Slider[Style1]

Style2

Style3[OneLeft]

Style3[OneRight]

Style4

Style5

Sábados de Fontanarrosa. Hoy: el chiste del día... 6 de agosto

 Siempre se dijo que los chistes de Fontanarrosa siempre están vigentes y hoy lo vamos a demostrar nuevamente. En la sección de hoy perteneciente al Negro, tenemos "el chiste del día". La consigna es publicar un chiste del Negro que publicado un día como hoy, o sea, un 6 de agosto. Es por ello que van chistes de ese día que salieron publicados en Clarín, desde el '98 al 2006.


1998

1999

2000

2001

2002

2003

2004

2005

2006


Sábados de Fontanarrosa. Hoy. "El penani"

El que puso el dedo en la llaga fue, sin quererlo, el "Gamuza".

—Che, Penani —le preguntó—. A vos ¿Por qué te dicen Penani?

El flaco bajó la sexta que estaba leyendo, lo miró un momento y, encogiéndose de hombros, dijo:

—Qué sé yo.

—¿Cómo no sabes, gil? —insistió el otro.

—No. No sé.

—Otario —se puso agresivo el Gamuza—. Te dicen Penani y no sabes por qué te dicen Penani. . .
El flaco dejó de prestarle atención, volvió a levantar el diario buscando la página de deportes.
—Qué se yo, Gamuza —concluyó—. No hinches las bolas.

El Gamuza se levantó, riéndose, mirando hacia los demás.

—¡Qué otario éste! —lo señaló—. Ni siquiera sabe por qué mierda le dicen así.

Pero, a pesar de la aparente indiferencia con que el Penani había tomado la pregunta, al día siguiente quedó demostrado que la cosa le había dejado una cierta preocupación.

—Vos sabes que el rompebolas de Gamuza —arrancó, sin aviso previo, el flaco en tanto masticaba aparatosamente unos saladitos—. Ayer me metió un dedo en el culo. . .

Guilloti lo miró, expectante.

—Me preguntó —siguió el flaco— por qué a mí me dicen "Penani". ¿Y vos sabes que es una buena pregunta? Mira vos, mira vos cómo son las cosas. A mí nunca se me había ocurrido preguntármelo. Mira vos. . .

—O sea. . . —empezó Guilloti— . . .a vos te dicen Penani desde muy chico, me imagino.

—Siempre. Desde siempre —volvió a atacar los saladitos el flaco. —Y son esas cosas que vos ya las aceptas así. Que ni se te ocurre preguntarte por qué carajo son o de dónde carajo salen. Te llaman así y chau, a la lona, nadie entra a averiguar por qué. . .

—Claro —aceptó Guilloti— . . .como a mí Cacho.

—Bueno. . . Pero en el caso tuyo. . . nadie va a pensar que Cacho puede tener algún significado especial.

—Eso es verdad —aprobó Guilloti.

—No vas a ser un cacho de algo, un pedazo de alguna cosa.

—No —casi sonrió Guilloti.

—Qué joda ¿no? —el flaco se quedó pensativo. Cacho también. Pero a poco aportó lo suyo.

—Generalmente —dijo—Esos apodos raros que vienen de muy pendejos, son por alguna palabra que decías mal, o que le llamabas así a alguna cosa, o. . . —a Guilloti se le terminaron los argumentos.

—Sí —consintió el flaco— . . . pero "Penani". . . ¿Qué sorete es "Penani"?

—La verdad. . . —admitió su ignorancia Guilloti.

—Puta. . . se me ha despertado la curiosidad —se estiró el flaco en su asiento rascándose la entrepierna.
—¿Y por qué no le preguntas a tus viejos? —le dijo Guilloti.

—Sí. Sí. Les voy a preguntar —anunció el flaco. Y se pusieron a hablar de fútbol. Lo cierto, y para no hacerla larga, es que el flaco esa misma noche le preguntó a la madre. La madre primero lo miró con extrañeza, luego se puso algo nerviosa y, finalmente, le dijo que ella tampoco sabía.

