cancha todo cambió en un segundo. La llamaba por el nombre, se ponía a hablar con un desconocido sobre un partido jugado cincuenta años atrás.

A partir de ese día empezó a llevarlo a todos los partidos de local.

Era otra persona.

Entraba a la cancha apagado, sostenido del brazo. Y apenas cruzaba el portón, levantaba la cabeza.

—Llegamos.

Eso decía.

Laura lo miraba y se le escapaban las lágrimas de emoción.

En la platea recuperaba la memoria.

—Laura, vení.

Ella se acercaba más aún.

—Te presento a Juancito.

Un señor de unos ochenta años levantaba la mano, saludándola.

—¿Lo conocés?

—Claro que lo conozco. Nos sentamos juntos desde el Apertura del noventa y cinco.

Laura miraba a Juancito.

—¿Es cierto que se conocen? —le preguntó Laura, sorprendida.

—Por supuesto —decía Juancito—. Por eso quedamos viejos y chotos, de tanto sufrir acá.

Y todos se reían.

Durante noventa minutos, y un poquito más en el postpartido, su padre volvía. En la vuelta a casa, a veces todavía hablaba del gol.

—No sé cómo no la metió. Qué malo es el siete que tenemos.

Pero, al llegar a la casa, se apagaba.

Pasaba a modo avión.

Otra vez la enfermedad lo abrazaba fuerte para no soltarlo.

Volvía a preguntar dónde estaba. Volvía a preguntar quién era ella.

Y Laura volvía a contestar.

—Soy yo, papá.

Él la miraba.

—Laura...

—Sí.

—Qué lindo nombre.

Al otro mes, volvieron al psiquiatra. Esta vez no pasaron por la cancha. Laura le contó lo sucedido en el último mes, cómo se levantaba el padre en la cancha, hasta parecía curado.

El psiquiatra le dijo que no era nada raro. Hablaron de memoria semántica. De estímulos asociados a momentos importantes de la vida. De la corteza cerebral, de pim que pam.

Laura escuchaba, pero no escuchaba.

Estaba abstraída y pensando en cómo su padre era feliz en la cancha. Y el resto del tiempo no.

Era demasiado poco.

Noventa minutos cada quince días.

Ahí mismo decidió llevarlo también entre semana.

Una tarde caminaron por las tribunas.

El viejo tocó las paredes.

—Acá no estaba esta puerta.

Se sentaron frente al campo.

—¿Sabés a quién vi jugar acá?

Y empezó otra vez.

Nombres.

Anécdotas.

Historias.

—En ese banco se sentaba Don José.

—¿Quién era Don José?

El viejo la miró sorprendido.

—¿Cómo que quién era? ¡El mejor entrenador de todos los tiempos!

Laura sonrió.

—Contame.

Y él le contó.

Estuvieron hasta el atardecer de ese día que se había pedido franco.

Dos veces por semana comenzaron a ir a la cancha. Pero pasaba lo de siempre: llegaba a la casa, volvía a ser consumido por esa enfermedad.

La rutina siguió. El padre de Laura mejoraba, pero solo estando en la cancha, pero Laura no estaba conforme. Quería ver bien a su papá todos los días.

Así que un día Laura habló con el utilero del club. Le contó la historia.

El hombre escuchó en silencio, con una sonrisa.

—Que venga cuando quiera, siempre me hace falta compañía para el mate —le dijo.

Como el estadio quedaba cerca, los cuidadores empezaron a llevarlo casi todos los días.

Una hora.

Dos.

Pero tampoco alcanzaba.

Porque el problema era que el viejo no quería irse.

—¿Nos vamos, don?

—¿Ya?

—Ya.

Y entonces bajaba la cabeza.

Le estaban pidiendo que abandonara el único lugar donde todavía sabía quién era.

Laura empezó a pensar una cosa que al principio le pareció una locura.

Pero se animó. Total, perdido por perdido.

La cancha tenía una pequeña habitación cerca de donde trabajaban el utilero y el canchero. No era gran cosa. Una cama. Una mesa. Un ventilador. Una ventana desde donde, si uno se inclinaba un poco, podía ver una parte de las tribunas.

