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El gordo Martín.

Casi todos hemos tenido un gordo en el grupo de amigos de la infancia. Esta como estereotipado este personaje. Si se me permite decir, siempre es el más boludo del grupo, es poco agraciado para el fútbol pero siempre es el dueño de la pelota y, por tal motivo, sí o sí te lo tenés que fumar. Pero al final de cuentas es alguien útil porque en los picados nadie quiere ir al arco y el gordo con tal de jugar va al arco. Nosotros lo teníamos al gordo Martín. Buen pibe, pero un terrible pelotudo. Porque hay gordos que le sacan provecho a su masa corporal y no se dejan amedrentar así nomás, pero Martín lo que tenía de gordo lo tenía de boludo, pobre. Hasta el petiso Ezequiel lo tenía cagando al pobre gordo y eso que Ezequiel era una cagadita, de chico no medía más de un metro le puedo asegurar, flaco como un piolín. Imagínese que cuando jugábamos al chupi con las figuritas en el recreo, ese juego infantil en el que hay que dar vuelta la fichu con una mano, más que dar vuelta la figurita, esta lo deba vuelta a él. Hoy se perdió todo eso, los pibes ya no juegan a eso, están ya con sus celulares, hablando de cosas de la internet, de programas de adultos... como que se perdió la inocencia de juntar imágenes de tus ídolos. Estaba buena esa época, yo me acuerdo que lo tenía de ídolo a Zeoli, el arquero uruguayo de River. Era un asco atajando, pero a mí me gustaba, un día llegue a dibujarlo y se lo mande a la revista billiken ¡Puede  creer usted que la publicaron! Fue mi primer acercamiento a los medios, hoy soy periodista y todos los días tengo que lidiar con el ego de los deportistas. También me gustaba Vázquez, ese jugador también de River que tenía rulos. Yo también para buscarme ídolos soy mandado hacer, pero no me quiero ir por las ramas, estaba hablando del gordo Martín. Cómo nos abusábamos del pobre gordo en los recreos, siempre venía con pilones de figuritas porque los viejos eran de guita y mientras el gordo boludo las pasaba una a una, con ánimo de intercambiar las repetidas, venia uno corriendo y le estampaba la mano por debajo. Las fichus volaban por todas partes y nosotros como una bandada de buitres nos arrojábamos sobre las figuritas esparcidas por todo el patio escolar. El pobre gordo en lugar de juntarlas se iba corriendo llorando, te partía el alma Martín, pero al día siguiente volvía con más figuritas y la escena se repetía. Varios de nosotros completamos varios álbumes gracias a este vil saqueo.

En la hora de educación física el gordo te daba pena. Porque el profesor de gimnasia nos hacía correr por lo menos 15 minutos por clase. Martín a los 30 segundos ya jadeaba con la lengua afuera como esos perros gordos llenos de pliegues. Ni así lo dejábamos en paz, cada vez que nosotros me incluyo pasábamos por su lado le dábamos una cachetada sonora en la nuca. Porque el gordo además siempre se rapaba, parecía esas calabazas de Halloween. Encima traspiraba de a chorros, obviamente el golpe con la mano abierta se escuchaba como un aplauso. Éramos unos hijos de puta, pero los pibes suelen ser crueles. Lo que tenía el gordo era que nunca se rendía. A pesar de que no daba más, seguía corriendo, o más bien reptando.

Después hacíamos un fulbito en el patio y el gordo se ponía contento, a pesar de que nunca nadie lo elegía al pobre, en más de una oportunidad en todas, bah, se quedaba sin equipo porque nadie lo quería. No quédatelo vos o jugamos con uno menos, no importa eran los clásicos ruegos para que el gordo no entre en tu equipo. El profesor de gimnasia habituado a estos percances te encajaba al gordo ante las protestas del equipo designado, el gordo iba mansamente al arco mientras se secaba las lágrimas. Creo que perdíamos más tiempo en tratar de colarle al gordo en el otro equipo que jugando al futbol. Encima la palabra horrible le quedaba chica. Era malo, malo. No servía ni para hacer bulto el gordo y eso que era bastante corpulento. Como arquero no te sacaba una el hijo de puta. La única que sacaba era aquellas que adrede le chumbamos al cuerpo para hacerlo cagar. Pero el gordo nunca se daba por vencido, no sé si lo hacía de cabeza dura o de boludo que era.  Martín nunca se calentaba, una sola vez se peleó, fue con uno de la división A nosotros estábamos en el B, uno grandote que había repetido como un millón de veces. Lo había agarrado a Ezequiel y le estaba dando, nosotros no nos metimos porque nos iba a cagar a palos. Fue el gordo el que se metió, para sorpresa de todos. Lo agarro del pelo al del A y le puso una mano en la nariz que lo hizo sangrar como una fuente. Pero tuvo tanta mala suerte el gordo, que justo lo vio la señorita. Para qué. Lo agarro de la oreja al pobre y se lo llevo a la dirección. El gordo lloraba como un chancho a punto de ser degollado. Por una semana estuvo sin venir a clases, cuando volvió nos enteramos que lo habían llevado a la psicóloga, que el padre lo había cagado a cintazos. La cosa es que el gordo volvió más boludo que nunca y en cuestión de minutos perdió el mínimo respeto que se había ganado noqueando al grandote del A. Ahora no solo lo cargábamos con su gordura, también le decíamos que estaba loquito. A veces los pibes suelen ser muy hijos de puta entre ellos mismos. Hoy con los tiempos que corren si uno llega a hacer eso, lo acusan de hacer bullying o algo así. Pero el gordo nunca se nos despegaba, parecía un tanto masoquista.

Pero al gordo también lo jodiamos fuera del colegio, porque éramos todos pibes del barrio. Después del colegio nos íbamos a la canchita que quedaba a un par de cuadras del colegio a jugar a la pelota, y el único que tenía una pelota era el gordo, parecía una broma del destino. El gordo tenía que jugar porque era el dueño. Y era un suplicio verlo atajar, goles boludos por doquier. Y si lo mandábamos a jugar arriba era un estorbo. Por cada cagada que se mandaba, nosotros le dábamos un ñoqui en la cabeza, además de los insultos que siempre le propinábamos. Pero el gordo era insistente, no faltaba nunca. Era el primero en llegar a la canchita. A las cuatro de la tarde cuando se abría el portón verde, él ya estaba con la pelota bajo el brazo esperando con una sonrisa de oreja a oreja. Era tozudo. Había veces que la pinchábamos o la colgábamos y lo mandábamos al gordo a buscarla, pero como la vieja que vivía atrás de la cancha nos odiaba, lo sacaba a escobazos, mientras nosotros nos descostillábamos de risa. En más de una oportunidad la vieja esta fue a la casa del gordo a tirarle la bronca al padre y este después lo castigaba y no lo dejaba salir. Pero nosotros éramos caraduras porque íbamos a la casa del gordo a pedirle prestada la bocha y el gordo era tan bueno o boludo que nos la prestaba.  Pero no todo era fútbol, porque cuando llovía la canchita se convertía en un pantano y ahí era cuando el gordo nos invitaba a jugar a los videojuegos a su casa, como ya le había dicho, el padre tenía mucha plata y por eso Martín solía tener los últimos jueguitos en su casa. Pero el gordo también era horrible jugando al sega o a la play. Jugábamos cinco o seis horas, algunas veces toda la noche cuando nos quedábamos en su casa a dormir y el pobrecito solo jugaba un par de minutos ya que perdía o moría enseguida de tan malo que era. Un día de tanto jugar, la consola no resistió y se quemó, el padre casi lo lincha delante de nuestros ojos. Así pasamos nuestros años en la primaria, jodiendole la vida al gordo.

Cuando íbamos a empezar séptimo grado, nos enteramos que el gordo no iba a venir más al colegio. Pero no porque se había cansado de nuestro maltrato o algo por el estilo. La crisis en la Argentina todavía no había comenzado pero el viejo de Martín algo había olfateado y decidió llevarse a su familia a España, obviamente se llevaron al gordo con ellos, no volvimos a saber de él. Extrañábamos joder a alguien, pero superamos rápidamente su pérdida cuando nos la agarramos con Joaquín y su amaneramiento.

