Slider[Style1]

Style2

Style3[OneLeft]

Style3[OneRight]

Style4

Style5

Fin de año es una época que atenta contra la asistencia en los partidos que hacemos todos los jueves. Todos tienen una cena, una despedida con los compañeros del trabajo. Para mi es algo que no tiene sentido. Estas todo el día metido en la oficina viéndote siempre con los mismos boludos de siempre, ocho horas ahí adentro cagado de laburo, podrido de todos ¿Y que se te ocurre hacer? despedir el año con los mismos boludos que te cansas de ver. Déjame de joder. Prefiero mil veces los fulbitos de los jueves. Si hacen una cena laboral ese día, no voy. Pero así como yo tengo esa responsabilidad con el fútbol, están aquellos que se cagan en vos y  en esa sarta de pelotudos que se quedan mirando la puerta de entrada del esperanzados en poder juntar dos equipos y jugar aunque sea un rato.

Juntar diez tipos en esa época es un milagro. Si juntas 12 es porque se viene el fin del mundo. Pero hay gente que verdaderamente está comprometida con la causa. Los mismos perejiles de siempre: el Mono, Nico, Fabi, el Rengo, Horacio y yo. Al resto le chupa un huevo. Prefieren chupar y morfar de arriba al lado del bolas triste de contabilidad que se viste con un saco marrón para ir a esa cena, para ir a ver a Laferrere, para la oficina, un casamiento o para ir a cagar. Usted pensara que  cada uno es libre de elegir libremente. Pero no mi estimado, es problema nuestro también ¡Y vaya que problema! Porque nos cuesta un huevo tener que salir a buscar soldaditos que quieran jugar un jueves. Muchas veces nos hemos ido sin reunir un equipo completo, eso nos hace perder la voluntad y la seña de la cancha. Por suerte hace varios años ya que venimos jugando en el mismo lugar y alguna que otra vez zafamos.

Por eso cuando al Mono se le ocurrió tirar esa idea de apostar en el último partido del año un asado para todos los muchachos, me puso loco. Por todo ese tema que le acabo de contar. No juntamos media docena de tipos y este boludo quería hacer una apuesta. El quería jugar un partido como todos los jueves, mientras el Negro Ferreyra se mandaba a hacer el asado. Hasta ahí no había nada malo en su idea, pero el tema pasaba por la apuesta. El equipo perdedor costeaba todo el asado. En primer lugar, nunca jugábamos con un equipo “definido”. Armábamos equipos más o menos equilibrados y siempre mezclados. Ese era una contrariedad. El segundo impedimento era que nos teníamos que juntar una hora antes, hacer cuentas de lo que habíamos gastado, juntar la plata ponerla en un sobre y el ganador se quedaba con la guita. Un quilombo.

—A mí me copa la idea, es bastante buena —asentía el Negro Ferreyra. Lo decía más que nada porque al Negro le encanta hacer asados, es su pasión. Algunos optan por hacer filatelia, otros por el aeromodelismo. Bueno, el hobby del negro es hacer asados. Le podías dar a elegir entre una noche de sexo desenfrenado con la Escudero o hacer un asado. Ferreyra te elije mil veces trenzar los chinchulines y dar vuelta las mollejas con cariño.

—Pero de pedo que vamos a ser ocho, déjate de joder — tercie.

—Pero gordo, no seas cagón, vamos a venir todos —dijo el Mono

—Yo no puedo, me voy a Tucumán a la casa de mis suegros — comento a modo de disculpa Gustavo.

—Ahí tenés, uno menos —le espete en la cara al Mono mientras con la mano derecha hacia un movimiento de vaivén.

—Vamos a llegar a diez, dale estamos todos de acuerdo —siguió insistiendo el Mono, mientras la mayoría asentía con la cabeza.

—No, además la apuesta es una pedorrada —Contraataqué.

—Cagón, dale que tu señora no te va a cagar a pedos — metía púa el Rengo.