Laura habló con los dirigentes. Con los médicos. Con los cuidadores.

Le dijeron que era complicado.

Pero insistió.

No quería abandonar a su padre en una cancha, mucho menos en un geriátrico. Quería llevarlo a su casa, tenerlo con ella. Pero sabía que, al menos en la cancha, era feliz y que igual iba a ir a verlo todos los días.

Después de muchos peros, y con unos buenos pesos —hay que decirlo—, ante la insistencia de Laura y el viejo utilero, aceptaron.

Pusieron una cama mejor. Un baño adecuado. Una pequeña televisión.

Y, sobre una pared, Laura colgó una foto enorme del equipo campeón de algún torneo que su padre siempre nombraba, pero del que ella no tenía idea.

Lo llevaron con los ojos vendados, como una sorpresa. Se había brotado un poco cuando le querían poner la venda, pero, al fin y al cabo, aceptó.

Ya adentro del cuartito, Laura le sacó la venda.

—¿Dónde estamos? —preguntó él.

Laura abrió la puerta.

El viejo miró hacia afuera.

Se quedó quieto.

Después sonrió.

—En casa —dijo por fin su papá.

Laura tuvo que darse vuelta.

No quería que la viera llorar.

Su padre empezó a vivir allí.

Por las mañanas desayunaba con el utilero y el acompañante que se quedaba de noche.

A veces se sentaba junto al canchero a mirar cómo cortaban el pasto.

Cuando había entrenamiento, se sentaba cerca de la cancha.

Los jugadores comenzaron a conocerlo.

—Buen día, don.

—¿Vos de qué jugás?

—De volante ofensivo. Llevo la siete en la espalda.

El viejo lo miraba con desconfianza.

—Necesitamos un buen wing, no un siete.

El jugador se reía.

Los días de partido eran una fiesta.

Dos horas antes del encuentro, ya estaba sentado en el palco con Laura. Saludaba a Juancito, que siempre venía con su bastón.

Aunque cada vez que lo veía lo presentaba nuevamente.

—Laura, vení. Te presento a Juancito.

—Ya me lo presentaste, papá.

—Bueno, pero saludalo.

Y durante esos días de cancha Laura volvió a tener padre.

Era su burbuja.

Su ecosistema.

Si salía de ahí, volvían la depresión, el alzhéimer, el no reconocer a nadie.

Era como un regalo haber encontrado el sitio ideal para su padre.

Una tarde, mientras caminaban junto al campo de juego, el viejo se detuvo.

Miró el césped. Miró hacia las tribunas y se dio vuelta hacia donde estaba la hija.

—¿Sabés qué es lo más lindo de esta cancha, Laurita?

Laura esperó la respuesta con una sonrisa.

—Que uno puede olvidarse de todo.


Toni Schweinheim
Obra Publicada, expediente Nº 510614. Dirección Nacional del Derecho de Autor.




Dos ángeles

Mauro Raparda fue número dos toda su vida. No porque hubiera sido segundo en nada, ni siquiera creo que estuvo cuarto o quinto. Lo mejor en su carrera fue estar entre los primeros diez. Fue número dos porque ese era el número que llevaba en la espalda y porque, en realidad, no parecía hecho para llevar ningún otro. Bueno, tal vez el seis o el cuatro. Pero el número dos es de los rústicos, de los picapiedras. Él era eso: picapiedra. No salía jugando, la reventaba o reventaba a un rival. A veces pasaba el rival y la pelota no, pero la mayoría de las veces el que no pasaba era el jugador del otro equipo. Eso sí, nunca una cagada. Tuvo bastantes expulsiones en su vida, pero nunca hizo un penal, nunca un gol en contra. Un picapiedra de profesión.

No tenía técnica, no tenía salida, no tenía cintura y, según contaban los compañeros, tampoco tenía demasiada paciencia para ninguna de esas cosas. La pelota era para él un problema que había que solucionar lo antes posible: casi siempre consistía en mandarla a la tribuna. No dejaba pasar un partido sin dejar a alguien lesionado. A veces era un rival. Una vez fue un compañero, el Vasco Garrodoyrrechea: Raparda se tiró a barrer y se llevó puesto a un delantero contrario y al compañero de la zaga defensiva. El árbitro no sabía si rajarlo o cagarse de risa. Lo rajó. Una vez, en un entrenamiento, lesionó al utilero: quiso reventar la pelota y le dio de lleno en la cara al pobre José, que estaba a un costado levantando las pecheras.