—Vieja —se enojó el Penani—. ¡No me vas a decir que vos me conociste cuando a mí ya me decían así!

Pero la madre se mantuvo en lo suyo. Le dijo que si lo sabía se había olvidado, que debía ser por alguna tontería y que posiblemente el que tenía conocimiento del asunto era su padre.

El flaco quedó muy preocupado, no sólo porque su padre había muerto cuatro años atrás al chocar con el Rastrojero, sino porque esa noche la madre no quiso cenar y estuvo lloriqueando durante todo el tiempo que se mantuvo mirando televisión. Al día siguiente, el flaco abordó a Brígida, la abuela. La anciana sólo le brindó una información somera.

—Nene —le dijo—, si siempre te han llamado así —justificó.

—Sí, pero quiero saber por qué me llaman así.

La abuela miró hacia todos lados, se asomó a la puerta de la cocina, y después le dijo:

—No sé, querido. Me olvido de las cosas. Vos sabes que no ando muy católica de la memoria.

Penani tuvo que contenerse para no pegarle. La vieja aquella tenía una memoria prodigiosa que le permitía recordar qué vestido había usado su prima Etelvina cuando el casamiento de tía Eloy, a mediados del año 27, o el número de teléfono de su hermana Ruth, en Saladillo, de donde ésta se había mudado hacia fines del 31.

Penani tomó férreamente a la vieja por un brazo y amenazó torturarla con un tirabuzón. La abuela chilló un poco, le rogó después que no la comprometiese y, finalmente, vomitó.

Aquello ya sacó de quicio al Penani. Al día siguiente no apareció por el taller. Se tomó un ómnibus y se fue hasta el instituto psiquiátrico de Oliveros, a ver a su tío Tomás, internado allí desde hacía algo más de 25 años, año más año menos. Nunca había quedado bien en claro si Tomás estaba realmente loco en el momento de la internación, lo que produjo a través del tiempo más de una controversia airada en la
familia. Pero Penani sabía que el tío había vivido sus últimos años de cordura en su casa, cuando él era chico, y podía saber algo respecto de su apodo.

El recuerdo de su tío Tomás era muy borroso para el flaco. Recordaba una escena de una Navidad cuando él mismo, el flaco, tendría cuatro o cinco años, con Tomás levantando un fuentón con barras de hielo, y otra escena, con su tío peinándose frente al espejo del baño de servicio, con un tenedor de postre.

Penani fue a ver a Tomás ese día, y volvió ya de noche.

De allí en más su conducta cambió mucho. De común alegre y dicharachero, se tornó un muchacho serio y reconcentrado.

Un día antes que los compañeros de la barra lo abordaran para preguntarle qué le pasaba, hizo las valijas y se fue del barrio.

Al tiempo, se enteraron de que se había ido a vivir a Australia, que trabajaba en una curtiembre, arreglaba artefactos eléctricos y hacía otros trabajos menores.


Roberto Fontanarrosa

Extraído del libro "No sé si he sido claro". Ed. de la Flor 1998. Ed. Planeta.2002.



Sábados de Fontanarrosa. Hoy: Ciudad Sagrada


Un buen día, Chichan, Shogun de Narita, heredero del oreganato Ming, visitó sorpresivamente la ciudad sagrada de Kyoto. Grande fue la sorpresa de los guardias apostados en las murallas de la ciudad cuando vieron aparecer ante sus puertas la comitiva de Chichan que, con sus armaduras de acero, brillaba bajo el sol como un puñado de piedras preciosas. Pero también grande fue el estupor del Shogun cuando advirtió que el puente levadizo que permitía el acceso a la ciudad sagrada no funcionaba por desperfectos en el mecanismo.

Sábados de Fontanarrosa. Hoy: "Fontanarrosa y la política"

Compilados de chistes extraídos del libro "Fontanarrosa y la política". Ed. De La Flor 1998. Ed. Planeta 2012.














Sábados de Fontanarrosa. Hoy "No se puede tener todo"

En un momento dado, Eduardo se quedó mirando hacia un costado.

—¿Che? —preguntó—. Aquel que está sentado en la mesa contra la ventana ¿no es Rearte?