—Chúpala vos —sentencié.

—Sos un cagón gordo

—¿Queres apostar de verdad? Te apuesto tres lucas, del asado olvídate, lo hacemos igual ese día, tres lucas vos contra mí —me calenté como un boludo.

—Es mucha guita tres lucas, pará un poco —el Mono se achicaba

— Ahora el cagón sos vos —lo remate.

—Dale mono cagón, si tenés miedo yo juego para vos —volvía a meter púa el Rengo

—Está bien acepto —dijo resignado el Mono— ¿Pero cómo hacemos los equipos?

—Como siempre —respondí

— ¿Y quién elige primero?

—Paren un poco, si van a elegir ustedes se van a terminar cagando a piñas —intercedió Horacio— háganla fácil, por orden de llegada. El primero que llega juega para el gordo, el segundo para el mono y así…

—¿Pero para quién va el primero y el segundo ? —insistió el Mono.

—Eso lo definen entre ustedes, tampoco le vamos a andar solucionando todos los problemas viejo —ironizo el profe.

—El que hace más jueguitos se queda con el primero —apareció Lolo, quien es callado pero cuando habla siempre es para tirar alguna solución o para calmar los ánimos.

Accedimos de inmediato. Obviamente lo mío no son los jueguitos, lo del mono tampoco, pero lo mío fue más patético. 13 a 6 salimos. La cosa había quedado sentenciada: Habría asado después del partido, el mono y yo habíamos apostado tres lucas, el equipo era cuestión de suerte el primero que llegaba era para el equipo del mono, el segundo para mí, el tercero para él y así hasta completar dos equipos de cinco o seis en el mejor y utópico de los casos. 

Me parecía una idea de mierda, pero el mono me había hecho calentar de nuevo. Ojo el Mono me parece un tipazo, bah no me parece, es un tipazo. Lo quiero como a un hermano, nos criamos prácticamente juntos peloteando en la vereda., correteando por el barrio. Un verdadero amigo que dio la vida. Pero el mono pisa una cancha y se transforma  física y mentalmente. Se convierte en un verdadero pelotudo. Tribunero y vendehumo. Caga a pedos a los compañeros cuando él no puede correr ni un susto. Un día casi llegamos a las manos. Cuando jugábamos en el mismo equipo, yo perdí una pelota pero él no marcaba ni con fibrones. Me puteo, yo lo puteee y nos separó justito Horacio. Desde ese día y para preservar nuestra amistad decidimos jugar en equipos enfrentados.

El día del partido, o sea, el jueves siguiente. Había un clima extraño en el club. No sé si la palabra es “extraño”, pero el clima era distinto, como esperanzador, se palpaba algo lindo en el aire. Los viejos que siempre jugaban al póker no estaban. En el salón no sé si había una suerte de cumpleaños o qué pero estaba un Papá Noel que me llamo la atención. En mi vida vi a un tipo tan real a Santa Claus. Era un calco. Estaba repartiendo regalos. Niños correteando pero sin llegar a hacer lio, muy lindo todo. Y eso que a mí siempre me pareció medio boludo eso de Papá Noel los regalos, etc. No, no me hago el revolucionario ni el zurdo. Con decirle que crecí en una casa católica pero Navidad era ir a misa de Gallo —como me rompía las bolas de chico eso—, compartir una cena familiar. Ni cohetes me dejaban tirar. Pero ese salón repleto de chicos y con un Papá Noel como de verdad, realmente me hizo bien. Como que creí un poco más en el mundo, en la inocencia de los pibes. Algo hermoso realmente.

Cuando llegue a la canchita ya estaban el mono y el negro Ferreyra quien estaba desde las 18 con el tema del asado. Eran las 19:45 y solo habíamos llegado dos jugadores. Salude a ambos.

— ¿Qué pasa si no llegamos a 10? — le dije al mono.

