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La tormenta

 

Los marineros viejos no le temen al mar. El mar es trabajo. Tampoco al oleaje. Las olas son trabajo, también. Mucho menos le tienen miedo a la oscuridad; es un paisaje cotidiano de su labor.

Sin embargo, hay una noche que ningún hombre de mar desea conocer: las tempestades, las noches de tormentas eléctricas. Cuando el cielo parece romperse sobre el océano y los relámpagos iluminan la tempestad como un fulgor del infierno. Los jóvenes grumetes creen que es por los rayos. Los marineros más curtidos por el sol, la sal y el viento saben que no.

Dicen que, en esas tormentas, el mar deja de pertenecer a los vivos. Y cuentan una historia que ningún capitán se atrevió a escribir en la bitácora.

Hace siglos, en la era dorada de la piratería, donde los grandes galeones o fragatas surcaban los mares azotando cuanto barco pudiesen abordar, hubo hombres que dedicaron su vida a robar, incendiar y hundir cuanto barco encontraran. Y a dar muerte a cientos de otros marineros. Eran bestias de mar con banderas negras. Porque no tenían nación; solo respondían ante la justicia del diablo. Aunque hubo muchos que sí respondían a banderas de imperios, que eran gobernados, también, por el diablo.

Asaltaban mercantes, esclavistas o buques de guerra con la misma indiferencia con la que una tormenta rompe un mástil. Cuando un pirata encontraba la muerte, su cuerpo terminaba en el fondo del océano. No hay tumba sino el mar. Sus almas no encontraban descanso.

Los marineros dicen que el diablo descubrió pronto que aquellos hombres eran incapaces de permanecer quietos, incluso después de muertos.

Entonces hizo un trato.

Cada tanto, cuando el cielo descargaba toda su furia sobre el océano, podrían regresar durante esa noche. No para vivir de nuevo. No para redimirse. Sino para hacer lo único que habían sabido hacer: ultrajar, robar y hundir todo lo que se les cruzara en el camino. A pólvora, hierro y golpes.

Desde entonces, cuando una tormenta eléctrica nace mar adentro, hasta el capitán más valiente deja de dar órdenes. El almirante más avezado mira el horizonte sin hablar. Nadie sabe en qué momento empieza. Tal vez cuando la brújula deja de señalar el norte. Tal vez cuando el reloj comienza a marchar en sentido inverso. O cuando el viento, de golpe, deja de tener olor a sal. Entonces llega otro aroma. Viejo. Húmedo. Como madera empapada, pólvora apagada y ron derramado hace siglos. Nadie dice una palabra. Porque todos saben que, si ese olor llegó antes que la lluvia... ya es demasiado tarde para cambiar el rumbo.

Hay quienes aseguran haber visto barcos enteros emerger entre la lluvia, iluminados solo por los relámpagos. Aparecen allí, desde la oscuridad tenebrosa. Con velas desgarradas que, aun sin viento, parecen respirar. Fragatas negras, con banderas despedazadas. En la madera podrida podían avizorarse siete cañones de veinticuatro libras por bando. Solo se escuchaba el crujir de la madera y las sogas golpeando el mástil. Y cada tanto una voz gritaba: “¡Fuego!”, e instantáneamente se escuchaba un trueno. Y cuando el siguiente relámpago iluminaba el mar... el barco estaba más cerca.

Mi abuelo guardaba con mucho cuidado una antigua bitácora. Era de su abuelo, David Mills, quien juraba haber sobrevivido a una de esas noches. Era timonel de un navío de transporte al servicio de la Corona británica que cruzaba el Atlántico Sur. Decía que la tormenta había empezado como cualquier otra.

Nadie vio nada al principio. Solo un marinero señalando hacia la lluvia.

El capitán levantó el catalejo.

Lo bajó.

Volvió a levantarlo.

—No puede ser...

Entre los relámpagos aparecía un casco. Después desaparecía. Volvía a aparecer un poco más cerca. Nunca se lo veía navegar. Simplemente estaba más cerca. Era una fragata. O lo que alguna vez había sido una fragata. Las velas colgaban hechas jirones y el mascarón de proa ya no tenía rostro. Parecía imposible que semejante montón de madera siguiera a flote.

Cayó otro relámpago.

La fragata estaba más cerca.

Nadie la había visto moverse.

