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Era inútil, el mozo tenía pinta de cana. Ya se lo habían dicho. Se lo habían dicho Tito, el Lulo, y un par de tipos más que estaban sentados aquella vez con el Lulo. Y no sería nada raro que fuera cana. Peinado para atrás, seco, callado, morocho. Le había pedido un Gancia con limón y un poco de bitter. El mozo no había dicho ni que no, ni que sí, ni que bueno, ni que enseguida. Limpió la mesa con ademán enérgico y circular y se fue. Al rato volvió y puso el vaso sobre la mesa con más fuerza que la recomendable. "Un plato de manices" aventuró entonces Luis. El mozo esta vez tampoco dijo ni sí ni no ni bueno ni enseguida. Se fue en silencio. A Luis le quedó primero una especie de malestar, después de la tonta duda que siempre lo asaltaba cuando no sabía si pedir maníes o manices. En definitiva, si el mozo era cana, qué mierda iba a saber cómo se decía correctamente. Y si fuera profesor de castellano no laburaría de mozo. No. Era al pedo. Debía ser cana. O tal vez era un pobre tipo que andaba jodido. Que le dolía un huevo. O la guita no le alcanzaba ni mierda. O le apretaba un zapato como la puta madre que lo reparió y en cada recorrida hasta la mesa relojeaba la hora en el reloj de Pepsi para saber cuánto le faltaba para sacarse los timbos, quedarse en calzoncillos, ponerse las hawaianas sentarse en el sillón del patio y mirar televisión, con el televisor corrido hasta la puerta de la pieza. Tal vez era eso. Pero no, casi seguro que era cana. Flor de cana. No sería nada raro. Nada raro. Un cana bien oreja en un café céntrico debía ser muy útil a la policía. Escucharía conversaciones fragmentadas, ficharía caras medias fuleras, anotaría los tipos que gastaban más de lo que aparentaban tener para gastar, sabría leer en los labios de los barbudos las consignas revolucionarias, batiría quiénes hablan de burros, de fútbol, de minas, de política, de chóreos. Pasaría el santo sobre las locas finas, las reventadas, los putastrones. Detectaría como al descuido quiénes tenían pinta de pichicateros, de morfinómanos, de tragasables. Al pedo. Era cana. Marcaría los chamuyos de política parándose junto a las mesas, haciéndose el sota, como si no pensara en nada o como si pensara en los timbos que va a tirar a la mierda apenas llegue a la casa. Porque por ahí es solamente eso, después de todo. Por ahí tiene un pendejo enfermo con diarrea estival. O es un tipo que entiende su profesión a su modo. Que no habla con el cliente. Que es una fría maquinaria de servicio, que atiende con la eficiencia de una secretaria sueca y nada más. Tal vez vio atender así en alguna comedia boluda inglesa, de ésas con médicos. Si es que va al cine. Nadie llevaría al cine a un pendejo con diarrea, menos a ver una comedia, para que se le cague de risa en medio de la función.. Aunque quién mierda se puede reír de esas comedias inglesas con médicos. Pero de un cana se puede esperar cualquier cosa.

Tal vez fuera un viejo mozo de una familia con hábitos prusianos. Incluso, pudo haber sido mozo de un general nazi durante la guerra. Un mozo que sabía que no debía hablar, ni tan siquiera pestañear, ni digamos respirar alteradamente, al dejar junto a la mesa de maniobras del general una copa con cognac, o un vino blanco del Rin de ésos que ni se ven dentro de la botella. Esas botellas largas, cogotudas, un poco polvorientas. Un mozo que sabía que ni siquiera debía escuchar por dónde atacarían los panzer de la Wenterschandertafer, ni por dónde se descolgarían los Stukas de Herr Von Swentuffschel, ni tan siquiera retener en sus narices el perfume delicadamente dulce, desmayadamente ingenuo de la adolescente pálida de ojos celestes que haría olvidar al general la ruptura del cerco sobre Bagstone. Bien podía ser que ese mismo general le hubiese hecho cortar la lengua a su mozo, y ahora no podía decir ni que sí, ni que no, ni que bueno, ni que enseguida, y menos que menos cierre la cuatro, y que tan sólo podía gorgotear gemidos animaloides y entrecortados al ver a su hijo totalmente cagado sobre la butaca catorce del cine donde perpetraban comedias inglesas con médicos. Pero era al pedo. El mozo era cana. ¿Por qué si no, ahora, hablaba por teléfono, dándole la espalda? Hablaba con la Jefatura. Pasaba el dato. Diría: "Escucha, Jou, el tipo está acá" y cortaría. Aunque eso sonaría mucho a serie yanqui. Más bien diría "Soy yo, vengan pronto, está acá". "Entretenélo" diría el otro mientras con un gesto inteligente de la cabeza alistaría a los suyos, que estarían desparramados sobre viejos sillones desvencijados, leyendo diarios roñosos de la tarde, o bien el Goles. "Vengan con tutti, tiene una máquina", prevendría el mozo que al servirle los maníes o bien manices habría relojeado rápido como una víbora la carterita de mano que descansaba sobre la carpeta, sobre la silla vacía, abajo. Su mirada rápida y profesional habría detectado un fierro, un 38 corto, cromado, ideal para la lucha en boliches cerrados. Pronto se escucharían las sirenas y aquello sería una masacre. Luis miró la hora. El mozo había dejado de hablar por teléfono. Charlaba ahora sonriente con otro mozo. Se hacía el sota el hijo de puta, nazi reventado. Lo llamó levantando el dedo. Tardó en venir, estaba tratando de retenerlo, seguramente. Podía intentar irse sin pagar, aunque ahí seguro que iba en cana como un boludo, nunca se había atrevido a esas cosas y seguro que lo agarraban y le rompían el culo a patadas. Después de todo, ¿para qué apurarse? ¿Quién le aseguraba a Luis que el mozo fuera cana? ¿Y si lo era, qué? ¿Qué carajo le importaba a Luis que ese tipo tuviera un hijo con diarrea estival? ¿Qué ley pelotuda impide que el hijo de un refugiado nazi, mudo para colmo, ande con diarrea estival? El mozo se acercó, tomó el ticket, y mirando para otro lado dijo "Tenés mil veinte". Pagó con mil cien. "¿No tenes veinte?" "No. Está bien así", aclaró Luis como molesto. Se fue. La puta, ochenta mangos de propina. Pero estaba bien. El silencio de un malvado tiene su precio.

Roberto Fontanarrosa
Extraído de "Los trenes matan a los autos". Ed. Planeta 2012


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