Físicamente era alto, grandote, de esos tipos que uno veía de lejos y pensaba que se había fugado de la cárcel hacía dos minutos. Era un ropero, pero de hierro, de esas viejas oficinas estatales. Tenía la cabeza completamente rapada para disimular la calvicie incipiente, una cicatriz que le cruzaba una ceja, la nariz grande y torcida de un codazo recibido en inferiores y una forma de caminar de matón, de guapo de barrio. Si te lo cruzabas de noche, te cruzabas de vereda, te cambiabas de barrio e incluso de país del miedo que daba.

Pero lo que tenía de bestia, lo tenía de callado. Nunca una declaración, nunca una puteada o hablar con el árbitro. De pedo que emitía gruñidos cuando el entrenador lo sacaba o el árbitro lo amonestaba. En una escaramuza contra Tiro Federal, el tipo, en lugar de meterse en la tangana, se fue caminando despacito para el vestuario. Curiosamente, fue el único que no fue sancionado e informado por el juez. De su vida privada se sabía poco y nada. Igualmente, a casi nadie le interesaba. ¿A quién le importa la vida de un rústico que juega en un equipo del fondo de la tabla? Ni a los hinchas del equipo de esa ciudad. Según se sabía, estaba casado, tenía dos hijos y un Clio donde entraban todos apretados.

Así era Mauro.

Jugó en muchos clubes y casi todos tenían algo en común: peleaban el descenso. No importa cuáles. Podían cambiar los colores, la ciudad, el técnico, los dirigentes, hasta el presidente. La situación era siempre parecida. Raparda llegaba en agosto, libre o de última. En noviembre empezaban las cuentas. En febrero había que sacar la calculadora. Y en marzo aparecía algún dirigente diciendo que todavía dependían de ellos mismos. Algunas veces zafaban, otras no. Y cuando eso ocurría, era recibido como un héroe. No porque hubiera hecho un gol. Ni siquiera porque hubiera jugado un solo minuto de forma decente. Sino porque en el fútbol, cuando zafás del descenso, es básicamente porque te cagaron a pelotazos todo el año; terminan siendo figuras el arquero, los dos centrales y, en alguna que otra ocasión, el otro rústico que oficia de delantero y metió un par de goles.

Pero había algo de él que nadie conocía. Algo que no figuraba en ninguna ficha técnica ni en las figuritas. Ni en las estadísticas de los partidos. Hasta creo que ni la familia sabía.

Mauro Raparda escribía poesía. No hacía versos sobre fútbol. Tampoco poemas sobre la gloria, la camiseta o la pasión. Escribía poemas de amor.

De pérdidas amorosas. De la melancolía que producía la lluvia sobre el tinglado de chapa del bar. De silencios que hablan de amor. De esas cosas que uno supone que escribe un muchacho sentado junto a una ventana, mirando cómo se moja la calle mientras escucha Coldplay. No de una bestia rústica escuchando Slayer con auriculares, porque en la concentración ponían cumbia y, claro, él no quería joder a nadie.

Raparda escribía los poemas después de entrenar. Llegaba a su casa, se sacaba los botines, se bañaba y se sentaba frente a una notebook vieja. Y escribía. A veces hasta la madrugada.

Tenía una sensibilidad que nadie hubiera imaginado. Era capaz de escribir sobre una mujer que se levantaba con los ojos llorosos, dejando su perfume en el aire, y convertir ese detalle en una tristeza que duraba tres páginas. Podía hablar de una taza de café que quedaba sola sobre una mesa y hacer que pareciera la última taza de un par de enamorados que nunca más se iban a ver. Escribía muy bien. Era una bestia, pero en este campo, en el buen sentido de la palabra.

Pero no firmaba con su nombre. Firmaba con un seudónimo:

“Dos ángeles”.

