Pelota de Tregua
Aquella noche nevaba más que nunca. Los copos malditos y mortales caían con más intensidad que nunca, como si los invasores buscaran darle un marco adecuado a ese 24 de diciembre. Esa porquería cósmica que venía del cielo. Y en medio de todo eso, en una Argentina donde la mayoría de los sobrevivientes se enfrentaban unos con otros como lobos, ocurrió un pequeño milagro. Esos milagros que solo la pelota puede dar.
En el refugio de la cancha de El Porvenir —entonces ya era una ruina, pero servía de trinchera junto al puente que pasa al lado— se habían apiñado unos cuantos sobrevivientes: vecinos, jubilados, laburantes. Por esas cosas del destino, también había un inglés. Sí, un inglés. Excombatiente, decía; por eso lo mirábamos medio raro y con cierto recelo. Hablaba todo entrecruzado o con palabras sueltas. En los preparativos del brindis —porque había que brindar sí o sí y seguir siendo humanos ante semejante desastre global— eran como las cuatro de la tarde; el sol pegaba en los copos mortales y les daba una belleza única. Fue entonces cuando el viejo Arthur se puso de pie, levantó un pedazo de lona y de allí extrajo una vieja pelota de tiento; dijo algo que nadie entendió, salvo el Viejo Lombardo, que era el único que más o menos manejaba el inglés.
—Dice que juguemos un picadito.
—¿Qué? ¿En medio de toda esta muerte? —esgrimió el padre Ricardo, el cura de la iglesia que estaba a un par de cuadras y que era nuestro refugio antes de que los bichos gigantes nos atacaran.
—Dale, un rato. Para olvidarnos de tanta muerte nos viene bien —se levantó Martín, el carnicero del barrio. Todos se miraron interrogándose. Pero al cabo de un rato, todos estaban jugando sobre el césped muerto de la cancha. No se sabe a ciencia cierta cómo se armaron los equipos ni quién jugaba contra quién. Internamente sabíamos que jugábamos por la liberación.
Jugaban todos: el Turco, que había sido arquero en inferiores de Banfield; el Zurdo Martínez, que alguna vez había probado suerte en Ferro y rebotó como los mejores; también Sarita, la panadera; el padre Ricardo; el Negro Juan, que era el mecánico de la zona; la tía Natalia —le decíamos así por su aspecto de tía bonachona—; Martín, el carnicero. Y Arthur. Ah, Arthur. Con sus zapatos de vestir y su extraño traje aislante, metía pases filtrados como si viniera de la escuela del Liverpool. —Este tipo la tiene atada —dijo el Turco, que terminó gritándole “¡olé!”, como si el inglés hubiera nacido en Parque Patricios o en Rosario.
El partido tuvo goles. No sabemos cuántos. Terminamos todos con el visor del traje empañadísimo, pero contentos. A pesar de que la nevada seguía cayendo, con su color de trasmundo. Pero por un instante, el mundo se pareció a lo que debería ser: un lugar donde, incluso en el apocalipsis, una pelota puede ser sinónimo de paz.
El partido se dio por terminado ni bien empezamos a ver luces en el cielo, sí, otra vez. Cada uno volvió rápido a su rincón, a sus frazadas, a sus miedos. Todos jadeábamos, trasnpirados por el traje aislante. Pero Arthur estaba intacto. Fue entonces cuando se acercó al Viejo Lombardo y le susurró algo al oído.
—Dice que “gracias”. Que esta fue su Navidad más feliz desde 1914 —nos tradujo Lombardo.
Todos nos quedamos mirando a Lombardo, como si esas palabras nos parecieran más raras que misma nevada o las luces en el cielo. Fue entonces cuando nos dimos cuenta de que Arthur ya no estaba con nosotros. Había desaparecido delante de nuestros ojos, como si fuese un viajero de la eternidad o navegante del tiempo.
Toni Schweinheim
Obra
Publicada, expediente Nº 510614. Dirección Nacional del Derecho de Autor
[Nota: el cuento está basado en El Eternauta de Germán Oesterheld, dibujado por Solano López]






