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A José Rafael Albrecht y José Francisco Sanfilippo
Para quienes me conocen, esta historia no necesita introducción. Para los demás lectores diré que hacía tiempo que tenía ganas de reconstruir el nacimiento de San Lorenzo y la doble victoria de 1972 me dio un buen pretexto. Juan Gelman —hincha de Atlanta— aprobó la idea pues gustaba, como yo, de provocar a los lectores del diario y al propio Timerman. Esta reconstrucción sigue pareciéndome apasionante, porque aquella aventura de un puñado de pibes en la primera década del siglo es común al nacimiento de casi todos los clubes de Buenos Aires. Un fenómeno cultural que ha impregnado la vida argentina y que, en el caso de San Lorenzo, me parece una parábola ejemplar del fulgor y la decadencia de una sociedad. Cuando hicimos el reportaje, ni Xarau, ni Giannella, ni nadie podía imaginar que nueve años más tarde San Lorenzo perdería su estadio y sus bienes que costaron tantos esfuerzos. Menos aún, que en 1982 tendría que volver a jugar en la B.

***

Entre los hinchas de San Lorenzo de Almagro que festejaron alborozados la conquista de los títulos de 1972, caminaba un hombre de setenta y nueve años, de rostro seco como una cáscara de nuez, de ojos desteñidos que sólo podían permitirse una mirada lejana. No sintió los habituales dolores en el hígado y en la nariz, quebrada sesenta años atrás por un pelotazo. En el bolsillo trasero del pantalón guardaba una billetera de cuero gastado, abrigo de doscientos pesos, un carnet de socio vitalicio de San Lorenzo y una medalla de oro. Nadie lo reconoció, nadie le agradeció nada. Cuando llegó a la pensión de la calle Monte al 3700, se encerró en su pieza de tres por tres, sacó el calentador de queroseno, peló tres papas y las puso a hervir. Se sentó en la única silla, prendió la radio y escuchó cómo la gloria caía sobre un grupo de hombres que se ganan holgadamente la vida con el fútbol.

Él no lo dice, pero quizás haya mirado a su alrededor, la vieja cómoda, el camastro, el crucifijo en la pared del que cuelgan siempre dos flores que se marchitan. La voz del locutor cuenta la historia de San Lorenzo, memora nombres rutilantes y menciona a los Forzosos de Almagro. El viejo Francisco Xarau asiente con la cabeza. Recuerda el 10 de enero de 1915: el wing derecho desbordó su punta y tiró el arco, la pelota rebotó en un defensor de Honor y Patria y vino de buscana, justito para la zurda de Xarau; le pegó como venía, buscando el efecto contrario para enderezarla. La pelota rozó con el tiento en la cabeza de un defensor y se clavó en la red. Xarau, veloz, hábil con las dos piernas, lo imprescindible para ser un gran centroforward, corrió a festejar. Lo ahogaron a abrazos.

La vieja cancha de Ferrocarril Oeste estaba repleta. La barra de Almagro deliraba. Era la misma alegría que en 1972 sintieron los herederos de aquellos hinchas cuando Figueroa logró el tanto del triunfo frente a River Plate. Aquel gol de Xarau abrió el camino para que San Lorenzo ascendiera a la primera división de la Asociación Argentina de Football. Corrían 37 minutos del primer tiempo. Dos goles más, el último del wing izquierdo Luis Giannella, sellaron el score definitivo: tres a cero. La barriada de Almagro tenía ya un club que la identificara.

Desde entonces, la aventura que había nacido en 1907, en la esquina de México y Treinta y Tres, con el nombre de Forzosos de Almagro, creció hasta alcanzar en 1930 su esplendor. En la euforia del triunfo, pocos sabían que dos de aquellos pibes que integraron el equipo de los Forzosos, cuando se fundó, en 1907, y cuando ascendió en 1915, están vivos y abandonados por su hijo presuntuoso. Xarau vive en la pobreza de un cuarto. Giannella, de setenta y siete años, está ciego, sordo y apenas puede mover sus piernas. Casi todos los días, como hace sesenta y cinco años, los dos “muchachos” (así se nombran ellos) se juntan en casa de Giannella —quien vive cuidado por una hija y tiene otro hijo varón—, para recordar aquella época que ya parece una alucinación. Giannella, que no oye ni ve, habla como una ametralladora, se indigna cuando lo interrumpen. Xarau nunca se casó y no se queja demasiado de su soledad: “Siempre tuve problemas —dice—, cosas de la vida”.