Otro destello.

Más cerca.

El contramaestre apretó el crucifijo que llevaba al cuello.

Otro relámpago.

Ya podían distinguir los cañones.

Nadie dio la orden, pero todos retrocedieron un paso.

—¿Quién vive? —gritó el capitán.

Solo respondió el rugido del mar.

Cayó un relámpago.

Durante un instante, la cubierta enemiga quedó completamente iluminada.

David juró haber visto figuras.

No supo decir cuántas.

Ni cómo eran.

Solo recordaba que ninguna parecía moverse.

El siguiente relámpago volvió a iluminar la fragata.

Seguían exactamente en el mismo lugar.

Solo se llegó a distinguir que una de aquellas figuras estáticas, por fin, se movió levantando lentamente una espada oxidada. No apuntó al barco. Apuntó al cielo. Y los rayos comenzaron a caer alrededor. Como formando un círculo. Cuando alumbró el último claro entre los rayos, la fragata ya estaba junto al costado del navío. Nadie la había visto acercarse. Entonces comenzó el abordaje. No hubo cañoneo. No hubo gritos. Solo silencio. Ya no se escuchaba ni siquiera la tormenta. David siempre sostuvo que aquellas figuras cruzaron de una cubierta a otra como una bruma pesada y oscura. La lluvia se había detenido. Donde pasaban, los hombres caían. No había sangre. No había heridas. Simplemente dejaban de respirar. Como si alguien les hubiera robado el último soplo de vida.

David Mills sobrevivió porque estaba escondido dentro de un barril vacío de agua dulce, mientras rezaba.

Cuando amaneció, la tormenta había desaparecido. El mar estaba completamente calmo. El barco seguía flotando. Pero no encontró a nadie. Ni un solo cuerpo. Ni uno. Solo ropa mojada. Entre ella, el crucifijo del contramaestre.

El barco llegó solo a puerto una semana después. Lo trataron de loco. Pasó infinidades de tormentos por contar eso. A él le habían arrebatado la cordura.

Mi abuelo, cada vez que había tormenta, cerraba todas las ventanas de la casa. Aunque estuviera lejos del mar. Y si escuchaba un trueno particularmente fuerte, hacía siempre lo mismo. Miraba el reloj como esperando que las agujas empezaran a retroceder. Falleció creyendo que se lo iban a llevar. Me heredó la bitácora de su abuelo.

Hace tres años, un moderno buque de carga desapareció en medio del Atlántico. Los satélites dejaron de recibir señal durante apenas cuarenta y ocho minutos. Cuando volvió a aparecer, seguía exactamente sobre la ruta prevista. Los motores funcionaban. La carga estaba intacta. Pero no había un solo tripulante. Me acordé de la historia del abuelo de mi abuelo, que sigue transmitiéndose de generación en generación.

Hoy me tocaba ir a Colonia, Uruguay. Hay tormenta, pero el Buquebus sale igual, porque son seguros, dicen. Sé que no hay nada que temer y que, además, es un río o un estuario, como quieran llamarlo, al imponente Río de la Plata. Pero mejor voy la semana que viene en auto; total son entre cinco y seis horas de manejo, nada más.


Toni Schweinheim
Obra Publicada, expediente Nº 510614. Dirección Nacional del Derecho de Autor.




Con la Libertadores, la Sudamericana, la Copa Argentina y el Torneo Clausura, las copas y ligas europeas aseguran que este semestre se podrían sumar cinco o seis competencias más; si total nadie se va a dar cuenta.

Le pedimos a la IA los equipos del torneo y nos tiró esto. 

Ya pasó el Mundial, con récords de partidos jugados. Sin embargo, sigue habiendo una cantidad exorbitante de encuentros. Un menú bastante variado que va desde los torneos de ascenso, pasando por los de Primera, la Copa Argentina, la Libertadores y la Sudamericana; y a estos se les van a sumar los partidos de selecciones por fecha FIFA y los de la Champions League, la Europa League y la Conference League.

“Creo que la última vez vi jugar un Instituto–Real Madrid o un Banfield contra Francia o el Inter Miami. No me acuerdo muy bien, tanto fútbol me hizo mierda”, comenta un hincha.

Este año será el calendario con más partidos de la historia. “Vamos a tener partidos hasta los miércoles a la madrugada”, desliza un dirigente.