Hará cosa de dos o tres años que sentí nombrar que en el Barcelona debutaba un arquero argentino que había salido de la Masia: Martín García, entraba para atajar porque el titular Gerardo Malaquia había sido expulsado. Le soy sincero, no le había dado mucha pelota al nombre porque deben existir muchas personas con ese nombre. Yo recién empezaba a dar mis primeros pasos en el diario pero me mandaron a la sección del ascenso, y de fútbol del exterior no tenía la más pálida idea. Un día me encontré con Chicho, mi mejor amigo desde la primaria y me comento exultante que ese tal Martín García era el gordo ni más ni menos. Yo no lo podía creer, no daba crédito a lo que me había dicho Chicho porque la verdad siempre fue conmigo uno de los más jodones de la división, pero sin embargo empecé a seguir la carrera de este arquero. Estuve como tres meses buscando datos en Internet pero no aparecía ni una puta foto del arquero este. 

También ponía los partidos del Barcelona, pero nunca enfocaban el banco de suplentes. Hasta que un día en la semifinal de la Champions contra el Bayern Münich, el arquero titular del Barça se lesiono y salió a la cancha el tal Martín García. Era el gordo sí, o lo que había quedado de él. Estaba mucho más alto que en el colegio, estaba bien fibroso, lo único que conservaba de pibe era que seguía rapadosé, además tenía una firmeza en sus pasos que daba miedo. Esa noche se consagro, era su segundo partido en el equipo Los arqueros suelen debutar de grande pero en la serie de penales tapo dos y el Barcelona paso a la final. Qué grande el gordo.

No hace muchos meses lo volví a ver al gordo, me mandaron a España para cubrir un partido de tenis por la Copa Davis porque ahora cubro tenis, aproveche una tarde libre y me mande a la práctica del Barcelona. Justo lo enganche cuando salía. “¡Gordo! ¡Martín! le grite desde atrás de las vallas. El gordo ex gordo, bah me reconoció enseguida, se me acerco y me dijo: “¿Jorge? ¿Jorgito sos vos?, le juro que me emocione, asentí con la cabeza y me dice de nuevo Tómatela de acá, forro, pedazo de basura. Que hijo de puta, me sacó corriendo. Me empezó a decir todo tipo de cosas sobre nuestra infancia, que lo maltratábamos que esto que lo otro, la verdad, cómo cambia la gente cuando es famosa, la pucha. Se agrando el gordo.
Toni Schweinheim
Obra Publicada, expediente Nº 510614. Dirección Nacional del Derecho de Autor
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En busca del mejor equipo del mundo

Siempre es un tema de debate, eso de qué equipo es mejor: Sí aquel qué tiene muchos hinchas o el que ganó muchos títulos. Generalmente solemos discutir con los muchachos sobre ese tema, por lo general cuando compartimos un asado o nos juntamos para un fulbito, eso sale siempre. El Rengo dice que el mejor equipo, es el que tiene más hinchas fieles. Pero el Mudo le retruca siempre que no es así y que eso lo dice porque su equipo ganó su último título en el período cretácico. Raúl, en cambio, afirma que lo mejor, es una combinación de hinchas y de campeonatos. Pero al “raulo” nunca le damos pelota, porque siempre te sale con teorías neutrales y tibias. Nosotros somos extremistas, es blanco o negro, no jodamos. Además Raúl es un amargo al que hay que rogarle para que te corra una puta pelota en cualquier picadito. Pero ojo, siempre debatimos lo más bien. Muy normal, alguna que otra piña que vuela  —cómo en toda sana discusión futbolera— pero la cosa nunca pasa a mayores.

—Un club con pocos hinchas es cómo ir a un velatorio en vez de a una cancha, no hay emoción hermano—  aventuro el mudo, caso curioso porque compartimos el sentimiento por el mismo equipo y nunca lo he visto cantar o ni siquiera putear adentro de una cancha.

—Todo muy lindo mudo, está muy hermoso tener una hinchada numerosa— le contesto Enrique—  pero sino ganaste nada, no existís viejo. Es como tener la pinta de Echarri y seguir virgen a los 40 años

—Echarri me parece horrible, dame otro ejemplo —respondí

—Pero Gordo, a las minas las calienta cómo pava —comento Miguel

—Bueno, Brad Pitt ¿Ese te gusta más? —volvió a la carga Enrique.

—Siempre terminan hablando de chongos ustedes dos  —dijo Adrián que recién llegaba al asado.

— Viniste justo, anda con las minas a preparar la ensalada —lo saludo el Rengo.

—Estábamos hablando del tema, de que vale más, sí tener muchos hinchas o muchas copas -lo introdujo al tema Enrique.

—Vos que no tenés ninguna de las dos cosas —agregue yo.

—Vos cállate pingüino —se defendió Adrián.

—Acá Enrique decía que le gustaba Echarri y al gordo Brad Pitt —detallo Juanma mientras le sacaba la piel a un salamín.

—Para mí el tema es como el huevo y la gallina —volvió a la carga Enrique.

—Justo vos que tu equipo no tiene huevos y son gallinas —dijo con cierta sorna el mudo.

—Nunca nos vamos a poner de acuerdo —minimizo Enrique el embate del mudo.

—Es un tema complejo —comente

—A ver… ¿Cuándo viste que un equipo gane un título por hinchada? —comento Miguel mientras acomodaba un par de carbones.

—Es que eso no lo ves, lo sentís —respondió Adrián.

—A vos siempre te gusta sentirla —dije picaronamente.

—Para mí es una combinación de títulos e hinchas —comento Raúl.

—Entonces hagámonos hinchas del Real Madrid y a la mierda con todo —le respondí.

—O del Barcelona  —respondió el mudo

—Ese es otro tema, si son muchos pero amargos y fríos no sirve la cosa. —volvió a la carga Enrique.
—Anda a decirle a uno de los plus ultras del real que es un amargo —le conteste alarmado.

—Me refiero a los europeos en general gordo —se desentendió del asunto Enrique— además esos de los plus ultra son barras pero con mejor prensa. Los barras no cuentan como hinchas, están por la guita.

—Yo creo que formar un estilo vale más — enfatizo Raúl— fíjate la Holanda del ’74, nadie ni sabe cómo son sus hinchas  y ni siquiera gano algo…

—Estamos hablando de otra cosa Raúl —lo freno en seco Adrián.

—Si pero que se yo… —musito Raúl mientras tomaba un vaso de gaseosa dietética.

— ¿Cuándo te vas a hacer hombre Raúl? —Inquirió risueño Enrique— sos medio pecho jugando, sos hincha de un equipo pecho y en los asados tomas coca light.

—Si toma vino, el alcohol le calienta el pechito —dije.

—Tomate un fernet, un tinto, algo pero la coca light con el asado es de puto —volvió a la carga Enrique.

— ¿No querés que tiremos unos vegetales a la parrilla para el maricón este? — dijo el Miguel mientras cortaba un pedazo de carne en la parrilla.

—Pero porque no se van a cagar un poco —se hizo el indignado Raúl—claro conmigo todos se ponen de acuerdo para tomarme de boludo y en cosas importantes como el fútbol no.

— ¿Desde cuándo el fútbol es importante para vos? —dijo Horacio, quien hasta ese momento estaba callado absorto en la lectura de un diario deportivo.

—Acá esta lista la ensalada — irrumpió Paula, la mujer de Miguel— ustedes siempre discutiendo eh.

—Y el fútbol es así señora —le contesto el mudo.

—En lo único en lo que nos ponemos de acuerdo es en que Raúl es un pecho — comente al margen.

—Parecen chicos discutiendo así, porque no se relajan, hagan yoga —comento Paula, mientras su marido la miraba con un poco de odio.

—Es que el fútbol es nuestra única fuente de relajación —comento Enrique— y como toda fuente, genera dudas existenciales.

—Ay pero se pelean a los gritos todo el tiempo —respondió Paula mientras revolvía la ensalada— ¿si tienen dudas existenciales porque no acuden al gran maestro Yoshiro Khal? A nosotros nos ha ayudado en más de una ocasión.