Todo lo que les dejó San Lorenzo fue un carnet para entrar gratis al club y una medalla de oro. El viejo centroforward opuso resistencia a contar la historia de los Forzosos: “Ya está escrita —argumentó—, la hicieron los investigadores; nosotros la vivimos, no podemos modificarla.” Al fin, Xarau y Giannella contaron aquella infancia en el barrio de Almagro junto al cura Lorenzo Mazza, quien los dirigió en sus primeros pasos. El relato de ambos sacó a la luz una circunstancia casi desconocida para los hinchas de San Lorenzo. El nombre del club no proviene sólo de un reconocimiento al padre Mazza; se refiere, concretamente, a la batalla ganada por San Martín en 1813.

GIANNELLA
En 1907 la calle México era de tierra, todas las casas eran bajas y modestas y por allí pasaba el tranvía 27. Los pibes jugábamos al fútbol en la calle porque era lo más barato que había. Los de la barra vivíamos en la calle México o en Treinta y Tres. Todos trabajábamos para ayudar en casa. Yo hacía herrería artística en un taller de Avenida La Plata y Rosario. Cuando largaba el trabajo, salía corriendo para juntarme con la barra y hacer el partido. La pelota era mía, de esas de tiento que había entonces, ¿las conoció? Después se la vendí a Federico Monti, que era el cabecilla de la barra, en dos pesos cincuenta. Queríamos formar un cuadro para jugar con los muchachos de otros barrios, así que nos reunimos y empezamos a buscar un nombre. Elegimos Forzosos de Almagro. El primer nombre lo discutimos mucho, pero todos estábamos convencidos de que, al club, había que agregarle a cualquier nombre, el del barrio: Almagro. Algunos queríamos ponerle Almagro solamente, pero por fin le agregamos Forzosos.

XARAU
Yo trabajaba como canastero, haciendo ranchos, que eran unas canastitas chicas de mimbre. Ganaba un peso por día. Tenía que mantener a mi madre y a una hermana enferma. No tenía inconvenientes para ir a jugar, porque a mi madre le gustaba. En ese tiempo jugar al fútbol era cosa de reos, de pandilleros, pero a la vieja no le importó nunca. Antes de los diez años dejé el colegio para trabajar. En 1907 éramos los Forzosos pero no jugábamos todavía contra otros cuadros. Hacíamos partidos entre nosotros, menores contra mayores. Éramos pibes de doce a quince años. Me acuerdo que cuando pasaba el tranvía, lo usábamos para hacer rebotar la pelota, lo que ahora llaman “pared”.

GIANNELLA
San Lorenzo nació el día que Juancito Abondanza se llevó por delante al tranvía. Estábamos jugando un partido entre mayores y menores en la calle, justo frente a la capilla de San Antonio. El padre Lorenzo Mazza salía a la vereda a mirar. En un momento, Juancito agarra la pelota y empieza a disparar como loco. Se cortaba solo y no vio el tranvía, o lo quiso gambetear, la cosa es que se lo tragó. El motorman alcanzó a frenar pero igual lo golpeó y lo tiró al suelo. El tipo que manejaba y el guarda bajaron furiosos para pegarle a Juancito, pero el pibe era muy ligero y se las tomó mientras los mandaba con madre y todo. Yo estaba parado al lado del padre Mazza, porque como era wing izquierdo siempre jugaba contra la vereda donde se paraba él. El cura era muy cuidadoso. Cuando escuchó que Abondanza los insultaba a los del tranvía, me dijo: “Pero che, qué barbaridad, qué mal educado es ese pibe.” Enseguida me preguntó quién era el cabecilla de la barra. “Aquél”, le dije, y señalé al Carbuña.

Nosotros lo respetábamos mucho. Federico Monti era un pibe que trabajaba de carbonero —después se hizo albañil—, por eso le habíamos puesto ese apodo. Lo llamó al Carbuña y le dijo: “Mirá, en el fondo de la capilla tengo un lindo terreno. Si ustedes lo limpian pueden hacer una canchita. Yo les hago hacer los arcos en la carpintería de la iglesia de San Carlos. ¿Qué les parece?”

XARAU
Limpiamos el fondo de escombros. Trajimos un carro, y Giannella, Federico Monti, su hermano Juan y yo, nos llevamos muchas cargas de yuyos, ladrillos y otras cosas. Dejamos todo limpito. El cura trajo los arcos con las medidas que le habíamos dado. El día que Giannella le vendió la pelota con el inflador y el pasatiento a Federico Monti, nos llevaron presos. Resulta que la cámara estaba muy mala, en cualquier momento se reventaba. Carbuña nos dio un mango veinte para ir a comprar una nueva en el negocio de Rivadavia y Rioja. Giannella, otro pibe y yo salimos contentos para allá y compramos la cámara, que era colorada. Empezamos a caminar para la capilla y pasamos por Yapeyú y Victoria donde había unos pibes jugando un partido.

