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Pero esa noche, al advertir que la vieja Mok ponía sobre el fuego uno de sus mejores guantes de pesca en lugar del muslo de caribú, Cheena pensó que ya había llegado el momento de llevar a la anciana al Gran Hermano Oso. 

Mok ya estaba muy crecida. Cheena no podía calcular cuánto tiempo llevaba de vida, pero bien podía ser anterior a la invención del trineo, incluso previa al descubrimiento del perro. 
A la mañana siguiente, Cheena, el pescador, se lo dijo a Kidok, su mujer, hija de Mok. Kidok no dijo nada. Se limitó a menear lentamente la cabeza hacia ambos lados, en ese habitual movimiento suyo que tanto le recordaba a Cheena a las focas. Luego, la mujer se acercó al iglú y estrelló contra él varias veces su frente. Fue la única manifestación de contrariedad que realizó Kidok, pero apenó a Cheena. Después de todo, él había puesto su mayor empeño en construir ese iglú. 
A lo largo de ese día, Cheena no pudo dejar de pensar en el asunto. La vieja Mok ya casi había perdido la vista y eran muchas las ocasiones en que insistía en encasquetarse una bota en la cabeza porfiando que se trataba de un gorro. Había perdido todos los dientes y Kidok debía masticar largamente cada bocado antes de pasarlo a la boca de su madre para que ésta pudiera deglutirlo. Incluso Kidok repetía este procedimiento con los líquidos, lo que a Cheena le parecía una exageración. Tres noches atrás, Cheena, Kidok y los 16 perros, habían estado masticando como rumiantes un duro trozo de garrón de foca antes de cedérselo a la vieja. Había sido duro hacer entender a cada uno de los cánidos que debían luego devolver el bocado. Las manos de Cheena quedaron casi despedazadas por los mordiscos, pero Kidok insistía en que era la única forma en que Mok pudiese comer algo sólido. Todo eso para que, finalmente, Mok rechazase el bocado aduciendo que prefería la parte de la pechuga. 
Tiempo atrás, las manos de Mok habían sido diestras para trabajar sabiamente los huesos de morsa. Con ellos hacía pequeñas tallas que luego Cheena cambiaba en el almacén del viejo Ruesch por tabaco, golosinas, escalpelos de sílice, peines de nácar y aceite de hígado de bacalao que el pescador bebía con delectación. Pero, últimamente, las figuras escapadas de la imaginación de la anciana ya no eran aquellos estilizados bípedos, palmípedos y paralelípedos conocidos. 

—¡Cómo está cambiando la fauna de la zona! —había dicho el viejo Ruesch contemplando una de las desafortunadas tallas, la última vez que Cheena fuera hasta el poblado. Aun así, las estatuillas nunca generaban indiferencia. Ese mismo día, Yolan, el trampero, tomó una de ellas y la pulverizó contra el suelo. Luego saltó repetidas veces sobre los pedazos hasta que, entre cuatro fornidos mineros, lograron inmovilizarlo cuando procuraba pegar fuego al almacén. 
Mok alegaba que se había alejado del realismo, o bien que sus figuras reproducían perfiles de unos extraños animales que ella viera, muchísimo tiempo atrás, en las láminas de un libro que les dejara un explorador blanco. El libro era un grueso catálogo de máquinas de coser Singer. El explorador había pasado por el lugar preguntando por un lejano continente arenoso. Hablaba de otra fauna y de otra vegetación. Aquel libro fue muy importante en la vida de la familia Cheena, ya que lo fueron comiendo página a página y sus tapas de cuerina habían deleitado a Kidok. 
La noche anterior al comienzo de la época de caza de la larva de mosca de caribú, Cheena se lo dijo a Mok. O bien, no se lo dijo con todas las palabras, pero la vieja, pese a sus años, entendió. 

—Mok —había dicho Cheena—. Vamos a emprender un largo viaje. Y Mok comenzó a cubrirse con su tapado. 
—No guardes pescado para ella —dijo luego Cheena a Kidok, y pudo advertir en los ojos opacos de la vieja un destello de comprensión. Después de todo, era la ley del Ártico y nadie podría escapar al llamado del Espíritu de la Ausencia Justificada. La pobre Mok ya no producía nada útil, y lejos estaban los días en que obtenía aceite de ballena con el solo recurso de exprimirlas. Ahora sus brazos eran débiles y flaccidos mientras procuraba calzarse el sacón que llevaría ante el Gran Hermano Oso.

