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«El mal que aqueja a la República Argentina es la extensión»
-Sarmiento-
«Al fútbol argentino le faltan tres cosas: dirigente, decencia y wines»
-Panzeri-

Fue un velorio raro. Empezando por Campitos, que apenas hacía bulto en el cajón holgado, con esa camiseta descolorida de piqué, casi infantil y del tiempo en que no llevaban publicidad. Y después el lugar: el vestuario local. Una barbaridad, con semejante calor, un sábado para estar en la pileta. Cuando me avisaron que lo iban a velar en el club no me extrañó, porque hacía años que el viejo vivía ahí, en la pieza que antes de la construcción de la tribuna de cabecera norte había sido el lugar de control antidóping o el vestuario del árbitro; pero pensé que la cosa sería en el hall central o en el salón de fiestas, que es más amplio y ventilado. Pero no. Y ahí estábamos -no puedo decir que amontonados, porque éramos pocos- muertos de calor, ridículos, sentados en esos bancos largos de madera como si esperáramos que nos dieran la orden de cambiarnos para un partido eternamente suspendido.

Y después, la gente que había. Se notaba que faltaban parientes; no que no habían ido sino que no había, no quedaban ya. El viejo los había ido dejando atrás o lejos, se había cortado solo hasta morirse sin nadie alrededor. Así que no éramos, a la hora de velarlo, más que media docena: la encargada de la limpieza, dos dirigentes de la comisión saliente, yo, que me había clavado por ser el único que estaba en Buenos Aires -el resto andaba de vacaciones celebrando el triunfo o acompañaba al equipo al torneo de verano- y unos tipos gordos que llegaron con la corona más grande y enigmática de las tres que había: "Chau, Campitos. La cosecha del 39".

Me entretuve hablando con la mujer de la limpieza. Se llamaba Leonor. Ella lo había encontrado, el viernes a la tardecita. Al llegar le extrañó el agua que corría, la manguera abandonada. Lo llamó dos o tres veces y después lo fue a buscar a la cancha. Estaba caído entre el punto de penal y el borde del área grande, un poquito a la derecha. Había estado retocando las líneas blancas y todavía le faltaba un tramo. La máquina de pintar estaba abandonada debajo del arco, como si hubiera interrumpido el trabajo y estuviera volviendo al vestuario cuando el corazón se le paró. La mujer se imaginaba la escena con la certeza de haberla visto antes, muchas veces.

-Estaba de costado y tenía la mano así -dijo apoyándosela en el pecho-. Y como muy tranquilo.

-¿Usted lo conocía bien?

-Años. Hablaba poquito y nada más que de pasto... -se rió apenas-. Y de los jugadores de antes. Ahora creo que ni sabía cómo formaba el equipo. Pero de pasto: gramilla, gramillón, césped inglés, sabía todo. Fíjese la cancha: es pareja pero tiene un pastito distinto para cada parte, como un rompecabezas la armaba cada año. Porque no crea, era un hombre muy preparado; para ser canchero, digo. No sabe las cosas que tiene... que tenía ahí en la piecita.

-¿Qué cosas?

-Papeles, libros, carpetas y carpetas. Mapas.

-¿Mapas?

-Se nota que había estudiado. No sé qué van a hacer ahora con eso.

-¿No hay parientes?

Se encogió de hombros.

-¿Usted es de la comisión?

-Soy Saccone, de la nueva. Nos hacemos cargo recién a fin de mes.

-Ah.

Y pareció que me compadecía.

Cuando llegó la hora, como no encontraron una llave tuvimos que sacarlo por el túnel a la cancha y de ahí por la salida de las plateas bajas a la calle lateral donde estaba el fúnebre. No pesaba nada. Se hizo largo porque hubo que dar un rodeo para no pisar la cancha. "Campitos lo hubiera querido así", dijo uno de los de la corona rara que marcaba el rumbo desde una de las manijas delanteras. Yo miraba de reojo tratando de adivinarle las junturas al rompecabezas.

Recién cuando lo metimos en el fúnebre y vi el cartelito lateral en letras doradas me enteré de que el viejo que había cuidado el pasto del estado y las canchas auxiliares desde hacía treinta años por lo menos se llamaba en realidad José Campodónico. Pensé que en el escueto aviso que saldría el domingo con su crucecita nadie lo reconocería.

-¿Usted también viene al cementerio?

Leonor sonrió levemente: -Me gustaría ir, pero quieren que limpie ahora. Mañana hay partido.

Nos esperaban dos coches negros que brillaban en la siesta como escarabajos. Evité subir al primero. No me entusiasmaba la idea de compartir asiento y comentarios con los dirigentes con los que nos habíamos insultado hasta una semana antes. Así que me acomodé como pude entre los gordos desconocidos del segundo coche.

Leonor se quedó en la vereda como en el muelle despidiendo un barco.

Tomamos el Bajo. Me sentía incómodo, emparedado.

-¿Vamos a la Chacarita? -dije mirando el reloj con dificultad, casi maleducado.

-A Pilar, un privado: Campos del Señor -El chofer ni siquiera se dio vuelta-. Cincuenta minutos, si todo va bien por Panamericana.

-Ah.

El gordo de al lado hizo un ruido raro con el pañuelo.

-Estos hijos de puta -y señaló con la cabeza al coche de adelante-. Estos hijos de puta no fueron capaces de un gesto. Y sabían lo que el viejo quería: nunca pidió nada en la vida pero tenía claro este momento, dejó todo anotado.

-¿Qué cosa? -dije extrañado de tanto rencor.

-Que le pusieran la camiseta, que lo velaran en el vestuario.

-Pero le hicimos caso.

-En lo fundamental no: él se había preparado la parcela detrás del arco que da a la avenida. ¿Qué les costaba?.

-Pero no se puede enterrar a la gente en cualquier parte.

El tipo se volvió hacia mí.

-¿Nuestra cancha le parece cualquier parte? -dijo lentamente, mirándome a los ojos-. Con tipos como ustedes en la nueva comisión seguro que nos va a ir muy bien...

-No diga idioteces -dije en el mismo tono.

Me miró como si no pudiera creer lo que había oído. Por suerte el que iba adelante estiró el brazo y lo cruzó entre los dos:

-Por favor.

-Disculpen -dije como si lo anterior se me hubiera escapado-. Quise decir que no se puede enterrar a la gente en el lugar que a uno se le ocurra: tiene que ir a un cementerio.

-Y Campitos va a ir a un cementerio... Estamos yendo a un cementerio, ¿no? Y va a estar bajo pasto, como el quería. Porque lo pagamos nosotros, no estos ladrones.

-Tranquilo, Papa -se cruzó el de mi otro flanco.

Recién en ese momento reconocí al tipo que yo había descalificado. Lo intuí, mejor, como a una idea platónica, más allá de los estragos de los kilos y del tiempo: el Papa Torres.

Juan Carlos Torres. el Papa Torres, era un centrodelantero infernal que había tenido su momento a fines de los cincuenta, un período en el que el desastre de Suecia y la irrupción y venta de Maschio, Angelillo y Sívori a Italia parecen no dejar lugar para otros recuerdos.

Yo lo había visto deslumbrar en inferiores, aparecer y desaparecer muy joven de la primera del club, entrar y salir de la tapa de los diarios. "El Papita se pasó", decíamos los pibes por entonces. Y era en realidad como si se hubiera pasado hasta desaparecer llevado por la velocidad de sus propios piques, por derecha, por izquierda, tras las pelotas cortadas que le ponía Lino Galindo.