Casi todos al mismo tiempo giramos y sonreímos al mismo tiempo para donde estaba Miguel en la parrilla. Puso una cara de cómo cuando a un arquero le meten un gol boludisimo. Pobre Miguel, no sabía a dónde meterse, estaba más a la parrilla que la propia carne que estaba asando. El calor de las brasas no lo había puesto tan colorado como las palabras de su mujer.

—Es tan sabio el maestro —continuaba su parloteo la mujer— es un divino.

— ¿Y por qué no te casas con él? —salió con los tapones de punta el marido.

—Mira, si lo hubiese conocido antes que a vos ni lo dudaba eh —lo corto la mujer con gravedad.

— ¿Pero este hombre sabrá sobre fútbol? —pregunto Enrique como interesándose por el tema.

—Pero que va a saber ese chino…—comento con una risa despectiva Miguel.

—El maestro sabe de todos los temas, es uno de los iluminados más grande de este planeta —lo adulaba la señora—además está radicado en el país desde hace cinco años ¿Por qué no lo van a consultar? A Miguel ya lo conoce.

Cuando Enrique parecía que iba a preguntarle algo, Natalia, la mujer del Mudo la llamo a Paula desde la cocina. Esta giro sobre sus talones y se fue para allí. Se hizo un silencio entre nosotros. Como ese silencio que antecede a una tormenta. Miguel ya se venía venir todo tipo de gaste por parte nuestra, se hacia el boludo cambiando de lugar un carboncito. Pero fue Enrique el que corto el silencio.

—No es mala idea esa eh — dijo sorprendiéndonos a todos.

— ¿Qué cosa? —atine a preguntar

—El de ir a preguntar esto al maestro chino ese— dijo pensativo Enrique. Todos sabíamos que a “Quique” le gustaba eso de las terapias alternativas y toda esa bola de sabiduría oriental y qué se yo. Había estado de novio con una hippie que se lo llevaba de campamento dos por tres para burla de todos los muchachos.

—Pero vos estas más en pedo que Miguelito —lo freno Horacio.

—Te digo en serio —se defendió Enrique.

—Dale, ya te pego mal el tinto —le dijo el mudo.

—Anda diciéndole al gordo que te alcance hasta tu casa, así no podes manejar —comento Adrián.

—Pero no boludo, es en serio lo que digo —comenzó la explicación Enrique— Si ese chino o ponja es tan sabio como dice, nos va a decir la posta, además tené en cuenta que no está ligado al futbol, le debe chupar bien un huevo Boca o River…

—Es buena eh —comente.

—Acá lo importante señores, es que el gobernado de miguelito va a un chino para que le tire el cuerito y nadie aun le dijo nada —desvió completamente la charla Adrián.

—Vamos a comer ahora, después me pelotudean todo lo que quieran —dijo Miguel con algo de bronca.

Primero vinieron las mollejas, después los choris, la carne. La charla paso del tema del fútbol al de las minas, el trabajo la política. Uno en un asado con amigos se transforma en un especialista en todo. Cualquiera puede reflexionar sobre cualquier tema, como un filósofo de la calle. Porque para mí, la mejor escuela de filosofía es la calle, los amigos, el fútbol. No volvimos a tocar el tema de las hinchadas o las copas ese día.  Nos quedamos hasta tarde —ya que al otro día era feriado— divagando sobre todo, hasta que vinieron las mujeres y nos rompieron os huevos. Fue el momento propicio para que los solteros y los divorciados volaran. El resto nos quedamos ahí, encadenado no sé a qué video pedorro de la fiesta de 15 de una sobrina del Migue.

No fue hasta el miércoles siguiente que volvimos a tocar el tema luego del partido de papi de los miércoles.

— ¿Cómo no vamos a perder? —Despotrico el rengo contra el Mudo— mira la camiseta que tenés puesta, no tenés hinchas y tampoco piernas.

—Pero tengo copas, vos no tenés  ni copas ni vergüenza porque te comiste cinco goles boludos —se defendió atacando el Mudo.

—Los títulos los podes comprar como tu equipo compra árbitros —se enojó el rengo.

— ¡Pero cállate caradura!

—Cállate vos amargo, sin hinchas

—Basta muchachos —intento serenar Enrique

—Vos no te metas virgo —se calentó el rengo

Yo iba a intervenir, pero estaba exhausto, había hecho el último gol del partido, tras una corrida de media cancha. En cualquier momento escupía los pulmones, no en vano me dicen el Gordo.

—Te lo digo en serio pelotudo —Enrique ya se había prendido el primer pucho post partido— podemos solucionar esto sin cagarnos a trompadas.

—No me vengas con lo del chino ese —comente medio jadeando.

—Yo te digo que es la mejor solución —dijo Enrique mientras destapaba una cerveza— el tipo es una eminencia, no es del palo del fútbol y nos va a batir la justa.

—Yo te apuesto que el chino va a decir que los equipos con más hinchas —se sonrió el mudo— el hincha va más para el lado de la espiritualidad, ganar copas es más materialista.

—Pero cerra el culo mudo —arremetió todavía con bronca el rengo— Las copas ganas tiene que ver con la gloria, no entendes nada vos, con razón sos hincha de un equipo pingüino.

— ¿Cuánto querés apostar que el ponja dice que la hinchada vale más?— dijo el mudo mientras se levantaba.

—Apóstale la cola, rengo —tiro Horacio.

—No, la cola la tiene re baqueteada —apoye yo.

—Te apuesto dos asados para todos los muchachos— dijo el rengo mientras todos gritábamos.

—Cagón aposta un poco más, cagón —subió la apuesta el mudo.

No hay nada mejor que para arreglar un asunto que una apuesta de por medio. Porque si no la cosa queda en la nada. Uno podrá tratar temas importantes con los amigos, pero se suelen olvidar fácil, pero cuando hay una apuesta de por medio todo cambia.

—Mira que el maestro te cobra como dos lucas la consulta eh —dijo Miguel, quien hasta el momento estaba callado en una punta de la mesa. Desde que su mujer había tirado el tema del “maestro”, Miguel se “escondía” y trataba de no abrir la boca por temor a que todos estos verdugos lo carguen hasta el cansancio.

—Nunca nos contaste para que fuiste allá con tu mujer —inquirió Juan Manuel.

—Mira, te voy a ser sincero, las cosas con Paula estaban muy mal —comenzaba a explicarnos Miguel mientras suspiraba— estábamos por divorciarnos, eran peleas todos los días...

—Es que a vos te tiene cagando.

—Sí que se yo, puede ser —continuo Miguel— el tema es que estaba todo mal, ya prácticamente ni nos hablábamos, estábamos juntos por los chicos nomas. Hasta que un día, una amiga de ella, de la clase de yoga, le hablo de ese tipo. Que nos podía dar una mano, aconsejarnos y darnos armonía. Fuimos, hablamos con el chino este. Nos dijo dos palabras y acá estamos con Paula.

— ¿Cuánto te cobro? —quiso saber practico Enrique.

—Y fue hace un par de años, no sé cuánto estará ahora, pero esa vez nos cobró dos lucas —dijo pensativo Miguel.

—Te hubieses comprado una caja de viagra —disparo Juanma— seguro que no se te paraba.

—Dale boludo…

—Bueno, podríamos poner guita entre todos para la consulta —volvió a tomar las riendas de la conversación Enrique— después el perdedor nos devuelve a todos la plata y encima se paga un asado ¿Qué tul?

—Por mí no hay problema —se envalentono el mudo.

—La verdad que no se… —empezaba a dudar el rengo—son dos lucas hermano, no se…

—Dale cagón, tu señora no se va a enterar —lo ataco Juanma.

—Este gonca no va a aceptar, porque sabe que yo o tengo razón —alardeo el mudo.

—Tírame a goma vos —se levantó el rengo— dale acepto.

—Todo muy lindo pero ¿quiénes van a ir?— opino Miguel— el maestro Yoshiro Khal solo acepta consultas de a dos personas, no podemos caer como cincuenta monos ahí.

—Hagamos como se eligen milenariamente a los guerreros —dijo Horacio mientras mezclaba un mazo de cartas— Tiremos los reyes como en el truco.