Nadie sabía por qué. Es más, nadie sabía que era él. Capaz le daba vergüenza o lo hacía como catarsis de tanta patada asesina que daba en los partidos.

Una vez, el club tenía que jugar contra Godoy Cruz, un viaje en micro que te dejaba un callo en el tuje. Ahí se llevó la notebook. Mientras se quedó pensando, un compañero leyó de reojo un fragmento de lo que estaba escribiendo y finalmente le preguntó:

—¿Esto lo escribiste vos?

Raparda cerró la computadora.

—No.

—Pero hace un rato estabas tipeando.

—Me lo mandaron.

—¿Quién?

Raparda lo miró unos segundos, buscando una mentira, mientras se ponía colorado.

—Un poeta.

El compañero no insistió. Con Raparda no convenía insistir. Porque todos pensaban que afuera de la cancha era como adentro.

 

Durante años escribió en secreto. Hasta que un día decidió juntar algunos poemas y publicar un libro. Lo hizo de manera autogestiva. Pagó la impresión como pudo, consiguió una pequeña editorial, armó una tapa sencilla con ChatGPT y lo publicó. Unos modestos cien ejemplares. Obviamente, usó su seudónimo de “Dos Ángeles”. Al principio vendió poco. Pero él estaba hecho: tener una publicación es algo que a todos los escritores les encanta. Es una realización. Pero, de a poco, empezó a recomendarlo alguna gente. Una librería lo puso en una mesa. Después otra. Y el pleno fue cuando el destacado poeta Oscar Pallares leyó uno de los poemas de Dos Ángeles en la radio. De los cien ejemplares, la editorial se había quedado con cincuenta, y Raparda con otros tantos. La pequeña editorial le explicó todo el boom que habían generado esos pocos ejemplares. El jugador estaba en otro planeta; él solo escribía, pero vio que la había distribuido bien y mandó a hacer cien copias más. Los libros volaron.

La gente hablaba de la sensibilidad de ese escritor desconocido. De su capacidad para hablar del amor sin caer en lugares comunes. De la tristeza. De la fragilidad. De la belleza de las pequeñas cosas. Nadie sabía quién era Dos Ángeles. Y el anonimato a veces ayuda mucho. Porque había algo misterioso en ese poeta que nadie conocía.

Hasta que una editorial grande se interesó. Una multinacional. Lo llamaron. Querían publicar su próximo libro.

Mauro fue a la reunión con los directivos vestido como siempre. Pantalón deportivo. Zapatillas. Una remera negra de Hermética. La cicatriz. La nariz. La cabeza pelada. Parecía que había salido de un pogo.

Los directivos lo miraron.

Raparda los miró a ellos.

Hubo unos segundos de silencio.

—¿Usted es Dos Ángeles?

—Sí.

Uno de los directivos bajó la mirada. Otro se acomodó en la silla. Una mujer que estaba tomando café dejó la taza sobre el plato. No sabían qué hacer. Habían imaginado otra cosa. Un poeta joven. Tal vez flaco. Tal vez con barba. Tal vez con anteojos. Alguien que hablara despacio y usara palabras lindas, y empilchado con ropas de primeras marcas compradas en Palermo. No un tipo que parecía capaz de doblar una puerta de una patada, con cara de ex presidiario.

Pero el libro había vendido. Y muy bien. Eso era lo importante. No quién lo escribía. Si lo hubiese escrito un gorila afeitado, daba lo mismo. Así que decidieron correr el riesgo. Le propusieron publicar el segundo.

—Hay una condición —dijo uno de los directivos—. Queremos mantener el seudónimo y, por supuesto, el anonimato.

—Curioso, yo les iba a proponer lo mismo —respondió con una sonrisa Raparda.

El nuevo libro salió firmado por “Dos Ángeles”. No había biografía del autor, mucho menos fotos de él. Vendió todavía más que el primero. Pero seguía sin saberse quién era.

Sus compañeros lo notaron raro: estaba más conversador, más animado, por fin había arreglado el paragolpe y la parrilla del Clio, al que le faltaba el rombo. Y, en los partidos, siguió siendo el mismo picapiedra bruto de toda la vida; eso no cambió para nada. Fueron meses y meses en los que disfrutaba de sus dos pasiones: una donde ponía la cara… el codo, los tapones, y la otra donde ponía su corazón.