-Pérez, Galindo, Torres... Ponferrada y Malerba -murmuré como si rezara-. La delantera de la tercera especial: "El quinteto de la muerte".

El Papa asintió a mi lado sin palabras y fue como si el gesto borrara la agresión anterior, nos diera un espacio cómodo de convivencia.

-Después entró la liebre Gómez por Malerba -acotó el de adelante volviéndose apenas.

A éste lo saqué ya sin esfuerzos: la Chiva Ponferrada. Me volví a la derecha y miré bien al tercero:

-Y usted es Lino -confirmé. Galindo asintió sin dejar de mirar por la ventanilla abierta. Ahí estaba yo con el nueve y los dos insais del quinteto de la muerte. Una fiesta, verlos jugar. Pero había algo sombrío: ninguno de esos hombres ya gordos y cincuentones había llegado a triunfar. De golpe, tan rápido como aparecieron, tres o cuatro partidos en primera y se esfumaron.

Sentí que podían oír mis pensamientos:

-¿Y qué se hizo de aquel quinteto de la muerte? -dije y de inmediato me arrepentí.

-Lo mataron -dijo Ponferrada sin volverse.

No lo esperaba; no pude agregar nada. Miré por la ventanilla. El viento caliente nos revolvía el pelo mientras corríamos por la autopista en un tramo en reparaciones. Demasiado rápido para un fúnebre, me pareció.

-Qué apuro hay, chófer -dijo Torres-. Afloje un poco.

El tipo pareció no oírlo y Papita me miró meneando la cabeza, suspiró.

Aproveché para presentarme:

-Soy Héctor Saccone, me voy a ocupar de las divisiones inferiores -dije a todos, como disculpándome.

Se hizo otro silencio extraño, casi amenazador. Por un momento me arrepentí de estar ahí, de haber ido al velorio.

-¿Se van a ocupar en serio o van a comprar pendejos formados por otros? -dijo Ponferrada señalando con el mentón el auto de adelante, que se apuraba para terminar cuanto antes con todo.

-El problema de las inferiores... -comencé sin saber bien adónde iba.

-Yo diría menores, no inferiores... Es una simple cuestión de edad, no de aptitud -puntualizó Torres.

-Cierto.

-Es un hermoso laburo -me concedió enseguida, como para atenuar la dureza anterior.

-Una vocación.

-Una ciencia, Saccone. -Y era como si Torres no pudiera evitar contradecirme y le pesara-: ¿Usted cree que el jugador nace o se hace?

-Un poco de las dos.

-Nace, Saccone, nace... -me apuró-. ¿Sabe de dónde viene la palabra semillero?

Iba a contestar alguna trivialidad cuando se oyó un golpe y el bandazo del coche nos desacomodó. El chofer ahogó una puteada y se aferró al volante, fue dominando el auto repentinamente escorado.

-Una piedra -diagnosticó mientras embocaba lentamente una salida que se abría hacia calles suburbanas. Al final detuvo el coche a la sombra de un arbolito polvoriento.

Se bajó, verificó agachado, miró hacia la panamericana, meneó la cabeza y volvió a subir:

-La delantera derecha no va más -se dio vuelta en el asiento caliente-. Y lo lamento pero los perdimos: el servicio tiene un horario... Para colmo no tengo auxilio. Voy a llamar.

Nos daba una especie de pésame al cuadrado.

-Abajo todo el mundo -dijo Ponferrada, animoso-. Está visto que Campitos y esos ladrones están muy apurados y no nos van a esperar.

-Ni falta que hace.

Si el chofer temió que lo puteáramos se equivocó. Diez minutos después, mientras él se afanaba con el teléfono y buscando una gomería, los cuatro pasajeros nos acomodábamos casi aliviados de haber zafado de la tristeza en la mesa más fresca de una parrilla de camioneros frente a dos pingüinos de vino de la casa, pan queso y salame para picar mientras se hacía el asado de tira.

-Por el viejo -dijo Galindo levantando la primera copa.

-Por Campitos -dije yo con más curiosidad que fervor.

Hubo tres brindis más, similares. Desagotamos un pingüino.

-Vos no entendés nada, ¿eh, Saccone? -,me tuteó el Papa Torres, compadecido.

Asentí.

-Yo te voy a explicar a quién estamos enterrando hoy. Quién era en realidad y qué hizo José Campodónico -me amenazó-. Ese viejo que cuidaba el pasto y marcaba las rayas no era ningún pelotudo, sabés. Probablemente estaba loco, pero era un genio. Y si se dedicó al pasto es porque esas semillitas no mienten, entendés... La tierra es como es, como siempre ha sido. En cambio, la gente es una mierda.

-Si vas a laburar con los pibes, más te tiene que interesar -dijo Ponferrada.

-Y te vas a explicar por qué estamos acá -dijo Lino ensartando un salame.

En las horas que siguieron de asado y sobremesa, olvidados del sombrío chofer que se fue solo y desconcertado a explicar lo inexplicable al funebrero, me enteré largamente y a tres voces de la historia de José Campodónico, Campitos. Hay datos que recogí después y otros que son de simple tradición oral. Pero lo fundamental estuvo en todo lo que me dijeron al toque eso tres, pasándose la palabra como la pelota dócil, entendiéndose de memoria como cuando integraban el malogrado quinteto de la muerte.

Lo que sigue es la pálida versión de un relato fervoroso e increíble.



José Campodónico se recibió de ingeniero agrónomo en 1946 con las mejores notas de esa promoción de la UBA. Tenía ya treinta años, pues había hecho una carrera minuciosa. Acaso demasiado. Su padre, un próspero chacarero de General Villegas que se jactaba de no poner en marcha el moderno y oxidado tractor hasta que no volviera su hijo el ingeniero, se murió de espera, de puro aburrido. Sin embargo, la tarde del viernes de diciembre en que entregaban los demorados diplomas, el obsesivo Campodónico faltó a su ceremonia: a esa hora estaba saliendo en micro hacia Santa Fe con treinta o cuarenta tan fanáticos como él para asistir a un partido clave contra Colón en el llamado Cementerio de los Elefantes. Es que si bien el flaco Campodónico había sido siempre un patadura que solía terminar confinado en el arco, en algún momento -sobre todo con la llegada a la capital -puso todo su prolijo fervor en la inexplicable pasión futbolera del hincha, entregó tiempo y esfuerzo por los ingratos colores.

Ese sábado, por ejemplo, bastaba con empatar para conseguir el ascenso. Sin embargo, el equipo perdió sin pena ni gloria, incluso con actuaciones sospechosas. El cuatro hizo un penal innecesario, el nueve parecía con los botines cambiados. Al regresar a la pensión de la calle Libertad en la madrugada del domingo, hambriento, apedreado y con la bandera marchita, Campodónico encontró una nota en la que su novia pueblerina había puesto su mejor caligrafía y el mayor de los despechos:

"Quise sorprenderte con una visita y vine con mis padres para estar junto a ti y acompañarte en este día tan importante para nosotros. Espero que tengas alguna buena explicación para tu ausencia. Nos volvemos a Villegas. Te odio. Gladys".

El flamante agrónomo comprendió que después de ocho años de noviazgo y postergaciones no había nada que explicar; que después de seguir como un perro durante seis temporadas al equipo no había nada que esperar. Permaneció horas tirado en la cama, insomne, mirando sin ver los estantes cubiertos de arduos tomos, livianos banderines y tapas de El Gráfico, sintiendo que ya había sufrido lo suficiente de amores y lealtades mal entendidas. Cuando se levantó con las primeras luces de la mañana para tomar el ritual chocolate con ensaimadas en una lechería frente al Obelisco ya había decidido algunas cosas que, creyó entonces, tendrían que ver con su salud y bienestar futuros: no se casaría con Gladys, no volvería a Villegas, no iría más a la cancha.