Horacio empezó a repartir, el primer Rey me tocó a mí, era el 12 de oro. Me quería cortar las bolas ¿Qué carajo iba a ser yo allá? Seguramente iba a quedar como un pelotudo, hablarle de fútbol a un gran maestro de la sabiduría era ridículo. Además mucho que no creo en esas cosas, soy católico pero tampoco soy muy practicante que digamos. La última vez que me confesé creo que fue hace como 20 años y no sabía que decir al cura. Lo que me tranquilizo bastante fue que el otro rey le había caído a Enrique. Con el si me animaba a ir, era un tipo de mundo y además como ya lo dije anteriormente, estaba más curtido con esto de la espiritualidad. Nos habíamos puesto de acuerdo en que el próximo partido de papi íbamos a juntar la plata y que en la semana, Miguel o su mujer iban a llamar para pedir una entrevista con el gran maestro.

El miércoles siguiente, llegamos a jugar el partido como todas las semanas. Después del partido, Miguel nos contó que la consulta seguía costado dos mil pesos, pero el turno más cercano era para dentro de un mes, aun así había que pagar por adelantado. Todo muy espiritual pero el maestro era bastante capitalista. El Rengo y el Mudo seguían gastándose por dicho tema. La verdad es que a mí también me interesaba que este tipo pudiese decirnos la verdad, en eso Enrique tenía razón: el tipo estaba alejadísimo del fútbol, no era hincha de ningún equipo de la Argentina, y con sus ochenta años era muy difícil que sintiera simpatía por el fútbol argentino. Si ni siquiera salía del edificio en donde se encontraba. Que iba a ser neutral iba a ser neutral.

Esa noche me puse a buscar más datos por internet. Yoshiro Khal era una eminencia, un gurú de lo mejor que había en la actualidad. En efecto, era chino pero durante toda su juventud vivió en Japón, donde encontró su vocación de gran maestro. No se llamaba Yoshiro Khal, sino que su nombre verdadero o de nacimiento, era Liu Hang Kung. Era como nos habían dicho, unos de los cerebros más brillantes de oriente, recorrió más de 120 países hasta que recalo en la Argentina, en donde dijo que se quedó por la espiritualidad de su gente. Me sonaba medio chanta, pero el tipo salió en la tapa de la revista Times una vez  y además, según leí, estuvo a esto de ganar un nobel de la paz.

El día de la consulta, habíamos quedado que Enrique me iba a pasar con su auto. El edificio donde Khal atendía a sus devotos quedaba en Palermo, por la avenida Libertador, ningún boludo era el gran maestro. Enrique venia vestido con una chomba pique amarilla, pantalones de corderoy verde y unos anteojos oscuros. Era un bacán. Yo en cambio parecía un elemento representativo del sistema capitalista. Traje gris, con una corbata al tono, desanudada casi hasta el pecho. Subí al auto de Enrique y enfilamos por la avenida 9 de Julio. Hicimos Santa Fe, hasta Callao y ahí, Libertador. En el viaje, cortito pero con bastante tránsito, hablamos de los muchachos, de lo pechofrio que es Raúl y de esta entrevista. A Enrique se lo notaba bastante contento por ver al gran maestro. Se notaba a leguas que su amor por la Hippie todavía no había mermado.  Habíamos llegado. Era un terrible edificio, un castillo moderno de la hostia. A uno no le alcanzaba el cuello para ver el edificio entero. No era todo propiedad del chino este, obviamente,  él vivía en el último piso y había hecho una especie de santuario en la terraza, donde recibía a sus “alumnos” o a los boludos como nosotros que lo íbamos a consultar.

Bajamos del auto, Enrique se acercó al portero eléctrico, que brillaba más que la misma tarde. Una voz metálica con un acento netamente oriental nos invitó a pasar, el chillido de la puerta nos avisó que debíamos entrar. El ascensor era tan espacioso que tranquilamente podríamos jugar un picadito de futbol 5 ahí. El ascensor se detuvo y abrió sus puertas con la suavidad de dos almohadas. Una vez en el pasillo, giramos hacia la derecha y nos paramos frente a la puerta de madera que era más baja de lo normal. A los lados había dos dragones o lo que yo imaginaba que eran dragones. Uno tenía abajo de su pata delantera derecha, una pelota. Enrique me dijo que no era una pelota, sino una perla de no sé qué mierda, que era un símbolo de la cultura asiática. La verdad es que me dijo su nombre, pero no lo recuerdo.

Nos recibió una persona joven. Aunque sinceramente es medio difícil adivinar la edad de un chino. Estaba vestido con una bata, pero tenía una especie de faja. Enrique a la vuelta me diría que eso se llama “pien-fu”. El chinito se sonreía por todos lados. Nos invitó a sentarnos en un espacioso recibidor. Nos preguntó si queríamos tomar algo. Tanto Enrique como yo, nos negamos cordialmente. El chinito nos comentó que el gran maestro estaba terminando de meditar y que ya nos guiaría a su lugar. Hubo un silencio incómodo. Yo observaba la decoración del lugar. Había una gran alfombra persa de tono pardusco en el medio. Jarrones del tamaño de un fitito en cada rincón y un aroma a feria hippie que te tumbaba.  Pero alguien interrumpió mi análisis. Una china, también bastante joven, nos invitaba a pasar a lo del maestro. Bastante linda estaba la chica. Enrique no le sacaba los ojos de encima, sino hubiese pasado lo que paso, tal vez Quique le sacaba el teléfono, pero no quiero adelantar nada.

Entramos a un salón enorme, adornado por plantas de interior y algunos almohadones. El gran maestro se encontraba  sentado en el suelo a lo “indiecito” con los ojos cerrados. Tenía un aspecto extraño, como una especie de “Señor Miyagi” pero con cabellos y bigotes larguísimos. Un sombrero largo y raro de color purpura con fileteados dorados adornaban su cabeza. Estaba vestido con lo que supongo que era un kimono, del mismo tono. No estaba solo, en cada uno de los rincones había otros dos orientales, sentados de la misma forma. Antes nos habían hecho sacar los zapatos y la alfombra era tan mullida que uno se hundía en ella. La señorita nos dejó en frente del gran maestro sin pronunciar una palabra. Nos sentamos imitando su posición y permanecimos en silencio por algunos minutos, que parecieron años.

—Hijos míos ¿Qué los trae por acá? —dijo por fin el anciano oriental en un acento porteño difícil de creer, todo sin abrir los ojos.

—Oh gran maestro —tomo la iniciativa Enrique— necesitamos echar luz sobre una duda existencial —hizo una pausa larga mi amigo.

—Prosigue hijo —inquirió el viejo, sin abrir los ojos aun.

—Tal vez esta consulta le parecerá algo fuera de lugar —Enrique buscaba palabras en su cerebro—  pero sin embargo con su vasta sabiduría usted nos ayudara.

—Pregúntame sin miedo —dijo el anciano. Puedo jurar que dijo esto con un acento de molestia, por el rodeo que le daba mi amigo.

—El núcleo de nuestra cuestión es la siguiente —dijo tímidamente Enrique— tenemos la necesidad de saber algo elemental en el fútbol. No es una cuestión banal, es algo que tiene que ver con el sentimiento de pertenecía…

—Por favor, dime de una vez —dijo el maestro ya notablemente molesto, aun así no abría sus ojos.

—Este… sí. La pregunta es ¿Cuál es el mejor equipo del mundo? ¿Aquel que tiene más hinchas o ha ganado más campeonatos? —dijo  por fin Enrique.

El viejo no emitió sonido y seguía con los ojos cerrados. Temimos haberlo ofendido con tremenda pregunta fuera de lugar.

—No queríamos importunarlo —me atreví a hablar— con una cuestión así…

Un chistido de uno de los rincones me interrumpió.

—El maestro está meditando una respuesta, su cuerpo está presente, pero su espíritu se encuentra con los dioses —comento uno de los orientales sentado en uno de los rincones. Ante tamaña respuesta, casi me echo una carcajada. Me contuve, no sé cómo. Me parecía una fantochada eso de que se encontraba con los dioses. Enrique por su parte estaba bastante nervioso, densas gotas de traspiración se le desprendían de la frente.  Habrán pasado algunos minutos, los cuales me parecieron insoportables.