—Sí. Es Rearte —dijo Adolfo sin darse vuelta a constatarlo—. Lo vi al entrar. Creo que no me reconoció.

—Pero... —Eduardo frunció la frente—. Está hecho bolsa ese muchacho. Se le cayeron todos los años encima.

—Sí —admitió Adolfo.

—Uhhh... —Eduardo seguía consternado—. ¡Pero si parece que tuviera setenta años!¡Qué avejentado que está!

—Anduvo jodido.

—Tiene mi edad Rearte. Fuimos compañeros en la secundaria.

—Parece que tuviera veinte años más.

—¿O nosotros estaremos igual? —se alarmó Eduardo, volviendo a mirar a su acompañante de mesa luego del estudio exhaustivo de la precaria actualidad de su ex compañero de estudio. Adolfo soltó una risotada sorda.

—No jodas —aconsejó.

—¿Estaremos igual, che? ¿Él nos verá igual a nosotros?

—No. Es que no anduvo bien ese muchacho — insistió Adolfo. Eduardo no pareció oírlo. Se había metido por otra vertiente de la conversación.

—Porque a veces es un poco la forma de vestirse ¿No es cierto? La actitud —arriesgó—. Yo veo tipos que siempre han sido muy formales para vestir. Pero muy formales. Siempre de traje y corbata... Ropa oscura...

—En la puta vida los ves de sport...

—Claro... Y eso los avejenta un poco.

—Sí, pero en este caso...

—Sí... —Eduardo sacudió la cabeza, reflexivo—. Pero en este caso no es así. Éste se viste de traje y todo eso pero además está achacado. Pelado, con lentes...

—Te decía que...

—Medio panzón —arremetió Eduardo, ensañado—. Eso es lo que te caga. Porque uno no puede evitar quedarse pelado. O tener que usar lentes. Pero se puede evitar engordar como un chancho. Eso es cuestión de voluntad.

—Tampoco éste está gordo como un chancho, Edu.

—Te digo en forma genérica. Panzón está. Claro, que yo recuerde, éste no hizo deporte en su puta vida.

—Te digo que anduvo para la mierda —Adolfo golpeó con los nudillos suavemente sobre la mesa como para reafirmar su conocimiento y, de paso, llamar la atención de su amigo.

—Y eso con el tiempo se siente —Eduardo desechó el reclamo—. Cuando no tenés los músculos abdomínales más o menos trabajados, después de los cuarenta se te relaja todo. Adolfo lo miraba. Eduardo detuvo su discurso y lo miró también.

—¿Cómo que anduvo para la mierda? —rebobinó, volviendo a fruncir la frente.

—Estuvo loco.

—¿Loco?

—Sí. Pero loco loco. Loco del bocho. Demente.

—No jodas.

—Sí. No loco lindo o loco divertido. Estuvo internado y todo, este muchacho.

Eduardo volvió a depositar la mirada sobre su medianamente lejano ex compañero de estudios. Ahora con otro interés, con otra óptica.

—¿Y cómo lo sabes?

—Porque hará un año o dos lo encontré en El Savoy. Bah, lo encontré... Es un decir. Yo estaba tomando un café, tenía que hacer tiempo o algo así... ¡Tenía que ir a lo del escribano, ahora me acuerdo! Que está ahí nomás, a media cuadra, vos viste... Y en eso, lo veo a este tipo, al Rearte, en otra mesa. Como si fuera ahora, que también está sentado en otra mesa. También contra la ventana...

—Se ve que la locura le da por ahí —apretó una sonrisa, Eduardo.

—No seas hijo de puta. Pero yo no lo veía muy bien, porque lo tenía medio tapado por una columna. Digamos que lo veía a él pero no veía al tipo que estaba con él. Porque yo lo veía hablando. Muy animadamente. Meta hablar y hablar, dale que dale...

—No era un tipo muy conversador, por lo que me acuerdo.

