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— ¿Trajiste eso Rodo? —preguntó ansioso Antonio. Rodolfo sacó un sobre de uno de los bolsillos interiores de su saco marrón y lo fue pasando entre todos los “muchachos”.

—Uh. No lo puedo creer —dijo Enrique con una sonrisa de oreja a oreja.

—Hace cuánto que no veía una, hace tanto…

—Sí, desde que somos viejos chotos y nonos dejan hacer ni probar nada —contestó Roberto.

—Nos quieren cuidar, Roberto, y es por nuestro bien — se defendió Rodolfo.

—Cállate, pollera ¿Ahora te vas a vender y pasarte del otro lado? —lo atacó Antonio.

—No, nunca, solo te digo que entiendo las prohibiciones…

— ¿Prohibiciones como estas? —dijo Enrique mientras se prendía un cigarrillo.

— ¿Qué haces? No seas chambón…

—Si vamos a hacerla, vamos a hacerla completa… —respondió Enrique mientras le daba una pitada interminable al cigarrillo.

—Estamos todos mal del corazón, y vos haciendo eso… —se quejó Antonio.

—Peor es lo que estamos a punto de hacer…

—Dejémonos de joder y vayamos a lo importante —ordenó Rodolfo— ¿Qué excusa dijeron en su casa para estar acá?

—Yo que iba a jugar a las bochas —dijo Antonio.

— ¿A las bochas un domingo a las dos de la tarde? —se sorprendió Roberto.

—Si, no sospechan nada.

—Yo que iba a pescar con vos a la costanera —respondió Enrique.

—Pará, yo le dije a la bruja que me iba con vos pero a ver a un primo tuyo al hospital…

—Igualmente te digo que si se enteran, nosotros ya habremos hecho lo que teníamos que hacer —se atajó Antonio — ¿Vos, Roberto, que dijiste?

—No tuve necesidad de mentir, no soy tan pollera como ustedes, les dije que venía acá con ustedes…

—Son un kamikaze ¿Qué te dijo tu señora?

—Nada, que tengamos suerte…

—Es más grave que lo nuestro, le chupas un kinoto a tu señora —se alarmó Enrique.

—No, papá, ella sabe que me gusta. Sí, me hace mal, pero sabe que no me va a matar esto.

—Estamos perdiendo tiempo valioso —interrumpió Rodolfo— ¿Qué hacemos?

—Y… le metemos para adelante —dudaba Antonio.

— ¿A esta edad no será jodido para nosotros? —titubeaba, ahora, Enrique.

—Estamos jodidos de la presión, del corazón, de todo… yo creo que esto no nos va a hacer nada —trataba de calmar Rodolfo.

—Sentí ese olorcito —interrumpió Antonio mientras los cuatro viejos pasaban por delante de una parrillita improvisada atiborrada de hamburguesas y choris — ¿Nos clavamos uno?

—No, ya bastante la estamos embarrando haciendo esto, yo no sé si la vamos a contar en un par de horas —dijo gravemente Enrique.

—No sean tan alarmistas, no va a pasar nada —se enojaba Rodolfo.

—Es que el médico nos prohibió sal, fritos, embutidos, carne roja, alcohol y, por sobre todo, las emociones fuertes —enumeró Roberto.

—Hermano, vamos a ver un partido de fútbol; bastante que ya tenemos que escondernos de nuestras familias para ver un puto partido —se indignaba Rodolfo.

—Porque quieren cuidarnos. Nada de emociones fuertes, nos dijo el cardiólogo… —recalcó Antonio.
—Prefiero morirme gritando un gol o puteando al réferi a morir en casa aburrido como una planta o que la vida me la manejen los enfermeros—se enojaba Rodolfo, mientras los otros tres viejos asentían con la cabeza. Acto seguido sacó las entradas del sobre y se la dio a los muchachos. Se metieron sigilosamente, como quien se mete a un lugar del que quizás no salga con vida.

***

—No puedo lo creer che, pobre Rodolfo —dijo Antonio, mientras caminaba rápido para no quedar rezagado de Roberto y Enrique, mientras salían de la cancha con la multitud.

—La verdad, no hubiésemos venido…

— ¿Como se lo explicamos a su mujer? —se alarmó Enrique.

—No sé, pero mirá qué mala suerte che…

—De doce mil tipos y justo a él lo ve el cana revolearle un encendedor al árbitro— se lamentaba Antonio.

—Capaz que estando en cana tiene más libertades que nosotros —sonrió amargamente Roberto.

—Apuremos, muchachos  que a las 5 tengo que tomar los remedios. —apuntó Antonio mientras apretaba el paso.



Toni Schweinheim 
Obra Publicada, expediente Nº 510614. Dirección Nacional del Derecho de Autor

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