Hasta que llegó la Feria del Libro. La editorial organizó una presentación. Y no podía esquivar el bulto, literalmente, de presentar al autor.

Había periodistas, lectores, escritores, gerentes de la editorial y un montón de personas que habían ido solamente porque habían leído el libro y querían conocer al misterioso autor.

En el escenario había una mesa. Un micrófono. Una copa. Una botella de agua.

Y un cartel enorme:

DOS ÁNGELES. Presentación de su nuevo libro.

La gente esperaba. Algunos hablaban en voz baja. Otros tenían el libro en la mano. Hasta que apareció un gigante parecido a un ogro, con la remera del disco “Walls of Jericho” de Helloween, unos jeans y un libro que parecía pequeño en semejante manota: era Mauro Raparda. Caminó hasta el escenario como si fuese gigantón. Se sentó pesadamente. Y durante unos segundos nadie entendió nada. Una señora miró a otra. Un periodista lo reconoció enseguida. Un muchacho lo miraba como quien mira a un marciano.

Alguien preguntó:

—¿Y el escritor? ¿Es este? ¿Este carnicero?

Nadie respondió. Algunos creyeron que se trataba de una puesta en escena de la editorial.

Raparda acomodó el micrófono.

—Buenas noches.

Se hizo silencio. Pero, de a poquito, empezaron los murmullos. Uno de los directivos de la editorial, que estaba parado al costado, cerró los ojos. Ya estaba arrepentido, pero pensó en la buena guita que habían hecho con el libro.

Raparda tomó el libro.

—Voy a leer algunos poemas de mi autoría, bajo mi seudónimo “Dos Ángeles”.

Y empezó.

El primero hablaba del sentido del amor. Era un poema hermoso. Muy delicado. Que el amor era como un vapor que desaparecía. Del frío que iba entrando por la ventana. De una silla vacía, donde se había sentado el amor de la vida de alguien. Y que las despedidas empezaban mucho antes del adiós.

Cuando terminó, hubo unos segundos de silencio.

Después alguien se rió.

Fue una risa aislada.

Raparda siguió. Leyó otro. Era todavía más triste y conmovedor. Hablaba de un hombre que guardaba una carta que nunca se animaba a enviar. Después, uno sobre la lluvia. Después, otro sobre el miedo a perder a alguien.

Los poemas eran realmente buenos.

Muy buenos.

Pero la gente ya no podía contenerse. Algunos se tapaban la boca. Otros miraban hacia abajo. Una mujer directamente tuvo que salir del salón porque se estaba riendo.

Raparda no entendía. Pero siguió leyendo.

—“Hay personas que en la vida son un silencio...”

No pudo terminar. Desde el fondo alguien soltó una carcajada. Entonces se contagió todo el salón. Los periodistas. Los lectores. Los empleados de la editorial. Hasta uno de los directivos, que había estado aguantando desde el principio, terminó riéndose.

Raparda los miró. Serio. No entendía.

—¿Qué pasa?

Nadie podía explicárselo. Porque no se reían de los poemas. Los poemas eran hermosos. Se reían de él. De la contradicción.

De ese tipo enorme, pelado, narigón, lleno de cicatrices, que durante veinte años había entrado a las canchas dispuesto a romper todo lo que se le cruzara por delante y ahora estaba sentado frente a un micrófono hablando de la fragilidad del alma.

Raparda siguió leyendo igual.

Terminó el libro.

La gente aplaudió a mas no poder. Todos de pie.

Muchos se acercaron después para pedirle que firmara. Se hizo una fila interminable. Algunos le pedían que firmara como “Dos Ángeles” y otros como Raparda.

A partir de ese día dejó de ser un secreto. La gente descubrió quién era el poeta.

Durante un tiempo hubo notas en los diarios:

“El rústico que escribe poesía”.

“El rompehuesos de la literatura”.

“Raparda: te rompe el corazón y una pierna”.

“El poeta de la patada”.

A Raparda no le gustaban demasiado esas notas. Él decía que no entendía qué tenía que ver una cosa con la otra. Y quizás tuviera razón. Porque una persona puede ser muchas cosas. Puede ser brutal y delicado.