— Van a venir gordo —respondió

—Este olorcito te hace venir hasta a Messi — tercio el negro señalando la parrilla.

—Hablando de eso ¿Cuánto pusiste? Así hacemos las cuentas—le pregunte al Negro.

— Después arreglamos —dijo Ferreyra desinteresadamente— con su permiso voy a poner unos tanguitos que ya estaba escuchando antes que viniera el mono a romperme las bolas. 

Acto seguido le dio play a un radio grabador de esos redondos con cd y sonó la varonil voz de Julio Sosa. No sé si me va a creer, pero el  melancólico tango se entremezclo con el olor a asado. Me lleno el alma.  No sé cómo será el paraíso. Pero aquello lo era.

El primer jugador que cayó fue Lolo, inmediatamente vino el mudo. El Rengo,  Horacio, Nico, el canoso. A medida que llegaban nos los fuimos dividiendo tal como habíamos acordado.  Faltaba más o menos de diez minutos para arrancar el partido, uno más tenía que llegar. Pero pasaban los minutos y nadie aparecía. Ya estábamos cambiados y mirando la puerta como si esperáramos al mesías.  Ya eran  en punto y nadie. Una tarde más tristona que la pena que me aqueja, Arreglo su bagayito y amurado me dejo” cantaba Julio Sosa y parece que me la cantaba a mí.

—No creo que venga más nadie —dije resignado.

—Tito dijo que venía — se esperanzaba el mono.

—Tito es remisero por ahí tuvo un viaje largo y esta es la época para hacer una diferencia, después en enero no anda ni el loro — justifico Horacio.

— ¿Cómo hacemos?  — le dije al mono— yo con uno menos no te apuesto ni en pedo.

— No seas cagón gordo — se excusó— de ultima jugamos cuatro contra cuatro y vamos rotando.

— Nadie va a querer salir...

De pronto se abrió la puerta, tuve un salto en el corazón, seguro era Tito, con él en el arco ganábamos fácil.  Cuando logramos ver quién había entrado, casi me puse a llorar de la decepción. Una figura regordeta se recortó en la puerta.

—Buenas, disculpen la intromisión pero escuche estos tangazos y vine a ver — dijo como disculpándose el Papá Noel que había visto en el salón.

—Pase maestro pase, venga siéntese —lo invito el negro Ferreyra. El tipo de desprendió de su gorra y se puso a charlar animadamente con él.

—mono, ya fue otro día apostamos —insistí.

—Pará un poco gordo, ya van a venir — dijo el mono impaciente.

Iba a responderle cuando de pronto escuchamos nuevamente el picaporte de la puerta nuevamente. Así como en una película de suspenso, primero giro la manija, después la puerta fue abriéndose despacito, entro un haz de luz y cuando por fin se abrió del todo vimos al viejo Fermín entrar

—Joder muchachos que si no van a jugar avisen así no gastamos luz — dijo el gallego, el encargado de la cancha.

— Cinco minutos más y le avisamos don Fermín —respondió el mono. Mientras el gallego ya emprendía su retirada sin siquiera ver quien le había contestado.

—Ya fue mono, en serio,  juguemos lo que estamos y otro día hacemos lo de la apuesta —intente zafar.

—Cinco minutos más — trato de zafar el mono— si por cómo va el asado vamos a comer a la tres de la mañana.

Al mono no le importaba la guita. Él quería ganarme en un partido, no porque seamos siempre rivales, sino porque como dije antes, el mono en la cancha se transforma en un ser inmundo. Ya eran y cuarto y nadie más iba a venir.

—Dale negro cámbiate entra a jugar —arremetió el mono.

— ¿Estas en pedo vos? Estoy con el asado — se escandalizo Ferreyra

—Sos mi salvación negrito — le rogué, sabiendo que el negro es un fenómeno.

— Que acá el maestro te cuide la parrilla — dijo Horacio señalando a papá Noel.

