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Mambúm

Nací en Mambúm, una ex colonia africana de la República de Lendor. Como todas las potencias, después de chuparles un rato la sangre, las dejan liberadas a su suerte. En la actualidad, decir que uno es mambunés en Europa o en algunos otros países era una forma de que me discriminaran., pero no si sos futbolista.

De mi país recuerdo primero el calor sofocante. Después recuerdo a mi madre. Luego a mi padre, alto, grandote, pero flaco. No sé si verdaderamente ese es el orden de mis recuerdos o si los años acomodan la infancia de esa forma para poder soportarla. Mi madre tenía unas manos enormes. Podía llevar una olla hirviendo con un trapo, cargar a mi hermana, espantar una mosca y acariciarme la cabeza casi al mismo tiempo. Mi padre, en cambio, era un hombre de pocas manos. Las tenía siempre ocupadas trabajando.

Éramos pobres, aunque entonces yo no lo sabía. Corríamos libremente por la casa, cuando, claro, no había guerras, civiles o contra otros hermanos. El ruido del estómago por el hambre, para mí era lo más natural del mundo. No sabía que era algo producto de la pobreza. Nos entrenábamos, algunos corriendo y otros jugando a la pelota, pero no con una pelota, sino con cualquier objeto que pudiéramos patear.

Para mí aquella casa era una casa. El techo que goteaba era nuestro techo. La comida escasa era nuestra comida. Y aquella pelota hecha con medias viejas y bolsas era una pelota porque rodaba, y para el fútbol no hace falta más. Pobres, pero felices.

Después vino la guerra. No recuerdo quién peleaba contra quién. Con los años aprendí los nombres de los bandos, las razones, los mapas y hasta las fechas. Pero nada de eso estaba ahí cuando comenzaron los tiros. Mi padre murió primero. Fusilado en la puerta de casa. De mi madre nunca supe más nada. Se la llevaron con mi hermana. A mí me tiraron en un camión.

Si hubiese muerto, hubiese sido todo más fácil. Salí de Mambúm con doce años. Nos fuimos en una barcaza de colados junto a un primo del que no nos separamos después de encontrarnos en ese camión. No voy a contar en detalle el viaje, ni todo lo que hice una vez llegado a Lendor, porque hay cosas que, después de sobrevivirlas, uno puede llegar a avergonzarse de lo que hizo, pero no había alternativa. Uno tiene que sobrevivir de una u otra manera. Lícita o ilícitamente. Yo no tuve la suerte de elegir y ya sabrán dónde caí.

Tuve hambre. Tuve frío. Dormí en lugares donde ningún ser humano debería dormir. Vi hombres pegarles a otros hombres por un pedazo de pan. Vi mujeres abrazar a sus hijos durante noches enteras para convencerlos de que al día siguiente habría comida.

 

La primera palabra que aprendí en su idioma fue "refugiado". La segunda fue "negro". La tercera no la voy a repetir. Lendor era un país hermoso. Eso también tengo que decirlo. Tenía calles limpias, a veces no tanto, trenes que llegaban a horario, edificios antiguos y parques enormes. Todo lo que le faltaba a Mambúm.

Viví en un centro de refugiados. Después en otro. Después en una habitación con seis muchachos que hablaban cuatro idiomas distintos y compartíamos un solo baño. A los catorce años empecé a trabajar limpiando baños; de a poco fui escalando: después limpié platos, luego cargué cajones.

Y jugué al fútbol en el poco rato libre que me quedaba. Jugaba en una plaza con otros africanos, algunos árabes y un par de chicos de Lendor que no tenían problemas en mezclarse con nosotros mientras hubiera una pelota de por medio. El fútbol tiene esa ventaja. Durante noventa minutos nadie pregunta de dónde venís. Aunque a veces jugábamos como tres horas.

Un domingo me vio un hombre. Nunca supe por qué estaba allí. Quizás miraba a su hijo. Quizás era de la policía. Quizás de Migraciones. Quizás un mafioso. Un buen día me preguntó mi nombre. Después me preguntó si tenía documentos. Le dije que lo segundo era bastante más complicado que lo primero y que, si quería deportarme, me iba tranquilo. El tipo sonrió.