Raparda siguió escribiendo. Con los años, su nombre empezó a aparecer en las librerías con la misma naturalidad con la que había aparecido alguna vez en las tarjetas de los árbitros.

Los lectores ya no se sorprendían de encontrarlo. Sabían que detrás de aquella cara de pocos amigos había alguien capaz de escribir sobre una despedida, una infancia, una mujer, una tarde de lluvia o una mesa vacía.

Hace años que se retiró del fútbol. Pero no de la literatura.

Ahora escribe libros de humor.

Toni Schweinheim
Obra Publicada, expediente Nº 510614. Dirección Nacional del Derecho de Autor.




La tormenta

 

Los marineros viejos no le temen al mar. El mar es trabajo. Tampoco al oleaje. Las olas son trabajo, también. Mucho menos le tienen miedo a la oscuridad; es un paisaje cotidiano de su labor.

Sin embargo, hay una noche que ningún hombre de mar desea conocer: las tempestades, las noches de tormentas eléctricas. Cuando el cielo parece romperse sobre el océano y los relámpagos iluminan la tempestad como un fulgor del infierno. Los jóvenes grumetes creen que es por los rayos. Los marineros más curtidos por el sol, la sal y el viento saben que no.

Dicen que, en esas tormentas, el mar deja de pertenecer a los vivos. Y cuentan una historia que ningún capitán se atrevió a escribir en la bitácora.

Hace siglos, en la era dorada de la piratería, donde los grandes galeones o fragatas surcaban los mares azotando cuanto barco pudiesen abordar, hubo hombres que dedicaron su vida a robar, incendiar y hundir cuanto barco encontraran. Y a dar muerte a cientos de otros marineros. Eran bestias de mar con banderas negras. Porque no tenían nación; solo respondían ante la justicia del diablo. Aunque hubo muchos que sí respondían a banderas de imperios, que eran gobernados, también, por el diablo.

Asaltaban mercantes, esclavistas o buques de guerra con la misma indiferencia con la que una tormenta rompe un mástil. Cuando un pirata encontraba la muerte, su cuerpo terminaba en el fondo del océano. No hay tumba sino el mar. Sus almas no encontraban descanso.

Los marineros dicen que el diablo descubrió pronto que aquellos hombres eran incapaces de permanecer quietos, incluso después de muertos.

Entonces hizo un trato.

Cada tanto, cuando el cielo descargaba toda su furia sobre el océano, podrían regresar durante esa noche. No para vivir de nuevo. No para redimirse. Sino para hacer lo único que habían sabido hacer: ultrajar, robar y hundir todo lo que se les cruzara en el camino. A pólvora, hierro y golpes.

Desde entonces, cuando una tormenta eléctrica nace mar adentro, hasta el capitán más valiente deja de dar órdenes. El almirante más avezado mira el horizonte sin hablar. Nadie sabe en qué momento empieza. Tal vez cuando la brújula deja de señalar el norte. Tal vez cuando el reloj comienza a marchar en sentido inverso. O cuando el viento, de golpe, deja de tener olor a sal. Entonces llega otro aroma. Viejo. Húmedo. Como madera empapada, pólvora apagada y ron derramado hace siglos. Nadie dice una palabra. Porque todos saben que, si ese olor llegó antes que la lluvia... ya es demasiado tarde para cambiar el rumbo.

Hay quienes aseguran haber visto barcos enteros emerger entre la lluvia, iluminados solo por los relámpagos. Aparecen allí, desde la oscuridad tenebrosa. Con velas desgarradas que, aun sin viento, parecen respirar. Fragatas negras, con banderas despedazadas. En la madera podrida podían avizorarse siete cañones de veinticuatro libras por bando. Solo se escuchaba el crujir de la madera y las sogas golpeando el mástil. Y cada tanto una voz gritaba: “¡Fuego!”, e instantáneamente se escuchaba un trueno. Y cuando el siguiente relámpago iluminaba el mar... el barco estaba más cerca.