—Se notaba que era una conversación muy interesante. Yo no escuchaba lo que decía, pero lo veía gesticular, así ¿viste? —Adolfo dibujó algunos gestos con sus manos, en el aire, ampulosos—. Y se reía. Se reía mucho. Ahí sí, fuerte. Yo lo escuchaba reírse. Pero, bueno, no le di mayor bola al asunto. "Estará con algún amigo" me acuerdo que pensé.

—O con alguna mina.

—También. Con alguna mina. Pero me olvidé de la cosa. Tampoco yo soy un amigo demasiado cercano de este muchacho, después de todo. Y no sé qué mierda empecé a hacer, aprovechando el tiempo, con unas facturas, algún trabajo atrasado. Pero me acuerdo que lo volví a mirar porque escuché que se reía de nuevo, muy fuerte, una risa muy sonora, muy estentórea. Digo "ahora cuando me levanto voy a ver con quién está este tipo", más que nada por esa curiosidad de chusma que tiene uno.

—Es que acá en Rosario uno es chusma a la fuerza, Adolfito. Si uno conoce a todo el mundo — puntualizó Eduardo, profundo.

—Me levanto, me pongo el sobretodo —era invierno— miro como para saludarlo, y veo que este tipo estaba solo. Estaba solo en la mesa.

—Estaba hablando solo —Eduardo asimiló el golpe.

—Completamente solo. Yo medio que miré para todos lados, porque por ahí había estado con alguien y el otro tipo, o la tipa, se había ido recién. O se había levantado para ir al baño. Pero no parecía ser así y aparte en la mesa de él había un solo café, un solo vasito de agua.

—Qué jodido...

—Jodido ¿viste? Porque la cosa te descoloca. Yo no sabía muy bien qué hacer...

—Te piraste...

—¡No! Porque él me había visto. Cuando yo me levanté para ponerme el sobretodo y miré como para saludarlo, él también me vio. Me vio y me saludó muy efusivamente con la mano: "¡Qué haces, Adolfo!"

—Te dejó pegado.

—Me tuve que acercar, te imaginás. Y ahí corroboré que el hombre no andaba demasiado bien de la azotea. Primero, que caí en la cuenta que desde otras mesas también lo estaban mirando. Un poco con interés, otro poco con inquietud ¿viste? Uno nunca puede saber demasiado bien qué carajo puede hacer un loco. Algunos otros tipos que estaban en otras mesas me miraban haciéndose los boludos como diciendo...

—Otro loco de mierda.

—No. Pero... ¿viste? Qué sé yo... Como diciendo, "Este tipo no se apioló, este tipo no se dio cuenta...". Una cosa así.

—Y... ¿qué pasó? ¿Te sentaste?

—Me tuve que sentar. Medio en el filo de la silla como para irme, pero me senté. Y ahí me contó. Dentro de su incoherencia me contó cómo venía la mano con él...

—¿Se lo notaba muy alterado?

—Ah... Eso es lo que te había empezado a contar, aparte del hecho de que la otra gente lo mirara. Sí... Hacía gestos raros con la cara. Rictus ¿viste? Visajes. Fruncía la cara. Replegaba los labios y mostraba los dientes apretados, como si le doliera algo. No siempre, por supuesto, de vez en cuando. Pero eran como tics. Y transpiraba, además. Y te estoy hablando de pleno invierno. Un  frío de cagarse.

—¿Y qué te contó?

—Que se le había matado en un accidente un amigo muy querido, y que era...

—A la pucha.

—Y que era con ese amigo con el que había estado hablando. Que se encontraban muy seguido. Que tenían muchas cosas para contarse. Que el accidente había sido como dos años atrás, pero que se seguían viendo...

—Mira qué extraño. Iba y venía de la locura — diagramó Eduardo—. Sabía que su amigo se había muerto pero lo mismo te contaba que hablaba frecuentemente con él.

—Eso mismo. Con total naturalidad. Por momentos, te juro, parecía que estaba completamente lúcido y normal...

—Era un tipo agradable, recuerdo.

—Un tipo agradable. Pero también me dijo que cuando su amigo no aparecía —o mejor, el fantasma de su amigo no aparecía—, él se angustiaba mucho, que sufría, que se deprimía, que a veces lloraba...
—La mierda.