“Lo más lindo va a estar en la parte de abajo de la tabla: como hay descensos y varios equipos de pedo juntan once jugadores, creemos que para definir los dos descensos vamos a hacer un desempate entre diez equipos. Tal vez sean quince o metamos otra liga”, deslizan desde la LPF.

Lo cierto es que varios clubes protestaron por lo ajustado del calendario y, sobre todo, por la falta de tiempo para incorporar refuerzos y por lo económico. “Mirá, por el temita de las inhibiciones, tenemos que conformarnos con lo que tenemos: dos profesionales que son más rústicos que Iorio hablando y veinticinco juveniles, de los cuales ya quemamos veinte”, se queja un entrenador de gorrita.

“Este semestre vamos a meter cinco o seis competencias más; total, la gente no se va a dar cuenta y va a quedar ávida de fútbol por el temita del post Mundial. Vamos a meter un partido cada tres minutos”, se frota las manos un dirigente.

Sábados de Fontanarrosa. Hoy: Selección de chistes gráficos año 2000. Primera parte.

La semana pasada empezamos con una pequeña selección de chistes gráficos que Fontanarrosa sacaba en la primera pagina de Clarín. La semanas anteriores fueron las dos partes del '99, hoy la del año 2000 que también van en dos partes. Hoy la primera. 
























Ránking FIFA a agosto 2026. Con los nuevos parámetros.

 

Parámetros.

Amistosos fuera del calendario internacional: 5 puntos.

Partidos arreglados por casas de apuestas: 7 puntos

Amistosos dentro de fechas FIFA: 10 puntos

Bélgica: siempre en el top 5, pase lo que pase.

Lágrimas de mexicanos en contra de Messi: 15 puntos para Bélgica

Liga de Naciones (fase de grupos): 15 puntos

Chiqui Tapia: 2 zonas de 15 equipos.

Nacional B: 25 puntos

Liga de Naciones (fases finales) y Eliminatorias mundialistas / copas continentales: 25 puntos

Copa América y Copas continentales (hasta octavos): 35 puntos

Copas continentales (desde cuartos en adelante): 40 puntos

Mundial (hasta octavos): 50 puntos

Mundial (desde cuartos en adelante): 60 puntos.

Mundial (después de salir campeón y tatuarse la cara del entrenador): -60 puntos.

Tratar de racista a Argentina: 80 puntos

Venta del Mundial a empresarios: 30 millones de euros mensuales para Infantino.


Mambúm

Nací en Mambúm, una ex colonia africana de la República de Lendor. Como todas las potencias, después de chuparles un rato la sangre, las dejan liberadas a su suerte. En la actualidad, decir que uno es mambunés en Europa o en algunos otros países era una forma de que me discriminaran., pero no si sos futbolista.

De mi país recuerdo primero el calor sofocante. Después recuerdo a mi madre. Luego a mi padre, alto, grandote, pero flaco. No sé si verdaderamente ese es el orden de mis recuerdos o si los años acomodan la infancia de esa forma para poder soportarla. Mi madre tenía unas manos enormes. Podía llevar una olla hirviendo con un trapo, cargar a mi hermana, espantar una mosca y acariciarme la cabeza casi al mismo tiempo. Mi padre, en cambio, era un hombre de pocas manos. Las tenía siempre ocupadas trabajando.

Éramos pobres, aunque entonces yo no lo sabía. Corríamos libremente por la casa, cuando, claro, no había guerras, civiles o contra otros hermanos. El ruido del estómago por el hambre, para mí era lo más natural del mundo. No sabía que era algo producto de la pobreza. Nos entrenábamos, algunos corriendo y otros jugando a la pelota, pero no con una pelota, sino con cualquier objeto que pudiéramos patear.

Para mí aquella casa era una casa. El techo que goteaba era nuestro techo. La comida escasa era nuestra comida. Y aquella pelota hecha con medias viejas y bolsas era una pelota porque rodaba, y para el fútbol no hace falta más. Pobres, pero felices.

Después vino la guerra. No recuerdo quién peleaba contra quién. Con los años aprendí los nombres de los bandos, las razones, los mapas y hasta las fechas. Pero nada de eso estaba ahí cuando comenzaron los tiros. Mi padre murió primero. Fusilado en la puerta de casa. De mi madre nunca supe más nada. Se la llevaron con mi hermana. A mí me tiraron en un camión.