Dos semanas más tarde estaba entrenando en un club de tercera división. Por primera vez en mi vida me dieron unos botines. Dormí con ellos en la cama. Mientras otros chicos de Mambúm hacían exactamente lo mismo en la pensión. Me enseñaron a leer, a escribir. El idioma era el mismo, el del colonizador y el del colonizado.

A los diecisiete debuté. A los diecinueve me compró un equipo de primera.

A los dieciocho me mandaron un telegrama desde la selección de Mambúm, para integrar la Sub-20. Supuse que todavía estaría en guerra. No me molesté en contestar.

A los veinte me fichó uno de los grandes de Lendor. Si no el equipo más grande.

Entonces ocurrió algo curioso: dejé de ser el refugiado, el negro, el mambunés que venía a robar. Si hasta tenía un piso en un lujoso departamento de la avenida Quadratar. Los diarios comenzaron a llamarme "la joya de Lendor". Decían que mi velocidad era lendoresa. Que mi potencia representaba el espíritu lendorés. Que mi sacrificio era un ejemplo de los valores de aquel país.

Ahí llegó el llamado de la selección de Lendor. Les dije que no. Yo estaba tranquilo. Era como un pirata en ese momento, no tenía nación. El entrenador vino personalmente a verme.

—Este país te dio una oportunidad —me dijo.

No me gustó la frase. Lendor no me había regalado nada. Todo lo contrario. Venía arrebatándole cosas a mis ancestros. Pero bueno, no voy a entrar a hablar de historia.

Terminé aceptando, porque para un futbolista no hay un sueño que no involucre un Mundial de Fútbol.

Cantaba el himno de Lendor con respeto, aunque nunca conseguí sentirlo en el mismo lugar del cuerpo donde todavía vivían las canciones de mi madre.

Ganamos partidos.

Muchos.

Cuando ganábamos, yo era de Lendor.

Cuando hacía un gol era uno de ellos, no importaba el color, el origen. Era lendorés de pura sangre.

Cuando perdíamos, volvía a ser el africano. El negro. El refugiado. Ese que nacionalizaron. El extranjero al que le habían permitido ponerse una camiseta que, según algunos, nunca terminaría de pertenecerle. Aprendí a convivir con eso.

Hasta que llegó mi segundo Mundial. Tenía veintiocho años. Lendor era uno de los candidatos. Habíamos llegado hasta semifinales el último Mundial, donde quedamos cuartos. Pero había algo que me daba una sensación rara en el pecho. No sé si llamarla ardor o quemazón, pero Mambúm clasificaba a su primer Mundial. Era la cenicienta y eso me ponía contento por un lado, pero triste si tenía que enfrentar a la tierra de mis padres y a la mía, por supuesto.

Mambúm apenas había conseguido clasificarse y aquello ya había sido una fiesta. Vi por televisión las calles llenas de gente. La verdad, los edificios, las calles, me parecían muy ajenos, pero, asimismo, me tocaban el corazón. Como si una voz interna quisiera abrazarse con toda esa gente. Lloré solo en la habitación del hotel.

El sorteo quiso que no compartiéramos grupo. Me tranquilizó. Podía darse un cruce. Pero Mambúm no estaba para tanto. Después pasaron cosas: las lindas o feas sorpresas que nos dan los Mundiales, los equipos grandes afuera y algún chiquito haciendo la heroica. Mambúm entró a octavos dejando a la poderosa Prossa afuera en fase de grupos. Nos podíamos cruzar en cuartos. Pero para mí, y para cualquier futbolero, era imposible que Mambúm le ganase al gigante Domundo. Cinco veces campeón del mundo.

El equipo de mis ancestros ganó por penales. Se hizo realidad mi pesadilla: Lendor contra Mambúm. Éramos tres oriundos de Mambúm en la selección de Lendor, pero creo que ese partido me afectó a mí solo. No dormí durante los tres días previos a esos malditos cuartos de final.

Durante los himnos miré hacia la otra fila. Los jugadores de Mambúm tenían la misma camiseta que yo había visto una vez en la capital puesta por uno de los que tenían plata, cuando la selección todavía jugaba en una cancha llena de pozos y escombros. Antes de la otra guerra.