En ese momento aparece un vigilante y todos rajaron porque no dejaban jugar en la calle. Nosotros no teníamos nada que ver pero el botón se vino al humo. “¿Vos sos el dueño de la pelota?”, me preguntó. Le dije que sí, pero que nosotros no teníamos nada que ver con el otro partido, que habíamos ido a comprar una cámara y le mostramos la factura. Nos llevó igual. El otro pibe se escapó y fue a avisarle a mi vieja, que cayó en la comisaría 24 de José María Moreno y Rosario y armó un escándalo. Lloraba, qué sé yo qué teatro hacía. El oficial se enojó y le dijo al botón que nos había llevado: “¿Vos sos loco? Me traés acá a los pibes y después tengo que aguantar a las viejas.” Nos dejaron ir.

GIANNELLA
El que puso el nombre de Forzosos fue Luisito Manara, un chico muy bueno que iba a todas partes con nosotros y que se murió enseguida, a los dieciséis años, de tifus. Cuando discutimos el nombre no teníamos ni la pelota. Luisito decía que el cuadro se tenía que llamar Forzosos de México, porque éramos casi todos de esa calle. Federico Monti dijo que no, que había que ponerle cualquier nombre, pero con Almagro al final, y que eso no podía cambiarse nunca. Entonces quedó Forzosos de Almagro. Con el nombre de Forzosos jugamos apenas dos o tres meses. El primer partido fue contras Estrellas de México, que era un cuadro de ahí cerca, por Castro Barros. Estrenamos unas camisetas color borra de vino que nos trajo el cura Lorenzo. Les ganamos dos a uno. Xarau hizo un gol de penal. ¡Cómo los tiraba! El otro creo que lo metió Julio Maidana. Jugamos muchos partidos y los ganamos todos. En la capilla no perdimos nunca. Le ganamos al Jorge Brown, al Laureles Argot* tinos, que era de las calles Agrelo y Boedo. Íbamos a los diarios a poner los desafíos, pero no nos querían recibir el papel porque no tenía sello y decían que si no tenía sello no era un club. Como el padre Lorenzo nos obligaba a ir a misa todos los domingos, a la salida hablábamos con los vecinos y juntamos siete pesos que costaba el sello de goma. En la misa, el padre controlaba muy bien si estábamos todos, porque si no, no había permiso para usar la cancha. íbamos tantos muchachos a misa que se empezó a llenar de chicas, pero en ese tiempo no nos ocupábamos de mujeres, como hacen ahora.

Federico Monti y otros empezaron a decir que había que cambiarle el nombre al cuadro, porque Forzosos era muy feo. Monti me dijo: “Hablá con el padre Mazza, elegí un nombre, y si él está de acuerdo lo cambiamos?”.

Lo agarré al cura cuando salía para ir a San Carlos, que quedaba en Victoria y Yapeyú (hoy Hipólilo Yrigoyen y Quintino Bocayuva). Le dije: “Padre, vamos a cambiar el nombre del cuadro?”. Me preguntó cómo pensábamos llamarlo. “Mire padre —me animé—, le vamos a poner Club Atlético Lorenzo Mazza”.

El cura se agarró la cabeza. “¡No! —me dijo—. ¡Por favor! . Les van a decir cuervos frailongos; no, no”.Entonces le insistí: “Federico dice que lo único que no podemos sacar es Almagro, pero lo otro está decidido”.

Pero no quiso saber nada, así que tuvimos que reunirnos todos en la esquina y buscar otro nombre. Nosotros le queríamos hacer el homenaje al padre y ponerle su nombre al club, así que le buscamos una vuelta en el asunto. Alguno se acordó de la batalla de San Lorenzo. Fuimos corriendo y el cura aceptó. “Bueno, si es por la batalla de San Lorenzo está bien. Que se llame San Lorenzo de Almagro.” Esto fue abril de 1908.

XARAU 
Yo le voy a contar cómo cambiamos la camiseta y adoptamos la azulgrana, que se usa ahora. Como nosotros no perdíamos ningún partido, el cura nos dijo un día: “El domingo que viene les voy a traer un cuadro bravo a ver si a ésos les pueden ganar. También voy a traer dos juegos de camisetas y los sorteamos. Uno es verde y blanco en franjas verticales, el otro rojo y azul, también verticales. La camiseta que tenga el cuadro ganador queda para San Lorenzo.” Trajo un cuadro de San Francisco, que tenía unos jugadores bárbaros. Sorteamos las camisetas y nos tocó la roja y azul. Les ganamos cinco a cero. Giannella hizo un gol. Así que nos quedamos con las camisetas azulgrana que se siguen usando ahora. Entonces el cura se convenció de que no perdíamos más y nos hizo entrar en el campeonato de las iglesias, que se llamaba Don Bosco. También lo ganamos. Entre tanto, nos íbamos haciendo muchachos grandes.