Cheena, al verla resignada, sintió el ramalazo de la pena. Recordaba aquella vez en que había estado enfermo y Mok fue la más consecuente y cariñosa en su cuidado. Cheena nunca pudo explicarse cómo aquello pudo pasarle a él, un esquimal, pero lo cierto fue que, en esa oportunidad, había sufrido un enfriamiento por salir desabrigado. Lo sorprendió la oscuridad lejos del iglú, ensimismado en el seguimieno de los rastros de un glotón rojo, también llamado "piojo de las isobaras". Cuando cayó en la cuenta de su distracción, casi era noche cerrada. Buscó el rumbo de retorno confiando en el instinto de sus perros, pero dos horas después comprendió que habían estado girando en círculos, concéntricos y cada vez más pequeños. Entendió entonces que, dado que era la hora de dormir, sus perros habían comenzado a dar vueltas y más vueltas en el mismo sitio. Casi no tuvo tiempo de reprocharles. El Espíritu del Frío le hizo perder el conocimiento. Fue su hijo Pipaliluk quien lo rescató y Mok quien le prodigó los mejores cuidados. Le pegaba brutales golpes en la espalda con un besugo para espantar la fiebre y luego le orinaba en la nuca para refrescarlo. También le había punzado la vejiga con una espina de salmón para permitir que escaparan los dioses del Mal y lo había alimentado con vísceras crudas de zorro y bosta de ciervo durante noches enteras. 
Cheena sabía que debía su vida a la vieja Mok, por lo que había hecho ella en aquella oportunidad. No había un médico en continentes a la redonda y los hombres de piel clara preferían no acercarse al iglú de Cheena dada la costumbre de éste de ofrecer su mujer a los visitantes. Cheena no lograba explicarse cómo los blancos desechaban su gentileza, privándose de los encantos de Kidok, quien llegaba a untarse el cuerpo con grasa de oso para satisfacerlos. Incluso hubo uno, tiempo atrás, que no aceptó a Kidok, pero, para no ofender a Cheena, accedió a pasar la noche con uno de los perros. 

—La vieja Mok ya no es una ayuda —pensaba Cheena caminando junto a la anciana por la inmensidad helada, rumbo al Océano Glacial. —No puede trabajar, sus ojos no diferencian al oso de la corneja y debemos perder tiempo en hacer ropas para ella. ¡Y esa manía suya por las faldas largas! Además, por menos que coma la pobre vieja, la comida no sobra. 

Nunca había sobrado la comida en el iglú de Cheena. El pescador, incluso, había llegado a intentar una nueva forma de nutrición. Quiso, tiempo atrás, comer hielo. Había discutido con Kidok esa posibilidad. Sostuvo que, de lograr alimentos con el hielo, aun fríos, la sustentación de los pueblos esquimales estaba asegurada. Pero cuando ponía los gruesos trozos de hielo sobre el fuego, para cocinarlos, éstos se tornaban en agua. Mucho tiempo estuvo Cheena herido por aquel fracaso. 

—Mok necesitaba mucho calor para calentar su cuerpo ya sin grasa —seguía meditando Cheena, en tanto caminaba con la vieja, —y no hay sebo para tanto fuego. 
Para Cheena y los más jóvenes el problema del frío, dentro del iglú, no era grave. Los 16 perros dormían adentro y, a veces, aquello se caldeaba a límites intolerables. Era fastidioso cuando los perros, nostálgicos de sus ancestros, rompían a aullar a coro en medio de la noche, pero el desvelo era preferible al congelamiento de los miembros, propios o de la familia. Cuando llegaron a un pequeño promontorio rocoso, Mok, sin decir una sola palabra, se sentó sobre él y se arrebujó en sus ropas. Cheena le ayudó a acomodarse el cuello levantado y luego, sin decir nada, dejó a la vieja esperando la llegada del Gran Hermano Oso. 

Esa noche comieron en silencio. Sin que nadie lo mencionase, era notorio que todos estaban pensando en la vieja Mok, esperando al Gran Hermano Oso en la inmensidad oscura y gélida. Tal vez, por aquellos momentos, la anciana ya no estuviese viva. Incluso extrañaban los relatos que Mok solía urdir en las noches, tras la comida, antes de que conciliasen el sueño. Aunque, en los últimos tiempos, la memoria de la anciana no era de las mejores y sus cuentos solían ser confusos y enrevesados. Una de las últimas noches, Mok había hablado sobre un lejano rey de una comarca cálida, que desposaba a una joven morsa blanca y luego ambos se marchaban a vivir a Paraguay. Ahí la pareja visitaba unas inmensas pirámides donde vivían tres pequeños cerdos, dos de ellos príncipes imperiales y el tercero, procurador público. En ese punto, la pobre Mok se había confundido afirmando que el rey era un lapón perverso que anhelaba conquistar el corazón de uno de los puercos y que la morsa blanca no era otra que su propio abuelo Siorakidsok, un esquimal que Cheena alcanzara a conocer pues todos los años llegaba a la región encofrado en los eternos cristales de un iceberg, para la época del deshielo. 

Cuando la vieja Mok arremetía con esos relatos, se iban a dormir con las mentes atormentadas y había perros que llegaban a salir del iglú, buscando refrescar sus primarios cerebros en el frío de afuera. 
Pasaron dos días y nadie habló más del asunto. Pero al tercer día, Cheena volvió de la pesca y halló a Mok dentro del iglú, sentada sobre un petrel, con expresión culposa. 

—No vino el oso —dijo la vieja. 