Si hubiese muerto, hubiese sido todo más fácil. Salí de Mambúm con doce años. Nos fuimos en una barcaza de colados junto a un primo del que no nos separamos después de encontrarnos en ese camión. No voy a contar en detalle el viaje, ni todo lo que hice una vez llegado a Lendor, porque hay cosas que, después de sobrevivirlas, uno puede llegar a avergonzarse de lo que hizo, pero no había alternativa. Uno tiene que sobrevivir de una u otra manera. Lícita o ilícitamente. Yo no tuve la suerte de elegir y ya sabrán dónde caí.

Tuve hambre. Tuve frío. Dormí en lugares donde ningún ser humano debería dormir. Vi hombres pegarles a otros hombres por un pedazo de pan. Vi mujeres abrazar a sus hijos durante noches enteras para convencerlos de que al día siguiente habría comida.

 

La primera palabra que aprendí en su idioma fue "refugiado". La segunda fue "negro". La tercera no la voy a repetir. Lendor era un país hermoso. Eso también tengo que decirlo. Tenía calles limpias, a veces no tanto, trenes que llegaban a horario, edificios antiguos y parques enormes. Todo lo que le faltaba a Mambúm.

Viví en un centro de refugiados. Después en otro. Después en una habitación con seis muchachos que hablaban cuatro idiomas distintos y compartíamos un solo baño. A los catorce años empecé a trabajar limpiando baños; de a poco fui escalando: después limpié platos, luego cargué cajones.

Y jugué al fútbol en el poco rato libre que me quedaba. Jugaba en una plaza con otros africanos, algunos árabes y un par de chicos de Lendor que no tenían problemas en mezclarse con nosotros mientras hubiera una pelota de por medio. El fútbol tiene esa ventaja. Durante noventa minutos nadie pregunta de dónde venís. Aunque a veces jugábamos como tres horas.

Un domingo me vio un hombre. Nunca supe por qué estaba allí. Quizás miraba a su hijo. Quizás era de la policía. Quizás de Migraciones. Quizás un mafioso. Un buen día me preguntó mi nombre. Después me preguntó si tenía documentos. Le dije que lo segundo era bastante más complicado que lo primero y que, si quería deportarme, me iba tranquilo. El tipo sonrió.

Dos semanas más tarde estaba entrenando en un club de tercera división. Por primera vez en mi vida me dieron unos botines. Dormí con ellos en la cama. Mientras otros chicos de Mambúm hacían exactamente lo mismo en la pensión. Me enseñaron a leer, a escribir. El idioma era el mismo, el del colonizador y el del colonizado.

A los diecisiete debuté. A los diecinueve me compró un equipo de primera.

A los dieciocho me mandaron un telegrama desde la selección de Mambúm, para integrar la Sub-20. Supuse que todavía estaría en guerra. No me molesté en contestar.

A los veinte me fichó uno de los grandes de Lendor. Si no el equipo más grande.

Entonces ocurrió algo curioso: dejé de ser el refugiado, el negro, el mambunés que venía a robar. Si hasta tenía un piso en un lujoso departamento de la avenida Quadratar. Los diarios comenzaron a llamarme "la joya de Lendor". Decían que mi velocidad era lendoresa. Que mi potencia representaba el espíritu lendorés. Que mi sacrificio era un ejemplo de los valores de aquel país.

Ahí llegó el llamado de la selección de Lendor. Les dije que no. Yo estaba tranquilo. Era como un pirata en ese momento, no tenía nación. El entrenador vino personalmente a verme.

—Este país te dio una oportunidad —me dijo.

No me gustó la frase. Lendor no me había regalado nada. Todo lo contrario. Venía arrebatándole cosas a mis ancestros. Pero bueno, no voy a entrar a hablar de historia.

Terminé aceptando, porque para un futbolista no hay un sueño que no involucre un Mundial de Fútbol.

Cantaba el himno de Lendor con respeto, aunque nunca conseguí sentirlo en el mismo lugar del cuerpo donde todavía vivían las canciones de mi madre.

Ganamos partidos.

Muchos.

Cuando ganábamos, yo era de Lendor.

Cuando hacía un gol era uno de ellos, no importaba el color, el origen. Era lendorés de pura sangre.

