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Bebina, soy Alicia. ¿Me oyes? No, no podrás verme. Desde ayer, ¿recuerdas? no soy materia. Ocurre que me apresuro en contarte algo, hermana, santa: desde el preciso momento en que el hálito espiritual se despegó de la carnal envoltura comprendí, con regocijo que accedía a un universo mucho más culto y refinado.
Tras un breve forcejeo, como si aquel hálito espiritual del que te hablo se hubiera o hubiese enganchado en algún encaje de mi ropa interior, mi alma comenzó a elevarse como si se tratase de un gas liviano. ¡Por fin, lejos de las esclavitudes del cuerpo! Lejos de las adiposidades denunciadas por el espejo, de las excrecencias, del meteorismo, de la seborrea incólume ante el embate de las lociones más costosas, del insidioso sarro que pugnaba por aposentarse sobre el marfil de mi sonrisa. Por fin, lejos de todo eso. 
"Do están agora aquellos claros ojos que llevaban tras sí, como colgada, mi alma doquier que ellos se volvían?" ¿Recuerdas? Garcilaso de la Vega. Égloga primera. Aquello que se preguntaba Nemoroso.

Ahora soy sólo energía, brisa, un compendio de sensibilidad dibujada en tan sólo dos dimensiones escapando cielo arriba. Abajo quedan los olores agrios de la gente, los gestos torpes de la gente, las vestimentas bastas de la gente. Y la gente. 
Hasta el cansancio, Bebina, ese hastío que se había apoderado de mi cuerpo en los últimos años ha desaparecido con la desaparición del cautiverio carnal. Ahora trepo nubes arriba, briosa, entusiasta y ansiosa por llegar, olvidada de la fatiga que ayer me jaquease. 
Me había cansado, hermana, santa. Me había agotado de soportar la grosería, la ignorancia, la incultura. La incultura de gente como Juan, sin ir más lejos, quien creía que José Zorrilla era un atleta del fútbol. ¡José Zorrilla, justamente, quien escribiera: "Allí el robusto nopal, allí el nópalo amarillo, allí el sombrío moral, crecen a pie de castillo"! ¡Y Juan no lo conocía! ¡Juan, que era jardinero! 

En alguna época creí aprender el duro oficio de alternar con gente de malos modales, de maneras ramplonas, de horrible pronunciación. 

Cierto novio de inclinaciones socialistas procuró explicarme las oscuras causas de aquellas conductas reprochables y juro, Bebina, que entendí muchas de ellas. Pero no lo soporté demasiado tiempo. La llegada del jean fue un primer golpe grave. Esos rústicos pantalones tejanos. El advenimiento de las camperas. ¡La goma de mascar, Bebina, ese chicle! Y el peronismo, Mar del Plata invadida por hoteles sindicales. La gente en chinelas por la calle, esos vientres abultados y peludos. ¿Para qué seguirte nombrando, hermana, todo aquello? Lo vivimos juntas y más vale no explayarse en cosas que tan sólo nos acercan la punzada vil del sufrimiento. Dios me concedió la gracia de llamarme a su lado antes del retorno de las hordas sudorosas. No hubiese podido soportarlo como en el '73. Creo que allí mi organismo sufrió su más duro embate, peor aun que el tifus o la gripe. 

¡Oh, pasa un pájaro! Me mira con uno de sus ojos de color negro. Pero, hablemos con propiedad. Bebina, el negro no es un color. Es la ausencia de color. ¿Podrán verme los ojos de los pájaros? "La golondrina parece una flecha que busca el corazón. ¡Flecha mística!" Gómez de la Serna, Ramón. O aquello inmortal de "Volverán las oscuras golondrinas..." Pero yo no volveré, Bebina. Pocos segundos de esta trascendencia inmaterial y ya sé que mi lugar no corresponde al mundo de los mortales. Lo verás tú cuando decidas acompañarme. Esta ingravidez es la que nos corresponde. En la tierra nos estaba sobrando una dimensión, hermana, santa. 
Una nube, pasa una nube. Son diferentes de cerca. Son hilachas. Nunca las había visto tan próximas. Me congratulo de que nuestra madre rehusase aquella invitación de los Newbery a volar en globo (éramos tan pequeñas) para poder deleitarme ahora con este descubrimiento. ¿Cómo decía aquel poema de Lupercio Leonardo de Argensola? "Porque ese cielo azul que todos vemos, ni es cielo ni es azul. ¡Lástima grande que no sea verdad tanta belleza!" 
No me resulta difícil imaginar el Paraíso. Estarán todos: Paul Eluard, Gaudí, Rubens, Rousseau, Donatello, Debussy, y tendré el tiempo, el tiempo de los tiempos para departir con ellos. Podré, al fin, preguntarle a Picavet el porqué de ese particular ensañamiento suyo con los diptongos en su Esquisse d'une histoire générale et comparée des philosophies mediévales. Se lo preguntaré con mi mejor sonrisa, no te inquietes, Bebina. Conoceré, por fin, a Aristóteles y hasta podré preguntarle quién le diseñó la túnica que luce en el Larousse Ilustrado.

Pasa un meteorito. Con un silbido quedo. Girando levemente sobre sí mismo. Abstraído en lo suyo. Eterno paseo espacial. 

¡La luz crece! Hay una luminosidad que alcanza el blanco. ¡He llegado, Bebina! Hay una música, celestial, por supuesto. Todo es etéreo. Una fuerza me atrapa por la cintura con la firmeza de las manos de un jinete, tal vez ese mismo con el cual cabalgábamos en "La Rinconada". No es un empuje compulsivo, es una invitación. Navego,  deslumbrada, entre desfiladeros de nubes. Al fondo veo un noble anciano sentado frente a una mesa. Reconozco en él a San Pedro. ¡Lo he visto mil veces en las estampitas! A sus espaldas, enorme, una puerta de dos hojas de madera labrada. Un trabajo de milenios con relieves fabulosos. Una cosa eterna, no como las puertas que se hacen ahora, enchapadas. Un detalle que muestra la elección de un espíritu refinado. Una puerta que no es para todos, Bebina. No es para todos. 

San Pedro eleva sus ojos profundos hacia mí y, ahora, sonríe. Sin duda, lo han alertado de mi arribo. Gabriela, seguramente. Toma un papel, un formulario, y adivino en sus gestos cuidadosos el final de mi roce con seres menores, la culminación del terreno martirologio de alternar con mediocres, vulgares y procaces. 

 Ahora alza la vista y me dice: —¿Trabajas o estudiás, flaquita?

Roberto Fontanarrosa.
Extraído de "Los trenes matan a los autos". Ed de la Flor 1973| Ed. Planeta 2012


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