—Entonces yo le dije... te imaginás... ¿Qué carajo le iba a decir en un momento así? Le dije que por qué no iba a ver a un psicoanalista...

—Lógico...

—Y me dijo que había empezado a ir hacía poco. Que su mismo amigo se lo había aconsejado...

—¿Su amigo? ¿El muerto?

—Y otra gente, también. Familiares, supongo. Y que estaba muy satisfecho con la terapia, que le estaba yendo muy bien...

—¡Ya veo!— rió, asombrado, Eduardo.

Adolfo se quedó callado. Torció su cabeza para mirar a Rearte que, algo encorvado, les daba la espalda desde la mesa de la ventana.

—Después me fui —completó—. De ahí conozco este asunto de la historia ésa. De lo que me contó él.

—Fijate vos —bamboleó la cabeza hacia adelante y hacia atrás Eduardo, abstraído. También él observó a Rearte entonces—. Y ahora, cuando entraste —preguntó a Adolfo—. ¿No viste si estaba hablando solo, o si gesticulaba, o algo así?

—No... No...

—¿No viste o no hablaba solo?

—No hablaba solo. Ni gesticulaba. Al menos en los momentitos que yo lo miré. Porque lo miré para saludarlo cuando lo reconocí pero él no me vio entrar.

—Yo tampoco lo vi hacer nada raro —murmuró Eduardo.

—Por ahí está bien. Quién te dice.

—Como suelto, anda suelto.

—Por ahí se curó con la terapia, Edu —Adolfo estaba recogiendo sus cosas de una silla contigua, como para irse.

—Lo voy a ir a saludar, a ver qué pasa —afirmó decidido Eduardo también poniéndose de pie.

—Andá, andá y después me contás —lo alentó Adolfo, acomodándose la bufanda. Se separaron. Adolfo se fue por la puerta de la esquina de Santa Fe y Sarmiento y Eduardo, abrochándose el saco, se aproximó a Rearte. Rearte lo recibió con algo de sorpresa y una medida alegría. De cerca se lo veía más avejentado aún, pero calmo, con cierta transparencia en la mirada y un leve temblequeo en el labio inferior. Rearte invitó a compartir la mesa a Eduardo y éste, igual que Adolfo en aquella ocasión, se dejó caer casi en el borde de la silla, la agenda apoyada sobre sus muslos, como para partir en cualquier momento.

Eduardo, piadoso, mintió que lo encontraba bien, casi igual que siempre, lo que dio lugar para que Rearte, casi culposo, lo contradijera efusivamente y le explicara las causas de su estado de deterioro físico ligeramente prematuro. En tanto le contaba la historia que Eduardo ya sabía a través de Adolfo, Rearte se fue entusiasmando, adquiriendo confianza, como si al principio desconfiara de que Eduardo fuera realmente quien decía ser. Le habló de su amigo, del terrible accidente, del shock emocional que aquel suceso le había provocado, de su desequilibrio

nervioso, de sus largas y animadas charlas con el espíritu ("o lo que fuere" aventuró) de su amigo muerto, de su terapia y de su sostenida mejoría.

—Me hizo muy bien, Lejarza —sonrió, tristemente, rescatando el apellido de Eduardo, que la cotidiana lista de asistencia escolar había grabado en su memoria—. Pude hablar el asunto. Pude, como dicen ellos los psicólogos, elaborar el duelo. Pude asumir que mi amigo había muerto.  Convivir con eso. Incorporarlo...

—¿Terminaste la terapia? —preguntó Eduardo.

—Terminé. Terminé. Bah... Voy de vez en cuando. Controles más que nada.

—Esas cosas nunca terminan del todo —precisó Eduardo como si supiera.

—Nunca estás sano —la sonrisa de Rearte era desvaída.

—¿Y ahora cómo andas, cómo te sentís?

