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A Tomas le rompía un poco las pelotas tener que ir corriendo a su casa a buscar los botines, los pantaloncitos y todos los elementos necesarios para la práctica del noble del deporte, que es el fútbol. Pero el fútbol era más. Salía de la oficina a las 19 horas. Tenía dos horas para irse desde pleno microcentro a Provincia, tomar las cosas y volver hasta capital, pero al barrio de Almagro. Se podría traer las cosas directamente desde la casa, en lugar de ir y volver como un pelotudo. Pero no, a la mañana salía temprano para la facultad y cargarse con un bolso rechoncho de ropa deportiva, además del morral de la facultad, era peor. Todo esto le sacaba un poco las ganas de jugar a la pelota con los compañeros del laburo. Pero, si no fuese por esos partidos que alguna vez se le ocurrió organizar junto con Nico y Lele, nunca hubiese conocido a todos los integrantes de esa enorme, fría y vieja oficina. Tampoco le hubiese interesado conocerlos, pero el fútbol lo obligó. Porque hay dos claves en la vida de Tomas: asado con amigos y fulbito. Hacía seis meses que trabajaba en esa oficina. En su mayoría, sus compañeros le parecían demasiado formales como para desarrollarse bien en un campo de juego. El fútbol le demostraría que no era tan así. Los picados te hacen conocer las virtudes de cada uno. Por ejemplo ese gil de contabilidad. Era eso mismo en la oficina: un gil de goma espuma. Pero en el picado era otro tipo. Veloz, rápido, asistidor. Un capo y un tipazo. Paso de ser un gil a ser un fenómeno. O el mismo Mono. Fuera de la cancha era un tipazo, ahora adentro lo querías matar. Mañoso, sucio, vendehumo. El fútbol te hace amigo enseguida.
Ya eran casi las 19 horas. Pero ahí estaba el jefe otra vez trayendo trabajo ¡Qué nazi hijo de puta! De toda persona autoritaria se puede prejuzgar cierta inclinación nazi; más si esa persona además de ser autoritaria es medio hijo de puta. Encima era forro, porque espera al final del día para venir a cargar más la balanza del trabajo. Era un nazi forro e hijo de puta. Todo junto. Le podía haber dicho sobre el partido que siempre hacían los chicos. Pero qué le iba a importar, si todavía estaba fresco el recuerdo de aquella entrevista de trabajo incómoda, molesta, con silencios eternos. Claro para romper el hielo, Tomas tuvo que tocar el tema fútbol. "¿Es de independiente? " le preguntó al ver un banderín viejo y deshilachado de ese club. "No, es del jefe de la mañana " dijo el asqueroso mientras se prendía otro Parisienne. “Mira si a este hijo de puta le va gustar el fútbol. Amargado como el carajo. Seguro que su última alegría fue cuando los nazis anexaron Austria” pensó Tomas.
Levantado desde las seis de la mañana. Con cuatro horas de clases encima. Cagado de laburo y con dos horas para ir, cambiarse y volver desde el culo del mundo. Y encima casi sin comer, un pebete de jamón y queso no es comida. Siete menos diez. Irse diez minutos antes no es ningún pecado. Tomas manotea el pesado morral. Zigzaguea entre los escritorios y se pierde tras una puerta de vidrio que hace borrosa su silueta y su huida. Aprieta con bronca y apuro el botón del ascensor. Deja pasar unos segundos y vuelve a la carga contra el botoncito que permanece teñido de rojo. Así tres veces en menos de un minuto. Siente unos pasos atrás.  "Diez minutos antes, Sánchez", suelta el jefe, quien también parece irse más temprano. "Es que los jueves organizamos un fulbito entre todos los compañeros, mañana recupero". Tomas mira al piso. El otro esboza una sonrisa o eso parece. En esas fauces de tiburón pueden significar cualquier cosa. Desde una sonrisa macabra, hasta un rictus de odio o dolor. Vaya uno a saber.
Viene por fin el maldito ascensor. Solo ellos dos adentro de lo que parece un ataúd de aluminio por lo silencioso, por lo incómodo. Los 12 pisos se hacen eternos. "Hasta mañana señor Suarez", dice Tomas antes de salir picando a toda velocidad por la calle como si fuese un eterno lateral.
Llega por fin a la parada. Uno, dos, tres, cinco, diez... se iban acumulando los minutos. El hijo de puta no viene. Once minutos y por ahí se divisa una mole verde viniendo como tortuga ebria por el medio de la calle. Hay lugar a pesar de la hora. Se suben los primeros de la cola y una vieja de esas que no faltan comienza a poner una a una las monedas en la máquina que, con un ruido metálico, las escupe todas juntas. Como si le hubiesen caído mal, las vomita. La vieja repite la operación dos veces más hasta que el chófer la deja pasar, por impaciencia o por cortesía. Las cuadras van pasando lentamente. Las agujas del reloj tranquilamente le sacan dos o tres vueltas de ventaja a este vetusto y cascoteado Mercedes Benz. Todo alrededor se detiene, salvo las agujas del reloj.
