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—Yo lo voy a terminar cagando a trompadas —dijo Fabián, mientras apoyaba el chopp de cerveza con fuerza sobre la mesa.

—Tranquilo, loco, no le des pelota —trató de desdramatizar Nico. Como hacían todos los jueves después de los partidos, Nico, Fabián y el Gordo, se habían quedado a tomar una birra y a hablar un poco de futbol, minas y cosas del trabajo. El Mono se había ido antes porque aprovechó a irse con Tincho que vivía cerca de la casa.

— ¿Cómo hacés para no darle bola al gil este? —se indignaba el Fabi.

—Pero vos viste como es el Mono, pisa una canchita y se transforma, pero es buen tipo…

—Ya sé un tipazo, lo conozco hace 15 años pero se transforma en un reverendo pelotudo. Encima yo hago goles, uno tras otro. Llego a todas. Me parecen exagerados sus reclamos puteadores.

—Y es medio denso, aparte de vendehumo, si jugas en contra o a favor es lo mismo —comentó el Gordo con cierto resentimiento, puesto que el Mono también se la agarraba con él.

—Si no lo mando a la mierda, es porque no voy a tirar a la mierda tantos años de amistad. Además es uno de los mejores empleados que tenemos en el área.

—Por eso, no le des bola —volvió a insistir Nico.

— ¿Cómo hacés? Si grita como un camionero en celo, le decís algo y te putea —el Gordo siguió haciendo terapia—, y encima con vos parece ensañado.

—Por eso te digo, hasta pensé en no venir más los jueves…

—Pará, boludo, ¿cómo vas a dejar? Si de pedo somos doce, a veces diez. Te vas vos y esto se va al caño —trato de serenar Nico.

— ¿Sabes lo que pasa? Es que no me siento respetado, soy su supervisor, esto lo ve otra persona de la empresa y me pierden el respeto en toda la compañía —comentó triste Fabián.

—Pero boludo, esto no es la empresa, estamos en un fulbito, somos compañeros de laburo pero acá no, es otro ámbito. Y si te ven, que la chupen— desdramatizó Nico.

—Hace una cosa loco, tenelo cagando vos también en el trabajo —tiró el gordo.

—No quiero mezclar…

—Es buena esa, lo tenés cortito hasta que te diga algo, entonces le decís que él hace lo mismo en la canchita —comento Nico mientras dejaba dos pesos de propina.

—No sé…

—No seas boludo y hacélo. Che, ya es medio tarde, ¿me tiras hasta la estación Entre Ríos? —se apuró a levantarse el Gordo.

—Te tiro, pero antes me tirás la goma. Dale Gordo, vamos.

En los días siguientes, Fabián empezó a hacer caso al consejo del Gordo y Nico. Arrancó a apurarlo al Mono en todo. Que esta entrega no se hizo a tal hora, que hay que apurarse más, que si sigue así le va a hacer un informe negativo... así fue desde ese mismo viernes, hasta entrada la semana. El punto de no retorno fue cuando el Mono se olvidó de hacer firmar un remito, y Fabián directamente lo puteó de arriba abajo. Lo trato de inútil, de vago y de aprovecharse de la amistad de ambos para no cumplir con su laburo.

— ¿Escúchame una cosa qué carajo te pasa? —le gritó el Mono, mientras apoyaba medio cuerpo sobre el escritorio de Fabián.

— ¿A vos qué te pasa? —retruco Fabián con una sonrisa irónica.

— ¿Me estás jodiendo? —Bramó el Mono— Desde hace varios días solo me hablas para putearme, para quejarte de mi laburo, para cuestionarme todo. Varias veces me olvidé de hacer firmar un remito y vos lo solucionaste al toque; hoy casi me cagás a trompadas, loco. Vos tenés algo conmigo…

—Sí, algo me pasa… —dijo Fabián mientras se ponía de pie—, algo me pasa… y te lo voy a decir —comenzó a suspirar y a darle vuelta la cosa, como para proporcionar cierto dramatismo a la cosa. El Mono trago saliva y pensó lo peor: que lo iban a rajar. La empresa andaba mal y ya habían echado a varios. Fue el razonamiento que hizo el Mono, y la verdad, lo puso bastante nervioso.