Cuando perdíamos, volvía a ser el africano. El negro. El refugiado. Ese que nacionalizaron. El extranjero al que le habían permitido ponerse una camiseta que, según algunos, nunca terminaría de pertenecerle. Aprendí a convivir con eso.

Hasta que llegó mi segundo Mundial. Tenía veintiocho años. Lendor era uno de los candidatos. Habíamos llegado hasta semifinales el último Mundial, donde quedamos cuartos. Pero había algo que me daba una sensación rara en el pecho. No sé si llamarla ardor o quemazón, pero Mambúm clasificaba a su primer Mundial. Era la cenicienta y eso me ponía contento por un lado, pero triste si tenía que enfrentar a la tierra de mis padres y a la mía, por supuesto.

Mambúm apenas había conseguido clasificarse y aquello ya había sido una fiesta. Vi por televisión las calles llenas de gente. La verdad, los edificios, las calles, me parecían muy ajenos, pero, asimismo, me tocaban el corazón. Como si una voz interna quisiera abrazarse con toda esa gente. Lloré solo en la habitación del hotel.

El sorteo quiso que no compartiéramos grupo. Me tranquilizó. Podía darse un cruce. Pero Mambúm no estaba para tanto. Después pasaron cosas: las lindas o feas sorpresas que nos dan los Mundiales, los equipos grandes afuera y algún chiquito haciendo la heroica. Mambúm entró a octavos dejando a la poderosa Prossa afuera en fase de grupos. Nos podíamos cruzar en cuartos. Pero para mí, y para cualquier futbolero, era imposible que Mambúm le ganase al gigante Domundo. Cinco veces campeón del mundo.

El equipo de mis ancestros ganó por penales. Se hizo realidad mi pesadilla: Lendor contra Mambúm. Éramos tres oriundos de Mambúm en la selección de Lendor, pero creo que ese partido me afectó a mí solo. No dormí durante los tres días previos a esos malditos cuartos de final.

Durante los himnos miré hacia la otra fila. Los jugadores de Mambúm tenían la misma camiseta que yo había visto una vez en la capital puesta por uno de los que tenían plata, cuando la selección todavía jugaba en una cancha llena de pozos y escombros. Antes de la otra guerra.

Cantaron.

Yo conocía aquella canción.

Por supuesto que la conocía.

La había escuchado antes de saber qué era un país. Mi país.

No les voy a dar un detalle del partido. No soy relator ni comentarista. El partido terminó empatado.

Prórroga.

Empate.

Penales.

El entrenador nos preguntó quiénes estaban dispuestos a patear. Yo dije que sí. Curiosamente, mis dos compañeros dijeron que no, parecía que por fin les afectaba el partido.

Mambúm ya había ejecutado sus cinco penales. Había fallado dos.

Nosotros habíamos fallado uno y todavía nos quedaba el último.

Ese último era el mío.

Si convertía, Lendor pasaba a semifinales.

Caminé desde la mitad de la cancha.

Nunca una cancha me había parecido tan larga. Tenia las piernas pesadas, no sé si de tanto cansancio o era por los nervios de ser el verdugo de Mambúm.

Puse la pelota en el punto.

El arquero me miró. Yo sonreí. Sin darme cuenta le había dado de comer a toda la prensa amarillista.

Miré al arquero. Lo conocía. No personalmente. Sabía solo su apellido por cuestiones futbolísticas. Pero conocía sus ojos. Detrás de él estaban los hinchas de Mambúm. Había hombres llorando antes de que pateara. Mujeres rezando. Chicos con camisetas rotas. Un país desgarrado por infinidad de guerras. Pensé en mi padre. Pensé en las manos de mi madre. En mi hermana, que nunca volví a ver. Pensé en el hambre. En la barcaza. Pensé en Lendor. Porque sería injusto decir que allí solamente sufrí. Allí tengo amigos, una familia, una nacionalidad. Tengo lujo.

El árbitro hizo sonar el silbato.

Tomé carrera.

Y la tiré afuera. Como a un metro del palo.

Mambúm convirtió el siguiente. Quedamos eliminados. No miré a mis compañeros. Escuché el estadio partirse en dos.

De un lado lloraban.

Del otro también.