—Bien hijos míos —dijo por fin el viejo maestro — han venido al lugar propicio para esta consulta. Porque el fútbol es mucho más que un deporte. Es un sentimiento inagotable. Donde la pasión se despierta y el alma propia se funde con otras almas entrando en una clara interacción con el cosmos.

La verdad que me pareció una boludez enorme eso, una sanata terrible. No sabía si reírme o pararme y rajarme al carajo. Lo mire a Enrique y estaba como en un trance. Los ojos enormes, vidriosos. Pensaba que de un momento a otro se iba a largar a llorar como un chico.

—Ahora la obtención de una copa o un campeonato —prosiguió el maestro— es un logro que no nos da una suma dineraria, pero nos pone felices, es un bien común. En cambio, el ser hincha es un sentimiento de pertenencia, de ser, de compartir con gente que no conocemos una alegría o una tristeza.

Enrique estaba emocionadísimo y movía la cabeza afirmativamente a pesar de que este maestro tenía los ojos cerrados y no lo podía ver. Yo estaba al borde de la fuga, estaba por inventar cualquier cosa para rajarme a la mierda.

—Con  esta incógnita que los acoge —dijo el viejo— hay una única respuesta, por eso hicieron bien en venir a consultarme a mí. Yo les voy a decir. El mejor equipo del mundo, es el equipo del cual uno es hincha. Ese es el mejor equipo del mundo, porque nosotros nos sentimos parte de él, gane o no gane, uno lo defenderá con la vida porque ese equipo nos pertenece y nuestra alma…

Una risotada fuerte de uno de los chinos del rincón interrumpió al maestro, este arqueo una ceja, todavía seguía sin abrir los ojos. Tanto yo como Enrique estábamos sorprendidos.

—Disculpen a uno de mis discípulos —se disculpó el maestro— cuando medita mucho, uno de los reflejos es reírse. Lo cierto es que uno no necesita ni de muchos aficionados ni de muchos títulos para poder sentir una brisa de espiritualidad…

—Típico pensamiento de equipo chico que no gano un carajo —interrumpió uno de sus discípulos, alojado en el rincón

—Dígale la verdad, deje de mentir—arremetió el otro chino.

El rostro del “gran maestro” se transformó y por fin había abierto los ojos.

—Claro, el señor es hincha de un equipo que no llena la cancha y tiene que salir a inventar —siguió en tono irritado el chino.

—Usted es hincha del Fukuyama DC por eso da esa respuesta de amargo — espeto el otro— ya le mintió a mucha gente, pero con el fútbol no se lo vamos a permitir.

—Sin copas, sin hinchas y mentirosos — dijo el otro con un acento que rozaba el “argentino”— usted y su equipo no existen.

El gran maestro se irguió tranquilamente, se acercó ambas manos a la zona genital y los insultó, aparentemente en chino, a los otros dos. Estos se levantaron inmediatamente y gritaron en su idioma, como enojados. Uno de ellos tomo una pequeña figura de cerámica y se la revoleo al maestro, lo cual le abrió la frente, bañando de sangre al gran iluminado. Con Enrique dimos un respingo, abrimos la puerta y salimos corriendo sin dar crédito a lo que pasaba. Mientras bajábamos por las escaleras se escuchaban varios gritos en chino. Por fin llegamos a planta baja, salimos todos sudados ante la atónita mirada del portero. Por fin nos subimos al auto de Enrique.

Habrán pasado fácil como quince minutos. Ninguno de los dos decía nada de lo que había sucedido. A Enrique se lo veía bastante perturbado por lo ocurrido.

—Mira que yo pensé que los chinos eran fríos eh —me atreví a romper el silencio.

—El fútbol tiene esas cosas, gordo —me respondió Enrique, retomando su habitual calma—, es un deporte que despierta una pasión extrema en cualquier lugar del mundo.

—Despues nos dicen a nosotros, los argentinos —le conteste desganado.

— ¿Sabes una cosa gordo? — dijo Enrique en tono serio—  Nunca nadie se va a poner de acuerdo en estas cosas.

—Y no —respondí vagamente.

—Además —prosiguió Enrique— lo más lindo que tiene el fútbol son estas cosas, este tipo de discusiones alimentan el folclore. Quien tiene más hinchas, que vale más. No hay ni brujas, ni gurúes, ni hechiceros que te puedan decir la posta sobre esto. Es parte del folclore del fútbol y la verdad, es que es hermoso.

—En lo único que estamos todos de acuerdo es que Raúl es un pecho frio —acote, mientras me acomodaba en el asiento. Doblamos por la 9 de Julio. Comenzamos a lidiar con el caótico transito porteño de las tardes.
Toni Schweinheim
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Lo que se dice un mercenario

Hoy se habla y se clasifica a los jugadores con una liviandad absoluta. Uno es un “mercenario” o un “pesetero” por cualquier pequeñez. Bueno también es cierto que últimamente se juega más por amor al dinero que a los colores. En mi época uno le tenía algo de cariño al club donde jugaba, por más que uno no sea hincha de ese club. A ver, a uno que es profesional, o pretende serlo, le dan la oportunidad de jugar al fútbol y encima pagarle. Porque peor sería laburar, no me malinterprete, el ser jugador de fútbol también es un laburo bastante digno, por cierto. Uno tiene que  levantarse temprano para ir a entrenar, hay que resignar días de estar con la familia para poder concentrar o ir a la pretemporada, hay que hacer sacrificios y evitar los excesos —aunque cada vez menos lo hacen— como la joda, la noche, el pucho y miles de cosas más. Es un poco sacrificado, pero peor sería ser, no sé, remisero u oficinista. O cargar bolsas en el puerto. Nosotros, los futbolistas, somos unos privilegiados al poder “trabajar” de esto. Por eso —y a mi entender— tendríamos que ser más justos con los equipos que nos contratan.  Las nuevas generaciones se cagan —discúlpeme la expresión— en la gente de su club. Se van de joda, se dejan estar físicamente… y lo peor es que les importan tres pepinos los colores que defienden, todo lo hacen por la plata. Cuando yo jugaba, la cosa no era tan así. Ojo que le estoy hablando de hace tan solo veinte años atrás, tampoco es tanto tiempo si uno se pone a pensar, pero todo cambio para mal. Antes para ser considerado un “mercenario”, mínimo se tenía que pasar a la contra y gritarle un gol en la cara a su ex equipo. Ahora cualquier pelagatos de no más de 19 años que se va a jugar por plata al exterior ya es un calificado como mercenario… no es tan así. Es más, en mi época yo muy injustamente fui calificado como tal, usted tal vez conozca mi caso. Digo “tal vez” porque fue muy conocido en el ascenso. Pero por aquellas épocas lo que pasaba en el ascenso quedaba allí. Solo conocían los que eran hinchas de los equipos de la B. “El mercenario de Miguel Alibour” fue el injusto título con el que bautizaron injustamente los medios partidarios del Club Atlético Buena Esperanza ¡Y usted puede creer que me quedo ese apodo!

Yo ataje durante casi 21 años, debute a los 19 y me retire a los 40. En el último año de carrera jugué ese partido cruel en el que me bautizaron de esa manera. Lo triste es que ese inefable  apodo es con el que me recuerdan. Ningún hincha de ese equipo recuerda como me rompí el lomo —para no decir otra cosa— para sacarlo campeón de primera ¡Campeón de Primera! Nada más y nada menos. Nunca nadie defendió esos colores como lo hice yo, viejo. Pero toda mi carrera se olvidó, todo por un maldito partido. Todo muy injusto. Todo por un partido en el que demostré toda mi profesionalidad. Por eso hoy le quiero contar todo bien como fue. Quiero aclarar bien punto por punto. Es incompresible como  un tipo tan profesional y tan honesto como yo, haya caído bajo la cruel y helada connotación negativa de esa palabra nefasta.
Usted por ahí es un futbolero de ley y conoce mi nombre. Miguel Ángel Alibour. Tengo ya 60 pirulos. Si no me conoce o es un jovencito, use la internet —o el internet— para buscar mi nombre. En 20 años de carrera salí campeón de primera una vez, me fui al descenso la misma cantidad de veces y tan solo jugué en dos equipos.  Podrá comprobar que no soy tan “mercenario” como me quisieron pintar. A veces la gente en su afán de “ocultar” o “mitigar” los errores propios, busca culpables. Y encontraron uno en mí, una injusticia total.