Y así fue. A cambio de algunos miles de pesos -con los que compró un departamento chico para vivir y una radio Philips grande para escuchar los partidos- derivó en ávidos hermanos el usufructo del campo; después asistió imperturbable a los gritos y a la quema del ajuar por parte de Gladys -no pudo evitar la imagen de rastrojo- y para el otoño consiguió sentarse detrás de un escritorio en la oficina de estadísticas del Ministerio de Agricultura.

Su trabajo era sencillo: de lunes a viernes y en horario partido, le ponían delante las cifras de la producción agrícola y ganadera provincia por provincia, zona por zona, cereal por cereal, ganado por ganado, y el debía verter con fidelidad de copista medieval esa producción en blancos mapas regionales, convertir en manchones de puntos densos o diluidos el trigo, las cebollas, el girasol y las ovejas merino o corriedale, tupidos Aberdeen Angus y esporádicos cebúes.

A cada tipo de producción correspondía un signo convencional diferente -triangulitos, círculos, rombos, puntos llenos de distintos colores- y los grandes mapas resultantes de su trabajo, los mismos que reproducirían los textos secundarios de Geografía Económica eran, además de útiles, bellos. El esquema de la distribución del lúpulo, por ejemplo, con sus dispersas estrellitas azules, era tan exacto como deslumbrante, y su versión fotográfica en negativo, que Campodónico tenía pegada con chinches a sus espaldas, tan sugerente como un mapa estelar.

Fueron varios años de placentera rutina. Porque eso existe, también. Mientras a su alrededor cambiaban de mano los ferrocarriles, votaban las mujeres, el peronismo saturaba la Plaza y la vida cotidiana; en el campo y en el escritorio de Campodónico las ovejas se reproducían regularmente, el trigo crecía parejo y sostenido, y los campeonatos de fútbol que siempre solía ganar Racing empezaban en marzo y terminaban en diciembre. En eso no había huelgas, golpes ni renunciamientos.

Por entonces Campodónico solía llevarse trabajo a casa. Y ahí entreveraba sus pasiones. En largos fines de semana, mientras cubría los mapas con información cerealera en tinta china, el fanático agrónomo escuchaba los relatos de Fioravanti o Aróstegui, los comentarios de Frascara o Damián Cané y los pormenores analíticos de la Edición Oral Deportiva por Radio Rivadavia. Y casi sin querer -hábito, compulsión o lo que fuera- iba tomando apuntes al margen de los planos, listas de nombres, puestos y lugares al pie de la Philips siempre encendida.

Pero fue recién para el año del ascenso tan demorado, cuando se produjo una especie de revelación que cambiaría el sentido de su vida. Estaba muy feliz ese sábado, después del último partido. Escuchaba por radio los datos personales del plantel que había logrado la hazaña -a la mayoría los conocía, los había visto llegar, crecer en el club- y Campodónico se sorprendió pensando en su distribución geográfica: el arquero Barabane, de Bragado; los backs -así se decía por entonces- Tarzetti, de San Justo y Barcia, rosarino; en el medio, el haf derecho, Gómez, mendocino; el centrojás. el gringo Porreca, de Sunchales; y el half izquierdo era el porteño Pedro García; adelante, los wines -Pérsico y Samaniego- eran, uno cordobés de Río Ceballos y el otro jujeño de la capital; el ocho era el negro Gramajo, de Lanús; el nueve, el pampeano Amaya, y el habilidoso diez goleador, un pibe que había venido de Villegas, su pueblo: el Diente Banegas.

Enseguida, como jugando, vertió los datos en un mapa. Agregó algunos nombres más del plantel de reserva y observó la distribución. Le gustó la idea. De memoria, hizo lo mismo con otros equipos y, aunque le faltaba información completa, al rato tenía sobre la mesa una docena de mapas: Boca, River, Racing, San Lorenzo, Huracán, Argentinos Juniors, Vélez, Chacarita, etcétera. Todos diferentes, pero no demasiado. Entonces se le ocurrió utilizar la información de otra manera y agrupó todos los jugadores en cuatro mapas solamente: arqueros, backs o zagueros, halves o medios, y delanteros. Ahora sí los resultados fueron curiosos. Cada mapa, aunque con muchas fluctuaciones, iba perfilando un dibujo propio, resultado de una distribución específica: donde había delanteros casi no aparecían zagueros, por ejemplo. Claro que sólo eran poco más de doscientos jugadores.

Eso fue un sábado a la noche. El lunes con un pique corto en el intervalo de mediodía se fue a la AFA y por un amigo de la época en que tramitaban juntos entradas de favor consiguió las listas de todos los planteles profesionales de primera y segunda. En pocos días había ordenado la totalidad de la información, discriminando por puestos y por edades. Llevado por el entusiasmo obsesivo de un filatelista o de un enamorado, en las semanas siguientes invirtió sus prioridades y en lugar de trasladar os mapas cerealeros a su casa no pudo impedir que su nueva pasión le invadiera las horas de trabajo.

Así, el día que el ingeniero Peñalba, su jefe, entró y se asomó al escritorio como a un balcón para observar el mapa recién terminado, Campodónico temió por su futuro burocrático. Lo había titulado secretamente -con lápiz y en un ángulo- Backs izquierdos 1930/31. Nada de eso vio el jefe, sin embargo:

-Veo que tiene listas las oleaginosas -diagnosticó con seguridad y para su sorpresa luego de un vistazo rápido-. Mejor para usted. Termíneme los cítricos antes de fin de mes, y escuche lo que le voy a decir...

-¿Señor?

El jefe estiró el brazo que ostentaba el grueso brazalete de luto por la Jefa Espiritual de la Nación y le enganchó el índice bajo el rojo nudo corazón a lo Alberto Castillo que pendía de su cuello desabrochado:

-A ver si se saca ese mamarracho y se me pone la corbatita negra. No vaya a ser que alguien diga que esta oficina es un nido de contreras.

Lo soltó y se fue.

Campodónico quedó impresionado. No sólo por la velada amenaza sino por la confusión en que había incurrido el habitualmente idóneo jefe de Estadística. Sospechó que algo había, que no era una coincidencia; entonces confrontó su detallada distribución de backs izquierdos nacidos entre 1930/31 con el genuino e incompleto mapa de oleaginosas que esperaba desde hacía diez días enrollado a un costado del escritorio y notó las similitudes. Después fue un poco más lejos: buscó en los archivos y encontró la cosecha de oleaginosas de aquellos años. Y ahí sí el parecido era absoluto.

Con tímido regocijo, el agrónomo descubrió que los backs izquierdos, a principios de la década del treinta, nacían en los mismo lugares donde se cultivaba densamente el girasol.

Más por negligencia que por convicciones, el absorto Campodónico demoró una semana en ponerse la corbata negra, y cuando lo hizo ya era tarde. No lo echaron pero el ingeniero Peñalba le urdió un destino que supuso catastrófico para el burócrata rebelde: lo declaró en comisión -en principio- por seis meses, y lo designó inspector itinerante en la etapa preparatoria del censo nacional de producción en que se basaría el futuro Plan Quinquenal.

-Siempre nos guiamos por los datos de exportación de trigo, por la cantidad de cabezas que llegan de Liniers, por los camiones que entran en el puerto... Pero hay que ir a las fuentes, Campodónico: verificar.