—Ni en pedo —término la discusión el negro—, no es porque le tenga desconfianza acá al maestro pero un artista tiene que terminar su obra.

—Caballeros si les falta uno, tal vez yo puedo atajar —interrumpió nuestro Santa Claus.

— ¿Pero usted juega?  Dije mirándole la panza, que dicho sea de paso era más grande que la mía.

— Hace mucho que no juego pero yo llegue hasta la primera de San Lorenzo en el 79 — respondió.

— Listo gordo, ya tenés arquero —se lavó las manos el mono.

—Pero así no va a poder jugar, no tiene ropa —trate de resistir la incorporación

—Yo traje igual, no se preocupen — el negro le había alcanzado su botinero.

—Listo a jugar — se mandó el mono para la mitad de la cancha.

Y así quedo Papá Noel incorporado a mi equipo. Supe que se llamaba Alberto. Que era un jubilado al que le encantaban los chicos y por eso su oficio de Papa Noel. Mientras se cambiaba empezó a hablarme de cómo la sociedad había perdido muchos valores y como los pibes cada día creían menos. La verdad es que le preste poca atención, yo estaba más preocupado pensando en cómo nos iban a romper el culo el equipo del Mono.

Alberto o este Papa Noel arquero fue a ocupar nuestro arco. Usted seguramente estará esperando a que yo le cuente— tal como seguramente ya leyó en otras historias conocidas— que este San Claus atajó todo. Que voló al ángulo sacando una pelota que definía el partido. Que voló de palo a palo quedándose con la última pelota del partido. Para luego desaparecer misteriosa y mágicamente. Pero no mi estimado, no pasó nada de eso. Todo lo contrario. La verdad es que el gordo Alberto fue un plomo. Con decirle a los 30 segundos ya perdíamos uno a cero. Al Papá Noel de arquero le pegaban abajo y esquinado y era gol seguro. Le daban fuerte y arriba también. Le daban despacio y al medio y era un golazo. Un desastre viejo. Por cada gol que hacíamos, nos embocaban tres. Y no solo era horrible, sino que tenía menos estado físico que una babosa. Cuando tuvo un mano a mano contra el Mono quiso salir “rápido” y al llegar al borde del área chica casi tira los bofes. En más de una oportunidad tuve que preguntarle si estaba bien esperando que me diga que no, que iba a salir. Pero el milagro no llego. No le voy a contar como fue el partido porque es perder el tiempo. Salimos como 25 a 8 por darle un número.

Terminado el partido estaba muy pero muy caliente. Me acerque a mi bolso, saque un sobre con las tres lucas y me fui hasta donde estaba el mono alardeando de su abultada victoria.

—Métetelos bien en el medio del orto —le dije mientras le estampaba el sobre en el pecho.

—Que fácil resulto todo ¿no? —dijo mientras se reía estruendosamente. Iba a responderle de manera bastante dura cuando sentí una mano en mi hombro.

—Tranquilícese maestro —dijo Alberto o el Papá Noel— usted ahora perdió tres mil pesos, pero le aseguro que estar rodeado de afectos; compartiendo fútbol y asado vale muchísimo más.

— ¿Usted como sabe que yo aposte? —me sorprendí.

—Me lo conto el  muchacho de la parrilla —dijo despreocupado—, eso es lo de menos. Lo que importa es que la plata va y viene, mírese rodeado de amigos, futbol asado ¿Cuánto pagaría por eso? Es una fortuna incalculable.

Si el chantún este de barba blanca me lo hubiese dicho en otra parte del año lo sacaba volando y le iba a la yugular al mono, pero la verdad que para las fiestas me pongo un poco blando.  ¿Pero sabe qué? tenía razón ¿Cuánto vale esto? Futbol y asado con amigos, un buen rato, anécdotas. Es impagable. Si, usted tiene razón, si yo no apostaba tendría todo esto y los tres mil pesos. Pero trate de alejar ese pensamiento y quedarme con lo bueno.  La verdad es que los tres mil pesos ya no me dolieron tanto.

