Buscar la idolatría en un jugador de fútbol porque hizo goles es como decir que un abogado es amigo tuyo porque ganó un caso. A ambos les pagaron para que hagan su trabajo.
Porque uno no va a la cancha pensando que esos once tipos están
cumpliendo con las obligaciones emanadas de un contrato de trabajo. Nadie grita
desde la popular: “¡Vamos, carajo! ¡Cumplí con la prestación a tu cargo!”. Uno
lo putea, le pide huevos, que vaya al frente.
El fútbol tiene esa cosa rara de hacernos creer que el tipo
que está adentro de la cancha siente exactamente lo mismo que el hincha. Que
cuando besa el escudo lo besa por amor. Que cuando dice que siempre soñó con
jugar en el club, efectivamente soñaba con eso y no con jugar en el Real
Madrid, pero era lo que había o el que puso unos mangos más y lo trajo.
Al fin y al cabo, es una profesión más. Para eso le pagan.
Sí, obvio que hay también jugadores que aman a su club. Pero son poquitos. Esos
se emparentarían más con los artistas. Hoy los artistas no ganan nada, tienen
que tener un laburo de verdad y hacer lo de su vocación artística como hobby o
como ingreso mínimo.
Pero volviendo. Yo nunca vi festejar a la tribuna que el
abogado del club haya ganado un juicio o haya llegado a un arreglo favorable. Tampoco
vi banderas del tipo “Gracias, contador Fernández, por pagar los sueldos”,
cuando el tesorero hace lo que corresponde. Esto es lo mismo. ¿O me vas a decir
que el nueve es más grande que el tesorero porque hizo un gol? Ambos hicieron
su laburo, no jodamos.
Si los jugadores tienen hasta premios por objetivos: por
ganar una copa, un torneo, un clásico, por meter goles. Si faltan también a los
entrenamientos, los sancionan como a cualquier empleado en relación de
dependencia.
Porque el tipo es simplemente un empleado hasta que hace un
gol importante. Ahí se terminó cualquier discusión. Pasa a ser otra cosa. Un
héroe. Un prócer. Caen los cánticos de la tribuna. A la otra fecha hay
banderas. Si el club tiene medianamente guita, le paga cuando tiene que renovar
el contrato —un ascenso laboral— y, si no tiene la plata, se va a otro club
donde le paguen más o a un grande para rajarse a Europa.
Hay tipos que tuvieron la suerte de hacer uno de esos goles
y prácticamente consiguieron la inmortalidad. El bronce. San Martín. Belgrano.
Y el delantero que metió un gol porque le correspondía. Para eso está ahí.
Después se va, se raja. Pero ya quedó inmortalizado por hacerle un gol en un
clásico. Pero claro, después vuelve, y esa sería la jubilación: le va como el
culo en otros clubes, boya por Europa sin pena ni gloria y vuelve a recalar en
el club con quince kilos más. Y es la vuelta del ídolo. Y lo aplauden como
focas.
El hincha es generoso con algunas cosas. Con otras es un
hijo de puta. Puede perdonarte veinte partidos malos por un gol contra el rival
de toda la vida, pero no te perdona que un día digas que estás cansado.
—¿Cansado de qué? ¡Si jugás a la pelota!
Como si correr noventa minutos fuera lo mismo que estar
tirado en una reposera con una cerveza apoyada en los huevos.
Pero es así. Porque así como te digo una cosa, te digo la
otra. Es un laburante el futbolista. Yo ya te conté la parte buena, pero la
mala, puf, ni hablar.
El futbolista tiene prohibido cansarse, estar triste y,
fundamentalmente, tener ganas de ganar más plata. Eso último es imperdonable.
El hincha puede cambiar de trabajo porque en otro lado le pagan cincuenta lucas
más. El jugador no. El jugador tiene que quedarse por más que le deban seis o
siete meses. Por amor. Y si se va, traicionó los colores. Ah, y si llega a irse
con un juicio de por medio, agarrate porque te tildan de mercenario, basura,
traidor. Como si ningún empleado le hubiera hecho algún juicio laboral al
patrón. Dale, somos grandes.
También están los besos al escudo. Ese es otro tema. El beso
al escudo te ata de por vida al club. Lo besaste. Cagaste. A partir de ese
momento pertenecés al club hasta tu muerte. No importa que después cambie el
técnico, el presidente no te quiera, te deban seis meses de sueldo o venga un
club de afuera y te ofrezca diez veces más. Vos lo besaste en un momento de
emoción que no te dejó ver nada. No importa. Ahora bancátela. La única forma de
salir de ese contrato no escrito es irte a otro club y también besar ese
escudo. Ahí sí, chau idolatría, pasaste a ser un mercenario vendehumo.
El hincha se siente jugador también. Sí, es una parte
fundamental del fútbol. Pero se acapara méritos del jugador, del empleado al
que putean. Sí, está bien, todos con la cuotita al día le pagan una parte del
sueldo a todos. Pero si la pelota entró porque un tipo le pegó bien con la
derecha al ángulo, el hincha te dice “metimos un golazo”; cuando el boludo del
jugador le erra, le erra “él”. Y si el gol es épico o en una final o clásico
caliente, en treinta años se llenan la boca diciendo: “Les ganamos”. Así, en
plural.
Esa apropiación siempre me parece maravillosa. Porque
después pasa el tiempo. El ídolo envejece. El hincha también. Y aquel gol queda
congelado en un lugar donde nada ni nadie envejece. En el Olimpo de los dioses.
Uno lo vuelve a ver y la tribuna está igual, la camiseta está igual, la pelota
entra siempre en el mismo lugar. Lo único que cambió fue uno. Por eso nunca
entendí del todo eso de los ídolos.
A veces alguien se acerca y me dice:
—Vos sos mi ídolo.
Y yo sonrío.
¿Qué querés que haga?
Le agradezco.
Me saco una foto.
Si tiene una camiseta, se la firmo.
Si viene con el hijo, trato de darle un abrazo al pibe
porque sé que probablemente se acuerde toda la vida de ese momento.
Después se van felices.
Y yo me quedo pensando en lo mismo.
En que no hice nada por ellos.
No los conozco.
No sé cómo se llaman.
No estuve cuando necesitaron una mano.
No les presté plata.
No fui al velorio de sus viejos.
No sé absolutamente nada de sus vidas.
Solamente hice goles.
Bastantes, por suerte.
Y me pagaron muy bien por hacerlos.
El contador Fernández nos tuvo a todos al día. Hacia
malabares financieros y el depósito siempre estaba cuando lo necesité. ¿Pero
sabés una cosa? Nunca vi a treinta mil personas gritar el nombre del contador
Fernández.
El mío sí.
Y, la puta madre...
qué lindo que era.

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