-Sí señor.

-Hay que ir al pie de las cosechadoras a contar las bolsas, Campodónico. Abrir las tranqueras y ver si están las vaquitas que figuran en las planillas. Contar los tarros en los tambos, estar ahí, teta por teta en cada Holando, Campodónico.

-Sí señor.

-Conservará el sueldo pero se le dará una camioneta y viáticos, vales para la nafta. Primero quiero datos de la pampa húmeda: se dividió en seis zonas. Organice el trabajo como quiera. Empieza el lunes.

-Sí señor.

-No tiene que usar corbata.

Gracias señor.

Campodónico salió al camino. Entre el otoño del 53 y la primavera del 55 recorrió todos los rincones que no tiene la pampa húmeda, e incluso atravesó los bordes pampeanos y santafecinos donde se empieza a secar. Y caminó algo más: una incursión a las sierras cordobesas, otra al valle de Río Negro, una minuciosa salida anfibia por el Delta.

Cumplió, como siempre. Abrió tranqueras, saltó algún alambrado, vadeó arroyos. Estuvo en todos los pueblos. Visitó remates, ferias, los galpones del ferrocarril, las cooperativas agrarias. Juntó datos y más datos, sumó y comparó. Regularmente informaba en el Ministerio; primero, a Peñalba, después a otros que lo sucedieron. En algún momento sospechó que nadie leía sus informes y los coloridos mapas, que su tarea era un invento que sólo había servido para sacarlo de circulación, acaso preservarlo. No le importó. Mientras no le faltaran vales de nafta para la veterana Chevrolet no se detendría. Y Campodónico no se detuvo.

En dos años y medio hizo bien lo que tenía que hacer, obsesivamente. Andando y volviendo una y otra vez sobre sus pasos, se fue haciendo una figura conocida, un poco pintoresca. Ahí fue que empezaron a decirle, más brevemente, Campo, y después lo deformaron cariñosamente en Campitos. Así le decían en la ruta, en los caminos de tierra, en los boliches y almacenes de ramos generales, en las estancias, pero también en los clubes, los típicos clubes atléticos sociales y deportivos que hay en cada pueblo.

De lunes a viernes, el agrónomo andaba por los caminos de tierra metiéndose en todas partes, anotando bolsas y cabezas. Pero el fin de semana se quedaba en el hotel del pueblo, escuchando las transmisiones de fútbol, o se iba a ver los partidos de la liga local. En Tandil, en Olavarría o Bahía Blanca había campeonatos en serio, con equipos fuertes, canchas con alguna tribuna de cemento incluso. Pero la mayoría de las veces, en los pueblos chicos, apenas eran poco más que potreros, canchitas peladas y partidos sin red ni alambrado, con jugadores de camiseta irregular y sin número en la espalda.

Ahí Campitos se quedaba toda la tarde, preguntando por un defensor alto y seguro, por un insai corredor, mientras enseñaba cómo cuidar la cancha, regalaba semillas y consejos. Después se iba al club a tomar café hasta la hora de cenar en el hotel, se hacía amigo de los viejos socios, tomaba notas y recogía datos de años y jugadores del lugar. Todo eso lo asentaba en otros mapas y planillas que no iban a parar al Ministerio sino a una voluminosa valija que pronto fueron dos y llegaban a la media docena cuando se acabó el trabajo con un escueto telegrama le sacaron la Chevrolet y los viáticos.

En realidad, lo que se había acabado era el peronismo. La misma mezcla de dignidad natural y olímpica indiferencia que lo había llevado a resistirse al luto compulsivo por Evita lo hizo esta vez negarse a una declaración expresa de repudio al llamado régimen depuesto. Le pareció una canallada y lo dijo. Así que le cambiaron el trabajo, y lo tuvieron ahí, congelado durante un año y pico mirando una pared demasiado cercana a sus papeles, tensando su capacidad de aguante. Finalmente, a los diez años de antigüedad le llegó la posibilidad de un retiro miserable que aceptó casi sin mirar los números. En el fondo era lo que buscaba. Estaba dispuesto a hacer cualquier cosa menos volver a sentarse detrás de un escritorio. Quería sentir tierra bajo los pies, vivir tranquilo, darse los gustos.

Como primera medida, vendió el departamento y se compró una casita con mucho terreno en Haedo, que entonces era un descampado. Puso un vivero y se especializó en mejorar el césped de los jardines de la zona. Le fue bien. A los seis mese ya tenía y un Rastrojero usado con el que iba y venía cargado de plantas y panes verdes con pasto por todo el Oeste. Cuando estuvo instalado y cómodo, llegó el momento de una segunda decisión: empezó, sin apuro y en las horas libres, a ordenar todos los datos reunidos en esas valijas polvorientas estibadas en el cuartito del fondo. Había ahí un centenar de mapas y miles de fichas recogidas en estadios, potreros y canchitas pampeanas, entreverados con las cifras y gráficos de producción agropecuaria de la zona. Se puso a trabajar. No pensaba por entonces en qué hacer con todo eso; simple, vagamente, quería saber.

La tercera determinación de Campodónico no fue una mudanza ni una tarea más o menos científica sino un gusto recuperado: decidió volver a la cancha a ver al equipo de sus amores.

Cuando comenzó el campeonato de 1958, el memorioso agrónomo dejó de lado las angustias de primera en las tardes de domingo y se dedicó exclusivamente a seguir a los pibes. Conocía desde siempre a Bermúdez, el delegado a cargo de las inferiores, y se ofreció para acompañarlo a todas partes. El trabajo del entrenador estaba mal pago y las canchas donde jugaban eran horribles; Campitos se ocupó de mejorar y dejar impecables las del club. Era, naturalmente, el que más sabía de pastos ingleses, gramillas y gramillones, drenaje y regadío. Para el invierno, durante el receso del Mundial, cuando se jugaba la Copa Suecia, las canchitas auxiliares del club tenían pasto y estaban más verdes que el estadio. Ahí fue que le ofrecieron ser canchero con sueldo, casa y comida y se negó: no quería atarse a un trabajo que le impidiera atender de lunes a viernes el vivero de Haedo y el fin de semana seguir a las inferiores, algo que le interesaba cada vez más.

Aunque Bermúdez se quejaba de la indiferencia de los directivos por su trabajo, trataba bien a los pibes y los dejaba jugar. También sabía escuchar. Y Campitos, de una manera un poco extraña, ayudaba, sobre todo en la selección de jugadores. Le decía, por ejemplo, un día que estaban probando chicos nuevos:

-¿De qué año es ese petisito, el marplatense?

-Clase cuarenta y uno; tiene edad de séptima.

-Y de qué juega.

-Él dice que de cuatro. Pero no sirve.

El agrónomo anotaba y volvería al día siguiente con la precisa:

-Es ocho. Él no lo sabe, pero ponélo que es ocho.

Y era nomás.

-¿Cómo sabés?

-Son años -lo eludía Campitos.

Eso pasó varias veces. El delegado, al principio escéptico y cachador, empezó a hacerle caso a su amigo. La única división que no andaba era la quinta. Bermúdez probó y probó pero no había caso. Inclusive hizo algún cambio sugerido por Campitos. Nada que hacer.

-Es que no hay plantel. Me faltan un arquero, un buen cinco y los tres centrales de la delantera; de los wines, ni hablar -confesó después de un 0-3 humillante.

-Creo que yo te podría arrimar algunos -dijo el agrónomo-. Dejáme probar.