Me quede pensando hasta que el Negro nos ordenó ir para dentro del salón que entre él y Fabi iban a ir llevando la carne. Nuestro invitado especial fue Papá Noel y hubo como una especie de magia en el ambiente. Nos reíamos más que de costumbre, las anécdotas de viaje que el mono ya había contado  como cincuenta veces nos parecían más divertidas. Alberto resulto ser un tipo encantador, yo ya ni me acordaba de los goles boludos que le metieron o de las tres lucas. Estábamos todos allí como si nos hubiésemos conocido durante toda la vida. No puedo explicarle la mística que había en ese ambiente. Era algo hermoso, indescriptible.

Cuando íbamos por la mitad de la comilona, nuestro Papa Noel se levantó para ir al baño. Nosotros seguimos con nuestra charla de amigos que había virado hacia las mujeres. Habrán pasado 15 minutos y Papá Noel no aparecía. Horacio fue el primero que se percató. “Se habrá descompuesto”, pensamos. Fuimos con Horacio y el Mono corriendo hasta el baño y nos llevamos una sorpresa increíble. En el baño no había nadie. Por otro lado no podía haber salido porque lo hubiésemos visto. Papá Noel se había esfumado. Como si hubiese sido el verdadero Santa Claus ¿De verdad no lo era? Mi corazón latía con fuerza, como el de un niño. Llegamos a la mesa y nadie nos creía. El canoso, el Negro  y el resto fueron hasta el baño para corroborar que no los estábamos jodiendo. Vinieron tan sorprendidos como nosotros. No estábamos borrachos ni nada por el estilo y si alguno tomo algo de más, esa sorpresa le sacaba la borrachera a cualquiera. Habíamos asistido a un verdadero milagro de navidad.

—Esto es increíble muchachos, nadie nos va a creer —dijo Horacio, un tipo de letras.

—Es creer o reventar —dije.

—Mira que ni de chico creía en él pero con esto… — dijo el Mono.

De repente se abrió la puerta que daba a la calle, todos giramos las cabezas  y emergió Tito desde la calle con las llaves del auto en sus manos.

—Buenas. Perdónenme la demora pero me salió un viaje a Ezeiza pero llego justo para la sobremesa —dijo Tito disculpándose— ¿Ehhh pero qué pasa muchachos que tienen esa cara?

—No sabes lo que nos acaba de pasar Tito, no te das una idea —respondió el rengo.

—No tengo idea, pero lo que me pasó a mi cuando venía para acá no me la van a creer tampoco —respondió mientras se sentaba.

— ¿Qué te paso? —le pregunte curioso.

—Acá a la vuelta casi piso a un viejo boludo disfrazado de Papá Noel, el pajero iba corriendo por el medio de la calle — dijo mientras nos mirábamos incrédulos.

— ¿¡Cómo un Papá Noel!? —dije azorado.

—Si boludo, un Papá Noel corriendo a toda velocidad con un bolso de San Lorenzo al hombro, no lo pise de pedo, casi me lo llevo puesto, por ahí se le descompuso el trineo y no llegaba a tiempo —respondió mientras se reía estrepitosamente

— ¡M-mí, mi bolso! —salto de la silla el Mono mientras giro rápido a la mesa de atrás donde estaban todos los bolsos—, ahí metí la guita… no está… me lo afano, pero que hijo de puta… 

 —Tranquilo Mono, la guita va y viene, no te pongas así —le conteste sin saber si ponerme a llorar por la ilusión destrozada o a reírme porque la justicia que hizo ese anónimo Papa Noel, cagándolo al Mono.

T. Schweinheim
Obra Publicada, expediente Nº 510614. Dirección Nacional del Derecho de Autor



«
Siguiente
Entrada más reciente
»
Anterior
Entrada antigua

No hay comentarios:


Top