Cantaron.

Yo conocía aquella canción.

Por supuesto que la conocía.

La había escuchado antes de saber qué era un país. Mi país.

No les voy a dar un detalle del partido. No soy relator ni comentarista. El partido terminó empatado.

Prórroga.

Empate.

Penales.

El entrenador nos preguntó quiénes estaban dispuestos a patear. Yo dije que sí. Curiosamente, mis dos compañeros dijeron que no, parecía que por fin les afectaba el partido.

Mambúm ya había ejecutado sus cinco penales. Había fallado dos.

Nosotros habíamos fallado uno y todavía nos quedaba el último.

Ese último era el mío.

Si convertía, Lendor pasaba a semifinales.

Caminé desde la mitad de la cancha.

Nunca una cancha me había parecido tan larga. Tenia las piernas pesadas, no sé si de tanto cansancio o era por los nervios de ser el verdugo de Mambúm.

Puse la pelota en el punto.

El arquero me miró. Yo sonreí. Sin darme cuenta le había dado de comer a toda la prensa amarillista.

Miré al arquero. Lo conocía. No personalmente. Sabía solo su apellido por cuestiones futbolísticas. Pero conocía sus ojos. Detrás de él estaban los hinchas de Mambúm. Había hombres llorando antes de que pateara. Mujeres rezando. Chicos con camisetas rotas. Un país desgarrado por infinidad de guerras. Pensé en mi padre. Pensé en las manos de mi madre. En mi hermana, que nunca volví a ver. Pensé en el hambre. En la barcaza. Pensé en Lendor. Porque sería injusto decir que allí solamente sufrí. Allí tengo amigos, una familia, una nacionalidad. Tengo lujo.

El árbitro hizo sonar el silbato.

Tomé carrera.

Y la tiré afuera. Como a un metro del palo.

Mambúm convirtió el siguiente. Quedamos eliminados. No miré a mis compañeros. Escuché el estadio partirse en dos.

De un lado lloraban.

Del otro también.

Esa noche volvieron todas las palabras: negro, refugiado, africano y muchos adjetivos calificativos.

Después de tantos años, tantos goles y tantas veces que habían dicho que yo era uno de ellos, bastó que una pelota pasara junto a un palo para devolverme al lugar donde había nacido.

Todos dijeron que lo había hecho a propósito. Al día de hoy no puedo afirmarlo ni negarlo. No sentí nada al errarme el penal. Ni angustia, ni felicidad ni pena. Nada de nada. La verdad es que, al momento de patearlo, se me puso todo borroso. Quedé confundido desde que tome carrera.

Mambúm perdió la semifinal cuatro días después.

Ni siquiera llegó a la final. Lo golearon tres a cero.

Yo vi el partido solo, en el living de mi departamento en Lendor. Mi mujer se había ido a pasar unos días con los padres. Después nos íbamos de vacaciones.

Cuando terminó, la televisión mostró las calles de Mambúm.

Seguían llenas.

La gente cantaba.

Bailaba.

Estoy agradecido con Lendor. Profundamente agradecido. Fue la tierra que me dio una cancha cuando yo no tenía nada. El lugar donde pude convertirme en futbolista, aunque cada centímetro que avancé dentro de ella me lo gané con mis piernas.

Pero aquella gente necesitaba esa alegría más que nosotros. Aunque fuera por cuatro míseros días. Porque ellos eran mi gente. Y, al parecer, yo seguía siendo uno de ellos. Después de todo, apenas erré aquel penal, volví a ser africano para todos. Sobre todo para Lendor.


Toni Schweinheim
Obra Publicada, expediente Nº 510614. Dirección Nacional del Derecho de Autor.




Una profesión como cualquiera.

Buscar la idolatría en un jugador de fútbol porque hizo goles es como decir que un abogado es amigo tuyo porque ganó un caso. A ambos les pagaron para que hagan su trabajo.

Porque uno no va a la cancha pensando que esos once tipos están cumpliendo con las obligaciones emanadas de un contrato de trabajo. Nadie grita desde la popular: “¡Vamos, carajo! ¡Cumplí con la prestación a tu cargo!”. Uno lo putea, le pide huevos, que vaya al frente.