GIANNELLA
El padre Lorenzo consiguió una cancha en el parque Chacabuco y nos fuimos a jugar allá, porque ya necesitábamos más espacio. Por el año doce, la municipalidad nos sacó la cancha y no sabíamos qué hacer, así que decidimos irnos a jugar a otros clubes. Xarau y yo nos fuimos a Vélez Sársfield. Llegamos a la semifinal, pero perdimos con Porteño. Yo no jugué ese día. Al año siguiente terminamos segundos de Floresta y perdimos el ascenso. Si ese año Vélez Sársfield hubiera subido a primera, San Lorenzo no existiría.

En 1914 formamos de nuevo el club San Lorenzo de Almagro y entramos en el campeonato de segunda división. Nos reunimos en la casa de Alberto Coll, en la esquina de Treinta y Tres y Agrelo, y allí instalamos la secretaría del club. Entramos en segunda y ganamos todos los campeonatos del norte, sur, qué sé yo. Ganamos el torneo de segunda y teníamos que jugar la final con Honor y Patria, que era campeón de intermedia. El que ganaba subía a primera. El partido fue en la cancha de Ferro y ganamos tres a cero. Fue el 10 de enero de 1915. Xarau hizo el primer gol y yo el último. Subimos a primera y, desde entonces, San Lorenzo no descendió nunca.

XARAU
Nos hacía falta cancha. Habíamos juntado cien socios que pagaban una cuota mensual. Empezamos a hacer la cancha en Liniers, sobre un terreno que era del cuadro de Olimpia. Gastamos toda la plata y cuando la terminamos, la municipalidad nos avisó que por ahí iba a pasar una calle asfaltada y nos desalojó. Perdimos todo, una fortuna en ese tiempo, y lo peor es que no teníamos cancha para jugar en primera. Menos mal que el presidente de Ferrocarril Oeste nos alquiló la de ellos. La pagamos con plata nuestra porque también éramos socios del club, y ya teníamos una barrita buena.

Cuando entramos en primera, la cosa andaba mejor. Nosotros éramos jugadores y se había formado una comisión directiva. En el año 16 nos fuimos a Avenida La Plata, al lugar mismo donde ahora está el club. El padre Mazza consiguió alquilar el terreno y empezamos a hacer la cancha. 

Nosotros íbamos a ayudar a nivelar el terreno, a sacar escombros y todo eso. La hicimos casi en el mismo lugar en que está ahora, un poco más sobre Avenida La Plata, y tenía una tribunita chica, como para cincuenta personas.

GIANNELLA
Mi vieja tiraba la bronca. Decía que todos los que jugaban al fútbol eran unos atorrantes. Yo le contestaba: “Cuando juegue en primera voy a conseguir un trabajo mejor.” Claro, me dieron un trabajo en la Unión Telefónica. Yo jugué hasta 1923. El año anterior, jugando contra Independiente en la cancha que tenía en la Crucecita, Carricaberri tiró un centro que yo paré con el pecho pero la pelota se me fue un poco y el full back rechazó con todo. La pelota me pegó en el estómago y me tiró al suelo. Empecé a echar sangre por la boca, pero seguí jugando hasta el final.

Faltaban tres partidos para terminar el campeonato y jugué los tres. Al empezar 1923, le dije al presidente del club: “Mirá, yo voy a jugar, pero voy a firmar en segunda, así, si ando bien, juego en primera”, porque si firmaba para la primera no podía actuar en la división inferior. Me asfixiaba cuando corría, por el asunto del estómago. Hice dos o tres partidos y no jugué más. Eso sí: me retiré yo, nadie me echó como se dijo entonces.

XARAU
Yo me retiré antes, en el dieciocho. Por mi madre y mi hermana. Siempre tuve problemas. No me pude casar porque tenía que cuidarlas. Ya ve donde vivo. El año pasado viví en un ranchito de La Reja. Conservaba recuerdos de la época, pero un día entraron ladrones y se llevaron todo. Soy socio vitalicio de San Lorenzo, tengo el número cinco y mi foto está en la intendencia del club junto a las de los demás. Entro gratis a la cancha. Me conformo. Trabajé seis años como cuidador de las canchas de bochas del club y me daban un sueldito. Tengo una jubilación chiquita y a los setenta y nueve años no puedo esperar mucho.

Los que empezamos éramos menos de veinte, los que hicimos el club unos cien y sólo quedamos dos vivos. También queda Silva, que era de las inferiores. Ahora lo único que me queda por delante es la muerte. Mi amargura no es andar solo y tirado, sino que lo que hice no me haya servido de nada. No me refiero al club, que lo hicieron los que vinieron después, sino a la vida. Siempre tuve problemas. Tengo unos sobrinos, pero ellos están en lo suyo y me parece bien. De los viejos, más vale ni acordarse. Aunque alguna vez también hicieron goles.

Osvaldo Soriano.
Recopilado en el libro "Arqueros, ilusionistas y goleadores, Ed. Planata 2014

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