—Te lo voy a decir solo porque sos mi amigo —dijo por fin Fabi mientras apoyaba ambos puños sobre el escritorio—, te estoy tratando de la misma forma que vos me tratas a mí en la canchita: basureándome, puteando para llegar a pelotas que no llego ni en pedo, mientras vos te rascas las pelotas en el medio de la cancha.

— ¿Ajá, ese es tu problema? —respondió el Mono con una sonrisa nerviosa ,medio descolocado por esa respuesta — Perfecto, no voy más a jugar.

—No… pará… —empezó a dudar Fabián recibiendo una respuesta que tampoco esperaba— no, vos vas a seguir jugando. Era una joda, che.

—Joda las bolas, mira que pudrir tantos años de amistad por esta boludez, sos un pelotudo.

—No loco, en serio, no te lo tomes así, era una joda que planeamos con el Gordo y con Nico, no nos dejes en banda —Fabián se sintió mal por haber mandado al frente a sus otros dos amigos.

—Hace cuatro días que tengo el culo lleno de preguntas, no dormía de la preocupación. Pensé que me ibas a despedir.

—No, pero cómo…

—Te digo otra cosa —interrumpió el Mono—, si tuviese otro laburo en vista me iría a la mierda. Ahora discúlpame pero me voy al depósito. A ver si el jueves llegan a juntar doce jugadores.

—Pero pará… —Fabián no pudo decir más nada, el portazo que pegó el Mono había retumbado en todo el edificio.

Llegó el día del partido con los pibes y ya no estaba el Mono. El gordo y Nico sabían lo que pasó, no quisieron tocar el tema. El primer jueves tuvieron que hacer un partido de seis contra cinco. Fue un aburrimiento total. Sumado a que Fabián erraba todo: goles, laterales, pases. Si eso los emboló, lo del otro jueves fue peor: fueron apenas nueve. Hasta que llegó otro jueves más y apenas eran seis, de los cuales dos eran amigos de Nico que nada tenían que ver con el trabajo. Al cabo de un mes, los partidos de los jueves dejaron de hacerse por la escasa concurrencia.

En el ámbito laboral, ellos dos no se hablaban. El Mono apenas saludaba y Fabián estaba como sonámbulo la mayor parte del día. No por el enojo de su amigo. Justo se dio también que comenzó a separarse de su mujer. Ella se había cansado de ver como su marido vivía pendiente de la empresa. Día y noche metido en la oficina haciendo números. Los ruegos por irse juntos de vacaciones mutaron en amenazas, las amenazas en hechos: Gladys decidió irse a vivir de vuelta con su madre. Fabián estaba hecho un trapo de piso. Fabi encontró “refugio” en el trabajo, si antes estaba 12 horas, ahora estaba en la empresa unas 16. Iba solo a dormir a la casa.

El Gordo y Nico, al ver que su jefe y amigo estaba desecho, propusieron volver a jugar los jueves. Para que por lo menos se despejará una horita a la semana. Para ello lo llamaron al  Mono, que era el único que podía convencer a más gente de venir. Aceptó gustoso la oferta porque a la verdad, él también extrañaba jugar con ellos. Y también estaba preocupado por verlo tan venido a menos a Fabián, pero no quería hablarle por orgulloso que era, nada más. Iban a volver a la vieja canchita. Solo faltaba invitarlo a Fabi.

—Fabi, estamos organizando volver a jugar al fútbol los jueves—dijo Nico mientras se sentaba en el despacho.

—No, no tengo ganas, además hay que cerrar el presupuesto el lunes y prefiero quedarme —dijo Fabián sin mover la vista de su monitor.

