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Cuando uno piensa en un delantero de fútbol imagina otra cosa.  Se imagina a esos tipos de mandíbula apretada que salen en los afiches publicitarios señalando el arco con cara de pocos amigos. Se imagina goleadores que viven para romper redes, que festejan trepados al alambrado y que tienen una colección de camisetas intercambiadas con arqueros derrotados. Un vikingo a lo Haaland. Un tanque alemán a lo Klinsmann. Un puma bestial como Mbappé. Ni hablar de un CR7. O una flecha dorada como lo era el Bati.

Alejandro Dorado no se parecía a ninguno de ellos. Era alto, cerca de un metro noventa, flaco como un poste de luz y de hombros angostos. Tenía la piel morena, castigada por el sol de tantas canchas de tierra, unos ojos color café que siempre parecían estar sonriendo y un pelo negro donde muchos peines se rindieron. Era como un Peter Crouch, pero nuestro.

Su aspecto tampoco ayudaba a imponer respeto. Mientras otros delanteros intimidaban con tatuajes, músculos y gestos desafiantes, Alejandro tenía cara de profesor de escuela secundaria o de empleado bancario que acababa de salir de la oficina para jugar un picado con amigos. Una cara de buenazo, y lo era eh.

Sin embargo, cuando entraba al área rival ocurría algo extraordinario. No porque hiciera goles. Justamente, por lo contrario.  Alejandro Dorado era incapaz de convertir un gol. Le tenía alergia. Parecía que tenía un pacto con la pelota en la que esta nunca iba a tocar la red. No es que le costara. No es que estuviera atravesando una mala racha. No es que le faltara definición. Lo suyo era otra cosa, algo tan difícil de explicar como de creer. Parecía existir una fuerza misteriosa que se interponía entre él y el gol. Por eso, con el tiempo, la gente empezó a llamarlo "El Dorado", porque encontrar un gol suyo era tan improbable como encontrar la ciudad perdida de oro. El apodo nació en una transmisión radial y terminó acompañándolo durante toda la vida.

Lo curioso era que Alejandro jugaba bien. Muy bien. Controlaba la pelota con elegancia, tenía una visión de juego extraordinaria y poseía una inteligencia táctica que cualquier entrenador hubiera firmado sin dudar. Sabía cuándo tirarse atrás para asociarse con los mediocampistas, cuándo abrir espacios para los extremos y cuándo presionar a los defensores rivales. Colaboraba con todos en todos los espacios. En cualquier otro puesto habría sido considerado un fenómeno. Pero era nueve de área.  Y a los nueves se los juzga por una estadística muy simple: los goles.

Su debut en Primera División ya había sido una advertencia. Ingresó faltando quince minutos, encaró al arquero en una corrida memorable y definió tan mal que la pelota terminó pegándole a una cámara de televisión. Los hinchas se agarraron la cabeza. El técnico se quedó congelado.  Y el pibe de diecinueve años volvió trotando al círculo central con una sonrisa tímida, como quien pide disculpas por haber roto un florero o un macetero jugando en la casa. Los hinchas dijeron que era pibe, que ya iban a venir los goles… y todo eso que dicen los hinchas como para darse más animo a ellos que al jugador. Nadie imaginaba que aquello recién empezaba.

Durante los años siguientes acumuló errores que parecían inventados por el Negro Fontanarrosa. Una tarde dejó desparramados a cuatro defensores y al arquero. El arco estaba completamente vacío. Los relatores ya gritaban el gol antes de tiempo. Alejandro remató con tranquilidad y la pelota pegó en un pozo de tierra que se había hecho con los botines de los jugadores en la tierra húmeda, cambió de dirección y salió por la línea lateral. Ni García Marquez se hubiese jugado con tal realismo mágico.

En otra ocasión ejecutó una chilena perfecta que habría ocupado las tapas de todos los diarios deportivos del continente si no fuera porque terminó impactando contra el banderín del córner.

Los videos se viralizaban en las redes sociales. Los programas deportivos repetían las jugadas durante semanas. Los periodistas buscaban explicaciones técnicas, psicológicas y hasta esotéricas. Algunos afirmaban que sufría ansiedad. Otros hablaban de mala suerte. Un ex árbitro devenido en panelista llegó a sostener que estaba embrujado.

Alejandro escuchaba todas las teorías y se reía.

—Lo importante es que ganamos, el gol lo puede hacer cualquiera —decía.

Lo extraordinario era que jamás perdió el buen humor. Nunca discutió con un compañero. Nunca respondió una crítica. Nunca una tarjeta. Nunca señaló a otro por una derrota. Mucho menos se adjudicaba la victoria cuando el equipo ganaba por un centro o una asistencia suya. Porque el tipo ponía todo eh.

Y cuando alguien le preguntaba cómo hacía para soportar tantas bromas por su eterna pelea con el arco, respondía:

—Soy furor en las redes… ¿Qué más querés?

Esa forma de ser terminó conquistando a todos.

A los compañeros les gustaba compartir concentraciones con él porque siempre tenía una historia para contar. Los utileros lo adoraban porque era el único jugador que agradecía cada detalle. Los hinchas comenzaron a comprender que estaban frente a un personaje irrepetible.

Cada vez que tomaba la pelota cerca del área se producía un fenómeno extraño. La gente se levantaba de sus asientos. No para anticipar un gol. Para descubrir de qué manera lo iba a errar. Y Alejandro nunca defraudaba:

En Rosario, una vez, remató tan alto que la pelota cayó sobre el techo de un restaurante ubicado detrás de una tribuna. En Córdoba reventó un cartel publicitario situado a veinte metros del arco.