El fútbol tiene esa cosa rara de hacernos creer que el tipo que está adentro de la cancha siente exactamente lo mismo que el hincha. Que cuando besa el escudo lo besa por amor. Que cuando dice que siempre soñó con jugar en el club, efectivamente soñaba con eso y no con jugar en el Real Madrid, pero era lo que había o el que puso unos mangos más y lo trajo.

Al fin y al cabo, es una profesión más. Para eso le pagan. Sí, obvio que hay también jugadores que aman a su club. Pero son poquitos. Esos se emparentarían más con los artistas. Hoy los artistas no ganan nada, tienen que tener un laburo de verdad y hacer lo de su vocación artística como hobby o como ingreso mínimo.

Pero volviendo. Yo nunca vi festejar a la tribuna que el abogado del club haya ganado un juicio o haya llegado a un arreglo favorable. Tampoco vi banderas del tipo “Gracias, contador Fernández, por pagar los sueldos”, cuando el tesorero hace lo que corresponde. Esto es lo mismo. ¿O me vas a decir que el nueve es más grande que el tesorero porque hizo un gol? Ambos hicieron su laburo, no jodamos.

Si los jugadores tienen hasta premios por objetivos: por ganar una copa, un torneo, un clásico, por meter goles. Si faltan también a los entrenamientos, los sancionan como a cualquier empleado en relación de dependencia.

Porque el tipo es simplemente un empleado hasta que hace un gol importante. Ahí se terminó cualquier discusión. Pasa a ser otra cosa. Un héroe. Un prócer. Caen los cánticos de la tribuna. A la otra fecha hay banderas. Si el club tiene medianamente guita, le paga cuando tiene que renovar el contrato —un ascenso laboral— y, si no tiene la plata, se va a otro club donde le paguen más o a un grande para rajarse a Europa.

Hay tipos que tuvieron la suerte de hacer uno de esos goles y prácticamente consiguieron la inmortalidad. El bronce. San Martín. Belgrano. Y el delantero que metió un gol porque le correspondía. Para eso está ahí. Después se va, se raja. Pero ya quedó inmortalizado por hacerle un gol en un clásico. Pero claro, después vuelve, y esa sería la jubilación: le va como el culo en otros clubes, boya por Europa sin pena ni gloria y vuelve a recalar en el club con quince kilos más. Y es la vuelta del ídolo. Y lo aplauden como focas.

El hincha es generoso con algunas cosas. Con otras es un hijo de puta. Puede perdonarte veinte partidos malos por un gol contra el rival de toda la vida, pero no te perdona que un día digas que estás cansado.

—¿Cansado de qué? ¡Si jugás a la pelota!

 

Como si correr noventa minutos fuera lo mismo que estar tirado en una reposera con una cerveza apoyada en los huevos.

Pero es así. Porque así como te digo una cosa, te digo la otra. Es un laburante el futbolista. Yo ya te conté la parte buena, pero la mala, puf, ni hablar.

El futbolista tiene prohibido cansarse, estar triste y, fundamentalmente, tener ganas de ganar más plata. Eso último es imperdonable. El hincha puede cambiar de trabajo porque en otro lado le pagan cincuenta lucas más. El jugador no. El jugador tiene que quedarse por más que le deban seis o siete meses. Por amor. Y si se va, traicionó los colores. Ah, y si llega a irse con un juicio de por medio, agarrate porque te tildan de mercenario, basura, traidor. Como si ningún empleado le hubiera hecho algún juicio laboral al patrón. Dale, somos grandes.

También están los besos al escudo. Ese es otro tema. El beso al escudo te ata de por vida al club. Lo besaste. Cagaste. A partir de ese momento pertenecés al club hasta tu muerte. No importa que después cambie el técnico, el presidente no te quiera, te deban seis meses de sueldo o venga un club de afuera y te ofrezca diez veces más. Vos lo besaste en un momento de emoción que no te dejó ver nada. No importa. Ahora bancátela. La única forma de salir de ese contrato no escrito es irte a otro club y también besar ese escudo. Ahí sí, chau idolatría, pasaste a ser un mercenario vendehumo.

