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—Vea Doña Inés, me tiene asustada y pensativa este tema —dijo Olga, nerviosa—, anoche lo soñé al Rolo. Me dijo que quiere saber qué pasó. Que para él es algo importante. Que yo se lo tengo que contar.

—Si lo soñaste de forma tan nítida, quiere decir que algo ya sabe —comentó con voz grave Inés— allá deben ver todo lo que pasa acá.

—Pasaron a cinco años de su fallecimiento… yo tengo derecho a rehacer mi vida… —dijo entre sollozos.

—Por ahí te estás haciendo mala sangre por nada nena, fue un sueño y nada más.

—No creo, ya antes lo había soñado y me dijo que él no podía descansar en paz porque no sabía la verdad. No sé qué hacer.

—Tranquilizate, gorda ¿Por qué no vamos a lo de Ana? Ella es tarotista, algo nos puede decir.
— ¿No será peligroso? No sé, tengo mis dudas.

—Para nada, si el Rolo era buena persona. Además, Ana me hizo la última carta astral, es de confianza y sabe del tema.

***
Llegaron al consultorio de Ana, los atendió una chica que hacía de secretaria. Las hizo pasar a una sala de espera que era un pasillo que desembocaba en la misma puerta que hacía de consultorio. Al cabo de unos minutos se abrió la puerta y salió un hombre calvo de unos cincuenta años algo nervioso.

—Ay, Inés, ¿vos viste como salió ese hombre? —comento en voz baja Olga.

—Anda saber qué problema tiene pobre tipo, vos quedate tranquila que Ana es de mi confianza —trato de tranquilizarla Ines.

— ¿Yo soy católica, no me estaré… —estaba sintiéndose culpable Olga, cuando se abrió la puerta y salió Ana. Una mujer de alrededor de 50 años, regordeta, con pelo largo y rubio que le daba una onda a Peggy de los Muppets. Luego de saludar a ambas con un beso, las hizo pasar al cuarto. El lugar estaba algo oscuro y olía a sahumerio, como las ferias de artesanías. No había ni lechuzas ni gatos negros. De fondo se escuchaba una música ambiental. Se acomodaron en la mesa. En el medio, a modo de centro de mesa, había una lámpara de sal. Ana, la espiritista, permaneció con la cabeza gacha en silencio unos minutos que se hicieron eternos.

—Rolando Pardini, estamos aquí con Olga Lázaro, quien en vida fuera su esposa —dijo, por fin—, te pedimos tu presencia en esta sala.

El silencio fue la única respuesta.

—Sé que te has comunicado con ella en sueños —insistió la pitonisa.

El silencio nuevamente como respuesta.

—Te rogamos que…

—Acá estoy, acá —respondió una voz masculina. Ineludiblemente era Rolo.

— ¡Rolo Querido! —se emocionó Olga.

—Olga, mi vida —respondió con dulzura Rolando.

—Te soñé… —Olga se quebró.

—Sí, me quería comunicar con vos, hay algo que quería saber…

—Decime mi Rolo, decime… —A Olga se le estrujó el corazón pensando en su nueva relación.

—Mira vieja, lo que yo te quería preguntar es algo muy importante para mí, no quiero dar más rodeos.

—Preguntá, Rolando.

—El domingo siguiente al que yo me muriera, nosotros jugábamos el clásico. Si ganábamos o empatábamos salíamos campeones… ¿sabés que pasó?

El silencio se apoderó de la sala nuevamente.

— ¿Olgui, estas ahí? —Dijo Rolo inquieto— desde que me fui que quiero saber eso, no me deja descansar en paz la duda. Vos sabias que me volvía loco por el equipo. Yo creo que sí, que le rompimos el culo a esos pingüinos…

—No viejo de fútbol nada, yo en realidad vine a responderte otra cosa…

—Pero tenés que saber, esas son cosas que las sabe cualquiera. Yo nunca me perdí un partido de local. Algo tenés que saber vieja, vos sabías lo fanático que yo era ¿Te acordás cuando me fui a la cancha el día que nació Felipe?

— ¿Cómo olvidarlo? Me sentí una madre soltera…

—Por eso te digo, por mi memoria seguro que vos te pusiste contenta cuando salimos campeones... ¿Salimos campeones, no?

—Como querés que sepa, si te moriste un viernes y el domingo te enterramos.

—Vos me estas ocultando algo, Olgui. Te conozco…

—Sí, y para eso estoy acá.

—Por favor, no me digas que no salimos campeones…

—Te voy a contar lo que te estoy ocultando.  Dos años después de tu lamentable partida… —Olga se quebró otra vez— bueno… yo quise recomponer mi vida.

—Ajá.

—Bueno, comencé una relación con Arnaldo, tu primo…

— ¿¡QUÉ!?

—Enténdeme, me sentía muy sola…

— ¿¡Pero con ese pingüino hijo de puta!? ¿¡Con ese amargo!?

—Rolo, no todo es futb…

—Ahhh ya entiendo todo, vos no me querés decir que salimos campeones porque ahora estas con el pingüino virgo ese—comenzó a gritar Rolo, mientras se escuchaban golpes— por eso no me querés contar que le dimos la vuelta en la jeta, porque el que te revuelve el guiso ahora es él. Siempre fuiste la misma reventada, igualita a tu viejo, otro pingüino amargo más…

Se escuchó una explosión muy fuerte y la sala quedó en silencio. Inés y Ana se quedaron perplejas, mirando fijo a Olga.

—Preferí decirle que estoy saliendo con su primo Arnaldo y no la verdad—dijo por fin Olga, mientras se secaba la transpiración—. Le llego a decir que no salieron campeones por un gol en contra sobre la hora, y ahí sí que no descansa más en toda la eternidad, pobre Rolo. Además me saque un peso de encima, que querés que te diga.

Toni Schweinheim
Obra Publicada, expediente Nº 510614. Dirección Nacional del Derecho de Autor
*Basado en "Una mesa de tres patas" de Roberto Fontanarrosa.

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