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- ¿Qué cobrás, pedazo de puto?!!! 

    El grito descontrolado del exaltado plateísta, se clavó en los oídos de todos los presentes en el Estadio, incluído Villafañe -destinatario de la ofensiva pregunta- como solo se puede clavar en el ángulo un zurdazo en chanfle, por encima de la barrera, tras caricia betoalonsesca. Aferrado a la alambrada, el espectador, quien no daba muestras de poder manejar su ira, emprendió raudamente contra el árbitro:

          - ¿Dónde viste mano, culorroto?!!!  ¿No ves que le rebota en el pecho, cagón, o te tapó la panza de vino del otro trolo que te pide que pites?  Sorete de luto!!!

     Indignado, tanto por el fallo del colegiado -quien había cobrado penal por una mano que, al parecer, solo él había advertido- como por la actitud de Ferraguti, el áspero marcador central de la visita, quien al instante de haberse producido la confusa jugada tras el córner, corrió a Villafañe pidiendo el tiro desde los doce pasos -con lloriqueo digno de programa de encuentros familiares de la TV abierta de la tarde- el Hincha sacó desde lo más profundo de sus vísceras, la más desgraciada catarata de recuerdos al árbol genealógico del encargado de impartir justicia en el cotejo -que, dicho sea de paso, estaba parado desde hacía no menos de tres minutos, con Ferraguti frente a la Tango, que reposaba en el punto del penal, como reposa la milanesa que sobró del almuerzo en el plato de losa, afuera de la heladera, sabiendo que el primero que pasa, se la manda a guardar...

          -Dale, soplapitos, hacé como hiciste siempre, date vuelta y anulá ese penal de mierda, que vos sabés que es un invento... ¿O le tenés miedo al manfloro de Ferraguti, marchatrás?!!! 

     Villafañe, el imperturbable hombre de negro -quien desde su gesto adusto, su metro noventa y pico, su cabello engominado y su atlética musculatura imponía tanto respeto como el que puede imponer el profesor de historia de primer año, la mañana que te dice que, si no dejás de hablar, te toma oral de asirios y caldeos- cansado del larga duración de términos descomedidos que le estaba propinando el furioso fanático, aferrado a algún inciso de uno de los artículos de algunas de esas Leyes del Deporte, y amparado por el Jefe del Operativo Policial -que, a esta altura de la tarde, estaba más preocupado por salir de ronda, a manguear medialunas de manteca "pa´lo´muchacho´de la Brigada", que de responsabilizarse por lo que ocurriere dentro del perímetro de su competencia- decidió suspender el partido, dejando en suspenso la ejecución del  tiro de sentencia.


     Mientras todos se retiraban al vestuario, previo al ingreso por el túnel -que, como en toda cancha de Pueblo, se encuentra a la altura del círculo central, cerquita de donde los más caracterizados plateístas tienen reservadas sus gradas, para sublimar amores y odios viendo a los colores que aman- y con tan solo la alambrada separándolos, ambos quedaron frente a frente, y mientras Villafañe solo atinaba a mirarlo fijamente, el furioso plateísta amenazó desafiante:

          -De mí no te vas a olvidar más, cagón!! Y lo de hoy lo vas a pagar... Ya nos vamos a volver a ver!!! Puto!!!! 

     No hizo falta aguardar a que el Tribunal de Disciplina fijara nueva fecha para continuar el partido, ni a saber qué sería del mismo. Esa misma noche, el aún furioso plateísta, quien durante más de diez años había vivido un apasionado romance con Villafañe - a quien no le perdonaría jamás el modo en que lo cambió por el áspero marcador central del clásico rival- fue hasta lo de Ferraguti -donde ya se había instalado El de Negro, para pedirle, al Pito, la tenencia compartida de Titonoir, el simpático caniche micro toy que, durante esa fogosa década, había sido como un hijo para ambos...

     Con el cachorro entre sus manos, y mientras una lágrima recorría la mejilla del imperturbable Villafañe -quien, ni siquiera así abandonaba su gesto adusto-  sintió por un momento, el Hincha, que había podido aliviar su Pena Máxima...


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