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La siguiente es una publicación del libro "No te vayas, campeón" (Ed Sudamericana 2000) en donde Fontanarrosa hablaba del gran equipo de Racing del 66/67, en donde estaba Perfumo. En las páginas 50 a 53, el Negro habla directamente sobre el gran Mariscal, que se nos fue el pasado jueves 10 de marzo. Aquí ponemos ese fragmento en donde el gran maestro se refiere a otro gran maestro. La foto que acompaña el artículo es la que utiliza Fontanarrosa en el mismo libro para ilustrar ese gran equipo que tuvo Racing.

(...) En general, todo el equipo parecía estar diagramado para atacar, empezando por el Panadero Díaz, un marcador izquierdo no demasiado eficiente a la hora de contener, pero que cuando pasaba al ataque lo hacía como el mejor de los wines, cruzando centros a rastrón frente a la boca del arco, ayudado por su filosa zurda, su velocidad y su manejo. Martín, en el otro lado, era más conservador y, en la mayoría de los casos, se quedaba a hacerle compañía al abandonado Perfumo. Mori y Rulli constituían el elemento de trabajo a destajo, el esfuerzo, la marca y la recuperación, mientras el Bocha Maschio, que salía con el 11 en la espalda, volanteaba con el talento que ya traía desde el Sudamericano del 57. Pero para mi gusto, el jugador más deslumbrante de ese Racing era Perfumo. Sinceramente, mi gusto no es para nada exótico pues Perfumo es frecuentemente elegido por los especialistas cuando deben componer el Seleccionado argentino de todos los tiempos e, incluso, muchos lo ubican en el Seleccionado mundial de todos los tiempos. De rostro angelical, físico espigado, no demasiado alto, muy chueco, Perfumo tenía una técnica y, fundamentalmente, una velocidad muy pocas veces vistas en un último hombre.

Tal vez no cabeceaba demasiado bien y por eso, cuando todo el equipo se iba alegre y masivamente a cabecear en el área contraria, el único que se quedaba abajo, épico y solitario, era él. Era también muy hábil con la pelota y le pegaba realmente fuerte de derecha. Y cuando había que ir a buscar un partido necesario, o el empate por ejemplo, era cuando se veía, tal vez, lo mejor de Perfumo. Basile, Martín y Díaz, los volantes, todos se iban arriba, abandonando familia, casa y hacienda, despreocupados por lo que quedaba atrás, desentendiéndose del contragolpe enemigo. Y lo hacían, simplemente, porque atrás estaba Perfumo que barría toda la extensión del ancho de la cancha provisto de tres condiciones fundamentales: su velocidad (que ya he mencionado y que pudo haber sido igualada, tal vez, por Villaverde de los rojos, años después), su sentido del tiempo para llegar a la pelota un segundo antes que el rival, y la absoluta frialdad casi criminal para revolearlo por el aire cuando se hacía necesario. Duro, ágil, potente, agudo, Perfumo era la versión sofisticada, de avanzado diseño, de última generación, de aquellos zagueros expeditivos, grandotes y pesados de algún tiempo. 

Creo que los grandes equipos se ven cuando tienen que ir a buscar la igualdad. Allí es cuando se ven los pingos, cuando debe aparecer la casta. Cuando se está abajo en el marcador, pasan los minutos y se viene la noche. Cuando aparece el miedo a la derrota y se imagina una semana amarga y conflictuada hasta el domingo próximo. Cuando hay que dejar de lado las precauciones de este que se toma a aquél, de aquel que toma a este, del volante que baja con el volante de ellos y de los marcadores que no arriesgan en ataque. Cuando hay que salir a conseguir el empate se acabó lo que se daba, hay que tomar riesgos. Y es allí cuando los zagueros, especialmente, empiezan a notar que ya no están tan abrigados, que ya no están rodeados de compañeros que les permiten jugar en un corralito de cinco por cinco, que los delanteros rivales ya no llegan desacomodados por la marca de los volantes.  Es cuando el 2 tiene que salir a mitad de campo, a la inmensidad pampeana, a los territorios amplios, y aguantarse al delantero (o los delanteros) que llega rápido como tiro, con pelota dominada, a enfrentarlo en el mano a mano. Y allí es cuando se aprecia la valía del defensor. Y allí era cuando era cuando se agigantaba un jugador como Perfumo, que no sólo cortaba echando afuera, sino que quitaba y salía con la pelota, lujoso, para entregar y volver a la vigilia, con los dientes apretados, tenso, vivo, atento, menos relajado, quizá que José Ramos Delgado, el peruano Melendez, la Chocha Casares de Central, o Valentino de Argentinos Juniors, que lucían una elegancia casi displicente pero, quizá, menos firme.

Recuerdo que, en su escalada hacia la Copa Intercontinental, Racing debía jugar en el Centenario contra Nacional de Montevideo. En los "bolsos" tricolores jugaban carmelitas descalzas tales como Manicera, Mujica, Ubiñas, Montero Castillo y un 9 brasileño, buen jugador, habilidoso, rápido y algo delicado: Celio. Se barajaban temores, durante la semana previa al partido, sobre la amenaza de Celio. Antes de los cinco minutos, Perfumo le pegó una patada, una patada tan llena de tapones, rodillas, codos y colmillos que Celio se plegó sobre sí mismo, adoptó un aire mustio y reconcentrado y se manifestó ausente por el resto del encuentro. (...)

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