Esa noche volvieron todas las palabras: negro, refugiado, africano y muchos adjetivos calificativos.

Después de tantos años, tantos goles y tantas veces que habían dicho que yo era uno de ellos, bastó que una pelota pasara junto a un palo para devolverme al lugar donde había nacido.

Todos dijeron que lo había hecho a propósito. Al día de hoy no puedo afirmarlo ni negarlo. No sentí nada al errarme el penal. Ni angustia, ni felicidad ni pena. Nada de nada. La verdad es que, al momento de patearlo, se me puso todo borroso. Quedé confundido desde que tome carrera.

Mambúm perdió la semifinal cuatro días después.

Ni siquiera llegó a la final. Lo golearon tres a cero.

Yo vi el partido solo, en el living de mi departamento en Lendor. Mi mujer se había ido a pasar unos días con los padres. Después nos íbamos de vacaciones.

Cuando terminó, la televisión mostró las calles de Mambúm.

Seguían llenas.

La gente cantaba.

Bailaba.

Estoy agradecido con Lendor. Profundamente agradecido. Fue la tierra que me dio una cancha cuando yo no tenía nada. El lugar donde pude convertirme en futbolista, aunque cada centímetro que avancé dentro de ella me lo gané con mis piernas.

Pero aquella gente necesitaba esa alegría más que nosotros. Aunque fuera por cuatro míseros días. Porque ellos eran mi gente. Y, al parecer, yo seguía siendo uno de ellos. Después de todo, apenas erré aquel penal, volví a ser africano para todos. Sobre todo para Lendor.


Toni Schweinheim
Obra Publicada, expediente Nº 510614. Dirección Nacional del Derecho de Autor.




Una profesión como cualquiera.

Buscar la idolatría en un jugador de fútbol porque hizo goles es como decir que un abogado es amigo tuyo porque ganó un caso. A ambos les pagaron para que hagan su trabajo.

Porque uno no va a la cancha pensando que esos once tipos están cumpliendo con las obligaciones emanadas de un contrato de trabajo. Nadie grita desde la popular: “¡Vamos, carajo! ¡Cumplí con la prestación a tu cargo!”. Uno lo putea, le pide huevos, que vaya al frente.

El fútbol tiene esa cosa rara de hacernos creer que el tipo que está adentro de la cancha siente exactamente lo mismo que el hincha. Que cuando besa el escudo lo besa por amor. Que cuando dice que siempre soñó con jugar en el club, efectivamente soñaba con eso y no con jugar en el Real Madrid, pero era lo que había o el que puso unos mangos más y lo trajo.

Al fin y al cabo, es una profesión más. Para eso le pagan. Sí, obvio que hay también jugadores que aman a su club. Pero son poquitos. Esos se emparentarían más con los artistas. Hoy los artistas no ganan nada, tienen que tener un laburo de verdad y hacer lo de su vocación artística como hobby o como ingreso mínimo.

Pero volviendo. Yo nunca vi festejar a la tribuna que el abogado del club haya ganado un juicio o haya llegado a un arreglo favorable. Tampoco vi banderas del tipo “Gracias, contador Fernández, por pagar los sueldos”, cuando el tesorero hace lo que corresponde. Esto es lo mismo. ¿O me vas a decir que el nueve es más grande que el tesorero porque hizo un gol? Ambos hicieron su laburo, no jodamos.

Si los jugadores tienen hasta premios por objetivos: por ganar una copa, un torneo, un clásico, por meter goles. Si faltan también a los entrenamientos, los sancionan como a cualquier empleado en relación de dependencia.

Porque el tipo es simplemente un empleado hasta que hace un gol importante. Ahí se terminó cualquier discusión. Pasa a ser otra cosa. Un héroe. Un prócer. Caen los cánticos de la tribuna. A la otra fecha hay banderas. Si el club tiene medianamente guita, le paga cuando tiene que renovar el contrato —un ascenso laboral— y, si no tiene la plata, se va a otro club donde le paguen más o a un grande para rajarse a Europa.

Hay tipos que tuvieron la suerte de hacer uno de esos goles y prácticamente consiguieron la inmortalidad. El bronce. San Martín. Belgrano. Y el delantero que metió un gol porque le correspondía. Para eso está ahí. Después se va, se raja. Pero ya quedó inmortalizado por hacerle un gol en un clásico. Pero claro, después vuelve, y esa sería la jubilación: le va como el culo en otros clubes, boya por Europa sin pena ni gloria y vuelve a recalar en el club con quince kilos más. Y es la vuelta del ídolo. Y lo aplauden como focas.

