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Nicolás se levantó exaltado. Una explosión en la calle lo despertó súbitamente. Los pasos de su vecina en el departamento de al lado le presagiaban lo peor. “Es el fin. Es el fin”, dijo a los gritos entre jadeos y lágrimas, mientras se alejaba por el pasillo. Nicolás miró por la ventana: todo era un caos. Edificios rajados por el medio. Incendios por doquier. Sismos que hacían temblar todo, mientras rayos de tormenta surcaban un cielo rojo cobrizo, que al caer detonaban como bombas. Había algo en el  aire, un olor pestilente. “Puta. Justo hoy se jugaba el clásico”, pensó Nicolás. El cerebro humano es incomprensible, en momentos extremos puede pensar cosas completamente incoherentes. Mientras en plena calle veía como una pareja era tragada por una grieta que se abría en el medio del asfalto. Esa calle donde había tenido días tan felices, como esa jornada de clásico. Como el que iba a ser hoy con ese partido. Asado con los amigos y caravana hacia la cancha. No hacía mucho tiempo, en esa esquina donde ahora estaba un helicóptero estrellado, se había juntado con los pibes a tomarse unas cervezas haciendo la previa de lo que sería el último clásico.

Un movimiento brusco lo devolvió a la realidad. Debía irse antes que el edificio se viniera abajo. Rápidamente se calzó y bajó corriendo las escaleras. Llegó a la calle y vio como el mundo había cambiado para siempre: muertos por doquier, autos dados vuelta, edificios derrumbados. De la alcantarilla salía sangre a borbotones. Más que asustarse, Nicolás suspiro amargamente, sabía que el mundo ya no iba a ser más como era hasta la noche anterior. Maldijo internamente por todo lo que no vivió y le hubiese gustado hacer. El olor pestilente era cada vez más fuerte. Pensó en sus viejos que estaban en el Uruguay de visita. Quiso llamarlos pero el celular estaba muerto. Se desesperó, pero la caída de un avión en el horizonte otra vez lo hizo volver a la realidad. Empezó a correr, miro su reloj y las agujas giraban rápidamente. “Cambiaron los polos del planeta”, pensó y se sintió un pelotudo porque no tenía ni la másmínima idea de lo que eso significaba. Lo había escuchado por ahí y su inconsciente se lo tiro como buscando una respuesta a tanta muerte, a tanto caos.

Llegó a la avenida. La muerte era mayor. Mientras, el cielo se volvía más rojo. A lo lejos, parecía verse como una lluvia de fuego. Miró hacia la fuente de la plaza. Partida al medio, tal vez por un rayo o por uno de los tantos terremotos. No había dudas: era el fin del mundo. Cataclismo. Empezó a desesperarse y corrió, hasta chocar con un soldado. Este lo miro y siguió corriendo desesperadamente. Si un tipo entrenado corría por su vida de tal forma, que le quedaba a él. Siguió marchando por la avenida. A veces tenía que trepar escombros de edificios caídos. Cerca de él cayó un rayo. Se sintió desesperado. Corrió y corrió hasta que tropezó con algo y dando tumbos cayó. Estuvo un rato tirado, hasta que recobro la fuerza. Se levantó, miro a su alrededor y vio el cadáver de Roberto, un viejo amigo. Instantáneamente se desmayó. Hasta ese momento no se había dado cabal cuenta de la muerte que lo rodeaba. Al recobrar el sentido, corrió, corrió y corrió.

Detenía su marcha la cantidad de escombros que había dejado el supermercado al derrumbarse. No le quedaba otra que escalar la montaña de ruinas. Le llevó un buen rato y encima se cayó varias veces. Chorreaba sangre, estaba cansado pero siguió apurándose. A pesar de ir desesperadamente sin rumbo aparente, su determinación de ir hacia adelante era incontenible.  En su trayecto se desmayó un par de veces. Tenía la boca seca, el corazón le palpitaba como si fuese a salirse.  Ya al borde de sus fuerzas, vio gente moverse adelante. Una sensación de esperanza le recorrió el cuerpo. Al ir acercándose, vio que la mayoría estaba tirada, otros estaban apoyados contra la pared de lo que parecía haber sido un gran estadio. Entre el tumulto de personas divisó a Martín, su amigo de toda la vida. Tenía la cara cubierta de sangre y todo el cuerpo de polvo. A los tumbos Nicolás pudo acercársele. Por fin lo encontró y antes de caer rendido de cansancio llego a preguntarle: “¿Se jugará hoy che?”.

Toni Schweinheim
Obra Publicada, expediente Nº 510614. Dirección Nacional del Derecho de Autor

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