No me quiero ir por las ramas; soy oriundo de Salta. Oran, puntualmente. Un buen día fui con el Chelo —somos amigos desde pibes— a probarnos a Club Atlético Buena Esperanza. Tendríamos 16 o 17 años. Vinimos de mandados que somos.  Me acuerdo que nos metieron en un equipucho horrible. Enfrentábamos a la cuarta o quinta, ya no recuerdo bien. Ese día yo atajé de todo, salvo tres pelotas que fueron imposibles de atajar. Terminamos perdiendo tres a dos.  El chelo había metido los dos goles nuestros. El coordinador de inferiores quedó encantado conmigo, o eso parecía. Resulta que tenían pocos arqueros y quedé. El pobre del Chelo se quedó afuera, una lástima. Él se volvió para Oran y yo me quede a vivir mi sueño de futbolista en la pensión del club. Una pensión bastante humilde, pero para qué queríamos lujos si estábamos cumpliendo un sueño. Me toco debutar a los 19 años en un partido durísimo contra San Lorenzo. Ernesto Sivio, el arquero titular se había ido expulsado en el partido anterior contra Atlanta, partido que todos los hinchas recordamos, porque termino atajando un defensor nuestro, el brasilero Olindes. Ganamos cuatro a tres y nos alejábamos del tan temido descenso. A mí me toco debutar, como le decía, contra San Lorenzo. No pude dormir durante toda la semana previa. Es más, ya desde el momento en el que  echaron a Sivio, me empezaron a temblar las piernas. Pero había compañerismo, Sivio me aconsejo durante todos los entrenamientos previos a mi debut. Me decía como debía pararme, me contaba las mañas de los delanteros rivales y todo lo que a un pibe le servía para dar sus primeros pasos en primera. Ahora no pasa eso, viejo. Todos se comen el hígado, los mismos compañeros se matan por un puesto o por un mango más. Discúlpeme que me vaya de tema pero hoy ya se perdieron todos los valores o los códigos, como le llaman ahora. Y bien, debate contra San Lorenzo. Y no me lo va a creer, pero fui la figura. Tape todo, empatamos cero a cero gracias a mí, no se equivoque no soy de esos agrandados, pero hasta los rivales me felicitaron una vez terminado el encuentro. Saque dos mano a mano nada más y nada menos que contra el Negro Manfredi. Ese día todos los diarios me pusieron como la figura de la cancha, por ejemplo el diario Clarín, me puso del apodo de “la pantera Alibour”, por mi forma de caer siempre parado y mi tez morena. Empecé con el pie derecho, como quien dice. Luego volvió Sivio a ocupar su lugar en el arco y yo volví al banco. Alterné banco y titularidad como por cinco años más, bah “alternar” es una forma de decir, porque ataje muy pocas veces. Cuando se lesionaba o lo expulsaban a Sivio. Hasta que en el 78 a ambos nos llegó la gran oportunidad. Vinieron desde Atlético Nacional de Colombia y se lo llevaron. Yo, en cambio, quede como el arquero titular.

Y así pasaron los años, yo me fui consolidando. Tuvimos épocas regulares, buenas malas. Pero nunca descendimos. Molestábamos y bastante. Hasta nos metimos en la Libertadores en más de una ocasión. En la liguilla pre Libertadores siempre rompíamos los cocos y nos respetaban bastante. En el 89 conseguimos algo que jamás pensamos conseguir con este humilde club. Salimos campeones de primera división. Lo más cerca que este equipo estuvo de salir campeón fue un subcampeonato de pura casualidad en el 63 pero nada más. ¡Qué manera de meter, Dios mío! Cuanto huevo tenía ese equipo.  Teníamos cada nene en el equipo que mama mía. El negro Pintos, Hermenegildo Sosa, Walter Ramón, Manuel Duró,  abajo, un volante central de la talla de Furriel —que después se fue a River—, a Quinteros, Romualdo Costiña, el Rifle Perea y el Moncho López arriba cabeceando hasta los ladrillos. Después alternaban José Rio, Eduardo Tomassi, el ardilla Francesco…

Ya en la fecha 10 le habíamos sacado ocho puntos al segundo. Recién perdimos el invicto por la fecha 13. Déjeme decirle algo que me llena de orgullo: yo era el capitán de ese equipo, encima terminamos con la valla menos vencida. Me acuerdo la noche en la que ganamos el campeonato. Niños, adultos y gente grande llorando. Todos venían y me abrazaban. Que lindos recuerdos. Había un chico que había venido en sillas de ruedas, me conto cual había sido su sueño; era el de vernos campeones. El pibe no soñaba con volver a caminar ¡Solo soñaba con vernos campeones! Le juro que llore como un nene cuando lo escuché.

Pero como todo lo que sube tiene que bajar, empezamos a decaer futbolísticamente. Malas decisiones de los dirigentes, jugadores que se iban de a poco. Lentamente pasamos de “molestar” a ni siquiera hacerles cosquillas a los otros equipos. Y llego ese último y fatídico torneo en primera. Últimos cómodos salimos. La gente que antes solo nos daba gritos de aliento, nos insultaba de arriba abajo. Yo era uno de los blancos predilectos de los hinchas. Yo le voy a ser muy sincero, cuando un equipo desciende o es goleado fecha tras fecha, seguramente el culpable directo es el arquero. Pero déjeme decirle que yo no tuve la culpa en la mayoría de los goles que nos metieron. No, no pretendo esquivar mi responsabilidad ni echarles la culpa a otros. Pero yo no tengo la culpa de haber tenido una defensa horrible y de que los dirigentes hayan traído cada muerto que daba miedo. Yo soy arquero, un simple arquero. Sin una defensa más o menos buena, por más que uno sea un Oliver Kahn o un Yashin, mucho no puede hacer. Y me echaron la culpa a mí. Se dijo cada barbaridad terrible. Que yo andaba mal de la vista, que ya estaba viejo, que me iba de joda… Justo yo, casado y con dos pibes hermosos. “Ciego”, “manco”, de todo me decían. Mucho se habló de mí, pero lo que más me dolió es que dijeron que yo solo jugaba por la guita, que ya debería haberme retirado.

Me fui por la puerta de atrás. Me echaron como a un perro sarnoso. Pero nuestros destinos  se volverían a cruzar.  Yo firme con Juventud de Rawson. Un pequeño equipo, justamente de Rawson. Había ascendido recientemente para disputar por primera vez el Nacional B y andaban buscando un arquero experimentado. No lo dudé y me fui a instalar en la paz del sur. Había una linda base en la que confluían juveniles y jugadores experimentados. Teníamos la difícil misión de mantenerlo en primera. Yo me tenía fe le confieso.  Empezamos perdiendo seis partidos al hilo. Recién ganamos un partido en la fecha diez y fue frente al otro debutante en la categoría: Deportivo Iguazú. No fue anda fácil la adaptación pero le poníamos el pecho y más o menos logramos levantar  y empezar a sumar puntos. El último partido de la primera rueda fue justamente contra mi ex equipo, no lo jugué. Pero no porque no quise. Tuve un hecho desgraciado que me impidió jugarlo. A mi padre le había dado un infarto y tuve que viajar de urgencia a Salta. Por suerte fue solo un susto. Ese partido lo perdimos tres a uno. Ellos venían quintos y nosotros en el lote de los últimos. Era mucha la diferencia entre ambos equipos. A pesar de que ellos estaban heridos y fundidos le metían garra. Nosotros hacíamos lo que podíamos.