—¿Cómo no vino? —se asombró Cheena, con un atisbo de enojo en su voz. 

—No. Lo estuve esperando pero el Gran Hermano Oso no vino. 

—¿Se quedó usted sentada en donde yo la dejé? 

—Allí me quedé dos días con sus lunas. Sin moverme. Sólo se acercó un crustáceo que me comió parte de una bota pero luego se marchó. 

—¡Debió usted quedarse a esperar al Gran Hermano Oso! —se ofuscó Cheena—. ¡El Gran Hermano Oso no tiene por qué acudir de inmediato! ¡Él está ocupado en sus cosas, pescando, cazando, comiendo por la estepa, haciendo sus necesidades, cuidando sus oseznos! ¡No se puede pretender que acuda tan rápido como uno lo desea! 

—No vino —se encogió de hombros la anciana. 

—Estará en la época de apareamiento —farfulló Cheena. —Que no pretenda nada conmigo porque...

 —¡Debe usted volver allí de inmediato! —indicó el pescador. 

—¡No quiero pasar otra noche allí! 

Cheena sintió que perdía la paciencia. Tomó a la vieja de un brazo y la condujo fuera del iglú. 

—Debe tener un poco de paciencia —suavizó el tono de su voz, Cheena. Le daba pena advertir la débil resistencia que oponía la anciana a su empuje. —Es una lástima que no tengamos ahora el libro del explorador blanco, aquel que fuimos comiendo hoja a hoja. Mok hubiese podido observarlo hasta que el Gran Hermano Oso llegara. 

—Cheena no debe afligirse —dijo la vieja —Mok cuenta sus dedos y así pasa el tiempo. 

Llegaron a la roca. Mok se sentó en ella con cierta resignación y Cheena volvió al iglú. 

Tres días después, poco antes del comienzo de la pesca de la vaca marina, Cheena entró en su iglú buscando un banco de madera, un pedernal, un arpón, algo con qué pegarle a los perros y encontró a Mok, sentada frente al fuego. Mok dijo que el Gran Hermano Oso no había ni siquiera aparecido. Que ni siquiera se había dignado hacerle oír su bronco bramido. Que ella no estaba dispuesta a seguir alimentándose con líquenes, bayas y musgo, sentada como una imbécil sobre una piedra en medio de la soledad ártica esperando a esa bestia y que estaba cansada. 

Cheena la reprochó duramente. Le recordó la ley esquimal, su falta de colaboración y su inutilidad como ser humano. Y sin brindarle más argumentos la despachó de nuevo hacia su puesto de espera solitaria, ahora sin acompañarla. 

Esta vez la anciana no volvió. 

Pasado cierto tiempo, Cheena dirigió sus pasos hacia la región donde había dejado a Mok. No había querido volver, antes, sobre esa zona, pero, en definitiva, la curiosidad propia del lapón lo llevó hasta allí. Encontró la roca, pero no a Mok, ni restos de ella. Había abundantes huellas de oso en torno al promontorio, pero él apenas si pudo hallar, tras largo tiempo escarbando con un anzuelo, una tira de cuero reseco que Mok solía lucir ciñéndole una rodilla. Luego encontró las huellas propias de un cuerpo que ha sido arrastrado sobre la nieve. Sin duda el Gran Hermano Oso, tras el zarpazo mortal, se había llevado a Mok hacia su osera, para compartir el alimento, rodeado del cariño de los suyos.

Cheena siguió el rastro un poco más, como para estar seguro del final de la historia, pero no tanto como para arriesgarse a un desagradable encuentro con el enorme oso plantígrado. Fue allí que vio el bulto sobre la nieve, casi cien varas más allá. Al principio pensó que se trataba de un solo cuerpo pero, al acercarse, comprendió que eran dos. Corrió presuroso y pudo ver a la vieja Mok, con un afilado hueso de narval en la mano, desollando prolijamente los restos de un oso polar. 

—Toma, Cheena —dijo Mok, casi sin mirarlo. Y le arrojó un pesado muslo del animal —no es la mejor carne que he comido. Pero es carne. —Cheena la miró en silencio. —En estos días me alimenté con las entrañas —continuó la anciana, cortando con mano diestra la grasa que recubría las paredes del estómago del oso. —Pero aún queda mucho. Tenía hambre. La espera da hambre. 

—¿Cómo hizo Mok para dar muerte al Gran Hermano Oso? —preguntó Cheena. 

—Era un oso muy viejo. Apareció cerca de mí escoltado por otros dos osos jóvenes. Casi lo empujaban. Lo dejaron solo y cuando comenzó a caminar hacia mí, cayó muerto. Creo que su corazón no resistió. 

Cheena aprobó con la cabeza. Luego ayudó a la vieja Mok a poner los trozos del oso en un morral y finalmente, ambos, volvieron lentamente hacia el iglú.

Roberto Fontanarrosa.

Extraído del libro "Nada del otro mundo". Ed. de La Flor 1987. Ed. Planeta 2012

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