—Peor, Lejarza. Peor —dijo Rearte, al punto. Eduardo se echó un poco hacia atrás, sin mudar de expresión, impactado—. Antes al menos tenía con quien conversar. Me pasaba horas hablando con el espíritu, o lo que sea —se encogió de hombros— de Aldo. Te aseguro que me iba a algún café, lo encontraba allí y estábamos horas charlando. Claro, ya no nos veíamos tan seguido como cuando él estaba vivo —que estábamos juntos todo el santo día, éramos culo y camisa te juro—, y entonces cuando nos encontrábamos teníamos un montón de cosas para contarnos. Pero ahora...  —Rearte lentificó su relato—. Ahora me siento muy solo. Muy solo, Lejarza. Vos sabes que yo no me casé, mi vieja está muy viejita...

Eduardo amagó ponerse de pie. Sentía la incomodidad propia de quien sospecha que su interlocutor puede ponerse a llorar en público en cualquier momento. Intuyó que debía hallar una frase de cierre, antes de irse.

—No se puede tener todo —barbotó, mirando hacia el nerolite de la mesa. Y suspiró profundo.

—¿No querés tomar un café? —Rearte lo tocó en el brazo, adivinando su intención y retomando, incluso, un tono de voz más festivo. Eduardo se puso de pie, ligeramente espantado.

—No, Rearte. Me tengo que ir.

—Quédate. ¿Tenés mucho que hacer?

—Sí. La verdad que sí. Me alegro de verte bien, Rearte.

—Un café nomás —Rearte elevó su dedo índice en el aire—. Contame si viste a alguno de los muchachos. ¿Lo ves a alguno?

—A Ferrer, a veces... A Spiño... pero mejor otro día, Rearte. La verdad es que ando a los rajes.  Discúlpame pero nos vemos en cualquier momentito.

Apretó la agenda sobre su pecho y salió hacia Sarmiento. Rearte miró hacia la barra e hizo la seña de un cortado.

Roberto Fontanarrosa

Extraído del libro "La mesa de los galanes". Ed de La Flor 2001/ Ed. Planeta 2012.