En la segunda ronda  mejoramos bastante. Metimos cuatro triunfos al hilo. Sumamos puntos de visitante. Pudimos estabilizar al equipo. Pero al promediar esta segunda ronda, nos agarró un bajón. Perdimos tres partidos al hilo y de nuevo estábamos con la soga al cuello. Recién en la última fecha se definían los descensos y los que quedaban el octogonal. Mire que cruel es el destino, usted ya se habrá dado cuenta que ese partido crucial lo teníamos que jugar contra mi ex club, donde fui ídolo y ahora me odiaba. Club al que amaba.  Pero ahora me tocaba defender otro equipo y yo soy muy recto, muy profesional. Ellos estaban pelando para meterse en el octogonal para ver si podían ascender. Tenían que ganar o empatar y esperar a que Dalmine empatara o perdiese por goleada.  Yo soy hincha del club y me hubiese dejado hacer uno o dos goles, pero antes que hincha, yo soy un profesional —y por sobre todo un tipo agradecido— y me debía a este equipo ahora.  Sufría una impotencia bárbara por no poder ayudar a mi equipo a volver a la elite del fútbol argentino.  La semana previa al partido fue una porquería, una mierda —discúlpeme el vocabulario— una completa basura. Me llamaron a casa los dirigentes de mi antiguo club.  Primero se hacían los sotas. Me decían que yo era un ídolo, un ejemplo para los más chicos. Lambiscones eran. Me adulaban con palabras vacías y me daban a entender que querían que vaya para atrás ¡Justo a mí! Los saque corriendo. Al otro día ya fueron más directos y me ofrecieron plata. Les corte a esos hijos de puta —perdóneme el insulto— otra cosa no se merecían. Los muchachos me vieron tenso, muy mal de ánimo y comenzaron a apoyarme. Cuando más o menos logre concentrarme, mi señora me llamo desde Buenos Aires —donde habían quedado con mis hijos— para decirme que habían puesto un pasacalle que decía: “Alibour desagradecido, conociste el agua caliente en Buena Esperanza y nos mandaste al descenso, anda para atrás o sos boleta”. Quede pálido al escuchar eso. No sabe la calentura que me pegue. Pero que desagradecidos. Yo que soy el más hincha de ese equipo. Le pedí permiso al gringo Belini para salir un rato para despejarme e ir a hablar con una amigo. Fui a la casa del Rubio Finesa. Lucas Finesa fue uno de mis mejores amigos que me había dado mi equipo anterior. Era mi suplente.  A él también lo habían rajado por la puerta de atrás del Buena Esperanza.  Había pasado por una cantidad enorme de equipos ya. En ninguno se quedaba fijo. Si un equipo le ofrecía un mango más, se iba y punto. Él era lo que se dice un mercenario. Hoy por hoy atajaba en Dalmine y yo sé que a pesar de su interés por la guita, se había ido bastante dolido del Buena Esperanza y ahora buscaba venganza dejándolo afuera del reducido. Hable de todo con el Rubio. Me comento que a él también lo habían llamado los dirigentes de nuestro antiguo equipo. Pero que los había sacado corriendo ya que se había enterado que los sinvergüenzas ni siquiera les pagaban los sueldos a los empleados del club y pretendían malgastar guita en sobornos. Era un mercenario Finesa, pero guardaba algo de códigos aún. Estuvimos hablando como hasta las tres de la mañana. Me tranquilice bastante y me hizo bien hablar con él. Volví a la concentración como si me hubiese sacado una carga de encima.

El día del partido lo tomé como una verdadera final.  Los hinchas del Buena Esperanza me dedicaban cantitos, me puteaban de arriba abajo ¡hasta me hicieron una bandera los muy malditos! “Alibour traidor te vamos a matar”. Juro que me hervía la sangre. No le voy a contar los pormenores del partido ya que seguramente a usted no le interesara mucho. Pero fui la figura del partido, viejo, atajé todo. A los cinco minutos había llegado un centro envenado que cabeceo Soto y la pelota parecía que entraba al ángulo. No sé dónde saque tanta agilidad a los 39 años y volé para sacarla de un manotazo al córner. En una jugada posterior, el mismo Soto le pego cruzado, llegue a sacarla de una forma formidable. Hubo muchas jugadas más y yo me encargaba de ahogarle el grito a todos esos desagradecido. Sin embargo me dolía que estuviera dejando sin posibilidades de ascender al equipo de mis amores, pero estaba tranquilo. A los 30 minutos llego nuestro gol. Tiro libre espectacular que pateo Espasa al ángulo. Nos salvábamos del descenso. En el segundo tiempo el rival se desmorono, ya casi no nos atacaban y si lo hacían chocaban contra mis seguras manos. Y así se fue el partido. Ganamos de visitante y nos salvamos. Pero le voy a ser sincero, la mayor alegría la tuve cuando me entere que Dalmine había perdido por 3-0 y por diferencia de gol Buena Esperanza se metía en el reducido. Le juro que salte de la alegría por eso. Yo al principio tuve un poco de miedo por algún tipo de represalia que pudiesen haber tomado en contra mío o contra mi familia. Pero la verdad que lo único es que pase de ser un simple “mercenario” a ser un “súper mercenario”. Aún hoy  la gente de Buena Esperanza me cruza en la calle y me dice que por mi culpa casi se quedaron afuera del octogonal. Me recuerdan con ese vil calificativo. Es triste que pese más un descenso y ese partido que todo el resto.

Al otro día de terminado el partido fui a verlo de nuevo a Lucas Finesa.  Me hizo pasar a su departamento, estaba bastante contento el rubio. Me senté en uno de los sillones de su living mientras su señora nos servía un café y de fondo se escuchaba un programa infantil, que estaba mirando su pibe de no más de cinco años. El rubio miro detenidamente el bolso que había traído. “¿Trajiste eso?” me pregunto expectante Lucas. Abrí uno de los cierres del bolso y saque una bolsa con doce mil pesos.  Finesa quedo absorto en las doce lucas y se puso a contar billete por billete. Yo le di un sorbo a mi café pensando que había hecho la mejor inversión de mi vida, total cuatro mil pesos por gol no era tanta guita. 

Toni Schweinheim
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El tren pasa solo una vez.


“El tren solo pasa una vez, pibe” era la frase que solía repetirle Santiago Matizé a sus representados.

 Santiago Lucas Matizé era un abogado de poca monta que había entrado casi de casualidad al mundo de la representación de jugadores. Su primer y último caso en la justicia fue el juicio que le hizo el ex lateral de Racing, Jorge Port, a su representante, por aquel entonces el señor Rafael Palermo. Santiago, que por entonces trabajaba para un estudio importante, tomo el caso ya que el resto de los abogados abogados del estudio no querían trascender en forma mediática. Caso curioso para un grupo de abogados pero, como era prestigiosos, preferían salvaguardar ese halo de prestigio a tener notoriedad por salir en televisión.
Jurídicamente hablando, el caso versaba sobre la desvinculación contractual del jugador Port con Palermo ya que este último se quedaba con grandes y suculentos porcentajes de su sueldo.  El doctor Matizé defendía a Palermo y gano el litigio. No iba a ser la primera vez que iba a hacer perder plata a un jugador de fútbol.
Matizé olfateó como esos viejos sabuesos ingleses el dinero que circulaba en el fútbol. Porque a él no le gustaba el fútbol, nunca había ido a la cancha y si veía algún que otro partido de la selección era para poder tener un tema de conversación al otro día. A Matizé no se lo conocía como hincha de ningún club. Algunos dicen que era de Boca, otros de San Lorenzo o Ferro, por el barrio de Caballito, barrio en el que se crió. Pero la verdad es que el fútbol, como sentimiento, no le importaba en absoluto. El joven Santiago, a la fuerza del dinero, comenzó a meterse en el mundillo del fútbol. Sería representante.

Como todo profesional que recién comienza, requería un esfuerzo significativo. Recorría las inferiores de los clubes, apalabrando dirigentes de poca monta y a padres ávidos de que sus hijos sean profesionales de futbol. Fue un trabajo de hormiga y a largo plazo. Renunció al estudio jurídico al que tanto esfuerzo le había conseguido entrar. Debía romperse el lomo en aquel estudio jurídico como veinte años para poder tener algo de holgura financiera. Acá con un poco de cintura, en años iban a germinar todos esos pibes y se iba a forrar en guita.