El hincha se siente jugador también. Sí, es una parte fundamental del fútbol. Pero se acapara méritos del jugador, del empleado al que putean. Sí, está bien, todos con la cuotita al día le pagan una parte del sueldo a todos. Pero si la pelota entró porque un tipo le pegó bien con la derecha al ángulo, el hincha te dice “metimos un golazo”; cuando el boludo del jugador le erra, le erra “él”. Y si el gol es épico o en una final o clásico caliente, en treinta años se llenan la boca diciendo: “Les ganamos”. Así, en plural.

Esa apropiación siempre me parece maravillosa. Porque después pasa el tiempo. El ídolo envejece. El hincha también. Y aquel gol queda congelado en un lugar donde nada ni nadie envejece. En el Olimpo de los dioses. Uno lo vuelve a ver y la tribuna está igual, la camiseta está igual, la pelota entra siempre en el mismo lugar. Lo único que cambió fue uno. Por eso nunca entendí del todo eso de los ídolos.

A veces alguien se acerca y me dice:

—Vos sos mi ídolo.

Y yo sonrío.

¿Qué querés que haga?

Le agradezco.

Me saco una foto.

Si tiene una camiseta, se la firmo.

Si viene con el hijo, trato de darle un abrazo al pibe porque sé que probablemente se acuerde toda la vida de ese momento.

Después se van felices.

Y yo me quedo pensando en lo mismo.

En que no hice nada por ellos.

No los conozco.

No sé cómo se llaman.

No estuve cuando necesitaron una mano.

No les presté plata.

No fui al velorio de sus viejos.

No sé absolutamente nada de sus vidas.

Solamente hice goles.

Bastantes, por suerte.

Y me pagaron muy bien por hacerlos.

El contador Fernández nos tuvo a todos al día. Hacia malabares financieros y el depósito siempre estaba cuando lo necesité. ¿Pero sabés una cosa? Nunca vi a treinta mil personas gritar el nombre del contador Fernández.

El mío sí.

Y, la puta madre...

qué lindo que era.


Toni Schweinheim
Obra Publicada, expediente Nº 510614. Dirección Nacional del Derecho de Autor.



Alerta mundial: Trump asegura que el VAR en manos de árbitros argentinos es un arma de destrucción masiva

Peligroso. Sería el VAR.
Sigue desarrollándose el Torneo Clausura y siguen las polémicas en torno al VAR. Muchos equipos se vieron beneficiados y otros perjudicados, ya que, en algunos casos, el árbitro pidió la revisión del VAR y, en otros, no. “La verdad que ni puta idea de cuándo pedirlo. Yo lo pido cuando pinta o cuando me salta la notificación de la transferencia en la billetera virtual”, comenta un colegiado. Lo cierto es que, a esta altura, cada árbitro hace lo que le parece con el VAR. 

“Son casualidades que durante los últimos cinco años los árbitros vengan favoreciendo a Barracas Central. Son los mismos mal pensados que decían que ayudábamos al Arsenal de Don Julio. Y mirá dónde está el Arse ahora: casi por desaparecer. Que no esté más Don Julio para protegerlo y apretarnos también es otra coincidencia”, deslizó un árbitro en off the record, por temor a que los hinchas le pinchen los neumáticos de su auto alemán. 
Sin embargo, el escándalo cruzó fronteras y llegó hasta los Estados Unidos, donde pararon la oreja y el acto causó revuelo. 

 “Mr. Trump vio cómo el VAR en manos de árbitros argentinos es más peligroso que él jugando con el botón rojo de la bomba atómica o el gordito norcoreano festejando Año Nuevo con petardos nucleares”, comentó un allegado a la Casa Blanca. 

“Esto hay que evaluarlo e investigarlo bien, no vaya a ser cosa que Río de Janeiro, la capital de Argentina, vuele por los aires por culpa del mal manejo del VAR”, concluyó el Secretario de “Asuntos para ese lugar que se llama América Latina, pero no sabemos muy bien dónde queda cada cosa”.

Fútbol es vida.


 Por Toni

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Por Elmer

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