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En 1937 se produjo un hecho inédito en el país: el club Santa Unión de Cerrudo prohibió a sus espectadores el uso de malas palabras en las tribunas. Se llegó a esa extraña medida cuando el Loro, mascota de la institución donada por el Obispo de dicho lugar, comenzó a repetir en reiteradas ocasiones “Soriano, compadre la concha de tu madre” en cualquier momento del día. Félix Soriano, presidente del club, no solo se sentía avergonzado y humillado cada vez que el pajarraco abría el pico,  sino que también sufría la reprimenda por parte de la Iglesia, ya que el antiguo dueño de Peloponeso, tal como se llamaba el ave, solía ir a visitarlo de vez en cuando. El Obispo Santoro, cansado de ver como el animalito repetía constantes maldiciones quiso excomulgar al presidente sino encontraba una solución.

El presidente quiso sacarlo de la cancha y llevarlo a su casa, pero no podía: el lorito en cuestión se había transformado en una especie de cábala. Desde su llegada, hacía cinco meses, el equipo había remontado bastante y, si bien se encontraba en la décimo tercera ubicación, antes de su llegada estaba décimo cuarto. Además el obispo lo había regalado al club, no a él. Fue entonces que se le ocurrió una idea fenomenal: la de prohibir los insultos durante los partidos que jugase la el equipo.

La medida adoptada por el presidente Félix Soriano consistía en abonar una multa si un fanático profería alguna puteada, lo recaudado iba a parar a un fondo creado por la comisión para incorporar nuevos jugadores y/o arreglar las instalaciones.  También se pensó en entregar las sumas recaudadas a la iglesia, pero fue desestimado por miedo a que los hinchas puteen en la iglesia. “Si uno viene de traje y sombrero a la cancha, hay que ser educado” fueron las palabras que dijo Félix en el boletín dominical del club. Para controlar a la hinchada se creó un cuerpo de vigilancia del vocabulario  integrado por una delegación de monaguillos. En algunos casos, si la situación ameritaba, los monaguillos podían solicitar refuerzos a la guardia de los Boy Scouts. Eran 10 monaguillos diseminados por toda la tribuna de madera. Si oían alguna palabra non sancta se acercaban hasta el infractor y le pedían los datos. Luego el mismo presidente o su secretario a la hora de la salida con un canasto, gentilmente donado por el obispo, recaudaba a los infractores. La concurrencia muchas veces no sobrepasa los 50/60 parroquianos. No eran muchos los asistentes ya que el deporte predilecto de esa localidad era el de la taba, además la región contaba con el campeón rioplatense, Emudio Cilindro Velázquez.

La infracción en sí era de diez centavos por mala palabra. Había algunos cargos agravantes, por ejemplo si un mal hablado decía “la reputisíma madre que te parió”, el importe ascendía a quince centavos. En el primer partido se logró recaudar 10 pesos moneda nacional, de los cuales nueve con noventa fueron cobrados a dos borrachos que puteaban cuanto ser vivo le pasaba cerca. En el segundo partido se juntó la suma de seis con veinticinco pesos moneda nacional. Con el correr de los partidos lo recaudado iba disminuyendo al igual que los improperios vertidos por los espectadores. Para el partido número diez, no se recaudó un solo centavo, no habiéndose registrado insulto alguno en todo el estadio.

El obispo estaba más que contento con los resultados, mas viendo como Peloponeso ahora solo se limitaba a repetir: “Peloponeso quiere la papa”. Sin embargo la baja en los insultos también significó una baja en el rendimiento del equipo, que ahora se encontraba último sin chances de nada. Por tal motivo, Soriano decidió invertir los 78 pesos moneda nacional en traer a un refuerzo de lujo: al matarife Antonio Sanguinoso, un italiano que tenía fama de compadrón y que había sido liberado de la prisión tiempo atrás por un altercado con otro italiano. A pesar de sus antecedentes, jugaba al fútbol como los mejores. Se desempeñaba en el Náutico de Cochabamba, donde fue el máximo artillero. Fue presentado como una estrella para la época. La presentación fue en el baile que hacia el pueblo todos los sábados. Sin jugar ya se había convertido en una celebridad.  Sin embargo, su estadía duro poco. El primer partido fue expulsado por querer acuchillar al árbitro, que no quiso cobrarle un penal. El segundo partido fue el último; curiosamente fue su mejor performance: con pelota dominada salió desde su área y a toda velocidad llegó hasta el área rival donde eludió al arquero y a tres policías que lo buscaban por matar a Titano Roberti en Calabria. El árbitro cobró penal por los agarrones que recibió el forward por parte de la policía dentro del área, pero Sanguinoso no pudo patearlo ya que se encontraba detenido. El penal lo realizo Dalmasio Pereyra, quien la colgó lejos.

La gente del club ya había perdido la paciencia con su presidente, todas sus decisiones habían culminado mal: no podían expresar su descontento ya que no les estaba permitido insultar. El equipo marchaba último y las derrotas se trenzaban como chinchulines. El encuentro contra Mandioca del Salar, salió 9-0 en contra. Fue cuando la gente, harta, comenzó a expresar su fastidio con cantitos hirientes pero sin insultos. Los partidos se iban sucediendo, el equipo no ganaba, pero la gente se iba a divertir entonando algunas canciones populares pero modificadas en sus letras.

Tras su regreso desde Roma, el obispo fue a visitar a su querido Peloponeso. Fue entonces cuando, en medio de la merienda que el presidente compartía con el obispo, el lorito muy simpático gritó: “¡Soriano, agárramela con la mano... prrr! ¡Soriano siga así y algo le vamos a meter en el ano... prr!”. El obispo dio un respingo y casi se cae de su silla. Félix Soriano, tranquilo siguió tomando su té y le dijo: “Uno podrá prohibirle el uso de malas palabras a la gente, pero cuando están enojados suelen ser muy creativos y son más hirientes que cualquier improperio”.

Toni Schweinheim
Obra Publicada, expediente Nº 510614. Dirección Nacional del Derecho de Autor

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