Tal como lo había planeado, a los cinco años habían florecido varios juveniles. Por ejemplo el mediocampista derecho de Los Andes, Alexis Tuff. Tenía una gran pegada y un andar exquisito. Su pase fue valuado en diez millones de dólares, una cifra record para el club. Sin embargo se fue por unos tres millones y medio a Boca Juniors, muchos denunciaron irregularidades en el pase pero la cosa no prospero.  Luego de una gran temporada en Boca, el Sevilla de España había ofrecido unos quince millones de euros por el pase de Tuff. Sin embargo termino recalando en el Al Jallub de Emiratos Árabes Unidos por unos once millones de pesos. Otro representado de Matizé era Ernesto Casasco, delantero del River Plate. Un delantero providencial. Hizo dos goles el día de su debut y al terminar el año llevaba trece tantos en veinte partidos. Rápidamente fue convocado a la selección Sub-20. Los ojos de la Juventus de Italia se posaron sobre el pibe, pero otra vez su destino estuvo lejos de las grandes vidrieras internacionales de los grandes equipos. Casasco fue vendido al FC Norra, de Israel.  Así hubo infinidades de jugadores que frente a una buena oferta de equipos grandes europeos iban a otro, mucho más pequeño y de países que no tenían una tradición futbolística. Podríamos citar el caso del “conejo” Baigorria de All Boys, del “petiso” Baracz de Banfield o de Juan Cruz Clemente el recio defensor de Lanús que termino jugando en Ucrania. Todas estas jóvenes promesas arruinaban sus carreras yendo a estos clubes que no los conocía ni el mismo hincha de esas latitudes. Cuando volvían ya estaban rotos o habían perdido todas ganas de seguir jugando. Lentamente se transformaban en mercenarios tal como su representante, Santiago Matizé.

—Mira pibe, el tren pasa solo una vez en la vida —comento Matizé mientras se encendía un cigarrillo mentolado— A vos te parecerá una mierda irte al Kalavetermara Sports de Marruecos, pero pensá que te van a pagar una fortuna. Jugas una temporada ahí y te salvas para toda la vida. Es ahora o nunca. Con la gloria solamente te vas a cagar bien de hambre.

—Es que… no sé —dijo dubitativo Juan Manuel Gómez, un enganche de 21 años perteneciente a Independiente— la verdad que es una cultura muy diferente, no se no me voy a adaptar…

—Esas son boludeces, Manuelito —lo paro en seco Matizé— Maradona cuando se fue al Barcelona, también se fue a una cultura diferente.

—Pero a mi hijo lo querían también desde la Lazio —Intervino Carlos Gomez, padre del enganche— además tengo entendido que quiere pagar más.

—No maestro, no es así —Se puso serio Matizé—la Lazio quiere pagar diez millones, pero en cuotas y además de esa plata a su hijo le toca solamente el diez por ciento pero no de ese total. A ese importe tiene que descontarle los impuestos, los honorarios de los intermediarios, varias comisiones. Su hijo va a ver muy poca plata. Yo estoy para velar por los intereses suyos, Carlos.

—Si lo sabemos y le estamos muy agradecidos —dijo Carlos mientras le daba la mano a Matizé como “cerrando” la operación— hagamos nomas el pase.

Santiago Matizé era un sinvergüenza. Más que un secreto a voces era una verdad a gritos. El negocio consistía en arreglar un monto fijo o un porcentaje por izquierda para “convencer” al jugador para que acceda a irse a un determinado equipo por más remoto que fuese el destino. Todos los jugadores caían en la trampa, se dejaban convencer por la supuesta “diferencia” que podían llegar a hacer en algún club extravagante. Santiago Matizé estuvo más de 25 años en el negocio. Los pibes, al ver que podían ganar un mango más, se iban donde él quería. El único que ganaba con esto era Matizé. La junto en pala, gano millones y millones. Un fangote tras otro. Hasta que ocurrió la tragedia.

El Dr. Santiago Matizé había contraído matrimonio con la modelo Miguela Zamborián en segundas nupcias. De esa unión había nacido Ángela, su única hija. De niña le hacía honor a su nombre, era como una angelita cachetona de enormes ojos marrones, una sonrisa blanca que hacía referencia al mismo cielo. Ángela o “lita” tal como la llamaban en la familia era la perdición de Matizé. Siempre, desde niña, la llevaba a su oficina de Retiro. Pero la niña creció y se transformó en una hermosa mujer. Lita estudiaba abogacía como su padre y, como era una mujer independiente, también trabajaba. Era la asistente de su padre en la oficina. En cada reunión era ella la que recibía a los jugadores. Como todos saben, los jugadores tienen una enorme capacidad para el levante. Todos los representados por Matizé intentaban— en vano— poder conquistar a la hermosa hija del representante.

El único que pudo doblegar el corazón de esta preciosa muchacha fue David Chevalier. Un juvenil arquero de 20 años procedente de Almagro. David poseía una contextura física envidiable. Ojos celestes como el reflejo del cielo en el mar. Tenía una barba de días que le daba aspecto de rustico, pero un rustico dulzón, como aquellos muebles “avejentados” adrede para hacerlos parecer antiguos. Ambos jóvenes se enamoraron y vivieron un romance único. Eran el uno para el otro. A Matizé no le gustaba nada la idea de que su hija este noviando con un jugador de futbol. La idea lo horrorizaba. Sin embargo como el típico malandrín que era, de boca para afuera aceptaba el noviazgo. Pero se la pasaba pensando en la forma de deshacerse de aquel infeliz. Hasta que un día llego un fax del Al Bullah de Siria, solicitando los servicios de un arquero.  Matizé no lo dudó ni un minuto y lo llamo a David Chevalier, quien aceptó gustoso ya que estaba ahorrando algún dinero como para poder casarse con Lita. Matizé sonrio maliciosamente. Ni siquiera los ruegos de su propia hija hicieron desistir a Matizé de deshacer la operación. No hubo caso. Chevalier partió contento hacia Siria con la promesa de volver pronto.



Ángela quedo con el corazón destrozado. Los llamados diarios y de las comunicaciones que tenían por Skype, para ella no eran suficientes.  Ella quería tenerlo en sus brazos, consolarlo y ser su sostén en la lejanía de medio oriente. No aguantó más e invirtió sus ahorros en un pasaje hasta Siria para estar con su amado.  Obviamente Matizé insulto en todos los idiomas y, por primera vez, le mostro su verdadera cara a su hija. Sin embargo ella, mujer independiente, partió hacia Siria en busca de los brazos fornidos de Chevalier.
Y la noticia lo tomo por sorpresa. Un viernes por la noche, mientras cerraba otro engaño a algún indefenso jugador de fútbol, sonó el teléfono. Cancillería se había comunicado con él para informarle la muerte de su hija y su yerno, en un atentado terrorista con un coche bomba en el hotel donde ambos se alojaban.
No pudo ni siquiera colgar el teléfono. Ya no era él. De golpe comprendió que en el dinero no estaba todo. Ya era tarde. Los latidos del corazón amenazaban con ir más allá de sus costillas. Su cabeza comenzaba a latir y su estómago sentía un vacío de dolor. Sus millones de dólares no lo consolarían. Bajo por las escaleras rápidamente. Llego hasta el subsuelo donde tenía su moderno auto alemán. Salió y acelero sin rumbo. Era un alma perdida dentro de un ataúd de metal que aceleraba en el empedrado mojado de la triste llovizna nocturna.

Su auto fue encontrado con la puerta abierta, al lado de las vías. La policía científica fijo su muerte alrededor de las 22.45 horas. Se había arrojado en las vías dándole fin a su vida. Ese tren que solo pasaba una vez en la vida y que Matizé tanto había anunciado, esta vez pasó por él.

Lo lloraron su hija y su yerno, quienes erróneamente habían sido puestos en la lista de fallecidos de un atentado en Siria.

Toni Schweinheim
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¿De qué te ponés contento?

 Yo la verdad es que no te entiendo Cacho, la verdad que no te entiendo. Ni a vos, ni a todos aquellos que van a una cancha. O a esos hincha...


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