Bermúdez no sabía qué pensar. Una cosa era saber ubicar correctamente a los jugadores; otra, conseguir pibes. Pero no tenía muchas alternativas.

-Dale: la quinta es tuya.

-Eso: una quinta... -dijo Campitos como para sí-. Cuestión de semillas.

Esa noche se quedó revisando por horas sus papeles y a la mañana siguiente salió rumbo al sur. En el campo no se asombraron al verlo llegar. Sí se sorprendieron porque ya no andaba con la Chevrolet del Ministerio y ahora no preguntaba nada. Sabía lo que iba a buscar, como un perro que va derechito a la presa y la señala.

Dio una vuelta redonda. Primero estuvo en Balcarce, después se fue hasta Tornquist, en la ladera de la Sierra de la Ventana, torció al norte hasta la zona de Lincoln y regresó pasando por San Pedro y Baradero, junto al Paraná.

Se trajo cuatro pibes. Un lunes a la mañana se los llevó a Bermúdez y le dijo:

-Todos cosecha 39: buena semilla. Éste creció con la papa, tierra negra, es un nueve de punta muy ligero. Se llama Torres. Éste viene de la zona que se da el lino -y le dio un golpecito, en la nuca al pibe Galindo- es un ocho rendidor, un peón de brega.

-Papa y lino... -repitió Bermúdez divertido.

-¿Necesitabas un cinco? Éste es un producto de la zona avícola más rendidora: el Gallo Palomares -y empujó al pibe como quien lo lanza a la arena-. Y éste, la Chiva Ponferrada, es diez, tiene que ser diez de donde viene, es de zona escarpada de cabras y de ese año seco: más habilidoso que inteligente, se gambetea todo.

Los pibes se miraban tímidos y orgullosos como si un mago los hubiera hecho subir al escenario.

-Probálos, te los dejo -concluyó el agrónomo-. Ahora me tengo que ir a entregar unos pinitos en San Miguel. Y cuidámelos. Es un buen semillero.

Y no sabía que había inventado una palabra, inaugurando un mito secreto.

Debutaron todos el sábado en un amistoso y el equipo hizo seis goles. Cuatro del Papa Torres. La Chiva la rompió y Lino Galindo los corrió a todos. Bermúdez estaba eufórico con los pibes, sorprendido con Campitos. El agrónomo se sintió tan orgullos como secretamente inquieto. Sobre todo cuando el delegado lo llevó aparte para decirle:

-¿Cómo hiciste?

-Son años.

-En serio... ¿No me vas a decir de dónde los sacás?

Bermúdez esperó sólo los segundos necesarios para comprobar que no se lo diría. Entonces siguió adelante:

-Ahora sólo me faltan los wines y el arquero. ¿Podés?

Y ahí, por primera vez en años, con la imprudencia de un investigador que ha debido contenerse demasiado tiempo en sus revelaciones, Campitos se soltó, incluso cambió el tono:

-Wines buenos, a lo Lousteau, de pelota al pie y gambeta contra la raya hasta el fondo, de ese año casi no hay. Siempre son raros, por lo menos en esta zona. Habría que ir más al norte. Lo que te puedo conseguir son picadores rápidos de llanura, trigueros de carrera y taponazo, como Vernazza o Boyé.

Bermúdez disimuló el estupor, le siguió la corriente:

-De esos wines tengo.

-Entonces, no.

Al entrenador lo desarmó la certeza.

-¿Estás seguro?

-No es una simple opinión... -y Campitos se agachó, arrancó un yuyo, desmenuzó la tierra adherida a las raíces-. Se puede comprobar que un wing-wing no se da en cualquier lado. Son productos de los bordes, fronterizos. O son suburbanos, de acá nomás, pero no de ese año, o son de zona mezclada: los ingenios cerca de Tucumán, alrededores de Rosario, incluso la zona yerbatera. Pero no tengo datos precisos de ahí, falta investigación. Éste es un país muy grande, Bermúdez. Hay producción natural de jugadores pero mucho desperdicio; en Uruguay, en cambio...

El delegado de las inferiores debe haber sentido que lo estaban cargando porque insistió:

-¿Y un arquero?

Campitos hizo un gesto como de offside, meneó la cabeza:

-Mirá, el arquero no es algo que se te dé seguro en una zona. Los arqueros son diferentes, están en todas partes y en ninguna. Además el arquero no se relaciona tanto con la tierra, como el que juega al centro, sino con el aire. Tal vez habría que buscar por ese lado, el tipo de aire...

En ese momento el delegado pensó que su amigo no estaba bien. Lo que siguió pareció confirmarlo:

-Además, antes que nada está el apellido. Sabés, yo creo que el arquero, el buen arquero, no es un pibe que nace o se hace sino un nombre que se dice: yo, como mi amigo Fontanarrosa, por ejemplo, tenía un buen nombre para arquero: Campodónico. Porque es algo largo, como que ocupa mucho arco... -y Campitos abría los brazos, como para llegar de palo a palo-. Hay ejemplos a patadas: Camarata, Marrapodi, Musimesi, Hernandorena, Giambartolomei... No digo que con apellido corto no podés ser arquero, pero ahí tenés que agregarle un nombre largo: Amadeo Raúl Carrizo. En España los arqueros buenos son casi todos vascos por eso: tienen unos apellidos...

Bermúdez lo dejó hablando solo.

En las semanas siguientes Campitos se entusiasmó y tomó algunas iniciativas por la suya. Como sabía los puntos flojos de la cuarta consiguió un tres y un seis cosecha treinta y ocho directamente sin moverse de Haedo. Con una llamada al presidente de la Sociedad Rural de Salliqueló se trajo al mejor"half de ala" de esa zona de cebada cervecera, donde se daban buenos; como había más confianza, al back izquierdo se lo pidió directamente con un escueto telegrama a un amigo del Club Ferroviario de Coronel Dorrego: ¡Mandáme un buen choclo zurdo del 38. Campitos! Así, Hugo Tapita Soler y el Silo Maldonado se presentaron una mañana y sin aviso en el entrenamiento de la cuarta diciendo que venían del semillero de Campitos. El delegado se extrañó un poco pero los probó y quedaron, claro. Calzaban en los puestos como piezas de rompecabezas. Ese día, además, aunque no le dieron la docena de pelotas que necesitaba para entrenar, la comisión directiva lo felicitó por las campañas de inferiores, por el ojo para descubrir pibes. Bermúdez sonrió, casi modesto:

-Son años -dijo.

De pronto, bruscamente, el agrónomo desapareció del club. Al mes, cuando ya amarilleaba el pasto, recién se dieron cuenta de que no tenían un teléfono, no había cómo localizarlo. Bermúdez, que estaba secretamente perturbado por los resultados del semillero y ya se permitía pensar en los beneficios de su explotación sistemática, esperó un sábado más y en las duchas, durante la celebración a los gritos de una victoria fácil, les sacó a algunos pibes, sin esfuerzo y sin demostrar demasiado interés, los datos necesarios para ubicarlo.

Esa misma tardecita, después de tomar el tren y un par de colectivos, el delegado se apareció sin aviso por el vivero de Haedo. El otro lo vio llegar desde la puerta del invernadero y estaba a punto de esconderse cuando Bermúdez pegó el grito:

-¡Campitos! Te di la cana, Campitos...

El agrónomo se resignó a sacarse los guantes de goma llenos de tierra para recibir el apretón y las palmadas:

-Qué hacés... -y Bermúdez le miraba teatralmente los pies. Pensé que te habías plantado en una maceta y que no te podías mover.

-Mucho laburo -argumentó el otro sin convicción.