Por fin Tomas llega a su casa. Puta madre, la vieja hizo milanesas. "Quédate a comer". Le insisten sus padres. "No puedo", responde  mientras escapa hacia la pieza tras desmarcarse de ellos. Revuelve el cajón de las medias con furia, con desesperación. La hora Tomás, la hora. Agarra el viejo bolso. Botines, camiseta, cortos, medias, canillas y un rollo de vendas entran desprolija pero rápidamente. Se despide cortito de sus viejos, pero lo suficientemente rápido para rapiñar una milanesa para el camino.
Por suerte ahora puede hacer la combinación tren-subte. Va a llegar justo. Lo mejor es ir cambiándose en el vagón, aunque sea ponerse los botines. Total a esta hora nadie va para Capital, en 15 llega. Afuera las zapatillas y las medias. Venda, media y botín. Falta la izquierda. Listo. Los cabezazos del tren indican que Constitución está allí. Todavía aguardan 20 minutos en subterráneo. Pasa el primer molinete y la chicharra maldita indica que las puertas de la formación se están cerrando. Pega un pique y salta adentro. Las puertas se cierran casi sobre él, como esa pelota que pasa por arriba de la barrera y esquiva por un milímetro la mano del arquero para terminar en el ángulo. San Juan, Independencia y ahí la combinación. Tomas ya está en la línea E, con ese olor tan característico que tiene. Hoy hay suerte parece, aparece enseguida el  gusano amarillo gigante. Un pensamiento cruza fugazmente el cerebro de Tomas: “El forro de Derecho dijo que mañana había que entregar un TP”. Un cartel que dice “Estación General Urquiza” lo devuelve a la tierra, o debajo de esta, de un salto está afuera.
Ya está, ya falta poco.  Una cuadra más.  En cinco minutos serán las 21. Hay que ponerse los cortos todavía. Por ahí la cancha se desocupó antes y están peloteando. Tomás desespera y se manda un último pique, esto cuenta como el precalentamiento. Abre la puerta del Urquiza Tenis y ahí está el Mono. Sonriendo con una botella de cerveza a medio terminar, con un pucho en la otra. Fabi lo acompaña.
"Dale boludo, siempre tarde vos", le grita Flo desde la barra. Tomás saluda a todos y se manda al vestuario. Están Lele, Nico y Brian cambiándose. Cruzan saludos y los típicos chistes de vestuarios. Al cabo de unos segundos se suman Martín, Pato y Cagadita, cuyo apodo, un poco grosero, se debía a su pequeña contextura que, ante el mínimo choque, vuela… como una cagadita. Martín demora en deshacerse del traje, más de lo que tardó el subterráneo desde Constitución hasta ahí. Pelusa y Pablo ya están peloteando, se los ve desde el buffet.
Ya están todos en la canchita. Hay más arena que en un desierto. Se vienen 10 minutos de discusiones en el armado de los equipos. Tomás no discute, no es tan bueno como para que se maten por él. Tampoco es tan burro como para que lo dejen a lo último como lastre. Ya está todo armado. Tardaron poco esta vez a pesar de los lloridos del Mono. Más o menos los equipos son parejos.  Lele para Nico, arranca el fútbol.
Ya no son compañeros de trabajo, son amigos unidos por el fútbol. Son pares. Se borró la división del trabajo. El supervisor dejo de controlar todo, ahora lo controlan a él. Si esta adelantado, si está bien posicionado en el arco... el único grito que se le acepta acá es el “mía”, adentro del área.  El Ingeniero ahora ya no es tan preciso. Se le va larga, no llega. Los cadetes siguen corriendo con prisa pero ya no llevan facturas, sino a la redonda por el lateral. El de traje impoluto, ahora esta con las rodillas raspadas y con arena hasta las orejas. Ahí está Tomás sumergido en el partido, corriendo como durante todo el día, pero con ganas, por elección, no por obligación… y lo disfruta. El resultado no importa, haber corrido todo el día y dejar las milanesas de la vieja para más tarde, tampoco.

Se acerca el canchero lentamente, como para que alguno pispee de reojo y grite el clásico “mete gol, gana”. Se terminó ¿Cómo puede ser, si recién empezó? ¿Tan rápido, che? Tomás se manda al vestuario y se cambia rápidamente: llegar tarde a casa implica asumir un riesgo de que lo afanen en la estación del tren. Mete las cosas rápido en el viejo bolso rojo. Cortos, zapatillas y la camperita arriba de la camiseta transpirada, total no hace frio. Se bañará después en casa. Saluda a todos con un vaivén de su mano derecha. Baja al andén de la línea E. Se sube a la formación que está casi vacía. Abraza su bolso y piensa un rato largo. Falta una semana para que la corrida diaria vuelva a tener sentido. 

Toni Schweinheim
Obra Publicada, expediente Nº 510614. Dirección Nacional del Derecho de Autor

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