—Dale boludo, nos falta solo uno.

—No, te digo en serio, no puedo —volvió a negarse Fabián.

—Mira que viene el Mono —tiró el Gordo que estaba callado hasta ese momento. El rostro de Fabián se ilumino. Dejó de mirar el monitor, se levantó de su asiento, entrecruzo sus dedos por atrás de la espalda y se quedó unos segundos mirando por la ventana.

— ¿A qué hora? ¿A la hora de siempre?—dijo por fin, dándose vuelta.

El jueves cayeron todos a la misma hora de siempre a la canchita arenosa de debajo de la autopista. Todos, salvo el Mono, que siempre iba un rato antes para clavarse una cerveza. Cuando llegó Fabián, ambos cruzaron una mirada, sonrió y el Mono le hizo un brindis imaginario con el chopp de cerveza.
El partido se dio como se daba siempre, seis de un lado, seis del otro. El Mono y Fabi juntos en el mismo equipo. Con el correr de los minutos el partido fue animándose cada vez más. Era un encuentro muy parejo, la máxima distancia que sacaban entre goles era de dos. El conjunto de ambos amigos pudo haber empatado rápidamente si no fuese por un gol que se comió Fabián. Ahí  empezó la perorata del Mono: “¡Daleeeeee deformeeee, corré! Pareces Higuaín en una final, muertoooo”, comenzó a gritarle a Fabián. “Poné un poquito más de huevos, mi abuela en silla de ruedas llega a más pelotas”. Ante las primeras puteadas, el rostro de Fabián comenzó a mutar: pasó de estar sombrío a estar iluminado, como si las puteadas lo incentivasen más. Corría contento como un nene atrás de su primera pelota caprichito. Mientras el Mono seguía aullando palabrotas en su contra, él hacia goles, llegaba a todas. Era otro tipo. El partido terminó y su equipo, ese rejuntado que seguramente iba a variar el próximo jueves, había perdido por dos goles. Cuando vino el canchero a sacarlos, se fueron para un costado y mientras juntaban sus cosas el Mono y Fabián quedaron cara a cara.

—Hay algo que quiero hacer desde la última charla que tuvimos —le dijo Fabián. Acto seguido se acercó al Mono y ambos se fundieron en un abrazo.

—Pero qué puto resultaste ser —le espeto el Mono con una gran sonrisa.

—Extrañaba tus puteadas, tus ordenes —dijo al borde de quebrarse, Fabián.

—Yo extrañaba putearte y darte órdenes —dijo el Mono mientras lo palmeaba—. Ahora te venís con nosotros a tomar una birra, vamos a cagarnos de risa, después lo llevas al gordo a la estación de subte y te vas a lo de tu mujer a invitarla a cenar…

—No puedo, estamos por cerrar el presupu…

—Las pelotas no podés, a los pelotudos como vos hay que putearlos para que hagan caso —le dijo el Mono, mientras lo agarraba del hombro— ¿o que querés? ¿Que a tu jermu se la lleve otro por dedicarle tiempo a la empresa? Mira que si se te va, el contador Fernández no te va cuidar cuando estés viejo y más pelotudo que ahora…

Fabián se quedó en silencio. Lo miraba al Mono, miraba a los pibes. No sabía qué hacer. Si irse a seguir preparando el presupuesto o hacer lo que le dijo su mejor amigo. Hoy justo iba a invitarla a cenar a la Gladys, pero no se animó. Él sabía que ella lo quería todavía. Pero no se animaba. Estaba en una encrucijada.

—Dale pelotudo, no te quedes pensando —le dijo el Mono sacándolo abruptamente de sus pensamientos.

—Vení Gordo quédate a tomar algo, que después te alcanzo a la estación —dijo por fin Fabián, mientras agarraba el bolso.

Toni Schweinheim
Obra Publicada, expediente Nº 510614. Dirección Nacional del Derecho de Autor

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