Aunque el visitante se manifestó ruidosamente quejoso del abandono en que había dejado esas pobres canchitas e igualmente agradecido por la gestión oficiosa y los resultados que calificó de "macanudos" con los nuevos pibes, el agrónomo notó, sobre todo, su ansiedad y desconfianza. Bermúdez se paseaba entre las filas de macetas mientras elogiaba la seguridad del Silo -tenés que verlo, Campitos-, y hurgaba entre los paquetes de semillas al tiempo que preguntaba dónde quedaba exactamente Salliqueló, miraba a golpes de reojo hacia el cuartito del fondo.

Campitos decidió aclarar todo de entrada:

-Yo no los planto, Bermúdez. No los planta nadie. Están ahí, crecen... -y el brazo con la palma extendida se fue separando del suelo-. Solamente tenés que saber adónde ir a cosechar.

-¿Y cómo sabés?

El agrónomo no le contestó. Simplemente suspiró y después de un momento de vacilación lo agarró del codo y lo llevó hacia el cuartito. Al llegar a la puerta se hizo un lado, dejó que Bermúdez entrara y encendió la luz. No era tan chico el lugar pero lo parecía. Demasiadas cosas, tal vez. A la izquierda, las herramientas de jardinería se encimaban sobre la pared, junto a la puerta de metal con vidrio opaco. Había una docena de frascos con semillas, una tijera podadora colgada de un gancho, una manguera que emergía de debajo de la rústica cajonera apoyada bajo la ventana. El resto, a la derecha y al frente, eran papeles.

-Ahí está todo -dijo Campitos.

Bermúdez se acercó con timidez, sin decir nada. Había un par de estanterías, una mesa amplia, gruesos rollos de papel apoyados en un ángulo y un panel recubierto de corcho en el que estaba sujeto con chiches un gran mapa de Argentina saturado de marcas de todos los colores. Una serie de biblioratos numerados hasta el cincuenta ocupaba una estantería; grandes libros de contabilidad con lomo de cuero y el canto de las hojas coloreadas se enfilaban en la otra. Los biblioratos llevaban rótulos como arroz, yerba mate, ganado porcino, frutales, algodón; cada uno de los libracos, en cambio, tenía escrito grande, en el lomo, el nombre de un equipo. Desde Boca y River a Dock Sud y Flandria. Debajo, más chico, los años correspondientes. Había encuadernados en marrón, en amarillo y en verde. Eran docenas de libros. Uno amarillo estaba sobre la mesa.

Campitos se adelantó y señaló lo que estaba escrito con tinta azul en los títulos y con lápiz en las múltiples columnas prolijas de contable.

-Fijáte: San Lorenzo, cosecha 1928, 29 y 30 -Bermúdez se asomó-. Acá están ordenados por puesto, pero es un sistema de triple entrada, que permite buscar también por nombre y por lugar de origen. Siempre por trienios. Son los ciclos mínimos para poder detectar una producción firme, una constante.

Arriba estaba escrito con letra gótica mayúscula D. Delanteros, y a continuación, como un ítem incluido, D/3. Centrodelanteros (9). Abajo, el nombre del jugador -en este caso era Benavídez- con una A grande a su lado, al margen.

-¿Qué es esa A? -dijo Bermúdez.

-a categoría. Benavídez llegó a primera, ha sido un jugador bueno y reconocido, incluso tiene paso por la selección: A es lo máximo. También hay B, C, hasta F.

El delegado asintió y deslizó el dedo primero de izquierda a derecha y luego hacia abajo. A cuatro columnas .Fechas, Lugares, Producciones, Alternativas- cada una de ellas a su vez subdividida, se desplegaba con lápiz toda la información referida al piloto sanlorencista en veinte renglones o más, casi toda la página.

Bermúdez no llegó a leer mucho porque Campitos se apoderó del libro y haciendo correr las páginas bajó el pulgar, abriéndolo en un lugar o en otro y diciendo ¡¿ves? ¿ves?!, lo paseó de apuro por todo el plantel y terminó cerrando el tomo con un ruido categórico.

-¿Y qué significan los colores? ¿Por qué los forraste distinto?

-Los marrones, lo que ya fue, los que te sirven de referencia, de antecedente; los amarillos son los que están maduros ahora, jugando... -y ahí el agrónomo hizo una pausa-. Los verdes...

-Los que van a venir -completó Bermúdez casi demasiado ansioso.

-Los que pueden venir, los que tal vez se den... -precisó Campitos. Se empinó y rozó los lomos de la fila de tomos verdes-. Acá está todo mi trabajo de años de rastreo en la provincia. Y ya tuviste algunas pruebas de que puede ser.

-¿Y qué pensás hacer?

-Nada. Pensaba, alguna vez, en un libro. Pero creo que...

-No, boludo.

El adjetivo en aquella época sonaba más fuerte que ahora. Campitos no lo dejó pasar:

-¿Qué dijiste?

-No te enojés. Quiero decir que lo que tenés acá es mucho más que la información para escribir un libro. Estos datos significan mucha guita, Campitos.

-Ya sé. Y mucho tiempo. Si a mí me tuvieran que pagar hoy por este laburo... -y se dio vuelta a colocar el tomo en su lugar.

Bermúdez se dio cuenta de que estaban hablando de dos cosas diferentes.

-No me refiero a lo que vale el tiempo que le dedicaste -dijo de corrido. Después eligió más las palabras, como si temiera espantarlo-. Es la explotación, digo... el usufructo de estos datos, Campitos.

El agrónomo se volvió a la altura de ¡usufructo! y prestó atención. El delegado ya estaba lanzado: -Esos datos sirven para un libro, seguro. Pero convertidos en jugadores concretos, en pibes que ahora tienen quince, dieciséis años, y van a ser cracks... ¿Te das cuenta? Porque vos sabés cómo encontrarlos. Y ese es un negocio bárbaro, Campitos. Te podés llenar de guita descubriendo jugadores si te lo proponés: fijáte lo de Maschio, Angelillo y Sívori.

-Precisamente.

Campitos bajó un tomo amarillo recién forrado: Racing 1937-38-39. Lo abrió con orgullosa precisión de bibliotecario.

-Acá los tenía yo: el Bocha... -mostró la ficha de Maschio y volvió unas hojas-. A Angelillo ya lo había localizado en Sacachispas: un nueve suburbano. Pero hay un caso, Corbatta, que...

-No me entendés -se obstinó Bermúdez.

-La puta si te entiendo.

-¿Entonces?

El ingeniero agrónomo José Campodónico no dijo nada. Tomó a Bermúdez del brazo y, sin soltarlo, apagó la luz. Salieron del cuartito, cerró con llave.

-Me parece que esto se va a quedar así -dijo tan bajito que el otro no lo oyó, o no quiso.

Atardecía rápidamente y caminaron entre las plantas que ya se entreveraban en la penumbra. Un perro peludo y negro apareció bruscamente y Bermúdez se sobresaltó.

-Quieto, Toscano.

Campitos acarició la cabeza del perro y siguieron andando hasta el portón de entrada. Para él, evidentemente, la visita había terminado.

-¿Y? -dijo Bermúdez-. ¿Qué pensás de lo que te dije? Es un negocio.

-Mejor no hubieras venido -y Campitos retenía al perro junto a sus rodillas con pequeños golpecitos en la cabeza-. Pero no te calentés, que es culpa mía: hacé de cuenta que no te mostré nada, que no te expliqué nada, que no viste nada.

-Está bien. Pero decíme por qué.