En Mendoza, contra Godoy Cruz, vio al arquero adelantado, le pegó de lejos… tan mal que terminó habilitando a un compañero, quien convirtió el gol del triunfo.

Con el paso de los años dejó de ser simplemente un futbolista.  Se transformó en un personaje popular. Las hinchadas rivales lo aplaudían cuando ingresaba. Los chicos pedían su camiseta. Los programas de televisión lo invitaban más por simpático que por futbolista. Sin darse cuenta, Alejandro había logrado algo que muy pocos consiguen: que la gente quisiera que le fuera bien. Como cuando todos celebrábamos al ex entrenador de Brown de Adrogué: Pablo Vicó.

Cuando se anunció su convocatoria a la Selección Argentina, el país entero quedó paralizado. Los periodistas deportivos reaccionaron como si se hubiera producido una catástrofe. Como cuando al Diego le cortaron las piernas. Durante semanas se debatió el tema en radio, televisión y diarios. ¿Cómo van a convocar a un delantero sin goles? 

Lionel Scaloni fue consultado en conferencia de prensa. Su respuesta se hizo famosa.

—Hay futbolistas que mejoran un equipo por lo que hacen con la pelota. Dorado mejora un grupo desde que entra hasta que sale del estadio. Esto es por el grupo. Lo más importante en el futbol es el grupo.  Lo pueden ver en todos lados, el grupo de amigos, el grupo de hinchas que va a la cancha. El grupo es todo.

El debut ocurrió en un amistoso internacional. Cuando el cartel luminoso anunció su ingreso, el estadio completo comenzó a corear su apellido. No importaban los colores de las camisetas ni el resultado del encuentro. Todos querían presenciar ese momento.

 A los pocos minutos recibió un pase filtrado de Messi y quedó mano a mano con el arquero:

El país entero contuvo la respiración. Los relatores hicieron silencio. Los comentaristas dejaron de hablar. Alejandro avanzó unos metros, eligió un palo y definió. La pelota salió desviada por una distancia tan exagerada que el arquero ni siquiera se movió. Tampoco hizo vista, porque si hacia vista le daba torticolis.  Primero hubo un instante de desconcierto. Después una carcajada colectiva. Y finalmente una ovación enorme. Como si hubiera marcado el gol de la victoria en el último minuto. Está bien que el partido ya lo ganaba Argentina por 3-0, y eso descomprimía bastante. Pero aquella noche se ganó definitivamente el corazón de todos. Messi lo abrazó y caminaron juntos hacia el vestuario.

Pasaron los años, llegaron más partidos y más convocatorias. Alejandro nunca hizo un gol. Ni en clubes ni en la Selección. Pero siguió siendo titular, referente, capitán ocasional, consejero de juveniles y compañero ejemplar.

Hasta que el tiempo, que nunca pierde un partido, llegó para avisarle que era hora de retirarse. La despedida fue organizada en el estadio donde había jugado la mayor parte de su carrera: El Florencio Solá, la cancha de Banfield.

Las entradas se agotaron en menos de una semana.

Vinieron ex compañeros, rivales históricos, técnicos, periodistas y dirigentes. Algunos viajaron desde el exterior sólo para estar presentes. Antes del comienzo proyectaron un video con las mejores jugadas de su carrera. Duró veinte minutos: no hubo un solo gol. Y, sin embargo, todos terminaron emocionados.

Cuando Alejandro salió al campo de juego encontró una bandera gigantesca que cubría media popular.

Decía:

"NO HICISTE GOLES, PERO NOS HICISTE FELICES. GRACIAS ETERNAS."

El partido transcurrió entre abrazos, risas y recuerdos. Alejandro tuvo varias oportunidades frente al arco. En una la tiró por arriba. En otra pateó al cuerpo del arquero. En una tercera logró algo todavía más difícil: rematar afuera teniendo el arco completamente libre. Algunos querían que haga un gol, aunque sea en su partido de despedida, otro no. Se armó un debate bastante gracioso en torno a eso.

Y entonces llegó el minuto noventa. El árbitro cobró penal, a propósito. Entre risas todos protestaban y lo miraron a Alejandro. Messi agarró la pelota, se la tiro al pie a Dorado, el público comenzaba a aplaudir.

Se acomodó frente al punto penal. Miró al arquero. El arquero lo miró a él. Ambos sonrieron. Treinta y cinco mil personas se pusieron de pie. El silencio se volvió absoluto. Por un instante pareció que el destino le ofrecía una última oportunidad para cambiar la historia. Tomó carrera.  Respiró profundo. Corrió hacia la pelota y… la tocó a un costado, el Curry2 —famoso influencer del momento— agarró el pase y la metió.

Terminado el partido, el estadio lo ovacionó.  Eran aplausos para una trayectoria. No para una estadística.  Para una manera de vivir el fútbol. Para un hombre que había demostrado que el cariño de la gente no siempre se construye con números. Alejandro levantó los brazos, saludó a las cuatro tribunas y sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.

Mientras daba la última vuelta olímpica escuchó decir por los altoparlantes:

—Muchos futbolistas serán recordados por los goles que hicieron. Alejandro Dorado será recordado por la felicidad que provocó sin hacer ninguno.

Y por primera vez en toda su carrera, mientras la multitud coreaba su nombre, Alejandro comprendió que acababa de convertir el único gol que realmente importaba.

Toni Schweinheim
Obra Publicada, expediente Nº 510614. Dirección Nacional del Derecho de Autor




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