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La canchita tiene tierra, unas pocas matas de pasto que apenas sobreviven, los dos arcos y, apenas visibles, las líneas que marcan la cancha. Alrededor, chaperíos, el almacén del tío del Lungo, un paredón que da a la autopista y bastante basura.

El Lungo fue el que más insistió para que nos anotáramos. Jugamos hace tiempo juntos, claro, en el potrero. En el barrio ganamos siempre por afano, y eso que en la villa hay buenos equipos: “Los del 11”, donde juegan los hermanos González que la tienen atada; los paraguayos de los pasillos del fondo, que tienen dos equipos bravísimos (uno nos sacó el invicto hace dos años, pero de pedo y con dos jugadores más); y el equipo del Gordo Pedro, claro. Esos no juegan muy bien, pero algunos son muy picantes, y cuando pierden se pudre todo.

Pero esto es otra cosa. Un campeonato callejero: lo auspicia una marca deportiva importante, es para pibes menores de 13 años y se supone que ninguno puede jugar ni haber jugado en equipos de AFA. Digo que se supone, porque varios que están afiliados se anotan, y si no revisan bien juegan y todo. Tiene mucha difusión, televisan algunos partidos (creo que lo dan en un canal de cable) y hasta se dice que corren apuestas en los partidos.

Vieron que no conté mucho acerca de mí. No me parece demasiado importante hacerles perder tiempo con mi vida. Me llamo Ramiro, tengo 11 años y soy villero. Nací acá y sé lo que es remarla, con mi vieja parando la olla y con seis hermanos. Voy a la escuela todos los días, mirando para todos lados: la gorra, los tranza, los chorros, la sociedad. Para todos soy un enemigo. No tenemos muchas satisfacciones: nos bombardean con cosas que no tenemos, no nos contienen. En la villa todo es complicado: salir, estar, viajar. Si llueve un poco hay barro, si llueve mucho se pierde todo. Las familias se desarman, la droga está en todas partes. Pero siempre queda algo.

A mí me queda el fútbol. Cuando me dan una pelota, nada de eso importa. Puedo estar jugando desde el mediodía hasta la noche, olvidado de todo. Mis mejores amigos son mis compañeros de equipo. El Lungo insistió en que nos anotáramos en el campeonato, y nos convenció a todos. Hasta algunos que son pibes bastante descarriados, pero muy buenos, se contagiaron y se vienen rescatando este mes para ganarlo. De premio tenemos pelotas, camisetas, y hasta plata. Así que nos anotamos. Y nos fue bien. Jugamos muchos partidos, y ganamos todos.

En semifinales nos cruzamos con un candidato de fierro: unos pibes de la 31, tienen dos bajitos que la rompen (se dice juegan en infantiles de San Lorenzo), y faltando diez minutos nos ganaban dos a uno. Además, nos había pasado de todo antes de jugar: el Lungo se había roto la rodilla y no pudo jugar, el padre de Jorgito había caído preso por homicido, y habían venido en moto el Rengo y Diego, dos chorros de veinte años que manejan parte de la villa, a avisarnos que teníamos que perder porque habían apostado mucha guita a favor del otro equipo. No dijimos nada, pero no nos achicamos: Jorgito jugó igual, con el padre preso, y con un gol suyo y otro mío, lo dimos vuelta.

Ahora estoy parado en la canchita de siempre, con el partido cero a cero y esperando en la mitad de la cancha alguna contra milagrosa, porque con uno menos nos defendemos como podemos contra estos pibes de Parque Patricios, que son como nosotros: rápidos, habilidosos y guapos. Pero quiero contarles (y acá viene lo importante, lo lindo, lo que justifica que les haya robado estos minutos, fíjense que en este equipo somos honestos, robamos nada más que minutos, ja) acerca de un momento particular: único, definitivo. Cuando uno vive pensando en una pelota, también sueña fútbol. Sueña goles. Y esta jugada que les voy a contar, la soñé casi toda. Por eso es importante, porque no haya nada más lindo que cumplir un sueño. Arranca, me parece, cuando Chaka recupera en defensa y tira el bochazo largo, de memoria. El dos de ellos, ese grandote que no me dejó tocar una en todo el partido, por primera vez se resbala y no llega a cortar. Pico rapidísimo, mientras un coloradito rival se tira a cortarme, pero lo dejó pagando con una gambeta corta. Otro me sale de frente: le tiro un caño y lo dejo humillado en el camino. Ahora sí, encaro mano a mano, y escucho alrededor un murmullo raro, diferente. El arquero sale a tapar y cubre bien el primer palo. Se me viene todo en un segundo, como siempre en estos casos: le puedo dar fuerte, a ver si pasa, o abrirme apenas y buscar la comba al segundo palo. No hago ninguna de las dos cosas: la zurda reacciona antes que mis pensamientos, y la pico por encima del arquero. Veo la bocha en el aire, la derrota en la cara del arquero, el desbande alrededor, la cara de desconcierto de unos cuantos. Escucho los gritos. No son los de siempre: son otros, nerviosos, extraños, se mezclan con la cumbia del fondo que no dejó de sonar nunca. Y, antes de que la bocha caiga justo atrás de la línea, antes de que explote el gol en las gargantas de toda la villa, oigo, clarito, el tiro. Tengo tiempo de girar, de verle la cara al Rengo, arriba de la moto y todavía apuntándome con el fierro. Mientras se van apagando las caras y las voces de los que me levantan la cabeza, me agarran y lloran, entiendo al fin porqué me parecían raros los gritos alrededor. Y mientras veo la cara de mi vieja bañada en llanto, de mis hermanos que parecen insultar al aire, pienso solamente una cosa: ojalá, si me toca perder en esta, aterrice en un lugar distinto. Que haya una cancha igual a esta, en una tarde así de perfecta, y se juegue un partido interminable, pero sin ningún hijo de puta que venga a estropearme el gol más lindo de mi vida.

Nicolás Monja


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