Campodónico no contestó. Los dos miraron en silencio cómo el perro salía ladrando detrás de una bicicleta, la corría unos metros y volvía al trote levantando polvo por el medio de la calle casi a oscuras.

-Yo creo que descubrí algo -dijo de pronto-. De pedo, ponéle, pero lo descubrí yo. Los jugadores nacen, y no en cualquier lado: parece que tiene que ver con la producción de cada lugar. Pero yo no puedo ir y decir eso. Una idea hay que probarla, no basta con que se te ocurra.
Y yo lo único que hice hasta ahora fue juntar datos de antes, y después recorrer bien una zona, una zonita, durante un tiempo.

-¿Y de ahí? Si con eso solo ya podés garantizar que conseguís...

-Garantizar, las pelotas. Si hablo ahora, seguro que me tratan de chantapufi. Necesitaría más datos de más años en más lugares. No puedo decir si es un caso argentino o si vale para todos lados. Hasta hace poco, para cualquier cosa decíamos que éramos los mejores del mundo. Un tipo como Ameghino, mirá lo que te digo: Florentino Ameghino, se animaba a decir cualquier barbaridad, total la gente compraba. Si hace cinco años yo salía con la idea de que de la geografía argentina salen jugadores especiales seguro que me hacía famoso. Viste cómo es la gente. Por ahí hasta Perón me daba guita para investigar, como al alemán ese de Bariloche que decía que iba a fabricar la bomba atómica. Pero después de lo de Suecia es al revés. La selección fue a jugar contra los checos después de comerse tres platos de ravioles, nos hicieron seis y ahora no servimos para nada. Dicen que ya no nacen jugadores y hay que fabricarlos a la europea, dicen...

-¿Quién dice? La gilada, dice.

-La gilada, ponéle... -Campodónico dio unos pasos por la vereda de tierra: arrastraba a Bermúdez, lo ponía en camino-. Pero hay algo más. Esto es como ilusionar a la gente con una vacuna. Y una cosa es recoger lo que está ahí y otra sembrar para cosechar. Que yo diga o demuestre que de la zona maicera entre 1935 y 1937 salieron buenos centrojás no quiere decir que haya que sembrar siempre maíz en los años terminados en cinco, seis o siete porque vas a tener centrojás buenos. Tal vez funcione, no sé. Yo encontré, a poncho y sin poder investigar demasiado, un método que sirve para aprovechar mejor la producción futbolera. Que no se desperdicie. Porque uno de los problemas acá es que hay de todo y mucho, y se pierde demasiado.

-De eso te quería hablar, Campitos: vos no tendrías que hacer nada. Dejáme que yo...

-Calláte, que no entendés: además hay otra cuestión -se ofuscó el agrónomo-. Y vamos, que te acompaño hasta el colectivo.

-Me estás echando -dijo Bermúdez, empacado.

-Sí.

Y Campitos siguió hablando sin detenerse, siempre unos pasos adelante:

-Están los casos raros, Bermúdez, los pocos que hay -puntualizó-. Te dije recién lo de Corbatta. No calza. Según la fecha y el lugar, tendría que ser back izquierdo. Y Corbatta es wing. La puta si es wing... No lo vas a poner de tres. Y Grillo, igual: debería haber sido un half metedor, tipo Pescia. Y mirá lo que salió.

-Está bien. ¿Y?

-Significa que hay excepciones. Por suerte.

Bermúdez dio un salto, se le puso adelante:

-Pero dejáte de joder, Campitos. Por dos locos, por un cordero con dos cabezas, un zapallo gigante, no me vas a decir que el método no sirve... -se exaltó-. No te lo conté porque no me dejaste, pero desde la semana pasada, los pibes de la quinta, la delantera entera, con Galindo, Torres, Ponferrada, están entrenando con la tercera. En cualquier momento les van a ofrecer contrato. Y a esos pendejos me los trajiste vos: ¿no vale nada eso? Se los estamos regalando, Campitos. Y con el tiempo van a ser un montón de jugadores. Qué te calientan esos bichos raros.

-Es que ésos son los mejores.

Campodónico apartó a Bermúdez como quien se deshace de una tentación, de una telaraña inoportuna, y prosiguió:

-Cuando yo estudiaba en la Facultad tenía un profesor de Estadística, el ingeniero Sagasti. Una eminencia. ¿Y sabés por qué era un genio, Bermúdez? -y lo enfatizó con gesto amplio-. Porque Sagasti, el profesor de Estadística, no creía en las estadísticas. ¡Son sumas de datos, cosas que están ahí! decía. ¡Y no es necesario creer en lo que está ahí. Nadie cree en una vaca o en el número cuatro. Por eso yo conozco las estadísticas, las respeto, pero sólo creo en las excepciones! decía Sagasti.

-¿Y eso qué tiene que ver?

-Tiene. Imagináte qué pasaría si este método de buscar jugadores se hiciera conocido.

-Precisamente. Eso es lo que no tiene que pasar, boludo. Nadie más que vos... y yo lo tenemos que manejar.

Habían llegado bajo el foco recién encendido de la esquina. Se detuvieron ahí. Toscano daba vueltas alrededor.

-No entendés, Bermúdez. Nunca entendés nada, vos -dijo Campitos con desaliento, con bronca apenas contenida-. En el fondo, una cosa así es lo que buscan los soretes de ahora. Con estos datos, no solamente van a querer cosechar sino fabricarlos a medida. Con años y años de anticipación. Imagináte, un asco. Y después no van a aceptar, no van a reconocer, no van a poder soportar las excepciones. Y ahí se acabó todo: se acabó el fóbal.

-Pará, pará, pará... Escucháme.

Bermúdez sentía que todo iba demasiado rápido y demasiado lejos para él.

-Olvidáte -concluyó Campitos-. A partir de ahora, si te llega a faltar algún pibe, de vez en cuando y ante una emergencia, me avisás y veo qué puedo hacer. Pero nada más. Porque ya veo cómo te funciona la cabeza a vos...

El agrónomo se dio vuelta y estiró el brazo para detener al colectivo que se aproximaba.

-Vos estás loco. Me interpretaste mal -se quejó Bermúdez.

-Seguro, boludo.

Cuando el delegado estaba en el estribo, Campitos agregó:

-En una de ésas vuelvo a club. Pero de canchero, solamente de canchero.

-Me cagaste la vida -fueron las últimas palabras de Bermúdez.

Toscano corrió el colectivo una cuadra y media.

A los quince días, de regreso de un viaje a la costa a buscar colas de zorro y tamariscos, el perro no salió a ladrar. Campitos lo había dejado suelto, como siempre que se iba por el fin de semana. Nadie había entrado a la casa, pero cuando vio la ventana del cuarto del fondo del vivero rota sospechó lo peor. En el camino, cerca de la puerta, encontró a Toscano muerto en medio de una gran mancha de sangre ya seca, absorbida por la tierra. Las hormigas menudeaban alrededor de una herida ancha que le partía la cabeza.

Adentro estaba todo en desorden. De un vistazo Campitos comprobó que faltaba la mayoría de los tomos verdes. que el resto había sido revisado a las apuradas, asomaban hojas sueltas de los biblioratos, otras habían sido arrancadas y abandonadas ahí mismo. Había manchas de sangre en el vidrio roto de la ventana y un pedazo de trapo.

Campitos permaneció quieto, anonadado. Al rato, sin tocar nada, salió, fue a buscar unas tablas y tapió la ventana con clavos grandes y a martillazos desordenados. Luego hizo un pozo hondo y ancho en el fondo del vivero, puso a Toscano, puso la radio Philips, echó encima unas ramas secas, las prendió fuego y se fue. Sólo volvió para tapar las cenizas con largas paladas de tierra negra que no volvería a pisar.