Sábados de Fontanarrosa. Hoy: Ulpidio Vega

Ulpidio Vega, te nombro. Y de la apagada sombra de tu nombre rescato tu paso tardo por el empedrado desprolijo de Saladillo y la cierta fama de guapo sin doblez que te persiguió sumisa, como la silenciosa y tenaz fidelidad de un perro.
Quien te vio alguna vez por el Bajo, no te olvida. De callada mesura, sombrío el porte, mezquinabas palabras como si fueran monedas caras. Negros los ojos, en la negrura misma que sobre la frente escasa te tiraba encima el ala apenas curva de tu sombrero gris, tan conocido.
Ulpidio Vega, te nombro. Y de tu nombre exhala un aliento a kerosén barato, a bizcochito, a queso de rallar y vino tinto.
Aroma de almacén, de cambalache, que tuvo tu pobre viejo laburante por calle San Martín, casi en Tablada. Aroma a jabón pinche, a mate amargo, el mismo aquél que te alcanzaba la mano cordial de doña Cata, tu pobre vieja, que se cansó de mirar por la ventana.
Ulpidio Vega, te nombro. Y se santiguan las cuatro esquinas bravas de Ayolas y Convención, las que salieron tantas veces escrachadas en letra de molde cuando algún fiambre aparecía tirado en esa encrucijada.
Rezan de apuro las jovatas de memoria larga al recordar tu estampa de figura fina, el caminar pesado, un gesto de disgusto en la cara aindiada y el cuerpo erguido por la faca que atrás, en la cintura, te entablillaba.
Por trabajar en el Swift te habían llamado "El Matarife de Saladillo".
¡Qué te iba a impresionar a vos la sangre, Ulpidio Vega! Si día a día degollabas animales y la cuchilla te era tan natural como un anillo, como un zarzo sencillo en el meñique.
Pero eran dos los Vega, Juan y Ulpidio. "El Vega chico" le decían al otro que también trabajó en el frigorífico.
Y por si fuera escaso el desmesurado coraje de Ulpidio en la pelea, el "Vega Chico" era también de púa veloz, y sin entrañas.
De negro los dos, siempre, aun de mañana.
Pero, como suele suceder en estas cosas, Ulpidio se metió con una mina que se levantó una noche de Carnaval en el Club Atlético Olegario Víctor Andrade. La mina era una reventada que hacía copas en el Panamerican Dancing, frente a Sunchales, y que ya le había borrado el estampadito floreado a las sábanas del Amenábar, de tanto frote. Pero una hembra que pasaba y dejaba el aire como embalsamado de perfume dulzón, y enardecido. Rosa se llamaba, y era justicia.
Ulpidio Vega, te nombro. Y no me equivoco. Como se equivocó esa noche fatal la mina aquella cuando por llamarte "Ulpidio", "Juan" te dijo.
¡Qué oscura mano de destino cabrón los puso frente a frente, Ulpidio Vega!
¡Vos y tu hermano, inseparables siempre, enfrentados por el cariño falaz de una perdida!
Tiempo estuvieron mordiéndose las ganas de agarrarse. De mirarse profundo, y sin palabras. De medirse con odio. Y de no hablarse. Todo el barrio sabía del bolonqui que rechinaba en los dientes de los Vega. Pero cuando más de una vez saltó la bronca, y la faca apareció brillando en ambas diestras, algo los amuraba al suelo y les clavaba la bronca a la vereda. Algo, que allá en la casa, desde chicos les acariciara la frente, les planchara los lompa y les dejara los botines bien brillosos cuando se iban de milonga a Central Córdoba. Algo. La vieja.
"Si no te mato" se lo dijo bien clarito Ulpidio a Juan "sólo es por ella". "Si no te enfrío" le contestaba Juan, que no era lerdo "es por la vieja".
Y así andaban los dos, encajetados, sin poder ni dormir, más que hechos bolsa. Y encima la reventada de la Rosa les metía la cizaña de su labia, de sus promesas vanas, de sus mañas.
Y no se pudo más. Aquella noche Ulpidio y Juan llegaron puntualmente hasta el campito. Era un potrero de pura tierra y matorrales que los mocosos usaban para jugar al fulbo. Pero esa noche había luna. Y no era juego.
Ulpidio peló una faca que tenía este largo. ¡Uy Dio, cómo brillaba la plata de la luna sobre el filo helado del acero!
Y Juan, Juan peló también tremenda púa que de verla nomás, te entraba miedo.
"¡Venite!"
"¡Vení vos!" se supo después que se dijeron. Y fue cuando llegó doña Cata hasta el campito, de pálido rostro, ojos sufridos, de manos apretadas y pañuelo negro. Nunca se supo quién le pasó el dato. Tal vez, fue esa mágica intuición de madre la que la llevó hasta allí en ese momento.
No se oyó de su boca, una palabra. Y tampoco en sus ojos lágrimas se vieron. Pero eso sí, sus manos agrietadas de lavar ropa ajena en el invierno, dibujaron en el aire asustado de la noche, un gesto: se agachó, se sacó una zapatilla y lo demás, frate mío, ni te cuento.
A Juancito lo fajó hasta en el cogote, le deformó la sabiola a chancletazos, y le sacudió tantos palos por el lomo que lo dejó mormoso al pobrecito. Contaban los vecinos que lo oyeron, que tirado en el suelo, Juan rogaba y a la vieja pedía perdón a gritos.

A Ulpidio, de las crenchas lo cazó la vieja aquella, y le arruinó la jeta a chancletazos porque le pegó media hora, de corrido.
Roberto Fontanarrosa.
Extraído de "El Mundo ha vivido equivocado". Ed. Planeta 2012. Ed. De La Flor 1982.

Sábados de Fontanarrosa: Hoy: "Semblanzas deportivas.El avance alemán" (a propósito del VAR)

Aprovechando que se vino el VAR, casi 37 años después que Fontanarrosa plasmara en octubre del 85 en la revista Fierro una historieta llamada "El avance alemán". 
Publicado originalmente en Semblanzas deportivas, Ed de la Flor, 1989. Click sobre la imagen para agrandar.

Algunos tips para no entender la televisación del ascenso

Es lo que hay...


Top