El hincha es generoso con algunas cosas. Con otras es un hijo de puta. Puede perdonarte veinte partidos malos por un gol contra el rival de toda la vida, pero no te perdona que un día digas que estás cansado.

—¿Cansado de qué? ¡Si jugás a la pelota!

 

Como si correr noventa minutos fuera lo mismo que estar tirado en una reposera con una cerveza apoyada en los huevos.

Pero es así. Porque así como te digo una cosa, te digo la otra. Es un laburante el futbolista. Yo ya te conté la parte buena, pero la mala, puf, ni hablar.

El futbolista tiene prohibido cansarse, estar triste y, fundamentalmente, tener ganas de ganar más plata. Eso último es imperdonable. El hincha puede cambiar de trabajo porque en otro lado le pagan cincuenta lucas más. El jugador no. El jugador tiene que quedarse por más que le deban seis o siete meses. Por amor. Y si se va, traicionó los colores. Ah, y si llega a irse con un juicio de por medio, agarrate porque te tildan de mercenario, basura, traidor. Como si ningún empleado le hubiera hecho algún juicio laboral al patrón. Dale, somos grandes.

También están los besos al escudo. Ese es otro tema. El beso al escudo te ata de por vida al club. Lo besaste. Cagaste. A partir de ese momento pertenecés al club hasta tu muerte. No importa que después cambie el técnico, el presidente no te quiera, te deban seis meses de sueldo o venga un club de afuera y te ofrezca diez veces más. Vos lo besaste en un momento de emoción que no te dejó ver nada. No importa. Ahora bancátela. La única forma de salir de ese contrato no escrito es irte a otro club y también besar ese escudo. Ahí sí, chau idolatría, pasaste a ser un mercenario vendehumo.

El hincha se siente jugador también. Sí, es una parte fundamental del fútbol. Pero se acapara méritos del jugador, del empleado al que putean. Sí, está bien, todos con la cuotita al día le pagan una parte del sueldo a todos. Pero si la pelota entró porque un tipo le pegó bien con la derecha al ángulo, el hincha te dice “metimos un golazo”; cuando el boludo del jugador le erra, le erra “él”. Y si el gol es épico o en una final o clásico caliente, en treinta años se llenan la boca diciendo: “Les ganamos”. Así, en plural.

Esa apropiación siempre me parece maravillosa. Porque después pasa el tiempo. El ídolo envejece. El hincha también. Y aquel gol queda congelado en un lugar donde nada ni nadie envejece. En el Olimpo de los dioses. Uno lo vuelve a ver y la tribuna está igual, la camiseta está igual, la pelota entra siempre en el mismo lugar. Lo único que cambió fue uno. Por eso nunca entendí del todo eso de los ídolos.

A veces alguien se acerca y me dice:

—Vos sos mi ídolo.

Y yo sonrío.

¿Qué querés que haga?

Le agradezco.

Me saco una foto.

Si tiene una camiseta, se la firmo.

Si viene con el hijo, trato de darle un abrazo al pibe porque sé que probablemente se acuerde toda la vida de ese momento.

Después se van felices.

Y yo me quedo pensando en lo mismo.

En que no hice nada por ellos.

No los conozco.

No sé cómo se llaman.

No estuve cuando necesitaron una mano.

No les presté plata.

No fui al velorio de sus viejos.

No sé absolutamente nada de sus vidas.

Solamente hice goles.

Bastantes, por suerte.

Y me pagaron muy bien por hacerlos.

El contador Fernández nos tuvo a todos al día. Hacia malabares financieros y el depósito siempre estaba cuando lo necesité. ¿Pero sabés una cosa? Nunca vi a treinta mil personas gritar el nombre del contador Fernández.

El mío sí.

Y, la puta madre...

qué lindo que era.


Toni Schweinheim
Obra Publicada, expediente Nº 510614. Dirección Nacional del Derecho de Autor.



La tormenta

  Los marineros viejos no le temen al mar. El mar es trabajo. Tampoco al oleaje. Las olas son trabajo, también. Mucho menos le tienen miedo ...


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