A los dos años hubo cambio de la comisión directiva del club y lo llamaron. Campitos fue. Habló con un tal Peluffo, el secretario, un hombre gordo, tonto y locuaz al que no conocía. Y esta vez no hubo problemas para arreglar. Ahora tenía ganas y muchacho que trabajaba con él y podía dejarlo a cargo del vivero. Peluffo lo llevó a ver las canchas y el deterioro le dio tanta pena que estuvo a punto de llorar. En una de las del fondo estaba practicando la tercera y se arrimó al alambrado. No reconoció a muchos de los pibes, no lo vio a Bermúdez. Preguntó.

-Hubo que echarlo. Pensé que sabía -dijo Peluffo.

Campitos le insinuó sin explicar que no sabía ni eso ni nada. Últimamente se había desentendido del fútbol en general y del club en particular.

-La verdad, nunca hubo un tipo tan capaz en inferiores -reconoció el secretario-. Pero en algún momento empezaron los problemas. Primero tuvo un accidente raro y no vino por dos meses.

-¿Qué le pasó?

-Se cortó, el pie, arreglando no sé qué cosa. Después descubrimos que la lesión por la que no podía venir a entrenar no le impedía viajar.

-¿Viajar?

-Fue a la provincia y se trajo, de golpe, ciento cincuenta jugadores para probar. Hasta pibes de diez años... -el secretario hizo el gesto convencional del dedo atornillando la sien.

Campitos quiso interrumpir ahí el relato dando un paso al costado, sacándole la cara. Pero no pudo. El secretario lo tomó del brazo, lo retuvo:

-Y Bermúdez pretendía que los ficháramos a todos, a ciegas. Y encima cobrar por eso. "Son cracks, te lo digo yo. Si no los quieren me los llevo a otro lado", nos decía: "¿No les armé El quinteto de la muerte? Éstos son mejores" -y Peluffo parodiaba un modo de hablar y gesticular que Campitos reconocía. Después cambio el tono-. Y ahí, por debilidad, se cometió el error de reconocerle unos mangos por pase.

El agrónomo no sabía a qué llamaban "El quinteto de la muerte" y Peluffo se lo explicó.

-Sí, ahora que me dice. A esos pibes creo que los he visto jugar... -admitió sin poder evitar un temblor-. Eran muy buenos: Pérez, Galindo, Torres...

-Ponferrada y Malerba... -completó Peluffo-. Justamente con ésos fue el escándalo. Y una lástima, porque el perjudicado fue el club.

Campitos sintió que ya no podría detener el relato completo y lo apuró:

-¿Qué pasó?

-Le cuento. De los ciento cincuenta que había traído este Bermúdez, el club fichó a algunos y a otros no. Pero de pronto empezaron a aparecer padres y tipos de clubes de la provincia, reclamando por la guita que les había sacado este hijo de puta, perdonando el término, con la promesa de que al pibe lo iban a fichar.

-¿Y Bermúdez?

-Se defendió diciendo que siempre había sido así, que él sabía que alguien había estado cobrando por los fichajes de pibes del interior, que si lo apretaban iba a empezar a tirar nombres...

-Mire usted...

-Y ahí fue cuando vino el escándalo. Estos pibes, los del quinteto, hacía dos o tres partidos que habían debutado en primera y andaban bien. En el entretiempo de un partido contra Tigre, este Bermúdez se fue al vestuario y no sé qué les dijo. La cosa es que lo corrieron, lo agarraron en el túnel y lo cagaron a trompadas. Parece que estos pibes querían tapar a alguien. La cuestión es que Bermúdez salió por el túnel a la cancha con la cara así, intervino la policía, los botones se metieron por el túnel y también cobraron. Terminaron todos en cana y el club, para evitar sanciones a la cancha, tuvo que cortar por lo sano. Elevó el informe a la AFA y a los pibes los suspendieron por dos años. Ésos, prácticamente no juegan más. A Bermúdez lo echaron... ¿Qué tal?

Peluffo separó las manos del alambrado al que se había aferrado durante la última parte del relato, como si estuviera transmitiendo lo que sucedía en esa pelada canchita de entrenamiento, y se volvió hacia Campitos, quieto, mudo, la mirada fija quién sabe dónde.

-¿Qué me dice? -reiteró el secretario.

-Acá hay mucho por hacer... -dijo el agrónomo como si despertara; se agachó, arrancó una mata de pasto duro y seco, la levantó hasta la altura de sus ojos-. Fíjese cómo está esto. Un potrero. Es un trabajo que va a llevar su tiempo.

Y se quedó más de treinta años.

Ésa es la historia de José Campodónico tal como pude armarla con testimonios sueltos pero sobre todo a partir de lo que me contaron en larga sobremesa, el día de su entierro, los veteranos, leales muchachos de la Cosecha del 39. Ellos conocieron el episodio del robo y la muerte de Toscano muchos años después, la única vez que, para un fin de año, Campitos se emborrachó, sacó el tema y les mostró incluso los papeles amarillos, los mapas, las carpetas amontonadas que se había traído cuando liquidó el vivero. La versión de la pelea en el túnel no me la dieron ellos pero parece cierta. Es parte de la tradición oral del club y me la contó Peluffo, que está muy viejito, ya no es gordo, pero sigue tonto y charlatán. Lo poco que se sabe del destino ulterior de Bermúdez es que trabajó un tiempo en Bolivia y hay quien lo supone cofundador de la Academia Tahuichi. Por lo demás, ya debe haber muerto.

Claro que queda algo por decir. Después de haber escuchado durante horas esa primera historia de Campitos por boca de Torres, Galindo y Ponferrada, y antes de pensar contarla alguna vez, tuve una curiosidad inmediata, una necesidad casi física de volver al estadio. Sábado a la tarde, había mucho tránsito en la Panamericana y tardé demasiado. Cuando llegué eran más de las seis. Pregunté en vigilancia por Leonor, la mujer de la limpieza, y me miraron con cara rara.

-Soy Héctor Saccone, de la nueva comisión - dije y me sentí tonto-. Vengo del entierro de Campitos.

Me dijeron que creían que Leonor ya se había ido.

-Voy a ver -dije y pasé.

Fui casi corriendo. La encontré en el vestuario del personal, cerrando su casillero. Acababa de cambiarse y ya se iba.

-Qué suerte que la encuentro, Leonor -dije sin saludarla, agitado y desde la puerta-. Necesito la llave del cuarto de Campitos. ¿La tiene usted?

La descolgó de un tablero que estaba a su derecha y me la alcanzó:

-Fue mucho trabajo limpiar todos eso. Había cucarachas, suciedad de ratas... Pero quedó bien. ¿Quiere ir a ver?

-Vamos, por favor. Y disculpe si la entretengo. Es sólo un momento.

Fuimos. En el camino me preguntó por el entierro y no recuerdo qué le contesté.

Abrió la puerta. Encendió la luz. Había una cama, una mesa, una silla, un roperito con la puerta abierta, vacío.

-¿Y las cosas?

-Son los muebles que había.

-Las cosas: los papeles, los mapas que usted me dijo... -argumenté, ya vencido.

-Una lástima, pero me dijeron que tirara todo. Cinco bolsas así.

Y la mano de Leonor señaló la altura de su cadera, acaso un poco más. Qué importa.

Juan Sasturain
Publicado en "cuentos de Fútbol Argentino". 1997. Ed Alfaguara.

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