Mi abuelo guardaba con mucho cuidado una antigua bitácora. Era de su abuelo, David Mills, quien juraba haber sobrevivido a una de esas noches. Era timonel de un navío de transporte al servicio de la Corona británica que cruzaba el Atlántico Sur. Decía que la tormenta había empezado como cualquier otra.

Nadie vio nada al principio. Solo un marinero señalando hacia la lluvia.

El capitán levantó el catalejo.

Lo bajó.

Volvió a levantarlo.

—No puede ser...

Entre los relámpagos aparecía un casco. Después desaparecía. Volvía a aparecer un poco más cerca. Nunca se lo veía navegar. Simplemente estaba más cerca. Era una fragata. O lo que alguna vez había sido una fragata. Las velas colgaban hechas jirones y el mascarón de proa ya no tenía rostro. Parecía imposible que semejante montón de madera siguiera a flote.

Cayó otro relámpago.

La fragata estaba más cerca.

Nadie la había visto moverse.

Otro destello.

Más cerca.

El contramaestre apretó el crucifijo que llevaba al cuello.

Otro relámpago.

Ya podían distinguir los cañones.

Nadie dio la orden, pero todos retrocedieron un paso.

—¿Quién vive? —gritó el capitán.

Solo respondió el rugido del mar.

Cayó un relámpago.

Durante un instante, la cubierta enemiga quedó completamente iluminada.

David juró haber visto figuras.

No supo decir cuántas.

Ni cómo eran.

Solo recordaba que ninguna parecía moverse.

El siguiente relámpago volvió a iluminar la fragata.

Seguían exactamente en el mismo lugar.

Solo se llegó a distinguir que una de aquellas figuras estáticas, por fin, se movió levantando lentamente una espada oxidada. No apuntó al barco. Apuntó al cielo. Y los rayos comenzaron a caer alrededor. Como formando un círculo. Cuando alumbró el último claro entre los rayos, la fragata ya estaba junto al costado del navío. Nadie la había visto acercarse. Entonces comenzó el abordaje. No hubo cañoneo. No hubo gritos. Solo silencio. Ya no se escuchaba ni siquiera la tormenta. David siempre sostuvo que aquellas figuras cruzaron de una cubierta a otra como una bruma pesada y oscura. La lluvia se había detenido. Donde pasaban, los hombres caían. No había sangre. No había heridas. Simplemente dejaban de respirar. Como si alguien les hubiera robado el último soplo de vida.

David Mills sobrevivió porque estaba escondido dentro de un barril vacío de agua dulce, mientras rezaba.

Cuando amaneció, la tormenta había desaparecido. El mar estaba completamente calmo. El barco seguía flotando. Pero no encontró a nadie. Ni un solo cuerpo. Ni uno. Solo ropa mojada. Entre ella, el crucifijo del contramaestre.

El barco llegó solo a puerto una semana después. Lo trataron de loco. Pasó infinidades de tormentos por contar eso. A él le habían arrebatado la cordura.

Mi abuelo, cada vez que había tormenta, cerraba todas las ventanas de la casa. Aunque estuviera lejos del mar. Y si escuchaba un trueno particularmente fuerte, hacía siempre lo mismo. Miraba el reloj como esperando que las agujas empezaran a retroceder. Falleció creyendo que se lo iban a llevar. Me heredó la bitácora de su abuelo.

Hace tres años, un moderno buque de carga desapareció en medio del Atlántico. Los satélites dejaron de recibir señal durante apenas cuarenta y ocho minutos. Cuando volvió a aparecer, seguía exactamente sobre la ruta prevista. Los motores funcionaban. La carga estaba intacta. Pero no había un solo tripulante. Me acordé de la historia del abuelo de mi abuelo, que sigue transmitiéndose de generación en generación.

Hoy me tocaba ir a Colonia, Uruguay. Hay tormenta, pero el Buquebus sale igual, porque son seguros, dicen. Sé que no hay nada que temer y que, además, es un río o un estuario, como quieran llamarlo, al imponente Río de la Plata. Pero mejor voy la semana que viene en auto; total son entre cinco y seis horas de manejo, nada más.


Toni Schweinheim
Obra Publicada, expediente Nº 510614. Dirección Nacional del Derecho de Autor.




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